sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 43 44 45

Capítulo 43

La infiltración en la mansión de al lado no planteó ningún problema en absoluto. Después de hacer una estimación de la actividad de la mansión y no encontrar nada que sugiriera movimiento tras sus muros, Darius declaró que Tohrment y él entrarían... y entraron. Desmaterializándose desde el anillo de árboles que separaba las dos fincas, volvieron a tomar forma junto al ala de la cocina, tras lo cual simplemente entraron directos a través del robusto marco de madera de la puerta.
Desde luego el mayor obstáculo para traspasar el exterior era superar la aplastante sensación de temor.
Con cada paso y cada aliento, Darius tenía que obligarse a seguir adelante, sus instintos le gritaban que estaba en el lugar equivocado. Y aún así se negaba a dar media vuelta. Se había quedado sin otras vías factibles que recorrer y aunque la hija de Sampsone bien pudiera no estar aquí, sin otra pista, tenía que hacer algo o se volvería loco.
—Esta casa da la sensación de estar hechizada —murmuró Tohrment mientras ambos miraban en torno a la sala común de los criados.
Darius asintió con la cabeza.
—Pero recuerda que cualquier fantasma descansa únicamente en tu mente y no está entre quien sea que habite bajo este techo. Ven, debemos localizar alguna dependencia subterránea. Si los humanos se la han llevado, tendrán que retenerla bajo tierra.
Cuando pasaron silenciosamente por delante del enorme hogar de la cocina y las carnes curadas colgadas de ganchos, quedó clarísimo que era una casa humana. Todo alrededor estaba en silencio; en contraste con una mansión de vampiro, donde este sería el momento de mayor actividad para la preparación para la Última Comida.
Desafortunadamente, el que aquella casa estuviera habitada por la otra raza no era una confirmación de que la hembra no estuviera retenida aquí dentro… y posiblemente podría sugerir esa conclusión. Aunque los vampiros sabían con certeza de la existencia del género humano, sólo había abundantes mitos de vampiros en la periferia cultural humana... porque así era como los de los colmillos sobrevivían con la mayor facilidad. De todos modos, de vez en cuando había contactos inevitables y de buena fe entre aquellos que elegían permanecer ocultos y los de ojos curiosos y estos roces infrecuentes de unos con otros explicaban las historias de miedo humanas y las historias fantásticas de cualquier tipo, desde «la banshee» hasta «las brujas», «los fantasmas» o «los chupasangre». En efecto, la mente humana parecía adolecer de una necesidad muy severa de inventar, en ausencia de pruebas concretas. Lo cual tenía sentido dada la apreciación autoreferencial de la raza respecto al mundo y su lugar en él: cualquier cosa que no encajara era metido a la fuerza en la superestructura, incluso si eso significaba crear elementos «paranormales»
Y qué hazaña sería para una casa adinerada capturar una evidencia física de tales efímeras supersticiones.
Especialmente una bella e indefensa evidencia.
No había rumores de que la casa hubiera estado vigilada. De que los vecinos hubieran sido testigos de singularidades. De que hubieran sido expuestas y advertidas de improviso diferencias raciales en virtud de que las dos fincas estuvieran hermanadas en el paisaje.
Darius juró por lo bajo y pensó que esta era la razón por la que los vampiros no deberían vivir tan cerca de humanos. La separación era lo mejor. Congregación y separación.
Tohrment y él cubrieron la primera planta de la mansión desmaterializándose de una habitación a otra, cambiando cuando lo hacían las sombras arrojadas por la luz de la luna, pasando entre el mobiliario labrado y los tapices sin sonido ni sustancia.
¿La mayor preocupación, la razón por la cual no cruzaban los suelos de piedra a pie? Perros durmiendo. Muchas mansiones los tenían como guardias y esa era una complicación sin la cual podían pasar perfectamente. Con un poco de suerte si hubiera alguno dentro de la casa, estaría acurrucado a los pies de la cama del amo.
Y lo mismo sería válido para cualquier guardia personal.
Sin embargo, tenían la fortuna de su lado. Ningún perro. Ningún guardia. Al menos, no los vieron, oyeron ni olieron… y fueron capaces de localizar el paso que conducía al subterráneo.
Ambos generaron velas y encendieron las mechas, las llamas vacilaban sobre los toscos escalones tallados de manera apresurada y descuidada y las paredes desiguales; todo lo cual parecía indicar que la familia nunca había morado abajo, sólo los criados.
Más confirmación de que esta no era una casa vampiro. En tales casas las estancias bajo tierra estaban entre lo más lujoso.
Abajo, en el nivel inferior, la piedra bajo sus pies cedió paso a la tierra prensada y el aire se volvió pesado por la fría humedad. Al avanzar más bajo la gran mansión, encontraron almacenes llenos de barriles de vino, aguamiel y arcones de carnes saladas y cestas de patatas y cebollas.
Allá al fondo, Darius esperaba encontrar un segundo grupo de escaleras que pudieran llevarlos de regreso de la tierra. En cambio, sólo llegaron al final del pasillo subterráneo. Ninguna puerta. Sólo una pared.
Miró alrededor para ver si había algún rastro sobre la tierra o grietas en las piedras que indicaran un panel o sección escondidos. No había ninguno.
A fin de estar seguros, Tohrment y él recorrieron con sus manos la superficie de la pared y el suelo.
—Había muchas ventanas en los pisos superiores —murmuró Tohrment—. Pero quizás si la tienen arriba, podrían haber echado las cortinas. O, ¿podría ser que tuvieran cuartos interiores?¿O los mayhap allí son cuartos interiores sin ventanas?"
Mientras la pareja se enfrentaba al callejón sin salida con el que habían topado, aquel sentimiento de temor, de estar en un lugar equivocado, aumentó en el pecho de Darius hasta que se le entrecortó el aliento y se le formó sudor bajo los brazos y éste descendió por su espina dorsal. Tuvo la sensación de que Tohrment estaba sufriendo un ataque similar de ansiosa inquietud, ya que el macho se movía alternando su peso de una pierna a otra, una y otra vez.
Darius sacudió la cabeza.
—Verdaderamente, al parecer ella está en otra parte…
—Muy cierto, vampiro.
Darius y Tohrment se giraron en redondo desenvainando sus dagas.
Al mirar lo que los había sorprendido, Darius pensó... Bien, esto explica el temor.
La figura vestida de blanco que bloqueaba la salida no era humana y no era vampiro.
Era un symphath.

Capítulo 44

Mientras Xhex esperaba fuera de la sala de pesas, consideraba sus emociones con desapasionado interés. Era, suponía, como observar el rostro de un extraño y tomar nota de sus imperfecciones, su colorido y sus facciones, solamente porque se lo hubieran puesto delante para ser observado.
Su deseo de venganza había sido eclipsado por una sincera preocupación por John. Sorpresa, sorpresa.
Por otro lado, nunca hubiera imaginado que llegaría a ver ese tipo de furia en persona y tan de cerca y menos en alguien como él. Era como si tuviera una bestia interior que se hubiera liberado de algún tipo de jaula interna rugiendo.
Tío, un macho vinculado no era algo a lo que quisieras joder. Y no se engañaba. Esa era la razón de que hubiera reaccionado como lo había hecho... y también la causa del aroma a especias oscuras que percibía cada vez que lo tenía alrededor desde que había salido del encierro impuesto por Lash: en algún momento, en el correr de las semanas que duraron sus brutales vacaciones, la atracción y respeto que sentía John por ella había cuajado, convirtiéndose en algo irrevocable.
Mierda. Menudo lío.
Cuando el sonido de la cinta de correr cesó abruptamente, estuvo dispuesta a apostar a que Blaylock había desconectado el cable de la pared y bien hecho si así había sido. Ella había intentado detener el intento de suicidio-por-Nike de John, pero cuando el razonamiento no la llevó a ninguna parte, adoptó la posición de centinela frente a la puerta.
No era capaz de observarlo mientras corría hasta caer al suelo rendido. Escucharlo castigarse ya era suficientemente malo.
Al otro lado del pasillo, la puerta de cristal de la oficina se abrió y por ella entró el Hermano Tohrment. A juzgar por el brillo que emanaba desde detrás de él, Lassiter también había acudido al centro de entrenamiento, pero el ángel caído permanecía rezagado.
—¿Cómo está John? —Cuando el Hermano se acercó, la preocupación estaba en su rostro serio, sus ojos cansados y también su rejilla emocional, que estaba encendida en las secciones del remordimiento.
Lo cual tenía mucho sentido a un montón de niveles.
Xhex miró hacia la puerta de la sala de pesas.
—Parece que está pensando en cambiar de oficio y convertirse en corredor de maratones. O eso o acaba de liquidar otra cinta de correr.
La altura superior de Tohr la obligó a levantar la cabeza y la sorprendió ver lo que había tras sus ojos azules. En su mirada había conocimiento, profundo conocimiento que provocó que en sus propios circuitos emocionales se encendiera la desconfianza. Por experiencia personal sabía que los extraños que te miraban de esa forma eran peligrosos.
—¿Cómo estás tú? —preguntó suavemente.
Era extraño; no había tenido mucho contacto con el Hermano, pero cada vez que sus caminos se habían cruzado, él siempre había sido especialmente... bueno, amable. Y ese era el motivo de que siempre lo evitara. Se relacionaba mucho mejor con la severidad que con la ternura.
Para ser franca la ponía nerviosa.
Cuando ella permaneció en silencio, el rostro de él se tensó, como si se sintiera desilusionado pero no la culpara por su deficiencia.
—Está bien —dijo él—. No me entrometeré.
Jesús, era una perra.
—No, no pasa nada. Es sólo que en realidad no quieres que te dé una respuesta a eso en este momento.
—Es razonable. —Al mirar la puerta del gimnasio, entrecerró los ojos y ella tuvo la clara impresión de que se sentía tan excluido de esto como ella misma, excluida por el macho que estaba sufriendo al otro lado—. Entonces, ¿llamaste a la cocina para comunicarte conmigo?
Ella sacó la llave que John había utilizado para entrar a la antigua casa del tipo.
—Sólo quería devolverte esto y decirte que hubo un problema.
La rejilla emocional del Hermano quedó negra y vacía, todo se oscureció.
—¿Qué clase de problema?
—Una de las puertas correderas de cristal está rota. Serán necesarias un par de planchas de contrachapado para taparla. Pudimos volver a activar la alarma de seguridad así que los detectores de movimiento internos están encendidos, pero entra una corriente tremenda. Me gustaría arreglarla hoy mismo.
Asumiendo que John liquidara el resto de las máquinas de ejercicios o se quedara sin zapatillas o cayera redondo al suelo.
—¿Cuál...? —Tohr se aclaró la garganta—. ¿Cuál de las puertas?
—La de la habitación de John Matthew.
El Hermano frunció el ceño.
—¿Estaba rota cuando llegasteis allí?
—No... estalló espontáneamente.
—El cristal no se comporta de esa forma sin una buena razón.
¿Y no le había dado ella una muy buena a John Matthew?
—Muy cierto.
Tohr la miró fijamente, ella le sostuvo la mirada y el silencio se volvió espeso como el lodo. No obstante, el asunto era que por muy agradable, buena persona y excelente soldado que fuera el Hermano, ella no tenía nada que contarle.
—¿Con quién tengo que hablar para que me consiga el contrachapado? —incitó.
—No te preocupes por eso. Y gracias por informármelo.
Cuando el Hermano se volvió y comenzó a caminar de regreso a su oficina, ella se sintió como el demonio... lo cual suponía era otro aspecto que la unía a John Matthew. Salvo que en vez de marcar un nuevo récord de velocidad en tierra para liberar la presión, ella simplemente deseaba sacar el cuchillo y cortarse la parte interna de los antebrazos.
Dios, a veces era una llorona emotiva, de verdad. Pero esos cilicios que llevaba no sólo mantenían a raya su lado symphath, también ayudaban a amortiguar emociones que no deseaba sentir.
Que eran ceeeeeeeeerca del noventa y nueve por ciento de las emociones, muchas gracias.
Diez minutos después, Blaylock asomó la cabeza por la puerta. Mantuvo los ojos fijos en el suelo y sus emociones eran un cataclismo, lo cual tenía mucho sentido. A nadie le gustaba presenciar la autodestrucción de un amigo y tener que conversar con la persona que había empujado al pobre bastardo a iniciar la caída libre no era exactamente una ocasión feliz.
—Escucha, John ha ido al vestuario a darse una ducha. Logré que abandonara los pasos de Perseguido, pero está... necesita un poco más de tiempo, creo.
—Está bien. Seguiré esperándolo aquí en el pasillo.
Blaylock asintió y luego se produjo un silencio incómodo.
—Ahora iré a entrenar un poco.
Después de que la puerta se cerrara, recogió su chaqueta y sus armas y caminó lentamente hacia el vestuario. La oficina estaba vacía, lo que significaba que Tohr debía haber seguido su alegre camino en busca de un doggen para organizar la Hora de la Herramienta de Un chapuzas en casa.
Y el silencio ensordecedor le indicaba que tampoco había nadie en ninguno de los salones de clase, ni en el gimnasio ni en la clínica.
Deslizándose contra la pared, dejó que su trasero golpeara en el suelo y dejó los brazos colgando libremente sobre las rodillas. Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Dios, estaba exhausta...
—¿John aún está allí dentro?
Xhex se despertó de repente, con el arma apuntada directamente al pecho de Blaylock. Cuando el tipo saltó hacia atrás, puso inmediatamente el seguro al arma y bajó el cañón.
—Lo siento, los viejos hábitos nunca mueren.
—Ah, sí. —El tipo señaló a la puerta del vestuario con su toalla blanca—. ¿John aún está allí dentro? Ya ha pasado más de una hora.
Ella giró la muñeca y miró el reloj del que se había apropiado.
—Cristo.
Xhex se puso de pie y abrió una rendija. El sonido de la ducha no resultaba muy alentador.
—¿Hay otra forma de salir?
—Sólo la que da a la sala de pesas... cuya otra puerta da a este mismo pasillo.
—Está bien, iré a hablar con él —dijo rezando por que fuera lo correcto.
—Bien. Yo terminaré de entrenar. Llámame si me necesitas.
Empujó la puerta para entrar y dentro el lugar resultó ser común y corriente, lleno de hileras de taquillas de metal color beige separadas por bancos de madera. Siguiendo el sonido del agua que caía se dirigió hacia la derecha y pasó frente a una bahía de mingitorios, compartimentos sanitarios y lavabos que parecían solitarios sin un conjunto de machos sudorosos y desnudos que les dieran uso y deambularan por allí dándose golpes con las toallas.
Encontró a John en un área abierta con docenas de rociadores y azulejos cubriendo cada centímetro cuadrado de suelos, paredes y techo. Aún llevaba puestos la camiseta y los pantaloncillos y estaba sentado contra la pared, con los codos apoyados sobre las rodillas, los brazos colgando y la cabeza baja, mientras el agua se precipitaba sobre sus enormes hombros y su torso.
Lo primero que pensó fue que afuera ella había estado sentada exactamente en la misma posición.
Su segundo pensamiento fue que la sorprendía que pudiera soportar la inmovilidad. Su rejilla emocional no era lo único encendido; esa sombra que había detrás estaba igualmente en llamas por la angustia. Era como si sus dos mitades estuvieran guardando una especie de luto debido, sin duda, a que ya había sufrido o presenciado demasiadas pérdidas crueles en esta vida... y quizás en la otra. Y la situación emocional en que lo dejaban todas esas pérdidas la aterraba. El vacío denso y negro originado en él era tan poderoso, que pervertía la superestructura de su psique... llevándole al mismo lugar en que ella se había encontrado cuando estaba en la puñetera SR.
Llevándolo al punto exacto de la locura.
Al pasar por encima del reborde embaldosado del suelo, se le puso la piel de gallina a causa del aire helado que emanaba de los sentimientos de John... y la realidad de que lo había vuelto a hacer. Esto era como lo de Muhrder, sólo que peor.
Jesús, cuando se trataba de machos de valía era como una jodida viuda negra.
—¿John?
Él no alzó la vista, aunque no estaba segura de que fuera consciente de que estaba delante de él. Había regresado al pasado, absorbido y retenido por la prensa de los recuerdos...
Frunciendo el ceño, se encontró siguiendo con la vista el rastro de agua que formaba un río al abrirse camino para salir de debajo de él y transitar la planicie embaldosada... hasta llegar al sumidero.
El sumidero.
Algo había ocurrido con ese sumidero. Algo que tenía que ver con... ¿Lash?
Al amparo del abrazo de la soledad y con el suave sonido del agua que caía como telón de fondo, liberó su lado malo para servir a un buen propósito: como un gran torrente, sus instintos symphath se zambulleron en John, penetrando a través de su territorio físico y hundiéndose profundamente en su mente y sus recuerdos.
Al mismo tiempo que él inclinaba la cabeza y la miraba sobresaltado, todo se volvió rojo y bidimensional, el azulejo se volvió de un color rosa subido, el cabello oscuro y empapado de John se volvió del color de la sangre y el agua centelleó como si fuera champagne rosado.
Las imágenes que obtuvo estaban delineadas por la pluma del terror y la vergüenza: una oscura escalera en un edificio de apartamentos no muy distinto a donde él la había llevado; él era un pequeño pretrans y estaba siendo forzado por un fétido macho humano...
Oh. Dios.
No.
A Xhex se le aflojaron las rodillas y se tambaleó... luego simplemente se dejó caer al suelo, aterrizando en el embaldosado resbaladizo con tanta fuerza que todos sus huesos repiquetearon y sus dientes castañetearon.
No... John no, pensó. No cuando estaba indefenso, era inocente y estaba tan pero tan solo. No cuando estaba perdido en el mundo humano, hurgando en la basura para sobrevivir.
A él no. No de esa forma.
Con su lado symphath al descubierto y sus ojos brillando indudablemente de un color rojo, se quedaron allí sentados mirándose uno al otro. Él sabía que le había explorado y odiaba que supiera lo que sabía, con tal furia que prudentemente se guardó todo su dolor y conmiseración para sí misma. Sin embargo, no parecía estar resentido por su invasión. Más bien se trataba de que deseaba fervientemente no haber tenido ese tipo de experiencia que compartir con nadie.
—¿Qué tiene que ver Lash con eso? —preguntó bruscamente—. Porque ocupa toda tu mente.
John dirigió los ojos hacia el sumidero que había en el centro y ella obtuvo la impresión de estar viendo un charco de sangre que se había formado alrededor de la chapa de acero inoxidable. La sangre de Lash.
Xhex entrecerró los ojos, el transfondo era bastante malditamente fácil de suponer; Lash había descubierto el secreto de John. De alguna forma. Y no necesitaba que su lado symphath le dijera lo que había hecho el cabrón con ese tipo de información.
Un locutor de béisbol no buscaría nada menos que una audiencia.
Cuando John volvió a mirarla, sintió una comunión inquebrantable con él. Sin barreras, sin preocupaciones acerca de ser vulnerable. A pesar de que ambos estaban completamente vestidos, cada uno estaba desnudo frente al otro.
 Sabía condenadamente bien que nunca iba a conseguir esto con ningún otro macho. O persona. Él sabía sin necesidad de palabras todo lo que ella había sufrido y todo lo que ese tipo de experiencias producía cuando eran desencadenadas. Y ella sabía lo mismo respecto a él.
Y tal vez esa sombra en su rejilla emocional era como una especie de bifurcación de su psique causada por el trauma que había sufrido. Quizás su mente y su alma se habían reunido y habían acordado erradicar el pasado y ponerlo en la parte posterior de su ático mental y emocional. Quizás ese fuera el motivo de que ambas facetas estuvieran tan intensamente vivas.
Tenía sentido. Como también la sed de venganza que estaba sintiendo. Después de todo, Lash había estado íntimamente involucrado en ambos males, el de él y el de ella.
¿El conocimiento de un caso como el de John en las manos equivocadas? Era casi tan malo como el horror en sí mismo porque volvías a revivir la misma mierda cada vez que alguien más se enteraba de la historia. Y era por eso que ella nunca hablaba de la época en la que había vivido en la colonia con su padre, o de la mierda vivida en la clínica médica humana... o... sí...
John levantó el dedo índice y se dio golpecitos cerca del ojo.
—¿Los míos están rojos? —murmuró ella. Cuando él asintió, se frotó el rostro—. Lo siento. Es probable que vaya a necesitar otro par de cilicios.
Mientras él cerraba el agua, ella dejó caer las manos.
—¿Quién más lo sabe? Lo que te ocurrió.
John frunció el ceño. Luego articuló: Blay, Qhuinn. Zsadist. Havers. Una terapeuta. Cuando sacudió la cabeza, lo tomó como que ese era el fin de la lista.
—No le diré nada a nadie.
Con sus ojos recorrió el enorme cuerpo desde los hombros, pasando por los poderosos bíceps hasta los tremendos muslos... y se descubrió deseando que hubiera tenido ese tamaño en la época de lo ocurrido en aquella escalera mugrienta. Al menos ya no lucía de la misma forma que cuando le habían hecho daño... aunque eso era cierto sólo respecto al exterior. Internamente, tenía todas las edades que había atravesado alguna vez, era el bebé que había sido abandonado, el niño no deseado, el pretrans que se había encontrado solo en el mundo... y ahora el macho adulto.
Que era un pateaculos en el campo de batalla, un amigo leal y, a juzgar por lo que le había hecho al lesser en la casa de piedra arenisca y lo que indudablemente quería hacerle a Lash, un enemigo muy peligroso.
Y eso no hacía más que incrementar el problema: en lo que a ella concernía, el hijo del Omega moriría a sus manos.
Aunque no era necesario que aclararan ese punto ahora.
Cuando sintió que la humedad del embaldosado se colaba en los fondillos de sus pantalones y John comenzó a gotear agua sobre ella, se sintió sorprendida por lo que deseaba hacer.
En muchos aspectos, no tenía sentido alguno y ciertamente no era una buena idea. Pero en este momento que compartían, la lógica no era el actor principal.
Xhex se movió hacia delante y puso las palmas de sus manos sobre el suelo resbaladizo de la ducha. Avanzando lentamente, mano, rodilla, mano, rodilla, se acercó a él.
Se dio cuenta del momento en que él captó su aroma.
Porque debajo de los empapados pantalones de deporte su pene se crispó y endureció. Cuando estuvieron cara-a-cara, fijó los ojos en su boca.
—Nuestras mentes ya están unidas. Deseo que nuestra carne las siga.
Con esto, se acercó y ladeó la cabeza. Justo antes de besarlo se detuvo, pero no porque le preocupara que fuera a apartar la cara... sabía por el aroma vinculante a especias oscuras que estaba emanando, que John no estaba interesado en apartarse.
—No, John, lo entendiste mal. —Leyendo sus emociones, sacudió la cabeza—. No eres la mitad del hombre que podrías ser a causa de lo que te hicieron. Eres el doble de lo que sería cualquier otro, porque sobreviviste.
* * *
Sabes, la vida te colocaba en lugares que nunca hubieras imaginado.
Bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en las peores pesadillas que su subconsciente pudiera haber vomitado, a John se le hubiera ocurrido pensar que sería capaz de soportar que Xhex se enterara de cómo le habían hecho daño cuando era joven.
El asunto era que sin importar cuán grande o fuerte se hubiera vuelto su cuerpo nunca llegaría a suprimir la realidad de lo débil que había sido una vez. Y el peligro de que aquellos a quienes respetaba pudieran enterarse, hacía que esa debilidad resurgiera, no sólo una vez sino que perpetuamente.
Sin embargo aquí estaba, no sólo con su esqueleto fuera del armario, sino envuelto en luces estroboscópicas.  
¿Y en cuánto a su ducha de dos horas? Aún se estaba muriendo por dentro porque ella hubiera sido lastimada de esa forma... era demasiado doloroso para pensar en ello, demasiado horrible como para no afligirse. Luego había que añadir su necesidad como macho emparejado ¿protegerla y mantenerla a salvo? ¿Y el hecho de que sabía exactamente cuán espantoso era ser atormentado de esa forma?
Si sólo la hubiera encontrado antes... si se hubiera esforzado más...
Sí, pero ella se había liberado a sí misma. ¿No es cierto? No había sido él el que la liberara... coño, había estado en la mismísima jodida habitación en la que había sido violada, con ella al lado y ni siquiera se había enterado que estaba allí.
Era casi demasiado para vivir con ello, todos los estratos y las encrucijadas hacían que le zumbara la cabeza al punto de que sentía como si su cerebro se hubiera convertido en un helicóptero que estuviera a punto de elevarse más y más, alejándose para no regresar jamás.
Lo único que lo mantenía enfocado era la perspectiva de matar a Lash.
Mientras supiera que el cabrón seguía respirando y andando por el mundo, John tenía un foco que mantenía en su sitio el techo de su casa.
Matar a Lash era su enlace con la cordura y la determinación, el galvanizado de su acero.
Sin embargo también era otra debilidad intrínseca, en el sentido de que si no vengaba a su hembra para él sería el fin-del-juego.
—John —dijo ella, haciendo un esfuerzo evidente por apartarlo de su depresión.
Concentrándose en ella, miró fijamente a esos ojos rojos y brillantes que le recordaron que era una symphath. Lo que significaba que podía buscar dentro de él y disparar sus trampillas interiores, haciendo salir sus demonios sólo para verlos danzar. Salvo que no lo había hecho, ¿verdad?... había entrado en su interior, sí, pero sólo para entender qué le ocurría. Y después de observar sus lugares sombríos, no estaba riéndose ni apuntándole con un dedo, ni retrocediendo asqueada.
En vez de eso, se le había acercado andando a cuatro patas como una gata, con aspecto de querer besarlo.
Bajó la vista hasta sus labios.
Y quién lo hubiera creído, sí podría enfrentarse a ese tipo de conexión. Las palabras no eran suficientes para mitigar el odio que sentía hacia sí mismo, pero las manos de ella sobre su piel, su boca sobre la de él, su cuerpo contra el propio... eso, no hablar, era lo que necesitaba.
—Es cierto —dijo ella, con ojos ardientes y no sólo por el lado symphath que había en ella—. Tú y yo necesitamos esto.
John levantó los brazos y le puso las manos frías y húmedas sobre el rostro. Luego miró a su alrededor. Este podía ser el momento, pero definitivamente no era el lugar.
No iba a hacerle el amor sobre el azulejo duro.
Ven conmigo, vocalizó, poniéndose de pie y tirando de ella hasta que la tuvo a su lado.
Cuando abandonaron el vestuario, su erección abultaba la parte delantera de los pantalones, el impulso de aparearse rugía en su sangre, no obstante lo mantenía a raya por la necesidad de hacer las cosas bien en deferencia a ella, brindándole un trato gentil en lugar de la violencia que había sufrido.
 En vez de avanzar por el túnel en dirección a la casa principal, avanzó hacia la derecha. De ninguna forma subiría a su habitación con ella del brazo y luciendo una erección del tamaño de una viga. Además, estaba empapado.
Demasiado que explicar para la audiencia permanente que prometía la mansión. 
Junto al vestuario, pero sin estar conectada a él, había una instalación deportiva para estiramiento con camillas de masaje y una bañera de hidromasaje en una esquina. El lugar también tenía gran cantidad de colchonetas azules que no se usaban desde que las habían tendido allí... los Hermanos apenas si tenían tiempo de entrenar, mucho menos de jugar a las bailarinas con sus tendones y glúteos.
John apuntaló la puerta cerrada con una silla de plástico y se giró para enfrentar a Xhex. Ella estaba paseando por el lugar y en su opinión, ese cuerpo elástico y esos suaves pasos largos eran mejores que cualquier espectáculo completo de strip-tease.
Estirando la mano hacia un lado, apagó las luces.
El letrero de Salida de color rojo y blanco que había sobre la puerta creaba un charco de luz tenue que su cuerpo partía a la mitad y su sombra alta y oscura dividía ese haz todo el camino a lo largo del suelo azul hasta llegar a los pies de Xhex.
—Dios, te deseo —dijo ella.
No iba a tener que decirlo dos veces. Se sacó los Nikes de una patada, se quitó la camiseta pasándosela por encima de la cabeza y dejó que flotara hasta caer sobre las colchonetas. Luego enlazó la cinturilla de sus pantalones cortos con los pulgares y los bajó por sus muslos, dejando que su pene se liberara, quedando erguido y apuntando directamente hacia fuera. El hecho de que la señalara a ella como un cetro de adivino no le sorprendía en lo absoluto... todo desde su mente hasta su sangre, incluyendo a su corazón palpitante, estaba concentrado en la hembra que permanecía a no más de tres metros de distancia.
Pero no iba a saltar sobre ella y comenzar a machacar. No. Ni aunque se le pusieran las pelotas del color de un pitufo...
Sus pensamientos dejaron de ser coherentes en cuanto ella se llevó las manos al borde de la sudadera y con un elegante tirón, se la subió por el torso hasta hacerla pasar por encima de la cabeza. Debajo, no llevaba nada salvo su hermosa y suave piel y sus pechos tensos y erguidos.
 Su aroma lo llamó desde el otro lado de la habitación y él comenzó a jadear, mientras tanto los ágiles dedos de ella fueron hacia el nudo de los pantalones de médico que llevaba puestos, lo deshizo y la delgada tela de algodón verde cayó precipitadamente hasta sus tobillos.
   Oh... Dios querido, estaba gloriosamente desnuda ante él y las impresionantes líneas de su cuerpo eran deslumbrantes; a pesar de que ya habían mantenido relaciones sexuales dos veces, ambas habían sido apresuradas y ardientes, así que nunca había tenido oportunidad de mirarla convenientemente...
John parpadeó con fuerza.
Por un momento lo único que pudo ver fueron todas esas magulladuras que tenía cuando la encontró, especialmente las que estaban en la parte interna de los muslos. Ahora que sabía que no las había obtenido solamente por haber estado luchando mano a mano...
—No vayas por ahí, John —dijo ella con voz ronca—. Yo no lo hago y tú no deberías. Simplemente... no pienses en ello. Él ya nos ha quitado demasiado a ambos.
La garganta se le tensó alrededor de un rugido de venganza, el cual se las arregló para sofocar sólo debido a que sabía que ella tenía razón. A base de pura fuerza de voluntad, decidió que esa puerta que había detrás de él, la que había cerrado y obstruido con una silla, iba a mantener fuera no sólo a los transeúntes de la variedad viviente, sino también a los fantasmas de las maldades que les habían hecho.
Ya habría tiempo cuando estuviera al otro lado de esta grupo privado, de igualar el marcador.
Eres tan hermosa, vocalizó.
Pero por supuesto que ella no podía verle los labios,
Supuso que iba a tener que demostrárselo.
John avanzó un paso y otro y otro. Y no era solo él el que avanzaba hacia ella. Ella lo encontró a la mitad, a medio camino entre el punto A que la representaba a ella y el punto B que lo representaba a él, la silueta de ella estaba contenida en la sombra que arrojaba su propio cuerpo y sin embargo era lo único que él veía.
Cuando se encontraron, su pecho estaba bombeando al igual que su corazón. Te amo, vocalizó en la oscura franja que recortaba en la luz.
Ambos tendieron la mano hacia el otro en el mismo momento: él hacia el rostro de ella. Ella colocó las suyas en las costillas de él. Sus bocas pusieron fin al viaje en un ambiente estático y electrizante, sus labios se conectaron, suavidad sobre suavidad, calidez sobre calidez. Atrayéndola hacia su pecho desnudo, John, le rodeó los hombros con sus gruesos brazos sosteniéndola firmemente mientras profundizaba el beso... y ella estaba perfectamente sintonizada con él, pasándole las palmas de las manos por los flancos para luego deslizarlas hacia abajo hasta la parte baja de la espalda.
Su pene se desplazó hacia arriba quedando entre ambos cuerpos y la fricción de su estómago y el de ella enviaba lanzas de calor que le lamían la columna vertebral de arriba abajo. Pero John no tenía prisa. Movía las caderas hacia delante y hacia atrás con movimientos lentos, rozando su erección contra ella mientras desplazaba las manos por los brazos y luego por la cintura.
Hundiendo profundamente la lengua en su boca, deslizó lentamente una de las manos hacia su cabello corto, hasta la base de su cuello y dejó que la otra se dirigiera hacia la parte trasera de su muslo. Ante el suave tirón, ella levantó la pierna, el elegante músculo se flexionó...
 Con una ágil ondulación, Xhex precipitó los acontecimientos, saltando sobre él, envolviéndole las caderas con la pierna que hasta ese momento había estado sosteniendo su peso. Cuando el pene se encontró con algo caliente y húmedo, él gimió y descendió con ella hasta el suelo, sosteniéndola contra sí mientras bajaba hacia las colchonetas y la tendía debajo de él.
John interrumpió el beso y se apartó lo suficiente como para poder recorrerle el costado de la garganta con la lengua. Afirmándose sobre su cuello, succionó sus tendones y siguió en un recorrido descendente hasta que sus colmillos, que latían llevando el mismo ritmo de su erección, recorrieron la extensión de su clavícula. Mientras él iba en dirección sur, ella le hundió profundamente los dedos en el cabello, manteniéndolo pegado a su piel, induciéndolo a ir hacia sus senos.
  Apartándose, se elevó sobre ella y con sus ojos recorrió la forma que delineaba su cuerpo bajo el resplandor de la luz del letrero de Salida. Sus pezones estaban tensos, sus costillas estaban moviéndose con fuerza y sus marcados abdominales se flexionaban mientras hacía rotar las caderas. Entre los muslos, el suave sexo lo hizo abrir la boca para emitir un silencioso siseo...
Sin advertencia previa, ella extendió la mano y la colocó sobre su pene.
El contacto lo hizo retroceder de tal manera que tuvo que extender los brazos y apoyarse sobre las palmas de las manos.
—Maldita sea, eres hermoso —dijo ella con un gruñido.
Su voz lo impulsó a entrar en acción moviéndose hacia delante, liberando el pene de su mano y posicionándose de forma que pudiera arrodillarse entre sus muslos. Dejando caer la cabeza, cubrió uno de los pezones con la boca y lo estimuló con la lengua.
El gemido que se alzó de ella casi logró que se corriera sobre su sexo y tuvo que inmovilizar el cuerpo para recobrar el control. Cuando la vibrante marea retrocedió lo suficiente, volvió a succionarla... y dejó que sus palmas vagaran lentamente por sus costillas, su cintura y sus caderas.
Con una reacción típica, fue ella la que le colocó sobre su sexo.
 Xhex cubrió una de sus manos con la propia y lo llevó hasta el lugar donde ambos querían que estuviera.
Ardiente. Sedoso. Resbaladizo.
El orgasmo que tenía en la punta de la erección se liberó en el mismo instante en que sus dedos se deslizaron dentro de ella y se derramó contra la entrada que se moría por penetrar: no hubo manera de contener la liberación y ella rió guturalmente mientras él la marcaba lanzándole chorros sobre las piernas.
—Te gusta la forma en que me siento —murmuró.
Él la miró a los ojos y en vez de asentir, levantó la mano de donde ella la había situado antes y se la llevó a la boca. Mientras extendía la lengua y deslizaba la parte que estaba cubierta de su esencia entre sus labios, le tocó el turno a ella de echarse a temblar, su cuerpo se estremeció sobre las colchonetas, sus pechos se irguieron, sus muslos se abrieron aún más ampliamente.
Desde debajo de los párpados entornados, John mantuvo la mirada fija en la de ella mientras plantaba las palmas de las manos a ambos lados de sus caderas y se inclinaba sobre su sexo. Podría haberlo hecho más suavemente para darle esa mierda de besos-de-mariposa. Podría haber mostrado más sutileza, incitándola con la lengua y la punta de los dedos.
A la mierda con eso.
Con una necesidad cruda y apremiante aferró su centro con la boca, succionándola, tomándola profundamente, tragándosela. Su orgasmo había dejado algo de sí mismo sobre ella y lo degustó junto con su miel... y el macho vinculado que había en él se deleitó con la combinación.
Se sentía afortunado. Para cuando terminara con la sesión, su aroma a especias oscuras iba a estar en todo el cuerpo de ella, por dentro y por fuera.
 Mientras lamía, revoloteaba y penetraba, apenas percibió que una de las piernas de ella se le encaramaba sobre el hombro y que luego comenzaba a frotarse contra su barbilla, contra sus labios y boca, aumentando la magia, llevándolo a que la empujara con más fuerza. Cuando llegó al orgasmo, ella pronunció su nombre. Dos veces.
Y a él realmente le alegró el hecho de que a pesar de no tener voz, sí tenía oídos que funcionaban muy bien.

Capítulo 45

 Jesús bendito, John sabía lo que estaba haciendo.
Ese fue el único pensamiento que cruzó disparado por la mente de Xhex tras descender de las alturas de la inmensa libración que él le había proporcionado con la boca. Y luego se vio rápidamente arrollada otra vez. El aroma a vinculación de él era un rugido en su nariz, los labios de él ardorosamente deliciosos sobre su centro y la ardiente longitud de la erección le producía cosquilleos entre las piernas…
Cuando extendió la lengua y la hundió profundamente, la hizo volar de nuevo en pedazos. El húmedo calor que le produjo, la forma cambiante de sus caricias que eran suaves cuando la tocaba con los labios y ásperas cuando lo hacía con la barbilla, los círculos que trazaba con la nariz contra la parte superior de su sexo, todo ello unido hizo que su cerebro estallara… una pérdida que estaba muy dispuesta a disfrutar.
En medio de la pasión, no existía otra cosa aparte de John… ni pasado, ni futuro, nada salvo sus cuerpos. El tiempo no tenía significado, el lugar no tenía importancia y las demás personas no revestían ningún interés.
Deseaba que pudieran seguir así para siempre.
—Entra en mí —gruñó ella, mientras tiraba de sus hombros.
John levantó la cabeza y subió por su cuerpo, su erección fue abriéndose paso por la parte interna de sus muslos, acercándose.
Ella lo besó con fuerza, oprimiendo su boca contra la de él mientras metía la mano entre ellos y le guiaba hacia donde lo necesitaba…
Su enorme cuerpo se retorció ante el contacto mientras ella decía entre dientes:
—Oh, Dios
La punta roma la abrió y se deslizó dentro, lenta y suavemente, llenándola, estirándola. Ella se arqueó para que pudiera entrar hasta el fondo y movió las manos hacia abajo por su espalda suave hasta la depresión de la parte baja de su columna vertebral… y aún más abajo para poder hundirle las uñas en el culo.
Cuando él comenzó a bombear, ella pudo sentir los masculinos músculos contrayéndose y relajándose bajo sus manos y su cabeza se balanceaba hacia delante y hacia atrás contra la colchoneta mientras él empujaba y retrocedía, empujaba y retrocedía. Lo sentía pesado como un coche encima de ella y su cuerpo tenía muchos bordes duros… y ¿quién lo hubiera sospechado? A ella todo eso le parecía perfecto: tenía suficientes curvas para acomodarlo donde él precisaba espacio y estaba tan cerca de correrse otra vez que los pulmones le ardían por la falta de aire.
Uniendo los tobillos por detrás de los muslos de él, se balancearon al unísono hasta que sus cuerpos volaron y sus respiraciones estallaron, entonces John levantó el torso y colocó los puños sobre las colchonetas a cada lado de sus costillas, soportando el peso de su cuerpo sobre los músculos esculpidos de los brazos… para poder impulsarse con más fuerza.
Su rostro era como una máscara erótica de las facciones que había visto tan a menudo, sus labios estaban entreabiertos sobre sus colmillos blancos, tenía las cejas fruncidas, los ojos resplandecientes y la mandíbula tan apretada que se le ahuecaban las mejillas. Con cada arremetida, sus pectorales y abdominales se abultaban y el sudor hacía brillar su piel bajo la luz tenue. Al verlo tuvo una pista de lo profundamente que quería sentirse en su interior, del embate que llegó desde los talones disparándose por todo el cuerpo, noqueándola completamente.
—Toma mi vena —gruñó Xhex—. Tómala ahora.
Mientras otro orgasmo se desencadenaba en su interior, él se abalanzó sobre la vena y de un mordisco le penetró el cuello al tiempo que su liberación se abría camino dentro de su hembra.
Una vez que comenzó a correrse, ya no pudo detenerse, ni ella deseaba que lo hiciera. Continuó moviéndose y bebiendo y temblando dentro de ella, las oleadas le atormentaban el cuerpo, mientras se alimentaba y la follaba con fuerza, saturaban el sexo de ella.
Pero eso era lo que ella deseaba.
Cuando finalmente se quedó quieto, no fue tanto que se detuviera sino que se derrumbó sobre ella. Acariciándole los hombros con las manos, Xhex lo sostuvo mientras él lamía perezosamente los orificios de sus incisiones.
A veces era necesaria una limpieza abrasiva para limpiar algo adecuadamente. Los delicados movimientos en círculo con una esponja o paño no bastaban para quitar toda la mugre y la suciedad de forma definitiva. Y lo que acababan de hacer era abrasivo y medio… y, dada la forma en que él todavía seguía erecto, supo que aún había más por venir.
Literalmente.
John levantó la cabeza y la miró. En sus ojos se veía la preocupación y cuando le acarició el cabello lo hizo con mucho cuidado.
Ella sonrió.
—Nah, estoy bien. Estoy más que bien.
Una sonrisa traviesa iluminó su apuesto rostro al vocalizar, Eso es muy cierto.
—Espera un poco, machote. ¿Crees que puedes hacer que me ruborice como si fuera una niña? ¿Halagándome de esa forma? —Cuando él asintió, ella puso los ojos en blanco—. Debo decirte que no soy el tipo de hembra a la que le dan desmayos y cuyos zapatitos se elevan del suelo solo porque un tipo las besa intensamente.
John era todo macho mientras enarcaba una de sus cejas. Y maldita sea si ella no sintió un cosquilleo en las mejillas.
—Escucha bien, John Matthew —dijo, tomándole la barbilla con la mano—. No me convertirás en una de esas hembras que se vuelven idiotas cuando están con su amante. No va a ocurrir. No estoy hecha para eso.
 El tono de su voz era severo y cada palabra iba en serio… pero en el instante en que él hizo rodar sus caderas y esa inmensa erección presionó en su interior, ella ronroneó.
Ronroneó.
 El sonido le resultó totalmente ajeno y lo hubiera llevado de vuelta a su garganta de haber podido. En vez de ello, simplemente dejó escapar otro de esos gemidos que eran decididamente de nenaza.
John inclinó la cabeza hacia su pecho y comenzó a succionar mientras de alguna manera se las arreglaba para seguir embistiendo con penetraciones lentas y constantes.
Extasiada, dejó que sus manos buscaran y encontraran el cabello de él una vez más y las hundió en la espesa suavidad.
—Oh, John…
Y en ese momento él se detuvo en seco, apartó los labios de su pezón y sonrió tan ampliamente que fue un milagro que no se le rompieran los dientes delanteros.
Su expresión era un absoluto y definitivo Te pillé.
—Eres un bastardo —dijo ella, riendo.
Él asintió. Y volvió a presionar en su interior con toda su longitud.
Le parecía ideal que la estuviera chinchando y demostrándole un poquito quién era el que estaba al mando. Era simplemente perfecto. En cierta forma, hacía que lo respetara aún más… pero bueno, siempre le había encantado la fuerza en todas sus formas. Incluso en las bromas.
—No me voy a rendir y tú lo sabes, ¿verdad?
Él frunció los labios y sacudió la cabeza en actitud: oh, no, por supuesto que no.
Y luego comenzó a salir de su interior. Ella soltó un gruñido desde el fondo de su garganta y le clavó las uñas en el trasero.
—¿A dónde crees que vas?
 John rió en silencio, le separó los muslos ampliamente y bajó a lo largo de todo su cuerpo hasta que estuvo en el mismo lugar en que había estado en un principio… con la boca sobre su sexo.
Su nombre resonó ruidosamente en la habitación, rebotando a todo volumen contra las paredes alicatadas mientras él le daba más de lo que deseaba y necesitaba.
* * *
Ignorar deliberadamente el ruido de sexo se estaba convirtiendo en toda una habilidad para Blay en la que últimamente estaba obteniendo muuuuucha, sino demasiada, práctica.
Al salir de la sala de pesas, oyó el eco del nombre de John resonando a través de la puerta cerrada de la sala de rehabilitación. Dado el tono y el tenor, estaba claro que no era causado por una conversación extensa.
No a menos que Xhex fuera una meteoróloga encubierta y John estuviera dándole el mejor informe del tiempo de toda su vida.
Y bien por ellos. Considerando cuán duras habían estado las cosas con John y esas cintas de correr, era una bendición.
Blay se tomó un segundo para reflexionar sobre la posibilidad de regresar a la mansión y decidió que dado lo que solía tardar Qhuinn, era demasiado temprano para regresar a su habitación. Entrando en vestuariolandia, se dio una ducha rápida y se puso un uniforme médico que tomó de la colección de Vishous. Saliendo nuevamente al pasillo, se apresuró a recorrerlo hasta llegar a la puerta de la oficina, que empujó para entrar y luego cerró herméticamente.
Tras realizar un rápido test de sonido comprobó que hasta donde él podía oír, todo estaba en silencio y eso era exactamente lo que estaba buscando. Desafortunadamente, una mirada a su reloj le indicó que solo había consumido alrededor de una hora y media en total. Y pensar que siempre había pensado que una ducha eficiente era algo maravilloso
Considerando sus alternativas, decidió sentarse detrás del escritorio. Después de todo, dejar de escuchar deliberadamente a Xhex y John era un tema de decoro. ¿No sintonizar a Qhuinn y a Layla? Autoconservación.
Mucho mejor aguantar lo primero que lo segundo.
Aparcando en la silla giratoria, fijó la vista en el teléfono.
Saxton besaba como un demonio.
Como… un… demonio.
Blay cerró brevemente los ojos mientras le rodeaba una ola de calor, como si alguien hubiera comenzado a avivar un fuego en su estómago.
Estiró la mano hasta el auricular… y no pudo hacerlo, su mano quedó flotando sobre él, pero no lo levantó.
Y luego recordó a Layla saliendo lentamente de su baño y dirigiéndose hacia Qhuinn.
Arrebatando el auricular de su soporte, marcó el número de Saxton y mientras la línea sonaba comenzó a preguntarse qué demonios estaba haciendo.
—… Hola…
Blay frunció el ceño y se enderezó en la silla de la oficina.
—¿Qué sucede? —Hubo una larga pausa—. ¿Saxton?
Se oyó una tos y un jadeo.
—Sí, soy yo…
—Saxton, ¿qué demonios te pasa?
Hubo un terrible silencio.
—Sabes, me encantó besarte. —La voz estrangulada se volvió anhelante—. Y me encantó —otra tos— salir contigo. Podría quedarme mirando tu rostro durante una eternidad.
—¿Dónde estás?
—En casa.
Blay volvió a mirar su reloj.
—¿Dónde queda eso?
—¿Tienes intención de hacerte el héroe?
—¿Es necesario?
Esta vez la tos no se detuvo en una sola sacudida.
—Temo… que… debo dejarte.
Se oyó un «clic» y la comunicación se cortó.
Con sus instintos aullando, Blay salió disparado a través del armario hacia el túnel subterráneo y se desmaterializó más allá de los escalones que conducían a la mansión.
Tomó forma nuevamente frente a otra puerta cientos de metros más adelante. A la entrada del Pit, puso el rostro frente al ojo de la cámara y presionó el botón del intercomunicador.
—¿V? Te necesito.
Mientras aguardaba, rezaba a la Virgen Escriba para que Vishous estuviera…
El robusto panel se abrió de par en par y al otro lado estaba V, con el cabello húmedo y una toalla negra alrededor de la cintura. Empire State of Mind de Jay-Z sonaba atronadoramente como telón de fondo y el aroma a fino tabaco turco flotaba en el ambiente.
—¿Qué hay?
—Necesito que me consigas una dirección.
Esos glaciales ojos plateados se entrecerraron y el tatuaje de su sien se arrugó.
—¿Qué tipo de dirección estás buscando…?
—Del móvil de un civil. —Blay recitó los números que acababa de marcar.
V puso los ojos en blanco.
—Un juego de niños.
Y lo fue. Tras presionar un par de teclas en los Cuatro Juguetes del Hermano, V levantó la vista de sus ordenadores.
—El número veintiuno cero cinco de Sienna Court… ¿A dónde coño vas?
Blay respondió por encima del hombro mientras pasaba a zancadas junto a los sillones de cuero y la televisión de pantalla ancha.
—A salir por tu puerta principal.
V se desmaterializó y le bloqueó la salida.
—El sol saldrá en veinticinco minutos, ¿lo sabes?
—Entonces no me entretengas ni un segundo más. —Blay deslizó la mirada hacia la del Hermano—. Déjame salir.
Todo el «no es negociable» que estaba sintiendo debió asomar a su rostro porque V maldijo en voz baja.
—Hazlo rápido o no podrás regresar.
El Hermano abrió la puerta y no bien estuvo fuera, Blay se convirtió en aire… y tomó forma en Sienna Court, una calle recorrida por una hilera de árboles y coloridas casas Victorianas de diferentes estratos sociales. Salió disparado hasta el número dos mil ciento cinco, el porche del frente y la puerta lateral de la casa de estilo Ginger-bread9 estaban iluminados por faroles, pero dentro todo estaba a oscuras.
Y tenía sentido. A juzgar por la forma en que los paneles de cristal reflejaban doblemente la luz, debía haber persianas internas ya colocadas en su lugar.
No había forma de entrar a través de las ventanas.
Sin muchas opciones para infiltrarse y dado que probablemente esas protecciones de las ventanas tuvieran acero en su composición, se dirigió hacia la puerta principal y tocó el timbre. La débil luz del sol que provenía del este le calentaba la espalda a pesar de que los rayos eran apenas lo suficientemente fuertes como para proyectar sombras. Maldición, ¿dónde estaba la cámara? Asumiendo que V le hubiera indicado la casa correcta… y vamos, él siempre tenía razón… debía haber un sistema de circuito cerrado…
Ah, sí, en el llamador de la puerta con forma de león, en sus ojos.
Inclinándose hacia delante, se enfrentó a la cara de bronce y golpeó la puerta con los puños.
—Saxton, déjame entrar. —Cuando sintió aún más calor en los hombros y la columna vertebral, extendió la mano hacia su espalda y ahuecó la parte superior del uniforme médico que se había puesto.
 El chasquido que emitió el cerrojo y el giro del pomo de la puerta hicieron que se peinara rápidamente el cabello húmedo.
La puerta se abrió solo una rendija y la casa que había más allá estaba cubierta de densas sombras.
—¿Qué estás haciendo —tos— aquí?
Blay se quedó frío al captar el olor a sangre.
Poniendo el hombro sobre los fuertes paneles, empujó hacia dentro.
—¿Qué demonios…?
La voz de Saxton se replegó.
 —Vete a casa Blaylock. Por más que te adore, en este momento no estoy en condiciones de recibir visitas.
Sí, seguro. Con un rápido giro, Blay cerró la puerta tras ellos para mantener el sol afuera.
—¿Qué ha pasado? —A pesar de que ya lo sabía. Instintivamente lo sabía—. ¿Quién te golpeó?
—Estaba a punto de tomar una ducha. Tal vez, ¿querrías unirte a mí? —cuando Blay tragó con fuerza, Saxton rió brevemente—. Está bien. Yo tomaré una y tú tómate un café. Porque al parecer tendré que invitarte a pasar el día.
 Se oyó el sonido del cerrojo deslizándose en la puerta y luego el macho se alejó arrastrando los pies… lo que sugería que tal vez estuviera cojeando.
Aunque le era imposible ver a Saxton en la densa oscuridad, los sonidos que producía al caminar se dirigían hacia la derecha. Blay dudó. No tenía sentido volver a mirar su reloj. Sabía con toda seguridad que la oportunidad de regresar había pasado.
Desde luego debía quedarse a pasar el día.
El otro macho abrió camino hacia el sótano, revelando un juego de escalones tenuemente iluminados que descendían. Bajo el suave brillo de la iluminación, pudo ver que el hermoso cabello rubio de Saxton estaba apelmazado y tenía una mancha rojiza.
Blay se adelantó y tomó al tipo por el brazo.
—¿Quién te hizo esto?
Saxton se negó a mirarlo, pero el profundo estremecimiento que lo recorrió dijo más de lo que su tono de voz ya había sugerido: estaba cansado y dolorido.
—Digamos que… pasará un tiempo considerable antes de que vuelva a ir a comprar cigarros.
El callejón que había junto al bar… Mierda, Blay se había ido primero, pero había asumido que Saxton había hecho lo mismo.
—¿Qué sucedió después de que me fui?
—No importa.
—Y una mierda no importa.
—Si fueras tan amable de permitirme —más de la endemoniada tos— volver a la cama. Especialmente si vas a ponerte testarudo. No me siento particularmente bien.
Diciendo esto, miró por encima de su hombro.
A Blay se le escapó todo el aire de los pulmones.
—Oh… Dios mío —susurró.

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