sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 19 20 21

Capítulo 19

—Una hembra… — la voz suave y reverberante del Omega llegaba más lejos de lo que su volumen podría haber sugerido, las dos palabras se difundieron a todos los rincones de la habitación de piedra pulida que conformaba su cámara privada.
Lash hizo lo que pudo por aparentar indiferencia apoyándose despreocupadamente contra una de las paredes negras.
—La necesito para que me provea de sangre.
—¿De veras?
—Es algo biológico.
Con su túnica blanca, el Omega exhibía una figura impresionante al circular por el lugar. Con la capucha puesta, los brazos cruzados y las manos metidas dentro de las mangas vaporosas, parecía el alfil de un juego de ajedrez.
Salvo, por supuesto, que aquí abajo era el rey.
La zona de recepción del mal era aproximadamente del tamaño de un salón de baile y estaba adornada como tal, con abundancia de arañas negras y candelabros que sostenían legiones de velas negras. No obstante estaba lejos de ser austera. Por un lado, las mechas arrojaban llamas rojas. Y para colmo, las paredes, el suelo y el techo estaban confeccionados del mármol más extraordinario que Lash hubiera vista jamás. Desde un ángulo era negro, del otro de un rojo sangre metalizado y dado que la fuente de iluminación oscilaba constantemente, captabas ambos colores a tu alrededor al mismo tiempo.
No era difícil imaginar el motivo de la decoración. Ya que el guardarropa del Omega, que se limitaba a esas cosas que parecían ventiscas de nieve colgantes, eso le convertía en el foco principal, lo único que destacaba. El resto era telón de fondo.
También gobernaba su mundo de esa forma.
—¿Y ella sería una pareja para ti, hijo mío? —preguntó el Omega desde el otro lado de la habitación.
—No —mintió Lash—. Solo una fuente de sangre.
No dabas al Omega más información de la debida: Lash era bien consciente de cuán voluble podía ser su padre y era clave mantenerlo en la ignorancia.
 —¿No te he proporcionado la fuerza suficiente?
—Esto concierne a mi naturaleza vampírica.
El Omega se volvió y enfrentó a Lash. Después de una pausa, esa voz distorsionada susurró:
—Ciertamente. Entiendo que esa es la verdad.
—La llevaré ante ti —dijo Lash, apartándose de la pared—. A la granja. Esta noche. La convertirás y yo tendré lo que necesito.
—¿Y yo no puedo proveerte de ello?
—Me lo estarías suministrando. Tú la induces y yo obtengo la fuente de sangre requerida para ganar poder.
—¿Así que dices que estás débil?
Joder, maldita sea, debía ser obvio que lo estaba. El Omega podía percibir cosas y seguramente ya debía hacer un tiempo que se le notaba la debilidad.
Cuando Lash permaneció en silencio, el Omega flotó hacia delante hasta que estuvieron cara a cara.
—Nunca he inducido a una hembra.
—No será necesario que forme parte de la Sociedad Lessening. Será sólo para mí.
—Para ti.
—No hay razón para que salga a luchar.
—Y esta hembra. ¿Ya la has elegido?
—Así es. —Lash rió brevemente, pensando en Xhex y en el daño que era capaz de infligir—. Estoy seguro que contará con tu aprobación.
—Estás muy seguro.
—Tengo muy buen gusto.
A su alrededor las llamas rojas temblaron en sus mechas, como si una brisa las hubiera perturbado.
Bruscamente, la capucha del Omega se alzó, revelando el rostro tenebroso y traslucido que tenía los mismos ángulos que la versión de carne y hueso de Lash.
—Regresa por donde viniste —pronunció el Omega alzando la mano oscura y humeante. Tras acariciar la mejilla de Lash, el mal se volvió—. Regresa por donde viniste.
—Te veré al anochecer —dijo Lash—. En la granja.
—Al. Anochecer.
—¿Prefieres que sea más tarde? ¿Qué te parece a la una? Nos veremos entonces.
—Me verás, ciertamente.
—Gracias, Padre.
Mientras el Omega atravesaba el suelo flotando, su capucha se reacomodaba en el lugar por voluntad propia y al otro lado de la habitación se deslizó un panel, abriéndose. Un momento después, Lash estaba solo.
Respirando hondo, se frotó el rostro y observó las llamas rojas y las espectaculares paredes que había a su alrededor. En cierta forma el lugar parecía un útero.
Con un destello de voluntad, se impulsó a sí mismo fuera del Dhunhd y de regreso a la desagradable choza que se había visto obligado a usar como plataforma de lanzamiento. Cuando se despertó dentro de su forma corporal, odió el hecho de estar tendido en un sofá cuyo cobertor tenía un estampado cursi de hojas otoñales. Y Dios, las hebras del tejido parecían el pelo rapado de un perro… y en verdad olía de la misma forma.
Asumiendo que el susodicho cuadrúpedo cabrón se hubiera revolcado en un cenicero mojado.
Alzando la cabeza, se levantó la camiseta hasta el cuello. Aún estaban allí. Las lesiones aún estaban ahí y agrandándose. Y se sentía como el culo.
Cuando se incorporó le temblaban las manos y cuando comprobó su teléfono, vio que no había recibido ninguna llamada. No tenía mensajes de voz del señor D ni de otros asesinos informando. Ambas cosas tenían sentido. Todo el mundo y todos los asuntos pasaban a través de su segundo al mando por lo que si el HDP había muerto, la Sociedad no podía contactar con Lash.
Tal vez el pequeño tejano había sido un AP demasiado eficiente.
Aguijoneado por el hambre, revolvió la cocina y abrió la puerta del frigorífico. Vacío. A excepción de una caja de bicarbonato de sodio Arm & Hammer que debería haberse utilizado en aquel sofá.
Cerrando el frigorífico de golpe, sintió un desprecio absoluto por el mundo y todos sus habitantes… aunque era principalmente el resultado de no tener sus huevos con tocino listos y esperándole.
Además, las casas decrépitas podían hacerle eso a un tío. La casa tipo rancho era una nueva adquisición y sólo había estado allí una vez antes… demonios, ni siquiera el señor D sabía que era propiedad de la Sociedad. La cuestión era que Lash, la había comprado en una ejecución hipotecaria porque iban a necesitar lugares para fabricar meta y el pedazo de mierda tenía un gran sótano. Era asombroso que quienquiera que hubiera sido el dueño no hubiera podido pagar los gastos de la hipoteca. Esta mierda solo estaba un escalón por encima de un retrete exterior.
Quizás medio escalón por encima.
Salió, se encaminó hacia el garaje y fue un jodido alivio estar de regreso en el Mercedes… aunque se sintió mortificado al tener que pasar por un autoservicio de MacDonald’s en busca de un Egg McMuffin y un café. Incluso había tenido que hacer fila junto a un grupo de tipos con camionetas y madres en monovolúmenes.
Al regresar a su casa de piedra, su humor se hundió aún más al entrar en territorio Charles Manson… y luego se fue directamente por el sumidero cuando entró en el garaje. La puerta seguía abierta, pero el Lexus ya no estaba.
Estacionando el Mercedes a cubierto, lo cerró con el control remoto y salió del garaje. El jardín de atrás estaba relativamente tranquilo, pero pudo oler al lesser en el mismo instante en que…
Deteniéndose en la terraza, sus ojos se dispararon hacia el segundo piso. Oh, Dios…
Reactivado por el pánico, Lash comenzó a correr a toda velocidad y subió los escalones de atrás de un solo salto, irrumpiendo por la puerta…
Sus mocasines patinaron mientras se detenía al ver la carnicería. Jesús…
Cristo… su cocina.
Parecía que hubieran rociado el lugar con una lluvia de aceite. Y, obviamente, no quedaba mucho del señor D. El torso del asesino estaba en medio de la habitación, al lado de la isleta, pero sus brazos y piernas estaban desparramados por todos lados… y sus tripas era como macramé colgando de los pomos de las puertas de la alacena.
Milagrosamente, la cabeza del tipo seguía adherida al torso y cuando vio que ya no estaba solo sus ojos se desorbitaron y comenzó a mover la boca; de sus labios brotó una suplica gutural y sangre negra coagulada.
—Jodido marica —escupió Lash—. Mírate. ¡Me cago en la puta! —Y maldita sea, tenía problemas más grandes que el hecho de que su segundo al mando hubiera sido descuartizado. Saltó por encima del desastre, atravesó el comedor a toda velocidad y subió corriendo las escaleras.
Al irrumpir en el dormitorio que compartía con Xhex, no encontró nada más que un enorme vacío… y una ventana con un agujero.
—¡Hija de puta!
Girando sobre sí mismo, miró a través de la puerta abierta y vio la marca que había fuera, en la pared del pasillo. Se acerco a zancadas, presionó la nariz contra el papel de seda e inhaló. Su esencia estaba en las fibras del tejido. Se había fugado a base de fuerza física.
No obstante, todavía estaba en la habitación después de que el señor D hubiera sido atacado. ¿Los Hermanos habían regresado y la habían ayudado a escapar?
Después de un rápido recorrido por la casa el humor de Lash pasó de malo a tóxico. Portátil: desaparecido. Móviles: desaparecidos.
Hijos de puta.
En la cocina, se dirigió a la despensa en busca de…
—¡Oh, coño!
Agachándose, se fijó en el panel que había sido roto y abierto. ¿Su botín había desaparecido también? ¿Cómo demonios lo habían encontrado? Pero por otro lado, el señor D tenía aspecto de haber ilustrado una clase de anatomía.
Tal vez hubiera hablado. Y eso significaba que Lash no podía estar seguro de que otras direcciones podía haber comprometido.
En un arranque de furia, lanzó un puñetazo y al hacer volar su puño con fuerza golpeó algo en el camino.
Un enorme tarro de aceitunas.
Aquello se rompió, el jugo se derramó por todas partes y esas pequeñas cositas parecidas a ojos golpearon el suelo y rodaron en todas direcciones corriendo por su libertad. Lash regresó a zancadas a la cocina y se acercó al señor D. Cuando esa boca ensangrentada comenzó a moverse otra vez, su penosa lucha le resultó definitivamente nauseabunda.
Estirándose hacia el mostrador, Lash sacó un cuchillo Henckels, lo tomó por el mango y se agachó.
—¿Les dijiste algo?
Cuando el señor D sacudió la cabeza, Lash lo miró fijamente a los ojos. La parte blanca estaba oscureciéndose, adoptando una tonalidad gris y las pupilas estaban dilatadas a tal punto de que ya casi no tenían iris. Sin embargo y aunque parecía estar a punto de morir, abandonado a su suerte el señor D languidecería y se pudriría eternamente en esa condición. Sólo había una forma de «matarlo».
—¿Estás seguro? —murmuró Lash—. ¿Ni siquiera cuando te arrancaron los brazos de las articulaciones?
El señor D movió la boca, los sonidos gorgoteantes se asemejaban a comida de perro cayendo fuera de la lata.
Con una maldición asqueada, Lash apuñaló el pecho vacío del lesser, librándose al menos de esa parte del desastre. Tanto el sonido como el destello se extinguieron rápidamente y luego Lash se encerró dentro, cerrando la puerta trasera antes de dirigirse nuevamente al segundo piso.
Le llevó media hora hacer las maletas y mientras bajaba las escaleras acarreando seis bolsas Prada, no podía recordar que alguna vez hubiera tenido que cargar con su propio equipaje.
Después de alinear su carga en los escalones traseros, dispuso la alarma de seguridad, cerró las puertas y metió sus cosas en el Mercedes.
Mientras se alejaba conduciendo, detestó la idea de tener que regresar al jodido rancho. Pero por el momento, no tenía más opciones… y tenía otras cosas en las que ocupar su jodida atención antes de pensar en el lugar donde viviría.
Tenía que encontrar a Xhex. Si había escapado sola era imposible que hubiera llegado lejos. Estaba demasiado débil. Así que debía tenerla la Hermandad.
Jesús bendito… con su padre acudiendo a la una de la madrugada para inducirla, debía apresurarse a recuperarla. O eso o encontraba a alguien con quien conformarse.
* * *
El golpe que despertó a John fue un verdadero rebote de nudillos, ruidoso como un disparo. En el instante en que lo escucho, se irguió por completo. Mientras se frotaba los ojos, silbó un «entre» y rezó por que no fuera más que Qhuinn trayendo una bandeja con la Primera Comida. La puerta no se abrió.
John frunció el ceño y bajó las manos.
Poniéndose de pie, tomó un par de vaqueros y se los subió hasta las caderas, luego se acercó a la puerta y… de pie en el umbral estaba Wrath con George a su lado y no estaba solo. Sus amigos y Rehvenge estaban con él, así como todos los Hermanos incluyendo a Tohr.
Oh… Dios… no.
A pesar de que su corazón se detuvo en seco, sus manos gesticularon rápidamente: ¿Dónde fue encontrado el cuerpo?
—Está viva —respondió Rehvenge mientras le tendía un teléfono—. Acabo de recibir el mensaje. Presiona el cuatro.
A John le llevó un segundo procesar la información. Luego arrebató el móvil de la mano del macho y presionó la tecla. Se oyó un pitido y luego…
Santa mierda… su voz. Su voz
—Rehv… estoy fuera. Logré escapar. —Se oyó un suspiro bajo y profundo—. Estoy bien. Intacta. Estoy fuera. —Hubo una larga pausa. Al punto que John estaba a punto de comprobar que no…—Necesito algo de tiempo. Estoy a salvo… pero no regresaré por un rato. Necesito algo de tiempo. Cuéntaselo a todo el mundo… cuéntaselo… a todos. Me mantendré en contacto. —Otra pausa y luego la voz se volvió más fuerte, al borde de la furia—. En cuanto pueda… Lash es mío. ¿Me entiendes? Nadie, que no sea yo lo liquidará. 
El mensaje terminó.
John volvió a presionar el cuatro y escuchó.
Tras la segunda vez, se lo devolvió a Rehv y enfrentó la mirada amatista. Era bien consciente de que hacía años y años que Rehv conocía a Xhex. Sabía que el tipo no sólo compartía experiencias con ella sino la sangre symphath que en muchos aspectos lo cambiaba todo. Sabía que el macho era más viejo y más sabio y toda esa mierda. Pero cuando se trataba de ella, el macho emparejado que había en John los dejaba en igualdad de condiciones. E incluso le daba ventaja.
¿Dónde podría haber ido? gesticuló.
Después de que Qhuinn tradujera, Rehv asintió.
—Tiene una cabaña de caza aproximadamente a veinticuatro kilómetros al norte de aquí. Sobre el Río Hudson. Creo que está allí. Tiene acceso a un teléfono y es un lugar seguro. Al anochecer iré allí solo. A menos que tú quieras acompañarme.
A nadie pareció sorprenderle el intercambio de palabras… pero luego John comprendió que su secreto debía haber salido a la luz. Tras la forma en que se había comportado en el dormitorio de aquella casa… por no hablar de como había destrozado a ese lesser, todos sabían lo que sentía por Xhex.
Esa era la razón de que hubieran acudido en grupo. Estaban reconociendo su estatus, prestándole el respeto debido. Los derechos y límites de los machos emparejados eran respetados en lo que concernía a sus hembras.
John miró a Qhuinn y gesticuló: Dile que iré.
Después de que su amigo tradujera, Rehv asintió y se volvió hacia Wrath.
—Iré con él y sólo con él. No puede traer a Qhuinn. Ya vamos a tener suficientes problemas con ella al llegar nosotros dos sin ser anunciados.
Wrath frunció el ceño.
—Maldición, Rehv…
—Corremos el riesgo de que huya. Ya una vez he pasado por esto con ella. Si viene alguien más, se va a dar a la fuga y no volverá a llamar. Además, John… me seguirá de cualquier forma, ¿No es así hijo? Te desharás de Qhuinn y me seguirás igual.
John no dudo en asentir.
Mientras Qhuinn maldecía como un hijo de puta, Wrath sacudió la cabeza.
—¿Para qué demonios te lo asigné como ahstrux…?
Se produjo un momento de tenso silencio, durante el cual el Rey midió tanto a John como a Rehv. Luego dijo:
—Oh, que diablos, está bien… por esta vez te dejaré ir sin protección, pero no te enfrentarás al enemigo. Irás a esa cabaña y sólo allí y luego regresarás a buscar a Qhuinn antes de acudir al campo de batalla. ¿Está claro?
John asintió y se giró para encaminarse al cuarto de baño.
—Diez minutos —dijo Rehv—. Tienes diez minutos y luego nos iremos.
John estuvo listo en cuatro y paseándose por la planta baja, en seis. Estaba completamente armado, de acuerdo al protocolo y cubierto de cuero protector. Y aún más que eso, se sentía vivo al punto del frenesí, la sangre le zumbaba con la intensidad de un tornado.
Mientras se paseaba, sentía que le miraban. Desde el salón de billar. Desde el comedor. Desde el balcón del segundo piso. Las bocas estaban silenciosas, pero los ojos no se perdían nada.
La Hermandad y los demás habitantes de la casa evidentemente alucinaban ante su conexión con Xhex y creía poder entenderlo. ¡Sorpresa! Se había vinculado con una symphath.
Pero no podías evitar de quien te enamorabas… ni cambiar los sentimientos de alguien que no te correspondía.
Dios, no es que eso importara. ¡Estaba viva!
Rehvenge bajó la escalera principal, con el bastón rojo golpeando los escalones alfombrados cada vez que adelantaba el pie derecho. No estaba vestido para la guerra, sino para mantenerse abrigado, con su abrigo de marta hasta el suelo rozando los cordones de la parte superior de sus zapatos y los puños de su elegante traje negro.
Cuando se acercó a John, simplemente hizo un gesto afirmativo con la cabeza y abrió camino hacia el vestíbulo. Juntos, atravesaron la puerta y penetraron en la noche fría.
El aire olía a limpio y a tierra mojada.
El perfume de la primavera. El mismísimo aroma de la esperanza y el renacimiento.
Acercándose al Bentley, John absorbió la fragancia en sus pulmones y la contuvo allí mientras se decía a sí mismo que Xhex estaba haciendo exactamente lo mismo, esa misma noche.
Y que no estaba enterrada bajo tierra.
Las lágrimas ardieron en los ojos mientras la gratitud inundaba todas y cada una de sus venas, bombeada por un corazón feliz.
  No podía creer que fuera a verla… Dios, verla una vez más. Mirar esos ojos acerados. Poder…
Mierda, iba a ser difícil no rodearla con los brazos y mantenerla abrazada hasta mañana por la mañana. O quizás hasta la semana que viene.
Cuando entraron al coche, Rehv encendió el motor, pero no arrancó. Simplemente se quedó mirando a través del parabrisas al camino de guijarros que tenían delante. Con voz queda dijo:
—¿Cuánto hace que te sientes así? Respecto a ella.
John sacó el pequeño bloc que había llevado y escribió: Desde el momento en que la vi por primera vez.
Después de que Rehv leyera los rápidos garabatos, frunció el ceño.
—¿Ella siente lo mismo?
John no bajó los ojos al negar con la cabeza. No tenía sentido esconder ese tipo de mierda. No con un symphath.
Rehv asintió una vez.
—Típico de ella. Maldita sea… esta bien, hagámoslo.
Con un rugido, partieron hacia la noche.

Capítulo 20

La esperanza es una emoción traicionera.
Ya habían pasado dos noches cuando Darius entró finalmente en la casa de la familia de la hembra secuestrada, cuando la enorme puerta se abrió para él y Tohrment, se reunieron con un doggen cuyos ojos estaban llenos de trágica esperanza. En verdad, la expresión del mayordomo era casi de veneración, evidentemente creía estar dando la bienvenida a los salvadores de la casa de su amo, en vez de a mortales.
Sólo el tiempo y los caprichos de la fortuna probarían si su fe era adecuada o estaba fuera de lugar.
Con presteza, Darius y Tohrment fueron conducidos a un estudio formal y el caballero que se levantó de una silla tapizada en seda tuvo que estabilizar su peso.
—Bienvenidos, sires, gracias por venir —dijo Sampsone mientras extendía ambos brazos para estrechar la mano de Darius—. Lamento no haberos recibido estas dos últimas noches. Mi amada shellan...
La voz del macho se rompió y en el silencio, Darius se hizo a un lado.
—Permítame que le presente a mi colega, Tohrment, hijo de Hharm.
Cuando Tohrment se inclinó con la mano en el corazón, quedó claro que el hijo tenía los modales que le faltaban a su padre.
El dueño de la casa devolvió la deferencia.
—¿Les apetece alguna bebida o algo de comer?
Darius negó con la cabeza y tomó asiento. Mientras Tohrment se situaba de pie detrás de él, dijo:
—Gracias. Pero sería preferible que pudiéramos hablar sobre lo qué ocurrió dentro de esta casa.
—Sí, sí, claro está. ¿Qué puedo contarles?
—Todo. Cuéntenoslo... todo.
—Mi hija... mi luz en la oscuridad... —El macho sacó un pañuelo—. Es una hembra de valía y virtud. La hembra más compasiva que jamás conocerán....
Darius, consciente de que ya habían perdido dos noches, permitió al padre algún tiempo para recordar antes de reconducirlo.
—Y esa noche, señor, esa terrible noche —interrumpió cuando se produjo una pausa— ¿Que sucedió aquí, en el interior de la casa?
El macho asintió y parpadeó.
—Se despertó de su sueño sintiendo una cierta inquietud y se le recomendó retirarse a sus habitaciones privadas por bien de su salud. Le llevaron una comida a medianoche y después otra justo antes de la llegada del amanecer. Fue la última vez que la vieron. Sus habitaciones privadas están arriba, pero también tiene, como con el resto de familia, habitaciones subterráneas. A menudo elegía no bajar con nosotros durante el día, sin embargo y como teníamos acceso a ella a través de los pasadizos interiores, asumimos que estaría lo suficientemente a salvo.
El macho se atragantó en ese punto.
—Cómo desearía haber insistido.
Darius podía entender muy bien el remordimiento.
—Encontraremos a su hija. De una forma u otra, la encontraremos. ¿Nos permitiría ir ahora a su dormitorio?
—Por favor háganlo—. Cuando el macho inclinó la cabeza hacia su doggen, el mayordomo respondió a la orden—. Silas estará encantado de escoltarles. Yo... esperaré aquí.
—Por supuesto.
Cuando Darius se puso en pie, el padre extendió el brazo y cogió su mano.
—¿Una palabra, si me lo permite? Entre usted y yo.
Darius accedió y después de que Tohrment y el doggen salieran, el dueño de la casa volvió a derrumbarse en su sillón.
—En verdad... mi hija es una mujer de valía. De virtud. No ha sido tocada por...
En la pausa que siguió, Darius supo la razón por la que el macho estaba preocupado: si no la recuperaban en su condición virginal, su honor, así como también el de su familia, corría peligro.
—No puedo decir esto delante de mi amada shellan —continuó el macho—. Pero nuestra hija... Si ha sido mancillada... quizá valdría más dejar...
Los ojos de Darius se entornaron.
—Preferiría usted que no fuera encontrada.
Las lágrimas brotaron de esos ojos pálidos.
—Yo... —Bruscamente, el macho negó con la cabeza—. No... no. Quiero recuperarla. No importan las consecuencias, no importa su condición... por supuesto que quiero a mi hija.
Darius no se sentía dispuesto a ofrecerle apoyo; que semejante negación de la hija de su sangre hubiera cruzado siquiera por la mente del macho era grotesco.
—Me gustaría ir a su habitación ahora.
El dueño de la casa chasqueó los dedos y el doggen retrocedió hasta el pasillo del estudio.
—Por aquí, señor —dijo el mayordomo.
Mientras él y su protegido eran conducidos a través de la casa, Darius estudió las puertas y ventanas reforzadas. Había acero por todas partes, ya fuera separando los paneles de cristal o para reforzar los gruesos paneles de roble. Entrar sin invitación no sería fácil... y estaba dispuesto a apostar a que cada habitación del segundo y tercer piso estaría equipada de modo semejante, al igual que las habitaciones de los sirvientes.
También evaluó cada pintura, cada alfombra y cada objeto precioso mientras ascendían. Esta familia estaba muy arriba dentro de la glymera, con cofres repletos de monedas y una ascendencia envidiable. Por tanto, el hecho de que su hija no emparejada  desapareciera afectaba a algo más que simplemente a sus lazos afectivos: ella era un activo comercializable. Con este tipo de antecedentes, una hembra en edad de tomar compañero era un objeto de belleza... a parte de las implicaciones sociales y financieras.
Y eso no era todo. Al igual que con valoraciones semejantes, el reverso era también cierto: tener una hija arruinada, ya sea de hecho o por un rumor, era una mancha que tardaría generaciones en atenuarse. El dueño de esta mansión sin duda amaba a su hija honestamente, pero el peso de todo esto distorsionaba la relación.
Darius realmente creía que, a los ojos del macho, era mejor que ella volviera a casa en una caja de pino antes que respirando pero habiendo sido mancillada. Lo último era una maldición, lo primero una tragedia que generaría mucha simpatía.
Darius odiaba a la glymera. De veras la odiaba.
—Aquí están sus habitaciones privadas —dijo el doggen, abriendo una puerta.
Mientras Tohrment entraba en el cuarto iluminado por velas, Darius preguntó:
—¿Las han limpiado? ¿Han sido ordenadas desde que ella estuvo en su interior?
—Por supuesto.
—Déjenos, ¿quiere?
El doggen se inclinó profundamente y desapareció.
Tohrment vagabundeó, observando los tapices de seda y la sala de estar bellamente decorada. Había un laúd en un rincón y una labor de costura terminada a medias en otro. Los libros de autores humanos estaban apilados pulcramente en estantes, junto con papiros en el Antiguo Idioma.
Lo primero que saltaba a la vista era que no había nada fuera de lugar. Pero si era cosa del personal o una circunstancia de la desaparición, era algo difícil de saber.
—No toques nada, ¿vale? —le dijo Darius al muchacho.
—Por supuesto.
Darius entró en el lujoso dormitorio. Los cortinajes estaban hechos de grueso y pesado tejido de tapicería, de modo que la luz del sol no pudiera penetrar y la cama estaba rodeada por más de lo mismo, grandes lienzos de tela colgando del baldaquín.
Dirigiéndose al armario, tiró de las puertas talladas. Primorosos vestidos de noche adornados con zafiros, rubíes, citrinos y esmeraldas colgaban juntos, dignos de una belleza en potencia. Y una única percha vacía descansaba sobre un gancho en el interior de los paneles, como si ella hubiera descolgado la elección de la noche de las perchas acolchadas.
En el tocador había un cepillo de pelo y varios frascos de ungüentos, aceites aromáticos y polvos de color. Todo dispuesto en filas ordenadas.
Darius abrió un cajón... y dejó escapar un juramento en voz baja. Estuches de joyería. Joyeros de final piel. Cogió uno, pulsó el broche de oro y levantó la tapa.
Los diamantes brillaron a la luz de las velas.
Mientras Darius devolvía la caja junto con sus compañeras, Tohrment se detuvo en la puerta, con los ojos fijos en la tupida alfombra tejida en colores melocotón, amarillo y rojo.
El rubor apenas perceptible en la cara del macho entristeció a Darius por alguna razón.
—¿Nunca habías estado en el tocador de una hembra?
Tohrment enrojeció aún más.
—Ah... no, señor.
Darius le hizo una seña con la mano.
—Bien, esto son negocios. Deja a un lado cualquier timidez.
Tohrment se aclaró la voz.
—Sí. Por supuesto.
Darius fue hacia los dos juegos de ventanales. Ambos se abrían hacia una terraza y salió fuera con Tohrment pegado a los talones.
—Se puede ver a lo lejos a través de los árboles —murmuró el muchacho, caminando hacia el balcón.
Ciertamente se podía. A través de los espigados brazos de las ramas sin hojas, se veía la mansión de otra propiedad. La gran casa era semejante en distinción y tamaño, con un elaborado forjado en sus torrecillas y elegantes jardines... pero por lo que Darius sabía, no estaba habitada por vampiros.
Se marchó dando media vuelta y avanzó a lo largo de la terraza, inspeccionando todas las ventanas, todas las puertas y todos los picaportes, goznes y cerrojos.
No había señales de allanamiento y dado el frío que hacía, ella no hubiera dejado algo abierto a los elementos.
Lo que quería decir que o había salido por propia voluntad... o permitido que alguien se la llevara. Asumiendo que la entrada se hubiera producido por aquí.
Miró a través del cristal hacia las habitaciones, intentando imaginar qué había ocurrido.
Al diablo con la entrada, la salida era más importante, sin duda. Era altamente improbable que el secuestrador la hubiera sacado por la fuerza atravesando la casa: debía desaparecer durante las horas de oscuridad o ella habría ardido hasta convertirse en cenizas y siempre había vigilancia  fuera y cerca durante las horas nocturnas.
No, pensó él. Tenían que haber salido por esta suite.
Tohrment elevó la voz.
—No hay nada fuera de lugar, dentro o fuera. Ningún arañazo en el suelo o marcas en la pared, lo que significa...
—Que bien pudo haberlos dejado entrar o no haber luchado demasiado.
Darius regresó adentro y recogió el cepillo del pelo. Delgadas hebras de cabello pálido estaban atrapadas entre las rígidas cerdas. No era una sorpresa, puesto que ambos padres eran rubios.
La pregunta era, ¿qué provocaría que una hembra de valía se escapara de la casa de su familia justo antes de amanecer, sin dejar nada a su paso... y sin llevarse nada?
Una respuesta le vino a la mente: un macho.
Los padres no lo sabían necesariamente todo de las vidas de sus hijas, ¿verdad?
Darius se quedó mirando hacia la noche, rastreando los jardines y los árboles... y la mansión de al lado. Conexiones... había conexiones con el misterio aquí dentro.
La respuesta que buscaba estaba aquí en alguna parte. Sólo tenía que juntar todas las piezas.
—¿Hacia dónde? —preguntó Tohrment.
—Hablaremos con los sirvientes. En privado.
En la mayoría de los casos, en casas como esta, el doggen nunca soñaría con expresar públicamente nada fuera de lugar. Pero éstas no eran circunstancias normales y eso hacía enteramente posible que la piedad y la compasión hacia la hembra superasen la reticencia del personal.
Y algunas veces la parte de atrás de la casa sabía cosas que la parte delantera no conocía.
Darius se giró y se encaminó hacia la puerta.
—Ahora nos vamos a perder.
—¿A perdernos?
Salieron juntos y Darius miró arriba y abajo por el pasillo.
—Sin duda. Ven por aquí.
Escogió la izquierda, porque en dirección opuesta había un juego de ventanales que conducían a otra terraza del segundo piso… así que era obvio que el hueco de la escalera del personal no estaba allá abajo. Mientras caminaban, pasando por muchas habitaciones bien amuebladas, el corazón le dolía como si le costara respirar. Después de dos decenios, sus pérdidas se dejaban sentir todavía, su descenso de estatus reverberaba aún en los huesos de su cuerpo. Su madre era lo que más añoraba, a decir verdad. Y detrás de ese dolor estaba la desaparición de la vida refinada que una vez había vivido.
Cumplía con el deber con la raza para el que había nacido y se le había adiestrado, se permitía ciertas... indulgencias y se había ganado el respeto de sus camaradas de guerra. Pero no había alegría para él en esta existencia. Ninguna sorpresa. Ninguna fascinación.
¿Para él era todo cuestión solo de cosas bellas? ¿Tan superficial era? Si algún día llenaba una casa grande y hermosa con incontables habitaciones llenas de chucherías ¿se aligeraría su corazón?
No, pensó. No si no había nadie bajo los altos techos.
Añoraba gente de mentes similares viviendo juntos, una comunidad protegida por gruesas paredes, un grupo que fuera familia tanto por sangre como por elección. Ciertamente, la Hermandad no cohabitaba, Wrath el Justo lo veía como un riesgo para la raza… si su posición quedara comprometida de algún modo ante el enemigo, todos quedarían al descubierto.
Darius podía entender la idea, pero no estaba seguro de estar de acuerdo con ella. Si los humanos podrían vivir en castillos fortificados en medio de sus campos de batalla, los vampiros también podían.
Aunque la Sociedad Lessening era una enemiga mucho más peligrosa, para ser justos.
Tras continuar por el corredor durante algún tiempo, finalmente encontraron lo que estaba esperando: un panel basculante hacia una escalera trasera sin ningún adorno.
Siguiendo hacia abajo los escalones de pino, entraron en una pequeña cocina y su aparición detuvo la comida que tenía lugar en la larga mesa de roble que había enfrente. Los doggen allí reunidos dejaron caer sus jarras de cerveza y los trozos de pan y se levantaron de golpe.
—Por favor, reanudad vuestras libaciones —dijo Darius, urgiéndolos con las manos a sentarse de nuevo—. Quisiéramos hablar con el lacayo del segundo piso y la doncella personal de la hija.
Todos recobraron sus lugares a lo largo de los bancos excepto dos, una hembra de cabello blanco y un joven macho con una cara amable. Darius preguntó al lacayo—: ¿Podrías sugerir un lugar que nos ofreciera algo de privacidad?
—Tenemos una salita por allí. —Señaló con la cabeza hacia una puerta cercana a la chimenea—. Encontrarán lo que buscan ahí dentro.
Darius asintió y se dirigió a la doncella, que estaba pálida y temblorosa, como si se hubiera metido en problemas.
—No has hecho nada malo, querida. Ven, será rápido e indoloro, te lo aseguro.
Mejor empezar con ella. No estaba seguro de que la hembra pudiera soportar esperar a que terminaran con el lacayo.
Tohrment abrió la marcha y los tres entraron a una sala que tenía tanto carácter como un fajo de pergaminos en blanco.
Como ocurría siempre en las grandes mansiones, las estancias de la familia estaban decoradas de forma lujosa. Y las del personal no tenían nada salvo lo básico.


Capítulo 21

Cuando el Bentley de Rehv abandonó la Ruta 149 Norte y entró con cuidado en un camino de tierra estrecho, John se inclinó hacia delante sobre el parabrisas. Los faros golpeaban los troncos desnudos de árboles mientras el sedán serpenteaba más y más cerca del río, el paisaje estaba cubierto de hierba y resultaba poco acogedor.
La pequeña cabaña de caza que se reveló era absoluta y positivamente poco remarcable. Pequeña, oscura y sencilla, con un garaje separado, era rústica, pero estaba en perfectas condiciones.
Abrió la portezuela del coche antes de que el Bentley entrara en el aparcamiento y ya caminaba hacia la entrada principal antes de que Rehv saliera de detrás del volante. La sensación primordial de temor que tenía era en realidad una buena señal. Había sentido lo mismo en el campamento symphath y tendría sentido que ella protegiera su espacio privado con un campo de fuerza parecido.
El ruido de las botas sonó fuerte a sus oídos mientras cruzaba el camino de tierra y luego todo quedó en silencio cuando pisaron la destartalada hierba marrón del césped superficial. No llamó, sino que alcanzó el picaporte y ordenó a la cerradura que se abriera.
Sólo que… no se movió.
—No vas a poder entrar ahí con la cabeza. —Rehv se acercó con una llave de cobre, la utilizó y se abrió paso.
Cuando la puerta robusta y sólida se apartó, John frunció el ceño en la oscuridad y ladeó la cabeza, esperando que sonara una alarma.
—Ella no cree en esas cosas —dijo Rehv calladamente… antes de agarrar a John cuando iba a entrar corriendo. En voz alta el macho gritó— ¿Xhex? ¿Xhex? Baja el arma… somos John y yo.
En cierto modo su voz no suena del todo bien, pensó John.
Y no hubo respuesta.
Rehv encendió las luces y soltó el brazo de John mientras entraban. La cocina no era nada excepto un tramo de mostrador y alacenas con lo esencial: fogones de gas, un frigorífico viejo, un fregadero de acero inoxidable funcional, nada elegante. Pero todo estaba inmaculado y no había ningún desorden. Nada de correo, nada de revistas. Ni armas a la vista.
Mohoso. El aire estaba inmóvil y mohoso.
Enfrente, había un solo cuarto grande con una hilera de ventanas que daban al agua. Los muebles eran los mínimos, nada excepto dos sillas de mimbre, un sofá de ratan y una mesita.
Rehv caminó directo hacia a la única puerta cerrada a la derecha.
—¿Xhex?
Otra vez con esa voz. Y entonces el macho puso la palma en la jamba y se inclinó sobre los paneles, cerrando los ojos.
Con un estremecimiento, los hombros inmensos de Rehv bajaron.
Ella no estaba aquí.
John le adelantó a zancadas y fue hacia la manilla, empujando para abrirse paso hasta el dormitorio. Vacío. Al igual que el cuarto de baño de más allá.
—Maldición. —Rehv giró sobre sus talones y salió a zancadas. Cuando una puerta golpeó en el lado de la cabaña que daba al río, John se figuró que el tipo había salido al porche y miraba fijamente al agua.
John maldijo en su cabeza mientras echaba una mirada alrededor. Todo estaba pulcro y ordenado. Nada fuera de lugar. Ninguna ventana entreabierta para que entrara aire fresco o puertas recientemente abiertas.
El polvo fino en los picaportes y cerraduras lo confirmaban también.
Quizá hubiera estado allí pero ya se había ido. Y si había venido no se había quedado mucho tiempo ni había hecho mucho, porque no podía detectar para nada su olor.
Se sentía como si la hubiera perdido de nuevo.
Cristo, había creído que el que estuviera viva sería suficiente para sustentarle… pero la idea de que estuviera en algún lugar del planeta, aunque no con él era extrañamente agobiante. Además se sentía cegado por la situación, todavía no sabía los cómos, qué y dónde de nada.
Apestaba que te dejaran de lado, para ser honesto.
Finalmente, salió para reunirse con Rehv en el pequeño porche. Agarró la libreta, garabateó rápidamente y rezó como el demonio porque el symphath pudiera comprender de qué iba la cosa.
Rehv lo miró por encima del hombro y leyó lo que John le tendía. Después de un momento, dijo:
—Sí. Claro. Les diré que no estaba aquí y te viniste conmigo a tomar algo a casa de iAm. Eso te dará unas buenas tres o cuatro horas mínimo.
John se puso la palma sobre el pectoral y se inclinó profundamente.
—No vayas a luchar. No necesito saber a donde vas, eso es asunto tuyo. Pero si consigues que te maten, tendré montones de problemas y tú serás el mayor de ellos. —Rehv volvió a mirar al río—. Y no te preocupes por ella. Ya antes ha pasado por esto. Esta es la segunda vez que la han… retenido de ese modo.
La mano de John salió disparada y agarró con fuerza el antebrazo del macho. Rehv ni siquiera se estremeció… por otra parte, había rumores de que no podía sentir nada a causa de lo que hacía para controlar su lado symphath.
—Sí. Esta es la número dos. Ella y Murhder habían estado juntos. —Cuando los colmillos de John hicieron su aparición, Rehv sonrió un poco—. Fue hace mucho. No hay necesidad de preocuparse. Pero ella acabó acudiendo a la colonia por razones familiares. Sin embargo se la jugaron y no la dejaban marchar. Cuando Murhder fue a por ella, los symphaths le cogieron también y la mierda se puso crítica. Tuve que hacer un trato para sacarlos a ambos, pero su familia la vendió en el último segundo, directamente bajo mis narices.
John tragó con dificultad e hizo gestos sin pensar. ¿A quién?
—Humanos. Se liberó, como ha hecho esta vez. Y luego se marchó por un tiempo. —Ahora los ojos amatista de Rehv brillaban—. Siempre había sido dura, pero después de lo que esos humanos le hicieron, se volvió de acero.
¿Cuándo? articuló John.
—Hace unos veinte años. —Rehv volvió a mirar fijamente al agua—. PTI, no bromeaba en ese mensaje. No apreciará que nadie venga y se haga el héroe con Lash. Va a tener que hacerlo ella misma. ¿Quieres ayudar con la situación? Deja que sea ella la que acuda a ti cuando esté preparada… y mantente fuera de su camino.
Sí, bueno, probablemente no vaya a perder el culo por mandarme un mensaje, pensó John. ¿Y en cuanto a la cuestión de Lash? No estaba seguro de poder dejarlo pasar. Ni siquiera por ella.
Para cortar sus propios pensamientos, John extendió la palma. Se encontraron pecho con pecho en un abrazo breve y luego John se desmaterializó.
Cuando tomó forma, estaba de regresó en el Parque Xtreme, detrás del cobertizo, mirando a las rampas y pozos vacíos. El camello jefe no había vuelto. Ningún patinador, tampoco. Ambas cosas tenían sentido. ¿Redada la noche antes con un mogollón de polis? ¿Por no hablar de la lluvia de balas?
El lugar iba a ser un pueblo fantasma durante un rato.
John se inclinó contra la madera áspera, con los sentidos alerta. Era consciente del paso del tiempo, a causa de la posición de la luna moviéndose en arco por encima de su cabeza y porque su cerebro había pasado de giros maníacos a una agitación más razonable. Lo cuál todavía apestaba pero era más fácil de llevar.
Ella estaba ahí fuera y ni siquiera sabía en que condición estaba. ¿Estaba herida? ¿Necesitaba alimentarse? ¿O…?
Vale. Hora de detener ese círculo vicioso.
Y probablemente debiera retirarse. Wrath había sido condenadamente claro sobre el asunto de no-pelear-sin-Qhuinn y esto todavía sería considerado un lugar caliente en cuanto al enemigo.
Bruscamente, se dio cuenta de adonde tenía que ir.
Impulsándose para enderezarse, se detuvo y echó una mirada alrededor con un ceño. La sensación de ser vigilado, de que le seguían, le abrumó una vez más… justo como había pasado en aquel salón de tatuajes.
Esta noche, sin embargo, no tenía energías para apoyar una buena dosis de paranoia, así que se desmaterializó simplemente, figurándose que quienquiera o lo que fuera le rastrearía otra vez o los perdería en el éter… no le importaba que fuera una cosa u otra.
Estaba hecho polvo de cojones.
Cuando tomó forma otra vez, estaba a un puñado de manzanas de donde había hecho el numerito con el lesser la noche antes. Del bolsillo interior de la chaqueta de cuero, sacó una llave de cobre como la que Rehv había utilizado en la cabaña de caza.
La tenía desde hacía cerca de mes y medio. Xhex se la había dado la noche que le había dicho que podía confiar en él con su secreto de symphath y como sus cilicios, la llevaba encima a dondequiera que iba.
Se agachó bajo la escalera de una casa de piedra rojiza, insertó el trozo de metal y abrió la puerta. Las luces del pasillo del sótano se activaban con el movimiento y el tramo de piedra blanqueada se iluminó instantáneamente.
Tuvo cuidado de cerrar tras de él y luego bajó hacia la única puerta.
Ella le había ofrecido santuario en este lugar privado una vez. Le había otorgado acceso a su sótano cuando había necesitado estar solo. Y cuando él se había aprovechado de tamaña hospitalidad, aquello lo había conducido a la pérdida de su propia virginidad.
Aunque ella se había negado a besarlo.
La misma llave valía para la puerta del dormitorio, el mecanismo de cierre se movió suavemente. Cuando abrió los paneles de metal, la luz se encendió y entró.
John murió un poco ante lo que vio en la cama, el corazón se le paró y se quedó sin respiración, las ondas cerebrales cesaron y la sangre se le congeló en las venas.
El cuerpo desnudo de Xhex estaba acurrucado entre las sábanas.
Cuando el cuarto se inundó de luz, la mano de Xhex se tensó sobre el arma que yacía sobre el colchón y apuntó hacia la puerta.
No tenía la fuerza para levantar ni la cabeza ni el arma, pero estaba sumamente seguro de que podía apretar el gatillo.
Levantando los brazos y mostrando las palmas, John dio un paso a un lado y cerró la puerta de una patada para protegerla.
La voz de ella fue apenas un cuchicheo.
—John...
Una lágrima roja solitaria brotó del ojo que John podía ver y la observó avanzar lentamente por el puente de la nariz y gotear sobre la almohada.
Ella retiró la mano del arma y se la llevó a la cara, moviéndose centímetro a centímetro, como si le hiciera falta toda la fuerza que tenía para levantarla. Se cubrió de la única manera que podía, el escudo formado por la palma y los dedos le ocultó las lágrimas.
Estaba marcada por todas partes con verdugones y magulladuras en varias etapas de curación y había perdido tanto peso, que los huesos parecían abrirse camino a través de la carne. La piel estaba gris en vez de un saludable rosa y su olor natural era casi inexistente.
Se estaba muriendo.
El horror de todo aquello hizo que le fallaran las rodillas hasta el punto de que perdiera el equilibrio y tuviera que sujetarse contra la puerta.
Pero incluso mientras se tambaleaba, su mente entró en acción. Doc Jane tenía que venir a examinarla y Xhex necesitaba alimentarse.
No tenían mucho tiempo.
Si iba a vivir, él tendría que tomar el control aquí.
John se arrancó la chaqueta de cuero y se subió la manga de un tirón mientras se dirigía a ella. Lo primero que hizo fue cubrir gentilmente su desnudez colocándole por encima la sábana superior. La segunda fue empujar la muñeca derecha ladeada hasta su boca… y esperó a que los instintos de Xhex tomaran el control.
Puede que su mente no le deseara, pero su cuerpo no iba a poder resistirse a lo que tenía para ofrecerle.
La supervivencia siempre triunfaba sobre los asuntos del corazón. Él era la prueba evidente de ello.

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