sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 25 26 27

Capítulo 25

Lash reflexionaría más tarde sobre como uno nunca sabía con quién se iba a cruzar. Nunca se sabía cómo una simple decisión entre ir a izquierda o derecha en un cruce podía cambiar las cosas. A veces las decisiones no tenían importancia. Otras... te llevaban a lugares inesperados.
En el momento actual, sin embargo, aún no había alcanzado esa revelación. Estaba simplemente conduciendo por una zona de granjas, circulando, pensando en el tiempo.
En el pasado más reciente para ser exactos.
—¿Cuánto falta?
Lash miró a través del habitáculo del Mercedes. La prostituta que había recogido en un callejón del centro era bastante guapa y tenía la suficiente silicona como para dedicarse al porno, pero la adicción a las drogas de Plástica-Fantástica la había dejado huesuda y nerviosa.
Desesperada, también. Tan colgada que sólo le había costado cien dólares subirla al AMG para ir a una "fiesta".
—No mucho —replicó, volviendo a centrar la atención en la carretera que tenía delante.
Estaba desilusionado como la mierda. Cuando había pintado todo esto en su cabeza, Xhex estaba atada y amordazada en el asiento trasero… mucho más romántico. En lugar de eso, tenía que cargar con ésta muñeca hinchable fea como una rata. Pero no podía luchar contra la situación en la que estaba: necesitaba alimentarse, su padre esperaba que se cerraran algunos negocios y encontrar a Xhex iba a requerir más tiempo del que había pensado.
Y la peor de todas las concesiones era que ésta zorra que llevaba de copiloto era humana: Mucho menos útil que un vampiro hembra, pero tenía la esperanza de que esos ovarios trabajaran a su favor cuando le chupara la sangre.
Es más, no había sido capaz de encontrar a un miembro de su raza con faldas.
—¿Sabes? —dijo ella arrastrando las palabras—, solía trabajar de modelo.
—¿De verdad?
—Abajo, en Manhattan. Pero ya sabes, esos bastardos… en realidad no se preocupan por ti. Sólo quieren usarte, ya sabes.
Vale. Lo primero, tenía que olvidarse de que había escuchado alguna vez la frase ya sabes. Y segundo, ¿cómo iba a estar haciendo algo mucho mejor aquí abajo en Caldwell?
—Me gusta tu coche.
—Gracias —masculló él.
Ella se inclinó, sus pechos sobresaliendo del corpiño rosa que llevaba. El trapo tenía manchas de grasa en los costados, de manos sucias, como si no lo hubieran lavado en un par de días y olía a cerezas falsas, sudor y humo de crack.
—¿Sabes? me gustas....
La mano de ella fue a su muslo y luego bajó la cabeza hacia su regazo. Cuando la sintió hurgar alrededor de su cremallera, le agarró un puñado de la maraña rubia oxigenada y tiró bruscamente hacia arriba.
Ella ni siquiera notó el dolor.
—No empecemos aún —dijo él—. Ya casi llegamos.
La mujer se relamió los labios.
—Claro. Vale.
Los campos cosechados a cada lado de la carretera estaban bañados por la luz de la luna y las casas de madera que punteaban los terrenos desolados brillaban blancas. La mayoría de ellas tenían un porche iluminado y eso era todo. Por aquí, cualquier cosa después de la medianoche era muuuuuuy pasada la hora de irse a la cama.
Esa era en parte la razón de que tuviera sentido tener un puesto de avanzada aquí, en la tierra de la tarta de manzana y las banderas americanas.
Cinco minutos después, giraron hacia una granja y aparcaron cerca de la puerta principal.
—Aquí no hay nadie más –dijo ella—. ¿Somos los primeros?
—Sí —apagó el motor—. Vamos.
El clic que sonó junto a su oreja lo dejó helado.
La voz de la prostituta ya no era confusa.
—Sal del coche, hijoputa.
Lash giró lentamente la cabeza y casi da un beso de tornillo a una nueve milímetros. Al otro extremo del arma, las manos de la puta eran firmes como rocas y sus ojos ardían con la clase de inteligencia aguda que uno tenía que respetar.
Sorpresa, sorpresa, pensó él.
—Sal. Fuera  —dijo ella bruscamente.
Él sonrió lentamente.
—¿Has disparado esa cosa alguna vez antes?
—Montones —Ella ni se inmutó—. Y no tengo problemas con la sangre.
—Ah. Bueno, bien por ti.
—Sal.
—Así que éste era el plan. Sacarme del coche. Dispararme en la cabeza y dejarme por muerto. ¿Te llevarás el Mercedes, mi reloj de pulsera y mi cartera?
 —Y lo que hay en tu maletero.
—¿Necesitas una rueda de repuesto? ¿Sabes?, puedes comprar una en cualquier tienda Firestone o Goodyear. Sólo PTI.
—¿Crees que no sé quién eres?
Oh, estaba jodidamente seguro de que no tenía ni idea.
—Por qué no me lo dices tú.
—He visto este coche. Te he visto. He comprado tus drogas.
—Una clienta. Qué dulce.
—Sal. Fuera.
Como él no se movió, la puta desvió la pistola unos milímetros hacia un lado y apretó el gatillo. Cuando la bala reventó la ventana a su espalda, se cabreó. Una cosa era divertirse. Otro causar daños a la propiedad.
Ella situaba el punto de mira de la nueve milímetros de nuevo entre sus ojos, cuando se desmaterializó.
Tomando forma real al otro lado del coche, observó como la puta flipaba en el asiento, mirando a todas partes, su pelo crispado volando en todas direcciones.
Preparado para enseñarle un par de cosas sobre planes, abrió la puerta de un tirón y la sacó a la fuerza por el brazo. Hacerse con el control de la pistola y de ella fue cosa de un momento, solamente con agarrar y tirar. Y luego se metió la nueve milímetros en la cinturilla y la hizo girar aplastándola contra su pecho.
—¿Qué... qué?
—Me dijiste que saliera del coche —le dijo en la oreja—. Así que lo hice.
Su cuerpo delgado era débil como una hoja al viento, nada más que un estremecimiento con ropa de puta barata. Comparado con las peleas físicas con Xhex, esto era como un suspiro contra un huracán. Qué aburrimiento.
—Vamos dentro —murmuró, bajando la boca por su garganta y recorriéndole la yugular con los colmillos—. El resto de invitados deben estar esperándonos.
Mientras se apartaba, ella giró la cara y él sonrió, mostrando su equipamiento. El grito espantó a un búho en su rama y para asegurarse de que cortaba el ataque a lo Hitchcock que le había dado, la abofeteó en los morros con la mano que tenía libre y la obligó a dirigirse hacia la puerta principal.
Dentro, el lugar olía a muerte gracias a la inducción de la noche anterior y a toda la sangre de los cubos. Sin embargo había una ventaja residual. Cuando encendió las luces y el chochito tuvo una visión del comedor, se quedó rígida de miedo y luego se desmayó.
Maldita fuera. La colocó sobre la mesa y la ató bien despatarrada.
Después de recobrar el aliento, cogió los cubos de la cocina, los aclaró en el fregadero, limpió los cuchillos y deseó como el demonio que el señor D estuviera todavía aquí para ocuparse del trabajo de mierda.
Estaba justo cerrando el grifo cuando se dio cuenta de que el lesser que había creado la noche anterior no estaba a la vista.
Llevando los cubos al comedor, los colocó bajo las muñecas y los tobillos de la zorra y luego hizo una rápida verificación del primer piso. Cuándo todo lo que consiguió fue un montón de nada-por-aquí, subió corriendo hasta el segundo piso.
La puerta del armario del dormitorio estaba abierta y había una percha en la cama en la que había habido una camisa. La ducha del baño tenía agua fresca chorreando por las paredes.
¿Qué coño pasaba?
¿Cómo demonios se había largado ése tipo? No había coche, así es que la otra opción era caminando por el sendero. Y luego haciendo autostop. O haciéndole el puente al tractor de un granjero.
Lash bajó por la escalera y se encontró con que la puta había vuelto en sí y estaba luchando contra la mordaza que tenía en boca, se le salían los ojos de las órbitas y se contorsionaba sobre la mesa.
—No durará mucho —le dijo él, recorriendo con la mirada sus piernas larguiruchas. Tenía tatuajes en las dos, pero eran un amasijo sin ningún orden, sólo manchas al azar… algunas de la cuales tal vez se pudieran identificar, otros estaban arruinados por habérselos retocado mal o por cicatrices.
Un grupo de mariposas de neón, suponía. Tal vez ese había sido el plan inicial.
Dio unas vueltas, yendo a la cocina, volviendo al comedor y saliendo otra vez hasta el vestíbulo. El sonido agudo de los tacones golpeando la mesa y el roce de la piel desnuda se desvanecía en la distancia mientras se preguntaba dónde demonios estaba el nuevo recluta y por qué se retrasaba su padre.
Media hora después todavía tenía un montón de cosas sin hacer y envió una llamada mental al otro lado.
Su padre no contestó.
Lash subió arriba y cerró la puerta, pensando que tal vez no se concentraba lo suficiente porque estaba muy cabreado y frustrado. Sentándose en la cama, se puso las manos sobre las rodillas y se calmó. Cuando sus latidos fueron lentos y estables, inspiró profundamente, envió la señal otra vez...  y no consiguió nada.
¿Tal vez le había pasado algo al Omega?
En un arranque de emoción, decidió ir al Dhunhd él mismo.
Sus moléculas se disolvieron bastante bien, pero cuando intentó volver a tomar forma en el otro plano de la existencia, fue bloqueado. Cerrado. Desautorizado.
Fue como golpear una pared sólida y mientras rebotaba hacia el cutre dormitorio de la granja, su cuerpo amortiguó la sacudida con una oleada de náuseas.
Qué. Coño.
Cuando su móvil vibró, lo sacó de su abrigo y frunció el ceño al ver el número.
—¿Hola? —dijo.
La risita que le llegó era juvenil.
—Hola, capullo. Soy tu nuevo jefe. ¿Adivinas a quién acaban de ascender? Por cierto, tu papi dice que no lo molestes más. Mal movimiento preguntar sobre chicas…  deberías conocer a tu padre un poco mejor. Oh y se supone que ahora debo matarte. ¡Nos vemos pronto!
El nuevo recluta comenzó a reírse, el sonido atravesó la conexión, taladrando la cabeza de Lash mientras se cortaba la llamada.
Por la otra parte.
* * *
No estaba embarazada. Al menos, no que Doc Jane supiera. Pero gracias a esa pequeña pausa en Pánicoville, Xhex no recordaría nada del trayecto hasta el complejo. La idea de que hubiera una mínima posibilidad de poder estar...
Después de todo, no llevaba sus cilicios… y el propósito de los mismos era matar sus tendencias symphath, incluyendo la ovulación.
¿Qué hubiera hecho?
De acuerdo, punto final, tenía que cortar ésta mierda ya mismo. Dios sabía que ya tenía bastante por lo que preocuparse en la categoría de “cosas que están pasando en éste momento”.
Respirando profundamente, inspiró el aroma de John y se concentró en el fuerte y firme latido del corazón que había bajo su oreja. No fue ni un minuto después cuando el sueño la atacó con fuerza, la combinación de cansancio excesivo, languidez posterior a la alimentación y necesidad de tener paz en su vida durante un rato, la llevó a un estado de sueño profundo en la parte trasera del SUV.
Despertó con la sensación de estar siendo levantada y abrió los ojos.
John la llevaba a través de algún tipo de aparcamiento que, dado el aspecto de los muros y del techo que eran oscuros y cerrados, debía de ser subterráneo. Una puerta maciza de metal fue abierta por Vishous, quien parecía estar de un humor sorprendentemente colaborador y al otro lado... había una pesadilla.
El largo y anónimo pasillo tenía baldosas pálidas en el suelo, paredes de bloques de hormigón y un techo bajo con luces fluorescentes.
El pasado se deslizó en su lugar, el filtro de la anterior experiencia reemplazando lo que ocurría actualmente por la pesadilla recordada. En brazos de John, su cuerpo pasó de la debilidad a la locura y comenzó a oponerse a su sujeción, luchando por liberarse. La conmoción fue instantánea, gente corriendo hacia ella, un sonido agudo como el de una sirena.
Cuando notó débilmente que le dolía la mandíbula, se percató de que era ella gritando.
Y entonces repentinamente todo lo que vio fue la cara de John.
De alguna forma había conseguido girarla en sus brazos y ahora estaban nariz-con-nariz, ojo-con-ojo, se le clavaban sus manos en los costados y las caderas. Con la visión de ese corredor institucional sustituida por su mirada azul, la garra del pasado se rompió y quedó atrapada en él.
Él no dijo nada. Sólo se quedó quieto y dejó que ella lo mirara.
Era exactamente lo que necesitaba. Se centró en sus ojos y los utilizó para apagar su cerebro.
Cuando él asintió, ella le devolvió el gesto y él comenzó a avanzar otra vez. De vez en cuando, su mirada se apartaba de la de ella para comprobar por dónde iban, pero siempre volvía.
Siempre volvía.
Había voces, un buen número de ellas y un montón de aperturas y cierres de puertas y después un montón de baldosas verde claro: Estaba en una sala de reconocimiento, con una lámpara equipada con un montón de luces sobre ella y toda clase de suministros médicos en estanterías con puertas de cristal miraras donde miraras.
Cuando John la dejaba en la camilla, perdió el control de sus riendas otra vez. Sus pulmones se negaban a hacer su trabajo, como si el aire estuviera envenenado y sus ojos se dirigían a todas partes, encontrando todo tipo de disparadores del pánico como el equipamiento, el instrumental y la camilla... la camilla.
—Vale, estamos perdiéndola de nuevo. —El tono de voz de Doc Jane era implacablemente tranquilo—. John, ven aquí.
La cara de John volvió a acercarse y Xhex se aferró a sus ojos.
—¿Xhex? —la voz de la Doc Jane llegó desde la izquierda—. Voy a darte un tranquilizante.
—¡Sin drogas! —La respuesta salió rápida de su boca—. Prefiero estar aterrada… que indefensa…
Su respiración era dolorosamente entrecortada y cada tirón impotente de su caja torácica la convencía más y más de que la vida era cuestión de sufrimiento más que de alegría. Habían sido demasiados de esos momentos, demasiadas veces el dolor y el miedo habían tomado el control, demasiadas sombras oscuras que no es que estuvieran al acecho, si no que absorbían toda la iluminación de la noche en la cual ella existía.
—Deja... Déjame que me vaya... —Cuando los ojos de John se abrieron de golpe, Xhex se dio cuenta de que había encontrado una de sus dagas, la había desenvainado y estaba intentando ponérsela en la mano—. Por favor déjame ir... No quiero estar más aquí... Acaba para siempre, por favor...
Un montón de cuerpos se quedaron congelados a su alrededor y la falta de movimiento la centró un poco. Rhage y Mary estaban en la esquina. Rehv estaba ahí. Vishous y Zsadist. Nadie hablaba o se movía un milímetro.
John le quitó la daga de la mano y eso fue lo que la hizo llorar. Porque él no iba a utilizarla. No contra ella. Ni ahora... ni nunca.
Y ella no tenía fuerza para hacerlo por sí misma.
Al mismo tiempo, una tremenda emoción bulló en sus entrañas y mientras se expandía y la presión aumentaba en su interior, miró alrededor frenéticamente a la par que los estantes comenzaban a traquetear y el ordenador de la esquina empezaba a saltar sobre el escritorio.
Sin embargo John estaba al tanto. Y fue rápido. Comenzó a hacer gestos con el mismo tipo de urgencia que ella sentía y un momento más tarde todo el mundo había salido.
Excepto él.
Intentando desesperadamente no explotar, Xhex bajó la mirada hacia sus manos. Temblaban tanto, eran como las alas de una mosca... Y fue cuando clavó los ojos en ellas cuando tocó fondo.
El grito estalló en su interior y el sonido fue completamente extraño, tan agudo y horrorizado.
John se mantuvo en su sitio. Incluso cuando ella gritó otra vez.
No iba a ir a ningún sitio. No se puso nervioso. Simplemente se quedó... Allí.
Agarrando la sábana que la rodeaba, Xhex la apretó contra su cuerpo, muy consciente de que estaba sufriendo una crisis nerviosa, de que la fisura había sido taponada durante ése recorrido por el pasillo y ahora se había agrietado. De hecho, sentía como si hubiera dos ella en el cuarto, la loca de la mesa gritando, habiendo perdido la cabeza y llorando lágrimas de sangre... Y la otra, cuerda, tranquila en la otra esquina, observándose a sí misma y a John.
¿Se unirían las dos partes otra vez? ¿O estaría siempre así, hecha pedazos?
Su mente escogió al personaje observador sobre el histérico y se retiró a ese lugar insondable donde se veía a sí misma sollozar hasta el punto de asfixiarse. Los regueros de sangre que bajaban por sus mejillas pálidas como el papel no le disgustaban, ni tampoco los ojos como platos o los temblores epilépticos de sus brazos y piernas.
Sentía lástima por la hembra que había sido conducida a tal extremo. Que se había mantenido apartada de cualquier emoción.
La hembra que había nacido bajo una maldición. La hembra que había hecho daño y se lo había hecho a sí misma. La hembra que se había endurecido, convirtiendo su mente y sus emociones en acero. La hembra que había estado equivocada sobre lo de cerrarse, lo de esa autocontención.
No era cuestión de fuerza, como siempre se había dicho a sí misma.
Era estrictamente supervivencia... y simplemente ya no podía soportarlo más.


Capítulo 26

Te has... acostado con Eliahu Rathboone.
Gregg apartó a Holly y la miró fijamente a la cara, pensando que había perdido la maldita cabeza… bueno, la poca que tenía. Y ya serían dos, porque evidentemente él había imaginado lo que acababa de «ver» afuera.
Solo que los ojos de ella estaban completamente claros y sin malicia.
—Vino a mí. Me había quedado dormida…
Otra tanda de golpes en la puerta cerrada y a continuación se oyó la voz de Stan.
—¿Hola? ¿En qué habitación tengo…?
—Más tarde, Stan —replicó Gregg. Mientras los refunfuños se desvanecían, los pasos en el pasillo se alejaron hacia la habitación de Holly y una puerta se cerró de golpe.
—Ven aquí. —Atrajo a Holly hacia la cama—. Siéntate y cuéntame... qué diablos crees que ha ocurrido.
Fijó la atención en sus labios hinchados mientras ella hablaba.
—Bueno, acababa de salir de la ducha. Estaba exhausta y me tendí en la cama para descansar los ojos antes de ponerme el camisón. Debí quedarme dormida... Porque lo siguiente que supe es que tenía este sueño…
Oh, por amor de Dios.
—Holly, sólo porque tuviste una pesadilla no quiere decir…
—No he acabado —replicó ella—. Y no fue una pesadilla.
—Creía que estabas aterrada.
—Lo espeluznante vino luego. —Ella arqueó una ceja—. ¿Vas a dejarme hablar?
—Vale. —Pero sólo con la esperanza de conseguir que su boca hiciera alguna otra cosa más tarde. Maldita sea, sus labios eran preciosos...—. Ve al grano
El grano. Uf. En eso estaba pensando.
—Comencé a tener este sueño en que ese hombre entraba en mi habitación. Era muy alto y musculoso... Uno de los hombres más grandes que haya visto nunca. Iba vestido de negro y se erguía sobre mi cama. Olía maravillosamente... Y entonces clavó la mirada en mí. Yo... —Se envolvió la mano alrededor del cuello y la bajó deslizándola lentamente entre sus senos—. Me quité la toalla y tiré de él hacia mí. Fue... Indescriptible....
Eso era una buena noticia. Porque de pronto no quería oír nada de lo que sucedió después.
—Me poseyó. —Hizo más de esa cosa con la mano en el cuello—. Como nunca antes había sido poseída. Era tan…
—… enorme como una manguera de incendios y llegaste de doce formas distintas al éxtasis. Felicidades. Tu subconsciente debería dirigir porno. ¿Y qué tiene que ver eso con Eliahu Rathboone?
Holly le miró encolerizada... Y luego bruscamente hizo a un lado la solapa de la bata.
—Porque cuando me desperté, tenía esto. —Lucía lo que ciertamente parecía un chupetón en el cuello—. Y realmente había tenido relaciones sexuales.
Gregg frunció el ceño con fuerza.
— Tú... ¿Cómo lo sabes?
—Como ya supondrás.
Gregg se aclaró la voz.
—¿Estás bien? —Le apoyó la mano en el brazo—. Quiero decir... Ah, ¿quieres llamar a la policía?
La risa de Holly fue baja y dolorosamente sexy.
—Oh, fue consentido. Fuera lo que fuera. —Su expresión perdió brillo—. Esa es la cuestión... No sé lo que fue. Creí que lo había soñado. No pensé que fuera real hasta...
Hasta que hubo una prueba innegable de lo contrario.
Gregg le peinó los mechones rubios sobre sus hombros.
—¿Seguro que estás bien?
—Supongo que sí.
Tío, no tardó ni un momento en tomar una decisión.
—Bueno, ya está. Nos vamos mañana.
—¿Qué? Oh, Dios mío, Gregg... No tenía intención de causar problemas… —Frunció el ceño—. Tal vez... Tal vez soñé la parte de después de despertar. Tomé otra ducha... tal vez nada de eso ocurrió realmente.
—Joder, llamaré a Atlanta por la mañana y les diré que volvemos. No voy a quedarme donde no estés a salvo.
—Jesús, quiero decir, es muy caballeroso por tu parte, pero... no sé. Todo es tan confuso, y ahora me pregunto si me sentiré mejor por la mañana. Estoy realmente confundida... Fue raro. —Se llevó las puntas de los dedos hasta las sienes y comenzó a frotarlas en círculos, como si le doliera la cabeza—. Te diré que quise que ocurriera, cada paso del camino…
—¿Tu puerta estaba cerrada con llave? —Quería una respuesta a la pregunta, pero tampoco necesitaba oír hablar del Fantasma y sus hazañas, muchas gracias.
—Siempre cierro la puerta de las habitaciones de hotel antes de darme una ducha.
—¿Y las ventanas?
—Cerradas. Supongo que con pestillo. No sé.
—Bueno, te quedas conmigo esta noche. Aquí estarás a salvo. —Y no sólo porque no iba a hacerle insinuaciones amorosas ahora. Llevaba un arma consigo. Siempre. Tenía licencia y sabía cómo usarla: antes cuando en L.A. la gente había empezado  estallar por cuestiones de tráfico, había decidido armarse.
Se tendieron juntos en la cama.
—Dejaré la luz encendida.
—Está bien. Simplemente cierra la puerta con llave.
Él asintió y salió de la cama, echó el cerrojo y también la cadena; luego hizo un repaso rápido a las ventanas para inspeccionar los pestillos. Cuando se acostó, ella se acurrucó bajo su brazo y suspiró.
Inclinándose, sacó el edredón de debajo de sus piernas y lo extendió sobre ellos, apagó la lámpara y se recostó de nuevo en las almohadas.
Pensó en ese hombre de afuera que caminaba por el jardín y casi gruñó. Joder. Qué. Mierda. Podría ser un vecino de la localidad con una llave maestra o un miembro del personal que hubiera forzado el cerrojo.
Suponiendo que hubiera ocurrido algo después de todo. Ella parecía cada vez menos segura de…
Lo que fuera. Se irían por la mañana y ya está.
Frunció el ceño en la oscuridad.
—¿Holly?
—¿Sí?
—¿Por qué pensaste que era Rathboone?
Ella bostezó ampliamente.
 —Porque era exactamente como el retrato del salón.

Capítulo 27

Abajo, en de la sala de reconocimiento de la clínica subterránea, John estaba de pie delante de Xhex y se sentía completamente impotente para ayudarla. Mientras ella estaba sentada en la mesa de acero inoxidable, gritando con los brazos tensos mientras agarraba la sábana, con la cara  tensada al máximo, su boca completamente abierta, lágrimas rojas derramándose de sus ojos y cayendo por sus blancas mejillas.... él no podía hacer nada al respecto.
Conocía el peligroso lugar en el que ella estaba. Sabía que posiblemente no podría alcanzarla en el pozo en cuyo fondo se hallaba: él mismo había estado allí. Sabía exactamente lo que era tropezar, caer y sufrir la agonía del duro impacto... Aunque técnicamente tu cuerpo no había ido a ningún lugar.
La única diferencia era que Xhex tenía una voz para dar alas a su dolor. Mientras sus oídos zumbaban y su corazón se quebraba por ella, se mantuvo en pie contra la fuerza del vendaval al que ella daba rienda suelta. Después de todo, había una razón por la que las palabras aquí y oír6 estuvieran separadas tan sólo por un pequeño sonido. Ejerciendo de testigo, él la oía y estaba allí para ella porque eso era todo lo que se podía hacer cuando alguien se rompía en pedazos.
Pero, por Dios, le atormentaba ver cómo sufría. Apenado y concentrado, la cara de Lash se representaba como un fantasma tomando forma física en el ojo mental de John. Mientras ella gritaba y gritaba, juró vengarse hasta que su corazón ya no bombeó sangre, sino necesidad de venganza.
Y entonces Xhex tomó una serie de inhalaciones profundas. Y un par más.
—Creo que he terminado con eso —dijo con dificultad.
Él esperó un momento para asegurarse. Cuando ella asintió, sacó su libreta y escribió rápidamente.
Al entregarle la página, los ojos de Xhex fueron a la escritura y necesitó un par de intentos para entender.
—¿Me puedo lavar la cara primero?
Él asintió y fue al fregadero de acero inoxidable. Dejando correr el agua fresca, cogió una toalla limpia de una pila y la mojó antes de regresar hasta ella. Cuando ella extendió las manos, le puso la tela húmeda en las palmas y observó mientras se la presionaba lentamente contra la cara. Era difícil verla tan débil y recordó cómo la había conocido siempre: fuerte, poderosa y afilada.
El cabello le había crecido y comenzaba a rizarse en las puntas, sugiriendo que si no se lo cortaba, tendría una gruesa onda a lo largo. Dios, quería tocar esa suavidad.
Sus ojos bajaron hasta la mesa y se abrieron al máximo de pronto. La sábana estaba retorcida por debajo de ella... y había una mancha oscura en las toallas que tenía envueltas alrededor de las caderas.
Cuando respiró profundamente, captó el perfume de la sangre fresca y se sorprendió de no haberlo hecho antes. Sin embargo, había estado jodidamente distraído.
Oh... Cristo. Estaba sangrando...
La golpeó ligeramente en el brazo y pronunció, Doc Jane.
Xhex asintió.
—Sí. Terminemos con esto.
Frenético, John se lanzó a la puerta de la sala de reconocimiento. Fuera, en el pasillo, había un ejército de caras preocupadas, con Doc Jane a la cabeza.
—¿Está lista para mí? —Cuando John dio un paso a un lado e hizo un gesto de urgencia con el brazo, la doctora avanzó.
Él la detuvo, no obstante. Dando la espalda a Xhex, señaló: Está herida en alguna parte. Está sangrando.
Doc Jane le puso la mano en el hombro y lo hizo girar en círculo hasta que intercambiaron lugares.
—Lo sé. ¿Por qué no esperas fuera? Cuidaré bien de ella. ¿Ehlena? Si no te importa entrar… voy a necesitar un segundo par de manos.
La shellan de Rehvenge entró en la sala de reconocimiento y John vio por encima de la cabeza de la doctora cómo la hembra comenzaba a lavarse las manos.
¿Por qué no está Vishous ayudando?, inquirió.
—Sólo vamos a hacer un ultrasonido para asegurarnos de que está bien. No voy a operar. —Doc Jane le sonrió de forma profesional… lo que extrañamente daba miedo. Y luego le cerró la puerta en las narices.
Se volvió a mirar a los demás. Todos los machos estaban en el pasillo. Sólo las hembras estaban allí dentro con ella.
Su mente comenzó a dar vueltas y no le llevó mucho tiempo llegar a una conclusión que no era posible que fuera cierta.
Una mano pesada aterrizó en su hombro y oyó hablar a V en voz baja.
—No, tienes que quedarte aquí afuera, John. Vamos.
Entonces fue cuando se percató de que su mano había agarrado el pomo de la puerta. Bajando la mirada, se ordenó a sí mismo soltar su agarre... y tuvo que enviar la orden dos veces antes de soltar el metal.
No hubo más gritos. Ningún sonido en absoluto.
Esperó. Y esperó. Y caminó y esperó un poco más. Vishous encendió otro cigarrillo liado a mano. Blay se unió a él, encendiendo un Dunhill. Qhuinn se daba golpecitos en el muslo. Wrath acariciaba la cabeza de George mientras el Golden Retriever observaba a John con sus amables ojos castaños.
Finalmente, Doc Jane asomó la cabeza por la puerta y miró a su pareja.
—Te necesito.
Vishous apagó su cigarro en la suela de la bota y se guardó la colilla en el bolsillo de atrás.
—¿Ropa de quirófano?
—Sí.
—Deja que me cambie.
Mientras el macho trotaba hacia el vestuario, Doc Jane miró a John a los ojos.
—Cuidaré bien de ella…
¿Qué pasa? ¿Por qué está sangrando?, preguntó por señas.
—Cuidaré de ella.
Y luego la puerta se cerró otra vez.
Cuando V regresó, tenía todo el aspecto de un guerrero, aunque se había quitado las prendas de cuero y John esperaba como el infierno que la aptitud del tipo en el campo de batalla se trasladara al área médica.
Esos ojos de diamante brillaron y palmeó a John en el hombro antes de meterse silenciosamente en la sala de reconocimiento... que evidentemente ahora servía como quirófano.
Cuando la puerta se cerró, John tuvo ganas de gritar a su vez.
En lugar de ello, siguió caminando, subiendo y bajando por el pasillo. Arriba y abajo. Arriba... y abajo. Finalmente, los demás se dispersaron, dirigiéndose a un aula cercana, pero él no soportaba unirse a ellos.
Con cada pasada frente a la puerta que estaba cerrada para él, iba alargando más el camino, hasta que el viaje lo llevó hasta la salida que daba al aparcamiento y luego de regreso al vestuario. Sus largas piernas se comían la distancia, convirtiendo lo que eran unos buenos cuarenta y cinco metros en unos pocos centímetros.
O al menos eso parecía.
En lo que debía ser su quinto viaje hacia el vestuario, John dio media vuelta y se encontró frente a la puerta de cristal de la oficina. El escritorio, los archivadores y el ordenador parecían implacablemente normales y encontró un extraño consuelo en estos objetos inanimados.
Pero la tranquilidad se perdió cuando entró una vez más.
Con el rabillo del ojo, vio las grietas en la pared de hormigón de enfrente, las fisuras que provenían de una única fuente de impacto.
Recordó la noche en que se habían producido. Esa noche horrible.
Él y Tohr estaban sentados juntos en la oficina, él haciendo sus tareas escolares, el Hermano intentando mantener la calma mientras llamaba a casa una y otra vez. Cada vez que Wellsie no contestaba, cada vez que le saltaba el buzón de voz, la tensión iba a más… hasta que Wrath apareció con la Hermandad detrás de él.
La noticia de que Wellsie había muerto fue trágica... pero cuando Tohr supo “cómo”: No porque estuviera embarazada de su primer hijo, sino porque un lesser la había matado a sangre fría. La había asesinado. Llevándosela y a su bebé con ella.
Aquello había sido lo que causara estas marcas.
John se acercó y pasó las yemas por las finas líneas del cemento armado. La furia había sido tan grande, que Tohr literalmente había explotado como una supernova, la sobrecarga emocional lo había desmaterializado hacia algún otro lugar.
John nunca supo adónde había ido.
La sensación de estar siendo observado le hizo levantar la cabeza y mirar por encima del hombro. Tohr estaba al otro lado de la puerta de cristal, de pie en la oficina, mirando fijamente.
Los dos cruzaron las miradas y fue algo de macho a macho, no de adulto a joven.
John tenía una edad diferente ahora. Y como tantas cosas en esta situación, no había vuelta atrás.
—¿John? —La voz de Doc Jane llegó desde el fondo del vestíbulo y él dio media vuelta y corrió hacia a ella.
¿Cómo está? ¿Qué ha pasado? ¿Está…?
—Se pondrá bien. Se está despertando de la anestesia. Voy a mantenerla en cama durante las siguientes seis horas, más o menos. ¿Supongo que se alimentó de ti? —Él mostró la muñeca y la doctora asintió—. Bien. Me gustaría que te quedaras con ella por si lo necesita otra vez.
Como si quisiera estar en algún otro lugar.
Cuando John iba a entrar a la sala de reconocimiento, se movió de puntillas porque no quería molestar, pero ella no estaba allí.
—La hemos trasladado a otra habitación —dijo V por encima del autoclave.
Antes de salir por la puerta del fondo, John se quedó mirando las secuelas de lo que se le había hecho a Xhex. Había un alarmante montón de gasas ensangrentadas en el suelo y más sangre sobre la camilla en la que Xhex había estado. La sábana y las toallas en las que había estado envuelta estaban apartadas a un lado.
Tanta sangre. Tan reciente.
John silbó tan fuerte que V levantó la mirada. ¿Puede alguien decirme qué diablos ha pasado aquí dentro?
—Puedes hablar con ella al respecto. —Mientras el Hermano sacaba una bolsa naranja para desechos biológicos y comenzaba a recoger la gasa usada, V hizo una pausa, pero no miró a John a los ojos—. Se pondrá bien.
Y fue entonces cuando John lo supo con seguridad.
Por muy mal que él hubiera pensado que la habían tratado, había sido peor. Mucho peor.
Por lo general, cuándo se producían lesiones en combate o en el campo, la información pasaba de un lado a otro sin pensar: un fémur roto, costillas aplastadas, puñaladas. Pero ¿una hembra ingresa, es examinada sin ningún macho presente y nadie dice una palabra de por qué ha sido intervenida quirúrgicamente?
Sólo porque los lessers fueran impotentes no quería decir que no pudieran hacer otras cosas con...
La brisa fría que pasó como un relámpago por el quirófano hizo que V levantara la cabeza otra vez.
—Un consejo, John. Yo que tú me guardaría las suposiciones para mí mismo. Supongo que quieres ser el que mate a Lash, ¿no? No querrás que Rehv o las Sombras, por mucho que los respete, hagan lo que es tu derecho.
Dios mío, el Hermano era fantástico, pensó John.
Asintiendo con la cabeza una vez más, fue al cuarto de Xhex, pensando que esos machos no eran la única razón para pasar por alto el asunto. Xhex no necesitaba saber hasta dónde iba a llegar, tampoco.
* * *
Xhex se sentía como si alguien hubiera estacionado un autobús Volkswagen en su útero.
La presión era tan grande, que de hecho levantó la cabeza y observó su cuerpo para ver si se había hinchado hasta las dimensiones de un garaje.
No. Plano como siempre.
Dejó caer la cabeza hacia atrás.
A cierto nivel, no podía creer dónde estaba ahora: transcurrida la operación, yaciendo en una cama con los brazos, piernas y cabeza todavía unidas... y el desgarro de su pared uterina reparado.
Cuando estaba bajo los efectos de su fobia médica, no podía ver más allá de lo que su cerebro había marcado como mortal. Para ella, en ese estado enloquecido, no estaba en un ambiente seguro, rodeada de personas que conocía y en las que podía confiar.
Ahora, habiendo pasado a través del fuego, el hecho de estar sana y salva le proporcionaba un extraño chute de endorfinas.
Se oyó un golpe suave y supo quién era por el perfume bajo la puerta.
Tocándose el cabello, se preguntó cómo diablos se vería y decidió que era mejor no saberlo.
—Pasa.
La cabeza de John Matthew asomó con las cejas levantadas en un arco que preguntaba ¿cómo te sientes?
—Estoy bien. Estoy mejor. Atontada por las drogas.
Él se deslizó dentro y se apoyó contra la pared, metiéndose las manos en los bolsillos y colocando una de sus pesadas botas sobre la otra. Su camiseta era una simple Hanes blanca, lo que probablemente era una buena cosa, puesto que estaba manchada de sangre de lesser.
Olía como debía oler un macho. A jabón y a sudor limpio.
Y tenía el aspecto que debía tener un macho. Alto, ancho y mortal.
Dios, ¿de verdad se había derrumbado de mala manera delante de él?
—Llevas el cabello más corto —dijo, sin ninguna razón en particular.
Él sacó una de sus manos y se acarició torpemente el cogote. Con la cabeza inclinada, los poderosos músculos que recorrían sus hombros hasta el cuello se flexionaron bajo la piel dorada.
De repente, Xhex se preguntó si alguna vez volvería a tener relaciones sexuales.
Fue un extraño pensamiento, eso seguro. Considerando cómo había pasado las últimas…
Frunció el ceño.
—¿Cuántas semanas he estado fuera?
Él sostuvo en alto cuatro dedos y luego hizo un movimiento como si pellizcara.
—¿Casi cuatro? —Cuando él asintió, ella enderezó cuidadosamente el pliegue de la sábana que le cruzaba su pecho—. Casi... Cuatro.
Bueno, los humanos la habían retenido meses antes de poder escapar de ellos. Sólo cuatro semanas deberían ser una bicoca que superar.
Ah, pero no debía ir por ahí, claro. No había nada que “superar”. Todo había “acabado”.
—¿Quieres sentarte? —dijo, señalando una silla al lado de la cama. Era una cosa estándar e institucional, lo que significaba que parecía casi tan confortable como una estaca en el culo, pero no quería que se fuera.
Las cejas de John se alzaron otra vez y asintió con la cabeza mientras se acercaba. Acomodando su enorme cuerpo en el pequeño asiento, trató primero de cruzar las piernas sobre las rodillas, luego por los tobillos. Terminó sentado con la silla puesta al revés, con las shitkickers bajo la cama y los brazos sobre el respaldo de la silla.
Ella toqueteó la maldita sábana.
—¿Puedo preguntarte algo?
Con el rabillo del ojo lo vio asentir, luego enderezarse y sacar una libreta y un bolígrafo del bolsillo de atrás.
Aclarándose la voz, se preguntó cómo expresar exactamente su pregunta.
Al final, se rindió y siguió con algo impersonal.
—¿Dónde vistéis a Lash por última vez?
Él asintió y se inclinó sobre el papel, escribiendo rápidamente. Mientras sus palabras tomaban forma real en la página blanca, ella siguió observándole... Y se dio cuenta de que no quería que se fuera nunca. Lo quería aquí, a su lado para siempre.
A salvo. Estaba verdaderamente a salvo con él cerca.
Él se enderezó y le tendió la libreta. Luego pareció quedarse congelado.
Por alguna razón, Xhex no podía enfocar la atención en lo que él había escrito y se tensó.
John bajó lentamente el brazo.
—Espera, no lo he leído. Podrías... Qué. ¿Qué pasa? —Maldita sea, ahora sus ojos se negaban a verlo claramente.
John se inclinó a un lado y ella oyó un suave roce. Luego le pusieron delante un Kleenex.
—Oh, joder. —Tomó lo que le ofrecía y se lo presionó contra ambos ojos—. Odio ser una chica. Es puñeteramente aborrecible ser una chica.
Mientras comenzaba a despotricar sobre el estrógeno, las faldas, el esmalte de uñas rosa y los malditos tacones, él le proporcionó un pañuelo de papel detrás de otro, recogiéndolos a medida que los iba usando.
—Yo nunca lloro, tú lo sabes. —Lo miró enfadada—. Nunca.
Él asintió. Y le dio otro pañuelo para sonarse.
—Jesucristo. Primero me da un ataque de gritos, ahora estúpidos lloros. Podría matar a Lash sólo por esta gilipollez.
Una ráfaga helada recorrió la habitación como un relámpago y ella miró a John… sólo para dar un respingo hacia atrás. Había pasado de compasivo a sociópata en un segundo. Dado el punto donde ella estaba, casi seguro que él no era consciente de que había dejado al descubierto sus colmillos.
Su voz bajó a un susurro y lo que realmente había querido preguntar surgió.
—¿Por qué te quedaste? En la SR, antes. —Apartó la mirada de la de él, enfocándola en los manchones rojos que había hecho en el pañuelo que acababa de usar—. Te quedaste y... parecías simplemente entenderlo.
En el silencio que siguió, se dio cuenta de que conocía el contexto de su vida muy bien: con quién vivía, lo que hacía en el campo de batalla, cómo peleaba, donde pasaba el tiempo. Pero no conocía ningún detalle específico. Sus antecedentes era un agujero negro.
Y por alguna razón, necesitaba iluminarlo.
Joder, sabía exactamente por qué: En medio de ese horror incandescente que había afrontado en la SR, la única cosa que la había ligado a la tierra había sido él y era extraño, pero ahora se sentía unida a él a algún nivel esencial. La había visto en su peor, más débil y demente momento y no había apartado la mirada. No se había largado, no la había juzgado y no se había quemado.
Era como si en el calor de su fusión los hubieran fundido juntos.
Esto era más que emoción. Era una cuestión de alma.
—¿Qué demonios te ocurrió, John? En tu pasado.
Las cejas de él se juntaron y cruzó los brazos sobre el pecho como si ahora fuera él quien intentara dilucidar cómo expresarse. Más aún, su rejilla emocional de repente se iluminó con toda clase de cosas oscuras y ella tuvo la impresión de que pensaba en escapar.
—Mira, no quiero presionarte. —Mierda. Joder—. Y si quieres negar que hayas tenido nada salvo perfección en tu vida, lo aceptaré y seguiré adelante. Pero yo sólo... La mayoría de la gente al menos se habría sobresaltado. Demonios, hasta Doc Jane entró de puntillas después de que enloqueciera. Pero ¿tú, en cambio? Simplemente te mantuviste firme allí dentro. —Estudió su rostro tenso y cerrado—. Te miré directamente a los ojos, John y había algo más que una hipotética comprensión en ellos.
Después de una larga pausa, él pasó una página nueva en la libreta y escribió con rapidez. Cuando le tendió lo que había escrito, ella pudo entender sus razones, pero quiso maldecir:
Dime lo que hicieron en la SR. Primero cuéntame lo que te pasaba.
Ah, sí, el clásico toma y daca.
* * *
A Lash sólo le llevó alrededor de una hora trasladarse a sí mismo, a la puta y al Mercedes, desde la granja de vuelta al rancho en la ciudad. Estaba de lleno en modo supervivencia, moviéndose rápida y decididamente, haciendo sólo un alto en el camino.
Y ése fue en una cabaña del bosque, donde recogió una mierda crítica para la misión.
Cuando entró en el garaje del rancho, esperó hasta que la puerta estuvo cerrada antes de salir y sacar a rastras a la prostituta del asiento trasero. Mientras cargaba con el cuerpo que se retorcía a través de la cocina, lanzó una buena dosis de aquello con lo que había encarcelado a Xhex.
Sin embargo la barrera mágica no era para Plástica-Fantástica.
El Omega sabía dónde estaban sus lessers en este lado. Podría sentirlos como ecos de su propia existencia. Y siguiendo esas líneas, los asesinos podrían captar a sus compinches.
Así que la única oportunidad que tenía Lash de mantenerse oculto era de hecho encarcelarse a sí mismo. El señor D no había sabido que Xhex estaba en ese dormitorio, su confusión había sido obvia cada vez que le ordenaban dejar comida allí.
Por supuesto, la gran pregunta era si el enmascaramiento mantendría a raya al Omega. Y durante cuánto tiempo.
Lash metió a la puta en el baño con la cautela y preocupación que demostraría por un bolsa barata llena de ropa sucia. Cuando ella aterrizó con fuerza en la bañera y gimió contra la cinta adhesiva que le cubría la boca, él regresó al coche.
Desempaquetar le llevó aproximadamente veinte minutos y puso la mierda en el sótano sobre el suelo de hormigón: siete escopetas recortadas. Una bolsa de plástico Hannaford llena de dinero en efectivo. Un kilo y medio de explosivo plástico C4. Dos detonadores a distancia. Una granada de mano. Cuatro cargadores automáticos. Municiones. Municiones. Municiones.
Después de subir las escaleras y apagar la luz del sótano, fue hacia la puerta trasera, la abrió y sacó la mano. El aire fresco de la noche apenas atravesaba el escudo, pero su palma sintió la restricción. Era fuerte... pero tenía que ser más fuerte.
Hooolaaaaa, ratas callejeras.
Lash cerró la puerta, echó el pestillo y entró al acecho en el cuarto de baño.
Era todo frialdad mientras sacaba el cuchillo, rasgando las ataduras que sujetaban las muñecas de ella detrás de su espalda y…
Ella se sacudió hasta que él le dio de puñetazos en la cabeza, dejándola sin sentido. Cuchillada. Cuchillada. Cuchillada. Le hizo tres cortes profundos en las muñecas y cuello y luego se recostó para observar la sangre abandonarla en un perezoso charco.
—Vamos... sangra, perra, sangra.
Cuando comprobó su reloj de pulsera, pensó que tal vez debería haberla mantenido consciente, porque eso habría asegurado una tasa superior de pulso y presión sanguínea. Y acortaría esta espera inútil mientras se desangraba.
Observando el proceso, no tenía ni idea de cuán seca tenía que estar, pero el charco rojo debajo ella aumentaba y su corpiño rosa se iba oscureciendo.
Su pie estaba dando golpecitos a mil por hora mientras el tiempo pasaba... Y entonces notó que la piel ya no era simplemente pálida, sino gris y la sangre en realidad ya no subía más alto en las paredes de la bañera. Dando el asunto por terminado, le cortó el corpiño, exponiendo un juego verdaderamente horrible de implantes y le abrió el pecho de una cuchillada, dirigiendo la hoja de su cuchillo directamente a lo largo del esternón.
El siguiente corte que hizo fue en su propia carne.
Manteniendo la muñeca sobre el hueco que había abierto, observó la caída de las negras gotas sobre el corazón inmóvil. Una vez más, no estaba seguro de cuánto debería darle y prefirió pasarse en vez de quedarse corto. Después fue cosa de concentrar energía en su palma, que su voluntad forzara a las moléculas del aire a girar formando un tornado, hasta que se convirtió en una unidad de poder cinético que podía controlar.
Lash bajó la mirada hacia la puta, a su cuerpo todo manchado, el maquillaje embadurnaba sus mejillas, el cabello asqueroso era una peluca más horrorosa que cualquier cosa que esperarías ver en la calle.
Necesitaba que esto funcionara. En realidad, con nada más que la barrera erigida y esa pequeña bola de fuego en su mano, ya podría sentir como su fuerza se retraía.
Joder, tenía que funcionar.
Lanzó una explosión hacia la cavidad torácica y las yermas extremidades se sacudieron contra los lados de la bañera como la cola de un pez. Entonces el destello de luz se apagó y luego se dispersó, él esperó... rezando para…
El jadeo que dejó escapar ella fue atroz. Y también una bendición.
Observó fascinado como el corazón comenzaba a bombear y su sangre negra era absorbida por la carne abierta de la caja torácica, la reanimación hizo que su polla diera un brinco de excitación.
Esto es poder, pensó. Lo que el jodido dinero de mierda no podía comprar.
Él era realmente un dios, igual que su padre.
Lash se sentó sobre los talones y observó cómo el color regresaba a la piel de la puta. Mientas la vida volvía a ella, sus manos se crisparon contra del borde de la bañera y los músculos marchitos de sus muslos se sacudieron.
El siguiente paso era algo que él no entendía por completo, pero que no iba a cuestionar. Cuando ella pareció estar definitivamente de regreso en el mundo de los vivos, extendió la mano desnuda y le arrancó el corazón directamente del pecho.
Más jadeos. Más asfixia. Bla, bla, bla.
Estaba fascinado por lo que había logrado, especialmente cuando puso la palma sobre su esternón y ordenó que la carne se reparase a sí misma: qué cosas pasan, la mismísima piel y huesos obedecieron su voluntad y la puta quedó otra vez como antes.
Sólo que mejor. Porque ahora le era útil.
Extendió la mano a un lado y conectó la ducha, el chorro golpeó el cuerpo de ella y su cara, sus ojos parpadearon contra la lluvia fría y sus manos se agitaron lastimosamente.
¿Cuánto tiempo tendría que esperar ahora?, se preguntó. ¿Cuánto tiempo hasta que pudiera ver si estaba un paso más cerca de lo que en verdad iba a sustentarle?
Cuando una oleada de agotamiento ascendió por su columna vertebral y le ofuscó el cerebro, se derrumbó contra los armarios que había bajo el lavabo. Cerrando la puerta de una patada, apoyó los antebrazos en las rodillas y se quedó mirando mientras la prostituta se agitaba.
Tan débil.
Tan jodidamente débil.
Debería haber sido su Xhex. Debería haberle hecho esto a ella y no una puta humana cualquiera.
Llevándose las manos a la cara, dejó colgar la cabeza mientras la euforia lo abandonaba. Esto no era como se suponía que iba a ser. Esto no era lo que había planificado.
En la carretera. Cazado. Luchando solo en el mundo.
Qué demonios iba a hacer sin su padre.

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