viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 14 15 16

Capítulo 14

Wrath estaba concentrado únicamente en llegar has­ta Beth. Por eso no oyó los pasos del hombre que le seguía hasta que hubo cruzado la mitad del patio.
-¡Policía! ¡Alto!
Luego percibió claramente el sonido familiar del arma sien­do amartillada y dirigiéndose hacia él.
-¡Las manos donde yo las vea!
Wrath advirtió el olor del hombre y sonrió. La agresivi­dad había reemplazado a la lujuria, y, el ansia de lucha era tan intensa como lo había sido el ansia sexual. Aquel sujeto estaba lleno de fluidos esa noche.
-¡He dicho alto y manos arriba!
El vampiro se detuvo y buscó entre su chaqueta una de sus estrellas. Policía o no, eliminaría a ese humano con un buen corte en la arteria.
Pero entonces Beth abrió la puerta corredera.
El vampiro la olió de inmediato, y tuvo una erección ins­tantánea.
-¡Las manos!
-¿Qué está pasando? -exigió saber Beth.
-Vuelve adentro -vociferó el humano-. ¡Las manos, cabrón! O te abriré un agujero en la parte posterior del cráneo!
En aquel momento, el policía se encontraba a unos po­cos metros de distancia y se aproximaba rápidamente. Wrath levantó las palmas de las manos. No iba a matar delante de Beth. Además, esa pistola estaría pegada a su cuerpo en cuestión de tres segundos. Y ni siquiera él podría sobrevivir a un disparo a que­marropa.
-O'Neal...
-¡Beth, vete de aquí va!
Una pesada mano sujetó con fuerza el hombro de Wrath. Dejó que el policía lo empujara contra el edificio.
-¿Vas a decirme qué estás haciendo por aquí? -ordenó el humano.
-He salido a pasear-dijo Wrath-. ¿Y usted?
El policía aferró primero un brazo de Wrath y luego el otro, y tiró hacia atrás. Las esposas se cerraron rápidamente en sus muñecas. El sujeto era un auténtico profesional con aquellos instrumentos metálicos.
Wrath miró de soslayo a Beth. Por lo que podía ver, te­nía los brazos cruzados con fuerza delante del pecho. El miedo espesaba el aire a su alrededor, convirtiéndolo en un velo que la cubría de la cabeza a los pies.
Qué bien está saliendo esto, pensó. De nuevo, le había da­do un susto de muerte.
-No la mires -dijo el policía, empujando la cara de Wrath hacia la pared-. ¿Cómo te llamas?
-Wrath -respondió Beth-. Me dijo que se llamaba Wrath.
El humano le lanzó un verdadero rugido.
-¿Tienes algún problema de oído, dulzura? ¡Fuera de aquí!
-Yo también quiero saber quién es.
-Te daré un informe por teléfono mañana por la maña­na, ¿vale?
Wrath gruñó. No podía negar que hacerla entrar era una idea excelente, pero no le gustaba la forma en que el policía le es­taba hablando.
El humano registró los bolsillos de la chaqueta de Wrath y empezó a sacar armas. Tres estrellas arrojadizas, una navaja au­tomática, una pistola, un trozo de cadena.
-Válgame el cielo -murmuró el policía mientras dejaba caer los eslabones de acero al suelo con el resto del cargamento-. ¿Tienes alguna identificación? ¿O no has dejado suficiente espacio para meter una cartera, considerando que llevas encima quince ki­los de armas ilegales? -Cuando el policía encontró un grueso fa­jo de billetes, soltó otra maldición-. ¿También voy, a encontrar drogas, o ya has vendido todo tu cargamento?
Wrath se dejó zarandear de un lado a otro. Mientras saca­ba sus dos dagas de las fundas, miró fijamente al policía, pensan­do en lo mucho que iba a disfrutar desgarrando su garganta con los dientes. Se inclinó hacia delante, la cabeza primero. No pudo evitarlo.
-¡O'Neal, ten cuidado! -dijo Beth, como si le hubiera leído la mente.
El policía presionó el cañón de la pistola contra el cuello de Wrath.
-¿Cuál es tu nombre? -¿Está arrestándome? -Sí. Así es.
-¿Por qué?
-Déjame pensar. Allanamiento, posesión de armas. ¿Tie­nes licencia para llevar este tipo de artillería? Apostaría a que no. Ah, y gracias a esas estrellas arrojadizas, también estoy pensando en homicidio. Sí, creo que eso es todo.
-¿Homicidio? -susurró Beth.
-¿Tu nombre? -exigió saber el policía, mirándolo fija­mente.
Wrath sonrió por lo bajo. -Debe de ser clarividente. -¿A qué te refieres?
-Al cargo de homicidio. -Wrath rió sordamente mien­tras bajaba el tono de voz-: ¿Alguna vez ha estado dentro de una bolsa para cadáveres, oficial?
La rabia, pura y vibrante, salió por todos los poros del po­licía.
-No me amenaces. -No es una amenaza.
El gancho de izquierda llegó por el aire tan rápido como una pelota de béisbol, y Wrath no hizo nada para evitarlo. El grueso puño del policía le golpeó a un lado de la mandíbula y le echó la cabeza hacia atrás. Una punzada de dolor le explotó en la cara. -¡Butch! ¡Detente!
Beth corrió hacia ellos, como si quisiera interponerse en­tre ambos, pero el policía la mantuvo a distancia sujetándola por un brazo.
-¡Por Dios, sí que eres molesta! ¿Quieres salir herida? -dijo el humano, empujándola.
Wrath escupió sangre.
-Tiene razón. Vuelve adentro.
Porque la cosa estaba tomando mal cariz.
Gracias a la visión fugaz de aquella sesión de caricias, no le agradaba el policía, para empezar. Pero si el sujeto se dirigía otra vez a Beth con ese tono, Wrath le saltaría todos sus dien­tes. Y luego mataría a aquel hijo de perra.
-Anda, Beth -dijo. -¡Cállate! -le gritó el policía. -¿Vas a pegarme otra vez si no lo hago? El policía se encaró con él, furioso. -No, voy a pegarte un tiro.
-Por mí está bien. Me gustan las heridas de bala. -La voz de Wrath se convirtió en un susurro-. Sólo que no delante de ella.
-Vete a la mierda.
Pero el policía cubrió las armas y el dinero arrojándoles encima su chaqueta. Luego sujetó el brazo del vampiro y empe­zó a caminar.
Beth sintió un ligero mareo cuando vio a Butch arrastrando a Wrath.
La furia entre ambos parecía materializarse a cada paso. Aunque Wrath estaba esposado y encañonado con una pistola, ella no estaba muy segura de que Butch estuviera a salvo. Tenía la sensación de que aquel desconocido, un auténtico enigma pa­ra ella, estaba permitiendo que se lo llevara detenido.
Pero Butch también debe de saberlo, pensó. Si no, habría guardado su arma en lugar de ir presionando el cañón contra la sien del otro.
Sabía que Butch era duro con los criminales, ¿pero estaría tan loco como para matar a uno?
A juzgar por la peligrosa expresión de su cara, no tuvo ninguna duda de que la respuesta era afirmativa, y tal vez in­cluso quedara impune. Quien a hierro mata, a hierro muere, y era evidente que Wrath no era un ciudadano respetuoso con la ley. Si aparecía con un balazo en la cabeza en cualquier callejón de mala muerte o flotando boca abajo en el río, ¿a quién le sor­prendería?
Obedeciendo a un instinto, corrió rodeando el lateral del edificio.
Butch se dirigía a su vehículo como si llevara una carga inestable, y ella se apresuró a alcanzarlos.
-Espera. Tengo que hacerle- una pregunta.
-¿Quieres saber qué número calza o algo así? -espetó el policía.
-El cuarenta y, seis -dijo Wrath con voz cansina. -Lo recordaré para Navidad, cabrón.
Beth se colocó ante ellos de tal manera que debían dete­nerse o arrollarla. Miró fijamente el rostro de Wrath.
-¿Por qué viniste a verme?
Podría haber jurado que su mirada se había suavizado detrás de las gafas de sol.
-No quiero hablar de eso en este momento. Butch la alejó empujándola con mano firme. -Tengo una idea. ¿Por qué no me dejas hacer mi tra­bajo?
-No la toques -gruñó Wrath.
-Sí, claro, tus deseos son órdenes. --Butch lo hizo avan­zar de un empujón.
Cuando llegaron al coche, el detective abrió la puerta de atrás y empujó hacia abajo el imponente cuerpo de Wrath. -¿Quién eres? -gritó ella.
El vampiro la miró, con su cuerpo perfectamente er­guido a pesar de que Butch lo empujaba desde todos los án­gulos.
-Tu padre me ha enviado -dijo claramente. Y luego se sentó en el asiento trasero.
Beth se quedó sin respiración.
Vio entre brumas a Butch cerrando de golpe la puerta y corriendo hacia el lado del conductor.
-¡Espera! -exclamó.
Pero el coche va se había puesto en marcha. Los neumáti­cos dejaron marcas de goma en el asfalto.

Capítulo 15


 Butch descolgó el auricular y pidió a la central que en­viasen a alguien de inmediato al patio trasero de Beth a recoger las armas y el dinero que había dejado ocultos bajo su chaqueta. Mientras conducía, llevaba un ojo puesto en la carre­tera y otro en el espejo retrovisor. El sospechoso también lo mi­raba fijamente, con una sonrisa socarrona en su perverso rostro. Jesús, aquel tipo era enorme. Ocupaba la mayor parte del asiento trasero y tenía la cabeza doblada en ángulo para no golpearse contra el techo cuando pasaban por encima de algún bache.
Butch estaba ansioso por sacarlo del maldito coche. Menos de cinco minutos después, salió de la calle Trade para entrar en el aparcamiento de la comisaría y dejó el vehícu­lo tan cerca de la entrada posterior como le fue posible. Salió y abrió la puerta trasera.
-No me causes problemas, ¿vale? -dijo, aferrando el bra­zo del sujeto.
El hombre se puso de pie. Butch tiró de él.
Pero el sospechoso empezó a caminar hacia atrás, aleján­dose de la comisaría.
-Camino equivocado.
El policía se detuvo con firmeza, hundiendo los talones en el pavimento, y tiró otra vez de él con fuerza.

Pero el sospechoso continuó avanzando, arrastrando a Butch con él.
-¿Crees que no voy a dispararte? -preguntó el detecti­ve, desenfundando su arma.
De repente, todo se transformó.
Butch nunca había visto a nadie moverse tan rápido. En un segundo, el sujeto, que tenía los brazos detrás de la espalda, tiró las esposas al suelo y, con sólo un par de movimientos, el detective fue desarmado, inmovilizado con un brazo al cuello y arrastrado a un sitio oscuro.
La oscuridad se los tragó. Mientras Butch luchaba por de­fenderse, se percató de que estaban en el angosto callejón si­tuado entre la comisaría y el edificio de oficinas vecino. Era muy estrecho, no estaba iluminado y tampoco había ventanas.
Cuando Butch saltó por los aires y fue empujado contra la pared de ladrillo, el poco aire que quedaba en sus pulmones sa­lió de inmediato. De manera inconcebible, el hombre lo levantó del suelo sosteniéndolo por el cuello con una sola mano.
-No ha debido inmiscuirse, oficial -dijo el hombre con un gruñido profundo y acentuado-. Debió seguir su camino y dejar que ella viniera conmigo.
Butch aferró la garra de hierro. La enorme mano cerrada alrededor de su garganta estaba bloqueando el último aliento de vida. Intentó respirar, buscando aire desesperadamente. Su visión se hizo borrosa. Estaba a punto de perder el conocimiento.
Supo, sin lugar a dudas, que no tenía escapatoria. Saldría del callejón en el interior de una bolsa, como el hombre le había prometido.
Un minuto más tarde abandonó toda resistencia; sus bra­zos cayeron inertes y quedaron colgando. Él quería luchar. Po­seía voluntad para hacerlo, pero sus fuerzas se habían agotado.
¿Y la muerte? La aceptaba. Iba a morir cumpliendo con su deber, aunque como un idiota, por no haber pedido refuerzos. Aun así, era mejor y más rápido que acabar en una cama de hospital con alguna enfermedad lenta y desagradable. Y más honro­so que suicidarse de un disparo. Lo cual era algo que Butch había barajado más de una vez.
Con su último aliento, intentó dirigir la mirada hacia el rostro del hombre. Su expresión era de absoluto control.

Este tipo ha hecho esto antes. Y está acostumbrado a matar. Por Dios, Beth.
Se le revolvieron las entrañas al pensar en lo que podría hacerle un hombre como aquel a Beth.
Wrath sintió que el cuerpo del policía se relajaba. Aún estaba vi­vo, pero no le quedaba mucho tiempo.
La ausencia total de miedo en aquel humano era algo no­table. Al policía le había molestado ser sorprendido, y se había defendido de una manera admirable, pero en ningún momento había sentido miedo. Y ahora que se acercaba su Fade, estaba re­signado a la muerte. Y casi podría jurar que suponía para él un alivio.
Maldición. Wrath imaginó que él se hubiera sentido igual. Le resultaba penoso matar a alguien capaz de morir como lo haría un guerrero. Sin temor ni vacilación. Había muy pocos machos como éste, tanto vampiros como humanos.
La boca del policía empezó a moverse. Estaba tratando de hablar. Wrath se inclinó.
-No... le... hagas daño.
El vampiro se sorprendió a sí mismo respondiendo: -Estoy aquí para salvarla.
-¡No! -Una voz sonó en la entrada del callejón. Wrath volvió la cabeza. Beth corría hacia ellos. -¡Suéltalo!
Aflojó el apretón en la garganta del policía. No iba a matar a aquel tipo delante de ella. Necesitaba que confiara en él. Y des­de luego no lo conseguiría si enviaba ante sus ojos al policía a en­contrarse con el Creador.
Mientras Beth se detenía con un patinazo, Wrath abrió la mano, dejando caer al humano al suelo. Una respiración entre­cortada y jadeante mezclada con una tos ronca se escuchó entre las sombras.
Beth cayó de rodillas -ante el policía y miró hacia arriba. -¡Casi lo matas!
Wrath soltó una maldición, sabiendo que tenía que lar­garse de allí. Pronto aparecerían otros policías.
Miró hacia el otro lado del callejón.

— ¿Adónde crees que vas? -Su voz sonaba cortante a cau­sa de la ira.
-¿Quieres que me quede aquí para que me arresten de nuevo?
--¡Mereces pudrirte en la cárcel!
Con una sacudida, el policía trató de levantarse, pero las piernas se le doblaron. Aun así, apartó las manos de Beth cuan­do ésta las tendió hacia él.
Wrath necesitaba encontrar un rincón oscuro para poder des materializarse. Si Beth se había impresionado tanto por el he­cho de que casi había matado a alguien, ejecutar el acto de desa­parición frente a ella acabaría por horrorizarla por completo.
Se dio la vuelta y comenzó a alejarse. No le gustaba la idea de separarse de ella, ¿pero qué más podía hacer? Si le disparaban ti­lo mataban, ¿quién cuidaría de ella? Y no podía permitir que lo metieran en prisión. Las celdas tenían barras de acero, lo que signifi­caba que cuando amaneciera no podría desmaterializarse para po­nerse a salvo. Ante semejantes opciones, si un grupo de policías trataba de arrestarlo en ese momento, tendría que matarlos a todos. ¿Y entonces qué pensaría ella de él?
-¡Detente! -le gritó.
Él siguió adelante, pero las pisadas de Beth resonaron cuan­do se acercó corriendo.
La miró, frustrado por la forma en que habían salido las cosas. Gracias al pequeño altercado con su amigo, le temía, y eso lo complicaría todo cuando tuviera que cuidar de ella. No tenía tiempo suficiente para convencerla de que le acompañara volun­tariamente. Lo que significaba que tendría que recurrir a la fuerza cuando se presentara su transición. Y no creía que fuera a gus­tarle a ninguno de los dos.
Cuando percibió su olor, supo que se acercaba peligrosa­mente la hora del cambio.
Quizás debiera llevársela con él en ese preciso momento. Wrath miró a su alrededor. No podía echársela al hombro allí mismo, a sólo unos metros de la comisaría de policía, y sobre todo mientras aquel maldito policía los observaba.
No, tendría que volver poco antes del amanecer y rap­tarla. Luego la encadenaría en la alcoba de Darius si era preciso. Tendría que elegir entre eso o que ella muriera.

-¿Por qué has mentido? -gritó Beth-. No conociste a mi padre.
-Sí que lo conocí.
-Mentiroso -escupió ella-, Eres un asesino y un mentiroso.
-Por lo menos tienes razón en lo primero.
Los ojos de ella se abrieron desmesuradamente, y el terror apareció reflejado en su rostro.
-Esas estrellas arrojadizas... en tus bolsillos. Tú mataste a Mary. ¿No es cierto?
Él frunció el ceño.
-Nunca he matado a una mujer.
-Entonces también tengo razón en lo segundo.
Wrath miró al policía, que aún no se había recuperado por completo, pero pronto lo haría.
Maldita sea, pensó. ¿Y si Beth no tenia tiempo hasta el amanecer? ¿Qué pasaría si escapaba y no podía encontrarla? Bajó el tono de la voz:
-Has sentido mucha hambre últimamente, ¿no es cierto? Ella se echó hacia atrás sobresaltada.
-¿Qué?
-Hambre, pero no has ganado peso. Y estás cansada. Muy cansada. También has sentido ardor en los ojos, especialmente durante el día, ¿no? -Se inclinó hacia delante-. Miras la carne cruda y te preguntas qué sabor tendrá. Tus dientes, los superio­res delanteros, te duelen, y también las articulaciones, y, sientes la piel tirante.
Beth parpadeó, con la boca abierta.
Detrás de ella, el policía trató de ponerse en pie, se tam­baleó, y otra vez cavó sentado al suelo. Wrath habló más rápido: -Sientes que no encajas, ¿no es así? Como si todos los de­más se movieran a una velocidad diferente, más despacio. Crees que eres anormal, distinta, que estás aislada, intranquila. Sien­tes que algo va a suceder, algo monumental. Cuando estás des­pierta, sientes temor de tus sueños, perdida en ambientes fami­liares. -Hizo una pausa-. No has sentido impulsos sexuales en absoluto, pero los hombres te encuentran increíblemente atrac­tiva. Los orgasmos que tuviste anoche fueron los primeros que has experimentado.

Era todo lo que podía recordar sobre su existencia en el mundo humano antes de su transición.
Ella lo miró fijamente, estupefacta.
-Si quieres saber qué diablos te está sucediendo, tienes que acompañarme. Estás a punto de caer enferma, Beth. Y _yo soy el único que puede ayudarte.
Ella dio un paso atrás. Miró al detective, que parecía es­tar reflexionando sobre las ventajas de permanecer tumbado. El vampiro le cogió las manos.
-No te haré daño. Lo prometo. Si hubiera querido ma­tarte, podía haberlo hecho anoche de diez maneras diferentes, ¿no estás de acuerdo?
Ella volvió la cabeza hacia él, y cerró los ojos mientras Wrath sentía cómo recordaba exactamente lo que él le había he­cho. El olor de su deseo saturó dulcemente el olfato del vampiro. -Hace un momento ibas a matar a Butch.
A decir verdad, no estaba muy seguro de eso. Un buen contrincante era difícil de encontrar. .
-No lo he hecho. -Pudiste hacerlo. -¿De verdad importa? Aún respira. -Sólo porque yo lo he evitado.
Wrath gruñó, y jugó la mejor baza que tenía: -Te llevaré a casa de tu padre.
Ella abrió los ojos incrédula, y luego los entrecerró con suspicacia.
Volvió a mirar al policía. Ya se había levantado y se apo­yaba en el muro con una mano, con la cabeza colgando, como si fuera demasiado pesada para su cuello.
-Mi padre, ¿eh? -Su voz rezumaba desconfianza, pero también había en ella suficiente curiosidad, de modo que Wrath supo que había ganado la partida.
-Se nos agota el tiempo, Beth. Hubo un largo silencio.
Butch levantó la cabeza y observó el callejón.
En un par de minutos iba a intentar efectuar otro arresto. Su determinación era palpable.
-Tengo que irme -dijo Wrath-. Ven conmigo. Ella cerró el puño con fuerza sobre el bolso.

-Que quede muy claro: no confío en ti. Él asintió.
-¿Por qué deberías hacerlo?
-Y esos orgasmos no fueron los primeros.
-¿Entonces por qué te sorprendió tanto sentirlos? -di­jo él suavemente.
-Apresúrate -murmuró ella, dándole la espalda al ofi­cial-. Podemos conseguir un taxi en Trade. No le pedí que es­perara al que me trajo aquí.

Capítulo 16

Mientras aceleraba el paso por el callejón, Beth sabía -que estaba jugándose la vida. Era enorme la proba­bilidad de que la estuvieran engañando. Y nada menos que un asesino.
¿Pero cómo había sido capaz de saber todo lo que ella es­taba sintiendo?
Antes de doblar la esquina, se volvió a mirar a Butch. Te­nía una mano extendida como si quisiera alcanzarla. No pudo verle la cara debido a la oscuridad, pero su desesperado deseo atravesó la distancia que los separaba. Vaciló, perdiendo el ritmo de sus pasos.
Wrath la agarró por el brazo. -Beth, vamos.
Que Dios la ayudara, empezó a correr de nuevo.
En el instante en que salieron a Trade, hizo señas a un ta­xi que pasaba. Gracias a Dios, se detuvo en seco. Se subieron a toda prisa, y Wrath dio una dirección que se encontraba a un par de calles de distancia de la avenida Wallace. Obviamente era una maniobra de despiste.
Debe de hacerlo con mucha frecuencia, pensó.
Cuando el taxi arrancó, sintió la mirada de Wrath desde el otro extremo del asiento.
-¿Ese policía -preguntó él- significa algo para ti?

Ella sacó del bolso su teléfono y marcó el número de la centralita de la comisaría.
-Te he hecho una pregunta. -Wrath utilizó un tono cor­tante.
-Vete al infierno. -Cuando escuchó la voz de Ricky, res­piró profundamente-. ¿Está José?
No le llevó más de un minuto encontrar al otro detecti­ve, y cuando finalizó la llamada ya había traspasado el umbral de la puerta para ir a buscar a Butch. José no había hecho muchas preguntas, pero ella sabía que vendrían después. ¿Y cómo iba a explicarle por qué había huido con un sospechoso?
Eso la convertía en cómplice, ¿o no?
Beth guardó el teléfono en el bolso. Le temblaban las ma­nos, y se sentía un poco mareada. También notaba que le falta­ba oxígeno, aunque el taxi tenía aire acondicionado y la temperatura era agradablemente fresca. Abrió la ventanilla. Una brisa cálida y húmeda le alborotó el cabello.
¿Qué había hecho con su cuerpo la noche anterior, y con su vida en ese momento?
¿Qué era lo siguiente? ¿Incendiar su apartamento? Detestaba el hecho de que Wrath hubiera puesto frente a ella el único reclamo al que no podía resistirse. A todas luces, era un criminal. La aterrorizaba, pero aun así su cuerpo se enardecía sólo con pensar en uno de sus besos.
Y odiaba que él supiera que había conseguido hacerle ex­perimentar los primeros orgasmos de su vida.
-Déjenos por aquí -dijo Wrath al conductor diez mi­nutos más tarde.
Beth pagó con un billete de veinte dólares, pensando que tenían suerte de que ella llevara dinero en efectivo. El dinero de Wrath, aquel enorme fajo de billetes, se encontraba en el suelo de su patio trasero. No estaba precisamente en condiciones de pagar el trayecto.
Todavía no podía creer que fuera a una casa extraña con aquel hombre.
El taxi se alejó, y ellos siguieron caminando por la acera de un barrio tranquilo y lujoso. El cambio de escenario era ab­surdo. De la violencia de aquel callejón a los ondulados jardines y macizos de flores.

Estaba dispuesta a apostar que la gente que vivía en aque­lla casas nunca había huido de la policía.
Volvió la cabeza para mirar a Wrath, que iba unos pasos detrás de ella. Examinaba los alrededores como si temiera algún ataque sorpresa, aunque Beth no sabía cómo era capaz de distinguir algo con sus gafas negras. No entendía por qué las llevaba siempre puestas. Además de impedirle ver correctamente, eran tan llamativas que atraían la atención sobre él. Si alguien tenía que describirlo, lo haría con enorme precisión en segundos.
Aunque su largo cabello negro y su enorme envergadura producían exactamente el mismo efecto.
Dejó de mirarlo. Las botas del macho, con su golpeteo acompasado tras ella, sonaban como los nudillos de una mano golpeando una sólida puerta.
-Entonces..., ¿el policía -la voz de Wrath era íntima, profunda- es tu amante?
Beth no pudo evitar una sonrisa. Por Dios, parecía celoso. -No voy a responder a eso.
-¿Por qué?
-Porque no tengo que hacerlo. No te conozco, no te de­bo nada.
-Llegaste a conocerme bastante bien anoche -dijo él con un gruñido apagado-. Y yo llegué a conocerte muy bien.
No hablemos de eso ahora, pensó ella, sintiéndose ins­tantáneamente húmeda entre las piernas. Por Dios, las cosas que ese hombre podía hacer con la lengua.
Cruzó los brazos delante del pecho y se quedó mirando una casa colonial bien conservada. Las luces se filtraban a través de las ventanas, dándole un hermoso aspecto. Resultaba, en cierto modo, acogedora. Tal vez porque las casas acogedoras son universales. Y especialmente atrayentes.
Le entraron ganas de pasar una semana entera en una de ellas. -Lo de anoche fue un error -dijo.
-A mí no me pareció que fuese así. -Pues te pareció mal. Te pareció todo mal.
Llegó hasta ella antes de que lo hubiera sentido moverse. Estaba caminando y, de repente, se encontró entre sus brazos. Una de sus manos la sostuvo por la base de la nuca. La otra em­pujó sus caderas contra él. Notó la erección sobre su vientre.

Cerró los ojos. Cada centímetro de su piel volvió a la vi­da, su temperatura se elevó. Odiaba reaccionar así ante él, pero al igual que le sucedía al hombre, no pudo controlarse.
Esperó a que su boca descendiera hasta la de ella, pero no la besó. Sus labios siguieron hasta su oreja.
-No confíes en uní. No me quieras. Me importa un co­mino. Pero nunca me mientas. -Inspiró con fuerza como si fue­ra a succionarla-. Puedo oler que emanas sexo en este momento. Podría acostarte en esta acera y meterme bajo tu falda en una milésima de segundo. Y tú no me rechazarías, ¿no es cierto? No, probablemente no lo haría.
Porque era una idiota. Y evidentemente deseaba morir. Los labios del vampiro frotaron un lado de su cuello. Y luego le lamió ligeramente la piel.
-Ahora bien, podemos ser civilizados y esperar a llegar a casa. O podemos hacerlo en este mismo lugar. De cualquier for­ma, me muero por estar dentro de ti otra vez, y tú no podrás rechazarme.
Beth sujetó los hombros de Wrath. Se suponía que debía empujarlo lejos de sí, pero no lo hizo. Lo atrajo hacia ella, acer­cando los senos a su pecho.
El hombre emitió un sonido de macho desesperado, una mezcla entre un gemido de satisfacción y una profunda súplica. Ja -pensó ella-, estoy ganando terreno.
Rompió el contacto con lúgubre satisfacción.
-Lo único que hace esta terrible situación remotamente tolerable es el hecho de que tú me deseas más.
Levantó el mentón con un movimiento brusco y empezó a caminar. Podía sentir los ojos de él sobre su cuerpo al seguirla, como si la estuviera tocando con las manos.
-Tienes razón -dijo él-. Mataría por tenerte. Beth dio media vuelta y le apuntó con un dedo.
-Así que se trata de eso. Nos viste a Butch y a mí be­sándonos en el coche. ¿No es así?
Wrath enarcó una ceja, sonrió tenso, pero guardó silencio. -¿Por eso lo atacaste?
-Sólo me resistí al arresto.
-Sí, eso era lo que parecía -murmuró ella-. ¿Entonces, es cierto? ¿Viste cómo me besaba?

El vampiro acortó el espacio entre sus cuerpos, irradia­ba ira.
-Sí, lo vi. Y no me gustó que te tocara. ¿Te excita saber eso? ¿Quieres darme una buena estocada diciéndome que es me­jor amante que yo? Sería una mentira, pero me dolería como el diablo.
-¿Por qué te importa tanto? -preguntó ella-. Tú y yo pasamos una noche juntos. ¡Ni siquiera eso! Sólo un par de horas.
El hombre apretó la mandíbula. Ella supo que estaba re­chinando los dientes a juzgar por el movimiento de sus pómulos. Se alegró de que llevara puestas las gafas de sol. Tenía el presen­timiento de que sus ojos la habrían aterrorizado de muerte.
Cuando vio a un coche pasar por la calle, recordó que era un fugitivo de la policía y, técnicamente, ella también. ¿Qué dia­blos estaban haciendo, discutiendo en la acera... como amantes?
-Mira, Wrath, no quiero que me arresten esta noche. -Nunca pensó que tales palabras salieran de su boca-. Sigamos adelante, antes de que alguien nos encuentre.
Se dio la vuelta, pero él la sujetó firmemente por el brazo. -Todavía no lo sabes -dijo lúgubremente-. Pero eres mía. Durante una milésima de segundo, ella se balanceó hacia él. Pero luego sacudió la cabeza, llevándose las manos a la cara, tratando de no escucharle.
Se sentía marcada, y la mayor locura era que en realidad no le importaba. Porque ella también lo deseaba.
Lo cual no ayudaría nada a mejorar el estado de su salud mental.
Por Dios, necesitaba repasar nuevamente los últimos dos días. Ojala pudiera volver atrás sólo cuarenta y ocho horas, has­ta encontrarse de nuevo ante su escritorio cuando Dick repre­sentaba su papel habitual de jefe lascivo.
Habría hecho dos cosas de manera diferente: llamar a un taxi en lugar de ir andando hasta su casa, y así nunca se habría en­contrado a Billy Riddle. Y en el instante en que había entrado en su apartamento, habría metido algo de ropa en una maleta, para marcharse a pasar la noche en un motel. De esa forma, cuando aquel musculoso extraño, disfrazado de traficante con su traje de cuero, hubiera ido a buscarla, no la habría encontrado.

Sólo quería volver a su patética y aburrida vida. Y eso so­naba tremendamente ridículo, si tenía en cuenta que hacía tan sólo un momento había pensado que salir de ella era la única manera de salvarse.
-Beth. -Su voz había perdido gran parte de su morda­cidad-. Mírame.
Ella movió la cabeza, sólo para sentir que le retiraba las manos de los ojos.
-Todo va a ir bien.
-Sí, claro. Es probable que, en este momento, estén cur­sando mi orden de arresto. Ando por ahí en la oscuridad con un tipo como tú. Todo esto está sucediendo porque estoy desesperada por conocer a mis padres muertos, y soy capaz de poner mi vida en peligro ante la remota posibilidad de saber algo so­bre ellos. Déjame decirte algo: hay un camino muy largo entre la situación en que me encuentro ahora y lo que tú llamas «bien>. Él le acarició la mejilla con la yema del dedo.
-No voy a hacerte daño. Y no dejaré que nadie te lo haga. Ella se frotó la frente, preguntándose si alguna vez volvería a adquirir una cierta apariencia de normalidad.
-Dios, ojala nunca hubieras aparecido en mi casa. De­searía no haber visto nunca tu cara.
Él dejó caer la mano.
-Casi hemos llegado -dijo lacónicamente.
Butch renunció a tratar de levantarse y permaneció en el suelo. Estuvo sentado un rato, tratando simplemente de respirar. No era capaz de moverse.
No era sólo por el dolor de cabeza que le taladraba las sienes, ni tampoco porque sintiera las piernas débiles, aunque parecieran incapaces de sostenerle.
Estaba avergonzado.
Que un hombre más corpulento lo hubiera vapuleado no suponía un problema, pero su ego ciertamente había sufrido un duro revés.
Era consciente de que había cometido un error y puesto en peligro la vida de una joven. Cuando llamó para que recogie­ran las armas, debió ordenar que dos policías lo esperaran en la puerta de la comisaría. Sabía que el sospechoso era especialmen­te peligroso, pero estaba seguro de poder controlarlo él solo. Sí, claro, no había controlado una mierda. Casi lo ma­chacan, y encima Beth se encontraba ahora en compañía de un asesino.
Sólo Dios sabía lo que podía ocurrirle.
Butch cerró los ojos y puso la barbilla sobre las rodillas. La garganta le dolía infernalmente, pero era su cabeza lo que ver­daderamente le preocupaba. No funcionaba bien. Sus pensamientos eran incoherentes, sus procesos cognitivos se habían ido al diablo. A lo mejor había estado sin oxígeno el tiempo suficiente para que se le frieran los sesos.
Trató de hacer acopio de todas sus fuerzas, pero sólo lo­gró hundirse más en la niebla.
Y además, debido a su lado masoquista tan terriblemente oportuno, el pasado fustigó su dolorido cráneo.
Del desordenado revoltijo de imágenes que se agolpaban en su mente, surgió una que hizo que las lágrimas asomaran a sus ojos. Una joven, de poco más de quince años, entrando en un coche desconocido, diciéndole adiós con la mano desde la ventani­lla mientras desaparecía calle abajo.
Su hermana mayor Fanie.
A la mañana siguiente, habían encontrado su cadáver en el bosque, detrás del campo de béisbol. La habían violado, gol­peado y estrangulado. No en ese orden.
Después del secuestro, Butch dejó de dormir la noche com­pleta. Dos décadas más tarde, aún no conseguía hacerlo.
Pensó en Beth, mirando hacia atrás mientras corría junto al asesino. Su desaparición en compañía de aquel sujeto fue lo único que hizo que el policía se pusiera de pie y arrastrara su cuer­po hacia la comisaría.
-¡O'Neal! -José llegó jadeante por el callejón-. ¿Qué te ha pasado?
-Tenemos que emitir una orden de busca y captura. -¿Era ésa su voz? Sonaba ronca, como si hubiera ido a un partido de fútbol y hubiera gritado durante dos horas-. Hombre blanco, un metro noventa y ocho. Vestido de cuero negro, gafas de sol, ca­bello negro hasta los hombros. -Butch extendió una mano, bus­cando apoyo contra el edificio-. El sospechoso no va armado.

-Yo lo desarmé. Pero seguramente conseguirá nuevas armas antes de una hora.
Al dar un paso adelante, se tambaleó.
Jesús. -José le sujetó el brazo, sosteniéndolo.
Butch trató de no apoyarse en él, pero necesitaba ayuda. No podía mover las piernas correctamente.
-Y una mujer blanca. -Su voz se quebró-. Un metro setenta y cinco, cabello negro largo. Lleva una blusa azul y una falda blanca. -Hizo una pausa-. Beth.
-Lo sé. Fue ella la que llamó. -La cara de José se puso tensa-. No le pedí detalles. Por el sonido de su voz, supe que no me daría ninguno. -Las rodillas de Butch temblaron-. Ea, de­tective. -José lo alzó-. Vamos a tomarnos esto con calma.
En el instante en que atravesaron la puerta posterior de la comisaría, Butch empezó a zigzaguear.
-Tengo que ir a buscarla. -Descansemos en este banco. -No...
José aflojó la mano, y su compañero cayó como un peso muerto. La mitad de los hombres de la comisaría acudió en su ayuda. La marea de sujetos vestidos de azul oscuro con insignias le hizo sentirse patético.
-Estoy bien -dijo bruscamente, pero tuvo que colocar la cabeza entre las rodillas.
¿Cómo había podido permitir que esto pasara? Si Beth aparecía muerta por la mañana...
-¿Detective? José se puso en cuclillas y colocó la cara en la línea de visión de Butch-. Ya hemos llamado a una am­bulancia.
-No la necesito. ¿Ya ha salido la orden?
-Sí, Ricky la está emitiendo en este momento. Butch levantó la cabeza. Lentamente.
-Cielos, ¿qué te ha pasado en el cuello? -susurró José. -Lo usaron para levantarme del suelo. -Tragó saliva un par de veces-. ¿Habéis recogido las armas de la dirección que os di?
-Sí. Las tenemos, y el dinero. ¿Quién demonios es ese tipo?
-No tengo ni la más remota idea.

No hay comentarios: