lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 16 17 18


Cuando Phury se despertó, eran las tres y cuarto de la tarde. Había dormido fatal, todavía estaba muy jodido por lo que había pasado la pasada noche antes de que sus glándulas de adrenalina hicieran horas extras. Lo cual difícilmente conducía a cerrar los ojos.
Buscó un cigarro y lo encendió. Mientras llevaba el humo rojo hasta sus pulmones y lo retenía, intentaba no imaginarse yendo a la habitación de Zsadist y derribando a su hermano de un directo a la mandíbula. Pero la fantasía era justamente atrayente.
Maldita sea, no podía creer que Z hubiera intentando llevarse a Bella de esa forma, y en estos momentos odiaba a su gemelo por su depravación. Se odiaba a sí mismo también, por sentirse estúpidamente sorprendido. Durante mucho tiempo había estado convencido de que algo de Z había sobrevivido a su esclavitud… que algún pequeño aleteo de alma quedó en el hombre. ¿Después de la pasada noche? No más dudas sobre la naturaleza cruel de su hermano gemelo. Ninguna.
Y, mierda, se sentía como un asno sabiendo que había defraudado a Bella. Nunca debería haberla dejado en la habitación de Z. No podía soportar el haber sacrificado la seguridad de ella por su propia necesidad de creer.
Bella…
Pensó en cómo le había permitido sostenerla. En esos momentos fugaces se había sentido poderoso, capaz de protegerla contra un ejército de lessers. Durante una pequeña fracción de tiempo, lo había transformado en un verdadero hombre, uno que era necesitado y que servía a un propósito.
Qué revelación para él que no era otra cosa que un tonto reactivo que perseguía a un loco suicida y destructivo.
Quería desesperadamente pasar la noche con ella, y sólo se marchó porque era lo correcto. Estaba exhausta, pero sobre todo—y a pesar de su voto de celibato—porque no era de fiar. Quería socorrerla con su cuerpo. Quería venerarla y sanarla con sus huesos y su piel.
Pero no podía pensar así.
Phury inhaló profundamente el cigarro, dejando salir el aire con un siseo. Manteniendo el humo dentro, sintió como se relajaba la tensión de los hombros. Mientras la calma se extendía sobre él, miró su alijo. Se estaba acabando ya, por mucho que lo odiara iba a tener que ir a ver al Reverendo, necesitaba más.
Si, considerando como se sentía respecto a Z, iba a necesitar mucho más. El humo rojo era sólo un relajante muscular suave, realmente, nada como la marihuana o cualquiera de esas peligrosas pócimas. Pero confiaba en mantenerse en ese nivel, como otros tipos tomaban cócteles. Si no tuviera que acudir al Reverendo para conseguir más, hubiera dicho que era un pasatiempo perfectamente inofensivo.
Absolutamente inofensivo y el único alivio que tenía en la vida.
Cuando terminó el cigarro liado, lo apagó en un cenicero y salió de la cama. Después de colocarse la prótesis, fue al baño para afeitarse y ducharse; después se puso unos pantalones flojos y una de sus camisas de seda. Se calzó tanto en el pie real como en el que no podía sentir unos mocasines de Cole Haan.
Se revisó en el espejo. Se alisó un poco el pelo. Inspiró profundamente.
Fue a la habitación contigua y llamó a la puerta suavemente. Cuando no obtuvo respuesta lo intentó de nuevo, y entonces abrió. La cama estaba revuelta, pero vacía, y ella no estaba en la habitación.
Mientras volvía al pasillo, una alarma resonó en sus oídos. Antes de darse cuenta estaba apresurando el paso y después corriendo. Corrió por delante del inicio de la escalera y giró por el pasillo de las estatuas. No se molestó en llamar a la puerta de Z, la abrió de un empujón.
Phury se quedó mortalmente quieto.
Su primer pensamiento fue que Zsadist iba a caerse de la cama. El cuerpo de su hermano estaba encima del cobertor y en el borde del colchón, tan lejos como le era posible. Jesús… La posición parecía tan incómoda como el infierno. Los brazos de Z rodeaban su pecho desnudo como si se estuviera manteniendo unido, y tenía las piernas encogidas y giradas hacia un lado con las rodillas suspendidas en el aire.
Pero tenía la cabeza girada en la dirección contraria. Hacia Bella. Y los labios desfigurados estaban levemente separados en vez de fruncidos con desprecio. Y las cejas, normalmente fruncidas de forma agresiva estaban libres, relajadas.
Su expresión era de somnoliento asombro.
El rostro de Bella estaba inclinado hacia el hombre que tenía al lado, la expresión tan pacífica como un anochecer. Y el cuerpo abrazado al de Z, tan próximo como las sábanas y las mantas bajo las que estaba se lo permitían. Demonios, era obvio que si pudiera cubrirse con él lo hubiera hecho. Y era igual de obvio que Z había intentado alejarse de ella hasta que no pudo ir más lejos.
Phury maldijo suavemente. Lo que hubiera ocurrido durante la noche, desde luego no había sido algo desagradable a lo que Z la hubiera arrastrado. De ninguna forma. No con éste par buscándose como lo estaban haciendo ahora.
Cerró los ojos. Cerró la puerta.
Como un completo lunático, consideró brevemente regresar y luchar con Zsadist por el derecho a yacer cerca de ella. Podía verse lanzándose a un mano a mano, teniendo un anticuado cohntehst con su gemelo, para saber quién tenía derecho a tenerla.
Pero esto no era el Antiguo País. Y las mujeres tenían el derecho a escoger a quién buscar. Al lado de quién dormir. Con quién unirse.
Y ella sabía dónde estaba Phury. Le había dicho que su habitación era la siguiente puerta. Si lo hubiera querido, podía haberse dirigido a él.


Z fue consciente de una sensación extraña mientras se despertaba: estaba cálido. No acalorado, sólo… cálido. ¿Habría olvidado apagar la calefacción después de irse Bella? Debía ser eso. Salvo porque notó algo más. No estaba en el jergón. Y llevaba puestos calzoncillos, ¿verdad? Movió las piernas intentando bajar una, pensando que siempre dormía desnudo. Y su acaloramiento cambió de forma, se dio cuenta de que eso estaba duro. Duro y pesado. Qué j…
Abrió los ojos de golpe. Bella. Estaba en la cama con Bella.
Se apartó de un salto de ella…
Y se cayó del colchón, aterrizando sobre el trasero.
Al instante ella se arrastró tras él.
—¿Zsadist?
Cuando se inclinó sobre la orilla, la bata que llevaba se quedó abierta y sus ojos se quedaron prendidos en el pecho que quedó expuesto. Era tan perfecta como lo había sido en la bañera, la pálida piel tan suave y los pequeños pezones tan rosas... Dios, él sabía que el otro era exactamente igual, pero por alguna razón necesitaba verlo de todas formas.
—¿Zsadist? —Se asomó más, con el pelo resbalándole por los hombros y deslizándose por la orilla de la cama, una brillante cascada de caoba profundo.
La cosa entre sus muslos se estiró. Pulsó con el latido de su corazón.
Juntó las rodillas y mantuvo los muslos juntos, no queriendo que ella lo viera.
—La bata —dijo él ásperamente—. Ciérrala. Por favor.
Ella miró hacia abajo y entonces juntó las solapas, ruborizándose. Oh, demonios... Ahora tenía las mejillas tan rosadas como los pezones, pensó él.
—¿Vas a volver a la cama? —le preguntó ella.
La parte mejor escondida y decente de él apostilló que no era una buena idea.
—¿Por favor? —susurró ella, colocándose el pelo tras la oreja.
Él midió el arco de su cuerpo y el negro satén que ocultaba la piel de su mirada y sus grandes ojos azul zafiro y la esbelta columna de su garganta.
No… realmente no era una buena idea acercarse a ella en estos momentos. .
—Apártate —dijo él.
Mientras ella se deslizaba a un lado, él miró hacia la tienda de campaña que tenía entre las piernas. Cristo, aquella maldita cosa era enorme; parecía que tenía otro brazo en sus calzoncillos. Y esconder un tronco así podía requerir un andamiaje.
Miró la cama. Con un fluido movimiento saltó entre las sábanas.
Lo que fue una dolorosa mala idea. En el momento en que estuvo bajo ellas, ella se acomodó contra su duro costado como si fuera otra manta. Una suave, cálida, que respiraba…
Z se aterrorizó. Había demasiado de ella contra él y no sabía qué tenía que hacer. Quería empujarla lejos. La quería más cerca. Quería… Oh, tío. Quería montarla. Quería tomarla. Quería follarla.
El instinto era tan fuerte que se vio así mismo llevándolo a cabo: dándole vuelta sobre el estómago, sacándole las caderas de la cama, alzándose tras ella. Se imaginó poniendo la cosa dentro de ella y empujando con los muslos…
Dios, era aborrecible. ¿Querer tomar esa cosa sucia y forzarla dentro de ella? También podía meterle un cepillo para el pelo en la boca.
—Estás temblando… —dijo ella—. ¿Tienes frío?
Ella se movió para acercarse más a él, y sintió sus pechos, suaves y cálidos, en la parte de atrás de su antebrazo. La cosa se crispó salvajemente, saltando contra sus calzoncillos.
Mierda. Tenía la sensación de que esa acción punzante quería decir que estaba peligrosamente despierto.
¿Sí, tú crees? Demonios, el bastardo estaba latiendo, y las pelotas bajo la cosa dolían, y estaba teniendo visiones de embestirla como un toro. Salvo que era el miedo femenino lo único que hacía que la cosa se endureciera, y ella no estaba asustada. Así que, ¿por qué estaba respondiendo?
—¿Zsadist? —dijo suavemente.
—¿Qué?
Las cuatro palabras que ella dijo casi convierten su pecho en un bloque y se le congeló la sangre. Pero al menos la otra tontería se acabó.

Cuando la puerta de Phury se abrió sin ningún aviso, las manos se le paralizaron en la camiseta que se estaba poniendo por la cabeza.
Zsadist permaneció entre las jambas, desnudo hasta la cintura, con los ojos negros ardiendo.
Phury maldijo suavemente.
—Me alegra que hayas venido. Sobre la pasada noche… Te debo una disculpa.
—No quiero escucharla. Ven conmigo.
—Z, me equivoqué al…
—Ven. Conmigo.
Phury tiró del dobladillo de la camiseta bajándosela y comprobó su reloj.
—Tengo que dar clase en media hora.
—Esto no te llevará mucho tiempo.
—Ah… bien, vale.
Mientras seguía a Z por el pasillo, se imaginó que podía disculparse por el camino.
—Mira, Zsadist, siento mucho lo de anoche. —El silencio de su gemelo no era una sorpresa—. Me precipité y llegué a una conclusión errónea. Sobre Bella y tú. —Z caminó incluso más deprisa—. Debería haber sabido que no le harías daño. Quisiera ofrecerte un rythe.
Zsadist se paró y miró por encima de los hombros.
—¿Para qué demonios?
—Te ofendí. Anoche.
—No, no lo hiciste.
Phury sólo pudo sacudir la cabeza.
—Zsadist…
—Estoy enfermo. Soy asqueroso. No se puede confiar en mí. Sólo porque tengas medio cerebro y te hayas imaginado que no, eso no significa que necesites acariciarme el trasero con esa mierda de disculpa.
Phury se quedó con la boca abierta.
—Jesús… Z. Tú no eres…
—Oh, por jodida consideración, ¿puedes dejar de dar la lata?
Z caminó rápidamente hacia su habitación y abrió la puerta.
Bella se sentó en la cama, juntando las solapas de la bata hasta el cuello. Parecía estar totalmente confusa. Y demasiado hermosa para describirlo con palabras.
Phury miró a un lado y a otro entre ella y Z. Entonces se centró en su gemelo.
—¿Qué es esto?
Los ojos negros de Z se clavaron en el suelo.
—Vete con ella.
—¿Perdón?
—Necesita alimentarse.
Bella hizo un ruido atragantándose, como si se hubiera quedado sin respiración.
—No, espera, Zsadist, Te quiero… a ti.
—No puedes tenerme.
—Pero quiero…
—Te aguantas. Estaré fuera.
Phury se sintió empujado a la habitación y entonces la puerta se cerró de golpe. En el silencio que siguió, no estaba seguro si quería gritar de triunfo o… simplemente gritar.
Inspiró profundamente y miró hacia la cama. Bella estaba encogida con las rodillas contra el pecho.
Buen Dios, nunca le había permitido a una mujer beber de él antes. Por su celibato, no quería arriesgarse. Con sus ansias sexuales y su sangre de guerrero, siempre había temido que si permitía que una mujer tomara su vena se quedaría confundido y querría meterse en ella. Y si era Bella, iba a ser incluso más duro permanecer quieto.
Pero ella necesitaba beber. Además, ¿qué tenía de bueno un voto si era fácil de mantener? Esto podía ser su crisol, su oportunidad de probar su disciplina bajo las más extremas circunstancias.
Se aclaró la garganta.
—Me ofrecería a ti.
Cuando los ojos de Bella se alzaron, su piel se volvió demasiado pequeña para su esqueleto. Eso era lo que un rechazo le hacía a un hombre. Justamente encogerle inmediatamente.
Apartó la mirada y pensó en Zsadist, al que podía sentir justo fuera de la habitación.
—Él quizás no sea capaz de hacerlo. Eres consciente de su… fondo, ¿verdad?
—¿Es tan cruel de mi parte pedirlo? —Su voz estaba llena de fatiga, agravada por su lucha—.  ¿Lo es?
Probablemente, pensó él.
—Sería mejor si usaras a cualquier otro. —Dios, ¿por qué no puedes tomarme? ¿Por qué no puedes necesitarme en lugar de a él?—. No creo que fuera apropiado pedírselo a Wrath o Rhage, ellos están unidos. Quizás podría pedírselo a V…
—No… Necesito a Zsadist. —Le temblaban las manos y se las llevó a la boca—. Lo siento tanto.
Así que era él.
—Espera aquí.
Cuando salió al pasillo, se encontró a Z justo al lado de la puerta. El hombre tenía la cabeza entre las manos, con los hombros encorvados.
—¿Acabó tan rápido? —preguntó, bajando las manos.
—No. No ocurrió.
Z frunció el ceño y lo miró de arriba a abajo.
—¿Por qué no? Tienes que hacerlo, tío. Ya oíste a Havers…
—Te quiere a ti.
—Así que entrarás ahí y te abrirás una vena…
—Ella sólo te tendrá a ti.
—Lo necesita, así que…
Phury elevó la voz.
—¡No quiero alimentarla!
Z frunció la boca y sus ojos negros se estrecharon.
—Jódete. Lo harás por mí.
—No, no lo haré. Porque ella no quiere permitírmelo.
Z se inclinó hacia delante, apretando como una prensa los hombros de Phury.
—Entonces lo harás por ella. Porque es lo mejor para ella, porque te enternece y porque quieres hacerlo. Hazlo por ella.
Cristo. Podría matar. Estaba muriéndose por volver a la habitación de Z. Arrancarse la ropa. Caer en el colchón. Apretar a Bella contra su pecho y sentirla hundir los dientes en su cuello y separarle las piernas, tomándolo dentro de ella entre sus labios y entre sus muslos.
Las fosas nasales de Z se dilataron.
—Dios… puedo oler lo desesperadamente que quieres hacerlo. Así que vete. Vete con ella, aliméntala.
La voz de Phury se quebró.
—No me quiere a mí, Z. Lo que ella quiere…
—Ella no sabe lo que quiere. Acaba de salir de un infierno.
—Eres el único. Para ella, eres el único.
Cuando los ojos de Zsadist se deslizaron por la puerta cerrada, Phury lo empujó, aunque pensó que eso lo mataría.
—Escucha lo que te estoy diciendo, hermano. Y puedes hacer esto por ella.
—Una mierda puedo hacerlo.
—Z, hazlo.
Aquella cabeza rapada se sacudió de un lado a otro.
—Vamos, la mierda que hay en mis venas está corrupta. Lo sabes.
—No, no lo está.
Con un gruñido, Z se inclinó hacia atrás y le mostró las muñecas, brillando las bandas de esclavo de sangre tatuadas en su pulso.
—¿Quieres que ella muerda a través de éstas? ¿Puedes soportar el imaginar su boca en ellas? Porque tan seguro como el infierno que yo no puedo.
—¿Zsadist? —la voz de Bella se deslizó sobre ellos. Sin que lo hubieran notado, se había levantado y abierto la puerta.
Mientras Z entrecerró los ojos, Phury suspiró,
—Tú eres al único al que ella quiere.
La respuesta de Z casi no fue audible.
—Estoy contaminado. Mi sangre puede matarla.
—No. No lo puede hacer.
—Por favor… Zsadist —dijo Bella.
El tono de la humilde, suplicante petición convirtió las costillas de Phury en una caja de hielo, y observó, helado, entumecido, como Z se giraba lentamente hacia ella.
Bella dio un paso hacia atrás, manteniendo los ojos en él.
Los minutos se convirtieron en días… décadas… siglos. Y entonces Zsadist echó a andar y se metió en la habitación. La puerta se cerró.
Phury estaba cegado mientras se daba la vuelta y echaba a andar por el corredor.
¿No había ningún lugar en el que se le necesitara?
Clase. Sí, iba a ir a… a dar clases ahora.




Diez minutos pasadas las cuatro, John subió al autobús local mientras arrastraba su petate.
—¡Hola!, señor —dijo el doggen alegremente detrás del volante—. Bienvenido.
John lo saludó con la cabeza y miró a los doce tipos sentados de a pares que lo miraban fijamente.
Whoa. Realmente el sentimiento del amor no estaba aquí, tíos, pensó.
Se sentó en un asiento vacío detrás del conductor.
Cuando el autobús comenzó a moverse, una división baja hacía que los aprendices quedaran encerrados juntos en la parte posterior y no pudieran ver el frente. John caminó arrastrando los pies de manera que se sentó de lado. Vigilar lo que estaba pasando detrás de sí parecía una buena idea.
Todas las ventanas estaban oscurecidas, pero las luces encendidas en el suelo y en el techo eran lo bastante brillantes para que pudiera dar cuenta de sus compañeros de clase. Todos eran como él, delgados y pequeños, aunque tenían el color de pelo diferente, algunos rubios, algunos oscuros. Uno era pelirrojo. Como John, todos iban vestidos con el traje blanco de artes marciales jis. Y todos tenían el mismo petate a sus pies, un Nike de nylon negro lo bastante grande para llevar una ropa de repuesto y mucha comida.  Cada uno de ellos llevaba una mochila, también y especuló que contenía los mismos materiales que llevaba en la suya: un cuaderno y algunos bolígrafos, un teléfono móvil, una calculadora. Tohr había enviado una lista con las provisiones requeridas.
John apretó la mochila acercándola a su estómago y se quedó mirándola fijamente. Esto lo ayudó a pensar en todos los números del mensaje de texto, entonces los repitió muchas veces en su cabeza. El de casa. El móvil de Wellsie. El móvil de Tohr. El número de la Hermandad, el de Sarelle…
Pensar en ella lo hizo sonreír. Habían pasado horas online la pasada noche. Amigo, IM’ing una vez que le cogió la onda, era el modo perfecto de comunicarse con ella. Con ambos escribiendo las palabras, le parecía que eran iguales. Y si le había gustado cenando, realmente estaba con ella ahora.
—¿Cómo te llamas?
John miró por encima de un par de asientos. Un tipo con el pelo largo rubio y un pendiente de diamante le había hablado.
Al menos utilizan el español, pensó.
Cuando abrió la mochila y sacó el cuaderno, el tipo dijo:
—¿Hola? ¿Eres sordo o algo así?
John escribió su nombre y giró el bloc.
—¿John? ¿Qué diablos de nombre es ese? ¿Y por qué estás escribiendo?
Oh, Amigo… Esto de la escuela iba a apestar.
—¿Cuál es tu problema? ¿No puedes hablar?
John miró al tipo directamente a los ojos. Las leyes de la probabilidad promulgaban que dentro de cada grupo, había un macho-alfa dolor de culo y este de cabellera suave con el brillante en el lóbulo lo era claramente.
John negó con la cabeza para contestar a la pregunta.
—¿No puedes hablar? ¿En absoluto? —El tipo levantó la voz como si quisiera que todos se enteraran. —¿Qué diablos estas haciendo entrenándote para ser soldado si no puedes hablar?
—Tú no luchas con palabras ¿verdad?  —Escribió.
—Sí, y todos esos músculos que haces estallar realmente dan miedo.
Como los tuyos, quiso garabatear.
—¿Por qué tienes un nombre humano? —La pregunta le llegó del pelirrojo del asiento de detrás.
John escribió:
 —Crecí con ellos—, y luego giró el bloc.
—Huh. Bien, soy Blaylock. John… wow, extraño.
Por impulso, John tiró de la manga y enseñó la pulsera que había hecho, una con los caracteres con los que había soñado.
Blaylock se inclinó. Colocando sus pálidos ojos azules encima.
—Su nombre real es Tehrror.
Susurros. Muchos susurros.
John replegó su brazo y se relajó hacia atrás contra la ventana otra vez. Deseó haber dejado la manga bajada. ¿Qué diablos estaban pensando ellos ahora?
Después de un momento Blaylock se acordó de la educación y le presentó a los demás. Todos tenían nombres raros. El rubio era Lash. ¿Y cómo de apropiado era eso?
—Tehrror… —murmuró Blaylock—. Es un nombre muy viejo. Es el nombre de un verdadero guerrero.
John frunció el ceño. Y aun cuando sería mejor alejarse de la atención de estos muchachos, escribió:
—¿ Lo es el tuyo? ¿Y el del resto de ellos?
Blaylock negó con la cabeza.
—Tenemos algo de sangre de los guerreros en nosotros, por lo que fuimos escogidos para entrenarnos, pero ninguno de nosotros tiene un nombre así. —¿De qué línea desciendes? Dios… ¿Eres criado por la Hermandad?
John frunció el ceño. Nunca se había dado cuenta de que podría ser relacionado con la Hermandad.
—Creo que él es demasiado bueno para contestarte. —Le dijo Lash.
John lo dejó pasar. Sabía que tropezaría con todo tipo de clases sociales, haciendo estallar minas a derecha e izquierda, debido a su nombre, el crecer con los humanos y la incapacidad de hablar.
 Tenía el presentimiento de que ese día en la escuela iba a ser una infernal prueba de resistencia, por lo que tendría que ahorrar energía.
El viaje duró aproximadamente quince minutos, con los últimos cinco más o menos implicando muchas marchas y paradas, lo que significaba  que estaban atravesando el sistema de  puertas dentro del recinto de entrenamiento.
Cuando el autobús paró y la partición se retrajo, John colocó el petate sobre sus hombros y la mochila y salió primero. El parking subterráneo estaba tal y como había estado anoche: sin coches, sólo otro autobús local como en el que ellos habían entrado. Se apartó hacia un lado y miró como los demás circulaban en masa, una multitud de jis blancos. Sus voces le recordaron el sonido de palomas batiendo las alas.
Las puertas del centro se abrieron de golpe y el grupo se paralizó.
Pero Phury podía hacer eso con una muchedumbre. Con su cabello espectacular y su gran cuerpo vestido de negro, era suficiente para hacer que alguien se paralizara.
—Hey, John —dijo él, saludándolo con la mano—. ¿Qué haces?
Los tipos se dieron la vuelta y lo miraron fijamente.
Le sonrió a Phury. Después se ocupó de quedarse en segundo plano.


Bella miró a Zsadist caminar por la habitación. Le recordaba como se había sentido la noche anterior cuando había salido a buscarlo: enjaulado. Miserable. Empujado con demasiada fuerza.
¿Por qué demonios lo forzaba a esto?
Cuando abrió la boca para suspender todo esto, Zsadist se paró delante de la puerta del cuarto de baño.
—Necesito un minuto —dijo él. Entonces se encerró.
Perpleja, se acercó y se sentó sobre la cama, esperándolo para saber por que se había echado atrás. Cuando empezó la ducha y se mantuvo, ella entró en una introspección.
Intentó imaginarse volviendo a casa con su familia y caminando por aquellas habitaciones tan familiares, sentándose en sus sillas, abriendo las puertas y durmiendo en la cama de su niñez. Lo sintió todo equivocado, como si fuera un fantasma en aquel lugar que conocía tan bien.
¿Y cómo la tratarían su madre y su hermano? ¿Y la glymera?
En el mundo aristocrático había sido deshonrada antes de haber sido secuestrada. Ahora la evitarían rotundamente. Siendo controlada por un… lesser…  atrapada en la tierra… La aristocracia no manejaba bien aquella clase de fealdad y la culparían. Infiernos, que era probablemente por lo que su madre había sido tan reservada.
Dios pensó Bella. ¿El resto de su vida iba a ser como ahora?
Cuando el temor la ahogaba, la única cosa que la mantenía unida era pensar en permanecer en ese cuarto y dormir durante días con Zsadist bien cerca suyo. Él era el frío que la hacía condensarse en ella otra vez. Y el calor que le paraba los temblores.
Era el asesino que la mantenía a salvo.
Más tiempo… más tiempo con él primero. Entonces tal vez podría afrontar el mundo exterior.
Ella frunció el ceño comprendiendo que él había estado en la ducha durante bastante tiempo.
Sus ojos se movieron hacia la plataforma que había en la esquina más alejada. ¿Cómo podía dormir allí noche tras noche? El suelo se sentiría tan duro en su espalda y no había ninguna almohada para la cabeza. Ni cubiertas para tirarse encima contra el frío, tampoco.
Ella se concentró en el cráneo que había al lado de las mantas dobladas. La correa de cuero negra entre los dientes lo proclamaba como alguien que había amado. Obviamente había estado casado, aunque ella no había oído rumores sobre ello. ¿Su shellan había ido al Fade por causas naturales o la habían apartado de su lado? ¿Era por esto por lo que estaba tan enfadado?
Bella miró hacia el cuarto de baño. ¿Qué estaba haciendo allí?
Se acercó y llamó. Cuando no hubo ninguna respuesta, abrió la puerta despacio. Una fría ráfaga salió disparada y se echó hacia atrás.
Reforzándose, se inclinó hacia el aire glacial.
—¿Zsadist?
A través de la puerta de cristal de la ducha, lo vio sentado bajo el rocío helado del agua. Se mecía hacia delante y hacia atrás, gimiendo, frotándose las muñecas con una manopla.
—¡Zsadist! —Corrió y apartó el cristal. Buscando a tientas los accesorios, cerró el agua—. ¿Qué estás haciendo?
Él levantó la mirada hacia ella con ojos salvajes, locos mientras seguía meciéndose y frotando, meciendo y frotando. La piel alrededor de las tatuadas cintas negras estaba rojo brillante, completamente en carne viva.
—¿Zsadist?  —Se controló para mantener su tono apacible y estable—. ¿Qué estás haciendo?
—Yo… yo no puedo limpiarme. No quiero que te ensucies, también—. Levantó su muñeca y la sangre le rezumaba por el antebrazo—. ¿Ves? Mira la suciedad. Está toda sobre mí. Dentro de mí.
Su voz la alarmó como nunca lo había hecho antes, sus palabras transmitiendo una extraña e infundada lógica de locura.
Bella recogió una toalla, dio un paso entrando en el compartimiento y se agachó. Capturando sus manos, le quitó la manopla.
Cuando con cuidado secó su carne herida, dijo. —Estás limpio.
—Oh, no, no lo estoy —su voz comenzó a elevarse, creciendo con un ímpetu terrible—. Estoy asqueroso. Estoy muy sucio. Estoy sucio, sucio… —ahora balbuceaba, las palabras salían juntas, el volumen se elevó emitiendo un sonido de histerismo en los azulejos y llenando el cuarto de baño—. ¿Puedes ver la suciedad? Yo la veo por todas partes. Me cubre. Sellada dentro de mí. Puedo sentirlo en mi piel…
—Shhh. Permíteme… sólo…
Vigilándolo, como si fuera a… Dios, nunca había pensado que… Agarró a ciegas una toalla y la arrastró hacia la ducha. Colocándola alrededor de sus grandes hombros, lo cubrió con ella, pero cuando intentó ponerla sobre sus brazos, él se echó hacia atrás.
—No me toques —le dijo con aspereza—. Te lo echarás encima.
Se puso de rodillas delante de él, su bata de seda empapándose de agua, absorbiéndola. Hasta que no notó el frío.
Jesús… Él parecía alguien que hubiera estado en un naufragio: sus ojos muy abiertos y dementes, sus pantalones sudados adhiriéndose a los músculos de sus piernas, la piel de gallina del pecho. Sus labios estaban azules y sus dientes castañeteaban.
—Lo siento mucho —susurró ella. Y quería tranquilizarlo de que no había ninguna suciedad sobre él, pero sabía que sólo lo exaltaría otra vez.
Mientras el agua goteaba desde la ducha hasta el azulejo, el rítmico sonido que producía era como una trampa tambor entre ellos. En medio de los golpes, ella se encontró recordando la noche que lo había seguido hasta esta habitación… la noche en que había tocado su excitado cuerpo. Diez minutos después de que lo tuviera lo había encontrado acurrucado sobre el water, vomitando por que le había puesto las manos encima a ella.
Estoy asqueroso. Estoy tan sucio. Estoy sucio, sucio
La claridad le llegó de la misma manera que cambian las pesadillas, que se anclan en el conocimiento con una iluminación glacial, mostrándole algo feo. Era obvio que había sido golpeado como esclavo de sangre y había asumido que por eso no le gustaba que lo tocaran. Pero el ser golpeado, a parte de ser doloroso y espantoso, no le haría sentir tan sucio.
Pero el abuso sexual lo haría.
Sus oscuros ojos de repente enfocaron su cara. Como si hubiese sentido la conclusión a la que había llegado.
Conducida por la compasión, se inclinó hacia él, pero la cólera que sangraba en su cara la detuvo.
—Cristo, mujer —explotó—. ¿Quieres cubrirte?
Ella miró hacia abajo. Su bata estaba abierta hasta la cintura, la elevación de sus pechos expuestos. Dio un tirón a las solapas juntándolas.
En el tenso silencio era difícil encontrar dónde mirar, entonces se concentró en su hombro… siguiendo la línea del músculo hasta la clavícula, hacia la base del cuello. Sus ojos fueron a la deriva sobre la gruesa garganta… a la vena que bombeaba bajo su piel.
El hambre la atravesó como un relámpago, haciendo que se le alargaran los colmillos. Oh, infierno. ¿Cómo era que ahora mismo ansiaba la sangre?
—¿Por qué me quieres? —Refunfuñó, claramente sintiendo su necesidad—. Eres mejor que esto.
—Tú eres…
—Sé que soy.
—No estás sucio.
—Maldita sea, Bella…
—Y sólo te quiero a ti. Mira, realmente lo siento y tenemos que…
—¿Sabes qué? No más charlas. Estoy harto de hablar. —Estiró el brazo sobre la rodilla, la muñeca hacia arriba y sus oscuros ojos se quedaron desprovistos de cualquier emoción, incluso enfadados—. Este es tu funeral, mujer. Hazlo si quieres.
El tiempo se paró mientras ella miraba fijamente lo que de mala gana le ofrecía. Dios les ayudara a los dos, pero iba a tenerlo. Con un movimiento rápido ella se arqueó sobre su vena y lo marcó limpiamente. Aunque le doliese, él no se apartó en absoluto.
El instante en que la sangre golpeó su lengua, gimió de dicha. Se había alimentado de aristócratas antes, pero nunca de un hombre de la clase guerrero y seguramente nunca, de un miembro de la Hermandad. Su sabor era un delicioso rugido en su boca, una invasión, una epopeya, una explosión gritona y luego tragó. El torrente de poder la atravesó, un fuego forestal en el tuétano de sus huesos, una explosión que bombeó en su corazón en una rápida fuerza gloriosa.
Tembló tanto que casi perdió el contacto con su muñeca y tuvo que agarrarse al antebrazo para estabilizarse. Bebió mucho, avariciosos tirones, hambrienta no sólo por la fuerza, por él, por este hombre.
Para ella, él era… el único.


Zsadist luchó por mantener la calma mientras Bella se alimentaba. No quería molestarla, pero con cada tirón en su vena lo que conseguía era acercarse a la perdición. La Mistress había sido la única que alguna vez se había alimentado de él, y los recuerdos de aquellas violaciones eran tan agudos como los colmillos enterrados en su muñeca ahora. El miedo llegó, duro y vivo, ninguna sombra del pasado nunca más, ahora era un pánico presente.
Mierda santa… Se estaba mareando aquí. Iba a perder el conocimiento como un completo afeminado.
En una tentativa desesperada por centrarse, se concentró en el cabello oscuro de Bella. Tenía un mechón cerca de su mano libre y la hebra brilló a la alta luz de la ducha, tan adorable, tan grueso, tan diferente del rubio de la Mistress.
Dios, el pelo de Bella parecía realmente suave… si hubiera tenido el valor, enterraría su mano— no, su cara entera— en aquellas ondas caoba. ¿Podría controlarlo? Se preguntó. ¿Estando tan cerca de una mujer? ¿O se ahogaría cuando el miedo lo golpeara?
Si fuera Bella, pensó que sería capaz de hacerlo.
Sí… realmente le gustaría poner su cara allí, en su cabello. Tal vez hurgaría en él y encontraría el camino al cuello y l… presionaría un beso. Realmente suave.
Sí… y luego podría ir moviéndose y rozaría sus labios contra su mejilla. Tal vez le dejaría hacer esto. No iría hacia su boca. No podía imaginar que ella quisiera estar cerca de su cicatriz y de todas formas el labio superior estaba jodido. Además, no sabía cómo besarla. La Mistress y sus subalternos sabían mantenerse a distancia de sus colmillos. Y después él nunca había querido acercarse tanto a una mujer.
Bella hizo una pausa e inclinó la cabeza, sus ojos de color azul zafiro giraron hacia él, comprobando para asegurase de que estaba bien.
La preocupación le mordió el orgullo. Cristo, pensar que estaba tan débil que no podía controlar la alimentación de una mujer….y que le diera vergüenza comprender que ella lo sabía mientras estaba en su vena. Incluso peor, estaba aquella expresión en su cara hacía unos momentos, aquel horror que significaba que ella había entendido de que otra manera él había sido usado además de como esclavo de sangre.
No podía soportar su compasión, no quería esas miradas de preocupación, no estaba interesado en los mimos y las caricias. Abrió la boca, para decirle que quitara su cabeza, pero en cierta forma la cólera se perdió en el viaje entre sus entrañas y su garganta.
—De acuerdo —dijo bruscamente—.  El pulso está estable. Pulso firme
El alivio en los ojos de ella fue otra palmada a su culo.
Cuando comenzó a beber otra vez, él pensó, odio esto.
Bien… lo odiaba en parte. Ok, odiaba la mierda en su cabeza. Pero cuando los apacibles tirones continuaron, comprendió lo que les gustaba.
Al menos hasta que pensaba en lo que ella estaba tragando. Sangre sucia… sangre oxidada… corrosiva, infestada, repugnante. Amigo, sencillamente no podía comprender por qué había rechazado a Phury. El hombre era perfecto por dentro y por fuera. Sin embargo, estaba sobre la baldosa fría y dura, mordiendo sobre la banda de esclavo, con él. Por qué lo hacía…
Zsadist cerró los ojos. Sin duda después de todo por lo que había pasado, ella creía que no merecía nada mejor que alguien que estaba contaminado. Aquel lesser probablemente le había roto directamente su amor propio.
Amigo, como que Dios era su testigo, haría que el último aliento del bastardo desapareciera estrujado entre sus palmas.
Con un suspiro, Bella liberó su muñeca y se relajó contra la pared de la ducha, los párpados cerrados, su cuerpo débil. La seda de la ropa estaba mojada y se le adhería a las piernas, perfilando los muslos, las caderas… la unión del medio.
Mientras ello se engruesaba en sus pantalones rápidamente, quiso cortárselo.
Levantó la mirada hacia él. Medio esperaba que ella tuviera en algún ataque o algo así, e intentó no pensar en toda la fealdad que había tragado.
—¿Estás bien? —Le preguntó él.
—Gracias —dijo con voz ronca—.  Gracias por dejarme…
—Sí, ya puedes pararlo. —Dios, sentía que no la había protegido de él mismo. La esencia de la Mistress lo bombardeaba, los ecos de la crueldad de la mujer estaban atrapados en el infinito circuito de sus arterias y venas, circulando por todo su cuerpo. Y Bella acababa de tomar un poco de aquel veneno en sus entrañas.
Debería haber luchado más duramente contra ello.
—Voy a llevarte a la cama.
Como ella no se opuso, la recogió, la sacó de la ducha e hizo una pausa en el lavabo para coger una toalla.
—El espejo —murmuró—. Cubriste el espejo ¿Por qué?
No le contestó mientras se dirigía al dormitorio, no podía conversar sobre esas horribles cosas, ella no lo soportaría.
—¿Te parezco tan mala? —susurró contra su hombro.
Cuando llegó a la cama, la puso de pie.
— La bata está mojada. Deberías quitártela. Usa esto para secarte si quieres.
Ella cogió la toalla y comenzó a aflojar el lazo de la cintura. Él rápidamente se dio la vuelta, escuchando el apresuramiento de la tela, alguna agitación y después el movimiento de las sábanas.
Cuando estuvo instalada, algo muy básico, antiguo le exigía que se tendiera con ella ahora. Y no para abrazarla. Quería estar en su interior, moviéndose… liberándose. De algún modo le parecía correcto hacerlo, darle no sólo la sangre de sus venas, finalizar con el acto sexual, también.
Estaba totalmente jodido.
Se pasó una mano por el pelo, preguntándose de dónde infiernos le había llegado la mala idea.
Amigo, tenía que alejarse de ella…
Bueno, iba a pasar pronto, no era cierto. Se marcharía por la noche. Saldría para irse a casa.
Sus instintos se volvieron locos, haciéndolo querer luchar para que permaneciera en su cama. Pero maldito su estúpido y primitivo corazón. Tenía que hacer su trabajo. Tenía que salir,  encontrar a un lesser en particular y matar al jodido por ella. Era lo que tenía que hacer.
Z se dirigió hacia el armario, se puso una camisa y se armó. Mientras  se colocaba la pistolera sobre el pecho, pensó en pedirle una descripción del asesino que se la había llevado. Pero no quería traumatizarla… No, se lo preguntaría Tohr, porque el hermano manejaba esa clase de cosas bien. Cuando fuera devuelta a su familia esta noche, entonces Tohr hablaría con ella.
—Me voy —dijo Z mientras se abrochaba el porta dagas de cuero que atravesaba sus costillas—. ¿Quieres que le diga a Fritz que te traiga comida antes de marcharme?
Como no hubo ninguna respuesta, miró desde el batiente de la puerta. Estaba de lado, mirándolo.
Otra ola de severo instinto lo golpeó.
Quería verla comer. Después del sexo, después de estar en su interior, quería que comiera el alimento que le traía, y quería que lo comiera de su mano. Infiernos, quería salir y matar algo para ella, traer la carne, cocinarla él mismo y alimentarla hasta que estuviera llena. Entonces quiso estar a su lado con una daga en la mano, protegiéndola mientras dormía.
Regresó al armario. Amigo, se estaba volviendo loco. Directamente loco.
—Te traeré alguna cosa.
Comprobó las hojas de sus dos dagas negras, probándolas en el interior de su antebrazo, cortándose la piel. Cuando el dolor le zumbó en el cerebro, miró fijamente la marca que Bella le había hecho sobre la muñeca.
Sacudiéndose para concentrarse, se colocó la pistolera alrededor de sus caderas y puso directamente la SIG Sausers en su gemelo. La nueve milímetros tenía la recámara llena de balas y  había otros dos clips de puntas huecos en el cinturón. Resbaló un cuchillo de lanzamiento en una pequeña hebilla de su espalda y se aseguró de que tenía alguna hira shuriken. Las botas de combate eran lo siguiente. La ligera campera impermeable para cubrir el arsenal era lo último.
Cuando salió, Bella todavía tenía la vista alzada hacia él desde la cama. Sus ojos eran tan azules. Azules como la noche. Azules como…
—¿Zsadist?
Luchó contra el impulso de golpearse a sí mismo.
—¿Si?
—¿Soy desagradable para ti? —Como él retrocedió, ella se puso las manos sobre la cara—. No importa.
Mientras se ocultaba de él, él pensó en la primera vez que la vio, cuando ella lo había sorprendido en el gimnasio hacia tantas semanas. Lo había asombrado, dejándolo como un estúpido y ella todavía tenía ese efecto sobre su cerebro. Era como si tuviera un interruptor del cual sólo ella tuviese el control remoto.
Se aclaró la garganta.
—Eres como siempre lo has sido para mí.
Se dio la vuelta, sólo para oír un sollozo. Entonces otro. Y otro.
Miró sobre el hombro.
—Bella… Infierno santo…
—Lo siento —le dijo dentro de las palmas—. Soy lamentable. Sólo vete. Estoy bien… lo siento, estoy bien.
Mientras se acercaba y se sentaba sobre el colchón, deseaba tener el don de las palabras.
—No tienes por qué sentirlo.
—He invadido tu cuarto, tu cama. Obligándote a dormir cerca de mí. He hecho que me des de tu vena. Soy tan… lo siento. —Suspiró y se recogió a sí misma, pero incluso así su desesperación permanecería mucho tiempo, trayendo el olor terroso de las gotas de agua sobre la acera caliente—. Sé que debería marcharme, sé que no me quieres aquí, pero sólo necesito… no me puedo ir a mi granja. El lesser me llevó de allí, por lo que no puedo soportar la idea de regresar. Y no quiero estar con mi familia. Ellos no entenderán lo que me pasa ahora y no tengo energía para explicárselo. Sólo necesito algo de tiempo, necesito de alguna manera conseguir que mi cabeza salga de ello, pero no puedo sola. Incluso aunque no quiera ver a nadie excepto…
Cuando acabó, él dijo.
—Te quedarás aquí mientras quieras.
Ella comenzó a sollozar otra vez. Maldita sea.
Esto era lo que debía decir.
—Bella… yo… —¿Qué se suponía que estaba haciendo?
Tiéndele la mano, gilipollas. Cógele la mano, pedazo de mierda.
No podía hacerlo.
—¿Quieres que me mude? ¿Qué te dé espacio?
Más lloros, en algún sitio en medio de los cuales ella musitó:
— Te necesito.
Dios, si la había oído bien, la compadecía.
—Bella, deja de llorar. Deja de llorar y mírame. —Finalmente ella suspiró y se limpió la cara.
 Cuando él estuvo seguro de que tenía su atención, le dijo— No te preocupes por nada. Te quedarás aquí mientras tú quieras. ¿Está claro?
Ella sólo lo miró fijamente.
—Asiente con la cabeza para mí, entonces sabré que me has escuchado. —Cuando ella lo hizo, él se levantó—. Y soy lo último que necesitas. Entonces deja de decir chorradas ahora mismo.
—Pero…
Se dirigió a la puerta.
—Regresaré antes del alba. Fritz sabe como encontrarme-nos, a todos.
Después de dejarla, Z cruzó el corredor de estatuas, giró a la izquierda y rápidamente pasó por delante del estudio de Wrath y por la magnífica escalera. Tres puertas más allá, él llamó. No hubo respuesta. Volvió a llamar.
Se dirigió abajo y encontró lo que buscaba en la cocina.
Mary, la mujer de Rhage, pelaba patatas. Muchas patatas. Como, un ejército de ellas. Sus ojos grises se levantaron y su cuchillo para pelar se detuvo sobre una patata Idaho golden. Miró a su alrededor, figurándose que él estaba buscando a alguien más.  O tal vez sólo esperaba no quedarse a solas con él.
—¿Podrías aplazar esto por un ratito? —dijo Z, cabeceando hacia el montón.
—Um, claro. Rhage siempre puede comer algo más. Además, de todos modos, Fritz está teniendo un berrinche porque yo iba a cocinar. ¿Qué… ah, que necesitas?
—Yo no. Bella. Ella podría necesitar ahora mismo una amiga.
Mary bajó el cuchillo y la patata a medio pelar.
—Estoy deseando verla.
—Está en mi habitación. —Z se giró, ya pensando en cual de los callejones del centro de la ciudad iba a golpear.
—¿Zsadist?
Él se paró con la mano sobre la puerta del mayordomo.
—¿Qué?
—Estás cuidando muy bien de ella.
Él pensó en la sangre que había dejado que tragara. Y la urgencia de tener un orgasmo en su cuerpo.
—No realmente. —Le dijo sobre el hombro.


A veces se tiene que empezar desde el principio, pensó O mientras caminaba por el parque.
Aproximadamente a trescientas yardas de dónde había aparcado el camión, los árboles cedían su paso a un prado raso. Se paró mientras todavía estaba oculto entre los pinos.
A través de la blanca manta de nieve estaba la granja donde había encontrado a su esposa y a la mortecina luz del día su casa era todo Norman Rockwell, una postal de Hallmark, la perfecta Middle América. La única cosa que faltaba era algo de humo saliendo de la chimenea de ladrillo rojo.
Sacó sus binoculares y exploró la zona, luego se concentró en la casa. Todas las huellas de neumáticos en el camino de la entrada y en la puerta hacían que se preocupase por si hubiese cambiado de manos y los promotores hubiesen venido. Pero todavía había muebles dentro, muebles que reconoció de cuando había estado allí con ella.
Dejó caer los binoculares, dejando que colgaran de su cuello y se agachó. La esperaría aquí. Si estaba viva, iría a la casa o quienquiera que la cuidara vendría a por algunas de sus cosas. Si estuviera muerta, alguien comenzaría a sacar su mierda.
Al menos, esperaba que algo así pasara. No tenía nada más para continuar, no sabía su nombre o el paradero de su familia. Además no podía adivinar dónde podría estar. Su única opción era salir y preguntar a los civiles. Como ninguna otra mujer había sido secuestrada, seguramente sería el tema de conversación dentro de su raza. El problema era que esa camino podía llevar semanas… meses. Y la información de técnicas persuasivas no era siempre sólida.
No, probablemente observando la casa conseguiría más resultados. Se sentaría y esperaría a que alguien le tendiera la mano y lo condujera hasta ella. Tal vez su trabajo sería aún más fácil y el hermano con cicatrices podría ser quien se lo mostrara.
Eso sería más o menos perfecto.
O se apoyó sobre los talones, no haciendo caso del frío viento.
Dios… esperaba que estuviera viva.


No hay comentarios: