lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 13 14 15



Mientras Bella colgaba el teléfono, le rondó el pensamiento de que lo que estaba ocurriendo en el interior de su pecho era tan explosivo, que iba a hacerse añicos en cualquier momento.  No había manera de que sus quebradizos huesos y su frágil piel soportaran el tipo de emoción que estaba sintiendo.
Con desesperación miró alrededor de la habitación, viendo los indefinidos y borrosos perfiles de pinturas al óleo, muebles antiguos y lámparas hechas de jarrones orientales y… a Phury mirándola desde una tumbona.
Se recordó a sí misma, que al igual que su madre, era una dama. Así que al menos debía fingir que tenía algún autocontrol. Se aclaró la garganta.
—Gracias por quedarte aquí mientras llamaba a mi familia.
—De nada.
—Mi madre estaba... muy aliviada de oír mi voz.
—Puedo imaginármelo.
Bueno, al menos su madre había dicho palabras de alivio. Su afecto había sido tan suave y calmado como siempre. Dios… la hembra era casi como un estanque de agua sin gas, impertérrita ante los acontecimientos terrenales por más crueles que fueran. Y todo por su devoción a la Virgen Escribana. Para mahmen, todo ocurría por una razón… incluso nada le parecía verdaderamente importante.
—Mi madre… estaba muy aliviada. Ella… — Bella se detuvo.
Había dicho ya esas mismas palabras, ¿verdad?
—Mahmen estaba… realmente estaba… estaba aliviada.
Pero habría ayudado si al menos se hubiera sofocado. O hubiera mostrado algo que no fuera la beatífica aceptación de la espiritualidad ilustrada. Por Dios, la hembra había enterrado a su hija y había sido testigo de su resurrección. Cabría pensar que mostrase algún tipo de reacción emocional. En cambio, fue como si hubieran hablado justo ayer, y nada de las pasadas seis semanas hubiera pasado.
Bella volvió a mirar hacia el teléfono. Se abrazó por el estómago.
Sin ninguna advertencia de lo que iba a ocurrir, se desmoronó. Los sollozos salieron de ella como estornudos: rápidos, duros, sacudiéndola con su ferocidad.
La cama se inclinó y unos fuertes brazos la rodearon. Ella luchó contra la atracción, pensando que un guerrero no querría tratar con tal sucia debilidad.
—Perdóname…
—Está bien, Bella. Apóyate en mí.
Oh, demonios… Ella se dejó caer contra Phury, deslizando sus brazos por su delgada cintura. Su largo y hermoso cabello le hizo cosquillas en la nariz y olía tan bien que lo sintió maravillosamente bien bajo su mejilla. Se enterró en él, respirando profundamente.
Cuando finalmente se calmó se sintió más ligera, pero no era agradable. Las furiosas emociones la habían llenado, le habían dado curvas y peso. Ahora, que su piel no era más que un cedazo, estaba filtrándose, convirtiéndose en aire… convirtiéndose en nada.
Quería desaparecer.
Inhaló y se separó del abrazo de Phury. Parpadeando rápidamente, intentó enfocar la mirada, pero el aturdimiento producido por el l ungüento persistía. Dios, ¿qué le había hecho aquel lesser? Tenía la sensación de que había sido malo...
Ella levantó los párpados.
—¿Qué me hizo?
Phury sólo sacudió la cabeza.
—¿Fue tan malo?
—Se acabó. Estás a salvo. Eso es todo lo que importa.
No siento nada de eso sobre mí, pensó ella.
Pero entonces Phury sonrió, su mirada amarilla increíblemente tierna, un bálsamo que la tranquilizó.
—¿Sería más fácil si estuvieras en tu casa? Porque si quieres, encontraremos una manera de llevarte, incluso aunque el amanecer está muy próximo.
Bella recordó a su madre y no pudo imaginarse en la misma casa que ésa hembra. No precisamente ahora. Y yendo más al grano, estaba Rehvenge. Si su hermano la veía con cualquier clase de herida, iba a volverse loco, y lo último que ella necesitaba era que se pusiese en pie de guerra contra los lessers. Quería que la violencia terminara. Por lo que a ella concernía, David podía irse al infierno en éste mismo momento; salvo que no quería que nadie a quien amaba arriesgara su vida por enviarlo allí.
—No, no quiero irme a casa. No hasta que esté completamente curada. Y estoy muy cansada…—Su voz se fue debilitando mientras miraba las almohadas.
Tras un momento Phury se levantó.
—Estoy en la puerta de al lado si me necesitas.
—¿Quieres que te devuelva el abrigo?
—Oh, si… déjame ver si hay una bata ahí. —Él desapareció en un armario y volvió con una bata de raso negro colgando de su brazo—. Fritz abastece esta habitación de invitados para hombres, así que probablemente sea demasiado grande.
Ella cogió la bata y él se volvió. Cuando encogió los hombros para quitarse el pesado abrigo de piel el aire la enfrió, así que se envolvió rápidamente en la bata.
—Está bien —le dijo ella, agradecida por su discreción.
Cuando Phury se volvió hacia ella, le puso el abrigo en las manos.
—Siempre estoy dándote las gracias, ¿no? –murmuró ella.
Él la miró durante un largo rato. Entonces lentamente levantó su abrigo hasta la cara y aspiró profundamente.
—Eres… —Su voz decayó. Dejó resbalar el cuero a un lado y una curiosa expresión apareció en su rostro.
Realmente, no, eso no era una expresión. Era una máscara. El se había escondido.
—¿Phury?
—Estoy contento de que estés con nosotros. Intenta dormir algo. Y, si puedes, come lo que te he traído. —La puerta se cerró tras el sin hacer ningún ruido.


El regreso a la casa de Tohr fue embarazoso, y John pasó el tiempo mirando por la ventana. El móvil de Tohr sonó dos veces. Ambas conversaciones fueron en el Idioma Antiguo, y el nombre de Zsadist se mencionó varias veces.
Cuando giraron hacia el camino de la entraba había aparcado un coche desconocido. Un Volkswagen Jetta rojo. Aún así, Tohr no pareció sorprenderse y pasó fácilmente a su lado y se metió en el garaje.
Paró el motor del Range Rover y abrió la puerta.
—Por cierto, las clases empiezan pasado mañana.
John levantó la vista mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad.
¿Tan pronto? —Gesticuló él.
—Tuvimos la última inscripción para adiestrarse esta noche. Estamos listos para empezar.
Los dos cruzaron en silencio el garaje. Tohr iba delante, sus anchos hombros moviéndose con los largos pasos que daba. La cabeza del hombre iba baja, como si estuviera contando grietas en el suelo de hormigón.
John se paró y silbó.
Tohr aflojó el paso y después se paró.
—¿Si? —dijo con tranquilidad.
John tomó su block de notas, escribió algo rápidamente y se lo enseñó.
Las cejas de Tohr bajaron mientras leía.
—No hay nada por lo que estar arrepentido. Lo que sea con tal de que estés cómodo.
John se adelantó y apretó el bíceps del hombre. Tohr sacudió la cabeza.
—Está todo bien. Vamos, No quiero que cojas frío aquí afuera.  —El hombre miró cuando John no se movió—. Ah, demonios… Sólo estoy… Estoy allí por ti. Eso es todo.
John puso el boli... sobre el papel.
No lo dudé ni por un momento. Nunca.
—Bien. No deberías. Para mí, siento como si fuera tu… —Hubo una pausa mientras Tohr se pasaba el pulgar de un lado a otro de la frente—. Mira, no quiero apabullarte. Vamos dentro.
Antes de que John le pidiera que terminara la frase, Tohr abrió la puerta de la casa. La voz de Wellsie llegó… así como la de otra mujer. John frunció el ceño mientras giraba hacia la cocina. Y entonces se paró en seco mientras una mujer rubia lo miraba sobre su hombro.
Oh… guau.
Tenía el pelo cortado a la altura de la mandíbula y sus ojos eran del color de las hojas nuevas. Aquellos vaqueros de cintura baja que llevaba eran tan cortos de talle… Dios, podía ver su ombligo y casi una pulgada por debajo de él. Y su jersey negro de cuello vuelto era… Bueno, puesto así podía decir exactamente lo perfecto que era su cuerpo.
Wellsie sonrió.
—Chicos llegáis justo a tiempo. John, ésta es mi prima Sarelle. Sarelle, éste es John.
—Hola, John. —La hembra sonrió.
Colmillos. Oh, sí. Mira esos colmillos… Algo pasó como una brisa caliente por su piel, dejándolo tembloroso de los pies a la cabeza. Saliendo de su confusión, abrió la boca. Entonces pensó, uh-huh, bien. Como si algo fuera a salir de su agujero inútil.
Mientras se sonrojaba como un demonio y se acercaba, levantó la mano en un saludo.
—Sarelle está ayudándome con el festival de invierno —dijo Wellsie—, y se quedará para tomar un bocado antes de que amanezca. ¿Por qué no ponéis la mesa entre los dos?
Mientras Sarelle sonreía de nuevo, ese agradable hormigueo se hizo más fuerte, se sintió como si fuera a levitar.
—¿John? ¿Quieres ayudar a poner la mesa? —sugirió Wellsie.
Él asintió. E intentó recordar dónde estaban los cuchillos y los tenedores.


Los faros de O oscilaron en el frente de la cabaña del Sr. X. La pequeña furgoneta del Fore-lesser estaba aparcada a la derecha junto a la puerta. O paró su camión detrás del Town & Country, bloqueándolo.
Cuando salió y el aire frío se filtró en sus pulmones, fue consciente de que se hallaba en la zona. A pesar de lo que estaba a punto de hacer, sus emociones reposaban como suaves plumas en su pecho, todo arreglado, nada fuera de lugar. Su cuerpo estaba totalmente sereno, moviéndose con su poder contenido, una pistola lista para disparar.
Le había llevado un montón de tiempo batallar con los pergaminos, pero había encontrado lo que necesitaba. Sabía lo que tenía que pasar.
Abrió la puerta de la cabaña sin llamar.
El Sr. X miró desde la mesa de la cocina. Su rostro estaba impasible, sin fruncir el ceño, sin burla, sin agresión de ningún tipo. Ni tampoco sorpresa.
Así que ambos estaban en la zona.
Sin una palabra, el Fore-lesser se levantó, llevándose una mano a la espalda. O supo lo que tenía allí, y sonrió mientras desenvainaba su propio cuchillo.
—Así que, Sr. O…
—Estoy listo para una promoción.
—¿Perdón?
O giró la espada asida con las dos manos hacia él mismo, colocándose la punta sobre el esternón. Con un movimiento, se apuñaló su propio pecho.
La última cosa que vio antes de que el gran infierno blanco se crispara sacando la mierda de él fue la sorpresa en la cara del Sr. X. Sorpresa que se convirtió rápidamente en terror cuando el hombre se dio cuenta de a dónde iba O. Y lo que O iba a hacer cuando estuviera allí.


Tumbada en la cama, Bella escuchaba los tranquilizantes sonidos que la rodeaban: las voces masculinas en el hall, graves, rítmicas…, el viento fuera golpeando la mansión, caprichoso, cambiante…, el chirrido de la madera del piso, rápido, estridente.
Se forzó a cerrar los ojos.
Un minuto después estaba levantada y paseando, sintiendo la suave alfombra oriental bajo sus pies desnudos. Ni siquiera la elegancia a su alrededor tenía sentido y sentía que era incapaz de describir lo que estaba viendo. La normalidad, la seguridad en la que se encontraba empapada, parecía otro idioma, uno que ella había olvidado hablar o leer. ¿O quizás fuera un sueño?
En la esquina de la habitación el antiguo reloj dio las 5 de la mañana. ¿Exactamente, cuánto tiempo llevaba siendo libre? ¿Cuánto había pasado desde que La Hermandad había ido a por ella y la habían sacado de la tierra para llevarla al aire libre? ¿8 horas? Quizás, salvo que parecía como si fueran minutos. ¿O quizás como si fueran años?
La cualidad borrosa del tiempo se parecía a su visión, aislándola, atemorizándola.
Se apretó más la bata de seda. Todo esto estaba mal. Debería estar contenta. Bien sabía Dios que después de pasar tantas semanas en el tubo bajo tierra con ése lesser vigilándola, debería estar llorando con dulce alivio.
En cambio, sentía que todo lo que la rodeaba era falso e irreal, como si estuviera en una casa de muñecas de tamaño natural, llena de falsificaciones de papel maché.
Se paró frente a la ventana y se dio cuenta de que sólo había una cosa que sentía real. Y ella deseaba estar con él.
Zsadist debería haber sido el que hubiera venido al lado de su cama cuando despertó la primera vez. Había estado soñando que estaba de vuelta en el negro agujero con el lesser. Cuando abrió los ojos, todo lo que vio fue una gran forma negra deteniéndose sobre ella, y por un momento, no fue capaz de distinguir la realidad de la pesadilla.
Todavía tenía el mismo problema.
Dios, quería ir ahora con Zsadist, quería volver a su habitación. Pero en medio de todo el caos, después de que hubiera gritado, él no le había impedido que se alejara ¿verdad? Quizás prefería que estuviera en otra parte.
Bella forzó a sus pies a moverse de nuevo, se trazó un pequeño rumbo: alrededor de los pies de la gigantesca cama, en torno a la silla, una vuelta rápida por las ventanas, después un gran cambio de escena hacia la cómoda y la puerta del hall y el antiguo escritorio. La casa se alargaba hasta llegar a la chimenea y a la estantería de los libros.
Un paso más. Un paso más. Un paso más.
Finalmente fue al cuarto de baño. No se paró en frente del espejo, no quería saber qué aspecto tenía. Lo que buscaba era agua caliente. Quería darse cientos de duchas, un millar de baños. Quería quitarse a tiras la primera capa de piel y afeitarse el pelo que aquel lesser tanto había amado y cortarse las uñas y restregarse las plantas de los pies.
Abrió el grifo de la ducha. Cuando el agua estuvo templada se quitó la bata y se metió bajo el chorro. En el instante en que el torrente le golpeó la espalda, se cubrió por instinto, un brazo sobre los pechos, una mano protegiendo el vértice de los muslos… hasta que se dio cuenta de que no tenía que ocultarse. Estaba sola. Aquí tenía privacidad.
Se enderezó y se forzó a llevar las manos a los costados, sintiendo como si hubiera pasado una eternidad desde que se le había permitido bañarse a solas. El lesser había estado siempre ahí, mirando, o peor, ayudando.
Gracias a Dios, nunca había intentado tener relaciones sexuales con ella. Al principio, uno de sus mayores temores era la violación. Había estado aterrorizada, estaba segura de que la iba a forzar, pero entonces descubrió que era impotente. No importaba cuánto la mirara, su cuerpo siempre había permanecido flácido.
Con un estremecimiento, alcanzó la pastilla de jabón que tenía a un lado, enjabonándose las manos y deslizándolas sobre los brazos. Extendió la espuma sobre el cuello y a través de los hombros y siguió hacia abajo…
Bella frunció el ceño y se inclinó. Había algo en su vientre… pálidas cicatrices. Cicatrices que… ¡Oh!, Dios. Era una D, ¿verdad? Y la siguiente… era una A. Después una V y una I y otra D.
Bella soltó la pastilla de jabón y se cubrió el estómago con las manos, dejándose caer contra las baldosas. Tenía su nombre en el cuerpo. En su piel. Como una repugnante parodia del ritual matrimonial más elevado de su especie. Realmente era su mujer…
Salió tambaleándose de la ducha, resbalando en el suelo de mármol, tiró de una toalla y se envolvió en ella. Agarró otra e hizo lo mismo. Hubiera cogido tres, cuatro... cinco si hubiera encontrado más.
Trémula, con nauseas, se dirigió al empañado espejo. Inspirando profundamente, limpió el vaho con los brazos. Y se miró.


John se limpió la boca y de alguna forma se las arregló para tirar la servilleta. Maldiciéndose, se agachó para recogerla… y también lo hizo Sarelle, que la cogió primero. Vocalizó la palabra gracias cuando se la alcanzó.
—De nada —dijo ella.
Chico, amaba su voz. Y amaba la forma en que olía a loción corporal de lavanda. Y amaba sus largas y delgadas manos.
Pero odiaba comer. Wellsie y Tohr llevaban la conversación por él, dándole a Sarelle una versión resumida de su vida. Lo poco que él había escrito en su cuaderno de notas parecía un relleno estúpido.
Cuando volvió a levantar la cabeza, Wellsie estaba sonriéndole. Pero entonces se aclaró la garganta, como si estuviera intentando jugar limpio.
—Así que, como iba diciendo, un par de mujeres de la aristocracia solían organizar la ceremonia del solsticio de invierno en el Antiguo país. La madre de Bella era una de ellas, por cierto. Quiero tratarlo con ellas. Asegurarme de que no olvido nada.
John dejó transcurrir la conversación, sin prestarle mucha atención hasta que Sarelle dijo:
—Bueno, mejor me voy. Faltan treinta y cinco minutos para que amanezca. Mis padres estarán preocupados.
Apartó la silla, y John se levantó como todos los demás. Mientras se despedían, se encontró perdiéndose en el fondo. Al menos hasta que Sarelle lo miró directamente.
—¿Me acompañas?  —preguntó.
Desplazó los ojos hacia la puerta. ¿Acompañarla? ¿A su coche?
En una acometida repentina, un crudo instinto masculino brotó en su pecho, tan poderoso que lo sacudió un poco. Súbitamente le empezaron a cosquillear las palmas de las manos, y las miró, sintiendo como si tuviera algo en ellas, como si estuviera sosteniendo algo… entonces podía protegerla.
Sarelle se aclaró la garganta.
—Okay… um…
John se dio cuenta de que le estaba esperando y rompió su pequeño trance. Adelantándose, le indicó con la mano la puerta de la calle.
Y mientras salían le preguntó:
—Así que estás ansioso por entrenar.
John asintió y encontró que sus ojos vagaban por los alrededores, buscando entre las sombras. Sintió como se tensaba y como las palmas empezaban a picar de nuevo. No estaba seguro qué buscaba exactamente. Sólo sabía que tenía que mantenerla a salvo a cualquier precio.
Ella sacó las tintineantes llaves del bolso.
—Creo que mi amigo va a estar en tu clase. Se suponía que se matriculaba esta noche. —Abrió el coche–. De todas formas, sabes por qué estoy aquí realmente ¿no?
Él negó con la cabeza.
—Creo que quieren que te alimentes de mí. Cuando se produzca tu transición.
John carraspeó por el shock, estaba seguro de que los ojos se le habían salido de las cuencas y estaban rodando calle abajo.
—Lo siento —sonrió—. Deduzco que no te lo dijeron.
Yeah, él hubiera recordado esa conversación.
—Me parece guay —dijo ella— ¿y a ti?
Oh. Dios mío.
—¿John? —Ella se aclaró la garganta—. Dime qué opinas. ¿Tienes algo en lo que puedas escribir?
Torpemente, negó con la cabeza. Se le había olvidado el bloc en la casa. Idiota.
—Dame la mano. —Cuando él la extendió, sacó un bolígrafo de algún sitio y lo deslizó sobre su palma. La punta se deslizaba suavemente por su piel—. Esta es mi dirección de correo electrónico y mi nick para el messenger. Estaré online en más o menos una hora. Mándame un mensaje, ¿vale? Hablaremos.
Miró lo que ella había escrito. Sólo miró.
Ella se encogió un poco.
—Quiero decir, no tienes por qué hacerlo. Sólo que… ya sabes. Pensé que podríamos ir conociéndonos de esa forma. —Se detuvo como esperando una respuesta—. Um… de cualquier forma. No hay prisa. Quiero decir...
La cogió de la mano, le quitó la pluma y escribió en su mano.
—Quiero hablar contigo —escribió.
Entonces la miró directamente a los ojos e hizo la cosa más asombrosa y jodida cosa.
Le sonrió.

CAPÍTULO 15

Mientras amanecía y las persianas se cerraban sobre las ventanas, Bella se ajustó la bata negra y salió de la habitación que se le había asignado. Con una rápida mirada, comprobó el pasillo a ambos lados. Sin testigos. Bien. Cerrando la puerta silenciosamente, se deslizó sobre la alfombra persa, sin hacer ruido. Cuando llegó al inicio de la gran escalera se detuvo, intentando recordar qué camino tomar.
El corredor con estatuas, pensó, recordando otra excursión por aquel largo pasillo hacía muchas, muchas semanas.
Caminó deprisa para después echar a correr, asiendo las solapas de la bata y manteniendo los bordes cerrados a la altura de los muslos. Pasó de largo estatuas y puertas, hasta que llegó al final y se detuvo enfrente del último par. No se preocupó de recomponerse, porque lo suyo no tenía arreglo. Perdida, desmotivada, en peligro de desintegración—ahí no había nada que recomponer. Llamó a la puerta con fuerza.
A través de esta escuchó:
—Jódete. Estoy roto.
Giró el pomo y empujó. La luz proveniente del pasillo entró inesperadamente, iluminando una porción de oscuridad. Cuando el resplandor alcanzó a Zsadist, éste se incorporó en un jergón de mantas en el rincón más lejano. Estaba desnudo, los músculos flexionados marcándosele bajo la piel, los aros de sus pezones brillaron plateados. La cara, con aquella cicatriz, era un anuncio de la categoría de tipos duros.
—He dicho, joder... ¿Bella? —Se cubrió la cara con las manos—. Jesucristo. ¿Qué estás haciendo?
Buena pregunta, pensó ella mientras su valor disminuía.
—¿Puedo… puedo quedarme aquí contigo?
Él frunció el ceño.
—¿Qué estas... No, no puedes.
Recogió algo del suelo y lo sostuvo frente a sus muslos mientras se levantaba. Sin disculparse por mirarlo fijamente, ella se emborrachó con su visión: las bandas de esclavo tatuadas sobre las muñecas y el cuello, el aro en su oreja izquierda, los ojos de obsidiana, el pelo rapado. Su cuerpo era tan absolutamente enjuto como recordaba, todo músculos estriados con venas marcadas y puros huesos. El poder crudo emanaba de él como una esencia.
—Bella, lárgate de aquí, ¿okay? Éste no es sitio para ti.
Ella ignoró la orden de sus ojos y su voz porque, aunque su valor había desaparecido, la desesperación le daba la fuerza que necesitaba.
Ahora la voz no le iba a temblar.
—Cuando me metieron en el coche, tú ibas al volante ¿no es cierto? —Él no respondió, pero tampoco necesitaba que lo hiciera–. Si, ibas, eras tú. Me hablaste. Fuiste el único que fue a buscarme, ¿Verdad?
Él se sonrojó.
La Hermandad te rescató.
—Pero tú condujiste para sacarme de allí. Y me trajiste aquí primero. A tu habitación. —Ella miró la lujosa cama. Los cobertores estaban echados hacia atrás, la almohada hundida en el lugar donde había reposado su cabeza—. Déjame quedarme.
—Mira, necesitas estar a salvo...
—Estoy a salvo contigo. Tú me salvaste. No permitas que ése lesser me tenga de nuevo.
—Nadie puede tocarte aquí. Éste lugar está alambrado como el jardín del Pentágono.
—Por favor...
—No —estalló él—. Ahora sal de una vez de aquí.
Ella empezó a temblar.
—No puedo estar sola. Por favor déjame quedarme contigo. Necesito… —Lo necesitaba a él especialmente, pero no creía que él se lo tomara muy bien—. Necesito estar con alguien.
—Entonces Phury se aproxima más a lo que estás buscando.
—No, él no. —Ella quería al hombre que tenía enfrente. Pese a toda su crueldad, confiaba en él por instinto.
Zsadist se pasó la mano por la cabeza unas cuantas veces. Entonces su pecho se ensanchó.
—No me eches —susurró.
Cuando él maldijo, ella suspiró con alivio, imaginándose que era lo más cercano a un sí que iba a conseguir.
—Tengo que ponerme algo encima —murmuró él.
Bella dio un paso para entrar y cerró la puerta, bajando la mirada sólo un momento. Cuando la levantó de nuevo, él se había girado y se estaba subiendo por los muslos un par de calzoncillos negros de nylon.
La espalda, con los rastros de cicatrices, flexionada mientras se inclinaba. Observando el despiadado mapa, le golpeó la necesidad de saber exactamente por lo que había pasado. Todo ello. Todos y cada uno de los latigazos. Había oído rumores sobre ello; pero quería su versión.
Había sobrevivido a lo que le habían hecho. Quizás ella también pudiera.
Él se giró.
—¿Has comido?
—Sí, Phury me trajo comida.
Una expresión fugaz le cruzó la cara, pero fue tan rápida que no pudo leerla.
—¿Te duele algo?
—No particularmente.
Él se acercó a la cama y ahuecó las almohadas. Entonces permaneció de pie a un lado, mirando al suelo.
—Métete.
Mientras se acercaba, deseó rodearlo con sus brazos, y él se tensó, como si pudiera leerle la mente. Dios, sabía que no le gustaba que lo tocaran, lo había aprendido de la peor manera. Pero de todas formas quería acercársele.
Por favor, mírame, pensó.
Cuando estaba apunto de pedírselo notó que llevaba algo alrededor del cuello.
—Mi collar —susurró—. Llevas mi collar.
Alargó la mano, pero él se echó atrás. Con un movimiento rápido se quitó la frágil cadena de oro con sus pequeños diamantes y lo depositó en su mano.
—Aquí tienes. Te lo devuelvo.
Ella bajó la mirada. Diamantes por la Yarda. De Tiffany. Los había llevado durante años… su joya favorita. Había sido una parte de ella, siempre se sentía desnuda sin él puesto. Ahora los frágiles eslabones le parecían totalmente ajenos a ella.
Estaba cálido, pensó, tocando un diamante. Calentado por su piel.
—Quiero que te lo quedes —barbotó ella.
—No.
—Pero...
—Basta de charla. Métete en la cama o sal de aquí.
Guardó el collar en el bolsillo de la bata y lo miró. Sus ojos estaban fijos en el suelo, y cuando respiraba los aros de sus pezones capturaban la luz.
Mírame, pensó ella.
Como no lo hizo, se metió en la cama. Cuando él se inclinó se movió para dejarle sitio, pero todo lo que hizo fue taparla y entonces se volvió al rincón, al jergón en el suelo.
Bella miró al techo durante unos pocos minutos. Entonces agarró una almohada, salió de la cama y se fue tras él.
—¿Qué estás haciendo? —su voz se elevó. Alarmada.
Soltó la almohada y se acostó, echándose en el suelo tras su gran cuerpo. Su aroma era ahora mucho más fuerte, oliendo a hojas y destilando poder masculino. Buscando su calor, se acercó poco a poco hasta que apoyó la frente en la parte de atrás de su brazo. Era tan sólido, como un muro de piedra, pero era cálido, y el cuerpo de ella se relajó. Cerca de él era capaz de sentir el peso de sus huesos, el duro suelo bajo ella, las corrientes de la habitación que traían el calor. A través de su presencia, se conectó de nuevo al mundo que la rodeaba.
Más. Más cerca.
Se movió hasta quedar pegada a su lado, desde el pecho hasta los talones.
Él se movió con una sacudida, retrocediendo hasta quedar junto a la pared.
—Lo siento —murmuró, acercándose a él de nuevo—. Necesito esto de ti. Mi cuerpo necesita—a ti—algo cálido.
Abruptamente él se levantó de un salto.
Oh, no. Iba a echarla…
—Vamos —dijo él bruscamente—. Vamos a la cama. No puedo soportar la idea de que estés en el suelo.


Quienquiera que te dijera que no se podía vender algo dos veces, nunca había conocido al Omega.
O giró sobre su estómago y se apoyó en los débiles brazos. El vómito era más fácil así. La gravedad ayudaba.
Mientras vomitaba, recordó la primera y pequeña negociación que había tenido con el padre de todos los lessers. En la noche de la incorporación de O a la Sociedad de los Lesser, había comerciado con su alma, así como con la sangre y el corazón, para convertirse en un inmortal, aprobado y asesino apoyado.
Y ahora tenía otro negocio. El Sr. X ya no estaba. O era ahora el Fore-lesser.
Desafortunadamente, O también era ahora la puta del Omega.
Intentó levantar la cabeza. Cuando consiguió que la habitación dejara de dar vueltas, estaba demasiado cansado para preocuparse por sentir más nauseas. O quizás ya no había más inconvenientes en ese departamento.
La cámara. Estaba en la cámara del Sr. X. Y guiándose por la luz, ya había amanecido. Mientras parpadeaba por el débil brillo, miró hacia abajo. Estaba desnudo. Marcado con heridas. Y odió el sabor que tenía en la boca.
Ducha. Necesitaba una ducha.
O se arrastró al suelo usando la silla que había al lado de la mesa. Cuando se puso en pie, las piernas le hicieron pensar en lámparas de lava por alguna extraña razón. Probablemente porque sentía ambas como si fueran líquidas.
La rodilla izquierda se le dobló y se derrumbó en la silla. Mientras se rodeaba con los brazos, decidió que el baño podía esperar.
Tío… el mundo era nuevo otra vez, ¿verdad? Y él había aprendido muchas cosas durante su promoción. Antes de su cambio de estatus, no sabía mucho más del Fore-lesser salvo que era el líder de los cazadores. De hecho, el Omega estaba atrapado en la otra orilla y necesitaba un canal para hacerse temporal. El lesser nº 1 era la guía que el Omega utilizaba para encontrar el camino durante la travesía. Todos los Fore-lesser tenían que abrir el canal y convertirse en el faro.
Y había grandes beneficios por ser el lesser al mando. Beneficios que hacían que la técnica de congelación de cuerpos que el Sr. X solía utilizar pareciera un juego de niños.
Sr. X… bueno y viejo sensei. O se echó a reír. A pesar de sentirse como una mierda esta mañana, el Sr. X se sentía peor. Garantizado.
Las cosas habían ido bastante bien tras la rutina de cuchillas-en-el-pecho. Cuando O se había echado a los pies del Omega, había presentado su solicitud para un cambio de régimen. Apuntó que los alistados a la Sociedad estaban bajando de número, especialmente los Alfas. La Hermandad se estaba haciendo más fuerte. El Rey Ciego había ascendido al trono. El Sr. X no estaba presentando un frente fuerte.
Y todo era verdad. Pero ninguno de ellos aceptó el trato.
No, el acercamiento había ocurrido a causa del encaprichamiento del Omega por O.
En la historia de la Sociedad, habían existido algunos ejemplos de que el Omega había tomado un interés personal, si se podía llamar así, por un lesser específico. No era la bendición que uno creía. El afecto de Omega era intenso y de corta duración, y las separaciones eran horribles, según los rumores. Pero O estaba dispuesto a mendigar, fingir y mentir para conseguir lo que necesitaba, y el Omega había cogido lo que le había ofrecido.
Qué horrible forma de matar un par de horas. Pero merecía la pena.
Se preguntó perezosamente qué le estaría pasando ahora al Sr. X. Cuando O había liberado al Omega había sido para llamar al hogar de los otros cazadores y eso ya debía haber pasado. La formación de armas del Fore-lesser estaba en la mesa, su teléfono móvil y el BlackBerry, también. Y había una marca de estrella chamuscada sobre la puerta de la calle.
O miró el reloj digital al otro lado de la habitación. Aunque se sentía muy mal, era hora de moverse. Cogió el teléfono del Sr. X, marcó, y se lo llevó a la oreja.
—¿Si, sensei? —respondió U.
—Se ha producido un cambio de líder. Quiero que seas mi segundo al mando.
Silencio. Entonces:
—Bendita mierda. ¿Qué le ha pasado al Sr. X?
—Se está comiendo su carta de despido en este momento. Así que ¿estás conmigo?
—Ah, sí. Seguro. Soy tu chico.
—Estás a cargo de los chequeos desde este momento. No hay razón para hacerlo en persona. El correo electrónico estará bien. Y voy a mantener los escuadrones como están. Alfas en parejas. Betas en grupos de cuatro. Haz el anuncio acerca del Sr. X. Después trae tu culo hasta la cámara.
O colgó. No le iba a conceder ni una mierda a la Sociedad. No le podía importar menos la estúpida guerra con los vampiros. Tenía dos objetivos: llevarse a su mujer viva o muerta. Y matar al Hermano con cicatrices que se la había llevado.
Mientras se levantaba, se le ocurrió mirar hacia abajo, a su flácida masculinidad. Un horrible pensamiento serpenteó por su mente.
Los vampiros, al contrario de los lessers, no eran impotentes.
Se imaginó a su bella, pura esposa … la vio desnuda, el cabello sobre los pálidos hombros, las elegantes curvas del esbelto cuerpo captando la luz. Magnífico. Perfecto, perfecto, perfecto. Absolutamente femenino.
Algo para ser adorado y poseído. Pero nunca follado. Una Madonna.
Salvo que nada que tuviera polla podría querer eso. Vampiro, humano, lesser. Nada.
La violencia lo atravesó, y bruscamente esperó que estuviera muerta. Porque si aquel horrible bastardo había intentado tener sexo con ella… tío, O iba a castrar a aquel Hermano con una cuchara antes de matarlo.
Y que Dios la ayudara si lo disfrutaba.

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