viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 20 21 22

Capítulo 20

Eran poco más de las nueve cuando el señor X llegó al Mc­Donald's.
-Me alegro de que os haya gustado la película. He pensa­do aún otra cosa para esta noche, aunque tendremos que hacerlo rápido. Uno de vosotros tiene que volver a casa a las once.
Billy maldijo por lo bajo cuando se detuvieron frente al menú iluminado. Pidió el doble de lo que había solicitado el Per­dedor, que quiso pagar su parte.
-No te preocupes. Yo invito -dijo el señor X-. Pero procurad que no se os caiga nada.
Mientras Billy comía y el Perdedor jugaba con su comida, el señor X los llevó en el coche a la Zona de Guerra. El campo de juegos de rayos láser era el lugar de reunión preferido de los menores de dieciocho años, pues su oscuro interior era perfecto pa­ra ocultar tanto el acné como la patética lujuria adolescente. El amplio edificio de dos pisos estaba a rebosar esa noche, lleno de nerviosos muchachos que trataban de impresionar a aburridas chicas vestidas a la última moda.
El señor X consiguió tres pistolas y unos arneses adapta­dos como objetivos de tiro, y entregó uno a cada chico. Billy estuvo preparado para empezar en menos de un minuto, su arma descansaba en su mano cómodamente, como si fuera una exten­sión de su brazo.

El señor X observó al Perdedor, que aún estaba tratando de colocarse las tiras del arnés sobre los hombros. El muchacho parecía afligido, su labio inferior le colgaba mientras los dedos manipulaban los cierres de plástico. Billy también lo miró. Pare­cía un cazador examinando a su presa.
-Pensé que podíamos hacer una pequeña competición amistosa -dijo el señor X cuando finalmente cruzaron la en­trada giratoria-. Veremos cuál de vosotros puede acertar más veces al otro.
Al entrar en el campo de juego, los ojos del señor X rápi­damente se adaptaron a la aterciopelada oscuridad y a los destellos de neón de los demás jugadores. El espacio era lo suficientemente grande para la treintena de muchachos que danzaban alrededor de los obstáculos, riendo y gritando mientras disparaban rayos de luz. -Separémonos -dijo el señor X.
Mientras el Perdedor parpadeaba como un miope, Bi1y se alejó, moviéndose con la agilidad de un animal. Al poco rato, el sensor en el pecho del Perdedor se encendió. El chico miró hacia abajo como si no supiera lo que le había sucedido.
Billy se retiró a la oscuridad.
-Será mejor que te pongas a cubierto, hijo -murmuró el señor X.
El señor X se mantuvo apartado mientras observaba todo lo que hacían. Billy acertó al Perdedor una y otra vez desde cual­quier ángulo, pasando de un obstáculo a otro, aproximándose rápido, luego lentamente, o disparando desde larga distancia. La confusión y ansiedad del otro muchacho aumentaban cada vez que destellaba la luz en su pecho, y la desesperación le hacía mo­verse con des coordinación infantil. Dejó caer el arma. Tropezó con sus propios pies. Se golpeó un hombro contra una barrera.
Billy estaba resplandeciente. Aunque su blanco estaba fa­llando y, debilitándose, no mostró clemencia. Incluso le dirigió un último disparo cuando el Perdedor dejó caer su arma y se recostó contra una pared, agotado.
Y acto seguido desapareció entre las sombras.
Esta vez el señor X siguió a Billy, rastreando sus movimien­tos con un propósito diferente al de comprobar sus resultados. Riddle era rápido, pasaba de un obstáculo a otro, volviendo sobre sus pasos a donde estaba el perdedor para poder atraparlo por detrás.

El señor X adivinó el punto de destino de Billy. Con un rápido giro a la derecha, se interpuso en su camino.
Y le disparó a quemarropa.
Sorprendido, el muchacho bajó la vista hacia su pecho. Era la primera vez que su receptor se encendía.
-Buen trabajo -dijo el señor X-. Has jugado muy bien, hijo. Hasta ahora.
Billy levantó los ojos mientras su mano se posaba sobre el objetivo parpadeante. Su corazón.
-Sensei. -Pronunció la palabra como un amante, lleno de respeto y adoración.
Beth no tenía intención de pedir al mayordomo que la acompa­ñase, porque estaba demasiado agitada para entablar una con­versación decente con nadie. Mientras se dirigía hacia la calle, sacó su móvil para llamar un taxi. Estaba marcando cuando el ronro­neo del motor de un coche hizo que levantara la vista.
El mayordomo salió del Mercedes e inclinó la cabeza. -El amo me ha llamado. Quiere que la lleve a su casa, ama. Y... a mí me gustaría ser su chofer.
Se mostraba expectante, casi esperanzado, como si ella le hiciera un gran favor dejándole que la acompañara. Pero necesi­taba un poco de aire. Después de todo lo que había sucedido, su cabeza parecía dar vueltas sin control.
-Gracias, pero no. -Forzó una sonrisa-. Sólo voy a... En el rostro del hombre apareció una sombra de abati­miento, y adquirió la expresión de un perro apaleado.
Por un momento, se maldijo por haber olvidado sus bue­nos modales, mientras la invadía un sentimiento de culpa. -Bueno, está bien.
Antes de que Fritz pudiera rodear el coche, ella abrió la puerta y se sentó. El mayordomo pareció ponerse nervioso por su iniciativa, pero se recuperó rápidamente, mostrando, de in­mediato, una sonrisa radiante en su arrugado rostro.
Cuando se puso al volante y encendió el motor, ella dijo: -Vivo en...
-Oh, ya sé dónde vive. Siempre supimos dónde se encon­traba. Primero en el Hospital St. Francis, en la unidad de cuidados intensivos neonatal. Luego una enfermera se la llevó a su casa. Te­níamos la esperanza de que la enfermera se quedara con usted, pe­ro el hospital la obligó a devolverla. Luego la enviaron al orfanato. Eso no nos gustó nada. Y después a una casa de acogida, con los McWilliams en la avenida Elmwood, pero usted se puso enferma y tuvo que ingresar en el hospital por culpa de una neumonía.
Puso el intermitente y giró a la izquierda en un stop.
Ella apenas podía respirar, escuchaba con toda su atención. -Después la enviaron con los Ryan, pero había demasia­dos niños. Más tarde, estuvo con los Goldrich, que vivían en una casa de dos pisos en la calle Raleigh. Pensamos que los Goldrich iban a quedarse con usted, pero entonces ella se quedó embara­zada. Finalmente, volvió al orfanato. Detestamos que fuera allí, porque no la dejaban salir a jugar lo suficiente.
-Siempre habla de <nosotros» -susurró ella, temerosa de preguntar, pero incapaz de no hacerlo.
-Sí. Su padre y yo.
Beth se cubrió la boca con el dorso de la mano, observan­do el perfil del mayordomo como si fuera algo que pudiera retener. -¿E1 me conocía?
-A1i, claro, ama. Desde el principio. El parvulario, la es­cuela elemental y el instituto. -Sus ojos se encontraron-. Nos sentimos muy orgullosos de usted cuando fue a la universidad con esa beca de estudios. Yo estaba allí cuando se graduó. Le saqué fotografías para que su padre pudiera verla.
-Él me conocía. -Pronunció las palabras como si hablara del padre de otra persona.
El mayordomo la miró y sonrió.
-Tenemos todos los artículos que ha publicado, incluso los que escribió en el instituto y en la universidad. Cuando em­pezó en el Caldwell Courier journal, su padre se negaba a ir a acostarse por la mañana hasta que le traía el periódico. Poco le importaba si había pasado una noche complicada o estaba cansa­do, nunca se iba a la cama hasta que no leyera lo que usted es­cribía. Estaba muy orgulloso de usted.
Ella rebuscó en su bolso, tratando de encontrar un pañuelo de papel.
-Tenga -dijo el mayordomo, entregándole un paquete pequeño.

Beth se sonó la nariz tan delicadamente come, pudo. -Ama, debe comprender que a él le resultó muy difícil estar alejado de usted, pero sabía que sería peligroso acercarse demasiado. Las familias de los guerreros deben ser vigiladas cui­dadosamente, y usted estaba desprotegida porque creció como humana. También esperaba que no tuviera que pasar por la tran­sición.
-¿Usted conoció a mi madre?
-No muy, bien. No estuvieron juntos mucho tiempo. Ella desapareció poco después de que empezaran a verse porque des­cubrió que él no era humano. No le dijo que se había quedado embarazada, y sólo volvió a buscarle cuando estaba a punto de dar a luz. Creo que tenía miedo por la criatura que iba a traer al mundo. Por desgracia se puso de parto y fue llevada a un hospi­tal humano antes de que pudiéramos llegar hasta ella. Pero debe saber que él la amaba. Profundamente.
Beth absorbió la información, empapando su mente, lle­nando todos los vacíos.
-¿Mi padre y, Wrath estaban muy unidos?- El mayordomo vaciló.
-Su padre quería a Wrath. Todos le queremos. Él es nues­tro señor. Nuestro rey. Por eso su padre lo envió a él a buscar­la. No debe temerle. Nunca le hará daño.
-De eso estoy segura.
Cuando vio el edificio en el que vivía, deseó tener algo más de tiempo para poder hablar con el mayordomo.
-Ya hemos llegado -dijo él-. El 1188 de la avenida Redd, apartamento 1-B. Aunque debo decir que ni su padre ni yo aprobamos nunca que usted viviera en un bajo.
El vehículo se detuvo. Ella no quería salir.
-¿Podría hacerle más preguntas? ¿Quizá más tarde? -dijo.
-Oh, ama, sí. Por favor. Hay muchas cosas que quisiera contarle.
Salió del coche, pero ella ya estaba cerrando la puerta cuan­do él llegó a su lado.
Beth pensó en tenderle la mano para mostrarle su agra­decimiento formalmente, pero, en lugar de eso, colocó los bra­zos alrededor del pequeño anciano y lo abrazó.
Una vez que Beth hubo abandonado el aposento, la sed de Wrath gritó llamándola, torturándole duramente, como si supiera que había sido él quien la había enviado lejos.
Se arrastró hasta el teléfono para llamar primero a Fritz y luego a Tohrment. La voz se le quebraba, y tuvo que repetir las palabras para que le entendieran.
Después de hablar con Tohr, empezaron las arcadas secas. Entró en el baño tambaleándose, mientras llamaba a Marissa con la mente. Se inclinó dando tumbos sobre el inodoro, pero su es­tómago estaba casi vacío.
Había esperado demasiado, pensó. Ignoró las señales que su cuerpo le había estado enviando desde hacía algún tiempo. Y luego había llegado Beth, y su química interna había tomado el control. No le extrañaba que hubiera enloquecido.
El perfume de Marissa le llegó desde el aposento. -¿Mi señor? -llamó ella.
-Necesito...
Beth, pensó, alucinando. La vio ante él, escuchó su voz en su cabeza. Extendió la mano. No tocó nada.
-¿Mi señor? ¿Debo ir hasta ti? --preguntó Marissa des­de la alcoba.
Wrath se secó el sudor de la cara y salió, tambaleándose corno un borracho. Agitó los brazos ciegamente en el aire, des­plomándose hacia delante.
-¡Wrath! -Marissa corrió hacia él.
Se dejó caer sobre la cama, arrastrándola consigo. Su cuer­po se oprimió contra el de ella.
É1 sintió a Beth.
Y su rostro fue a parar entre las sábanas que todavía con­servaban la fragancia de Beth. Respiró profundamente, tratando de estabilizarse, pero se sintió embargado de nuevo por el aro­ma de aquella humana.
-Mi señor, necesitas alimentarte. -La voz de Marissa lle­gaba desde muy lejos, como si se encontrara fuera, en la escalera. Trató de mirar hacia el lugar de donde salía la voz, pero no pudo distinguir nada. Ahora estaba totalmente ciego.
La voz de Marissa se hizo extrañamente fuerte.
-Mi señor, ten. Toma mi muñeca. Ahora.
Sintió la cálida piel en su mano. Abrió la boca, pero no pu­do hacer que sus brazos le obedecieran correctamente. Extendió la mano, tocó un hombro, una clavícula, la curva de un cuello. Beth.
El hambre lo dominó, y se apoderó del cuerpo femenino. Con un rugido hundió los dientes en la suave carne hasta llegar a la arteria. Bebió profundamente y con fuerza, viendo imágenes de la mujer morena que ahora era suya, soñando que se entre­gaba a él, imaginándola entre sus brazos.
Marissa soltó un grito ahogado.
Los brazos de Wrath casi la estaban partiendo en dos, su enorme cuerpo era como una jaula en torno a ella mientras be­bía. Por primera vez, sintió cada una de las curvas de su cuerpo, incluyendo lo que pensó que debía de ser una erección, algo que nunca antes había percibido.
Las posibilidades eran excitantes. Y terroríficas.
Se quedó sin fuerzas y trató de respirar. Esto era lo que siempre había querido de él. Aunque su pasión era indecente. ¿Pe­ro qué más podía esperar? Era un hombre con toda la sangre. Un guerrero.
Y finalmente se había dado cuenta de que la necesitaba. La satisfacción ocupó el lugar del malestar, y la mujer re­corrió lentamente con las manos sus amplios hombros desnudos, una libertad que nunca se había tomado. La garganta del hombre emitió un sonido ronco, como si quisiera que continuara. Con delicioso placer, ella hundió las manos en su cabello. Era muy suave. ¿Quién lo hubiera imaginado? Un macho tan rudo, pero, ah, qué suaves eran esas ondas oscuras, tan suaves como sus ves­tidos de satén.
Marissa quiso ver el interior de su mente, una invasión a la que nunca se había arriesgado por temor a ofenderlo. Pero ahora todo era diferente. Tal vez quisiera besarla cuando terminara. Hacerle el amor. Quizás ahora pudiera quedarse con él. Le gusta­ría vivir en casa de Darius junto a él. O donde fuera. No impor­taba.
Cerró los ojos y exploró sus pensamientos.
Pero sólo pudo ver a la hembra en la que él realmente es­taba pensando. La hembra humana.
Era una belleza de cabello oscuro con los ojos entrece­rrados. Estaba tendida sobre su espalda con los senos descu­biertos. Le acariciaba los duros pezones rosados con los dedos mientras le besaba el estómago y seguía descendiendo.
Marissa trató de deshacerse de aquella imagen como si fue­ra un cristal roto.
Wrath no estaba allí con ella. No bebía de su cuello. No era el cuerpo de ella el que oprimía contra el suyo.
Y esa erección no era por su causa. No era por ella.
Mientras le succionaba el cuello y sus gruesos brazos la aplastaban contra él, Marissa protestó a gritos por aquella traición. Por sus esperanzas. Por su amor. Por él.
¡Qué apropiado resultaba que la estuviera desangrando! Deseaba que concluyera pronto, que bebiera toda su sangre has­ta dejarla seca, que la dejara morir.
Había tardado años en darse cuenta de la verdad. Toda una eternidad.
Él nunca había sido suyo. Nunca lo sería.
Dios, ahora que la fantasía había desaparecido, no le que­daba nada.

Capítulo 21

Beth dejó el bolso sobre la mesa de la entrada, saludó a Boo y entró en el baño. Miró la ducha, pero no tenía ganas de darse un baño. Aunque a su tenso cuerpo le hubiera venido es­tupendamente pasar un buen rato bajo el agua caliente, le encan­taba el olor persistente de Wrath sobre su piel. Era un perfume maravilloso, erótico, una oscura fragancia. Algo que nunca antes había experimentado, algo que jamás podría olvidar.
Abrió el grifo, se lavó, se sentía exquisitamente sensible y algo dolorida entre las piernas, aunque no le importaba el dolor. Wrath podía hacerle el amor con esa furia siempre que quisiera. Él era...
Su mente no pudo encontrar la palabra adecuada. Tan sólo una imagen suya penetrándola, sus colosales hombros y su pecho cubiertos de sudor, contraídos mientras se entregaba. Mien­tras la marcaba como suya.
Eso es, al menos, lo que le había parecido. Sintió como si hubiera sido dominada y marcada por un hombre. Poseída.
Y quería experimentarlo de nuevo. Ya.
Pero movió la cabeza, pensando que el sexo sin protección tenía que acabar. Ya era malo que lo hubiera hecho dos veces. La próxima vez tendría irás cuidado.
Antes de salir del baño, miró su reflejo en el espejo y se de­tuvo en seco. Se acercó a examinarse más detenidamente la cara.
Su aspecto era el mismo que por la mañana, pero se sentía como si fuera una extraña.
Abrió la boca e inspeccionó los dientes. Cuando tocó los dos caninos delanteros, como era de esperar, le dolieron.
Santo cielo, ¿quién era ella? y ¿Qué era?
Pensó en Wrath, obligándose a alejarse de ella, con su cuer­po medio desnudo en tensión y sus músculos como si fueran a atravesar su piel. Al mostrar sus dientes, le pareció que los colmillos eran más largos que cuando los vio por primera vez. Co­mo si hubieran crecido.
Su hermoso rostro se había contorsionado de agonía. ¿Era eso lo que le esperaba a ella?
Oyó un golpe seco en la otra habitación, como si alguien estuviera tocando en la ventana. Escuchó a Boo dar un maulli­do de bienvenida.
Beth asomó la cabeza cautelosamente.
Había alguien junto a la puerta del patio. Alguien de gran envergadura.
-¿Wrath? -Corrió a abrir la puerta antes de cerciorar­se bien.
Cuando vio la figura que se encontraba al otro lado, deseó haber sido más cuidadosa.
No era Wrath, aunque aquel hombre se le parecía un po­co. Cabello negro corto. Rostro cruel. Ojos de un color azul oscuro intenso. Cuero por todas partes.
En el rostro del desconocido apareció una expresión de sorpresa al mirarla fijamente, pero pareció sobreponerse de in­mediato.
-¿Beth? -Tenía una voz profunda, pero amistosa, y al sonreír, brillaron unos colmillos.
Ella ni siquiera se sobresaltó.
Maldición, va se estaba acostumbrando a ese extraño mundo.
-Soy Tohrment, un amigo de Wrath. -El tipo le ten­dió la mano-. Puedes llamarme Tohr. -Ella le dio un apretón, sin saber muy bien qué debía decir-. Estoy aquí para prote­gerte. Estaré fuera si necesitas algo.
El hombre... vampiro -mierda, lo que fuera- se dio la vuelta y, se dirigió a la mesa de picnic.
-Espera -dijo ella. ¿Por qué no...?-. Pasa, por favor. Él se encogió de hombros.
-Está bien.
Cuando cruzó el umbral, Boo maulló con fuerza y lanzó un zarpazo a las pesadas botas del hombre. Ambos se saludaron como viejos amigos, y cuando el vampiro se enderezó, su chaqueta de cuero se abrió, dejando entrever unas dagas como las de Wrath. Y seguramente sus bolsillos también estarían repletos del tipo de armas que Butch le había incautado a Wrath.
-¿Quieres algo de beber? -dijo ella. No sangre. Por favor, no digas sangre.
Él le sonrió abiertamente, como si supiera lo que estaba pensando.
-¿Tienes cerveza? ¿Cerveza? ¿Bebía cerveza?
-Ah, claro. Creo que sí. -Desapareció en la cocina. Tra­jo dos Sam Adams. Ella también necesitaba beber algo en ese mo­mento.
Después de todo, era anfitriona de un vampiro. Su padre había sido un vampiro.
Su amante era un vampiro.
Echó hacia atrás la botella y bebió un buen trago. Tohrment rió sordamente.
-¿Una larga noche?
-No te lo puedes ni imaginar-replicó ella, limpiándose la boca.
-Tal vez sí. -El vampiro se sentó en el sillón, su enorme cuerpo desbordaba por todos lados, haciendo parecer pequeño el respaldo-. Me alegro de conocerte por fin. Tu padre hablaba mucho de ti.
-¿De verdad?
-Estaba muy orgulloso de ti. Y tienes que saber... que se mantuvo lejos para protegerte, no porque no te amara. -Eso es lo que me ha dicho Fritz. Y Wrath también. -¿Has hecho buenas migas con él?
-¿Con Wrath? -Sí.
Sintió que sus mejillas se ruborizaban, y se dirigió a la cocina para que él no viera su reacción. Cogió una bolsa de galletas de la parte superior de la nevera y puso algunas en un plato.
-Él es..., es... cómo describirlo., -Trató de pensar una buena respuesta.
-De hecho, creo que lo sé.
Ella regresó y le ofreció el plato. -¿Quieres?
-Galletas de avena con pasas -dijo él, cogiendo tres ­Mis favoritas.
-¿Sabes? Pensaba que los vampiros sólo bebían sangre. -No. Contiene nutrientes necesarios, pero también ne­cesitamos alimento.
-¿Y qué hay del ajo?
-Trae un poco. -Se recostó en el sillón, masticando ale­gremente-. Me encanta en las tostadas con un poco de aceite de oliva.
Cielos. Aquel individuo le estaba resultando casi simpático. No, eso no podía ser. Con sus penetrantes ojos examina­ba continuamente las ventanas y la puerta de cristal, como si es­tuviera vigilando los alrededores. Ella supo, sin lugar a dudas, que si veía algo que no le gustaba se levantaría de aquel sillón en una milésima de segundo. Y no sería para revisar las cerraduras, si­no para atacar.
Se llevó otra galleta a la boca.
Por lo menos su presencia la relajaba... hasta cierto punto. -No eres como Wrath-dejó escapar ella.
-Nadie es como Wrath.
-Sí, -Mordió su propia galleta, y se sentó en el futón. -Él es una fuerza de la naturaleza-dijo Tohr, inclinando la botella para beber-. Es letal, sobre eso no hay duda. Pero no existe nadie que pueda protegerte mejor que él, suponiendo que decida hacerlo. Aunque yo creo que ya lo ha decidido.
-¿Cómo sabes eso?-susurró ella, preguntándose qué le habría contado Wrath.
Tohr carraspeó, el rubor le cubrió las mejillas. -Él te ha marcado.
Ella frunció el ceño, bajando la cabeza para mirarse. -Lo huelo -dijo Tohr-. La advertencia impregna tu cuerpo.
-¿Advertencia?
-Como si fueras su shellan. -¿Su qué?
-Su compañera. Ese olor en tu piel envía una poderosa señal a otros machos.
Entonces ella estaba en lo cierto sobre las relaciones se­xuales que habían tenido y su significado.
Eso no debería complacerme tanto como me complace, pensó.
-No te importa, ¿o sí? -dijo Tohr-. Ser suya.
No quería responder a eso. Por una parte quería ser de Wrath, pero, por otra, se sentía mucho más segura estando corno siempre había estado. Sola.
-¿Tú tienes una? -preguntó-. ¿Una compañera? La cara del vampiro se iluminó con devoción.
-Se llama Wellsie. Nos comprometieron antes de nues­tra transición. Fue una verdadera suerte que nos enamoráramos. La verdad es que si la hubiera conocido en la calle, la habría escogido a ella. Ha sido una cuestión del destino, ¿no crees?
-A veces, también funciona para nosotros -murmuró ella. -Sí. Algunos machos toman más de una shellan, pero Yo no puedo imaginar estar con otra hembra. Evidentemente, ésa es la razón por la que Wrath me ha elegido a mí.
Ella enarcó una ceja. -¿Perdón?
-Los otros hermanos tienen hembras de las que beben, pero no tienen lazos emocionales. Nada evitaría que ellos... -Se detuvo y, mordió otra galleta-. Bueno, dado que eres... -¿Soy qué?
Se dio cuenta de que apenas se conocía a sí misma, y en ese tema estaba dispuesta incluso a recibir sugerencias de extraños. -Hermosa. Wrath no ha querido ponerte en manos de ningún otro, porque si se sintieran tentados a propasarse conti­go, surgirían graves problemas. Tohr se encogió de hombros-. Bueno, y un par de hermanos son realmente peligrosos. No se te ocurriría dejar a una hembra sola con ellos, y mucho menos a una por la que sintieras algo.
Ella no estaba segura de querer conocer a ninguno de los hermanos.
Espera un minuto, pensó.
-¿Wrath ya tiene una shellan? -preguntó. Tohr terminó su cerveza.
-Creo que es mejor que hables con él sobre ese tema. Aquello no era precisamente un no.
Un enfermizo sentimiento de desilusión se instaló en su pecho. Volvió a la cocina.
Maldición. Sentía demasiado afecto por Wrath. Se habían acostado dos veces, y su cabeza va era un caos.
Esto va a dolerme, pensó mientras abría otra cerveza. Cuan­do las cosas se pusieran difíciles entre ellos, iba a dolerle como el diablo.
A pesar de convertirse en vampiro. Oh, por Dios.
-¿Más galletas? -dijo en voz alta. -Me encantaría.
-¿Cerveza?
-N0, es suficiente, gracias.
Ella trajo la bolsa de la cocina. Guardaron silencio mien­tras acababan todas las galletas, incluyendo los pedazos que quedaban en el fondo.
-¿Tienes algo más de comer? -preguntó él.
Ella se levantó, sintiendo un poco de hambre también. -Veré qué puedo encontrar.
-¿Tienes televisión por cable? --dijo señalando con la ca­beza el televisor.
Ella le arrojó el mando.
-Claro que sí. Y si mal no recuerdo, esta noche hay una maratón de Godzila por la TBS.
-Estupendo -dijo el vampiro, estirando las piernas-. Siempre me pongo del lado del monstruo.
Ella le sonrió.
-Yo también.

Capítulo 22

Butch despertó porque alguien le estaba taladrando el cráneo.
Abrió un ojo.
Se trataba del timbre del teléfono.
Descolgó el auricular y se lo puso junto a la oreja. -¿Sí?
-Buenos días, rayito de sol. -Con la voz de José el do­lor de cabeza se hizo insoportable.
-¿Qué hora es? -graznó.
-Las once. Pensé que querrías saber que Beth acaba de llamar, buscándote. Parecía encontrarse bien.
El cuerpo de Butch se relajó aliviado. -¿Y el tipejo?
-Ni siquiera lo ha mencionado. Pero ha dicho que quería hablar hoy contigo. He cancelado la orden de búsqueda mientras hablaba con ella porque estaba llamando desde su casa.
El detective se sentó.
Y luego volvió a recostarse.
Por el momento, no iría a ninguna parte. -No me encuentro muy bien -murmuró.
-Ya me lo imaginaba. Por eso le he dicho que estarías ocu­pado hasta la tarde. Sólo para que lo sepas, he salido de tu casa a las siete esta mañana.
Ah, Cristo.
Butch intentó otra vez colocarse en posición vertical, obli­gándose a mantenerse derecho. La habitación daba vueltas. To­davía estaba borracho. Y tenía resaca.
Estaba realmente ocupado. -Voy para allá.
-Yo no haría eso. El capitán te tiene en el punto de mira. Los de Asuntos Internos se han presentado por aquí preguntando por ti y por Billy Riddle.
-¿Riddle? ¿Por qué? -Vamos, detective. Sí, él sabía por qué.
-Escucha, no estás en condiciones de entrevistarte con el capitán. -La voz de José era uniforme, pragmática-. Necesitas serenarte. Recuperarte. Ven un poco más tarde. Yo te cubro. -Gracias.
-Te he dejado aspirinas junto al teléfono con un buen va­so de agua. Pensé que no ibas a poder llegar hasta la cafetera. Toma tres, desconecta el teléfono, y duerme. Si sucede algo emo­cionante, iré a buscarte.
-Te amo, dulzura.
-Entonces cómprame un abrigo de visón y unos bonitos pendientes para nuestro aniversario.
-Te los has ganado.
Colgó el teléfono después de dos intentos, y cerró los ojos. Dormiría un poco más, y, podría sentirse como una persona de nuevo.
Beth garabateó su última corrección en un texto sobre una serie de robos de pasaportes y carnés de identidad. Parecía como si el artículo estuviera sangrando, a juzgar por la cantidad de modi­ficaciones que había hecho con su implacable rotulador rojo, dan­dose cuenta de que, últimamente, los chicos grandes de Dick se estaban volviendo cada vez más descuidados, descargando en ella la mayor parte del trabajo. Y no se trataba sólo de errores de fon­do; ahora también cometían errores gramaticales y estilísticos. Como si no tuvieran la más mínima consideración por el correc­to uso de la lengua.
No le importaba hacer labores de edición en un artículo en el que colaboraba, siempre y cuando la persona que prepara­ba el primer borrador se preocupara por realizar una pequeña cantidad de correcciones.
Beth colocó el artículo en su bandeja de trabajos finaliza­dos y se concentró en la pantalla de su ordenador. Abrió de nue­vo un archivo en el que había estado escribiendo con intermi­tencias durante todo el día.
De acuerdo, ¿qué más quería saber? Repasó su lista de preguntas.
¿Podré salir durante el día? ¿Con qué, frecuencia tendré que alimentarme? ¿Cuánto tiempo voy a vivir?
Sus dedos volaban por encima del teclado. ¿Contra quién estás luchando?
Y luego: ¿Tienes una...?
¿Cuál era la palabra? ¿Shellan? En cambio tecleó esposa.
Dios, se estremeció ante la posible respuesta de Wrath. Y aunque no la tuviera, ¿de quién se alimentaba?
¿Y qué sentiría en el momento en que saciara su hambre en ella?
Sabía instintivamente que sería algo similar al sexo, algo en parte salvaje, que lo consumía todo. Y probablemente la dejaría maltrecha y débil.
Así como en un estado de éxtasis total.
-¿Trabajando duro, Randall? -Dick arrastró las palabras. Ella cerró el archivo de inmediato para que su jefe no pu­diera verlo.
-Como siempre.
-¿Sabes? Circula por ahí un rumor sobre ti. -¿De verdad?
-Sí. He oído que saliste con ese detective de homicidios, O'Neal. Dos veces.
-¿Y?
Dick se apoyó en su escritorio. Ella llevaba una camiseta floja de cuello barco, de modo que había poco que pudiera ver. Él se enderezó.
-Buen trabajo. Haz un poco de magia con él. Averigua todo lo que puedas. Podríamos hacer un artículo de portada sobre la brutalidad policial con él como portada. Continúa así, Randall, y quizás me convenza de que eres idónea para un as­censo.
Dick se marchó, disfrutando de aquel papel de encargado de otorgar favores.
Qué imbécil.
Su teléfono sonó, Y ella vio pudo evitar vociferar en el au­ricular.
Hubo una pausa.
--¿Ama? ¿Está usted bien? Era el mayordomo.
-Lo siento. Sí, estoy bien. -Apoyó la cabeza sobre su mano libre. Después de tratar con personajes como Wrath y Tohr, la versión simplona de arrogancia masculina de Dick parecía ab­surda.
-Si hay algo que yo pueda hacer...
-No, no, estoy bien. -Se rió-. Nada con lo que no me haya enfrentado antes.
-Bien, probablemente no debería haber llamado. -La voz de 1Fritz se convirtió en un cuchicheo-. Pero no quería que estuviera desprevenida. El armo ha encargado una cena especial para esta noche. Para usted y él, exclusivamente. Pensé que qui­zá podría ir a recogerla para ayudarle a elegir un vestido. -¿Un vestido?
¿Para una especie de cita con Wrath?
La idea le pareció absolutamente maravillosa, pero enton­ces recordó que tenía que evitar ver idilios en donde podía no haberlos. En realidad, no sabía en qué estadio se encontraba su relación.
Ni si él se estaba acostando con alguien más.
-Ama, sé que es presuntuoso por mi parte. El mismo la llamará. -En ese momento, la segunda línea de su teléfono em­pezó a sonar-. Sólo quería que estuviera lista para esta no­che.
El identificador de llamadas iluminó el número que Wrath le había hecho memorizar. Se sorprendió a sí misma sonriendo como una idiota.
-Me encantaría que me ayudara a elegir un vestido. En serio.
-Bien. Iremos a la Galería. Allí hay también un Brooks Brothers. El amo ha encargado ropa. Creo que también quiere estar lo más elegante posible para usted.
Cuando colgó, aquella estúpida sonrisa continuaba pegad­a a su cara como si le hubiera puesto pegamento.
Wrath dejó un mensaje en el buzón de voz de Beth y rodó sobre la carpa, extendiendo la mano en busca de su reloj. La tres de la tar­de. Había dormido casi seis horas, algo más de lo habitual, pero era lo que su cuerpo generalmente necesitaba después de comer.
Dios, deseó que ella estuviera con él.
Tohr había llamado para informarle. Ambos se habían que­dado despiertos toda la noche viendo películas de Godzilla, y por el sonido de la voz del macho, estaba medio enamorado de ella.
Lo cual Wrath comprendió perfectamente, aunque, al mis­mo tiempo, le disgustó.
Pero había hecho lo correcto al enviar a Tohr. Rhage se habría lanzado sobre ella de inmediato, y entonces Wrath habría tenido que romperle algo. Un brazo, quizás una pierna. Tal vez ambas cosas. Y Vishous, aunque no tenía la extravagante y her­mosa apariencia de Hollywood, poseía una vena de chulo bas­tante acusada. El voto de castidad de Phury era firme, ¿pero por qué colocarlo ante la tentación?
¿Zsadist?
Ni siquiera había considerado esa opción. La cicatriz en su rostro le habría dado un susto de muerte. Diablos, hasta Wrath podía apreciarlo. Y el terror mortal de una hembra era el afrodisíaco favorito de Z. Lo excitaba más que a muchos machos ver a sus hembras con ropa interior de Victoria's Secret.
No tenía elección. Tohr volvería a hacer de centinela si lo necesitaba otra vez.
Se desperezó. Sentir las sábanas de satén contra su piel des­nuda le hizo desear a Beth. Ahora que se había alimentado, su cuerpo se sentía más fuerte que nunca, como si sus huesos fueran columnas de carbono y sus músculos cables de acero. Volvía a ser él mismo, y todo su ser ansiaba toda la acción que le pudiera dar. Pero había algo que lo tenía inquieto. Lamentaba amarga­mente lo que había pasado con Marissa.
Recordó aquella noche. Tan pronto como levantó la ca­beza de su cuello, supo que casi la había matado. Y no por beber demasiado.
Ella se había apartado impetuosamente, su cuerpo irra­diaba una enorme angustia al alejarse tropezando de la cama. -Marissa.
-Mi señor, te libero de nuestro pacto. Eres libre de mí. Él había soltado una maldición, sintiéndose terriblemen­te mal por lo que le había hecho.
-No entiendo tu enfado -musitó ella débilmente-. Es­to es lo que siempre has querido, y, ahora te lo concedo. -Nunca quise...
-A mí -susurró ella-. Lo sé. -Marissa.
-Por favor, no pronuncies las palabras. No soportaría es­cuchar la verdad de tus labios, aunque la conozco bien. Siempre te has avergonzado de estar ligado a mí.
-¿De qué diablos estás hablando? -No te gusto. Te resulto desagradable. -¿Qué?
-¿Piensas que no lo he notado? Ardes en deseos de li­brarte de mí. Cuando termino de beber, te levantas de un salto, como si te hubieras sentido obligado a soportar mi presencia. -Entonces empezó a sollozar-. Siempre he tratado de estar limpia cuando vengo a verte. Paso horas en la bañera, lavándo­me. Pero no puedo encontrar la suciedad que tú ves.
-Marissa, detente. No sigas. No se trata de ti.
-Sí, lo sé. He visto a la hembra. En tu mente. -Se es­tremeció.
-Lo siento --dijo él-. Y nunca me has desagradado. Eres hermosa.
-No digas eso. No ahora. -La voz de Marissa se había endurecido-. Lo único que puedes lamentar es que me ha lle­vado mucho tiempo aceptar la verdad.
-Aún te protegeré -juró él.
-No, no lo harás. Yo ya no te importo. Nunca te he im­portado.
Y entonces se había marchado, mientras el olor fresco del océano permanecía un momento antes de disiparse.
Wrath se frotó los ojos. Estaba decidido a compensárselo de algún modo. No sabía cómo hacerlo exactamente, teniendo en cuenta el infierno que había soportado. Pero no estaba prepara do para dejarla flotando en el éter, pensando que nunca había sig­nificado absolutamente nada para él. O que, de alguna manera, la había considerado impura.
Nunca la había amado, era verdad. Pero no había querido herirla, y ésa era la razón por la que le había dicho tan a menu­do que lo dejara. Si ella se marchaba, si dejaba claro que no lo quería, podría mantener la cabeza alta en el malicioso círculo aris­tocrático al que pertenecía. En su clase, una shellan rechazada por su compañero era tratada como mercancía estropeada.
Ahora que ella lo había dejado, se había ahorrado la igno­minia. Y tenía el presentimiento de que cuando se divulgara la noticia no le sorprendería a nadie.
Era extraño, nunca se había imaginado realmente cómo se separarían él y Marissa. Posiblemente, después de todos los siglos transcurridos había asumido que nunca lo harían. Pero, para ser sinceros, nunca había esperado que ocurriera por la aparición de otra hembra.
Eso era lo que estaba pasando. Con Beth. Después de mar­carla la noche anterior como lo había hecho, no podía preten­der que no estaba ligado emocionalmente a ella.
Maldijo en voz alta, pues conocía lo suficiente de la con­ducta y psicología del vampiro macho para comprender que tenía problemas. Diablos, ahora ambos tenían problemas.
Un macho enamorado era una cosa peligrosa, sobre todo por­que tendría que dejar a su hembra y entregarla al cuidado de otro. Intentando apartar de su mente las implicaciones que podía tener todo aquello, Wrath agarró el teléfono y marcó un núme­ro a medida que subía las escaleras, pensando que necesitaba comer algo. Al no obtener respuesta, imaginó que Fritz habría salido a comprar comida.
Había pedido a los hermanos que acudieran aquella noche, y les gustaba comer bien. Había llegado el momento de hacer una puesta en común, de enterarse de todas sus investigaciones.
La necesidad de vengar a Darius le quemaba.
Y cuanto más se aproximaba Wrath a Beth, más caliente era el fuego.

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