sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 61 62 63

Capítulo 61

En el Otro Lado, Payne estaba sentada en el borde de la charca que reflejaba la luz y miraba fijamente su propia cara en el agua en calma.
Reconocía bien el cabello negro, los ojos diamantinos y los fuertes rasgos.
También era consciente de quién la había engendrado y dado a luz.
Podía enumerar los días de su historia hasta este momento.
Y sin embargo, sentía como si no tuviera una pista en cuanto a quien era realmente. De muchas formas, más de las que encontraba consuelo en enumerar, ella no era nada mas que ese eco en la superficie de la charca, una imagen que carecía de profundidad y sustancia… y no dejaría nada permanente a su paso cuando se fuera.
Cuando Layla se le acercó por detrás, encontró los ojos de la hembra en el espejo del agua.
Más tarde consideraría que la sonrisa de Layla fue la que lo cambió todo. A pesar de que por supuesto, hubo más que eso… pero la radiante expresión de su hermana fue lo que en última instancia la lanzó hacia las alas del cambio, el sutil empujón que la hizo caer por el acantilado.
Esa sonrisa era real.
―Saludos, hermana mía ―dijo Layla―. He estado buscándote.
―Y por tanto me has encontrado. ―Payne se obligó a sí misma a volverse y levantar la vista hacia la Elegida―. Por favor. Siéntate y únete a mí. Deduzco por tu buen ánimo que tu experiencia con el macho prosigue a buen ritmo.
Layla se sentó pero sólo por un momento y después su alegría cinética hizo que se pusiera en pie de nuevo.
―Oh, sí, efectivamente. Efectivamente, sí. Va a llamarme a lo largo de este día y yo debo acudir de nuevo a él. Oh, amada hermana, no puedes imaginarte… como es ser abrazada en un círculo de fuego y sin embargo salir indemne y encantada. Es un milagro. Una bendición.
Payne se giró de vuelta al agua y observó como sus propias cejas se fruncían.
―¿Puedo preguntarte algo impertinente?
―Por supuesto, hermana mía. ―Layla se acercó y se sentó una vez más en el blanco borde de mármol de la charca―. Cualquier cosa.
―¿Estás pensando en aparearte con él? No sólo aparearte con él, ¿sino convertirte en su shellan?
―Bien, sí. Por supuesto que lo estoy. Pero espero encontrar el momento oportuno para mencionarlo.
―¿Qué harás… si él dice no? ―Cuando la cara de Layla se heló, como si nunca hubiera considerado semejante cosa, Payne se sintió como sí hubiera aplastado un capullo de rosa en su mano―. Oh, maldita sea… no pretendo disgustarte. Yo solo….
―No, no. ―Layla hizo una inspiración para tomar fuerza―. Soy bien consciente de la construcción de tu corazón y no tienes una cámara cruel en él. Razón por la cual siento que puedo hablarte con tal franqueza.
― Por favor, olvida que pregunté.
Ahora Layla miraba fijamente a la charca.
―Yo… en realidad no hemos tenido auténticas relaciones.
Las cejas de Payne se dispararon hacia arriba. Verdaderamente, si sólo el precursor del acontecimiento real provocaba tal euforia, el acto en sí debía ser increíble.
Al menos para una mujer como la que estaba ante ella.
Layla se abrazó, sin duda porque estaba recordando la sensación de otro apretón más fuerte.
―Yo lo deseo, pero él se contiene. Espero… Creo que es porque desea emparejarse conmigo apropiadamente primero, en ceremonia.
Payne sintió el horrible peso de una premonición.
―Ten cuidado, hermana. Tú eres un alma gentil.
Layla se puso de pie, su sonrisa ahora entristecida.
―Sí, lo soy. Pero preferiría que mi corazón estuviera roto antes que sin abrir y sé que uno debe pedir para recibir.
La hembra estaba tan segura y firme que a la sombra de su coraje, Payne se sintió pequeña. Pequeña y débil.
¿Quién era ella? ¿Un reflejo? ¿O una realidad?
De repente se levantó.
―¿Me disculpas que me vaya?
Layla pareció sorprendida y cabizbaja.
―Por supuesto. Y por favor, no pretendía ofenderte con mis divagaciones…
En un impulso, Payne abrazó a la otra Elegida.
―No lo has hecho. No te preocupes. Y mucha suerte con tu macho. Verdaderamente, él sería bendecido por tenerte.
Antes de que pudiera decirse algo más, Payne se alejó, pasando rápidamente junto a los dormitorios y apretando el paso al subir la colina que llevaba al Templo del Primale. Dejando atrás ese sagrado lugar de apareamiento, que ya nunca se utilizaba, entró en el patio de mármol de su madre y pasó a grandes zancadas bajo la columnata.
El modesto tamaño de la puerta que señalaba las habitaciones privadas de la Virgen Escriba no era lo que uno esperaría como heraldo de tan divino espacio. Pero la verdad es que cuando el mundo entero es tuyo, no tenías nada que demostrar, ¿verdad?
Payne no llamó. Considerando lo que estaba a punto de hacer, lo inapropiado de irrumpir sin invitación iba a estar tan abajo en su lista de pecados, que a penas iba a contar como uno.
―Madre ―pidió mientras entraba en la vacía habitación blanca.
Hubo una larga pausa antes de que obtuviera una respuesta y la voz que le llegó fue incorpórea.
―Sí, hija.
―Permíteme salir de aquí. Ahora.
Cualquiera que fuera la consecuencia que recayera sobre su cabeza debido a esta nueva confrontación era mejor que una existencia tan esterilizada.
―Expúlsame ―reiteró a las paredes en blanco y el no-aire―. Déjame marchar. Nunca volveré si ese es tu deseo. Pero no me quedaré aquí en lo sucesivo.
Con un fogonazo de luz, la Virgen Escriba apareció ante ella sin la toga negra que normalmente llevaba. En efecto, Payne estaba bastante segura de que nadie nunca había visto a su madre como realmente era, energía sin forma.
Sin embargo, ya no brillaba. Atenuada ahora, apenas era más que una onda de calor para el ojo.
La diferencia estaba frenando y atenuando la rabia de Payne.
―Madre… déjame marchar. Por favor.
La respuesta de la Virgen Escriba tardó en llegar.
―Lo siento. No puedo conceder tu deseo.
Payne desnudó sus colmillos.
―Maldita seas, solo hazlo. Déjame salir de aquí o…
―No hay un “o” mi amada niña. ―La débil voz de la Virgen Escriba se dispersó lentamente y luego regresó―. Debes permanecer aquí. El destino lo exige.
―¿El de quién? ¿El tuyo o el mío? ―Payne acuchilló con su mano la paralítica quietud―. Porque aquí en realidad no estoy viviendo y que clase de destino es ese.
―Lo siento.
Y ese fue el fin de la discusión… al menos en lo que concernía a su madre. Con un destello, la Virgen Escriba desapareció.
Payne gritó en la vasta vacuidad:
―¡Libérame! ¡Maldita seas! ¡Libérame!
Medio esperaba ser asesinada en el sitio, pero entonces la tortura habría finalizado y qué diversión habría en ello.
―¡Madre!
Cuando no hubo respuesta, Payne giró alrededor y deseó como el Dhunhd que hubiera algo para lanzar… pero no había nada a lo que echar mano y el simbolismo fue un grito en su cabeza: nada para ella, no había absolutamente nada para ella aquí...
Acercándose a la puerta, desató su cólera, arrancando la cosa de los goznes y lanzándola hacia atrás en la fría y vacía habitación. El blanco panel rebotó dos veces y después se deslizó a lo largo del espacio despejado, un guijarro sobre la superficie de un estanque tranquilo.
Mientras salía al acecho hacia la fuente, escuchó una serie de chasquidos y cuando miró por encima del hombro, vio que la puerta se había arreglado por sí misma, resellando mágicamente sus jambas vacías, formando exactamente lo que había estado antes sin siquiera un rasguño que mostrara lo que ella le había hecho.
Tal furia creció en su interior que constriñó su garganta e hizo que le temblaran las manos. Por el rabillo del ojo, vio una figura de negra toga bajando la columnata, pero no era su madre. Era simplemente No’One con una cesta de ofrendas para la Virgen Escriba, su cojera alteraba su paso balanceándola de lado a lado.
La visión de la desgraciada y excluida Elegida avivó su rabia incluso más.
―¿Payne?
El sonido de la profunda voz la hizo girar la cabeza: Wrath estaba de pie junto al árbol blanco de coloridos pájaros cantores, su enorme figura dominaba el patio.
Payne se abalanzó contra él, convirtiéndolo en un objetivo contra el que podía luchar. Y el Rey Ciego claramente presintió su violencia y su salvaje acercamiento: En el parpadeo de un ojo, cambió a su postura de lucha, transformándose en más poderoso, dispuesto y listo.
Ella le dio todo lo que tenía y más, sus puños y piernas volaban hacia él, su cuerpo se convirtió en un remolino de puñetazos y patadas que él desviaba con los antebrazos y esquivaba agachando el torso y cabeza.
Más rápida, más resistente y más mortal, siguió presionando al rey, obligándole a devolver lo que ella le lanzaba o arriesgarse a resultar seriamente herido. El primer golpe duro la alcanzó en el hombro, el puño de Wrath chocó contra ella, haciéndola perder el equilibrio… pero se recuperó rápidamente y se dio la vuelta, con la pierna y el pie por delante.
El impacto en el estómago de Wrath le sacudió tan fuerte que gruñó… al menos hasta que ella giró una vez más y le golpeó en la cara con los nudillos. Cuando la sangre brotó y las gafas oscuras de sus ojos salieron volando, él maldijo.
―Qué coño, Pay…
El rey no tuvo oportunidad de terminar su nombre. Se estrelló contra él, cogiéndolo por la cintura, conduciendo su enorme peso hacia atrás. Sin embargo, no había una verdadera competición. Él tenía dos veces su tamaño y tomó el control con facilidad, quitándosela de encima y dándole la vuelta de golpe para agarrarla, colocándola de espaldas contra su pecho.
― ¿Cuál coño es tu problema? ―gruñó en su oído.
Ella echó de golpe la cabeza hacia atrás, dándole en la cara y su apretón se aflojó durante una fracción de segundo. Que fue todo lo que necesitó para soltarse. Ya libre de él, pudo utilizar su cuerpo fuerte como un roble como plataforma de lanzamiento….
Subestimó inmensamente su impulso. En lugar de aterrizar con su peso en perpendicular al suelo, se inclinó hacia adelante… lo que supuso que se hiriera un pie gravemente e iniciara una salvaje acrobacia de lado.
El borde de mármol de la fuente le impidió golpear el suelo, pero el impacto fue peor que si hubiera caído en horizontal.
El chasquido de su espalda fue fuerte como un chillido.
Y también lo fue el dolor.



Capítulo 62

Cuando Lash despertó en su rancho oculto, lo primero que hizo fue mirarse los brazos. Junto con las manos y muñecas, sus antebrazos también eran sombras, una especie de forma de humo que se movía cuando él lo indicaba y a su orden podían no ser nada más que aire o conseguían soportar peso.
Sentándose, apartó la manta que se había echado encima y se levantó. Y mira tú por donde, sus pies tendían a desaparecer también. Lo cual era bueno, pero... mierda, ¿cuánto tiempo iba a llevar esta transformación? Tenía que asumir que si su cuerpo todavía tenía forma física, con un corazón que latía y necesidades como comer, beber y dormir, no estaba completamente a salvo de balas y cuchillos.
Además, francamente, dadas todas las piezas que se le habían caído, la gestión de bio-desperdicios era un jodido desastre.
Había convertido el colchón en el que había dormido en el mayor pañal del planeta.
Un chillido atrajo su atención, fue hacia las persianas y las separó un poco con la punta de los dedos. A través de la grieta, observó a los humanos proseguir con sus patéticos días, conduciendo, montando en bici. Puñeteros imbéciles con sus pequeñas y simples vidas. Despertar. Ir a trabajar. Volver a casa. Quejarse sobre su día. Despertar y hacer lo mismo otra vez. Al pasar un sedan, implantó un pensamiento en la mente del conductor... y sonrió cuando el Pontiac se salió de su senda, se subió a la cuneta y giró para dirigirse hacia  la casa de dos pisos del otro lado de la calle. El puñetero PDM se lanzó directamente a un banco de ventanas, atravesando el cristal y el marco de madera, las bolsas de aire explotaron dentro del coche.
Mejor que una taza de café para comenzar el día.
Se dio la vuelta y fue hacia la cómoda mierdosa, encendiendo el portátil que había encontrado en la parte de atrás del Mercedes. El trato de drogas que había interrumpido de camino a casa había valido la pena. Había pillado un par de miles de dólares al igual que algo de oxicodina, algo de éxtasis y doce piedras de crack. Más importante aún, había puesto a los dos traficantes y al cliente en trance, los había llevado de vuelta hacia el AMG, los había traído y los había convertido.
Habían dejado el baño del vestíbulo hecho una mierda tras vomitar toda la noche, pero francamente estaba harto de esta casa y estaba pensando en prenderle fuego.
Así que... tenía un equipo de cuatro. Y ya que ninguno de ellos se había ofrecido voluntario, una vez los hubo drenado y devuelto a la "vida", les había prometido todo tipo de mierdas. Y mira tú por donde, los yonkis que trapichean para satisfacer sus propios hábitos se creen cualquier cosa que les dices. Sólo tienes que venderles un futuro... después de asustarles hasta que cagaban el colon.
Lo cual no había sido ningún PT para él. Naturalmente, se habían cagado encima cuando se había desenmascarado, pero lo bueno es que habían alucinado tantas veces con viajes de ácido, que no estaba del todo fuera de su experiencia hablar con un cadáver andante. Además él era muy persuasivo cuando quería.
Era una maldita vergüenza que no pudiera lavarles el cerebro permanentemente. Pero ese truco de salón con el conductor del Pontiac era todo lo lejos que podía llegar con lo de la influencia: breve e insostenible durante más de un par de segundos.
Puñetero libre albedrío.
Después de que el ordenador arrancara, fue a la página del Caldwell Courier Journal...
Hola, página principal. La "Masacre de la Granja" estaba cubierta por varios artículos... la sangre, los cuerpos descuartizados y el extraño residuo aceitoso habían animado todo tipo de descripciones dignas del Pulitzer. Los periodistas también habían entrevistado a la policía que había estado allí, al cartero que había llamado al 911 en primer lugar, a doce críos del vecindario y al alcalde... que evidentemente estaba "movilizando a los mejores hombres y mujeres del DPC para resolver este terrible crimen contra la comunidad de Caldwell".
El consenso era: muertes rituales. Tal vez ligadas a un culto desconocido.
Todo lo cual era sólo charla insustancial oscureciendo lo que él buscaba en realidad... Bingo. En el último artículo, encontró un trozo de dos párrafos informando de que habían irrumpido en la escena del crimen la noche antes. Los "mejores hombres y mujeres del DPC" habían admitido reluctantemente que uno de sus coches patrulla nocturna había hecho una pasada y descubierto que una persona o personas desconocidas habían registrado el escenario. Fueron rápidos en señalar que cualquier prueba relevante había sido ya trasladada y que habían puesto vigilancia a tiempo completo de ahora en adelante. Así que la Hermandad había dado crédito a su pequeño mensaje.
¿Habría ido también Xhex?, se preguntó. ¿Tal vez esperando a ver si él aparecía?
Mierda, se había perdido echarle un maldito vistazo. Y a los Hermanos.
Pero tenía tiempo. Demonios ¿cuando su cuerpo fuera completamente... sombra? Tendría una eternidad. Comprobando su reloj, se puso en marcha, cambiándose rápidamente a unos pantalones negros y una camisa de cuello alto y ese impermeable encapuchado. Agarrando los guantes de cuero, se puso su gorra de beisbol negra y se echó un vistazo en el espejo.
Sí. Vale.
Revolviendo por ahí, encontró una camiseta negra que desgarró y se envolvió alrededor de la cara, dejando espacio para sus ojos sin párpados, los cartílagos que quedaban de su nariz y el agujero abierto que era ahora su boca.
Mejor. No genial. Pero mejor.
La primera parada fue al cuarto de baño para comprobar cómo le iba a sus tropas. Todos estaban tirados en un montón sobre el suelo, brazos y piernas entrelazadas, las cabezas aquí y allá... pero los cabrones seguían vivos.
Tío, son tan del fondo del barril, auténticos desechos humanos, pensó. Si tenían suerte, su CI colectivo podría llegar a duras penas a los tres dígitos.
Sin embargo iban a ser útiles.
Lash cerró la casa con un hechizo y salió al garaje. Abrió el portaequipajes del Mercedes sacó el paquete de coca y se cargó ambas fosas nasales antes de ponerse tras el volante.
¡Bueeeeeeenos diiiiiiías! Mientras un coro de caos le iluminaba desde dentro, salió hacia atrás por el camino de entrada y abandonó el vecindario yendo en dirección contraria a los polis y ambulancias que habían llegado a la casa del otro lado de la calle.
Que ahora tenía un aparcamiento en lugar de una sala de estar.
Una vez llegó a la autopista, el viaje al centro deberían haber sido diez minutos, pero a causa del tráfico de hora punta fueron más bien veinticinco, aunque con el acelerón de su mente y cuerpo, sintió como si hubiera estado en parada total todo el rato.
Eran algo más de las nueve cuando entró en un callejón y aparcó junto a una furgoneta plateada. Cuando salió, agradeció a Dios el subidón... realmente se sentía como si tuviera algo de energía. El problema era que si su Maquillaje Extremo no terminaba rápido, iba a acabar con el alijo del portaequipajes en cuestión de días.
Razón por la cual había arreglado esta reunión inmediatamente en vez de esperar algo más.
Y mira tú por donde, Ricardo Benloise era puntual y ya estaba en su oficina: el AMG en el que había llegado estaba aparcado junto a una furgoneta GMC. Lash se aproximó a la puerta trasera de la galería de arte y esperó a la videocámara. Sí, habría preferido aplazar este cara a cara un par de días, pero aparte de sus propias necesidades, tenía vendedores sanando en su cuarto de baño y necesitaba producto con los que mandarlos a las calles.
Luego tenía que convertir a algunos soldados.
Después de todo, “el mierdecilla” no había malgastado el tiempo engrosando sus filas... aunque no había forma alguna de decir cuántos habían quedado después de que la Hermandad asaltara esa granja.
Nunca creyó que se alegraría de que esos hijos de puta fueran letales en su trabajo. Buena. Pesca.
Lash había asumido que el juguete del Omega iba a cocinar rápidamente otra tanda de inducidos. Y dado que el crío había sido un camello de éxito, iba a retomar el negocio tan pronto como pudiera. Dos cosas que le proporcionarían recursos no sólo para luchar contra los vampiros, sino para ir a por Lash.
Así que era cuestión de tiempo. Lash confiaba condenadamente en que “el mierda” no pudiera arreglar una reunión con Benloise inmediatamente porque era un pez pequeño... ¿pero cuánto tiempo más seguiría siendo eso cierto? Las ventas contaban. La astucia contaba. Si Lash podía introducir un pie en la puerta, otro también podía.
Especialmente si tenían los talentos especiales de un Fore-lesser.
Con un chasquido, los cerrojos de la puerta se accionaron y uno de los matones de Benloise abrió. El tipo frunció el ceño ante la pinta Lady Gaga de Lash, pero volvió rápidamente al juego. Sin duda había visto muchas mierdas alocadas... y no sólo por lo del tráfico de drogas: sin duda los artistas eran en su mayor parte chiflados excéntricos.
—¿Dónde está tu ID? —dijo el tipo.
Lash mostró su falso permiso de conducir.
—Apunto de patearte el culo, hijo de puta.
Claramente, la combinación de tarjeta laminada y la voz familiar de Lash fue suficiente porque un momento después, se le permitió la entrada.
La oficina de Benloise estaba en el tercer piso de la parte delantera y el viaje arriba fue silencioso. El espacio privado del tipo era una pista de bolera minimalista, nada excepto una larga extensión de suelos de madera negros y barnizados que culminaban en una plataforma elevada... que era el equivalente en escritorio de un juego de alzas para zapatos. Benloise estaba aparcado en el estrado, sentado tras una mesa de teca del tamaño de un Lincoln Town Car.
Como un montón de tipos que tenían que ponerse de puntillas para llegar al uno noventa en una cinta métrica, todo lo del bajito era grande.
Mientras Lash se aproximaba, el sudamericano levantó la vista de sus dedos colocados yema contra yema formando una montaña y habló a su modo, llano y culto.
—Me complació mucho recibir su llamada después de que faltara a nuestra última reunión programada. Donde quiera que haya estado, amigo mío.
—Problemas familiares.
Benloise frunció el ceño.
—Sí, la sangre puede ser problemática.
—No tienes ni idea. —Lash miró alrededor de la nada absoluta, localizando las cámaras y puertas ocultas... que estaban en las mismas posiciones que la última vez.
—Primero, déjame asegurarte que nuestras relaciones de negocios siguen siendo mi primera prioridad.
—Me complace mucho saberlo. Cuando no llegó a comprar las piezas a las que se había comprometido por contrato, me lo pregunté. Como marchante de arte, dependo de mis clientes habituales para mantener a mis artistas ocupados. También espero que mis regulares cumplan con sus obligaciones.
—Entendido. Lo cual es la auténtica razón de que haya venido. Necesito un adelanto. Tengo una pared vacía en mi casa que tiene que ser ocupada con una de tus pinturas, pero hoy no puedo pagar en efectivo.
Benloise sonrió, mostrando dientecitos perfectos.
—Me temo que no hago ese tipo de arreglos. Debe pagar por el arte con el que se marcha. ¿Y por qué lleva la cara cubierta?
Lash ignoró la pregunta.
—Vas a hacer una excepción en mi caso.
—No hago excepciones...
Lash se desmaterializó a través del espacio, tomando forma detrás del tipo y poniéndole un cuchillo en la garganta. Con un grito, el guardia de la puerta fue a por su arma, pero no iba a haber un montón de disparos cuando la yugular de su jefe estaba a punto de tener una fuga.
Lash siseó al oído de Benloise.
—He tenido una semana realmente jodida y me he cansado de jugar según las reglas humanas. Tengo toda la intención de continuar nuestra relación y tú vas a hacerlo posible, no sólo porque eso nos beneficia a ambos, sino porque voy a ocuparme de ello personalmente si no lo haces. Que sepas esto, no puedes ocultarte de mí y no hay lugar donde puedas ir y donde yo no pueda encontrarte. No hay puerta lo suficientemente fuerte para mantenerme fuera, ni hombre al que no pueda superar, ni arma que puedas usar contra mí. Estos son mis términos... una obra de arte para llenar mi pared y me la llevaré conmigo ahora mismo.
Cuando descubriera quien era el contacto de ultramar de Benloise, podría librarse el bastardo... pero eso sería precipitarse. El sudamericano era la tubería por la que el producto llegaba a Caldwell y esa era la única razón de que el hijo de puta tuviera tan buenas probabilidades de llegar hoy al almuerzo. En lugar de a una cita con un embalsamador.
Benloise inhaló con esfuerzo.
—Enzo, las nuevas pinturas de Joshue Tree van a llegar pronto esta tarde. Cuando lo hagan, empaquetarás una de ellas y...
—La quiero ahora.
—Tendrá que esperar. No puedo darle lo que no poseo. Máteme en este momento y no tendrá nada.
Cabrón. Hijo de puta.
Lash volvió a pensar en cuanto quedaba en el portaequipajes del mercedes... y consideró el hecho de que incluso ahora, el chute de coca le estaba abandonando, dejando un montón de amodorramiento a su estela.
—¿Cuando? ¿Dónde?
—Misma hora y lugar de siempre.
—Bien. Pero voy a llevarme una muestra conmigo ahora. —Le hundió el cuchillo en el cuello—. Y no me digas que estás totalmente seco. Eso me pondría de muy mal humor... y nervioso. Nervioso es malo para ti... PTI.
Tras un momento, el tío murmuró:
—Enzo, ve a traerle una muestra del trabajo del artista, ¿de acuerdo?
El trozo de carne de enfrente pareció tener problemas para procesarlo todo, pero ver a alguien desaparecer en el mismo aire sin duda era algo nuevo para él.
—Enzo. Ve ahora.
Lash sonrió bajo sus vendas de momia.
—Sí, dale marcha a esos pies, Enzo. Yo me cuidaré esmeradamente de tu jefe hasta que vuelvas.
El guardaespaldas retrocedió hasta la salida y luego se oyó el ruido en retirada de sus botas bajando la escalera.
—Así que eres digno sucesor del Reverendo —dijo Benloise con tensión. Ah, la antigua nomenclatura de Rehvenge en el mundo humano.
—Sí, me va justo lo mismo.
—Siempre hubo algo diferente en él.
—¿Crees que ese mierda era especial? —Susurró Lash—. Espera a que me pruebes a mí.
* * *
De vuelta en la mansión de la Hermandad, Qhuinn estaba sentado en su cama, apoyado contra el cabecero. Tenía el mando de la TV equilibrado sobre un muslo y un chupito de Herradura en el otro, ¿y junto a él, pegadito muy de cerca?
El bueno del viejo Capitán Insomnia.
Delante, la televisión resplandecía en la oscuridad, las noticias matutinas canturreaban. Al final la policía había encontrado al homófobo al que Qhuinn se había trabajado en el callejón junto al bar de puros y le habían llevado al Hospital St. Francis. El tipo se negaba a identificar a su atacante o comentar qué había pasado, pero no habría importado si abría la bocaza. Había cientos de hijos de puta vestidos de cuero, tatuados y con piercings en la ciudad y el DPC podía besarle el culo a Qhuinn.
Pero fuera como fuera, ese hijo de puta no iba a decir una mierda a nadie... y Qhuinn estaba dispuesto a apostar su huevo izquierdo a que nunca volvería a meterse con un gay tampoco.
Después vino una actualización de lo que los humanos venían llamando "la Masacre de la Granja"... el informe era básicamente un compendio de información ya vieja y bastante histeria induciendo a la hipérbole. ¡Cultos! ¡Sacrificios rituales! ¡Quédense en casa después de oscurecer!
Todo lo cual estaba, por supuesto, basado en pruebas circunstanciales, porque la brigada azul de la placa no tenía nada en lo que basarse excepto secuelas... nada de cuerpos. Y aunque las identidades de un puñado de pringados comenzaban a salir a la superficie, esa calle iba a cortarse de cuajo. Los pocos asesinos que habían escapado de la infiltración de la Hermandad estaban ahora firmemente arraigados en la Sociedad Lessening, sus antiguas familias y amigos nunca volverían a verles u oír hablar de ellos.
Así que, sí, básicamente, los humanos se quedaban con un trabajo de limpieza del copón digno de ServiceMaster21 y no mucho más: Al cuerno con los tipos del CSI; lo que necesitaban realmente era una vaporeta, un cargamento de fregonas y una bañera de limpiatodo Formula 409. Si se creían que iban a "resolver" el crimen, esos polis estaban sólo masturbando las suelas de los zapatos y las puntas de las plumas.
Lo que realmente había ocurrido era sólo un fantasma que podrían sentir, pero nunca capturar. Como hecho adrede, emitieron una promo de la absolutamente nueva edición especial de  Investigadores Paranormales, la cámara hizo una panorámica de una mansión sureña con árboles que parecían necesitar de forma urgente una poda.
Qhuinn sacó los pies por el borde de la cama y se frotó la cara. Layla estaba deseando volver otra vez, pero cuando le había llamado, él le había enviado un pensamiento en respuesta de que estaba exhausto y necesitaba dormir.
No era que no quisiera estar con ella, era sólo...
Demonios, a ella le gustaba, le deseaba y evidentemente él estaba en su cuerpo. ¿Así que por qué no la llamaba sin más, se emparejaba con ella y ponía una marca en el objetivo más grande que se había fijado en la vida?
Mientras pensaba en el plan, una imagen de la cara de Blay le llegó y le obligó a dedicar una mirada fría y dura al tejido desgreñado de su vida: Esa mierda no era bonita y todas las hebras que había comenzado y que no podía ni liberar ni unir, de repente fueron más de lo que podía soportar.
Levantándose, salió al pasillo de estatuas y miró a la derecha. Hacia la habitación de Blay.
Con una maldición, se acercó a la puerta por la que había entrado y salido tanto que la tenía por propia. Cuando llamó, el contacto fue suave, no su acostumbrado bang-bang-bang. Ninguna respuesta. Intentó de nuevo.
Girando el pomo, empujó hacia dentro apenas un centímetro... y deseó no tener razones para ser discreto. Pero tal vez Saxton estuviera ahí con el tipo.
—¿Blay? ¿Estás levantado? —susurró en la oscuridad.
Ninguna réplica... y la falta de agua corriente sugería que la pareja no estaba tomando una ducha neumática juntos. Entrando, Qhuinn encendió las luces...
La cama estaba hecha, pulcra como una patena, totalmente imperturbada. La jodida parecía un anuncio de revista, con todas sus almohadas arregladas y el edredón adicional plegado como un taco de tela a los pies del colchón.
El baño tenía toallas secas, nada de condensación en el cristal de la ducha y un jacuzzi sin anillo de burbujas de baño.
Sentía el cuerpo entumecido cuando volvió al pasillo y siguió adelante. Hacia la puerta de la habitación que se le había asignado a Saxton, se detuvo y miró a los paneles. Excelente trabajo de ebanistería, los trozos se juntaban en una sola pieza. El trabajo de pintura era perfecto también, sin ningún brochazo que arruinara la superficie. Bonito tirador de bronce, tan brillante como una moneda recién acuñada...
Su aguda audición recogió un sonido suave y frunció el ceño... hasta que comprendió lo que estaba escuchando. Sólo una cosa hacía ese tipo de sonido rítmico...
Se tambaleó hacia atrás, hasta que dio con el culo en la estatua griega que tenía directamente detrás.
Tropezó con sus pies, caminando ciegamente hacia algún lugar, donde fuera. Adonde llegó fue al estudio del rey, miró sobre su hombro y comprobó la alfombra sobre la que había pisado.
Ni rastro de su sangre. Lo cual, considerando la forma en que le dolía el pecho, era toda una sorpresa. Seguro como la mierda que se sentía como si hubiera recibido un disparo en el corazón.

Capítulo 63

Xhex despertó chillando.
Afortunadamente, John había dejado la luz del cuarto de baño encendida, así que por lo menos tuvo media oportunidad de convencer a su cerebro de donde estaba su cuerpo: de hecho, no estaba de vuelta en aquella clínica humana, siendo tratada como una rata de laboratorio. Estaba aquí, en la mansión de la Hermandad con John.
Quién había saltado de la cama y apuntaba con su arma a la puerta del pasillo como si estuviera preparado para abrir un agujero a través de la maldita cosa.
Tapándose la boca con la mano, Xhex rezó para haberse callado a tiempo, antes de despertar a la casa entera. Lo último que necesitaba era que una panda de Hermanos aparecieran en el umbral con un montón de “¿qué pasa?”
En un movimiento silencioso, John balanceó el cañón de la cuarenta en torno a las ventanas con las persianas cerradas y luego hizo un barrido hasta el armario empotrado. Cuando finalmente bajó el arma, silbó una indagación.
—Estoy… bien —contestó ella, encontrando su voz—. Sólo un mal…
El golpe que la interrumpió fue aproximadamente tan sutil como una maldición en un cuarto silencioso. O el chillido que ella acababa de dejar salir.
Mientras tiraba de la sábana hasta las clavículas, John abrió la puerta una rendija y la voz de Z vagó dentro.
—¿Todo bien ahí dentro?
No. Ni de cerca.
Xhex se frotó la cara y trató de reenchufarse a la realidad. Tarea dura. Sentía el cuerpo ingrávido y desconectado y tío, esta sensación flotante no la ayudaba a encontrar ese lugar calmado y tranquilizador.
No hacía falta ser un genio para saber porqué su subconsciente había eructado esa mierda sobre su primer viaje a través del parque de atracciones de los secuestros. Permanecer en el quirófano durante la plomotomía de John había sido obviamente como una comida caliente y picante para el cerebro, con la pesadilla siendo la versión craneal del reflujo ácido.
Cristo, tenía un caso de sudores fríos, gotas en el labio superior, palmas húmedas.
En medio de su desesperación, se centró en lo que podía ver a través de la puerta parcialmente abierta del cuarto de baño.
Girarse hacia los cepillos de dientes en el mostrador de mármol la salvó. Ambos estaban en una taza de plata entre los dos lavabos, observándose como un par de chismosos que hubieran inclinado las cabezas para intercambiar rumores. Ambos eran de John, suponía porque en general los huéspedes no eran bienvenidos en esta casa.
Uno era azul. El otro rojo. Ambos tenían las cerdas verdes en el centro que se volvían blancas con el tiempo para dejarte saber cuando era hora de conseguirte uno nuevo.
Agradable. Normal. Aburrido. Quizá si ella hubiera tenido un poco más de todo eso no estaría ahora buscando la puerta de salida de la vida. O tendría pesadillas que convertían su laringe en un megáfono.
John se despidió de Z y regresó con ella, dejando el arma en la mesilla de noche y deslizándose bajo las mantas. Su cuerpo tibio era sólido y suave contra el suyo y acudió a él con una facilidad que supuso era común entre amantes.
Pero era algo que ella nunca había tenido con nadie.
Cuando él echó la cabeza hacia atrás para que pudiera verle la cara, vocalizó, ¿Qué fue?
—Un sueño. Un muy mal sueño. De cuando… —Respiró hondo—. Cuando estuve en aquella clínica.
Él no la presionó en busca de detalles. En vez de eso, sólo sintió que le acariciaba el cabello.
En el silencio que siguió, no tenía intención de hablar del pasado, especialmente cuando lo último que necesitaba eran más ecos de la pesadilla. Pero de algún modo, las palabras se formaron en su garganta y no pudo contenerlas.
—Quemé el complejo hasta los cimientos. —El corazón le latía con fuerza mientras recordaba, pero por lo menos el recuerdo de lo que había sucedido no era tan malo como regresar allí en sueños—. Es raro… No estoy segura de que los humanos creyeran hacer nada malo… me trataban como a un apreciado animal de zoo, dándome todo lo que necesitaba para sobrevivir mientras me pinchaban, me aguijoneaban y me hacían prueba tras prueba… Bueno, la mayor parte de los humanos fueron buenos conmigo. Había un cabrón sádico en el grupo. —Sacudió la cabeza—. Me retuvieron cerca de un mes o dos y trataron de darme sangre humana para mantenerme, pero podían ver por los indicadores clínicos de que me estaba quedando más y más débil. Conseguí liberarme porque uno de ellos me dejó suelta.
John rodó sobre la espalda y puso las manos en el rayo de luz.
Mierda, lo siento mucho. Pero me alegro de que redujeras a polvo el lugar.
En su mente, visualizó su viaje de vuelta a donde había sido retenida… los restos cubiertos de hollín.
—Sí, tuve que quemarlo. Llevaba libre un tiempo cuando volví y lo hice… porque no podía dormir por las pesadillas. Le prendí fuego al complejo después de que lo dejaran al acabar el día. Aunque —levantó un dedo índice —, puede ser que uno bastante desagradable muriera. Pero el hijo de puta se lo merecía. Soy el tipo de chica de ojo-por-ojo.
Las manos de John reaparecieron para gesticular.
Eso es bastante obvio… y en absoluto algo malo.
Siempre que no fuera Lash, pensó para sí misma.
—¿Te importa si te pregunto algo? —Cuando él se encogió de hombros, ella cuchicheó—, la noche que me llevaste a la ciudad… ¿habías regresado a alguno de esos lugares antes?
En realidad no. John sacudió la cabeza. No me gusta darle vueltas al pasado. Voy hacia delante.
—Cómo te envidio. Yo parece que no puedo librarme de la historia.
Y no era sólo por la mierda de la clínica ni la pesadilla del nidito de amor de Lash. Por alguna razón, el hecho de no haber encajado nunca… ni con la familia con la que había crecido, ni con la sociedad vampira más a lo grande o siquiera con la de los symphath… resonaba a través de ella, definiéndola incluso cuando no pensaba conscientemente en ello. Sus momentos de candado-y-llave habían sido pocos y alejados unos de otros…. y trágicamente parecía centrarse en su trabajo como asesina.
Solo que entonces pensó en su tiempo con John… y recalibró la deprimente aritmética ligeramente. Estar con él, sus cuerpos juntos, eso encajaba. Pero tenía una especie de paralelismo con ser contratada para asesinar… a la larga no era sano para todos los implicados. Demonios, mira lo que acababa de suceder. Se había despertado chillando y John fue el que levantó el arma y se hizo cargo de la situación… mientras ella jugaba a la pobrecita hembra asustada con las sábanas aferradas contra su corazoncito asustado.
Esta no era ella. No lo era.
Y Dios, había caído tan fácilmente en el papel de ser protegida… que la asustaba incluso más que los sueños que la hacían gritar. Si la vida le había enseñado algo, era que su mejor apuesta era cuidar de sus propios asuntos. Lo último que deseaba en el mundo era ser la chica y depender de alguien… ni siquiera de alguien tan honorable, digno y amable como John.
Aunque… joder, el sexo era bueno. Parecía básico y un poco crudo ponerlo así, pero era muy cierto.
Cuando habían subido aquí tras de su pequeño tête-a-tête en el túnel, ni se molestaron con las luces. No había tiempo, ningún tiempo… ropas fuera, la cama, con fuerza. Ella había acabado por desmayarse y algún momento más tarde, John debía haberse levantado para utilizar el retrete y había dejado la luz encendida. Probablemente para asegurarse de que no se sintiera perdida si se despertaba.
Porque esa es la clase de macho que era él.
Hubo un clic y unos giros y las persianas de acero comenzaron a levantarse para la noche, el cielo oscurecido se reveló, sus comidas de coco mentales se cortaron misericordiosamente.
Odiaba rumiar. Nunca resolvía nada y sólo la hacía sentirse peor.
—El agua caliente nos llama —dijo, obligando a su cuerpo a ponerse en vertical. Los dolores deliciosos en músculos y huesos la hacían querer dormir durante días en esta cama grande junto a John. Quizá semanas. Pero ese no era el destino de ellos dos, ¿verdad?
Se inclinó y miró hacia la cara oscurecida de John. Después de trazar sus rasgos apuestos con los ojos, tuvo que levantar la mano y acariciarle la mejilla.
Te amo, vocalizó Xhex entre las sombras.
—Vamos —dijo con rudeza.
El beso que le dio a John fue una especie de adiós… después de todo, quizá esta noche darían con Lash por fin y eso significaría el final de momentos como este.
Bruscamente, John la agarró por los brazos, juntando las cejas, pero luego, como si leyera su mente y supiera muy bien como estaba el marcador, la soltó.
Cuando ella se levantó y se alejó de la cama, sus ojos la siguieron… podía sentirlo.
En el cuarto de baño, abrió el agua para ellos y fue a sacar algunas toallas del armario.
Se detuvo cuando vio su reflejo en el espejo sobre el lavabo.
Su cuerpo estaba igual que había estado siempre, pero pensó en como se sentía cuando ella y John estaban juntos. Solía pensar en su forma corpórea como en poco más que un arma, algo que era útil y necesario para lograr cosas. Demonios, lo había alimentado y cuidado igual que cuidaba sus armas y cuchillos… porque así era cómo mantenía su utilidad.
En sus horas juntos, John le había enseñado algo distinto, le había mostrado que había un profundo placer que obtener de su carne. Algo que ni siquiera en su relación con Murhder había logrado.
Como convocado por sus pensamientos, John se puso detrás de ella, su altura y anchura de hombros empequeñecieron su propio reflejo.
Al encontrar su mirada, ella se puso la mano en el seno y se frotó su propio pezón, recordando cómo era el toque de John allí, la lengua, la boca. En el instante que se produjo el contacto, el cuerpo de él respondió, su esencia de vinculación inundó el cuarto de baño, su erección sobresalió de golpe desde sus caderas.
Estirando la mano a su espalda, le arrastró hacia ella, la erección penetrando en la cuña formada por su sexo y los muslos. Mientras las caderas de John empujaban contra su trasero, las cálidas manos la rodearon y le acariciaron el estómago. Atrajo la cabeza de él a su hombro, los colmillos de John destellaron blancos cuando los arrastró delicadamente sobre el hueco de su cuello.
Arqueándose contra él, se estiró hacia arriba y le pasó las manos por el denso cabello oscuro. Aunque se lo había dejado muy corto, estaba creciendo, lo cual era agradable. Ella lo prefería largo porque se sentía jodidamente bien el pasar los dedos por él, tan sedoso, tan suave.
—Entra dentro de mí —dijo con voz ronca.
John subió la mano y capturó el seno que se había acariciado para él, luego metió la mano entre sus cuerpos, se orientó y se introdujo con suavidad en su sexo. En ese mismo momento, pasó los colmillos a través de la garganta hasta la vena.
No necesitaba alimentarse. Ella lo sabía. Así que se estremeció extrañamente cuando él golpeó con los colmillos, porque eso significaba que lo hacía simplemente porque quería: también él la deseaba en su interior.
Bajo la luz, observó como la tomaba por detrás, sus músculos flexionándolo, sus ojos ardientes, su erección empujando dentro y fuera, entrando y saliendo. Se observó a sí misma, también. Los senos estaban tensos en las puntas, los pezones rosas, no solo porque ese fuera su color, sino pero porque él había estado trabajando en ellos mucho tiempo durante las horas del día. La piel estaba resplandeciente por todas partes, las mejillas le ardían, los labios hinchados por los besos, los ojos medio cerrados y eróticos.
John rompió el sello que había formado sobre su vena y sacó la lengua rosa, lamiendo las perforaciones, cerrándolas. Girando la cabeza, ella le capturó la boca con la suya, saboreando el resbaladizo deslizamiento de las lenguas mientras sus cuerpos seguían el mismo ritmo abajo.
No hizo falta mucho tiempo para que el sexo se volviera urgente y crudo, ya no sensual, sino poderoso. Mientras las caderas de John bombeaban como pistones contra ella, sus cuerpos golpeaban y sus alientos rugían. El orgasmo la abordó tan fuertemente que si él no la hubiera tenido agarrada con fuerza por las caderas, le habrían cedido las rodillas y habría caído. Y cuando se corrió, los estremecimientos de John la atravesaron, las ondas emanaron hacia fuera desde la erección y barrieron por su cuerpo… y su alma.
Y entonces sucedió.
En el pináculo de su liberación, su visión se volvió roja y plana… y mientras el éxtasis finalmente se desvanecía, la aparición de improviso de su lado malo fue el aviso que había estado esperando subconscientemente.
Gradualmente, advirtió la humedad y el calor crecientes de la ducha… y el sonido tintineante del agua que caía… y los mil nexos de unión entre ellos… y cómo todas las cosas se mostraban en tonos de sangre.
John le alcanzó la cara y la tocó junto a los ojos rojos.
—Sí, necesito mis cilicios —dijo ella
El llevó las manos delante de ella y gesticuló, Los tengo.
—¿De verdad?
Los guardé. Frunció el entrecejo. Pero estás segura de que tienes que…
—Sí —se erizó ella—. Lo estoy.
La expresión dura que tensó la cara de John le recordó como se había mostrado cuando saltó de la cama al chillar ella. Duro. Intratable. Todo macho. Pero no había nada que ella pudiera hacer para ayudarle con su actual desaprobación. Tenía que cuidar de sí misma y tanto si él estaba de acuerdo o no con lo que hacía para mantenerse en el ancho de banda “normal”, eso no iba a cambiar su realidad.
Tío, no estaban hechos para estar juntos, por compatibles que pudieran ser a veces.
John se retiró de su centro y retrocedió, pasándole los dedos por la espina dorsal como una especie de agradecimiento… y dado el oscuro conocimiento en sus ojos, probablemente constituía su propio adiós. Girándose, se dirigió a la du…
—Oh… Dios… mío…
El corazón de Xhex se paró cuando le vio en el espejo. A través de la parte superior de su espalda, en una extensión gloriosa de tinta negra… una declaración que no susurraba sino que gritaba… con un tipo de letra de tamaño cartelera con florituras…
Su nombre en el Antiguo Idioma.
Xhex giró sobre los talones mientras John se quedaba congelado.
—¿Cuándo te has hecho eso?
Después de un momento tenso, él se encogió de hombros y ella quedó cautivada por la forma en que la tinta se movía, estirándose y luego volviendo en el lugar. Sacudiendo la cabeza, John se estiró para comprobar la ducha caliente y luego atravesó la puerta de cristal, puso la espalda bajo el agua corriente y agarró el jabón, sacando espuma de la barra con las manos.
Mientras se negaba a mirarla, le envió un mensaje claro de que el nombre de su piel no era asunto de ella. Lo cual estaba en la misma clase de línea que ella había trazado con sus cilicios.
Xhex se acercó a la puerta de cristal que los separaba. Levantando la mano, golpeó con fuerza.
Cuando, articuló.
El cerró los ojos con fuerza, como si recordara algo que le provocaba dolor de estómago. Y entonces con los párpados bajados, gesticuló lentamente… y rompió a Xhex por la mitad:
Cuando pensé que no ibas a volver a casa.
* * *
John hizo un trabajo rápido con el jabón y el champú, muy consciente de que Xhex estaba de pie en el lado frío del cristal, mirándole. Quería ayudarla con la sorpresa y con todo eso, pero dado como estaban las cosas entre ellos, no estaba por la labor de hacerse el harakiri con la espada de sus sentimientos.
O la aguja del tatuaje, ya que estamos.
Cuando él le había preguntado por los cilicios ella había sido bastante clara al callarle… y eso le había reiniciado el cerebro. Desde que había resultado herido la noche antes, habían retrocedido de vuelta a su conexión sexual y eso tenía la costumbre de enturbiar la realidad. Pero ya no más.
Tras terminar con su lavado, salió de la ducha y pasó por delante de ella, atrapando una toalla de la barra de latón y envolviéndose en torno a las caderas. En el espejo, se encontró con sus ojos.
Iré por tus cilicios, gesticuló.
—John…
Cuando no dijo nada más, John frunció el ceño, pensando que esto los describía en pocas palabras: de pie a un metro de distancia el uno del otro y separados por kilómetros.
Se marchó y fue al dormitorio, recogió un par de vaqueros y se los puso. La noche anterior habían llevado su chaqueta de cuero con él a la clínica y la había dejado allí. En algún lugar.
Descalzo, pasó por delante de las estatuas de mármol, bajó la gran escalera y rodeó la esquina para pasar por la puerta oculta. Tío… volver al túnel fue matador, sólo podía pensar en Xhex y él juntos, en la oscuridad.
Como un completo blandengue, deseó como el infierno poder volver a esos momentos suspendidos cuando nada existía excepto sus cuerpos rugientes. Aquí abajo, sus corazones habían sido libres para latir con fuerza… y cantar.
Jodida vida real.
Menuda putada.
Caminaba a zancadas hacia la entrada del centro de entrenamiento cuando la voz de Z le detuvo.
—Eh, John.
John se dio la vuelta, sus pies desnudos chirriaron en el suelo del túnel. Cuando levantó la mano para saludar, el Hermano se acercó a zancadas desde la puerta de la mansión. Z estaba vestido para luchar, ropa de cuero negra y camiseta sin mangas, lo que todos vestirían antes de salir una vez más a cazar a Lash. Con el cráneo del Hermano rapado y las luces del techo cruzando esa cicatriz mellada en su cara, no era de extrañar que la gente se cagara de miedo con él.
Especialmente con su mirada fija entrecerrada de ese modo y la mandíbula sombríamente tensa.
¿Qué pasa?, gesticuló John cuando el Hermano se detuvo delante de él.
Cuando no hubo respuesta inmediata, John se preparó, pensando, Oh… joder, ¿y ahora qué?
¿Qué?, gesticuló.
Zsadist exhaló una maldición y comenzó a caminar, con las manos en las caderas y los ojos centrados en el suelo.
—Ni sé por donde cojones empezar.
John frunció el ceño y se recostó contra la pared de túnel, preparado para más malas noticias. Aunque seguro como la mierda que no podía ni imaginarse qué era, la vida tenía la costumbre de ser malditamente creativa, ¿no?
Finalmente, Z se detuvo y cuando miró alrededor, su mirada ya no era amarilla dorada, como lo era generalmente cuando estaban en casa. Era un pozo negro. Despiadadamente negro. Y la cara del macho se había vuelto del color de la nieve.
John se puso derecho.
Jesús… ¿Qué va mal?
—Recuerdas todas esas caminatas que solíamos dar por el bosque. Poco antes de tu transición… después de que perdieras con Lash la primera vez. —Cuando John asintió, el Hermano continuó—. ¿Te preguntas alguna vez por qué Wrath nos puso juntos?
John asintió lentamente. Sí…
—No fue un error. —Los ojos del Hermano eran fríos y oscuros como el sótano de una casa encantada, las sombras no sólo cubrían el color de sus iris sino lo que yacía detrás de esa mirada fija—. Tú y yo tenemos algo en común. Entiendes lo que te digo. Tú y yo… tenemos algo en común.
Al principio John frunció el ceño otra vez, sin captar la vaga…
De repente, sintió una explosión vergonzosa de temblores fríos por su propio cuerpo, una que le alcanzó la médula. Z… Espera, ¿había oído mal? ¿Estaba malinterpretando esto?
Excepto que entonces, claro como el día, los recordó a ellos dos cara a cara, justo después de que el Hermano hubiera leído lo que ese psicólogo había puesto en el historial médico de John.
Tu escoges cómo tratar con ello, porque no es asunto de nadie más, había dicho Z. Si no quieres volver a decir otra palabra sobre este jodido asunto, no saldrá de mis labios.
En ese momento, John había quedado asombrado por la comprensión inesperada del Hermano. Así como por el hecho de que Z no pareciera juzgarlo ni verlo como a alguien débil.
Ahora sabía por qué.
Dios… ¿Z?
El Hermano levantó la palma.
—No te estoy diciendo esto para impresionarte y joderte, habría preferido que nunca lo supieras… por razones que estoy seguro captas. Pero lo planteo a causa del grito de tu hembra de esta mañana.
Las cejas de John se tensaron cuando el Hermano empezó a caminar otra vez.
—Mira, John, a mí no me gusta que la gente se meta en mis asuntos y soy la última persona que quiere hablar de esas mierdas. Pero ese chillido… —Z se encaró con John—. He lanzado demasiados de ésos para no saber en qué clase de infierno tienes que estar para gritar de ese modo. Tu chica… en el mejor de los días hay algo oscuro en ella, ¿pero después de Lash? No necesito detalles… pero puedo adivinar que está agitada y algo más. Demonios, a veces cuando ya estás a salvo otra vez… es casi peor.
John se restregó la cara mientras sus sienes comenzaban a latir y luego levantó las manos… sólo para descubrir que no tenía qué gesticular. La tristeza que le aplastaba se llevaba sus palabras, dejándole con un entumecimiento extraño y en blanco en la cabeza.
Todo lo que pudo hacer fue asentir.
Zsadist le palmeó brevemente en el hombro y luego reasumió su paseo de acá para allá.
—Conocer y estar con Bella, eso fue mi bote salvavidas. Pero no fue lo único que necesité. Mira, antes de que estuviéramos apropiadamente emparejados, Bella me dejó… simplemente se largó y me dio puerta sin ninguna maldita razón. Supe que tenía que hacer algo para enderezar mi cabeza si iba a tener alguna oportunidad con ella. Así hablé con alguien sobre… todo. —Z maldijo otra vez y cortó el aire con la mano—. Y no, no fue algún bata blanca de la clínica de Havers. Alguien en quien confiaba. Alguien que formaba parte de la familia… que sabía que no me consideraría sucio, ni débil, ni alguna mierda así.
¿Quién?, articuló John.
—Mary —exhaló Z—. La Mary de Rhage. Tuvimos las sesiones abajo, en la sala de calderas bajo la cocina. Dos sillas. Directamente junto al horno. Ayudó entonces y todavía vuelvo a verla de vez en cuando.
John pudo ver la lógica instantáneamente. Mary tenía esa clase de tranquilidad… lo que explicaba cómo había podido domesticar no sólo al Hermano más salvaje, sino a la bestia interior del hijo de puta.
—Ese chillido de anoche… John, si quieres emparejarte con esta hembra, vas a tener que ayudarla con eso. Debe hablar de su mierda porque si no lo hace, es jodidamente seguro que va a pudrirla de dentro a fuera. He hablado con Mary ya… sin dar ningún nombre. Ha conseguido su título de terapeuta y dice que está lista para trabajar con alguien. Si tienes ocasión y se presenta el momento adecuado con Xhex… háblale de esto. Dile que vaya a hablar con Mary. —Cuando Z se frotó el cráneo rasurado, los anillos de los pezones que llevaba se destacaron en agudo relieve bajo la camiseta negra sin mangas—. Y si quieres una recomendación, puedo decirte por la vida de mi hija que tu hembra estará en buenas manos.
Gracias, gesticuló John. Sí, desde luego le diré algo. Jesús… gracias.
—No hay problema.
Bruscamente, John concentró los ojos en Zsadist.
Mientras se sostenían la mirada, fue difícil no sentirse parte de un club extraordinario para el que nadie jamás se ofrecería voluntario. La asociación no era buscada, ni deseable o algo de que se pudiera alardear… pero era real y poderosa. Los Supervivientes de semejantes naufragios podían ver los horrores de esos bancos de arena en los ojos de los demás. Era como si se reconocieran. Eran dos personas con el mismo tatuaje en su interior, la bifurcación de un trauma que los separaba del resto del planeta atrayendo inesperadamente más cerca a un par de almas fatigadas.
O a tres, como era el caso aquí.
La voz de Zsadist fue ronca.
—Maté a la ramera que me lo hizo a mí. Me llevé su cabeza conmigo cuando me marché. ¿Tienes esa satisfacción?
John sacudió la cabeza lentamente.
Ojalá la tuviera.
—No voy a mentir. Eso me ayudó también.
Hubo un silencio tenso y difícil, como si ninguno de los dos supiera cómo presionar el botón de reinicio y volver a la normalidad. Entonces Z asintió una vez y extendió el puño.
John golpeó aquellos nudillos con los suyos, pensando, mierda, nunca sabes lo que había en el armario de alguien, ¿verdad?
Los ojos amarillos de Z resplandecieron una vez más mientras se daba la vuelta y caminaba de vuelta hacia la puerta que le llevaría a la mansión y a su familia, a sus Hermanos. En el bolsillo de atrás, como si lo hubiera metido allí y luego olvidado, había un babero rosa de bebé, del tipo que tenía parches de velcro en los tirantes y una pequeña carabela y unas tibias cruzadas en negro delante.
La vida sigue, pensó John. No importaba lo que el mundo te hiciera, podías sobrevivir.
Y quizá si Xhex hablaba con Mary no…
Dios, ni siquiera podía terminar el pensamiento porque temía definir su estrategia de salida.
Apresurándose por el centro de entrenamiento, se dirigió a la clínica, donde encontró la chaqueta, sus armas y lo que Xhex necesitaba.
Mientras recogía la mierda, su mente daba vueltas a las cosas… cosas del pasado y el presente. Vueltas, vueltas, vueltas…
Cuando volvió a la mansión, fue directamente a la gran escalera y por el pasillo de estatuas. Tan pronto como entró en su habitación, oyó la ducha corriendo en el baño y tuvo una breve y vívida imagen de Xhex gloriosamente desnuda y resbaladiza por el agua y la espuma del jabón… pero no entró y se unió a ella. Arregló la cama y colocó los cilicios al pie, luego se cambió a su equipo de lucha y salió.
No fue a la Primera Comida.
Bajó por el pasillo hasta otro dormitorio. Cuando llamó a la puerta, tuvo la sensación de que lo que estaba a punto de hacer había tardado mucho tiempo en llegar.
Cuando Tohr abrió, el Hermano estaba a medio vestir y obviamente sorprendido.
—¿Qué pasa?
¿Puedo entrar?, gesticuló John.
—Sí, claro.
Al dar un paso dentro, John sintió una extraña sensación de premonición. Pero en lo que se refería a Tohr, siempre las había tenido… eso y una sensación de profunda conexión.
Frunció el ceño mientras miraba al macho, pensando en el rato que habían pasado en el sofá de abajo, viendo películas de Godzilla mientras Xhex estaba fuera luchando a la luz del día. Era curioso, estaba tan cómodo con el tipo que estar con Tohr era como estar solo sin la soledad…
Me has estado siguiendo, ¿verdad?, gesticuló John bruscamente. Eras tú… la sombra que he presentido. En el salón de tatuaje y en el parque Xtreme.
Los ojos de Tohr se entrecerraron.
—Sí. Era yo.
¿Por qué?
—Mira, en realidad, no era por que no creyera que no puedes manejarte…
No, no es eso. Lo que no comprendo es… si estás lo bastante bien para salir al campo de batalla, ¿por qué no los estás matando? Por… ella. ¿Por qué perder el tiempo conmigo?
Tohr exhaló una maldición.
—Ah, mierda, John… —Pausa larga. Y luego—. No puedes hacer nada más por los muertos. Se han ido. Está hecho. Pero los vivos… puedes cuidar de los vivos. Sé por qué clase de infierno has pasado… y todavía estás pasando… y yo perdí a mi Wellsie porque yo no estaba allí cuando ella me necesitó… No podría soportar perderte por la misma razón.
Cuando las palabras del Hermano se desvanecieron, John se sintió como si le hubieran dado un golpe bajo y aún así no estaba sorprendido. Porque esa era la clase de macho que era Tohr… firme y auténtico. Un macho de valía.
El tipo se rió duramente.
—No me entiendas mal. Tan pronto como acabe todo este asunto de Lash y ese bastardo esté bien muerto, voy a entregarme a fondo con esos cabrones. Mataré asesinos en memoria de ella durante lo que me quede de vida. Pero la cuestión es que recuerdo… verás, he estado donde tu estabas cuando creías que tu hembra se había ido. Por sensato que creas ser, en el fondo estás loco… has sido bendecido con su vuelta pero la vida no devuelve la racionalidad tan rápido. Además, afrontémoslo… harías cualquier cosa por salvarla, incluso poner tu pecho delante de una bala. Lo cuál puedo comprender, pero me gustaría evitártelo de ser posible.
Cuando las palabras del Hermano calaron hondo, John gesticuló automáticamente,
Ella no es mi hembra.
—Sí, lo es. Y lo vuestro tiene mucho sentido. No tienes la menor idea de cuanto sentido tenéis juntos.
John sacudió la cabeza.
No estoy seguro de qué estás hablando. No te ofendas.
—No tiene que ser fácil para ser correcto.
En este caso, no estamos hechos el uno para el otro.
Hubo un silencio largo, durante el cual John tuvo la más rara sensación de que la vida se estaba reajustando, que los engranajes que habían estado resbalando anteriormente y fallando habían una vez más encajado en su lugar.
Y aquí estaba otra vez, el Club de los Supervivientes Jodidos.
Cristo, con toda la mierda por la que había pasado la gente que vivía en la mansión, quizá V debería diseñar un tatuaje que pudieran llevar todos en el culo. Porque seguro como la mierda, que toda la panda había ganado la lotería en lo que se refería a golpes duros.
O, Dios, quizá esto era simplemente la vida. Para todos en el planeta. Quizá el Club de los Supervivientes no era algo que "ganaras," sino simplemente nacías en él cuando salías de la matriz de tu madre. El latido del corazón te ponía en la lista y luego el resto era sólo cuestión de vocabulario: Los nombres y los verbos usados para describir los acontecimientos que estremecían tus cimientos y te dejaban sacudiéndote no eran siempre los mismos para todos, pero las crueldades aleatorias de enfermedad y accidentes, ser el foco malicioso de hombres malvados y actos desagradables, la congoja de la pérdida con sus látigos punzantes y cadenas vibrantes… en el fondo, era todo lo mismo.
Y no había cláusula de exclusión voluntaria en los reglamentos del club… a menos que te suicidaras.
La verdad esencial de la vida, estaba dándose cuenta, no era romántica y sólo hacían falta tres palabras para etiquetarla. La. Mierda. Pasa.
Pero la cuestión era que seguías. Mantenías a tus amigos, a tu familia y a tu compañera tan a salvo como podías. Y seguías luchando aún después de que ser derribado.
Maldición, levantabas tu culo del suelo y seguías luchando.
Me he portado de un modo horrible contigo, gesticuló John. Lo siento.
Tohr sacudió la cabeza.
—¿Yo he sido mucho mejor? No te disculpes. Como mi mejor amigo y tu padre siempre me decía: no mires atrás. Sólo adelante.
Entonces de ahí viene, pensó John. Esa creencia estaba en su sangre.
Te quiero conmigo, a mi lado, gesticuló John. Esta noche. Mañana por la noche. Durante todo el tiempo que lleve matar a Lash. Haz esto conmigo. Encuentra al bastardo conmigo, con nosotros.
La sensación de ellos dos trabajando juntos parecía tan correcta. Después de todo, por sus razones individuales, estaban unidos en este juego mortal de ajedrez: John necesitaba vengar a Xhex por razones obvias. Y en cuanto a Tohr… bien, el Omega se había llevado a su hijo cuando ese lesser mató a Wellsie. Ahora el Hermano tenía una oportunidad de devolverle el puto favor.
Ven conmigo. Haz esto… conmigo.
Tohr tuvo que carraspear.
—Pensé que nunca me lo pedirías.
Ningún golpe de nudillos esta vez.
Los dos se abrazaron, pecho con pecho. Y cuando se separaron, John esperó a que Tohr se pusiera una camisa, cogiera la chaqueta de cuero y agarrara sus armas.
Luego bajaron lado a lado.
Como si nunca se hubieran separado. Como si las cosas fueran como siempre habían sido.

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