lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 31 32 33



Butch estaba hecho un completo lío mientras se quitaba el abrigo y se sentaba en la sala de espera del médico.
Lo bueno era que la noche apenas había caído y cualquier cliente vampiro no aparecería aún. Algún tiempo a solas era lo que necesitaba. Al menos hasta que se recompusiera.
La cosa era, que esta feliz y pequeña clínica estaba localizada en el sótano de la mansión de Havers. Lo cual significada que Butch estaba ahora, en éste preciso momento, en la misma casa que la hermana del tipo. Sip… Marissa, el vampiro hembra que él quería más que nada en el planeta, estaba bajo el mismo techo.
Amigo, su obsesión por ella era una pesadilla nueva y diferente. Nunca había tenido el tipo de sudores como los que tenía por ésta mujer antes, y no podía decir que lo recomendara. No más que un dolor en el culo. Y en el pecho.
Atrás en septiembre, cuando vino a verla y ella le cerró sin ni siquiera tener un cara a cara, se juró que no la molestaría de nuevo. Y no lo había hecho. Técnicamente. Esas conducciones que había hecho desde entonces, esas patéticas, afeminadas conducciones en las que el Escalade de alguna forma acababa yendo a su propia casa, aquellas realmente no la habían molestado. Porque ella no lo sabía.
Era tan patético. Pero mientras ella no tuviera idea de lo azotado que estaba, casi podría manejarlo. Por lo cual era por lo que él estaba al límite esta noche. No quería que lo pillaran frecuentando la clínica en caso de que ella pensara que estaba allí por ella. A fin de cuentas, un hombre tenía que tener su orgullo. Por lo menos, de cara al mundo exterior.
Comprobó el reloj. Había pasado la friolera de trece minutos. Se imaginaba que la sesión con el psiquiatra duraría una hora, así que la manilla larga de su Patek Philippe tendría que dar cuarenta y siete vueltas más antes de que pudiera embutir al chico de vuelta en el coche y largarse de allí.
—¿Quieres un café? —dijo una voz femenina.
Levantó la mirada. Una enfermera vestida con un uniforme blanco estaba frente a él. Parecía muy joven, especialmente mientras jugueteaba con una de las mangas. Ella también parecía desesperada por tener algo que hacer.
—Si, seguro. Un café estaría bien.
Ella sonrió ampliamente, los colmillos brillando.
—¿Cómo te gusta?
—Negro. Negro estará bien. Gracias.
El susurro de sus zapatos de suela blanda decayó mientras se alejaba por el pasillo.
Butch se desabrochó la chaqueta cruzada y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. El traje de Valentino que se había puesto antes de venir era uno de sus favoritos. Así como la corbata de Hermes que llevaba alrededor del cuello. Y los mocasines Gucci en los pies.
Si Marissa lo pillaba, planeó que debía tener mejor aspecto del que tuvo jamás.


—¿Quieres que te drogue?
Bella se centró en la cara de Zsadist mientras él se inclinaba sobre ella. Sus ojos negros eran meras hendiduras, y él tenía ese hermoso sonrojo de la excitación en los duros pómulos. Era pesado encima de ella, y cuando su necesidad aumentó pensó en él liberándose en su interior. Ella sintió un asombroso, refrescante alivio tan pronto como él empezó a correrse, el primer alivio desde que los síntomas de su necesidad habían empezado hacía un par de horas.
Pero la presión estaba volviendo.
—¿Quieres que te saque de esto, Bella?
Quizás estuviera mejor si él la drogaba. Iba a ser una larga noche y por lo que tenía entendido, sólo se volvería más duro y más intenso según pasaran las horas. ¿Era realmente justo por su parte pedirle que se quedara?
Algo suave le acarició la mejilla. Su pulgar, deslizándose sobre su piel.
—No voy a dejarte —dijo él—. No importa lo que dure, no importa las veces que sea. Te serviré y te dejaré tomar mi vena hasta que esto termine. No te abandonaré.
Levantando la vista fijamente a su cara, ella supo sin preguntar que sería el único tiempo que pasarían juntos. La resolución estaba en sus ojos. Podía verlo claramente.
Una noche y nada más.
Bruscamente él se apartó y se estiró hacia la mesita de noche. Su tremenda erección destacaba directamente desde las caderas, y justo cuando él volvía con la jeringa ella asió la dura carne.
Él siseó y se inclinó antes de agarrarse bajando una mano al colchón.
—A ti — murmuró ella —. No la droga. Te quiero a ti.
Él dejó caer la aguja al suelo, separándole los muslos con las rodillas. Ella lo guió al interior de su cuerpo y sintió un glorioso ímpetu mientras la llenaba. Con un poderoso oleaje su placer creció y entonces se rompió en dos necesidades separadas, una por su sexo, otra por su sangre. Sus colmillos se alargaron mientras clavaba la mirada en la gruesa vena en el lado de su cuello.
Como si presintiera lo que ella necesitaba, giró su cuerpo de forma que podía seguir dentro de ella y le daba acceso a su garganta.
—Aliméntate —dijo él con voz ronca, moviendo su cuerpo dentro de ella y retrocediendo—. Toma lo que necesites.
Ella lo mordió sin vacilación, perforando por la derecha la banda de esclavo, entrando profundamente en la piel. Cuando su sabor le golpeó en la lengua, oyó un rugido saliendo de él. Y entonces la fuerza y el poder de él la bañaron, atravesándola.


O cayó en silencio sobre su cautivo, inseguro de haber escuchado bien. El vampiro que había capturado en el centro y había llevado a la cabaña estaba atado a la mesa, una mariposa en un soporte clavada.
Había capturado al hombre sólo con planes de quitarse la frustración. Nunca se imaginó que aprendería algo útil.
—¿Qué fue eso? —O acercó la oreja a la boca del civil.
—Se llama… Bella. La única… la hembra que se tomó… su nombre… Bella.
O se enderezó, una violento, balsámico color rosado fluyó por su piel.
—¿Sabes si está viva?
—Pensé que estaba muerta. —El civil tosió débilmente—. Se había ido hacía mucho.
—¿Dónde vive su familia? —Cuando no tuvo respuesta inmediata, O hizo algo para garantizarse que el hombre abriera la boca. Cuando el grito se desvaneció, O dijo— ¿Dónde está su familia?
—No lo se. Yo… no lo se realmente. Su familia… No lo se... No lo se...
Murmullo, murmullo, murmullo. El civil cayó en el estado de interrogatorio de diarrea vocal, volviéndose del todo inútil.
O abofeteó a la cosa en silencio.
—Dirección. Quiero una dirección.
Cuando no hubo respuesta, le proporcionó otro motivo de estímulo. El hombre jadeó bajo el reciente ataque, y después dejó escapar,
—Veintisiete de la Senda de Formann.
El corazón de O comenzó a latir, pero se inclinó sobre el vampiro de forma casual.
—Voy a ir ahí ahora mismo. Si me estás diciendo la verdad te dejaré libre. Si no te mataré lentamente tan pronto como regrese. Ahora, ¿quieres cambiar algo?
Los ojos del civil se abrieron como una flecha. Volvió.
—¿Hola? —dijo O— ¿Me oyes?
Para apresurar al civil, aplicó presión en una zona sensible. La cosa gruñó como un perro.
—Dímelo —dijo O suavemente—. Y te dejaré ir. Esto parará.
La cara del hombre se comprimió, la boca se alzó y reveló los dientes apretados. Una lágrima serpenteó por su magullada mejilla. Aunque tenía la tentación de añadir otra porción de agonía como incentivo, O decidió no trastocar la batalla entre consciencia y supervivencia.
—Veintisiete Thorne.
—Avenida, ¿verdad?
—Sí.
O quitó la lágrima. Entonces le rebanó la garganta.
—Qué mentiroso eres —le dijo al sangrante vampiro.
O no perdió el tiempo, sólo cogió la chaqueta llena de armas y salió. Estaba malditamente seguro de que las direcciones no eran nada. Ése era el problema con la persuasión. Realmente no podías confiar en la información que obtenías.
Iba a comprobar cualquier cosa en las dos calles, pero estaba claramente dando tumbos.
Perdiendo el jodido tiempo.


Butch hizo girar la última gota de café por el fondo de la taza, pensando que la porquería era del color del escocés. Cuando tiró la bazofia ya fría, deseo que fuera un Lagavulin de alta graduación.
Comprobó su reloj. Seis minutos para las siete. Dios, esperaba que la sesión fuera de sólo una hora. Si todo iba como la seda, soltaría a John con Tohr y Wellsie y se podría sentar en el sofá con un vaso de escocés antes de que empezara CSI.
Él dio un respingo. No era de extrañar que Marissa no quisiera verle. Menudo buen partido. Un alto funcionario alcohólico viviendo en un mundo que no era suyo.
Si. Vamos caminando hacia el altar.
Mientras se imaginaba en casa, tuvo un pensamiento pasajero del aviso de V de mantenerse lejos de la finca. El problema era, que estar fuera de la barrera solo en las calles no era un buen plan, no con el humor que tenía. Estaba tan frío como el tiempo.
Unos pocos minutos después, las voces bajaban por el pasillo, y John apareció por la esquina con una mujer más mayor. El pobre chico parecía como si hubiera pasado por un ring. Llevaba el pelo levantado como pinchos, como si se hubiera estado pasando las manos por él, y la mirada fija en el suelo. Llevaba aquel cuaderno agarrado al pecho como si fuera un chaleco antibalas.
—Así que nos veremos en la próxima cita, John —dijo la voz femenina muy suavemente—. Después de que hayas pensado sobre ello.
John no contestó, y Butch olvidó su propia mierda quejica. Cualquier cosa que hubiera pasado en esa oficina todavía estaba ahí, y el chico necesitaba un compañero. Abrazó al chico tentativamente, y cuando John se inclinó hacia él, todos los instintos protectores de Butch se alzaron y gruñeron. No le importaba que aquella terapeuta se pareciera a Mary Poppins; quería gritarle por trastornar a un chico pequeño.
—¿John? —Dijo ella—. Tendrás que ponerte en contacto conmigo para la próxima.
—Si, te llamaremos —murmuró Butch. UAH-Hugh[1], vale.
—Le dije que no hay prisa. Pero creo que debe volver.
Butch le echó un vistazo a la mujer, claramente molesto... sólo al encontrar sus ojos se espantó toda la mierda de él. Eran tan malditamente serios, tan graves. ¿Qué demonios había ocurrido en esa sesión?
Butch miró a la parte superior de la cabeza de John.
—Vamos, J-man.
John no se movió, así que Butch le dio un pequeño empujón, y lo llevó por el camino de salida de la clínica, con un brazo todavía por encima de los hombros del chico. Cuando llegaron la coche John se subió al asiento, pero no se abrochó el cinturón. Sólo miró fijamente hacia adelante.
Butch cerró la puerta y metió la llave en el contacto del SUV . Entonces se giró y miró a John.
—No te voy a preguntar qué ha pasado. Lo único que necesito saber es dónde quieres ir. Si quieres ir a casa, te llevaré con Tohr y Wellsie. Si quieres relajarte en el Pit conmigo, iremos hacia la finca. Si sólo quieres conducir, te llevaré hasta Canadá y volveremos. Estoy listo para todo, sólo tienes que decir una palabra. Y si no quieres decidirte ahora, daré vueltas por la ciudad hasta que te decidas.
El pequeño pecho de John se expandió y se contrajo. Abrió rápidamente el bloc y cogió el boli. Hubo una pausa, y entonces escribió algo y le mostró el papel a Butch.
—Séptima Calle.
Butch frunció el ceño. Era una parte de la ciudad realmente jodida.
Abrió la boca para preguntar por qué allí de todos los sitios, pero cortó su exabrupto. El chaval ya había tenido suficientes preguntas sobre él esta noche. Además, Butch iba armado, y era ahí a dónde John quería ir. Una promesa era una promesa.
—Ok, compañero. Marchando Calle Séptima.
—Pero conduce un rato primero —escribió el chico.
—Sin problema. Sólo nos enfriaremos.
Butch encendió el motor. Justo mientras le daba la vuelta al Escalade, tuvo un flash de algo tras él. Un coche llegaba a la parte de atrás de la mansión, un muy grande y muy caro Bentley. Frenó para que pudiera pasar y...
Se olvidó de respirar.
Marissa salió de la casa por una puerta lateral. Su larga melena rubia hasta las caderas se movía con el viento, y se arrebujó en la capa negra que llevaba. Moviéndose rápidamente a través del aparcamiento trasero, evitó los montones de nieve, saltando de trozo de asfalto en trozo de asfalto.
Las luces de seguridad recogieron las líneas refinadas de su cara, su maravilloso pelo pálido y la perfecta piel blanca. Recordó lo que había sentido al besarla, la única vez que lo había hecho, y sintió una punzada en el pecho como si los pulmones le hubieran reventado. Superado, quiso salir corriendo del coche, tirarse al suelo en la nieve y arrastrarse como el perro que era.
Excepto porque se dirigía al Bentley. Vio como la puerta se abría para ella, como si el conductor se hubiera inclinado y hubiera cogido la manilla. Cuando las luces iluminaron el interior Butch no pudo ver demasiado, sólo lo suficiente para decir que era un hombre, o un macho, lo que estaba tras el volante. Unos hombros tan anchos no podían ser de un cuerpo femenino.
Marissa juntó la capa con las manos y se deslizó dentro, cerrando la puerta.
Las luces se apagaron.
Confusamente Butch escuchó algún tipo de revuelto cerca de él y miró a John. El chico se había encogido contra la ventana y estaba mirando a través de los asientos con miedo en los ojos. Fue entonces cuando Butch se dio cuenta que tenía la pistola en la mano y estaba gruñendo.
Totalmente sobrepasado por la loca reacción, quitó el pie del freno del Escalade y pisó a fondo el acelerador.
—No te preocupes hijo. No voy a hacer nada.
Mientras giraban miró por el retrovisor hacia el Bentley. Se estaba moviendo ahora, haciendo su propio giro en el aparcamiento. Con una brusca maldición Butch enfiló el camino de salida, las manos agarraban el volante tan duramente que los nudillos le escocían.


Rehvenge frunció el ceño mientras Marissa entraba en el Bentley. Dios, había olvidado lo hermosa que era. Y olía tan bien… el limpio aroma del océano llenó su nariz.
—¿Por qué no quieres que vaya a la puerta principal? —Dijo él, apreciando el hermoso cabello y la piel sin faltas—. Deberías haberme permitido recogerte apropiadamente.
—Ya sabes cómo es Havers. —La puerta se cerró con un sonido sólido—. Querrá que nos unamos.
—Eso es ridículo.
—Y ¿tú no eres igual con tu hermana?
—Sin comentarios.
Mientras esperaba que un Escalade saliera del aparcamiento, Marissa le puso una mano sobre la manga negra.
—Se que lo he dicho antes, pero siento mucho todo lo que le ha pasado a Bella. ¿Cómo está?
¿Cómo demonios iba a saberlo él?
—Yo preferiría no hablar de ella. No te ofendas, pero estoy sólo… Sí, no quiero ir allí.
—Rehv, ésta noche no tiene que pasar. Se que estás pasando por mucho y francamente, estoy sorprendida de que a pesar de todo me hayas querido ver.
—No seas ridícula. Estoy agradecida de que me hayas llamado.
Se estiró y la cogió de la mano. Los huesos bajo la piel eran tan delicados que tuvo que recordarse que tenía ser muy gentil con ella. Ella no era como las que estaba acostumbrado.
Mientras conducía hacia la ciudad, pudo sentir como sus nervios se tensaban.
—Todo va a ir bien. Estoy realmente encantado de que me hayas llamado.
—Más bien estoy avergonzada, realmente. Es sólo que no se qué hacer.
—Nos lo tomaremos con calma.
—Sólo he estado con Wrath.
—Lo se. Por eso quise venir a buscarte en coche. Pensé que estarías demasiado nerviosa para desmaterializarte.
—Lo estoy.
Mientras paraban en un semáforo, él le sonrió.
—Voy a cuidarte bien.
Sus pálidos ojos azules se deslizaron sobre él.
—Eres un buen hombre, Rehvenge.
Él ignoró ese error de cálculo y se concentró en el tráfico.
Veinte minutos después estaban saliendo de un ascensor y entrando en el vestíbulo del ático. Su espacio ocupaba la mitad de la última planta de la construcción de los años 30, sobre el río Hudson y todo Caldwell. Con los grandes ventanales, él nunca lo usaba durante el día. Pero era perfecto durante la noche.
Mantuvo las luces bajas y esperó mientras Marissa paseaba alrededor y miraba las cosas que un decorador había comprado para su guarida. A él no le preocupaban las tonterías o las vistas o los chismes elegantes. Le preocupaba la privacidad frente a su familia. Bella nunca había estado aquí, ni tampoco su madre. De hecho, ni siquiera sabían que tenía el ático.
Como si se diera cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, Marissa se giró y lo miró. Bajo las luces su belleza era absolutamente aturdidora, y estaba agradecido por el golpe extra de dopamina que se había metido en el cuerpo hacía como una hora. La droga tenía efectos contrarios dependiendo si se administraba en vampiros o en humanos. La química incrementaba la actividad de ciertos neurotransmisores y la recepción, asegurándose que el Symphath no pudiera sentir placer, no… nada. Con el tacto de Rehv apagado, su cerebro podría manejar mejor el resto de sus impulsos.
Por esa razón era lo único por lo que Marissa estaba a salvo estando sola con él, considerando lo que iban a hacer.
Rehv se quitó el abrigo, entonces caminó hacia ella, confiando en su bastón más que nunca porque no podía apartar los ojos de ella. Equilibrando la vara contra sus muslos, él lentamente deshizo el lazo que mantenía la capa de ella unida. Ella miró abajo, hacia las manos que temblaban mientras le deslizaban las capas de lana negra por los hombros. Él le sonrió mientras lanzaba el peso en una silla. Su vestido era el tipo de cosas que su madre llevaría y exactamente lo que él deseaba que su hermana pusiera más a menudo: una túnica azul pálido de raso que le quedaba perfectamente. Era de Dior. Tenía que serlo.
—Ven aquí, Marissa.
La llevó hacia un sofá de cuero y la empujó para sentarla a su lado. En el resplandor de las ventanas, su pelo rubio era como un chal de seda, y tomó algo entre los dedos. El hambre de ella era tan fuerte, que podía sentirlo con claridad.
—Has esperado mucho tiempo, ¿no?
Ella asintió y se miró las manos. Las juntó en el regazo, marfil contra raso azul claro.
—¿Cuánto?
—Meses —suspiró.
—Entonces necesitarás un montón, ¿no? —Cuando ella se ruborizó, él la empujó— ¿No lo harás, Marissa?
—Si —se ruborizó, obviamente incómoda con su hambre.
Rehv sonrió violentamente. Era bueno estar alrededor de una hembra de importancia. Su modestia y su gentileza eran malditamente suplicantes.
Se quitó la chaqueta y se desabrochó la corbata. Se había preparado para ofrecerle la muñeca, pero ahora que la tenía delante, la quería en su cuello. Había pasado una eternidad desde que le había permitido a una hembra alimentarse de él, y estaba sorprendido de lo que le excitaba la perspectiva.
Se desabotonó los botones del cuello y el resto de ellos, bajando por el pecho. Con una oleada de anticipación tiró de la camisa suelta y la abrió más.
Los ojos de ella se ampliaron cuando vio su pecho desnudo y sus tatuajes.
—No sabía que estabas marcado —murmuró ella, con la voz sacudiéndole todo el cuerpo.
Él se acomodó en el sofá, extendiendo los brazos y levantando una de las piernas.
—Ven aquí, Marissa. Toma lo que necesitas.
Ella le miró la muñeca, cubierta por un doblez francés.
—No —dijo él—- Ésta es la forma en la que quiero que lo hagas. De mi cuello. Es lo único que pido.
Cuando ella vaciló, él supo que los rumores sobre ella eran verdad. Verdaderamente no había sido tocada por ningún macho. Y la pureza de ella era… algo a ser tomado.
Él cerró los ojos cuando la oscuridad en él cambió y se reveló, una bestia atrapada por la jaula de la medicación. Cristo, quizás esto no era una buena idea.
Pero ella se estaba moviendo hacia él lentamente, arrastrándose sobre su cuerpo, su aroma como el del océano. Entreabrió los párpados para ver su cara y supo que estaba indefenso para detener la alimentación. Y él no iba a perdérselo; tenía que permitir que unas cuantas sensaciones vinieran a él. Aflojando su disciplina, abrió el canal de su sentido del tacto, y lo recibió con avaricia incluso con la droga, todo tipo de impetuosa información surgiendo a través de la niebla de la dopamina.
El raso de lo que llevaba puesto era suave contra su piel y sintió como la calidez de ella se mezclaba con su propio calor. Su leve peso se apoyó sobre su hombro y… sí, su rodilla estaba entre sus muslos.
La boca de ella se abrió y los colmillos surgieron.
Por una décima de segundo su demonio interior rigió y él clamó por su juicio con pánico. Gracias a la Virgen, la maldita cosa vino al rescate, la parte racional de él tomó apresuradamente la delantera, encadenando sus instintos, calmando la muy sexual necesidad de dominarla.
Ella se tambaleó cuando se inclinó hacia su garganta, inestable como se mantenía encima de él.
—Acuéstate sobre mí —dijo él con voz gutural—. Colócate… sobre mí.
Con un respingo ella permitió que la parte baja de su cuerpo ahondara en la horquilla de sus muslos. Estaba claramente preocupada por encontrarse con una erección, y cuando no encontró nada de lo que esperaba miró entre sus cuerpos, como si pensara que había golpeado contra el sitio equivocado.
—No tienes que preocuparte de eso —murmuró él, recorriéndole con las manos los esbeltos brazos—. No de mí. —Su alivio fue tan palpable que él se sintió ofendido— ¿Follar conmigo sería tanta faena?
—Oh, no, Rehvenge. No. —Ella bajó la mirada a los gruesos músculos del pecho—. Eres… bastante encantador. Es sólo que… hay otro. Para mí, hay otro.
—Todavía amas a Wrath.
Ella sacudió la cabeza.
—No, pero no puedo pensar en el único que quiero ahora. No… ahora.
Rehv levantó la barbilla.
—¿Qué clase de idiota no te alimentaría cuando lo necesitaras?
—Por favor. No hablemos más de esto. —Abruptamente, sus ojos se fijaron en su cuello y se dilataron.
—Qué hambre —gruñó él, ilusionado por ser utilizado—. Sigue adelante. Y no te preocupes por ser amable. Tómame. Cuanto más duro mejor.
Marissa descubrió los colmillos y lo mordió. Las dos penetraciones agudas se dispararon a través de la neblina de la droga, y el dolor dulce traspasó su cuerpo. Mientras gemía, pensó que nunca se había sentido agradecido por su impotencia antes, pero lo estaba ahora. Si su polla funcionara del todo, tan seguro como el infierno que le hubiera quitado la túnica, separado las piernas y la hubiera tenido de forma agradable y profunda mientras se alimentaba.
Casi inmediatamente ella se echó hacia atrás y se lamió los labios.
—Voy a tener un sabor diferente a Wrath —dijo él, contando con el hecho de que como ella sólo se había alimentado de un hombre, no podía saber exactamente porqué su sangre le impactaría en la lengua de una forma extraña. Realmente, la única razón por la que la había podido ayudar era por su inexperiencia. Cualquier otra hembra que hubiera tenido un poco habría sabido demasiado—. Vamos, toma algo más. Estás acostumbrada a ello.
Ella dejó caer la cabeza otra vez y él sintió el hormigueo de otro mordisco.
Envolvió con sus pesados brazos la frágil espalda de ella y la abrazó más estrechamente mientras cerraba los ojos. Había pasado mucho tiempo desde que había sostenido a alguien, y aunque no podía arriesgarse a coger mucha experiencia, lo encontró sublime.
Mientras ella sorbía de su vena, él tuvo el absurdo impulso de llorar.


O levantó el pie del acelerador del camión y pasó a poca velocidad por delante de otro alto muro de piedra.
Maldición, las casa eran enormes en la Avenida Thorne. Bueno, no era que pudieras ver las mansiones desde la calle. Sólo asumió que con cercados y murallas como éstos, no eran un puñado de dúplex y apartamentos del tipo de Cape Cods.
Cuando ésta barricada en particular se abrió para permitir una entrada, apretó los frenos. A la izquierda había una placa pequeña de latón en la que se leía, 27 AVENIDA THORNE. Se inclinó hacia adelante, estirándose para ver más allá, pero el camino y el muro desaparecían en la oscuridad, no podía decir qué habría al otro lado.
Con un caprichoso qué-demonios, giró y avanzó por la senda. A unas buenas cien yardas de la calle había un alto juego de puertas, y él se detuvo, notando las cámaras montadas en lo alto de ellas, el sistema de intercomunicación y el aire de ‘no traspasar’.
Bueno… esto era interesante. La otra dirección había sido una mierda, sólo una casa de clase media en un vecindario de clase media con humanos en el salón viendo la televisión. Pero lo que fuera que estuviera detrás de un arreglo así era un gran negocio.
Ahora tenía curiosidad.
Aunque infiltrarse a través de esas barreras requeriría una estrategia de coordinación y una ejecución cuidadosa. Y lo último que necesitaba es el inconveniente de enredarse con la policía sólo porque había irrumpido en alguna McMansión de un ricachón.
¿Pero por qué se habría sacado del culo ese vampiro ésta dirección para salvarse?
Entonces O vio algo raro: una cinta negra atada a la puerta. No, dos, una en cada lado, ondeando al viento..
¿Cómo si estuvieran de luto?
Fijado por su propio temor, salió del camión e hizo crujir el hielo, dirigiéndose a la cinta de la derecha. Estaba montada a dos metros y medio del suelo, así que tuvo que estirar el brazo para tocarla.
—¿Estás muerta, esposa? —susurró. Dejó caer la mano y miró a través de las puertas más allá a la negra noche.
Regresó al camión y volvió por la entrada.
Necesitaba traspasar ése muro. Tenía que encontrar algún sitio para deshacerse del  F-150.
Cinco minutos después estaba maldiciendo. Maldita sea. No había dónde aparcar en Thorne sin ser demasiado evidente. La calle no era más que muros sin apenas arcén. Jodida gente rica.
O apretó el acelerador y miró a la izquierda. A la derecha. Quizás pudiera dejar el camión abajo, al fondo de la colina y subir por la avenida principal. Era casi media milla en pendiente, pero podía cubrir la distancia lo suficientemente rápido. Las farolas bajo las que tenía que pasar eran una putada, por supuesto, pero no era algo que nadie de los que vivía en ésta calle pudiera ver desde sus torres de marfil.
Su teléfono móvil sonó y contestó con un desagradable:
—Qué.
La voz de U, la que estaba empezando a odiar, era tensa.
—Tenemos un problema. Dos lessers han sido arrestados por la policía.
O cerró los ojos.
—¿Qué demonios han hecho?
—Estaban capturando a un vampiro civil y un coche de policía sin marcar fue por ellos. Dos policías se ocuparon de los asesinos y más policías aparecieron. Los lessers están siendo llevados a prisión y tengo una llamada ahora de uno de ellos.
—Pues sácalos bajo fianza —estalló O— ¿Por qué me estás llamando?
Hubo una pausa. Entonces el tono de U tuvo el hedor de bueno, por supuesto eres idiota completamente.
—Porque necesitas saberlo. Escucha, ellos llevaban un montón de armas ocultas, para ninguna de las cuales tenían permiso, todas habían venido del mercado negro, sin número de serie en los cañones. No hay forma de que salgan bajo fianza por la mañana. Ningún abogado de oficio es tan bueno. Necesitas sacarlos.
 O escudriñó a izquierda y derecha y entonces dio la vuelta en un camino de entrada del tamaño de un campo del fútbol. Sí, había definitivamente no había sitio para aparcar aquí. Tenía que bajar por la Avenida Thorne desembocar en la Calle Bellman y dejar el camión en esa pequeña villa.
—¿O?
—Tengo cosas que hacer.
U tosió como si se atragantara con un gran cabreo.
—No te ofendas, pero no puedo imaginarme que nada sea tan importante como esto. ¿Qué tal si uno de esos asesinos se mete en una pelea general? ¿Quieres sangre negra fluyendo para que algún tipo de EMT resuelva que no son humanos? Tienes que contactar con Omega y conseguir que lleve a éstos dos a casa.
—Hazlo tú. —O aceleró aunque iba cuesta abajo ahora.
—¿Qué?
—Extiéndete hacia afuera y alcanza a Omega. —Llegó a un stop al final de Thorne que no respetó y giró a la izquierda. Había toda clase tiendas de monerías y tonterías para el hogar en la calle y aparcó en frente de una llamada ‘El ático de Kitty’.
—O… Éste tipo de peticiones tienen que llegar del Lesser-Principal. Lo sabes.
O se detuvo antes de parar el motor.
Tremendo. Justo lo que él quería. Más tiempo de calidad con el maestro bastardo. Maldito fuera. No podía vivir sin saber el destino de su mujer durante más tiempo. No tenía tiempo para las mierdas de su Sociedad.
—¿O?
Apoyó la cabeza en el volante. Lo golpeó un par de veces.
Por otra parte, si ese contacto con los humanos abajo en la comisaría le estallaba en la cara, Omega iba a venir a buscarle. Y entonces ¿dónde podría ir?
—Bueno. Iré a verlo ahora. —Maldijo cuando puso el camión en marcha. Antes miró hacia la Avenida Thorne de nuevo.
—Y O, tengo algo concerniente a la asociación. Necesitas encontrarte con los asesinos. Las cosas están desmadrándose.
—Tú manejas las facturaciones.
—Ellos quieren verte a ti. Se están cuestionando tu liderazgo.
—U, sabes lo que se dice de los mensajeros, ¿verdad?
—¿Perdón?
—Demasiadas malas noticias harán que te disparen. —Apagó el teléfono y cerró la tapa.
Entonces apretó el acelerador.



[1] UAH-Hugh, expresión sarcástica de mal humor. Proviene de Wash, una forma de ilustrar un completo asco de compasión por otros desafortunados, y de Hugh, alucinante.



Mientras Phury se sentaba en la cama, estaba tan tenso por la necesidad de tener sexo, que apenas podía verter otro trago de vodka. La botella temblaba, el vaso temblaba. Infiernos, el colchón entero temblaba.
Miró a Vishous, quien estaba apoyado contra la cabecera a su lado. El hermano se sentía nervioso y desdichado mientras con la cabeza seguía el ritmo de The Massacre de 50 Cent’s.
Cinco horas de tiempo fértil de Bella y estaban hechos una mierda, sus cuerpos eran mayormente instinto, sus mentes empañadas. La compulsión de estar en la mansión no podía ser anulada, la necesidad empujando en ellos, paralizándolos. Gracias a Dios por los cigarrillos rojos y Grey Goose. El entumecimiento ayudaba mucho.
Aunque no con todo. Phury trataba de no pensar en lo que estaba sucediendo en la habitación de Z. Porque cuando hermano no había vuelto, era obviamente porque su cuerpo estaba siendo usado y no la morfina.
Dios querido… los dos. Juntos. Muchas veces…
—¿Cómo lo llevas? —preguntó V.
—Lo combato igual que tu, amigo. —Tomó un trago del vaso, su cuerpo nadando, perdido, ahogándose en eróticas sensaciones atrapadas bajo su piel. Miró al cuarto de baño.
Estuvo a punto de levantarse y dirigirse a un poco de intimidad cuando Vishous dijo otra vez: —Creo que estoy en problemas.
Phury tuvo que reírse.
—Esto no durará para siempre.
—No, quiero decir… Creo que hay algo mal. Conmigo.
Phury estrechó los ojos. La cara de su hermano parecía tensa, pero por otra parte era la misma de siempre. Hermosas líneas, barbita de chivo alrededor de la boca, tatuajes en la sien derecha. Aquellos ojos de diamante eran agudos, intactos aún por el Grey Goose, directos, necesitados. Las pupilas negras brillaban con una inteligencia enorme, incomprensible, un genio tan poderoso que acobardaba.
—¿Qué clase de problema, V?
—Yo, ah… —Vishous se aclaró la garganta—. Sólo Butch sabe esto. No se lo contarás a nadie mas, ¿verdad?
—Si. Ningún problema.
V acarició su perilla.
—Mis visiones se han secado.
—Quieres decir que no puedes ver…
—Lo que va a pasar. Sí. No estoy consiguiendo nada. La última cosa que recibí fue hace tres días, justo antes de que Z fuera detrás de Bella. Les vi juntos. En un Ford Taurus. Viniendo aquí. Después de eso, no ha habido… nada.
—¿Te ha pasado esto alguna vez antes?
—No, y no consigo pensamientos de nadie tampoco. Es como si todo el asunto se hubiera secado.
Bruscamente la tensión del hermano parecía no tener nada que ver con la necesidad. Parecía rígido de… miedo. Mierda santa. Vishous estaba asustado. Y la anomalía era completamente discordante. De todos los hermanos, V era uno de que los que nunca tenía miedo. Era como si hubiera nacido sin los receptores del miedo en el cerebro.
—Tal vez es solo temporal —dijo Phury—. ¿O piensas que quizás Havers pueda ayudar?
—Esto no es fisiológico. —V terminó el vodka del vaso y tendió la mano—. No acapares el Goose, hermano.
Phury le pasó la botella.
—Quizás podrías hablar con…
Pero ¿Quién? ¿A dónde podría V, quien lo sabía todo, ir por respuestas?
Vishous sacudió la cabeza.
—No quiero… no quiero hablar de esto, en realidad, Olvida que dije algo. —Mientras vertía, su cara se cerró tensamente, una casa atrancada—. Estoy seguro de que volverá. Quiero decir, sí. Volverá.
Puso la botella en la mesa cerca de él y sostuvo su mano enguantada.
—Después de todo, este asunto dejado de la mano de Dios todavía brilla como una lámpara. Y hasta que pierda esta loca-luz-nocturna-mía, me figuro que soy todavía normal. Bien… normal para mí.
Durante un momento cayó el silencio, Phury mirando en su vaso, V mirando fijamente al suyo, el rap sonando de fondo, golpeando, cambiando a la unidad G.
Phury se aclaró la garganta.
—¿Puedo preguntarte sobre ellos?
—¿Sobre quien?
—Bella. Bella y Zsadist.
V maldijo.
—No soy una bola de cristal, lo sabes. Y odio contar la buena fortuna.
—Si. Lo siento. Olvídalo.
Hubo una larga pausa. Entonces Vishous murmuró:
—No se que va a pasarles. No lo se porque no puedo… ver nada.


Mientras Butch salía del Escalade, alzó la vista al edificio de sucios apartamentos y se preguntó otra vez porque infiernos John había querido venir aquí. La Séptima calle era repugnante y peligrosa.
—¿Es este?
Cuando el muchacho asintió. Butch activó la alarma de seguridad del SUV. No estaba particularmente preocupado sobre si destripaban la cosa mientras estaban fuera. La gente de por aquí estaría convencida de que uno de los camellos estaba dentro. O alguien aún más exigente sobre su mierda que llevaría armas.
 John se acercó a la puerta de la vivienda y empujó. Se abrió con un chillido. Ninguna cerradura. Gran sorpresa. Mientras Butch le seguía, puso su mano dentro de su abrigo para poder llegar al arma si la necesitara.
John fue a la izquierda por un pasillo largo. El lugar olía como al humo viejo de cigarrillos y a mohosa decadencia y era casi tan frío como las grandes puertas de entrada. Los residentes internos eran como ratas: no vistos, sólo oídos, del otro lado de delgadas paredes.
Abajo al final el muchacho empujó abriendo una puerta cortafuegos.
Una escalera salía a la derecha. Los escalones habían sido desgastados por los elementos, y había sonido de agua que goteaba de algún sitio un par de escapes por encima.
John puso su mano sobre la barandilla que estaba atornillada sin apretar a la pared, y subió despacio hasta el descansillo entre el segundo y el tercer piso. Más arriba, la luz fluorescente hundida en el techo estaba en su etapa de estertor de la muerte, los tubos parpadeando como si desesperadamente trataran de mantener el servicio.
John miró fijamente en el linóleo rajado del suelo, luego buscó la ventana. El logotipo de Starburst cubría la cosa como si hubiera sido aporreada con botellas. La única razón de que el cristal mugriento no estuviera roto era porque estaba sujeto desde el piso de arriba con alambre, salieron maldiciones, una especie de escopeta verbal que era indudablemente el principio de una lucha. Butch estuvo a punto de sugerir que salieran cuando John se dio la vuelta y comenzó a bajar corriendo la escalera
Estuvieron en el Escalade y saliendo de la parte mala de la ciudad menos de un minuto y medio más tarde.
Butch paró en un semáforo.
—¿A donde?
John escribió y le enseñó el bloc.
—A casa —murmuró Butch, todavía sin tener ni idea de porque el muchacho había querido visitar aquel hueco de escalera.


John dijo un ¡hola! de pasada a Wellsie cuando entró en la casa y luego fue hacia su cuarto. Estaba agradecido de que ella pareciera entender que necesitaba algún espacio. Después de que cerró la puerta dejó caer su cuaderno sobre la cama, se quitó el abrigo, e inmediatamente se dirigió a la ducha. Mientras el agua se calentaba, se desnudó. Una vez que estuvo bajo el chorro, dejó de temblar.
Cuando salió se puso una camiseta y un par de pantalones de entrenamiento, luego miró su ordenador portátil sobre el escritorio. Se sentó delante de él, pensando que tal vez debería escribir algo. El terapeuta lo había sugerido.
Dios… Hablar con ella sobre lo que le había pasado había sido casi tan malo como vivir la experiencia la primera vez. Y no había querido ser tan sincero como había sido. Era solamente… aproximadamente a los veinte minutos de sesión se había derrumbado y su mano había empezado a garabatear y no había sido capaz de parar una vez que la historia había empezado.
Cerró los ojos y trató de recordar el aspecto de aquel hombre que lo había arrinconado. Sólo una imagen vaga vino a la memoria, pero recordó el cuchillo claramente. Había sido de cinco pulgadas, un estilete de doble cara con un punta aguda como un grito.
Desplazó el índice sobre la tecla del ratón en el ordenador portátil y el salvapantallas de Windows XP parpadeó. La cuenta de su correo electrónico tenía un mensaje nuevo. De Sarelle. Lo leyó tres veces antes de intentar responder.
Al final, le contestó: ¡Eh!, Sarelle. Mañana por la noche no me viene bien. Lo siento. Volveré contigo en otra ocasión. TTYL, John.
Realmente… no quería verla otra vez. Ni siquiera para un ratito, en cualquier caso. No quería ver a ninguna hembra excepto a Wellsie, Mary, Beth y Bella. No iba a haber nada remotamente sexual en su vida hasta que aceptara lo que le habían hecho hacía casi un año.
Salió de Hotmail y abrió un documento nuevo en Microsoft Word.
Descansó los dedos sobre el teclado durante sólo un momento. Y luego comenzaron a volar.

No hay comentarios: