lunes, 16 de mayo de 2011

AMANTE DESPIERTO/CAPITULO 37 38 39



Rehvenge merodeaba por la casa, yendo de habitación en habitación andando impacientemente. Su campo visual era rojo, sus sentidos vivos, el bastón fue abandonado horas atrás. Con no más frío que de costumbre, se había deshecho del jersey de cuello alto, colgando las armas sobre su piel desnuda. Sentía todo el cuerpo, regodeándose con todo el poder de sus músculos y huesos. Y allí había también otras cosas. Cosas que no había experimentado en...
Dios, había pasado una década desde que se dejara llevar tan lejos, y por eso fue manipulado, un retroceso deliberado en la locura, se sintió con el control... lo cual probablemente era una falacia peligrosa, pero no le importaba una mierda. Se había... liberado. Y quería luchar contra el enemigo con una desesperación que era completamente sexual.
También estaba frustrado como el demonio.
Se asomó por una de las ventanas de la biblioteca. Había dejado bien abierta la puerta principal, para alentar a las visitas. Nada. Nada. Cero.
El reloj del abuelo sonó doce veces.
Había estado tan seguro de que el lesser se mostraría, pero nadie atravesó la puerta, o subió el camino hacia la casa. Y según las cámaras de seguridad de la periferia, los coches que habían pasado por la calle eran sólo los autóctonos del vecindario: varios Mercedes, un Maybach, algunos Lexus SUV, cuatro BMW.
Malditos. Quería a ese asesino, lo suficientemente mal para gritar, y el deseo de luchar, para vehngar a su familia, proteger su territorio, tenía sentido. Su linaje descendía de la elite de guerreros por parte de su madre, y la violencia estaba arraigada en él; siempre la tuvo. Añadiendo a su naturaleza la cólera por lo de su hermana y el hecho que había tenido que sacar urgentemente a su mahmen de la casa en plena jodida luz del día, era como un barril de pólvora.
Pensó en la Hermandad. Habría sido un buen candidato, si lo hubieran reclutado antes de su transición... ¿Excepto qué quien infiernos sabía ya lo que ellos hacían? Habían pasado a la clandestinidad cuando la civilización vampiro se desmoronó, convirtiéndose en ese enclave escondido, protegiéndose a ellos mismos más que a la raza que habían jurado defender.
Demonios, no ayudaba el pensar que si ellos hubieran estado más atentos en su trabajo y menos en sí mismos podían haber impedido el secuestro de Bella. O encontrarla de inmediato.
Una nueva ráfaga de cólera lo atravesó, continuó paseando por la casa con un patrón aleatorio, asomándose a las ventanas y puertas, comprobando los monitores. Finalmente decidió que la espera sin propósito era una tontería. Iba a perder el juicio vagando por allí toda la noche, y tenía negocios que atender en el centro. Si conectaba las alarmas y ellos las hacían saltar, podría materializarse en un parpadeo.
Cuando llegó a su habitación, fue hacia el armario y se detuvo enfrente del armario cerrado al fondo. Ir a trabajar sin medicarse no era una opción, incluso si significaba tener que utilizar una pistola en vez de un mano a mano con el lesser si el bastardo aparecía.
Rehv sacó un vial de dopamina así como una jeringuilla y un torniquete. Cuando preparó la aguja y envolvió la goma alrededor de su antebrazo, clavó los ojos en el claro fluido que estaba a punto de introducir en sus venas. Los charlatanes habían mencionado que con esa clase de dosis tan alta, la paranoia era un efecto secundario en algunos vampiros. Y Rehv había duplicado la prescripción desde... Jesús, desde que Bella había sido raptada. Entonces quizás se había vuelto loco.
Pero entonces pensó en la temperatura del cuerpo de esa cosa que se había parado enfrente de las puertas. Con cincuenta grados no estaba vivo. No los humanos.
Se inyectó esperando hasta la recuperar la visión y el cuerpo. Entonces se abrigó bien, agarró el bastón y salió.


Zsadist estaba al acecho en ZeroSum, completamente consciente de la preocupación silenciosa de Phury surgiendo amenazadoramente tras él como una niebla húmeda. Buena cosa, encontró que su gemelo era fácil de ignorar, o toda esa desesperación le habría dejado seco.
Débil. Estás tan débil.
Sip, bien, tendría que ocuparse de eso. 
—Dame veinte minutos —le dijo a Phury—. Luego te reúnes conmigo en el callejón.
Sin perder tiempo. Escogió a una puta humana que tenía el pelo recogido en un moño, le dio doscientos dólares, y prácticamente la empujó fuera del club. No parecía preocupada por su cara, su tamaño o por la manera en que la llevaba. Tenía la vista perdida, estaba tan colocada.
Cuando estuvieron en el callejón, reía demasiado alto.
—¿Cómo lo quieres? —dijo, haciendo un pequeño baile en sus altísimos talones. Tropezó, entonces puso las manos sobre su cabeza y se desperezó en el frío—. Me parece que rudo. Lo cual está bien para mí.
La volteó de cara a los ladrillos y la sujetó en el lugar por la nuca. Cuando rió nerviosamente y fingió luchar, la dominó, pensando en las innumerables humanas que había chupado durante años. ¿Cuan limpias habría dejado sus memorias? ¿Se despertaban con pesadillas sobre él cuando su subconsciente se removía?
Adicto, pensó. Era un adicto. Igual que la Mistress.
La única diferencia era, que él no tenía elección.
¿O sí? Podía haber usado a Bella esta noche, ella lo deseaba. Pero si no se alimentaba de ella, era sólo porque iba a ser más duro para ambos el dejarla marchar. Y hacia allí se dirigían.
Ella no quería ser vehngada. No podría descansar mientras ese lesser ocupara un espacio en la tierra...
Más que eso, no podía soportar mirar a Bella destruyéndose tratando de amar a un macho que no le convenía. Tenía que obligarla a alejarse de él. Quería que estuviera feliz y a salvo, quería mil años suyos despertándose con una tranquila sonrisa en su cara. La quería bien emparejada, con un macho del que pudiera sentirse orgullosa.
A pesar de la unión que tuvo con ella, quería que conociera más alegría de la que tendría con él.
La prostituta se contoneó.
—¿Lo haremos o qué, papito? Porque estoy algo excitada.
Z descubrió los colmillos y levantó la cabeza, preparándose para el golpe.
—!Zsadist... no!
La voz de Bella vino a su cabeza. Estaba de pie en medio del callejón, a unos quince pasos aproximadamente. Sus ojos estaban horrorizados, la boca abierta.

—No —dijo roncamente—. No… lo hagas.
Su primer impulso fue llevarla de vuelta a la maldita casa y gritarle por salir. El segundo fue que tenía la oportunidad de cortar los lazos entre ellos. Sería una maniobra quirúrgica, con mucho dolor involucrado, pero ella se curaría de la amputación. Aunque él no.
La puta miro por encima, entonces rió, un gorgorito alto y feliz.
—¿Va a mirar? Porque eso te costará cincuenta pavos más.
Bella se puso la mano en la garganta cuando Zsadist sujetó a la humana entre su cuerpo y la pared de ladrillos del edificio. El dolor en su pecho era tan grande que no podía respirar. Verlo tan cerca de otra hembra... una humana, una prostituta además... ¿y con el propósito de alimentarse? ¿Después de todo lo que habían compartido la noche anterior?
—Por favor —dijo—. Utilízame. Tómame. No hagas esto —giró a la hembra hasta que quedaron frente a frente, entonces colocó un brazo a través del pecho de la mujer. La prostituta rió y se onduló contra él, restregando su cuerpo en el suyo, las caderas moviéndose en un sinuoso serpenteo.
Bella tendió las manos en el aire helado.
—Te amo. No tuve la intención de insultarte frente a los Hermanos. Por favor, no hagas esto en represalia.
Los ojos de Zsadist miraron los suyos. El sufrimiento se proyectaba en ellos, una absoluta desolación, pero dejó al descubierto sus colmillos... entonces los hundió en el cuello de la mujer. Bella chilló mientras él tragaba, la hembra humana reía otra vez con un sonido rítmico y salvaje.
Bella se tambaleó hacia atrás. Mientras sus ojos no se apartaron de los de ella, incluso cuando reposicionó el mordisco y bebió más. Incapaz de mirar ni un minuto más, se desmaterializó en el único lugar en el que podría pensar.
La casa de su familia.




—Rehvenge quiere verte.
Phury miró por encima del vaso de agua con gas que había pedido. Uno de los enormes gorilas de ZeroSum se dirigía él, el Moro rezumaba una silenciosa amenaza.
—¿Por alguna razón en especial?
—Usted es un cliente importante.
—Entonces debería dejarme solo.
—¿Eso es un no?
Phury arqueó una ceja.
—Sip, eso es un no.
El Moro desapareció y regresó con refuerzos, dos tipos tan grandes como él.
—Rehvenge quiere verle.
—Sip, ya me lo dijiste.
—Ahora.
La única razón por la que Phury se deslizó fuera de la cabina fue que el trío parecía preparado para llevárselo a la fuerza, y no necesitaba la clase de atención que vendría cuando los golpeara.
Al instante en que entró en la oficina de Rehvenge, supo que el varón estaba de un peligroso estado de ánimo. No es que eso fuera nuevo.
—Dejadnos —murmuró el vampiro desde atrás de su escritorio.
Cuando la habitación quedó vacía, se sentó de nuevo en la silla, astutos ojos violetas. El instinto hizo que Phury moviera con cuidado una mano a su espalda, cerca de la daga que llevaba en el cinturón.
—He estado pensando sobre nuestro último encuentro —dijo Rehvenge, haciendo un templo con los largos dedos. La luz sobre él resaltaba los pómulos altos, la dura mandíbula y los anchos hombros. Se había recortado la cresta, la negra franja no tenía más de dos pulgadas en su cráneo—. Bien... he estado pensando sobre el hecho de que conoces mi pequeño secreto. Me siento expuesto.
Phury permaneció en silencio, preguntándose a dónde infiernos conduciría todo eso.
Revhenge empujó hacia atrás su silla cruzando las piernas, el tobillo en la rodilla. Involuntariamente se le abrió el caro traje, revelando un amplio pecho.
—Puedes imaginarte cómo me siento. Cómo me tiene.
—Prueba algún Imbien. Eso te pondrá fuera de combate.
—O puedo encender un montón de humo rojo. Cómo tú, ¿no? —El macho se pasó una mano sobre la cresta, curvó los labios en una taimada sonrisa—. Bien, realmente no me siento seguro.
Qué mentira. El tipo se mantenía rodeado de Moros que eran tan listos como mortíferos. Y era definitivamente alguien que se podría defender por sí mismo. Además, los sympath tenían ventajas en un conflicto que nadie más tenía.
Rehvenge dejó de sonreír.
—Estaba pensando que quizás podrías admitir tu secreto. Entonces estaríamos empatados.
—No tengo ninguno.
—Tonterías... Hermano —la boca de Rehvenge se curvó de nuevo en las esquinas, pero sus ojos eran de un frío púrpura—. Porque eres un miembro de la Hermandad. Tú y esos grandes machos que vienen aquí. Uno con perilla que se bebe mi vodka. El tipo con la cara destrozada que chupa a mis putas. No sé que decir del humano que siempre va contigo.
Phury miró dura y fijamente a través del escritorio.
—Estás violando todas las costumbres sociales que tiene nuestra especie. Pero de todas formas, ¿por qué esperaría un buen comportamiento de un traficante de drogas?
—Y los adictos siempre mienten. Entonces la pregunta fue inútil, ¿no?
—Ve con cuidado, amigo —dijo Phury en voz baja.
—¿O tú qué? Estás diciendo que eres un Hermano, entonces ¿mejor me pongo en forma antes de que me hagas daño?
—La salud nunca debería ser dada por supuesta.
—¿Por qué no lo admites? ¿O los Hermanos tenéis miedo que se rebele la raza a la que están fallando? ¿Estáis escondiéndoos de todos nosotros a causa del trabajo de mierda que estáis haciendo últimamente?
Phury se marchó.
—No sé de lo que me estás hablando.
—Sobre el humo rojo —la voz de Rehvenge fue cortante como un cuchillo—. Justamente me he quedado sin él.
Un destello de ansiedad se apretó en el pecho de Phury. Miró sobre su hombro.
—Hay otros traficantes.
—Diviértete encontrándolos.
Phury puso la mano en la manija. Cuando no giró, volvió la mirada a través de la habitación. Rehvenge le observaba, tranquilo como un gato. Atrapándolo en la oficina contra su voluntad.
Phury apretó con fuerza y tiró, rompiendo enseguida la pieza de latón. Cuando la puerta se abrió colgando, lanzó la manija sobre el escritorio de Rehvenge.
—Creo que vas a tener que arreglar esto.
Dio dos pasos antes que una mano le agarrara el brazo. La cara de Rehvenge era dura como una piedra, así como su agarre. Con el parpadeo de un ojo violeta, algo destelló entre ellos, algún tipo de cambio... una corriente.
De la nada, Phury sintió una marea abrumadora de culpabilidad, como si alguien hubiera levantado la tapa de sus más profundas preocupaciones y miedos por el futuro de la raza. Tenía que responder a eso, no podía soportar la presión.
De repente, se encontró a sí mismo hablando rápidamente.
—Vivimos y morimos por nuestro pueblo. La especie es nuestra primera y única preocupación. Peleamos cada noche y contamos las jarras de los lessers que matamos. El sigilo es la manera en que protegemos a los civiles. Cuanto menos sepan sobre nosotros, más seguros están. Eso es por lo que desaparecimos.
Tan pronto como dijo esas palabras, maldijo.
Maldito, nunca puedes confiar en un symphath, pensó. O los sentimientos que tienes mientras estás entre ellos.
—Suéltame, comedor de pecados —rechinó los dientes—. Y deja de joderme la cabeza.
El duro agarre se disolvió y Rehvenge se inclinó un poco, una medida de respeto que fue una conmoción.
—Bien, cómo sabes, guerrero. Un cargamento de humo rojo acaba de llegar.
El varón pasó rozando y caminó lentamente en la multitud, la cresta, los anchos hombros, su aura se perdía entre las personas de cuyas adicciones él se alimentaba.


Bella tomó forma delante de la casa familiar. Las luces exteriores estaban apagadas, lo cual era extraño, pero estaba llorando, así es que de cualquier forma no era que viera mucho. Pasó dentro desactivando la alarma, y entró en el vestíbulo.
¿Cómo podía Zsadist hacerle esto? Con lo que dolía, él bien pudo tener sexo con ella. Dios, siempre había sabido que sería cruel, pero eso había sido demasiado, incluso para él...
Salvo que no fuera en represalia por el desaire social, ¿no? No, eso era demasiado mezquino. Sospechaba que había mordido a esa humana como una declaración de ruptura. Porque quería enviarle un mensaje, un total e inconfundible mensaje de que Bella no era bienvenida en su vida.
Bien, pues funcionó.
Deshinchada, derrotada, miró alrededor del vestíbulo. Todo estaba igual. El empapelado azul seda, el suelo de mármol negro, la centelleante araña en lo alto. Era cómo retroceder en el tiempo. Había crecido en esta casa, el último bebé que su madre había dado a luz, la hermana mimada de un hermano que la quería, la hija de un padre que nunca conoció.
Espera un minuto. Estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.
—¿Mahmen? ¿Lahni? —silencio. Se enjugó las lágrimas—. ¿Lahni?
¿Dónde estaba el doggen? ¿Y su madre? Sabía que Rehv estaría fuera haciendo lo que fuera que hacía durante las noches, no esperaba verlo. Pero los otros siempre estaban en casa.
Bella caminó hacia el hueco de la escalera y gritó.
¿Mahmen?
Subió arriba y corrió hacia la habitación de su madre. Las sábanas de la cama estaban tiradas, todo revuelto... algo que el doggen normalmente no habría consentido. Con un sentimiento de temor bajó al vestíbulo hacia el cuarto de Rehvenge. La cama también estaba desaliñada, las sábanas de Frette y los montones y montones de edredones de piel que siempre utilizaba arrojados a un lado. El desorden era insólito.
La casa no era segura. Era por eso que Rehv había insistido que se quedara con la Hermandad.
Bella corrió por el pasillo y bajó las escaleras. Necesitaba estar fuera para desmaterializarse, porque las paredes de la mansión estaban revestidas de acero.
Salió rápidamente por la puerta... sin saber donde ir. Tampoco conocía la dirección de la casa refugio de su hermano, y era allí dónde estarían su mahmen y el doggen. No podía perder tiempo llamándole, ni en la casa.
No tenía elección. Tenía el corazón roto, estaba enojada, exhausta y la idea de regresar a la mansión de la Hermandad lo hacía peor. Pero no era estúpida. Cerró los ojos y regresó a la mansión de los Hermanos.


Zsadist terminó rápidamente con la puta, luego rastreó a Bella. Porque su sangre estaba en ella, podía sentir su materialización en algún lugar hacia el sur este. Trianguló su destino en el área de Bellman Road y la Avenida Thorne: un barrio muy lujoso. Obviamente había ido a su casa.
Sus instintos se encendieron, porque la llamada de su hermano había sido demasiado extraña. Las posibilidades eran, que algo iba mal allí. ¿Por qué si no quería el varón que se quedara con la Hermandad después de haber estado a punto de condenarla a la sehclusion?
Justo cuando Z iba a ir a por ella, la sintió viajar otra vez. Esta vez aterrizó fuera de la mansión de la Hermandad. Y se quedó allí.
Gracias a Dios. De momento no tenía que preocuparse por su seguridad.
De repente, la puerta lateral del club se abrió, y Phury salió viéndose decididamente adusto.
—¿Te has alimentado?
—Sip.
—Entonces deberíamos ir a casa y esperar a que la fuerza nos golpee.
—Ya lo ha hecho —en cierto modo.
—Z.
Phury paró de hablar, y ambos giraron rápidamente las cabezas hacia la calle Trade. Hacia la entrada del callejón, tres hombres canosos vestidos de negro andaban en formación de uno. Los lessers se quedaron mirando fijamente como si hubieran encontrado un blanco acercándose a él.
Sin decir una palabra, Z y Phury salieron en silenciosa carrera, moviéndose ligeramente a través de la nieve recién caída. Luego llegaron a la calle Trade y giraron, los lessers no habían encontrado a ninguna víctima pero se reunieron con otro grupo... dos de los cuales tenían el pelo castaño.
Z puso la palma en la empuñadura de una daga y dirigió los ojos en el par con las cabezas oscuras. Querida Virgen del Fade, haz que uno de ellos sea el que estaba buscando.
—Contrólate, Z —siseó Phury mientras sacaba el móvil—. Permanece quieto voy a pedir refuerzos.
—Qué te parece llamar... —desenfundó la daga—mientras mato.
Z salió, manteniendo el cuchillo en el muslo, porque era un área de alta-exposición con humanos alrededor.
Los lesser lo vieron inmediatamente, y se dividieron en postura de ataque, con las rodillas dobladas, los brazos arriba. Para acorralar a los bastardos, corrió en un gran círculo alrededor, y ellos siguieron su movimiento, dando la vuelta, uniéndose en triángulo frente a él. Cuando volvió a las sombras, lo siguieron como una unidad.
Después que la oscuridad se los tragara a todos, Zsadist levantó en alto su daga negra, descubrió los colmillos, y atacó. Rogaba como el infierno que cuando el violento baile y canción acabaran uno de los lessers con cabellos oscuros tuviera las raíces blancas.




El amanecer llegó justo cuando U se acercaba a la cabaña y abría la puerta. Frenó mientras entraba, saboreando el momento. El cuartel general era suyo. Se había convertido en el Fore-lesser. O ya no lo era.
U no podía creer que hubiera ido y lo hubiera hecho. No podía creer que hubiera tenido las pelotas para pedirle a Omega un cambio de líder. Y en realidad no podía creer que el maestro hubiera estado de acuerdo con él y llamara a O a casa.
El liderazgo no estaba en la naturaleza de U, pero no veía que tuviera otra opción. Después de todo lo que había ocurrido ayer con los Betas granujas, los arrestos y las insurgencias, la anarquía total entre los asesinos se avecinaba rápida y dura. Entretanto, O estaba en la cima sin hacer nada. Incluso parecía molesto de tener que cumplir con su trabajo.
U estaba entre la espada y la pared. Había pertenecido a la Sociedad durante casi dos siglos, y maldita sea si veía que la cosa se convertía en una confederación desorganizada de chapuceros, desperdigados asesinos a sueldo que ocasionalmente iban tras los vampiros. Por el amor de Dios, habían olvidado cual se suponía era su blanco, y habían pasado tres jodidos días desde que O había dejado deslizar las cosas.
No, la Sociedad debía ser conducida a tener un objetivo, con mano dura durante un tiempo. Así es que O tuvo que ser remplazado.
U se sentó en la basta mesa y encendió el portátil. La primera cosa sobre la mesa era convocar una asamblea general y hacer alarde de fuerza. Eso era la única cosa que O había hecho bien. Los otros lessers le habían temido.
U confeccionó una lista de Betas para encontrar a uno para sacrificar, como ejemplo, pero antes de ir tan lejos, fue inmediatamente informado de unas desagradables noticias de última hora. La noche anterior una sangrienta pelea había tenido lugar en el centro. Dos miembros de la Hermandad contra siete asesinos. Afortunadamente, parecía que los dos Hermanos habían sido heridos. Pero sólo uno de los lessers había sobrevivido, por lo que habían perdido más miembros de la Sociedad.
Amigo, el reclutamiento iba a ser importante. ¿Pero cómo diantre iba a encontrar tiempo? Primero tenía que tomar las riendas.
U se frotó los ojos, pensado en el trabajo que tenía por delante.
Bienvenido al trabajo de Fore-lesser, pensó mientras empezaba a marcar en el móvil.


Bella miró encolerizada a Rhage, sin importarle que ese macho tuviera ciento cincuenta libras y ocho pulgadas más que ella.
Desafortunadamente, al Hermano no parecía importarle que estuviera cabreada. Y no se movió de la puerta que bloqueaba.
—Pero quiero verle.
—Ahora no es el mejor momento, Bella.
—¿Cuan serio es el daño?
—Estas son cosas de la Hermandad —dijo Rhage suavemente—. Olvídate de ello. Te haremos saber qué pasa.
—Oh, seguro que lo haréis. Igual que cuando me dijisteis que estaba herido. Por el amor de Dios, tuve que enterarme por Fritz.
En ese momento, la puerta se entreabrió.
Zsadist estaba más serio de lo que alguna vez lo había visto, y estaba gravemente marcado. Uno de sus ojos estaba hinchado y cerrado, un labio partido, y llevaba el brazo en un cabestrillo. Pequeños cortes aleatorios estaban por todo su cuello y cráneo, como si hubiera saltado sobre guijarros o algo por el estilo.
Mientras ella hacía una mueca de dolor, él la miró de arriba a abajo. Los ojos brillaron intermitentes del negro al amarillo, pero entonces miró hacia Rhage hablándole rápidamente.
—Finalmente Phury descansa —inclinó la cabeza hacia Bella—. Si ha venido a sentarse a su lado, déjala. Se relajará con su presencia.
Zsadist se dio la vuelta. Mientras caminaba por el vestíbulo cojeaba, la pierna izquierda renqueaba tras él como si su muslo no estuviera bien.
Con una maldición Bella fue tras él, si bien ella no tenía ni idea de por qué se tomaba la molestia. No quería aceptar nada de ella, ni su sangre, ni su amor... ciertamente no su simpatía. No quería ninguna maldita cosa de ella.
Bien, excepto su marcha.
Antes de que lo alcanzara, Zsadist se detuvo abruptamente y miró hacia atrás.
—¿Si Phury necesita alimentarse, le dejarás tomar tu vena?
Ella se quedó helada. No sólo bebía de otra, si no que le resultaba fácil compartirla con su gemelo. Un polvo cualquiera, nada especial. Jesús, ¿estaba ella tan disponible? ¿Nada de lo que compartieron había significado algo para él?
—¿Le dejarás? —Los ojos recién amarillos de Zsadist se estrecharon en su cara—. ¿Bella?
—Sí —dijo en voz baja—. Cuidaré de él.
—Gracias.
—Creo que ahora mismo te desprecio.
—Ya era hora.
Giró sobre sus talones, preparada para ir andando hacia la habitación de Phury, cuando Zsadist le dijo suavemente.
—¿Ya tienes el periodo?
Oh, fenomenal, otro bochorno. Quería saber si la había dejado embarazada. Le aliviaría sin duda cuando oyera las buenas noticias.
Lo miró sobre el hombro.
—He tenido calambres. No tienes que preocuparte por nada.
Él asintió.
Antes de que pudiera irse, le pinchó.
—Dime algo. Si estuviera embarazada, ¿te emparejarías conmigo?
—Te proveería a ti y a tu bebé hasta que otro macho lo hiciera.
—Mi bebé... ¿como si no fuera la mitad tuyo? —cuando no respondió, ella le empujó—. ¿No lo reconocerías?
Su única respuesta fue cruzar los brazos sobre el pecho.
Ella negó con la cabeza.
—Cielos... realmente eres frío hasta la médula, ¿no?
La miró fijamente durante mucho tiempo.
—Nunca te he pedido nada, ¿no?
—Oh, no. Nunca lo has hecho —dejó escapar una fuerte risa—. Dios te prohíbe que seas accesible por eso.
—Cuida de Phury. Lo necesita.
—Tú también.
—No me desafíes diciéndome lo que necesito.
Sin esperar respuesta marchó por el vestíbulo hacia la puerta de Phury, empujó fuera a Rhage, y se encerró con el gemelo de Zsadist. Estaba tan cabreada que le tomó un segundo darse cuenta que estaba oscuro y que la habitación olía como el humo rojo, un delicioso y chocolateado perfume.
—¿Quién hay? —dijo Phury roncamente desde la cama.
Se aclaró la garganta.
—Bella.
Un desigual suspiro se levantó en el aire.
—Hola.
—Hola. ¿Cómo te encuentras?
—Francamente animado, gracias por preguntar.
Sonrió un poco hasta que llegó a su altura. Con la visión nocturna, observó que estaba tumbado sobre las mantas, llevando sólo un par de bóxers. Llevaba una gasa alrededor de su barriga y estaba cubierto de magulladuras. Y… Oh, Dios… su pierna.
—No te preocupes —dijo secamente—. No he tenido ese conjunto de pie y espinilla desde hace un siglo. En realidad estoy bien. Simplemente algún daño estético.
—¿Entonces por qué llevas esa venda como una faja?
—Me hace el culo más pequeño.
Ella rió. Lo había esperado medio muerto, y lucía como si hubiera estado en un infierno de pelea. Pero no estaba a las puertas de la muerte.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Tengo un golpe en el costado.
—¿Con qué?
—Con un cuchillo.
Ahora, eso la hizo tambalearse. Quizás sólo parecía bien.
—Estoy bien, Bella. Honestamente. Con otras seis horas estaré en condiciones de salir. —Hubo un corto silencio—. ¿Qué está pasando? ¿Estás bien?
—Sólo quería ver como estabas.
—Bien… estoy bien.
—Y, ah… ¿necesitas alimentarte?
Se tensó, luego abruptamente alcanzó la colcha colocándola sobre las caderas. Ella se preguntó por qué estaba actuando como si tuviera algo que esconder… Oh, vale. Guau.
Por primera vez lo examinó como un macho. Realmente era hermoso, con ese primoroso y exuberante pelo, esa cara clásicamente guapa. Su cuerpo era espectacular, cubierto con el tipo de músculo duro del que su gemelo carecía. Pero no importaba cuan bien parecido fuera, no era el macho para ella.
Era una lástima, pensó. Para ambos. Dios, cómo odiaba el lastimarle.
—¿Lo necesitas? —dijo—. ¿Necesitas alimentarte?
—¿Te estás ofreciendo?
Ella tragó.
—Sí. Lo hago. ¿Querrías… puedo darte mi vena?
Una oscura fragancia se extendió por la habitación, tan penetrante que eclipsó el aroma del humo rojo: el olor era el denso y rico perfume del hambre de un macho. El hambre de Phury por ella.
Bella cerró los ojos rogando que si la aceptaba, pudiera pasar por ello sin llorar.


Mientras el sol se ponía más tarde en ese día, Rehvenge se quedó mirando las telas del funeral que colgaban del retrato de su hermana. Cuando sonó el teléfono miró el identificador de llamadas y lo abrió.
—¿Bella?
—Cómo sabes...
—¿Qué eres tú? Número difícil de rastrear —imposible de rastrear, si este teléfono no puede localizar la fuente. Al menos ella todavía estaba a salvo en el recinto de la Hermandad, pensó. Donde quiera que estuviera—. Me alegro de que llames.
—Ayer noche fui a casa.
La mano de Rehv aplastó el teléfono.
—¿Ayer noche? ¡Qué diablos! No quería que vinieras…
Los sollozos provenían del teléfono, grandes y miserables sollozos. El sufrimiento silenció sus palabras, su cólera y aliento.
—¿Bella? ¿Qué pasa? ¿Bella? ¡Bella! Oh, Jesús… ¿Alguno de esos Hermanos te ha herido?
—No —aspirando profundamente—. Y no me grites. No lo puedo soportar. He terminado contigo y los gritos. Ni uno más.
Inspiró profundamente, midiendo su temperamento.
—¿Qué ha pasado?
—¿Cuándo puedo volver a casa?
—Habla conmigo
El silenció se alargó entre ellos. Claramente su hermana ya no confiaba en él. Mierda… ¿La podía culpar?
—Bella, por favor. Lo siento… habla conmigo. —Cuando no hubo respuesta, dijo—. He… —se aclaró la garganta—. ¿He estropeado tanto las cosas entre nosotros?
—¿Cuándo puedo volver a casa?
—Bella...
—Respóndeme, hermano mío.
—No lo sé.
—Entonces quiero ir a la casa de seguridad.
—No puedes. Te lo dije hace tiempo, si hay un problema, no quiero que tú y mahmen estéis en el mismo lugar. Ahora, ¿por qué quieres irte de allí? Hace sólo un día que no querías ir a ningún otro lugar.
Hubo una larga pausa.
—He terminado el celo.
Rehv sintió el aire escapar de los pulmones y quedar atrapado en la cavidad del pecho. Cerró los ojos.
—¿Has estado con uno de ellos?
—Sí.
Sentarse era una maldita buena idea ahora, pero no había ninguna silla cerca. Se apoyó en el bastón y se arrodilló en la alfombra Aubusson. Enfrente de su retrato.
—¿Estás… bien?
—Sí.
—Y él te ha reclamado.
—No.
—¿Perdón?
—No me quiere.
Rehv dejó al descubierto los colmillos.
—¿Estás embarazada?
—No.
Gracias a Dios.
—¿Quién fue?
—No lo diría aunque me fuera la vida, Rehv. Ahora, quiero marcharme de aquí.
Cristo… Ella en pleno celo en un recinto lleno de varones… lleno de guerreros con profundos deseos. Y el Rey Ciego… mierda.
—Bella, dime que sólo fue uno. Dime que fue sólo uno y que no te hizo daño.
—¿Por qué? Porque, ¿tienes miedo de tener a una mujerzuela por hermana? ¿Asustado de que la glymera me rechace otra vez?
—Que se joda la glymera. Es porque te quiero… y no soportaría pensar que estás siendo usada por los hermanos mientras estás tan vulnerable.
Siguió una pausa. Cómo él esperaba, la garganta le ardía tanto que se sentía como si se hubiera tragado una caja de chinchetas.
—Sólo fue uno, y lo amo —dijo—. También puedes saber que me dio a escoger entre él o ser arrastrada en la inconsciencia. Le escogí. Pero nunca te diré su nombre. Francamente no quiero hablar de él nunca más. Ahora, ¿cuándo puedo volver a casa?
Vale. Eso está bien. Al menos la podría sacar de allí.
—Sólo déjame encontrar un sitio seguro. Llámame en treinta minutos.
—Espera, Rehvenge, quiero que anules la petición de aihslamiento. Si haces eso, voluntariamente me someteré a los pormenores de seguridad cada vez que salga, si esto te hace sentir mejor. ¿Tenemos un trato?
Se puso las manos sobre los ojos.
—¿Rehvenge? Dices que me quieres. Pruébalo. Rescinde esa petición y prometo que trabajaremos juntos... ¿Rehvenge?
Dejó caer el brazo y alzó la mirada hacia su retrato. Tan bella, tan pura. La querría conservar así siempre si pudiera, pero ya no era una niña. Y había resultado ser mucho más resistente y fuerte de lo que él había imaginado. Para haber vivido lo que ella, para haber sobrevivido.
—De acuerdo… lo anularé.
—Te llamaré en media hora.

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