sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE ETERNO/CAPITULO 19 20 21

Capítulo 19


Estando de pie ante Mary, su memoria a su merced, Rhage se dijo que tenía que terminar el trabajo. Solo borrarlo como si fuera una mancha.
-Sí, ¿y cómo iba a  trabajar para ellos?
Había abandonado al menos a uno, tal vez a dos lessers vivos en el parque cuando había tenido que ir detrás de ella. Si aquellos sujetos pillaban su bolso y él solo podía imaginar que lo tenían, ella estaba en la mira. La Sociedad ya estaba secuestrando civiles que no sabían nada de la Hermandad: ella en realidad había sido vista con él.
¿Pero qué diablos iba a hacer ahora? No podía abandonarla sola en su casa porque su dirección estaría en su permiso de conducir y este sería el primer lugar al que los lessers irían. Llevarla a un hotel no era una opción,  porque no podía estar seguro de que ella se quedaría allí. No entendería por que tendría que mantenerse a distancia de su casa porque no recordaría el ataque.
Lo que él quería hacer es llevarla a la mansión, al menos hasta que pudiera calcular cómo manejar esta mierda de tormenta. El problema era que tarde o temprano alguien averiguaría que ella estaba en su cuarto y éstas no serían buenas noticias para nadie. Incluso si la orden de Tohr de borrarle la memoria no se mantenía en pie, los humanos estaban prohibidos en su mundo. Demasiado peligroso. Lo último que la Hermanad necesitaba  para la existencia de la raza y la secreta guerra con los lessers era hacerse público entre los Homo sapiens.
Sí, pero él era el responsable de la vida de Mary Y las reglas se pusieron para ser torcidas…
Tal vez podría conseguir que Warth le permitiera llevarla. La Shellan  de Wrath era medio humana y después de que los dos se habían unido, el Rey Ciego se había ablandado con especto el tema de las mujeres. Y Thor no podía anular al rey. Nadie podía.
Excepto  que mientras Rhage intentara presentar su caso, Mary tenía que ser mantenida a salvo.
Él pensó en su casa. Estaba  apartada del camino, entonces si un admirador de mierda venía a golpearla,  él podría defenderla sin tener que preocuparse mucho de la interferencia de la policía humana. Tenía muchas armas en su coche. Podría colocarla, protegerla si fuera necesario y llamar a Wrath.
Rhage liberó su mente, cortando su memoria solo después de que ellos hubiesen salido del coche. Ella no recordaría sus besos.
Qué, considerando todas las opciones, era una buena cosa. Condenación. La había empujado demasiado lejos, demasiado rápido y él casi se había rajado. Mientras su boca y su cuerpo estuvieron en ella, el zumbido se  había elevado a un grito. Especialmente cuando ella había tomado su palma y la había puesto entre sus muslos.
-¿Hal? –Mary lo miró con turbación.- ¿Qué pasa?
Él se sintió espantoso mientras examinaba sus grandes ojos y terminó de enterrar las imágenes en su mente. Había borrado la memoria de incontables mujeres humanas antes y nunca se lo había pensado dos veces. Pero con Mary, parecía que se llevaba algo de ella. Invadiendo su intimidad. Traicionándola.
Le pasó una mano por el  pelo, agarrando un mechón y deseando sacar la materia directamente de su cabeza. -¿Entonces prefieres que nos saltemos la cena y volvamos a tu casa?  Yo podría tomar  alguna cosa fría.
-Bueno, pero….siento como que hay alguna cosa que nosotros teníamos que hacer. –Ella se miró a si misma y comenzó a cepillar la hierba. –Considerando cómo había dejado esta falda cuando dejamos mi casa, probablemente no debería a parecer ante el público de todas formas. Sabes, pensaba que había limpiado el césped de….Espera un minuto, ¿dónde está mi bolso?
-Tal vez te lo dejaste en el coche.
-No, yo…Oh, Dios. –Ella comenzó a temblar de modo incontrolable, respirando rápidamente, superficialmente. Sus ojos frenéticos. –Hal, lo siento, yo….necesito…Ah, infiernos.
La adrenalina corría por todo su sistema. Su mente podía estar tranquila, pero su cuerpo todavía estaba inundado por el miedo.
-Ven aquí. –Dijo él, atrayéndola contra su cuerpo. –Déjame abrazarte hasta que esto pase.
Mientras le murmuraba, mantuvo sus manos al frente de manera que no encontraran la daga bajo su brazo o su Baretta nueve milímetros en su bolsillo trasero. Sus ojos precipitándose a su alrededor, buscando entre las sombras del parque a la derecha y el restaurante a la izquierda. Estaba desesperado por llevarla al coche.
-Me siento tan avergonzada. –Dijo ella contra su pecho. – No había tenido un ataque de pánico desde hacía mucho tiempo.
-No te preocupes por ello. –Cuando ella dejó de temblar, él se retiró. –Vamos.
La metió rápidamente en el GTO y se sintió mejor cuando se puso en marcha y salió del aparcamiento.
Mary miró todo alrededor del coche.
-Miércoles. Mi bolso no está aquí. Debo habérmelo dejado en casa. Hoy estoy algo olvidadiza. –Ella se recostó contra el asiento y buscó entre sus bolsillos. -¡Ajá! Al menos tengo mis llaves.
El viaje desde la ciudad fue rápido, tranquilo. Cuando aparcó el GTO delante de su casa, Mary escondió un bostezo y alcanzó la puerta. Él puso su mano en su brazo.
-Déjame ser un caballero y hacer esto por ti.
Ella sonrió y dejó caer la mirada como si no estuviera acostumbrada a que los hombres  la trataran con excesivos mimos.
Rhage salió. Mientras, olió el aire y  usó sus ojos y oídos para penetrar en la oscuridad. Nada. Un montón de nada.
Mientras caminaba alrededor de la zona trasera del coche, abrió el maletero, sacó un gran petate, e hizo una nueva pausa. Todo estaba tranquilo, incluyendo sus impulsivos sentidos.
Cuando le abrió la puerta a Mary, ella miró con el ceño fruncido lo que colgaba de su hombro.
Él sacudió la cabeza. –No creo que pase la noche o algo así. Solo he notado que la cerradura de mi maletero está rota y no quiero dejarlo tan desatendido. O a simple vista.
Maldición, odiaba mentirle. Literalmente le revolvió el estómago.
Mary se encogió y anduvo hasta la puerta delantera. –Debe haber algo  importante dentro de esa cosa.
Sí, tan sólo bastante potencia de fuego para aplanar un edificio de oficinas de diez pisos. Y esto todavía no era suficiente para protegerla.
Ella parecía algo torpe cuando abrió la puerta delantera y dio un paso hacia adentro. La dejó vagar por la habitación conectando las luces y trabajando con su nerviosismo, pero él estaba justo detrás de ella. Cuando la siguió, visualmente comprobó las puertas y las ventanas. Todas estaban cerradas. El lugar era seguro, al menos la planta baja.
-¿Quieres comer algo?-Le preguntó ella.
-Nah, estoy bien.
-Yo tampoco tengo hambre.
-¿Qué hay arriba?
-Um ...mi dormitorio.
-¿Quieres enseñármelo? –Él tenía que examinar el segundo piso.
-Tal vez más tarde. ¿De verdad quieres verlo? Er…ah…infiernos. – Ella se paró con inquietud y lo miró fijamente, con las manos en las caderas. –Voy a ser clara contigo. Nunca he tenido a un hombre en esta casa. Y estoy oxidada en lo de la hospitalidad.
Él dejó caer su petate. Incluso aunque él estuviera listo para la batalla y tenso como un gato, tenía bastante energía mental abandonada para ser debilitado por ella. El hecho de que otro hombre no hubiera estado en su espacio íntimo lo complacía tanto que su pecho cantó.
-Creo que estás haciéndolo bien. –Murmuró él. Él extendió la mano y le acarició la mejilla con el pulgar, pensando en lo que quería hacer con ella arriba en aquel dormitorio.
Inmediatamente su cuerpo comenzó a dar vueltas, una extraña quemazón condensándose a lo largo de su columna vertebral.
Él obligó a su mano a caer a un lado. –Tengo que hacer una rápida llamada telefónica. ¿Te importa si uso la parte de arriba para estar en privado?
-Desde luego. Voy a…esperarte aquí.
-No tardaré mucho.
Cuando corrió hacia su dormitorio, él sacó su teléfono móvil del bolsillo. La maldita cosa estaba agrietada, probablemente de una de las patadas de los lessers, pero aún marcaba. Cuando salió el buzón de voz de Wrath, le dejó un corto mensaje y rezó  como el infierno para que lo llamaran pronto.
Después de hacer una evaluación rápida de la zona de arriba, él volvió abajo. Mary estaba sobre un diván, las piernas recogidas debajo de ella.
-Entonces, ¿Qué vamos a ver? –Preguntó él, buscando caras pálidas en puertas y ventanas.
-¿Por qué miras alrededor de esta lugar como si fuera un callejón trasero?
-Lo siento. Un viejo hábito.
-Has debido de haber estado en una infernal unidad militar.
-¿Qué quieres ver?  –El se acercó a dónde estaban todos los DVDs alineados.
-Tú escoge. Yo iré a cambiarme con alguna cosa…..-Ella enrojeció. –Bien, para ser honesta, algo más cómodo. Y que no tenga hierba sobre ella.
Para asegurarse que ella estaba a salvo, la esperó al fondo de la escalera cuando ella se movió por su dormitorio. Cuando comenzó a bajar a la primera planta, él caminó hacia atrás hacia las estanterías.
Mirando la colección de películas supo que estaba en problemas. Había muchos títulos extranjeros, algunos sinceramente americanos. Un par de viejos éxitos como Algo para recordar. Casa –jodida-blanca.
Absolutamente nada  de Sam Raimi o Roger Corman ¿No había oído ella nada sobre la serie de Evil Dead? Espera, había una esperanza. Él sacó una funda. Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens. La clásica película de vampiros de German de 1922.
-¿Has encontrado algo que te guste? –Dijo ella.
-Sí. –La miró sobre su hombro
Oh,…hombre. Ella se había vestido para el amor, por lo que él se preocupó: El pijama de franela con estrellas y lunas estampadas sobre él. Una camiseta blanca. Mocasines blandos de ante.
Ella tiró del dobladillo de la camiseta, intentando bajarla más. –Pensé en ponerme unos vaqueros, pero estoy cansada y esto lo llevo en la cama….er, para relajarme. Ya sabes, nada de imaginación.
-Me gustas con todo ello. –Dijo él en voz baja. –Pareces estar cómoda.
Sí, al diablo con ello. Ella se veía comestible.
Una vez que tuvo la película y la hizo rodar, él cogió el petate, lo llevó hasta el diván y al final se sentó frente a ella. Se estiró, intentando fingir para su beneficio que cada músculo de su cuerpo no estaba tenso. La verdad era que estaba al límite. Entre la espera de que un lesser entrara a la fuerza, el rezar para que Warth llamara en cualquier momento y el deseo de besar  el camino hacia la parte interior de sus muslos, era un vivo y respirante cable de acero.
-Puedes poner los pies sobre la mesa, si quieres. –Dijo ella.
-Estoy bien. –Él se estiró y apagó la lámpara de su izquierda, esperando a que ella se durmiera. Al menos podría moverse y vigilar el exterior sin conseguir irritarla.
A los quince minutos de película, ella dijo. –Lo siento, pero me desvanezco aquí.
Él la miró. Su pelo abierto como un abanico sobre los hombros y enroscada sobre sí misma. Su luminosa piel un poco enrojecida por el parpadeo de la TV, sus párpados cerrados.
Así se vería ella cuando se despertaba por las mañanas, pensó él.
-Déjate ir, Mary. Voy a quedarme un poco más, ¿OK?
Ella se puso una suave manta de color crema sobre ella. –Sí, desde luego. Pero, um, Hal…
-Espera. ¿Por favor podrías llamarme por mi…otro nombre?
-Okey, ¿Cuál es?
-Rhage.
-Ella frunció el ceño. – ¿Rhage?
-Si.
-Ah, seguro. ¿Es como un apodo o algo así?
-Él cerró los ojos. –Sí.
-Bien. Rhage….gracias por esta noche. Por ser tan flexible, creo.
Él maldijo silenciosamente, pensando que ella debería cachetearlo en vez de sentirse agradecida. Él casi la había matado. Ahora ella era un objetivo de los lessers. Y  si ella supiese la mitad de las cosas que él le quería hacer a su cuerpo, ella probablemente se encerraría en el cuarto de baño.
-Está bien, ya sabes. –Murmuró ella.
-¿El qué?
-Sé que sólo quieres que seamos amigos.
¿Amigos?
Ella se rió con fuerza.-Me refiero, a que no quiero que  pienses que malinterpreté aquel beso cuando me recogiste. Sé que no era…ya sabes. De todas formas, no tienes que  preocuparte por mí obteniendo una  idea equivocada.
-¿Por qué  piensas que podría estar preocupado?
-Te sientas tieso como una tabla al otro lado del diván. Como si tuvieras miedo de que fuera a saltar sobre ti.
Él oyó un ruido fuera y sus ojos se dirigieron hacia la ventana de la derecha. Pero era solo una hoja que había volado hacia el cristal.
-No quería hacerte sentir torpe. –Soltó ella. –Sólo quería …..ya sabes, tranquilizarte.
-Mary, no se qué decir. –Por que la verdad la aterrorizaría. Y ya le había mentido bastante.
-No digas nada.-Probablemente no debería haberlo dicho. Todo lo que quería decir era, que estoy contenta de que estés aquí. Como un amigo. De verdad que me gustó el paseo en coche. Y me gusta caminar. No necesito más de ti, francamente. Tienes buen material de amigo.
Rhage hizo una respiración. En toda su vida adulta, nunca una mujer lo había llamado amigo. O valorado su compañía para otra cosa que no fuera el sexo.
En la Vieja Lengua, él le susurró. –No tengo palabras, mi mujer. Ningún sonido de mi boca es digno de tu oído.
-¿Qué lengua es esta?
-Mi lengua materna.
Ella asintió con la cabeza, considerándolo. –Es parecido al francés, pero no exactamente. Había algo de eslavo. ¿Tal vez húngaro o algo así?
Él cabeceó. –Básicamente.
-¿Qué has dicho?
-Me gusta estar aquí contigo, también.
Ella sonrió y dejó caer su cabeza.
Tan pronto como él supo que ella estaba fuera de juego, abrió el petate y verificó dos veces que las armas estuvieran cargadas. Entonces anduvo por la casa, apagando las luces. Cuando estuvo totalmente oscuro, sus ajustados ojos y sentidos se intensificaron aún más.
Exploró los bosques posteriores a la casa. Y el prado de la derecha. Y la gran granja a la distancia. Y la calle de enfrente.
Él escuchó, rastreando los pasos de los animales a través de la hierba y notando como el viento acariciaba las tablillas de madera del granero. Cuando bajó la temperatura de fuera, controló los crujidos de la casa, examinándolos, sondeando por si irrumpían. Merodeó alrededor, volviendo al cuarto, hasta que pensó que iba a explotar.
Comprobó su teléfono móvil. Estaba conectado, con el timbre activado. Y la cosa recibía la señal.
Él maldijo. Andando alrededor un poco más.
La película terminó. Él la comenzó en caso de que ella se despertara y quisiera saber por qué  aún estaba allí. Entonces dio otra vuelta alrededor de la primera planta.
Cuando estuvo en la parte de atrás de la sala de estar, se frotó la frente y sintió el sudor. Su casa estaba más caldeada de lo que estaba acostumbrado o tal vez solo estaba como una bomba. Por uno u otro camino, él tenía calor, entonces se quitó la chaqueta y puso sus armas y el teléfono móvil dentro del petate.
Cuando se enrolló las mangas, se puso de pie ante ella y la midió lentamente, incluso las respiraciones. Ella era muy pequeña sobre aquel diván, más pequeña aún para aquellos fuertes ojos grises de guerrero, ocultos tras los párpados y cejas. Se sentó a su lado y con cuidado cambió su cuerpo, para que  ella se recostara contra el pliegue de su brazo.
Al lado de su músculo, ella era diminuta.
Ella se revolvió, levantando su cabeza. -¿Rhage?
-Vuélvete a dormir. –Le susurró él, impulsándola contra su pecho. –Sólo deja que te sostenga. Es todo lo que voy a hacer.
Él absorbió su suspiro por su piel y cerró los ojos cuando su brazo se colocó alrededor de su cintura, su mano metida en su costado.
Tranquilo.
Todo estaba tranquilo. Tranquila la casa. Tranquilo fuera.
Tuvo el estúpido impulso de despertarla y colocarla de nuevo, entonces podría sentirla más fácilmente contra él una vez más.
En cambio, se concentró en su respiración, combinándolos y empujando sus propios pulmones como los de ella.
Tan….pacífico.
Y silencioso.


Capítulo 20


Cuando John Mattew dejó el Moe’s Diner, dónde trabajaba como ayudante de camarero, se preocupó por Mary. Ella había hecho un cambio el jueves en el teléfono rojo, lo cual era lago insólito, y  esperaba que estuviera esta noche.  Como eran las doce treinta, aún tenía media hora antes de que ella saliera, entonces estuvo seguro que la cogería. Asumiendo que se dejara ver.
Caminó tan rápido como pudo, cubrió los seis sucios bloques de apartamentos en aproximadamente diez minutos. Y aunque el viaje a casa no era nada especial, su edificio estaba lleno de diversión y juegos. Cuando pasó por la puerta principal, oyó a algunos hombres borrachos discutiendo, sus palabras mayores imprecisas, coloridas e inconsistentes. Una mujer gritó algo sobre el embate de la música. La hirviente respuesta masculina que ella obtuvo  fue del tipo que él asociaba con gente armada.
John pasó como un relámpago por el vestíbulo y subió las desconchadas escaleras, encerrándose en su estudio con manos rápidas.
Su espacio era pequeño y probablemente dentro de unos cinco años lo declararían en ruinas. Los pisos eran mitad de linóleo y la otra mitad moqueta, y las dos eran identidades ilegales. El linóleo estaba desgastado de manera que parecía que fuera a convertirse en una cosa a contra pelo y la moqueta se había puesto tan rígida que estaba más cerca  de a dura madera.
Las ventanas estaban opacas por la mugre, lo que en realidad era algo bueno, ya que así no necesitaba persianas. La ducha y el cuarto de baño funcionaban, pero el fregadero estaba obstruido desde el día que llegó. Había intentado que la cosa funcionara con algún Drano, pero cuando esto no funcionó, decidió no meterse con las tuberías. No tenía ningún interés en saber que habían empujado por aquella garganta.
Como él siempre hacía cuando llegaba a casa a los viernes, abrió una ventana y miró la calle a través de ella. Las oficinas del Teléfono Directo Para la Prevención del Suicidio estaban abiertas, pero Mary no estaba en el escritorio que normalmente usaba.
John frunció el ceño. Tal vez ella no se encontraba bien. Parecía bastante agotada cuando él había ido a su casa.
Mañana, decidió él, iría en bicicleta hasta dónde ella vivía comprobaría cómo estaba.
Dios, estaba tan contento por que finalmente tuvo el coraje de acercarse a ella. Había sido tan agradable, aún más en persona que por el teléfono. ¿Y ella conocía el ASL? ¿Cómo había sido destino?
Cerrando la ventana, se acercó a la nevera liberando la goma que mantenía la puerta cerrada. Dentro había cuatro paquetes de Ensure de vainilla. Sacó dos latas, luego estiró la goma hasta su lugar. Calculó que su apartamento era el único del edificio que no estaba infestado de bichos, y era solo por que no tenía ningún alimento de verdad a su alrededor. Su estómago no podía con esa materia.
Sentado sobre su colchón, se apoyó contra la pared. El restaurante había estado ocupado y le dolían horriblemente los hombros.
Cautelosamente bebió a sorbos desde el principio, esperando que su vientre lo dejara tranquilo esta noche, recogió de nuevo la revista Músculos y Salud que ya había leído dos veces.
Miró fijamente la portada. El tipo de enfrente tenía la piel bronceada, un paquete aumentado, relleno de bíceps, tríceps, pechos y abdominales. Para amplificar la apariencia del macho, tenía una hermosa muchacha con un bikini amarillo alrededor de él como una cinta.
John había estado leyendo sobre los levantadores de peso durante años y había ahorrado durante meses para comprar un pequeño juego de pesas. Trabajaba con el metal seis días a la semana. Y no tenía nada que lo demostrara. No importaba con la fuerza que las bombeara o como de desesperadamente quisiera ser más grande, no había aumentado ningún músculo.
Parte del problema era su dieta. Those Ensures era todo lo que podía tomar sin enfermar y ellos no tenían toneladas de calorías. El problema estaba relacionado con el alimento. Su genética era una puta. A la edad de veintitrés años, hacía  cinco pies y seis pulgadas, 102 libras. No tenía que afeitarse. No había ningún pelo sobre su cuerpo. Nunca había tenido una erección. 
Poco viril. Débil. Lo peor de todo, no cambiaba. Había tenido este tamaño y había sido así desde los últimos diez años.
La identidad repetitiva de su existencia lo cansaba, lo agotaba, lo vaciaba. Había perdido la esperanza de convertirse en un hombre y la aceptación de la realidad lo había envejecido. Sentía antiguo su pequeño cuerpo, como si su cabeza no perteneciera al resto de él.
Pero tenía algún descanso. Le gustaba dormir. En sus sueños se veía luchando, era fuerte, se sentía seguro, él era…un hombre. De noche, mientras sus ojos estaban cerrados, tenía una temible daga en su mano, un asesino que hacía lo que fuese por una noble razón, Y no estaba solo en su trabajo. Tenía la compañía de otros hombres como él, luchadores y hermanos, leales hasta la muerte.
Y en sus visiones, hacía el amor con mujeres, hermosas mujeres que hacían extraños sonidos cuando él entraba en sus cuerpos. A veces había más de una con él, y las tomaba con fuerza por que ellas lo querían así y él también lo quería. Sus amantes le agarraban el trasero, arañando su piel cuando se estremecían y se movían debajo de sus caderas que chocaban. Con rugidos de triunfo, él se dejaba ir, su cuerpo contrayéndose y resbalándose en el calor húmedo que ellas le ofrecían. Y después de que llegara, en conmocionantes actos de depravación, bebería su sangre y el frenesí salvaje dejaría las sábanas blancas, rojas. Finalmente cuando las necesidades pasaran y la furia y las ansias terminaran, las sostendría amablemente y lo contemplarían con satisfacción, adorando sus ojos. La paz y la armonía vendrían y serían bienvenidas como bendiciones.
Lamentablemente, se seguía despertando cada mañana.
En la vida real, no podía esperar derrotar o defender a alguien, no del modo que lo había construido. Y aún no había besado a una mujer. Nunca había tenido la posibilidad. El sexo contrario tenía dos reacciones: las más mayores lo trataban como a un niño y las más jóvenes miraban a través de él. Ambas respuestas le dolían, las mayores por que subrayaban su debilidad, las últimas por que le robaban cualquier esperanza de que encontraría alguien de quien ocuparse.
Cual era el por que quería a una mujer. Tenía la gran  necesidad de proteger, abrigar, guardar. Una llamada sin salida concebible.
Además, ¿qué mujer lo iba a querer? Era condenadamente flacucho. Sus vaqueros colgaban de sus piernas. Su camisa adjunta al pecho cóncavo que corría entre sus costillas y sus caderas. Sus pies eran del tamaño de un niño de diez años.
John podía sentir crecer su frustración, pero no sabía que era lo que le disgustaba. Seguro, le gustaban las mujeres. Y quería tocarlas por que su piel parecía tan delicada y olía tan bien. Pero no era como alguna vez se había despertado, incluso si se despertaba en medio de uno de sus sueños. Era un monstruo. Colgado en algún sitio entre un hombre y una mujer, ni lo uno ni lo otro. Un hermafrodita sin el equipo impar.
Una cosa era segura. Definitivamente no estaba con los hombres. Muchos de ellos habían ido detrás suyo durante años, empujando el dinero o las drogas o amenazándolo, intentando atraerlo a los cuartos de baño o a los coches. De algún modo, siempre lograba escaparse.
Bien, siempre hasta el invierno pasado. Allá por enero lo habían atrapado a punta de pistola en el hueco de la escalera del edificio anterior donde había vivido.
Después de esto, se había mudado y había comenzado a llevar pistola.
También había llamado al Teléfono Directo de Prevención del Suicidio.
Eso había sido hacía diez meses y él todavía no podía soportar sentir el tacto de los vaqueros contra su piel. Habría tirado los cuatro pares si se lo hubiera podido permitir. En cambio, había quemado los que llevaba aquella noche y se había aficionado a llevar calzoncillos largos bajo los pantalones, incluso en verano.
Pues no, no le gustaban los hombres.
Tal vez esa era otra de las razones por las que respondía así ante las mujeres. Sabía como se sentían, siendo un objetivo por que tenía algo que alguien más poderoso quería tomar de ellas.
No es que estuviera a punto de adherirse con alguien sobre su experiencia o alguna cosa. No tenía ninguna intención de compartir con nadie  lo que le había pasado en aquel hueco de aquella escalera. No podía imaginarse contándolo.
Pero Dios, ¿qué, si una mujer le preguntaba si había estado alguna vez con alguna? No sabría como contestar a eso.
Un pesado puño golpeó su puerta.
John se puso de pie deprisa, cogiendo el arma que estaba debajo de su almohada. Liberó el seguro con un movimiento rápido de su dedo.
La llamada se repitió.
Nivelando el arma contra la puerta, esperó que un hombro golpeara la madera  y la astillara.
-¿John?  –Era una voz masculina, grave y ponderosa. –John, se que estás dentro. Me llamo Tohr. Me conociste hace dos noches.
John frunció el ceño y luego se estremeció cuando sus sienes le dolieron. Bruscamente, como si alguien hubiera abierto una compuerta, recordó que había ido a algún sitio clandestinamente. Y se había reunido con un hombre alto vestido de cuero. Con Mary y Bella.
Mientras la memoria lo golpeaba, algo se movió en lo más profundo de su interior. En el nivel de sus sueños. Algo viejo…
-He venido para hablar contigo. ¿Me dejarás entrar?
Con el arma en su mano, John fue a la puerta y la abrió, manteniendo la cadena en su lugar. Estiró el cuello hacia arriba, para encontrarse con los ojos azul oscuro del hombre. Una palabra le vino a la memoria, una que no entendía.
Hermano.
-¿Quieres reponer el seguro de esa arma, hijo?
John negó con la cabeza, atrapada entre el eco de un extraño recuerdo en su cabeza y que estaba delante de él: un hombre mortal de cuero.
-Bien. Solo vigila dónde apuntas. No te ves muy cómodo con esa cosa y no quiero la molestia de tener un agujero en mí. –El hombre miró la cadena. -¿Me dejarás entrar?
Dos puertas más abajo, una volea de elevados gritos fueron in crescendo y terminaron con el sonido de un cristal roto.
-Vamos, hijo. Un poco de intimidad será bueno.
John alargó profundamente hacia  su pecho y al  alrededor de sus instintos buscando cualquier  sensación de peligro real. No encontró nada, a pesar de que el hombre era grande y dura e indudablemente armado. Alguien como él solo tenía que hacer las maletas.
John retiró la cadena y se distanció, bajando el arma.
El hombre cerró la puerta detrás de él. -¿Recuerdas que nos encontramos, verdad?
John asintió, preguntándose por que sus recuerdos habían vuelto tan deprisa. Y por qué el terrible dolor de cabeza había llegado con ellos.
-Recuerdas sobre lo que estuvimos hablando. ¿Sobre el entrenamiento que te ofrecemos?
John puso el seguro del arma en su lugar. Recordó todo y la curiosidad que lo había golpeado, volvió. Así como un feroz anhelo.
-Entonces  ¿te gustaría unirte y trabajar con nosotros? Y antes de que me digas que no eres lo bastante grande, conozco a muchos tipos de tu tamaño. De hecho, tenemos una clase de hombres que son justo como tú.
Manteniendo sus ojos sobre el forastero, John se puso el arma sobre su bolsillo trasero y se acercó a la cama. Cogió un bloc de papel y un bolígrafo Bic y escribió: No tengo $
Cuando él le enseñó el bloc, el hombre leyó sus palabras. –No tienes que preocuparte por eso.
John garabateó, Sí, lo hago y giró el papel.
-Controlo el lugar y necesito alguna ayuda en materia administrativa. Podrías trabajar para cubrir el coste. ¿Sabes algo de ordenadores?
John negó con la cabeza, pareciendo un idiota. Todo lo que sabía hacer era recoger platos, vasos y lavarlos. Y este tipo no necesitaba un ayudante de camarero.
-Bien, conseguiremos que un hermano que sepa de esas malditas cosas te eche una mano. Él te enseñará. –El hombre sonrió un poco. –Trabajarás. Te entrenarás. Estará bien. Y hablarás con mi shellan. Ella se sentiría muy feliz si te quedaras con nosotros mientras estés en la escuela.
John entrecerró sus párpados, creciendo su cautela. Esto sonaba de todas formas como un bote salvavidas. ¿Pero como era que este tipo quería salvarlo?
-¿Quieres saber por qué hago esto?
Cuando John asintió con la cabeza, el hombre se quitó el abrigo y desabotonó la mitad superior de su camisa. Dejó la cosa abierta, exponiendo su pectoral izquierdo.
Los ojos se pegaron a la circular cicatriz que le era enseñada.
Cuando él se puso la mano sobre su propio pecho, el sudor estalló a través de su frente. Tenía una rara sensación de que algo trascendental se deslizaba en el lugar.
-Eres uno de nosotros, hijo. Es tiempo de que vuelvas a la casa Det. Familia.
John dejó de respirar, un extraño pensamiento se deslizó por su cabeza: Por fin, me han encontrado.
Pero entonces la realidad se le precipitó hacia delante, chupando la alegría de su pecho.
No le pasaban milagros. Su buena suerte se le había secado antes de que hubiera sido consciente de que había tenido alguna. O tal vez era más bien la fortuna la que lo había evitado. En cualquier caso, este hombre vestido de cuero negro, que venía de alguna parte, ofreciéndole una escotilla de salvamento del horrible lugar en el que vivía, era demasiado bueno para ser verdad.
-¿Quieres más tiempo para pensártelo?
John negó con la cabeza y se distanció, escribiendo, quiero quedarme aquí.
El hombre frunció el ceño cuando leyó las palabras. –Escucha, hijo, estás en un momento peligroso de tu vida.
Vaya mierda. Había invitado al tipo a entrar, sabiendo que nadie vendría en su ayuda si gritara. Sintió su arma.
        -Bien, cálmate. Ya me dirás. ¿Puedes silbar?
John asintió con la cabeza.
-Aquí está el número dónde puedes localizarme. Silba en el teléfono y sabré que eres tú. –El tipo le dio una pequeña tarjeta. –Te daré un par de días. Llama si cambias de idea. Si no lo haces, no te preocupes por ello. No recordarás nada.
John no tenía ni idea de qué hacer con ese comentario, entonces él se quedó mirando fijamente los números negros grabados, perdiéndose en todas las posibilidades e improbabilidades. Cuando miró hacia arriba, el hombre se había ido.
Dios, no había oído abrir y cerrarse la puerta.



Capítulo 21


Mary salió del sueño con un violento espasmo. Un profundo grito retronó en su sala de estar, rompiendo la tranquila mañana. Se irguió de golpe, pero fue apartada hacia un lado otra vez. Entonces el sofá entero estaba inclinado alejado de la pared.
En la gris luz del alba, vio el petate de Rhage. Su abrigo.
Y comprendió que él había saltado detrás del diván.
-¡Las persianas! –Gritó él. -¡Baja las persianas!
El dolor en su cortante voz la turbó haciéndola correr por la habitación. Ella cubrió cada ventana hasta que la única luz que entraba desde fuera entraba por la cocina.
-Y aquella puerta, también…-Su voz se resquebrajó. –La de la otra habitación.
Ella la cerró rápidamente. Ahora estaba completamente oscuro excepto por el brillo de la TV.
-¿El cuarto de baño tiene ventana? –preguntó él bruscamente.
-No, no tiene. ¿Rhage, que ha pasado? –Ella comenzó a inclinarse hacia el borde del sofá.
-No te acerques a mí.-Las palabras sonaron estranguladas. Y seguidamente una maldición picante.
-¿Estás bien?
-Solo deja….que recobre el aliento. Necesito que me dejes solo ahora.
Ella dio la vuelta al sofá de todas formas. En la oscuridad, vagamente solo podía  distinguir la gran silueta de él.
-¿Qué ha pasado Rhage?
-Nada.
-Sí, obviamente. –Caray, ella odió la tenaz rutina del tipo. -¿Es por la luz solar, verdad? Eres alérgico a ella.
Él rió ásperamente. –Se podría decir eso. Mary, para. No vengas aquí.
-¿Por qué no?
-No quiero que me veas.
Ella lo alcanzó y encendió la lámpara más cercana. El sonido de un silbido resonó en la habitación.
Cuando su vista se adaptó, vio a Rhage tumbado boca arriba, un brazo atravesando su pecho, el otro sobre sus ojos. Había una repugnante quemadura sobre la piel expuesta por las mangas enrolladas. Él hacía muecas por el dolor, sus labios retirados hacia atrás…
Se le heló la sangre.
Colmillos.
Dos largos caninos estaban alojados entre sus dientes superiores.
Él tenía colmillos.
Ella debió  jadear por que él refunfuñó.-Te dije que no miraras.
-Jesucristo. –Susurró ella. –Dime que son falsos.
-No lo son.
Ella caminó hacia atrás hasta que se tropezó contra la pared. Santo…..buen Dios.
-¿Qué….eres tú? -Ella se ahogaba.
-Nada de luz solar. Colmillos con onda. –Él respiraba desigualmente. -Haz una conjetura.
-No….no es….
Él gimió y luego ella escuchó un movimiento, como si él se removiera. -¿Puedes hacerme el favor de apagar aquella lámpara? Se me han tostado las retinas y necesitan algo de tiempo para recuperarse.
Ella se inclinó hacia delante y apretó el interruptor. Abrigándose con sus brazos a su alrededor, escuchó los sonidos roncos que él hacía cuando respiraba.
El tiempo pasó. No dijo ninguna cosa. No se sentó, se rió y se sacó la falsa dentadura. No dijo que era el mejor  amigo de Napoleón o Juan el Bautista o Elvis, como un tipo de loco chiflado.
Tampoco voló por el aire e intentó morderla y matarla. Tampoco se convirtió en murciélago.
Oh, vamos. Pensó ella. No podía tomárselo en serio, ¿verdad?
Pero él era diferente. Fundamentalmente diferente a cualquier hombre que hubiera conocido. Que si….
Él gimió suavemente. Por el brillo de la TV, vio como su bota sobresalía del diván.
No tenía sentido que pensara en lo que él era, pero sabía que ahora estaba sufriendo. Y no iba a abandonarlo sobre el suelo en la agonía su había algo que ella pudiera hacer por él.
-¿Cómo puedo ayudarte? –Dijo ella.
Hubo una pausa. Como si lo hubiese sorprendido.
-¿Puedes traerme algo de helado?  No de frutos secos o de chips si tienes. Y una toalla.
Cuando regresó con un bol, ella pudo escuchar como luchaba por sentarse.
-Déjame que vaya. –Dijo ella.
-Él estaba quieto.- ¿No tienes miedo de mi ahora?
Considerando que él era una ilusión o un vampiro, ella debería estar aterrorizada.
-¿Una vela sería demasiada luz? –Preguntó ella, no haciendo caso a su pregunta. –Porque no seré capaz de ver allí detrás.
-Probablemente no. Mary, no te haré daño. Te lo prometo.
Ella dejó el helado, encendió una de sus largas velas y la dejó sobre la mesa al lado del diván. Con el brillante parpadeo ella pudo ver su gran cuerpo. Y el brazo todavía sobre sus ojos. Inútiles. No estaba haciendo muecas, pero su boca estaba ligeramente abierta.
Entonces pudo observar las puntas de sus colmillos.
-Sé que no me harás daño. –Murmuró ella, mientras recogía el bol.-Ya has tenido demasiadas posibilidades.
Cubriéndose con la parte trasera del sofá, sacó un poco de helado y lo extendió.
-Aquí. Abre grande. Haagen-Dazs de vainilla.
-No es para comérmelo. La proteína de la leche y el frío ayudaran a las quemaduras a curarse.
No había ningún modo en el que  pudiera acceder hasta  donde él se había escaldado, entonces retiró el diván hacia atrás y se sentó a su lado. Trabajando el helado para que se convirtiera en una sopa espesa, ella usó los dedos paca colocar un poco sobre la inflamación, sobre las ampollas de su piel. Él se estremeció, mostrando sus colmillos, entonces ella hizo una pausa.
Él no era un vampiro.  No podía serlo.
-Sí, de verdad que lo soy. -Murmuró él.
Ella dejó de respirar. -¿Puedes leer las mentes?
-No, pero sé que me estás mirando fijamente y puedo imaginar como me sentiría  si estuviera en esta situación. Mira, somos una especie diferente, eso es todo.  Nada extraño, solo….diferentes.
Bien, pensó ella, poniendo más helado sobre las quemaduras. Vamos a probar esta cosa entera por el tamaño.
Aquí estaba ella con un vampiro. Un icono del horror. Un icono del horror de 2,10 m. de altura y 125 kg. de peso, con una dentadura   como la de un Doberman.
¿Podría ser verdad? ¿Y por qué le creía cuando le decía que no le haría daño? Debería estar fuera de su mente.
Rhage gimió de alivio. –Esto funciona. Gracias a Dios.
Bien, en primer lugar, él estaba demasiado ocupado con sus heridas para ahora mismo ser una verdadera amenaza. Iban a pasar semanas hasta que se repusiera de estas quemaduras.
Ella bañó sus dedos en el tazón y puso más Haagen-Dazs en su brazo. Después de la tercera ronda, ella tuvo que inclinarse hacia abajo para asegurarse que estaba bien. Su piel absorbía el helado como si fuera un bálsamo. Directamente ante sus ojos.
-Esto está mucho mejor. –Dijo él suavemente. –Gracias.
Él retiró el brazo de su frente. La mitad de su cara y de su cuello estaban enrojecidos.
-¿Quieres que haga esa parte también? –Indicando ella el área quemada.
Sus misteriosos ojos azules se abrieron. La miraba cautelosamente cuando levantó la vista. –Por favor. Si no te importa.
Mientras él la miraba, ella puso sus dedos en el tazón y luego extendió la mano. Sus manos temblaban un poco mientras extendía la cosa primero sobre su mejilla.
Dios, sus pestañas eran espesas. Gruesas y trigueñas. Y su piel era suave, aunque su barba hubiera crecido de la noche a la mañana. Tenía una gran nariz. Recta como una flecha. Y sus labios eran perfectos. Bastante grandes para encajar con el tamaño de su cara. Rosa oscuro. El inferior era más grande.
Se retiró a tomar más y le cubrió la mandíbula. Entonces se movió hacia su cuello, pasando por alto los gruesos cordones de sus músculos desde sus hombros hasta la base del cráneo.
Cuando ella sintió algo que le acariciaba el hombro, echó un vistazo. Sus dedos le estaban acariciando las puntas de su cabello.
Susceptible por la inquietud. Ella se retiró hacia atrás.
Rhage dejó caer su mano, sin sorprenderse por su rechazo.
-Lo siento. –Refunfuñó él, cerrando los ojos.
Sin mirarla, él fue sumamente consciente de sus apacibles dedos cuando movían por su piel. Ella estaba muy cerca de él, lo bastante cerca para que pudiera olerla. Cuando el dolor de su exposición al sol disminuyó, su cuerpo comenzó a quemarse de un modo diferente.
Él abrió los ojos, manteniendo los párpados bajos. Mirándola. Deseándola.
Cuando ella terminó, dejó el tazón y lo observó directamente. –Vamos a asumir que creo que eres un…que eres diferente. ¿Por qué no me mordiste cuando tuviste la ocasión? Creo que estos colmillos no solamente decorativos ¿verdad?
Su cuerpo estaba tenso, como si estuviera preparada para largarse en cualquier momento, pero no cedía ante su miedo. Y lo había ayudado cuando lo necesitó, incluso cuando estaba asustada.
Dios, su coraje era excitante.
-Me alimento de las mujeres de mi propia especie. No de los humanos.
Sus ojos llamearon. -¿Hoy muchos como vosotros?
-Bastantes. No tantos como solía haber. Nos cazan para extinguirnos.
Lo que le recordó que: estaba separado de sus armas por unos 5 metros y un diván. Intentó levantarse, pero la debilidad de su cuerpo hizo que sus movimientos fueran lentos y descoordinados.
Maldito sol, pensó él. Te succiona directamente la vida.

-¿Qué necesitas? –Le preguntó ella.
Se levantó y desapareció detrás del diván. Escuchó un ruido sordo y luego el sonido de una bolsa siendo arrastrada por el suelo.
-Por Dios, ¿qué hay aquí? –Ella se volvió para mirarlo. Cuando dejó caer las asas, ellas cayeron a los lados.
Él esperaba como el infierno que ella no mirara hacia allí.
-Escucha, Mary….tenemos un problema. – Él forzó a su torso a levantarse del suelo, tonificando sus brazos.
La probabilidad de un ataque de los lessers a la casa era baja. Aunque los asesinos pudieran salir a la luz del sol, ellos trabajaban de noche y necesitaban entrar en trance para reponer su fuerza. La mayor parte del tiempo estaban tranquilos durante el día.
Pero él no había tenido noticias de Wrath. Y la tarde llegaría eventualmente.
Mary apartó la mirada de él, su expresión era una tumba. -¿Necesitas estar bajo tierra? Por que puedo conseguirte un sótano en el viejo granero. La puerta hacia allí es por la cocina, pero yo puedo colgar edredones sobre las persianas…miércoles, hay claraboyas. Tal podríamos cubrirlas con algo. Probablemente estarías más a salvo allí.
Rhage dejó caer su cabeza hacia atrás de manera que veía todo el techo.
Aquí estaba esta mujer humana, que tenía ni la mitad de su peso, que estaba enferma, que acababa de averiguar que tenía un vampiro en su casa- y estaba preocupada por protegerlo.
-¿Rhage? –Ella fue y se arrodilló a su lado. –Puedo ayudarte a bajar…
Ante de que él pudiera pensar, tomó su mano, presionando sus labios sobre su palma y luego la puso sobre su corazón.
Su miedo se arremolinó en el aire, un olor agudo, ahumado que se mezclaba con su delicioso olor natural. Pero ella no la arrancó esta vez, y el cóctel de lucha-o-lucha no duró mucho tiempo.
-No tienes por qué preocuparte. –Dijo ella suavemente. –No dejaré que nadie llegue hasta ti hoy. Estás a salvo.
Ah, infiernos. Ella lo derretía. Realmente lo hacía.
Él se aclaró la garganta. –Gracias. Pero es por tí por la que estoy preocupado. Mary, anoche nos atacaron en el parque. Perdiste el bolso y tengo que asumir que mis enemigos lo consiguieron.
La tensión se disparó por su brazo, viajando por su palma y golpeó su pecho. Como estaba susceptible por la inquietud, deseó sacar de algún modo el miedo de ella, tomándolo en si mismo.
Ella negó con la cabeza. –No recuerdo ningún ataque.
-Borré tu memoria.
-¿Qué significa que borraste?
Él había metido la mano en su mente y la había liberado de los acontecimientos de la noche anterior.
Mary jadeó y puso sus manos sobre  sus caderas, parpadeando rápidamente. Él sabía que tenía que explicarse rápidamente. No iba a procesar todo y la asaltarían conclusiones de que él era un asesino.
-Mary, tuve que traerte a casa para poder protegerte mientras espero noticias de mis hermanos. –Las que todavía no habían llegado, maldición. –Aquellos hombres que nos atacaron, no son humanos y son muy buenos en lo que hacen.
Ella cayó sobre el suelo sin gracia, como si sus rodillas no la sostuvieran. Sus ojos estaban agrandados y ciegos mientras negaba con la cabeza.
-Mataste a dos de ellos. –Dijo ella con una voz muerta. –Le rompiste el  cuello a uno. Y al otro…
Rhage maldijo. –Siento haberte enredado en todo esto. Siento haberte puesto en peligro ahora. Y siento haberte borrado la memoria…
Ella lo miró con dureza. –No lo hagas otra vez.
Él sentía que no podía hacerle esa promesa. – No a no ser que tenga que salvarte. Sabes mucho de mí ahora, y esto te pone en peligro.
-¿Me has borrado la memoria alguna otra vez?
-Nos encontramos en el centro de entrenamiento. Tú viniste con John y Bella.
-¿Cuánto hace de ello?
-Un par de días. Puedo devolvértelos, también.
-Espera un minuto. –Ella frunció el ceño. ¿Por qué no me has hecho olvidar todo sobre ti hasta el momento actual? Ya sabes, borrarlo todo.
Como si ella hubiera preferido eso.
-Iba a hacerlo. Anoche. Después de cenar.
Ella lo miró desde la distancia. -¿Y no lo hiciste debido a lo que pasó e el parque?
-Y porque…-Dios, ¿hasta dónde quería llegar él? ¿Realmente quería que ella supiera lo que sentía? No, pensó él. Ella lo miraba totalmente sobresaltada. Ahora apenas era el momento para que llegaran las felices noticias, que un vampiro masculino se había vinculado a ella. –Por que es una invasión a tu intimidad.
En el silencio que siguió, podía verla trabajar sobre los acontecimientos, las implicaciones, la realidad de la situación. Y luego su cuerpo dejó su dulce olor a su excitación. Ella recordaba como la había besado.
Bruscamente, ella se estremeció y frunció el ceño. Y la fragancia fue cortada.
-Ah, Mary, en el parque, cuando yo mantenía la distancia de ti mientras nosotros….
Ella sostuvo su mano, parándolo. –Todo sobre lo que quiero hablar es sobre lo que vamos a hacer ahora.
Sus ojos grises se encontraron con los suyos y no dudaron. Ella estaba, él comprendió, lista para algo.
-Dios…eres asombrosa, Mary.
Sus cejas se levantaron. -¿Por qué?
-Manejas toda esta mierda realmente bien. Sobre todo la parte de lo que soy.
Ella  pasó un mechón de su pelo detrás de su oreja y estudió su cara. -¿Sabes algo? No es una gran sorpresa. Bien, los es, pero…sabía que eras diferente desde el primer momento ente vi. Yo no sabía que eras un… ¿Os llamáis vampiros?
Él asintió.
-Vampiro. –Dijo ella, como si hiciera una prueba con  la palabra. –No me has hecho daño o asustado. Bien, no realmente. Y...sabes, he estado clínicamente muerta al menos dos veces. Una cuando entré en paro cardíaco  mientras me hacían el transplante de médula ósea. Otra vez cuando tuve una pulmonía y mis pulmones estaban llenos de líquido. Yo, ah, no estoy segura de  dónde fui o por qué volví, pero había algo al otro lado. Ni cielo con nubes y ángeles y todo aquel jazz. Sólo una luz blanca. Yo no sabía lo que era la primera vez. La segunda, solo fui directamente a ello. No sé por qué volví….
Ella enrojeció y dejó de hablar, como si se avergonzara por lo que le había revelado.
-Has visto al Fade. –Murmuró él, intimidado.
-¿El Fade?
Él asintió. –Al menos, así es como lo llamamos.
Ella negó con la cabeza, claramente indispuesta de ir más lejos con el sujeto. –De todas formas, hay mucho que no entendemos sobre este mundo. ¿Los vampiros existen? Esto es sólo una cosa más.
Cuando él no dijo nada durante un ratito, ella le echó un vistazo. -¿Por qué me miras así?
-Eres un wahlker. –Dijo él, sintiendo como si debiera levantarse e inclinarse ante ella, como una costumbre.
-¿Un wahlker?
-Alguien quien ha ido a otro lado y ha vuelto. De dónde yo vengo, ese es un título de distinción.
El teléfono móvil sonó y ambos giraron sus cabezas. El sonido venía de dentro del petate.
-¿Podrías traerme aquel bolso?-preguntó él.
Ella se inclinó e intentó levantarlo. No pudo. -¿Por qué no te doy solo el teléfono?
-No. –Él luchó por ponerse de rodillas. –Sólo déjame…
-Rhage, lo conseguiré…
-Mary, para. –Le ordenó él. –No quiero que lo abras.
Ella retrocedió ante la cosa, como si estuviera llena de serpientes.
Con una sacudida él metió su mano dentro. En cuanto encontró el teléfono, lo levantó y se lo puso al oído.
-¿Si? –Él ladró, cerrando parcialmente  la cremallera del petate.
-¿Estás bien? –Dijo Tohr. ¿Y dónde infiernos estás?
-Estoy bien. Sólo que no estoy en casa.
-Ninguna mierda. Cuando Butch no te encontró en el cuarto de gimnasia y tampoco en la casa, se preocupó y me llamó. ¿Necesitas que vayamos a buscarte?
-No. Estoy bien dónde estoy.
-¿Y dónde está eso?
-Llamé a Wrath la pasada noche y no me ha contestado. ¿Está en los alrededores?
-Él y Beth se fueron a un lugar íntimo en la ciudad. Ahora, ¿dónde estás? – Cuando no hubo una rápida respuesta, la voz de sus hermanos cayó un poco más abajo. –Rhage, ¿qué infiernos estás haciendo?
-Sólo dile a Wrath que lo estoy buscando.
Tohr maldijo. -¿Estás seguro de que no necesitas  que vayamos a buscarte? Puedo enviar un par de doggen con una bolsa de cuerpo plomada.
-Nah, estoy bien. – Él no iba a ninguna parte sin Mary. –Más tarde, hombre.
-Rhage…
Colgó y el teléfono sonó otra vez inmediatamente. Después de comprobar la ID, él dejó a Tohr dejar un mensaje en el buzón de voz. El dejó la cosa a su lado en el suelo cuando su estómago se quejó.
-¿Quieres que te consiga algo de comida? –Le preguntó Mary.
Él la miró un momento, atontado. Y luego tuvo que recordarse que ella no sabía la intimidad que le ofrecía. De todas formas la idea de que ella le honrara con el alimento que le prepararía con sus propias manos lo dejaron sin aliento.
-Cierra tus ojos para mí. –Le dijo él.
Ella se puso rígida. Pero cerró los párpados.
Se inclinó hacia delante y presionó sus labios  suavemente  sobre los suyos.
Aquellos ojos grises reabrieron de par en par, pero él se retiro antes de que ella pudiera.
-Me gustaría que me alimentaras. Gracias.

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