lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 22 23 24



Esa noche, mientras la luna se elevaba en el cielo, O se levantó del suelo con un gemido. Había estado esperando en el borde del prado desde que el sol se había puesto hacía cuatro horas, esperando que alguien apareciese en la granja... sólo que no había nada. Y así había sido los últimos dos días. Bueno, creía haber visto algo antes de amanecer esta última mañana, una especie de sombra que se movía por dentro del lugar, pero lo que fuese, lo había visto una vez y después nada.
Deseaba como el infierno poder utilizar los recursos de toda la Sociedad para ir tras su esposa. Si enviase a cada lesser que tenía... Sólo que sería como ponerse directamente un arma en la cabeza. Alguien le contaría al Omega que la atención se había desviado a una hembra inconsecuente. Y entonces habría problemas grandes.
Comprobó su reloj y maldijo. Hablando del Omega...
O tenía una presentación obligatoria con el amo esta noche y no tenía otra opción que asistir a la maldita cita. Permanecer viable como asesino era la única manera de conseguir traer a su mujer de vuelta, y no iba a arriesgarse a acabar desintegrado por perderse una reunión.
Sacó su teléfono y llamó a tres Betas para que vigilasen la granja. Puesto que el punto era un lugar conocido de congregación de vampiros, al menos tenía una excusa para asignar el detalle.
Veinte minutos después, los asesinos vinieron por el bosque, el sonido de sus botas de caminar amortiguado por la nieve. El trío, hombres de huesos grandes, estaban recién iniciados, así que su cabello seguía oscuro y su piel rubicunda por el frío. Claramente estaban emocionados por ser utilizados y preparados para luchar, pero O les dijo que sólo estaban para mirar y supervisar. Si alguien aparecía, no debían atacar hasta que quienquiera que apareciese intentase marcharse, y entonces cualquier vampiro debía ser tomado vivo, ya fuese macho o hembra. Sin excepciones. Según lo que O había calculado, si él fuese familia de su mujer, primero enviaría investigadores antes de dejarla desmaterializarse en cualquier sitio cercano a la casa. Y si ella estaba muerta y sus parientes estaban recogiendo sus cosas, entonces quería a sus parientes capturados en perfecto estado para poder encontrar su tumba.
Después de asegurarse de que las cabezas de los Betas estaban en la línea, O atravesó el bosque hasta llegar a su coche, que estaba oculto bajo un soporte de pinos. Al incorporarse a la ruta 22, vio que los lessers habían aparcado el Explorer en el que habían venido justo en la carretera, a menos de un kilómetro del desvío hacia la granja.
Llamó a los idiotas y les dijo que usasen sus jodidas cabezas para poner el coche bien y a cubierto. Entonces condujo hasta la cabina. Mientras iba, imágenes de su mujer oscilaron en su mente, turbándole la vista de la carretera que tenía delante. La vio en su momento más encantador, en la ducha con el cabello y la piel mojados. Era especialmente pura de esa forma...
Pero entonces las visiones cambiaron. La vio desnuda de espaldas, debajo de ese vampiro feo que se la había llevado. El macho la estaba tocando... besándola... bombeando en su interior... Y a ella le gustaba. A la perra le gustaba. Su cabeza estaba echada hacia atrás y ella gemía y se corría como una puta, queriendo más.
Las manos de O se encresparon en el volante hasta que sus nudillos casi estallaron fuera de su piel. Intentó calmarse, pero su cólera era como un pitbull con una cadena de papel.
Supo entonces, con absoluta claridad, que si ella no estaba ya muerta, la iba a matar cuando la encontrase. Todo lo que tenía que hacer era imaginarla con el Hermano que la había robado y su razonamiento se acababa totalmente.
Y no ponía eso a O en un dilema. Vivir sin ella sería horrible, y aunque matarse en un impulso suicida después de que ella muriese tenía mucho atractivo, hacer algo como eso sólo lo llevaría con el Omega para la eternidad. Los lessers, después de todo, volvían al amo si eran extinguidos.
Pero entonces se le ocurrió una idea. Se imaginó a su mujer dentro de muchos años, su piel blanquecina, su pelo rubio, sus ojos del color de las nubes. Una lesser igual que él. La solución era tan perfecta, su pie se deslizó del acelerador, y el coche se detuvo en el centro de la ruta 22.
De esa manera ella sería suya para siempre.


Al acercarse la medianoche, Bella se puso un par de vaqueros azules viejos y aquel jersey rojo grueso que le gustaba tanto. Después entró el cuarto de baño, tiró de las dos toallas que cubrían el espejo, y se miró. Su reflejo mostraba la hembra que siempre había visto mirándola de vuelta: ojos azules. Mejillas altas. Labios carnosos. Mucho cabello marrón oscuro.
Bella levantó el borde del jersey y se miró el estómago. La piel allí no tenía defectos, ya no llevaba el nombre del lesser. Ella posó la mano por donde habían estado las letras.
—¿Estás lista? —preguntó Zsadist.
Ella miró hacia arriba en el espejo. Él apareció detrás de ella, vestido de negro, con armas que colgaban de su cuerpo. Sus ojos como el carbón estaban clavados en la piel que Bella había expuesto.
las cicatrices han curado —dijo ella—. En sólo cuarenta y ocho horas.
—Sí. Y me alegro.
—Tengo miedo de ir a mi casa.
—Phury y Butch vienen con nosotros. Tienes un montón de protección.
—Lo sé... —Ella bajó el jersey—.  Es sólo... ¿y si no soy capaz de entrar?
—Entonces lo volvemos a intentar otra noche. Todo el tiempo que haga falta. —Él le acercó la parka.
Metiéndose en la prenda, ella dijo:
—Tienes mejores cosas que hacer que cuidar de mí.
no, ahora no. Dame tu mano.
A Bella le temblaron los dedos al extenderlos. Tuvo el vago pensamiento de que era la primera vez que él le pedía que lo tocase, y esperaba que el contacto llevase a un abrazo.
Pero él no estaba interesado en abrazar. Puso una pistola pequeña en su mano sin ni siquiera rozar su piel.
Ella retrocedió deprisa.
no, Yo…
—Agárrala de esta…
espera un minuto, no…
—… manera. —Él colocó la pequeña culata contra su palma—.  Aquí está el seguro. Puesto. Sacado. ¿Lo tienes? Puesto... sacado. Tienes que estar cerca para matar con esto, pero está cargada con dos balas que retrasarán lo suficiente a un lesser para que puedas escapar. Simplemente apunta y aprieta el gatillo dos veces. No necesitas amartillarla ni nada de eso. Y apunta al torso, será un blanco más grande.
no quiero esto.
—Y yo no quiero que lo tengas. Pero es mejor que enviarte sin nada.
Ella sacudió la cabeza y cerró los ojos. A veces este negocio de la vida era tan feo.
—¿Bella? Bella, mírame. —Cuando lo hizo, él dijo—, mantenla en el bolsillo exterior de tu abrigo, en el lado derecho. La querrás en tu mano buena si tienes que utilizarla. —Ella abrió la boca y él habló justo por encima—. Vas a permanecer con Butch y Phury. Y mientras estés con ellos, es extremadamente difícil que necesites utilizar eso.
—¿Dónde estarás tú?
—Alrededor. —Al girarse Zsadist, notó que tenía un cuchillo en la parte baja de la espalda… añadiéndose a las dos dagas en el pecho, y el par de pistolas en las caderas. Se preguntó cuántas otras armas tendría que ella no pudiese ver.
Él se detuvo en el umbral, con la cabeza inclinada.
—Voy a asegurarme de que no tengas que sacar esa arma, Bella. Te lo prometo. Pero no puedo tenerte desarmada.
Ella respiró profundamente. Y deslizó el pequeño pedazo de metal en el bolsillo de la capa.
Fuera en el pasillo Phury estaba esperando, apoyado contra el balcón. También estaba vestido para luchar, con pistolas y todas esas dagas sobre él, una calma mortal irradiando de su cuerpo. Cuando ella le sonrió, él asintió y se puso su abrigo negro de cuero.
El teléfono móvil de Zsadist sonó y él lo abrió.
—¿Estás allí, poli? ¿Cómo va? —Cuando colgó, asintió—. Todo bien para ir.
Los tres se dirigieron al vestíbulo y después salieron al patio. En el aire frío ambos machos se tocaron las pistolas, y entonces todos se desmaterializaron.
Bella tomó forma en el porche de entrada, de cara a la reluciente puerta roja con su pomo de latón. Podía sentir a Zsadist y Phury detrás de ella, dos enormes cuerpos masculinos llenos de tensión. Sonaron pasos y ella miró sobre su hombro. Butch estaba avanzando hacia el porche. Su arma también estaba fuera.
A Bella la idea de tomarse su tiempo y entrar tranquila en la casa le pareció peligrosa y egoísta. Abrió la puerta con su mente y se adentró.
El lugar todavía olía igual... una combinación de la cera de limón del piso que había utilizado en los anchos tableros de pino y las velas de romero que le gustaba quemar.
Cuando oyó que la puerta se cerraba y la alarma de seguridad se apagaba, miró hacia atrás. Butch y Phury estaban pegados a sus talones, pero a Zsadist no se le veía por ninguna parte.
Bella sabía que él no los había dejado. Pero deseaba que estuviese dentro con ella.
Respiró fuerte y miró alrededor de su cuarto de estar. Sin ninguna luz encendida, solamente pudo ver sombras y formas familiares, más bien el patrón de los muebles y las paredes que otra cosa.
—Todo parece... Dios, exactamente igual.
Aunque había una mancha blanca sobre su escritorio. Faltaba un espejo, uno que ella y su madre habían seleccionado en Manhattan hacía más o menos una década. A Rehvenge siempre le había gustado. ¿Se lo había llevado? No estaba segura si sentirse conmovida u ofendida.
Cuando se movió para encender una lámpara, Butch la detuvo.
—Ninguna luz. Lo siento.
Ella asintió. Al avanzar más profundamente en la granja y ver más cosas suyas, ella se sintió como si estuviese entre viejos amigos a los que no había visto en años. Era encantador y triste. Aunque sobre todo un alivio. Había estado tan segura de que se disgustaría.
Se paró al llegar al comedor. Más allá del amplio arco, en el fondo, estaba la cocina. El terror se le enroscó en la tripa.
Armándose de valor, caminó en el otro espacio y paró. Al ver todo tan arreglado e intacto, recordó la violencia que había tenido lugar.
—Alguien limpió todo esto —susurró.
—Zsadist. —Butch la sobrepasó, con el arma a nivel del pecho y los ojos explorando alrededor.
—Él... ¿hizo él todo esto? —Ella hizo un gesto con la mano.
—La noche después de que te llevasen. Pasó horas aquí. La planta de abajo también está como un pincel.
Ella intentó imaginar Zsadist con una mopa y un cubo, limpiando las manchas de sangre y los trozos de cristal.
¿Por qué? se preguntó.
Butch se encogió de hombros.
—Dijo que era personal.
¿Había hablado en voz alta?
—Él explicó... ¿por qué era así?
Mientras el humano sacudía la cabeza, Bella se dio cuenta del interés que le prestaba Phury a la parte exterior de la casa.
—¿Quieres ir a tu dormitorio? —preguntó Butch.
Cuando ella asintió, Phury dijo:
—Yo me quedo aquí arriba.
Abajo en el sótano Bella encontró todo en orden, colocado... limpio. Abrió el armario, pasó por los cajones del aparador, vagó por el cuarto de baño. Los pequeños objetos la cautivaban. Una botella de perfume. Una revista con fecha de antes del secuestro. Una vela que recordaba haber encendido al lado de la bañera con patas de garra.
Pararse, tocar, volver gradualmente a su sitio de una cierta manera profunda, quería pasar horas... días. Pero podía sentir como aumentaba la tensión en Butch.
—Creo que he visto suficiente por esta noche —dijo ella, deseando poder quedarse más tiempo.
Al dirigirse de nuevo a la primera planta, Butch fue delante. Cuando entró en la cocina, miró a Phury.
—Bella está lista para marcharse.
Phury abrió su teléfono. Hubo una pausa.
—Z, hora de irse. Enciende el coche para el poli.
Cuando Butch cerró la puerta del sótano, Bella se acercó a su acuario y miró con fijeza dentro. Se preguntó si alguna vez volvería a vivir en la granja. Tenía la sensación de que no.
—¿Quieres llevarte algo? —preguntó Butch.
—No, creo...
Sonó un tiro afuera, el ruido hueco al estallar sonó amortiguado.
Butch la agarró y apretó contra su cuerpo.
—Quédate quieta —le dijo al oído.
—Fuera y de frente —siseó Phury al agacharse. Apuntó su arma más allá del pasillo, a la puerta por la que habían entrado.
 Otro tiro. Y otro. Acercándose. Viniendo alrededor de la casa.
—Saldremos por el túnel —susurró Butch mientras la movía y empujaba hacia la puerta del sótano.
Phury siguió los sonidos con la boca del arma.
—Te cubro la espalda.
En el momento que la mano de Butch se apoyó en el pomo de la puerta del sótano, el tiempo se comprimió en fractales de segundos, hombres cayendo.
La puerta francesa detrás de ellos se abrió en pedazos, astillándose el marco de madera, rompiéndose los cristales.
Zsadist se la llevó por delante con la espalda, al ser empujado con enorme fuerza a través de la puerta. Al aterrizar en el suelo de la cocina, su cráneo cayó hacia atrás y golpeó el azulejo tan fuerte que sonó como si se hubiese disparado una pistola. Entonces, con un grito horrible, el lesser que lo había lanzado a través de la puerta saltó sobre su pecho y los dos se deslizaron por el cuarto, dirigiéndose derechos hacia las escaleras del sótano.
Zsadist estaba quieto como una roca debajo del asesino. ¿Aturdido? ¿Muerto?
Bella gritó cuando Butch la apartó de un tirón. El único lugar a donde podía ir era contra la estufa, y él la empujó en esa dirección, tapándola con su cuerpo. Sólo que ahora estaban atrapados en la cocina.
Phury y Butch apuntaron las armas al enredo de brazos y de piernas del suelo, pero al asesino no le importó. El no-muerto levantó el puño y golpeó a Zsadist en la cabeza.
—¡No! —rugió Bella.
Excepto que, extrañamente, el golpe pareció despertar a Zsadist. O quizás había sido su voz. Sus ojos negros se abrieron de golpe y una expresión malvada se asomó en su cara. Con un empuje rápido afianzó las manos debajo de las axilas del lesser y retorció con tanta fuerza, que el torso del asesino se contorsionó en un arco vicioso.
En un destello Zsadist estaba encima del lesser, a horcajadas. Agarró el brazo derecho del asesino y lo estiró en un ángulo como para romperle huesos. Puso el pulgar debajo de la barbilla del no-muerto tan lejos que sólo se podía ver medio dedo y descubrió unos colmillos largos que relucían blancos y mortales. Mordió al lesser en el cuello, justo en la columna del esófago.
El asesino aulló de dolor, retorciéndose violentamente entre sus piernas. Y eso fue sólo el principio. Zsadist destrozó a su presa. Cuando la cosa ya no se movió más, se detuvo jadeando y pasó los dedos por el cabello oscuro del lesser, apartando una sección de par en par, claramente buscando las raíces blancas.
Pero ella le podría haber dicho que no era David. Asumiendo que pudiese encontrar su voz.
Zsadist maldijo y recuperó el aliento, pero permaneció agachado sobre su presa, buscando muestras de vida. Como si quisiese continuar.
Y después frunció el ceño y levantó la vista, claramente dándose cuenta que la batalla había acabado y había habido testigos.
Oh... Jesús. Su cara estaba marcada con la sangre negra del lesser, y más manchas cubrían su pecho y manos.
Sus ojos negros giraron hasta encontrar los de Bella. Estaban relucientes. Brillantes. Justo como la sangre que había derramado para defenderla. Y rápidamente miró a otro lado, como si deseara ocultar la satisfacción que había conseguido de la matanza.
—Los otros dos están acabados, dijo él, todavía respirando fuertemente. Cogió la parte de abajo de su camisa y se limpió la cara.
Phury se dirigió hacia el pasillo.
—¿Dónde están? ¿En el césped delantero?
—Prueba la puerta delantera del Omega. Los apuñalé a ambos. —Zsadist miró a Butch.—Llévala a casa. Ahora. Está demasiado conmocionada para desmaterializarse. Y Phury, tú vas con ellos. Quiero una llamada en el momento en que ella ponga un pie en el vestíbulo, ¿entendido?
—¿Y tú qué? —dijo Butch, incluso mientras la movía alrededor del lesser muerto.
Zsadist se levantó y sacó una daga.
—Yo desvanezco a éste y espero a que vengan otros. Cuando estos jodidos no se presenten, vendrán más.
—Estaremos de vuelta.
—No me importa lo que hagáis siempre que la llevéis a casa. Así que corta la charla y empezad a conducir.
       Bella alargó la mano hacia él, aunque no estaba segura del por qué. Estaba horrorizada por lo que él había hecho y por el aspecto que tenía ahora, todo herido y golpeado, su propia sangre deslizándose por las ropas junto con la del asesino.
Zsadist movió una mano por el aire, despidiéndola.
—Salid de una condenada vez de aquí.


John saltó del autobús, tan condenadamente aliviado de estar en casa que casi se tropezó. Dios, si los dos primeros días de entrenamiento eran un indicativo, los próximos dos años iban a ser un infierno.
Al llegar a la puerta delantera, silbó.
La voz de Wellsie provino de su estudio.
—¡Hola! ¿Cómo te fue hoy?
Mientras se quitaba el abrigo, hizo dos silbidos rápidos, lo que era una especie de bien, correcto, todo muy bien.
—Bien. Hey, Havers vendrá en una hora.
John se dirigió al estudio de Wellsie y se detuvo en el umbral. Sentada enfrente del escritorio, Wellsie estaba rodeada por una colección de viejos libros, muchos de los cuales estaban abiertos. La vista de todas esas páginas encuadernadas y extendidas, le recordó a perros impacientes tumbados de espaldas, esperando que les rascasen el vientre.
Ella sonrió.
—Pareces cansado.
—Voy a dormir un rato antes de que venga Havers —señaló.
—¿Estás seguro de que estás bien?
—Absolutamente. —Él sonrió para darle a la mentira un poco de jugo. Odiaba mentirle, pero no quería entrar en sus fallas. En otras dieciséis horas iba a tener que exhibirlas otra vez. Necesitaba un respiro, y sin ninguna duda ellos también estaban agotados, por haber tenido tanto tiempo de demostración.
—Te despertaré cuando el doctor llegue aquí.
—Gracias.
Cuando se dio la vuelta, ella dijo:
—Espero que sepas que no importa lo que diga la prueba, lo resolveremos.
Él la miró. Así que ella también estaba preocupada por los resultados.
En un rápido movimiento se acercó y la abrazó, después se dirigió a su habitación. Ni siquiera puso la ropa sucia en el conducto de la lavandería, sólo dejó caer las bolsas y se echó en la cama. Dios, los efectos acumulativos de ocho horas de burlas eran suficientes para hacerle querer dormir una semana.
Excepto que todo lo que podía pensar era sobre la visita de Havers. ¿Dios, y si todo era un error? ¿Y no se iba a convertir en algo fantástico y poderoso? ¿Y si sus visiones por la noche no eran más que una exagerada fijación por Drácula?
¿Y si era sobre todo humano?
Eso más o menos tendría sentido. Aunque el entrenamiento estaba sólo empezando, estaba claro que no era como los otros machos pre-transición de la clase. Era una mierda en cualquier cosa física y era más débil que los otros chicos. Quizás la práctica le ayudaría, pero lo dudaba.
John cerró los ojos y esperó tener un buen sueño. Un sueño que lo colocase en un cuerpo grande, un sueño en el que sería fuerte y...
La voz de Tohr lo despertó.
—Havers está aquí.
John bostezó y se estiró e intentó ocultarse de la compasión en la cara de Tohr. Ésa era la otra pesadilla sobre el entrenamiento: tenía que fastidiarla todo el tiempo delante de Tohr.
—¿Cómo te va hijo… digo, John?
John sacudió la cabeza y señaló,
Estoy bien, pero preferiría ser hijo para ti.
Tohr sonrió.
—Bien. Así es como lo quiero yo también. Ahora venga, a arrancar esta tirita sobre las pruebas, ¿vale?
John siguió a Tohr al cuarto de estar. Havers estaba sentado en el sofá, pareciendo un profesor con sus cristales de carey, chaqueta con dibujos en espigas y pajarita roja.
—Hola, John —dijo.
John levantó una mano y se sentó en la silla más cercana a Wellsie.
—Tengo los resultados de tu análisis de sangre. —Havers sacó un pedazo de papel del interior de su abrigo deportivo—. Me llevó un poco más, porque había una anomalía que no esperaba.
John miró a Tohr. Después a Wellsie. Jesús... ¿Y si era enteramente humano? ¿Qué le harían? ¿Tendría que marcharse…?
—John, eres por completo un guerrero. Sólo tienes un rastro muy pequeño de sangre de fuera de nuestra especie.
Tohr rió en una explosión ruidosa y juntó las manos.
—¡Joder! ¡Eso es genial!
John empezó a sonreír y continuó hasta que sus labios se estiraron en una gran sonrisa.
pero hay algo más. —Havers empujó las gafas más arriba por su nariz—. Eres de la línea de Darius de Marklon. Tan cerca que podrías ser su hijo. Tan cerca... que debes ser su hijo.
Un silencio sepulcral invadió el cuarto.
John miró hacia adelante y atrás entre Tohr y Wellsie. Los dos estaban totalmente congelados. ¿Eran estas buenas noticias? ¿Malas noticias? ¿Quién era Darius?, Guiándose por sus expresiones, el individuo quizá era un criminal o algo...
Tohr saltó del sofá y tomó a John en sus brazos, estrechándolo tan fuerte que los dos se convirtieron en uno. Jadeando para coger aire, con los pies colgando, John miró a Wellsie. Ella tenía ambas manos sobre la boca, y por su cara rodaban lágrimas.
Abruptamente Tohr lo soltó y retrocedió. Tosió un poco, con los ojos brillantes.
—Bueno... lo que se descubre.
El hombre despejó la garganta varias veces. Frotó su cara. Parecía un poco aturdido.
—¿Quién es Darius?  —señaló John cuando se volvió a sentar.
Tohr sonrió lentamente.
—Era mi mejor amigo, mi hermano en la lucha, mi... No puedo esperar para contarte todo sobre él. Y esto significa que tienes una hermana.
—¿Quién?
—Beth, nuestra reina. La shellan de Warth…
—Sí, sobre ella —dijo Havers, mirando a John—. No entiendo la reacción que tuviste a ella. La tomografía computarizada axial está muy bien, al igual que el electrocardiograma, y el análisis completo de sangre. Te creo cuando dices que ella fue la que causó los ataques, aunque no tengo idea de porqué. Me gustaría que permanecieras un tiempo lejos de ella para ver si eso sucede en otro ambiente, ¿vale?
 John asintió, aunque quería volver a ver a la mujer, especialmente si estaba emparentado con ella. Una hermana. Qué genial...
—Ahora, sobre el otro tema —dijo Havers intencionadamente.
Wellsie se inclinó hacia delante y puso su mano en la rodilla de John.
—Havers tiene algo sobre lo que quiere hablarte.
John frunció el ceño.
¿Qué?  —señaló lentamente.
El doctor sonrió, intentando ser tranquilizador.
—Me gustaría que vieses a ese terapeuta.
John se quedó frío. En pánico, buscó la cara de Wellsie, después a Tohr, preguntándose cuánto les habría dicho el doctor sobre lo que le había sucedido hacía un año.
—¿Por qué tendría que ir?  —señaló—. Estoy bien.
La contestación de Wellsie fue franca.
—Es sólo para ayudarte a hacer la transición a tu nuevo mundo.
—Y tu primera cita es mañana por la tarde —dijo Havers, inclinando su cabeza. Miró fijamente la cara de John sobre el borde de sus gafas, y el mensaje en sus ojos era: O vas o les digo la verdadera razón por la que tienes que ir.
John se vio superado, y eso lo cabreó. Pero supuso que era mejor someterse a chantaje compasivo a que Tohr y Wellsie supiesen algo de lo que le habían hecho.
—Muy bien. Lo haré.
—Te llevo yo —dijo Tohr rápidamente. Entonces frunció el ceño—. Digo... podemos encontrar a alguien para que te lleve… Butch lo hará.
La cara de John quemaba. Sí, no quería a Tohr cerca del rollo del terapeuta. De ninguna manera.
El timbre delantero sonó.
Wellsie sonrió.
—Oh, bien. Esa es Sarelle. Ha venido para trabajar en el festival del solsticio. John, ¿quizá te gustaría ayudarnos?
¿Sarelle estaba aquí otra vez? No le había mencionado eso cuando se habían mandado emails ayer por la noche.
—¿John? ¿Quieres trabajar con Sarelle?
Él asintió e intentó mantenerse frío, aunque su cuerpo se había encendido como un anuncio de neón. Sentía hormigueos por todo el cuerpo. Sí. Puedo hacer eso.
Puso las manos en su regazo y bajó la vista hacia ellas, intentando guardarse su sonrisa.

CAPÍTULO 23


Definitivamente Bella volvería a casa. Esta misma noche.
En circunstancias óptimas Rehvenge no era el tipo de macho que sobrellevara bien la frustración. Por lo que su límite de tolerancia ya había sido más que sobrepasado en espera de que su hermana volviera al lugar al que pertenecía. ¡Maldita fuera!, él era más que su hermano, era su Guardián, y eso le daba derechos.
Mientras se arrancaba de un tirón su largo abrigo de marta cibelina, la piel se arremolinó alrededor de su gran cuerpo, cayendo sobre sus tobillos. Usaba un traje negro de Hermenegildo Zegna. Los revólveres gemelos de nueve milímetros que llevaba bajo los brazos eran Heckler & Koch.
—Rehvenge, por favor no hagas esto.
Miró a su madre. Madalina estaba de pie, debajo del candelabro del vestíbulo, era la imagen de la aristocracia, con su porte real, sus diamantes y su vestido de raso. La única cosa fuera de lugar era la preocupación en su rostro, y ésta no era a causa de la tensión de desentonar con su Harry Winston y la Alta Costura. Ella nunca se disgustaba. Jamás.
Respiró profundo. Era más probable que lograra calmarla si su infame temperamento no asomaba, pero, más bien en su actual estado mental, era propenso a destrozarla allí mismo, y no sería justo.
—Ella volverá a casa de esta forma —le dijo.
La graciosa mano de su madre se alzó hasta la garganta, un signo seguro de que estaba atrapada entre lo que quería y lo que pensaba que era correcto.
—Pero es tan extremo.
—¿La quieres durmiendo en su propia cama? ¿La quieres en el lugar en el que debería estar? —La voz empezó a perforar el aire—. ¿O quieres que se quede con la Hermandad? Esos son guerreros, Mahmen. Sedientos de sangre, guerreros hambrientos de sangre. ¿Piensas que dudarían en tomar a una mujer? Y sabes perfectamente bien que por ley el Rey Ciego puede acostarse con cualquier mujer que escoja. ¿La quieres en esa clase de ambiente? Yo no.
Cuando su Mahmen dio un paso atrás, se dio cuenta de que le estaba gritando. Aspiró hondo nuevamente.
—Pero Rehvenge, hablé con ella. No quiere volver a casa aún. Y ellos son hombres de honor. En el Antiguo País…
—Ya ni siquiera sabemos quien forma parte de la Hermandad.
—Ellos la salvaron.
—Entonces pueden devolverla a su familia. ¡Por el amor de Dios!, es una mujer de la aristocracia. ¿Piensas que la Glymera la aceptará después de esto? Ya tuvo una aventura.
Y que enredo había resultado de eso. El macho había sido totalmente indigno de ella, un completo idiota, y aun así el bastardo se las había arreglado para salir del aprieto sin que mediara palabra. Por otro lado, habían cuchicheado acerca de Bella por meses, y aunque ella pretendía que no le preocupaba, Rehv sabía que si le había molestado.
Odiaba a la aristocracia en la que se hallaban atrapados, realmente la odiaba.
Sacudió, enojado consigo mismo, la cabeza.
—Nunca debió haberse mudado de esta casa. Nunca debí habérselo permitido.
Y ni bien la tuviera de vuelta, nunca se le permitiría salir otra vez sin su consentimiento. Iba a hacer que la consagraran como una mujer Sehcluded. Su sangre era lo suficientemente pura como para justificarlo, y francamente ya debería ser una. Una vez que estuviera hecho, la Hermandad estaba obligada legalmente a entregarla al cuidado de Rehvenge, y en consecuencia, no podría dejar la casa sin su permiso. Y aún había más. Cualquier macho que quisiera verla tendría que hablar con él como jefe de familia, e iba a negarse a todos y cada uno de esos hijos de puta. Había fallado en proteger a su hermana una vez. No permitiría que eso sucediera nuevamente.
Rehv consultó el reloj, aunque sabía que era tarde para esos asuntos. Haría la petición de Sehclusion al Rey desde la oficina. Era raro solicitar algo tan antiguo y tradicional a través de e-mail, pero ahora esa era la forma de manejar las cosas.
—Rehvenge…
—¿Qué?
—La alejarás.
—Imposible. Una vez que me haga cargo de esto, no tendrá otro lugar adonde ir aparte de esta casa.
Tomó el bastón e hizo una pausa. Su madre se veía tan desdichada, que se inclinó y la besó en la mejilla.
—No te preocupes por nada, Mahmen. Voy a arreglar las cosas para que nunca más salga herida. ¿Por qué no preparas la casa para recibirla? Podrías traer su ropa de luto.
Madalina negó con la cabeza. Con una voz reverente dijo:
—No hasta que cruce el umbral. Podría ofender a la Virgen Escriba, al asumir que retornará a salvo.
Contuvo una maldición. La devoción de su madre a la Madre de la Raza era legendaria. ¡Demonios!, debería haber sido un miembro de los Elegidos con todas sus plegarias, reglas y temores de que una palabra desdeñosa podría atraer ciertas desgracias.
Pero que hiciera lo que quisiera. Era su jaula espiritual, no la de él.
—Como quieras —le dijo, inclinándose sobre el bastón y dándose la vuelta.
Se movió lentamente por la casa, confiando en los diferentes tipos de suelos para que le dijeran en que habitación se encontraba. Había mármol en el vestíbulo, una alfombra Persa en el comedor, un ancho entarimado de dura madera en la cocina. Usaba la vista para que le dijera que sus pies estaban sólidamente apoyados y que era seguro depositar todo su peso en ellos. Levaba el bastón para el caso de que juzgara erróneamente y perdiera el equilibrio.
Para entrar en el garaje, se sostuvo en el marco de la puerta antes de bajar un pie y luego el otro para descender los cuatro escalones. Después de deslizarse dentro del Bentley a prueba de balas, accionó el remoto para abrir la puerta y esperó a que se abriera para salir.
¡Maldición! Deseaba más que nada saber quienes eran esos Hermanos y donde vivían. Iría allí, derribaría la puerta y les arrebataría a Bella.
Cuando pudo ver el camino de entrada detrás de él, puso la marcha atrás del sedán y apretó el acelerador tan fuerte que las llantas chirriaron. Ahora que estaba detrás del volante, podía moverse a la velocidad que deseaba. Rápido. Ligero. Sin necesidad de andar con cautela.
El extenso prado se veía borroso mientras corría por el sinuoso camino hacia las puertas, que estaban ubicadas detrás de la calle. Tuvo que detenerse un instante mientras las cosas se abrían; luego dobló por Thome Avenue y continuó hacia abajo por una de las opulentas calles de Caldwell.
Para mantener a su familia a salvo y que nunca les faltara nada, trabajaba en cosas despreciables. Pero era bueno en lo que hacía, su madre y hermana merecían la clase de vida que tenían. Les proporcionaría cualquier cosa que quisieran, les consentiría cualquier capricho que tuvieran. Por demasiado tiempo las cosas habían sido muy duras para ellos…
Sí, la muerte de su padre había sido el primer regalo que les había dado, la primera de muchas maneras que había mejorado sus vidas y mantenido a salvo de todo daño. Y no cambiaría de rumbo ahora.
Rehv tomó un atajo y se dirigía hacia el centro cuando su nuca empezó a hormiguear. Trató de ignorar la sensación, pero en cuestión de momentos se condensó en un estrecho apretón, como si le hubieran colocado un tornillo en la parte superior de la espina dorsal. Levantó el pie del acelerador y esperó que se le pasara la sensación.
Luego ocurrió.
Con una punzada de pánico, su visión se convirtió en sombras de rojo, como si le hubieran puesto un velo transparente sobre la cara: las luces de los autos que venían de frente eran de neón rosa, la carretera de un color herrumbre empañado, el cielo un clarete como vino borgoña. Consultó el reloj digital cuyos números ahora tenían un brillo rubí.
Mierda. Esto estaba mal. No debería estar pasan…
Pestañeó y se frotó los ojos. Cuando los volvió a abrir, carecía de percepción en profundidad.
Si, al demonio con que esto no estaba pasando. Y no lograría llegar hasta el centro.
Tiro del volante hacia la derecha y entró en un desmantelado centro comercial, el mismo en que se encontraba la Academia de Artes Marciales Caldwell antes de que se incendiara. Apagó las luces del Bentley y condujo detrás de los extensos y angostos edificios, estacionando al nivel de los ladrillos para el caso de que tuviera que salir de prisa, lo único que tenía que hacer era pisar el acelerador.
Dejando el motor encendido, se quitó el abrigo de marta cibelina y la chaqueta del traje, luego se arremangó el brazo izquierdo. A través de la niebla roja abrió la guantera y sacó una jeringa hipodérmica y un trozo de banda de goma. Le temblaban tanto las manos, que dejó caer la aguja y tuvo que agacharse para levantarla del suelo.
Palmeó los bolsillos de la chaqueta, hasta que encontró un frasco de dopamina neuro-moduladora. Lo Puso en el salpicadero.
Le llevó dos intentos abrir el paquete estéril de la hipodérmica, y casi rompe la aguja mientras la introducía a través de la superficie de goma de la tapa de la dopamina. Cuando la jeringa estaba llena, envolvió la banda de goma alrededor de su bíceps, usando una mano y los dientes; luego trató de encontrarse la vena. Todo era más complicado, debido a que estaba trabajando en un campo visual plano.
No podía ver lo suficientemente bien.  Todo lo que veía enfrente de él era… Rojo.
Rojo… rojo… rojo. La palabra se disparó en su mente, golpeando en el interior de su cráneo. Rojo era el color del pánico. Rojo era el color de la desesperación. Rojo era el color de su odio a si mismo.
Rojo no era el color de su sangre. No en ese momento, de ninguna forma.
Regañándose a si mismo, se tocó el antebrazo buscando una plataforma de lanzamiento para la droga, una súper carretera que enviara la mierda hacia los receptores del cerebro. Salvo que sus venas estaban hundiéndose.
No sintió nada cuando se hundió la aguja, lo cual era tranquilizador. Pero luego vino… un pequeño pinchazo en el lugar de la inyección. El entumecimiento en el que se mantenía estaba a punto de terminar.
Mientras buscaba debajo de su piel, una vena que pudiera utilizar, empezó a sentir su cuerpo: la sensación de su peso en el asiento de cuero del auto. El calor quemando sus tobillos. El rápido aliento moviéndose dentro y fuera de su boca, secándole la lengua.
El terror hizo que empujara el émbolo y soltara el torniquete de goma. Sólo Dios sabía si lo había hecho en el lugar correcto.
Con el corazón golpeándole en el pecho miró el reloj.
—Vamos —murmuró comenzando a mecerse en el asiento del conductor—. Vamos… haz efecto.
Rojo era el color de las mentiras. Estaba atrapado en un mundo de rojo. Y uno de estos días la dopamina no iba a funcionar. Estaría perdido en el rojo para siempre.
El reloj cambió los números. Había pasado un minuto.
—Oh, mierda… —Se frotó los ojos como si eso pudiera traer de regreso la profundidad a su visión y el espectro normal de color.
Su móvil sonó y lo ignoró.
—Por favor… —Odiaba la súplica en su voz, pero no podía pretender ser fuerte—. No quiero perderme…
De repente su visión regresó, el rojo escurriéndose de su campo visual, retornando la perspectiva tridimensional. Fue como si la maldad hubiera sido absorbida fuera de él y su cuerpo se hubiera paralizado, las sensaciones evaporándose hasta que lo único que le quedó eran los pensamientos en su cabeza. Con la droga, se volvía un bulto que se movía, respiraba y hablaba y benditamente, sólo tenía cuatro sentidos por los que preocuparse ahora, ese toque había sido recetado como quemador.
Se derrumbó contra el asiento. El estrés por el secuestro de Bella y el rescate, se había apoderado de él. Era por eso que el ataque lo había golpeado tan fuerte y rápidamente. Y tal vez necesitara ajustar la dosis nuevamente. Iría a Havers a consultar acerca de eso.
Pasó un rato antes de que fuera capaz de llevar el auto hacia la entrada. Mientras salía del desmantelado centro comercial y se deslizaba dentro del tránsito, se dijo a sí mismo que sólo era otro sedán en una larga fila de autos. Anónimo. Igual que cualquier otro.
De alguna forma la mentira lo alivió… y aumento su soledad.
En un semáforo, consultó el mensaje que le habían dejado.
La alarma de seguridad de Bella había sido apagada por una hora más o menos y recién había vuelto a encenderse. Alguien había estado en su casa otra vez.


Zsadist encontró el Ford Explorer negro, aparcado en el bosque como a trescientas yardas del acceso a la entrada del camino de una milla de largo de la casa de Bella. La única razón por la que había encontrado la cosa era porque había estado explorando el área, demasiado inquieto para irse a casa, demasiado peligroso para estar en compañía de alguien más.
Un juego de huellas en la nieve iba en dirección a la granja.
Se hizo una visera con las manos y miró el interior del auto a través de la ventanilla. La alarma de seguridad estaba activada.
Debía de ser el vehículo de uno de esos Lessers. Podía oler el dulce aroma de ellos por todo el auto. Pero con un sólo par de huellas, ¿tal vez el conductor había dejado a sus compañeros, y luego lo había escondido?  ¿O tal vez el SUV había sido movido desde otro lado?
Como fuera. La Sociedad volvería en busca de su propiedad. ¿Y no sería genial saber a donde demonios se dirigían con él? ¿Pero como podría rastrear la maldita cosa?
Se puso las manos en las caderas… y su mirada se detuvo casualmente en la cartuchera que llevaba en el cinturón.
Mientras levantaba el móvil, pensó con cariño en Vishous, ese maestro de las artes, sabio tecnológico hijo de puta.
Necesidad, la madre del ingenio
Se desmaterializó debajo del SUV para dejar el mínimo posible de huellas en la nieve. Mientras su peso era absorbido por su espalda, se encogió. Este hombre, iba a pagar por el pequeño viaje a través de la puerta Francesa. Y por el golpe en la cabeza. Pero había sobrevivido a cosas peores.
Sacó una linterna y miró alrededor del armazón inferior, tratando de escoger el lugar adecuado. Necesitaba algo lo suficientemente grande y no podía estar cerca del tubo de escape, porque incluso con el frío que hacía, esa clase de calor podía ser un problema. Por supuesto, habría preferido meterse dentro del Explorer y poner el móvil debajo de un asiento pero el sistema de alarma del SUV era una complicación. Si lo cortaba podía no ser capaz de restablecerlo, por lo que los Lessers sabrían que alguien había estado en el auto.
Como si la ventanilla golpeada no fuera una pista.
Maldición… Debería haber hurgado en los bolsillos de esos Lessers antes de apuñalarlos hasta hacerlos caer en el olvido. Uno de esos bastardos debía tener la llave. Sólo que había estado tan enojado, que se había movido demasiado rápido.
Z maldijo, pensando en la forma en que Bella lo había mirado después de que hubiera masticado al asesino en frente de ella. Sus ojos se veían enormes en su pálida cara, su boca floja por la conmoción por lo que él había hecho.
El problema era que el trabajo que hacía la Hermandad protegiendo a la raza era sucio. Era enredado y desagradable y a veces confuso. Siempre sangriento. Y encima de todo eso, había visto la lujuria asesina en él. De alguna forma, estaba dispuesto a apostar que eso era lo que la había perturbado más.
Concéntrate, maldito idiota. Vamos, quítatela de la cabeza.
Z husmeó alrededor un poco más, moviéndose debajo del Explorer. Finalmente encontró lo que estaba buscando: un pequeño hueco debajo del tren delantero. Se sacó la cazadora, envolvió el móvil, y empujó el atado dentro del agujero. Comprobó el testigo improvisado para asegurarse que estaba allí dentro bien y ajustado, luego se desmaterializó saliendo de debajo del SUV.
Sabía que el arreglo no iba a durar mucho allí abajo, pero era mucho mejor que nada. Y ahora Vishous sería capaz de rastrear el Explorer desde la casa, porque ese pequeño Nokia bala de plata tenía un chip GPS en él.
Z se irradió hacia el borde del prado para poder ver la parte de atrás de la granja. Había hecho un buen trabajo de remiendo en la arruinada puerta de la cocina. Afortunadamente el marco todavía estaba intacto, así que había sido capaz de cerrarla y de restablecer los sensores de la alarma. Luego encontró una lona plástica en el garaje y cubrió el monstruoso agujero.
Arreglado, pero no del todo.
Era gracioso… No pensaba que pudiera tener éxito si tratara de rehabilitar la opinión que tenía Bella acerca de él. Pero… maldita fuera… no quería que pensara que era un salvaje.
En la distancia, dos faros doblaron en la Ruta 22 y brillaron por la larga senda privada. Cuando llegó a la casa de Bella el auto aminoró la marcha, luego tomó por su camino de entrada.
¿Ese era un Bentley? Pensó Z. Seguro se parecía a uno.
Amigo, ¿un auto tan caro como ese? Debía ser un miembro de la familia de Bella. Sin duda habían sido avisados que la alarma de seguridad había sido desconectada por un rato y luego vuelta a activar hacía unos diez minutos.
Mierda. Ese no era un muy buen momento para que alguien hiciera un recorrido de inspección. Con la suerte de Z, los Lessers podían escoger justo ese momento para regresar a buscar el SUV… y decidir conducir… cerca de la granja por placer y diversión.
Maldiciendo por debajo del aliento, esperó a que se abriera una de las puertas del Bentley… pero nadie salió del auto y el motor continuo encendido. Eso era bueno. Mientras la alarma estuviera activada, quizás no pensarían en entrar. Porque la cocina era un desastre.
Z olió el aire frío, pero no pudo capturar ningún aroma. Aunque, el instinto le dijo, que había un macho dentro del sedán. ¿El hermano? Era lo más probable. Debía ser él, quien revisara el lugar.
Así es, amigo. Mira por las ventanas del frente. ¿Ves? No pasa nada malo. No hay nadie en la casa. Ahora haznos a los dos un favor y vete a la mierda de aquí.
El sedán se quedó allí parado por lo que parecieron como cinco horas. Luego retrocedió, dio vuelta en U en la calle y se fue.
Z aspiró hondo. Cristo... Sus nervios estaban muy tirantes esa noche.
El tiempo pasaba. Mientras estaba allí de pie entre los pinos, se quedo mirando la casa de Bella. Y se preguntó si ahora le tendría miedo.
El viento arreció, el frío agitándose sobre él, calándole hasta los huesos. Con desesperación, abrazó el dolor que sentía.

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