martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 55 56 57

Capítulo 55

Payne se sentó sobre una superficie acolchada, con las manos en el regazo. Supuso que se encontraba en un coche debido a la sutil sensación de vibración, similar a lo que había sentido cuando había viajado con Manuel en su Porsche. Sin embargo, no podía confirmarlo visualmente porque, tal y como el soldado del Bloodletter había prometido, tenía los ojos vendados. Sentía el aroma del macho al mando junto a ella, pero estaba completamente inmóvil, de modo que alguien más debía estar conduciendo el vehículo.
En las horas que habían transcurrido entre su enfrentamiento y el viaje que estaban haciendo, no le había ocurrido nada: había pasado las horas de luz sentada sobre la cama del líder, con las piernas dobladas contra el pecho y las dos pistolas junto a ella sobre la áspera manta. Sin embargo, nadie la había molestado, así que después de un rato, dejó de sobresaltarse ante cualquier ruido y se relajó un poco.
Pronto, los pensamientos acerca de Manuel comenzaron a acaparar la mayor parte de su atención y se dedicó a reproducir una y otra vez las escenas de su excesivamente corto tiempo juntos, hasta que el corazón le empezó a doler por la agonía. Sin embargo, antes de darse cuenta, el líder volvió a su lado y le preguntó si necesitaba alimentarse antes de que partieran.
No, no había querido comer.
Entonces le vendó los ojos con un retal de color blanco prístino, tan limpio y tan bonito que le hizo preguntarse de donde lo habría sacado. Luego la tomó por el codo firmemente y la condujo despacio hacia arriba por las mismas escaleras por las que la había llevado anteriormente.
Era difícil saber cuánto tiempo llevaban en el coche. ¿Veinte minutos? ¿Quizás media hora?
—Aquí —dijo el líder finalmente.
A su orden, lo que fuera en que viajaban disminuyó la velocidad, se detuvo y se abrió una puerta. Mientras el aire fresco se colaba en el interior, la tomaron por el codo otra vez y la ayudaron a mantener el equilibrio al salir. La puerta se cerró y se oyó un ruido, como de un puño golpeando en alguna parte del vehículo.
Las ruedas lanzaron suciedad sobre su vestido mientras giraban.
Y entonces se quedó sola con el líder.
Aunque permanecía en silencio, le sintió moverse detrás de ella y la tela que rodeaba su cabeza se aflojó. Al quedarse libre, tuvo que contener el aliento.
—Pensé que, si había que liberarte, debería ser delante de un panorama digno de tus pálidos ojos.
Toda la ciudad de Caldwell se revelaba bajo ellos, sus luces parpadeantes y su tráfico constante eran un glorioso espectáculo para sus ojos. De hecho, se encontraban en lo alto de una pequeña montaña, con la ciudad extendiéndose a sus pies por las riberas del río.
—Esto es precioso —susurró, mirando al soldado.
Como siempre, él se había colocado lejos, en el extremo más remoto, escondiendo su desfiguramiento en las sombras entre las que se había ocultado.
—Que todo te sea propicio, Elegida.
—Y a ti… Aún no conozco tu nombre.
—Eso es cierto —le hizo una pequeña reverencia—. Buenas noches.
Acto seguido, se marchó, desmaterializándose lejos de ella.
Un momento después, ella se volvió parar volver a contemplar la vista y preguntándose en que parte de la ciudad se encontraría Manuel. Estaría en ese bosque de edificios altos, así que, teniendo en cuenta la situación del puente, estaría… ahí.
Sí, ahí.
Alzando la mano, dibujó un círculo invisible alrededor de la alta y delgada construcción de cristal y acero en el que estaba segura de que vivía.
Con dolor de corazón y sin apenas aliento, se demoró un momento más y luego se disolvió hacia el noreste, hacia el complejo de la Hermandad. No hizo el viaje con entusiasmo, sino tan solo con un sentimiento de obligación de informar a su mellizo de que se encontraba sana y salva.
Tras tomar forma en los escalones de piedra de la inmensa mansión, se acercó a las puertas dobles con un extraño temor. De alguna manera estaba agradecida de estar de vuelta en casa, pero la ausencia de su macho le impedía sentir cualquier tipo de alegría por los reencuentros que iban a tener lugar.
Cuando tocó el timbre, la puerta hacia el vestíbulo se abrió inmediatamente y pudo dejar la noche atrás.
Él sonriente mayordomo abrió la segunda puerta interior incluso más rápidamente.
—¡Señora! —gritó.
Mientras entraba en el recibidor que le había encantado desde el primer momento en que lo había visto días atrás, captó una breve imagen de su sorprendido mellizo saltando hacia la salida de la sala de billar.
Un breve vistazo fue todo lo que obtuvo de él, sin embargo.
Una enorme fuerza quitó a Vishous de en medio con tal ímpetu que salió volando, haciéndole soltar el vaso que tenía en la mano y esparciendo lo que fuera que contenía por el aire.
Manuel apareció en el recibidor, con una expresión de incredulidad, terror y alivio, todo a la vez, en el rostro.
Salvo que no tenía sentido que estuviera corriendo hacia ella, ni que estuviera aquí en…
Él la tenía en sus brazos antes de que pudiera completar el pensamiento y, oh, Parcas, olía igual a esa misma y oscura especia que era exclusiva sólo de él y sólo él inundaba sus sentidos. Y tenía los hombros tan anchos como recordaba. Y la cintura tan esbelta. Y ella se sentía igual de maravillosamente entre sus brazos.
La abrazó estrechamente durante un momento mientras su fuerte cuerpo temblaba y entonces se retiró, como si tuviera miedo de hacerle daño.
Su mirada era frenética.
—¿Estás bien? ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Necesitas un médico? ¿Estás herida?… estoy haciendo demasiadas preguntas… Lo siento. Dios… ¿Qué pasó? ¿Dónde fuiste? Mierda, tengo que parar…
Tal como se suponía que eran los encuentros románticos, quizás aquellas no fueran las floridas palabras que a algunas hembras les hubiera gustado oír, pero para ella lo significaban todo.
—¿Cómo es que estás aquí? —susurró tocándole la cara.
—Porque te amo.
Eso realmente no explicaba nada… pero a ella le dijo todo lo que necesitaba saber.
Repentinamente, le apartó las manos de la cara.
—¿Pero y lo que le he hecho a tu cuerpo?
—No me importa. Ya trabajaremos en ello, lo descifraremos, pero estaba equivocado sobre nosotros. Fui un mariquita… un cobarde y estaba equivocado y estoy tan jod… tan arrepentido. Mierda —sacudió la cabeza—. Tengo que dejar de decir tacos. Ay, Dios, tu vestido…
Ella se miró y vio la sangre negra de los asesinos que había matado, así como la mancha roja de su propia sangre.
—Estoy entera y estoy bien —dijo claramente—. Y te amo…
Él la interrumpió y la besó solemnemente en la boca.
—Dilo otra vez. Por favor.
—Te amo.
Él gimió y la rodeó con los brazos. Payne sintió que el corazón le rebosaba de calidez y gratitud, y dejó que la emoción la envolviera al pegarse a él. Mientras se abrazaban, miró por encima del hombro de su macho. Su hermano estaba de pie junto a su propia shellan.
Miró a su mellizo a los ojos y en ellos vio todas sus preguntas y sus temores.
—No estoy herida —les dijo, tanto a su macho como a su mellizo.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Manuel contra su cabello—. Encontré tu teléfono destrozado.
—¿Me estabas buscando?
—Por supuesto que sí —se separó un poco—. Tu hermano me llamó al amanecer.
De repente estaba rodeada de gente, como si hubiera sonado un gong para llamar al vestíbulo a todos los machos y hembras de la casa. Sin duda la conmoción de su llegada les había hecho reunirse, aunque hasta el momento habían permanecido en la periferia por respeto.
Claramente, allí había más de dos personas a las que tranquilizar.
Y eso le hacía sentirse como parte de esa familia.
—Estaba en el río —dijo lo suficientemente alto como para que todos la escucharan—, cuando capté el aroma del enemigo. Me atrajo y atravesé los callejones hasta que me encontré a dos lessers —notó como Manuel se ponía tenso y vio a su hermano hacer lo mismo—. Estuvo bien poder luchar…
En este punto, dudó. Hasta que el Rey asintió. Y también lo hizo una poderosa hembra de pelo corto… como si ella también tomara parte en la guerra y conociera tanto el impulso como la satisfacción. Sin embargo los Hermanos parecían sentirse claramente incómodos.
Continuó:
—Se me acercó un grupo de machos… fuertes, bien armados, sin duda un escuadrón de soldados. El líder era muy alto, de ojos y pelo oscuros y tenía un… —se llevó una mano a la boca—. Un defecto en el labio superior.
Comenzaron a sonar maldiciones y, al oírlas, ella deseó haber podido usar más los cuencos de ver en el Otro Lado antes de irse. Evidentemente, el macho que estaba describiendo no les era ni desconocido ni bienvenido en su historia.
—Me detuvo… —No se oyó solo uno, sino dos gruñidos ante eso, de su mellizo y de Manuel—. Estaba erróneamente convencido de que yo había traído la calamidad a su línea de sangre. Creía que era el hijo del Bloodletter… y estaba presente la noche en qué di muerte a nuestro padre. En realidad, llevaba siglos buscándome para vengarse.
En ese momento se detuvo, se había dado cuenta de que acababa de admitir haber cometido parricidio. Sin embargo, nadie pareció escandalizarse, lo que decía mucho tanto del tipo de machos y hembras que eran, como del tipo de capullo que su padre había sido.
—Lo desengañé de la noción errada bajo la que estaba actuando —no mencionó el hecho de que la había atacado y estaba contenta de que la magulladura de su cara se hubiera borrado, por algún motivo, no creía que fuera necesario que nadie lo supiera—. Y me creyó. No me hizo daño, de hecho, me protegió de sus hombres, me dejó su cama…
Manuel enseñó los dientes como si tuviera colmillos… y aquello no hizo sino excitarla.
—Sola, dormí sola. Hizo que todos sus subordinados permanecieran arriba con él —Manuel pareció relajarse un poco, por lo menos hasta que ella se dio cuenta de que estaba completamente excitado, tal y como se podía esperar de un macho con necesidad de marcar a su hembra. Y qué erótico era—. Y… me vendó los ojos y me llevó a un mirador con vistas a la ciudad. Y entonces me dejó marchar. Eso fue todo.
—Te secuestró contra tu voluntad —dijo Wrath.
—Creía que tenía motivos. Pensaba que había matado a su padre. Y me hubiera dejado marchar tan pronto como se lo aclaré, pero era de día, así que no podía ir a ninguna parte. Hubiera llamado, pero había perdido el teléfono y no parecía que ellos tuvieran ninguno a mano o por lo menos, yo no lo vi. De hecho, viven a la manera antigua, en comunidad y modestamente, en una habitación subterránea iluminada con velas.
—¿Alguna idea de dónde están? —preguntó su mellizo.
—Ni idea. Estaba inconsciente cuando me… —un grito de alarma surgió de tantas gargantas y ella negó con la cabeza—. Me disparó un lesser
—¿Qué cojones…?
—¿Qué te qué?
—Un arma…
—¿Te disparó…?
—¿Herida…?
Mmmm. A lo mejor eso no había sido de mucha ayuda.
Mientras los Hermanos seguían hablando todos a la vez, Manuel la levantó y la cogió en brazos, con cara de estar muy furioso.
—Ya está bien. Hemos terminado aquí. Voy a reconocerte —miró a su hermano—. ¿Dónde la puedo llevar?
—Arriba. Gira a la derecha. Tres puertas más allá hay una habitación de invitados. Haré que os lleven comida. Si necesitáis suministros médicos, házmelo saber.
—Entendido.
A continuación, su macho corrió hacia las escaleras con ella en brazos.
Qué bien que prácticamente hubiera terminado de contar su historia: con la expresión que tenía Manuel, no tenía intención de volver a hablar sobre su aventura durante un tiempo.
Salvo que quisiera verle muy cabreado.
De hecho, según estaba ahora, ese soldado hubiera tenido de qué preocuparse si sus caminos se llegaban a cruzar.
—Estoy tan contenta de verte —dijo ella bruscamente—. Solo pensaba en ti cuando…
Él cerró los ojos un momento, como si le doliera algo.
—¿No te hicieron daño?
—No.
Y entonces se dio cuenta de lo que le estaba preocupando. Le posó la mano en la cara y dijo:
—No me tocó. Ninguno de ellos lo hizo.
El estremecimiento que recorrió el fuerte cuerpo de su portador fue tan grande que casi tropezó. Pero su macho se recuperó rápido… y siguió su camino.
*  *
Mientras Vishous observaba como el humano se llevaba a su hermana escaleras arriba, se dio cuenta de que estaba contemplando como un futuro se desplegaba justo ante sus ojos. Esos dos lo iban a conseguir y ese cirujano con un gusto musical tan cuestionable iba a formar parte de la vida de su hermana… y de la de V… para siempre.
Repentinamente, viajó en su mente doce meses al pasado y detuvo el botón de rebobinar cuando llegó al momento del relato en el que fue al despacho del cirujano para borrar los recuerdos de la visita del propio V a St. Francis.
Hermano.
Había oído la palabra hermano en su mente.
En aquel momento, no tenía ni puta idea de lo que podía querer decir… porque, vamos, como si eso pudiera ocurrir…
Pero así era, una vez más, estaba viviendo para ver una de sus visiones hacerse realidad.
Sin embargo, para ser completamente exacta, la palabra tendría que haber sido cuñado.
Solo que luego echó una mirada a Butch. Su mejor amigo también estaba mirando al tipo.
Mierda, supuso que al final lo de hermano podría cuadrar. No estaba mal. Manello era el tipo de tío con el que no te importaba estar emparentado.
Como si el Rey le leyera la mente, Wrath anunció.
—El cirujano se puede quedar. El tiempo que quiera. Y puede tener contacto con su familia humana… si quiere. Como pariente mío, es bienvenido en mi casa sin restricciones.
Se oyó un murmullo de aprobación: como siempre, en lo relativo a la Hermandad, los secretos no permanecían secretos mucho tiempo, así que a estas alturas todo el mundo sabía de la relación Manello/Butch/Wrath. Demonios, todos habían visto esa foto. Especialmente V.
Aunque V había hecho un poco más que eso. El nombre “Robert Bluff” había resultado un callejón sin salida. Y ese macho tenía que haber sido mestizo, o no hubiera podido trabajar en ningún hospital durante el día. La cuestión era si sabía lo de su parte vampiro y a qué nivel… y si aún estaba vivo.
Jane le apoyó la cabeza en el corazón y él la rodeó con los brazos aún más estrechamente. Y entonces miró a Wrath.
—Xcor, ¿verdad?
—Sip —dijo el Rey—. Comprobación visual. Y no es la última vez que vamos a oír hablar de él. No es más que el principio.
Desde luego, pensó V. La aparición de esa pandilla de capullos no era buenas noticias para nadie… pero menos para Wrath.
—Caballeros —llamó el Rey— y señoras, la Primera Comida se está enfriando.
Eso dio pie para que todo el mundo regresara al comedor y se pusiera a comer lo que hasta el momento habían estado ignorando.
Con Payne a salvo en casa, podían permitirse tener apetito una vez más… aunque Dios sabía que no iba a ponerse a pensar en lo que sin ninguna duda el cirujano y su hermana iban a hacer a continuación.
Al oírle gruñir, Jane apretó con más fuerza el brazo en torno a su cintura.
—¿Estás bien?
Bajó la mirada a su shellan.
—Creo que mi hermana no tiene edad para tener sexo.
—V, tiene la misma edad que tú.
Él frunció el ceño. ¿La misma? ¿O él había nacido primero?
Bueno, sólo había un sitio en el que conseguir la respuesta a eso.
Mierda, ni siquiera había pensado en su madre con todo este lio. Y ahora que lo hacía… no tenía ningún deseo ni interés en aparecer por allí para anunciar que a Payne le iba fenomenal, gracias, que te jodan mucho.
No. Si la Virgen Escriba quería saber que andaban haciendo sus “niños”, que mirara en esos cuencos de ver de fakakta a los que tanto cariño tenía.
Besó a su shellan.
—No me importa lo que el calendario diga sobre el orden de nacimiento. Esa es mi hermana pequeña y nunca será suficientemente mayor como para… eh… eso.
Jane se rió y se apretó contra él.
—Eres un macho muy dulce.
—Nah.
—Sip.
La condujo al interior del comedor y hacia la mesa, le retiró la silla galantemente y se sentó a su izquierda para que ella estuviera situada junto a la mano de su daga.
Cuando se pusieron a charlar, todo el mundo se concentró en sus platos y su Jane se rió de algo que había dicho Rhage, Vishous miró hacia Butch y Marissa que se sonreían mutuamente y tenían las manos entrelazadas.
Sabes qué, pensó… la vida era de puta madre ahora mismo.
De verdad que lo era.


Capítulo 56

Arriba, Manny pateó la puerta para cerrarla tras su mujer y él, y luego caminó hasta dejarla sobre una cama del tamaño de un campo de fútbol.
No había razón para encerrarse. Sólo un idiota los molestaría.
El resplandor de las ahora abiertas contraventanas le proporcionaba luz suficiente para ver y maldita fuera si no le gustaba lo que tenía ante los ojos: su mujer, sana y salva, tendida sobre… Bien, de acuerdo, esta no era su cama, pero él estaba condenadamente seguro de que iba a transformase en eso antes de que llegara la mañana.
Mientras se sentaba a su lado, discretamente trató de esconder la furiosa erección que había tenido desde que la había visto caminar a través de aquella puerta. Y aunque eran muchas las cosas de las que tenían que hablar, todo lo que pudo hacer fue mirarla fijamente.
Salvo que el médico que llevaba dentro salió.
—¿Te hirieron?
Las adorables manos femeninas bajaron hasta su túnica y cuanto más alto subía el dobladillo, más bajaba ella los parpados.
—Creo que descubrirás que estoy curada. No era más que una raspadura… justo aquí.
Él tragó con fuerza. Joder… sí, ella estaba bien. La piel de la parte alta del muslo era tan suave como la porcelana.
—No obstante, quizás deberías examinarme atentamente —dijo ella alargando las sílabas.
Él separó los labios mientras se le paralizaban los pulmones.
—Estás segura de que estás bien… y ellos no te hicieron daño.
Él nunca lo superaría.
Payne se sentó y lo miró directamente a los ojos.
—Lo que siempre te ha estado destinado continúa ahí para ti, si lo quieres.
Cerró brevemente los ojos. Luego no quiso que ella se llevara una impresión equivocada.
—No es que me importara si tú fueras… quiero decir, no es una cosa en propiedad… —¡Válgame Dios! Esta noche parecía incapaz de hablar—. Simplemente no puedo soportar que fueras herida.
La sonrisa de ella le hizo dar las gracias por el colchón que estaba bajo su culo. Porque si hubiera estado de pie, lo habría dejado fuera de combate.
—Siento lo de la última noche —dijo—. Cometí un error…
Ella le puso la mano sobre la boca.
—Estamos donde estamos ahora. Eso es todo de lo que debemos preocuparnos.
—Y hay algo que necesito decirte.
—¿Me vas a dejar?
—Nunca.
—Bien. Entonces vamos a permitirnos estar juntos primero y luego hablaremos —irguiéndose incluso con más tranquilidad, reemplazó los dedos por su boca, besándolo profunda y largamente—. Mmmm… sí, creo que mucho mejor que hablar.
—Y estás segura de lo que quieres… —eso fue todo lo lejos que pudo llegar antes de que la lengua de ella le robara todo pensamiento.
Gimiendo se levantó sobre la cama, situándose sobre ella. Y luego, encontrando sus ojos, bajó el cuerpo hasta el de ella lentamente… hasta que el último contacto fue el de su erección entre las piernas femeninas.
—No te echarás atrás si te beso ahora —mierda, su voz era tan gutural, prácticamente le estaba gruñendo. Pero él quería pronunciar las palabras. Había alguna otra fuerza que lo guiaba… y esta no era el sexo, aunque estaban envueltos en los mecanismos del acto. En lo tocante a su virginidad, él estaba marcándola de una forma que no entendía, pero no cuestionaba.
—Te quiero de esta forma —dijo ella—. He estado esperando durante centurias por lo que solo tú puedes darme.
Mía, pensó él.
Antes de besarla de nuevo, él se puso de costado y le liberó el cabello de la trenza. Extendiendo las oscuras ondas sobre la colcha de satén, pasó los dedos a través de la longitud.
Luego curvó las caderas contra el femenino centro empujando y retrocediendo, y repitiendo el movimiento… mientras su mano barría bajo el pecho y agarraba con el puño el frágil tejido del vestido.
Francamente, estaba sorprendido de todo lo que quería hacer.
—Quiero estar desnuda antes que tú —le ordenó ella—. Hazlo así, Manuel.
Aquel jodido vestido no tuvo ninguna posibilidad. Incorporándose, él agarró ambas solapas y lo partió desde el frontal hasta abajo, rasgando el material limpiamente, desnudándole los pechos a sus ojos y al frío aire. En respuesta, ella se arqueó y gimió… y eso fue todo. Él estaba con su boca sobre sus tensos pezones y abajo en su centro con las manos. Todo él estaba sobre ella, llevándola a un orgasmo al succionarla y acariciarla con cuidado, y cuando llegó la rápida y desesperada liberación, él se tragó su grito.
Quería darle más y tenía la intención de hacerlo, pero su cuerpo no iba a esperar. Sus propias manos forcejearon con los pantalones, desabrochando el cinturón y bajando la cremallera para liberar su polla.
Estaba lista para él, húmeda, abierta… y dolorida, dada la forma en que apretaba las piernas contra él.
—Iré despacio —le dijo en la boca.
—No me asusta el dolor. No contigo.
Mierda, quizás en esto ellas funcionaban físicamente como lo hacían las hembras humanas. Lo que quería decir que la primera vez no iba a ser fácil para esta mujer.
—Ssss —susurró ella—. No te preocupes. Tómame.
Estirando la mano hacia abajo, él se colocó en posición y… oh, joder… casi se corrió. Ella estaba caliente, mojada y…
Ella se movió tan rápido que no hubiera podido detenerla, ni aunque hubiera querido. Las manos de ella se estiraron hacia abajo y se afianzaron sobre el culo de él, clavándole las uñas y luego…
Payne empujó con las caderas hacia arriba al tiempo que tiraba de él hacia abajo y él hizo todo el recorrido hasta la empuñadura, la penetración total e irrevocablemente completa. Mientras él maldecía, ella se pudo rígida y siseó por el golpe… lo cual era demasiado injusto, porque, jodido infierno, ella se sentía bien. Pero él no iba a moverse… no hasta que Payne se recobrara de la invasión.
Y entonces él cayó en la cuenta.
Deslizando una mano sobre la nuca de ella, le arrastró los labios cerca de su propia garganta.
—Tómame.
El sonido que hizo Payne, lo hizo llegar al orgasmo dentro de ella… fue demasiado condenadamente caliente para contenerse. Y su polla pulsó con los colmillos de ella profundamente hundidos en su vena.
El sexo se volvió salvaje. Ella se movió contra él, su tenso centro ciñéndolo como un puño y vaciándolo mientras él se corría otra vez… y entonces él empezó a empujar fuerte con las caderas. La succión y aquel ritmo loco los empujó a ambos, a toda prisa, en un excitante embate de cuerpos que él sabía iban a sentir ambos por la mañana. No había nada civilizado en esto, eran un macho y una hembra reducidos hasta la esencia más primaria.
Y era lo mejor de todo lo que había tenido nunca.

Capítulo 57

Thomas DelVecchio sabía exactamente donde iba a estar su asesino.
No había preguntas en su mente. Incluso mientras el detective de la Cruz estaba de vuelta en la Central, trabajando con los otros chicos en teorías y pistas –todo lo cual era bastante inteligente- Veck sabía dónde ir.
Y mientras se aproximaba al aparcamiento del Monroe Motel & Suites con las luces apagadas y su moto en punto muerto, pensó que probablemente sería buena idea llamar a de la Cruz y dejar que el tipo supiera donde estaba.
Al final, no obstante, dejó el teléfono móvil en el bolsillo.
Deteniendo la BMW entre los árboles a la derecha del aparcamiento, golpeó el soporte, desmontó y colgó su casco del manillar. La pistola estaba en la funda bajo la axila y se dijo a si mismo que allí iba a permanecer si aparecía alguien.
Casi se creía también la mentira.
Sin embargo, la terrible verdad era que estaba animado por algo que había estado latente durante mucho, mucho tiempo. De la Cruz tenía razón al desconfiar de él como compañero… y acertado al preguntarse dónde terminaban los pecados del padre y comenzaban los del hijo.
Porque Veck era un pecador. Y se había unido a las fuerzas policiales para tratar de drenar aquello fuera de él.
No obstante era probablemente mejor conseguir que aquella mierda se exorcizara. Porque algunas veces sentía que había un demonio dentro de él, de verdad.
Aún así, no estaba aquí para matar a nadie. Estaba aquí para poner bajo custodia a un asesino antes de que el bastardo volviera a hacerlo.
Palabra.
Mientras Veck se aproximaba al motel, permaneció bajo la oscuridad de los árboles y se centró en la habitación donde se había encontrado a la última chica. Todo seguía como lo había dejado el DP. Todavía estaba la cinta de la escena del crimen en un triangulo alrededor de la puerta y el trozo de acera frente a ella… también el sello en la puerta el cual sólo podía romperse teóricamente para asuntos oficiales. No había luces dentro de la habitación ni fuera o frente a ella. Nadie alrededor.
Se situó tras un grueso tronco de una encina, utilizó sus manos envueltas en guantes negros para bajar el gorro de lana negro hasta el suéter negro de cuello alto.
Era muy bueno en quedarse tan quieto que todo él desaparecía. También era muy bueno canalizando su energía hacia una calma generalizada que conservaba sus recursos mientras lo dejaba en hiperalerta.
Su presa iba a alardear. Aquél asesino loco había perdido todos sus trofeos, su colección estaba ahora en manos de las autoridades y los agentes de la Agencia de Cooperación en Seguridad estaban revolviendo para vincularlo con múltiples asesinatos sin resolver a lo largo de toda la nación. Pero el bastado de mierda no volvería aquí con la esperanza de recuperar todo o parte. La vuelta sería para volver a visitar y lamentar la perdida de aquello en lo que había puesto tanto esfuerzo en adquirir.
¿Sería descabellado de su parte? Por completo. Por otro lado, esto era parte de cerrar el ciclo. El asesino no estaría pensando con claridad y se desesperaría por sus pérdidas. Y Veck solo iba a estar de plantón las dos próximas noches hasta que la comparecencia tuviera lugar.
Mientras el tiempo pasaba y él esperaba, esperaba y esperaba aún más… era tan paciente como cualquier buen acechador. Aunque se dio cuenta de que esto podría ser desastroso, estaba aquí solo. Con un cuchillo enfundado en la parte de atrás de la cintura. Y aquella maldita pistola…
El chasquido de una ramita atrajo su mirada hacia la derecha, aunque no su cabeza. No hizo ningún movimiento ni cambió su respiración, ni siquiera una contracción.
Y allí estaba. Un hombre sorprendentemente ligero se abría paso con cautela a través de la crinolina de ramas mullidas del bosque. La expresión de la cara del hombre era casi religiosa mientras se aproximaba al costado del motel, pero aquella no era la única parte que lo identificaba como el asesino. Sus ropas estaban cubiertas de sangre seca, también los zapatos. Iba cojeando como si tuviera una pierna herida, y en su cara tenía líneas grabadas en ella… de uñas.
Te pillé, pensó Veck.
Y ahora que estaba mirando fijamente al asesino… su mano se deslizó bajo la cintura y fue hacia la espalda. A por el cuchillo.
Incluso mientras se decía a sí mismo que dejara el arma donde estaba y fuera a por las esposas, no cambió de curso. Siempre habían existido dos mitades en él, dos personas en una piel, y en momentos como ése sentía como si estuviera observando sus propios actos, como si fuera un pasajero en un taxi y cualquier destino al que se dirigiera no iba a ser resultado de sus propios esfuerzos.
Empezó a aproximarse al hombre siguiéndolo silenciosamente como una sombra, acortando la distancia hasta estar apenas a un metro del bastardo. El cuchillo había encontrado su camino hasta la mano de Veck, en realidad él no lo quería allí pero era demasiado tarde para volverlo a envainar. Demasiado tarde para desviarlo. Demasiado tarde para escuchar la voz que le decía que esto era un crimen que iba a meterlo en la cárcel. La otra parte de él había entrado en funciones y estaba perdido, al borde de asesinar…
El tercer hombre llegó de ningún sitio. Un hombre descomunal vestido de cuero saltó en la trayectoria del asesino, bloqueando su camino. Y mientras David Kroner saltaba atrás alarmado, un siseo furioso atravesó el aire.
Dios, aquello ni siquiera sonaba humano. Y… ¿aquello eran… colmillos?
¿Qué coño…?
El ataque fue tan brutal que con sólo el primer golpe al cuello del asesino en serie, la cabeza del tipo casi se cayó. Y de lo que quedaba, la sangre se dispersó tan a lo ancho y a lo alto que salpicó los gruesos pantalones negros de Veck, así como el suéter de cuello alto y el gorro.
Salvo que no hubo cuchillo o daga involucrados.
Dientes. El hijo de puta estaba desgarrando a aquella mierda con los dientes.
Veck trató de retroceder, pero golpeó contra un árbol, y el impacto le hizo caer rodando al camino de tierra más cerca de lo que necesitaba estar. Y debería haber corrido a por su moto o evidentemente alejarse, pero estaba paralizado por la violencia… y la convicción de que cualquier cosa que estuviera viendo más que seguro no era humana.
Cuando acabó, el monstruo lanzó los restos del masacrado humano al suelo… y luego miró a Veck.
—Jooo…deeeeer…—resolló Veck.
La cara tenía una estructura ósea muy similar a la humana, pero los colmillos estaban equivocados así como el tamaño y aquella vengativa mirada. Dios, la sangre estaba goteando de su boca de verdad.
—Mírame fijo a los ojos —dijo una voz con acento.
Un gorgoteante sonido salió de lo que quedaba del asesino en serie. Pero Veck ni le dirigió la mirada. Estaba paralizado por un asombroso juego de ojos… tan azules… brillantes…
—Mierda —barbotó, un repentino dolor de cabeza eliminó todo lo que veía o escuchaba. Derrumbándose de lado, se puso en posición fetal por el dolor y se quedó allí.
Parpadeo.
¿Por qué estaba en el suelo?
Parpadeo.
Olía a sangre. Pero ¿por qué?
Parpadeo. Parpadeo.
Con un gemido, levantó la cabeza y…
—¡Mierda!
Saltando conmocionado sobre sus pies, bajó la mirada al ensangrentado desastre que había frente a él.
—Oh… joder —maldijo. Lo había hecho. Al final había matado a alguien…
Salvo que cuando miró el cuchillo en su puño. Nada de sangre. No en la hoja. Ni en sus manos. Y solo salpicaba su ropa.
Mirando alrededor, no encontró pistas que sacar. Recordaba conducir hasta aquí… y aparcar su moto… y seguir al hombre que ahora se estaba muriendo en el suelo.
Si era brutalmente honesto con él mismo, había intentado matarlo. Desde el principio. ¿Pero ir a por la evidencia física? No había sido idea suya.
El problema era que todo él era un agujero negro de no información.
Un gemido del asesino en serie activó su cabeza hacia lo correcto. El hombre estaba estirando la mano hacia él. Pidiendo ayuda silenciosamente mientras goteaba por todo el lugar ¿Cómo estaba vivo todavía?
Con manos temblorosas, Veck sacó el móvil y marco el 911.
—Sí, detective DelVeccio, Departamento de Homicidios. Necesito una ambulancia en el Monroe Motel & Suites ahora.
Después que el aviso fuera anotado y los médicos estuvieran en camino, se arrancó de un tirón la chaqueta, la enrolló como una pelota y se arrodilló junto al hombre. Presionando su chaqueta contra las heridas de la garganta del tipo, rezó porque el condenado sobreviviera. Y luego tuvo que preguntarse si eso sería o no una buena cosa.
—No te maté —dijo—. ¿Verdad?
Oh Dios… ¿qué demonios había ocurrido aquí?

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