viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 11 12 13

Capítulo 11

El despertador de Beth interrumpió sus pensamientos, y ella se apresuró a silenciarlo. No lo necesitaba. Llevaba despierta al menos una hora, con la mente zumbando como una cortadora de césped. Con la llegada del alba toda la magia y el misterio de la ardiente noche se habían desvanecido, y se veía obli­gada a enfrentarse a lo que había hecho.
El sexo sin protección con un extraño resultaba ser un des­pertar infernal.
¿En qué demonios estaría pensando? Jamás había hecho nada semejante. Siempre había sido muy sana, y gracias a Dios tomaba la píldora anticonceptiva para regular sus esporádicos períodos, pero en cuanto a las otras implicaciones, el estómago le dio un vuelco sólo de pensarlo.
Cuando se encontrara con él de nuevo le preguntaría si es­taba sano, y rezaría para oír la respuesta que esperaba. Y también para que fuera sincera.
Tal vez si hubiera sido más experta en aquellas cuestiones, habría tenido preparada alguna protección. ¿Pero cuándo había sido la última vez que había dormido con alguien? Hacía mucho tiempo. Mucho más que la fecha de caducidad de una caja de pre­servativos.
La ausencia de vida sexual se debía más a su desinterés que a cualquier tipo de barrera moral. Los hombres, simplemente, no ocupaban un lugar destacado en su escala de prioridades. Se en­contraban en algún sitio entre limpiarse los dientes y mantener su coche en buen estado. Y va no tenía coche.
A menudo se preguntaba si le ocurría algo malo, sobre to­do cuando veía a las parejas de la mano por la calle. La mayoría de las personas de su edad salían con muchísima frecuencia, in tentando buscar a alguien para casarse. Pero ella no. Hasta aho­ra no había sentido el deseo ardiente de estar con un hombre, e incluso había barajado la posibilidad de que fuese lesbiana. El problema era que no le atraían las mujeres.
De modo que la noche anterior había sido un auténtico descubrimiento.
Se desperezó, sintiendo una deliciosa tirantez en los mus­los. Cerrando los ojos, lo sintió dentro de ella, su grueso miembro entrando y saliendo hasta ese momento final cuando su cuerpo se había convulsionado dentro del de ella en un poderoso arre­bato, con sus brazos aplastándola contra él.
Su cuerpo se arqueó involuntariamente; la fantasía era lo suficientemente fuerte para sentir palpitaciones entre las piernas. Los ecos de esos orgasmos le hicieron morderse los labios.
Con un gemido se puso en pie y se dirigió hacia el baño. Cuando vio la camisa que él había rasgado y arrancado para arro­jarla al cesto, la recogió y se la acercó a la nariz. La tela negra estaba impregnada con su olor.
Sus palpitaciones se hicieron más intensas. ¿Cómo se habían conocido él y Butch?
¿También pertenecía a la policía? Nunca lo había visto, pe­ro no conocía a todos los miembros de la comisaría.
Drogas, pensó. Debía de ser un policía de la brigada de es­tupefacientes. O quizás un jefe del equipo SWAT.
Porque definitivamente parecía un tipo duro que buscaba problemas.
Sintiéndose corno si tuviera dieciséis años, deslizó la ca­misa bajo la almohada, y entonces vio en el suelo el sujetador que él le había quitado. Santo Dios, la parte delantera había sido cor­tada con algún objeto afilado.
Extraño.
Después de una ducha rápida y un desayuno todavía más rápido compuesto por dos galletas de avena, un puñado de cereales y un vaso de zumo, fue caminando hasta la oficina. Lle­vaba media hora en su mesa mirando fijamente el protector de pantalla como una idiota cuando sonó el teléfono. Era José. -Hemos tenido otra noche ajetreada -dijo él, bostezando. -¿Otra bomba?
-No. Un cadáver. Una prostituta fue hallada con el cue­llo cortado entre la Tercera y Trade. Si vienes a la comisaría podrás ver las fotografías y leer los informes. Extraoficialmente, claro está.
Tardó dos minutos en llegar a la calle después de haber col­gado el teléfono. Decidió ir primero a la comisaría y luego a la dirección de la avenida Wallace.
No podía negar que ardía en deseos de ver de nuevo a su visitante nocturno.
Mientras caminaba hacia la comisaría, el sol matutino le resultó despiadadamente brillante. Buscó en su bolso las gafas de sol, aunque no fueron suficientes para mitigar la luz, así que tuvo que colocar su mano sobre los ojos a modo de visera. Se sin­tió aliviada al entrar en la fresca y oscura comisaría de policía. José no estaba en su oficina, pero encontró a Butch, que salía de la suya.
Él le sonrió secamente, haciendo que se formaran arru­gas en torno a sus ojos.
-Tenemos que dejar de encontrarnos así. -He oído que tienes un nuevo caso. -Estoy seguro de que va estás enterada de los detalles. -¿Algún comentario, detective?
-Ya hemos hecho una declaración esta mañana.
-En la que, sin duda, no habéis aclarado absolutamente nada. Vamos, ¿no puedes añadir algunas palabras para mí? -No si es oficial.
-¿Y si es extraoficial?
Él sacó un chicle del bolsillo, le quitó la envoltura maqui­nalmente v, doblándolo en la boca, empezó a masticar. Ella sabía que antes era un fumador empedernido, pero hacía algún tiempo que no lo veía con un cigarrillo. Probablemente, eso explica­ría que estuviera continuamente mascando chicle. -Extraoficialmente, O'Neal -lo urgió-. Lo juro.
Él asintió con la cabeza.
-Entonces necesitamos un lugar tranquilo en donde no puedan oírnos.
Su oficina era aproximadamente del tamaño del cubículo en donde ella trabajaba en el periódico, pero al menos tenía puer­ta y una ventana. Sin embargo, su mobiliario no era tan bueno como el de ella. Su escritorio de madera estaba tan deteriorado que parecía haber sido utilizado como banco de trabajo de un car­pintero. Había trozos desprendidos en la superficie, y la pintura estaba tan rayada que absorbía la luz fluorescente como si estu­viera sedienta.
Él le arrojó un archivo antes de sentarse.
-Fue encontrada detrás de un montón de cubos de basu­ra. La mayor parte de su sangre terminó en la cloaca, pero el fo­rense ha encontrado restos de heroína en su organismo. Tuvo relaciones sexuales esa noche, pero eso no es precisamente una novedad.
-Oh, Dios mío, es Mary -dijo Beth mientras miraba una horrenda fotografía y se hundía en una silla.
-Veintiún años. -Butch soltó una maldición por lo ha­lo-. Qué maldito desperdicio.
-Yo la conozco. -¿De la comisaría?
-Cuando éramos niñas. Estuvimos en la misma casa de acogida durante algún tiempo. Después, me he encontrado con ella algunas veces, casi siempre aquí.
Mary Mulcahy había sido una niña hermosa. Sólo había estado en la casa de acogida con Beth durante un año antes de que la enviaran de nuevo con su madre biológica. Dos años después regresó a la custodia estatal tras haber permanecido sola duran­te una semana cuando tenía siete años. Dijo que se había mante­nido con harina cuando el resto de la comida se le acabó.
-Ya había oído que viviste en hogares adoptivos -dijo Butch pensativo mientras la miraba-. ¿Te molesta si te pregunto por qué?
-¿A ti que te parece? No tenía padres. -Cerró el archi­vo y lo deslizó por- el escritorio-. ¿Se ha encontrado algún arma? Los ojos del detective se entrecerraron, pero no con du­reza. Parecía estar calibrando si seguirle la corriente o cambiar de tema.
-¿El arma? -apuró ella.
-Otra estrella arrojadiza. Tenía rastros de sangre, pero no suya. También encontramos residuos pulverizados en dos lugares diferentes, como si alguien hubiera encendido señales luminosas y las hubiera puesto en el suelo. Aunque es difícil ima­ginar que el asesino quisiera atraer la atención hacia el cuerpo. -¿Crees que lo que le ha pasado a Mary está relacionado con la bomba de ayer por la noche?
Él se encogió de hombros, un leve movimiento involun­tario en la ancha espalda.
-Tal vez. Pero si hubiera sido una venganza contra su proxeneta, habrían golpeado en el escalafón superior, persiguiendo al propio chulo.
Beth cerró los ojos, recordando a Mary cuando tenía cinco años, con una andrajosa muñeca Barbie decapitada bajo el brazo. -Pero también -dijo Butch- puede ser que esto sea só­lo el comienzo de algo más serio.
Ella oyó cómo la silla del policía se deslizaba hacia atrás y alzó la mirada mientras él rodeaba el escritorio y se le acercaba. -¿Tienes planes para cenar esta noche? -preguntó él. -¿Cenar?
-Sí. Tú y yo.
¿El Duro estaba invitándola a salir? ¿De nuevo? Beth se levantó, quería estar al mismo nivel que él. -Ah, sí... no, quiero decir, gracias, pero no.
Aunque no tuvieran una relación estrictamente profesio­nal, ella tenía otras cosas en mente. Deseaba mantener libre su agenda en caso de que el hombre de cuero quisiera verla por la noche, y también por la mañana.
Diablos, ¿un buen revolcón y ya pensaba que había algo entre ellos? Tenía que ser realista.
Butch sonrió cínicamente.
-Un día de éstos descubriré por qué no te gusto.
-Sí me gustas. Tratas a todo el mundo igual, y aunque no apruebo tus métodos, no puedo negar que me gustó el hecho de que le hayas roto la nariz a Billy Riddle.
Las duras facciones del rostro de Butch se suavizaron. Cuando sus ojos la miraron fijamente, ella pensó que era un des­perdicio no sentirse atraída por él.
-Y gracias por enviar anoche a tu amigo -dijo, colgán­dose el bolso del hombro-. Aunque tengo que admitir que al principio me dio un susto de muerte.
Justo antes de que aquel hombre le mostrara exactamen­te cómo hacer buen uso del cuerpo humano.
Butch frunció el ceño. -¿Mi amigo?
-Ya sabes. El que parece una pesadilla gótica. Dime: es de antidrogas, ¿no es cierto?
-¿De qué diablos estás hablando? Yo no envié a nadie a verte.
La sangre se heló en su cuerpo.
Y la sospecha y alarma que habían aparecido en el rostro de Butch le impidieron tratar de agilizar la memoria.
Se dirigió hacia la puerta. -Me he equivocado. Butch la sujetó del brazo. -¿Quién diablos estuvo anoche en tu apartamento? Ojala lo supiera.
-Nadie. Como acabo de decirte, me he equivocado. Ya nos veremos.
Se apresuró a cruzar el vestíbulo, con su corazón latiendo a triple velocidad. Cuando alcanzó al fin la calle, hizo una mue­ca de dolor al sentir el sol en su rostro.
Una cosa estaba clara: por nada del mundo se encon­traría con aquel hombre, aunque el 816 de la avenida Wallace estaba en la mejor parte de la ciudad y estuvieran a plena luz del día.
Hacia las cuatro de la tarde, Wrath se sentía a punto de explotar. No había podido regresar junto a Beth la noche anterior-. Y ella no había venido por la mañana.
El hecho de que no hubiera venido a reunirse con él podía significar dos cosas: o bien algo le había ocurrido, o lo estaba evi­tando.
Consultó el reloj braille con las yemas de los dedos. La puesta del sol.
Aún faltaban unas horas.
Malditos días de verano. Demasiado largos. Verdadera­mente largos.
Fue al baño, se salpicó la cara con agua, y apoyó los bra­zos sobre el lavabo de mármol. A la luz de la lámpara, se miró fijamente, sin ver nada más que una mancha borrosa de cabello negro, dos rayas por cejas y el contorno de su cara.
Estaba exhausto. No había dormido en todo el día, y la noche anterior había sido como un choque de trenes.
Salvo la parte con Beth. Eso había sido... Soltó una maldición y se dio por vencido.
Dios,   ¿qué diablos le estaba pasando? Estar dentro de esa hembra había sido lo peor de toda la mierda que había soporta­do la noche anterior. Gracias a ese pequeño y estupendo interludio, su mente divagaba, su cuerpo estaba en un estado perpetuo de excitación y su estado anímico era un asco.
Al menos, a lo último ya estaba acostumbrado. La noche anterior había sido un desastre total.
Después de dejar a los hermanos, él y Vishous habían ido al otro lado de la ciudad a echar un vistazo al taller mecánico. Esta­ba cerrado a cal y canto, y después de examinar el exterior y forzar la entrada, habían llegado a la conclusión de que ya no se usa­ba como centro de operaciones. Por una parte, el decrépito edificio era demasiado pequeño, y no pudieron encontrar ningún sótano oculto. Además, el barrio no era el más apropiado. Cerca de allí había un par de locales de comida abiertos toda la noche, y uno de ellos era frecuentado por policías. Estarían demasiado expuestos.
Él y Vishous se dirigían ya de vuelta a casa de Darius, ha­ciendo un breve alto en Screamer's para satisfacer el antojo de y por tomarse un whisky Grey Goose, cuando se metieron en un problema.
Y las cosas fueron de mal en peor sin remedio.
En un callejón, un vampiro civil se encontraba gravemen­te herido, con dos restrictores junto a él dispuestos a terminar el trabajo. Matar a los restrictores les había llevado algún tiempo, porque ambos eran experimentados. Cuando la lucha ter­minó el otro vampiro ya estaba muerto.
Habían jugado con el macho joven cruelmente, su cuerpo parecía una almohadilla llena de puñaladas poco profundas. A juz­gar por los arañazos de las rodillas y la gravilla en las palmas de las manos, había intentado varias veces alejarse arrastrándose. Ha­bía sangre humana fresca alrededor de su boca y el olor de esa sangre también flotaba en el aire, pero no pudieron quedarse pa­ra examinar a la hembra a la que había mordido.
Tenían compañía.
Inmediatamente después de que los restrictores desapare­cieran a manos de los vampiros, sonaron las sirenas de la policía, un sonido estridente que significaba que alguien había llamado al 911 al escuchar la pelea o ver los destellos de luz. Tuvieron el tiem­po justo de meter el cadáver en el coche de Vishous y marchar­se a toda velocidad.
En casa de Darius, y había registrado el cuerpo. En la car­tera del macho había una tira de papel con caracteres en el antiguo idioma. Nombre, dirección, edad. Sólo habían pasado seis meses desde su transición. Demasiado joven.
Una hora antes del alba, habían llevado el cuerpo a las afue­ras de la ciudad, a una hermosa casa situada cerca de los bosques. Una pareja de ancianos vampiros había abierto la puerta, y su terror al encontrar al otro lado a los dos guerreros le olió a Wrath a basura quemada. Cuando confirmaron que tenían un hijo, Vishous regresó al automóvil y recogió los restos. El padre había salido corriendo y había cogido a su hijo de los brazos de Vishous, mien­tras Wrath sujetaba a la madre, que se desmayó.
El hecho de que aquella muerte hubiera sido vengada ha­bía tranquilizado un poco al padre. Pero no parecía ser suficien­te. No para Wrath.
Quería ver muertos a todos los restrictores antes de poder descansar.
Wrath cerró los ojos, escuchando el ritmo de The Black Álbum de Jay e intentando apartar su mente de lo ocurrido la noche anterior.
Un golpeteo rítmico se escuchó por encima de la música, y dejó que se abriera la puerta.
-¿Qué ocurre, Fritz?
El mayordomo entró con una bandeja de plata.
-Me he tomado la libertad de prepararle algo de comer, amo. Fritz puso la bandeja en la mesa que había delante del so­fá. Cuando levantó la tapa de uno de los platos, a Wrath le llegó el aroma de pollo a las finas hierbas.
Entonces se dio cuenta de que tenía hambre.
Se sentó, agarró un pesado tenedor de plata y observó la vajilla.
-Vaya, a Darius le gustaba la mierda cara, ¿no es así? -Oh, sí, amo. Sólo lo mejor para mi princeps.
El mayordomo esperó mientras Wrath se concentraba en arrancar del hueso algo de carne con los cubiertos. Carecía de fi­nos modales, así que acabó agarrando con los dedos la pata de pollo.
-¿Le gusta el pollo, amo?
Wrath asintió mientras masticaba. -Eres un condenado experto en cocina.
-Me alegro mucho de que haya decidido quedarse aquí. -No por mucho tiempo. Pero no te preocupes, ya me en­cargaré de que tengas a alguien a quien cuidar. -Wrath hundió el tenedor en algo que parecía puré de patata. Era arroz, que se desparramó de su cubierto. Soltó una maldición mientras inten­taba reunir una parte con el índice-. Y será mucho más fácil vivir con ella que conmigo.
-Prefiero cuidar de usted. Y amo, no prepararé más ese arroz. También me aseguraré de cortar su carne. No lo pensé. Wrath se limpió la boca con una servilleta de lino. -Fritz, no pierdas tu tiempo tratando de agradarme.
El anciano esbozó una breve sonrisa.
-Darius tenía mucha razón en cuanto a usted, amo. -¿En que soy un miserable hijo de perra? Sí, él era intui­tivo, eso es cierto. -Wrath pescó un pedazo de brécol con el tenedor. Diablos, odiaba comer, en especial si alguien lo obser­vaba-. Nunca sabré por qué deseaba tanto que viniera a que­darme aquí. Nadie puede estar tan necesitado de compañía. -Era por usted.
Wrath entrecerró los ojos detrás de sus gafas. -¿De verdad?
-Le preocupaba que usted fuera tan solitario. Viviendo solo, sin una verdadera shellan, sin un doggen. Solía decir que su aislamiento era un castigo que usted mismo se había impuesto.
-Bien, no lo es. -La voz de Wrath cortó el suave tono del mayordomo-. Y si quieres quedarte aquí, deberás guardar­te tus teorías psicoanalíticas, ¿entendido?
Fritz se sacudió como si lo hubieran golpeado. Se dobló por la cintura y empezó a retirarse del cuarto.
-Mis disculpas, amo. Ha sido groseramente impropio por mi parte dirigirme a usted como lo he hecho.
La puerta se cerró silenciosamente.
Wrath se recostó en el sofá, sujetando el tenedor de Da­rius en la mano.
Ah, Cristo. Ese maldito doggen podía volver loco a un santo.
Y él no era un solitario. Nunca lo había sido. La venganza era un endiablado compañero.

El señor X miró a los dos estudiantes que combatían entre sí. Te­nían una estatura similar, -ambos tenían dieciocho años y- una bue­na constitución física; pero él sabía cuál iba a ganar.
De repente, uno de ellos propinó un puntapié lateral rá­pido y fuerte, derribando al oponente en la lona.
El señor X ordenó finalizar el combate v. no dijo nada más mientas el vencedor extendía la mano y ayudaba al perdedor a ponerse de pie con esfuerzo. Las muestras de cortesía le resulta­ban irritantes, y sintió deseos de castigarlos a ambos.
El primer código de la Sociedad era claro: aquel a quien derribes al suelo, deberás patearlo hasta que deje de moverse. Así de simple.
Aunque ésta era una clase, no el mundo real. Y los pa­dres que permitían a sus hijos empaparse de violencia seguramen­te tendrían algo que decir si sus preciosos niños llegaran a casa listos para ser enterrados.
Cuando los dos estudiantes se inclinaron ante él, el rostro del Perdedor tenía un color rojo brillante, y no sólo a causa del ejercicio. El señor X dejó que la clase lo mirara, sabiendo que la vergüenza y la turbación eran partes importantes del proceso co­rrectivo.
Inclinó la cabeza en dirección al vencedor.
-Buen trabajo. Sin embargo, la próxima vez derríbalo más rápidamente, ¿de acuerdo? -Luego se dirigió al Perdedor. Lo re­corrió con la mirada de la cabeza a los pies, notando la respiración entrecortada y el temblor en las piernas-. Ya sabes adónde ir.
El Perdedor parpadeó rápidamente mientras caminaba ha­cia el muro de cristal que daba al vestíbulo. Como se le había or­denado, se detuvo ante los paneles transparentes, con la cabeza en alto para que todos los que entraban en el edificio pudieran ver su cara. Si dejaba que le rodaran lágrimas por las mejillas, ten­dría que repetir el castigo en la próxima sesión.
El señor X separó la clase y empezó a indicarles sus ejer­cicios rutinarios. Los observó, corrigiendo posturas y posiciones de los brazos, pero su mente estaba en otro lado.
La noche anterior no había salido como estaba planeada. Había distado mucho de ser perfecta.
En su casa, la frecuencia de la policía le había informado del hallazgo del cuerpo de la prostituta poco después de las tres de la madrugada. No había mención alguna al vampiro. Quizá los restrictores se habían llevado al civil para divertirse con él.
Era una pena que las cosas no hubieran salido como espe­raba, y quería emprender otra cacería. Usar a una hembra humana asesinada recientemente como cebo iba a funcionar. Pero tenía que calibrar mejor los dardos tranquilizantes. Había empezado con una dosis relativamente baja. No quería matar al civil antes de sacarle información. Pero estaba claro que tenía que aumen­tar el efecto de la droga.
Esa noche estaría ocupado.
El señor X dirigió la mirada al Perdedor.
Tendría que dedicarse al reclutamiento. Las filas debían ser reforzadas un poco debido a la pérdida de aquel recluta nue­vo hacía dos noches.
Varios siglos atrás, cuando había muchos más vampiros, la Sociedad contaba con centenares de miembros, diseminados a lo largo y ancho del continente europeo así como en los nuevos asentamientos de Norteamérica. Sin embargo, ahora que la población de vampiros había disminuido, también se había re­ducido la Sociedad. Se trataba de una cuestión práctica. Un restrictor aburrido e inactivo no resultaba conveniente. Escogidos específicamente por su capacidad para la violencia, sus impulsos asesinos no podían congelarse únicamente porque no hubiera su­ficientes objetivos que perseguir. Algunos de ellos habían tenido que ser exterminados por matar a otros restrictores compitiendo por la superioridad en el rango, algo que tendía a ocurrir si había poco trabajo. También podía suceder algo peor que eso: habrían empezado a matar seres humanos por deporte.
Lo primero era una desgracia y- una molestia. Lo último era inaceptable. Al Omega no le preocupaban las bajas humanas. Al contrario. Pero la discreción, moverse entre las sombras, matar rápidamente y volver a la oscuridad eran los principios de los cazavampiros. Llamar la atención de los humanos era malo, y nada conmocionaba más al Homo Sapiens que un puñado de per­sonas muertas.
Ésa era también una de las razones por las cuales el re­clutamiento de nuevos miembros podía resultar complicado. So­lían tener más odio que objetivos. Un periodo de adaptación era de vital importancia, para que la naturaleza secreta de la gue­rra entablada desde tiempo inmemorial entre los vampiros y la Sociedad pudiera mantenerse.
A pesar de todo, tenía que engrosar sus filas.
Miró de nuevo al Perdedor y sonrió, esperando la caída de la noche.
Poco antes de las siete, el señor X se dirigió a los suburbios, donde localizó fácilmente el 3461 de la calle Pillar. Aparcó el hummer y esperó, matando el tiempo memorizando los detalles de la casa. Era típica de la zona central de Estados Unidos. Un amplio edificio asentado en el centro de una diminuta parcela con un ár­bol grande. Los vecinos estaban lo bastante cerca para poder leer los letreros de las cajas de cereal de los niños por la mañana y las etiquetas de las latas de cerveza de los adultos por la noche.
Una vida pulcra y feliz. Al menos desde el exterior.
La puerta se abrió, y el perdedor de la clase de la tarde saltó fuera como si estuviera abandonando un barco en pleno hun­dimiento. Le siguió su madre, que se detuvo un poco en el primer escalón y miró al vehículo frente a la casa como si fuera una bomba a punto de estallar.
El señor X bajó la ventanilla y saludó agitando la mano. Ella le devolvió el saludo pasados unos momentos.
El Perdedor saltó al hummer, sus ojos brillaron codicio­sos al examinar los asientos de cuero y los indicadores del salpi­cadero.
-Buenas noches -dijo el señor X mientras apretaba el acelerador.
El muchacho levantó las manos torpemente e inclinó la cabeza.
-Sensei.
El señor X sonrió.
-Me alegro de que estuvieras disponible.
-Sí, bueno, mi madre es como una patada en el culo. -El Perdedor estaba intentando ser frío, lanzando con vehe­mencia las maldiciones.
-No deberías hablar de ella de ese modo.
El muchacho se sintió confuso momentáneamente, obli­gado a reconsiderar su actitud pendenciera.
-Ah, quiere que vuelva a casa a las once. Es una noche entre semana, y tengo que trabajar por la mañana.
-Nos aseguraremos de que hayas regresado para en­tonces.
-¿Adónde vamos?
-Al otro lado de la ciudad. Hay alguien que quiero que conozcas.
Un poco más tarde, el señor X detuvo el coche en un am­plio camino que serpenteaba entre árboles y esculturas de mármol de aspecto antiguo. Había también arbustos ornamentales, que se alzaban como figuras sobre un pastel de mazapán verde: un ca­mello, un elefante, un oso. El diseño había sido hecho por un experto, por lo que cada uno de ellos se distinguía perfectamente. Hablando de mantenimiento, pensó el señor X.
-Estupendo. -El Perdedor movió el cuello de izquier­da a derecha--. ¿Qué es esto? ¿Un parque? ¡Mire eso! Es un león. ¿Sabe?, creo que quiero ser veterinario. Eso sería estupen­do. Ya sabe, curar animales.
El muchacho sólo llevaba en el vehículo veinte minutos escasos, y el señor X ya estaba deseando deshacerse de él. Aquel tipo era como un dolor de muelas: una irritación permanente.
Y no sólo porque dijera constantemente «¿sabe?».
Al salir de una curva, apareció una gran mansión de la­drillo.
Billy Riddle estaba en el exterior, apoyado contra una co­lumna blanca. Sus pantalones vaqueros estaban ligeramente más abajo de su cintura, mostrando el borde de su ropa interior, y jugaba con un llavero en la mano, dándole vueltas. Se enderezó cuando vio el hummer, y mostró una sonrisa que tensó la ven­da de su nariz.
El Perdedor volvió a su posición inicial en el asiento. Billy se dirigió hacia la puerta delantera del pasajero, mo­viendo con facilidad su musculoso cuerpo. Cuando vio al mu­chacho allí sentado, frunció el ceño, clavando en el otro tipo una mirada feroz. El Perdedor desabrochó el cinturón de seguridad y buscó la manilla.
-No -dijo el señor X-. Billy se sentará detrás de ti.
El joven volvió a recostarse en el asiento, mordiéndose los labios.
Al ver que el otro no le dejaba el sitio, Billy abrió de un ti­rón la puerta de atrás y entró. Buscó los ojos del señor X en el es­pejo, y la hostilidad se transformó en respeto.
-Sensei.
-Hola, Billy, ¿cómo estás? -Bien.
-Muy bien, muy bien. Haz el favor de subirte los pan­talones.
Billy tiró de la cintura de los vaqueros mientras sus ojos se movían hacia la parte posterior de la cabeza del Perdedor. Pa­recía como si quisiera taladrar un agujero en ella, Y a juzgar por los dedos nerviosos del muchacho, éste lo sabía.
El señor X sonrió.
La química lo es todo, pensó.

Capítulo 12

Beth se recostó en la silla, estirando los brazos. La panta­lla de su ordenador brilló.
Vaya, Internet estaba siendo muy útil.
De acuerdo con el resultado de la búsqueda que había efec­tuado, el 816 de la avenida Wallace pertenecía a un hombre lla­mado Fritz Perlmutter. Había comprado la propiedad en 1978 por algo más de 200.000 dólares. Cuando buscó en Google el nombre Perlmutter, se encontró con varias personas con la ini­cial F en su nombre, pero ninguno de ellos vivía en Caldwell. Des­pués de comprobar algunas de las bases de datos gubernamen­tales y no encontrar nada que mereciera la pena, le pidió a Tony que entrara furtivamente en algunas páginas web.
Resultó que Fritz era una persona de vida intachable, res­petuosa con la ley. Sus cuentas bancarias eran impecables. Nunca había tenido ningún problema con el fisco ni con la policía. Tampoco había estado casado. Y era miembro del grupo de clientes privados del banco local, lo cual significaba que tenía dinero en abundancia. Tony no pudo averiguar nada más.
Haciendo, cálculos, concluyó que el señor Perlmutter de­bía de tener alrededor de setenta años.
¿Por qué diablos alguien como él se codearía con su me­rodeador nocturno?
Tal vez la dirección era falsa.
Eso sí que la habría sorprendido. ¿Un tipo vestido de cue­ro negro armado hasta los dientes dando información falsa? ¿Quién lo hubiera pensado?
Aun así, el 816 de Wallace y Fritz Perlmutter eran lo único que tenía.
Repasando los archivos del Caldwell Courier journal's, ha­bía encontrado un par de artículos sobre la casa. La mansión es­taba en el registro nacional de lugares históricos, como un extraordinario ejemplo del estilo federal, y había algunas historias y artículos de opinión sobre los trabajos que se habían realizado en ella inmediatamente después de que el señor Perlmutter la hubie­se comprado. Evidentemente, la asociación histórica local había estado tratando de acceder a la casa durante años para ver las trans­formaciones que podía haber hecho, pero el señor Perlmutter ha­bía rechazado todas las solicitudes. En las cartas al director, la airada frustración que mostraban los entusiastas de la historia se mezclaba con una aprobación a regañadientes hacia las restaura­ciones, efectuadas con bastante exactitud, en el exterior.
Mientras releía uno de los artículos, Beth se metió un an­tiácido en la boca, masticándolo hasta formar un polvo que le llenó los intersticios de los molares. El estómago volvía a molestarle, y a la vez tenía hambre. Estupenda combinación.
Tal vez era la frustración. En resumen, no sabía mucho más que cuando empezó.
¿Y el número de móvil que el hombre le había dado? Im­posible de rastrear.
Ante aquel vacío de información, se encontraba todavía más decidida que antes a mantenerse alejada de la avenida Wa­llace. Y en su interior había surgido una necesidad de ir a confe­sarse.
Consultó la hora. Eran casi las siete.
Como tenía hambre, decidió ir a comer. Era mejor no de­tenerse en la iglesia de Nuestra Señora e ir a alimentarse con algo más material y palpable.
Ladeando la cabeza, miró por encima del panel que sepa­raba su cubículo de los demás. Tony va se había ido.
La verdad es que no quería estar sola.
Siguiendo un absurdo impulso, agarró el teléfono y mar­có el número de la comisaría.
-¿Ricky? Soy Beth. ¿Está por ahí el detective O'Neal? Bien, gracias. No, ningún mensaje. No, yo... Por favor no lo lla­mes. No es nada importante.
Era igual. El Duro no era realmente la compañía sin com­plicaciones que estaba buscando.
Se quedó mirando su reloj de pulsera, ensimismada en el movimiento del segundero alrededor de la esfera. La noche se ex­tendía ante ella como una carrera de obstáculos, y tenía que ser capaz de soportar y vencer aquellas horas.
Ojala transcurriesen rápidamente.
Quizá comiera algo y después fuera a ver una película. Cual­quier cosa para retrasar la vuelta a su apartamento. Pensándolo bien, probablemente sería más sensato pasar la noche en un motel. Por si el hombre volvía a buscarla.
Acababa de apagar el ordenador cuando sonó su teléfono. Respondió al segundo tono.
-He oído que estabas buscándome.
Pensó que la voz de Butch O'Neal era áspera como un montón de gravilla. En el buen sentido.
-Hmm. Sí. -Se echó el cabello hacia atrás por encima de los hombros-. ¿Todavía estás libre para cenar?
Su risa fue un retumbar profundo.
-Estaré frente al periódico en quince minutos.
Colgó antes de que ella pudiera deslizar algún comentario indiferente, quitando importancia a aquella especie de cita. Después de la puesta del sol, Wrath entró en la cocina, llevando la bandeja de plata con los restos de su comida. Allí, como en el resto de la casa, también todo era de la mejor calidad. Electro­domésticos de acero inoxidable, grandes despensas y encimeras de granito. Y muchas ventanas.
Demasiada luz.
Fritz estaba en el fregadero, restregando algo. Miró por encima de su hombro.
-Amo, no era necesario que trajera eso. -Sí, era necesario.
Wrath puso la bandeja sobre una encimera y se apoyó en los brazos.
Fritz cerró el grifo. -¿Desea alguna cosa? Bueno, para empezar, le gustaría no ser tan testarudo. -Fritz, tu trabajo aquí es estable. Quería que lo supieras. -Gracias, amo. -La voz del mayordomo era muy tran­quila-. No sé qué haría si no tuviera alguien a quien cuidar. Y considero este lugar como mi hogar.
-Lo es. Durante el tiempo que quieras permanecer en él. Wrath se volvió y se dirigió a la puerta. Estaba _va casi fuera de la cocina cuando oyó decir a Fritz:
-Éste también es su hogar, amo. Él movió la cabeza.
-Ya tengo un lugar donde dormir. No necesito otro. Wrath entró en el vestíbulo, sintiéndose particularmente feroz. Esperaba que Beth estuviera viva y se encontrara bien. O que Dios se apiadara del que le hubiera hecho daño.
¿Y si había decidido evitarlo? Eso no le importaba, pero el cuerpo de ella estaba a punto de necesitar algo que sólo él po­día proporcionarle. De modo que tarde o temprano reaccionaría. O moriría.
Pensó en la suave piel de su cuello. Recordó la sensación de su lengua acariciándole la vena que le salía del corazón.
Sus colmillos se alargaron como si estuviera ante él. Co­mo si pudiera hundir sus dientes en ella y beber.
Cerró los ojos cuando su cuerpo empezó a agitarse. Su estómago, saciado por la comida, se convirtió en un doloroso po­zo sin fondo.
Trató de recordar la última vez que se había alimentado. Había pasado algún tiempo, pero seguramente no tanto.
Se obligó a tranquilizarse, a controlarse. Era como tratar de reducir la velocidad de un tren con un freno de mano, pero, finalmente, una refrescante corriente de sensatez reemplazó los violentos impulsos de sus ansias de sangre.
Cuando volvió a la realidad se sintió intranquilo, sus ins­tintos necesitaban un tiempo para meditar.
Aquella hembra era peligrosa para él. Si le afectaba de esa forma sin encontrarse ni siquiera en la misma habitación, podía ser perfectamente su pyrocant, su detonador, por así decirlo. Su carril de alta velocidad, su vía directa hacia la autodestrucción.
Wrath se pasó una mano por el cabello. Qué maldita iro­nía que la deseara como a ninguna otra hembra.
Aunque quizá no era ninguna ironía. Tal vez fuera preci­samente así como funcionaba el sistema del pyrocant. El impul­so de ser atraído por lo que podía aniquilarlo le hacía sentir un cierto vértigo que no le resultaba del todo desagradable.
Después de todo, ¿qué tipo de diversión habría si uno pue­de controlar fácilmente la bomba de relojería que lleva en su in­terior?
Diablos. Necesitaba sacar a Beth de su lista de responsabi­lidades. Rápidamente. Tan pronto sufriera su transición, la pondría en manos de un macho apropiado. Un civil.
Involuntariamente, a su mente acudió la imagen del cuerpo ensangrentado del macho joven abatido la noche anterior. ¿Cómo diablos podía un civil asegurar su protección? No tenía respuesta para eso. ¿Pero qué otra opción había? Él no iba a cuidarla.
Quizá podría entregarla a uno de los miembros de la Her­mandad.
Sí, ¿y a quién escogería entre esa manada? ¿A Rhage? El sólo la añadiría a su harén, o peor aún, ¿la devoraría por equi­vocación? ¿A y con todos sus problemas?
¿A Zsadist?
¿Realmente creía que podía soportar que uno de sus gue­rreros se acostara con ella?
Ni pensarlo.
Dios, estaba cansado.
Vishous se materializó delante de él. El vampiro iba esa noche sin su gorra de béisbol, y Wrath pudo distinguir tenue­mente las complejas marcas alrededor de su ojo izquierdo.
-He encontrado a Billy Riddle. -V encendió uno de sus cigarros liados a mano, sosteniéndolo con sus dedos enguanta­dos. Al exhalar el humo, la fragancia de tabaco turco perfumó el aire-. Fue arrestado hace cuarenta y ocho horas por agre­sión sexual. Vive con su padre, que ha resultado ser un senador. -Antecedentes destacados.
-Es difícil llegar más alto. Me he tomado la libertad de hacer algunas investigaciones. El muchacho se metió en algunos problemas cuando era menor de edad. Asuntos violentos. Mierdas sexuales. Imagino que el jefe de las campañas electorales de su querido papi estará encantado con el hecho de que el mucha­cho ha va alcanzado la mayoría de edad. Ahora todo lo que haga Bil1v es del dominio público.
-¿Tienes su dirección?
-Sí. -Vishous sonrió abiertamente-. ¿Vas a darle una buena tunda al muchacho?
-Me has leído el pensamiento. -Entonces vamos.
Wrath sacudió la cabeza.
-Me reuniré contigo y con el resto de los hermanos aquí un poco más tarde. Pero antes tengo que resolver un asunto. Pudo sentir que los ojos de y se agudizaban, el perspicaz intelecto del vampiro examinaba la situación. Entre los herma­nos, Vishous era el que más tuerza intelectual tenía, pero había pagado por semejante privilegio.
Wrath tenía sus propios demonios, que no eran precisa­mente una maravilla, pero no hubiera querido llevar a sus espal­das la cruz de Vishous. Saber lo que les deparaba el futuro era una carga terrible.
V dio una calada al cigarrillo y echó el humo lentamente. -Anoche soñé contigo.
Wrath se puso rígido. Estaba esperando algo así.
-No  lo cuentes, hermano. No quiero saberlo. En serio. El vampiro asintió.
-Sólo quiero que recuerdes una cosa, ¿de acuerdo? -Dispara.
-Dos guardianes torturados combatirán entre sí.

Capítulo 13

La cena ha sido magnífica -dijo Beth cuando Butch se detuvo ante su edificio.
Él se mostró plenamente de acuerdo. Ella era inteligen­te, divertida y francamente hermosa. Y si él se extralimitaba, ella siempre lo ponía en el lugar que le correspondía con deli­cadeza.
También era increíblemente sensual.
Aparcó el coche junto a la acera, pero no apagó el motor. Se imaginó que si giraba la llave del contacto parecería que inten­taba que lo invitara a entrar.
Que era exactamente lo que quería, por supuesto, aunque no pretendía que ella se sintiera incómoda si no deseaba lo mis­mo que él.
Vaya, se estaba convirtiendo en un buen chico. -Pareces sorprendida de haberte divertido -dijo. -He de reconocer que un poco sí lo estoy.
Butch la recorrió con la mirada, empezando por las rodi­llas, que asomaban ligeramente por el borde de la falda. Bajo el tenue resplandor del salpicadero, podía distinguir la adorable silueta de su cuerpo, su largo y exquisito cuello, sus labios absolu­tamente perfectos. Quería besarla allí mismo, bajo aquella suave luz, en el asiento delantero de su coche patrulla camuflado, co­mo si fueran dos adolescentes.
Y también quería acompañarla al interior de su aparta­mento. Y no salir hasta la mañana siguiente.
-Gracias -dijo ella, lanzándole una sonrisa y extendiendo la mano para abrir la puerta.
-Espera.
Se movió rápido para que ella no tuviera tiempo de pen­sar y él tampoco. Le cogió la cara con las manos y la besó. Wrath se materializó en el patio trasero del apartamento de Beth y sintió picazón en toda la piel.
Ella estaba cerca, pero en su casa todo permanecía a oscuras. Asaltado por un presentimiento, rodeó el edificio por un extremo. Había un sedán corriente aparcado enfrente. Ella esta­ba dentro.
Wrath se dirigió hasta la acera y, como si estuviera dan­do un paseo entre las sombras, pasó junto al vehículo.
Se detuvo en seco.
Sus inútiles ojos fueron lo suficientemente efectivos para indicarle que un sujeto la tenía entre sus brazos, como si el po­tente deseo sexual del macho humano no lo hubiera delatado.
Por el amor de Dios, podía oler la lujuria de aquel bas­tardo a través del vidrio y el acero del sedán.
Wrath se abalanzó hacia delante. Su primer instinto fue arrancar la puerta del coche y matar al canalla que le estuviera poniendo las manos encima, sacarlo de allí y desgarrarle la gar­ganta.
Pero en el último segundo se contuvo y se obligó a re­gresar a la oscuridad.
Hijo de puta. Lo veía todo rojo, a causa de lo alterado que estaba.
Que otro macho estuviera besando esos labios, sintiendo su cuerpo bajo sus manos...
Un gruñido gutural vibró a través de su pecho y salió por su boca.
Ella es mía.
Soltó una maldición. ¿En qué universo paralelo estaba vi­viendo? Ella era su responsabilidad temporal, no su shellan. Po­día estar con quien quisiera, donde quisiera y cuando quisiera.
Pero, Dios, la idea de que a ella pudiera gustarle lo que el sujeto le estaba haciendo, que pudiera preferir el sabor de aquel beso humano, era suficiente para hacerle palpitar las sienes.
Bienvenido al maravilloso mundo de los celos -pensó-. Por el precio de su entrada, obtiene un maldito dolor de cabeza, un deseo casi irresistible de cometer un homicidio. Y un complejo de inferioridad.
¡Viva!
Por Dios, estaba ansioso por recuperar su vida. Un se­gundo después de que ella concluyera su transición, él se mar­charía de la ciudad. Y fingiría que nunca había conocido a la hija de Darius.
Butch O'Neal besaba como los dioses.
Sus labios eran firmes pero deliciosamente suaves. Sin presionar demasiado, le dejaron muy claro que estaba dispues­to a llevarla a la cama y demostrarle que no se andaba por las ramas.
Y olía muy bien de cerca, una mezcla de loción de afeitar y ropa recién lavada. Lo rodeó con las manos. Sintió sus hom­bros anchos y fuertes y su cuerpo arqueado hacia ella. Era pura energía reprimida, y en ese momento quiso sentirse atraída por él. Sinceramente deseó que fuera así.
Pero no sintió el dulce arrebato de la desesperación, el ham­bre salvaje. No como lo había sentido la noche anterior con... Era el peor momento para estar pensando en otro hombre. Cuando Butch se apartó de ella, había un destello melan­cólico en sus ojos.
-No es lo que esperabas, ¿no es así?
Ella se rió interiormente. Así era el Duro. Franco y direc­to, como siempre.
-Sabes besar, O'Neal, no me cabe ninguna duda. No se trata de falta de técnica.
Él regresó a su sitió y movió la cabeza. -Muchas gracias por eso.
Pero no parecía terriblemente herido.
Y ahora que pensaba las cosas con mayor claridad, se ale­graba de no haber sentido chispa alguna. Si le hubiera gustado, si hubiera querido estar con él, le habría roto el corazón. Estaba se­gura. En diez años, si es que duraba tanto, él explotaría por den­tro debido al estrés, el horror y el dolor que su trabajo compor­taba. Ya lo estaba devorando vivo. Cada año se hundía más, y nadie podría sacarlo de esa caída hacia el abismo.
-Ten mucho cuidado, Randall -dijo él-. Ya es bastante malo saber que no enciendo tu pasión. Pero ese aire de compa­sión en tu cara me saca de quicio.
-Lo siento. -Le sonrió. -¿Puedo hacerte una pregunta? -Adelante.
-¿Qué te pasa con los hombres? ¿Te..., te gustan? Es de­cir, ¿te gustamos?
Ella se rió, pensando en lo que había hecho la noche ante­rior con el extraño. El interrogante sobre su inclinación sexual tenía ya una respuesta clara y contundente.
-Sí, me gustan los hombres.
-¿Alguien te jugó una mala pasada? Ya sabes, ¿te hirió? Beth negó con la cabeza.
-Es algo que prefiero mantener en secreto.
Él bajó la vista hacia el volante, recorriendo la circunfe­rencia con una mano.
-Es una maldita pena. Porque eres maravillosa. Lo digo en serio. -Se aclaró la garganta como si se sintiera incómodo. Un sentimental. Por Dios, en el fondo, el Duro no era más que un sentimental.
Siguiendo un impulso, se inclinó y lo besó en la mejilla. -Tú también eres fantástico.
-Sí. Lo sé. -Le lanzó su característica mueca de burla-. Ahora mete el trasero en ese edificio tuvo. Es tarde.
Butch observó a Beth cruzar frente a los faros de su coche, con su cabello ondeando sobre los hombros.
Era una persona maravillosa, pensó. Una mujer genuina­mente buena.
Y Dios, ella también sabía exactamente la suerte que él co­rrería. Esa mirada triste en sus ojos hacía un momento signifi­caba que había vislumbrado la muerte lenta que le esperaba.
Así que era igual que no hubiera química entre ellos. De otro modo, tal vez hubiera tratado de convencerla de enamo­rarse de él sólo para no irse al infierno con su soledad.
Movió la palanca de cambios, pero mantuvo el pie en el freno mientras ella subía la escalera hasta el vestíbulo. Cuando al­canzó el pomo de la puerta y le decía adiós con la mano, algo se movió entre las sombras junto al edificio.
Apagó el vehículo rápidamente.
Había un hombre vestido de negro dirigiéndose a la par­te trasera.
Butch salió del coche y se deslizó silenciosamente hacia el patio posterior.

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