sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 28 29 30

Capítulo 28

Mientras John esperaba a que Xhex respondiera a su pregunta, se concentró en las palabras que había escrito, trazándolas con su boli, oscureciéndolas mientras las repasaba una y otra vez.
Probablemente él no debería estar haciendo demandas dada la baja forma de ella, pero necesitaba algo por su parte. Si se iba a exponer a pecho descubierto, no podía ser el único que alcanzara ese tipo de desnudez.
En realidad también quería saber que estaba pasando con ella y era la única que podía decírselo.
Mientras el silencio se extendía, todo lo que podía pensar era que... mierda, me está cerrando la puerta. Otra vez. A cierto nivel no era tan sorprendente y por eso no debería haber importado. Dios sabía que había sido el receptor final de sus rechazos suficientes veces.
La realidad era que sentía como otra muerte enfrentarse a...
—Te vi. Ayer.
Su voz hizo que subiera la cabeza de un tirón.
¿Qué?  vocalizó.
—Me retenía en aquel dormitorio. Te vi. Entraste y fuiste a la cama. Te marchaste con una almohada. Estuve... junto a ti todo el tiempo que estuviste allí.
La mano de John se alzó hasta su propia mejilla y ella sonrió un poco.
—Sí, te toqué la cara.
Jesucristo...
¿Cómo?, articuló.
—No estoy segura exactamente de cómo lo hace. Pero así es como me cogió en primer lugar. Estábamos todos en aquella caverna donde Rehv estaba siendo retenido en la colonia. Los symphats habían llegado y Lash me cogió... ocurrió tan condenadamente deprisa. De repente estaba fuera de mis pies, siendo arrastrada, pero no podía luchar y nadie podía oírme gritar. Es como un campo de fuerza. Si estás dentro e intentas abrir una brecha, la sacudida es dolorosa y rápida... pero es más que aversión. Hay una barrera física. —Alzó la palma y empujó el aire—. Una ola. Lo raro, sin embargo, es que puede haber otra gente en el mismo lugar. Como cuando tú entraste.
John era débilmente consciente de que las manos le dolían por alguna razón. Bajando la vista, vio que las había cerrado en puños y que la libreta se le estaba enterrando en la carne. Así como el Bic con el que había estado escribiendo.
Pasando una nueva página garabateó.
Desearía haber sabido que estabas allí. Habría hecho algo. Juro que no lo sabía.
Cuando ella leyó lo que había escrito, extendió el brazo y le puso una mano en el antebrazo.
—Lo sé. No es culpa tuya.
Ese sería su epitafio. Haber estado justo con ella y no tener ni idea de que estaba... Oh. Mierda.
Escribió rápido, luego lo mostró.
¿Volvió? ¿Después de que estuviéramos allí?
Cuando Xhex sacudió la cabeza, su corazón comenzó a latir de nuevo.
—Pasó por delante, pero siguió sin detenerse.
¿Cómo escapaste?, indicó por señas sin pensar.
Mientras garabateaba en una página nueva, ella dijo:
—¿Cómo conseguí escapar? —Cuando él asintió, rió—. ¿Sabes?, vas a tener que enseñarme el lenguaje de signos.
Él parpadeó. Luego vocalizó.
Vale.
—Y no te preocupes. Aprendo rápido. —Hizo una profunda inspiración—. La barrera había sido lo bastante fuerte para retenerme desde el momento en que me cogió. Pero después de que vinieras y te fueras y... —Frunció el ceño—. ¿Fuiste tú quien le hizo eso al asesino de abajo?
A la vez que los colmillos le brotaban en la boca, él formó con la boca las palabras, Joder, sí.
La sonrisita de Xhex tenía el filo de una daga.
—Bonito trabajo. Oí todo el asunto. Sea como sea, fue después de que todo pasara y supe que tenía que salir o...
Morir, pensó él. Por lo que él había hecho en aquella cocina.
—Así que estaba...
John mantuvo la mano en alto para detenerla, luego escribió rápido. Cuando empujó hacia ella sus palabras, Xhex frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Oh, por supuesto que no lo habrías hecho si hubieras sabido que yo estaba allí. Pero no lo sabías. Y sonó como si no pudieras evitarlo. Confía en mí, soy la última persona con la que tienes que disculparte por descuartizar a uno de esos bastardos.
Cierto, pero él todavía tenía un ataque de sudores fríos pensando en como la había puesto inadvertidamente en peligro.
Ella hizo otra larga inspiración.
—Entonces como sea, después de que te fueras, se volvió patente que la barrera se estaba debilitando y cuando fui capaz de perforar la ventana con el puño, supe que tenía una posibilidad. —Alzó una de sus manos y se examinó los nudillos—. Terminé tomando carrerilla para atravesar la puerta. Me figuré que iba a necesitar fuerza extra para ayudarme y tenía razón.
Xhex cambió de posición en la cama, haciendo una mueca.
—Creo que fue ahí donde me hice la laceración. En mi interior. Me retorcí terriblemente al escapar... fue como tirar de mi cuerpo a través de hormigón casi a punto de secar. También golpeé con fuerza la pared del pasillo.
John sintió la tentación de creer que las magulladuras que había visto en su piel eran resultado de su escapada. Pero conocía a Lash. Había mirado fijamente a la cara de la crueldad del tipo suficientes veces como para estar absolutamente seguro de que ella había pasado por mucho a manos del enemigo.
—Por eso necesité ser operada.
La declaración fue expresada de un modo claro y llano. El problema era, que no le sostenía la mirada.
John pasó una nueva página, escribió siete letras en mayúsculas y las enfatizó con un signo de interrogación. Cuando giró la libreta, ella a penas miró el ¿DE VERDAD?
Esa mirada gris bronce suya se apartó y se fijó en la esquina más alejada.
—Podría haber sido una herida producida por mi lucha sostenida contra él. Pero no sangraba internamente antes de salir, así que... ahí tienes.
John exhaló y pensó en aquellas paredes arañadas y manchadas que había visto en aquella habitación.
Lo que escribió a continuación le dolió.
Cuando ella miró lo que había puesto en la página, su cara se tensó hasta el punto del anonimato. Fue como si estuviera mirando a una extraña.
Bajó la mirada a sus palabras.
¿Cómo fue de malo?
No debería haber preguntado. Había visto en qué condición estaba. La había oído gritar en la SR y había estado justo delante de ella mientras sufría un ataque de nervios. ¿Qué más necesitaba saber?
Estaba garabateando un lo siento cuando ella habló con un hilo de voz.
—Fue... vale. Quiero decir...
Fijó los ojos en su perfil y la animó a continuar.
Ella se aclaró la garganta.
—No creo en engañarme a mí misma. No sirve a ningún propósito. Tenía bastante claro el hecho de que si no conseguía salir, iba a morir pronto. —Sacudió lentamente la cabeza atrás y adelante sobre la almohada blanca—. Me estaba quedando de veras endemoniadamente débil por la falta de sangre y la lucha. Lo cosa es, que en realidad estaba del todo conforme con la parte de morir. Todavía lo estoy. La muerte no es más que un proceso, si bien uno típicamente doloroso. ¿Una vez se acaba y está hecho? Estás bien porque no existes y toda la mierda se acaba.
Por alguna razón, el hecho de que ella fuera tan indiferente le ponía nervioso y tuvo que reacomodarse a sí mismo sobre la pequeña silla para evitar pasearse.
—¿Si fue malo? —murmuró ella—. Soy luchadora por naturaleza. Hasta cierto punto no fue nada especial. Nada con lo que no pudiera arreglármelas. Quiero decir, soy dura. Perdí los nervios en la clínica porque odio la basura médica, no por Lash.
Ese pasado suyo, pensó para sí mismo.
—Te diré algo. —Disparó sus ojos de vuelta a los de él y John realmente se apartó de un tirón ante el ardor en esa mirada—. ¿Sabes qué lo haría malo? ¿Qué haría que las tres últimas semanas fueran totalmente insoportables? Si no le mato. Eso será insoportable para mí.
El macho vinculado en su interior se sentó erguido y aulló, hasta el punto de preguntarse si ella sabía que no sería capaz de dejarla ser la que acabara con el hijo de puta. Los machos protegían a sus hembras. Era la ley universal si tenías polla y huevos.
Además la idea de que se acercara en lo más mínimo a ese tío le volvía loco. Lash ya la había cogido una vez. ¿Y si ponía en marcha su mierda encubridora otra vez?
No iban a tener una segunda oportunidad de recuperarla. De ningún modo.
—¿Entonces? —dijo ella—. Yo te mostré el mío. Tu turno.
Vale. De acuerdo.
Ahora fue él quien miró a la esquina más alejada. Jesucristo. Por donde empezar.
Pasó una página nueva de su libreta, bajó la punta del Bic, y...
Un montón de nada vino a él. El problema era, que había demasiado que escribir, también mucho que contarle y eso era deprimente como la mierda.
Un golpe agudo hizo que se giraran las cabezas de ambos.
—Maldita sea —dijo ella por lo bajo—. ¡Un minuto!
El hecho de que hubiera alguien esperando audiencia al otro lado de la puerta no le ponía exactamente de humor para compartir sentimientos. Así, sumadas las barreras de comunicación y su innata tendencia reservada, hicieron que le zumbara la cabeza.
—Quienquiera que sea puede quedarse fuera toda la noche y todo el día por lo que a mí me importa. —Ella se alisó la manta sobre el estómago—. Quiero oír lo que tienes que decir.
Curioso, eso fue lo que le desbloqueó y escribió rápidamente.
Sería más fácil mostrártelo.
Las cejas de ella se unieron cuando leyó eso y luego asintió.
—De acuerdo. ¿Cuándo?
Mañana por la noche. Si tienes vía libre para salir.
—Es una cita. —Xhex alzó la mano... y la posó ligeramente sobre su antebrazo—. Quiero que sepas...
El golpe la interrumpió y ambos maldijeron.
—¡Necesitamos un minuto! —exclamó antes de volver a concentrarse en él—. Quiero que sepas... que puedes confiar en mí.
John le sostuvo la mirada e instantáneamente se vio transportado a un plano diferente de existencia. Podría haber sido el cielo otra vez. ¿Quién coño lo sabía o le importaba? Todo lo que sabía era que estaban sólo ella y él juntos, el resto del mundo se había difuminado en una niebla.
¿Es posible enamorarse de alguien dos veces?, se preguntó débilmente.
—¿Qué demonios estáis haciendo ahí dentro?
La voz de Rehv al otro lado de la puerta rompió el momento, pero no lo borró.
Nada podría hacerlo, pensó John, mientras ella se echaba hacia atrás y él se ponía en pie.
—Entra, capullo —chasqueó Xhex.
Al instante el macho del mohawk entró en la habitación, John sintió el cambio en el aire y supo, mientras se miraban el uno al otro y se extendía el silencio, que se estaban comunicando como hacían los symphaths.
Para darles privacidad, se dirigió a la puerta, y justo cuando la atravesaba, Xhex dijo:
—¿Volverás?
Al principio, pensó que estaba hablando con Rehv, pero entonces el macho le cogió del brazo y le detuvo.
—¿Compañero? ¿Volverás?
John miró fijamente a la cama. Se las había arreglado para olvidar su libreta y boli en la mesilla, así que simplemente asintió.
—¿Pronto? —dijo Xhex—. Porque no me siento cansada y quiero aprender el lenguaje de signos.
John asintió de nuevo y luego chocó ligeramente los nudillos con Rehv antes de dirigirse fuera de la SR.
Al pasar junto a la camilla vacía, le alegró de que V hubiera terminado de limpiar y no estuviera por allí. Porque aunque le fuera la vida en ello, no habría podido ocultar la sonrisa en su cara.
* * *
En silencio, Blay caminaba codo a codo con Qhuinn a través del túnel subterráneo que conducía del centro de entrenamiento al vestíbulo de la mansión.
Los sonidos de los dos juegos de shitkickers se entremezclaban, pero eso era todo. Ni él ni Qhuinn decían nada. Y no había ningún contacto físico.
Absolutamente ningún contacto físico.
Tiempo atrás, antes de su gran admisión, antes de que las cosas se hubieran roto entre ellos, Blay simplemente habría preguntado qué pasaba por la mente de Qhuinn porque estaba claro que estaba rumiando algo. Ahora, sin embargo, lo que una vez habría sido sólo una ocurrencia parecía una intromisión inadecuada.
Mientras salían a través de la puerta oculta bajo la grandiosa escalera de la mansión, Blay se encontró temiendo el resto de la noche.
Claro está, no quedaba mucho de ella, pero dos horas podían parecer una vida bajo las circunstancias adecuadas. O las erróneas, como era el caso.
—Layla debería estar esperando por nosotros —dijo Qhuinn mientras iba hacia la parte baja de las escaleras.
Oh... genial. Justo el tipo de diversión que andaba buscando.
No. Después de haber visto la forma en que esa Elegida miraba a Qhuinn, no se sentía con ganas de otra carga de ese tímido enamoramiento. Especialmente no esta noche. El casi fallo con Xhex le había dejado curiosamente sensible.
—¿Vienes? —preguntó Qhuinn, su ceño tiraba del piercing de su ceja izquierda.
Blay disparó la mirada hasta el aro que rodeaba el lleno labio inferior del tipo.
—¿Blay? ¿Estás bien? Mira, creo que necesitas alimentarte, colega. Han pasado muchas cosas últimamente.
Colega... Cristo, odiaba esa palabra.
Pero que le jodieran, tenía que tomárselo con calma.
—Sí. Claro.
Qhuinn le dedicó una extraña mirada.
—¿Mi dormitorio o el tuyo?
Blay rió ásperamente y comenzó a subir las escaleras.
—¿Importa realmente?
—No.
—Exacto.
Cuando llegaron al segundo piso, pasaron frente al estudio de Wrath, las puertas del cual estaban cerradas y se dirigieron hacia el pasillo de estatuas.
La habitación de Qhuinn fue la primera a la que llegaron, pero Blay siguió adelante, pensando que algo podía hacerse finalmente en su terreno, bajo sus términos.
Abriendo la puerta de par en par, dejó el tema como estaba e ignoró el suave chasquido de la puerta cuando Qhuinn los encerró a los dos dentro.
En el baño, Blay fue al lavabo, abrió el grifo y se inclinó, lanzándose agua a la cara. Se estaba secando cuando captó la fragancia a canela y supo que Layla había llegado.
Apoyando con fuerza las palmas sobre el mármol, se inclinó sobre los brazos y se encorvó. Fuera en su habitación, oyó sus voces entremezclándose, la más baja y la más alta intercambiando lugares por momentos.
Tirando la toalla, se dio la vuelta y fue a enfrentar el baile: Qhuinn estaba sobre la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero, las botas cruzadas, los dedos entrelazados sobre el grueso pecho mientras sonreía hacia la Elegida. Layla estaba ruborizada de pie junto a él, con los ojos en la alfombra, sus manos más pequeñas y delicadas retorciéndose delante de ella.
Cuando Blay entró, los dos le miraron. La expresión de Layla no cambió. La de Qhuinn, sin embargo, se cerró.
—¿Quién va primero? —preguntó Blay, aproximándose a ellos.
—Tú —masculló Qhuinn—. Adelante.
Blay no estaba por la labor de saltar sobre la cama, así que fue al diván y se sentó al pie del mismo. Layla vagó hacia allí y se sentó de rodillas ante él.
Sire —dijo, ofreciendo la muñeca.
La TV se encendió y los canales comenzaron a cambiar mientras Qhuinn apretaba el mando hacia la pantalla. Se quedó en Spike y una retransmisión de UFC 63 Hughes vs. Penn7.
—¿Sire? —dijo Layla.
—Perdona. —Blay se inclinó, tomando el esbelto antebrazo en sus grandes palmas, sujetando firmemente pero sin demasiada presión—. Te agradezco tu regalo.
Golpeó tan gentilmente como pudo e hizo una mueca cuando ella saltó, aunque muy ligeramente. Habría retirado los colmillos a modo de disculpa, pero eso habría requerido otro pinchazo cuando reanudara el beber de su vena.
Mientras se alimentaba, sus ojos fueron a la cama. Qhuinn estaba absorto en la lucha AMM de la pantalla, su mano derecha estaba alzada y cerrada en un puño.
—Joder —masculló el tío—. ¡De eso es de lo que estoy hablando!
Blay se concentró en lo que estaba haciendo y terminó rápidamente. Cuando la soltó, miró a la adorable cara de Layla.
—Has sido muy generosa, como siempre.
Su sonrisa fue radiante.
Sire... como siempre servirte es una alegría.
Él extendió la palma y la ayudó a levantarse, aprobando su gracia innata. Y Dios, la fuerza que ella le proporcionaba era nada menos que milagrosa. Podía sentirla revitalizándole incluso ahora mismo, su cabeza enturbiada en deferencia a la concentración de su cuerpo en lo que acababa de dársele.
Lo que le había dado Layla.
Qhuinn estaba todavía con la pelea, sus colmillos desnudos, no por Layla, sino por quien fuera que estuviera perdiendo. O ganando. O lo que sea.
La expresión de Layla decayó a una de resignación que él conocía demasiaaaado bien.
Blay frunció el ceño.
—Qhuinn... ¿Vas a alimentarte?
Los ojos disparejos de Qhuinn se mantuvieron en la pantalla hasta que el árbitro declaró empate, luego los iris azul y verde se deslizaron hasta Layla. Con una oleada sensual, el tipo cambió de posición sobre la cama, dejando espacio para ella.
—Ven aquí, Elegida.
Las tres palabras, respaldadas por esa mirada de párpados bajos, fueron un golpe bajo para Blay... el problema era que Qhuinn no estaba mirando a Layla de ninguna forma especial. Simplemente así era él.
Sexo en cada aliento, cada latido, cada movimiento.
Layla pareció sentir lo mismo, porque sus manos revolotearon sobre la túnica, primero hacia el nudo del cinto y luego a las solapas.
Por alguna razón, Blay comprendió por primera vez que estaba totalmente desnuda bajo esos pliegues blancos.
Qhuinn extendió la mano y la palma de Layla tembló mientras la ponía en la que él le ofrecía.
—¿Tienes frío? —preguntó, sentándose erguido. Bajo la camiseta apretada, sus abdominales se tensaban en una tableta de chocolate.
Cuando ella sacudió la cabeza, Blay entró en el baño, cerró la puerta y abrió la ducha. Después de desnudarse, se puso bajo el chorro e intentó olvidar todo lo que estaba ocurriendo en su cama.
Tuvo éxito sólo hasta el punto de sacar a Layla de la imagen.
Su cerebro se quedó atascado en una fantasía de él y Qhuinn estirados juntos, con las bocas en el cuello del otro, los colmillos rompiendo la superficie de piel aterciopelada, los cuerpos....
Era bastante común en los machos que se les pusiera dura después de alimentarse. Especialmente si estaban pensando en todo tipo de cosas desnudas. Y el jabón no ayudaba.
Y tampoco las imágenes que vendrían después de que los dos se penetraran las gargantas.
Blay plantó una palma en el mármol resbaladizo y la otra en su polla rígida.
Lo que hizo fue rápido y más o menos tan satisfactorio como un trozo de pizza fría; bueno, sí, pero ni de lejos una auténtica comida.
El segundo viaje en el tiovivo no mejoró la situación y negó a su cuerpo la oportunidad de un tercero. Porque honestamente. Qué sórdido. ¿Qhuinn y Layla se estaban ocupando de sus asuntos al otro lado de la puerta mientras él se ponía en plan Johnny Memonic bajo el agua caliente? Argh.
Saliendo, se secó, se puso su bata y comprendió que no había traído nada para vestirse. Mientras giraba el pomo de la puerta, rezó porque las cosas estuvieran donde las dejó.
Y lo estaban, gracias, Virgen Escriba: Qhuinn tenía la boca en la otra muñeca de Layla y estaba tomando lo que necesitaba mientras la Elegida permanecía arrodillada junto a él.
Nada abiertamente sexual.
El alivio que clavó las uñas en el pecho de Blay le hizo comprender lo furioso que había estado... no sólo por esto sino por todo lo que tenía que ver con Qhuinn.
De veras no era sano. Para nadie.
Y además, cuando todo se calmaba, ¿estaba mal que Qhuinn sintiera lo que sentía? No puedes evitar por quién te sientes atraído... y por quién no.
Del armario, Blay sacó una camisa de botones y unos pantalones negros de combate. Justo cuando giraba la cabeza hacia el baño, Qhuinn alzó la boca de la vena de Layla. El macho dejó escapar un gemido saciado y extendió la lengua hacia las heridas que había hecho con los colmillos. Cuando un destello de plata refulgió, las cejas de Baly se alzaron. El piercing de la lengua era nuevo y se preguntó quién se lo habría hecho.
Probablemente Vishous. El par estaba pasando un montón de tiempo junto y así es como habían conseguido la tinta del tatuaje de John... Qhuinn había mangado la botella.
La lengua de Qhuinn lamió la piel de la Elegida, ese metal guiñando con cada pasada.
—Gracias, Layla. Eres buena con nosotros.
Le dedicó una rápida sonrisa y luego sacó las piernas de la cama, claramente para marcharse.
Layla, por otro lado, no se movió. En vez de seguir su ejemplo y salir, su cabeza bajó y concentró la mirada en su regazo...
No, en sus muñecas, que relucían bajo los puños abiertos de su túnica. Cuando la vio tambalearse, Blay frunció el ceño.
—¿Layla? —dijo, yendo hacia ella—. ¿Estás bien?
Qhuinn se giró hacia la cama.
—¿Layla? ¿Qué pasa?
Ahora eran ellos los arrodillados ante ella.
Blay habló claramente.
—¿Hemos tomado demasiado?
Qhuinn se adelantó y centró su propia muñeca, ofreciéndosela.
—Utilízame.
Mierda, ella había alimentado a John la noche antes. ¿Tal vez había sido demasiado pronto?
Los ojos verde pálido de la Elegida se alzaron hasta la cara de Qhuinn y no había ninguna desorientación en su mirada. Sólo un anhelo triste y ancestral.
Qhuinn retrocedió.
—¿Qué he hecho?
—Nada —dijo ella en una voz que era demasiado profunda—. Si me perdonáis, me retiraré al santuario una vez más.
Layla fue a levantarse, pero Qhuinn le atrapó la mano y tiró de ella hacia abajo.
—Layla, ¿qué pasa?
Dios, esa voz suya. Tan suave y tan amable. Y también lo fue la mano que subió y sujetó la barbilla, alzándole los ojos hacia los suyos.
—No puedo hablar de ello.
—Sí, puedes. —Qhuinn asintió con la cabeza en dirección a Blay—. Él y yo guardaremos tu secreto.
La Elegida hizo una profunda inspiración y su exhalación fue de derrota, como si se hubiera quedado sin gas, sin opciones, sin fuerzas.
—¿De veras? ¿Permaneceréis en silencio?
—Sí. ¿Blay?
—Sí. Absolutamente. —Se puso la mano en el corazón—. Lo juro. Haremos cualquier cosa por ayudarte. Cualquier cosa.
Ella se concentró en Qhuinn, su mirada sosteniendo la de él.
—¿Soy desagradable a tus ojos, sire? —Cuando él frunció el ceño, ella se señaló los pómulos, la frente—. ¿Me desvío hasta tal punto del ideal de moda que me desapro...?
—Dios, no. ¿De qué estás hablando? Eres hermosa.
—Entonces... ¿por qué sigo sin ser llamada?
—No entiendo... te llamamos. Regularmente. Yo mismo, Blay y John. Rhage y V. Tú eres la única a la que pedimos porque...
—Ninguno me utiliza para nada salvo la sangre.
Blay se alzó de las rodillas y retrocedió hasta que sus piernas golpearon el diván y se encontró sentado. Cuando su trasero rebotó sobre el cojín, la expresión de la cara de Qhuinn casi le hizo reír. Al tipo nunca le pillaban con la guardia baja. En parte por haber estado tan expuesto en su relativamente corta vida, a la vez por elección y por maldición. Y en parte por su personalidad. Se las arreglaba bien en todas las situaciones. Punto.
Excepto en esta, evidentemente. Qhuinn tenía pinta de que le hubieran machacado la parte de atrás de la cabeza con un taco de billar.
—Yo... —Qhuinn se aclaró la garganta—... yo... yo...
Y sí, otra primera vez. Tartamudeando.
Layla llenó el silencio.
—Sirvo a los hombres y a los Hermanos de esta casa con orgullo. Doy sin recibir nada a cambio porque es mi entrenamiento y mi placer hacerlo así. Pero os digo esto porque lo habéis preguntado y... me parece que debo. Cada vez que vuelvo al santuario o a casa del Primale, me encuentro progresivamente más vacía. Hasta el punto en que creo que podría hacerme a un lado. Verdaderamente... —Sacudió la cabeza—. No puedo seguir haciendo esto aunque es todo lo que siempre supe que conllevaban mis obligaciones. Es sólo... mi corazón no puede continuar.
Qhuinn dejó caer las manos y se frotó los muslos.
—¿Quieres... querrías seguir si pudieras?
—Por supuesto. —Su voz fue fuerte y segura—. Estoy orgullosa de servir.
Ahora Qhuinn se pasó la mano por el espeso cabello negro.
—¿Eso te... satisfaría?
Era como observar un tren ruinoso descarrilar. Blay debería haber salido, pero no podía moverse; simplemente tenía que presenciar la colisión.
Y naturalmente el brillante sonrojo de Layla la hacía incluso más hermosa. Entonces sus encantadores labios llenos se separaron. Se cerraron. Se separaron... se cerraron de nuevo.
—Está bien —susurró Qhuinn—. No tienes que decirlo en voz alta. Sé lo que quieres.
Blay sintió un sudor frío romper en su pecho y sus manos se retorcieron sobre la ropa que había cogido para sí mismo.
—¿Quién? —preguntó Qhuinn roncamente—. ¿A quién quieres?
Hubo otra larga pausa y luego ella dijo una palabra.
—A ti.
Blay se levantó.
—Os dejaré solos.
Estaba absolutamente ciego cuando partió rumbo a la salida y agarró la chaqueta de cuero de camino por instinto.
Cuando cerraba la puerta, oyó a Qhuinn decir.
—Iremos muy lentamente. Si vamos a hacer esto. Iremos muy lentamente.
Fuera en el pasillo, Blay puso rápida distancia entre él mismo y su dormitorio y no fue hasta que llegó a las puertas dobles que conducían a las habitaciones del servicio cuando comprendió que iba caminando por ahí en bata. Se deslizó por el tramo de escaleras que conducían a la sala de cine del tercer piso y se cambió de ropa delante de la máquina de palomitas inactiva. La cólera que ardía a fuego lento en sus entrañas era una especie de cáncer, comiéndoselo. Pero carecía tanto de base. Era tan inútil.
Blay estaba de pie ante los estantes de DVDs, los títulos de las carátulas no eran nada más que un patrón visual para sus ojos.
Sin embargo lo que terminó encontrando no fue una película.
Sino un trozo de papel en el bolsillo de su abrigo.

Capítulo 29

Cuando la puerta de la sala de recuperación se cerró, Xhex sintió que debía decir algo. En voz alta. A Rehvenge.
—Entonces. Ah. —Se apartó el pelo—. ¿Qué tal…?
Él cortó sus torpes divagaciones acercándose a zancadas hasta ella, su bastón rojo clavándose en las baldosas, sus mocasines taconeando talón-punta, talón-punta. Su expresión era fiera, sus ojos violeta ardían.
Era suficiente para acomplejarla a una.
Levantando más la sábana, Xhex masculló.
—¿Qué demonios te pa…? —Rehv se lanzó en picado con sus largos brazos y la arrastró contra él, arropándola con todo el cariño contra su pecho. Apoyando la cabeza contra la de ella, su voz fue profunda y grave.
—Creí que nunca volvería a verte.
Mientras él se estremecía, ella levantó las manos hasta su torso. Tras contenerse un momento... le abrazó tan fuerte como hacia él.
—Hueles igual —dijo ella con voz ronca, colocando la nariz justo en el cuello de su fina camisa de seda—. Oh... Dios, hueles igual.
La cara colonia especiada la llevó de vuelta a los días del ZeroSum cuando estaban los cuatro: Él al mando, iAm con los libros, Trez con las operaciones y ella en la seguridad.
La fragancia fue el gancho que la arrastró y le hizo dar un paso más allá del trauma del secuestro, ligándola a su pasado, tendiendo un terrible puente sobre las últimas tres semanas.
Sin embargo no quería esa atadura. Sólo iba a hacer su marcha más difícil. Mejor centrarse en los acontecimientos y los objetivos inmediatos.
Y luego simplemente desaparecer.
Rehv se retiró.
—No quiero cansarte, así que no voy a quedarme. Pero necesitaba... Sí.
—Sí.
Al unísono, se agarraron de los brazos el uno al otro y como siempre sintió la comunión entre ellos, la mitad de la sangre que compartían estableciendo conexión a como hacían los symphaths con otro.
—¿Necesitas algo? —preguntó él—. ¿Comida?
—Doc Jane dijo que nada de sólidos durante otro par de horas.
—Vale. Escucha, hablemos del futuro.
—En el futuro. —Mientras hablaba, proyectó en su mente una imagen de ellos dos discutiendo acaloradamente. Que se produjo solamente para despistarlo en caso de que estuviera leyéndola. No quedó claro si se lo tragó.
—Ahora vivo aquí, por cierto —dijo él.
—¿Dónde estoy exactamente?
—En el centro de entrenamiento de la Hermandad. —Frunció el ceño—. Creía que habías estado aquí antes.
—No en esta parte. Pero sí, supongo que es aquí donde me trajeron. Ehlena fue realmente buena conmigo, por cierto. Allí dentro. —Señaló con la cabeza hacia la SR—. Y antes de que preguntes, voy a ponerme bien. Así lo ha dicho Doc Jane.
—Bien. —Él le apretó la mano—. Iré por John.
—Gracias.
En la puerta, Rehv se detuvo y luego le lanzó una mirada sobre el hombro con los ojos amatista entrecerrados.
—Escucha. —El “gilipollas” quedó implícito—. Eres importante. No sólo para mí, sino para un gran número de personas. Así es que haz lo que tengas que hacer y pon tu cabeza en orden. Pero no creas que no tengo idea de lo que tienes planeado para después.
Ella le devolvió la mirada.
—Jodido devorador-de-pecados.
—Ya sabes. —Rehv alzó una ceja—. Y te conozco demasiado bien. No seas cabrona, Xhex. Nos tienes a todos a tu lado y puedes superar esto.
Mientras él desaparecía, consideró que tanta fe en su resistencia era conmovedora. Pero no se lo tragaba.
De hecho, sólo pensar en cualquier futuro más allá del funeral de Lash enviaba una oleada de cansancio absoluto por su corriente sanguínea. Con un gemido, cerró los ojos y rezó por el amor de todo lo que fuera sagrado porque Rehvenge se mantuviera fuera de sus asuntos...
Xhex despertó con un jadeo. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba dormida. O dónde estaba John… Bueno, esa estaba respondida: John estaba en el suelo frente a su cama, descansando sobre el costado, con la cabeza reposando en el interior del brazo que había doblado para usar de almohada. Parecía cansado, incluso mientras dormía; las cejas tensas, la boca contraída en una mueca de disgusto.
El consuelo que le producía mirarlo fue una sorpresa, pero no luchó contra ello. No tenía suficientes fuerzas… y además, no había testigos.
—¿John?
En el mismo momento en que pronunció su nombre, él se levantó del linóleo, en postura de lucha, con su cuerpo de guerrero entre ella y la puerta del pasillo.  Quedaba bastante claro que estaba preparado para hacer trizas a cualquiera que la amenazara.
Lo cuál era... realmente dulce.
Y mejor que un ramo de flores junto a cama que la hubiera hecho estornudar.
—John... ven aquí.
Él esperó un momento, ladeando la cabeza como si escuchara en busca de algún ruido. Luego dejó caer los puños y echó a andar. En el mismo momento en que sus ojos se volvieron hacia ella, la mirada brutal y los colmillos expuestos se desvanecieron en medio de una compasión que retorcía las tripas.
Fue directo a por su libreta, escribió algo y se lo enseñó.
—No, gracias. Todavía no tengo hambre. —Lo que siempre había sido cierto para ella. Después de alimentarse, no comía durante horas, algunas veces durante un día completo—. Lo que me encantaría...
Sus ojos se deslizaron hacia el cuarto de baño de la esquina.
Ducha, escribió él y se lo mostró.
—Sí. Jesús... Me encantaría un poco de agua caliente.
Él estaba totalmente en modo enfermera, entrando a abrir la ducha, poniendo toallas, jabón y un cepillo de dientes en la encimera.
Sintiéndose como una roñosa, se dispuso a ponerse derecha... Y le quedó claro que alguien le había amarrado una casa alrededor del pecho. Se sentía literalmente como si estuviera llevando una casa de dos pisos sobre los hombros. Lo que consiguió que sacara las piernas por un lado del colchón fue una gran cantidad de esfuerzo… y la convicción de que si como mínimo no se podía poner en posición vertical, él iba a llamar a la doctora e iba a perderse la ducha.
John llegó justo cuando las plantas desnudas de sus pies llegaban al suelo y fue de lo más solícito estabilizándola con el brazo mientras se ponía en pie. Cuando las sábanas se desprendieron de ella, ambos tuvieron un momento de... Santa-mierda-desnuda. Pero no era momento de modestias.
—¿Qué debería hacer con el vendaje? —murmuró ella, bajando la mirada a la banda blanca que se extendía a través de su pelvis. Cuando John bajó la mirada a su cuaderno, como si estuviera tratando de decidir si lo podría alcanzar y seguir sosteniéndola, continuo—: No, no quiero a Doc Jane. Simplemente voy a quitármelo.
Buscó un extremo y mientras se asentaba sobre los pies, se imaginó que probablemente habría sido mejor para hacer esto estando tumbada… y bajo supervisión médica. Pero al carajo.
—Oh... —jadeó mientras revelaba con lentitud la línea de puntos negros—. Maldición... La hembra de V es buena con la aguja y el hilo, eh.
John tomó el puñado de gasas manchadas de sangre y lo lanzó despreocupadamente a la papelera de la esquina. Y luego simplemente esperó, como si fuera muy consciente de que ella estaba pensando en volver a la cama. Por alguna razón, la idea de haber estado abierta la hizo marearse.
—Hagámoslo —dijo bruscamente.
Él la dejó establecer el paso, lo cual resultó ser sólo ligeramente más rápido que dar marcha atrás.
—¿Puedes apagar las luces ahí dentro? —dijo ella mientras arrastraba los pies, sus pasos como los de un bebé no abarcaban más de tres centímetros—. No quiero ver mi aspecto en ese espejo sobre el lavabo.
En el mismo momento en que lo tuvo al alcance, John extendió el brazo y pulsó el interruptor de la pared.
—Gracias.
La sensación del aire húmedo y el sonido del agua cayendo aliviaron su mente y su espina dorsal. El problema era que la tensión la había ayudado a mantenerse en pie y ahora estaba temblando.
—John... —¿Era esa su voz? Tan débil y fina—. John, ¿entrarías conmigo? Por favor.
Hablando de largos silencios. Pero entonces a la luz que se vertía desde la cama, él asintió.
—Mientras te desvistes allí fuera —dijo ella—, puedes cerrar la puerta y yo usaré el baño.
Con eso, se agarró a la barra adherida a la pared y maniobró por sí misma. Hubo otra pausa y luego John dio un paso atrás y la ligera luz se desvaneció.
Después de ocuparse de sus asuntos, se levantó tirando de sí misma y entreabrió la puerta.
Lo que obtuvo fue ese cuaderno en la cara:
Me habría dejado puestos mis boxers pero no los llevo debajo de los pantalones de cuero.
—Está bien. Difícilmente soy del tipo tímido.
Aunque eso se demostró no ser del todo cierto cuando los dos se metieron en la ducha juntos. Cualquiera pensaría que después de todo por lo que había pasado, un poco de piel, en un cuarto oscuro, con un macho en quien confiaba y con el que ya había estado no sería un gran desafío. Sin embargo, lo fue.
Especialmente cuando el cuerpo de él se rozó contra su espalda al cerrar la puerta de cristal.
Concéntrate en el agua, se dijo a sí misma, preguntándose si había perdido la maldita cabeza.
Al levantar la cabeza, comenzó a inclinarse a un lado y la enorme mano masculina se deslizó bajo su brazo para mantenerla derecha.
—Gracias —dijo torpemente.
Aunque la situación era muy incómoda, el agua caliente se sentía maravillosa empapando su pelo hasta el cuero cabelludo y la idea de poder asearse fue repentinamente más prioritaria que todo lo que John Matthew no llevaba puesto.
—Olvidé el jabón, maldita sea.
John se inclinó y la apretó de nuevo, sus caderas golpeando las de ella. Y aunque ella se tensó, preparándose para algo sexual... no estaba excitado.
Lo cual era un alivio. Después de las cosas que Lash le había hecho…
Cuando le depositó el jabón en la palma, Xhex bloqueó todos los pensamientos de lo que había pasado en aquel dormitorio y simplemente humedeció la barra bajo la ducha. Lavarse. Secarse. Volver a la cama. Eso era en todo en lo que tenía que pensar.
El olor fuerte y definido del Dial flotó en el ambiente y tuvo que parpadear rápido.
Era exactamente lo que ella habría escogido.
* * *
Asombroso, pensó John mientras permanecía de pie detrás de Xhex.
Si bajabas la mirada a tu polla y tus pelotas y les decías que si se portaban mal las cortarías en rodajas y las enterrarías en el patio trasero, realmente te escuchaban.
Iba a tener que recordarlo.
La ducha era de tamaño generoso para un macho, pero bastante estrecha para los dos y tenía que mantener el culo apretado contra las baldosas frías para estar cien por cien seguro de que el Señor Idea Brillante y sus compañeros gemelos de trabajo, Estúpido y Super Estúpido se mantenían lejos de ella.
Después de todo, la arenga había hecho maravillas, pero no iba a arriesgarse.
Además, estaba conmocionado porque Xhex estuviera tan débil que tuviera que sujetarla para que pudiera estar de pie, aun después de alimentarse. No obstante, uno no se quita cuatro semanas de infierno de encima sin más después de una siesta de dos horas. Que era el tiempo que había dormido, según su reloj.
Mientras cogía el champú, ella arqueó la espalda, su cabello mojado le rozó el pecho antes de que se diera la vuelta para aclararse. Él cambió su agarre lo necesario, sujetando primero la parte superior de su brazo izquierdo, luego el derecho.
Los problemas llegaron cuando ella se inclinó para lavarse las piernas.
—Mierda… —Ella cambió de posición demasiado rápido, se le resbalaron las manos en los bíceps enjabonados y resbaladizos y cayó contra su cuerpo.
John tuvo una breve y vívida impresión de su cuerpo resbaladizo, húmedo y cálido y luego se golpeó contra la pared y se volvió loco buscando una forma de mantenerla derecha que no implicara un contacto total.
—Ojalá hubiera un asiento aquí —dijo ella—. Me parece que no puedo mantener el maldito equilibrio.
Hubo una pausa... y luego él le cogió el jabón. Moviéndose lentamente, intercambió el sitio con ella, colocándola en la esquina en la que él había apoyado el trasero y haciendo que le apoyara las manos sobre los hombros.
Mientras se arrodillaba, dio vueltas al Dial entre las manos, consiguiendo un montón de espuma; el agua le golpeaba la parte trasera de la cabeza y caía por su columna vertebral. Las baldosas de la ducha se sentían duras bajo sus rótulas y tenía uno de los dedos de los pies colocado en el desagüe, era como si la cosa tuviera dientes y estuviera dándole un mordisco, pero no le importaba.
Estaba a punto de tocarla. Y eso era todo lo que le interesaba.
Rodeándole el tobillo con la mano, le dio un tirón gentil y después de un momento, ella apoyó el peso en el lado contrario y le dio el pie. Dejó la barra de jabón en el suelo junto a la puerta y le masajeó la planta subiendo hacia el talón, frotando, limpiando…
Adorándola sin esperar nada a cambio.
Iba despacio, especialmente cuando subía por la pierna, haciendo una pausa de vez en cuando para asegurarse de no estar apretando ninguna magulladura. El músculo de la pantorrilla estaba durísimo y los huesos que salían de la rodilla parecían tan fuertes como los de un macho pero era delicada a su modo. Al menos comparado con él.
Cuando subió aún más, por encima del muslo, se deslizó hacia el exterior. Lo último que quería era preocuparla porque se abalanzara sobre ella y cuando llegó a la cadera, se detuvo y recogió el jabón de nuevo.
Después de soltarle el pie, golpeó ligeramente el otro tobillo y sintió una punzada de alivio cuando solícitamente ella le dio oportunidad de repetir lo que había hecho.
Lentos masajes, lentas manos, lentos avances... Y sólo por fuera en la parte superior.
Cuando acabó, se levantó, las rodillas crujiéndole mientras se alzaba hasta alcanzar su altura completa y la colocó bajo el chorro de la ducha. Agarrándola por el brazo otra vez, le dio el jabón para que pudiera lavar cualquier otra cosa que fuera necesaria.
—¿John? —dijo ella.
Como estaba oscuro, silbó un ¿Qué?
—Eres un macho de mucho valor. De verdad que sí. —Levantó las manos y le acunó la cara.
Ocurrió tan rápido, no podía creerlo. Más tarde lo reviviría y volvería a revivirlo todo una y otra vez, alargando el momento interminablemente, volviéndolo a vivir y alimentándose de forma extraña del recuerdo, una vez y otra.
Cuando realmente acabó, sin embargo, había durado sólo un instante. Un impulso por parte de ella. Un gesto casto en gratitud ante un casto regalo recibido.
Xhex se puso de puntillas y presionó su boca contra la de él.
Oh, tan suave. Sus labios eran increíblemente suaves. Y gentiles. Y muy cálidos.
El contacto fue demasiado fugaz, pero él estaba listo para que durara horas y horas y decir que no era suficiente.
—Vamos acuéstate conmigo —dijo ella, abriendo la puerta de la ducha y saliendo—. No me gusta que estés en el suelo. Te mereces mucho más que eso.
Débilmente, cerró el agua y la siguió, aceptando la toalla que ella le tendía. Se secaron juntos, ella envolviéndose entera a la altura del torso, él cubriéndose las caderas.
Una vez fuera, él subió primero a la cama de hospital y sintió que era la cosa más natural del mundo abrirle los brazos. Si lo hubiera pensado, no habría hecho el gesto, pero no estaba pensando.
Lo cual estaba bien.
Porque ella vino a él como lo había hecho el agua de la ducha, empapándole con una calidez que se filtraba por la piel hasta el tuétano.
Pero por supuesto, Xhex podía metérsele bajo la piel mucho más que eso. Siempre había podido.
Parecía como si le hubiera entregado el alma la primera vez que había puesto los ojos en ella.
Cuando  apagó la luz y ella se reacomodó incluso más cerca, sintió como si se introdujera directamente en su helado corazón y acampara allí, su hoguera le descongelaba el alma hasta que dio la primera profunda inspiración de gracias-a-Dios en meses.
John cerró los ojos, sin esperar dormir.
Sin embargo, lo hizo. Y muy, muy bien.

Capítulo 30

En la sala de personal de la mansión Sampsone, Darius concluía su reunión con la criada de la hija.
—Gracias —dijo mientras se alzaba y asentía con la cabeza hacia la hembra—. Aprecio tu franqueza.
La doggen se inclinó de modo respetuoso.
—Por favor, encuéntrela. Y tráigala a casa, sire.
—Pondremos empeño en hacer precisamente eso. —Miró fijamente a Thorment—. ¿Serías tan amable de traer al lacayo?
Thorment abrió la puerta a la mujer diminuta y ambos salieron a la vez.
En su ausencia, Darius se paseó por el suelo desnudo, con sus botas de cuero marcando un círculo alrededor del escritorio, formado por una tabla y sus soportes en el centro de la habitación. La criada no sabía nada relevante. Había sido absolutamente abierta y modesta... y no había añadido absolutamente nada al puzzle.
Thorment volvió con el lacayo y reasumió su postura junto a la puerta, quedándose en silencio. Lo cual era bueno. Generalmente hablando, durante un interrogatorio de variedad civil, no necesitabas a más de un interrogador. Sin embargo, el chico tenía otra utilidad.  Sus ojos sagaces no se perdían nada, así que tal vez notaría algo que se le pasara a Darius durante el discurso.
—Gracias por hablar con nosotros —dijo Darius al lacayo.
El doggen se inclinó.
—Estaré complacido de prestarle servicio, sire.
—Desde luego —murmuró Darius mientras se sentaba en el banco duro que había utilizado cuando hablaba con la criada. Los doggen tendían a valorar el protocolo por naturaleza y por consiguiente preferían que aquel que ostentaba una posición más elevada estuviera sentado mientras ellos permanecían de pie.
—¿Cómo te llamas, lacayo?
Otra inclinación.
—Fritzgelder Perlmutter.
—¿Y cuánto tiempo llevas con la familia?
—Nací en su seno hace setenta y siete años. —El lacayo tenía las manos cogidas a la espalda y enderezados los hombros—. He servido a la familia con orgullo desde mi cincuenta aniversario de nacimiento.
—Larga historia. Así que conoces bien a la hija.
—Sí. Es una hembra de valía. Una alegría para sus padres de nacimiento y su linaje.
Darius estudió la cara del lacayo cuidadosamente.
—Y no eres consciente de nada... que conduciría a alguien a sospechar semejante desaparición.
La ceja izquierda del sirviente se retorció una vez.
Y se produjo un largo silencio.
Darius bajó la voz a un susurró.
—Si alivia tu conciencia, tienes mi palabra como Hermano de que ni yo mismo ni mi colega revelaremos a nadie lo que digas. Ni siquiera al propio rey.
Fritzgelder abrió la boca y respiró a través de ella.
Darius permaneció en silencio: empujando al pobre macho al lento proceso de revelación. Desde luego o hablaba o no y animarle sólo retrasaría su decisión.
El lacayo metió la mano en el bolsillo interior de su uniforme y retiró un pañuelo de un blanco brillante que estaba doblado en un cuadrado preciso. Tras secarse el labio superior, manoseó para guardar la maldita cosa.
—Nada saldrá de estas paredes —susurró Darius—. Nada.
El lacayo tuvo que aclararse la garganta dos veces antes de que su voz fibrosa se materializara.
—Verdaderamente... estaba más allá de todo reproche. De eso estoy seguro. No había ninguna... relación con un macho de la que sus padres fueran conscientes.
—Pero... —murmuró Darius.
En ese momento la puerta se abrió de par en par y el mayordomo que les había conducido al interior de la mansión apareció. No parecía nada sorprendido por la reunión y sí absolutamente desaprobador. Sin duda uno de sus subordinados le había puesto al corriente.
—Maneja un buen grupo de sirvientes —dijo Darius al hombre—. Mi colega y yo estamos muy impresionados.
La deferencia no hizo nada por aliviar la expresión de desconfianza del macho.
—Me elogia, sire.
—Debemos partir. ¿Está por aquí tu amo?
El mayordomo se enderezó y su alivio fue obvio.
—Se ha retirado y por eso he venido yo a verles. Les desea una buena partida, pero debe ocuparse de su amada shellan.
Darius se puso en pie.
—Aquí tu lacayo estaba a punto de mostrarnos los terrenos de camino a la salida. Como está lloviendo, estoy seguro de que debes preferir que un miembro del personal nos guíe sobre la hierba húmeda. Volveremos tras la puesta de sol. Gracias por vuestra conformidad ante nuestras peticiones.
No hubo ninguna respuesta salvo el consentimiento del macho:
—Por supuesto.
Fritzgelder se inclinó ante su superior y luego extendió el brazo hacia la puerta que había en la esquina más alejada.
—Por aquí.
Fuera, el aire cargaba una pequeña promesa primaveral de calidez. De hecho, era frío invierno mientras avanzaban laboriosamente a través de la niebla.
Fritzgelder sabía exactamente adónde llevarlos, el lacayo avanzó con decisión alrededor de la parte trasera de la mansión hacia la zona de los jardines a los que tenía vista el dormitorio de la hembra.
No se ha tomado tanto trabajo a la ligera, pensó Darius.
El lacayo se detuvo justo bajo la ventana de la hija de Sampsone, pero no de cara a las paredes recias de la casa. Miraba hacia fuera... a través de los lechos de flores y el laberinto de setos... hacia la finca de al lado. Y luego se giró deliberadamente de cara a Darius y Thorment.
—Alcen los ojos hasta los árboles —dijo mientras señalaba a la casa como si describiera algo pertinente... ya que sin duda estaban siendo observados desde las vidrieras de la mansión—. Examinen atentamente el claro.
Desde luego, había una brecha en la multitud de extremidades áridas de árbol... razón por la cual  habían podido ver la mansión distante desde el segundo piso.
—Esa vista no fue creada por los de nuestra casa, sire —dijo el doggen suavemente—. Y reparé en ello más o menos una semana antes... de que se supiera que ella se había ido. Estaba arriba en la lavandería. La familia se había retirado bajo tierra y era un día soleado. Oí el ruido de madera rompiéndose y volví mis ojos hacia las ventanas, después de las cuales vi ramas siendo derribadas.
Darius entrecerró la mirada.
—Muy deliberado el corte, ¿no?
—Muy deliberado. Y pensé que no era nada más que insignificantes humanos residiendo allí. Pero ahora...
—Ahora te preguntas si habría un propósito aparte del paisaje. Dime, ¿a quién has mencionado esto?
—Al mayordomo. Pero me imploró que permaneciera en silencio. Es un hombre estupendo, de buen servicio a la familia. No hay nada que desee más que el que sea encontrada...
—Pero desea evitar cualquier sospecha de que podría haber caído en manos de humanos.
Después de todo, los humanos estaban a sólo una cola de ser considerados ratas por la glymera.
—Gracias por esto —dijo Darius—. Has cumplido bien con tu deber.
—Sólo encuéntrenla. Por favor. No me importa la fuente de la abducción... sólo tráiganla a su casa.
Darius se concentró en lo que podía ver de la mansión de al lado.
—Lo haremos. De una forma... u otra.
Por su bien, rezó porque los humanos de esa finca no se hubieran atrevido a tomar a uno de los suyos. Se evitaba a la otra raza por orden del rey, pero si tenían la temeridad de agredir así a un vampiro. Y una hembra noble.
Darius los masacraría uno por uno en sus camas y dejaría los cuerpos para que se pudrieran en medio del hedor.

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