sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 34 35 36

Capítulo 34

Lash despertó en la misma posición en la que se había desmayado: sentado en el suelo del cuarto de baño del rancho con los brazos entrelazados sobre las rodillas y la cabeza gacha.
Cuando abrió los ojos, echó un vistazo a su erección. Había estado soñando con Xhex, las imágenes eran tan claras, las sensaciones tan vívidas que era un milagro que no se corriera en los pantalones. Habían regresado a aquella habitación juntos, luchando, mordiendo y luego él la había tomado, forzándola sobre la cama, haciendo que le aceptara aunque ella lo odiara.
Estaba totalmente enamorado de ella.
El sonido de un gorgogeo húmedo hizo que alzara la cabeza. Plástica-Fantástica estaba volviendo en sí, con los dedos crispados, los párpados traqueteando como persianas rotas.
Al enfocar la vista en el cabello enmarañado de ella y su corpiño manchado de sangre, sintió un dolor punzante en las sienes, una resaca que a buen seguro no estaba relacionada con pasarlo bien. La zorra le daba asco, ahí tirada rodeada de su propia porquería.
Estaba claro que se le había revuelto el estómago y gracias a Dios él había estado dormido durante aquel jaleo.
Apartándose el cabello de los ojos, sintió como sus colmillos se alargaban y supo que era hora de darla un buen uso, pero maldita sea... resultaba tan atractiva como la carne podrida.
Más agua. Eso es lo que esta pesadilla necesitaba. Más agua y…
Al inclinarse para volver a abrir la ducha, los ojos de ella le recorrieron.
Soltó un grito por su boca ensangrentada que resonó entre los azulejos hasta que le repicaron los oídos como las campanas de una iglesia.
Los malditos colmillos la habían acojonado. Cuando el cabello le volvió a caer sobre los ojos, se lo echó hacia atrás y se planteó desgarrarle el cuello sólo para matar ese ruido. Pero de ninguna manera la iba a enganchar con los dientes antes de que se hubiera dado un baño…
La muy puta no le estaba mirando la boca. Sus ojos de pirada estaban abiertos de par en par clavados en su frente.
Cuando el pelo volvió a molestarlo de nuevo, se lo echó hacia atrás y algo cayó en su mano.
Con un movimiento lento, bajó la mirada.
No, no era su pelo rubio.
Su piel.
Lash se giró hacia el espejo y se oyó gritar. Su reflejo era incomprensible, el parche de carne que se había desprendido revelaba una rezumante primera capa negra sobre su cráneo blanco. Con la uña, tanteó el borde de lo que todavía estaba adherido y descubrió que todo estaba flojo; cada centímetro de su cara era solamente una capa que cubría el hueso.
—¡No! —gritó, intentando volver a poner la mierda en su sitio mediante palmaditas.
Sus manos... ¡Oh, Dios!, ellas también, no. Los pingajos de piel colgaban del dorso de éstas y cuando tiró hacia arriba de las mangas de su camisa de cuello abotonado, lamentó no haber sido más suave, porque su epidermis se fue junto con la fina seda.
¿Qué le estaba pasando?
Detrás de él, en el espejo, vio un destello de la puta en carrera por su vida, parecía Sissy Spacek en Carrie solo que sin el vestido de la fiesta de graduación.
Con un arranque de fuerza, fue tras ella, su cuerpo se movía sin nada del poder y la gracia a la que estaba habituado. Mientras corría pesadamente tras su presa, pudo sentir la fricción de su ropa y sólo pudo imaginar el desgarramiento que se estaba produciendo sobre cada centímetro de él.
Agarró a la prostituta justo cuando ésta alcanzaba la puerta trasera y comenzaba a lidiar con las cerraduras. Estrellándose contra ella la aferró del pelo, tiró de su cabeza hacia atrás y mordió con fuerza, absorbiendo la sangre negra hasta su interior.
La liquidó, la drenó hasta que sus chupeteos ya no atrajeron nada de nada a su boca y cuando estuvo hecho, simplemente la soltó de modo que se desmoronó directamente sobre la alfombra.
Con un andar arrastrado de borracho volvió al cuarto de baño y encendió las luces que corrían a lo largo ambos lados del espejo.
Con cada prenda que se quitaba, ponía al descubierto más del horror que se exhibía ya en su cara: Sus huesos y músculos relucían con un brillo negro aceitoso bajo la iluminación de las bombillas.
Era un cadáver. Un cadáver vivito y coleando, cuyos ojos rodaban en sus cuencas sin párpados ni pestañas y una boca que mostraba solamente colmillos y dientes.
Lo que quedaba de su piel era lo que anclaba su hermoso cabello rubio a su cabeza, pero hasta esto se estaba desprendiendo por la parte de atrás, como una peluca que hubiera perdido su pegamento.
Quitó el trozo final y con sus manos esqueléticas, acarició lo que había lucido con tanto orgullo. Desde luego estaba hecho una mierda de aquella manera, con lodo negro que se coagulaba en los mechones, manchándolos, enredándolo... de modo que no estaba mucho mejor que el que todavía estaba adherido a la cabeza de aquella puta de la puerta.
Dejó caer al suelo su cuero cabelludo y se miró a sí mismo.
A través de la jaula de sus costillas, observó su propio corazón latir y se preguntó con horror entumecido qué más se le iba a descomponer... y en que se iba a quedar cuando esta transformación terminara.
—Oh, Dios... —dijo, su voz ya no sonaba bien, había un eco desplazado que rubricaba las palabras de una forma que resultaba horripilantemente familiar.
* * *
Blay estaba de pie con la puerta del armario abierta, exhibiendo toda su ropa colgada. Absurdamente, quería llamar a su madre en busca de consejo. Que era lo que siempre había hecho antes cuando iba a vestirse.
Pero esa no era una conversación que tuviera prisa por tener. Ella supondría que se trataba de una mujer y todos se entusiasmarían con el hecho de que fuera a tener una cita y se vería obligado a mentirle... o a salir del armario.
Sus padres nunca habían sido críticos... Pero él era su único hijo y no tener una hembra significaba no sólo ningún nieto, sino un golpe a la aristocracia. Como era de esperar, la glymera aprobaba la homosexualidad a condición de que te unieras a una hembra y que nunca, jamás, hablaras de ello o hicieras algo abiertamente que confirmara el modo en que habías nacido. Apariencias. Todo apariencias. ¿Y si te descubrías? Quedabas excluido.
Y tu familia también.
En cierto modo, no podía creer que estuviera a punto de ir a encontrarse con un macho. En un restaurante. Y luego marcharse a un bar after-hours con el tipo.
Al parecer su cita iba a ser asombrosa. Como siempre.
Entonces Blay sacó un traje gris de Zegna con raya diplomática de un rosa desvaído. Una fina camisa de algodón con el cuello abotonado de Burberry fue lo siguiente, el cuerpo de la camisa de un pálido tono rosáceo, con puño francés y cuello de un blanco deslumbrante. Zapatos... zapatos... zapatos...
Toc, toc, toc en la puerta.
—Soy yo, Blay.
Mierda. Ya había estirado el traje sobre la cama y estaba recién duchado, en albornoz, con gomina en el pelo.
Gomina: jodidamente obvio.
Yendo a la puerta, se la entreabrió al mamón sólo unos centímetros. En el pasillo, Qhuinn estaba listo para luchar, con el arnés de pecho para las dagas colgando de su mano, su ropa de cuero y sus New Rocks abrochadas.
Curioso, sin embargo, la rutina de guerrero no le causó mucha impresión. Blay estaba demasiado ocupado recordando la pinta que había tenido el tipo estirado en su cama la noche anterior, con sus ojos puestos en la boca de Layla.
Una metedura de pata el que esa alimentación hubiera tenido lugar en su propia habitación, pensó Blay. Porque ahora no dejaba de preguntarse hasta dónde habían llegado las cosas en su colchón entre aquellos dos.
Aunque, conociendo a Qhuinn, habría sido hasta el final. De nada.
—John me ha enviado un mensaje de texto —dijo el tipo—. Xhex y él van a Caldie y por una vez el hijo de puta está…
Los ojos disparejos de Qhuinn le recorrieron de arriba a abajo y luego se inclinó hacia un lado y miró por encima del hombro de Blay.
—¿Qué estás haciendo?
Blay se cerró las solapas de la bata un poco más.
—Nada.
—Tu colonia es diferente… ¿Qué te has hecho en el pelo?
—Nada. ¿Qué me decías sobre John?
Hubo una pausa.
—Sí... vale. Bueno, va a salir y nosotros vamos con él. Aunque tenemos que pasar desapercibidos. Ven a querer privacidad. Pero podemos…
—Libro esta noche.
Aquella ceja perforada descendió.
—¿Y eso?
—Y eso... que libro.
—Eso nunca ha importado antes.
—Ahora sí.
Qhuinn se movió hacia un lado otra vez y echó un vistazo en torno a la cabeza de Blay.
—¿Te pones ese traje sólo para impresionar al equipo local?
—No.
Se hizo un prolongado silencio y luego una palabra:
—¿Quién?
Blay dejó que la puerta se abriera de par en par y retrocedió hacia el interior de su cuarto. Si iban a entrar en materia, no tenía sentido hacerlo en el pasillo para que la gente lo viera u oyera.
—¿Importa realmente? —dijo, con una oleada de cólera.
La puerta se cerró de golpe. Con fuerza.
—Sí. Importa.
Con un «anda y que te jodan» a Qhuinn, Blay deshizo el nudo de la bata y la dejó caer dejando su cuerpo desnudo. Y se puso los pantalones flojos… sin ropa interior.
—Sólo es un amigo.
—¿Macho o hembra?
—Como ya dije, ¿acaso importa?
Otra pausa prolongada, durante la cual Blay se puso la camisa y se la abotonó.
—Mi primo —gruñó Qhuinn—. Vas a salir con Saxton.
—Puede. —Se acercó a la cómoda y abrió su joyero. Dentro, brillaban gemelos de todo tipo. Eligió un juego que tenía rubíes incrustados.
—¿Esto es la revancha por lo de anoche con Layla?
Blay se quedó helado con la mano en su puño.
—¡Jesús!
—Lo es, claro. Eso es lo que…
Blay giró en redondo.
—¿Se te ha ocurrido alguna vez que esto no tiene nada que ver contigo? ¿Que un tipo me ha invitado a salir y quiero ir? ¿Que esto es lo normal? ¿O es que estás tan ensimismado que lo filtras todo y a todos a través de tu narcisismo?
Qhuinn dio un respingo muy leve.
—Saxton es una guarra.
—Bueno, me imagino que tú sabes bien lo que hace una.
—Es una guarrilla, una con mucha clase, una guarrilla muy elegante.
—Quizás solo quiero algo de sexo. —Blay alzó una ceja—. Para mí ha pasado mucho tiempo y aquellas mujeres con las que me lo hacía en los bares sólo para seguirte el juego no fueron tan buen comienzo. Creo que es hora de que yo consiga algo y del modo correcto.
El bastardo tuvo el descaro de palidecer. De veras que sí. Y maldita sea si no se tambaleó hacia atrás y se apoyó contra la puerta.
—¿A dónde vais? —preguntó bruscamente.
—Va a llevarme a Sal’s. Y luego iremos a aquel bar de puros. —Blay se arregló el otro puño y se acercó al vestidor en busca de sus calcetines de seda—. Después... ¿quién sabe?
Una onda de especia oscura flotó por el aire cruzando el dormitorio y lo dejó sumido en un silencio estupefacto. De todos los posibles resultados a los que conduciría esta conversación... el desencadenar la esencia de vinculación de Qhuinn no había sido uno de ellos.
Blay giró sobre sí mismo.
Tras un largo y tenso momento, caminó hacia su mejor amigo, atraído por la fragancia. Y cuanto más se acercaba, más seguían los ojos ardientes de Qhuinn cada paso, el vínculo entre ellos, ese que había sido enterrado por ambas partes, de repente había explotado en la habitación.
Cuando estuvieron frente a frente, se detuvo, su pecho al elevarse se encontraba con el de Qhuinn.
—Di la palabra —susurró con aspereza—. Di la palabra y no me iré.
Las manos duras de Qhuinn se cerraron a los costados de la garganta de Blay, la presión le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás y abrir la boca para poder respirar. Los fuertes pulgares ahondaron en la articulación a ambos lados de su mandíbula.
Momento eléctrico.
Potencialmente incendiario.
Vamos a terminar en la cama, pensó Blay mientras cerraba las manos sobre las muñecas gruesas de Qhuinn.
—Di la palabra, Qhuinn. Hazlo y pasaré la noche contigo. Saldremos con Xhex y John y cuando terminemos con ellos, volveremos aquí. Dilo.
Los ojos azul y verde que Blay se había pasado la vida escrutando estaban centrados en su boca y los pectorales de Qhuinn se inflaban arriba y abajo como si estuviera corriendo.
—Todavía mejor —dijo Blay arrastrando las palabras—, ¿por qué no me besas sin más…?
Blay fue arrollado de repente y empujado con fuerza contra el tocador, la cómoda de cajones golpeó con fuerza contra la pared con un estruendo. Mientras los frascos de colonia tintineaban y un cepillo golpeaba el suelo, Qhuinn bajó sus labios con fuerza contra los de Blay, sus dedos se clavaban en la garganta de Blay.
Sin embargo eso no importaba. Duro y desesperado era todo lo que quería del tipo. Y Qhuinn estaba claramente a favor, su lengua salió disparada, tomando... poseyendo.
Tanteando con las manos, Blay le sacó la camisa de los pantalones de un tirón y echó mano a su propia bragueta. Llevaba tanto tiempo esperando esto…
Pero acabó antes de comenzar.
Qhuinn se dio la vuelta alejándose de prisa cuando los pantalones de Blay tocaban el suelo y el tipo verdaderamente se abalanzó contra la puerta. Con la mano en el pomo, golpeó la frente contra los paneles una vez. Dos veces.
Y luego con voz apagada, dijo:
—Ve. Diviértete. Pero no corras riesgos, por favor y procura no enamorarte de él. Te romperá el corazón.
En un abrir y cerrar de ojos, Qhuinn abandonó el cuarto cerrando la puerta sin un ruido.
Tras la salida, Blay se quedó de pie donde lo habían abandonado, con los pantalones alrededor de los tobillos, su marchita erección era una vergüenza absoluta aunque estuviera completamente solo. Cuando el mundo comenzó a ondularse y el pecho se le encogió en un puño, parpadeó rápido e intentó que las lágrimas no mojaran sus mejillas.
Como un macho viejo, se inclinó despacio y tiró hacia arriba de la cinturilla de los pantalones, sus manos tantearon la cremallera y los botones. Sin meterse por dentro la camisa, se acercó y se sentó en la cama.
Cuando su teléfono sonó en la mesilla de noche, se dio la vuelta y miró la pantalla. En cierto modo, esperaba que fuera Qhuinn, pero él era la última persona con la que quería hablar y dejó a quienquiera que fuera dejar un mensaje de voz.
Por alguna razón, pensó en la hora que había pasado en el cuarto de baño preocupándose en nimiedades como su afeitado, recortándose las uñas y arreglándose el pelo con la maldita gomina. Después el tiempo frente al armario. Ahora le parecía un desperdicio.
Se sentía mancillado. Completamente mancillado.
Y no iba a salir ni con Saxton ni con nadie esta noche. No con el humor del que estaba. No había razón para someter a un tipo inocente a semejante toxicidad. Dios...
Maldición.
Cuando sintió que podría hablar, alargó la mano hasta la mesilla de al lado y cogió el teléfono. Levantó la tapa y vio que era Saxton quién había llamado.
¿Tal vez para anular? ¿Y no sería eso un alivio? Que te plantaran dos veces en una noche no podía ser nada bueno, pero le libraría de tener que dar una excusa al macho.
Encendiendo el buzón de voz, Blay apoyó la frente en la palma de la mano y bajó la mirada a sus pies descalzos.
—Buenas noches, Blaylock. Supongo que en este mismo momento éstas de pie frente al armario intentando decidir qué ponerte. —La refinada y profunda voz de Saxton fue un curioso bálsamo, tan sosegada y grave—. Bueno, desde luego, yo estoy ante mi propia ropa... Creo que iré con un traje y chaleco en pata de gallo. Me parece que las telas a rayas serían un buen acompañamiento por tu parte. —Se produjo una pausa y una risa—. No es que te esté diciendo qué ponerte, por supuesto. Pero te llamo por si estás indeciso. En cuanto a tu guardarropa, por supuesto. —Otra pausa y luego un tono serio—. Tengo ganas de verte. Adiós.
Blay apartó el teléfono de su oreja y cernió su pulgar sobre la opción suprimir. Siguiendo un impulso, guardó el mensaje.
Después de una larga y firme inhalación, se obligó a levantarse. Aun cuando le temblaban las manos, se metió por dentro la fina camisa y volvió al ahora desordenado tocador.
Recogió los frascos de colonia, los colocó derechos otra vez, y recuperó el cepillo del suelo. Luego abrió el cajón de los calcetines... y sacó lo que necesitaba.
Para terminar de vestirse.


Capítulo 35

Darius esperaba encontrarse con su joven protegido tras la puesta de sol, pero antes de dirigirse a la mansión humana que habían espiado por entre los árboles, se materializó en el bosque delante de la cueva de la Hermandad.
Con los Hermanos diseminados por aquí y por allá, la comunicación podría verse retardada y se había establecido un sistema para el intercambio de notas y anuncios. Todos venían aquí una vez por noche para ver qué habían dejado los demás o para dejar misivas ellos mismos.
Tras asegurarse de que no había ningún ojo puesto en él, se introdujo en el oscuro enclave, atravesó el muro de roca secreto y se abrió camino a través de una serie de puertas hasta el sanctus sanctorum. «El sistema de comunicación» era solamente un nicho asentado en el muro de roca, en el cual podía depositarse la correspondencia y debido a su simplicidad estaba al final del pasaje.
No obstante, no llegó lo bastante lejos como para ver si sus hermanos tenían algo que decirle.
Al acercarse a la verja final, sobre el suelo de piedra vio lo que a primera vista parecía ser una pila de ropa doblada junto a un saco áspero.
Cuando desenvainó su daga negra, una cabeza oscura se alzó del montón.
—¿Tohr? —Darius bajó su arma.
—Sí. —El muchacho se dio la vuelta en su cama andrajosa—. Buenas noches, sire.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?
—He dormido aquí.
—Eso es obvio, sin duda. —Darius se acercó y se arrodilló—.  Pero ¿por qué no volviste a tu casa?
Después de todo lo habían repudiado, pero Hharm raramente iba a su domicilio conyugal. Seguramente el joven podría haberse quedado con su mahmen
El muchacho se obligó a ponerse de pie y se estabilizó apoyándose en la pared.
—¿Qué hora podrá ser? He perdido…
Darius agarró el brazo de Tohr.
—¿Has comido?
—¿Voy con retraso?
Darius no se molestó en formular ninguna pregunta más. Las respuestas a lo que quería saber estaban escritas en la forma en que el muchacho se negaba a alzar los ojos: En efecto, se le había pedido que no buscara refugio en la casa de su padre.
—Tohrment, ¿cuántas noches has pasado aquí dentro? —En aquel suelo frío.
—Puedo encontrar otro lugar donde quedarme. No volveré a alojarme aquí.
Loada fuera la Virgen Escriba, ojala fuera cierto.
—Espera aquí, por favor.
Darius se escabulló por la puerta y comprobó la correspondencia. Al encontrar los mensajes para Murhder y Ahgony pensó en dejar uno para Hharm. Del tipo: ¿Cómo es posible que hayas podido dar la espalda al hijo de tu sangre hasta el punto de que se vea forzado a pasar el día sin nada salvo piedra por cama y su ropa como manta?
Gilipollas.
Darius regresó a Tohrment y descubrió que el muchacho había guardado sus cosas en  la bolsa y llevaba las armas encima.
Darius se tragó una maldición.
 —Iremos primero a la mansión de la hembra. Hay algo que necesito hablar con… aquel lacayo. Trae tus cosas, hijo.
Tohrment lo siguió, más alerta de lo que la mayoría estaría tras varios días sin comida o sin el debido descanso.
Se materializaron ante la mansión de Sampsone y Darius movió la cabeza hacia la derecha, indicando que debían proseguir por ahí hacia la parte trasera. Cuando llegaron a la parte de atrás de la casa, se dirigieron a la puerta por la que habían salido la tarde anterior y tocaron el estridente timbre.
El mayordomo abrió la entrada e hizo una reverencia.
—Sires, ¿podemos hacer algo para servirles en su búsqueda?
Darius dio un paso hacia el interior.
 —Me gustaría hablar de nuevo con el lacayo del segundo piso.
—Por supuesto. —Otra reverencia—. ¿Quizás tuvieran a bien seguirme a la sala?
—Esperaremos aquí. —Darius tomó asiento ante la gastada mesa del personal.
El doggen palideció.
—Sire... esto es…
—Donde me gustaría hablar con el lacayo Fritzgelder. No veo ningún bien en aumentar la carga de tu amo y ama con un inesperado encuentro con nosotros en su casa. No somos invitados… Estamos aquí para serles útiles en su tragedia.
El mayordomo se inclinó hacia delante tan profundamente que fue una maravilla que no se cayera de morros.
—Ciertamente, tiene usted razón. Traeré a Fritzgelder en este mismo momento. ¿Hay algo que podamos hacer para su comodidad?
—Sí. Apreciaríamos enormemente algunas viandas y cerveza.
—¡Ah, sire, por supuesto! —El doggen se inclinó respetuosamente mientras salía del cuarto—. Debería habérselo ofrecido yo mismo, perdónenme.
Cuando se quedaron solos, Tohrment dijo:
 —No tienes por qué hacer esto.
—¿Hacer qué? —dijo Darius arrastrando las palabras y recorriendo con la yema de los dedos la superficie mellada de la mesa.
—Conseguirme comida.
Darius echó un vistazo por encima del hombro.
—Mi querido muchacho, fue una petición calculada para tranquilizar al mayordomo. Nuestra presencia en este cuarto es fuente de gran incomodidad para él, al igual que lo es la petición de interrogar de nuevo a su personal. La petición de comida le ha supuesto un alivio. Ahora por favor siéntate y cuando las viandas y las libaciones lleguen, debes acabarlas. Yo he tenido previamente mi hartazgo.
Se oyó el sonido chirriante de una silla arrastrada hacia atrás y luego un crujido cuando el peso de Tohrment se posó en el asiento.
El lacayo llegó en seguida.
Lo cual fue embarazoso ya que Darius en realidad no tenía nada que preguntarle. ¿Dónde estaba la comida…?
—Sires —dijo el mayordomo con orgullo al abrir la puerta con un ademán ostentoso.
El personal entró en fila con toda clase de bandejas, picheles y provisiones y mientras el banquete era presentado, Darius levantó una ceja hacia Tohrment y luego intencionadamente bajó la mirada hacia los diversos comestibles.
Tohrment, siempre un macho cortés, se sirvió él mismo.
Darius inclinó la cabeza en dirección al mayordomo.
 —Esta es una comida digna de semejante casa. En verdad tu amo debería estar más que orgulloso.
Después de que el mayordomo y los demás salieran, el lacayo esperó con paciencia y del mismo modo lo hizo Darius hasta que Tohrment hubo tomado todo lo que podía. Entonces Darius se puso en pie.
—En confidencia, ¿puedo pedirle un favor, lacayo Fritzgelder?
—Por supuesto, sire.
—¿Serías tan amable de guardarnos la bolsa de mi colega durante la tarde? Volveremos tras haber llevado a cabo nuestra vigilancia.
—Oh, sí, sires. —Fritzgelder hizo una profunda reverencia—. Me tomaré el mayor de los cuidados con sus cosas.
—Gracias. Venga, Tohrment, vamos saliendo.
Para cuando llegaron afuera, podía sentir la ira del muchacho y no se sorprendió en absoluto cuando le agarró el brazo.
—Puedo cuidar de mí mismo.
Darius lo miró por encima del hombro.
 —De eso no hay ninguna duda. Sin embargo, no necesito un compañero debilitado por tener la tripa vacía y…
—Pero…
—…si crees que esta familia de grandiosos recursos se resentiría por ofrecer una comida para ayudar en la búsqueda de su hija, estás confundido de cabo a rabo.
Tohrment dejó caer su mano.
—Encontraré alojamiento. Comida.
—Sí, lo harás. —Darius indicó con la cabeza al anillo de árboles alrededor de la hacienda vecina—. Y ahora ¿podemos seguir?
Cuando Tohrment asintió con la cabeza, los dos se desmaterializaron en el bosque y se abrieron paso al acecho hasta la propiedad de la otra mansión.
Con cada zancada que avanzaban hacia su destino, Darius sentía sobre él un aplastante sentimiento de temor que aumentó hasta que se encontró respirando con dificultad: el tiempo trabajaba en su contra.
Cada noche que pasaba y no la encontraban era otro paso más cerca a la muerte de ella.
Y tenían tan poco con lo que continuar.


Capítulo 36

La terminal de autobuses Greyhound de Caldwell estaba al otro lado del pueblo, en el límite del polígono industrial que se extendía al sur de la ciudad. El viejo edificio de tejado plano estaba rodeado por una alambrada de tela metálica, como si los autobuses se  fueran a dar a la fuga y la puerta cochera tuviera un agujero en el medio.
Cuando John tomó forma al abrigo de un autobús aparcado, esperó a Xhex y Qhuinn. Xhex fue la primera en llegar y tío, tenía mucho mejor aspecto; al segundo intento de comer había retenido los alimentos bastante bien y su color era realmente bueno. Todavía llevaba los pantalones de quirófano que Doc Jane le había dado, pero por encima llevaba una de sus sudaderas y una de sus cazadoras.
Adoraba la vestimenta. Adoraba que ella llevara su ropa. Adoraba que fuera demasiado grande para ella.
Adoraba que pareciera una chica.
No es que no le gustaran un montón sus pantalones de cuero, sus camisetas sin mangas y su rutina de te-romperé-las-pelotas-si-te-pasas-de-la-raya. Eso era muy atractivo, también. Solo que... el aspecto que tenía ahora parecía íntimo por alguna razón. Probablemente porque estaba malditamente seguro de que no se dejaba ver así a menudo.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó ella, echando un vistazo alrededor. Su voz no transmitía decepción o malestar, a Dios gracias. Simplemente curiosidad.
Qhuinn tomó forma como a unos nueve metros y cruzó los brazos sobre el pecho como si no confiara en sí mismo para no pegarle a alguien. El tipo estaba de un humor terrible. Absolutamente de perros. No había tenido ni dos palabras civilizadas que ofrecer en el vestíbulo mientras John le indicaba el orden de los sitios a los que iban y la causa no había estado clara.
Bueno... al menos no hasta que Blay se había acercado al grupo con un aspecto maravilloso en un traje gris de raya diplomática. El tipo había hecho una pausa sólo para despedirse de John y Xhex; no había dirigido ni una mirada a Qhuinn mientras abandonaba el vestíbulo y se perdía en la noche.
Llevaba puesta una colonia nueva.
Estaba claro que tenía  una cita. ¿Pero con quién?
Con un siseo y un rugido, un autobús salió del montón, el humo del motor diesel hizo que la nariz de John amenazara con estornudar.
Vamos, vocalizó para Xhex, cambiándose la mochila al otro hombro y guiándola hacia adelante.
Atravesaron andando el pavimento húmedo hacia la brillante luz fluorescente de la terminal. Aunque hacía frío, John se dejó abierta la chaqueta de cuero por si acaso tenía que usar sus dagas o su arma y Xhex llevaba también las suyas.
Los lessers podían estar en cualquier parte y los humanos podían ser idiotas.
Mantuvo la puerta abierta para ella y se sintió aliviado de ver que además del vendedor de billetes tras un plexiglás antibalas, sólo había un viejo durmiendo sentado en uno de los bancos de plástico y una mujer con una maleta.
La voz de Xhex fue baja.
—Este lugar... te entristece.
Mierda, suponía que sí. Pero no era por lo que había experimentado aquí... más bien por lo que su madre había debido de sentir, sola y sufriendo dolores mientras paría.
Silbando con fuerza, sostuvo en alto la palma mientras los tres humanos levantaban la vista. Reduciendo su consciencia, les dejó en medio de un ligero trance y caminó hacia la puerta de metal que tenía una placa atornillada: MUJERES.
Plantando su mano en el frío panel, empujó un poco y escuchó. No se oía nada. El lugar estaba vacío.
Xhex pasó a su lado, sus ojos recorrieron las paredes color ceniza, los lavabos de acero inoxidable y los tres compartimentos. El lugar olía a Clorox y a piedra húmeda y mojada y los espejos no estaban hechos de cristal sino de hojas pulidas de metal. Todo estaba fijado con pernos, desde los dispensadores de jabón pasando por la señal de No Fumar hasta el cubo de basura.
Xhex se detuvo delante del compartimento para minusválidos, con mirada aguda. Cuando se aproximó a la puerta abierta, se echó impulsivamente hacia atrás y pareció confundida.
—Aquí... —ella señaló hacia abajo, en la esquina—. Aquí es donde fuiste... Donde te encontraron.
Cuando se volvió a mirarlo, él se encogió de hombros. No sabía el lugar con precisión, pero parecía sensato pensar que si ibas a tener un niño, quisieras estar en el que tenía más espacio.
Xhex le clavó la mirada como si estuviera viendo a través de él y se dio brevemente la vuelta para ver si se les había unido alguien. No. Solamente ella y él, juntos en el cuarto de baño de mujeres.
¿Qué?, vocalizó él mientras dejaba que la puerta se cerrara.
—¿Quién te encontró? —Cuando él hizo como si limpiara el piso con una mopa, murmuró—. Un empleado de la limpieza.
Mientras asentía, se avergonzó de este lugar, de su historia.
—No. —Vino hacia él—. Créeme, no soy quién para juzgarte. Mis circunstancias no fueron mucho mejores. Demonios, fueron indiscutiblemente peores.
Siendo una mestiza symphath, John sólo podía suponerlo. Después de todo las dos razas no se mezclaban voluntariamente la mayoría de las veces.
—¿Adónde te llevaron desde aquí?
La guió fuera del cuarto de baño y echó un vistazo alrededor. Qhuinn estaba en la otra esquina, mirando a través de las puertas de la terminal como si esperara que algo oliendo a polvos de talco entrara caminando. Cuando el tipo se giró para mirar, John asintió; después acabó con el trance, liberó las mentes de los humanos y los tres se desmaterializaron.
Cuando tomaron forma otra vez, estaban en el patio trasero del orfanato de Nuestra Señora, junto al tobogán y la caja de arena. Un viento cortante de marzo soplaba sobre los jardines de la iglesia del santuario de los no deseados, los enganches de los columpios rechinaban y las ramas desnudas de los árboles no ofrecían protección. Más allá, las filas de ventanas de cuatro paneles que marcaban los dormitorios estaban a oscuras... así como las de la cafetería y la capilla.
—¿Humanos? —Xhex inspiró mientras Qhuinn vagaba por ahí y posaba el culo en uno de los columpios—. ¿Fuiste criado por humanos? Dios mío... Maldición.
John caminó hacia el edificio, pensando que quizás esto no había sido buena idea. Ella parecía horrorizada.
—Tú y yo tenemos más en común de lo que pensaba.
Él se detuvo en seco y ella debió leer su expresión... O sus emociones.
—También yo me crié con personas que no eran como yo. Aunque considerando lo que es mi otra mitad, eso pudo ser una bendición.
Acercándose a su lado, fijó la mirada en su cara.
—Fuiste más valiente de lo que piensas —Inclinó la cabeza hacia el orfanato—. Cuando estabas aquí adentro, eras más valiente de lo que pensabas.
No estaba de acuerdo, pero no iba a discutir su fe en él. Después de un momento, extendió la mano y cuando ella la tomó, caminaron juntos hasta la puerta trasera. Una rápida desaparición y ya estaban en el interior.
Oh, mierda, usaban el mismo fregasuelos. Limón ácido.
Y el trazado del lugar no había cambiado, tampoco. Lo cual quería decir que la oficina del director estaba todavía abajo en el vestíbulo, en la parte delantera del edificio.
Encabezando la marcha, fue hacia la vieja puerta de madera, se quitó la mochila y la colgó del pomo de latón.
—¿Qué hay ahí por cierto?
Él sostuvo en alto la mano y se frotó los dedos contra el pulgar.
—El dinero. Del asalto en...
Él asintió.
—Buen sitio para él.
John se dio la vuelta y se quedó mirando pasillo abajo hacia donde estaba el dormitorio. Mientras los recuerdos emergían, sus pies se dirigieron en esa dirección antes de ser consciente de que iba adonde una vez había reclinado la cabeza. Era tan extraño estar aquí otra vez, recordando la soledad, el miedo y la persistente sensación de ser totalmente diferente, especialmente cuando estaba con otros niños de su misma edad.
Eso siempre lo había empeorado. Estar rodeado de aquellos a los que debía de ser básicamente idéntico era lo que más le había alienado.

* * *
Xhex siguió a John a través del pasillo, permaneciendo un poco por detrás. Él caminaba silenciosamente, apoyando del talón a la puntera de sus shitkickers y ella se tomó al pie de la letra el ejemplo, haciendo lo mismo de forma que no fueron más que fantasmas en el tranquilo pasillo. Mientras seguían, notó que aunque la planta física del edificio era vieja, todo estaba inmaculado, desde el linóleo muy encerado, pasando por las paredes muy pintadas de beige, hasta las ventanas con tela metálica en el cristal. No había polvo, ni telarañas, ni bolsas de patatas fritas o grietas en el yeso.
Eso le daba la esperanza de que las monjas y los administradores cuidaran de los niños con la misma atención que del resto de los detalles.
Mientras John y ella iban hacia un par de puertas, pudo sentir los sueños de los niños al otro lado, los pequeños remolinos de emoción que burbujeaban a través de su sueño REM cosquilleaban en sus receptores symphath.
John asomó la cabeza y mientras miraba fijamente a los que estaban donde él había estado, ella se encontró frunciendo el ceño otra vez.
Su rejilla emocional tenía... una sombra en esto. Una construcción paralela pero separada de la que había captado antes, aunque ahora la encontraba llamativamente obvia.
Nunca había sentido algo así en ningún otro y no podía explicarlo... Tampoco creía que John fuera consciente de lo que estaba haciendo. Por alguna razón, sin embargo, este viaje hacia su pasado exponía un fallo en la línea de su psique.
Así como otras cosas. Había estado como ella, perdido y apartado, cuidado por los demás por obligación, no por amor consanguíneo.
En cierta forma, creyó que debía decirle que acabara con todo esto, porque podía sentir lo mucho que le costaba… y cuánto más les faltaba por recorrer. Pero estaba cautivada por lo que le estaba mostrando.
Y no sólo porque como symphath se alimentara de las emociones de los demás.
No, quería saber más sobre éste macho.
Mientras él observaba a los niños dormidos y permanecía atrapado en su pasado, ella centró la atención en su perfil fuerte, iluminado por la luz de seguridad sobre la puerta.
Cuando levantó la mano y la apoyó sobre su hombro, él dio un pequeño salto.
Quiso decirle algo bonito y amable, juntar alguna combinación de palabras que le llegaran tan adentro como le había llegado él a ella con este viaje. Pero la cuestión era que había más coraje en estas revelaciones que el que ella hubiera demostrado alguna vez a alguien y en un mundo lleno de egoísmo y crueldad, él le estaba rompiendo el jodido corazón con lo que le estaba dando.
Había estado tan solo aquí y el eco del sufrimiento lo estaba matando. Aun así iba a seguir adelante porque le había dicho a ella que lo haría.
Los bellos ojos azules de John encontraron su mirada y cuando él inclinó la cabeza con curiosidad, se dio cuenta de que las palabras eran una sandez en momentos así.
Acercándose a su cuerpo duro, le pasó uno de los brazos por la parte baja de la espalda. Con la otra mano, se estiró y le atrapó la nuca, tirando hacia abajo.
John vaciló y luego fue voluntariamente, enlazando los brazos alrededor de su cintura y enterrando la cara en su cuello.
Xhex le abrazó, prestándole su fuerza, ofreciéndole un consuelo que era más que capaz de dar. Mientras permanecían el uno contra el otro, Xhex miró sobre sus hombros al cuarto que había tras él, a las cabecitas oscuras en sus almohadas.
En silencio, sintió como el pasado y el presente se movían y entremezclaban, pero fue un espejismo. No había forma de consolar al niño perdido que había sido en aquel entonces.
Pero tenía al macho adulto.
Le tenía justo entre sus brazos y durante un breve momento de relax, se imaginó que nunca, en la vida, iba a dejarle marchar.

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