viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 17 18 19

Capítulo 17


Wrath subió por la escalera delantera de la casa de Darius. La puerta se abrió de golpe antes de que pudiera tocar el pomo de bronce.
Fritz estaba al otro lado. -Amo, no sabía que estaba... El doggen se quedó petrificado cuando vio a Beth.
Sí, sabes quién es -pensó Wrath-. Pero tomémoslo con calma.
Ella va estaba bastante asustada.
-Fritz, quiero que conozcas a Beth Randall. -El ma­yordomo se quedó mirándolo-. ¿Vas a dejarnos entrar?
Fritz hizo una profunda reverencia e inclinó la cabeza. -Por supuesto, amo. Señorita Randall, es un honor co­nocerla personalmente.
Beth pareció desconcertada, pero se las arregló para sonreír cuando el doggen se irguió y se apartó del umbral.
Cuando ella tendió la mano para saludarlo, Fritz dejó es­capar un sonido ahogado y miró a Wrath solicitando permiso. -Adelante -murmuró Wrath mientras cerraba la puer­ta principal. Nunca había podido entender las estrictas normas de los doggens.
El mayordomo extendió las manos con reverencia, ce­rrándolas sobre la mano de ella y bajando la frente hasta tocarlas. Pronunció unas palabras en el antiguo idioma en un sosega­do arrebato.
Beth estaba asombrada. Pero no tenía manera de saber que al ofrecerle la mano le había concedido el máximo honor de su especie. Como hija de un princeps, era una aristócrata de alta cu­na en su mundo.
Fritz estaría resplandeciente durante días.
-Estaremos en mi alcoba -dijo Wrath cuando el con­tacto se rompió.
El doggen vaciló.
-Amo, Rhage está aquí. Ha tenido un... pequeño accidente.
Wrath soltó una maldición. -¿Dónde está?
-En el baño del piso de abajo. -¿Aguja e hilo?
-Dentro, con él.
-¿Quién es Rhage? -preguntó Beth mientras cruzaban el vestíbulo.
Wrath se detuvo cerca del salón. -Espera aquí.
Pero ella lo siguió cuando empezó a caminar.
Él volvió la cabeza, señalando hacia la puerta del salón. -No ha sido una petición.
-No voy a esperar en ninguna parte. -Maldición, haz lo que te digo.
-No. -La palabra fue pronunciada sin acaloramiento. Lo desafiaba intencionadamente y con pasmosa tranquilidad, co­mo si él no fuera más que un obstáculo en su camino, igual que una vieja alfombra.
-Jesucristo. Está bien, pero luego no tendrás ganas de cenar.
Mientras se encaminaba irritado hasta el baño, pudo oler la sangre desde el vestíbulo. Era grave, y deseó con fuerza que Beth no estuviera tan ansiosa por verlo todo.
Abrió la puerta, y Rhage alzó la vista. El brazo del vam­piro colgaba sobre el lavabo. Había sangre por todas partes, un charco oscuro en el suelo y uno más pequeño sobre el mármol. -Rhage, ¿qué ha sucedido?
-Me han rebanado como a un pepino. Un restrictor me ha dado una buena, cercenó la vena y llegó hasta el hueso. Es­toy goteando como un colador.
En una borrosa imagen, Wrath captó el movimiento de la mano de Rhage bajando hasta su hombro y subiendo en el aire.
-¿Te libraste de él? --Diablos, claro.
-Oh... por... Dios -dijo Beth, palideciendo-. Santo cie­lo. Está cosiendo...
-Hola. ¿Quién es esta belleza? -dijo Rhage, haciendo una pausa en su tarea.
Hubo un sonido sordo, y Wrath se movió, tapando la vi­sión de Beth con su cuerpo.
-¿Necesitas ayuda? -preguntó, aunque tanto él como su hermano sabían que no podía hacer nada. No podía ver bien para coser sus propias heridas, y mucho menos las de otro. El hecho de tener que depender de sus hermanos o de Fritz para cu­rarse era una debilidad que despreciaba.
-No, gracias -rió Rhage-. Coso bastante bien, como sabes por experiencia. ¿Y quién es tu amiga?
-Beth Randall, éste es Rhage. Socio mío. Rhage, ella es Beth, y no sale con estrellas de cine, ¿entendido?
-Alto y claro. -Rhage se inclinó hacia un lado, tratan­do de ver por detrás de Wrath-. Encantado de conocerte, Beth. -¿Estás seguro de que no quieres ir a un hospital? -di­jo ella débilmente.
-No. Parece peor de lo que es. Cuando uno puede usar el intestino grueso como cinturón, entonces sí debe acudir a un profesional.
Un sonido ronco salió de la boca de Beth. -La llevaré abajo -dijo Wrath.
-Oh, sí, por favor --murmuró ella-. Me encantaría ir... abajo.
La rodeó con el brazo, y supo que estaba muy afectada por la forma en que se pegó a su cuerpo. Le hacía sentir, muy bien que ella se refugiara en él cuando le faltaban las fuerzas.
Demasiado bien, de hecho.
-¿Estarás bien? -dijo Wrath a su hermano.
-Perfectamente. Me iré en cuanto termine con esto. Ten­go que recoger tres frascos.
-Buena suerte.
-Habrían sido más si este pequeño obsequio no hubiera llegado por correo aéreo. Con razón te gustan tanto esas estre­llas. -Rhage dio una vuelta con la mano, como si estuviera atan do un nudo-. Debes saber que Tohr y los gemelos están... -co­gió unas tijeras del mostrador y cortó el hilo- continuando nuestro trabajo de anoche. Tendrán que regresar en un par de ho­ras para informar, tal como pediste.
-Diles que llamen a la puerta primero.
Rhage asintió con la cabeza, y tuvo el buen juicio de no hacer ningún comentario.
Mientras Wrath conducía a Beth por el vestíbulo, se en­contró de pronto acariciándole el hombro, la espalda, y luego la agarró por la cintura, hundiendo sus dedos en la suave piel. Ella se acercó a él tanto como pudo, con la cabeza a la altura de su pe­cho, descansando sobre su pectoral mientras caminaban juntos. Demasiado placentero. Demasiado acogedor, pensó él. De­masiado bueno. En todo caso, la apretó contra sí.
Y mientras lo hacía, deseó poder retirar lo que había dicho en la acera. Que ella era suya.
Porque no era cierto. No quería tomarla como su shellan. Se había acalorado, celoso, imaginando las manos del policía to­cándola. Molesto por no haber acabado con aquel humano. Aque­llas palabras se le habían escapado.
Ah, diablos. La hembra había manipulado su cerebro. De alguna manera, se las había arreglado para hacerle perder su bien establecido autocontrol y hacer surgir en él el maldito psicópata que llevaba dentro.
Y aquella era una conexión que quería evitar.
Después de todo, los ataques de locura eran la especiali­dad de Rhage.
Y los hermanos no necesitaban a otro chiflado de gatillo fá­cil en el grupo.
Beth cerró los ojos y se recostó contra Wrath, tratando de borrar la imagen de la herida abierta que acababa de ver. El esfuerzo era como tapar la luz, del sol con las manos. Algunos fragmentos de aquella horrible visión continuaban apareciendo. La sangre roja brillante, el oscuro músculo al descubierto, el impresionante blan­co del hueso... Y la aguja. Perforar la piel y atravesar la carne para hacer pasar el hilo negro...
Abrió los ojos.
Estaba mejor con ellos abiertos.
No importaba lo que el hombre hubiera dicho. No se tra­taba de un rasguño. Necesitaba ir a un hospital. Y ella habría intentado convencerle con mayor énfasis, si no hubiera estado ocupada tratando de mantener su última comida tailandesa den­tro del estómago.
Además, aquel sujeto parecía muy competente en remen­darse a sí mismo.
También era tremendamente apuesto. Aunque la enorme herida atrajo toda su atención, no pudo evitar fijarse en su des­lumbrante cara y su cuerpo escultural. Cabello rubio corto, brillantes ojos azules, un rostro que pertenecía a la gran pantalla. Se notaba que llevaba un traje del mismo estilo que Wrath, con pan­talones de cuero negro y pesadas botas, pero se había quitado la camisa. Los marcados músculos del torso quedaban resaltados bajo la luz cenital, en un impresionante despliegue de fuerza. Y el tatuaje multicolor de un dragón que le cubría toda la espalda era realmente espectacular.
Pero, claro, Wrath no iba a tener como socio a un enclen­que de aspecto afeminado.
Traficantes de drogas. Resultaba evidente que eran trafi­cantes de drogas. Pistolas, armas blancas, enormes cantidades de dinero en efectivo. ¿Y quién más se involucraría en una lucha a cuchillo y después se pondría a hacer de médico?
Recordó que el hombre mostraba en el pecho la misma ci­catriz de forma circular que Wrath.
Pensó que debían de pertenecer a una banda. 0 a la mafia. De repente necesitó algo de espacio, y. Wrath la soltó en el momento de entrar en una habitación de color limón. Su paso se hizo más lento. El lugar parecía un museo o algo similar a lo que podría aparecer en la Revista de Arquitectura Colonial. Gruesas cortinas de color claro enmarcaban anchas ventanas, ricas pintu­ras al óleo relucían en las paredes, los objetos decorativos estaban dispuestos con refinado gusto. Bajó la vista a la alfombra. De­bía de costar más que su apartamento.
Pensó que tal vez no sólo traficaran con cocaína, crack o heroína. Podían dedicarse también al mercado negro de antigüe­dades.
Sería una combinación que no se veía muy a menudo. -Es bonito -murmuró, tocando con el dedo una caja antigua-. Muy bonito.
Al no obtener respuesta, miró a Wrath. Estaba parado en la habitación con los brazos cruzados sobre el pecho, alerta, a pe­sar de que se encontraba en su propia casa.
Pero entonces, ¿cuándo se relajaba?
-¿Siempre has sido coleccionista? -le preguntó, tratan­do de ganar un poco de tiempo para controlar sus nervios. Se aproximó a una pintura de la Escuela del Río Hudson. Santo cielo, era un Thomas Cole. Probablemente valía cientos de miles-. Esto es muy hermoso.
Miró de soslayo sobre el hombro. É1 estaba concentrado en ella, sin prestar atención a la pintura. Y en su rostro no se veía reflejada ninguna expresión de posesión u orgullo. No parecía la forma de comportarse de alguien cuando otra persona admira­ba sus pertenencias.
-Ésta no es tu casa -afirmó. -Tu padre vivía aquí.
Sí, claro.
Pero, qué diablos. Ya había llegado muy lejos. Ya no le im­portaba continuar con aquel juego.
-Por lo que parece, tenía mucho dinero. ¿Cómo se ga­naba la vida?
Wrath cruzó la habitación en dirección a un exquisito retrato de cuerpo entero de un personaje que parecía un rey. -Ven conmigo.
-¿Qué? ¿Quieres que atraviese esa pared...?
Él oprimió un resorte en un extremo del cuadro, y éste gi­ró hacia fuera sobre un eje, dejando al descubierto un oscuro co­rredor.
-Oh -exclamó ella.
Él hizo un gesto con la mano. -Después de ti.

Beth se aproximó con cuidado. La luz de las lámparas de gas parpadeaba sobre la piedra negra. Se inclinó hacia delan­te y vio unas escaleras que desaparecían en un recodo mucho más abajo.
-¿Qué hay ahí abajo?
-Un lugar tranquilo donde podremos hablar. -¿Por qué no nos quedamos aquí arriba?
-Porque vas a querer hacer esto en privado. Y es muy probable que mis hermanos aparezcan muy pronto.
-¿Tus hermanos? -Sí.
-¿Cuántos son?
-Cinco, ahora. Pero no tengas miedo. Adelante. No te pasará nada malo ahí abajo, lo prometo.
Ajá. Claro.
Pero puso el pie sobre el borde dorado del marco. Y avan­zó hacia la oscuridad.

Capítulo 18


Beth  respiró profundamente, y vacilante extendió las manos hacia las paredes de piedra. El aire no era mohoso, ni ha­bía una asquerosa capa de humedad o algo similar; simplemente estaba muy oscuro. Descendió por los escalones lentamente, tan­teando el camino. Las lámparas parecían luciérnagas, iluminándose a sí mismas más que a la escalera.
Y entonces llegó al final. A la derecha había una puerta abierta, y allí percibió el cálido resplandor de un candelabro. La habitación era igual al corredor; de paredes negras, te­nuemente iluminada, pero limpia. Las velas temblaban ligera­mente. Al colocar el bolso sobre la mesa de té, se preguntó si aquel sería el dormitorio de Wrath.
Al menos el tamaño de la cama era apropiado para él. ¿Y las sábanas eran de satén?
Supuso que había traído a muchas mujeres a aquella gua­rida. Y no necesitaba ser un lince para imaginar qué sucedía una vez que cerraba la puerta.
Oyó correr el cerrojo, y el corazón le dio un vuelco. -Respecto a mi padre-dijo vivamente.
Wrath pasó junto a ella y se quitó la chaqueta. Debajo llevaba una camiseta sin mangas, y ella no pudo ignorar el rudo poderío de sus brazos mientras sus músculos se tensaban al dejar a un lado la prenda de cuero. Pudo apreciar los tatuajes de sus antebrazos cuando se sacó de los hombros la funda vacía de las dagas.
Fue al baño y ella escuchó correr el agua. Cuando regresó, se secaba la cara con una toalla. Se puso las gafas antes de mirarla. -Tu padre, Darius, era un macho muy valioso. -Wrath arrojó la toalla de manera despreocupada y se dirigió a una silla. Se sentó con el respaldo hacia delante, poniendo las manos sobre sus rodillas-. Era un aristócrata en el antiguo país antes de con­vertirse en guerrero. Es..., era mi amigo. Mi hermano en el tra­bajo que hago.
«Hermano». Seguía utilizando esa palabra.
Wrath sonrió un poco, como si recordara algo agradable para sus adentros.
-D tenía muchas habilidades. Era rápido con los pies, in­teligente como pocos, bueno con un cuchillo. Pero además era culto. Todo un caballero. Hablaba ocho idiomas. Estudió de todo, desde religiones del inundo hasta historia del arte y filoso­fía. Podía hablarte durante horas sobre Wall Street y, luego ex­plicarte por qué el techo de la Capilla Sixtina es en realidad una obra manierista y no del Renacimiento.
Wrath se echó hacia atrás, recorriendo con su fornido bra­zo la parte superior de la silla. Tenía los muslos abiertos. Parecía muy cómodo mientras se sacudía hacia atrás el lar­go cabello negro.
Endiabladamente sensual.
-Darius nunca perdía la calma, por muy feas que se pu­sieran las cosas. Siempre se concentraba en el trabajo que estaba haciendo hasta terminarlo. Murió contando con el más profun­do respeto de sus hermanos.
Wrath parecía de verdad echar de menos a su padre. O a quien fuese el hombre que estuviera usando con el propósito de... ¿Cuál era exactamente su propósito?, se preguntó. ¿Qué ganaba contándole toda esa basura?
Bueno, ella estaba en su habitación, ¿no?
-Y Fritz me ha dicho que te amaba profundamente. Beth frunció los labios.
-Suponiendo que te creyera, la pregunta es obvia. Si mi padre me amaba tanto, ¿por qué nunca se molestó en venir a co­nocerme?
-Es algo complicado.
-Sí, es difícil llegar hasta donde vive tu hija, tender la ma­no y decirle tu nombre. Es realmente penoso. -Cruzó la habi­tación, sólo para encontrarse de pronto junto a la cama. Se colocó de inmediato en otra parte-. ¿Y a qué viene toda esa retórica de los guerreros? ¿Él también pertenecía a la mafia?
-¿Mafia? No somos de la mafia, Beth.
-¿Entonces sólo sois asesinos independientes y trafican­tes de drogas? Hmm..., pensándolo bien, tal vez la diversificación es una buena estrategia de negocios. Y necesitáis muchísimo dinero para mantener una casa como ésta y llenarla de obras de arte que deberían estar en el Museo Metropolitano.
-Darius heredó su dinero y era muy bueno administrán­dolo. -Wrath echó la cabeza hacia atrás, mirando hacia arriba-. Como hija suya, ahora todo te pertenece.
Ella entrecerró los ojos. -¿Ah, sí?
Él asintió.
Vaya mentiroso, pensó Beth.
-¿Y dónde está el testamento? ¿Dónde está el albacea que me diga qué papeles debo firmar? Espera, déjame adivinar, no se han pagado los derechos de sucesión, durante los últimos treinta años. -Se frotó los doloridos ojos-. ¿Sabes qué, Wrath? No tienes que mentirme para llevarme a la cama. Por mucho que me avergüence admitirlo, lo único que tienes que hacer es pe­dírmelo.
Respiró profundamente con un aire de tristeza. Hasta aho­ra no se había dado cuenta de que una pequeña parte de ella ha­bía creído que obtendría algunas respuestas. Finalmente.
Pero, claro, la desesperación puede hacer caer a cualquiera en el más espantoso ridículo.
-Escucha, me voy de aquí. Esto sólo ha sido...
Wrath se situó frente a ella en un abrir y cerrar de ojos. -No puedo dejarte marchar.
El miedo le aceleró el corazón, pero trató de fingir que no lo sentía.
-No puedes obligarme a quedarme.
El hombre le sujetó la cara con sus manos. Beth retroce­dió bruscamente, pero él no la soltó.
Le acarició la mejilla con la yema del pulgar. Cada vez que se acercaba demasiado, ella se quedaba sin palabras, y había su­cedido de nuevo. Sintió que su cuerpo se balanceaba hacia él.
-No voy a mentirte -dijo Wrath-. Tu padre me en­vió a buscarte porque vas a necesitar mi ayuda. Confía en mí. Ella se retiró de un tirón.
-No quiero escuchar esa palabra de tus labios.
Allí estaba él, un criminal que casi había matado a un po­licía delante de sus ojos, esperando que creyera una palabrería que ella sabía que era falsa.
Mientras acariciaba sus mejillas como un amante. Debía de pensar que era estúpida.
-Escucha, he visto mis documentos. -La voz no le tem­bló-. Mi partida de nacimiento dice «padre desconocido», pero había una nota en el registro. Mi madre dijo a una enfermera en la sala de partos que él había fallecido. No pudo dar su nombre porque en ese instante entró en shock a causa de una hemorragia i, murió.
-Lo lamento, pero eso no es cierto. -Lo lamentas. Ya. Apuesto a que sí. -No estoy jugando contigo...
-¡Por supuesto que sí! Dios, no sé cómo he podido pen­sar que podía conocer a mis padres, aunque fuera por boca de otro... -Lo miró fijamente con disgusto-. Eres muy cruel.
Él soltó una maldición con un sonido frustrado y desa­gradable.
-No sé cómo hacer que me creas.
-No te molestes en intentarlo. No tienes ninguna credi­bilidad. -Agarró su bolso-. Demonios, tal vez sea mejor así. Casi prefiero que haya muerto a saber que era un criminal. O que vivíamos en la misma ciudad y nunca vino a verme, que ni siquiera sintió curiosidad por saber cómo era yo.
-Él lo sabía. -La voz de Wrath sonaba muy cerca otra vez_-. Él te conocía.
Ella se volvió. Él estaba tan próximo que la perturbó con su tamaño.
Beth dio un salto hacia atrás. -Ya basta con eso.
-Él te conocía.
-¡Deja de decir eso!
-Tu padre te conocía -gritó Wrath.
-¿Entonces por qué no me quería? -gritó ella a su vez. Wrath dio un respingo.
-Te quería. Te cuidaba. Durante toda tu vida estuvo cer­ca de ti.
Ella cerró los ojos, abrazando su propio cuerpo. No podía creer que sintiera la tentación de caer bajo su hechizo de nuevo. -Beth, mírame, por favor.
Ella abrió los párpados.
-Dame tu mano-dijo Wrath-. Dámela.
Al no obtener respuesta, él se puso la mano en el pecho, sobre el corazón.
-Por mi honor. No te he mentido.
Se quedó completamente quieto, como si quisiera darle la oportunidad de leer cada matiz de su cara y de su cuerpo. -¿Es posible que sea verdad?-se preguntó.
-Él te amaba, Beth.
No creo nada. No creo nada. No...
-¿Entonces por qué no vino a verme nunca? -susurró. -Esperaba que no tuvieras que conocerlo. Que no tuvie­ras que vivir la clase de vida que él vivía. -Wrath la miró fija­mente-. Pero se acabó su tiempo.
Hubo un largo silencio.
-¿Quién era mi padre? -preguntó en voz baja. -Era lo mismo que yo.
Y entonces, Wrath abrió la boca. Colmillos. Tenía colmillos.
El horror le encogió la piel. Lo empujó con fuerza. -¡Maldito loco!
-Beth, escúchame...
-¿Para que me digas que eres un maldito vampiro? -Se rió de él, empujando su pecho con las manos-. ¡Maldito loco! ¡Maldito... loco! Si quieres representar tus fantasías, hazlo con cualquier otro.
-Tu padre...
Ella le dio una bofetada, con fuerza. Justo en la mejilla. -No te atrevas. Ni siquiera lo intentes. -Le dolía la ma­no, la frotó contra su vientre. Quería llorar, porque se sentía herida. Porque había tratado de herirlo a él, y no parecía afecta­do por el golpe que le había propinado-. Por Dios, casi llegué a creerte, casi -gimió-. Pero tuviste que pasarte de listo y mos­trar esos dientes falsos.
-Son reales. Míralos más de cerca.
La habitación se vio inundada con la luz de muchas velas... sin que nadie las encendiera.
De repente, se quedó sin respiración, sintiendo que nada era lo que parecía ser. Ya no había reglas. La realidad se difumi­naba hacia una dimensión diferente.
Cruzó la habitación a toda prisa.
Él la alcanzó en la puerta, pero ella se agachó, cubriendo su cara con las manos, como si estuviera rezando una oración pa­ra mantenerlo alejado.
-No te me acerques. -Aferró el pomo y empujó con to­do el peso de su cuerpo. La puerta no se movió.
Sintió que el pánico corría por sus venas como si fuese ga­solina espesa.
-B eth...
-¡Déjame salir! -El pomo de la puerta le arañó la piel cuando tiró de él.
Cuando la mano de él se posó sobre su hombro, gritó: -¡No me toques!
Se apartó de un salto. Dio bandazos alrededor de la habita­ción. Wrath la siguió, aproximándose lenta e inexorablemente. -Yo te ayudaré.
-¡Déjame en paz!
Lo esquivó con un rápido movimiento y volvió a correr hacia la puerta. Esta vez se abrió antes incluso duque pudiera aga­rrar el pomo.
Como si él lo hubiera deseado. Se volvió a mirarlo con horror. -Esto no es real.
Subió la escalera a toda velocidad, pero sólo tropezó una vez. Cuando trató de manipular el resorte del cuadro, se rom­pió una uña, pero finalmente lo abrió. Atravesó corriendo el sa­lón, salió precipitadamente de la casa y...
Wrath estaba allí, parado en el césped de la parte delantera. Beth patinó al detenerse en seco.
El terror se deslizó por su cuerpo, el miedo y la incredulidad le oprimieron el corazón. Sintió que su mente se hundía en la locura. -¡No! -Trató de huir de nuevo, corriendo en cualquier dirección siempre que se alejara de él.
Lo oyó tras ella y trató de alcanzar mayor velocidad. Co­rrió hasta quedar sin aliento, hasta que el agotamiento la cegó \, sus piernas no le respondieron. No pudo continuar, y él aún con­tinuaba allí.
Cayó sobre el césped, sollozando.
Hecha un ovillo, como si se estuviera defendiendo de una paliza, comenzó a llorar.
Cuando él la levantó, no se resistió.
¿Para qué? Si aquello era un sueño, acabaría por desper­tar. Y si era verdad...
Necesitaría muchas más explicaciones que las que acaba­ba de darle.
Mientras Wrath llevaba en brazos a Beth de regreso al aposen­to, pudo percibir el miedo B, la confusión que emanaban de ella como oleadas de angustia. La depositó sobre la cama, cubrién­dola con una sábana. Luego se sentó en la silla, pensando que ella apreciaría un poco de espacio.
Al poco rato, la mujer se dio la vuelta, y el guerrero sintió sus ojos fijos en él.
-Estoy esperando a que termine va esta pesadilla. A que suene la alarma del despertador-dijo con voz ronca-. Pero eso no va a pasar, ¿verdad?
El negó con la cabeza.
-¿Cómo es posible? ¿Cómo...? -Se aclaró la garganta-. ¿Vampiros?
-Sólo somos una especie diferente. -Chupasangres. Asesinos.
-Mejor habla de minoría perseguida. Era la razón por la que tu padre esperaba que no sufrieras el cambio.
-¿Cambio?
Él asintió lúgubremente.
-Dios mío. -Se llevó la mano a la boca como si fuera a vomitar-. No me digas que voy a...
Una oleada de pánico la asaltó, invadiendo la habitación como una brisa que llegó a él en una fría ráfaga. No podía so­portar su angustia y quería hacer algo para aliviarla, aunque la compasión no se encontraba entre sus virtudes.
Si hubiera algo contra lo que pudiera luchar para ayudarla... Pero, de momento, no había nada. Absolutamente nada. La verdad no era un objetivo que pudiera eliminar. Y no era su enemigo, a pesar de que le hiciese daño. Sólo... era.
Se puso de pie y se acercó a la cama. Al ver que no le rehuía, se sentó. Las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas olían a lluvia de primavera.
-¿Qué va a sucederme? -murmuró.
La desesperación en su voz sugería que hablaba con Dios y no con él. Pero en cualquier caso respondió:
-Tu transformación está muy próxima. A todos nos lle­ga en algún momento alrededor de nuestro vigésimo quinto cum­pleaños. Te enseñaré a cuidarte y qué debes hacer.
-Dios santo...
-Cuando termines, necesitarás beber. Ella se atragantó y se levantó de un salto. -¡No voy a matar a nadie!
-Las cosas no son así. Necesitas la sangre de un vampiro macho. Eso es todo.
-Eso es todo -repitió ella en tono apagado.
-Los humanos no son nuestras víctimas. Eso son cuen­tos de viejas.
-¿Nunca has matado a un... humano?
-No para beber de él -contestó, evitando dar una res­puesta directa-. Hay algunos vampiros que sí lo hacen, pero la fuerza no dura mucho. Para no languidecer, tenernos que ali­mentarnos de nuestra propia raza.
-Haces que suene muy normal. -Lo es.
Ella guardó silencio. Y entonces, pareció darse cuenta de la situación.
-Tú dejarás que yo...
-Beberás de mí. Cuando llegue el momento.
La mujer emitió un sonido ahogado, como si quisiera gri­tar pero una arcada nauseabunda se lo hubiera impedido.
-Beth, sé que es difícil... -No lo sabes.
-Porque yo también lo sufrí. Ella se quedó mirándolo. -¿También lo supiste así, de golpe?
No lo estaba retando. En realidad, sólo esperaba tener algo en común con alguien. Le daba igual quién fuese.
-Sabía quiénes eran mis padres -dijo él-, pero habían fallecido cuando me llegó la transición. Yo estaba solo y no sabía qué esperar. Por eso comprendo tu confusión.
El cuerpo de Beth cayó sobre las almohadas. -¿Mi madre también lo era?
-Ella era humana, por lo que Darius me contó. Se sabe de vampiros que procrean con ellos, aunque es muy raro que el niño sobreviva.
-¿Puedo detener el cambio? ¿Puedo evitar que esto ocurra?
Él movió la cabeza negativamente. -¿Duele?
-Vas a sentir...
-No a mí. ¿Te haré daño?
Wrath disimuló la sorpresa. Nadie se preocupaba por él. Vampiros y humanos le temían por igual. Su raza lo veneraba, pero nadie se había preocupado nunca por él. No sabía qué ha­cer con ese sentimiento.
-No. No me harás daño. -¿Podría matarte? -No te dejaré hacerlo.
-¿Me lo prometes? -dijo ella con apremio, sentándose de nuevo y aferrando el brazo del vampiro.
No podía creer que estuviera jurando protegerse a sí mis­mo porque ella se lo pidiera.
-Te lo prometo. -Extendió una mano para cubrir las de ella, pero se detuvo antes de tocarla.
-¿Cuándo ocurrirá?
-No puedo decírtelo con seguridad, pero pronto.
Ella lo soltó, recostándose sobre las almohadas. Luego asu­mió una posición fetal, dándole la espalda.
-Tal vez despierte -murmuró-. Tal vez aún despierte.

Capítulo 19

Butch bebió su primer escocés de un trago. Gran error. Tenía la garganta inflamada y sintió como si hubiera be­sado una antorcha. Tan pronto como dejó de toser, le pidió otro a Abby.
-La encontraremos -dijo José, dejando su cerveza so­bre la mesa.
José estaba bebiendo con moderación, ya que tenía que volver a casa con su familia. Pero Butch era libre de hacer lo que le diese la gana.
José jugaba con su vaso, haciéndolo girar en círculos so­bre la barra.
-No debes culparte, detective. Butch rió y tragó el segundo escocés.
-Ya. Es enorme la lista de personas que estaban en el co­che con el sospechoso. -Alzó un dedo para llamar la atención de Abby-. Vuelve a llenarlo.
-Al momento. -Se contoneó, acercándose de inmedia­to con el whisky, sonriéndole mientras llenaba su vaso.
José se revolvió en su taburete, como si no aprobara la ve­locidad a la que Butch apuraba sus copas y el esfuerzo por no de­cir nada le hiciera retorcerse.
Cuando Abby se marchó para atender a otro cliente, Butch se giró para mirar a José.

-Esta noche voy a ponerme bastante desagradable. No deberías quedarte por aquí.
Su compañero se metió unos cacahuetes a la boca. -No voy a dejarte aquí.
-Ya tomaré un taxi para volver a casa.
-No. Me quedaré hasta que pierdas el sentido. Luego te arrastraré de vuelta a tu apartamento. Te veré vomitar durante una hora y te meteré en la cama. Antes de irme dejaré la cafete­ra lista y una aspirina junto al azucarero.
-No tengo azucarero. -Entonces junto a la bolsa. Butch sonrió.
-Habrías sido una excelente esposa, José. -Eso es lo que dice la mía.
Guardaron silencio hasta que Abby llenó el cuarto vaso. -Las estrellas arrojadizas que le quité a ese sospechoso -dijo Butch-, ¿has averiguado algo sobre ellas?
-Son iguales a las que encontramos en el coche bomba y junto al cuerpo de Cherry. Las llaman tifones. Casi cien gra­mos de acero inoxidable de buena calidad. Diez centímetros de diámetro. Peso central desmontable. Se pueden comprar por In­ternet por unos doce dólares cada una o en las academias de artes marciales. Y no, no tenían huellas.
-¿Las otras armas?
-Un extraordinario juego de cuchillos. Los chicos del la­boratorio se quedaron fascinados con ellos. Aleación metálica, du­reza de diamante, hermosa factura. Fabricante inidentificable. La pistola era una Beretta estándar de nueve milímetros, modelo 92G-SD. Muy bien cuidada y, evidentemente, con el número de serie borrado. Las balas sí que son extrañas. Nunca había visto al­go así. Huecas, llenas de un líquido que están analizando. Los chi­cos piensan que es sólo agua. ¿Pero por qué haría alguien algo así? -Tiene que ser una broma.
-Ajá.
-Y no hay huellas. -No. ,
-En ningún objeto.
-No. -José se acabó los cacahuetes e hizo una seña con la mano para pedir más a Abby-. Ese sospechoso es hábil. Trabaja limpiamente. Un verdadero profesional. ¿Quieres apostar a que ya está muy lejos de aquí? No parece ser oriundo de Caldwell. -Dime que mientras y o perdía el tiempo haciéndome exa­minar por los médicos contrastaste los datos con la policía de Nueva York.
Abby llegó con más frutos secos y whisky.
-Balística está analizando el arma, para ver si tiene algún rasgo poco común -dijo José sin alterar la voz-. Estamos in­vestigando el dinero por si está caliente. A primera hora de la mañana daremos a los chicos de Nueva York lo que tenemos, pero no será mucho.
Butch soltó una maldición mientras veía llenar el vaso. -Si algo le sucede a Beth... -No terminó la frase. -Los encontraremos. -José hizo una pausa-. Y que Dios tenga piedad de él si le hace daño.
Sí, Butch personalmente iría detrás de aquel individuo. -Que Dios lo ayude-juró, aferrando su vaso para dar otro trago.
Wrath se sentía agotado cuando se sentó en el sillón, esperando a que Beth hablara de nuevo. Sentía el cuerpo como si se hundiera en sí mismo, los huesos débiles bajo la carga de piel y músculos.
Al hacer memoria de la escena en el callejón de la comi­saría, se percató de que no había borrado la memoria del poli­cía. Lo cual significaba que aquel hombre andaría buscándolo con una descripción exacta.
Maldita sea. Había estado tan absorto en todo aquel mal­dito drama que había olvidado protegerse.
Se estaba volviendo descuidado. Y eso resultaba extrema­damente peligroso.
-¿Cómo supiste lo de los orgasmos? -preguntó Beth con brusquedad.
Él se puso rígido, igual que su pene, sólo con escuchar esa palabra de sus labios.
Se revolvió en su asiento inquieto, preguntándose si podía evitar responderle. En aquel momento, no quería hablar sobre su encuentro sexual de la noche anterior, al menos mientras ella estuviera en esa cama, a tan escasa distancia.
Pensó en su piel. Suave. Delicada. Cálida. -¿Cómo lo sabías? -preguntó.
-Es verdad, ¿no?
-Sí -susurró ella-. ¿Fue diferente contigo porque no eres..., eres un...? Diablos, ni siquiera puedo pronunciar esa pa­labra.
-Tal vez- Juntó las palmas de sus manos con las de ella, entrelazando los dedos con fuerza-. No lo sé.
Porque para él también había sido diferente, a pesar de que, técnicamente, ella todavía era humana.
-Él no es mi amante. Butch. El policía. No lo es. Wrath respiró lentamente.
-Me alegro.
-Así que si lo vuelves a ver, no lo mates. -De acuerdo.
Hubo un largo silencio. La ovó revolverse en la cama. Las sábanas de satén emitían un susurro peculiar.
Imaginó sus muslos frotándose uno contra otro, y luego se vio a sí mismo abriéndolos con las manos, apartándolos con la cabeza, abriéndose camino a besos hasta donde tan desesperada­mente quería llegar.
Tragó saliva, sintiendo que su piel se estremecía. -¿Wrath?
-¿Sí?
-En realidad no tenías previsto acostarte conmigo ano­che, ¿no es cierto?
Las difusas imágenes de aquel tórrido encuentro le obli­garon a cerrar los ojos.
-Así es.
-¿Entonces por qué lo hiciste?
¿Cómo hubiera podido no hacerlo?, pensó él, apretando las mandíbulas. No había podido dominarse.
-¿Wrath?
-Porque tuve que hacerlo -replicó él, extendiendo los brazos, tratando de tranquilizarse. El corazón se le salía del pe­cho, sus instintos volvían a la vida, como preparándose para la batalla. Podía escuchar la respiración de la mujer, el latido de su corazón, el fluir de su sangre.
-¿Por qué? -susurró ella.

Tenía que marcharse. Debía dejarla sola. -Dime por qué.
--Hiciste que me diera cuenta de la frialdad que llevo en mi interior.
El  sonido de otro movimiento en la cama llegó a su oído. -Me gustó mucho darte calor-dijo ella con voz ronca­.-Y sentirte.
Un oscuro deseo hizo estremecer las entrañas del vampi­ro, dando un vuelco a su estómago.
Wrath contuvo la respiración. Esperó a ver si pasaba, pero la mordiente sensación se hizo más fuerte.
Mierda, esa pecaminosa necesidad no era sólo de sexo. Era de sangre.
-La de ella.
Se puso de pie rápidamente y trató de establecer una dis­tancia mayor entre ambos. Necesitaba salir de allí. Recorrer las calles. Luchar.
Y necesitaba alimentarse.
-Escucha, tengo que irme. Pero quiero que te quedes aquí. -No te vayas.
-Tengo que hacerlo. -¿Por qué?
Abrió la boca, sus colmillos palpitaban a medida que se alargaban.
Y sus dientes no eran lo único que pedía ser utilizado. Su erección era un mástil rígido Y doloroso presionando contra su bra­gueta. Se sintió oprimido entre las dos necesidades. Sexo. Sangre. Ambas con ella.
-¿Estás huyendo? -susurró Beth. Era una pregunta, pe­ro había en ella un tono de burla.
-Ten cuidado, Beth. -¿Por qué?
-Estoy a punto de estallar.
Ella saltó de la cama y se acercó a él, poniéndole una mano sobre su pecho, justo encima del corazón, y enlazándolo con la otra por la cintura.
Siseó cuando ella se oprimió contra su cuerpo.
Pero al menos el deseo sexual se sobrepuso al ansia de sangre.

-¿Vas a decirme que no? -preguntó ella.
-No quiero aprovecharme de ti -dijo él con los dien­tes apretados-. Ya tuviste suficiente por una noche.
Ella apretó los hombros.
-Estoy enfadada, asustada, confusa. Quiero hacer el amor hasta que no sienta nada, hasta quedar entumecida. Como mu­cho, estaría utilizándote. -Miró hacia abajo-. Dios, eso ha so­nado horrible.
A él le pareció música celestial. Estaba preparado para que ella le utilizara.
Le levantó la barbilla con la rema del dedo. Aunque su fra­gante aroma le decía exactamente lo que su cuerpo necesitaba de él, deseó poder ver su rostro con toda claridad.
-No te vayas -susurró.
Él no quería hacerlo, pero su ansia de sangre la ponía en peligro. Necesitaba estar fuerte para el cambio. Y él tenía sufi­ciente sed como para dejarla seca.
La mano de Beth se deslizó hacia abajo hasta encontrar su erección.
É1 sacudió el cuerpo bruscamente, respirando con violen­cia. Su jadeó quebró el silencio en la habitación.
-Tú me deseas -dijo ella-. Y quiero que me tomes. Frotó la palma de la mano sobre su pene; el calor de la fric­ción le llegó con dolorosa claridad a través del cuero de sus pan­talones.
Sólo sexo. Podía hacerlo. Podía aguantar el deseo de sangre. ¿Pero estaba dispuesto a dejar la vida de la mujer en manos de su autocontrol?
-No digas que no, Wrath.
Luego se puso de puntillas y presionó los labios contra los suyos.
Juego finalizado, pensó él, oprimiéndola contra sí. Empujó la lengua dentro de su boca mientras la sujetaba por las caderas y colocaba el miembro en su mano. El gemido de sa­tisfacción de la mujer aumentó su erección, y cuando las uñas de ella se clavaron en su espalda, le fascinaron las pequeñas punza­das de dolor porque significaban que estaba tan ansiosa como él. La tendió sobre la cama en un abrir y cerrar de ojos, y le subió 1-a falda y rasgó las bragas con feroz impaciencia. La blusa y el sujetador no corrieron mejor suerte. Ya habría tiempo para delicadezas. Ahora se trataba de puro sexo.
Mientras besaba furiosamente sus pechos, se arrancó la ca­misa con las manos. La soltó el tiempo imprescindible para de­sabrocharse los pantalones y dejar libre su miembro. Luego en lazó con el antebrazo una de sus rodillas, le levantó la pierna, y se introdujo en su cuerpo.
La escuchó dar un grito ahogado ante la enérgica entrada, ti, su húmeda intimidad lo acogió, vibrando en un orgasmo. Él se quedó inmóvil, absorbiendo la sensación de su éxtasis, sintiendo sus palpitaciones íntimas.
Un abrumador instinto de posesión fluyó por su cuerpo. Con aprensión, se dio cuenta de que quería marcarla. Mar­carla como suya. Quería ese olor especial sobre la totalidad de su cuerpo para que ningún otro macho se le acercara, para que supieran a quién pertenecía, y que temieran las repercusiones de querer poseerla.
Pero sabía que no tenía derecho a hacer eso. Ella no era suya.
Sintió su cuerpo inmovilizarse debajo de él, y miró hacia abajo.
-¿Wrath? -susurró ella-. Wrath, ¿qué ocurre?
El vampiro intentó apartarse, pero ella le tomó la cara con las manos.
-¿Estás bien?
La preocupación por él en su voz fue lo que desencade­nó su fuerza desatada.
En una asombrosa oleada, su cuerpo saltó fuera del alcan­ce de su mente. Antes de poder pensar en sus acciones, antes de poder detenerse, se apoyó con los brazos y arremetió contra ella, con fuerza, penetrándola. El cabezal de la cama golpeó contra la pared al ritmo de sus empujones, y ella se aferró a sus muñecas, tratando de mantenerse en su sitio.
Un sonido profundo inundó la habitación, haciéndose cada vez más fuerte, hasta que advirtió que el gruñido proce­día de su propio interior. Cuando un calor febril se apoderó de toda su piel, pudo percibir esa oscura fragancia de la po­sesión.
Ya no fue capaz de detenerse.


Sus labios dejaron los dientes al descubierto mientras sus músculos se retorcían y sus caderas chocaban contra ella. Empa­pado en sudor, la cabeza dándole vueltas, frenético, sin respiración, tomó todo lo que ella le ofrecía. Lo tomó y exigió más, con­virtiéndose en un animal, al igual que ella, hasta llegar al más puro salvajismo.
Su orgasmo llegó violentamente, llenándola, bombeando en su interior, en un éxtasis interminable, hasta que se dio cuen­ta de que ella experimentaba su propio clímax al mismo tiempo que él, mientras se aferraban el uno al otro por su vida contra des­garradoras oleadas de pasión.
Fue la unión más perfecta que nunca había experimentado.
Y luego todo se convirtió en una pesadilla.
Cuando el último estremecimiento abandonó su cuerpo ~~ pasó al de ella, en ese momento de agotamiento final, el equili­brio que había logrado mantener entre sus deseos se desniveló. Sus ansias de sangre salieron a la luz en un arrebato ruin y acu­ciante, tan poderoso como había sido la lujuria.
Sacó los dientes y buscó su cuello, esa vena deliciosamente próxima a la superficie de su blanca piel. Sus colmillos estaban dispuestos a clavarse profundamente, tenía la garganta seca con la sed de ella, y el intestino sufría espasmos de una inanición que le llegaba al alma, cuando se apartó de golpe, horrorizado por lo que estaba a punto de hacer.
Se alejó de ella, arrastrándose por la cama hasta caer al sue­lo sentado.
-¿Wrath? -lo llamó Beth alarmada. -¡No!
Su sed de sangre era demasiado fuerte, no podía negar el instinto. Si se acercaba demasiado...
Gimió, tratando de tragar saliva. Sentía la garganta como el papel de lija. El sudor invadió todo su cuerpo de nuevo, pero esta vez le produjo escalofríos.
-¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?
Wrath se arrastró hacia atrás, el cuerpo le dolía y la piel le ardía. El olor de su sexo sobre él era como un látigo contra su autocontrol.
-Beth, déjame solo. Tengo que...

Pero ella seguía aproximándose. El cuerpo del vampiro chocó contra el sillón.
-¡Aléjate de mí! -Mostró los colmillos y siseó con fuer­za-. Si te me acercas tendré que morderte, ¿entiendes?
Ella se detuvo de inmediato. El terror enturbiaba el aire a su alrededor, pero luego movió la cabeza.
-Tú no me harías daño -dijo con una convicción que le impresionó por peligrosamente ingenua.
Luchó por hablar.
-Vístete. Vete arriba. Pídele a Fritz que te lleve a casa. En­viaré a alguien que te proteja.
Ahora estaba jadeando, el dolor le desgarraba el estóma­go, de una forma casi tan brutal como aquella primera noche de su transición. Nunca había necesitado a Marissa de esa manera. Jesús. ¿Qué le estaba sucediendo?
-No quiero irme.
-Tienes que hacerlo. Enviaré a alguien que cuide de ti has­ta que pueda reunirme contigo.
Los muslos le temblaban, los músculos tensos luchaban contra el ansia que se había apoderado de su cuerpo. Su mente y sus necesidades físicas peleaban entre ellas, entablando una lucha sin cuartel. Y él sabía cuál saldría victoriosa si ella no se alejaba. -Beth, por favor. Me duele. Y no sé durante cuánto tiem­po podré dominarme.
Ella vaciló, y- luego comenzó a vestirse a toda prisa.
Se dirigió a la puerta, pero antes de cruzarla se giró para mirarlo.
-Vete.
Abandonó en silencio la habitación.


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