sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 31 32 33

Capítulo 31

Gregg Winn despertó con Holly acurrucada contra él, los exuberantes pechos de silicona eran un par de almohadas gemelas presionadas contra su costado.
Con un rápido vistazo al reloj vio que eran las siete de la mañana. Mejor hacer las maletas y dirigirse hacia Atlanta.
—Holly —La tocó ligeramente con la mano—. Despierta.
Holly soltó algo parecido a un ronroneo y se estiró, arqueando el cuerpo contra el suyo, transformando la erección matutina en una cruda necesidad que lo predispuso a hacer algo al respecto. Sin embargo los recuerdos de cómo había acabado ella en su cama frenaron rápidamente ese impulso.
Demostrando que en ciertos aspectos era un caballero.
—Holly. Venga. Arriba, arribaaaa. —Le apartó el cabello y se lo alisó por el hombro— Si nos damos prisa, estaremos en Atlanta a última hora de la tarde.
Lo cual, considerando que habían perdido un día persiguiendo este asunto de Rathboone, iba a venir bien.
—Bueno. Ya me levanto. Ya voy. 
En realidad, él fue el único de los dos que se puso en vertical. Holly simplemente se acurrucó en el espacio tibio que había dejado él y se volvió a dormir enseguida.
Tomó una ducha y luego llenó la maleta haciendo tanto ruido como pudo pero ella estaba dormida como un tronco. Aunque no tanto como en coma.
Estaba a punto de pasarse por la habitación de Stan, que era incluso peor con todo ese asunto del despertar, cuando sonó un golpe en la puerta.
¿Estaría ya despierto el idiota emporrado?
Gregg comenzó a hablar con el cámara mientras abría la puerta.
—Escucha, vamos a recoger el…
Era el estirado del mayordomo. Con aspecto de que alguien hubiera derramado vino tinto por todo su sofá.
Gregg levantó la palma.
—Nos vamos, vale. Nos largamos. Sólo danos…
—El propietario ha decidido permitir que filmen aquí. Para su especial.
Gregg parpadeó como un idiota.
—¿Perdón?
El tono del mayordomo se volvió incluso más indignado. Si eso era posible.
—El propietario habló conmigo esta mañana. Dijo que se les permite presentar aquí su programa.
Un día demasiado tarde, pensó Gregg con una maldición para sí mismo.
—Lo siento. Mi equipo y yo estamos…
—Encantados —acabó Holly por él.
Cuando echó un vistazo por encima del hombro, la presentadora se estaba poniendo la ropa y saliendo de la cama.
—Son unas noticias fantásticas —dijo ella deliberadamente mientras sonreía al mayordomo.
El cual pareció pasar como un yoyo entre la desaprobación y el encantamiento ante la visión de toda la confusión y calidez al natural de ella.
—Entonces muy bien —dijo el mayordomo, después de aclararse la garganta—. Háganme saber si necesitan algo.
Con una reverencia, desapareció por el pasillo.
Gregg cerró la puerta.
—Pensaba que querías salir de aquí.
—Bueno… Estuve a salvo contigo, ¿no? —Se acercó furtivamente, acariciándole el pecho—. Simplemente me quedaré contigo.
La satisfacción en su voz le hizo sospechar.
—¿Estás jugando conmigo? ¿Respecto a todo ese asunto del sexo con… lo que fuera?
Ella negó con la cabeza sin dudar.
—No… pero realmente pienso que todo fue un sueño.
—¿Y qué hay del hecho que dijiste que realmente habías tenido sexo?
Las cejas depiladas se arrugaron como si estuviera intentando ver a través de un cristal esmerilado.
—Es demasiado vago para haber sido verdad. Anoche estaba completamente confundida, pero a la luz del día… todo esto parece ridículo.
—Estabas bastante segura cuando entraste aquí.
Ella sacudió la cabeza lentamente.
—Nada más que un sueño verdaderamente vívido e increíble… en realidad no ocurrió.
Él examinó su rostro y no encontró más que certeza.
De repente, Holly se llevó la mano hacia la sien.
—¿Tienes una aspirina?
—¿Dolor de cabeza?
—Sí. Acaba de comenzar.
Fue y sacó su kit de dopaje de la maleta.
—Escucha, estoy dispuesto a intentarlo, pero si decidimos quedarnos, no hay retirada. Tenemos que llenar nuestra franja horaria, así que no podemos salir disparados hacia Atlanta en un día o dos.
Francamente, ya estaban en territorio de última hora.
—Lo entiendo —dijo ella mientras se sentaba en la cama—. Lo he pillado completamente.
Gregg le trajo la aspirina, luego entró en el baño y le agenció un vaso de agua.
—Oye, por qué no vuelves a la cama. Todavía es pronto y sin duda Stan todavía está grogui.
—¿Qué vas a hacer? —Bostezó mientras le devolvía las Bayer y el vaso vacío.
Gregg hizo un gesto hacia el portátil.
—Llevaré esto abajo, al salón y empezaré a revisar las secuencias que tomamos anoche. Debería tener cargado todo lo de las cámaras remotas.
—Quédate aquí —le pidió Holly mientras movía los dedos de los pies con manicura bajo las sábanas.
—¿Estás segura?
Su sonrisa cuando puso la cabeza sobre la almohada reveló unas fundas perfectas… y el lado dulce de su personalidad.
—Sí. Dormiré mejor, además hueles bien después de ducharte.
Tío, había algo en ella. Con la mirada alzada así desde su cama, haría falta un ejército para arrastrarlo fuera de la habitación.
—De acuerdo. Vete a dormir, Bombón.
Ella sonrió ante el mote cariñoso que le había puesto la primera vez que se acostó con ella.
—Lo haré. Y gracias por quedarte conmigo.
Cuando Holly cerró los ojos, fue hacia el sillón orejero que había junto a la ventana y encendió el portátil.
La grabación de las cámaras diminutas que habían escondido en el pasillo, abajo en el salón y fuera en el gran roble al lado del porche, efectivamente se había cargado.
Dado lo sucedido, deseó un huevo haber puesto una cámara remota en la habitación de Holly, pero así estaban las cosas. Como los fantasmas no existían de verdad, ¿por qué tendrían que haberse molestado? Las tomas habían sido sólo para vender la atmósfera del lugar… y para amañarlas después cuando llegara el momento de “convocar a los espíritus de la casa”
Cuando comenzó a revisar las imágenes capturadas, se dio cuenta que ¿llevaba haciendo esto durante cuánto tiempo? ¿Dos años? Y ya tendría que haber visto u oído algo que no pudiera ser explicado.
Pero no pasaba nada. No intentaba demostrar la existencia de los espíritus. Estaba decidido a vender entretenimiento.
Lo único que había aprendido durante los últimos veinticuatro meses era que menos mal que mentir no había sido nunca un problema para él. De hecho, su absoluta comodidad con la falsedad era la razón de que fuera un realizador de televisión perfecto. Para él todo giraba en torno al objetivo y los detalles, ya fueran lugares de filmación, talentos, agentes, propietarios de la vivienda o lo que fuera que estuviera filmado o grabado, no eran más que latas de sopa en un armario para ser colocadas a su voluntad. Para lograr terminar el trabajo, había mentido a cerca de contratos, fechas, horas, imágenes y sonidos. Amañaba, engañaba y amenazaba con falacias. Elaboraba, daba pie y…
Gregg frunció el ceño y se inclinó hacia la pantalla.
Moviendo el cursor hasta el botón de rebobinar del Windows Media Player, volvió a poner el segmento que se había grabado en el pasillo.
Lo que vio fue una forma oscura moviéndose por el pasillo, fuera de sus habitaciones… y que desaparecía dentro de la de Holly. La hora en la esquina inferior derecha: 12:11 a.m.
Justo unos cuarenta y cinco minutos antes de que ella acudiera a él.
Gregg volvió a pasar el segmento, observando esa sombra enorme andando por el centro del pasillo tenuemente iluminado, bloqueando la iluminación que entraba a través de la ventana del extremo opuesto.
En su mente, oyó la voz de Holly: Porque me   he acostado con él.
La ira y la ansiedad se arremolinaban en su cabeza, dejó la grabación en marcha, los minutos pasaban en esa esquina derecha. Y luego allí estaba, alguien abandonando la habitación de Holly, saliendo, bloqueando la luz, unos treinta minutos después.
La figura se marchó por el lado opuesto al que había venido, casi como si supiera dónde había sido montada la cámara y no quisiera mostrar el rostro.
Justo cuando Gregg se estaba preparado para llamar a la policía local… la maldita cosa desapareció en el aire.
Qué. Coño.

Capítulo 32

John Matthew se despertó, sintió a Xhex a su lado y le entró el pánico. ¿Un sueño… esto era un sueño?
Se incorporó lentamente y cuando sintió el brazo de ella deslizándose desde su pecho hasta el vientre, lo atrapó antes de que le alcanzara las caderas. Dios, lo que sujetaba con cuidado era cálido, pesado y…
—¿John? —dijo ella hundida en la almohada.
Sin pensar, se acurrucó su alrededor y le alisó el cabello corto. En el instante en que lo hizo, Xhex pareció volver a quedarse dormida enseguida.
Un rápido vistazo a su reloj le dijo que eran las cuatro de la tarde. Habían dormido durante horas y a juzgar por el gruñido de su propio estómago, ella también debía estar hambrienta.
Cuando estuvo seguro de que Xhex estaba otra vez fuera de combate, se liberó y se desplazó en silencio, escribiéndole una nota rápida antes de ponerse los pantalones de cuero y la camiseta.
Con los pies descalzos, salió al pasillo. Todo estaba en silencio porque aquí ya no había entrenamientos y eso era una maldita vergüenza. Deberían estar oyéndose gritos de entrenamiento desde el gimnasio, la cantinela de sermones en la clase y golpes de las taquillas al cerrarse en las duchas.
En lugar de silencio.
Pero al final resultó que Xhex y él no estaban solos.
Cuando llegó a la puerta de cristal de la oficina, se quedó congelado con la mano en el tirador.
Tohr estaba dormido en el escritorio… bueno, sobre él. Con la cabeza gacha sobre el antebrazo y los hombros caídos.
John estaba tan acostumbrado a sentir ira hacia el tipo, que fue un shock no tener nada de eso encendiéndole. En cambio… sintió una tristeza aplastante.
Esta mañana se había despertado al lado de Xhex.
Pero Tohr nunca, jamás volvería a tener eso. Jamás iba a enroscar y alisar el cabello de Wellsie. Jamás iría a la cocina a traerle algo de comer. Nunca la abrazaría o besaría.
Y en el camino había perdido a un bebé.
John abrió la puerta y esperó que el Hermano se despertara de golpe, pero Tohr no lo hizo. El macho estaba fuera de combate. Aunque tenía sentido. Había estado ocupado en recuperar la forma, comiendo y haciendo ejercicio veinticuatro horas al día siete días a la semana y el esfuerzo se notaba. Los pantalones ya no le iban holgados y las camisas no le colgaban. Pero estaba claro que el proceso era agotador.
¿Dónde estará Lassiter?, se preguntó John cuando se acercó a la mesa y entró en el armario. Normalmente el ángel estaba pegado muy de cerca al Hermano.
Inclinandose para entrar por la puerta oculta tras los estantes de suministros, recorrió el túnel hacia la casa. Al pasar, las luces fluorescentes del techo se encendía por delante de él, dando la impresión de un camino predestinado… lo cual considerando como iban las cosas era un consuelo. Cuando llegó a una serie de peldaños no muy altos, los subió, introdujo el código y subió otro tramo. Al emerger en el vestíbulo, oyó la TV en la sala de billar y se imaginó que allí era dónde estaba el ángel.
Nadie más en la casa estaría viendo Oprah. No sin una pistola apuntándole a la cabeza.
La cocina estaba vacía, sin duda los doggen estarían comiendo algo en sus alojamientos antes de tener que preparar la Primera Comida y ocuparse de la casa. Lo que estaba muy bien. En realidad no quería ayuda.
Moviéndose con rapidez, se agenció una cesta de la despensa y llenó la cabrona hasta el borde. Panecillos. Un termo lleno de café. Una jarra de ZN. Fruta troceada. Danesas. Danesas. Danesas. Taza. Taza. Vaso.
Iba a por las calorías altas y rogó porque a ella le gustaran los dulces.
Por si acaso, hizo un bocadillo de pavo.
Y por otra razón distinta añadió uno de jamón y queso.
Cruzando el comedor a zancadas, se dirigió de vuelta a la puerta de debajo de la magnífica escalera.
—Mucha comida para dos —dijo Lassiter, con su acostumbrado número de sabihondo bajado de tono.
John giró en redondo. El ángel estaba en la entrada de la sala de billar, relajado contra el arco ornamentado. Tenía una bota cruzada sobre la otra y los brazos cruzados sobre el pecho. Los piercings dorados destellaban, dando la impresión que era todo ojos, ojos que no se perdían nada.
Lassiter sonrió un poco.
—Así que ahora ves las cosas desde un ángulo distinto, ¿no?
Tan sólo la noche anterior John habría lanzado en respuesta un ¡vete a la mierda!, pero ahora se sintió inclinado a asentir. Especialmente cuando pensó en las grietas en el hormigón de la entrada que habían sido causadas por el dolor que había atravesado Tohr.
—Bien —dijo Lassiter—, ya era hora, maldita sea. Oh y no estoy con él en este momento porque todo el mundo necesita estar solo en algún momento. Además tengo que obtener mi dosis de O.
El ángel dio la vuelta, con el cabello rubio-y-negro balanceándose.
—Y ya puedes cerrar la boca. Oprah es impresionante.
John sacudió la cabeza y se encontró sonriendo. Lassiter podía ser un dolor metrosexual en el culo, pero había traído a Tohr de vuelta a la Hermandad y eso contaba para algo.
Atravesó el túnel. Salió por la parte trasera del armario. Entró en la oficina dónde Tohr estaba todavía durmiendo.
Cuando John se acercó al escritorio, el Hermano se despertó con una sacudida de-cuerpo-entero, quitando la cabeza rápidamente de la mesa. La mitad de su rostro estaba aplastado, como si alguien le hubiera atacado con un spray de almidón y planchado su jeta malamenta.
—John… —dijo bruscamente—. Eh. ¿Necesitas algo?
John metió la mano en la cesta y sacó el de jamón y queso. Colocándolo en la mesa, lo deslizó hacia el macho.
Tohr parpadeó como si nunca antes hubiera visto dos lonchas de centeno ciñendo un poco de carne.
John hizo un gesto hacia el sandwich. Come, vocalizó.
Tohr alargó la mano y la puso sobre el bocadillo.
—Gracias.
John asintió, las yemas de sus dedos se demoraron sobre la superficie de la mesa. Su adiós fue un rápido golpe de nudillos. Había demasiado que decir en el poco tiempo que tenía, siendo su mayor preocupación que Xhex no se despertara sola.
Cuando alcanzaba la puerta, Tohr dijo:
—De veras me alegro de que la trajeras de vuelta. Me alegro muchísimo.
Cuando las palabras vagaron hacia él, los ojos de John se fijaron a una de aquellas grietas del pasillo de afuera. Ese podría haber sido él, comprendió. Si Wrath y los Hermanos se hubieran presentado en su puerta con malas noticias sobre su hembra, en lugar de buenas, hubiera reaccionado exactamente de la misma manera que Tohr.
Arrancando el suelo de cuajo. Seguido por una salida a lo grande.
Por encima del hombro, John observó el rostro pálido del macho que había sido su salvador, su mentor… lo más cercano a un padre que había conocido. Tohr había ganado peso pero su rostro todavía estaba vacío y eso tal vez nunca cambiaría, por muchas comidas que tomara.
Cuando sus miradas se cruzaron, John tuvo la sensación que los dos habían pasado por mucho más que sólo la suma de los años que llevaban conociéndose el uno al otro.
John puso la cesta a sus pies.
Voy a salir con Xhex esta noche.
—¿Sí?
Voy a enseñarle dónde crecí.
Tohr tragó con dificultad.
—¿Quieres las llaves de mi casa?
John retrocedió. Simplemente había tenido intención de incluir al tipo en lo que pasaba con él, algo en plan meter-el-dedo-en-la-piscina para arreglar la mierda que había entre ellos.
No contaba con llevarla allí…
—Ve. Sería bueno que le echaras un vistazo. El doggen se pasa por allí una vez al mes, quizás dos. —Tohr cambió de posición y abrió uno de los cajones de la mesa. Cuando sacó un llavero, se aclaró la garganta—. Toma.
John agarró las llaves y las rodeó en un puño, la pena le encogía el pecho. Últimamente había estado ocupado cagándose en el tío y, no obstante, el Hermano se comportaba como un hombre y le ofrecía lo que tenía que ser mortal para él.
—Me alegro de que Xhex y tú os hayáis encontrado. Tiene un sentido cósmico, desde luego.
John se metió las llaves en el bolsillo para disponer de la mano.
No estamos juntos.
La sonrisa que brevemente se mostro en el rostro del tipo pareció la de antaño.
—Sí, lo estáis. Vosotros dos estáis destinados a estar juntos.
Jesús, pensó John, suponiendo que su aroma de vinculación era obvio. Aún así, no había razón para entrar en todos los porque-no que rodeaban a la pareja.
—Así que, ¿vas a Nuestra Señora? —Cuando John asintió, Tohr bajó la mano al suelo y recogió una bolsa Hefty—. Llévate esto contigo. Es dinero de las drogas confiscado de esa casa. Blay lo trajo. Supongo que les vendrá bien.
Cuando Tohr se puso en pie, dejó la pasta sobre la mesa y cogió el bocadillo, quitándole el envoltorio de plástico y dándole un mordisco.
—Buen trabajo con la mayonesa —murmuró—. Ni mucha. Ni demasiado poca. Gracias.
Tohr se dirigió al armario.
John silbó bajito y el Hermano se detuvo, pero no se dio la vuelta.
—Está bien, John. No tienes que decir nada. Simplemente mántente a salvo esta noche, ¿de acuerdo?
Con eso Tohr se agachó para salir de la oficina, dejando a John sólo a la estela de una bondad y dignidad que él sólo podía esperar alcanzar algún día.
Cuando la puerta del armario se cerró, pensó… querría ser como Tohr.
Al salir al pasillo, le resultó curioso cómo esa idea volvía una y otra vez a su cerebro y cada vez que ocurría parecía cobrar más sentido: Desde que había conocido al tipo por primera vez, ya fuera por el tamaño del Hermano, su inteligencia, la forma en que trataba a su hembra, cómo luchaba o incluso el sonido grave de su voz… John había querido ser como Tohr.
Eso era bueno.
Eso estaba… bien.
Mientras caminaba hacia la sala de recuperación, no ansiaba exactamente esta noche. Después de todo, a veces era mejor dejar enterrado el pasado… especialmente el suyo, porque apestaba.
Pero la cuestión era, que de esta manera tenía más posibilidades de distraer a Xhex, evitando que saliera disparada detrás de Lash. Ella iba a necesitar otra noche, tal vez dos, para recuperar toda su fuerza. Y debería alimentarse al menos una vez más.
De esta forma sabría dónde estaba y la mantendría a su lado durante la noche.
Sin importar lo que creyera Tohr, John no se engañaba a sí mismo. Tarde o temprano, Xhex iba a salir disparada y él no iba a ser capaz de detenerla.
* * *
En el Otro Lado, Payne daba un paseo por el Santuario, tenía cosquillas en los pies desnudos por la mullida hierba verde y la nariz colmada por los aromas de la madreselva y el jazmín.
No había dormido ni siquiera una hora desde que su madre la había reanimado y aunque al principio aquello le pareció extraño, ya no pensaba mucho en ello. Simplemente era así.
Era más que probable que su cuerpo hubiera tenido suficiente reposo para que le durara toda una vida. Cuando pasó junto al templo del Primale, no entró. Lo mismo con la entrada al patio de su madre… era demasiado pronto para que Wrath llegara y su entrenamiento con él era la única razón por la que iba allí.
No obstante, cuando llegó al templo aislado, abrió la puerta una rendija, aunque no podría haber dicho qué la arrastró a girar el pomo y traspasar el umbral.
Los cuencos de agua que las Elegidas habían usado durante tanto tiempo para de ese modo dar fe de los sucesos que ocurrían en el Otro Lado, estaban alineados en perfecto orden sobre varias mesas, los rollos de pergamino y las plumas asimismo dispuestas, listas para usar.
Su ojo captó un destello de luz y se dirigió hacia la fuente del mismo. El agua de uno de los cuencos de cristal se movía en círculos cada vez más lentos, como si hubiera sido usado justo un momento antes.
Miró alrededor.
—¿Hola?
No hubo respuesta, sólo el olor dulce a limón, lo cual sugería que No’One había estado recientemente pasando su paño. Eso era una pérdida de tiempo en realidad. Allí no había polvo, ni mugre, ni suciedad de la que ocuparse, pero claro No’One formaba parte de la fenomenal tradición de las Elegidas, ¿no?
Nada que hacer excepto trabajo inútil que no servía para nada.
Cuando Payne se giraba para salir y pasaba junto a todas las sillas vacías, la sensación del fracaso de su madre fue tan predominante como el silencio que abundaba.
En verdad no le gustaba la hembra. Pero ahí estaba la triste realidad de todos los planes tramados que no habían llegado a nada: Diseñar un programa de reproducción para eliminar los defectos, para que la raza fuera fuerte. Enfrentar al enemigo en el campo de la Tierra y ganar. Tener muchos hijos sirviéndola con amor, obediencia y dicha.
¿Dónde estaba ahora la Virgen Escriba? Sola. Sin ser adorada. Sin ser querida.
E incluso era menos probable que las generaciones venideras siguieran sus costumbres, dada la manera en la que muchos padres se habían desviado de la tradición.
Abandonando la habitación vacía, Payne salió a la omnipresente luz lechosa y bajó hacia la charca de meditación. Una forma de brillante amarillo se movía y bailaba como un tulipán en la brisa.
Payne fue a grandes zancadas hacia la figura y cuando logró acercarse más, decidió que evidentemente Layla había perdido la cabeza.
La Elegida estaba cantando una canción sin palabras, su cuerpo moviéndose con un ritmo que no tenía música, el cabello oscilando como una bandera.
Era la primera y única vez que la hembra no llevaba un moño al estilo de todas las Elegidas… al menos que Payne hubiera visto.
—¡Hermana! —dijo Layla, deteniéndose—. Perdóname.
Su radiante sonrisa era más brillante que el amarillo de su toga y su aroma era más fuerte que nunca, la fragancia a canela zumbaba en el aire tan nítida como su voz encantadora.
Payne se encogió de hombros.
—No hay nada que perdonar. En verdad, tu canción es grata al oído.
Los brazos de Layla reanudaron su elegante balanceo.
—Es un día precioso, ¿no?
—Efectivamente. —Salida de la nada, Payne sintió una punzada de temor—. Tu humor ha mejorado mucho.
—Así es, así es. —La Elegida hizo piruetas, apuntando el pie en un arco encantador antes de elevarse en el aire—. Verdaderamente, es un día precioso.
—¿Qué te ha complacido tanto? —Aunque Payne sabía la respuesta. Los cambios de humor, después de todo, raramente eran espontáneos, la mayoría requerían un detonante.
Layla ralentizó el baile, sus brazos y pelo cayeron hacia abajo hasta detenerse. Mientras los dedos elegantes se alzaban hacia su boca, pareció no saber qué decir.
Ha estado de servicio propiamente dicho, pensó Payne. Su experiencia como ehros ya no era simplemente teoría.
—Yo… —El rubor en aquellas mejillas era vibrante.
—No digas nada más, solo que sepas que estoy feliz por ti —murmuró Payne y era en gran parte verdad. Pero había una parte de ella que se sentía curiosamente abatida.
¿Ahora sólo quedaban No’One y ella sin usar? Así parecía.
—Me besó —dijo Layla, mirando hacia la charca de meditación—. Posó... su boca sobre la mía.
Con gracia, la Elegida se sentó en el borde de mármol y pasó la mano por el agua tranquila. Después de un momento, Payne se unió a ella porque a veces era mejor sentir algo, cualquier cosa. Aunque fuera un dolor.
—Lo disfrutaste, ¿no?
Layla miró fijamente su propio reflejo, el cabello rubio cayéndole más allá del hombro hasta que las puntas alcanzaron la superficie plateada de la piscina.
—Él fue... un fuego dentro de mí. Una enorme ráfaga ardiente que... me consumió.
—Así que ya no eres virgen.
—Nos detuvo después del beso. Dijo que quería que estuviera segura. —La sonrisa sensual que tocó el rostro de la hembra era un claro eco de pasión—. Yo estaba segura y todavía lo estoy. Así es él. Efectivamente, su cuerpo de guerrero estaba listo para mí. Ansioso de mí. Ser deseada de esa manera fue un regalo desmedido. Pensaba que... iba en busca de la realización por mi educación, pero ahora sé que hay mucho más esperándome en el Otro Lado.
—¿Con él? —murmuró Payne—. ¿O a través de la búsqueda de tu deber?
Esto provocó un profundo fruncimiento de cejas.
Payne asintió.
—Adivino que buscas más en él que tu posición.
Hubo una larga pausa.
—Tal pasión entre ambos seguramente es indicativa de cierto destino, ¿no es así?
—En eso no opino. —Su experiencia con el destino la había conducido a un brillante y sangriento momento de actividad... seguido por una dominante pasividad. Ninguna de las cuales le permitían hacer comentarios sobre la clase de pasión a la que se refería Layla.
O celebrarla.
—¿Me condenas? —susurró Layla.
Payne alzó los ojos hacia la Elegida y pensó en la vista de esa sala vacía con todas las mesas vacantes y los cuencos dejados enfriar por las bien entrenadas manos. Ahora la dicha de Layla, arraigada como estaba en tejemanejes externos a la vida de una Elegida, parecía otra deserción inevitable. Y eso no era una cosa mala.
Alargó la mano y tocó el hombro de la otra hembra.
—No del todo. Verdaderamente me alegro por ti.
El tímido placer de Layla la transformó de hermosa a algo cercano a impresionante.
—Estoy tan contenta de compartir esto contigo. Estoy a punto de reventar y aquí no hay nadie... en realidad... con quien hablar.
—Siempre puedes hablar conmigo. —Layla, después de todo, nunca la había juzgado a ella o a sus inclinaciones masculinas y se sentía muy inclinada a otorgar a la hembra la misma aprobación cortés—. ¿Regresarás pronto?
Layla asintió.
—Dijo que podía volver a él en su… ¿Cómo lo dijo? Próxima noche libre. Y así lo haré.
—Bueno, tienes que mantenerme informada. Es más… estaré interesada en oír cómo te va.
—Gracias, hermana. —Layla cubrió la mano de Payne, un brillo de lágrimas se formó en los ojos de la Elegida—. He estado tanto tiempo sin utilizar y esto… esto es lo que deseaba. Me siento… viva.
—Bien por ti, hermana. Eso es… muy bueno.
Con una sonrisa final de confort, Payne se levantó y se despidió de la hembra. Mientras volvía a los aposentos, se encontró frotándose ese dolor que se le había formado en el centro del pecho.
Por lo que a ella concernía, Wrath no llegaría lo bastante rápido.

Capítulo 33

Xhex despertó con el aroma de John Matthew.
De eso y de café recién hecho.
Cuando levantó los párpados, sus ojos lo encontraron en la sombría sala de recuperación. Él estaba de vuelta en la silla que antes había dejado, con el torso inclinado mientras vertía café de un termo verde oscuro en una taza. Se había puesto otra vez los pantalones de cuero y la camiseta, pero sus pies estaban descalzos.
Cuando se volvió hacia ella, se quedó paralizado y alzó las cejas. Y, aunque la taza había estado de camino a su boca, inmediatamente se la acercó para que la tomase ella.
Tío, eso lo resumía todo en pocas palabras.
—No, por favor —le dijo—. Es tuyo.
Él hizo una pausa como si considerase si discutir o no el punto. Pero luego se puso el borde de porcelana en los labios y dio un sorbo.
Sintiéndose un poco más estable, Xhex apartó las sábanas y deslizó las piernas fuera. Mientras se ponía de pie, la toalla cayó de su cuerpo y escuchó a John hacer una respiración silbante.
—Oh, lo siento —murmuró, inclinándose y aferrando la tela de la toalla.
No le culpaba por no querer echarle un vistazo a la cicatriz que aún estaba sanado en la parte baja de su vientre. No era algo que necesitaras ver justo antes del desayuno.
Envolviéndose, se encaminó al baño, utilizó las instalaciones y se lavó la cara. Su cuerpo estaba recuperándose bien, su colección de moratones estaba desapareciendo y sentía las piernas más fuertes bajo el peso de su cuerpo. Gracias al descanso y a haberse alimentado de él, sus dolores ya no eran tan intensos, sino más bien una serie de molestias vagas.
Cuando salió del baño, dijo:
—¿Crees que puedo pedir prestada algo de ropa a alguien?
John asintió, pero señaló a la cama. Era evidente que quería que comiese primero y ella estaba de acuerdo con dicho plan.
—Gracias —dijo, apretando la toalla alrededor de sus pechos—. ¿Qué tienes ahí?
Mientras se sentaba, él le ofreció una variedad de cosas y ella tomó el sándwich de pavo porque la necesidad de proteínas era un anhelo que no podía rechazar. Desde su silla, John la observó comérselo, tan solo bebiendo su café y, en el segundo en que hubo terminado, sacó un pastel que resultó ser demasiado tentador.
La combinación de cereza y dulce glaseado le hizo desear un poco de café. Y mira tú por dónde que John estaba justo allí con una taza, como si le estuviera leyendo el pensamiento.
Despachó una segunda Danesa y un bagel. Y un vaso de zumo de naranja. Y dos tazas de café.
Y fue curioso. Su silencio tenía un extraño efecto sobre ella. Normalmente, era callada en este tipo de situaciones, prefiriendo seguir su propio consejo y no compartir sus pensamientos sobre nada. Pero, con la presencia muda de John, se sentía curiosamente obligada a hablar.
—Estoy llena —dijo, recostándose de nuevo contra las almohadas. Cuando él alzó una ceja y levantó la última Danesa, ella sacudió la cabeza—. Dios… no. No podría apañármelas con nada más.
Y fue sólo entonces cuando él comenzó a comer.
—¿Esperaste por mí? —dijo, frunciendo el ceño. Cuando él esquivó su mirada y se encogió de hombros, Xhex maldijo en voz baja—. No tenías que hacerlo.
Otro encogimiento de hombros.
Mientras lo miraba, murmuró:
—Tienes unos modales magníficos en la mesa.
El rubor de él fue de color San Valentín y Xhex tuvo que decir a su corazón que se calmase de una puñetera vez, ya que había empezado a latir rápidamente.
Por otra parte, quizá estaba teniendo palpitaciones porque se había arrojado cerca de dos mil calorías al estómago vacío.
O no. Cuando John comenzó a lamerse la escarcha de la yema de los dedos, vislumbró su lengua y, por un momento, sintió una agitación en el cuerpo…
Los recuerdos de Lash aplastaron la frágil vibración que nacía entre sus piernas, las imágenes la llevaron de vuelta a aquella habitación, de espaldas y con él encima, obligándola a abrir las piernas con sus manos duras…
—Oh, joder… —saltando de la cama, se apresuró a ir al baño y apenas logró llegar a tiempo.
Todo salió. Las dos Danesas. El café. El sándwich de pavo. Una completa evacuación de todo lo que había comido.
Mientras lo tiraba, no sentía el vómito. Sentía las horribles manazas de Lash sobre su piel… su cuerpo dentro de ella, empujando una y otra vez…
Yyyy allá iba el zumo de naranja.
Oh, Dios… ¿cómo había pasado por eso con el bastardo una y otra vez? Los puños, la lucha y los mordiscos… luego el sexo brutal. Una y otra y otra vez… después las consecuencias. Lavándoselo de encima. Sacandolo de su interior.
Joder…
Otra ola de arcadas cortó sus pensamientos y, aunque odiaba vomitar, el bloqueo mental fue todo un alivio. Era casi como si su cuerpo estuviese intentando exorcizar el trauma físico, sencillamente librándose de él para que pudiese empezar de nuevo.
Un reinicio a través de un encendido, por así decirlo.
Cuando lo peor de los vómitos pasó, se hundió sobre los talones y apoyó la frente sudorosa en el brazo. Mientras el aliento rasgaba arriba y abajo la garganta, su reflejo nauseabundo tembló como si estuviese considerando reagruparse de nuevo.
No hay nada más, dijo a la maldita cosa. A menos que quisiera intentar la limpieza de primavera de sus pulmones.
Mierda, odiaba esta parte. Justo después de que hubieses atravesado el infierno, tu mente y tu entorno estaban llenos de minas y nunca sabías qué podría provocar una explosión. Claro, con el tiempo, eso desaparecería, pero la vuelta a la vida normal era una putada y media.
Levantó la cabeza y tiró de la cisterna.
Cuando un paño frío le rozó la mano, dio un salto, pero sólo era John, nada por lo que asustarse.
Y, tío, él tenía la única cosa que realmente quería en este momento: esa toallita limpia, fría y húmeda era un regalo del cielo.
Enterrando el rostro en ella, se estremeció de alivio.
—Siento lo de esa comida. Estaba realmente buena.
* * *
Hora de llamar a Doc Jane.
Mientras Xhex se sentaba desgarbada y desnuda en el suelo frente a la taza del baño, John mantenía un ojo en ella y otro en el teléfono con el que escribía un mensaje de texto.
Un segundo después de pulsar enviar, tiró el móvil sobre el mostrador y sacó una toalla limpia de la pila que había junto al lavabo.
Quería proporcionar a Xhex algo de privacidad, pero también era duro ver cómo su columna vertebral amenazaba con abrirse paso a través de la piel de su espalda. Envolviéndola, dejó que sus manos permanecieran sobre los hombros de ella.
Quería apretarla contra su pecho, pero no sabía si ella estaría de acuerdo con…
Xhex se relajó contra él y se arregló la toalla, cruzándola por delante.
—Déjame adivinar. Se lo mandaste a la buena doctora.
Moviéndose alrededor, puso las manos en el suelo para apoyar el torso y levantó las rodillas, de forma que la acunó por todas partes. No está mal, pensó él. No tenía el retrete justo en la cara, pero si lo necesitaba, sólo tenía que incorporarse.
—No estoy enferma —dijo, con voz ronca—. Por la operación ni nada. Sólo comí demasiado rápido.
Tal vez, pensó él. Pero, bueno, no había nada malo en que Doc Jane le hiciera un chequeo.
Además, necesitaban su autorización antes de salir esta noche, suponiendo que fuera posible ahora.
—¿Xhex? ¿John?
John silbó ante el sonido de la voz de la doctora y, un momento después, la hembra de Vishous asomó la cabeza en el baño.
—¿Una fiesta? Y no he sido invitada —dijo, entrando.
—Bueno, técnicamente, creo que lo has sido —murmuró Xhex—. Estoy bien.
Jane se arrodilló y, aunque su sonrisa era cálida, sus ojos fueron agudos al recorrer el rostro de Xhex.
—¿Qué está pasando aquí?
—Me puse enferma después de comer.
—¿Te importa si te tomo la temperatura?
—Preferiría no tener nada cerca de la parte superior de mi garganta ahora mismo, si no te importa.
Jane sacó un instrumento blanco de su bolsillo.
—Puedo hacerlo por la oreja.
John se sorprendió cuando la mano de Xhex buscó la suya y se la apretó con fuerza, como si necesitara algo de apoyo. Para hacerle saber que estaba allí para lo que necesitara, le devolvió el apretón y, en el momento en que lo hizo, los hombros de ella se aflojaron y se relajó de nuevo.
—Adelante, Doc.
Xhex ladeó la cabeza, que mira tú por dónde terminó en el hombro derecho de él. Así que en realidad no pudo evitar posar la mejilla sobre los finos y suaves rizos y respirar profundamente.
En lo que a él concernía, la buena doctora trabajaba demasiado rápido. Sólo ponerlo, un pitido y ya lo estaba retirando… lo que condujo a que Xhex levantara la cabeza de nuevo.
—No hay fiebre. ¿Te importa si examino la incisión?
Xhex se destapó, separando la toalla y exponiendo su vientre y la franja que atravesaba la parte baja del abdomen.
—Tiene buen aspecto. ¿Qué comiste?
—Demasiado.
—Muy bien. ¿Algún dolor que yo deba saber?
Xhex negó con la cabeza.
—Me siento mejor. En serio. Lo que necesito es algo de ropa y zapatos… y otro intento en la Primera Comida.
—Tengo ropa de quirófano que puedes ponerte y, luego en la casa, nos encargaremos de alimentarte otra vez.
—Bien. Gracias —Xhex comenzó a ponerse de pie y él la ayudó a levantarse, sujetando la toalla en su lugar cuando resbaló—. Porque vamos a salir.
—No a pelear, no puedes.
John asintió con la cabeza y movió las manos hacia la doctora.
Sólo vamos a estirar las piernas. Lo juro.
Doc Jane entrecerró los ojos.
—Solo puedo dar mi opinión médica. Lo que pienso —echó un vistazo a Xhex—, es que deberías comer algo y pasar aquí el resto de la noche. Pero eres una adulta, así que puedes tomar tus propias decisiones. Sin embargo, sabed esto. Salid sin Qhuinn y Wrath va a tener algunos problemas serios con vosotros dos.
Está bien, indicó John con las manos. No le emocionaba esta rutina de niñera, pero no quería correr riesgos con Xhex.
No se hacía ilusiones sobre la hembra a la que amaba. Ella podría decidir largarse en cualquier momento y si la mierda llegaba a ese punto, le vendrían bien los refuerzos.

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