sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 7 8 9

Capítulo 7

Mierda, estaban perdiendo la oscuridad.
Cuando John miró su reloj, comprobar el tiempo fue malgastar esfuerzos. El picor en los ojos le decía todo lo que necesitaba saber sobre cuan poca noche quedaba.
Hasta la promesa de luz diurna bastaba para hacerle parpadear rápidamente.
Por otra parte, la actividad en el Parque Xtreme se había reducido progresivamente durante la noche, los drogatas rezagados estaban en vertical sobre los bancos o escondidos en los cuartos de baño públicos para un último chute. A diferencia de los demás parques de Caldwell, éste estaba abierto veinticuatro horas al día, siete días por semana, con luces fluorescentes en postes altos para iluminar la extensión de hormigón. Era difícil decir en que habían estado pensando los urbanistas con lo de abierto las 24 horas, porque eso era lo que tenían aquí. Un Abierto las 24 horas. Con todas las drogas que cambiaban de mano, el lugar era como un bar lejos de los bares del centro en Trade.
Aunque sin lessers. Sólo humanos haciendo tratos con humanos que utilizaban las sombras. Aún así, prometía. Si Lash no se había infiltrado en la zona todavía, iba a hacerlo. Aún con los polis haciendo sus pasadas en coches marcados, había mucha intimidad y mucha información. El parque estaba diseñado como una terraza inmensa, con huecos en el suelo alternando con rampas y vallas. En conclusión, la gente podía ver llegar a los del DPC y agacharse detrás o meterse en toda clase de refugios.
Y tío, estaban bien entrenados. Desde su posición aventajada detrás del cobertizo, él y sus chicos habían visto como sucedía una y otra vez. En cierto modo le hacía preguntarse por qué el DPC no enviaba agentes de incógnito o infiltrados con ropa normal.
O quizá ya lo hacían. Quizá había otros que, como John, eran invisibles a la multitud. Bueno, no exactamente como él, Qhuinn y Blay. No había manera de que ni siquiera un miembro completamente entrenado y condecorado del DPC pudiera ocultarse en la nada… que era lo que John y sus compañeros llevaban haciendo durante las tres últimas horas. Cada vez que alguien pasaba, le borraban la memoria.
En cierto modo era extraño estar en un lugar, pero no ser… presentido, no ser visto.
—¿Vamos a convertirnos en fantasmas? —preguntó Qhuinn
John levantó la mirada al cielo que se aclaraba y se dijo que en aproximadamente trece horas esa jodida lámpara de calor que era el sol volvería a ocultarse y ellos podrían reanudar la vigilancia en su pequeño escondite y esperar otra vez.
Maldición.
—¿John? Vamos.
Durante una fracción de segundo, casi le arrancó la cabeza a su compañero, levantó las manos y se preparó para gesticular toda clase de que-te-jodan, no-eres-mi-niñera-de-mierda.
Lo que le detuvo fue el hecho de que por muy larga que fuera la espera eso no iba a hacer que Lash apareciera, gritarle a Qhuinn tampoco iba a conseguir que estuvieran más cerca de avistarle.
Asintió una vez y echó una última mirada alrededor. Había un solo camello que parecía ser el mandamás y el crío apuraba el tiempo hasta el final. Estaba reclinado contra la rampa central, lo cual era inteligente… significaba que podía ver todo el parque, desde los rincones distantes, a la carretera por la que los polis iban y venían.
El chico parecía tener alrededor de diecisiete o dieciocho y la ropa le colgaba floja sobre el cuerpo, cosa que formaba parte del estilo skate y también probablemente cumplía una función en cuanto a lo que vendía. Parecía necesitar que le restregaran un par de veces con un cepillo de coche, pero estaba alerta y era inteligente. Y parecía trabajar solo. Lo cuál resultaba interesante. Para dominar un territorio de droga, generalmente el traficante en cuestión tenía matones para apoyarlo, de lo contrario era asaltado a causa de su producto o su dinero. Pero este joven… estaba solo todo el tiempo.
O tenía algún músculos en las sombras o estaba a punto de ser derribado.
John se enderezó de donde había estado apoyado contra el costado del edificio anexo y asintió hacia sus chicos. Vámonos.
Cuando se materializaron otra vez, la grava crujió bajo su shitkickers a medida que su peso se volvía real y una brisa fresca le golpeaba directamente en la cara. El patio de la mansión de la Hermandad estaba demarcado por el flanco delantero la fachada de la casa y los muros de seis metros de altura que recorrían la propiedad. La fuente blanca de mármol en el centro todavía tenía que ser llenada y encendida… cosa que ocurría durante los meses más cálidos y la media docena de coches que estaban aparcados en fila también esperaban entrar en acción.
El cuchicheo de engranajes bien engrasados le hizo levantar la cabeza. En un descenso coordinado, las persianas de acero bajaban sobre las ventanas, los paneles se desplegaban y cubrían los cristales emplomados como los párpados de muchos ojos cerrándose para dormir.
Temía entrar dentro. Aunque debía haber como cincuenta habitaciones por donde vagabundear, el hecho de tener que permanecer inmóvil hasta la puesta de sol hacía que sintiera la mansión como una caja de zapatos.
Cuando Qhuinn y Blay se materializaron a ambos lados de él, subió los escalones hasta las inmensas puertas dobles y se abrió paso hasta el primer vestíbulo de entrada.
Dentro, presentó su jeta a la cámara de seguridad. Instantáneamente, la cerradura saltó y entró en un vestíbulo sacado de la Rusia zarista. Columnas de malaquita y mármol color Burdeos soportaban un techo pintado de tres pisos de altura. Los candelabros de pan de oro y los espejos generaban y reflejaban una miríada de luces que enriquecían aún más los colores. Y la escalera… era como una pista de aterrizaje alfombrada que se estiraba hacia los cielos, la balaustrada dorada se dividía en lo alto para formar los anclajes del balcón abierto del segundo piso.
Su padre no había escatimado gastos y obviamente tenía un don para lo dramático. Todo lo que necesitabas era el respaldo de una orquesta y podías imaginarte a un rey flotando hacia abajo con una toga.
Wrath apareció en lo alto, su inmenso cuerpo vestido de cuero negro, el largo cabello negro le caía alrededor de los formidables hombros. Las gafas de sol envolventes estaban en su lugar y aunque estaba en lo alto de una vasta extensión como para caerse de culo, no miró abajo. No había ninguna razón. Sus ojos estaban ahora totalmente ciegos.
Pero no carecía de visión. A su lado, George tenía cubiertos todos los flancos. El perro lazarillo controlaba al rey, los dos estaban unidos por la correa que rodeaba el pecho y las patas del Golden Retriever. Eran como Mutt y Jeff3, un buen samaritano canino con aspecto de participante de un concurso de belleza y un guerrero brutal que obviamente era capaz de desgarrarte la garganta por capricho. Pero trabajaban bien juntos y Wrath estaba bastante encariñado con su animal: el perro era tratado como la mascota real que era… al cuerno con los Royal Canin; George comía lo que comía su amo, lo cual quería decir carne de vaca y cordero de primera. Y se decía que el retriever dormía en la cama con Beth y Wrath… aunque eso tenía todavía que ser verificado por una fuente independiente, ya que nadie tenía permiso para entrar en las habitaciones de la Primera Familia.
Cuando Wrath comenzó a bajar al vestíbulo, caminaba cojeando, resultado de algo que hacía en el Otro Lado, donde la Virgen Escriba. Nadie sabía a quién veía o por qué lucía un ojo morado o un labio partido con regularidad, pero todos, incluido John, se alegraban de esas sesiones. Mantenían a Wrath en equilibrio y lejos del campo de batalla.
Con el rey bajando y parte del resto de los Hermanos entrando por la puerta que John acababa de utilizar, tenía que escapar. Si esas Sombras habían presentido la tinta fresca, la gente que se estaba reuniendo para la última comida lo percibiría al segundo si se acercaban lo suficiente.
Afortunadamente, había un bar surtido en la biblioteca y John fue hacia allí, se ayudó con un lingotazo de Jack Daniel. El primero de muchos.
Mientras comenzaba a hacer depósitos en su cuenta de tragos, se apoyó en el trozo de mármol y deseó jodidamente tener una máquina del tiempo… aunque era difícil saber si escogería avanzar o ir hacia atrás.
—¿Quieres algo de comer? —dijo Qhuinn desde la puerta.
John no miró en dirección del tipo, sólo negó con la cabeza y vertió algo más de líquido calmante en el vaso.
—Bueno, te traeré un bocadillo.
Con una maldición, John se dio la vuelta y gesticuló, he dicho que no.
—¿Rosbif? Bueno. Y te engancharé algo de pastel de zanahoria. Te dejaré la bandeja en tu cuarto. —Qhuinn se giró—. Si esperas aproximadamente cinco minutos más aquí dentro, todos estarán sentados a la mesa, así tendrás el camino despejado a las escaleras.
El tipo se largó, lo cual quería decir que aparte de abrirle la cabeza con el vaso, no había ninguna otra manera de expresar su opinión de soy-una-isla.
Aunque en realidad, sería malgastar un buen trago… Qhuinn era tan cabeza dura que podías golpearle en el lóbulo frontal con una palanca y no hacerle mella en absoluto.
Afortunadamente, el alcohol comenzaba a surtir efecto, una manta insensible se asentó sobre los hombros de John primero, antes de subir y bajar por su cuerpo. La mierda no hacía nada por calmar su mente, pero los huesos y músculos se le aflojaron.
Después de esperar los sugeridos cinco minutos, John tomó el vaso y la botella y subió la escalera de dos en dos. Mientras subía, las voces amortiguadas del comedor le siguieron, pero eso era todo lo que había. Últimamente, no había mucho de que reírse en las comidas.
Cuando llegó a su cuarto, abrió la puerta y entró en una jungla. Había ropa tirada en cada superficie concebible, la cómoda, el sofá, la cama, la televisión de pantalla de plasma. Era como si su armario hubiera vomitado por todas partes. Botellas vacías de Jack llenaban las dos mesitas de la cabecera y los botes de cerveza estaba esparcidos por todas partes como soldados muertos, agrupados en el suelo y anidando entre las sábanas revueltas y el colchón.
No había permitido entrar a Fritz y su equipo de limpieza en dos semanas y al paso que iban las cosas, iban a necesitar una excavadora cuando finalmente les abriera las puertas.
Desnudándose, dejó la ropa de cuero y la camisa donde cayeran, pero con la chaqueta tuvo cuidado. Por lo menos, hasta que se quitó las armas, luego la dejó caer  en la esquina de la cama. En el cuarto de baño, volvió a comprobar sus dos hojas y luego limpió rápidamente las armas con el kit que había dejado en el segundo lavabo.
Sí, había dejado que sus estándares de higiene cayeran por debajo de los niveles de un chico de fraternidad, pero sus armas eran diferentes. Las herramientas necesitaban mantenimiento.
Su ducha fue rápida y mientras se frotaba el jabón por el pecho y los abdominales, rememoró cuando hasta el roce del agua caliente sobre su polla era suficiente para ponerle duro. Ya no. No había tenido una erección… Desde la última vez que había estado con Xhex.
No tenía el menor interés… ni siquiera en sueños, lo cual era nuevo. Demonios, antes de su transición, cuando se suponía que no tenía ningún conocimiento de su sexualidad, su subconsciente había tramado todo tipo de sueños calientes y pesados. Y esas sexo-fiestas habían sido tan reales, tan detalladas, que era como si fueran recuerdos y no productos inducidos por el REM.
¿Ahora? Todo lo que se mostraba en su pantalla interna eran escenas de persecución tipo Proyecto de la Bruja de Blair donde él corría atacado por el pánico pero no sabía que había detrás de él… o si estaría a salvo alguna vez.
Cuando salió del cuarto de baño, se encontró una bandeja con un bocadillo de rosbif y un trozo de pastel de zanahoria tan grande como su cabeza. Nada de bebida, pero Qhuinn sabía  que sólo tomaba refresco líquido del señor Daniels.
John comió de pie delante del escritorio, desnudo como el día que nació y cuando el alimento le golpeó el estómago, le chupó la energía, drenándolo todo de su cabeza. Se limpió la boca con la servilleta de lino, puso la bandeja en el pasillo y se dirigió al cuarto de baño, donde se cepilló los dientes sólo por costumbre.
Fuera luces en el baño. Fuera luces en el cuarto.
Él y  Jack sentados en la cama.
Por agotado que estuviera, no estaba ansiando acostarse. Había una relación inversa entre su nivel energético y la distancia entre sus orejas y el suelo: aunque estuviera bizco, en el segundo en que su cabeza golpeaba la almohada, sus pensamientos comenzaban a girar e iba a acabar despierto y mirando al techo, contando horas y dolores.
Se pulió lo que le quedaba en el vaso y apoyó los codos en las rodillas. En cuestión de momentos estaba dando cabezadas, se le bajaban los párpados. Cuando comenzó a inclinarse a un lado, se dejó ir aunque no estaba seguro de en qué dirección iba, hacia las almohadas o al edredón revuelto.
Almohadas.
Subiendo los pies a la cama, tiró de las mantas sobre sus caderas y tuvo un momento de colapso dichoso. Quizá esta noche se rompería el ciclo. Quizá este glorioso hundimiento de alivio le succionaría al agujero negro que estaba esperando. Quizá…
Sus ojos se abrieron de golpe y miró fijamente en la densa oscuridad.
No. Estaba agotado hasta el punto de la inquietud, no sólo despierto… pero le picaba el culo de lo alerta que estaba. Mientras se frotaba la cara se figuró que este estado contradictorio de las cosas era el equivalente cognitivo a los abejorros siendo capaces de volar: los físicos mantenían que no era posible pero aún así sucedía todo el tiempo.
Rodó de espaldas, cruzó los brazos sobre el pecho y bostezó con tanta fuerza que le crujió la mandíbula. Era difícil saber si encender la luz. La oscuridad amplificaba el remolino de su cráneo, pero la lámpara hacía que le picaran los ojos hasta que sentía como si llorara arena. Generalmente, alternaba entre encender y apagar la bombilla.
Desde el pasillo de estatuas, oyó a Zsadist, Bella y Nalla pasar hacia su cuarto. Mientras la pareja hablaba sobre la cena, Nalla chapurreaba del modo en que hacen los bebés cuando sus tripas están llenos y sus padres con ellos.
Blay pasó luego. Aparte de V, él era la única otra persona que fumaba en la casa, así fue cómo John supo que era él. Y Qhuinn estaba con el tipo. Tenía que estar. De otro modo Blay no hubiera encendido el cigarro fuera de su propio cuarto.
Era el pago por esa recepcionista del salón de tatuajes y ¿quién podía culparle?
Se produjo un largo silencio fuera. Y luego otro par de botas.
Tohr se dirigía a la cama.
Resultaba obvio quién era por la calma más que por el sonido… las pisadas eran lentas y relativamente ligeras para un Hermano: Tohr trabajaba en volver a poner su cuerpo en forma, pero no le habían dado el visto bueno para el trabajo de campo, lo cual tenía sentido. Debía ganar otros veinticinco kilos de músculo antes de meterse en cualquier asunto cara a cara con el enemigo.
No quedaba nadie más por pasar. Lassiter, también conocido como la sombra dorada de Tohr, no dormía, así que el ángel permanecía generalmente en la sala de billar y veía televisión para intelectuales. Como las pruebas de paternidad de Maury, Tribunal popular con el juez Milian y maratones de Verdaderas Amas de casa.
Silencio… Silencio… Silencio…
Cuando el sonido del latido de su corazón comenzó a molestarle, John maldijo y se estiró, encendiendo la luz. Se recostó contra las almohadas y dejó que sus brazos cayeran pesadamente. No compartía la fascinación de Lassiter por la caja tonta, pero cualquier cosa era mejor que el silencio. Pescando entre las botellas vacías, encontró el mando y cuando presionó el botón de encendido, hubo una pausa como si la cosa hubiera olvidado para que servía… pero entonces la imagen estalló.
Linda Hamilton corría por un pasillo, su cuerpo rebotaba de poder. A lo lejos, se abría un ascensor… revelando a un chico de cabello oscuro corto y a Arnold Schwarzenegger.
John presionó el botón de encendido y mató la imagen.
La última vez que había visto esa película había sido cuando Tohr y él lo habían hecho juntos… cuando el Hermano le había sacado de su lastimosamente triste existencia y le había mostrado quien era realmente… antes de que todas sus costuras en ambas vidas hubieran reventado.
En el orfanato, en el mundo humano, John siempre había sido consciente de que era diferente… y el Hermano le había proporcionado el "por qué" esa noche. El destello de colmillos lo había explicado todo.
Ahora bien, naturalmente, había habido un mogollón de ansiedad proveniente de averiguar que no eras quién o lo qué siempre habías asumido que eras. Pero Tohr se  había quedado a su lado, relajado y mirando la televisión, aunque había estado en rotación para luchar y también tenía una shellan embarazada a la que cuidar.
Lo más amable que nadie había hecho jamás por él.
Volviendo a la realidad, John tiró el mando a la mesita y este rebotó, golpeando una de las botellas vacías. Cuando los últimos tres centímetros de bourbon se derramaron, se estiró y recogió una camisa para limpiar el lío. Lo cual, teniendo en cuenta el desastre que era el resto del cuarto, fue como rematar un Big Mac con una Coca Cola light.
Pero lo que sea.
Secó la superficie de la mesa, levantando las botellas de una en una y luego abrió el pequeño cajón para afanarse por dentro…
Tirando la camiseta al suelo, alcanzó un antiguo libro encuadernado en cuero.
El diario ya llevaba aproximadamente seis meses en su posesión, pero no lo había leído.
Era lo único que tenía de su padre.
Sin nada más que hacer y ningún lugar al que ir, abrió la cubierta delantera. Las páginas estaban hechas de vitela y olían a viejo, pero la tinta era todavía totalmente legible.
John pensó en esas notas que había escrito para Trez e iAm en Sal’s y se preguntó si su escritura y la de su padre eran similares. Como las entradas del diario estaban hechas en el Antiguo Idioma, no había modo de saberlo.
Enfocando los cansados ojos, comenzó a examinar cómo estaban formados los caracteres, cómo la tinta acariciaba la forma de los símbolos, como no había errores ni tachaduras, cómo aunque las páginas no tenían líneas, su padre sin embargo, había escrito filas pulcras y ordenadas. Se imaginó a Darius agachado sobre las páginas y escribiendo a la luz de una vela, mojando una pluma…
Un extraño destello atravesó a John, del tipo que le hizo preguntarse si iba a ponerse enfermo… pero la náusea pasó mientras le venía una imagen a la cabeza.
Una inmensa casa de piedra no muy diferente de ésta donde vivían ahora. Un cuarto equipado con cosas hermosas. Una entrada apresurada en estas páginas, en el escritorio antes del gran baile.
La luz de la vela, cálida y suave.
John se sacudió y siguió pasando las páginas. En algún momento empezó no sólo a comparar las líneas de caracteres, sino a leerlas…
El color de la tinta había cambiado del negro al marrón desde que su padre escribiera acerca de su primera noche en el campamento de guerreros. Cuanto frío tenía. Cuan asustado estaba. Cuanto echaba de menos su casa.
Cuán solo se sentía.
John empatizó con el macho hasta el punto de parecer como si no hubiera separación entre el padre y el hijo. A pesar de los muchos, muchos años y de un continente entero de distancia, era como si estuviera en los zapatos de su padre.
Bueno, lógico. Estaba exactamente en la misma situación: una realidad hostil con muchos rincones oscuros… y ningún padre para apoyarlo ahora ya que Wellsie estaba muerta y Tohr era un fantasma viviente que respiraba.
Difícil saber cuándo bajaron los párpados y permanecieron así.
Pero en algún punto se durmió con lo poco que tenía de su padre sostenido reverentemente en sus manos.

Capítulo 8

1671, PRIMAVERA, EL VIEJO PAÍS
Darius se materializó en un tramo del espeso bosque, tomando forma junto a la entrada de una cueva. Mientras escudriñaba la noche, escuchó cualquier sonido digno de notarse… Había venados andando sigilosamente en torno a la tranquila corriente, la brisa silbaba entre las agujas de pino y podía oír su propia respiración. Pero no había humanos ni lessers.
Un momento más… y luego se deslizó bajo el alero de piedra y entró a un espacio natural creado hacía siglos. Se adentró más y más profundamente, el aire se espesó con un olor que despreciaba: la tierra mohosa y la humedad fría le recordaban al campamento de guerreros e incluso aunque llevaba veintisiete años fuera de aquel lugar infernal, los recuerdos de ese tiempo con el Bloodletter eran suficiente para hacerle retroceder incluso ahora.
En la pared distante, pasó la mano sobre la piedra mojada y desigual hasta que encontró la el tirador de hierro que liberaba el mecanismo oculto de cierre de la puerta. Hubo un chirrido amortiguado cuando las bisagras giraron y luego una porción de la roca se deslizó a la derecha. No esperó a que el panel retrocediera completamente, sino que entró tan pronto como pudo introducir el grueso pecho lateralmente. Al otro lado, accionó una segunda palanca y esperó hasta que la sección se asegurara de vuelta en el lugar.
El largo camino al sanctum sanctorum de la Hermandad estaba iluminado con antorchas que ardían ferozmente y lanzaban duras sombras que saltaban sobre el áspero suelo y el techo. Estaba a medio camino cuando las voces de sus hermanos alcanzaron sus oídos.
Claramente, había muchos de ellos en la reunión, dada la sinfonía de tonos bajos y masculinos que se superponían y acometían por el aire.
Probablemente era el último en llegar.
Cuando llegó a la verja de barras de hierro, sacó una llave pesada del bolsillo del pecho y la empujó en la cerradura. Abrirla exigía fuerza, incluso para él, la inmensa puerta se balanceó en su anclaje como sí quien intentara entrar pudiera mostrarse digno si lograba forzarla.
Cuando bajó por el espacio abierto en lo profundo de la tierra, la Hermandad estuvo al completo y con su aparición comenzó la reunión.
Mientras tomaba asiento al lado de Ahgony, las voces callaron y Wrath el Justo miró a los allí reunidos. Los Hermanos respetaban al líder de la raza, aunque no fuera un guerrero entre ellos, era un macho regio de valor, cuyo sabio consejo y prudente restricción eran de gran valía en la guerra contra la Sociedad Lessening.
—Mis guerreros —dijo el rey—. Me  dirijo a vosotros esta víspera con noticias serias y una petición. Un emisario doggen vino a mi casa particular durante la luz del sol y pidió una audiencia personal. Después de negarse a presentar su causa a mi asistente, se derrumbó y lloró.
Cuando los ojos verdes claros del monarca recorrieron las caras, Darius se preguntó a donde conducía esto. A nada bueno, pensó.
—Fue entonces que intercedí. —Los párpados del rey bajaron brevemente—. El amo del doggen le había enviado a mí con las peores noticias posibles. La hija sin emparejar de la familia ha desaparecido. Habiéndose retirado temprano, todo parecía estar bien hasta que su criada le llevó un tentempié de mediodía por si le apeteciera sustento. La habitación estaba vacía.
Ahgony, el líder lego de la Hermandad, habló en voz alta.
—¿Cuándo fue vista por última vez?
—Antes de la Última Comida. Fue donde sus padres y les informó de que no tenía apetito y necesitaba una siesta. —El rey continuo mirando alrededor—. Su padre es un macho justo que me ha rendido favores personales. De mayor peso, sin embargo, es el servicio que ha ofrecido a la raza como  leahdyre íntegro del Concilio.
Cuando resonaron maldiciones por toda la cueva, el rey asintió.
—En verdad, es la hija de Sampsone.
Darius cruzó los brazos sobre el pecho. Esto eran muy malas noticias. Las hijas de la glymera eran como finas joyas para sus padres… hasta el momento en que pasaban al cuidado de otro macho acaudalado, quien las trataría de igual modo. Esas hembras estaban vigiladas y enclaustradas… No desaparecían de las casas de sus familias.
Sin embargo, podían ser tomadas.
Como todas las rarezas, las hembras bien educadas tenían muy alto valor y como siempre que se trataba de la glymera, el individuo era menos importante que la familia: los rescates se pagaban no para salvar la vida de la hembra, sino la reputación de su linaje de sangre. De hecho, no era raro oír que para una hembra tan virginal la mera posibilidad de ser secuestrada y retenida a cambio de  dinero, causaba el terror social.
La Sociedad Lessening no era la única fuente de mal en el mundo. Los vampiros eran conocidos por atacar a los suyos.
La voz del rey resonó por toda la cueva, profunda y exigente.
—Como mi guardia privada, acudo a vosotros para proporcionar reparación ante esta situación. —Esos ojos reales se centraron en Darius—. Y hay uno entre vosotros a quien pediré que se adelante y arregle esta injusticia.
 Darius hizo una profunda reverencia antes de que la petición se desvaneciera. Como siempre, estaba absolutamente preparado para desempeñar cualquier deber para con su rey.
—Gracias, guerrero mío. Tu habilidad política será de gran valor bajo el techo de esa familia ahora devastada, como lo será tu sentido del protocolo. Y cuando descubras al maleante, no dudo de tu capacidad para asegurar un resultado… apropiado. Válete de los que están hombro con hombro contigo y sobre todo encuéntrala. Ningún padre tendría que soportar este horroroso vacío.
Darius no podía estar más de acuerdo.
 Y era una misión encomendada por un rey sabio. Darius era un estadista, cierto. Pero tenía un compromiso particular hacia las hembras tras haber perdido a su madre. No era que los demás Hermanos no se hubieran entregado con una dedicación semejante… excepto por Hharm, quizás, que tenía una opinión bastante débil del valor de una hembra. Pero Darius era el que sentiría más esta responsabilidad y el rey no podía haberlo calculado mejor.
Dicho sea de paso, iba a necesitar ayuda y echó una mirada a sus hermanos para determinar a quién escogería, examinando las caras serias, ahora conocidas. Dejó de buscar cuando vio el semblante de un extraño entre ellos.
Al otro lado del altar, el Hermano Hharm estaba de pie junto a una versión más joven y delgada de sí mismo. Su chico tenía el cabello oscuro y ojos azules como su señor, compartía el potencial de los hombros amplios y el pecho ancho característicos de Hharm. Pero ahí acababa la similitud. Hharm estaba repantigado con una inclinación insolente contra la pared de la cueva, lo cual no era una sorpresa. El macho prefería el combate a la conversación, teniendo poco tiempo o capacidad de concentración para malgastar en lo último. El chico, sin embargo, estaba comprometido hasta el punto de estar completamente paralizado, con sus inteligentes ojos centrados con admiración en el rey.
Tenía las manos detrás de la espalda.
A pesar de su apariencia exterior de calma, se retorcía esas manos donde nadie podía verlas, el movimiento de los antebrazos revelaba su nerviosismo.
Darius podía comprender cómo se sentía el muchacho. Tras este discurso, todos saldrían al campo y el hijo de Hharm sería probado por primera vez contra el enemigo.
No estaba armado apropiadamente.
Recién llegado del campamento guerrero, sus armas no eran mejores de lo que habían sido las de Darius… sólo trastos desechados por el Bloodletter. Lo cuál era deplorable. Darius no había tenido un padre que le proveyera, pero Hharm debería haberse encargado de su hijo, dándole instrumentos bien equilibrados y tan bien hechos como los de él mismo.
El rey levantó los brazos y miró al techo.
—Qué la Virgen Escriba cuide de los aquí reunidos con toda la gracia y bendiciones destinada a soldados de valor que parten a los campos en conflicto.
El grito de guerra explotó desde los Hermanos y Darius se unió a él con todo su aliento, el rugido resonó, rebotó y continuó como un cántico. Mientras el sonido atronador se elevaba más y más alto, el rey tendió la palma a un lado. Desde las sombras, el joven heredero al trono avanzó, con una expresión más vieja que sus siete años. Wrath, hijo de Wrath, era, como Tohrment, el vivo retrato de su señor, pero allí terminaba la comparación entre las dos parejas. El rey en ciernes era sagrado, no sólo para sus padres, sino para la raza.
Este pequeño macho era el futuro, el líder venidero… evidencia de que, a pesar de las afrentas cometidas por la Sociedad Lessening, los vampiros sobrevivirían.
Y no tenía miedo. Mientras muchos pequeñines se encogían detrás de un padre cuando se enfrentaban a un solo Hermano, el joven Wrath estaba al lado del suyo, mirando fijamente a los machos que tenía ante él como si supiera, a pesar de su tierna edad, que él comandaría las espaldas fuertes y los brazos luchadores de aquellos que estaban ante él.
—Marchad, mis guerreros —dijo el rey—. Marchad y esgrimid vuestras dagas con intención mortífera.
Palabras sanguinarias para decir ante orejas tiernas, pero en medio de la guerra, no había ventajas en proteger a la siguiente generación de la realeza. Wrath, hijo de Wrath, nunca acudiría al campo de batalla, era demasiado importante para la raza, pero sería entrenado para apreciar aquello a lo que se enfrentaban los machos que tenía bajo su autoridad.
Cuando el rey bajó la mirada a su descendencia, los ojos del anciano se empañaron de orgullo, alegría, esperanza y amor.
Cuán diferente a Hharm y su hijo. Ese joven estaba al lado de su progenitor de sangre, pero por la atención que éste le prestaba, podría haber estado junto a un extraño.
Ahgony se inclinó hacia Darius.
—Alguien debe vigilar a ese chico.
Darius asintió.
—Aye.
—Le he traído del campamento guerrero esta noche.
Darius echó un vistazo a su hermano.
—¿De verdad? ¿Dónde estaba su señor?
—Entre las piernas de una doncella.
Darius maldijo para sí. En verdad, el Hermano tenía una constitución brutal a pesar de su crianza y por cortesía de sus bajos instintos tenía hijos en abundancia, lo cual podría haber explicado, aunque ciertamente no disculpaba, su falta de consideración. Por supuesto, sus otros hijos no eran elegibles para la Hermandad porque sus madres no eran de sangre Elegida.
Sin embargo, Hharm aparentaba despreocupación.
Mientras el pobre chico permanecía tan separado, Darius recordó bien su primera noche en el campo: cómo no había estado unido a nadie… cómo había temido enfrentarse al enemigo sin nada más que sus habilidades y el poco entrenamiento que tenía para fortalecer su valor. No era que los Hermanos no se hubieran preocupado para nada de sus miedos. Pero habían tenido que cuidar de sí mismos y él había tenido que probar que podía valerse sólo.
Este joven macho estaba claramente en el mismo apuro, sólo que él tenía a un padre que debería haberle facilitado el camino.
—Cuídate, Darius —dijo Ahgony cuando la realeza se mezcló con los Hermanos, estrechando manos y preparando su partida—. Yo escolto el rey y al príncipe.
—Cuídate, hermano. —Los dos se abrazaron rápidamente y luego Ahgony se unió a los Wrath y salió con ellos de la cueva.
Mientras Tohrture ascendía y comenzaba a repartir territorios para la noche, se empezaron a formar las parejas y Darius buscó entre las cabezas al hijo de Hharm. El chico se había marchitado contra la pared y estaba tenso, todavía con esas manos detrás de la espalda. Hharm parecía poco interesado en cualquier otra cosa excepto en intercambiar exageraciones con los demás.
Tohrture se llevó dos dedos a la boca y silbó.
—¡Hermanos! ¡Atención! —Sobre la cueva cayó un silencio pesado—. Gracias. ¿Tenemos claros los territorios?
Hubo una afirmación colectiva y los Hermanos comenzaron a salir, Hharm ni siquiera miró a su hijo. Simplemente fue a la salida.
A su estela, el chico llevó las manos hacia delante y se las frotó. Dando un paso adelante, pronunció el nombre de su padre una vez… dos veces.
El Hermano se volvió, su expresión era similar a la de alguien que se enfrentaba a una obligación inoportuna.
—Bien, vamos, entonces…
—Si me permites —dijo Darius, dando un paso entre ellos—. Sería en placer para mí aceptar su ayuda en mi tarea. Si ello no ofende.
La verdad era que no le importaba para nada si ofendía. El chico necesitaba más de lo que su padre le daría y Darius no era del tipo que se sentaba a un lado mientras se cometía una injusticia.
—¿Crees que no puedo cuidar a los de mi sangre? —exclamó Hharm con brusquedad.
Darius se giró hacia el macho y quedaron nariz con nariz. En lo que se refería a conflictos él prefería la negociación, pero con Hharm no había manera de razonar. Y Darius estaba bien dotado para enfrentar la fuerza con fuerza.
Mientras la Hermandad se quedaba congelada en torno a ellos, Darius dejó caer su voz aunque todos los allí reunidos oyeron cada palabra.
—Entrégame al muchacho y lo devolveré entero al alba.
Hharm gruñó, el sonido fue el de un lobo entre sangre fresca.
—Yo también, hermano.
Darius se inclinó más cerca.
—Si lo llevas a luchar y muere, cargarás esa vergüenza sobre tu linaje para siempre.          —Aunque la verdad, era difícil saber si la conciencia del macho se vería afectada—. Entrégamelo y te libraré de esa carga.
—Nunca me has gustado, Darius.
—Aun así allá en el campamento estuviste más que dispuesto a servirte de aquellos a los que vencí. —Darius mostró sus colmillos—. Dado lo mucho que disfrutaste de ello, cualquiera pensaría que me tendrías en mejor consideración. Y que sepas esto, si no me permites supervisar al chico, te derribaré en este suelo y te golpearé hasta que cedas ante mí.
Hharm rompió el contacto visual, alzando su mirada por encima del hombro de Darius mientras el pasado arrastraba hacia atrás al Hermano. Darius supo el momento que estaba rememorando. La noche que Darius le había vencido en el campamento… y cómo Darius se había negado a castigar la deficiencia, Bloodletter lo había hecho. Brutal era una palabra pálida para describir aquella sesión y aunque Darius era reacio sacarlo a colación, la seguridad del muchacho era un objetivo digno que bien valía los medios indignos.
Hharm sabía quién ganaría en un concurso de puños.
—Llévatelo —dijo el macho con rotundidad—. Y haz lo que quieras con él. Por la presente renuncio a él como mi hijo.
El Hermano giró y salió a zancadas…
Y se llevó todo el aire de la cueva con él.
Los guerreros le observaron marchar, su silencio más fuerte de lo que había sido el grito de guerra. Repudiar a tu vástago era antiético en la raza, tanto como lo sería la luz del día en una comida familiar: era la ruina.
Darius fue donde el joven macho. Esa cara… Querida Virgen Escriba. La cara gris congelada del chico no estaba triste. Ni angustiada. Ni siquiera avergonzada.
Sus rasgos eran una verdadera máscara mortuoria.
Tendiendo la palma, Darius dijo:
—Saludos, hijo. Soy Darius y funcionaré como tu whard en la lucha.
Los ojos del joven parpadearon una vez.
—¿Hijo? Pronto iremos a los acantilados.
Bruscamente, Darius fue objeto de una aguda evaluación, el chico buscaba claramente signos de obligación y compasión. Sin embargo, no encontraría ninguno. Darius conocía con precisión la tierra yerma y dura que yacía bajo las botas del muchacho y por lo tanto era bien consciente de que cualquier tipo de suavidad ofrecida sólo tendría como resultado una vergüenza adicional.
—¿Por qué? —llegó una pregunta ronca.
—Vamos a los acantilados a encontrar a esa hembra —dijo Darius con calma—. Por eso.
Los ojos del chico recorrieron a Darius.  Luego el joven se colocó la mano sobre el pecho. Con una reverencia dijo:
—Intentaré ser de algún valor en vez de una carga.
Era tan duro que te rechazaran. Más duro todavía mantener la cabeza alta tras semejante insulto.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Darius.
—Tohrment. Soy Tohrment, hijo de… —Se aclaró la garganta—. Soy Tohrment.
Darius se colocó junto al joven macho y le puso la palma sobre un hombro que todavía tenía que rellenarse en todo su potencial.
—Ven conmigo.
El chico le siguió con determinación… fuera de la audiencia de la Hermandad… fuera del santuario… fuera de la cueva…hacia la noche.
El cambio dentro del pecho de Darius sucedió en algún momento entre ese paso adelante inicial y el momento en que se desmaterializaron juntos.
Verdaderamente se sentía como si por primera vez tuviera una familia propia… porque aunque el chico no fuera suyo por sangre, había asumido su cuidado.
Por consiguiente, se interpondría ante una hoja que pretendiera ir contra el joven si llegaba el caso, sacrificándose a sí mismo. Tal era el código de la Hermandad… pero sólo hacia los hermanos de uno. Tohrment no entraba todavía en esa categoría; era sólo un iniciado por virtud de su línea de sangre, lo cual le había ganado el acceso a la Tumba y nada más. Si fallaba al probarse a sí mismo, sería excluido para siempre de allí.
Desde luego, en lo que se refería al código, el chico bien podía ser asesinado en el campo de batalla y dejado por muerto.
Pero Darius no lo permitiría.
Siempre había deseado un hijo propio.

Capítulo 9

A TREINTA Y DOS KILÓMETROS A LAS AFUERAS DE CHARLESTON, CAROLINA DEL SUR.
—Santa... Mierda. Qué pedazo de árboles tienen aquí.
Vale, sí, eso lo resumía. Cuando la furgoneta con conexión vía satélite de Investigadores Paranormales salía de la Ruta Rural SC 124, Gregg Winn frenó y se inclinó sobre el volante.
Jodidamente… perfecto.
La entrada a la casa de la plantación estaba señalada a ambos lados por robles vivos del tamaño de una casa rodante y colgaba musgo español de todas esas ramas enormes, meciéndose con la suave brisa.
Al final del camino enmarcado, como a un kilómetro de distancia, se asentaba la mansión con columnas, linda como una señorita en una silla, con el sol del mediodía pintando su rostro de claro amarillo limón.
Desde atrás, la “presentadora” de IP, Holly Flete, se inclinó hacia él.
—¿Estás seguro de esto?
—Es un B&B, ¿verdad? —Gregg le dio caña al gas—. Abierto al público.
—Llamaste cuatro veces.
—No dijeron que no.
—No te devolvieron las llamadas.
—Lo que sea —Necesitaba que esto saliera bien. Los especiales de IP estaban a punto de pasar al siguiente nivel de precio por anuncios de la cadena. No estaban en territorio Ídolo Americano, es verdad, pero le habían pateado bien el culo al episodio más reciente de Magia al Descubierto y si continuaba la tendencia, el dinero iba a ser más espeso que la sangre.
La larga carretera hasta la casa era como un rastro que conducía no sólo al interior de la propiedad, sino atrás en el tiempo. Por el amor de Dios, mientras miraba en torno a los patios cubiertos de maleza, esperaba ver soldados de la Guerra Civil y a una Vivian Leigh de antes de la guerra paseándose bajo los árboles velados.
El camino de grava llevó a los visitantes directamente a la entrada delantera formal y Gregg aparcó a un lado por si acaso otros coches necesitaran pasar.
—Vosotros dos os quedáis aquí. Yo voy a entrar.
Mientras salía de detrás del volante, se cubrió su camiseta Ed Hardy con un cortavientos negro y se puso la manga del mismo por encima del Rolex. La furgoneta con el logo de IP que mostraba una lupa sobre un fantasma negro y sombrío ya era lo suficientemente llamativa y sin duda la casa pertenecía a un personaje local. La cuestión era que el estilo hollywoodiense no era necesariamente apreciado más allá de L.A. y este hermoso lugar estaba tan alejado como era posible de la cirugía plástica y los bronceados de spray.
Sus mocasines Prada avanzaron sobre las piedrecillas del sendero mientras caminaba hacia la entrada. La casa blanca era una simple construcción de tres pisos en forma de caja con porches en el primer y segundo nivel, y un tejado inclinado con buhardillas, pero la elegancia de las proporciones y el puro tamaño de la maldita cosa eran lo que la convertía sin duda alguna en una mansión. Y para rematar la imagen de gran dama, todas las ventanas estaban enmarcadas en el interior por cortinas de colores de gemas preciosas, y a través del cristal emplomado, podían verse los candelabros colgando de los altos techos.
Joder con el Bed and Breakfast.
La puerta delantera era lo suficientemente grande como para pertenecer a una catedral y el llamador era una cabeza de león de latón que parecía casi de tamaño natural. Levantando el peso, lo dejó caer de vuelta a su posición. Mientras esperaba, comprobó que Holly y Stan estuvieran donde los había dejado. Refuerzos era lo último que necesitaba cuando estaba en lo que equivaldría a una llamada comercial, especialmente cuando el hola-mi-nombre-es no era bienvenido. Y la verdad era que, si no hubieran estado precisamente por Charleston, probablemente no hubiera intentado un cara-a-cara, pero por media hora de carretera que ni siquiera estaba fuera de su ruta, valía la pena el esfuerzo. No se les esperaba en Atlanta para el montaje del especial hasta dentro de un par de días, así que tenían tiempo para esto. Mejor dicho, mataría por…
La puerta se abrió del todo y tuvo que sonreír a lo que había al otro lado. Tío... esto se ponía cada vez mejor. El tipo tenía las palabras Mayordomo Inglés estampadas por todas partes, desde sus zapatos brillantes a su chaleco y chaqueta negros.
—Buenas tardes, señor —Y tenía acento. Pero no británico, ni francés… de clase alta europea—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Gregg Winn —extendió la mano—: Creo que he llamado un par de veces. No estoy seguro de que le llegaran los mensajes.
—En efecto.
Gregg se esperó a que el otro hombre continuara. Cuando vio que no había nada más, se aclaró la garganta.
—Ah... esperaba que nos permitiera hacer algo de investigación en su encantadora casa y en los terrenos. La leyenda de Eliau Rathboone es bastante notable, quiero decir... los informes de sus huéspedes son increíbles. Mi equipo y yo...
—Permítame que le interrumpa. No habrá grabaciones ni filmaciones...
—Podríamos pagar.
—...en ningún caso —el mayordomo sonrió tensamente—. Estoy seguro que entiende que preferimos nuestra privacidad.
—Francamente, no. ¿Qué mal hay en permitir que echemos un vistazo? —Gregg bajó la voz y se inclinó hacia delante—. A menos que, por supuesto... ¿sea usted mismo el que va haciendo esos ruidos de pisadas en mitad de la noche? ¿O sujetando una vela en esa habitación de arriba con un hilo de pescar?
El rostro del mayordomo no cambió y sin embargo, desprendía desprecio.
—Creo que ya se iba.
No fue un comentario. Ni una sugerencia. Fue una orden. Pero que le den, Gregg había tratado con cosas más duras que este maricón vestido de pingüino.
—¿Sabe? Deben tener cantidad de gente que viene por aquí gracias a esas inquietantes historias —Gregg bajó la voz incluso más—. Nuestra audiencia en la televisión es enorme. Si cree que ya tiene visitantes ahora imagínese cómo iría si su negocio se conociera a escala nacional. Aun si se está inventando usted mismo el asunto ese de Rathboone, podemos trabajar con usted, en vez de contra usted. Si sabe a lo que me refiero.
El mayordomo dio un paso atrás y comenzó a cerrar la puerta.
—Buenos días, señor.
Gregg interpuso su cuerpo. Aunque no había tenido pensado hacer una comprobación exhaustiva, lo del no tajante no iba con él. Y como siempre, que le dieran un portazo afilaba su interés como nada.
—Entonces nos gustaría pasar aquí la noche. Estamos haciendo algunas pruebas en localizaciones de la Guerra Civil de por aquí y necesitamos un sitio para instalarnos.
—Me temo que estamos al completo.
En ese momento, como un don divino, una pareja bajó la graciosa escalera, con las maletas en la mano. Gregg sonrió y miró por encima del hombro del mayordomo.
—No tan completos como antes —dando un giro por sus múltiples personalidades, puso por delante su mejor cara de no-voy-a-ser-un-problema—. No es no, me doy cuenta de ello. Así que no grabaremos nada, ni audio ni video. Lo juro por la vida de mi abuela. —Levantando la mano para saludar dijo en voz alta—: Ey muchachos, ¿disfrutasteis de vuestra estancia?
—¡Dios mío fue increíble! —dijo la novia, esposa, rollo de una noche, lo que fuera—. ¡Eliahu es de verdad!
El novio, marido, rollo de una noche, asintió.
—Yo no la creía. Quiero decir que... fantasmas, venga ya. Pero sí... lo oí.
—También vimos la luz. ¿Has oído lo de la luz?
Gregg se puso la mano en el pecho como en estado de shock.
—No, ¿qué luz? Contádmelo todo...
Mientras se volcaban en una detallada explicación de todas esas “cosas increíbles y alucinantes” de las que habían sido “increíbles y alucinados testigos” durante su “increíble, etc.”, el mayordomo entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rayas. Estaba claro que su necesidad imperiosa de matar se veía dominada por los buenos modales mientras se apartaba para dejar que Gregg se reuniera con la pareja que se iba, pero la temperatura del vestíbulo había bajado a niveles árticos.
—Espera... eso es... —el huésped masculino frunció el ceño y se inclinó a un lado—. Mierda santa, eres de ese programa...
Investigadores Paranormales —completó Gregg—. Soy el productor.
—Y la presentadora... —el tipo miró a su amiguita—. ¿También está aquí?
—Claro. ¿Quieres conocer a Holly?
El chico dejó la maleta en el suelo para meterse mejor en los pantalones el polo que llevaba puesto.
—Sí. ¿Podría?
—Estábamos a punto de irnos —le interrumpió su media naranja—. ¿Verdad? Dan.
—Pero si... si... tenemos la oportunidad de...
—Si salimos ahora, estaremos en casa al atardecer —se volvió hacia el mayordomo—. Gracias por todo, señor Griffin. Nuestra estancia ha sido encantadora.
El mayordomo se inclinó con soltura.
—Por favor, vuelvan en otra ocasión, señora.
—Oh, lo haremos. Este sitio sería perfecto para nuestra boda en septiembre. Es increíble.
—Alucinante —añadió su prometido, como si quisiera resarcirse.
Gregg no insistió en que conociera a Holly mientras la pareja salía por la puerta delantera, aunque el chico le miró como si estuviera deseando que Gregg los siguiera.
—Pues entonces iré a por nuestras maletas —dijo Gregg al mayordomo—. Y puede prepararnos la habitación, señor Griffin.
El aire que rodeaba al hombre pareció espesarse.
—Tenemos dos cuartos.
—Está bien. Ya que veo que es usted un hombre con valores, le diré que Stan y yo compartiremos habitación. Para mantener las formas.
El mayordomo alzó las cejas.
—Muy bien. Si usted y sus amigos son tan amables de esperar en la sala a su derecha, haré que el ama de llaves prepare sus habitaciones.
—Fantástico —Gregg le dio al hombre una palmadita en el hombro—. No se dará ni cuenta de que estamos aquí.
El mayordomo dio un paso atrás.
—Sólo un consejo por su bien.
—Ilumíneme.
—No vayan al tercer piso.
Vaya, ¿no era eso una invitación?... y una frase sacada de una de las pelis de Scream.
—Por supuestísimo que no. Se lo juro.
El mayordomo salió del vestíbulo y Gregg se dirigió a la puerta delantera, yendo hacia su equipo. Al salir Holly del coche, su doble copa D se balanceó bajo la camiseta negra que llevaba puesta y sus Sietes4 estaban tan bajos que su barriga plana y morena se veía claramente. La había contratado no por su cerebro, sino por sus medidas de Barbie y sin embargo había resultado ser más de lo que esperaba. Como un montón de tontitas, no era completamente estúpida, solamente muy estúpida y tenía una capacidad casi mágica para colocarse siempre en la mejor posición para su carrera.
Stan deslizó la puerta corredera de la furgo y salió, parpadeando fuertemente y apartándose el largo y greñudo cabello. Perpetuamente colocado, era la persona perfecta para este trabajo: técnicamente apto, pero tan tranquilito que asumía bien las órdenes. Lo último que quería Gregg era a un artista a cargo de las cámaras.
—Coged el equipaje —les gritó Gregg. Lo que en su código significaba: Traed no sólo para pasar la noche, también el equipo pequeño.
Este no era el primer sitio donde les había tenido que dar esa orden.
Mientras volvía dentro, la pareja que acababa de irse pasó por su lado conduciendo un Sebring convertible, el chico observaba a Holly inclinarse hacia la furgo en vez de mirar por dónde estaba yendo.
Ella tendía a tener ese efecto en los hombres. Otro motivo para tenerla en el equipo.
Bueno, eso y que no tenía problemas con el sexo esporádico.
Gregg entró en el salón y echó un vistazo dando un giro de 180 grados. Las pinturas al óleo eran como de museo, las alfombras eran persas, las paredes estaban pintadas a mano con una escena pastoral. Había candelabros de plata en cada superficie lisa y ni una sola pieza del mobiliario era ni del siglo veintiuno ni del veinte... o tal vez ni del diecinueve.
El periodista en él se puso alerta y a dar gritos. Los B&B, incluso los de primera categoría, no estaban decorados de esta forma. Así que aquí estaba sucediendo algo.
O eso o la leyenda de Eliahu estaba haciendo que una cantidad ingente de cabezas reposaran en estas almohadas cada noche.
Gregg se acercó a uno de los retratos más pequeños. Era de un hombre a mitad de la veintena y pintado en otro tiempo, otro lugar. El sujeto estaba sentado en una silla tapizada, con las piernas cruzadas a la altura de las rodillas, sus elegantes manos apartadas hacia un lado. El cabello negro estaba echado atrás y atado con una cinta, revelando un rostro que era deslumbrante. Las ropas eran... bueno, Gregg no era un historiador, así que, qué coño sabría él, pero estaba claro como el agua que se parecían a lo que llevaban George Washington y su clan.
Este era Eliahu Rathboone, pensó Gregg. El abolicionista secreto que siempre había dejado encendida una luz para animar a aquellos que tenían que escapar para llegar hasta él... el hombre que había muerto para proteger una causa antes incluso de que ésta se arraigara en el Norte... el héroe que había salvado a tantos, sólo para que sesgaran su joven vida.
Este era su fantasma.
Gregg formó un marco con los dedos y recorrió la estancia como si llevara una cámara antes de enfocar en aquel rostro.
—¿Es él? —la voz de Holly llegó desde atrás—. ¿Es verdaderamente él?
Gregg sonrió abiertamente por encima del hombro, su cuerpo hormigueaba.
—Y yo que pensaba que las fotos de internet eran buenas.
—Bueno es... guapísimo.
Y también eran hermosos su historia, su casa y toda esa gente que salía de aquí hablando de apariciones.
A tomar por culo el viaje a Atlanta y su asilo. Este iba a ser su nuevo especial.
—Quiero que te trabajes al mayordomo —dijo Gregg suavemente—. Ya sabes a lo que me refiero. Quiero acceso a todo.
No me voy a acostar con él. Tracé la línea divisoria en la necrofilia y ese es más viejo que Dios.
—¿Acaso te he pedido que te tumbes de espaldas? Hay otras maneras. Y tienes esta noche y mañana. Quiero hacer aquí el especial.
—Quieres decir...
—Vamos a salir en directo desde aquí en diez días —caminó hacia la ventana que daba al camino de los árboles y con cada paso que daba, las tablas de madera crujían. Día de los Emmys, allá vamos, pensó Gregg.
Jodidamente perfecto.

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