sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 37 38 39

Capítulo 37

Mientras estaba sentado en su habitación de la mansión Rathboone, Gregg Winn debería haberse sentido mejor de lo que lo hacía. Gracias a alguna toma evocadora sobre ese retrato expresivo del salón de abajo, emparejada a algunas imágenes fijas de los terrenos tomadas en el crepúsculo, el jefazo en L.A. estaba emocionado con el metraje preseleccionado y había acordado comenzar a emitirlo. El mayordomo también se había presentado amablemente, firmando los documentos legales que daban permiso para toda clase de acceso.
Stan, el cámara, podía realizar un examen proctológico a toda la maldita casa en busca de cualquier lugar donde pudiera meter su lente.
Pero Gregg no tenía en la boca el sabor de la victoria. No, tenía un caso de esto-no-está-bien subiéndole por las tripas y un dolor de cabeza a causa de la tensión que le subía por la base del cráneo hasta el lóbulo frontal.
El problema era la cámara oculta que habían puesto en el vestíbulo la noche anterior.
No había explicación racional para lo que había captado.
Irónico que un "cazafantasmas", cuando se enfrentaba con una figura que desaparecía en el mismo aire, necesitara aspirina y paracetamol. Cualquiera pensaría que estaría encantado de no tener que hacer que su cámara trucara el metraje.
¿En cuanto a Stan? Sólo se había encogido de hombros. Oh, creía que era un fantasma seguro… pero eso no le desconcertaba en lo más mínimo.
Por otra parte, podía haber estado en unas vías férreas en medio de algún asunto en plan Los Peligros de Pauline8 y pensar, el momento perfecto para una siesta rápida antes de que me trituren.
Había ventajas en ser fumador de marihuana.
Cuando abajo el reloj dio las diez, Gregg se levantó del ordenador portátil y fue a la ventana. Tío, se habría sentido mejor con todo este asunto si no hubiera visto a esa figura de pelo largo vagando por los terrenos la noche anterior.
Al demonio con eso: mejor no haber visto al cabrón en el pasillo realizando el alucinante truco de ahora-lo-ves, ahora-no-lo-ves.
Detrás él en la cama, Holly dijo:
—¿Estás esperando ver al conejito de Pascua ahí afuera?
Le echó un vistazo y pensó que tenía un aspecto genial apoyada contra las almohadas y con la nariz metida en un libro. Cuando lo había sacado, se había sorprendido al ver que era el de Doris Kearns Goodwin sobre los Fitzgerald y los Kennedy. Se había figurado que era más del tipo de chica de la biografía de Tori Spelling.
—Sí, lo que me interesa es la cola de algodón —murmuró—. Creo que voy a bajar y ver si puedo conseguir la cesta del bastardo.
—No traigas ningún malvavisco Peeps. Huevos de colores, conejitos de chocolate, esa hierba falsa… todo vale. Los Peeps me ponen frenética.
—Le diré a Stan que venga a sentarse contigo, ¿vale?
Holly levantó los ojos de los antecedentes de Camelot.
—No necesito una niñera. Sobre todo una que sería capaz de encender un porro en el cuarto de baño.
—No quiero dejarte sola.
—No estoy sola. —Cabeceó hacia la cámara en el rincón distante del cuarto—. Sólo enciende eso.
Gregg se recostó contra la jamba de la ventana. El modo en que el cabello de ella atrapaba la luz era realmente agradable. Por supuesto, el color era indudablemente un trabajo experto de tinte... pero era el contraste perfecto de rubio contra la piel.
—No estás asustada, ¿verdad? —dijo, preguntándose cuándo exactamente habían intercambiado los papeles.
—¿Quieres decir por lo de anoche? —Sonrió—. No. Creo que esa "sombra" es Stan gastándonos una broma como pago por hacerle cambiarse de habitación. Ya sabes cómo odia mover el equipaje. Además, acabé en tu cama. Aunque no es que hayas hecho mucho al respecto.
Él cogió la cazadora y se giró hacia ella. Tomándole el mentón en la mano, la miró a los ojos.
—¿Todavía me deseas de ese modo?
—Siempre. —La voz de Holly cayó—. Estoy maldita.
—¿Maldita?
—Vamos, Gregg. —Cuando él se limitó a mirarla, levantó las manos—. Eres una mala apuesta. Estás casado con tu trabajo y venderías tu alma por tener éxito. Reduces todo y a todos los que te rodean al denominador común más bajo y eso te permite utilizarlos. ¿Y cuándo no son útiles? No recuerdas sus nombres.
Jesús... era más lista de lo que había pensado.
—¿Entonces por qué quieres tener algo que ver conmigo?
—A veces... en realidad no lo sé. —Los ojos volvieron al libro, pero no siguieron las líneas. Sólo se centraron en la página—. Supongo que es porque era realmente ingenua cuando te conocí y me diste una oportunidad cuando nadie más lo hizo, me enseñaste un montón de cosas. Y ese enamoramiento inicial aguantó.
—Haces que suene como algo malo.
—Puede ser. He estado esperando madurar... y entonces haces cosas como preocuparte por mí y me veo atrapada de nuevo.
La miró fijamente, sopesando sus rasgos perfectos, la piel suave y su cuerpo asombroso.
Sintiéndose confuso y extraño, como si le debiera una disculpa, fue a la cámara que había sobre el trípode y la puso a grabar.
—¿Tienes el móvil contigo?
Ella metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó una Blackberry.
—Aquí mismo.
—Llámame si sucede algo extraño, ¿vale?
Holly frunció el entrecejo.
—¿Estás bien?
—¿Por qué lo preguntas?
Ella se encogió de hombros.
—Es sólo que nunca te he visto así de…
—¿Ansioso? Sí, supongo que tiene algo que ver con esta casa.
—Iba a decir... conectado, en realidad. Es como si por primera vez me vieras de verdad.
—Yo siempre te he visto.
—No de este modo.
Gregg fue a la puerta y se detuvo.
—¿Puedo preguntarte algo raro? ¿Te… tiñes el pelo?
Holly se llevó la mano a las ondas rubias.
—No. Nunca lo he hecho.
—¿Es realmente rubio?
—Tú deberías saberlo.
Cuando ella alzó una ceja, Gregg se ruborizó.
—Bueno, las mujeres pueden teñirse ahí abajo… ya sabes.
—Bueno, pues yo no.
Gregg frunció el entrecejo y se preguntó quién coño estaría dirigiendo su cerebro: parecía tener todos estos pensamientos extraños jugando con sus ondas hertzianas, como si su estación hubiera sido asaltada. Haciéndole un pequeño gesto de despedida, bajó al vestíbulo y miró a derecha e izquierda mientras escuchaba atentamente. Ni pasos. Ni crujidos. Nadie con una sábana en la cabeza, haciendo de Casper.
Poniéndose la cazadora, bajó por la escalera y odió el eco de sus propios pasos. El sonido le hacía sentir perseguido.
Miró hacia atrás. Nada excepto el pasillo vacío.
Abajo en el primer piso, observó  las luces que habían dejado encendidas. Una en la biblioteca. Una en el vestíbulo delantero. Una en el salón.
Doblando la esquina, se detuvo para comprobar el retrato de Rathboone. Por alguna razón, ya no creía que la pintura fuera tan jodidamente romántica y vendible.
Por alguna razón y una mierda. Ojalá nunca hubiera llamado a Holly para que le echara un vistazo. Quizá no se le habría grabado tanto en el subconsciente como para fantasear con que el tipo había acudido ella y se habían acostado. Tío... esa expresión en su cara cuando le había hablado del sueño. No la parte del miedo, sino la del sexo, el sexo reverberante. ¿Alguna vez había quedado así después de haberse acostado con él?
¿Se había parado alguna vez a ver si la había satisfecho de ese modo?
¿Satisfecha del todo?
Abriendo la puerta principal, salió como si tuviera una misión, cuando en realidad, no tenía ningún lugar adonde ir. Bueno, excepto lejos de ese ordenador y esas imágenes... y ese cuarto tranquilo con una mujer que tenía más sustancia de la que él siempre había pensado.
De una especie de fantasma que era real.
Dios... el aire era refrescante aquí fuera.
Se alejó de la casa y cuando estaba a un centenar de metros en el césped ondulado, se detuvo y miró atrás. En el segundo piso, vio la luz en su cuarto y se imaginó a Holly anidada contra las almohadas, con ese libro en sus largas y finas manos.
Siguió adelante, dirigiéndose a la línea de árboles y el arroyo.
¿Tenían almas los fantasmas?, se preguntó. ¿O eran almas?
¿Tenían alma los ejecutivos de televisión?
Vaya, eso era una pregunta existencial y media.
Rodeó la propiedad lentamente, deteniéndose para tirar del musgo español, sentir la corteza de los robles y oler la tierra y la niebla.
Ya volvía a la casa cuando se encendió una luz en el tercer piso... y una sombra alta y oscura pasó ante una de las ventanas.
Gregg comenzó a andar rápidamente. Luego echó a correr.
Volaba cuando saltó al porche delantero y llegó a la puerta, abriéndola de golpe y subiendo a saltos las escaleras. Le importaba una mierda todo esa advertencia de no-vayas-al-tercer-piso. Y si despertaba a la gente, bien.
Cuando llegó al segundo piso, comprendió que no tenía ni idea de qué puerta podía llevarle al ático. Avanzando rápido por el vestíbulo, se figuró que los números en las jambas eran callejones sin salida mientras dejaba atrás las habitaciones de huespedes.
Entonces llegó a Almacén. Gobierno de la casa.
Gracias, Jesús: SALIDA.
Irrumpió, subió la escalera de dos en dos. Cuando llegó arriba, encontró una puerta cerrada con un ligero resplandor en la parte de abajo.
Golpeó con fuerza. Y obtuvo un montón de nada.
—¿Hay alguien? —gritó, tirando del picaporte—. ¿Hola?
—¡Señor! ¿Qué está haciendo?
Gregg giró sobre sus los talones y bajo la vista a través de la escalera hacia el mayordomo, que aunque fuera tarde todavía estaba vestido de esmoquin.
Quizá no dormía en una cama, sino que se colgaba en un armario para no arrugarse por la noche.
—¿Quién hay ahí dentro? —exigió Gregg, señalando con el pulgar por encima de su hombro.
—Lo siento, señor, pero el tercer piso es privado.
—¿Por qué?
—Eso no es de su incumbencia. Ahora, si no le importa, voy a pedirle que vuelva a su habitación.
Gregg abrió la boca para seguir discutiendo, pero luego la cerró de golpe. Había un modo mejor de manejar esto.
—Sí. Vale. Bien.
Fingió tropezar en la escalera y rozó al mayordomo al pasar.
Luego se fue a su habitación como un huésped buenecito y se deslizó dentro.
—¿Qué tal tu paseo? —preguntó Holly, bostezando.
—¿Ha sucedido algo cuando me he ido? —¿Como, oh, digamos, un tipo muerto entrando aquí a follarte a lo bestia?
—No. Bueno, aparte de alguien corriendo por el pasillo. ¿Quién era?
—Ni idea —murmuró Gregg, acercándose a la cámara y apagándola—. Ni la más mínima idea…

Capítulo 38

John tomó forma junto a una farola que probablemente no tenía mucha satisfacción laboral. La iluminación que se vertía por debajo de su cuello de jirafa bañaba la parte delantera de un edificio de apartamentos que habría tenido un aspecto jodidamente mejor en absoluta oscuridad. Los ladrillos y la argamasa no eran blanquirojos, sino marrón y más marrón, las grietas en varias ventanas estaban fijadas con cinta de embalaje y mantas baratas. Incluso los escalones bajos que subían al vestíbulo eran un lío de picaduras, como si hubieran sido golpeados con una taladradora.
El lugar estaba como cuando había pasado su última noche dentro, excepto por una cosa: la nota amarilla de “Inhabitable” clavada a la puerta principal.
Archiva eso en Bueno, pues claro.
Cuando Xhex salió de entre las sombras y se le unió, hizo cuanto pudo para no proyectar nada excepto una disociación tranquila… y supo que estaba fracasando. Este gran tour por la mierda de su vida anterior era más duro de lo que había pensado, pero era como un paseo por el parque de atracciones. Una vez montabas y el carrito echaba a rodar no había modo de alcanzar el botón de parada.
Quién sabía si su existencia debería haber venido con una advertencia para señoras embarazadas y epilépticos.
Sí, no había modo de detener esto, ella le aguijonearía hasta acabarlo. Parecía saber todo lo que estaba sintiendo… y eso incluiría la sensación de fracaso que le desgarraría si se retiraba.
—¿Acabaste aquí? —cuchicheó ella.
Asintiendo con la cabeza, la guió más allá de la fachada del edificio y girando la esquina hacia el callejón. Mientras subía por la salida de emergencia, se preguntó si el picaporte todavía estaría roto.
La barra se soltó con un poco de fuerza y entraron.
La alfombra del pasillo era más bien como el áspero suelo de tierra de cierto tipo de cabañas, toda comprimida y sellada, con manchas que se habían filtrado entre las fibras y se habían secado endureciéndola. Botellas vacías de bebidas alcohólicas, envolturas retorcidas de Twinkies y colillas de cigarrillos ensuciaban el pasillo y el aire olía como el sobaco de un vagabundo.
Tío... ni siquiera un tanque de Ambipur podría hacer mella en esta pesadilla olfativa.
Cuando Qhuinn entró por la salida de emergencia, John giró a la izquierda en el hueco de la escalera y comenzó una subida que le hizo desear gritar. A medida que subían, las ratas chillaban y correteaban saliendo de su camino y el eau a casa vecinal se volvió más espeso y más acre, como si fermentara a las altitudes más altas.
Cuando llegaron al segundo piso, se encaminó hacia el pasillo y se detuvo delante de una pauta como de lluvia de estrellas en la pared. Jesucristo… esa mancha de vino todavía estaba ahí aunque, ¿por qué cojones le sorprendía? ¿Es que la empresa de limpieza Merry Maids iba a aparecer por aquí y blanquearla?
Avanzando una poco más abajo, empujó la puerta del que una vez había sido su estudio y entró… dentro…
Dios, todo estaba como lo había dejado.
Nadie había vivido aquí desde que él se fue, lo cual, supuso, tenía sentido. La gente se había estado marchando gradualmente ya cuando él había sido arrendatario... bueno, los que podían permitirse lugares mejores se habían marchado. Los que se habían quedado eran los yonquis. Y los que habían ocupado los vacíos habían sido los sin techo que se habían infiltrado como cucarachas por las ventanas rotas y las puertas reventadas al nivel del suelo. La culminación del cambio demográfico había sido esa nota de “Inhabitable”, el edificio había sido declarado oficialmente muerto, el cáncer de las fortunas en declive lo había reclamado todo excepto el esqueleto.
Mientras se fijaba en la revista Flex que había dejado en la cama junto a la ventana, la realidad se arremolinó sobre él, arrastrándolo hacia atrás aún cuando las botas de combate estaban firmemente plantadas en el presente.
Estaba claro, cuando alcanzó y abrió el frigorífico caliente… botes de vainilla. Desde luego.
Sí, porque ni siquiera los que hurgan en la basura hambrientos y sin dinero tomarían esa mierda.
Xhex se paseó por ahí y luego se detuvo en la ventana por la que él había mirado fijamente durante tantas noches.
—Querías ser distinto a lo que eras.
Él asintió.
—¿Cuántos años tenías cuándo fuiste encontrado?
Cuando mostró dos dedos dos veces, los ojos de ella se abrieron de par en par.
—¿Veintidós? Y no tenías la menor idea de que fueras…
John sacudió la cabeza y fue a recoger la Flex. Hojeando las páginas, se dio cuenta de que había llegado a ser lo que siempre había deseado ser: un hijo de puta grande y cabrón. Quien lo hubiera pensado. Había sido un verdadero pretrans esquelético, a merced de tantos.
Volviendo a tirar la revista, cortó ese patrón de pensamiento con rapidez. Estaba dispuesto a mostrarle a Xhex casi todo. Pero eso no. Nunca... esa parte.
No iban a regresar al primer edificio en el que había vivido solo y ella no iba a averiguar por qué había abandonado esta dirección.
—¿Quien te trajo a nuestro mundo?
Tohrment, articuló.
—¿Cuántos años tenías cuándo dejaste el orfanato?
Mostró un uno y un seis.
—¿Dieciséis? ¿Y viniste aquí? ¿Directamente desde Nuestra Señora?
John asintió y fue a las alacenas encima del fregadero. Abrió una y vio lo único que había esperado encontrar de lo que dejó atrás. Su nombre. Y la fecha.
Se apartó para que Xhex pudiera ver lo que había escrito. Recordó hacerlos, tan rápido, tan veloz. Tohr había estado esperando abajo en el bordillo y él se había escabullido para coger su bicicleta. Había garabateado las marcas como un testamento para… no sabía qué.
—No tenías a nadie —murmuró ella, mirando dentro—. A mí me pasó lo mismo. Mi madre murió en el parto y yo fui criada por una familia perfectamente agradable... con la que sabía que no tenía nada en común. Les dejé pronto y nunca volví, porque no pertenecía a aquel lugar… y algo me gritaba que era mejor para ellos que me largara. No tenía ni idea de que fuera parte symphath y no había nada en el mundo para mí... pero tenía que irme. Afortunadamente, conocí a Rehvenge y él me mostró lo que era.
Le miró por encima del hombro.
—Los “casi” de la vida… tío, son matadores, ¿verdad? Si Tohr no te hubiera encontrado...
Habría pasado por la transición y muerto en mitad de ella porque no habría tenido la sangre que necesitaba para sobrevivir.
Por alguna razón, no quería pensar en eso. O en el hecho de que él y Xhex tenían en común un solitario período de estar perdidos.
Venga, articuló. Vamos a la próxima parada.
* * *
Fuera entre los campos de maíz, Lash conducía por la senda de tierra hacia la granja. Tenía su cobertura psíquica en su lugar para que el Omega y su nuevo juguetito no pudieran tener la mira puesta sobre él y llevaba puesta una gorra de béisbol y un impermeable con el cuello levantado y un par de guantes.
Se sentía como el Hombre Invisible.
Joder, desearía ser invisible. Odiaba mirarse y después de un par de horas esperando ver qué más iba a desprenderse en su descenso a la muerte en vida, no estaba seguro de si sentirse aliviado de que pareciera haberse estancado.
En este punto estaba sólo medio fundido: los músculos todavía le colgaban de los huesos.
A medio kilómetro de su destino, aparcó el Mercedes en una arboleda de pinos y salió. Como sus poderes estaban siendo utilizados para mantenerle enmascarado, no le quedaba nada con lo que desmaterializarse.
Así que fue un paseo puñeteramente largo hasta el jodido agujero de mierda y se resintió hasta los cojones de tener que trabajar tan duramente para mover su cuerpo.
Pero cuando subió a la casa de tablones se vio golpeado por una oleada de energía. Había tres coches de camellos en el camino de entrada… todos los cuales reconoció. Los transportes a lo Willy Loman eran propiedad de la Sociedad Lessening.
¿Y sabes qué?, el lugar estaba abarrotado. Había como unos veinte tipos dentro y muchos más siguiendo la fiesta: a través de las ventanas, podía ver los barriles y las botellas de licor y por todas partes los cabrones estaban encendiendo pipas y esnifando Dios sabía qué.
Dónde estaba el pequeño bastardo.
Oh... un sentido de la oportunidad perfecto. Un cuarto coche se detuvo y no era como los otros tres. El trabajo de pintura hortera de corredor callejero era probablemente tan caro como la máquina de coser trucada que había bajo el capó y el brillo de neón en el parachoques que hacía que pareciera que estuviera aterrizando. El crío salió de detrás del volante y vaya por Dios, también estaba muy pasado de rosca; había conseguido un par de vaqueros nuevos y una chaqueta guay de cuero Affliction y encendía sus cigarrillos con algo dorado.
Bueno, esto iba ser la prueba.
Si el crío entraba y se unía a la fiesta, Lash habría estado equivocado sobre la inteligencia del gilipollas… y el Omega no habría conseguido nada excepto un buen polvo. Pero si Lash tenía razón  y el HDP llevaba dentro algo más que eso, la fiesta se iba a poner interesante.
Lash se cerró las solapas sobre la herida abierta que ahora tenía por cuello e intentó ignorar cuan celoso estaba. Había estado en el lugar dulce donde estaba ahora ese crío. Deleitándose en el yo-soy-especial y asumiendo que ese brillo duraría para siempre. Pero como fuera. Si el Omega estaba dispuesto a lanzar a la cuneta de una patada a su propia sangre y carne, ese pedazo de mierda anteriormente humano no iba a durar mucho.
Cuando uno de los borrachos de dentro miró por la ventana en dirección a Lash, este supuso que estaba corriendo un riesgo al acercase al epicentro, pero le importaba tres cojones. No tenía nada que perder y en realidad no esperaba pasar el resto de sus días como nada más que cecina animada de carne de vaca.
Feo, débil y agujereado no era lo que molaba más.
Cuando el viento frío le hizo castañetear los dientes, pensó en Xhex y se calentó con los recuerdos. A cierto nivel, no podía creer que su tiempo con ella hubiera pasado hacía apenas hace unos días. Se sentía como si hubieran pasado años desde que la había tenido debajo de él. Joder, encontrar esa primera lesión en el antebrazo había sido el principio del fin... sólo que no lo había sabido en aquel momento.
Solo un rasguño.
Sí, claro.
Al levantar la mano para apartarse el pelo, golpeó la visera de la gorra de béisbol y se acordó de que ya no tenía nada con lo que juguetear. Todo lo que le quedaba era una cúpula de huesos.
Si hubiera tenido más energía, habría empezado a despotricar y a delirar sobre la injusticia y crueldad de su destino putrefacto. No se suponía que la vida fuera a ser así. No se suponía que él fuera a estar mirando desde el exterior. Siempre había sido el centro, el conductor, el especial.
Por alguna estúpida razón, pensó en John Matthew. Cuando el hijo de puta entró en el programa de entrenamiento para soldados, había sido un pretrans especialmente pequeño con nada excepto un nombre de la Hermandad y una cicatriz en forma de estrella en el pecho. Había sido el objetivo perfecto para el ostracismo y Lash se lo había pasado de miedo haciendo la puñeta al chico.
Tío, en aquellos tiempos, no tenía la menor idea de cómo era ser el raro que se queda fuera. Cómo te hacía sentirte como una mierda sin valor. Cómo mirabas al resto de la gente que molaba y darías lo que fuera por estar con ellos.
Lo bueno era que no había tenido ni idea de cómo sería. O podría habérselo pensado dos veces antes de joder al chupapollas.
Y ahora mismo, apoyado contra la corteza áspera y fría de un roble y mirando por las ventanas de la granja como algún otro niño mimado vivía su vida, sintió que su planes cambiaban.
Aunque fuera la última cosa que hiciera, iba a derrotar a ese mierdecilla.
Era aún más importante que Xhex.
Ese tipo que se había atrevido a marcar a Lash por muerto no era el conductor. Era la necesidad de enviar un mensaje a su padre. Después de todo, él era la manzana podrida que no caía lejos del árbol y la venganza era una puta.

Capítulo 39

—Esta es la antigua casa de Bella —dijo Xhex tras tomar forma en una pradera junto a John Matthew.
Cuando él asintió, miró alrededor de la bucólica extensión. La granja blanca de Bella con su porche cerrado y su chimenea roja era un dibujo perfecto a la luz de la luna y parecía vergonzoso que el lugar estuviese vacío con nada más que las luces de seguridad exteriores.
El hecho de que hubiese un Ford F-150 aparcado fuera de la casa en el camino de grava y ventanas que brillaban, parecía hacer que la sensación de abandono aún más aguda.
—¿Bella fue la primera que te encontró?
John hizo un inequívoco movimiento con la mano y señaló hacia otra casita en el camino. Comenzó a hablar por signos y luego paró, su frustración a causa de la barrera de comunicación era evidente.
—Alguien en esa casa… ¿los conociste y ellos te pusieron en contacto con Bella?
Él asintió mientras metía la mano en su chaqueta y sacaba lo que parecía ser un brazalete hecho a mano. Cogiéndolo, ella vio que había símbolos en el Antiguo Idioma tallados en el cuero.
—Tehrror. —Cuando él se tocó su propio pecho, ella dijo—. ¿Tu nombre? ¿Pero cómo lo supiste?
Él se tocó la cabeza, luego se encogió de hombros.
—Vino a ti. —Xhex se concentró en la casita. Había una piscina en la parte de atrás y sintió que los recuerdos eran más agudos allí, porque cada vez que sus ojos pasaban por esa terraza, su rejilla emocional se encendía, un cuadro de distribución con un montón de circuitos estallando. Había venido aquí en un principio para proteger a alguien. Bella no había sido la razón.
Mary, pensó. La shellan de Rhage. Mary. ¿Pero cómo se habían conocido?
Extraño… eso era una pared en blanco. Él la aislaba de esa parte.
—Bella se puso en contacto con la Hermandad y Tohrment vino a por ti.
Cuando él asintió de nuevo, le devolvió el brazalete y mientras él toqueteaba los símbolos, Xhex se maravilló por la relatividad del tiempo. Desde que habían dejado la mansión, sólo había pasado una hora, pero sentía como si hubiesen pasado un año juntos.
Dios, él le había dado más de lo que había esperado… y ahora sabía exactamente por qué se había mostrado tan servicial cuando ella había enloquecido en la SR.
Había soportado un infierno, no tanto por haber vivido su juventud como por haber sido arrastrado a través de ella.
La pregunta era, ¿cómo se había perdido en el mundo humano en primer lugar? ¿Dónde estaban sus padres? El Rey había sido su whard cuando era un pretrans… eso era lo que ponía en sus papeles cuando lo había visto por primera vez en el ZeroSum. Ella había asumido que su madre estaba muerta y la visita a la estación de autobuses no había desmentido eso… pero había huecos en la historia. Algunos de los cuales tenía la impresión de que eran deliberados y otros parecía que él no pudiera llenarlos.
Con el ceño, tuvo la sensación de que su padre todavía estaba con él y sin embargo no parecía haber conocido nunca al tipo.
—¿Me vas a llevar al último lugar? —murmuró ella.
Pareció que echaba un último vistazo y luego se desmaterializó y ella le siguió gracias a toda la sangre de él que llevaba en sus venas.
Cuando tomaron forma estaban delante de una casa moderna despampanante, la tristeza le abrumó hasta tal punto que su superestructura emocional realmente comenzó a derrumbarse sobre sí misma. Sin embargo, a base de fuerza de voluntad, se las arregló para detener la desintegración a tiempo, antes de que no pudiera ser reparada.
Una vez tu rejilla se venía abajo, estabas jodido. Perdido con tus demonios interiores.
Lo qué la hizo pensar en Murhder. Podía recordar exactamente el aspecto de su construcción emocional el día que averiguó su verdad: De las vigas de acero que eran la base de su salud mental, no había quedado más que un caos desmoronado.
Ella había sido la única que no se había sorprendido cuando se volvió loco y se largó.
Haciéndole un gesto con la cabeza, John se acercó a la solemne puerta principal, introdujo la llave y abrió camino. Una corriente de aire llegó hasta ellos y pudo oler el polvo y la humedad que indicaban que ésta era otra construcción vacía. Pero a diferencia del antiguo edificio de apartamentos de John, dentro no había nada decrépito.
Cuando John encendió la luz del vestíbulo, ella casi jadeó. En la pared, a la izquierda de la puerta, había un rótulo en el Antiguo Idioma que proclamaba que aquella era la casa del Hermano Tohrment y su shellan emparejada, Wellesandra.
Lo cual explicaba por qué a John le dolía tanto estar aquí. El hellren de Wellesandra no era el único que había salvado al pretrans de las viviendas de protección.
La hembra había sido importante para John. Muchísimo.
John caminó por el vestíbulo y encendió más luces a su paso, sus emociones eran una combinación de cariño agridulce y rugiente dolor. Cuando llegaron a una cocina espectacular, Xhex fue hacia la mesa de la habitación.
Él estuvo sentado aquí, pensó, poniendo sus manos en el respaldo de una de las sillas… en su primera noche en esta casa, había estado sentado aquí.
—Comida mexicana —murmuró ella—. Tenías mucho miedo de ofenderles. Pero entonces… Wellesandra…
Al igual que un sabueso siguiendo un rastro fresco, Xhex persiguió lo que sentía de sus recuerdos.
—Wellesandra te sirvió arroz con jengibre. Y… pudín. Te sentiste lleno por primera vez y el estómago no te dolía y tú… estabas tan agradecido que no sabías como manejarlo.
Cuando miró en dirección a John, vio que su cara estaba pálida y sus ojos un poco demasiado brillantes y supo que estaba de vuelta en su pequeño cuerpo, sentado a la mesa, completamente encogido dentro de sí mismo… abrumado por la primera amabilidad que alguien le había mostrado en mucho tiempo.
Unos pasos en el vestíbulo hizo que Xhex levantase la cabeza y se dio cuenta de que Qhuinn aún estaba con ellos, el tipo merodeaba, su mal humor era una sombra tangible a su alrededor. Bueno, no tendría que seguir pisándole los talones mucho más tiempo. Este era el final del camino, el último capítulo en la historia de John, de lo cual prácticamente se había puesto al corriente. Y desafortunadamente, significaba que debían volver a la mansión porque era lo correcto y apropiado… donde sin duda John haría que comiese un poco más e intentaría hacer que se alimentase otra vez.
No quería volver allí, pensó, no todavía. En su mente, había decidido tomarse una noche libre, por lo tanto estas eran sus últimas pocas horas antes de seguir el camino de la venganza… y de perder esta suave conexión entre ella y John, este profundo entendimiento que tenían ahora el uno con el otro.
Porque no iba a engañarse a sí misma: la triste realidad era que el poderoso lazo que los unía era, no obstante, tan frágil, que no dudaba de que se rompería una vez el presente volviese a enfocarse mejor que el pasado.
—Qhuinn, discúlpanos, por favor.
Los ojos disparejos del tipo se dispararon hacia John e intercambiaron entre ellos una serie de movimientos con la mano.
—Que te jodan —escupió Qhuinn antes de girarse sobre sus talones y salir airado por la puerta principal.
Después de que el portazo dejase de resonar a través de la casa, ella miró fijamente a John.
—¿Dónde dormías?
Cuando barrió con la mano hacia el pasillo, fue con él pasando muchas habitaciones que tenían mobiliario moderno y arte antiguo. La combinación hacía que el lugar pareciese un museo de arte en el que podrías vivir y exploró un poco, asomando la cabeza por las puertas abiertas de salas y dormitorios.
La habitación de John estaba en el otro extremo de la casa y cuando entró allí, sólo pudo imaginar el choque cultural. De la miseria al esplendor, todo en el cambio de código postal: a diferencia del apartamento cutre, este era un refugio azul marino con un lustroso mobiliario, un baño de mármol y una alfombra que era tan densa y gruesa como el corte a cepillo de un marine.
Además tenía una puerta corrediza de cristal que conducía a una terraza privada.
John fue al otro lado y abrió el armario y ella miró por encima de su fuerte y pesado brazo hacia las pequeñas ropas que colgaban en perchas de madera.
Cuando él clavó la mirada en las camisetas y los jerséis y los pantalones, tensó los hombros y una de sus manos se cerró en un puño. Estaba arrepentido de algo que había hecho o de la manera en que había actuado y no tenía nada que ver con ella…
Tohr. Esto era por Tohr.
Lamentaba como habían sido las cosas entre ellos últimamente.
—Habla con él —dijo ella suavemente—. Dile lo que está pasando. Ambos os sentiréis mejor.
John asintió y ella pudo sentir su determinación afilándose.
Dios, no estaba del todo segura de como sucedió… bueno, la mecánica era condenadamente simple, pero lo que fue sorprendente era el hecho de que lo estaba haciendo de nuevo, se encontró a sí misma yendo hacia él y abrazándole, envolviendo los brazos alrededor de su cintura desde atrás. Colocando la mejilla entre sus omoplatos y se alegró cuando sintió las manos de él cubriendo las suyas.
John se comunicaba de muchas formas diferentes, ¿no? Y a veces, para decir lo que querías, el contacto era mejor que las palabras.
Mientras le miraba, él vocalizó, ¿Qué?
—¿Seguro que quieres que siga por allí? —Cuando asintió, ella le miró directamente a los ojos—. Sé que has omitido algo. Puedo sentirlo. Hay un vacío entre el orfanato y el edificio de apartamentos.
John no movió ni contrajo ningún músculo de la cara y tampoco parpadeó. Pero la fachada de un macho hábil para cubrir sus reacciones era irrelevante. Ella sabía lo que sabía de él.
—Está bien, no voy a preguntar. Y no voy a presionar.
Su leve sonrojo fue algo que recordaría mucho después de que hubiera pasado… y la idea de dejarle fue lo que llevó la punta de sus dedos a los labios de él. Cuando se apartó bruscamente por la sorpresa, ella se centró en su boca.
—Quiero darte algo de mí —dijo en voz baja y profunda—. Sin embargo no es por igualar la puntuación. Es simplemente porque quiero.
Después de todo, hubiese sido genial poder llevarle a los lugares importantes de su vida y guiarle a través de la misma, pero que supiera más sobre su pasado sólo haría su misión suicida más dura para él: no importaba lo que sintiese por John, ella iría tras su captor y no iba a engañarse en cuanto a las probabilidades de sobrevivir a ese enfrentamiento.
Lash tenía trucos.
Malos trucos con los que hacía cosas malas.
Los recuerdos del hijo de puta volvieron a ella, los recuerdos horribles que hacían que le temblaran los muslos, los desagradables que a pesar de todo servían para empujarla a algo para lo que podía no estar preparada en realidad. Pero no podía irse a la tumba habiendo sido Lash el último.
No cuando tenía delante al único macho al que alguna vez hubiera amado.
—Quiero estar contigo —dijo con voz ronca.
Los sorprendidos ojos azules de John le recorrieron la cara como si estuviera buscando señales de haber entendido mal. Y entonces una lujuria caliente y fuerte se abrió paso a través de todas sus emociones, destrozándolas sin dejar nada atrás excepto el deseo de un macho de pura raza por emparejarse.
Había que decir en su favor, que hizo todo lo posible por contener el instinto y aferrarse a algo parecido a la racionalidad. Pero todo eso significó que fue ella la que terminó la batalla entre el sentido y la sensibilidad… poniendo su boca contra la de él.
Oh… Dios, sus labios eran suaves.
A pesar del estruendo que sentía en la sangre de John, él se mantuvo a raya. Incluso cuando deslizó su lengua dentro de él. Y esa contención le hizo las cosas más fáciles cuando su mente fluctuó de un lado a otro entre lo que estaba haciendo ahora…
Y lo que habían hecho con ella pocos días atrás.
Para ayudarse a concentrarse, buscó su pecho y pasó las palmas de las manos por sus pectorales. Empujándole de espaldas sobre el colchón, inspiró su esencia y olió la vinculación que sentía por ella. La oscura especia era única de él y lo más opuesto que podrías encontrar del nauseabundo olor de un lesser.
Lo que la ayudaba a separar esta experiencia de otras más recientes.
El beso comenzó como una exploración, pero no continuó de esa manera. John se acercó más, balanceando su enorme cuerpo contra el suyo, subiendo su fuerte pierna hasta que su peso la empujó hacia abajo. Al mismo tiempo, sus brazos se envolvieron alrededor de ella, atrayéndola firmemente.
Se estaba moviendo lentamente, al igual que ella.
Y Xhex estuvo bien hasta que él deslizó la mano sobre su pecho.
El contacto la trastornó, arrancándola de esa habitación y esa cama, llevándola lejos de John y del momento con él y dejándola de vuelta en el infierno.
Luchando contra la deserción de su mente, intentó permanecer conectada al presente, a John. Pero cuando un pulgar le rozó el pezón, tuvo que obligar a su cuerpo a permanecer quieto.
A Lash le había gustado dominarla y prolongar lo inevitable marcándola y pateándola, porque por mucho que disfrutara de los orgasmos, disfrutaba aún más del juego previo de joder su cabeza.
Un rasgo psicótico por su parte. Ella infinitamente habría preferido sacárselo de encima…
John empujó la erección contra su cadera.
Crac.
Su auto-control no dio más de sí, alcanzó a su límite y se rompió por la mitad: Con un arranque, su cuerpo escapó por propia voluntad, rompiendo la comunión con él, reventando el momento.
Cuando Xhex saltó de la cama, pudo sentir el horror de John, pero estaba demasiado ocupada recuperándose de su propio miedo para ser capaz de explicarse. Paseando alrededor, intentando desesperadamente aferrarse a la realidad, inspiró profundamente, no por la pasión sino por el pánico derivado.
Bueno, ¿no era esto una putada?
Jodido Lash… iba a matarle por esto. No por lo que estaba pasando ella, sino por la situación en la que ella misma había puesto a John.
—Lo siento —gruñó—. No debería haber empezado. Lo siento mucho.
Cuando fue capaz, se detuvo delante de la cómoda y miró en el espejo que colgaba en la pared. John se había levantado mientras ella daba vueltas y se había parado ante la puerta corrediza de cristal, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada con fuerza mientras miraba la noche.
—John… no eres tú. Te lo juro.
No la miró cuando sacudió la cabeza.
Mientras se frotaba la cara, el silencio y la tensión entre ellos se amplificó tanto que la impulsó a correr. Simplemente no podía tratar con nada de esto, con lo que estaba sintiendo y con lo que le había hecho a John y toda esa mierda con Lash.
Sus ojos fueron hacia la puerta y sus músculos se tensaron buscando la salida. Lo cual estaba sacado directamente en su libro de jugadas. Durante toda su vida, siempre había contado con su habilidad para escurrir el bulto, salir sin dar explicaciones, si rastros, nada más que aire diluido.
Lo que le había venido bien como asesina.
—John…
Él giró la cabeza y cuando se encontró con su mirada en el vidrio emplomado, ésta ardía.
Mientras él esperaba a que hablara, Xhex supuso que contárselo era mejor que irse. Se suponía que tenía que lanzar otra disculpa de mierda y luego desmaterializarse fuera de la habitación… fuera de su vida.
Pero todo lo que pudo pronunciar fue su nombre.
Él giró la cabeza hacia ella y vocalizó, Lo siento. Vete. Está bien. Vete.
Sin embargo, no pudo moverse. Y entonces su boca se abrió. Cuando se dio cuenta de lo que había en la parte posterior de su garganta, no pudo creer que fuera a ponerlo en palabras. La revelación iba en contra de todo lo que sabía de sí misma.
Por amor de Dios, ¿realmente iba a hacer esto?
—John… Yo… Yo fui…
Cambiando el enfoque de sus ojos, evaluó su propio reflejo. Sus pómulos hundidos y la extrema palidez eran el resultado de mucho más que la falta de sueño y alimentación.
Con un súbito destello de ira, soltó:
—Lash no era impotente, ¿vale? No era… impotente…
La temperatura de la habitación cayó en picado tan rápido y tan lejos, que su respiración provocó nubes de vapor.
Y lo que vio en el espejo la hizo girarse y dar un paso hacia John: Sus ojos azules brillaban con una luz demoníaca y su labio superior se había curvado hacia arriba para revelar unos colmillos tan afilados y largos que parecían dagas.
Todos los objetos alrededor de la habitación comenzaron a vibrar: las lámparas en las mesillas de noche, las ropas en las perchas, el espejo en la pared. La vibración colectiva en crescendo producía un rugido apagado y tuvo que agarrarse a la cómoda o correr el riesgo de golpearse el trasero.
El aire estaba vivo. Sobrecargado. Electrizante.
Peligroso.
Y John era el centro de esta energía arrasadora, sus manos se cerraban en puños con tanta fuerza que le temblaban los antebrazos, sus muslos se tensaban sobre los huesos mientras él se ponía en posición de lucha.
La boca de John se estiró ampliamente mientras su cabeza salía disparada hacia delante… y dejaba escapar un grito de guerra…
El sonido explotó alrededor de ella, tan fuerte que tuvo que taparse los oídos, tan poderoso que sintió la explosión contra su cara.
Por un momento, pensó que él había encontrado su voz… solo que no eran cuerdas vocales lo que producía ese grito afilado.
El cristal de las puertas corredizas estalló detrás de él, las hojas se rompieron en miles de pedazos que volaron libremente por la casa, los fragmentos se deslizaron sobre la pizarra y reflejaron la luz como gotas de agua…
O como lágrimas.

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