martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 46 47 48

Capítulo 46

Cuando José entró al Monroe Motel & Suites le quedó bien claro que lo único nuevo en ese lugar era la cinta de escena del crimen que acababa de ser puesta alrededor del extremo más alejado. Todo lo demás estaba marchito y desgastado, incluyendo los coches que estaban estacionados al lado de la oficina.
Pasando junto a la fila de cacharros, recorrió todo el camino hasta la última plaza de la fila y estacionó su coche de incógnito en diagonal a las otras unidades del DPC.
Mientras ponía el sedán en punto muerto, miró hacia el otro asiento.
—¿Estás listo para salir?
Veck ya estaba estirando la mano hacia la manija.
—Más vale que lo creas.
Cuando ambos salieron, los otros oficiales se acercaron y Veck se vio rodeado por un montón de palmadas en la espalda. En el Departamento, la gente creía que el tipo era un héroe por el Incidente del Paparazzi… y el movimiento aprobatorio no se veía disminuido en lo más mínimo por el hecho de que el tipo siempre hiciera caso omiso de cualquier expresión de ánimo.
Permaneciendo firme y tranquilo, simplemente se reajustó los pantalones y sacó un cigarrillo. Después de encenderlo e inhalar, habló exhalando el humo.
—¿Qué tenemos aquí?
José dejó que el chico se pusiera al día y se agachó por debajo de la cinta. La puerta rota que daba a la escena del crimen había sido ligeramente cerrada y la abrió empujándola con el hombro.
—Mierda —dijo en voz baja.
El aire estaba impregnado del olor a sangre fresca… y formaldehído.
En ese momento la fotógrafa disparó el flash iluminando el cuerpo de la víctima sobre la cama… así como también los tarros con muestras que había en la mesilla. Y los cuchillos.
Cerró los ojos brevemente.
—¿Detective?
José miró a Veck por encima del hombro.
—¿Sí?
—Tenemos el registro de la camioneta. Illinois. Propiedad de David Kroner. No ha sido informada como robada y adivina que... Kroner es un hombre blanco, treinta y tres años de edad… soltero… discapacitado… Jodido Infierno. —La conversación de Veck se detuvo de golpe cuando llegó a la cama—. Jesús.
El flash se disparó otra vez y se oyó un jadeo electrónico indicando que la cámara se recuperaba del esfuerzo.
José miró al forense.
—¿Cuánto tiempo hace que murió?
—No mucho. Aún está tibia. Te daré una estimación mejor cuando termine aquí.
—Gracias —José fue hacia el miserable escritorio y utilizó un bolígrafo para desplazar un delgado anillo de oro, un par de pendientes brillantes y un brazalete rosa y negro.
El tatuaje, que había sido cortado de la piel de la víctima y colocado en uno de los tarros de muestra junto a ella, también era rosa y negro. Probablemente eran sus colores preferidos.
O lo habían sido.
Continuó recorriendo la habitación, buscando cosas que estuvieran fuera de lugar, revisó las papeleras y echó un vistazo dentro del cuarto de baño.
Era evidente que alguien había perturbado la diversión del asesino. Alguien había oído o visto algo y había roto la puerta para entrar, provocando una rápida salida por la ventana trasera que estaba encima del inodoro.
La llamada que había llegado al 911 había sido hecha por un hombre que se negó a identificarse. Lo único que había dicho era que había un cadáver en la última habitación y eso había sido todo. No había sido el asesino. Los bastardos como ese no se detenían a menos que debieran hacerlo y no dejaban atrás voluntariamente el tipo de trofeos que había sobre la mesilla de noche y el escritorio.
—¿A dónde fuiste después de aquí? —se dijo José a sí mismo—. ¿Hacia dónde huiste…?
Había unidades K-9 registrando los bosques de la parte trasera, pero José tenía el presentimiento de que no iban a encontrar nada. Apenas a unos metros del motel había un río lo suficientemente bajo como para vadearlo… él y Veck habían cruzado el pequeño puente que cruzaba el condenado río en su camino hacia aquí.
—Está cambiando su MO —dijo Veck. Cuando José se volvió, el tipo plantó las manos sobre las caderas y sacudió la cabeza—. Esta es la primera vez que lo hace en un lugar público. Su trabajo es realmente sucio… y potencialmente ruidoso. Hubiéramos encontrado más escenas como esta después de que hubiera terminado.
—Estoy de acuerdo.
—David Kroner es la respuesta.
José se encogió de hombros.
—Quizás. O podría ser otro cuerpo que estamos a punto de encontrar.
—Nadie lo ha denunciado como desaparecido.
—Como has dicho, soltero ¿verdad? Tal vez vive solo. ¿Quién sabría que ha desaparecido?
Salvo que incluso mientras José buscaba huecos en la teoría, hizo los cálculos y llegó a una conclusión similar. Era raro que una persona desapareciera sin que alguien la echara en falta… familia, amigos, compañeros de trabajo, el administrador del edificio… no era imposible, pero muy poco probable.
La pregunta era, ¿a dónde se dirigiría el asesino a continuación? Si el bastardo seguía la lógica convencional, era probable que dentro de su patología entrara en una fase de avidez. En el pasado, las víctimas habían aparecido con un intervalo de meses entre una y otra, pero ahora ¿habían encontrado dos en una semana?
Así que si se guiaba por esa suposición, sabía que el asesino iba a tirar por la ventana las cuidadosas acciones con las que se había enmascarado anteriormente, cualquier estructura que hubiera seguido se desvanecería ante este frenético impulso. La buena noticia era que el descuido lo haría más fácil de atrapar. La mala noticia era que esto muy bien podía empeorar antes de mejorar.
Veck se acercó a él.
—Voy a entrar en la camioneta. ¿Quieres estar allí?
—Sí.
En el exterior, el aire no olía a cobre y químicos, y José respiró hondo varias veces mientras Veck se colocaba los guantes y se ponía a trabajar. Naturalmente el vehículo estaba cerrado, pero eso no detuvo al tipo. Agarró un deslizador y abrió la puerta del lado del conductor como si estuviera acostumbrado a usar el R&E.
—Guau —barbotó retrocediendo.
El hedor no tardó mucho en golpear a José, que se tapó con la mano y tosió. Más formaldehído, pero también el olor dulzón de las cosas muertas.
—No está en la cabina. —Veck hizo oscilar la linterna entre los asientos—. En la parte trasera.
Había un candado en la puerta doble cuadrada de la cabina, pero Veck simplemente fue hasta el maletero del coche y regresó con una sierra Sawzall con batería.
Se oyó un chirrido agudo… un ¡tin!... y Veck logró entrar.
—Ah… joder…
José sacudió la cabeza y dio la vuelta para ver por qué había maldecido su compañero.
El haz de luz de la linterna de Veck estaba iluminando una colección entera de pequeños tarros con cosas flotando o hundidas en el fondo de un líquido claro. Los contenedores se mantenían seguros en una caja, con un sistema de organización personalizado, montada en el lado izquierdo. El lado derecho estaba reservado para las herramientas: cuchillos, cuerdas, cinta adhesiva de tela, martillos, cinceles, navajas de afeitar, escalpelos y separadores quirúrgicos.
Hola, David Kroner: era altamente improbable que el asesino hubiera instalado este equipo en la camioneta de otra persona… y ¿qué se apostaría a que los trofeos que había en todos esos tarros completaban los agujeros en las dermis de las víctimas?
Lo mejor que podían esperar era que los K-9 encontraran su rastro en el bosque.
De otra forma, iban a perder a otra mujer. José estaba dispuesto a apostar su casa en ello.
—Coordinaré con el FBI —dijo—. Deben venir a ver esto.
Veck examinó el interior.
—Les echaré una mano a los tipos del CSI. Quiero que lleven este vehículo al Cuartel General tan pronto como sea posible para que todo pueda ser registrado adecuadamente.
José asintió, levantó su móvil y presionó la marcación rápida. Cuando comenzó a sonar, sabía que después de que cortara la llamada con la oficina regional de los federales iba a tener que llamar a su esposa. No había forma de que llegara a su casa a tiempo para el desayuno.
Ni por casualidad.

Capítulo 47

—¡El sol! ¡Oh, Dios mío! Rápido, será mejor que…
Manny se despertó por completo estando en medio del aire: evidentemente, había saltado de la cama, llevándose consigo el edredón y varias almohadas, y todos aterrizaron a la vez, sus pies, el edredón y el cuarteto de esponjadas almohadas.
La brillante luz del sol se derramaba sobre las ventanas de cristal, inundando su dormitorio con una brillante iluminación.
Payne esta aquí, le dijo su cerebro. Está aquí.
Mirando a su alrededor frenéticamente, se abalanzó hacia el baño. Vacío. Corrió a través del resto del piso. Vacío.
Pasándose la mano por el cabello, regresó a la cama… y entonces lo comprendió: santo Dios, todavía tenía todos sus recuerdos. De ella. De Jane. Del Odioso-Señor-Barba-de-Chivo. De la operación y de… esa increíble escena en la ducha. Y de Glory.
Qué demonios…
Agachándose, recogió una almohada y se la llevó a la nariz. Sí, ella definitivamente había estado acostada a su lado. Pero ¿por qué había venido? Y si lo había hecho ¿por qué no le había borrado la memoria?
Saliendo hacia el vestíbulo, tomó su móvil y… salvo que no podía llamarla. No tenía su número.
Permaneció allí un momento como un idiota. Y luego recordó que había accedido a encontrarse con Goldberg en menos de una hora.
Frustrado y extrañamente asustado por algo que no podía precisar realmente, se cambió poniéndose ropa deportiva y entró en el ascensor. En el gimnasio, saludó con la cabeza a los tres tipos que estaban levantando pesas o haciendo abdominales y se subió a la cinta de correr que habitualmente usaba.
Se había olvidado de su maldito iPod, pero su mente estaba muy agitada, así que no era como si hubiera silencio entre sus orejas. Cuando cogió el ritmo, intentó recordar lo que había ocurrido la noche anterior después de darse la ducha… pero no obtuvo resultado. Sin embargo no le dolía la cabeza. Lo que parecía sugerir que su agujero negro era natural, cortesía del alcohol.
Durante el entrenamiento, tuvo que agilizar la máquina un par de veces… seguro que algún imbécil había ajustado la maldita cosa y la cinta estaba lenta. Y cuando llegó a la marca de los ocho kilómetros, comprendió que no tenía resaca. Pero por otra parte, tal vez tenía tanta actividad mental que estaba demasiado distraído como para preocuparse por algún ay-ay-ay.
Cuando bajo de la cinta, unos quince minutos después, necesitaba una toalla y se encaminó al montón que había junto a la salida. Uno de los levantadores de pesas llegó allí al mismo tiempo, pero el tipo retrocedió con deferencia.
—Tú primero amigo —dijo, extendiendo las manos obsequiosamente.
—Gracias.
Mientras Manny se secaba y se dirigía a la puerta, hizo una pausa momentánea al darse cuenta que nadie se estaba moviendo: en la habitación todo el mundo había dejado de hacer lo que estaba haciendo y lo estaba mirando fijamente. Al echar un rápido vistazo hacia abajo supo que no estaba sufriendo de un problema de vestimenta. ¿Qué demonios?
En el ascensor, estiró las piernas y los brazos y pensó: diablos podría correr otros dieciséis… o veinticuatro kilómetros fácilmente. Y a pesar del alcohol, aparentemente había tenido una excelente noche de sueño, porque se sentía bien despierto y lleno de energía... pero eso era lo que hacían las endorfinas por ti. Incluso cuando te estabas derrumbando, el estímulo que te proporcionaba una carrera era mejor que la cafeína… o la sobriedad.
Indudablemente iba a quebrarse en algún momento, pero se preocuparía por eso cuando lo golpeara el agotamiento.
Media hora después entraba al Starbucks de Everett donde años atrás había conocido a Goldberg… sólo que, por supuesto, en aquel entonces este pequeño café aún no había sido asimilado por la cadena. El tipo había sido un graduado de Columbia y estaba solicitando hacer el internado en St. Francis y Manny estaba en el grupo reclutador que había sido convocado para agarrar al bastardo… Goldberg había sido una estrella, incluso en aquel entonces y Manny tenía intenciones de crear el departamento más poderoso del país.
Mientras se ponía en la fila para ordenar un venti Latte, miró a su alrededor. El lugar estaba repleto, pero Goldberg ya había conseguido una mesa para ellos junto a la ventana. No le sorprendía. Ese cirujano siempre llegaba temprano a las reuniones… probablemente ya estaría allí desde hacía unos buenos quince o veinte minutos. Sin embargo no estaba buscando a Manny. Estaba mirando fijamente su taza de papel como si estuviera tratando de revolver psíquicamente el capuchino.
Ah… tenía un mensaje.
—¿Manuel? —llamó el tipo que estaba detrás del mostrador.
Manny aceptó lo que había ordenado y caminó en zigzag entre los adictos a la cafeína, los carteles de tazas y CDs, y la pizarra blanca triangular que anunciaba los especiales.
—Hola —dijo mientras se sentaba frente a Goldberg.
El otro cirujano levantó la vista. Y reaccionó tardíamente.
—Ah… hola
Manny tomó un sorbo de café y se recostó en la silla, enterrándose la barra del respaldo curvo en la columna vertebral
—¿Cómo has estado?
—Estoy… bien. Dios, tú te ves estupendo.
Manny se masajeó la mandíbula con barba de varios días. Como mentía. No se había molestado en afeitarse y llevaba puesto una sudadera y jeans. Difícilmente podía considerarse físicamente atractivo.
—Dejemos de lado la cortesía. —Manny tomó otro sorbo de latte—. ¿Qué tienes que decirme?
Los ojos de Goldberg se dispararon en todas direcciones. Hasta que Manny se apiadó de él.
—Quieren que me tome una licencia, ¿no es así?
Goldberg carraspeó.
—El directorio del hospital piensa que sería lo mejor… para todo el mundo.
—Te pidieron que ocupes el puesto de jefe, ¿verdad?
Otro carraspeo.
—Ah…
Manny dejó su taza.
—Está bien. Está todo bien. Me alegro… lo harás genial.
—Lo siento… —Goldberg sacudió la cabeza—. Yo… es sólo que parece tan injusto. Pero… siempre puedes regresar, ya sabes, luego. Además, el descanso te ha hecho bien. Quiero decir, te ves…
—Genial —dijo Manny con sequedad—. Uh-huh.
Eso era lo que se le decía a los tipos a los que se les tenía lástima.
Ambos tomaron café en silencio durante un rato, y Manny se preguntó si el tipo estaría pensando lo mismo que él: Cristo, como habían cambiado las cosas. Cuando habían ido por primera vez a ese lugar, Goldberg había estado tan nervioso como lo estaba ahora, sólo que por una razón muy diferente. Y quien hubiera predicho que Manny sería retirado del juego. En aquel entonces, había estado a la caza de lo mejor y nada iba a detenerlo… ¿o sí?
Lo que hacía que su reacción ante esta demanda del directorio le sorprendiera. En realidad no estaba tan disgustado. Se sentía… desconectado, de cierta forma, como si le estuviera pasando a alguien que había conocido alguna vez, pero con el que hacía tiempo que ya no estaba en contacto: sí era importante, pero… que más daba.
—Bueno… —el sonido del teléfono le interrumpió. Y el indicio respecto a lo que realmente le importaba se evidenció en la forma en que luchó para sacar la cosa, como si se le estuviera incendiando la sudadera.
Sin embargo no era Payne. Era el veterinario.
—Debo responder —le dijo a Goldberg—. Dos segundos. Sí, Doc, ¿cómo está…?  —Manny frunció el ceño—. En serio. Aja. Sí… sí… aja… —una lenta sonrisa contrajo su rostro y se apoderó de él, hasta que probablemente estuvo radiante como un faro—. Sí. Lo sé bien. Es un jodido milagro.
Cuando cortó la comunicación, miró al otro lado de la mesa. Las cejas de Goldberg habían escalado, cobrando altura en su frente.
—Buenas noticias. Sobre mi yegua.
Y ese par de cejas subió aún más.
—No sabía que tenías una.
—Su nombre es Glory. Es una pura sangre.
—Ah. Guau.
—Me gustan las carreras.
—No lo sabía.
—Sí.
Y esa fue prácticamente toda la conversación personal. Y le dio a Manny una noción de lo mucho que hablaban de trabajo. En el hospital, él y Goldberg habían hablado durante horas de problemas de pacientes, del personal y de la dirección del departamento. ¿Ahora? No tenían mucho que decirse uno al otro.
De todas formas estaba sentado frente a un muy buen hombre… uno que probablemente iba a ser el próximo Jefe de Cirugía del St. Francis. Por supuesto que el directorio iba a hacer una búsqueda a nivel nacional, pero Goldberg sería el elegido, porque los demás cirujanos, que se asustaban fácilmente y prosperaban con la estabilidad, lo conocían y confiaban en él. Y así debía ser. Técnicamente Goldberg era brillante en el quirófano, administrativamente competente y era mucho más tranquilo de lo que Manny había sido jamás.
—Harás un gran trabajo —dijo Manny.
—Qué… oh. Es sólo temporal hasta que… ya sabes, tú regreses.
El tipo parecía creerlo y eso ponía de manifiesto su naturaleza bondadosa.
—Sí.
Manny se acomodó en la silla y al volver a cruzar las piernas echó un vistazo a su alrededor… y en la distancia vio a tres muchachas. Probablemente tuvieran alrededor de dieciocho años y en el instante en que estableció contacto visual, rieron tontamente y unieron las cabezas como si quisieran pretender que no habían estado mirándolo.
Sintiéndose como si estuviera nuevamente en el gimnasio, volvió a inspeccionarse. No. Aún seguía sin estar desnudo. Qué demonios…
Cuando levantó la vista, una de ellas se puso de pie y se acercó.
—Hola. Mi amiga piensa que eres sexy.
Um…
—Ah, gracias.
—Aquí está su número…
—Ah, no… no. —Tomó el trozo de papel que ella había dejado en la mesa y lo puso de regreso en su mano—. Me halagas, pero…
—Tiene dieciocho…
—Y yo tengo cuarenta y cinco.
Ante eso, la chica quedó boquiabierta.
—No. Puede. Ser.
—Sí. Puede. —Se pasó la mano por el cabello, preguntándose cuando había decidido sintonizar Gossip Girl o alguna mierda de esas—. Y tengo novia.
—Oh. —La zorrita sonrió—. Eso está bien… pero podrías decir solamente eso. No tienes porqué mentir respecto a ser un viejo chocho.
Diciendo esto se fue andando despacio y cuando se sentó nuevamente hubo un gemido colectivo. Y luego recibió un par de guiñadas.
Manny miró a Goldberg.
—Niñas. Quiero decir, honestamente.
—Hmm. Sí.
Ok, era hora de terminar con esa situación incómoda. Mirando por la ventana, Manny comenzó a planear su salida…
Vio el reflejo de su rostro en el vidrio. Los mismos pómulos altos. La misma mandíbula cuadrada. La misma combinación de labios y nariz. El mismo cabello negro. Pero había algo diferente.
Inclinándose, pensó… sus ojos eran…
—Ey —dijo con calma—. Voy al cuarto de baño. ¿Me cuidas el café y después nos vamos?
—Por supuesto. —Goldberg sonrió aliviado, como si le alegrara tener una estrategia de partida así como una ocupación—. Tomate tu tiempo.
Manny se levantó y fue al único baño unisex. Después de golpear y no obtener respuesta, abrió la puerta y encendió la luz. Mientras se encerraba a sí mismo y se encendía el ventilador de techo, se acercó al espejo que tenía un letrero de LOS EMPLEADOS DEBEN LAVARSE LAS MANOS.
La luz se hallaba directamente encima del lavabo frente al cual estaba. Así que por todo lo que era justo y apropiado, debería haber tenido un aspecto de mierda, con los ojos hundidos por el cansancio, con bolsas en las que podrías empacar para una semana y la piel del color del humus.
Eso no era lo que el espejo mostraba. Aún con la terrible luz del fluorescente brillando sobre él, se veía diez años más joven de lo que recordaba. Indudablemente resplandecía de salud, como si alguien hubiera «photoshopeado» una versión anterior de su cabeza y la hubiera puesto sobre su cuerpo actual
Alejándose, extendió los brazos al frente y se agachó, poniéndose en cuclillas, dándole a su cadera la oportunidad de levantarse y aullar. O a sus muslos, a los que había entrenado despiadadamente hacía menos de una hora. O a su espalda.
Ningún dolor. Ninguna rigidez. Ningún achaque.
Su cuerpo estaba impaciente por ponerse en movimiento.
Pensó en lo que le acababa de decir el veterinario en jefe por teléfono, la voz del hombre se oía confundida y emocionada al mismo tiempo: ha regenerado el hueso y el casco se ha curado espontáneamente. Es como si nunca se hubiera lastimado.
Santo… Cristo. ¿Y si Payne había obrado su magia en él? ¿Mientras estaban juntos? ¿Si hubiera sanado su cuerpo en términos de tiempo, sin que ninguno de los dos se diera cuenta… haciendo ir el reloj hacia atrás no sólo meses, sino una década o más?
Manny agarró la cruz que le colgaba del cuello.
Cuando alguien llamó a la puerta, accionó la cisterna del inodoro vacío y luego hizo correr el agua para que no pareciera que estaba haciendo algo asqueroso. Mientras salía en un estado de aturdimiento, saludó con la cabeza a la mujer rechoncha que deseaba entrar y se dirigió de regreso adonde estaba Goldberg.
Al sentarse tuvo que secarse las palmas sudorosas contra las rodillas de los jeans.
—Tengo que pedirte un favor —le dijo a su ex colega—. Es algo que no le pediría a nadie más…
—Dilo. Lo que sea. Después de todo lo que has hecho por mí…
—Quiero que me hagas un examen físico. Y que me hagas algunos exámenes.
Goldberg asintió de inmediato.
—No iba a decirlo, pero creo que es una buena idea. Los dolores de cabeza… los olvidos. Debes averiguar si no hay algún… deterioro. —El tipo se detuvo ahí, como si no quisiera comenzar una discusión o ponerse morboso—. Aunque Dios, hablo en serio al decir que… nunca te vi con tan buen aspecto.
Manny agarró su café y se puso de pie, y la zumbante sensación de apremio que sentía no tenía nada que ver con la cafeína.
—Vamos. ¿Si tienes tiempo ahora?
Goldberg se puso justo a su lado.
—Para ti, siempre tengo tiempo.

Capítulo 48

De vez en cuando, la muerte de Qhuinn volvía a él. Sucedía en sueños. En raras ocasiones cuando estaba quieto y silencioso. Y a veces sólo le jodía la cabeza para patearlo y reírse de él.
Siempre trataba de evitar como la peste el collage de imágenes, olores y sonidos, pero aunque él tenía una orden de restricción para su tribunal privado, el abogado de la otra parte estaba comportándose como una pequeña puta y poniendo objeciones... por lo que la mierda seguía apareciendo.
Ahora, mientras yacía en su cama, el nebuloso tramo del paisaje mental que no era ni sueño ni vigilia era como una línea abierta para que esa horrible noche lo llamase, y mira tú por donde, lo hizo, haciendo sonar el timbre de los recuerdos y obligándolo, de alguna manera, a responder.
Su propio hermano había sido parte de la guardia de honor que había ido a golpearlo y el montón de hijos de puta vestidos-de-negro lo habían localizado al lado de la carretera mientras se había alejado de la mansión de su familia por última vez. Había llevado en la espalda las pocas cosas que poseía y no había tenido ni idea de adónde se dirigía. Su padre lo había echado y había sido eliminado del árbol de familia, así que… había que irse. Sin raíces. Sin dirección.
Todo por culpa de sus ojos dispares.  
Se suponía que la guardia de honor sólo tenía que golpearlo por su ofensa a la línea de sangre. No se suponía que tenían que matarlo. Pero la mierda se les había ido de las manos y, en un cambio sorprendente, su hermano había tratado de detenerla.
Qhuinn realmente recordaba esa parte. La voz de su hermano diciéndoles a los otros que pararan.
Sin embargo, eso había llegado muy tarde y Qhuinn había flotado lejos no sólo del dolor, sino también de la propia tierra… únicamente para encontrarse en un mar de niebla blanca que se había apartado para revelarle una puerta. Sin que se lo dijesen, había sabido que era la entrada al Fade y también había sabido que una vez que la abriese estaba acabado.
Cosa que le había parecido una gran idea en ese momento. No tenía nada que perder después de todo…
Y, sin embargo, se había resistido en el último momento. Por una razón que no podía recordar.
Era la cosa más extraña… a pesar de tener toda la noche grabada en su cerebro, esa era una pieza que no podía recordar por mucho que lo intentara.
Pero recordó el momento en que volvió a su propio cuerpo: cuando había recuperado la consciencia, Blay había estado practicándole la RCP y no era que no valiera la pena vivir por el contacto de aquellos labios…
El golpe que sonó en su puerta lo despertó completamente y lanzó las almohadas, logrando encender las luces para asegurarse de que sabía dónde estaba.
Sip. Su habitación. Solo.
Pero no por mucho tiempo.
Mientras sus ojos se adaptaban lentamente miró hacía la puerta, sabía quién estaba al otro lado. Podía captar la delicada esencia que se elevaba y sabía por qué había venido Layla. Mierda, quizá esa había sido la razón por la que no había podido dormir realmente… había estado esperando ser despertado por ella en cualquier momento.
—Entra —dijo en voz baja.
La Elegida se deslizó dentro silenciosamente y cuando se volvió hacia él, se la veía condenadamente mal. Hecha polvo. Como un páramo.
—Sire…
—Puedes llamarme Qhuinn, lo sabes. Por favor, quiero que lo hagas.
—Gracias —se inclinó por la cintura y pareció luchar por incorporarse—. Me preguntaba si podría aprovecharme una vez más de su amable ofrecimiento de… tomar de su vena. En verdad, estoy… agotada y soy incapaz de llevarme de vuelta al Santuario.
Cuando se encontró con su mirada verde, algo se filtró profundamente en su mente, una especie de… comprensión que echó raíces y arrancó los brotes de casi-lo-consigo y está-a-punto-de-llegar.
Ojos verdes. Verdes como las uvas y el jade y los brotes de primavera.
—¿Por qué me mira de ese modo? —dijo ella, juntando las solapas de su túnica más estrechamente.
Ojos verdes… en un rostro que era…
La Elegida miró hacia la puerta.
—Tal vez… debería irme…
—Lo siento —sacudiéndose a sí mismo, se aseguró de que las sábanas estuviesen sobre su cintura y le hizo un gesto—. Acabo de despertarme… no me hagas caso.
—¿Está seguro?
—Absolutamente, ven aquí. Amigos, ¿recuerdas? —Le tendió la mano y cuando ella llegó a su alcance, le tomó la palma y la instó a sentarse.
—¿Sire? Todavía está mirándome.
Qhuinn examinó su rostro y luego bajó por su cuerpo. Ojos verdes…
Bueno, ¿qué pasaba con los malditos ojos? No era como si él nunca los hubiese visto antes.
Ojos verdes…
Se tragó una maldición. Cristo, era como tener una canción en la cabeza de la que podías recordarlo todo menos la letra.
—¿Sire?
—Qhuinn. Dilo, por favor.
—Qhuinn.
Él sonrió un poco.
—Aquí, toma lo que necesitas.
Cuando levantó la muñeca, pensó Tío, está jodidamente delgada mientras ella se inclinaba y abría la boca. Sus colmillos eran largos y muy blancos, pero delicados. No como los suyos. Y su mordisco fue tan suave y elegante como el resto de ella.
Cosa que el tradicionalista dentro de él pensó que solo era lo apropiado.
Mientras ella se alimentaba, miró su pelo rubio retorcido en una compleja trenza, sus desnudos hombros y sus hermosas manos.
Ojos verdes.
Cristo —cuando ella hizo ademán de retirarse, le puso la mano en la parte posterior del cuello y la mantuvo pegada a su muñeca—. Está bien. Un calambre en el pie.
Más bien un calambre cerebral.
Frustrado, levantó la cabeza y en lugar de golpear la pared con ella, se frotó los ojos. Cuando se recompuso, estaba mirando la puerta…
… por donde Layla había llegado.
Inmediatamente, fue absorbido de vuelta al sueño. Pero no al momento de la paliza o a su hermano. Se vio a sí mismo de pie en la entrada del Fade… de pie frente a los paneles blancos… de pie con una mano extendida, a punto de alcanzar el pomo.
La realidad se deformó, se retorció y se convirtió en un chicle-retorcido hasta que no supo si estaba despierto o dormido… o muerto.
El remolino empezó a formarse en el centro de la puerta, como si todo hubiera sido hecho de algo licuado hasta la consistencia de la leche. Y desde fuera del centro del tornado una imagen se unió y se mostró, más como un sonido que se junta como algo visual que toma forma.
Era el rostro de una hembra joven.
Una hembra joven de pelo rubio y rasgos refinados… y ojos de un verde pálido.
Ella lo miraba fijamente, atrayendo los ojos de él como si le hubiese capturado el rostro entre las pequeñas y hermosas manos.
Luego, parpadeó. Y sus iris cambiaron de color.
Uno se volvió verde y el otro azul. Justo como los suyos.
—¡Sire!
Al principio, estaba muy confundido, preguntándose por qué infiernos la joven hembra lo había llamado. ¿Cómo sabía quién era?
—¡Qhuinn! ¡Permítame sellarlo!
Parpadeó. Y descubrió que se había echado contra la cabecera y en el proceso, había arrancado los colmillos de Layla de su carne y estaba sangrando sobre las sábanas.
—Permítame…
No dejó que la Elegida se acercara y selló con su propia boca la herida. Mientras se hacía cargo de sí mismo, no pudo apartar los ojos de Layla.
Era muuuy fácil superponer los rasgos de esa joven hembra en el rostro de Layla y encontrar algo mucho más profundo que una similitud.
Cuando su corazón empezó a latir fuertemente, se tomó unos minutos para recordarse a sí mismo que nunca había hecho nada profético. A diferencia de V, él no podía ver el futuro.
Layla se movió lentamente mientras se levantaba de la cama, como si no quisiera asustarlo.
—¿Debería ir a buscar a Jane? O quizá sería mejor que me fuese.
Qhuinn abrió la boca… y no salió nada de ella.
Guau. Nunca había tenido un accidente de coche, pero se imaginaba que el miedo arrollador que sentía ahora era probablemente el mismo que cuando veías a alguien saltarse una señal de stop y salir disparado hacia el lado de tu puerta: calculabas su dirección y su velocidad contra ti y llegabas a la conclusión de que el impacto era inminente.
Aunque no podía imaginar un mundo en el que él dejara a Layla embarazada.
—He visto el futuro —dijo desde la distancia.
Las manos de Layla se alzaron hacia su garganta como si se estuviese ahogando.
—¿Es malo?
—Es... no es posible. En absoluto.
Mientras ponía la cabeza entre las manos, todo lo que podía ver en la oscuridad era ese rostro… que era mitad Layla y mitad él.
Oh, Dios… sálvalos a ellos dos. Sálvalos… a todos.
—¿Sire? Me está asustando.
Bueno, eso hacía que ambos…
Salvo que no podía ser. ¿Verdad?
—Voy a irme —dijo torpemente—. Le doy las gracias por su regalo.
Qhuinn asintió con la cabeza y no pudo mirarla.
—No hay de qué.
Cuando la puerta se cerró poco después, se estremeció, un miedo frío y helado se coló en sus huesos… y llegó hasta su alma.
Realmente irónico, pensó. Sus padres nunca habían querido que él se reprodujera y fíjate, la idea de joder a Layla con una hija defectuosa o, peor aún, de imponer sus jodidos ojos a una inocente hembra joven lo hizo abrazarse a su voto de celibato como ninguna otra cosa podría haberlo hecho.
Y, en realidad, debería sentirse contento. De todos los destinos que podría haber visto, éste era cien por cien evitable, ¿no?
No iba a tener sexo con Layla.
Nunca.
Por lo tanto era imposible. Fin.

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