lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 25 26 27

CAPÍTULO 25



—¿Manzanas? ¿Qué mierda hago preocupándome por manzanas? —gritó O al móvil. Estaba a punto de romper cabezas, estaba tan cabreado, ¿y U charlaba acerca de las malditas frutas?— Sólo llamo para decirle que tenemos tres Betas muertos. Tres de ellos.
—Pero esta noche había mil ochocientos kilos de manzanas comprados en cuatro diferentes...
O empezó a pasear por la cabaña. Era eso o que lo ayudaran, iba a perseguir a U hasta quemar sus bordes.
Tan pronto como O regresó del Omega fue hacia la granja, sólo para encontrarse con dos marcas chamuscadas en el césped así como la puerta trasera estropeada. Mirando a la cocina a través de la ventana, pudo ver la sangre negra por todo el lugar y otra marca de quemadura en el azulejo.
Maldito infierno, pensó, imaginándose la escena. Conocía al Hermano que había hecho el trabajo, porque dejaba la suciedad en la cocina, al lesser que había muerto en el suelo lo habían cortado en tiras antes de ser apuñalado.
¿Había estado su mujer con el guerrero en ese momento? ¿O fue una visita de la familia tratando de trasladar sus cosas y el Hermano sólo estaba protegiéndolos?
Malditos fueran esos Betas. Esos tres asnos piojosos, pichas-flojas, inútiles hijos de puta, se habían matado a sí mismos, entonces nunca tendría respuestas. Y si su mujer no había estado allí, tan seguro como el infierno que si ella estaba viva no regresaría pronto, gracias a la pelea que había habido.
Las tonterías de U se enfocaron de nuevo.
—... el día más corto del año, el veintiuno de diciembre, será la semana que viene. El solsticio de invierno es...
       —Tengo una idea —habló bruscamente O—. Por qué no corta el rollo del calendario. Quiero que vaya a la granja y recoja el Explorer, deje a esos betas detrás en el bosque. Entonces...
—Escuche lo que digo. Las manzanas se utilizan en la ceremonia del solsticio en honor a la Virgen Escriba.
Esas dos palabras, Escriba y Virgen, captaron la atención de O.
—¿Cómo sabes esto?
       —He estado por aquí los últimos doscientos años —dijo U secamente—. El festival no se ha celebrado en... Jesús, no lo sé, quizás un siglo. Se supone que las manzanas representan la expectación de la primavera. Las semillas, el crecimiento, esa clase de mierda de la renovación.
—¿De qué tipo de festival estamos hablando?
—En el pasado centenares de ellos se reunían, y supongo que hacían algún tipo de cántico, algún ritual. Realmente no lo sé. De cualquier manera, durante años hemos estado observando cierto tipo de pautas en las compras durante épocas específicas del año. Manzanas en diciembre. Caña de azúcar en abril. Ha sido más por costumbre que cualquier otra cosa, porque esos vampiros han estado condenadamente tranquilos.
O se apoyó contra la puerta de la cabaña.
—Pero ahora su rey ha ascendido. Así es que ellos revivirán las llamas de las viejas costumbres.
—Y a usted le gustara el sistema ISBN. Mucho más eficiente que ir preguntando por ahí, lo cual es lo que solíamos hacer. Cómo dije antes, una enorme cantidad de manzanas Granny Smith han sido compradas en varias localidades. Como si difundieran las órdenes.
—Entonces estás diciendo que en una semana un montón de vampiros se van a reunir. Haciendo una especia de cancioncilla-y-baile. Rezando a la Virgen Escriba.
—Sí.
— ¿Comiendo manzanas?
—A mi entender sí.
O se frotó la nuca. Había sido reticente sobre plantear todo el asunto de convertir-a su-mujer-en-un-amigo durante la sesión con el Omega. Necesitaba averiguar primero si estaba viva, y luego trabajar sobre algunos giros del concepto. Obviamente, el problema potencialmente insuperable era que ella era un vampiro, y el único contrapunto que él podía hacer de eso el arma secreta final. ¿Una hembra de su propia especie? Los Hermanos nunca la verían llegar...
Aunque, claro está, que eso sólo sería un argumento para el Omega. Su esposa nunca pelearía con nadie excepto con él.
Sip, el proyecto sería como una venta agresiva, pero una cosa que tenía a su favor era que el Omega estaba abierto a los halagos. ¿Entonces no sería un gran y refrescante sacrificio en su honor hacer maravillas para suavizarle?
U todavía estaba hablando.
—... estaba pensando que podría verificar en los mercados...
Mientras U hablaba y hablaba, O empezó a pensar en veneno. En un montón de veneno. En una cuba llena.
Manzanas envenenadas. ¿Cuantas Blanca nieves estarían?
—¿O? ¿Está ahí?
—Sip.
—Entonces me voy a los mercados y averiguo cuando...
—No ahora no. Lemme le dirá lo que tiene que hacer.


Cuando Bella abandonó el estudio de Wrath temblaba de furia, y ni el rey ni Tohr trataron de detenerla o de hacerla entrar en razón. Lo cual probaba que eran varones sumamente inteligentes.
Caminó pesadamente por el hall, con los pies desnudos, hacia la habitación de Zsadist, y luego cerró la puerta de golpe, fue por el teléfono como si fuera un arma. Marcando el número de su hermano.
Rehvenge descolgó y contestó bruscamente.
—¿Quién eres y cómo has conseguido este número?
—No te atrevas a hacerme esto.
Hubo un largo silencio. Entonces:
—Bella... yo... espera un segundo. —Un sonido arrastrado se oyó a través del teléfono; entonces dijo en voz cortante—, mejor que acabe ahora mismo. ¿Queda claro? Si tengo que ir tras él, no le va a gustar. —Rehvenge se aclaró la garganta y regresó—. Bella, ¿dónde estás? Déjame que vaya a buscarte. O dile a uno de los guerreros que te lleve a nuestra casa y nos encontraremos allí.
—¿Piensas que voy a ir a algún sitio cerca de ti ahora?
—Es mejor que la alternativa —dijo desagradablemente.
—¿Y qué es?
—Los Hermanos te traerán a mí a la fuerza.
—¿Por qué estás haciendo…
—¿Por qué estoy haciendo esto?  —con su voz profundamente grave, exigentemente grave, a la que ella estaba acostumbrada—. ¿Tienes alguna idea de lo que han sido estas últimas seis semanas para mí? ¿Sabiendo que estabas en manos de esas malditas cosas? ¿Sabiendo que puse a mí hermana... a la hija de mi madre...  en esa situación?
—No fue tu culpa...
—¡Deberías haber estado en casa!
Como siempre, el chorro de furia de Rehv la estremeció, y recordó que en un nivel básico su hermano siempre la había asustado un poco.
Pero entonces lo oyó aspirar profundamente. Y otra vez. Entonces una extraña desesperación se arrastró en sus palabras.
—Jesús, Bella... sólo vuelve a casa, Mahmen y yo, te necesitamos aquí. Te añoramos. Nosotros... yo necesito verte para creer que estás realmente bien.
Ah, sí… Ahora su otro lado, el que realmente amaba. El protector. El proveedor. El brusco y compasivo macho que siempre le había dado lo que había necesitado.
La tentación de someterse fue fuerte. Pero entonces se imaginó a si misma sin permiso para salir de la casa otra vez. Lo cual era algo malditamente capaz de hacerle.
—¿Rescindirás la orden de aislamiento?
—Podemos hablar de eso cuando duermas otra vez en tu cama.
Bella agarró el teléfono.
—Eso significa no, ¿verdad? —Hubo una pausa—. ¿Hola? ¿Rehvenge?
—Sólo te quiero en casa.
—Sí o no, Rehv. Dímelo ahora.
—Nuestra madre no sobrevivirá a algo así otra vez.
—¿Y tu crees que yo sí? —le replicó bruscamente—. ¡Perdóname, pero mahmen no fue la que acabó con el nombre del lesser tatuado en su estómago!
En el momento en que las palabras salieron de su boca, se maldijo. Bien, esa clase de oportunos detallitos iban seguramente a llevarlo allí. Qué manera de negociar.
—Rehvenge...
Su voz estaba completamente helada.

—Te quiero en casa.
—Acabo de estar en cautividad, no voy a enjaularme voluntariamente.
—¿Y que vas hacer al respecto?
—Presióname un poco más y te enterarás.
Terminó la llamada y golpeó el inalámbrico con la mesa.
—¡Maldito!
En un alocado impulso, agarró el receptor y lo hizo girar, preparada para arrojarlo a través del cuarto.
—¡Zsadist! —agarró como pudo el teléfono, atrapándolo, sujetándolo contra el pecho.
De pié silenciosamente al lado de la puerta, Zsadist llevaba unos pantalones cortos para correr e iba sin camiseta… y por alguna absurda razón también se dio cuenta de que no llevaba zapatos.
—Tíralo si quieres.
—No. Yo… ah… no. —Se dio la vuelta y lo colocó en el pequeño soporte, llevándole dos intentos el conseguirlo.
Antes de volverse hacia Zsadist otra vez, pensó en él, agachado sobre ese lesser, golpeándole hasta la muerte... Pero entonces recordó que le había traído sus cosas de casa...  llevándola allí... y le había dejado tener su vena aunque se volvió loco por la invasión. Mientras se movía a su alrededor, fue enredándose en su red, atrapada entre la bondad y la crueldad.
Él rompió el silencio.
—No quiero que te escapes en medio de la noche a causa de lo que tu hermano haya decidido. Y no me digas que no era eso en lo que estabas pensando
Maldito, era listo.
—Pero tú sabes lo que quiere hacerme.
—Sip.
—Y por ley la Hermandad tendrá que entregarme, así que no puedo quedarme aquí. ¿Piensas que me gusta la única opción que tengo?
¿Excepto que a dónde iría?
—¿Qué hay de malo en ir a casa?
Lo miró enfurecida.
—Vale, en realidad quiero que me traten como a una inútil, como a una niña, como... un objeto que mi hermano posee. Eso me va. Completamente.
Zsadist se pasó la mano sobre el cráneo. El movimiento flexionó los bíceps que se abultaron.
—Es sensato el tener a las familias bajo el mismo techo. Son tiempos peligrosos para los civiles.
Oh, Amigos… La última cosa que necesitaba ahora era que él estuviera de acuerdo con su hermano.
—También es un tiempo peligroso para los lessers —masculló—. Guiándome por lo que les hiciste esta noche.
Zsadist entrecerró los ojos.
—Si quieres que me disculpe por eso, no lo haré.
—Desde luego que no —replicó—. Tú no te disculpas por nada.
Negó lentamente con la cabeza.
—Estás buscando pelea, y estás hablando con el varón equivocado, Bella. No te seguiré la corriente.
—¿Por qué no? Tú eres único cabreándote.
El silenció que siguió le hizo desear gritarle. Quería enfurecerle, algo que daba libremente a todo el mundo, y ella no podía creer por qué infiernos estaba aparentando autocontrol cuando fue a ella.
Levantó una ceja, como si supiera lo que estaba pensando.
—Ah, ¡Demonios! —respiró—. Te estoy pinchando, ¿verdad? Lo siento.
Se encogió de hombros.
—Escoger entre el fuego y las brasas vuelve loco a cualquiera. No te preocupes.
Se sentó en la cama. La idea de escaparse sola era absurda, pero se negaba a vivir bajo el control de Rehvenge.
—¿Tienes alguna sugerencia? —preguntó en voz baja. Mientras alzaba la vista, Zsadist estaba mirando al suelo.
Estaba tan autocontenido apoyado contra la pared. Con su largo y enjuto cuerpo, parecía una grieta de color carne en el yeso, una fisura que se había abierto en la mismísima estructura de la habitación.
—Dame cinco minutos —contestó. Se fue andando, sin camisa.
Bella se dejó caer hacia atrás en el colchón, pensando que cinco minutos no iban a resolver la situación. Lo que ella necesitaba era un hermano distinto esperándola en casa.
Querida y dulce Virgen Escriba… Aparte de los lessers debería haber hecho mejor las cosas. En lugar de eso, su vida estaba totalmente fuera de su control.
Concedido, ella podría ahora escoger el champú.
Levantó la cabeza. A través de la puerta del baño vio la ducha y se imaginó bajo el chorro de agua caliente. Eso sería bueno. Relajante. Refrescante. Es más podría chillar su frustración sin vergüenza.
Se levantó y fue hacia el baño, abriendo el grifo. El sonido del chorro golpeando el mármol era calmante, y así como lo fue el cálido chorro cuando estuvo debajo. No chilló. Sólo colgó la cabeza y dejó caer el agua por su cuerpo.
Cuando finalmente salió, se dio cuenta que la puerta de la habitación estaba cerrada.
Probablemente Zsadist había vuelto.
Envolviéndose en una toalla, no tuvo la esperanza en absoluto que hubiera encontrado una solución.



Cuando se abrió la puerta del baño, Z la examinó guardando una maldición para sí mismo. Bella estaba rosada de pies a cabeza, el pelo anudado en lo alto de la cabeza. Olía como ese selecto jabón francés que Fritz insistía en comprar. Y esa toalla envuelta en su cuerpo sólo le hacía pensar en qué fácil sería tenerla totalmente desnuda.
Un tirón. Eso era todo lo que necesitaba.
—Wrath está de acuerdo en estar ilocalizable temporalmente —dijo—. Pero sólo es una demora de cuarenta y ocho horas más o menos. Habla con tu hermano. Mira si lo puedes traer aquí. De otra manera Wrath tendrá que responder y realmente no podrá negarse dado tu linaje.
Bella ató la toalla un poco más arriba.
—Vale… gracias. Gracias por el esfuerzo.
Inclinó la cabeza mirando hacia la puerta, pensando en regresar al plan A: poner tierra de por medio. Era eso o que Phury lo atacara.
Salvo que en vez de salir, puso las manos en jarras.
—Lamento una cosa.
—¿Qué? Oh… ¿Por qué?
—Siento que tuvieras que ver lo que le hice a ese asesino. —Levantó la mano, entonces la dejó caer, resistiéndose al impulso frotarse la cabeza rapada—. Cuando dije que no me disculparía por ello, quise decir que no lamento haber matado a esos bastardos. Pero yo no..., no me gusta que tengas esas imágenes en tu cabeza. Te las borraría si pudiera. Te lo borraría todo..., soportaría todo eso en tu lugar. Realmente siento jodidamente que esto te haya sucedido, Bella. Vale, lamento todo esto, incluyéndome... a mí.
Se dio cuenta de que este era su adiós. Y estaba perdiendo fuerzas, por eso apresuró sus últimas palabras.
—Eres una hembra de valía. —Agachó la cabeza—. Y se que encontrarás...
Un compañero, acabó para sí mismo. Vale, una hembra como ella podría con toda seguridad encontrar un compañero. De hecho, había uno en esta casa que no sólo la deseaba, si no que era apropiado para ella. De hecho, Phury estaba a la vuelta de la esquina.
Z alzó la vista, intentando dirigir a sus pies fuera de la habitación... y golpear de regreso contra la puerta.
Bella estaba justamente frente a él. Cuando atrapó su perfume, su corazón saltó como una liebre, haciendo que algo bueno revoloteara en él aturdiéndolo.
—¿Es verdad que limpiaste mi casa? —le dijo.
Oh, dios... La única respuesta que tenía para eso era demasiado reveladora.
—¿Lo hiciste?
—Sip, lo hice.
—Ahora voy a abrazarte.
Z se tensó, pero antes de que pudiera apartarse de su camino, unos brazos le envolvieron la cintura y una cabeza topó con su pecho desnudo.
Permaneció en su abrazo sin moverse, sin respirar, sin devolvérselo... Todo lo que podía hacer era sentir su cuerpo. Ella era una hembra alta, pero le sobrepasaba unas buenas seis pulgadas. Y aunque estaba delgado para ser un guerrero, llevaba al menos setenta libras más en sus huesos que ella. Todavía le sobrecogía.
Dios, olía tan bien.
Hizo un ruidito, como un suspiro, y se hundió en su cuerpo todavía más. Sus pechos presionaban contra su torso, y cuando miró hacia abajo, la curva de su nuca era malditamente tentadora. Entonces allí apareció el problema. Esa cosa dejada de la mano de Dios estaba endureciéndose, hinchándose, alargándose. Rápidamente.
Colocó las manos sobre sus hombros, revoloteando simplemente sobre su piel.
—Sip, ah, Bella... me tengo que ir.
—¿Por qué? —Más cerca. Ella se acercó. Moviendo las caderas contra él, apretando los dientes cuando las partes inferiores de sus cuerpos contactaron completamente.
Mierda, ella tuvo que sentir aquella cosa entre sus piernas. ¿Cómo podía obviarlo? La erección empujaba en su barriga, y no creía que los malditos pantalones escondieran al bastardo.
—¿Por qué tienes que irte? —susurró con el aliento rozando sus pectorales.
—Porque...
Cuando dejo la palabra en el aire, ella murmuró,
—Sabes, me gustan.
—¿Te gustan qué?
Tocó uno de los anillos de los pezones.
—Estos.
Tosió un poco.
—Yo, ah… los hice yo mismo.
—Te quedan bien. —Dio un paso a tras y dejó caer la toalla.
Z se tambaleó. Era tan condenadamente bella, esos senos, ese estómago plano, esas caderas… Y esa pequeña y grácil raja entre sus piernas que vio con dispersa claridad. Las pocas humanas con las que había estado tenían pelo allí, pero ella era de su clase, así es que estaba completamente depilada, desgarradoramente suave.
—Realmente tengo que irme —dijo roncamente.
—No te vayas.
—Tengo que hacerlo. Si me quedo...
—Acuéstate conmigo —dijo, relajándose contra él otra vez. Se sacó la goma del pelo, y las ondas oscuras se derramaron sobre los dos.
Cerró los ojos y echó la cabeza atrás, en un intento de no quedar enterrado por su perfume. Con voz resuelta le respondió,
—¿Sólo quieres ser follada, Bella? Porque eso es todo lo que obtendrás de mí.
—Tienes mucho más...
—No, no lo tengo.
—Has sido amable conmigo. Has cuidado de mí. Me has lavado y sostenido…
—No me quieres en tu interior.
—Ya lo estás, Zsadist. Tu sangre está dentro de mí.
Hubo un largo silencio.
—¿Conoces mi reputación?
Ella frunció el ceño.
—Eso no tiene importancia…
—¿Qué dice la gente de mí, Bella? Vamos, quiero oírlo de ti. Así sabré que lo entiendes. Su desesperación fue palpable cuando la empujó, pero tuvo que sacarla del aturdimiento en el que estaba metida—. Se que has tenido que oír algo sobre mí. Las murmuraciones alcanzan incluso tu nivel social. ¿Que dicen?
—Algo… algo sobre que matas a hembras por deporte. Pero no lo creo…
—¿Sabes cómo conseguí esa reputación?
Bella se cubrió los pechos y retrocedió, negando con la cabeza. Él se inclinó y le dio la toalla, entonces señaló la calavera de la esquina.
—Maté a esa hembra. Ahora dime, ¿puedes tomar a un macho capaz de hacer algo así? ¿Qué puede lastimar así a una hembra? ¿Quieres a esa clase de bastardo encima de ti, bombeando en tu cuerpo?
—Era ella —susurró Bella—. Regresaste y mataste al ama, ¿no?
Z se estremeció.
—Por un momento pensé que eso me curaría.
—No lo hizo.
No, mierda. La pasó rozando y paseó, la presión aumentaba en él hasta que abrió la boca para soltar:
—Un par de años después de marcharme, oí que ella… mierda, oí que tenía a otro macho en esa celda… Viajé sin parar durante dos días, escabulléndome cerca del amanecer. —Z cabeceó. No quería hablar, realmente no quería, pero su boca se mantenía en movimiento—. Jesús… era tan joven, tan joven, como yo cuando me tuvo. No tenía ninguna intención de matarla, pero venía andando a derecho cuando yo huía con el esclavo. Luego la miré… sabía que si no la golpeaba, llamaría a los guardias. También supe que finalmente conseguiría otro varón y lo encadenaría allí y lo… Ah, joder. ¿Por qué demonios te estoy contando esto? 
—Te amo.
Z apretó sus ojos ya cerrados.
—No es una tragedia, Bella.
Dejó la habitación a la carrera, pero no fue más allá de quince pasos en el pasillo.
Ella lo amaba. ¿Lo amaba?
Tonterías. Pensaba que lo amaba. Y tan pronto como regresara al mundo real, se daría cuenta. Jesús, había salido de una situación horrible y estaba viviendo en una burbuja aquí en el recinto. Nada de eso pertenecía a su vida, y pasaba mucho tiempo con él.
Y todavía… Dios, quería estar con ella. Quería acostarse a su lado y besarla. Quería hacer incluso más que eso. Quería… hacérselo todo, besarla, tocarla, chuparla y lamerla. ¿Pero a dónde exactamente pensaba él que llevaba todo esto? Incluso si se le pasaba la idea de penetrarla para el sexo, no podía arriesgarse a correrse dentro de ella.
No es que él le hubiera hecho eso con ninguna hembra. Infiernos, nunca había eyaculado bajo ninguna circunstancia. Cuando era un esclavo de sangre, no había estado sexualmente excitado. Y después cuando estuvo con esas pocas putas que había comprado y follado, nunca tuvo un orgasmo. Esos anónimos interludios eran solamente experimentos para comprobar que el sexo seguía siendo tan malo como siempre.
Por lo que respecta a masturbarse, no podía tocarse esa maldita cosa para mear, mucho menos cuando necesitaba atención. Y nunca había querido aliviarse a sí mismo, nunca había despertado sexualmente, incluso cuando eso estaba duro.
Dios, lo habían machacado tanto con la mierda del sexo. Como si hubiera un corte en su cerebro.
La verdad es que tenía un montón de ellos, ¿no?
Pensó en todos los agujeros que tenía, los espacios en blanco, los vacíos dónde los demás sentían cosas. Cuando se redujo a eso, él era sólo una pantalla, más vació que sólido, las emociones golpeándolo, sólo alcanzando y abrazando la cólera.
Sólo que no era completamente cierto, ¿no? Bella le hacía sentir cosas. Cuando lo había besado antes, en la cama, lo había hecho sentir… caliente y hambriento. Muy masculino. Sexual, por primera vez en su vida.
Salido de su aguda desesperación, algún eco de lo que había sido antes que la Mistress hubiera empezado con él, buscaba su espacio. Se encontró deseando otra vez ese sentimiento que había obtenido besando a Bella. Y quería encenderla también. La deseaba gimiendo, sin aliento y hambrienta.
No era justo para ella… pero era un hijo de puta, y estaba ávido por lo que le había dado antes. Ella se marcharía pronto. Sólo tenía ese día.
Zsadist abrió la puerta y entró de nuevo.
Bella estaba tumbada en la cama y obviamente sorprendida por su regreso. Mientras ella se incorporaba, su visión le hizo regresar de golpe la decencia. ¿Cómo demonios podría estar con ella? Dios, era tan… hermosa, y él era un sucio, un sucio bastardo.
El momento pasó, se paralizó en medio de la habitación. Prueba que no eres del todo un bastardo, pensó. Pero explícate primero.
—Deseo estar contigo, Bella, y no sólo follarte. —Cuando empezó a decir algo, la silenció levantando la mano—. Por favor, sólo escúchame. Deseo estar contigo, pero no creo que pueda darte lo que necesitas. No soy el hombre adecuado para ti, y definitivamente no es el momento oportuno.
Soltó la respiración, pensando que era un completo gilipollas. Aquí estaba él diciéndole que no, jugando a ser un caballero… mientras en su mente la arrojaba contra las sábanas y las remplazaba con la manta de su piel.
La cosa colgaba al frente de sus caderas golpeando como una perforadora.
¿Cómo sabría, se preguntaba, en ese dulce y suave lugar entre sus piernas?
—Acércate, Zsadist. —Levantó las mantas, dejándose al descubierto para él—. Para de pensar. Ven a la cama.
—Yo… —Palabras que nunca había contado a nadie flotaban sobre sus labios, una confesión del tipo, una revelación peligrosa. Apartó la mirada y sin pensar en ninguna buena razón las dejó ir—. Bella, cuando era un esclavo las cosas fueron… ah, me hicieron cosas. Mierda sexual. —Debería detenerse. Ahora mismo—. Hubo varones, Bella. En contra de mi voluntad, hubo varones.
Oyó un pequeño jadeo.
Eso era bueno, pensó, incluso cuando le avergonzaba. Quizás podría obligarla a salvarse sublevándola. ¿Porque qué hembra podría estar con un varón al que le habían hecho ese tipo de cosas? No era el ideal heroico. Ni mucho menos.
Se aclaró la garganta y se quedó mirando un hueco a través del suelo.
—Mira, yo no… no quiero tu piedad. La razón por la que te le he contado no es debilitarte. Sólo… estoy confuso. Es como si tuviera los cables cruzados, sobre todo… ya sabes, la jodida cosa. Te quiero, pero no está bien. No deberías estar conmigo. Tú estás más limpia que eso.
Hubo un largo silencio. Ah, mierda… tenía que mirarla. En el momento que lo hizo, se levantó de la cama como si estuviera esperando que alzara los ojos. Caminó hacia él desnuda, nada sobre su piel excepto la luz de la única mecha que ardía.
—Bésame —susurró en la penumbra—. Sólo bésame.
—Dios… ¿Qué está mal en ti? —Cuando ella se sobresaltó, dijo— ¿Quiero decir, por qué? De todos los varones que podrías tener, ¿por qué yo?
—Te deseo a ti. —Puso la mano sobre su pecho—. Es una respuesta natural y normal al sexo opuesto, ¿no?
—No soy normal.
—Lo sé. Pero no estás sucio, ni contaminado ni eres indigno. —Tomó sus temblorosas manos y las colocó sobre sus hombros.
Su piel era tan fina, la idea de estropearla de alguna forma lo congeló. Así como lo hizo la imagen de él empujando eso dentro de ella. Salvo que no debería involucrar la parte inferior de su cuerpo, ¿no? Esto podría ser todo por ella.
Oh, sip, pensó. Esto podría ser por ella.
Le dio la vuelta y la apretó contra su cuerpo. Con lentas caricias recorrió su cuerpo arriba y abajo por las curvas de la cintura y las caderas. Cuando ella arqueó la columna y suspiró, pudo ver las puntas de sus senos por encima del hombro. Quería tocarla allí… y se dio cuenta que podía. Movió sus manos sobre la caja torácica, sintiendo el diseño de huesos delicados hasta que las palmas envolvieron los senos. La cabeza se relajó mucho más y su boca se abrió.
Cuando se abrió así para él, tuvo el instinto de gritar de entrar en ella de cualquier forma posible. En respuesta, lamió su labio superior mientras hacía rodar uno de los pezones entre el pulgar e índice. Se imaginó a sí mismo metiendo la lengua a la fuerza en su boca, entrando entre los dientes y colmillos, tomándola de esa manera.
Como si supiera lo él estaba pensando, trató de darse la vuelta y ponerse frente a él, pero parecía demasiado cerca en cierta forma… demasiado real que ella se estaba entregando a él, que le iba a dejar a alguien como él hacerle cosas íntimas, eróticas a su cuerpo. Se detuvo agarrándola por las caderas y empujándola contra sus muslos. Rechinó los dientes y sintiendo su trasero contra la erección tirante en sus pantalones.
—Zsadist… déjame besarte. —Trató de darse la vuelta otra vez y él la detuvo.
Cuando lucho contra su agarre, la mantuvo en su sitio fácilmente.
—Será mejor para ti de esta manera. Si no puedes verme, será mejor.
—No, no quiero.
Bajo la cabeza hasta su hombro.
—Si pudiera sólo conseguirte a Phury… una vez me parecí a él. Podrías fingir que soy yo.
Liberó el cuerpo de sus manos.
—Pero no serías tú. Y tú eres a quien yo quiero.
       Mientras le miraba con femenina expectación, se dio cuenta que ellos se encaminaban hacia la cama justo detrás de ella. E iban a ir al grano. Pero, Dios… no tenía ni idea de qué hacer para que se sintiera bien. Podría muy bien ser virgen para toda la mierda que sabía sobre el placer de una hembra.
Con esa pequeña y feliz revelación, pensó sobre el otro varón que ella había tenido, ese aristócrata quien indudablemente sabía mucho más de sexo que él. De la nada fue golpeado por un deseo totalmente irracional de perseguir a su anterior amante y hacerlo sangrar.
Oh...demonios. Cerró los ojos. Oh... mierda...
—¿Qué? —preguntó ella.
Ese tipo de impulso violento y territorial era característico del varón vinculado. La distinción de uno, realmente.
Z alzó el brazo y puso la nariz en su bíceps, respirando profundamente… El perfume vinculante salía de su piel. Era débil, probablemente sólo reconocible para él, pero estaba allí.
Mierda. ¿Ahora que iba ha hacer?
Desafortunadamente, sus instintos respondieron. Como si su cuerpo bramara, la levantó y se encaminó hacia la cama.




Bella miró la cara de Zsadist mientras la llevaba a través de la habitación. Sus ojos negros eran angostas rendijas, una oscura, erótica ansia brillaba en ellos. Mientras la dejaba sobre la cama y miraba hacia su cuerpo, ella tuvo el claro pensamiento de que iba a comerla viva.
Excepto que sólo se inclinó sobre ella.
—Arquea la espalda para mí —pidió.
Ok… no era lo que ella esperaba.
—Arquea la espalda, Bella.
Sintiéndose extrañamente expuesta, hizo lo que le pedía, levantando su cuerpo sobre el colchón. Mientras ella se movía en la cama, miró al frente de sus calzoncillos. Su erección dio un tirón violento, y la idea de que iba a estar pronto dentro de ella la ayudó a relajarse.
Él se inclinó y rozó uno de sus pezones con sus nudillos.
—Quiero esto en mi boca.
Una deliciosa ansia arraigó en ella.
—Entonces bésalo.
—Shh. —El nudillo viajó por en medio sus senos y bajó al estómago. Se detuvo cuando llegó al ombligo. Con su dedo índice trazó un círculo pequeño alrededor del ombligo. Entonces se detuvo.
—No pares —gimió ella.
No lo hizo. Bajó más hasta que rozó la cima de su hendidura. Ella se mordió el labio y tensó el cuerpo, aquel enorme guerrero, con todos esos músculos duros totalmente. Dios… Ella estaba realmente preparada para él.
—Zsadist
—Voy a bajar sobre ti. Y entonces no seré capaz de detenerme. —Con la mano libre acarició sus labios, como si estuviera imaginándose el acto—. ¿Estás preparada para dejarme hacerlo?
—Si…
Él trazó con un dedo el lado desfigurado de su boca mientras acariciaba su abertura.
—Desearía tener algo de mejor aspecto que ofrecerte. Porque tú vas a ser perfecta ahí abajo. Lo sé.
Ella odió la vergüenza que vino con su orgullo.
 —Yo creo que lo eres.
—Tienes una última oportunidad para decirme que no, Bella. Si no lo haces ahora mismo, voy a estar sobre todas tus partes. No voy a parar, y no creo que pueda ser gentil.
Ella mantuvo los brazos lejos de él. Él asintió una vez, como si hubieran hecho alguna especie de pacto, y entonces fue al final de la cama.
—Separa las piernas. Quiero verte.
Un rubor nervioso se extendió sobre ella.
Él sacudió la cabeza.
—Demasiado tarde, Bella. Ahora… es demasiado tarde. Muéstrame.
Lentamente ella levantó una de sus rodillas y se fue revelando gradualmente.
Su rostro se enterneció, la tensión y la dureza salieron de él.
—Oh… Dios… —susurró él—. Eres… hermosa.
Inclinándose con los brazos, acechó por la cama hacia su cuerpo, con los ojos fijos en su piel secreta como si nunca hubiera visto algo así. Cuando acabó su recorrido, sus anchas manos allanaron el camino levantándole los muslos, abriéndolos incluso más.
Pero entonces frunció el cejo y la miró.
—Espera, se supone que tengo que besarte en la boca primero, ¿no? Quiero decir, los hombres empiezan por arriba y van trabajando hacia abajo, ¿no lo hacen así?
Qué extraña pregunta… como si él nunca lo hubiera hecho así.
Antes de que ella pudiera contestar él comenzó a retroceder, así que ella se incorporó y capturó su cara entre sus manos.
—Puedes hacerme cualquier cosa que quieras.
Los ojos de él destellaron y mantuvo su posición por una fracción de segundo.
Entonces él se abalanzó sobre ella, bajándola a la cama. Su lengua se disparó en su boca y enredó las manos en el pelo, tirando en ella, arqueándola, atrapándole la cabeza. El hambre en él era feroz, la necesidad de sexo engrosaba la sangre de un guerrero. Él iba a tomarla con toda la fuerza que tenía, y ella iba a estar dolorida cuando la usara. Dolorida y totalmente en éxtasis. Ella no podía esperar.
De repente, él se paró y se apartó de su boca. Respiraba profundamente y tenía ruborizadas las mejillas cuando la miró a los ojos.
Y entonces le sonrió.
Ella estaba tan sorprendida que no supo qué hacer. Nunca había visto esa expresión en su cara antes, y el levantamiento de su boca eliminaba la deformación en el labio superior, luciendo los dientes brillantes y los colmillos.
—Me gusta esto —dijo él—. Tú debajo de mí… te siento bien. Eres suave y tibia. ¿Peso demasiado? Aquí, déjame…
Cuando se sostuvo con los brazos, su excitación presionó contra el centro de ella y su sonrisa se convirtió rápidamente en una respiración entrecortada. Era como si no le gustara la sensación, pero ¿cómo podía ser eso? Él estaba excitado. Ella podía sentir su erección.
Con un ágil movimiento él se recolocó de forma que las piernas de ella quedaron cerradas y sus rodillas a cada lado de ellas. Ella no podía adivinar lo que había pasado, pero a cualquier sitio a donde hubieran ido sus pensamientos, no era un buen lugar.
—Eres perfecto encima de mí —dijo para distraerlo—. Excepto por una cosa.
—¿Qué?
—Te has parado. Y quítate los calzoncillos.
Su peso bajó sobre ella inmediatamente y su boca fue a un lado del cuello. Cuando le pellizcó la piel, ella bajó la cabeza a la almohada y descubrió la columna de su garganta. Agarrándolo por la parte de atrás de la cabeza, lo urgió contra su vena.
—Oh, si… —gimió ella, queriendo que él se alimentara.
El hizo un ruido que era un no, pero antes que el rechazo pudiera murmurar a través de ella, estaba besándola bajando por su clavícula.
—Quiero cogerte el pecho —dijo él contra su piel.
—Hazlo.
—Necesitas saber algo primero.
—¿Qué?
Él levantó la cabeza.
—¿La noche en que viniste aquí… cuando te bañé? Hice todo lo que pude para no mirarte. Realmente lo hice. Te cubrí con una tolla incluso cuando estabas en el agua.
—Eso fue amable.
—Pero cuando te sacaba… Vi éstos. —Su mano capturó uno de sus pechos—. No pude evitarlo. Lo juro. Intenté permitirte tu modestia, pero tú estabas… no podía detener mis ojos. Tu pezón estaba apretado por el frío del aire. Tan pequeño y rosado. Adorable.
Él movió el pulgar de un lado a otro sobre su dura cima, perturbando su mente.
—Está bien —murmuró ella.
—No lo está. Estabas indefensa y era incorrecto mirarte.
—No, tú.
Él se movió y su erección le presionó en la cima de los muslos.
—Esto ocurrió.
—¿Qué pas… Oh, te excitaste?
Apretó la boca.
—Si. No pude detenerlo.
Ella sonrió un poco.
—Pero no hiciste nada, ¿no es cierto?
—No.
—Entonces está bien —Arqueó la espalda y vio como sus ojos se clavaban en sus pechos. —Bésame, Zsadist. Justo dónde estás mirando. Justo ahora.
Sus labios se separaron, y su lengua siguió su camino mientras se inclinaba. Su boca era cálida sobre su piel, y tan vacilante, besando, para después aspirar el pezón dentro de ella. Él tiró, después recorrió un lánguido círculo alrededor, después lo llevó dentro de nuevo… y todo el tiempo sus manos le acariciaban la cintura, las caderas y las piernas.
Qué irónico que estuviera preocupado por no ser gentil. Lejos de ser brutal, era positivamente reverente mientras se amamantaba, sus pestañas sobre las mejillas mientras la saboreaba, su cara adorable y absorta.
—Cristo —murmuró él moviéndose hacia el otro pecho—. No tenía ni idea de que pudiera ser así.
—¿Cómo… así? —Oh, Dios… Su boca…
—Podría lamerte para siempre.
Ella le agarró la cabeza con las manos, acercándolo más. Y le llevó algún contorneo, pero consiguió sacar una de sus piernas de debajo de él de forma que estaba casi enterrado en la cuna de su cuerpo. Se moría por sentir su excitación, excepto que él sólo se cernía sobre ella.
Cuando él se apartó protestó, pero sus manos fueron al interior de sus muslos y se movió para bajar sobre su cuerpo. Cuando él se separó las piernas, el colchón empezó a temblar bajo ella.
Todo el cuerpo de Zsadist temblaba mientras la miraba.
—Eres tan delicada… y brillas.
El primer movimiento de su dedo bajando hacia su centro casi la lanzó al final. Cuando ella dejó escapar un ronco sonido, sus ojos llamearon fijos en los de ella y maldijo.
—Maldita sea, No sé lo que estoy haciendo. Estoy intentando ser cuidadoso.
Ella lo tomó de la mano antes de que pudiera apartarla.
—Más…
Él pareció dudar por un momento. Entonces la tocó de nuevo.
—Eres perfecta. Y Dios, eres suaves. Tengo que saber...
Él se inclinó, los hombros se le tensaron duramente. Ella sintió un roce de terciopelo.
Sus labios.
Ésta vez cuando ella saltó en la cama y dijo su nombre, él sólo presionó otro beso sobre ella de nuevo, y después de eso, el húmedo golpe de su lengua. Cuando él levantó la cabeza y tragó, el gruñido de éxtasis que hizo casi le para el corazón. Sus ojos se encontraron.
—Oh… Jesús… eres deliciosa —dijo él, bajando de nuevo su boca.
Él se extendió en la cama, pasándole los brazos por debajo de las rodillas y desbordando el espacio entre sus muslos… un hombre que no iba a ir a ningún sitio durante mucho tiempo. Su aliento era cálido y necesitado, la boca hambrienta y desesperada. Él la exploró con una obligación erótica, lamiendo y tentando con la lengua, chupando con los labios.
Cuándo sus caderas embistieron, colocó uno de sus brazos sobre su estómago, reteniéndola en el sitio. Ella dio tumbos otra vez y él se detuvo sin levantar la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó él, la áspera voz amortiguada, las palabras vibrando en su centro.
—Por favor… —Era lo único que le vino a la mente.
El se echó hacia atrás un poco, y todo lo que ella pudo hacer fue mirar los labios brillantes y pensar en dónde habían estado.
—Bella, no creo que pueda parar. Hay un… rugido en mi cabeza diciéndome que mantenga mi boca en ti. ¿Cómo puedo hacer esto… bueno para ti?
—Hazme… acabar —dijo ella con voz ronca.
El parpadeó como si lo hubiera sorprendido.
—¿Cómo te hago correrte?
—Simplemente sigue haciendo lo que estás haciendo. Sólo que más rápido.
El aprendió con mucha rapidez mientras descubría lo que le hacía volverse salvaje, y fue despiadado una vez que descubrió cómo darle un orgasmo. La impulsó duramente, mirando como ella estallaba una vez, dos veces… muchas veces. Fue como si se alimentara de su placer y fuera insaciable.
Cuando él levantó finalmente la cabeza, ella estaba sin energía.
Él la miró seriamente.
—Gracias.
—Dios… Soy yo la que debería estar diciendo eso.
Él sacudió la cabeza.
—Le has permitido a un animal estar en tu parte más hermosa. Soy el único que debe sentir gratitud.
Él se apartó de su cuerpo, con aquel rubor todavía en las mejillas. Aquella erección aún tensa.
Ella le tendió los brazos.
—¿Dónde vas? No hemos acabado.
Cuando él vaciló, ella recordó. Rodó sobre su estómago y se puso a gatas, una oferta descarada. Cuándo él no movió, miró hacia atrás. Él había cerrado los ojos como si sufriera, y eso la confundió.
—Sé que sólo lo haces de esta manera —dijo ella suavemente—. Eso es lo que me dijiste. Está bien para mí. De verdad. —Hubo un silencio largo—. Zsadist, yo quiero terminar esto entre nosotros. Quiero conocerte… así.
Él se frotó la cara. Ella pensó que se iba a ir, pero entonces se movió rodeándola hasta que estuvo detrás de ella. Sus manos cayeron suavemente sobre sus caderas y él la instó a girarse, sobre su espalda.
—Pero tú sólo…
—No contigo —su voz era áspera—. No de ésta forma contigo.
Ella abrió las piernas, preparándose para él, pero él sólo se sentó sobre los talones.
Su aliento salía entrecortado.
—Déjame ir a por un condón.
—¿Por qué? No soy fértil ahora, así que no lo necesitas. Y quiero que tú… termines.
Sus cejas bajaron sobre sus ojos negros.
—Zsadist… esto no ha sido suficiente para mí. Quiero estar contigo.
Ella estuvo a punto de levantarse hacia él cuando él se arrodilló y se llevó las manos al frente de sus pantalones de deporte. Manoseó el cordón y entonces tiró de la pretina elástica hacia afuera.
Bella tragó duramente.
Su excitación era enorme. Una perfecta, hermosa y sólida roca como una aberración de la naturaleza.
Sagrado… Moisés. ¿Podía él ajustarse?
Sus manos temblaban mientras enganchaba los pantalones bajo las pesas gemelas debajo de su erección. Entonces inclinó su cuerpo, posicionándose en su centro.
Cuándo ella extendió la mano para acariciarlo, él se alejó de un tirón lejos.
—¡No! —Cuando ella reculó, él maldijo—. Lo siento… Mira, sólo deja que yo me ocupe de esto
Él movió sus caderas adelantándolas y ella sintió la cabeza roma y caliente contra ella. Le pasó una mano por debajo de una de las rodillas y le extendió más la pierna; entonces se introdujo un poco, después un poco más. Mientras el sudor cubría todo su cuerpo, una oscura esencia llegó hasta su nariz. Por un momento, ella se preguntó si…
No, no podía estar uniéndose a ella. No estaba en su naturaleza.
—Dios... eres tan ajustada —refunfuñó él—. Oh… Bella, No quiero despedazarte.
—Sigue entrando. Sólo ve despacio.
Su cuerpo se agitó bajo la presión y el estiramiento. Incluso estando tan preparada, él era una invasión, pero ella lo adoró, especialmente cuando el aliento de él explotó saliendo del pecho y tembló. Cuándo estuvo completamente adentro, su boca se abrió, con los colmillos alargándose por el placer que él sentía.
Ella deslizó las manos por sus hombros, sintiendo los músculos y la calidez de él.
—¿Está todo bien? —preguntó él a través de los dientes apretados.
Bella le oprimió un beso a un lado del cuello y giró las caderas. Él siseó.
—Hazme el amor—dijo ella.
El gimió y empezó a moverse como una gran onda encima de ella, con esa parte gruesa y dura de él acariciando su centro.
—Oh, mierda… —Él dejó caer la cabeza en su cuello. Su ritmo se intensificó, su aliento salía con fuerza, precipitándose en su oído—. Bella… mierda, me temo que… pero no puedo… parar…
Con un gemido él se sostuvo sobre los brazos y permitió a sus caderas balancearse libremente, cada empuje clavándola contra ella, empujándola más arriba en la cama. Ella se agarró a sus muñecas para mantener su cuerpo en su lugar bajo el asalto. Mientras él golpeaba, ella pudo sentir como se acercaba al límite de nuevo, y cuanto más rápido iba él, más se acercaba ella.
El orgasmo estalló en su centro, después le atravesó el cuerpo, la fuerza que se extendió por ella fue infinitamente amplia y prolongada. Las sensaciones duraron una eternidad, las contracciones de sus músculos internos se aferraban a la parte de él que la penetraba.
Cuando ella regresó a su propia piel, se dio cuenta de que él estaba inmóvil, completamente helado encima de ella. Parpadeando para alejar las lágrimas, estudió su cara. Los ángulos duros estaban tensos, y así como el resto de su cuerpo.
—¿Te hice daño? —preguntó apretadamente—. Gritaste. Fuerte.
Ella le tocó la cara.
—No de dolor.
—Gracias a Dios. —Sus hombros se relajaron mientras exhalaba—. No hubiera podido soportar herirte así.
Él la besó suavemente. Y entonces se retiró y se bajó de la cama, subiéndose los calzones mientras entraba en el cuarto de baño y cerraba la puerta.
Bella frunció el ceño. ¿Él había acabado? Parecía estar completamente erecto mientras se retiraba.
Ella deslizó fuera de cama y miró hacia abajo. Cuándo vio que no había nada entre sus muslos, se puso la bata y fue tras él, sin ni siquiera molestarse en llamar.
Los brazos de Zsadist estaban apoyados en el lavabo, la cabeza le colgaba. Respiraba con dificultas y parecía febril, la piel resbaladiza, su postura antinaturalmente tensa.
—¿Qué, nalla?  —dijo él con un ronco susurro.
Ella se detuvo, insegura de si lo había oído bien. Pero él había… Amada. Le había llamado amada.
—¿Por qué tú no…? —Ella no parecía poder concretar las demás palabras—. ¿Por qué paraste antes de que tú…?
Cuándo él sólo sacudió la cabeza, fue hacía él y le dio la vuelta. A través de los calzones podía ver que su excitación latía, dolorosamente rígida. De hecho, parecía que el cuerpo entero le dolía.
—Déjame ayudarte —dijo, buscándolo.
Él retrocedió contra la pared de mármol entre la ducha y el lavabo.
—No, no lo… Bella…
Ella se recogió la bata con las manos y empezó a arrodillarse a sus pies.
—¡No! —Él la arrastró hacia arriba.
Ella lo miró directamente a los ojos y fue por su bragueta.
—Déjame hacer esto por ti.
Él la tomó sus manos y le apretó las muñecas hasta que le dolieron.
—Quiero hacer esto, Zsadist —dijo con intensidad—. Déjame cuidarte.
Hubo un largo silenció, y ella pasó el tiempo midiendo la pena, el anhelo y miedo en los ojos de él. Un golpe de frío la atravesó. No podía creer el salto lógico que estaba tomando su mente, pero ella tenía realmente la vívida impresión de que él nunca se había permitido tener un orgasmo antes. ¿O estaba precipitándose al obtener conclusiones?
Quizás. No era como si fuera a preguntárselo. Él vacilaba al borde de salir corriendo, y si ella decía o hacía algo incorrecto, él iba a largarse de la habitación.
—Zsadist, no quiero hacerte daño. Y tú puedes llevar el control. Nos detendremos si no te sientes bien. Puedes confiar en mí.
Pasó mucho tiempo antes de que aflojara su presa sobre las muñecas. Y entonces finalmente él la soltó y la acercó a su cuerpo. Titubeando, él se bajó los calzones.
Aquella excitación saltó al espacio entre ellos.
—Sólo sujétalo —dijo él con la voz rota.
—A ti. Te sostendré a ti.
Cuando ella lo envolvió en sus manos, él dejó escapar un gemido, y su cabeza retrocedió. Dios, él estaba duro. Duro como el hierro, sin embargo rodeado de piel suave como la de sus labios.
—Eres…
—Shh —la cortó—. Sin… hablar. No puedo… Sin hablar.
Él comenzó a moverse dentro de su puño. Lentamente al principio, y después con creciente urgencia. Le tomó la cara entre las manos y la besó, y entonces su cuerpo tomó el mando completamente con un bombeo salvaje. Él estaba enloqueciendo, disparándose más y más alto, su pecho y sus caderas eran tan hermosos mientras se movía con aquel antiguo y encrespado movimiento masculino. Más rápido… más rápido… tirando hacia adelante y hacia atrás…
Salvo que entonces alcanzó alguna clase de meseta. El se esforzaba, las cuerdas del cuello casi abriéndose camino por la piel, su cuerpo cubierto de sudor. Pero parecía que no podía dejarse ir.
Él se detuvo, jadeando.
—Esto no va a funcionar.
—Simplemente relájate. Relájate y deja que ocurra…
—No. Necesito… —Le tomó una de las manos y la colocó sobre la bolsa bajo su erección—. Aprieta. Aprieta fuerte.
Los ojos de Bella se alzaron hacia su cara.
—¿Qué? No quiero hacerte daño…
Él le envolvió la mano con la suya como un tornillo y retorció sus puños hasta que gritó. Entonces él le sostuvo la otra muñeca, manteniendo la palma de la mano de ella contra su erección.
Ella luchó contra él, peleando para parar el dolor que él se infligía a sí mismo, pero él estaba bombeando de nuevo. Y cuanto más duramente quería ella apartarse, más apretaba él su mano en la más tierna parte de un hombre. Sus ojos se ensancharon sin parpadear ante el acto, la agonía que él debía…
Zsadist gritó, su ruidosa exclamación rebotó en el mármol hasta que ella estuvo segura que todos en la casa lo habían oído. Entonces ella sintió los poderosos espasmos de su liberación, pulsos calientes humedeciendo sus manos y el frente de la bata.
Él cedió sobre sus hombros, su imponente cuerpo cayendo sobre ella. Respiraba como un tren de carga, los músculos le temblaban, su gran cuerpo se estremecía con réplicas. Cuando él le liberó las manos, ella tuvo que despegar la palma de sus testículos.
Bella estaba helada hasta los huesos mientras soportaba su peso.
Algo feo había brotado entre ellos en este momento, alguna clase de mal sexual que enturbió la distinción entre el placer y el dolor. Y aunque eso la hacía cruel, quiso huir de él. Quiso huir del vergonzoso conocimiento de que ella le había hecho daño porque él la había obligado hacérselo y que había tenido su orgasmo por eso.
Salvo que entonces la respiración de él se cortó en un sollozo. O al menos así lo pareció.
Ella contuvo la respiración, escuchando. El suave sonido volvió, y sintió el temblor de sus hombros.
Oh, mi Dios. Estaba llorando...
Ella lo envolvió con sus brazos, recordándose que él no había pedido ser torturado como lo había sido. Ni se había ofrecido voluntario para los efectos secundarios.
Ella intentó levantarle la cabeza para besarlo, pero él luchó contra ella, acercándola, escondiéndose en su pelo. Ella lo acunó, sosteniéndolo y consolándolo mientras él luchaba por enmascarar el hecho de que estaba llorando. Finalmente él se echó para atrás y se restregó la cara con palmas. Evitó encontrar su mirada mientras se estiraba y ponía en marcha la ducha.
Con un rápido tirón le quitó la bata del cuerpo, la hizo una bola y la tiró a la basura.
—Espera, me gusta esa bata.
—Te compraré una nueva.
La instó a meterse bajo el agua. Cuando ella se resistió la alzó fácilmente y la metió bajo el chorro, y empezó a enjabonarle las manos sin disimular su pánico.
—Zsadist, para. —Se apartó pero él la cogió—. No estoy sucia… Zsadist, para. No necesito ser limpiada porque tú…
Él cerró los ojos.
—Por favor… Tengo que hacerlo. No puedo dejarte toda… cubierta de ésta porquería.
—Zsadist —estalló ella—. Mírame. —Cuando él lo hizo le dijo— Esto no es necesario.
—No se qué más hacer.
—Vuelve a la cama conmigo. —Ella cerró el grifo—. Abrázame. Déjame abrazarte. Es la única cosa que necesitas hacer.
Y francamente, ella también lo necesitaba. Ella estaba estremecida hasta su corazón.
Ella se puso una toalla alrededor y lo empujó hacia el dormitorio. Cuándo estuvieron juntos bajo las mantas, ella se plegó junto a él, pero estaba tan tensa como él. Había pensado que la proximidad podía ayudar. No.
Después de un largo rato su voz le llegó a través de la oscuridad.
—Si hubiera sabido cómo tenía que ser, nunca hubiera permitido que pasara.
Ella giró la cara hacia él.
—¿Es la primera vez que te corres?
El silencio no fue una sorpresa. Entonces finalmente le contestó.
—Si.
—¿Nunca te has… dado placer a ti mismo? —susurró, incluso aunque conocía la respuesta. Dios… Lo que debían de haber sido aquellos años como esclavo de sangre. Todos aquellos abusos… Quiso llorar por él pero sabía que le haría sentirse incómodo.
Él exhaló.
—No me gusta tocarlo en absoluto. Francamente, odio el hecho de que haya estado dentro de ti. Me gustaría que estuvieras en una bañera ahora, rodeada de desinfectante.
—He amado estar contigo. Estoy contenta de que hayamos follado. —Sólo tenía dificultades con lo que había venido después—. Pero sobre lo que ocurrió en el cuarto de baño…
—No quiero que seas parte de eso. No te quiero haciéndome eso que hace que yo… me haga todo eso sobre ti.
—Me gustó darte un orgasmo. Es sólo que… me preocupó mucho hacerte daño. Quizás podríamos intentar…
Él se alejó.
—Lo siento… Tengo que… Voy a ver a V. Tengo trabajo que hacer.
Ella lo cogió por los brazos.
—¿Qué pasa si te digo que yo pienso que eres hermoso?
—Te diría que estás montada en una ola de compasión y eso me cabrearía.
—No te tengo lástima. Desearía que hubieras acabado dentro de mí, y creo que eres magnífico cuando estás excitado. Eres grueso y largo, y yo esta muriéndome por tocarte. Todavía lo estoy. Y quiero tomarte en mi boca. ¿Qué tal con eso?
Él se encogió de hombros para soltarse y se puso de pie. Con rápidos, bruscos movimientos se vistió.
—Si necesitas proyectar una luz diferente sobre éste acto sexual para que puedas tratarlo, está bien. Pero ahora te estás mintiendo a ti misma. En algún momento despertarás al hecho de que todavía eres una hembra de valor. Y entonces vas a lamentar ésta mierda de follar conmigo.
—No lo haré.
—Espéralo.
Él salía por la puerta antes de que ella pudiera encontrar las palabras apropiadas para hacerlo regresar.
Bella se cruzó de brazos y farfulló con frustración. Entonces pateó las mantas. Maldición, qué calor hacía en ésta habitación. O quizás ella estaba demasiado estimulada, estaba oprimida por su química interior.
Incapaz de estar en la cama, se vistió y bajó por el pasillo de las estatuas. No le importaba dónde acabara; sólo quería salir y alejarse de ése calor.

No hay comentarios: