lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 10 11 12

CAPÍTULO 10


John se despertó en el suelo con Tohr a su lado y Wrath mirándolo desde arriba.
¿Dónde estaba la mujer de cabello oscuro? Trató de sentarse precipitadamente, pero unas fuertes manos lo mantuvieron en su lugar.
—Sólo quédate echado un poco más, compañero —dijo Tohr.
John estiró el cuello mirando alrededor y allí estaba ella, cerca de la puerta, pareciendo ansiosa. En el momento en que la vio, cada neurona de su cerebro se disparó, y volvió la luz blanca. Empezó a temblar, el cuerpo golpeando contra el suelo.
—Mierda, ahí va de nuevo —murmuró Tohr, inclinándose hacia adelante para tratar de controlar el ataque.
Cuando John sintió que estaba siendo absorbido hacia abajo, extendió una mano en dirección a la mujer de cabellos oscuros, tratando de alcanzarla, estirándose.
—¿Qué necesitas, hijo? —La voz de Tohr, por encima de él, estaba decayendo como una estación de radio con estática—. Te lo conseguiremos…
La mujer…
—Ve a él, leelan —dijo Wrath—. Toma su mano.
La mujer de cabello oscuro se adelantó, y en el instante que sus palmas lo tocaron todo se volvió negro.
Cuando recobro la conciencia nuevamente, Tohr estaba hablando.
—…de cualquier forma, lo voy a llevar a ver a Havers. Hey, hijo. Has regresado.
John se sentó, sintiendo vértigo. Se llevó las manos a la cara, como si esto pudiera ayudarlo a permanecer consciente, y miró hacia la puerta. ¿Dónde estaba ella? Tenía que… No sabía que tenía que hacer. Pero era algo. Algo que la involucraba a ella…
Hizo señas frenéticamente.
—Se ha ido, hijo —dijo Wrath—. Os mantendremos separados hasta que tengamos una idea de lo que te pasa.
John miró a Tohr e hizo señas despacio. Tohr tradujo.
—Dice que necesita cuidarla.
Wrath se echó a reír suavemente.
—Creo que tengo cubierto ese puesto, hijo. Es mi compañera, mi shellan, tu Reina.
Por alguna razón John se relajó ante esas noticias, y gradualmente volvió a la normalidad. Quince minutos después pudo ponerse en pie.
Wrath le lanzó una dura mirada a Tohr.
—Quiero hablar contigo de estrategia, así que te necesito aquí. Y como Phury va a ir a la clínica esta noche. ¿Por qué no lleva él al muchacho?
Tohr dudó y miró a John.
—¿Estas de acuerdo, hijo? Mi hermano es un buen tío. En todos los sentidos.
John asintió. Ya había causado suficientes problemas desparramándose por el suelo como si sufriera un ataque de histeria. Después de eso, estaba más que dispuesto a mostrarse amigable.
Dios, ¿que habría pensado esa mujer? Ahora que se había ido, no podía recordar porqué tanto alboroto. Ni siquiera podía recordar su rostro. Era como si sufriera un caso de amnesia.
—Déjame llevarte a la habitación de mi hermano.
John puso la mano en el brazo de Tohr. Cuando terminó de hacer señas, miró a Wrath.
Tohr sonrió.
—John dice que fue un honor conocerte.
—Fue un placer conocerte a ti también, hijo —el Rey volvió al escritorio y se sentó—. Y Tohr, cuando vuelvas, trae a Vishous contigo.
—No hay problema.


 O pateó el costado del Taurus de U con fuerza, la bota abolló el guardabarros.
La maldita caja de mierda estaba atascada a un lado de la carretera. En algún sitio elegido al azar de la Ruta 14, a veinticinco millas del centro de la ciudad.
Le había llevado un buena hora enfrente del ordenador de U encontrar el coche, porque la señal LoJack* fue bloqueada a causa de Dios sabía que. Cuando la maldita señal apareció en la pantalla, el Taurus se movía velozmente. Si O hubiera llevado refuerzos, habría dejado a alguien pegado al ordenador mientras pegaba el camión e iba tras el sedán. Pero U estaba cazando en el centro, y sacarlo a él o a cualquier otro de la patrulla habría llamado mucho la atención.
Y O ya tenía suficientes problemas… problemas que estaban haciendo sonar su móvil otra vez siendo esta la llamada número ochocientos. La cosa había empezado a sonar hacía veinte minutos, y desde entonces las llamadas no habían parado de llegar. Sacó el Nokia de la chaqueta de cuero. El identificador de llamadas mostraba el número como desconocido. Probablemente U, o aún peor, el señor X.
Había corrido la voz de que el Centro había sido incinerado.
Cuando el móvil dejó de sonar, O marco el número de U. Tan pronto contesto, O dijo —¿Me estabas buscando?
—Cristo, ¿Qué paso ahí afuera? ¡El señor X dijo que el lugar estaba destruido!
—No sé lo que paso.
—Pero estabas allí, ¿verdad? Dijiste que ibas a ir.
—¿Le dijiste eso al señor X?
—Si. Y escucha, será mejor que te cuides. El Fore-lesser esta furioso y buscándote.
O se apoyo contra la fría carrocería del Taurus. Infierno sagrado. No tenía tiempo para esto. Su esposa estaba de algún lugar, apartada de él, viva o muerta, y sin importar en que estado se encontrara, necesitaba tenerla de regreso. Luego tenía que ir detrás de ese Hermano con la cicatriz que la había secuestrado y poner a ese feo bastardo bajo tierra. Duramente.
—¿O? ¿Estás ahí?
Maldita sea… Tal vez debería haberlo dispuesto para que pareciera como si hubiera muerto en la explosión. Podría haber dejado el camión en el lugar para desaparecer caminando a través del bosque. Si, pero ¿y después, que? No tenía dinero, ni transporte, ni refuerzos contra la Hermandad mientras iba detrás del de la cicatriz. Sería un ASHI[1] lesser, lo que significaba que si alguien se daba cuenta de su acto de desaparición, toda la Sociedad lo cazaría como a un perro.
—¿O?
—Honestamente no sé lo que pasó. Cuando llegué allí era polvo.
—El señor X piensa que incendiaste el lugar.
—Claro que lo piensa. Asumir eso es conveniente para él, aunque si lo piensas no tengo motivos. Te llamaré después.
Cerró el móvil y lo guardó en la chaqueta. Luego volvió a sacarlo y lo apagó.
Mientras se frotaba la cara, no podía sentir nada, y no era a causa del frío.
Amigo, estaba de mierda hasta las cejas. El señor X necesitaba culpar a alguien de esa pila de cenizas, y O iba a ser esa persona. Si no lo mataban en el acto, el castigo ideado para él sería muy severo. Dios sabía que la última vez que le habían dado una reprimenda el Omega casi lo había matado. Maldito fuera… ¿Cuáles eran sus opciones?
Cuando la solución le llego, se estremeció. Pero el táctico en él se regocijó.
El primer paso era tener acceso a los pergaminos de la Sociedad antes de que el señor X lo encontrara.  Eso significaba que necesitaba una conexión a Internet. Lo que quería decir que iba a volver donde U.


John dejó el estudio de Wrath y caminó por el pasillo hacia la izquierda, manteniéndose cerca de Tohr. Había puertas más o menos cada nueve metros, dispuestas en la pared contraria al balcón, como si se tratara de un hotel. ¿Cuánta gente vivía allí?
Tohr se detuvo y llamó en una de las puertas. Como no obtuvo respuesta volvió a golpear y dijo:
—Phury, tío ¿tienes un segundo?
—¿Me estabas buscando? —llegó una profunda voz desde atrás de ellos.
Un hombre con un montón de precioso cabello venía caminando por el pasillo. Aquello de su cabeza era de todos los diferentes colores, cayéndole sobre la espalda en ondas. Le sonrió a John, luego miró a Tohr.
—Hey, hermano —dijo Tohr. Luego ambos cambiaron para hablar en el Idioma Antiguo mientras el hombre abría la puerta.
John miró dentro del dormitorio. Había una enorme y antigua cama con dosel con almohadas alineadas contra el cabecero tallado. Montones de elegantes cosas decorativas. El lugar olía a Starbucks.
El hombre del cabello volvió a hablar en español y lo miró con una sonrisa.
—John, soy Phury. Creo que ambos iremos a ver al médico esta noche.
Tohr puso la mano sobre el hombro de John.
—Entonces, te veo después, ¿vale? Tienes el número de mi móvil. Sólo envíame un mensaje de texto si necesitas algo.
John asintió y miro como Tohr salía de la habitación a zancadas. Ver alejarse esos amplios hombros lo hizo sentir muy solo.
Al menos hasta que Phury dijo quedamente,
—No te preocupes. Nunca está muy lejos, y te cuidaré muy bien.
John miró hacia arriba a esos cálidos ojos amarillos. Wow… Las cosas eran del color de los jilgueros. Cuando se dio cuenta de que se estaba relajando, reconoció el nombre. Phury… este era el hombre que sería uno de sus profesores.
Bien, —pensó John.
—Entra. Acabo de llegar de hacer un pequeño recado.
Al cruzar la puerta, el humeante olor a café se hizo más fuerte.
—¿Alguna vez has ido a ver a Havers?
John negó con la cabeza y descubrió un sillón contra una ventana. Fue hacia allí y se sentó.
—Bueno, no tienes nada de que preocuparte. Nos aseguraremos de que te traten bien. Así que ¿supongo que te tomaran una muestra de sangre?
John asintió. Tohr le había dicho que iban a sacarle sangre y a hacerle un examen físico. Probablemente ambas cosas fueran buena idea, dada la parálisis, la caída y el temblor que había sufrido en el despacho de Wrath.
Sacó su bloc y escribió, ¿Por qué vas tú al médico?
Phury se acercó y miró lo que estaba escribiendo. Con un ágil giro de su gran cuerpo, apoyó una enorme bota de vaquero en el borde del sillón. John se alejó un poco mientras el hombre se remangaba los pantalones de cuero.
Oh, Dios mío… la parte inferior de su pierna estaba hecha de varillas y tornillos.
John extendió la mano para tocar el reluciente metal, y miró hacia arriba. No se había dado cuenta de que se tocaba la garganta hasta que Phury sonrió.
—Si, lo sé todo acerca de lo que significa perder una parte de ti.
John miró de vuelta al miembro artificial y cabeceo.
—¿Qué como pasó? —cuando John asintió, Phury dudo y luego dijo—. Me la arranqué de un disparo.
La puerta se abrió de golpe y la dura voz de un macho inundó la habitación.
—Necesito saber…
John volvió la mirada mientras las palabras morían. Luego se encogió nuevamente en el sillón.
El hombre que estaba en la entrada tenía una cicatriz, la cara desfigurada por un corte que la atravesaba por la mitad. Pero no fue eso lo que hizo que John quisiera encogerse fuera de la vista. Los negros ojos en ese rostro arruinado eran como sombras de una casa abandonada, llena de cosas que probablemente te lastimarían.
Y para remate, el hombre tenía sangre fresca sobre la pernera de los pantalones y sobre la bota izquierda.
Esa mirada cruel se estrechó y dio de lleno en la cara de John como una ráfaga de aire helado.
—¿Qué estás mirando?
Phury bajo la pierna.
—Z…
—Te hice una pregunta, niño.
John garabateó en el bloc. Escribió rápido y le entregó apresuradamente la hoja al otro hombre, pero de alguna forma esto sólo empeoro la situación.
El deforme labio superior se levantó, revelando imponentes colmillos.
—A la mierda, chaval.
—Para ya, Z —interrumpió Phury—.  Es mudo. No puede hablar —Phury ladeó el bloc hacia él—. Se esta disculpando.
John resistió el impulso de esconderse detrás del sillón cuando quedó expuesto a la vista. Pero entonces la agresividad que irradiaba el hombre se suavizo.
—¿No puedes hablar para nada?
John sacudió la cabeza.
—Bueno, yo no sé leer. Así que estamos BJ[2] tú y yo.
John movió rápidamente su Bic. Mientras le tendía el bloc a Phury, el macho de la mirada negra frunció el ceño.
—¿Qué ha escrito el chaval?
—Dice que está bien. Que es bueno escuchando. Que tú puedes llevar toda la conversación.
Esos ojos sin alma se apartaron.
—No tengo nada que decir. Ahora ¿Cómo mierda regulo el termostato?
—Ah, veintiún grados —Phury fue hacia el otro lado de la habitación—. El indicador debe señalar aquí. ¿Lo ves?
—No lo giré lo suficiente.
—Y debes asegurarte que el interruptor de abajo esté en el extremo derecho. De otra forma, no importa donde este señalando el indicador, no calentara.
—Si... vale. ¿Y puedes leerme lo que pone aquí?
Phury miró al trozo de papel.
—Es la información para la dosis de la inyección.
—No jodas. ¿Y que hago?
—¿Esta intranquila?
—Ahora, no, pero quiero que llenes esto por mi y me digas que debo hacer. Necesito tener una dosis preparada por si Havers no puede venir deprisa.
Phury tomó el frasco y desenvolvió la aguja.
—Vale.
—Hazlo bien —cuando Phury terminó con la jeringa, la volvió a tapar y luego se pusieron a hablar en el Idioma Antiguo. Luego el tío horripilante preguntó—.  ¿Cuánto tiempo estarás ausente?
—Tal vez una hora.
—Entonces, primero hazme un favor. Deshazte de ese sedan en el que la traje.
—Ya lo hice.
El hombre de la cicatriz asintió y dejo la habitación cerrando la puerta.
Phury se puso las manos sobre las caderas y miró el suelo.
Luego fue hacia una caja de caoba que había sobre el escritorio y sacó lo que parecía un porro. Sosteniendo el cigarrillo liado a mano entre el pulgar y el índice, lo encendió aspirando profundamente, manteniendo el humo en sus pulmones por un momento para luego exhalar lentamente, cerrando los ojos. Cuando exhaló, el humo olía como una combinación de granos de café tostado y chocolate caliente. Delicioso.
Cuando los músculos de John se relajaron, se preguntó de qué estaría hecha esa cosa. Estaba seguro de que no era marihuana. Pero no era un cigarrillo común.
¿Quien es él? —escribió John, y le mostró el bloc.
—Zsadist. Mi gemelo —Phury se echo a reír brevemente cuando a John se le aflojó la mandíbula—. Si, lo sé, no nos parecemos mucho. Al menos, ya no. Escucha, es un poco sensible, así que probablemente quieras darle un poco de espacio.
No jodas, —pensó John.
 Phury se colocó una funda sobaquera y puso una pistola en uno de los lados y una daga negra en el otro. Fue hacia un armario y volvió luciendo un chaquetón de cuero negro.
Puso el porro o lo que fuera en un cenicero de plata cercano a la cama.
—Bueno, vamos.





Zsadist entró silenciosamente en su cuarto. Después de fijar el termostato y puso la medicina sobre la mesa, se acercó a la cama y se apoyó contra la pared, quedándose en las sombras. Quedo suspendido en el tiempo mientras se inclinó sobre Bella y valoró la leve subida y bajada de las mantas que marcaban su respiración. Podía sentir los minutos goteando en horas, y aun así no pudo moverse, aun cuando sus piernas se entumecieron.
A la luz de la vela vio su piel curarse directamente frente a sus ojos. Era milagroso, las magulladuras desvaneciéndose de la cara, la hinchazón alrededor de los ojos y los cortes desapareciendo. Gracias al profundo sueño en el que se hallaba, su cuerpo estaba eliminando los daños, y cuando su belleza fue revelada de nuevo, estuvo condenadamente agradecido. En las altas esferas en que ella se movía, evitarían a una hembra con imperfecciones de cualquier clase. Los aristócratas eran así.
Se imaginó la cara sin fallas y hermosa de su gemelo y supo que Phury debería ser el que cuidara de ella. Phury era perfecto material de salvador, y era obvio que ella le gustaba. Además a ella le gustaría despertarse a lado de un macho así. A cualquier hembra le gustaría.
Entonces ¿por qué demonios no la cogía y la ponía en la cama de Phury? Ahora mismo.
Pero no podía moverse. Y mientras la miraba ahora que estaba sobre almohadas que él nunca había usado, entre sábanas que nunca había alzado para él, recordó el pasado…
Habían pasado meses desde que el esclavo había despertado por primera vez en cautividad. En este tiempo no había nada que no le hubiera sido hecho, en él, o sobre él, y había un ritmo predecible en el abuso.
La Mistress estaba fascinada por sus partes privadas y sentía la necesidad de mostrarlas a otros machos que ella favorecía. Traía a esos forasteros a la celda, sacaba el bálsamo, y lo mostraba como un caballo premiado. Él sabía que lo hacia para mantener a los demás inseguros, ya que podía ver el placer en sus ojos cuando los machos sacudían sus cabezas con asombro.
Cuando las inevitables violaciones comenzaron, el esclavo hizo todo lo posible por salirse de su piel y huesos. Era mucho más soportable cuando podía elevarse en el aire, y subía más alto y más alto hasta que rebotaba a lo largo del techo, una nube de él mismo. Si tenia suerte, podía transformarse completamente y sólo flotar, viéndoles desde arriba, jugando a ser el testigo de la humillación, dolor y degradación de alguien más. Pero no siempre funcionaba. A veces no podía liberarse, y era forzado a soportarlo.
La Mistress siempre tuvo que usar el bálsamo sobre él, y últimamente había notado algo extraño: Incluso cuando estaba atrapado en su cuerpo y todo lo que le hacían era intenso, aun cuando los sonidos y los olores anidaban como ratas en su cerebro, había un desplazamiento curioso debajo de su cintura. Lo que fuera que sentía allí abajo era registrado como un eco, como algo separado del resto de él. Era extraño, pero estaba agradecido. Cualquier clase de entumecimiento era bueno.
Siempre que lo dejaban sólo, trabajaba para aprender a controlar los enormes músculos y huesos de después de la transición. Esto lo logró, y había atacado a los guardias varias veces, totalmente impenitente sobre sus actos de agresión. En verdad, ya no sentía que conocía a los machos que lo cuidaban, los que encontraban tal repugnancia en su tarea: Sus caras le eran familiares como figuras de sueño, sólo restos nebulosos de una vida desgraciada de la que debería haber disfrutado más.
Cada vez que lo había hecho había sido golpeado durante horas, aunque sólo sobre las palmas de las manos y las plantas de los pies, porque A la Mistress le gustaba que se mantuviera agradable a la vista. Como consecuencia de sus ofensivas, ahora era vigilado por una escuadrilla rotatoria de guerreros, todos llevaban una cota de malla por si entraban en su celda. Además, la plataforma del lecho  ahora tenía cadenas empotradas que podían abrirse desde fuera, de modo que después de que hubiera sido usado, los guardias no tenían que poner en peligro sus vidas al soltarlo. Y cuando la Mistress quería venir, era drogado hasta la sumisión ya fuera por su alimento o por dardos que le disparaban por una ranura en la puerta.
Los días pasaban despacio. Estaba concentrado en encontrar la debilidad en los guardias y en alejarse tanto como pudiera de la depravación… cuando en realidad  ya estaba muerto. Y tan muerto que incluso cuando estuviera lejos de la Mistress, en realidad nunca estaría vivo otra vez.
El esclavo comía en la celda, tratando de conservar las fuerzas para el siguiente enfrentamiento con los guardias, cuando vio que el panel se abría y un tubo hueco se asomaba. Salto, aunque no había donde esconderse, y sintió la primera picadura en el cuello. Sacó el dardo tan rápidamente como pudo, pero fue golpeado con otro y luego otro hasta que su cuerpo se puso pesado.
Despertó sobre el lecho, con los grilletes puestos.
La Mistress estaba sentada directamente a su lado, la cabeza baja, el cabello cubriéndole el rostro. Como si supiera que estaba consciente, poso su mirada en la de el.
—Seré comprometida.
Ah, dulce Virgen en el Fade, las palabras que había anhelado escuchar. Sería libre ahora, ya que ella no necesitaría a ningún esclavo de sangre si tenía un hellren. Podría volver a sus deberes en la cocina… el esclavo se obligó a dirigirse a ella con respeto, aunque para él fuera una hembra indigna. 
—Mistress, ¿me dejará ir?
Sólo hubo silencio.
—Por favor déjeme ir —dijo él toscamente. Considerando todo por lo que había pasado, dejar su orgullo de lado por la posibilidad de ser libre era un sacrificio fácil.
—Se lo ruego, Mistress. Libéreme de este confinamiento. —Cuando ella lo miró, había lágrimas en sus ojos. —Encuentro que no puedo… tengo que mantenerte. Debo mantenerte.
Él comenzó a luchar, y cuanto más fuerte luchaba contra las ataduras mas crecía la mirada de amor sobre su cara.
—Eres tan magnífico —dijo, bajando las manos para tocarlo entre las piernas. Su cara era… melancólica, casi de adoración—. Nunca he visto un macho como tu. Si no fuera porque estas tan por debajo de mi… mostraría tu cara en mi corte como consorte.
Vio su brazo moverse despacio arriba y abajo y supo que debía estar trabajando esa cuerda de carne que tanto la interesaba. Afortunadamente, no podía sentirlo.
—Déjeme ir…
—Nunca te endureces sin el bálsamo —murmuró con voz triste—. Y nunca encuentras la liberación. ¿Por qué?
Le acarició con más fuerza hasta que sintió que le quemaba abajo donde ella lo tocaba. Había frustración en sus ojos, oscureciéndolos.
—¿Por qué? ¿Por qué no me quieres? —Cuando se quedó silencioso, ella dio un tirón en su parte masculina—. Soy hermosa.
—Sólo para otros —dijo antes de poder detener las palabras.
Su aliento se detuvo, como si la hubiera ahogado con sus propias manos. Entonces sus ojos se deslizaron sobre su estómago y del  pecho a la cara. Todavía estaban brillantes con lágrimas, pero la rabia también los llenaba.
La Mistress se levantó de la cama y lo miro. Entonces le pegó con la mano tan fuerte que debió hacerse daño en la  palma. Mientras escupía sangre, se preguntó si uno de sus dientes no iría en ella.
Mientras sus ojos le taladraban, estuvo seguro de que haría que lo mataran, y la calma se apodero de él. Al menos el sufrimiento terminaría entonces. La muerte… la muerte sería gloriosa.
Bruscamente le sonrió, como si conociera sus pensamientos, como si hubiera estirado la mano y los hubiera tomado de él, como si los hubiera robado tal como había robado su cuerpo.
—No, no te enviaré al Fade.
Se inclinó y besó uno de sus pezones, luego lo aspiró en su boca. Su mano fue a la deriva sobre sus costillas, luego a su vientre.
Su lengua revoloteo sobre su carne.
—Estas demacrado. Tiene que alimentarte, ¿verdad?
Bajó por su cuerpo, besando y chupando. Y luego, rápidamente, ocurrió. El bálsamo. Ella colocándose sobre él. Aquella horrible unión de sus cuerpos.
Cuando cerró los ojos y giró la cabeza, ella lo golpeó con la mano una vez… dos veces… muchas veces más. Pero rechazó mirarla, y ella no era lo bastante fuerte para girar su cara, incluso cuando le agarró por una de las orejas.
Mientras se negaba a mirarla, el llanto creció, tan ruidoso como el sonido de su carne contra sus caderas. Cuando termino, se fue en un remolino de seda, y no mucho tiempo después de eso fue liberado de las cadenas.
El esclavo se alzó sobre el antebrazo y limpió su boca. Mirando la  sangre en su mano, le sorprendió que siguiese siendo roja. Se sentía tan sucio, que no le hubiera extrañado que fuese alguna clase de marrón herrumbroso.
Se bajó de la cama, aún mareado por los dardos, y encontró la esquina a la cual siempre iba. Se sentó con la espalda hacia la juntura de las paredes y encogió las piernas hacia arriba contra el pecho de modo que los talones estuvieran apretados a sus partes masculinas.
Algo más tarde escucho una lucha fuera de su celda, y luego los guardias empujaron a una hembra pequeña dentro. Ella cayó en un montón, pero se lanzó a la puerta cuando esta se cerró.
—¿Por qué? —gritó ella—. ¿Por qué me castigan?
El esclavo se levantó, sin saber qué hacer. No había visto a una hembra con excepción de la Mistress desde que había despertado en cautiverio. Ésta era una criada o algo así. La recordó de antes…
El hambre de sangre se despertó en él cuando captó su olor. Después de todo lo que la Mistress le había hecho, no podía verla como alguien de quien beber, pero esta hembra diminuta era diferente. De repente estaba muerto de la sed, las necesidades de su cuerpo emergiendo como un coro de gritos y demandas. Dio unos pocos pasos tambaleantes hacia la criada, sintiendo sólo el instinto.
La hembra golpeó la puerta, pero entonces pareció notar que no estaba sola. Cuando se giro y vio con quién la habían encerrado, gritó.
El esclavo casi fue superado por su impulso de beber, pero se forzó lejos de ella y volvió de nuevo a donde había estado. Se agachó, envolviendo los brazos alrededor de su tembloroso cuerpo desnudo para mantenerlo en el lugar. Volviendo la cara hacia la pared, intentó respirar… y se encontró al borde del llanto por el animal al que lo habían reducido.
Un poco después la mujer dejó de gritar, y después de más tiempo aún dijo:
—¿Eres tú, verdad? El muchacho de la cocina. El que llevaba la cerveza.
 Asintió con la cabeza sin mirarla.
—Había oído rumores de que te habían traído aquí, pero yo… creí a los que dijeron que habías muerto durante tu transición. —Hubo una pausa—. Eres muy grande. Como un guerrero. ¿Por qué?
Él no tenía ni idea. Ni siquiera sabia que aspecto tenia, pues no había espejo en la celda.
 La hembra se acercó cautelosamente. Cuando la miró, ella estaba mirando sus bandas tatuadas.
—En verdad, ¿qué te hacen aquí? —susurró ella—. Dicen que… cosas terribles son hechas al varón que mora en este lugar.
Cuando no dijo nada, ella se sentó a su lado y le tocó suavemente el brazo. Él se estremeció con el contacto y entonces se dio cuenta que lo calmaba.
—Estoy aquí para alimentarte, ¿no es así? Ésa es la razón por la que me trajeron. —Después de un momento ella le despego la mano alrededor de su pierna y le puso su muñeca en la palma.
—Debes beber. —Entonces él lloró, lloró por su generosidad, por su amabilidad, por la sensación de su mano tierna mientras frotaba su hombro… el único roce al que había dado la bienvenida en… siempre. Finalmente ella le apretó la muñeca contra su boca.
Aunque sus colmillos salieron y él la anheló, no hizo nada, sólo besar su tierna piel y rechazarla. ¿Cómo podría tomar de ella lo que era tomado regularmente de él?  Ella lo ofrecía, pero la estaban forzando a hacerlo, prisionera de la Mistress justo como lo era él.
Los guardias entraron más tarde. Cuando la encontraron acunándolo, se sorprendieron, pero no fueron duros con ella. Mientras se iba, miro al esclavo, con preocupación en su cara
Momentos más tarde los dardos vinieron a él, tantos por la puerta que era como si lo hubieran cubierto con cemento. Mientras se deslizaba hacia la inconsciencia, pensó vagamente que la naturaleza frenética del ataque no era de buen agüero.
Cuando se despertó, la Mistress estaba de pie sobre él, furiosa. Había algo en su mano, pero no podía ver que era.
—¿Piensas que eres demasiado bueno para los regalos que te doy?
La puerta se abrió y el cuerpo blando de la joven hembra fue traído. Mientras los guardias se iban, cayo pesadamente al suelo como un trapo. Muerta.
El esclavo gritó en su furia, el rugido rebotando en las paredes de piedra de la celda, como un trueno amplificado. Tiró contra las bandas de acero hasta que el corte le llego al hueso, hasta que uno de los postes se rajó con un chillido… y todavía bramaba.
Los guardias se alejaron. Incluso la Mistress pareció insegura de la furia que había desatado. Pero como siempre, no paso mucho tiempo antes de que tomara el mando.
—Dejadnos —gritó a los guardias.
Esperó hasta que el esclavo se agotó. Entonces se inclinó hacia él, sólo para ponerse pálida.
—Tus ojos —susurró mirándolo—. Tus ojos… 
Por un momento, pareció asustada de él, pero entonces se cubrió con una capa de majestuoso autodominio.
—¿Las hembras que te ofrezco? Beberás de ellas. —Echó un vistazo al cuerpo sin vida de la criada—. Y es mejor que no dejes que te consuelen, o haré esto otra vez. Eres mío y de nadie más.
—No beberé —gritó—. ¡Nunca!
Dio un paso atrás.
—No seas ridículo esclavo.
 Él mostró sus colmillos y siseo.
—Mírame Mistress. ¡Observa como me marchito!
 Gritó la última palabra, su retumbante voz llenando el cuarto. Mientras ella estaba rígida de la furia, la puerta voló abierta y los guardias entraron con las espadas afuera.
—Dejadnos —gruñó, la cara roja, el cuerpo tembloroso.
Levantó la mano y había una fusta en ella. Con una sacudida brusca del brazo, golpeó con el arma y cruzó el pecho del esclavo. Su carne se rasgó y sangró, y él se rió de ella.
—Otra vez —gritó—. Hazlo otra vez. ¡No lo sentí, eres tan débil!
Alguna presa se había reventado en su interior, y las palabras no paraban… La insulto mientras lo azotaba hasta que la plataforma del lecho fluía con lo que había estado en sus venas. Cuando finalmente no pudo levantar más el brazo, jadeaba y estaba salpicada de sangre y sudor. Él estaba concentrado, helado, tranquilo a pesar del dolor. Aunque fue él quien había sido golpeado, ella era la que se había roto primero.
Su cabeza cayó hacia abajo como en sumisión mientras arrastraba el aliento por sus labios blancos.
—Guardia —llamo con voz ronca—. ¡Guardia!
La puerta se abrió. El macho uniformado que entró vaciló cuando vio lo que había sido hecho, el soldado palideció y osciló en sus botas.
—Sostén su cabeza. —La voz de la Mistress era aguda mientras dejaba caer la fusta—. He dicho sostén su cabeza. Ahora.
El guardia tropezó, apresurándose sobre el suelo resbaladizo. Entonces el esclavo sintió una palmada carnosa en su frente.
La Mistress se inclinó sobre el cuerpo del esclavo, todavía respirando con fuerza.
—No tienes… permitido… morir.
Su mano encontró su carne masculina y luego pasó a los pesos gemelos debajo. Apretó  y retorció, haciendo que su cuerpo entero tuviera espasmos. Mientras él gritaba, ella se mordió la  muñeca y la sostuvo sobre su boca abierta, y sangró.


Z se alejo de la cama. No quería pensar en la Mistress en presencia de Bella… como si todo aquel mal pudiese escapar de su mente y ponerla en peligro mientras dormía y se curaba.
Se acercó a la plataforma y comprendió que estaba curiosamente cansado. Agotado, en realidad.
Mientras se estiraba en el suelo, su pierna palpitó como una maldita.
Dios, había olvidado que le habían pegado un tiro. Se quitó las botas de combate y los pantalones y encendió una vela al lado para alumbrar. Levantando y girando la pierna,  inspeccionó la herida sobre su pantorrilla. Había agujero de entrada y de salida, así que sabía que la bala le  había atravesado. Viviría.
Apago la vela con un soplo, se cubrió las caderas con los pantalones, y se recostó. Abriéndose al dolor de su cuerpo, se convirtió en un recipiente para la agonía, recogiendo todos los matices de sus dolores y escozores.
Oyó un ruido extraño, como un pequeño grito. El sonido se repitió, y luego Bella comenzó a luchar sobre la cama, las sábanas crujiendo como si estuviera sacudiéndose.
Se levanto del suelo y se acercó, justo cuando ella ladeó la cabeza hacia él y abrió los ojos.
Parpadeó, lo miró… y gritó.



[1] ASHI, Ausente Sin Haberse Ido. En inglés original AWOL (Absent Without Official Leave)
[2] BJ, Bien Jodidos. En inglés original SOL (Shit Out of Luck)




—¿Quieres algo de comer, Amigo?
Dijo Phury a John mientras caminaban hacia la mansión. El niño parecía agotado, pero cualquiera lo estaría. Ser hurgado y pinchado era duro. Él mismo se sentía como un trapo.
Cuando John sacudió la cabeza y la puerta del vestíbulo se cerró, Tohr venia bajando la escalera al trote, con el aspecto de un padre nervioso. Y eso a pesar de que Phury había llamado pasándole un informe de camino a casa.
La visita a Havers había ido bien, principalmente. A pesar del ataque, John estaba sano, y los resultados de la prueba de linaje estarían disponibles pronto. Con suerte, encontrarían alguna coincidencia con sus ancestros, y esto ayudaría a John a encontrar a su familia. Así que no había ningún motivo de preocupación.
De todos modos Tohr puso el brazo alrededor de los hombros del muchacho y el niño se aflojó. Una especie de comunicación de mirada-a-mirada ocurrió, y el hermano dijo:
—Creo que te llevaré a casa.
John asintió e hizo algunas señas. Tohr alzo la vista.
—Dice que olvidó preguntarte como está tu pierna.
Phury levantó la rodilla y se toco la pantorrilla.
—Mejor, gracias. Cuídate, John, ¿vale?
Observó como los dos desaparecían por la puerta bajo la escalera.
Qué buen chico, pensó, y gracias a Dios que lo habían encontrado antes de su transición.
 Un grito femenino rasgó el vestíbulo, como si el sonido estuviera vivo y hubiera caído en picado desde el balcón.
La columna vertebral de Phury se helo. Bella.
Se precipitó al segundo piso y corrió por el pasillo de estatuas. Cuando abrió la puerta de Zsadist, la luz se derramó en el cuarto y la escena se grabo en su memoria al instante: Bella sobre la cama, encogida contra la cabecera, la sábana apretada a su garganta. Z agachado delante de ella, las manos levantadas, desnudo de la cintura para abajo.
Phury perdió el control y se lanzó hacia Zsadist, agarrando a su gemelo por la garganta y lanzándolo contra la pared.
—¡Qué pasa contigo! —Gritó mientras estrellaba a Z contra el muro—.  ¡Maldito animal! —Z no se defendió cuando lo golpeo otra vez.
—Llévatela. Llévatela a otra parte. —Fue todo lo que dijo.
Rhage y Wrath irrumpieron en el cuarto. Ambos comenzaron a hablar, pero Phury no podía oír nada excepto el rugido en sus oídos. Nunca había odiado a Z antes. Había sido tolerante por todo por lo que había pasado. Pero ir tras Bella…
—Maldito enfermo —siseó Phury. Clavó aquel duro cuerpo a la pared una vez más—. Maldito enfermo… Dios, me repugnas.
Z simplemente lo miraba, sus ojos negros como el asfalto, opacos y sin vida.
De repente los enormes brazos de Rhage los sujetaron como un cepo, uniéndolos en un aplastante abrazo de oso. En un susurro, el hermano dijo:
—Bella no necesita esto ahora mismo, muchachos.
Phury disminuyó su agarre y se liberó. Tironeando del abrigo a su sitio, dijo bruscamente:
—Sacadlo de aquí hasta que la movamos.
Dios, temblaba tan fuerte que casi hiperventilaba. Y la ira no le abandonaba, incluso mientras Z abandonada el cuarto voluntariamente, con Rhage pisándole los talones.
Phury se aclaró la garganta y echó un vistazo a Wrath.
—¿Mi señor, me permites atenderla en privado?
—Sí, claro —La voz de Wrath era un desagradable gruñido mientras cabeceaba hacia la puerta—. Y nos aseguraremos que Z no vuelva por un tiempo.
Phury miro a Bella. Temblaba mientras parpadeaba y limpiaba sus ojos. Cuando se acercó, ella se encogió contra las almohadas.
—Bella, soy Phury.
Su cuerpo se relajó un poco.
—¿Phury?
—Sí, soy yo.
—No puedo ver. —Su voz temblaba como el infierno—.  No puedo… 
—Lo sé, es la medicina. Déjame conseguir algo para limpiarlo.
Entró en el cuarto de baño y volvió con un paño húmedo, imaginando que necesitaba echarle una mirada a su alrededor más de lo que necesitaba el ungüento.
Ella se estremeció cuando la agarro por la barbilla.
—Tranquila, Bella… —Cuando puso el paño sobre sus ojos, luchó, luego lo agarró.
—No, no… baja tus manos. Yo lo quitaré.
—¿Phury? —Dijo con voz ronca—.  ¿Eres tú?
—Sí, soy yo. —Se sentó en el borde de la cama—. Estás en el recinto de la hermandad. Te trajeron aquí hace aproximadamente siete horas. Tu familia ha sido notificada que estas a salvo, y tan pronto como lo desees puedes llamarlos.
Cuando ella le puso su mano en el brazo, se congeló. Con un toque tentativo, palpó desde su hombro hasta el cuello, luego le toco la cara y finalmente el pelo. Sonrió un poco cuando sintió las  gruesas ondas y entonces llevó algunas a su nariz. Respiró profundamente y puso la otra mano en su pierna—. Realmente eres tú. Recuerdo el olor de tu champú.
La proximidad y el contacto chisporrotearon a través de la ropa y la piel de Phury, entrando directamente a su sangre. Se sentía como un bastardo total por sentir cualquier cosa sexual, pero no podía detener  su cuerpo. Especialmente cuando acarició su largo cabello hasta que estuvo tocando sus pectorales.
Sus labios se abrieron, su respiración volviéndose superficial. Deseó arrastrarla contra su pecho y sostenerla apretada. No por el sexo, aunque era verdad que su cuerpo lo deseaba. No, ahora necesitaba sentir su calor y asegurarse de que estaba viva.
—Déjame ocuparme de tus ojos —dijo. Jesús, su voz era profunda.
Cuando ella asintió, limpió cuidadosamente sus parpados.
—¿Cómo va?
Parpadeó. Sonrió un poco y puso la mano en su cara.
—Puedo verte mejor ahora. —Pero entonces frunció el ceño—. ¿Cómo salí de allí? No puedo recordar nada excepto... Dejé ir al otro civil y David regresó. Y luego estaba en un coche. ¿O fue un sueño? Soñé que Zsadist me salvaba. ¿Lo hizo?
Phury no estaba para hablar de su hermano, incluso tangencialmente. Se levantó y dejó el trapo mojado en la mesita de noche.
—Vamos, te llevaré a tu cuarto.
—¿Donde estoy ahora? —Miro alrededor, y entonces se quedo boquiabierta—. Este es el cuarto de Zsadist.
¿Cómo infiernos lo sabía?
—Vámonos.
—¿Dónde esta? Donde está Zsadist? —La urgencia se filtraba en su voz—. Necesito verle. Necesito…
—Te llevare a tu cuarto…
—¡No! Quiero quedarme…
Estaba tan agitada que decidió no seguir tratando de hablar con ella. Retiro las sabanas para ayudarla a levantarse...
Mierda, estaba desnuda. Dio un tirón a las sabanas nuevamente y las puso en su lugar.
—¡Ah! perdón... —Se llevo una mano al pelo. Oh, Dios... Las agraciadas líneas de su cuerpo eran algo de lo que nunca iba a olvidarse—. Déjame... um, déjame conseguirte algo que ponerte.
Fue al armario de Z y quedó atónito por lo vacío que estaba. No había ni siquiera una  bata para cubrirla, y maldito fuera si le ponía una de las camisas de lucha de su hermano. Se quito la chaqueta de cuero y caminó hacia ella otra vez.
—Me daré la vuelta mientras te pones esto. Te encontraremos una bata…
—No me lleves lejos de él —su voz se quebró al suplicarle—. Por favor. Debe haber sido él quien estaba parado al lado de la cama. No lo sabía, no podía ver. Pero debía ser él.
Seguro como el infierno que era él. Y el bastardo había estado desnudo como el pecado y listo para saltar sobre ella. En vista de todo por lo que había pasado, era una vergüenza. Amigo... Hace años Phury había cogido a Z teniendo sexo en un callejón con una puta. No había sido bonito, y la idea de Bella pasando por eso lo puso enfermo.
—Ponte la chaqueta. —Phury se dio la vuelta—. Aquí no te quedas. —Cuando finalmente oyó moverse la ropa de cama y el crujido del cuero, hizo una respiración profunda—. ¿Estás decente?
—Sí, pero no quiero irme.
Miró sobre su hombro. Se veía diminuta en la chaqueta que el vestía siempre, su largo cabello de caoba cayendo alrededor de sus hombros, las puntas rizadas como si se hubieran mojado y se hubieran secado sin ser cepilladas. Se la imagino en la bañera, con agua limpia corriendo sobre su piel pálida.
Y entonces vio a Zsadist surgiendo amenazador sobre ella, mirándola con esos ojos negros sin alma, deseando follarla, probablemente sólo porque estaba asustaba. Sí, su miedo sería lo que  le encendiera. Era bien sabido que el terror en una hembra le excitaba más que algo encantador o caliente o digno.
Sácala de aquí, pensó Phury. Ahora.
Su voz se volvió temblorosa.
—¿Puedes caminar?
—Estoy mareada.
—Te llevaré. —Se acercó, a cierto nivel incapaz de creer que iba a poner los brazos alrededor de su cuerpo. Pero entonces ya estaba sucediendo...  Deslizo la mano alrededor de su cintura y llegó abajo, tomándola por detrás de las rodillas. Notando apenas su peso, sus músculos aceptándolo fácilmente.
Mientras caminaba a la puerta se relajó contra él, poniendo la cabeza en su hombro, agarrando algo de su camisa en la mano.
Oh... Dulce Virgen. Esto se sentía tan bien.
Phury la llevó por el pasillo al otro lado de la casa, a la habitación contigua a la suya.


John estaba en piloto automático cuando él y Tohr dejaron las instalaciones de entrenamiento y caminaron a través del aparcamiento donde habían dejado el Range Rover. Sus pasos hacían eco en el bajo techo de hormigón, rebotando a través del espacio vacío.
—Sé que tienes que ir por el resultado —dijo Tohr cuando llegaron al SUV—. Esta vez iré contigo, pase lo que pase.
En realidad, John deseaba poder ir solo.
—¿Cuál es el problema, hijo? ¿Estas enfadado porque no te llevé esta noche? —John puso la mano en el brazo de Tohr y sacudió la cabeza vigorosamente.
—Bien, sólo quería estar seguro.
John miró a lo lejos, deseando no haber ido nunca al doctor. O por lo menos cuando estuvo allí, haber mantenido la boca cerrada. Infiernos. No debería haber  dicho ni una palabra sobre lo que había sucedido el año pasado. El problema fue, que después de todas las preguntas sobre su salud, había estado en modo respuestas. Así que cuando el doctor había preguntado por su historia sexual, él se refirió a la cosa que paso en enero. Pregunta. Respuesta. Como todas las demás... casi.
Por un momento se sintió aliviado. Nunca había ido al médico ni nada antes, y en el fondo de su mente siempre había estado preocupado acerca de que tal vez debiera haberlo hecho. Se imaginó que al menos al sincerarse conseguiría que le hicieran un chequeo completo y de esa forma acabar de una vez por todas con el asunto del ataque. En vez de ello, el doctor había comenzado por hablarle acerca de hacer terapia y la necesidad de hablar sobre la experiencia.
¿Como si deseara revivirlo? Había pasado meses tratando de enterrar la maldita cosa, así que de ninguna manera desenterraría ese cadáver en descomposición. Había costado demasiado ponerlo bajo tierra.
—¿Hijo? ¿Qué pasa?  —Ni iría a ver ningún terapeuta. Trauma del pasado. Que se joda.
John saco su block y escribió:
 —Cansado.
—¿Seguro? —Asintió con la cabeza y miro a Tohr para que el hombre pensase que no mentía. Mientras tanto, se marchitaba en su propia piel. ¿Qué pensaría Tohr si supiera lo qué había sucedido? Los verdaderos hombres no permitían que les hicieran eso sin importar qué clase de arma tenían contra sus gargantas.
John escribió:
 —La próxima vez quiero ir a lo de Havers solo, ¿vale?
Tohr frunció el ceño.
—Ah... eso no es muy inteligente hijo. Necesitas un guardia.
—Entonces debe ser otro. Tú no. —John no podía mirar a Tohr cuando le enseño el papel. Hubo un largo silencio.
 La voz de Tohr se volvió muy baja.
—OK. Eso es... ah, eso está muy bien. Quizás Butch pueda llevarte.
John cerró los ojos y exhaló. Quienquiera que fuera este Butch le serviría.
Tohr arranco el coche.
—Como quieras, John.
John. No hijo.
Mientras salían, todo lo que él podía pensar era, querido Dios, no dejes que Tohr lo descubra nunca, por favor.
 

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