sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 10 11 12

Capítulo 10

John Matthew despertó con la mano en la polla. O más bien, medio despertó. Lo que tenía en la palma estaba completamente dispuesto, sin embargo.
En su mente nebulosa, imágenes de él y Xhex le iluminaban de dentro a fuera... Los veía en la cama de ella en aquel sótano suyo y había mucha desnudez, ella montando a horcajadas sus caderas, él extendiendo la mano para tocar sus pechos. La sentía bien y sólida encima suyo, el centro femenino ardiente y húmedo contra su erección, el cuerpo poderoso arqueándose y relajándose mientras se frotaba a sí misma sobre lo que anhelaba penetrarla.
Necesitaba entrar en ella. Necesitaba dejar algo de sí mismo atrás.
Necesitaba marcarla.
El instinto era abrumador hasta el punto de la compulsión... y aún así su conciencia lo aguijoneaba cuando se sentó y tomó uno de los pezones en su boca. Mientras atraía la carne entre sus labios, succionando, acariciándola con la lengua, mordisqueándola tan gentilmente, a algún nivel sabía que esto no estaba pasando realmente... y que incluso siendo una fantasía, estaba mal. No era justo para la memoria de ella, aunque las visiones tenían demasiado ímpetu y su palma mientras trabajaba con sí mismo tenía demasiado agarre... y el momento era demasiado innegable y eléctrico para volverse atrás.
No había vuelta atrás.
John imaginó que rodaba hasta ponerla de espaldas y se erguía sobre ella, bajando la mirada a esos ojos gris bronce. Los muslos se separaban a ambos lados de sus caderas, el exuberante sexo listo para lo que él quería darle, la esencia de ella enterrándose en su nariz hasta que supo que era suya. Pasando las palmas sobre esos pechos y hacia abajo por el estómago, se maravilló de cuán similares eran sus cuerpos. Ella era más pequeña comparada con él, pero sus músculos eran iguales, duros y tonificados, listos para utilizar, fuertes como hueso cuando estaban enlazados. Adoraba lo inquebrantable que era bajo esa piel lisa y suave, adoraba lo fuerte, lo resistente...
La deseaba con locura.
Excepto que de repente no podía ir más allá.
Fue como si la fantasía se hubiera atascado, la cinta rota, el DVD arañado, el archivo digital corrupto. Y todo lo que le había quedado eran su atracción y su calentón, un éxtasis al límite que iba a volverlo loco.
Xhex le alzó la cara y la acunó y con ese contacto gentil de repente le controló totalmente, su cabeza, cuerpo y alma: le poseía a él y a todo lo suyo, desde los ojos a los muslos. Era suyo.
—Ven a mí —le dijo, inclinando la cabeza a un lado.
Las lágrimas volvieron borrosa su visión. Finalmente iban a besarse. Finalmente, lo que le había negado iba a ocurrir...
Cuando se inclinó hacia abajo... ella volvió a guiar su boca hasta un pezón.
Sintió una momentánea puñalada de rechazo, pero luego este extraño júbilo le golpeó. El rechazo era tan propio de ella, que se figuró que quizás esto no fuera un sueño. Tal vez estaba pasando realmente. Empujando a un lado su tristeza, se concentró en lo que ella estaba dispuesta a darle.
—Márcame —dijo Xhex con voz profunda.
Desnudando los colmillos, pasó una blanca punta afilada alrededor de la aureola, trazando un círculo, acariciando. Quiso preguntarle si estaba segura, pero ella respondió a la pregunta por sí misma. Con un rápido movimiento, se impulsó excitada desde el colchón y le tiró de la cabeza hacia abajo, hacia su piel, de forma que la penetró y una astilla de sangre corrió.
John se echó atrás de repente, temiendo haberle hecho daño... pero no y cuando ella se arqueó en una ola erótica, la fuente que refulgía con su vida lo llevó al orgasmo.
—Toma de mí —exigió ella mientras su polla se sacudía y pulsos ardientes se le vertían sobre los muslos—. Hazlo, John. Ahora.
No tuvo que pedírselo dos veces. Estaba cautivado por la gota de rojo profundo que florecía y con lenta gracia resbalaba por el pálido costado del pecho. Dirigiendo su lengua, capturó el rastro y lo siguió de vuelta a su hogar con un lametón que terminó en el pezón.
Su cuerpo entero brilló tenuemente ante el sabor de ella, otra liberación lo estremeció y marcó la piel de la hembra mientras John caía entre la agonía de otra liberación. La sangre de Xhex era descarada y pesada en su boca, una adicción totalmente creada al primer intento, un destino que no quería abandonar jamás ahora que estaba allí. Mientras saboreaba lo que había tomado, creyó oír una risa femenina de satisfacción, luego estuvo perdido en lo que ella le daba.
Su lengua se arrastró sobre ambos, pezón y corte y luego sus labios formaron un sello y se amamantó de ella, tomando su oscuro sabor en la garganta y las entrañas. La comunión con ella era todo lo que había deseado alguna vez y ahora que se estaba alimentando de ella, el júbilo le alcanzó junto con la energía nuclear que provenía de su sangre.
Deseando darle algo a cambio, movió el brazo hacia abajo de forma que su mano pasara sobre las caderas y entre los muslos. Trazando los músculos tensos encontró su centro... Oh, Dios, estaba resbaladiza, tersa y maravillosamente ardiente, lista y anhelando recibirlo. Y aunque no sabía una mierda de anatomía femenina, dejó que los gemidos de ella y sus embates le dijeran adónde deberían ir sus dedos y qué deberían estar haciendo.
No costó mucho que los dedos con los que la tocaba estuvieran tan húmedos como lo que tocaban y fue entonces cuando deslizó profundamente su dedo medio. Utilizando el pulgar, le masajeó el clítoris y encontró un ritmo que igualaba los embates que estaba marcando en el pecho.
La estaba trayendo al borde, llevándola con él, devolviéndole tanto como estaba consiguiendo, cuando sabía que necesitaba más. Deseaba estar con ella cuando llegara. Luego estaría completo de alguna forma etérea, entero dentro de su piel.
Era el instinto de un hombre vinculado y necesitado. Lo que tenía que hacer para sentir paz.
Alzando los labios del pecho, arrastró la mano del sexo de ella y se recolocó para que su satinada polla estuviera posicionada sobre las piernas abiertas de ella. Le sostuvo la mirada en ese momento incendiario, le acarició el cabello corto alrededor de la cara. Lentamente, dejó caer su boca hacia abajo...
—No —dijo ella—. Esto no va de eso.
John Matthew se incorporó de repente, la fantasía del sueño destrozada, su pecho anudado en frígidas cuerdas de dolor.
Con disgusto, dejó pasar su erección... no es que estuviera duro ya. Su polla se había marchitado completamente, a pesar del orgasmo que había estado preparado para salir del glande.
No va de esto.
Al contrario que en el sueño, que había sido totalmente hipotético, esas palabras eran las que ella le había dicho realmente... y precisamente en ese contexto sexual.
Cuando recorrió con la mirada su cuerpo desnudo descubrió que, las liberaciones que había tenido, las que había imaginado que tenía sobre ella, estaban por todo su abdomen y las sábanas.
Por qué demonios podía correrse solo como ninguna otra cosa. Por qué demonios esas palabras le afectaban como ninguna otra cosa podía hacerlo.
Examinando el reloj, vio que se había dormido a pesar de la alarma. O más probablemente no se había molestado en ponerla. Un beneficio del insomnio era que no necesitabas recargar tu teléfono por tener que apagar todos esos zumbidos.
En la ducha se lavó rápidamente, y empezó con la polla. Odiaba lo que había hecho en esa extraña zona semi-dormida. Sentía que masturbarse estaba totalmente mal considerando la situación y desde ahora iba a dormir en vaqueros si tenía que hacerlo.
Aunque conociendo a su mano, la maldita probablemente terminaría bajando la cremallera de todos modos.
Joder, se iba a encadenar la muñeca al puñetero cabecero.
Después de afeitarse, que al igual que lavarse los dientes era más un hábito que orgullo por su apariencia, apoyó las palmas sobre el mármol y se inclinó hacia el chorro principal, dejando que el agua le resbalara por encima.
Los lessers son impotentes. Los lessers... son impotentes.
Dejando colgar la cabeza, sintió la corriente caliente sobre la parte de atrás del cráneo.
Para él el sexo sacaba a patadas todo tipo de cosas malas y cuando la imagen de un hueco de escalera roñoso floreció como una mancha en su cerebro, volvió a encasquetarse sus protecciones y se arrastró de vuelta al presente. No es que fuera una mejora.
Habría experimentado lo que le había ocurrido un millar de veces para salvar a Xhex de ser maltratada de aquella manera una vez más.
Oh... Dios.
Los lessers eran impotentes. Siempre lo habían sido.
Moviéndose como un zombie, salió, se secó y se dirigió al dormitorio para vestirse. Justo cuando se ponía los pantalones de cuero, su teléfono sonó y extendió la mano hasta la chaqueta para pescarlo.
Lo abrió... encontró un mensaje de texto de Trez.
Todo lo que decía era: 189 avenida st. francis 10 esta noche.
Al cerrar el teléfono, su corazón latía con intención brutal. Cualquier grieta en los cimientos... sólo estaba buscando una pequeña grieta en el mundo de Lash, una fisura, algo en lo que pudiera meter una cuña y volar toda la puñetera cosa en pedazos.
Xhex bien podría estar muerta y esta nueva realidad sin ella podía ser su futuro, pero eso no significaba que no pudiera vengarla.
En el baño, se ciñó su pistolera de pecho, se armó y después de agarrar la chaqueta salió al pasillo. Haciendo una pausa, pensó en toda la gente que estaría reunida abajo... así como en la hora. Las persianas estaban todavía bajadas.
En vez de ir a la izquierda hacia la grandiosa escalera y el vestíbulo, fue a la derecha... y caminó silenciosamente a pesar de sus shitkickers.
* * *
Blaylock salió de su habitación poco antes de las seis porque quería echar un vistazo a John. Normalmente el tipo daba señal alrededor de la hora de comer, pero hoy no. Lo cual significaba qué o estaba muerto o borracho hasta las trancas.
En la puerta de su colega, se detuvo y se apoyó en ella. Del otro lado no llegaba nada que pudiera oír.
Después de un golpe suave no respondido, dejó escapar un joder y abrió la puerta. Tío, el lugar parecía registrado, con ropa por todas partes y una cama que posiblemente podía haber sido utilizada como pista de carrera de coches.
—¿Está ahí?
Ante el sonido de la voz de Qhuinn, se puso tenso y tuvo que contenerse para no darse la vuelta. No había ninguna razón. Sabía que el tipo llevaría solo alguna especie de camiseta de Sid Vicious o Nine Inch Nail o Slipknot metida en sus pantalones de cuero negros. Y que su cara dura estaría pulcramente afeitada y muy lisa. Y que su cabello negro de punta estaría ligeramente húmedo por la ducha.
Blay entró en el dormitorio de John y se dirigió al baño, figurándose que sus acciones responderían bastante bien a la pregunta.
—¿J? ¿Dónde estás, J?
Cuando se abrió paso con dificultad hasta todo ese mármol, el aire estaba denso por la humedad y olía a jabón Ivory, que era el que utilizaba John. Había una toalla húmeda sobre la encimera.
Cuando se dio la vuelta, se estampó contra el pecho de Qhuinn.
El impacto fue como estrellarse con un coche y su mejor amigo extendió la mano para estabilizarle.
Oh, no. Nada de tocar.
Blay retrocedió rápidamente y miró hacia el dormitorio.
—Lo siento. —Hubo una pausa rara—. No está aquí.
Por supuesto, Sherlock.
Qhuinn se inclinó hacia un lado y puso su cara, esa hermosa cara, en la línea de visión de Blay. Cuando el tipo se enderezó, los ojos de Blay lo siguieron porque tenían que hacerlo.
—Ya no me miras.
No, no lo hacía.
—Sí, te miro.
Desesperado por alejarse de esa mirada azul-y-verde, se dio un respiro y fue a por la toalla. Haciéndola una bola, la empujó hacia abajo por el tobogán del lavadero y maldita sea si el movimiento no ayudó un poco.
Especialmente cuando imaginó que era su propia cabeza la que era empujada por el agujero.
Blay estaba más tranquilo cuando se dio la vuelta. Sostuvo la mirada de esos ojos.
—Voy a bajar a cenar.
Se sentía bastante orgulloso de sí mismo cuando pasó junto...
La mano de Qhuinn salió disparada y aterrizó en su antebrazo, deteniéndole al instante.
—Tenemos un problema. Tú y yo.
—No lo tenemos. —No era una pregunta. Porque esta era la única conversación que él no tenía ningún interés en promover.
—¿Qué demonios pasa contigo?
Blay parpadeó. ¿Qué pasaba con él? Él no era el que iba follándose a cualquier cosa con un agujero. No, él era el idiota patético que se consumía por su mejor amigo. Lo cual lo ponía en territorio llorica. Mucho más nenaza y habría tenido que cargar Kleenexs escondidos en la manga para secarse las lágrimas.
Desafortunadamente, el destello de furia decayó rápido y le dejó hueco.
—Nada. No pasa nada malo.
—Y una mierda.
Vale. De acuerdo. Esto no era justo. Ya habían pasado por este territorio y Qhuinn podía ser una guarra, pero la memoria del tipo era perfectamente funcional.
—Qhuinn... —Blay se pasó una mano por el cabello.
En ese preciso instante, esa jodida canción de Bonnie Raitt se disparó en su cerebro, su rica voz cantando... “No puedo hacer que me ames si no me amas... No puedes hacer que tu corazón sienta algo que no siente.”
Blay tuvo que reír.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—¿Es posible ser castrado sin ser consciente de ello?
Ahora fue Qhuinn quien parpadeó.
—No a menos que estés real y puñeteramente borracho.
—Bueno, estoy sobrio. Mortalmente sobrio. Como es habitual. —Y ya que estábamos, tal vez necesitaba tomar ejemplo de John y empezar a emborracharse—. Sin embargo, creo que podría tener que cambiar eso. Perdona...
—Blay...
—No. No me vengas con "Blay". —Apuntó un dedo hacia la cara de su mejor amigo—. Vete a lo tuyo. Eso es lo que se te da mejor. Déjame en paz.
Salió, con la cabeza hecha un lío pero los pies compasivamente concentrados.
Tomando el pasillo de las estatuas hacia la escalera grande, pasó junto a las obras maestras grecorromanas y recorrió con la mirada esos cuerpos masculinos. Naturalmente, colocó con el photoshop la cabeza de Qhuinn en lo alto de cada una.
—No tienes que cambiar nada. —Qhuinn estaba justo a su estela, las palabras fueron bajas.
Blay llegó a lo alto de la escalera y miró abajo. El abismal vestíbulo resplandeciente ante él era como un regalo que abrías con tu cuerpo cuando entrabas, cada paso hacia delante te llevaba a un abrazo visual de color y oro.
El lugar perfecto para una ceremonia de emparejamiento, pensó sin ninguna razón en particular.
—Blay. Vamos. No ha cambiado nada.
Él miró sobre el hombro. Las cejas perforadas de Qhuinn estaban tensas, sus ojos eran feroces. Pero por muy claro que estuviera que el tío quería seguir hablando, Blay había acabado.
Empezó a bajar los escalones, moviéndose rápido.
Y no fue ninguna sorpresa que Qhuinn siguiera pegado a él... y a la conversación.
—¿Qué demonios se supone que significa eso?
Oh, vale, como si necesitaran hacer esto delante de la gente del comedor. A Qhuinn le parecía bien tener audiencia para este tipo de cosas, pero Blay no encontraba útil en lo más mínimo contar con un gallinero.
Volvió a subir dos escalones, hasta que estuvieron cara a cara.
—¿Cuál era su nombre?
Qhuinn respingó hacia atrás.
—¿Perdón?
—El nombre de la recepcionista.
—¿Qué recepcionista?
—La de anoche. En el salón de tatuajes.
Qhuinn puso los ojos en blanco.
—Oh, vamos...
—Su nombre.
—Dios, no tengo ni puñetera idea. —Qhuinn levantó las palmas, el idioma universal para qué más da—. ¿Qué importa?
Blay abrió la boca, al borde de deletrear que lo que no había significado nada para Qhuinn había sido un infierno de observar. Pero luego comprendió que sonaría posesivo y estúpido.
En lugar de hablar, metió la mano en su bolsillo, extrajo sus Dunhills y sacó uno.
Se lo echó a la boca y lo encendió mientras miraba a esos ojos dispares.
—Odio cuando fumas —masculló Qhuinn.
—Supéralo —dijo Blay, dando media vuelta y dirigiéndose hacia abajo.

Capítulo 11

—¿Adónde vas, John?
Abajo, en la entrada de la parte de atrás de la mansión, John se quedó congelado con la mano en una de las puertas que conducía al garaje. Demonios... una casa tan grande, cualquiera pensaría que podías salir sin ser visto. Pero no... había ojos por todas partes. Opiniones... por todas partes.
Era como el orfanato en ese aspecto.
Se giró y enfrentó a Zsadist. El Hermano tenía una servilleta en una mano y un biberón en la otra, dejando patente que acaba de levantarse de la mesa del comedor y venía de la cocina. Y caray, suponía que... la siguiente persona que atravesó la puerta fue Qhuinn y llevaba un muslo de pavo a medio comer con él como si esta fuera su última esperanza de alimentarse en, más o menos, las próximas diez horas.
La llegada de Blay lo convirtió en una jodida convención.
Z asintió con la cabeza hacia el agarre de John sobre el picaporte, arreglándoselas de algún modo para parecer un asesino en serie a pesar de la parafernalia de bebé. Probablemente fuera la cicatriz de la cara. Más probablemente aún los ojos que emitían un brillo negro.
—Te he hecho una pregunta, chico.
Estoy sacando la puñetera basura.
—¿Y dónde está el cubo?
Qhuinn se pulió su cena y luego se acercó deliberadamente a los cubos de basura para tirar el hueso limpio.
—Sí, John. Vas a tener que responder a eso.
No, no tenía que hacerlo, joder.
Me largo de aquí, dijo por señas.
Z se inclinó hacia delante y plantó una palma sobre los paneles de la puerta, la servilleta colgaba suelta como una bandera.
—Has estado saliendo cada vez más y más temprano cada noche, pero te has pasado de la raya. No vas a marcharte tan pronto. Te quemarás como una patata frita. Y p.d. si alguna vez se te vuelve a ocurrir salir sin tu guardia privada, Wrath va a utilizar tu cara de martillo, ¿me captas?
—Puñetero Jesucristo, John. —La voz de Qhuinn era un gruñido de disgusto y tenía una expresión en la cara como si alguien hubiera limpiado un baño con sus sábanas—. Nunca te he detenido. Jamás. ¿Cómo coño me tratas así?
John miró a algún punto sobre la oreja izquierda de Z. Sintió la tentación de señalar lo que había oído cuando el Hermano había estado buscando a Bella, se había puesto salvaje como la mierda y había hecho todo tipo de locuras. Excepto que traer a colación la abducción de esa shellan era agitar un capote rojo delante de un toro y John ya estaba metiendo bastante la pezuña con una hembra. Dos sería matador.
La voz de Z cayó.
—¿Qué pasa, John?
Él se quedó callado.
—John. —Z se inclinó aún más—. Te sacaré la respuesta a golpes si tengo que hacerlo.
Sólo me equivoqué de hora. La mentira apestaba, porque si fuera cierto, habría intentado salir por la puerta delantera y no habría cubierto su rastro con la historia de la basura. Pero honestamente le importaba un pimiento si el cubo donde llevaba su mierda tenía un agujero en el fondo.
—No me lo trago. —Z se enderezó y comprobó su reloj—. Y no vas a salir en otros diez minutos.
John cruzó los brazos sobre el pecho para abstenerse de comentarios sobre la clausura y el tema musical de ¡Jeopardy! resonó en su cabeza, se sentía como si fuera a explotar.
La mirada dura de Z desde luego no ayudaba.
Diez minutos después, el sonido de las persianas levantándose por toda la mansión rompió la tregua y Z asintió con la cabeza hacia la puerta.
—Vale, ahora vete si quieres. Al menos ya no te freirás. —John se dio la vuelta—. Si te vuelvo a pillar otra vez sin tu ahstrux nohtrum, te delato.
Qhuinn maldijo.
—Sí y entonces me despedirán. Lo cual significa que V se pondrá con mi culo en plan Donald Trump con una daga. Muchas gracias.
John aferró el pomo y salió bruscamente de la casa, sentía la piel demasiado tensa. No quería problemas con Z porque respetaba al tipo, pero se sentía extremadamente volátil y la tendencia sugerida sólo iba a volverse más verdadera.
En el garaje, torció a la izquierda y se dirigió afuera por la puerta que había en la pared trasera. Mientras seguía adelante, se negó a mirar los ataúdes que estaban apilados por todo el camino. No. No necesitaba la imagen de ni siquiera uno de ellos en su cabeza ahora mismo. ¿Dieciséis?
Lo que fuera.
Abriendo la puerta de acero, salió al largo y ondulado césped que se extendía alrededor de la piscina vacía y disminuía hacia el linde del bosque y el muro de retención.
Sabía que Qhuinn estaba justo en su culo por el aroma a desaprobación que contaminaba el aire fresco, claro como moho en un sótano. Y Blay estaba con ellos también, por lo que se desprendía de la colonia.
Justo cuando estaba a punto de desmaterializarse, le agarraron del brazo con fuerza. Cuando se giró para decir a Qhuinn que se jodiera a sí mismo, se detuvo.
Había sido Blay el que le retenía y los ojos azules del pelirrojo estaban ardiendo.
El tipo habló por señas como opuesto a hacerlo en voz alta, probablemente porque eso obligaba a John a prestar atención.
Quieres que te maten, bien. En este punto, me estoy resignando a esa posibilidad. Pero no pongas en peligro a otros. No lo voy a permitir. No vuelvas a salir sin Qhuinn.
John miró a Qhuinn sobre el hombro del tipo, tenía aspecto de querer golpear algo de lo frustrado que estaba. Ah, así que por eso Blay estaba hablando por señas. No quería que la tercera rueda de su triunvirato disfuncional viera lo que se estaba diciendo.
¿Nos entendemos? indicó Blay.
Era una rareza que Blay diera alguna vez un puñetazo en la pared de la opinión. Y eso hizo que John se explicara.
No puedo prometer que no necesitaré escapar, indicó John. Simplemente no puedo. Pero prometo que se lo diré. Al menos así podrá salir de la casa.
John...
Él sacudió la cabeza y apretó el brazo de Blay.
Sencillamente ya no puedo prometer eso. No sé dónde está mi cabeza. Pero no saldré sin decirle adónde voy o cuando volveré.
La mandíbula de Blay se movió, tensándose y relajándose. Sin embargo no era estúpido. Sabía cuando había una cuestión no negociable sobre la mesa. Vale. Puedo vivir con eso.
—Eh, vosotros dos, ¿queréis compartir algo de amor? —exigió Qhuinn.
John retrocedió e indicó por señas, vamos al parque Xtreme hasta las diez. Luego vamos a la avenida St. Francis. Trez me envió un mensaje de texto.
Se desmaterializó, viajando al sur y al oeste, tomando forma detrás del cobertizo que habían rondado la noche anterior. Cuando su tripulación apareció tras él, ignoró la tensión que espesaba y emborronaba el aire.
Mirando más allá del hormigón, rastreó a los diversos jugadores. Ese joven astuto con los bolsillos ocupados todavía estaba justo en medio de todo, recostado contra una de las rampas, accionando un encendedor que chispeaba pero no encendía. Había alrededor de media docena de patinadores recorriendo la piedra dura, otra docena charlando y girando las ruedas de sus tablas. Siete coches cualesquiera de diversas descripciones estaban aparcados en el estacionamiento y cuando la policía pasó lentamente y siguió adelante, John tuvo la sensación de que era una colosal pérdida de tiempo. Tal vez si se dirigieran más profundamente hacia el centro y patrullaran los callejones tendrían más...
Un Lexus había entrado en el estacionamiento pero no ocupó ninguno de los espacios. Se detuvo en perpendicular a esos siete parachoques traseros... y lo que salió de detrás del volante parecía un crío de instituto, debido a los tejanos abolsados y el sombrero de cowboy. Pero la brisa que flotaba olía a morgue sin aire acondicionado central.
Y además... ¿Old Spice?
John se enderezó, su corazón corría a toda velocidad. Su primera idea fue abalanzarse y acometer al bastardo, pero Qhuinn le cogió del brazo.
—Espera —dijo el tipo—. Mejor averiguar los porqués.
John sabía que el tío tenía razón, así que tiró del freno de mano de su cuerpo y se ocupó en memorizar la matrícula del LS 600H cromado.
Las demás puertas del sedan se abrieron y salieron tres tipos. No eran tan pálidos como los lessers realmente viejos, pero tenían un ligero tono de chico blanco, eso seguro y apestaban a rayos.
Tío, esa mierda de polvo de talco se te metía asquerosamente en la nariz.
Con un asesino quedándose atrás para vigilar el paseo, los otros dos se colocaron en formación con el pequeño cowboy de delante. Mientras caminaban por el hormigón, todos los ojos del parque estaban fijos en ellos.
El crío de la rampa de en medio se enderezó y se metió el encendedor en el bolsillo.
—Mierda, desearía que tuviéramos mi jodido bólido —susurró Qhuinn.
Muy cierto. A menos que hubiera un rascacielos cerca desde donde pudieran conseguir una vista de pájaro, no habría forma de seguir al Lexus.
El camello no se movió mientras se aproximaban y no pareció sorprendido por la visita, así que había buenas probabilidades de que esto fuera una visita arreglada. Y como ya se sabe, después de algo de conversación, los asesinos rodearon al tipo y la panda volvió a caminar hacia el sedan.
Todos excepto un lesser entraron en el coche.
Momento de decidir. ¿Se hacían con un vehículo, lo puenteaban y partían en persecución? ¿Se materializaban sobre el capó del puñetero Lexus y peleaban? El problema era que ambas soluciones entrañaban el riesgo de una seria perturbación de la paz... y había sólo una cierta cantidad de limpieza mental que pudieras hacer a un grupo de veinte humanos.
—Creo que uno se queda atrás —murmuró Qhuinn.
Sí. El guapito de cara se quedaba en el aparcamiento mientras el Lexus giraba en U y comenzaba a marcharse. Dejar que el coche se fuera fue la cosa más dura que John había tenido que hacer jamás. Pero la realidad era, que la pandilla de bastardos sólo había recogido a uno de los principales camellos del territorio... así que iban a volver. Y habían dejado a un lesser atrás.
Así que había bastante para mantenerlos a él y a sus chicos ocupados.
John observó al asesino entrar caminando en el parque. A diferencia del tipo cuyo lugar estaba tomando, él vagaba, paseándose por el perímetro, sosteniendo la mirada de todo el mundo que le miraba a él. Estaba claro que ponía nerviosos a los patinadores y un par de ellos que habían comprando la noche antes se fueron. Pero no todo el mundo era cauteloso... o estaba lo bastante sobrio para preocuparse.
Cuando se oyó un suave golpeteo, John bajó la vista y se miró. Su pie estaba golpeando la tierra, subiendo y bajando tan rápido como el de un conejo.
Pero no iba a estallar. Esperó detrás del cobertizo... y esperó... y esperó.
Le llevó casi una jodida hora trasladar su asqueroso culo hasta allí, pero cuando estuvo finalmente a tiro, todo ese golpeteo de pies valió la pena.
Con un rápido disparo de voluntad mental, John apagó la farola más cercana y les proporcionó un poco de privacidad. Y cuando el bastardo levantó la mirada, John salió de detrás del cobertizo.
La cabeza del lesser giró de golpe y claramente reconoció que la guerra acababa de llegar y llamaba a su puerta: el hijo de puta sonrió y se metió la mano en la chaqueta.
A John no le preocupaba que fuera armado. La única regla de compromiso era no hacerlo delante de humanos.
Una automática apareció y siguió su rápido uno-dos, la descarga de disparos arrancó con un pop que resonó ruidoso mientras una maldición atravesaba el parque.
John se lanzó a cubierto, todo un montón de que-coño le dio alas. Y luego más balas pasaron volando, la ráfaga rebotaba sobre hormigón mientras los humanos gritaban y se alejaban gateando.
Detrás del cobertizo, aplastó la espalda contra la madera y sacó su propia artillería. Cuando Blay y Qhuinn estuvieron a cubierto, hubo una décima de segundo de "¿quién está sangrando?" que coincidió con una pausa en la lluvia de balas.
¿En qué coño estás pensando? dijo Qhuinn por señas. ¿Con tanto público?
Se aproximaban unos pasos pesados y se oyó el chasquido de un cartucho de munición siendo cargado. John miró fijamente a la puerta del cobertizo. El candado Master Lock en la cadena era un don del cielo y extendió la palma, abriendolo mentalmente y deslizándolo hasta abandonar los eslabones de forma que colgara suelto.
Rodead la siguiente esquina, dijo John a sus chicos. Y haced como que estáis heridos.
Oh, demonios, no...
John apuntó el cañón de su arma hacia la cara de Qhuinn.
Mientras el tipo respingaba hacia atrás, John simplemente miró directo a los ojos azul y verde de su colega. Esto iba a hacerse al modo de John: Iba a ser él quien se ocupara del asesino.
Fin de la discusión.
Que. Te. Jodan, dibujó Qhuinn con la boca antes de que él y Blay se desmaterializaran.
Con un ruidoso gemido, John se permitió caer con fuerza de costado, su cuerpo golpeó la tierra como una enorme bolsa de cemento. Despatarrado sobre su estómago, mantuvo su SIG bajo el pecho con el seguro quitado.
Las pisadas se acercaron. Y también una risa baja, como si el lesser estuviera pasando el mejor momento de su vida.
* * *
Cuando Lash volvió de la casa de su padre, tomó forma en el dormitorio junto al que retenía a Xhex. Por mucho que deseara verla, permaneció lejos. Cada vez que volvía del Dhunhd, quedaba agotado durante una buena media hora y no iba a ser tan estúpido como para darle una oportunidad de matarlo.
Porque lo haría. ¿No era dulce?
Tendido en la cama y con los ojos cerrados, su cuerpo estaba pesado y frío y cuando respiraba profundamente, sentía como si se estuviera descongelando como un trozo de carne picada. No es que hiciera frío en el otro lado. De hecho, las guaridas de su padre eran calentitas y estaba bien amuebladas… asumiendo que te gustara esa mierda de estilo Liberance.
Papaíto casi no tenía mobiliario, pero si suficientes candelabros para hundir un barco. Los escalofríos parecían tener algo que ver con el salto de vuelta a esta realidad, cada vez que volvía a este lado, era más una lucha que un rebote. Las buenas noticias eran que no creía que fuera a tener que volver allí en mucho tiempo. Ahora que su bolsa de trucos hacía sido completamente explorada y dominada, no había en realidad ninguna necesidad y la verdad era, que el Omega no era exactamente una compañía estimulante.
Era un caso de me-importa-un-bledo-lo-que-pienses-de-mí. E incluso si se dejaba a un lado el hecho de que la demanda de ego-masturbación estaba siendo emitida por un declaradamente poderoso y malvado cabrón que por casualidad era tu padre, uno se cansaba.
Lash ni siquiera sabía qué eran las puñeteras cosas que había en esa cama. Bestias negras, sí, pero su sexo era tan imposible de discernir como su especie y la forma en que se deslizaban por ahí era espeluznante. Además siempre estaban buscando un polvo aunque hubiera compañía presente.
Y su padre nunca decía que no.
Cuando sonó un pitido, Lash introdujo la mano en la chaqueta de su traje buscando su teléfono.
Era un mensaje del señor D: De camino. Tenemos al tipo.
Lash miró al reloj y medio se irguió, pensando que la hora no podía estar bien. Había vuelto hacía dos horas... ¿tanto había perdido la noción del tiempo?
Al ponerse en vertical su estómago se revolvió y levantar las manos para frotarse la cara requirió más esfuerzo del que debía. El peso muerto de su cuerpo, acoplado a los achaques, le hizo recordar los tiempos en los que había tenido resfriados y gripes. La misma sensación. ¿Era posible que se estuviera poniendo enfermo? Le hizo preguntarse si alguien habría dado con un producto como el Muertofeno o alguna mierda así.
Probablemente no.
Dejando que los brazos le cayeran sobre el regazo, miró el baño. La ducha parecía a kilómetros de distancia y no valía realmente el esfuerzo.
Le llevó otros diez minutos poder sacudirse el letargo y cuando se puso en pie, se estiró con fuerza para lograr que su sangre negra fluyera. El baño pasó a estar no a kilómetros sino a cuestión de metros y con cada paso se sentía más fuerte. Dirigiéndose a abrir el agua caliente, se admiró a sí mismo en el espejo y comprobó su colección de magulladuras. La mayor parte de las de la noche anterior habían desaparecido, pero sabía que habría más...
Lash frunció el ceño y levantó el brazo. La escocedura del interior del antebrazo era más grande, no más pequeña.
Cuando la aguijoneó con el dedo, no dolió, pero la cosa parecía sucia como la mierda, una herida abierta y plana que estaba gris en el medio y bordeada por una línea negra.
Su primer pensamiento fue que tenía que ir a ver a Havers... solo que era ridículo y nada más que un remanente de su vieja vida. ¿Cómo iba a aparecer en la clínica y ponerse en plan, “Ey, me puedes salvar el culo”? Además, no sabía a dónde se había mudado la maldita clínica. Era el problema de un asalto exitoso. Tu objetivo se tomaba en serio la amenaza y se enterraba profundamente.
Metiéndose bajo el chorro caliente, se frotó cuidadosamente el punto con algo de jabón, figurándose que si era algún tipo de infección eso ayudaría; luego pensó en otras cosas.
Tenía por delante una noche de narices. La inducción era a las ocho. Reunión con Benloise a las diez.
De vuelta aquí para algo más de amor.
Cuando salió, se secó e inspeccionó la escocedura. La maldita parecía estar cabreada por la atención que le había dedicado, un fino pus negra brotaba en su superficie.
Oh, esa cosa iba a ser difícil de sacar de sus jodidas camisas de seda.
Se encasquetó una tirita del tamaño de una ficha sobre la cosa y pensó que tal vez esta noche él y su novia jugarían limpio.
La ataría para variar.
No le llevó nada de tiempo ponerse un dulce traje Zegna y marcharse.
Cuando pasaba junto al dormitorio principal, hizo una pausa y llamó.
Golpeando ruidosamente la madera como para despertar a los muertos, sonrió:
—Volveré pronto y traeré cadenas.
Esperó una respuesta. Cuando no hubo ninguna, extendió la mano hacia el pomo y poso la oreja en la puerta. El sonido de ella sólo respirando era tan suave y gentil como una corriente de aire, pero ahí estaba. Vivía. Y seguiría viva todavía cuando volviera.
Con deliberado autocontrol, soltó el pomo. Si abría la puerta, perdería otro par de horas y su padre no iba a esperar. Abajo en la cocina, buscó algo que comer y no dio con nada. La cafetera había estado programada para hacía dos horas, así que un vistazo rápido bajo la tapa de la jarra mostró algo cercano al aceite de cárter. Y abriendo un poco el frigorífico, no vio nada apetecible, si bien se sentía hambriento. Lash terminó desmaterializándose de la cocina con las manos vacías y un agujero en la barriga. No era una gran combinación para su humor, pero no iba a perderse la fiesta... si no por otra cosa, al menos para ver lo que le habían hecho a él durante su inducción.
La granja estaba al norte y al este de la casa de piedra arenisca y en el instante en que tomó forma sobre el césped, supo que su padre estaba dentro: Un extraño estremecimiento en su sangre burbujeaba cada vez que estaba alrededor del Omega, como un eco en un espacio cerrado... aunque no estaba seguro de si él era el sonido y su padre la caverna o al revés. La puerta delantera estaba abierta y mientras se encaramaba a los escalones del porche y entraba en el pequeño vestíbulo asqueroso, pensó en su inducción.
—Cuando te convertiste verdaderamente en mío.
Lash se giró. El Omega estaba en el salón, su túnica blanca le cubría la cara y las manos, su energía negra rezumaba sobre el suelo, una sombra oscura formada sin ninguna iluminación.
—¿Estás excitado, hijo mío?
—Sí. —Lash miró sobre su hombro a la mesa del comedor. El cubo y los cuchillos que habían usado con él estaban allí mismo. Listos y dispuestos.
El sonido de grava aplastada bajo neumáticos le hizo girarse hacia la puerta.
—Aquí están.
—Hijo mío, me gustaría que me trajeras más. Me encuentro hambriento de nuevas presas.
Lash fue hacia el umbral.
—No hay problema.
En esto al menos, estaban totalmente de acuerdo. Más inducidos significaba más dinero, más pelea.
El Omega apareció detrás de Lash y hubo un suave roce de movimiento cuando una mano negra se le deslizó hacia abajo por la espina dorsal.
—Eres un buen hijo. —Durante una fracción de segundo, el corazón oscuro de Lash dolió. La frase era exactamente la que el vampiro que le había criado había dicho de cuando en cuando.
—Gracias.
El señor D y los otros dos salieron del Lexus... y trajeron al humano.
Aun no se había hecho evidente para el pequeño bastardo que estaba a un par de vaqueros y una camiseta de ser un cordero para el sacrificio. Pero en el instante en que echara un buen vistazo al Omega, la mierda iba a volverse clara como el cristal.

Capítulo 12

Mientras John yacía boca abajo y el ruido de los pasos de su enemigo se acercaba, respiró por la nariz y captó el olor a tierra fresca.  Por lo general, hacerse el muerto no era una idea brillante, pero este hijo de puta de dedo epiléptico no se ajustaba al perfil de alguien que fuera a ser muy cuidadoso por si había dado en el blanco o no.
¿Desatar un tiroteo en mitad de un parque público?
¿El idiota nunca había oído hablar del Departamento de Policía de Caldwell? ¿Del Caldwell Courier Journal?
Las botas se detuvieron y ese aroma dulce y asfixiante que los lessers llevaban en la piel casi lo hizo vomitar. Sin embargo, era curioso cómo la vida y la muerte llamaban la atención de su esófago.
Sintió algo contundente que le empujaba el brazo izquierdo, como si el asesino estuviera comprobando con la bota para ver si estaban en territorio de etiquetar el dedo del pie. Y entonces en ese preciso momento, Qhuinn dejó escapar un gemido bajo y patético desde más allá del cobertizo. 
Como si el hígado se le estuviera escapando por el colon.  
Las botas pasaron más allá del cuerpo de John mientras el bastardo se adelantaba para investigar y John abrió un ojo apenas una rendija. El asesino mantenía una postura a lo Hollywood, la pistola agarrada con ambas manos extendidas en línea recta, el cañón del arma se movía de lado a lado con más afecto que efecto. Sin embargo, aunque con ese movimiento teatral pareciera totalmente ridículo en plan Crockett y Tubs,los de Miami Vice, las balas eran balas y sólo haría falta un rápido cambio de dirección para que John quedara al alcance de los disparos.
Menos mal que no le importaba una mierda. El hijo de puta desfiló hacia los gemidos de Qhuinn como si se acercara al altar, una imagen de la cara de Xhex hizo que John saltara levantándose del suelo con un único y ágil movimiento. Aterrizó sobre la espalda ancha del lesser, aferrándose con el brazo libre y ambas piernas mientras ponía la pistola sobre la sien pálida.
El asesino se quedó congelado durante una fracción de segundo y John silbó entre dientes, la señal a Qhuinn y Blay para que salieran.
—Hora de dejar caer el arma, gilipollas —dijo Qhuinn cuando reapareció. Luego, sin darle al bastardo tiempo para obedecer, alargó las manos, las cerró sobre el antebrazo del asesino e hizo como si estuviera partiendo una ramita.
El crujido de los huesos fue más fuerte que el silbido de John y el resultado fue una muñeca floja y una Glock que ya no estaba bajo el control del enemigo.
Mientras el lesser corcoveaba de dolor, sonaron sirenas a lo lejos… y  se estaban acercando.
John arrastró al bastardo de regreso a la puerta de doble hoja del cobertizo y después de que Blay entrara abriendo camino, sacó a su presa fuera de la vista.
Formando mudamente las palabras con la boca, dijo a Qhuinn, Ve a buscar el Hummer.
—Si esos policías vienen por nosotros, tendremos que salir pitando.
Nada de largarse. Consigue el Hummer.
Qhuinn sacó las llaves y se las lanzó a Blay.
—Ve. Y enciérranos dentro, ¿me has entendido?
Blay no perdió un segundo, se retiró y cerró la puerta. Se oyó el sonido sutil del metal tintineando cuando volvió a colocar la cadena y luego el chasquido de ese candado Master puesto rápidamente en su lugar.
El lesser estaba comenzando a luchar con mayor fuerza, pero eso no era malo… la consciencia era lo que estaban buscando.
John lanzó al cabrón sobre su estómago y le echó el cuello hacia atrás hasta que la columna vertebral fue como una galleta salada en forma de lazo.
Qhuinn sabía exactamente qué hacer. Arrodillándose, puso la cara directamente frente a la del asesino.
—Sabemos que tenéis prisionera a una hembra. ¿Dónde está?
Mientras el sonido de las sirenas se intensificaba, el asesino logró emitir sólo una serie de gruñidos, entonces John se aplacó un poco y dejó entrar algo de aire a los pulmones.
Qhuinn echó la palma de la mano hacia atrás y abofeteó al lesser.
—Te he hecho una pregunta, perro. ¿Dónde está?
John aflojó un poco más, pero no tanto como para ofrecer una ruta de escape. Con la libertad de movimiento adicional, el lesser se estremeció de miedo, demostrando que mientras el hijo de puta se había mostrado muy profesional en su aparatoso tiroteo, a la hora de la verdad no era más que un joven punk metido en una situación que lo superaba.
La segunda bofetada de Qhuinn fue más dura.
—Respóndeme.
—Ninguna… Prisionera.
Cuando Qhuinn echó la mano hacia atrás, el asesino reculó… sí, aunque los hijos de puta estaban muertos, sus receptores del dolor funcionaban bien.
—La hembra secuestrada retenida por tu Fore-lesser. ¿Dónde está?
John se adelantó, le dio su arma a Qhuinn y luego se llevó la mano ahora libre a la parte baja de la espalda y sacó el cuchillo de caza. Se sobreentendía que él era el único que iba a infringir algún daño verdadero, acercó la hoja y la puso directamente ante los ojos del lesser. El salvaje corcoveo siguió, pero la lucha se detuvo rápidamente, el enorme cuerpo de John cubría como una manta lo que estaba debajo de él.
 —Vas a desear hablar —dijo Qhuinn ráridamente—. Confía en mí.
—No sé nada de ninguna hembra. —Las palabras no fueron más que un siseo, debido a la tráquea constreñida por el antebrazo de John.
John dio un tirón hacia atrás y el asesino gritó:
—¡No!
Las sirenas chillaban ahora y afuera en el estacionamiento se oyeron múltiples chirridos de neumáticos.
Era hora de actuar con cautela. El lesser ya había demostrado un desprecio absoluto por la única regla de la guerra, así que mientras con cualquier otro asesino podías estar seguro de que permanecería en silencio, no estaba tan claro con el señor Click-click-bang-bang.
John sostuvo la mirada dispareja de Qhuinn, pero el tipo ya estaba en ello. Alcanzando una pila de trapos viejos manchados de aceite, agarró uno y rellenó la boca del lesser. Entonces llegó la hora de jugar a las estatuas.
Desde afuera, las voces de los policías llegaban amortiguadas:
—Cúbreme.
—Entendido.
Cuando John guardó el cuchillo para poder sujetarlo bien con ambas manos, había un montón de arrastrar de pies, la mayoría de los cuales estaban lejos. Pero sin duda, finalmente se acercarían.
Mientras los uniformados se dispersaban, las radios de los coches patrullas proporcionaban un seguimiento sonoro informal a su operación de búsqueda y rastreo. Que no llevó mucho rato. En un par de minutos, los policías estaban reuniéndose alrededor de los coches, justo al lado del cobertizo. 
—Unidad dos cuarenta a base. El área es segura. Ninguna víctima. Ningún resp…
Con una patada rápida, el lesser aplastó una lata de gasolina con la bota. Y prácticamente pudieron oírse todos los cañones de las pistolas del Departamento de Policía de Caldwell volver a subir y apuntar al cobertizo.
* * *
—¿Qué coño?
Lash sonrió cuando los ojos del crío se fijaron en el Omega. Aunque absolutamente todo estaba tapado con tela, tendrías que ser un completo gilipollas para no darte cuenta de que allí había algo fuera de lugar… y ding, ding, ding, teníamos un ganador en la lotería del saber.
Cuando esos pies comenzaron a retroceder hacia fuera de la casa, los asesinos de reserva del señor D flanquearon al pequeño bastardo y lo agarraron de los brazos.
Lash cabeceó hacia la mesa del comedor.
—Mi padre le hará ahí dentro.
—¿Hará qué?—Ahora había pánico total, con el chaval moviéndose agitadamente como un cerdo destripado. Lo que, en realidad, no era nada menos que un buen ejercicio para lo que se avecinaba.
Los asesinos lo forzaron y lo lanzaron sobre la madera picada, sujetándole los pies y los tobillos mientras el Omega se adelantaba en medio de todo ese chillido y aleteo de extremidades. 
Cuando el mal se alzó la capucha, todo quedó en silencio.
Y luego el grito que salió de la boca del humano rasgó el aire, haciendo eco hasta el techo, llenando la decrépita casa con el estrépito.
Lash se quedó rezagado y dejó trabajar a su padre, observando como la ropa del humano se hacía pedazos con una mera pasada de esa palma negra y transparente. Y luego llegó la hora del cuchillo, la hoja reflejaba la luz de la araña barata que colgaba del roñoso cielorraso. 
El señor D fue el único que ayudó con los tecnicismos… ubicando los baldes debajo de los brazos y las piernas, corriendo de acá para allá.
Lash había estado muerto cuando sus venas se drenaron; había revivido sólo cuando una descarga que se había generado de sólo Dios sabía dónde, atravesó su cuerpo. Así es que era interesante ver cómo se desarrollaba todo: Cómo se vaciaba la sangre del cuerpo. Cómo se abría el pecho y el Omega se rajaba la muñeca para que chorreara aceite negro en la cavidad. Cómo el mal convocaba una bola de energía por arte de magia y la enviaba dentro del cadáver. Cómo se llevaba a cabo la reanimación efectuada por lo que había sido proporcionado a cada vena y arteria. El paso final era la extracción del corazón, el órgano marchitándose en la palma del Omega antes de ser puesto en un recipiente de cerámica.  
Mientras Lash recordaba su propio retorno-de-la-muerte, rememoró a su padre arrastrando al señor D hasta él para que le sirviera como fuente de alimento. Había necesitado la sangre, pero una vez más, a esas alturas él llevaba muerto un rato… y al fin y al cabo era medio vampiro. Este humano, por el contrario, se despertó con poco más que un jadeo, boqueando como un pez y un montón de confusión.
Lash se llevó la mano al pecho y sintió el latido del corazón… Algo estaba goteando. En su manga.
Mientras el Omega comenzaba a hacer perversiones al iniciado, Lash trotó escaleras arriba hasta el cuarto de baño. Se quitó la chaqueta del traje, la dobló por la mitad… y se dio cuenta que no había ningún lugar donde apoyarla. Todo estaba cubierto por dos décadas de valiosa mugre.
Cristo, ¿por qué no había enviado a alguien a limpiar el lugar?
Terminó colgando la chaqueta de un gancho y…
Oh, mierda.
Cuando levantó el brazo, había una mancha negra directamente donde se había puesto el vendaje y en la parte inferior del codo tenía una zona húmeda.
Maldita sea.
Arrancándose los gemelos, se desabotonó la camisa y se quedó congelado cuando bajó la mirada a su pecho.
Alzó los ojos hacia el espejo mugriento, como si eso fuera a cambiar lo que estaba viendo y se inclinó hacia el cristal. Tenía otra llaga en el pectoral izquierdo, de la misma forma plana y tamaño que la primera. Y una tercera en el ombligo.
Se aferró al lavabo, sintiendo un leve mareo mientras el pánico desplegaba sus alas dentro de su cabeza. Su primer pensamiento fue correr al Omega y pedirle ayuda, pero se refrenó… por lo que se desprendía de los gritos y gemidos escaleras abajo, ciertas actividades serias estaban teniendo lugar en el comedor y sólo un idiota interrumpiría eso.
El Omega era voluble por naturaleza, pero tenía un TOC para ciertas cosas.
Afirmando las manos sobre el lavabo, Lash dejó caer la cabeza mientras su estómago se revolvía y ardía. Tenía que preguntarse cuántas más de estas manchas tenía… y no quería conocer la respuesta.  
Su inducción, su renacimiento, lo que sea, se suponía era permanente. Es lo que su padre le había dicho. Había nacido del mal, engendrado a partir de un pozo de oscuridad que era eterno.
La putrefacción de la piel no había sido parte del trato.
—¿Todo bien ahí?
Lash cerró los ojos, el sonido de la voz tejana fue como garras arañándole la espalda. Solo que simplemente no tenía energías para mandar a la mierda al tipo.
—¿Cómo van las cosas abajo? —preguntó en cambio.
El señor D se aclaró la garganta. Y aún así la desaprobación le hizo atragantarse con las palabras.
—Creo que queda un rato aún, señor.
Fenomenal.
Lash obligó a su columna vertebral a enderezarse y se volvió para enfretarser a su segundo.
Con una acometida brusca, los colmillos irrumpieron en su boca y, por un momento no pudo entender por qué. Entonces se percató de que sus ojos se habían fijado en la yugular del tipo.
Profundamente en el vientre de Lash, el hambre se volvía más y más punzante, descalabrando, azotando y agujereando sus entrañas.
Sucedió demasiado rápido para detenerse, cuestionarse o pensar. En un segundo estaba arraigado delante del lavabo. Al siguiente estaba sobre el señor D, empujando la espalda del lesser contra la puerta y adentrándose duramente en la garganta del tipo.
La sangre negra que golpeó su lengua era el tónico que necesitaba y la extrajo con desesperación, aún cuando el tejano forcejeó y luego quedó inmóvil. Pero el hijo de puta no tenía que preocuparse. No había nada sexual en la chupada. Era alimento, así de simple.
Y cuanto más tragaba, más necesitaba.
Manteniendo al asesino apretado contra su pecho, se alimentó como un hijo de puta.

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