sábado, 14 de mayo de 2011

AMANTE MIO/CAPITULO 70 71 72

Capítulo 70

La tragedia les golpeó durante una brutal tormenta de invierno y en verdad, no fue solamente por el largo trabajo de la hembra en su cama de parturienta. La ruina tomó forma en el parpadeo de un ojo... y aún así las ramificaciones cambiaron el curso de sus vidas.
—¡No!
El sonido del grito de Tohrment hizo que Darius levantara de repente la mirada del cálido y resbaladizo recién nacido que tenía entre las manos desnudas. Al principio no pudo ver que había ocurrido para causar tal alarma. Desde luego, había habido mucha sangre durante el parto, pero la hembra había sobrevivido a la llegada de su descendencia a este mundo. De hecho, Darius estaba en ese momento cortando el cordón y yendo a envolver al bebé para presentarlo.
—¡No! ¡Oh, no!La cara de Tohrment era cenicienta cuando extendió la mano¡Oh, querida Virgen Escriba! ¡No!
—¿Por qué demonios estás...?
Al principio Darius no encontró sentido a lo que vio. Parecía... que la empuñadura de la daga de Tohrment sobresalía de las sábanas que cubrían la barriga todavía redondeada de la hembra.
Y sus pálidas y ahora ensangrentadas manos estaban cayendo lentamente del arma para yacer a sus costados.
—¡La cogió! —dijo Tohrment sin aliento— De mi cinturón... Yo... fue tan rápido... Me agaché para cubrirla y... ella desenvainó la...
Los ojos de Darius se dirigieron a los de la hembra. Su mirada estaba fija en el fuego del hogar y una única lágrima le caía por la mejilla mientras la luz de la vida empezaba a abandonarla.
Darius volcó la tina de agua que había junto a la cama en su prisa por llegar hasta ella... por sacar la daga... por salvarla... por...
La herida que se había autoinfligido era mortal, a la luz de todo lo que había pasado durante el parto... y aún así Darius no pudo evitar intentar salvarla.
—¡No abandones a tu hija! —le dijo, inclinándose con el bebé que se retorcía¡Has dado a luz a un bebé sano! ¡Levanta los ojos, levanta los ojos!
Mientras el sonido del agua goteando de la tina volcada parecía fuerte como un disparo, ninguna respuesta surgió de la hembra.
Darius sentía que su boca se movía y tenía la sensación de estar hablando pero, por alguna razón, todo lo que podía oír era el sonido del suave gotear de esa agua derramada mientras imploraba que la hembra permaneciera con ellos… por el bien de su hija, por la esperanza en el futuro, por las obligaciones que él y Tohrment estaban preparados para asumir con ella para que no estuviera nunca sola mientras buscaba como criar a lo que había traído al mundo.
Cuando sintió algo en sus pantalones, frunció el ceño y bajó la mirada.
—No es agua lo que cae al suelo. Es sangre. Suya.
—Oh, querida Virgen Escriba…susurró.
En verdad, la hembra había escogido su camino y había sellado su destino.
Su último aliento fue apenas un estremecimiento y luego su cabeza cayó hacia un lado, con los ojos aparentemente todavía fijos en las llamas que lamían los leños... cuando de hecho, ya no veía nada y así sería para siempre.
El gemido de la recién nacida y ese goteo olvidado eran los únicos sonidos que se podían oír en la cabaña de Darius. Y de hecho, fue el lloriqueo plañidero de la pequeña lo que lo puso en movimiento, porque nada se podía hacer con la sangre derramada o la vida perdida. Agarrando la manta que se le había hecho a la pequeña, arropó cuidadosamente a la inocente y la sostuvo contra su corazón.
Oh, destino cruel que había dado lugar a éste milagro. ¿Y ahora qué?
Tohrment levantó la mirada de la cama de la parturienta y el ya frío cuerpo, sus ojos brillaban de horror.
—Sólo me di la vuelta un momento... que la Virgen Escriba me perdone... pero por un momento yo...
Darius sacudió la cabeza. Cuando intentó hablar, no tenía voz, así que apoyó la mano sobre el hombro del chico y apretó para ofrecerle consuelo. Mientras Tohrment se hundía bajo su propia piel, el aullido se volvió más fuerte.
La madre se había ido. La hija seguía aquí.
Darius se inclinó con la nueva vida que tenía entre los brazos y arrancó la daga de Tohrment del vientre de la hembra. La dejó a un lado y después cerró los párpados sobre esos ojos y tiró de una sábana limpia para taparle la cara.
—No irá al Fade  —sollozaba Tohrment mientras apoyaba la cabeza en las manos—. Se ha condenado a sí misma...
—Fue condenada por los actos de los demás. —Y el mayor pecado de todos había sido la cobardía de su padre—. Estaba condenada desde mucho antes... Oh, destino despiadado, estaba condenada desde hacía tanto... Seguramente la Virgen Escriba cuidará de ella en su muerte con una gracia que no le fue concedida en vida.
Oh... maldito... maldito y cruel destino...
Mientras clamaba contra todo en su cabeza, Darius colocó a la pequeña más cerca del fuego porque le preocupaba el aire frío. Mientras entraban en el cálido círculo, la niña abrió la boca y buscó...  y a falta de una alternativa mejor, le ofreció el dedo meñique para que chupara.
Con la tragedia todavía resonando como un alarido, Darius se fijó en los pequeños rasgos y observó como la pequeña extendía la mano hacia la luz.
Los ojos no eran rojos. Y en esa mano había cinco dedos, no seis. Y las articulaciones eran normales. Apartando brevemente la manta, comprobó los pies, la barriga y la pequeña cabeza... Y descubrió que el característico alargamiento del rostro y de las extremidades de los comedores de pecados no estaba presente.
El pecho de Darius clamó de dolor por la hembra que había llevado esta vida dentro de su cuerpo. Se había convertido en parte de ambos, de él y de Tohrment... si bien raramente hablaba y nunca sonreía, sabía que ella también se preocupaba de ellos.
Los tres habían sido una especie de familia.
Y ahora ella había dejado a esta pequeñita atrás.
Darius reacomodó los pliegues de la manta y se dio cuenta de que la tela que la envolvía era el único reconocimiento que había hecho la hembra del inminente nacimiento. Efectivamente, ella había hecho esta colcha en la que su nueva hija estaba envuelta. Fue el único interés que mostró por el embarazo... Probablemente porque sabía cuál sería el resultado.
Todo el tiempo, había sabido lo que iba a hacer.
Los grandes ojos de la pequeña lo miraron fijamente, frunciendo las cejas con concentración y con una premonición de graves problemas, Darius comprendió lo vulnerable que era éste paquete… abandonada a su propia suerte a la intemperie, moriría en cuestión de horas.
Tenía que hacer lo correcto por ella. Eso era todo lo que importaba.
Tenía que cuidarla y hacer lo mejor para ella. Había empezado con demasiado en su contra y ahora era huérfana.
Queridísima Virgen Escriba... haría lo mejor para ella así fuera su último acto en la tierra.
Se oyó un ruido de pies arrastrándose y cuando Darius miró sobre su hombro, vio que Tohrment había envuelto el cuerpo de la hembra en las sábanas y la había cogido en brazos.
—Me ocuparé de ella —dijo el muchacho. Solo... que su voz no era la de un chiquillo. Era la de un macho completamente adulto—. Yo... me ocuparé de ella.
Por alguna extraña razón, la forma en que sostenía su cabeza era lo único que Darius podía ver: La enorme y fuerte mano de Tohrment acunaba a la difunta como si todavía viviera, sosteniéndola cómoda contra su pecho.
Darius se aclaró la garganta y se preguntó preocupado si sus hombros eran lo suficientemente fuertes como para soportar esta carga. ¿Cómo podía seguir respirando... cómo seguiría latiendo su corazón... cómo daría el siguiente paso que fuera necesario?
Para ser sincero, había fracasado. Había liberado a la hembra pero, al final, le había fallado...
Buscó profundamente en su interior y se giró para enfrentar a su pupilo.
El manzano...
Tohrment asintió.
Sí. Eso es lo que pensé. Bajo el manzano. La llevaré allí ahora y al diablo con la tormenta.
No fue una sorpresa que el chico fuera a luchar contra los elementos para enterrar a la hembra. Sin duda necesitaba el esfuerzo físico para aliviar su pena.
Disfrutará de las flores en la primavera y del sonido de las aves que revoloteen por sus ramas.
—¿Qué hay del bebé?
—También cuidaremos de ellaDarius bajó la mirada a esa carita—. Dejándola con alguien que la cuide tal y como ella merece.
Desde luego no la podían mantener aquí. Se pasaban la noche fuera, luchando y la guerra no se detenía por las pérdidas personales.... La guerra no se detenía por nada ni por nadie. Además, ella necesitaba cosas que dos machos, sin importar cuánto lo intentaran, no podían proveer.
Necesitaba los cuidados de una madre.
—¿Todavía es de noche?preguntó Darius con voz ronca mientras Tohrment se dirigía a la puerta.
—Sí  —dijo el macho mientras quitaba el cerrojo—. Y me temo que siempre lo será.
La puerta se abrió de golpe, de par en par, a causa del viento y Darius se curvó alrededor del bebé. Cuando la ráfaga pasó, bajó la mirada a la diminuta nueva vida.
Trazando sus rasgos con las puntas de los dedos, se preocupó por lo que los años venideros tendrían guardado para ella. ¿Serían más amables que las condiciones de su nacimiento?
Rezó porque así fuera. Rezó porque encontrara a un macho de valía que la protegiera y porque diera a luz pequeños y viviera de una forma tan normal como pudiera en su mundo.

Y él haría lo que pudiera para asegurarse de ello.
Incluyendo... Dejarla marchar.

Capítulo 71

Mientras la noche sustituía al anochecer sobre la mansión de la Hermandad, Tohrment, hijo de Hharm, se puso sus armas y sacó la chaqueta del armario.
No iba a salir a pelear, pero aún así se sentía como si fuera a enfrentarse a algún tipo de enemigo. E iba a ir solo. Le había dicho a Lassiter que se tranquilizara y se hiciera la manicura o alguna mierda de esas, porque hay algunas cosas que uno simplemente tiene que hacer por sí mismo.
El ángel caído sólo había asentido y le había deseado buena suerte. Como si supiera exactamente el tipo de anillo de fuego que Tohr iba a atravesar.
Dios, la sensación de que nada pillaba al tío por sorpresa casi era tan molesta como todo lo demás en él.
La cuestión era, sin embargo, que John había venido hacía como media hora a compartir las buenas noticias. Personalmente. El chaval sonreía tan ampliamente, que había muchas posibilidades de que su cara se quedara así congelada y eso era algo condenadamente fabuloso.
Mierda, la vida era tan extraña a veces. Y con demasiada frecuencia eso quería decir que pasaban cosas malas a las buenas personas. Sin embargo, no era éste el caso. A Dios gracias, no esta vez.
Y era difícil pensar en dos personas que se lo merecieran más.
Saliendo de su cuarto, Tohr atravesó a grandes pasos el pasillo de las estatuas. El feliz anuncio de la unión de John y su Xhex había revolucionado toda la casa, inyectado un muy necesitado chute en el brazo de todo el mundo. Especialmente de Fritz y los doggen, a los que les encantaba organizar una gran fiesta.
Y tío, a juzgar por el ruido de ahí abajo, estaban en plena vorágine de preparativos. O eso o los West Coast Choppers23 estaban haciendo una Harley en el vestíbulo.
No. El zumbido no era de tunear una moto, sino de una flota de aspiradoras saliendo de paseo.
Haciendo una pausa, Tohr apoyó las manos en la balaustrada y bajó la vista al mosaico del manzano en flor. Mientras observaba a los doggen pasar sus aspiradoras sobre las ramas y el tronco, decidió que la vida era buena y justa en ocasiones. Verdaderamente lo era.
Y esa era la única razón por la que podía armarse de fuerzas para hacer lo que tenía que hacer.
Tras bajar por la grandiosa escalera trotando, saludó a los doggen mientras esquivaba sus idas y venidas y desapareció a través del vestíbulo. En el patio, inspiró hondo y reunió fuerzas. Tenía unas buenas dos horas antes de la ceremonia, lo cual estaba bien. No estaba seguro de cuánto tiempo le iba a llevar. Cerrando los ojos, disolvió sus átomos y tomó forma... en la terraza de su casa, el lugar donde él y su amada habían vivido durante unos buenos cincuenta años.
Cuando levantó los párpados, no miró la casa. En lugar de eso, echó la cabeza hacia atrás y registró el cielo nocturno por encima de los tejados. Las estrellas habían salido, su brillo trémulo se veía oscurecido por la luna que todavía no había alcanzado mucha altura.
¿Dónde estaban sus muertos?, se preguntó. ¿Cuáles entre esas luces diminutas eran las almas de los que había perdido? ¿Dónde estaban su shellan y su pequeño? ¿Dónde estaba Darius? ¿Dónde estaban todos aquellos cuyas botas todavía dispuestas habían abandonado el arduo camino para poder vivir tras la aterciopelada línea del Fade?
¿Veían lo que sucedía aquí abajo? ¿Veían lo que ocurría, lo bueno y lo malo?
¿Echaban de menos a aquellos que habían dejado atrás?
¿Sabían que se les añoraba?
Tohr bajó lentamente la cabeza y se preparó.
Sí, estaba en lo cierto... dolía de cojones sólo mirar el lugar.
Y la metáfora era jodidamente obvia: lo que estaba mirando era un agujero enorme en su casa, la puerta de cristal deslizante del antiguo cuarto de John había sido arrancada de su marco, el montón de nada que había dejado detrás debía querer decir algo.
Mientras la brisa soplaba, las cortinas que colgaban a un lado del marco ondularon suavemente.
Era tan obvio: la casa era él. El hueco era lo que quedaba tras haberla perdido... Wellsie.
Todavía le era difícil pensar su nombre. Mucho más pronunciarlo.
Al otro lado, había media docena de hojas de madera contrachapada junto a una caja de clavos y un martillo. Fritz los había traído en cuando Tohr le avisó del accidente, pero el doggen tenía órdenes estrictas de no ocuparse del asunto.
Tohr arreglaba su propia casa. Siempre.
Mientras avanzaba, las suelas de sus shitkickers hacían crujir los trozos de cristal roto sobre las baldosas, el crujido le siguió hasta el umbral de la puerta. Sacando un mando a distancia del bolsillo, lo apuntó hacia la casa y apretó el botón para desactivar la alarma. Se oyó un distante pip-pip, lo que quería decir que el sistema de seguridad había registrado la señal y ahora estaba apagado.
Era libre de entrar: los detectores de movimiento estaban desactivados y podía abrir cualquier puerta exterior o ventana del lugar.
Libre para entrar.
Sí.
En lugar de dar ese primer paso, fue hacia la madera contrachapada, cogió una de las hojas de dos por uno y la colocó sobre el dispositivo deslizante estropeado. Apoyando la cosa contra la casa, volvió a por lo clavos y el martillo.
Le llevó cerca de media hora tapar el hueco y cuando dio un paso atrás para inspeccionar el esfuerzo, pensó que parecía una mierda. El resto del lugar estaba inmaculado a pesar de que no había sido habitado desde... el asesinato de Wellsie: todo estaba asegurado y su antiguo servicio era lo suficientemente bondadoso como para echar un ojo al jardín y comprobar la casa una vez al mes… aunque se habían trasladado para servir a otra familia fuera de la ciudad. Lo divertido era que había intentado pagarles por lo que todavía hacían, ahora que estaba de vuelta en el mundo de los vivos, pero habían rechazado el dinero. Simplemente se lo habían devuelto con una nota amable.
Se imaginaba que todo el mundo llevaba luto a su manera.
Tohr dejó el martillo y los clavos que le quedaban encima del único tablón que no había utilizado y después se obligó a dar un paseo por fuera de la casa. Mientras la recorría, de vez en cuando miraba por las ventanas. Las cortinas estaban todas corridas, pero no obstante, su vista penetraba fácilmente a través de los pliegues de tela para ver todos los fantasmas que vivían tras los muros.
En la parte trasera, se vio sentándose a la mesa de la cocina, con Wellsie cocinando, los dos discutiendo sobre el hecho de que había dejado las armas sin guardar anoche. Otra vez.
Dios mío, ella le había hecho dar la vuelta dándole una palmadita en el trasero.
Y cuando llegó al salón, recordaba haberla cogido entre sus brazos y haberla hecho bailar mientras le canturreaba un vals al oído. Muy mal, por cierto.
Ella siempre se había movido de una forma tan fluida contra él, su cuerpo hecho para él y el suyo para ella.
Y en la puerta principal... recordó entrar llevando flores. Cada aniversario.
Sus favoritas habían sido las rosas blancas.
Mientras llegaba a la entrada y miraba hacia el garaje, se centró en el de la izquierda, el más cercano a la casa.
Del que Wellsie había sacado ese Range Rover por última vez.
Después del tiroteo, la Hermandad se había llevado el SUV y había dispuesto de él y Tohr ni siquiera quería saber lo que habían hecho con él. Nunca había preguntado. Nunca lo haría.
El aroma de su perfume y su sangre era demasiado para que él pudiera soportarlo ni siquiera hipotéticamente.
Sacudió la cabeza mientras clavaba los ojos en la puerta cerrada. Uno nunca sabía cual sería la última vez que veía a alguien. No sabía cuándo iba a tener lugar la última discusión o la última vez que se iban a tener relaciones sexuales o la última vez que los ibas a mirar a los ojos y a agradecer a Dios que estuvieran en tu vida.
¿Después de que se iban? Eso era en todo lo que podías pensar.
Día y noche.
Dirigiéndose a un lado del garaje, encontró la puerta que estaba buscando y tuvo que empujar con el hombro para abrirla.
Mierda... Todavía olía igual: el olor seco del hormigón, el del dulce aceite del Corvette, el persistente del combustible de la segadora y de la desbrozadora. Accionó un interruptor. Cristo, el lugar era como un museo de hace mucho, mucho tiempo; reconocía los objetos de un cierto tipo de vida, podía extrapolar su utilidad... pero maldito ahora si tenían un lugar en su vida.
A centrarse.
Se dirigió hacia la casa y encontró las escaleras hacia el segundo piso. El ático sobre el garaje estaba completamente acabado y cálido, lleno de una combinación ecléctica de baules de 1800, cajas de madera del siglo veinte y contenedores Rubbermaid del veintiuno.
En realidad no miró lo que había venido a buscar, sino que sacó el contenedor donde siempre había estado guardado y se llevó a cuestas el viejo baúl ropero LouisVuitton escaleras abajo.
Sin embargo no podía desmaterializarse, maldita sea.
Iba a necesitar un coche. ¿Por qué no había pensado en eso?
Mirando por encima del hombro, vio el Ray Sting del 64 que había restaurado él mismo. Se había pasado horas con el motor y la carrocería, incluso durante el día algunas veces, lo cual había vuelto loca a Wellsie.
Vamos, cariño, ¿cómo va a salir volando el techo?
Tohr, te lo advierto, me estás calentando.
Mmm, qué tal si caliento un poco más…
Mantuvo los ojos cerrados con fuerza y apartó los recuerdos. Yendo hacia el coche, se preguntó si la llave estaría todavía en el...
Bingo.
Abrió la puerta del conductor y se deslizó tras el volante.
La capota estaba bajada como siempre, porque en realidad no cabía en él con la capota en su lugar. Pisando con la bota izquierda el embrague, giró la llave y... El rugido que surgió del maldito fue como si llevara mucho tiempo esperando y estuviera cabreado por haber sido ignorado, muchas gracias. Medio depósito. El nivel de aceite estaba bien. El motor giraba perfectamente sincronizado.
Diez minutos más tarde, conectó de nuevo la alarma y salió del garaje con el baúl LV amarrado a la parte trasera del descapotable.
Asegurar la cosa había sido fácil; había puesto una manta sobre la pintura, había asegurado el peso en la parte alta del maletero y lo había atado de todas las formas posibles. De todas formas iba a tener que ir despacio. Lo cual estaba bien. La noche era fría y las puntas de las orejas se le iban a quedar tiesas antes de recorrer un kilómetro. Pero la calefacción estaba soltando tantos julios como una hoguera y el volante era agradable y sólido bajo sus palmas. Mientras volvía a la mansión de la Hermandad, tuvo la sensación de haber atravesado una prueba mortal. Y aún así no sentía ningún triunfo tras haberla superado. Sin embargo, estaba decidido. Y como había dicho Darius, preparado para mirar hacia delante.
Al menos cuando fuera a matar al enemigo.
Sí, esperaba con mucha ilusión esa parte. Empezando por esta noche, era todo por lo que tenía que vivir y estaba más que preparado para cumplir con sus obligaciones.





Capítulo 72

Llevaron a la pequeña a su nueva casa a lomos de caballos de guerra. La familia que la adoptaría vivía muchos pueblos más allá y Darius y Tohrment viajaron la noche siguiente al nacimiento completamente armados, conscientes de todas las formas en que podían ser detenidos por el camino. Cuando llegaron a la casita que buscaban, no era distinta a la de Darius, con techo de paja y muros de piedra. Los árboles circundantes ofrecían protección de las inclemencias del tiempo y el granero de la parte de atrás tenía cabras, ovejas y establos con vacas lecheras en sus comederos.
El hogar incluso tenía un doggen, como había averiguado Darius la tarde anterior cuando había visitado a esta modesta pero próspera familia. Por supuesto, no le habían presentado a la hembra de la casa en ese momento. No recibía y él y su macho habían hablado de la cuestión  privada en el porche delantero.
Cuando él y Tohrment tiraron de las riendas, los caballos se detuvieron con estrépito y se negaron a quedarse parados. Desde luego, los enormes sementales estaban criados para la lucha, eran impacientes y, después de que Darius desmontara, su protegido se las arregló para contener a los dos animales sólo a base de verdadera fuerza muscular.
Cada milla que habían recorrido de camino a este final, Darius la había pasado repensándose la elección, pero ahora que habían llegado, supo que era aquí donde tenía que estar la niña. Se acercó a la puerta con su preciada carga y fue el señor de la casa quien abrió el sólido portal. Los ojos del macho brillaban a la luz de la luna, pero no había alegría en ellos. En efecto, una pérdida demasiado familiar había golpeado su virtuoso hogar… así era como Darius los había encontrado.
Los vampiros mantenían el contacto a través de las montañas y los valles, de la misma forma en que lo hacían los humanos: compartiendo historias y pesares.
Darius saludó con la cabeza al caballeroso macho  a pesar de su propio alto rango.
—Saludos en esta noche fría.
—Saludos, sire. —El macho hizo una reverencia muy marcada y cuando se irguió su mirada se posó en el pequeño bulto—, sin embargo, empieza a caldearse.
—Ciertamente. —Darius desdobló la parte superior de la envoltura y miró una vez más a la pequeña cara. Sus ojos, esos arrebatadores ojos gris acero, le miraban.
—¿Le importa… revisarla primero?
Se le quebró la voz, ya que no quería que ningún juicio se cerniera sobre la pequeña, ahora o nunca… y ciertamente había hecho todo lo que había podido para asegurarse de ello. En realidad, no había compartido las circunstancias de su concepción con el macho. ¿Cómo hubiera podido?¿Quién la habría querido aceptar? Y ante la falta de los llamativos rasgos de su otra mitad, nadie lo sabría jamás.
—No necesito inspeccionarla —El caballeroso macho sacudió la cabeza—, es una bendición que llenará los brazos vacíos de mi shellan. Dijo usted que estaba sana y eso es todo lo que necesito saber.
Darius exhaló un suspiro que no había sido consciente de estar conteniendo y continuó mirando al bebé.
—¿Está seguro que quiere dejarla aquí? —dijo suavemente el caballeroso macho.
Darius miró hacia atrás, a Tohrment. Los ojos del macho ardían mientras fingía inspeccionar su semental. Su cuerpo de guerrero enfundado en cuero negro, sus armas sujetas a las correas que le cruzaban el pecho y a la montura. Su apariencia era un heraldo de la guerra, de la muerte y de la sangre derramada.
Darius era consciente de que él mismo presentaba una imagen similar, se volvió hacia el caballeroso macho y se aclaró la garganta.
—¿Me permite una licencia?
—Sí, sire. Por favor, coged cualquier cosa que deseéis.
—Yo… deseo impartirle su nombre.
El caballeroso macho asintió una vez más.
—Ese sería un gesto muy amable y bienvenido.
Darius miró por encima del hombro del civil a la puerta de la casita que había sido cerrada para evitar el frío. Dentro, en algún lugar, había una hembra junto a una cuna, de luto por la pérdida de su bebé.
A decir verdad, él mismo experimentaba algo de esa vasta sombra de oscuro vacío mientras se preparaba para entregar a otro lo que llevaba en sus brazos. Siempre echaría de menos una parte de su corazón cuando se alejara a caballo de esta cañada arbolada y esta familia destrozada que ahora estaría completa, pero la pequeña se merecía todo el amor que la aguardaba de ahora en adelante.
La voz de Darius resonó, declarando.
—Se la llamará Xhexania.
El caballeroso macho asintió de nuevo.
—¡Bendita sea!, sí, le encaja hermosamente.
Se produjo una larga pausa durante la cual Darius continuó mirando a esa cara angelical. No sabía cuando la volvería a ver. Esta familia, que era la de ella ahora, no necesitaba a dos guerreros supervisándola… y mejor que no se entrometieran ¿Dos luchadores visitando este lugar regularmente? Bien podrían levantarse dudas y preguntas y los porqués y los quizás pondrían en peligro el secreto que había rodeado su concepción y nacimiento.
Para protegerla, tenían que desaparecer de su vida y asegurarse así que crecía con normalidad.
—¿Sire? —preguntó el caballeroso macho mansamente—. ¿Estáis seguro que deseáis hacer esto?
—Lo siento. Por supuesto… estoy muy seguro. —Darius sintió como su pecho ardía mientras se inclinaba hacia adelante y colocaba a la pequeña en los brazos del extraño.
Ahora su padre.
—Gracias... —la voz del macho se quebró cuando aceptó el pequeño paquete—. Gracias por la luz que habéis traído a nuestra oscuridad. En verdad, ¿no hay nada que podamos hacer por vos?
—Sed... sed buenos con ella.
—Lo seremos —el macho ya se alejaba, se giró e hizo una pausa—. No vais a volver nunca más, ¿verdad?
Mientras negaba con la cabeza, Darius no podía apartar los ojos de la tela envuelta que la joven madre había hecho.
—Es tan vuestra como si fuera de vuestra sangre. Debemos dejarla aquí a vuestro buen cuidado y confiamos en que la trataréis bien.
El caballeroso macho se adelantó y tocó el brazo de Darius. Con un apretón le ofreció conmiseración y consuelo.
—Habéis puesto vuestra confianza en nosotros sabiamente y sabed que siempre seréis bienvenidos aquí para verla.
Darius inclinó la cabeza.
—Os lo agradecemos, que la Virgen Escriba os colme de gracia a vos y a los vuestros.
—Lo mismo os deseo.
Con esto, el caballeroso macho atravesó la puerta y entró en su hogar. Alzando la palma de la mano a modo de despedida, cerró la puerta y entró en su casita.
Los sementales resoplaban y golpeaban los cascos, Darius rodeó la casa y miró a través de las vidrieras emplomadas esperando ver...
Por encima del fuego del hogar, sobre una cama de limpias sábanas, una mujer descansaba con la cara vuelta hacia la calidez de las llamas. Estaba pálida como las sábanas que la cubrían, y sus vacíos ojos le recordaron la tragedia de la hembra que había pasado al Fade ante su propia chimenea.
La shellan del caballeroso macho no se sentó ni miró a su hellren cuando éste entró en la habitación y por un momento, Darius pensó que había cometido una equivocación.
Pero la pequeña debió hacer algún ruido, porque la cabeza de la hembra se irguió de repente.
Cuando se percató del pequeño fardo que le era presentado, su boca se abrió y la confusión y el sobrecogimiento se filtraron en sus preciosos rasgos. Bruscamente, apartó el cobertor de sus brazos y los extendió hacia el bebé. Le temblaban tanto las manos, que su hellren tuvo que acercarle el bebé contra el corazón… pero ella sostuvo adecuadamente y por sí misma a su hija recién nacida.
Fue el viento el que hizo que a Darius se le humedecieran los ojos. En verdad, fue el viento.
Se pasó la mano por la cara y se dijo a sí mismo que todo estaba bien y así era como debería seguir... a pesar de sentir un gran dolor en el pecho.
Tras él, su montura dejó escapar un bramido y se levantó sobre sus patas delanteras resistiéndose a las riendas, sus enormes cascos golpearon la tierra. Ante el ruido, la hembra en la habitación levantó la vista alarmada y acunó de cerca a su precioso regalo, como si necesitara proteger al bebé.
Darius giró y buscó a su corcel a ciegas. Con un salto, montó en la grupa de la enorme bestia, tomando el control del animal, refrenando la fuerza y la cólera que había crecido en cada uno de sus músculos y huesos.
—Debemos dirigirnos a Devon —dijo Darius, necesitando un propósito distinto al de respirar o el latir de su corazón—. Hay informes de lessers.
—Sí —Tohrment volvió la mirada hacia atrás a la casa— pero,¿estás... del humor adecuado para luchar ahora?
—La guerra no espera a que ningún macho alivie su mente. Ciertamente, algunas veces es mejor estar loco.
Tohrment asintió.
—Adelante, hacia Devon entonces.
Darius dio rienda suelta a  su semental y el caballo de guerra salió como una ráfaga de su forzosa parada, galopando entre los bosques, a toda velocidad. El viento en la cara de Darius secó sus lágrimas, pero no curó el dolor de su pecho.
Se preguntó mientras cabalgaba de vuelta hacia la guerra si alguna vez volvería a ver al bebé. Pero sabía la respuesta. No se cruzarían sus caminos. ¿Cómo podrían? ¿En qué giros y vueltas la vida podría unirlos de nuevo?

Ciertamente, desafiaba al destino, ¿o no?
Oh, pequeñita. Mal engendrada, pero nunca olvidada.
Siempre llevaría con ella un pedazo de su corazón.

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