sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 58 59 60

Capítulo 58

De vuelta en la clínica privada de la Hermandad, Xhex permaneció al lado de John mientras Doc Jane le hacía radiografías de la pierna. Una vez las radiografías estuvieron hechas, no llevó demasiado tiempo a la buena doctora llegar a la conclusión de que John tenía que ser operado e incluso Xhex, a pesar de su usual pánico por estar donde estaba, pudo ver el problema en las radiografías. La bala estaba demasiado cerca del hueso para su comodidad.
Mientras Jane llamaba a Ehlena y luego venía a ponerse la ropa de quirófano, Xhex cruzó los brazos sobre el pecho y comenzó a pasearse.
No podía respirar. Y había sido así incluso antes de echar un vistazo a lo que estaban haciendo a la pierna de John.
Cuando él le silbó suavemente, ella se limitó a sacudir la cabeza y seguir moviéndose, dando una vuelta alrededor de la habitación. Resultó que el viaje pasando junto los gabinetes de acero inoxidable con sus puertas de vidrio y sus medicamentos guardados no fue de gran ayuda: el corazón le tronaba aún más en el pecho, sonando como Bon Jovi… los golpes eran tan fuertes en sus tímpanos que estos estaban recibiendo una sesión de ejercicios aeróbicos.
Dios, llevaba luchando desde el momento en que había entrado aquí con él. ¿Y ahora John sería abierto y luego cosido de nuevo?
Estaba puñeteramente perdida.
Aunque honestamente… si trataba de ser lógica en esto, era una locura. Uno, no era su cuerpo con el que estaban trabajando. Dos, dejar la bala de plomo en su interior estaba claro que no era una buena idea. Y tres… holaaaa… John estaba siendo tratado por alguien que ya había demostrado saber cómo manejar un bisturí.
Grandes racionalizaciones. Todas las cuales sus glándulas secretoras de adrenalina toqueteaban y luego pasaban por alto.
¿No eran curiosas las fobias?
El segundo silbido fue una demanda y se detuvo frente a John, alzando los ojos hacia él. Estaba sereno y relajado. Sin histerias ni enloquecimiento, nada salvo la calmada paciencia ante lo que estaba a punto de llegar.
Voy a estar bien, gesticuló. Jane ha hecho esto un millón de veces antes.
Jesucristo, ¿dónde infiernos se ha ido todo el aire de esta sala?, pensó Xhex…
Como él sabía que la estaba perdiendo, volvió a silbar y tendió la mano con el ceño fruncido.
―John… ―cuando no le llegó ninguna palabra coherente, negó con la cabeza y volvió a pasearse. Odiaba esto. Realmente lo odiaba.
Cuando la puerta se abrió de par en par, Doc Jane regresó con Ehlena. Las dos estaban en medio de una conversación sobre el procedimiento y John silbó hacia ellas. Cuando levantó el dedo índice para indicarles que necesitaba un minuto más, las hembras asintieron y salieron de nuevo.
―Mierda ―dijo Xhex―, no las detengas. Yo estaré bien.
Cuando se dirigía a la puerta para llamar a la doctora de nuevo, un sonido atronador retumbó en la sala. Pensando que John se había caído de la camilla, dio media vuelta…
No, él había golpeado la mesa de acero inoxidable y había dejado una abolladura en ella.
Háblame, señaló con las manos. Y ellas no entrarán hasta que lo hagas.
Xhex tenía la necesidad de discutir y el vocabulario para hacerlo… sólo que no la voz, evidentemente. Por mucho que lo intentó, no pudo decir nada.
Lo que cambió cuando él le abrió los brazos.
Maldiciéndose a sí misma, dijo:
―Voy a comportarme como un hombre. Voy a ser adulta No vas a creerte el estricto control que voy a mantener sobre mi cabeza. De verdad. En serio.
Ven aquí, vocalizó él.
―Oh… demonios ―dándose por vencida, se acercó y lo abrazó. Contra el cuello de él, dijo―: No se me dan bien estas cuestiones médicas. Por si no lo habías notado antes. Lo siento, John… maldita sea, siempre te decepciono, ¿verdad?
Él la atrapó antes de que pudiera apartarse. Manteniéndola en el lugar con los ojos, movió las manos. Me has salvado la vida esta noche. No estaría vivo ahora mismo si tú no hubieses arrojado esa hoja. Así que no me decepcionas siempre… ¿y en cuanto a esto? Yo no estoy preocupado y tú no tienes que verlo… ve y espera en la casa. Va a ser muy rápido. No te tortures.
―No huiré asustada ―moviéndose rápidamente para no pensar demasiado y que tampoco pudiera hacerlo él, Xhex le tomó el rostro entre las manos y lo besó con fuerza―. Pero tal vez esperar fuera sea una buena idea.
Después de todo, no estaría muy bien interrumpir a Doc Jane en mitad del tratamiento a causa de una espectadora flojucha con un caso de histeria. O con una conmoción cerebral porque la idiota se hubiera desmayado en el frío suelo.
Probablemente sea lo mejor, vocalizó él.
Apartándose, ella puso un pie delante del otro hasta la puerta y dejó entrar a Ehlena y a Doc Jane. Cuando la doctora pasó, Xhex agarró el brazo de la hembra.
―Por favor… ―Dios, ¿qué podría decir?
Doc Jane asintió con la cabeza.
―Le tengo. No te preocupes.
Xhex dejó escapar un suspiro tembloroso y pensó en el infierno por el que iba a pasar esperando en el pasillo. Sabiendo como trabajaba su mente, imaginaría a John gritando silenciosamente a causa el dolor y a Doc Jane amputándole toda la pierna mientras los minutos pasaban…
― Xhex… ¿te importa si te sugiero algo? ―dijo Doc Jane.
― Golpéame. De hecho… golpéame. Un buen gancho podría ayudar a calmarme. 
Doc Jane negó con la cabeza.
― ¿Por qué no miras?
¿Qué?
― Quédate aquí y observa lo que hago y cómo lo hago y aprende los porqués. Hay muchas personas que tienen miedo a las situaciones médicas… con muy buenas razones. Pero las fobias son fobias, ya sea a un avión o a un dentista o a un médico… y la terapia de exposición surte efecto. ¿Si quitas el misterio y la sensación de no tener control? El miedo no puede llegar a ti de la misma manera.
― Buen pedazo de lógica. Pero qué pasa si me desmayo.
― Puedes sentarte si te mareas y salir cuando quieras. Hacer preguntas y mirar por encima del hombro si eres capaz.
Cuando le lanzó una ojeada a John, el gesto solemne de éste selló su destino. Se quedaba.
― ¿Necesito ropa de quirófano? ―dijo ella con una voz totalmente desconocida.
Mierda, era tan malditamente femenino. Lo siguiente sería empezar a llorar con los anuncios de TV y hacerse las uñas. Y conseguir un maldito libro de bolsillo.
― Sí, voy a quererte de verde. Sígueme.
Cuando regresaron cinco minutos después, Doc Jane la llevó al fregadero, le dio un paquete sellado con una esponja de Betadine en el interior y le mostró cómo conseguir una limpieza apropiada.
― Buen trabajo ―la doctora abrió el agua presionando un pedal de pie en el suelo―. No necesitarás guantes porque no vas a intervenir.
― En eso tienes razón. Dime, ¿tienes un carrito de parada alrededor, solo por si acaso me da un ataque?
― Justo en la esquina y sé cómo usar las palas ―Doc Jane se enfundó los guantes azules y se acercó a John―. ¿Estás listo? Y te dormiremos. Teniendo en cuenta dónde está la bala, voy a tener que profundizar y no hay manera de que sea capaz de anestesiar la zona lo suficiente.
Gaséame, señaló John con las manos.
La shellan de V puso su mano en el hombro de John y lo miró directamente a los ojos.
― Voy a arreglarte, no te preocupes.
Xhex frunció el ceño y se encontró respetando a la hembra. Mostrarse confiada y segura, dado lo que estaba en juego, era bastante sorprendente: si Doc Jane no hacía bien su trabajo, John podía quedar peor que ahora. Pero si lo lograba, estaría como nuevo.
Eso es poder, pensó Xhex. Y el polo opuesto a lo que ella había hecho en su profesión… un cuchillo en su mano era un instrumento muy diferente.
Nada curativo.
Doc Jane comenzó un comentario de rutina, con su voz fuerte y tranquila.
―En un hospital humano, tendríamos presente a un anestesista, pero los vampiros tienden a ser muy estables bajo sedación intensa… los lleva a una especie de letargo. No lo entiendo, pero hace mi trabajo más fácil.
Mientras ella hablaba, Ehlena ayudaba a John a quitarse la camiseta y los pantalones que Doc Jane había cortado; a continuación, la hembra extendió paños azules sobre la desnudez de John y comenzó con una intravenosa.
Xhex intentó de detener el revoloteo de sus ojos y falló en gran medida. Había demasiadas amenazas en el lugar, todos aquellos bisturís y las agujas y…
― ¿Por qué? ―preguntó Xhex, esforzándose por reaccionar―. La diferencia entre las especies, quiero decir.
― Ni idea. Vosotros tenéis un corazón con seis cámaras y nosotros tenemos cuatro. Tenéis dos hígados, nosotros uno. No podéis desarrollar cáncer o diabetes.
― No sé mucho sobre cáncer.
Doc Jane negó con la cabeza.
― Ojala pudiésemos eliminarlo de todos los que lo sufren. Es una enfermedad hija de puta, te la explicaré. Se produce una mutación celular mediante la cual…
La doctora siguió hablando, pero ahora sus manos se movían alrededor de las bandejas de acero inoxidable que habían sido deslizadas encima de John, organizando lo que iba a utilizar. Cuando Doc Jane asintió con la cabeza hacia Ehlena, la hembra fue a la cabeza de John y le cubrió la cara con una máscara de plástico transparente.
Doc Jane fue hasta la intravenosa con una jeringa llena de algo lechoso.
―¿Estás preparado, John?
Cuando él levantó el pulgar, ella empujó el émbolo.
John lanzó una mirada a Xhex y le guiñó un ojo. Y luego se apagó como una luz.
―Lo primero es la desinfección ―dijo Doc Jane, abriendo un paquete y sacando una esponja marrón oscuro―. ¿Por qué no te pones frente a mí? Esto es Betadine, lo mismo con lo que nos hemos lavado las manos, solo que no en forma de jabón.
Mientras la doctora limpiaba alrededor de la herida de bala con amplias pasadas, dejando la piel de John teñida de marrón rojizo, Xhex caminó aturdida alrededor de los pies de él.
En realidad, esa era una posición mejor. Estaba justo al lado de un cubo naranja para restos biológico… así que si necesitaba vomitar le venía genial.
―La razón por la que la bala tiene que ser extraída es porque va a causar problemas con el tiempo. Si fuera un tipo menos activo, podría dejarla. Pero creo que ser extra conservadora con un soldado es lo mejor. Además, vuestros chicos sanan muy rápido ―Doc Jane desechó la esponja en el cubo de Xhex―. Basándome en mi experiencia con vosotros, una lesión hasta el hueso se regenerará para mañana por la noche.
Xhex se preguntó si la doctora o la enfermera eran conscientes de que el suelo bajos sus píes se movía en oleadas. Porque seguro como la mierda que ella se sentía como si estuvieran de pie en la cubierta de un barco.
Una comprobación rápida a las profesionales y ambas parecían estables como rocas.
―Voy a hacer una incisión… ―Doc Jane se inclinó sobre la pierna con el cuchillo―… aquí. Lo que vas a ver directamente debajo de la piel es la fascia, que es la resistente envoltura externa responsable de mantener nuestro interior unido. Un humano medio tendría células de grasa entre las dos, pero John está muy en forma. Por debajo de la fascia está el músculo.
Xhex se dobló por la cintura con intención de echar un vistazo rudimentario… salvo que se quedó donde estaba.
Cuando Doc Jane volvió a pasar la hoja, retirando la envoltura nervuda, dejó al descubierto las profundas cuerdas de color rosa del músculo… que tenían un agujero en ellas. Viendo el daño interno, Xhex deseó matar de nuevo a ese asesino. Y Jesús, Rhage había tenido razón. Un par de centímetros más arriba y a la izquierda y John habría acabado…
Vale, no vamos a ir por ahí, pensó mientras volvía a situarse para conseguir una vista mejor.
―Succión ―dijo Doc Jane.
Se oyó un sonido silbante y Ehlena colocó una pequeña manguera blanca y limpió la sangre roja de John.
―Ahora, en realidad voy a utilizar el dedo para sondear… a veces el toque humano es lo mejor…
Xhex terminó observando toda la operación. De principio a fin, desde el primer corte hasta el último punto y toda la retracción y eliminación del plomo en medio.
―… y eso es todo ―dijo Doc Jane unos cuarenta y cinco minutos más tarde.
Mientras Ehlena vendaba la pierna de John y la doctora calibraba lo que se le estaba bombeando en la vena, Xhex recogió la bala de la bandeja y la miró. Tan pequeña. Tan condenadamente pequeña. Pero capaz de crear un caos de tipo mortal.
―Buen trabajo, Doc ―dijo con voz áspera mientras se la deslizaba en el bolsillo.
―Déjame traerlo de vuelta para que puedas mirarlo a los ojos y saber que está realmente bien.
―¿Lees la mente?
Los ojos de la doctora eran ancianos cuando se alzaron.
―No. Solo he tenido mucha experiencia con familias y amigos. Vas a necesitar mirarle a los ojos antes de hacer una inspiración profunda. Y él va a sentirse del mismo modo cuando te mire a la cara.
John recobró el conocimiento unos ocho minutos más tarde. Xhex lo cronometró, mirando el reloj de la pared.
Mientras los párpados de él se levantaban, Xhex se colocó justo al lado de su cabeza y le cogió la mano.
―Ey… estás de vuelta.
Estaba grogui, lo cual era de esperar. Pero esa mirada azul brillante era exactamente como había sido siempre y la forma en la que le apretó la mano izquierda no dejó ninguna duda… estaba de vuelta con una venganza.
La respiración contenida, de la que Xhex no había sido consciente, salió lentamente de sus pulmones, un canto de alivio que elevó su estado de ánimo como si su corazón hubiese sido puesto en un cohete hacia la luna. Y Doc Jane había tenido razón sobre lo de quedarse. Tan pronto como Xhex se involucró escuchando, viendo y aprendiendo, el pánico retrocedió hasta que solo fue un murmullo silencioso que podía controlar. Y era fascinante, la forma en la que el cuerpo encajaba.
¿Bien?, articuló John.
―Sí, Doc Jane consiguió sacar la bala sin problemas…
John sacudió la cabeza. ¿Tú? ¿Bien?
De… monios, pensó Xhex. Era un macho de tanta valía.
―Sí ―dijo con brusquedad―. Sí, lo estoy… y gracias por preguntar.
Bajando la mirada hacia John, se dio cuenta de que no se había permitido a sí misma pensar demasiado en cómo le había salvado la vida.
Tío, siempre se la había conocido por ser buena con un cuchillo. Pero nunca había creía que esa habilidad sería tan importante como lo había sido durante esa fracción de segundo en aquella asquerosa granja.
Un parpadeo después y… John ya no estaba. Para nadie, nunca más.
Nunca.
El mero recuerdo de aquello hizo que el pánico volviese con total fuerza, le empezaron a sudar las palmas, el corazón le latió tanto como vueltas le daba en el pecho. Xhex sabía que iban a ir por caminos separados cuando todo esto terminase… pero eso no parecía importar en lo más mínimo cuando consideraba un mundo en el que él no pudiese respirar o reír o luchar o regalar el tipo de atenciones que compartía con todos los que le rodeaban.
¿Qué?, vocalizó él.
Ella sacudió la cabeza.
―No es nada.
Sí, menuda mentira. Lo era todo.


Capítulo 59

Utilizaron el carruaje que había sido dejado junto a los establos para transportar a la hembra de vuelta a la casa de su familia. Tohrment tomó las riendas y Darius permaneció en el interior con la hembra, deseando que hubiera algún consuelo que darle y sabiendo que había poco que ofrecer. El viaje fue largo, el tronar de cascos delante, el crujir del asiento y el resonar de los arreos eran muy ruidosos e impedían la conversación.
Aunque Darius sabía bien que incluso si su modo de transporte hubiera sido tan silencioso como un cuchicheo y tan calmado como el agua en una copa, su preciada carga no habría pronunciado una palabra. Se había negado a beber y a tomar sustento, no hacía nada excepto concentrarse en el paisaje mientras atravesaban tierras de labranza, aldeas y bosques.
Mientras continuaban en dirección sur, se le ocurrió que el symphath debía haber encadenado la mente de la hembra de alguna manera tras su captura inicial, asumiendo que este carruaje fuera el modo en que la pareja se había trasladado a la mansión de piedra, de otro modo habría corrido el riesgo de que ella se desmaterializara, liberándose del confinamiento rápidamente.
Trágicamente, tal salida no era una preocupación ahora, porque estaba muy débil… aunque él seguía preguntándoselo. Dada la expresión de dolorosa resignación de ella, tenía la clara impresión de que se sentía prisionera aunque hubiera recobrado su libertad.
 Darius había sentido la tentación de enviar a Tohrment por delante para contar a su madre y padre las buenas noticias de que había sido rescatada, pero se contuvo. Mucho podría suceder durante el viaje y necesitaba a Tohrment para conducir los caballos mientras él se ocupaba de la hembra. Dada las amenazas de humanos, lessers y symphaths, él y Tohr tenían las armas dispuestas y aún así, deseaba tener más respaldo. Si sólo hubiera una manera de ponerse en contacto con los demás Hermanos y pedirles que se adelantaran…
Estaban al borde del alba cuando los agotados caballos les llevaron a la aldea situada antes de la casa de la hembra.
Como si reconociera donde estaban, ella levantó la cabeza y movió los labios, abriendo mucho los ojos llenos de lágrimas.
Inclinándose hacia delante y tendiendo las palmas, Darius dijo:
—Tranquilizaos… será…
Cuando los ojos de ella se encontraron con los suyos, Darius vio el grito que ella guardaba dentro de su alma. No será, articuló ella.
Entonces se desmaterializó directamente fuera del carruaje.
Darius maldijo y golpeó el panel lateral con el puño. Mientras Tohrment frenaba el caballo con estrépito. Darius saltó fuera.
No estaba lejos.
El destello de su camisón blanco apareció en el campo a la izquierda y él siguió la ropa lanzándose sobre ella cuando comenzó a correr. Al carecer de verdadero vigor, sus andares desequilibrados eran los propios de los desesperados pero heridos y la dejó ir tan lejos como pudo.
Más tarde, meditaría que fue entonces cuando lo había sabido con seguridad, durante esa loca huida a la que ella los había conducido a ambos: no podía regresar a casa. No después de todo aquello por lo que había pasado… de lo que había obtenido de su ordalía.
Cuando la hembra tropezó y cayó al suelo, no hizo nada por protegerse el vientre.
Y ciertamente, arañó el suelo para seguir adelante pero él simplemente ya no podía soportar observar la lucha.
—Detened vuestros esfuerzos –dijo él, arrancándola de la fría hierba—. Deteneos ahora…
Ella luchó contra él con toda la fuerza de un cervatillo y luego cayó inmóvil entre sus brazos. En ese momento congelado entre ellos, el aliento de ella salió en duros jadeos y su corazón se aceleró, él podía ver el latido de su yugular a la luz de la luna, podía sentir el temblor en sus venas.
Su voz fue débil, pero hablaba sinceramente cuando pronunció.
—No me devolváis allí… ni siquiera al comienzo del camino. No me hagáis volver.
—No podéis decirlo en serio. —Con manos suaves, le apartó el cabello de la cara y bruscamente recordó ver los mechones rubios en el cepillo de su cuarto. Tanto había cambiado desde la última vez que había estado sentada ante su espejo y se preparaba para una noche con su familia de sangre—. Habéis pasado por mucho para pensar ahora con claridad. Tenéis que descansar y…
—Si me devolvéis allí, huiré otra vez. No dejaré que mi padre vea esto.
—Debéis regresar a casa….
—Ya no tengo casa. Nunca más.
—Nadie tiene que saber qué ha ocurrido. Que no fue un vampiro quien os secuestró. Nadie nunca….
—Estoy esperando un niño symphath. —Sus ojos se volvieron fríos y duros—. Mi periodo de necesitad pasó la noche que se impuso sobre mí y desde entonces no he sangrado como hacen las hembras. Llevo a su cría.
Darius exhaló con fuerza en el silencio, su cálido aliento formó una nube de niebla en el aire fresco. Bueno, esto lo cambiaba todo. Si llevaba al niño a término y lo traía a este mundo, había una posibilidad de que pasara por vampiro, ya que los híbridos de ese tipo eran imprevisibles. Nunca podías estar seguro del equilibrio de los genes, si se inclinarían por uno de los lados o por el otro.
Pero quizás había una manera de implorar a su familia…
La hembra le agarró de las solapas del resistente abrigo.
—Déjame al sol. Entrégame a la muerte que deseo. Me llevaría mi propia mano a la garganta si pudiera pero mi brazo y hombro no son tan fuertes.
Darius volvió la vista hacia Tohrment, que esperaba en el carruaje. Llamándole con la mano, Darius dijo a la hembra.
—Permitidme hablar con vuestro padre. Permitidme preparar el terreno.
—Él nunca me perdonará.
—No ha sido culpa vuestra.
—La culpa no es el dilema, lo es el resultado —dijo desolada.
Cuando Tohrment se desmaterializó y tomó forma delante de ellos, Darius se puso de pie.
—Llévala de vuelta al carruaje y quedaros bajo esos árboles. Iré donde su padre ahora.
 Tohrment se agachó, colocó con torpeza a la hembra en sus brazos y se puso de pie. En el asidero fuerte pero suave del chico, la hija de Sampsone volvió a la lánguida condición en que había pasado el viaje a casa, los ojos abiertos pero vacíos, la cabeza recostada a un lado.
—Cuida bien de ella —dijo Darius, arreglando el flojo camisón de la hembra a su alrededor—. Volveré pronto.
—No te preocupes —contestó Tohrment mientras empezaba a alejarse a zancadas por la hierba.
Darius les observó marchar durante un momento y luego se lanzó al viento, reagrupándose en los terrenos de la propiedad de la familia de ella. Fue directamente hasta la puerta principal y utilizó la inmensa aldaba de cabeza de león.
Cuando el mayordomo abrió el ancho portal, fue obvio que algo terrible había ocurrido en la mansión. Su palidez era la de la niebla y sus manos temblaban.
—¡Sire! Oh, bendito sea, entre.
Darius frunció el entrecejo mientras entraba por la puerta.
—Que…
El señor de la casa salió del salón de los machos… y justo detrás de él le seguía el symphath cuyo hijo había provocado la serie de tragedias.
—¿Qué hacéis aquí? –exigió Darius al devorador de pecados.
—Es mi hijo muerto. Le matasteis.
Darius desenvainó una de las dagas negras que llevaba sujetas con correas, con la empuñadura hacia abajo, hacia su pecho.
—Sí.
El symphath asintió una vez y no pareció importarle. Malditos reptiles. ¿No tenían sentimientos hacia sus jóvenes?
—Y la chica –preguntó el devorador de pecados—. ¿Qué hay de ella?
Darius sujetó rápidamente la visión de un manzano floreciente delante de su mente. Los symphath podían leer más que las emociones y él tenía conocimientos que no quería compartir.
Sin contestar a eso, miró a Sampsone, quien parecía haber envejecido cien mil años.
—Está viva. Su hija de sangre está… bien y viva.
El symphath vagó hacia la puerta, sus largas túnicas se arrastraban sobre el suelo de mármol.
—Entonces estamos en paz. Mi hijo está muerto y su progenie arruinada.
Cuando Sampsone se puso la cara entre las manos, Darius persiguió al devorador de pecados, le agarró del brazo y tiró de la cosa para que se detuviera fuera de la casa.
—No tenías que revelarte a ti mismo. Esta familia ya ha sufrido bastante.
—Oh, pero debía. —El symphath sonrió—. Las pérdidas deben ser soportadas por igual.  Seguramente el corazón palpitante de un guerrero debe respetar esta verdad.
—Bastardo.
El devorador de pecados hizo una reverencia.
—¿Preferirías que la hubiera matado? Ese era otro sendero que podría haber transitado.
—Ella no ha hecho nada para merecer esto. Tampoco los otros de su sangre.
—¿Oh, de verdad? Quizás mi hijo sólo tomó lo que ella ofreció…
Darius puso ambas manos sobre el symphath y le hizo girar, golpeándole contra una de las enormes columnas que sostenían el gran peso de la mansión.
—Podría matarte ahora.
El devorador de pecados sonrió otra vez.
—¿Podrías? No lo creo. Tu honor no te permitirá matar a un inocente y yo no he hecho nada malo.
Con eso, el devorador de pecados se desmaterializó fuera del agarre de Darius y tomó forma en el césped lateral.
—Deseo que la hembra tenga una vida de sufrimiento. Que viva mucho y soporte su carga sin gracia. Y ahora, me iré y me encargaré del cuerpo de mi hijo.
El symphath desapareció, fue como si nunca hubiera existido… y aún así las ramificaciones de sus acciones se vieron confirmadas cuando Darius miró por la puerta abierta: el macho de la gran casa lloraba sobre el hombro de su sirviente, los dos tomaban consuelo el uno del otro.
 Darius irrumpió por el arco de la grandiosa entrada y el sonido de las botas hizo que el patriarca de la familia levantara la cabeza.
Sampsone se separó de su leal doggen y no se molestó en contener las lágrimas ni en oscurecer su dolor mientras avanzaba.
Antes de que Darius pudiera hablar, el macho dijo:
—Le pagaré.
Darius frunció el entrecejo.
—¿Para qué?
—Para…que se la lleve lejos y vea que se le proporcione un techo sobre la cabeza. –El amo se giró hacia el sirviente—. Ve a los cofres y…
Darius dio un paso adelante y agarró el hombro de Sampsone en un firme apretón.
—¿Qué está diciendo? Ella vive. Su hija está viva y debería refugiarse bajo este techo y dentro de estas paredes. Usted es su padre.
—Váyase y llévesela con usted. Se lo ruego. Su madre… no podría sobrevivir a esto. Permítame proporcionar…
—Es usted un ignorante —escupió Darius—. Un ignorante y una vergüenza para su linaje de sangre.
—No –dijo el macho—. Ella lo es. Ahora y eternamente.
Darius permaneció momentáneamente aturdido en medio del silencio. Incluso conociendo los valores degradados de la glymera y habiendo estado sujeto a ellos, todavía le conmocionaba.
—Usted y ese symphath tienen mucho en común.
—Cómo se atreve a…
—Ninguno de usted tiene corazón para afligirse por sus vástagos.
Darius se dirigió a la puerta y no se detuvo cuando el macho gritó.
—¡El dinero! ¡Permítame darle el dinero!
Darius no confiaba en sí mismo para responder y se desmaterializó de vuelta a la arboleda que había abandonado hacía unos minutos. Cuando tomó forma junto al carruaje, su corazón ardía en llamas. Como alguien que había sido descartado, conocía bien la dificultad de ser desarraigado y no tener apoyo en el mundo. Y eso sin la carga extra que la hembra llevaba, literalmente, dentro de su cuerpo.
Aunque el sol amenazaba con liberarse del borde de la tierra, requirió un momento para recomponerse y formular lo que podría decir.
La voz de la hembra surgió tras las colgaduras de la ventana del carruaje.
—Os ha dicho que me mantengáis lejos, ¿verdad?
Desde luego, Darius descubrió que no había forma de expresión con la que pudiera arrojar una mejor luz a lo que había sucedido.
 Colocó la palma en la madera fresca de la puerta del carruaje.
—Yo os cuidaré. Proveeré y protegeré.
—Por qué… —llegó la respuesta dolorosa.
—Ciertamente… es justo y apropiado hacerlo así.
—Un héroe sois vos. Pero a lo que vos intentáis salvar no le importa el regalo que ofrecéis.
—Lo haréis. Con el tiempo… os importará.
Cuando no hubo respuesta, Darius saltó al asiento del conductor y tomó las riendas.
—Iremos a mi casa.
El tintineo de los arreos de los caballos y el trotar de los cascos en la tierra apelmazada les acompañó fuera del bosque y todo el camino. Les llevó por una ruta diferente, alejándolos de esa mansión y de esa familia cuyas expectativas sociales eran más espesas que la sangre.
¿Y en cuanto al dinero? Darius no era un macho rico, pero antes se cortaría la mano con su propia daga que aceptar una moneda de ese padre de alma débil.





Capítulo 60

Cuando John fue a sentarse en la camilla, Xhex lo ayudó y él quedo fascinado por lo fuerte que era: en el instante en que le colocó la mano en mitad de la espalda, sintió como el peso de su parte superior quedaba completamente sostenido.
Pero bueno, como ella decía a menudo, no era precisamente lo que considerarías una hembra normal. Doc Jane vino y comenzó a contarle lo que estaba pasando bajo su vendaje y qué tenía que hacer para cuidar de la incisión…pero él no lo estaba registrando.
Quería sexo. Con Xhex. Ahora mismo.
Era todo lo que sabía o le preocupaba… y la necesidad carnal iba maaaaaás allá de solo una erección buscando un garaje donde aparcar. Un roce con la muerte tenía una forma de hacerte desear vivir a lo grande y el sexo con la persona a la que querías estar era la mejor manera de expresarlo.
Los ojos de Xhex llamearon cuando captó la esencia que él claramente estaba emanando.
―Vas a quedarte tendido durante otros diez minutos ―dijo Doc Jane mientras empezaba a poner los instrumentos en el autoclave―. Y después puedes estirarte aquí, en la cama de la clínica.
Vámonos, gesticuló hacia Xhex.
Sacar las piernas fuera de la camilla le provocó un disparo de un buah-joder-que-dolor, pero la pupita de mierda no le hizo replantearse su plan en lo más mínimo. Sin embargo consiguió la atención de todo los demás que había en la habitación. Mientras Xhex lo estabilizaba con una maldición, la buena doctora comenzó con todo eso de tiéndete-grandullón… sólo que John no estaba para esas cosas.
¿Tendrías una bata que pueda ponerme para salir de aquí?, gesticuló, bien consciente de que tenía una enorme erección y no mucho cubriéndole las caderas.
Hubo un poco de discusión después de eso, pero finalmente, Doc Jane alzó las manos en un ademán y accedió dando a entender que si quería ser un idiota, ella no podía detenerlo. Cuando dio el consentimiento con un movimiento de cabeza, Ehlena desapareció y regresó con algo mullido, grueso y bastante grande para cubrirlo…de la clavícula hasta quizás medio muslo. También era rosa.
Estaba claro que era la versión pijama de unas orejas de burro, en pago a su negativa a quedarse en la clínica. Cualquier pensaría que el estilo Barbie desinflaría su erección… pero ni de lejos.
Su polla se mantuvo firme contra el asalto a su masculinidad.
Lo que lo hizo estar orgulloso de la cabrona.
Gracias, gesticuló, deslizándose la bata por los hombros. Estirándola un poco, se las arregló para plegársela sobre el pecho y cubrir su parte inferior expuesta. Apenas.
Doc Jane se apoyó contra el mostrador y cruzó los brazos sobre el pecho.
―¿No hay alguna forma en que pueda conseguir que te quedes más tiempo? ¿O vuelvas con muletas? ¿O… conseguir que te quedes más tiempo?
Estoy bien… aunque, gracias.
Doc Jane sacudió la cabeza.
―Vosotros los Hermanos sois todos un grano en el culo.
De repente, le recorrió una punzada que no tenía nada que ver con su pierna.
No soy un Hermano. Pero creo que no voy a discutir la segunda parte contigo.
―Hombre inteligente. Y deberías serlo. Un Hermano, me refiero.
John levantó el culo y se bajó de la mesa con cuidado, todo mientras mantenía un ojo en la parte delantera de su bata Miss Repipi del Año. Afortunadamente, todo se mantuvo adecuadamente en presencia de compañía mixta y continuó así cuando Xhex se agachó bajo su brazo.
Tío… ella era la mejor muleta que podías pedir, tomando gran parte de la carga mientras se dirigían a la puerta. Juntos, bajaron a la oficina, pasaron a través del armario y emergieron en el túnel.
Recorrió unos, oh, nueve metros antes de detenerse, moverla para ponerla delante de él, y luego…
Acabó con las luces. Todas ellas.
A su orden mental, los fluorescentes del techo se oscurecieron uno por uno, empezando con el par que estaba directamente por encima de sus cabezas y después extendiéndose en ambas direcciones. Cuando todo estuvo oscuro como la boca de un lobo, trabajó rápido y también lo hizo ella. Sabían condenadamente bien que Doc Jane y Ehlena iban a estar atareadas limpiando en el quirófano durante al menos otra media hora. Y era la hora de la Última Comida arriba en la mansión, de manera que nadie estaba ejercitándose o iba a ejercitarse o tomando una ducha en el vestuario después de ejercitarse.
Limitar la visibilidad.
La oscuridad era la clave.
A pesar de la diferencia de alturas, que incluso con el casi metro ochenta de ella seguía siendo de más de quince centímetros, él encontró su boca con tanta seguridad como si sus labios fueran un faro. Cuando la besó profundo y le introdujo la lengua, ella gimió bajo en su garganta y se agarró a sus hombros.
En este glorioso momento de ni allí ni aquí, en este paso fuera del camino que habían acordado, él liberó a su macho vinculado, desatándose a sí mismo para cabalgar la ola de ese momento que había ocurrido antes en la granja…
Ese momento en que la daga de ella había abandonado su mano y flotado a través del aire… y le había proporcionado noches que vivir.
Le deslizó la palma a través de los pechos, encontrando el erecto pezón, frotándolo con el pulgar mientras ansiaba poner su boca donde estaban sus dedos. Menos mal que ella había dejado la chaqueta y las armas en el vestíbulo de la casa, así todo lo que había entre él y su piel era la camiseta sin mangas que ella llevaba puesta.
Quiso desgarrarla otra vez de arriba abajo, pero esto era un apaño rápido para saciarse hasta que pudieran hacerlo en la privacidad de su dormitorio: en lugar de agarrar y rasgar, deslizó ambas palmas por debajo y hacia dentro después subió la camiseta hasta que sus pechos brotaron.
Mieeeerda… no llevaba sujetador ni siquiera para luchar y por alguna razón eso lo encendió enormemente.
No es que necesitase ayuda para eso cuando se trataba de ella.
Mientras los sonidos de ellos dos besándose resonaban, él pellizcó las puntas ya listas para sus labios y restregó su excitación contra ella. Y quién lo hubiera dicho… ella captó la indirecta que John ni siquiera se había dado cuenta de estar haciendo y arrastró su propia mano hacia abajo por el estómago de él directa hacia…
John echó la cabeza hacia atrás, el golpe de electricidad que le recorrió la espina dorsal era tan grande que no pudo mantener el beso.
Antes de que pudiera decir, Fóllame duro, Xhex lo empujó contra el muro del túnel y luego sintió el aire frío cuando ella apartó la bata. Los labios de Xhex se movieron a lo largo de su pecho, los colmillos dejaban una huella doble que hacía hormiguear cada nervio de su cuerpo… especialmente los de la punta de su polla.
John dejó escapar un grito silencioso cuando la ardiente y húmeda boca encontró ese lugar caliente y duro, deslizándose sobre él, tomándolo por completo, rodeándolo con calor y succionando. En la retirada, fue lenta y firme, hasta que la punta salió de su boca con un sonido suave… y después deslizó la lengua alrededor. Mientras ella trabajaba en él, los ojos de John estaban abiertos, pero la oscuridad que los rodeaba hacía que pareciera que tuviera los párpados cerrados… y oh, tío, la oscuridad estaba bien en esta situación: tenía una imagen clara de cómo se la vería de rodillas delante de sus piernas abiertas, su camiseta sin mangas recogida sobre los pechos, sus pezones aún erectos, su cabeza yendo hacia adelante y atrás, hacia adelante y atrás.
Sus pechos se balancearían con cada movimiento que hiciese.
Mientras la respiración salía trabajosamente dentro y fuera de su boca, John tenía la sensación de que su peso estaba equitativamente distribuido entre su pierna herida y la ilesa, pero maldita sea si podía sentir otra cosa que no fuese lo que ella le estaba haciendo. Joder, podía haber estado ardiendo, para lo que le importaba.
Estaba ardiendo, era un hecho… y las llamas se volvieron más calientes cuando Xhex empujó su erección hacia arriba contra su bajo vientre y le pasó la lengua hacia abajo hasta que llegó a los pesados sacos que había bajo su polla. Uno por uno se los metió en la boca y luego volvió hacia atrás para chupar su erección.
Ella encontró un ritmo y él no duró mucho tiempo. Caricia y succión, caricia y succión, caricia…
John arqueó el cuerpo y sus palmas golpearon contra la pared mientras se corría. Tras acabar, la puso de pie de un tirón y la beso largo y duro… con la idea de devolverle el favor en su…
Xhex le mordisqueó el labio inferior a propósito y lamió el diminuto corte que había hecho.
―Cama. Ahora.
Roger. A eso.
John volvió a encender las lámparas del techo y subieron a la carrera a la mansión.
Curioso, pero esa pierna vaga no le molestó en lo más mínimo.
* * *
Blay permaneció fuera de la habitación asignada a Saxton durante y después de la alimentación, pero no le estaba permitido abandonar la mansión para despejarse la cabeza. El primo de Qhuinn estaba considerado, bajo las Viejas Leyes, su macho invitado en la casa de la Primera Familia y por tanto, el protocolo exigía que él permaneciera en el lugar.
Al menos luchar con los demás le habría proporcionado una sensación de realización y ayudaría a que el tiempo pasara más deprisa.
Después de que Phury llegara con Selena y las presentaciones fueran hechas, Blay se había ido a su propia habitación y encontrado paz diciéndose a sí mismo que tenía que arreglar cosas aquí. Desafortunadamente, la rutina Maid R Us20 le había llevado alrededor de dos minutos y había implicado recolocar el libro que había estado leyendo en la mesita de noche… y trasladar un par de calcetines negros del cajón de calcetines de color con sus compañeros del de debajo.
Una de las maldiciones de ser ordenado era que nunca había nada que ordenar en el frente de la pulcritud.
Además, también se había cortado el cabello recientemente. Las uñas estaban cortas. No había depilación masculina pendiente, gracias a que los vampiros no tenían pelo, a excepción del de sus cabezas.
Normalmente si quería matar el tiempo, llamaba a casa para ponerse al día con sus padres, pero dado lo que pasaba por su mente ahora mismo, el número de la casa segura de la familia no era algo que fuera a marcar. ¿En conclusión? Apestaba mintiendo y no estaba por la labor de escandalizar a su padre y su madre: Ey, tíos, no lo sabéis aún, pero soy gay… y estoy pensando en salir con el primo de Qhuinn.
Oh y a propósito, él está aquí.
Alimentándose.
Dios la idea de Saxton tomando de la vena de alguien era ardiente como el demonio… aunque fuera la de Selena.
Y excepto por el hecho de que Phury estaba allí con la pareja. Por supuesto, por cuestión de decoro, más que para protección de ella.
Así que, sí, no había manera de que se acercase a esa habitación. Lo último que quería era excitarse delante de público.
Blay miró a su reloj. Paseó de un lado a otro. Intentó ver la TV. Cogió el libro que había colocado hacía un rato.
De cuando en cuando su teléfono sonaba con informes de campo, ninguno de los cuales ayudaba a su humor nervioso. La Hermandad siempre enviaba informes regulares de forma que todo el mundo tuviera información del momento y las cosas no iban bien: John había resultado herido, así que él, Xhex y Qhuinn estaban con Doc Jane en la clínica. La infiltración en la granja había sido un éxito, pero sólo hasta cierto punto… el Fore-lessser sospechoso aún andaba suelto y habían cogido a muchos, pero no a todos los nuevos reclutas que habían encontrado.
La dirección vinculada a ese corredor callejero los había llevado a un callejón sin salida. Los ánimos estaban exaltados.
Comprobó su reloj. Después el reloj de la pared.
Y sintió ganas de gritar.
Cristo, hacía rato desde que Saxton y Selena habían empezado. ¿Por qué no había venido nadie a avisarle de que estaba hecho?
¿Y si algo iba mal? Doc Jane había dicho que las heridas del tipo no suponían riesgo para su vida y que la alimentación lo pondría en camino de recuperarse…
Aunque bueno, si algún Hermano tenía probabilidades de entretenerse con Saxton, ese era el Primale. Phury adoraba la ópera y el arte y los buenos libros. ¿Tal vez se habían enzarzado en una charla posterior?
Al final, no pudo permanecer en su propia compañía y fue escaleras abajo a la cocina, donde los doggen de la casa estaban preparando la Última Comida. Intentó ayudar, ofreciéndose a poner los platos o la cubertería de plata o cortar las verduras en la cocina, rociar con su jugo los pavos que se asaban… pero el personal se puso tan nervioso, que se echó atrás.
Tío, si había una cosa que garantizara volver loco a un doggen, era ofrecerse a arrimar el hombro. Por naturaleza, no podían soportar que alguien a quien servían hiciera nada aparte de ser servido… pero tampoco podían soportar rechazar una oferta de ayuda.
Antes de hacer que les diera vueltas la cabeza por dejar que se quemase la cena y posiblemente desatar un suicidio colectivo, salió de la despensa y cruzó el comedor.
Las puertas del vestíbulo se abrieron y cerraron y Qhuinn atravesó el mosaico del suelo del vestíbulo de mal humor.
Había sangre roja en la cara del tipo y en sus manos y ropa de cuero. Fresca y brillante sangre.
De la variedad humana.
El primer instinto de Blay fue gritar a su colega, pero se contuvo porque no quería atraer mucha atención sobre el hecho de que Qhuinn había estado obviamente donde no estaba John.
No había muchos Homo sapiens en la clínica del centro de entrenamiento.
Y supuestamente había estado luchando con iniciados, que sangraban negro.
Blay subió las escaleras y alcanzó al tipo frente al estudio de Wrath… cuyas puertas estaban misericordiosamente cerradas.
―¿Qué demonios te ha pasado?
Qhuinn no se detuvo, simplemente se apresuró hacia su cuarto. Deslizándose dentro, hizo ademán de cerrarle la puerta en la cara.
Sin hacerle caso, pensó Blay, mientras se metía dentro.
―¿Qué pasa con la sangre?
―No estoy de humor ―murmuró Qhuinn mientras comenzaba a desvestirse.
Descartó la chaqueta de cuero sobre la cómoda, se desarmó sobre el escritorio y se sacó las botas de un puntapié a medio camino del baño. Tiró la camiseta por encima del hombro y ésta acabó encima de una lámpara.
―¿Por qué hay sangre en tus manos? ―repitió Blay.
―No es asunto tuyo.
―Qué has hecho. ―Aunque presentía que lo sabía―. ¿Qué demonios has hecho?
Cuando Qhuinn se deslizó dentro de la ducha para abrir el agua, el cordón de músculos a lo largo de su espina dorsal se flexionó sobre la cintura de sus pantalones de cuero.
Dios, también tenía sangre roja en otras partes… lo que hizo preguntarse a Blay como de lejos había llegado la pelea.
―¿Cómo está tu chico?
Blay frunció el ceño.
―Mi chico… Oh, Saxton.
―Sí. “Oh. Saxton”. ―El vapor comenzó a elevarse en la ducha revestida de cristal, el vaho subiendo y después cayendo entre ellos―. ¿Cómo le va?
―Supongo que ya lo han alimentado.
Los ojos disparejos de Qhuinn se enfocaron en algún punto detrás de la cabeza de Blay.
―Espero que se sienta mejor.
Cuando se enfrentaron el uno al otro, el pecho de Blay dolió tanto que tuvo que frotárselo.
―Lo has matado.
―¿Lo? ¿A quién? ―Qhuinn se llevó las manos a las caderas, sus pectorales y pezones perforados se destacaban en relieve, gracias a las luces que había sobre el lavabo―. No conozco a ningún “lo”.
―Déjate de gilipolleces. Saxton querrá saberlo.
―Su protector, ese eres tu. ―No había hostilidad en las palabras. Sólo una inusitada resignación―. Vale, bien, no maté a nadie. Pero le di a ese gilipollas homofóbico algo en que pensar además del cáncer de garganta que le van a ocasionar esos cigarros. No permitiré que se le falte el respeto a los miembros de mi familia. ―Qhuinn se dio la vuelta―. Y… bueno, joder, no me gusta que estés preocupado, lo creas o no. ¿Y si le hubieran dejado por muerto y hubiera salido el sol? ¿O le hubieran encontrado los humanos? Nunca lo habrías superado. No podía permitir ese resultado.
Dios, esto no era típico del hijo de puta. Haciendo la cosa equivocada por la razón perfecta...
―Te amo ―susurró Blay tan quedamente que el sonido del agua corriendo ahogó las palabras.
―Escucha, necesito una ducha ―dijo Qhuinn―. Quiero quitarme esta mierda de encima. Y después necesito dormir.
―Vale. Sí. ¿Quieres que te traiga un poco de comida?
―Estoy bien. Gracias.
Cuando comenzaba a marcharse, Blay echo un vistazo por encima del hombro. Qhuinn se estaba quitando los pantalones de cuero, su culo estaba haciendo una aparición espectacular.
Con la cabeza aún vuelta, salió del todo del baño, pero se dio de golpe contra el escritorio, y tuvo que coger la lámpara para que no cayese al suelo. Enderezándola, cogió la camiseta de la pantalla y, como una patética marica, se acercó el suave algodón a la nariz para una inhalación.
Cerrando los ojos, acunó contra su pecho lo que había estado en el de Qhuinn y escuchó el sonido del agua caer mientras el otro macho se lavaba.
No estaba seguro de cuanto tiempo permaneció así, en el purgatorio de tan-cerca-pero-tan-lejos. Lo que lo hizo moverse de nuevo fue el temor a ser pillado haciendo el panoli. Tras dejar la camiseta con cuidado tal y como estaba antes, se obligó a ir hacia la puerta.
Estaba a mitad de camino cuando lo vio.
Sobre la cama.
El fajín blanco estaba enredado entre las sábanas, sólo una extensión más de tela arrugada.
Cuando levantó la vista, encontró dos impresiones de cabezas en un par de almohadas que estaban cerca una de la otra. Estaba claro, la Elegida Layla había olvidado anudar su túnica cuando se fue. Lo que podría haber pasado sólo si hubiera estado desnuda mientras estaba allí.
Blay se llevó la mano al corazón una vez más, una sensación de constricción le hacía sentir como si estuviera bajo el agua… con la superficie del océano muy, muy lejos sobre él.
La ducha se cerró en al baño y una toalla se agitó por ahí.
Blay pasó de largo la cama bien usada y atravesó la puerta.
No era consciente de haber tomado una decisión racional, pero sus pies eligieron un destino; eso era obvio. Atravesando el pasillo, se paró dos habitaciones más allá y luego su mano se alzó por propia voluntad y llamó silenciosamente. Cuando le llegó el sonido de una respuesta amortiguada, abrió la puerta. En el otro lado, la habitación estaba oscura y olía divina… y mientras permanecía de pie a la luz del pasillo, su sombra alcanzó el pie de la cama.
―Justo a tiempo, acaban de irse. ―La voz ronca de Saxton era una promesa de cosas que Blay quería―. ¿Has venido a ver cómo estoy?
―Sí.
Hubo una larga pausa.
―Entonces cierra la puerta y te lo mostraré.
Blay apretó la mano en el pomo de la puerta hasta que sus nudillos crujieron.
Y después entró en la habitación y los encerró dentro. Mientras se sacaba de un puntapié los zapatos, echaba el cerrojo.
Por privacidad.

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