martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 49 50 51

Capítulo 49

Manny volvió a su apartamento sobre las seis de la tarde. Todo decía que había pasado ocho horas en el hospital siendo pinchado y aguijoneado por varias personas a las que conocía mejor que a los miembros de su extensa familia.
Los resultados estaban en su correo electrónico, porque había enviado copias de todo desde su cuenta del hospital a la personal. No es que hubiera ninguna razón para abrir todos esos ficheros. Sabía las notas de memoria. Los resultados de memoria. Las radiografías y el TAC de memoria.
Tiró las llaves sobre el mostrador de la cocina, abrió el frigorífico y deseó tener zumo de naranja fresco allí dentro. En su lugar… paquetes de salsa de soja del chino que estaba calle abajo… una botella de salsa de tomate… y una pequeña lata redonda con alguna clase de sobras de alguna cena de negocios que había tenido hacía dos semanas.
Que importaba. No estaba tan hambriento.
Inquieto y nervioso, contempló la luz en el cielo: todavía se demoraba por el oeste.
No iba a tener que esperar mucho.
Payne iba a regresar después de que el sol se pusiera. Podía sentirlo en los huesos. Todavía no estaba seguro de por qué ella había pasado la noche con él o por qué había conservado sus recuerdos pero tenía que preguntarse si al final ella iba a arreglar eso cuando estuviera aquí.
Dirigiéndose hacia el dormitorio, su primer movimiento fue recoger las almohadas del suelo y colocarlas donde correspondía. Luego alisó el edredón… y estuvo listo para empacar. Sobre la cómoda, empezó a sacar ropas y amontonarlas en la pulcra cama.
Nada de volver al St. Francis. Había dimitido en medio de todas las pruebas.
Ninguna razón para permanecer en Caldwell, en todo acaso, probablemente era mejor marcharse de la ciudad.
Ningún indicio de adónde dirigirse, pero no necesitabas un destino para ir a algún sitio.
Calcetines. Ropa interior. Polos. Vaqueros. Pijamas de hospital.
Una ventaja de tener una guardarropa que consistía principalmente en ropa de quirófano proporcionada por un hospital era que no tenías mucho que empacar. Y Dios sabía que tenía suficientes bolsas de gimnasio.
Del cajón inferior de la cómoda, sacó los dos únicos jerséis que poseía…
La foto enmarcada debajo de ellos estaba boca abajo, el pequeño soporte de cartón estaba tumbado contra el dorso.
Manny alargó la mano y la cogió. No tenía que girarla para ver quien era. Había memorizado la cara del hombre hacia años y años.
Y aún así fue un shock girar la imagen en las manos y mirar la foto de su padre.
Un HDP guapo. Muy, muy guapo. Cabello oscuro… como el de Manny. Los ojos hundidos… como los de Manny.
Yyyy eso es todo lo lejos que iba a ir con la retrospectiva. Como siempre, en lo que se refería a la mierda sobre su padre, la empujó a un rincón mental y siguió adelante con su vida.
Lo cuál esta noche significaba que el marco fue a la bolsa más cercana y eso fue…
El golpe en el cristal llegó demasiado temprano para que fuera ella, pensó.
Pero entonces miró el reloj y se dio cuenta de que esta rutina de empacar había durado cerca de una hora.
Mirando por encima del hombro, el corazón fue tres veces más rápido cuando vio a Payne de pie al otro lado del cristal. Dios… maldición… le dejaba boquiabierto. Se había trenzado el pelo y llevaba una larga túnica blanca ceñida a la cintura, estaba… quitaba el aliento.
Deslizando el pasador, abrió la puerta y la explosión fría de la noche le golpeó en la cara, haciendo que se enfocara de golpe.
Sonriendo ampliamente, Payne no había hecho más que entrar cuando saltó a sus brazos, su cuerpo tan sólido contra el suyo, los brazos muy fuertes alrededor de su cuello.
Se dio una fracción de segundo para sostenerla… por última vez. Y luego, por mucho que lo matara, la dejó y usó la excusa de dejar al viento que soplaba fuera para alejarse aún más.
Cuando le dirigió la mirada ella, la alegría que había estado en su cara se había ido y se abrazaba a si misma.
—Me figuré que regresarías —dijo en voz ronca.
—Yo… tenía buenas noticias. —Payne miró la alineación de bolsas de gimnasio en la cama—. ¿Qué estás haciendo?
—Tengo que salir de aquí.
Mientras ella cerraba los ojos brevemente, casi le destruyó no ir y consolarla. Pero ya era bastante duro. Tocarla otra vez le rompería por la mitad.
—Hoy fui al médico —dijo—. Pasé toda la tarde en el hospital.
Ella palideció.
—¿Estás enfermo?
—No exactamente. —Caminó de aquí para allá y fue a parar a la cómoda, donde empujó el vacío cajón inferior a su lugar—. Lejos de ello, en realidad… parece que mi cuerpo ha regenerado partes de sí mismo. —Bajó la mano a la parte inferior de su cuerpo—. Durante años he tenido una cadera artrítica por hacer demasiado deporte… siempre he sabido que al final tendría que reemplazarla. ¿Según las radiografías tomadas hoy? Está en perfectas condiciones. No se ha encontrado ninguna artritis, ninguna inflamación. Tan buena como cuando tenía dieciocho.
Mientras ella se quedaba boquiabierta, él se figuró que también podría golpearla con todo. Remangándose la manga de la camisa, se pasó la mano sobre el antebrazo.
—He tenido manchas en la piel por daño solar durante las dos últimas décadas, ahora se han ido. —Se agachó y se levantó el pantalón de la pierna—. ¿La periostitis tibial que tengo de vez en cuando? Desaparecida. Y esto a pesar de correr trece kilómetros esta mañana sin pensar en ello, en menos de cuarenta y cinco minutos. Mi sangre vuelve a funcionar sin problemas de colesterol, valores perfectos de hígado, niveles de hierro y plaquetas. —Se dio golpecitos en las sienes—. Y he estado al borde de las gafas para cerca, estirando el brazo con menús y revistas… excepto que ya no las necesito. Puedo leer la letra pequeña a cinco centímetros de mi nariz. Y lo creas o no, esto es sólo el principio.
Ni siquiera comenzó con la falta de patas de gallo alrededor de los ojos y el hecho de que el gris de sus sienes había sido reemplazado con el castaño oscuro y que sus rodillas no dolían.
—Y tú crees… —Payne se puso una mano en la garganta—. ¿Y tú crees que yo soy la causa?
—Sé que lo eres. ¿Qué más puede ser?
Payne empezó a sacudir la cabeza.
—No comprendo por qué esto no es una bendición. Todas las razas siempre han buscado la eterna juventud…
—No es natural. —Ante esto, ella respingó, pero él tenía que continuar—. Soy médico, Payne. Sé todo acerca del modo normal en que los cuerpos humanos envejecen y tratan con las heridas. Esto —gesticuló sobre su cuerpo con las manos—, no está bien.
—Es regeneración…
—¿Pero dónde va a detenerse? ¿Voy a hacer como Benjamin Button y desenvejecer hasta volver a ser un niño?
—Eso sería imposible —contradijo ella—. Yo he estado expuesta a la luz más que tú y no he retrocedido a mi juventud.
—Bien, vale, así que asumamos que eso no sucede, ¿pero qué hay de los otros en mi vida? No es que sea un larga lista, pero aún así. Mi madre me verá así y creerá que me he sometido a cirugía plástica, pero ¿y en diez años? Ella sólo tiene setenta… confía en mi, para cuando tenga ochenta o noventa, se dará cuenta de que su hijo no envejece. ¿O debo abandonarla?
Manny empezó a caminar otra vez y mientras se tiraba del pelo, podría haber jurado que era más espeso.
—Hoy perdí mi trabajo a causa de lo que sucedió después de que mis recuerdos fueran borrados. Durante esa semana que estuve lejos de ti, mi cabeza estuvo tan jodida que no sabía si era de noche o de día y eso es en todo lo que se basan porque no es como si les pudiera explicar que sucedió realmente. —Se giró hacia ella—. La cuestión es que éste es el único cuerpo que tengo, la única mente, lo único… todo. Tus vampiros enredaron con mi cerebro y casi lo perdí… ¿Cuáles son las consecuencias de esto? Todo lo que sé es que la causa… ¿la magnitud del efecto? Ni un indicio y eso me aterroriza por una maldita buena razón.
Payne se echó la trenza gruesa sobre el hombro y la alisó mientras bajaba los ojos.
—Lo… siento.
—No es tu culpa, Payne —gimió mientras él abría las manos—. No quiero colocar todo esto sobre ti, pero yo…
—La culpa es mía. Soy la causa.
—Payne…
Mientras comenzaba a ir donde ella, ella levantó las manos y retrocedió.
—No, no te acerques.
—Payne…
—Tienes razón. —Se detuvo cuando chocó contra la puerta de cristal por la que había entrado—. Soy peligrosa y destructiva.
Manny se frotó la cruz a través de la camisa. A pesar de todo lo que había dicho, en ese momento, quiso retirarlo y de algún modo, encontrar un modo de hacer las cosas bien entre ellos.
—Es un don, Payne. —Después de todo, él y la yegua habían demostrado los beneficios de una exposición a corto plazo—. Va a ayudarte a ti, a tu familia y a tu gente. Joder, con lo que puedes hacer, sacarás a Jane del negocio.
—Verdaderamente.
—Payne… mírame. —Cuando ella finalmente levantó los ojos a los suyos, quiso llorar—. Yo…
Excepto que dejó que la frase se desvaneciera. La verdad era que la amaba. Completamente y para siempre. Pero sospechaba que eso era la maldición de todo esto para ellos.
Nunca iba a olvidarla y nunca habría nadie más para él.
Cuadrando los hombros, se preparó.
—Tengo algo que pedirte.
—Lo que sea —dijo con aspereza.
—No me borres. No le contaré a nadie nada sobre ti o tu raza, lo juro por mi madre. Sólo... déjame así cuando te vayas. Sin mi mente, tengo menos que nada.
*  *
Payne había estado volando alto cuando dejó el complejo. Su hermano había compartido las increíbles noticias tan pronto como ella había regresado antes del alba y había pasado todo el día vacilando entre flotar en una nube y estar realmente impaciente por la lentitud cómo pasaba el tiempo.
Luego había venido aquí.
Era difícil imaginar que hubiera tenido el corazón tan lleno de alegría hacía sólo diez minutos.
No era, sin embargo, difícil comprender la posición de Manuel. Y se sorprendió porque ninguno de los dos hubiera anticipado las implicaciones más grandes de su… poder sanador. O lo que fuera.
Por supuesto que le afectaría.
Al mirar a Manuel, encontró la tensión en él intolerable: estaba honesta y sinceramente preocupado por lo que sería de él si colocaba los recuerdos de su tiempo juntos fuera del alcance de su conciencia. ¿Y por qué no lo estaría? Había perdido su amado trabajo a causa de ella. Su cuerpo y su mente corrían peligro por su causa.
Parcas, nunca debería haberse acercado a él.
Y esto era precisamente por lo qué se desaprobaba mezclarse con los humanos.
—No te preocupes —dijo ella suavemente—. No te comprometeré mentalmente. He hecho más que suficiente.
Cuando él exhaló su alivio, ella sintió lágrimas atascadas en la garganta.
Él la miró fijamente durante un latido.
—Gracias.
Ella se inclinó un poco y cuando se enderezó, se sorprendió al ver un brillo en aquellos hermosos ojos color caoba.
—Quiero recordarte, Payne... a todos vosotros. Todo. —Esa mirada fija triste y anhelante buscó su cara—. El modo en que sabes y sientes. El sonido de tu risa… de tus jadeos. El tiempo que he tenido contigo… —Su voz se rompió y se recuperó carraspeando—. Necesito esos recuerdos para que me duren toda la vida.
Las lágrimas se derramaron por las mejillas de Payne mientras su corazón dejaba de funcionar bien.
—Te echaré de menos, bambina. Cada día. Siempre.
Cuando extendió los brazos, ella se introdujo entre ellos y perdió la compostura por completo. Sollozando en su camisa, fue envuelta por su cuerpo fuerte y sólido, y se agarró a él tan apretadamente como él a ella.
Y luego los dos rompieron el abrazo al mismo tiempo, como si fueran un corazón. Y ella suponía que lo eran.
Verdaderamente, había una parte de Payne que quería luchar, discutir y tratar de hacerle ver el otro lado, la otra manera. Pero no estaba segura de que hubiera una. No podía predecir el futuro más que él y no sabía más acerca de las repercusiones de lo que había cambiado en su interior que él.
No había nada más que decir. Este final que había llegado inesperadamente era un impacto que no podía ser amortiguado por la charla, el toque o incluso, sospechaba ella, el tiempo.
—Me iré ahora —dijo, retirándose.
—Deja que te lleve a la puerta…
Mientras Payne se desmaterializaba fuera de su casa, ella se dio cuenta de que ésas serían las últimas palabras que le diría.
Ese era su adiós.
*  *
Manny miró fijamente el espacio donde su mujer había estado. Ya no había nada de ella, había desaparecido en el fino aire como un rayo de luz que hubiera sido cortado.
Ido.
Su impulso inmediato fue entrar en el armario delantero del vestíbulo, sacar su bate de béisbol y destruir el lugar. Romper todos los espejos, platos y la mierda… luego tiraría los pocos muebles que tenía por encima del borde de la terraza. Después de eso... quizá cogería el Porsche y saldría a la Northway, lo pondría a cien y elegiría un curso que terminaría en los puntales de un puente.
Ningún cinturón de seguridad en este guión, obviamente.
Aunque al final, se sentó en la cama junto a las bolsas del gimnasio y puso la cabeza entre las manos. No era tan nenaza para llorar como si estuviera en un funeral. En absoluto. Sólo goteó sobre sus zapatillas de correr.
Varonil. Real y jodidamente varonil.
Pero cuanto podía ver era el vestíbulo de su casa vacía tan falto de importancia como su orgullo, su ego, su polla y sus pelotas… todos ellos juntos.
Dios… eso no era sólo tristeza.
La pérdida le arruinaba.
E iba a llevar este dolor con él durante el resto de su vida.
Que irónico. El nombre de ella le había parecido tan extraño al principio. Ahora, era muy apropiado.

Capítulo 50

Payne no regresó a la mansión, no tenía ningún interés en ver a nadie de los que vivían allí. Ni al Rey, que le había dado una libertad que en última instancia no necesitaba. Ni a su mellizo, que había intercedido a su favor. Y por supuesto tampoco a ninguna de las felices, afortunadas y benditas parejas que vivían bajo ese real techo.
Así que en lugar de dirigirse al norte, tomó forma junto a la ribera del río, que corría paralelo a los altos edificios de cristal del centro. La brisa era más suave al nivel del suelo y traía con ella el chapoteo de las olas al lamer los rocosos flancos del río. De fondo, el zumbido de los vehículos remontando las suaves pendientes de los puentes y desapareciendo al llegar al lado opuesto, haciéndole sentir más intensamente la profundidad y amplitud del paisaje.
Rodeada de humanos, estaba completamente sola.
Sin embargo, esto era lo que había pedido. Esta era la libertad que había deseado tan intensamente y buscado con ansia.
En el Santuario no había cambiado nada. Pero nada había ido mal tampoco.
Aun así, en cualquier caso, siempre preferiría esta cruda dureza al aletargado aislamiento anterior.
Oh, Manuel…
—Eh, nena…
Payne miró por encima del hombro. Un macho humano se estaba acercando, obviamente desde detrás de uno de los pilares del puente. Venía dando bandazos y olía a capas y capas de sudor fermentado y suciedad.
Payne se desmaterializó a otra zona de la rivera sin siquiera molestarse en despedirse. No había motivos para borrarle los recuerdos. Era poco probable que recordara haberla visto. Y seguro que estaba acostumbrado a las alucinaciones inducidas por la droga.
Se quedó mirando la ondulante superficie del río, pero no se sintió tentada por su oscura profundidad. No iba a hacerse daño a causa de esto. Esta no era una prisión en la que quedarse atrapada… y además, lo de las huidas cobardes se había terminado. Apoyó los pies con firmeza sobre el suelo, cruzó los brazos y se limitó a existir, sin moverse del sitio, dejando que el tiempo fluyera a través del filtro de la realidad, sin prestar atención, mientras, en lo alto, las estrellas giraban y cambiaban de posición…
Al principio, el aroma le llegó a la nariz subrepticiamente, colándose entre la mezcla de suciedad reciente, piedra mojada y polución urbana. De modo que, inicialmente, no notó nada distinto en el olor.
Sin embargo, su inconsciente lo reconoció rápidamente.
Con un cosquilleo instintivo, la cabeza pareció darse la vuelta por su propia voluntad, girando sobre la columna. Luego siguieron los hombros… luego las caderas.
Ese olor rancio era el enemigo.
Un lesser.
Comenzó a trotar suavemente, sintiendo en su sangre una agresividad que no estaba solo relacionada con su corazón roto y su frustración acerca de lo que el destino le había deparado. Mientras acortaba distancias con el aroma, lo que le impulsaba era una profunda herencia de violencia y protección, sentía un hormigueo en las piernas, en la mano de la daga y en los colmillos. Transformada por ese propósito mortal, no era ni macho ni hembra. Ni Elegida, ni hermana, ni hija. Mientras atravesaba los callejones y las calles, era un soldado.
Entró en un callejón y, al final del mismo, encontró al par de asesinos cuyo aroma había captado desde el río. Estaban de pie, juntos, apiñados alrededor de lo que reconoció como un teléfono. Eran nuevos reclutas, con pelo oscuro y cuerpos nerviosos.
No levantaron la vista cuando ella se detuvo. Lo que le dio tiempo para recoger un disco de metal plateado en el que ponía FORD. Era una buena arma, la podía utilizar para bloquear un golpe o para lanzarla.
Un momento más tarde, un soplo de viento hizo revolotear su vestido, separándoselo del cuerpo y el movimiento debió de llamarles la atención, porque se dieron la vuelta.
Sacaron los cuchillos. Y también un par de sonrisas que hicieron que le hirviera la sangre.
Niñatos, pensó, creen que como soy una hembra no voy a suponer un problema.
Se acercaron con unos andares que a ella no le pareció que mereciera la pena interrumpir. En realidad, iba a disfrutar con la sorpresa que iban a recibir… y a la que, en última instancia, no iban a sobrevivir.
—¿Qué haces aquí fuera, nenita? —preguntó el más grande de los dos—. Tan sola.
Estoy a punto de rajarte la garganta con lo que llevo a la espalda. Después te romperé las dos piernas, no porque tenga que hacerlo, sino porque disfrutaré del sonido. Y luego buscaré algo de hierro que clavar en tu cavidad pectoral vacía, para enviarte de vuelta a tu hacedor. O a lo mejor te dejo retorciéndote en el suelo.
Payne permaneció en silencio. En vez de hablar, repartió su peso equitativamente entre ambos pies, bien afirmada sobre los muslos. Ninguno de los lessers pareció notar su cambio de posición; estaban demasiado ocupados acercándose y haciéndose los gallitos. Ni tampoco se separaron ni la rodearon. Ni uno se quedó frente a ella para que el otro pudiera acercarse desde atrás.
Se quedaron justo delante… donde ella les podía alcanzar.
Dios, esto no iba a ser más que un buen calentamiento. Aunque a lo mejor aparecía alguien que supiera algo decente sobre lucha para tener un poco de diversión…
*  *
Xcor podía sentir el enorme cambio en sus bastardos.
Mientras marchaban en formación a través de las calles del centro de Caldwell, la agresividad que sentía tras él era como el ritmo de un tambor. Áspera. Fresca. Más fuerte de lo que había sido en la última década.
En efecto, mudarse aquí había sido la mejor decisión que había tomado nunca. Y no solo porque Throe y él habían compartido un poco de bebida y buen sexo la noche anterior. Sus machos eran como dagas recién salidas de la forja, con los instintos asesinos renovados y brillantes bajo la luz de la luna artificial de la ciudad. Cómo iban a encontrar asesinos en el Viejo País. Estaban todos aquí, en donde la Sociedad Lessening había concentrado todos sus esfuerzos…
Xcor volvió la cabeza y ralentizó el paso.
El aroma en el aire hizo que se le alargaran los colmillos y el cuerpo entero le latiera con fuerza.
No hizo falta que anunciara el cambio de dirección. Sus bastardos estaban con él, siguiendo el enfermizo y picante dulzor que viajaba en las alas de la brisa nocturna como él.
Mientras daban la vuelta a la esquina y tomaban la dirección adecuada, Xcor rezó porque hubiera muchos. Una docena. Cien. Doscientos. Quería verse cubierto por la sangre del enemigo, bañarse en el aceite negro que animaba su carne…
Al llegar a la boca de un callejón, más que detenerse, fue como si le hubieran enterrado los pies en cemento.
El pasado le alcanzó en un abrir y cerrar de ojos, atravesando la distancia de los meses, los años y los siglos intermedios, para madurar en el momento presente.
En el centro del callejón, una mujer con un ondeante vestido blanco luchaba con dos lessers. Los mantenía apartados con patadas y puñetazos, pivotando y saltando alrededor a tal velocidad, que tenía que esperar a que volvieran a atacarla.
Era tal su habilidad para la lucha, que estaba jugando con ellos. Y estaba bastante claro que no se estaban dando cuenta de que ella se estaba conteniendo.
Letal. Era letal y simplemente estaba esperando para atacar.
Y Xcor sabía exactamente quién era.
—Es… —Xcor no pudo terminar de decir las palabras.
La había buscado durante eones y siempre se le había negado ese objetivo… sólo para encontrársela una noche cualquiera, en una ciudad cualquiera, al otro lado de un vasto océano… evidentemente era el destino.
Estaban destinados a volver a encontrarse.
Aquí. Esta noche.
—Es la asesina de mi padre —sacó la guadaña de su arnés—. Es la asesina de los de mi propia sangre.
Alguien le sujetó la mano y le paró el brazo.
—Aquí no.
Sólo se detuvo porque no era el sensiblero de Throe. Era Zypher.
—La atraparemos y nos la llevaremos a casa —el guerrero soltó una oscura carcajada, con un intenso sonido erótico—. Tú ya te has aliviado, pero hay otros de entre nosotros que necesitamos lo que tú tuviste anoche. Después, le puedes enseñar las consecuencias de los actos de venganza.
Zypher era el único de entre ellos capaz de urdir un plan como ese. Y, a pesar de que la idea de raptarla sin más le resultaba muy atrayente, Xcor llevaba demasiado tiempo esperando para renunciar a darle muerte.
Tantos años.
Demasiados años… hasta que perdió la esperanza de encontrarla, manteniendo únicamente vivo en sus sueños el recuerdo de lo que le había definido y dado su posición en la vida.
Sí, pensó. Lo correcto sería hacer esto a la manera del Bloodletter. Nada de facilidades para esta hembra.
Xcor devolvió la guadaña a su sitio, al tiempo que la asesina comenzó a trabajar en serio con los lessers. Sin previo aviso, saltó hacia delante y agarró a uno de ellos por la cintura, embistiéndole por debajo de los flameantes brazos y empujándole de espaldas contra el edificio. Ocurrió tan rápido que el segundo lesser estuvo demasiado sorprendido —y obviamente desentrenado— como para salvar a su amigo.
Aunque el número dos estuviera más a su altura, no hubiera tenido ninguna posibilidad. Exactamente en el mismo instante en que atacó, la hembra sacó un tapacubos de detrás de su espalda y golpeó fuertemente con él al asesino en el cuello, cortando profundamente y distrayéndole de inmediato de su intención de capturarla. Mientras chorreaba el aceite negro y se le doblaban las rodillas a uno, ella despachó al asesino que había sujetado contra la pared mediante dos puñetazos en la cara y uno en la nuez. Entonces le cogió en peso y lo golpeó contra la rodilla, que tenía levantada.
Se oyó claramente el ruido que hizo la columna al romperse.
Y mientras se desvanecía, ella se dio la vuelta para enfrentarse a los que le habían estado mirando trabajar. Cosa que no fue sorprendente. Lo lógico era que alguien tan bueno como ella se diera cuenta inmediatamente de que había otros acechando.
No parecía alarmada, con la cabeza inclinada a un lado, pero ¿por qué debería estarlo? Ellos se encontraban entre las sombras y eran claramente de su especie: no tendría motivos para saber que se encontraba en peligro hasta que Xcor se revelara.
—Buenas noches, hembra —dijo en voz baja desde la oscuridad.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
Ahora es el momento, pensó, dando un paso hacia una zona iluminada.
—No estamos solos —murmuró bruscamente Throe.
Xcor detuvo su avance, entrecerrando los ojos ante la visión de los siete asesinos que habían aparecido en la otra punta del callejón.
Muy cierto. No estaban precisamente solos.
Y más tarde, Xcor llegó a creer que la llegada de esos nuevos lessers fue la única razón por la que pudo llevarse a la hembra bajo custodia. La avanzadilla del enemigo requirió su mirada…su atención. Pero antes de que pudiera desmaterializarse a otra posición, tenía a Xcor encima.
A pesar de la manera en que le latía el corazón, la venganza le dio la capacidad de concentración necesaria para dispersar sus moléculas al mismo tiempo en que ella se disponía a enfrentarse al escuadrón que se acercaba. Le colocó la esposa de metal en la muñeca en un abrir y cerrar de ojos y al ver como se daba la vuelta con expresión de furia ciega, recordó la incineración a la que había sometido a su sire.
Lo que le salvó fue el disparo de un lesser.
El sonido no fue significativo, pero sus consecuencias espectacularmente beneficiosas. En el momento en el que ella alzaba su mano libre hacia él, se le aflojó la pierna y se desplomó contra el suelo, claramente porque la bala había dado en algún punto vital. Y en su momento de debilidad, Xcor la dominó —tenía una única oportunidad de someterla a su control. Si no la aprovechaba, no estaba seguro de poder conseguirlo.
Cerró la otra esposa alrededor de su muñeca libre, entonces le agarró de la trenza y se la enrolló alrededor de la garganta, tensando el pelo para cortarle el suministro de aire, justo en el momento en que sus luchadores aparecían con las armas listas.
Cómo se resistió. Tan valiente. Tan ponderosa.
No era más que una hembra… sólo que mucho más que eso. Era casi tan fuerte como él y esa no era su única ventaja. Incluso aunque la habían capturado y estaba al borde de la asfixia, mantuvo los ojos pálidos fijos en los de él, hasta que sintió que ella podía leer su mente y tomar el control de sus pensamientos.
Pero no se dejaría engañar. Mientras el sonido de la lucha estallaba en el callejón, mantuvo la mirada de diamante de la asesina de su señor, a la vez que estrechaba más y más el nudo alrededor de su cuello.
Ella se retorcía y jadeaba, esforzándose por respirar, moviendo los labios.
Él acercó la oreja, quería oír lo que ella tenía que…
—¿…Por qué…?
Xcor se detuvo justo en el momento en el que ella dejó de luchar y puso esos impresionantes ojos en blanco.
Queridísima Virgen Escriba, ni siquiera sabía quién era él

Capítulo 51

Mientras los trogloditas llegaban, V siempre había pensado que la sala de billar de la mansión de la Hermandad lo tenía todo. Televisión de pantalla gigante con sonido envolvente. Sofás con suficiente relleno para calificarse como camas. Chimenea para el calor y para esa mierda atractiva de las brasas ardiendo lentamente. El bar con toda bebida concebible: soda, cóctel, té, café, cerveza, lo que fuera.
Y una mesa de billar. Obvio.
La única cosa "mala" era una nota al pie, de todos modos: la máquina de palomitas era una adición reciente y una clase extraña de campo de batalla. Rhage adoraba jugar con la maldita cosa, pero cada vez que lo hacía, Fritz se ponía nervioso y quería acción. De cualquier modo, era guay. Las pequeñas cestas se llenaban y luego cualquiera de los dos que no hubiera hecho la carga y el reparto tendría parte de ello.
Mientras Vishous esperaba para realizar su siguiente tiro en el billar, agarró un cuadrado de tiza azul y pulió la punta del taco. Al otro lado del fieltro verde, Butch se inclinó y alineó el ángulo mientras resonaba el “Aston Martin Music” de Rick Ross.
—Siete al rincón —dijo el poli.
—Vas a hacerlo, ¿verdad? —V devolvió la tiza y sacudió la cabeza como si hubiera recibido una bofetada, un balanceo y un golpetazo—. Bastardo.
Butch echó un vistazo, con un montón de “vales” resplandeciendo en la jeta.
—Sólo soy bueno. Lo siento, mamón.
El poli tomó un sorbo de su Lag y se recolocó al otro lado de la mesa. Mientras evaluaba las bolas, su sonrisa de sabelotodo estaba justo donde debería: en medio de la cara revelando ligeramente la funda de porcelana.
V había estado manteniendo un ojo sobre el tipo. Después de haber pasado horas juntos, se habían separado con torpeza y tomado duchas separadas. Aunque, afortunadamente, el agua caliente había sido un reinicio para ellos, cuando se encontraron en la cocina del Pit, había sido como de costumbre.
Y la mierda había quedado así.
No es que no hubiera existido la tentación de preguntarle al tío si todo estaba bien. Como... cada cinco minutos. Se sentía como si hubieran luchado juntos y lucieran las fracturas de estrés y los morados que se desvanecían para demostrarlo. Pero V optaba por lo que tenía delante: su mejor amigo moviendo el culo en el billar.
—Y se acabó el juego —anunció el poli mientras la bola ocho rodaba y se hundía.
—Me has dado una paliza.
—Sí. —Butch sonrió y levantó el vaso—. Quieres otra ronda.
—Apuesta tus pelotas.
El olor a mantequilla fundida y el sonido de perdigonazos enloquecidos de granos anunciaron la llegada de Rhage… ¿o quizá Fritz? No, era Hollywood en la máquina con su Mary.
V se recostó de forma que pudo mirar al pasillo, a través del vestíbulo y el comedor, donde el mayordomo y su personal preparaban la Última Comida.
—Tío, Rhage está jugando con fuego —dijo Butch mientras comenzaba a reunir las bolas—. Le doy a Fritz treinta segundos antes de que… aquí viene.
—Voy a fingir que no estoy aquí.
V tomó un trago de su Goose
—Yo también.
Mientras se ocupaban de las bolas, Fritz llegó deprisa atravesando el vestíbulo como un misil que busca una fuente de calor.
—Vigila tu culo, Hollywood, ¿cierto? —murmuró V mientras Rhage entraba con una cesta de palomitas esponjosas.
—Es bueno para él. Necesita ejercicio… ¡Fritz! ¿Cómo estás, compañero?
Mientras Butch y V ponían los ojos en blanco, Rehv entró con Ehlena bajo el brazo enfundado en visón. El cabrón con la cresta Mohawk estaba abrigado como de costumbre y como siempre se apoyaba en su bastón, pero su sonrisa permanente de macho emparejado estaba en su lugar y su shellan resplandecía a su lado.
—Chicos —dijo.
Varios gruñidos lo saludaron mientras Z y Bella entraban con Nalla, y Phury y Cormia llegaban porque estaban pasando el día. Wrath y Beth probablemente estaban todavía arriba en el estudio… quizá mirando papeleo, quizá poniendo a George brevemente en lo alto de la escalera para poder tener algo de "tiempo privado".
Cuando John y Xhex bajaron con Blay y Saxton, las únicas personas que no estaban presentes eran Qhuinn y Tohrment, que probablemente estaban en el gimnasio y Marissa, que estaba en Lugar Seguro.
Bien, esos tres y su Jane, que estaba abajo en la clínica reabasteciendo los suministros que habían sido consumidos la otra noche.
Oh, y por supuesto su melliza, que estaba sin duda... "pues, si"... con ese cirujano suyo.
Con todas las nuevas llegadas al cuarto, el sonido de voces profundas se multiplicó y estalló mientras la gente se servía bebidas, se pasaban al bebé y agarraban puñados de palomitas. Mientras tanto, Rhage y Fritz abrían una carga nueva de maíz. Y alguien estaba cambiando los canales de la televisión… probablemente Rehv, que nunca estaba satisfecho con lo que estaba puesto. Y otra persona atizaba el fuego crepitante.
—Eh. ¿Está todo bien? —dijo Butch suavemente.
V camufló su rutina de sobresaltos sacando un cigarrillo del bolsillo. El poli había hablado en un tono tan bajo que no había manera de que alguien le hubiera oído y eso era bueno. Sí, estaba tratando de abandonar la mierda de ser súper reservado, pero no quería que nadie supiera cómo de lejos habían llegado Butch y él. Eso era privado.
Encendiendo el mechero, inhaló.
—Sí. Lo está, de puta madre. —Entonces miró a los ojos avellana de su mejor amigo—. ¿Y… tú?
—Sí. Yo también.
—Bien.
—Bien.
Ehhhhhhhhhhh, comprueba su mierda con la relación. Más de esto e iba a ganar una estrella de oro en su gráfico.
Un golpe de nudillos más tarde y Butch volvió al juego, alineó su primer disparo mientras V disfrutaba de la satisfacción de relacionarse como un profesional.
Estaba tomando otro chupito de su Goose cuando su mirada saltó a la puerta arqueada de la habitación.
Jane vaciló mientras miraba al interior, su bata blanca abierta mientras se recostaba a un lado como si le buscara.
Cuando sus ojos se encontraron, sonrió un poco. Y luego mucho.
El primer impulso de V fue ocultar su propia sonrisa detrás de su Goose. Pero luego se detuvo. Nuevo orden mundial.
Ven, sonrisa, cabrona, pensó.
Jane le dedicó un pequeño saludo y jugó a ser fría, que era lo que generalmente hacían cuando estaban juntos en público. Girándose, ella se dirigió a la barra para servirse algo.
—Espera, poli —murmuró V, dejando su bebida y apoyando el taco contra la mesa.
Sintiéndose como si tuviera quince años se puso el cigarrillo entre los dientes y se remetió la camiseta sin mangas en la pretina de sus pantalones de cuero. Una pasada por el pelo y estaba… bien, tan preparado como podía estar.
Se acercó a Jane por detrás mientras ella empezaba otra pequeña charla con Mary, y cuando su shellan se giró para saludarlo, pareció un poco sorprendida de que se hubiera acercado a ella.
—Hola, V… ¿cómo estás…?
Vishous dio un paso para acercase, colocando cuerpo contra cuerpo y luego envolvió los brazos alrededor de su cintura. Sosteniéndola con posesión, la arqueó lentamente hasta que ella se agarró a sus hombros y el pelo cayó hacia atrás.
Cuando ella jadeó, él dijo exactamente lo que pensaba:
—Te he echado de menos.
Y con eso, le puso la boca sobre la suya y la besó a conciencia, bajó una mano a la cadera mientras deslizaba la lengua en su boca y siguió y siguió y siguió…
Fue vagamente consciente de que había caído un silencio opresivo sobre la habitación y de que todos los corazones que latían le estaban mirando a él y a su compañera. Pero que importaba. Esto es lo que quería hacer e iba a hacerlo delante de todos… y del perro del Rey, como resultó.
Porque Wrath y Beth entraban desde el vestíbulo.
Mientras Vishous enderezaba lentamente a su shellan, empezaron los abucheos y los silbidos y alguien tiró un puñado de palomitas como si fuera confeti.
—De eso es de lo que estábamos hablando —dijo Hollywood. Y tiró más palomitas de maíz.
Vishous carraspeó.
—Tengo un anuncio que hacer.
Correcto. Bien, había muchos ojos sobre ellos. Pero iba a aguantarse su inclinación a retirarse.
Apretando a la aturdida y ruborizada Jane contra su costado, dijo en voz alta y clara:
—Vamos a emparejarnos. Apropiadamente. Y espero que estéis allí y... Sí, eso es.
Silencio absoluto.
Entonces Wrath soltó el asidero del arnés de George y comenzó a aplaudir. Fuerte y lento.
—Ya. Era. La. Condenada. Hora.
Sus hermanos, sus shellans y todos los huéspedes de la casa hicieron lo mismo y entonces los luchadores estallaron en un grito que se elevó hasta el techo y luego aún más... sus voces vibraron en el aire.
Cuando echó un vistazo a Jane, ella resplandecía. Resplandecía totalmente.
—Quizá debería haber preguntado primero —murmuró.
—No. —Lo besó—. Esto es perfecto.
Vishous comenzó a reírse. Tío, si esto era vivir corriendo riesgos, abandonaría la rutina de culo tieso cualquier noche: sus hermanos estaban detrás de él, su shellan era feliz y... bien, él podría prescindir de las palomitas de maíz en el pelo, para lo que importaba.
Minutos más tarde, Fritz sirvió copas aflautadas de champán y hubo una clase diferente de pops, los corchos salieron volando mientras la gente hablaba aún más fuerte que antes.
Cuando alguien empujó una copa en su manaza, susurró al oído de Jane.
—El champán me pone caliente.
—De verdad…
Resbaló la mano hacia su cadera… más abajo… la empujó contra su repentina excitación.
—¿Conoces el baño del vestíbulo?
—Creo que no hemos sido formalmente presenta… ¡Vishous!
Él dejó de pellizcarle el cuello, pero siguió girando las caderas contra las suyas. Lo cuál era un poco indecente, pero nada que alguna de las otras parejas no hubiera hecho de vez en cuando.
—¿Sí? —preguntó arrastrando las palabras. Cuando ella pareció quedarse muda, le chupó el labio y gruñó—, si recuerdas, ¿discutíamos sobre el cuarto de baño? Pensaba que quizá podría refamiliarizarme contigo. No estoy seguro de si eres consciente de ello, pero ese lavabo te ha estado llamando a gritos.
—Y tú haces tus mejores trabajos en los lavabos.
V arrastró un colmillo por su garganta.
—Eso es cierto.
Mientras su erección empezaba a latir con fuerza, tomó la mano de su hembra…
El reloj de pie del rincón comenzó a sonar y entonces oyó cuatro bongs profundos. Lo que le hizo retroceder un poco y comprobar su reloj aunque no lo necesitaba… porque ese reloj había seguido dando la hora correctamente durante doscientos años.
¿Cuatro de la mañana? ¿Dónde coño estaba Payne?
Mientras le golpeaba con fuerza el impulso de ir al Commodore y traer a su hermana a casa, se recordó que aunque el alba se acercara rápidamente, ella todavía tenía una hora más o menos. Y dado lo que él y Jane estaban a punto de hacer detrás de una puerta cerrada, no la podía culpar por estirar cada momento que tenía con su macho…, ni siquiera si él no iba a ir por ahí absoluta y positivamente.
—¿Todo bien? —preguntó Jane.
Volviendo al plan de acción, dejó caer la cabeza.
—Lo estará tan pronto como te ponga sobre esa encimera.
Jane y él estuvieron en el baño durante cuarenta y cinco minutos.
Cuando salieron, todos estaban todavía en la sala de billar. La música estaba encendida y el “I’m not a human being” de Lil Wayne resonaba por el techo del vestíbulo. Los doggen zumbaban alrededor con alguna mierda elaborada sobre bandejas de plata y Rhage tenía un círculo de gente a su alrededor riéndose mientras bromeaba.
Por un momento, se sintió como en los viejos buenos tiempos.
Pero entonces no vio a su hermana en la multitud. Y nadie vino a decirle que había subido al cuarto de invitados que había estado utilizando.
—Vuelvo enseguida —dijo a Jane. Un beso rápido y se escabulló de la fiesta, patinó por el vestíbulo y entró en el comedor vacío. Rodeando la mesa completamente puesta pero vacía, sacó el móvil del bolsillo y marcó al teléfono que le había dado.
Ninguna respuesta.
Lo intentó otra vez. Ninguna respuesta. ¿La tercera vez? Ninguna… jodida respuesta.
Con una maldición, tecleó con fuerza el número de Manello y se estremeció ante lo que podía estar interrumpiendo… pero probablemente habían corrido las cortinas y perdido la noción del tiempo. Y los teléfonos podían estar perdidos entre las sábanas, pensó con un respingo.
Ring… ring… ring…
—Coge el puñetero…
—¿Hola?
Manello sonó mal. Tan mal como un disparo. Una herida mortal.
—¿Dónde está mi hermana? —Porque no había manera de que el cirujano estuviera así si ella estaba en su cama.
La pausa no fue una buena noticia, tampoco.
—No lo sé. Se marchó hace horas.
—¿Horas?
—¿Qué pasa?
—Jesucristo… —V colgó al tipo y la llamó otra vez. Y otra vez.
Giró la cabeza y miró al recibidor y la puerta al vestíbulo.
Con un zumbido sutil, las persianas de acero que protegían la casa del sol empezaron a bajar suavemente.
Vamos, Payne… ven a casa. Ahora mismo.
Ahora…
Mismo…
El toque suave de Jane le devolvió de golpe a la realidad.
—¿Está todo bien? —preguntó.
Su primer instinto fue cubrirlo todo con un comentario agudo sobre la imitación de Rhage de Steve-O[i] en un lanzamiento de un retrete portátil. En vez de eso, se forzó a ser sincero con su compañera.
—Payne está… quizá DEA. —Mientras ella jadeaba y la alcanzaba con la otra mano, él quiso salir corriendo de alguna manera. Pero mantuvo los pies sobre la alfombra oriental.
—Se marchó de casa de Manello… hace horas… ah, hace horas. Y ahora estoy rezando a una madre a la que desprecio porque atraviese esa puerta.
Jane no dijo nada más. En vez de eso, se orientó para poder ver también el vestíbulo y esperar con él.
Tomando su mano, él se dio cuenta de que era un alivio no estar solo mientras la fiesta rugía enfrente… y su hermana todavía no había vuelto a casa.
Aquella visión que había tenido de ella sobre el caballo negro, dirigiéndose hacia un precipicio aterrador regresó a él en el silencio del comedor. El pelo oscuro volaba detrás de ella al igual que las crines del semental pasaban como un rayo, los dos tras… sólo Dios sabía a dónde.
¿Alegórico? se preguntó. ¿O sólo los anhelos de su hermano porque ella por fin fuera libre…?
Jane y él todavía estaban allí juntos, mirando fijamente a una puerta que no se abrió, cuando el sol subió oficialmente veintidós minutos más tarde.
*  *
Mientras Manny paseaba por su apartamento, se estaba volviendo loco. Absolutamente loco. Había querido salir del piso poco después que Payne, pero había agotado la gasolina y terminado pasando toda la noche mirando a… la noche.
Tan jodidamente vacío.
Había estado tan jodidamente agotado para moverse.
Cuando sonó el teléfono a su lado, había verificado el número y vuelto brevemente a la vida. Número privado. Tenía que ser ella.
Y teniendo en cuenta que su mente había estado repasando lo que le había dicho una y otra vez, había necesitado un segundo para juntar las cosas después de todo ese girar sin sentido. Ese discurso que había lanzado, en aquel momento, había parecido tan racional, razonable e inteligente… hasta que había mirado fijamente al barril de un futuro que era mucho más vacío y profundo que un agujero negro.
Había aceptado la llamada sin esperar a otro macho en la conexión. Mucho menos al hermano de ella.
Mucho menos al bastardo que iba ¡sorpresa, sorpresa! cuando Payne no estaba en el piso.
Mientras Manny caminaba en círculos, miró fijamente al teléfono, deseando que sonara otra vez… deseando que el jodido pedazo de mierda se disparara y tener a Payne diciéndole que estaba bien. O a su hermano. A cualquiera.
A cualquier mamón.
Por amor de Dios, Al Roker[ii] podía llamarle con las malditas noticias de que ella estaba bien.
Pero el alba llegó demasiado pronto y su teléfono permaneció demasiado callado. Y como un perdedor, entró en su lista de llamadas recibidas e intentó marcar la de “número privado”. Cuando todo lo que consiguió fue la señal de marcar otra vez, quiso tirar el móvil a través de la habitación, pero dónde le dejaría eso.
La impotencia era aplastante. Totalmente aplastante.
Quería salir y… mierda, encontrar a Payne si estaba perdida. O, joder, traerla de vuelta a casa si estaba sola. O…
El teléfono sonó. Número privado.
—Joder gracias —dijo mientras la aceptaba—. Payne…
—No.
Manny cerró los ojos: el hermano sonó como el infierno.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos. Y no hay nada que podamos hacer desde aquí… estamos atrapados dentro. —El tipo exhaló como si fumara algo—. ¿Qué coño sucedió antes de que se fuera? Pensé que pasaría toda la noche contigo. Está bien si vosotros dos… ya sabes… pero ¿por qué se marchó tan pronto?
—Le dije que no iba a funcionar.
Un largo silencio.
—¿En qué coño estás pensando?
Claramente si no estuviera todo brillante y soleado afuera, el cabrón habría estado golpeando la puerta de Manny, planeando cómo patear algún culo italiano.
—Pensé que eso te haría feliz.
—Oh, sí. Absolutamente… romper el condenado corazón de mi hermana. Me encanta todo eso. —Otra aguda exhalación como si soplara el humo—. Está enamorada de ti, gilipollas.
Eso no hizo que detuviera sus pasos. Pero volvió al plan de acción.
—Escucha, ella y yo...
En ese punto, se suponía que tenía que explicar el asunto de los resultados de sus exámenes físicos, cómo le había afectado todo y que no sabía cuáles eran las repercusiones. Pero el problema era que en las horas desde que Payne se había largado, se había dado cuenta de que por mucho que esa mierda fuera verdad, había algo más fundamental que iba a su mismo centro: estaba siendo un poco cabrón. Que el ”vete” había ido en realidad sobre el hecho de que se estaba cagando en los pantalones porque se había enamorado de una mujer… una hembra… lo que fuera. Sí, había una tremenda capa de material metafísico que no entendía y no podía explicar, bla, bla, bla. Pero en el centro de todo ello, sentía tanto por Payne que ya no se conocía a sí mismo y esa era la parte espantosa.
Se había acojonado cuando había tenido la oportunidad.
Pero eso ya estaba hecho.
—Ella y yo estamos enamorados —dijo claramente.
¡Y al demonio! debería haber tenido las pelotas de decírselo. Y sostenerla. Y guardarla.
—Como he dicho, ¿en qué coño estás pensando?
—Excelente pregunta.
—Jesu... cristo.
—Escucha, cómo puedo ayudar… puedo salir a la luz del día y no hay nada que no haría por recuperarla. Nada. —Activado por obsesión, se dirigió en busca de sus llaves—. Si no está contigo, ¿A dónde iría? Qué tal ese lugar… ¿el Santuario?
—Cormia y Phury fueron allí. Nada.
—Entonces… —Odiaba pensar así—. Qué hay de tus enemigos. Dónde están durante el día… iré allí.
Maldiciones. Más exhalaciones. Una pausa. Luego un chasqueo y una inhalación, como si el tipo encendiera otro cigarrillo.
—Sabes, no deberías fumar —se oyó decir Manny.
—Los vampiros no sufren cáncer.
—¿De verdad?
—Pues sí. Bien, aquí está el trato. Nosotros no tenemos un lugar específico para la Sociedad Lessening. Los asesinos tienden a introducirse en la población humana en pequeños grupos, así que es casi imposible encontrarlos sin grandes jaleos. Lo único… ve a los callejones al lado de las orillas del río, en el centro. Podría haberse topado con algún lesser, busca evidencias de lucha. Habría petróleo negro por todas partes. Como aceite de motor. Y olería dulce… como animal muerto y polvos de talco. Es jodidamente distintivo. Comencemos con eso.
—Necesito poder localizarte. Tienes que darme tu número.
—Te mandaré un mensaje. ¿Tienes un arma? ¿Cualquiera?
—Sí. Tengo. —Manny ya estaba sacando la cuarenta y cinco con licencia del armario. Había vivido en la ciudad toda su vida adulta y la mierda sucedía… así que había aprendido a manejar un arma hace unos veinte años.
—Dime que es más grande que una nueve.
—Ajá.
—Consigue un cuchillo. Necesitarás una hoja de acero inoxidable.
—Roger. —Se dirigió a la cocina y sacó el Henckels más grande y más afilado que tenía—. ¿Algo más?
—Un lanzallamas. Nunchakus. Estrellas arrojadizas. Uzi. ¿Quieres que siga?
Si solamente tuviera esa clase de arsenal.
—La traeré de vuelta, vampiro. Graba mis malditas palabras… voy a traerla de vuelta. —Agarró su cartera y ya se dirigía a la puerta cuando el terror le detuvo—. ¿Cuántos de ellos hay?. Tus enemigos.
—Un suministro interminable.
—¿Son… machos?
Pausa.
—Lo eran. Antes de ser convertidos, eran hombres humanos.
Un sonido salió de la boca de Manny... uno que estaba muy seguro que nunca había pronunciado antes.
—No, ella puede manejarse en un cuerpo a cuerpo —dijo su hermano en un tono mortal—. Es así de dura.
—No es lo que estaba pensando. —Tuvo que restregarse los ojos—. Es virgen.
—¿Todavía...? —preguntó el tío después de un momento.
—Sí. No me parecía correcto… quitársela.
Oh Dios, la idea de que pudieran hacerle daño…
Ni siquiera pudo terminar la frase.
Poniéndose en acción, salió y fue a llamar al ascensor. Mientras esperaba, se dio cuenta de que el teléfono llevaba silencioso un rato.
—¿Hola? Estás ahí.
—Sí. —La voz del mellizo se rompió—. Sí. Estoy aquí.
La conexión entre ellos permaneció abierta mientras Manny entraba en el ascensor y pulsaba la P. Toda la bajada hasta su coche pasó sin que ninguno de los dos dijera absolutamente nada de nada.
—Son impotentes —murmuró por fin el mellizo de Payne cuando Manny entraba en el Porsche—. No pueden tener relaciones sexuales.
Bien, eso no hacía nada para hacerle sentir mejor. Y a juzgar por el tono de voz del hermano, el otro tipo pensaba de la misma manera.
—Te llamaré —dijo Manny.
—Hazlo, tío. Mejor que lo hagas.



[i] Actor de la serie Jackass.
[ii]Hombre del tiempo de la tele americana, además de actor y escritor.

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