viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 23 24 25

Capítulo 23


Butch salió de la oficina del capitán. Sentía la tunda de su pistola muy liviana sin el arma dentro y su cartera de­masiado plana sin su placa. Era como estar desnudo.
-¿Qué ha pasado? -preguntó José. -Me voy de vacaciones.
-¿(qué diablos significa eso?
Butch empezó a bajar hacia el vestíbulo.
-¿El Departamento de Policía de Nueva York tenía algo sobre ese sospechoso?
José lo agarró por el brazo, empujándole a una de las sa­las de interrogatorio.
-¿Qué ha pasado?
-Me han suspendido sin paga, hasta que concluya una investigación interna que los dos sabemos que tendrá como re­sultado que actué con fuerza desmedida.
José se pasó una mano por el cabello.
-Te dije que te apartaras de esos sospechosos. -Ese tipo, Riddle, se merecía algo peor. -Ésa no es la cuestión.
--Es extraño, eso mismo dijo el capitán.
Butch se dirigió hacia el espejo y se miró. Dios, estaba en­vejeciendo. O quizás simplemente estaba cansado del único tra­bajo que le había gustado siempre.
Brutalidad policial. A la mierda con eso. Él protegía a los inocentes, no a cualquier matón que se excitaba haciéndose pa­sar por un tipo duro. El problema era que había demasiadas normas que favorecían a los criminales. Sus víctimas, cuyas vidas que­daban destruidas a causa de la violencia, deberían tener la mitad de la suerte que ellos.
-En todo caso va no pertenezco a este lugar-dijo sua­vemente.
-¿Qué?
Ya no había un lugar en el mundo para los hombres como él, pensó.
Butch se dio la vuelta.
-Entonces, el Departamento de Policía de Nueva York. ¿Has logrado averiguar algo?
José lo miró fijamente durante bastante tiempo. -Suspendido del cuerpo, ¿eh?
-Por lo menos hasta que puedan despedirme oficialmente. José se llevó las manos a las caderas y miró hacia abajo, moviendo la cabeza como si estuviera protestando a sus zapatos, pero contestó:
-Nada. Es como si hubiera salido de la nada. Butch maldijo.
-Esas estrellas. Sé que puedes conseguirlas en Internet, pero también pueden comprarse en la ciudad, ¿no es así?
-Sí, a través de las academias de artes marciales. Cenemos un par de ellas en la ciudad.
José asintió despacio.
Butch sacó las llaves de su bolsillo. -Te veré después.
-Espera, va hemos enviado a alguien a investigar. En am­bas academias dijeron que no recuerdan a nadie que encajara con la descripción del sospechoso.
-Gracias por el dato. -Butch empezó a acercarse a la puerta.
-Detective. José sujetó a su compañero por el brazo-. Maldición, ¿puedes detenerte un minuto?
Butch miró por encima del hombro.
-¿Es ahora cuando me adviertes que me mantenga lejos de los asuntos de la policía? Porque bien puedes ahorrarte el discurso.
-Por Cristo, Butch, yo no soy tu enemigo. -Los oscu­ros ojos castaños de José eran penetrantes-. Los muchachos y yo estamos contigo. En lo que a nosotros concierne, tú haces lo que tienes que hacer, y nunca te has equivocado. Sea quien sea al que has golpeado, seguramente se lo merecía. Pero a lo me­jor sólo has tenido suerte, ¿sabes? Qué tal si hubieras herido a alguien que no era...
-Corta el sermón de predicador. No estoy interesado. --Agarró el pomo de la puerta.
José apretó más fuerte.
-Estás fuera del cuerpo, O’Neal. Y meterte en una investigación de la que has sido relevado no va a hacer volver a Janie.
José retiró la mano, como si estuviera tirando la toalla. -Lo siento. Pero deberías saber que seguir profundizan­do en el asunto sólo puede perjudicarte. Eso no va a ayudar a tu hermana. Nunca la ha ayudado.
Butch movió la cabeza lentamente. -Mierda. Ya lo sé.
-¿Estás seguro?
Sí, lo estaba. Había disfrutado golpeando a Billy Riddle, y había sido para vengarse por lo que le había hecho a Beth. No te­nía riada que ver con su hermana. No iba a devolverle la vida, 1o sabía perfectamente. Janie se había ido. Hacía mucho tiempo.
Aun así, los ojos tristes de José le hicieron sentirse como si tuviera una enfermedad terminal.
-Todo va a ir bien -se encontró diciendo, aunque real­mente no lo creyera.
-No... No te arriesgues demasiado ahí fuera, detective. Butch abrió la puerta.
-Arriesgarme es lo único que sé hacer, José.
El señor X se recostó en la silla de su oficina, pensando en la noche que se aproximaba. Estaba listo para intentarlo de nuevo, aunque la zona del centro de la ciudad estaba al rojo vivo en ese momento con la bomba y el descubrimiento del cadáver de la prostituta. Patrullar en busca de vampiros en el barrio del Screa­mer's iba a ser peligroso, pero el riesgo de ser apresado era un aliciente añadido al desafío.
Si uno quería atrapar un tiburón, no pescaba en agua dulc­e. Tenía que ir a donde estaban los vampiros.
Sintió una oleada de nerviosismo ante semejante expectativa.
Había estado perfilando sus técnicas de tortura. Y esa mañana, antes de salir para la academia, había visitado el centro de operaciones que prepararía en su granero. Sus herramientas estaban ordenadas y relucientes: un torno de dentista, cuchillos de varios tamaños, un mazo y un cincel, una sierra.
Varios punzones. Para los ojos.
Desde luego, el truco consistía en recorrer esa delgada lí­nea entre el dolor y la muerte. El dolor se podía prolongar du­rante horas o días. La muerte era el interruptor principal que debía ser apagado.
Alguien llamó a la puerta. -Entre -dijo él.
Era la recepcionista, una mujer con los brazos grandes co­mo los de un hombre y carente de pechos. Sus contradicciones nunca dejaban de asombrarlo. A pesar de que una especie de envidia delirante por el sexo masculino la había impulsado a to­mar esteroides y levantar pesas como un gorila, insistía en usar maquillaje y arreglarse el cabello. Con su camiseta corta y ber­mudas, parecía una drag queen perversa.
Ella le resultaba desagradable.
Siempre deberías saber quién eres-pensó él-. Y quién no eres.
-Hay aquí un tipo que quiere hablar contigo. -Su voz era demasiado grave-. O'Neal, creo que ése es su nombre. Ac­túa como un policía, pero no ha mostrado la placa.
-Dile que va salgo. -Maldito fenómeno de la naturale­za, agregó para sí.
El señor X tuvo que reírse mientras la puerta se cerraba detrás de ella. De él. O lo que fuera.
Allí estaba él, un hombre sin alma que mataba vampiros, y la estaba llamando monstruo.
Al menos él tenía un objetivo. Y un plan.
Ella iría de nuevo esa noche al Gold's Gym. Justo después de librarse de su sombra de las cinco en punto.
Faltaba poco para las seis cuando Butch aparcó el coche frente al edificio de Beth. Tarde o temprano tendría que devolver el vehícu­lo, pero estar suspendido no significaba estar despedido. El ca­pitán tendría que pedirle que entregara el maldito automóvil.
Había ido a las academias de artes marciales, y hablado con los directores. Uno de aquellos individuos había resultado bas­tante molesto. El típico arrogante, un fanático de la defensa personal, convencido de que era realmente asiático, a pesar de ser tan blanco como Butch.
Al otro lo había encontrado sumamente extraño. Presen­taba un aspecto similar al de un lechero de la década de los años cincuenta, con el cabello rubio, alisado con gomina, y una molesta sonrisa luminosa que parecía sacada de un anuncio de den­tífrico de hacía medio siglo. El sujeto se había esforzado al má­ximo por colaborar, pero había en él algo muy raro. El detector de mentiras de Butch había dado la alarma en el momento en que el señor Mayberry había abierto la boca.
Y además el tipo olía como un marica.
Butch subió de dos en dos los escalones del edificio de Beth y apretó el timbre.
Le había dejado un mensaje en su contestador del trabajo y en casa, en el que le decía que iría a verla. Estaba a punto de apretar de nuevo el interfono cuando la vio a través de la puerta de cristal, entrando en el vestíbulo.
Maldición.
Llevaba un ajustado vestido negro que le sentaba a la per­fección, y que casi le hizo palpitar de nuevo las sienes. El escote de pico, bastante pronunciado, dejaba adivinar sus pechos. La cintura ceñida hacía resaltar sus delgadas caderas. Y la abertura en uno de los laterales mostraba ligeramente el muslo a cada pa­so que daba. Se había puesto tacones altos, haciendo que sus to­billos parecieran frágiles y encantadores.
Ella levantó la cabeza del bolso en el que había estado bus­cando algo, y pareció sorprendida de verlo.
Llevaba el cabello recogido. Él no pudo evitar imaginar la deliciosa sensación que le invadiría al soltárselo.
Ella abrió la puerta. -Butch.
-Hola. -Sentía la lengua paralizada, como un niño. -Recibí tus mensajes-dijo ella suavemente.
Él dio un paso atrás para que ella pudiera salir. -¿Tienes tiempo para hablar?
Aunque sabía cuál iba a ser su respuesta. -Ah, ahora no.
-¿Adónde vas? -Tengo una cita. -¿Con quién?
Ella lo miró a los ojos con una tranquilidad tan delibera­da, que él supo de inmediato que le iba a contar una mentira. -Nadie en especial.
Sí, claro.
-¿Qué ha pasado con el hombre de anoche, Beth? ¿Dón­de está?
--No lo sé. -Estás mintiendo. Sus ojos no se apartaron de los de él. -Si me permites...
Él la agarró del brazo. -No vayas a verle.
El sonido ronco de un motor rompió el silencio entre am­bos. Un Mercedes grande, de color negro, con ventanas oscu­ras, se detuvo. Algo digno de un narcotraficante.
-Ah, maldición, Beth. -Le apretó el brazo, desesperado por atraer su atención-. No hagas esto. Estás prestando ayuda a un sospechoso.
-Déjame, Butch. -Él es peligroso. --¿Y tú no lo eres? La soltó.
-Mañana -dijo ella, mirando hacia atrás-. Hablaremos mañana. Espérame aquí después del trabajo.
Frenético, se interpuso en su camino. -Beth, no puedo dejar que tú...
-¿Vas a arrestarme?
Como policía, no podía. A menos que le devolvieran la placa. -No. No lo haré.
-Gracias.
-No te estos, haciendo un favor -dijo él amargamente mientras caminaba a su alrededor-. Beth, por favor.
Ella se detuvo.
-Nada es lo que parece.
-No lo sé. Yo veo las cosas bastante claras. Estás prote­giendo a un asesino, y tienes muchas posibilidades de ir a parar a una caja de pino. ¿No te das cuenta de cómo es ese tipo? He visto su rostro de cerca cuando su mano estaba alrededor de mi cue­llo, y me estaba apretando para arrancarme la vida. Un hombre como ése lleva el asesinato en la sangre. Forma parte de su natu­raleza. ¿Cómo puedes ir a reunirte con él ¿Diablos, cómo puedes permitir que circule por las calles?
-Él no es así.
Pero esas palabras fueron formuladas casi como una pregunta. La puerta del vehículo se abrió, y salió un pequeño anciano vestido con esmoquin.
-Ama, ¿hay, algún problema?-le preguntó el hombre solícitamente, al tiempo que lanzaba a Butch una mirada maligna. -No, Fritz. No pasa nacía. -Sonrió, pero un poco inse­gura-. Mañana, Butch.
-Si vives hasta entonces.
Ella palideció, pero bajó apresuradamente los escalones, deslizándose al interior del coche. Al poco rato, Butch entró en el suyo. Y los siguió.
Cuando Havers oyó pasos que venían hacia el comedor, levan­tó la vista de su plato frunciendo el ceño. Esperaba que su cena transcurriera sin interrupciones.
Pero no era uno de los doggens con noticias de que había llegado un paciente para ser atendido.
-¡Marissa! -Se levantó de la silla. Ella le dirigió una sonrisa.
-He pensado bajar. Estoy cansada de pasar tanto tiempo en mi habitación.
-Me complace mucho tu compañía.
Cuando ella llegó a la mesa, él apartó su silla. Estaba con­tento de haber insistido en que el sitio de ella estuviera siempre preparado, incluso después de haber perdido la esperanza de que le acompañara alguna vez. Y esa noche parecía como si ella estu­viera haciendo un esfuerzo mayor que el simple hecho de bajar a cenar. Llevaba puesto un bonito vestido de seda negra con una chaquetilla de cuello rígido y levantado. El cabello le caía alre­dedor de los hombros, dándole un resplandor dorado a la luz de las velas. Estaba encantadora, y percibió un brillo de entusiasmo. Era un insulto que Wrath no pudiera apreciar todo lo que ella po­día ofrecerle, que aquella hembra exquisita de sangre noble no fuera lo suficientemente buena para él.
Y que sólo la utilizara para alimentarse.
--¿Cómo va tu trabajo? -preguntó ella mientras un dog­gen le servía vino y otro le servía la carne--. Gracias, Phillip. Ca­rolyn, esto parece exquisito.
Cogió un tenedor y pinchó suavemente el rosbif.
Por todos los cielos, pensó Havers. Esto era casi normal. -¿Mi trabajo? Bien. En realidad, estupendamente. Como te mencioné, he hecho un pequeño avance. Dentro de poco po­dremos solucionar nuestros problemas alimenticios. -Levantó su vaso y, bebió. El vino de Borgoña debía haber sido un acom­pañamiento perfecto para la carne, pero a él no le sabía bien. To­do lo que había en su plato también le resultaba amargo-. Esta tarde me he hecho una transfusión con sangre almacenada, y me siento de maravilla.
Estaba exagerando un poco. No se sentía enfermo, pero algo no iba bien. Aún no había experimentado la habitual des­carga de energía.
-Oh, Havers -exclamó ella suavemente-. Todavía echas de menos a Evangeline, ¿no es así?
-Dolorosamente. Y beber no me resulta... agradable. No, va no se mantendría vivo a la manera antigua. De aho­ra en adelante, lo haría clínicamente, con una aguja esterilizada en el brazo que lo conectara a una bolsa.
-Lo siento mucho -dijo Marissa.
Havers extendió la mano, poniendo la palma hacia arriba sobre la mesa.
-Gracias.
Ella puso su mano en la de él.
-Y siento haber estado tan... preocupada. Pero ahora to­do mejorará.
-Sí -dijo él de modo apremiante. Wrath era la clase de bárbaro que querría continuar bebiendo de la vena, pero por lo menos Marissa podía ahorrarse la indignidad-. Podrías probar la transfusión. También te liberará.
Ella apartó la mano y cogió su vaso de vino. Cuando se llevó el Borgoña a la boca, derramó un poco sobre su chaqueta. -Oh, caramba -murmuró, limpiando con la mano el líquido de la seda-. Soy terriblemente torpe, ¿no es así?
Se quitó la chaqueta y la puso en la silla vacía a su lado. -¿Sabes, Havers? Me gustaría probarlo. Beber ya no es algo que me parezca apetecible a mí tampoco.
Un delicioso alivio, una prometedora sensación lo domi­nó. Se trataba de una sensación totalmente ajena, ya que no la ha­bía sentido durante mucho tiempo. La idea de que algo podría cambiar para mejorar se había convertido en un concepto extra­ño para él.
-¿De verdad? -susurró él.
Ella ladeó la cabeza, haciendo que su cabello se deslizara hacia atrás sobre los hombros, y agarró el tenedor.
-Sí, de verdad.
Y entonces vio las marcas en su cuello.
Dos perforaciones inflamadas. Una herida roja en el sitio donde le había chupado. Contusiones de color púrpura en la piel de la clavícula donde una fuerte mano la había aferrado.
El horror lo dejó sin apetito, y volvió borrosa su visión. -¿Cómo ha podido tratarte tan groseramente? -preguntó Havers en voz, baja.
Marissa se llevó la mano al cuello antes cíe colocar rápida­mente un mechón de su cabello hacia delante.
-No es nada. De verdad, no es... nada.
Su hermano no pudo apartar los ojos de aquella zona, y continuó viendo claramente lo que ella había escondido. --Havers, por favor. Disfrutemos de la comida. -Tomó su tenedor de nuevo, como si estuviera preparada para demostrar exactamente cómo se hacía-. Vamos. Come conmigo.
-¿Cómo puedo hacerlo? -Arrojó sus cubiertos de plata. -Porque se acabó.
-¿Qué se acabó?
-He roto el pacto con Wrath. Ya no soy su shellan. Y no lo veré más.
Havers sólo pudo mirar al vacío durante un instante. -¿Por qué? ¿Qué ha cambiado?
-Él ha encontrado una hembra a la que quiere. La ira se coaguló en las venas de Havers.
-¿Y a quién prefiere por encima de ti? -No la conoces.
-Conozco a todas las hembras de nuestra clase. ¿Quién es? -exigió saber.
-Ella no es de nuestra clase.
-¿Entonces es una de las elegidas por la Virgen Escriba? -En la jerarquía social de los vampiros, ellas eran las úni­cas que estaban por encima de una hembra de la aristocracia.
-No. Es humana. O por lo menos medio humana, por lo que he podido deducir a partir de sus pensamientos sobre ella. Havers se quedó paralizado en su silla. Humana. ¿Una humana?
Marissa había sido abandonada por una... ¿Homo Sapiens? -¿Ya se lo han notificado a la Virgen Escriba?-pre­guntó con voz quebrada.
-Eso tiene que hacerlo él, no yo. Pero no te equivoques, acudirá a ella. Se... acabó.
Marissa tomó un pedazo pequeño de carne y lo puso entre sus labios. Masticó cuidadosamente, como si hubiera olvidado la manera de hacerlo. O quizá la humillación que estaba sintiendo no le permitía tragar con facilidad.
Havers aferró los brazos de su silla. Su hermana, su her­mosa y pura hermana, había sido ignorada. Utilizada. Y también tratada con brutalidad.
Y lo único que quedaba de su unión con su rey era la ver­güenza de haber sido dejada de lado por una humana.
Su amor nunca había significado nada para Wrath. Tam­poco su cuerpo ni su impecable linaje.
Y ahora el guerrero había mancillado su honor. El infierno estaba a punto de abrirse.

Capítulo 24


Wrath se puso la chaqueta de Brooks Brothers. Le apretaba un poco en los hombros, pero su talla era difícil de encontrar, y no se la había dado a Fritz.
De todas formas, aquella prenda podría haber sido hecha a la medida, y aun así se habría sentido aprisionado. Estaba mu­cho más cómodo con los trajes de cuero y las armas que con aque­lla porquería de tela.
Entró en el baño y se guiñó un ojo. El traje era negro, al igual que la camisa. Eso era lo único que realmente podía ver. Santo Dios, probablemente parecía un abogado.
Se despojó de la chaqueta y la colocó sobre la repisa de mármol del lavabo. Echándose el cabello hacia atrás con manos impacientes, lo ató con una tira de cuero.
¿Dónde estaba Fritz? El doggen había salido a buscar a Beth hacía casi una hora. Ya deberían haber regresado, pero la ca­sa todavía estaba vacía.
Ah, diablos. Aunque el mayordomo hubiera tardado só­lo un minuto y medio, Wrath se habría sentido inquieto igual­mente. Estaba ansioso por ver a Beth, nervioso y distraído. Sólo podía pensar en hundir la cara en su cabello mientras introducía su parte más dura en lo más profundo del cuerpo de ella.
Dios, esos sonidos que hacía cuando alcanzaba el orgasmo. Miró su propio reflejo. Volvió a ponerse la chaqueta.
Pero el sexo no lo era todo. Quería tratarla con respeto, no sólo tirarla de espaldas. Deseaba ir un poco más despacio. Co­mer con ella, hablar. Diablos, quería darle lo que a las hembras les gustaba: un poco de ATC (Amor, Ternura y Cuidado).
Ensayó una sonrisa. La hizo más grande, sintiendo como si las mejillas se le fueran a agrietar. De repente, le pareció totalmente falsa, de plástico. Demonios, tenía que aparentar un poco de naturalidad y conseguir una velada romántica. ¿No se trataba de eso? Se frotó la mandíbula. ¿Qué demonios sabía él de roman­ticismo?
Se sintió como un estúpido.
No, era algo peor que eso. Aquel nuevo traje elegante lo dejaba al descubierto, y lo que vio fue una auténtica sorpresa. Estaba cambiando voluntariamente por una hembra, y só­lo para tratar de complacerla.
Eso era mezclar el trabajo y el placer, pensó. Por esa razón, nunca debió haberla marcado, jamás debió permitirse acercarse tanto.
Se recordó a sí mismo, una vez más, que cuando ella con­cluyera su transición, él terminaría la relación. Regresaría a su vi­da. Y ella habría...
¿Dios, por qué se sentía como si le hubieran atravesado el pecho de un disparo?
-¿Wrath? -La voz de Tohrment retumbó por toda la es­tancia.
El tono de barítono de su hermano fue un alivio, y lo de­volvió a la realidad.
Salió a la habitación y frunció el ceño cuando escuchó el silbido apagado de su hermano.
--Mírate -dijo Tohr, moviéndose a su alrededor. -Muérdeme.
-No, gracias. Prefiero las hembras. --El hermano se rió-. Aunque tengo que decir que no estás nada mal.
Wrath cruzó los brazos sobre el pecho, pero la chaqueta le apretó tanto que temió desgarrar la costura de la espalda. De­jó caer las manos.
-¿A qué has venido?
-Llamé a tu móvil y no me contestaste. Dijiste que querías que todos nos reuniéramos aquí esta noche. ¿A qué hora?

-Estaré ocupado hasta la una.
-¿La una? -pronunció Tohr con lentitud.
Wrath colocó las manos en las caderas. Una sensación de profunda inquietud, como si alguien hubiera irrumpido en su ca­sa, le asaltó.
Ahora le parecía que la cita con Beth no estaba bien. Pero era demasiado tarde para cancelarla. -Digamos que a media noche -dijo.
-Les diré a los hermanos que estén preparados.
Tuvo la sensación de que Tohr sonreía disimuladamente, pero la voz del vampiro era firme.
-Oye, Wrath.
-¿Qué?
-Ella es tan hermosa como tú piensas que es. Sólo te lo digo por si querías saberlo.
Si cualquier otro macho hubiera dicho eso, Wrath le ha­bría propinado un puñetazo en la nariz. Y aunque se trataba de Tohr, su ira amenazó con salir a la superficie. No le gustaba que le recordaran lo irresistible que era ella. Eso le hizo pen­sar en el macho a quien ella sería destinada para el resto de su vida.
-¿Quieres decirme algo o simplemente estás ejercitando los labios?
No era una invitación a opinar, pero de todas formas, Tohr aprovechó la oportunidad.
-Estás enamorado.
Debería recibir un Vete a la mierda como respuesta, pen­só Wrath.
-Y creo que ella siente lo mismo -remató Tohr.
Oh, grandioso. Eso le hacía sentirse mejor. Encima le rom­pería el corazón.
La cita era realmente una idea pésima. ¿Adónde pensaba que les conduciría toda esa mierda romántica?
Wrath desnudó los colmillos.
-Sólo estoy haciendo tiempo hasta que ella pase por su transición. Eso es todo.
-Sí, seguro. -Cuando Wrath gruñó desde las profun­didades de la garganta, el otro vampiro se encogió de hombros-. Nunca antes te había visto acicalarte para una hembra.
-Es la hija de Darius. ¿Quieres que me comporte como Zsadist con una de sus prostitutas?
-Santo Dios, claro que no. Y, demonios, desearía que de­jara eso. Pero me gusta lo que está pasando entre tú y Beth. Has estado solo demasiado tiempo.
-Ésa es tu opinión. -Y la de otros.
La frente de Wrath se cubrió de sudor.
La sinceridad de Tohr le hizo sentirse atrapado. Y también el hecho de que se suponía que solamente estaba protegiendo a Beth, pero se preocupaba por hacer que ella se sintiera más es­pecial para él de lo que en realidad era.
-¿No tienes nada que hacer? -preguntó. -No.
-Mala suerte la mía.
Desesperado por ocuparse en algo, se dirigió al sofá y re­cogió su chaqueta de cuero. Necesitaba reemplazar las armas que le habían quitado, y puesto que Tohr no parecía tener mucha prisa por marcharse, aquella distracción era mejor que ponerse a gritar.
-La noche que Darius murió -dijo Tohr-, me dijo que tú te habías negado a cuidar de ella.
Wrath abrió el armario y metió la mano en una caja llena de estrellas arrojadizas, dagas y, cadenas. Seleccionó unas cuantas con ademanes bruscos.
-¿Y?
-¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Wrath apretó los dientes, haciéndolos rechinar, a punto de perder los estribos.
-Está muerto. Estoy en deuda con él.
-También estabas en deuda con él cuando estaba vivo. Wrath empezó a dar vueltas.
-¿Tienes que tratar algún otro asunto conmigo? Si no, lárgate ya de aquí.
Tohr levantó las manos. -Tranquilo, hermano.
-Tranquilo, una mierda. No hablaré de ella ni contigo ni con nadie más. ¿Entendido? Y mantén tu boca cerrada con los hermanos.
-De acuerdo, de acuerdo. --Tohr retrocedió hacia la puer­ta-. Pero hazte un favor. Acepta lo que está pasando con esa hembra. Una debilidad no reconocida puede resultar mortífera.
Wrath gruñó y se puso en posición de ataque, adelantan­do la parte superior del cuerpo.
-¿Debilidad? ¿Y me lo dice un macho que es lo bastante estúpido para amar a su shellan? Debes de estar bromeando. Hubo un largo silencio hasta que Tohr habló de nuevo, suavemente, como si estuviera meditando cada palabra: -Tengo suerte de haber encontrado el amor. Todos los días agradezco a la Virgen Escriba que Wellsie forme parte de mi vida.
Wrath sintió una oleada de ira, provocada por algo que no podía solucionar a golpes.
-Eres patético. Tohr siseó:
-Y tú has estado muerto centenares de años, pero eres de­masiado egoísta para buscar una tumba y quedarte en ella. Wrath tiró al suelo la chaqueta de cuero.
-Por lo menos no recibo órdenes de una hembra. -Precioso traje.
Wrath acortó la distancia que los separaba con dos zanca­das, mientras su compañero se preparaba para un choque fron­tal. Tohrment era un macho grande, con hombros anchos y brazos largos, poderosos. La pelea parecía inminente.
Wrath sonrió fríamente, alargando los colmillos.
--Si pasaras tanto tiempo defendiendo a nuestra raza co­mo el que pasas persiguiendo a esa hembra tuya, tal vez no ha­bríamos perdido a Darius. ¿Has pensado en eso?
La angustia afloró al rostro de Tohr como sangre de una herida en el pecho, N el candente dolor del vampiro espesó el ai­re. Wrath percibió el olor, llevando el ardor de la aflicción a lo más profundo de sus pulmones y al alma. Haber mancillado el honor y el valor de un macho con un golpe tan bajo le hizo sentirse fran­camente despreciable. Y mientras esperaba el ataque de Tohr, dio la bienvenida al odio interno corno a un viejo amigo.
-No puedo creer que hayas dicho eso. -La voz de Tohr temblaba -. Necesitas...
-No quiero ninguno de tus inútiles consejos.
-Vete a la mierda. -Tohr le dio un buen golpe en el hombro-. De todos modos lo vas a recibir. Ya va siendo hora de que aprendas quiénes son realmente tus enemigos, cabrón arrogante, antes de que te quedes solo.
Wrath apenas escuchó la puerta cerrarse de golpe. La voz que oía en su cabeza, gritándole que era un despreciable pedazo de mierda, anulaba casi todo lo demás.
Inhaló una larga bocanada de aire y vació sus pulmones con un fuerte grito. El sonido hizo vibrar toda la habitación, sa­cudiendo las puertas, las armas sin sujeción, el espejo del baño. Las velas soltaron una furiosa llamarada como respuesta, acariciando con sus llamas las paredes, deseosas de liberarse de sus mechas y destruir lo que encontraran a su paso. Rugió hasta que sintió un tremendo escozor en la garganta y su pecho se inflamó.
Cuando al fin recobró la calma, no sintió alivio. Sólo remordimiento.
Se dirigió al armario y sacó una Beretta de nueve milíme­tros. Después de cargarla, insertó el arma en la parte de atrás de su cinturón. Luego fue hacia la puerta y subió los escalones de dos en dos, tratando de llegar lo más rápidamente posible al primer piso.
Al entrar en el salón, aguzó el oído. El silencio era uno de los mejores tranquilizantes. Necesitaba calmarse.
Se entretuvo rondando por la casa, deteniéndose en la mesa del comedor. Había sido preparada tal como él había pedido. Dos cubiertos en cada extremo. Cristal, plata y velas.
¿Y había llamado patético a su hermano?
Si no hubiera sido porque se trataba de las valiosas perte­nencias de Darius, habría barrido la mesa entera de un manota­zo. Movió su mano, como si estuviera preparado para seguir aquel impulso, pero la chaqueta lo aprisionó. Aferró las solapas del tra­je, dispuesto a arrancarse aquella prenda de la espalda y quemar­la, pero, en aquel momento, la puerta principal se abrió. Se dio la vuelta.
Allí estaba ella, traspasando el umbral ~- entrando en el ves­tíbulo.
Wrath bajó las manos, olvidando por un instante su ira. Beth vestía de negro. Tenía el cabello recogido. Olía... a rosas nocturnas en flor. Respiró profundamente, su cuerpo se puso rígido, mientras su instinto más salvaje le pedía poseerla allí mismo.
Pero entonces percibió las emociones de la mujer. Estaba recelosa, nerviosa. Pudo darse cuenta claramente de su descon­fianza, y sintió una perversa satisfacción cuando ella vaciló en mi­rarlo.
Su mal humor volvió, agudo y cortante.
Fritz estaba ocupado cerrando la puerta, pero la felicidad del doggen era evidente en el aire que le rodeaba, reluciente co­mo la luz del sol.
-He dejado una botella de vino en el salón. Serviré el pri­mer plato en treinta minutos, ¿está bien?
-No -ordenó Wrath-. Nos sentaremos ahora.
Fritz pareció desconcertado, pero luego captó claramente el cambio en las emociones de Wrath.
-Como desee, amo. Enseguida.
El mayordomo desapareció como si algo se hubiera in­cendiado en la cocina.
Wrath miró fijamente a Beth.
Ella dio un paso hacia atrás. Probablemente porque él estaba deslumbrante.
-Pareces... diferente -dijo ella-. Con esa ropa.
-Si piensas que la ropa me ha civilizado, no te engañes. -No me engaño.
-Está bien. Entonces terminemos con esto.
Wrath entró en el comedor, pensando que ella le segui­ría. Y si no quería hacerlo, probablemente sería mejor. De todas formas, tampoco él tenía muchas ganas de sentarse a la mesa.

Capítulo 25

Beth observó con estupor cómo Wrath se alejaba con una indiferencia absoluta. Le dio la sensación de que le im­portaba un rábano si ella cenaba con él o no.
Si no estuviese reflexionando todavía sobre la convenien­cia de aquella cita, se habría sentido totalmente insultada. Él la había invitado a cenar. ¿Entonces por qué se había mostrado tan contrariado cuándo ella había aparecido? Estuvo tentada de vol­ver sobre sus pasos y salir a todo correr de aquella casa.
Pero lo siguió hasta el comedor porque le pareció que no tenía elección. Había tantas cosas que quería saber, cosas que só­lo él podría explicarle. Aunque si tuviera otra forma de obtener la información que necesitaba preguntando a cualquier otra per­sona, no estaría allí.
A medida que avanzaba delante de ella, se concentró en su nuca, intentando ignorar su enérgica zancada. Pero no pudo sustraerse a sus poderosos movimientos. Él caminaba con una desenvoltura que hacía que sus hombros se agitaran a ca­da paso bajo su elegante chaqueta. Mientras sus brazos se ba­lanceaban, ella sabía que sus muslos se contraían y relajaban. Lo imaginó desnudo, con los músculos endureciéndose bajo su piel.
La voz de Butch resonó en su cabeza: Un hombre como ése lleva el asesinato en la sanare. Forma parte de su naturaleza.
Sin embargo, la noche anterior Wrath le había pedido que se marchara cuando consideró que era un peligro para ella.
Se dijo a sí misma que tenía que olvidarse de tratar de con­ciliar todas aquellas contradicciones. Todas sus cavilaciones eran tan inútiles como intentar adivinar el futuro en las hojas de té. Necesitaba seguir su instinto, y éste le decía que Wrath era la úni­ca ayuda que tenía.
Al entrar en el comedor, la hermosa mesa puesta para ellos fue una agradable sorpresa. Había un centro de narcisos y or­quídeas, candelabros de marfil, y la porcelana y la plata relucían con todo su esplendor.
Wrath se dio la vuelta y retiró una silla, esperando que ella se sentara.
Dios, estaba fantástico con aquel traje. Por la abertura de la camisa asomaba su cuello, y la seda negra hacía que su piel pa­reciera bronceada. Era una pena que estuviera de tan mal humor. Su rostro parecía tan poco amistoso como su temperamento, y con el cabello peinado hacia atrás, su mandíbula resaltaba toda­vía más su agresividad.
Algo lo había puesto así. Algo muy grave.
Justo el hombre para la cita perfecta -pensó ella-. Un vampiro iracundo con modales de gañán.
Se acercó con cautela. Cuando deslizó el asiento para que ella se sentara, hubiera podido jurar que él se había inclinado e inhalado profundamente el perfume de su cabello.
-¿Por qué has tardado tanto? -preguntó él, sentándose a la cabecera de la mesa. Ante su silencio, él enarcó una ceja, que sobresalió de la montura de sus gafas de sol-. ¿Ha tardado Fritz en convencerte de que vinieras?
Para entretenerse en algo, ella cogió la servilleta y la des­plegó en su regazo.
-No ha sido nada de eso. -Entonces qué ha sucedido.
-Butch nos siguió. Tuvimos que esperar hasta que lo­gramos despistarlo.
Ella se percató de que el aire alrededor de Wrath se oscu­recía, como si su enfado absorbiera la luz directamente.
Fritz entró con dos pequeños platos de ensalada. Los puso sobre la mesa.
-¿Vino? -preguntó. Wrath asintió con la cabeza.
Una vez que el mayordomo terminó de servir el vino y sa­lió, ella agarró un pesado tenedor de plata, obligándose a comer. -¿Y ahora por qué te doy miedo? -La voz de Wrath era sardónica, como si se burlara de sus temores.
Ella pinchó la ensalada.
-Hmm. ¿Podría ser porque parece como si quisieras es­trangular a alguien?
-De nuevo has entrado en esta casa asustada. Antes de que me vieras, ya estabas muerta de miedo. Quiero saber por qué. Ella no apartó la vista del plato.
-Tal vez alguien me recordó que anoche casi matas a un amigo mío.
-Cristo, va basta con eso.
-Has sido tú quien ha preguntado -respondió ella-. No te enfades si no te gusta mi respuesta.
Wrath se limpió la boca con impaciencia. -Pero al final no lo maté, ¿no es así? -Sólo porque yo te detuve.
-¿Y eso te molesta? A la mayoría de las personas les en­canta ser héroes.
Ella soltó su tenedor.
-¿Sabes una cosa? No quiero estar aquí contigo. Él siguió comiendo.
-¿Entonces por qué has venido? -¡Porque tú me pediste que viniera!
-Créeme, puedo aceptar una negativa -afirmó, como si ella no le preocupara en absoluto.
-Ha sido un tremendo error. -Ella colocó su servilleta al lado del plato mientras se levantaba.
Él soltó una maldición. -Siéntate.
-No me des órdenes.
-Permíteme que enmiende eso. Siéntate y cállate. Ella lo miró sorprendida.
-Tú, arrogante cabrón...
-No eres la primera que me llama así esta noche, muchas gracias.
El mayordomo escogió ese momento para entrar con unos pastelillos calientes.
Ella miró con fiereza a Wrath y tendió una mano, fingiendo que sólo intentaba alcanzar la botella de vino. No iba a marcharse delante de Fritz. Además, de repente, sintió ganas de quedarse. Así podría gritarle a Wrath un poco más.
Cuándo estuvieron solos de nuevo, ella siseó: -¿Qué pretendes conseguir hablándome así?
Él tomó un último bocado de ensalada, puso el tenedor en el borde del plato y se limpió con la servilleta, dándose ligeros to­quecillos en las comisuras de los labios. Como si lo hubiera apren­dido en el manual de etiqueta de la mismísima Emily Post.
-Vamos a aclarar una cosa -dijo- Tú me necesitas. Así que olvídate ya de lo que pude haberle hecho a ese policía. Tu buen compañero Butch todavía camina sobre la tierra, ¿no es así? Entonces, ¿cuál es el problema?
Beth lo miró fijamente, intentando leer en su mirada a tra­vés de sus gafas, buscando un poco de suavidad, algo a lo que ella pudiera conectarse. Pero aquellas gafas oscuras eran una barrera infranqueable, y los duros rasgos de su cara no le revelaron nin­gún indicio.
-¿Cómo puede significar la vida tan poco para ti? -le preguntó ella en voz alta. Él le dirigió una fría sonrisa-. ¿Cómo puede significar la muerte tanto para ti?
Beth se apoyó en el respaldo de la silla, sobrecogida por su presencia. No podía creer que hubiera hecho el amor con él -no, se corrigió, que hubiera tenido sexo con él-. Aquel hom­bre era absolutamente insensible.
De repente, sintió que un dolor sordo se instalaba en su co­razón, Y no era a causa de la dureza que estaba mostrando con ella, sino porque se sentía defraudada. Realmente, había deseado que fuera diferente a lo que, en aquel momento, aparentaba. Había que­rido creer que aquellos arrebatos de calidez que le había mostrado formaban parte de él en la misma medida que su lado violento. Puso su mano sobre el pecho, intentando alejar aquel dolor. -Quisiera marcharme, si no te importa.
Un largo silencio se abrió paso entre ellos.
-Ah, diablos... -murmuró él, respirando lentamente-. Esto no está bien.
-No, no lo está.
-Pensé que te merecías... No sé. Una cita. O algo..., algo normal. -Se rió con rudeza mientras ella lo miraba con sorpre­sa-. Una idea estúpida. Ya lo sé. Debería dedicarme a aquello en lo que soy experto. Estaría más cómodo enseñándote a matar.
Bajo su feroz orgullo, ella vislumbró que, en el fondo, había algo más. ¿Inseguridad? No, no era eso. Con él se trataría, natu­ralmente, de algo más intenso.
Autodesprecio.
Fritz volvió para recoger los platos de la ensalada, reapare­ciendo de inmediato con la sopa. Era una vichvssoise fría. Curioso, pensó ella distraídamente. Generalmente, la sopa se servía primero, y luego la ensalada, ¿o no? Seguramente los vampiros tenían muchas costumbres diferentes. Como poseer más de una mujer. Sintió que su estómago daba un vuelco. No quería pensar en eso. Se negaba a hacerlo.
-Mira, quiero que sepas-dijo Wrath mientras levanta­ba su cuchara- que yo lucho para protegerme, no porque sienta placer asesinando. Pero he matado a miles de personas. A miles, Beth. ¿Entiendes? Así que, si pretendes que no me sienta cómo­do ante la muerte, estás equivocada. No puedo hacer eso por ti. Simplemente, no puedo.
-¿Miles? -masculló ella agobiada. Él asintió.
-Y en nombre de Dios, ¿contra quién luchas? -Bastardos que te matarían tan pronto como pases por la transición.
-¿Cazadores de vampiros?
-Restrictores. Humanos que han vendido sus almas al Omega a cambio de un reino de terror libre.
-¿Quién, o qué, es el Omega? -Cuando ella pronun­ció la palabra, las velas parpadearon furiosamente, como ator­mentadas por manos invisibles.
Wrath dudó. Realmente parecía incómodo hablando de aquel asunto. Él, que no le tenía miedo a nada.
-¿Quieres decir el demonio? --insistió ella.
-Peor aún. No puedes compararlos. Uno es simplemen­te una metáfora. El otro es real, muy real. Afortunadamente, el Omega tiene una oponente, la Virgen Escriba. -Sonrió irónicamente--. Bien, quizás afortunadamente sea una palabra de­masiado fuerte. Pero existe un equilibrio.
-Dios y Lucifer.
-Podría ser, si utilizamos tu vocabulario. Nuestra leyen­da dice que los vampiros fueron creados por la Virgen Escriba como su único legado, como sus nidos escogidos. El Omega se resintió por la capacidad de ella de generar vida y despreció los poderes especiales que le había otorgado a la raza vampírica. La Sociedad Restrictora fue su respuesta. Utiliza a los humanos por­que es incapaz de procrear y además son una fuente de agresividad disponible de inmediato.
Esto es simplemente demasiado extraño, pensó ella. Inter­cambio de almas. Inmortalidad. Esas cosas no existían en el mun­do real.
Aunque, pensándolo bien, ella estaba cenando con un vam­piro. ¿Cómo podía pensar que todo lo que estaba oyendo era imposible?
Pensó en el hermosísimo hombre rubio que había visto co­siéndose a sí mismo.
-Tienes compañeros que luchan contigo, ¿verdad? -Mis hermanos. --Bebió un sorbo de su copa de vino. ­Tan pronto como los vampiros reconocieron que estaban ame­nazados, escogieron a los machos más tuertes N., poderosos. Los entrenaron para luchar y enfrentarse a los restrictores. Después, esos guerreros procrearon con las hembras más fuertes durante varias generaciones, hasta que surgió una subespecie de vampi­ros. Los más poderosos de esta clase fueron instruidos para formar parte de la Hermandad de la Daga Negra.
-¿Sois hermanos de sangre? Él sonrió forzadamente. -Podría decirse que sí.
Su rostro se puso serio, como si fuera un asunto privado. Ella notó que no le diría nada más sobre la Hermandad, pero to­davía sentía curiosidad sobre la guerra que estaban librando, sobre todo porque ella estaba a punto de convertirse en uno de aquellos que necesitaban de su protección.
-Entonces, tú matas humanos.
-Sí, aunque va están técnicamente muertos. Para darles a sus luchadores la longevidad y la fuerza necesaria para combatirnos, el Omega tiene que despojarlos de sus almas. -Sus se­veras facciones dejaron entrever un atisbo de repugnancia-. Aun­que tener alma no ha evitado que los humanos nos persigan.
-A ti no te gustan..., no te gustamos nosotros, ¿verdad? -En primer lugar, la mitad de la sangre que corre por tus venas procede de tu padre. Y en segundo, ¿por qué habrían de gus­tarme los humanos? Me maltrataron y repudiaron antes de mi transición, y la única razón por la que no me fastidian ahora es porque se mueren de miedo al verme. ; Y si se llegara a saber que existen los vampiros, Nos perseguirían aunque no pertenecieran a la Sociedad. Cuando los humanos se sienten amenazados por algo que no controlan, su respuesta es luchar. Pero son unos bravucones, se aprovechan del débil y se inclinan ante el fuerte. -Wrath sacudió la cabeza-. Además, me irritan. ¿Has listo có­mo aparece retratada nuestra especie en su folklore? Mira a Drá­cula, por el amor de Dios, un maligno chupasangre que acecha a los indefensos. También hay- películas de serie B y porno. Por no mencionar esa mascarada de Halloween. Colmillos de plásti­co y capas negras. Las únicas cosas que han reflejado correcta­mente esos idiotas son que bebemos sangre \, que no podemos sa­lir a la luz del día. El resto es pura mierda, inventada para alienarnos e infundir miedo a las masas. O algo peor y ofensivo: la ficción se utiliza para idear una especie de mística para humanos aburridos que piensan que el lado oscuro es un lugar divertido para visitar. -Pero tú realmente no nos cazas, ¿verdad?
-No uses esa palabra. Son ellos, Beth. No nosotros. Tú no eres completamente humana ahora mismo, y muy pronto carecerás de toda parte humana. -Hizo una pausa-. Y no, yo no los cazo. Pero si se interponen en mi camino, se verán en un serio problema. Ella reflexionó durante unos instantes sobre lo que él aca­baba de decir, tratando de ignorar el pánico que la invadía cada vez que pensaba en la transición que, supuestamente, estaba a punto de atravesar.
-Cuando atacaste a Butch así... Seguramente él no es un..., cómo se dice..., un restrictor.
-Él trató de alejarme de ti. -Wrath apretó la mandíbu­la-. Aplastaré a todo el que lo haga, sea o no tu .amante. Si lo ha­ce de nuevo...
-Me prometiste que no lo matarías.
-No lo mataré. Pero no voy a ser suave con él.
Ella pensó que era mejor poner al Duro sobre aviso. -¿Por qué no comes? -preguntó Wrath-. Necesitas ali­mentarte.
Ella miró hacia abajo. ¿Comida? ¿Su vida se había con­vertido, de la noche a la mañana, en una novela de Stephen King, y él se preocupaba por su dieta?
-Come. -Inclinó la cabeza hacia su plato-. Debes estar lo más fuerte posible para el cambio.
Beth levantó su cuchara, sólo para que él no continuara con la monserga. La sopa le supo a pegamento, aunque imaginó que estaba bien preparada y perfectamente sazonada.
-Tú vas armado ahora mismo, ¿no es así? -preguntó ella. -Sí.
-¿Alguna vez abandonas tus armas? -N o.
-Pero cuando estábamos... -Cerró la boca antes de que las palabras haciendo el amor salieran de ella.
Él se inclinó.
-Siempre tengo algo a mi alcance, incluso cuando te poseo. Beth tragó otra cucharada de sopa. Ardientes pensamien­tos entraron en conflicto con la horrible sensación de que o bien era un paranoico, o el mal verdaderamente siempre acechaba.
Y demonios, Wrath era muchas cosas. Pero no le parecía precisamente un tipo histérico.
Hubo un largo silencio entre ellos, hasta que Fritz se lle­vó los platos de sopa y trajo el cordero. Ella notó que la carne de Wrath había sido cortada en pedazos del tamaño de un bocado. Qué extraño, pensó.
-Después de la cena quiero mostrarte algo. -Él cogió su tenedor e hizo un par de intentos para pinchar la carne.
Y fue entonces cuando ella comprendió que ni siquiera se molestaba en mirar hacia su plato. Tenía la mirada fija en un punto debajo de la mesa.
Un escalofrío la atravesó. Había algo muy raro. Miró cuidadosamente las gafas de sol que él llevaba. Recordó las yemas de sus dedos buscando su rostro aquella primera noche que estuvieron juntos, como si hubiera inten­tando ver sus rasgos a través del tacto. Y empezó a pensar que tal vez él no llevaba aquellas gafas para protegerse de la luz, sino para tapar sus ojos.
-¿Wrath? -dijo ella suavemente.
Él extendió el brazo para alcanzar su copa de vino, sin errar su mano alrededor de ésta hasta que notó el tacto del cristal. -¿Qué? -Se llevó la copa a los labios, pero volvió a po­nerla en la mesa-. ¿Fritz? Necesitarnos el tinto.
-Aquí está, amo. -El mayordomo entró con otra botella-. ¿Ama?
-Ah, sí, gracias.
Cuando la puerta de la cocina se cerró, Wrath dijo: -¿Quieres preguntarme algo más?
Ella se aclaró la garganta. Hacía un instante estaba deses­perada por encontrar una debilidad en él, y ahora la invadía la ab­soluta certeza de que era ciego.
Si fuera inteligente, cosa que era seriamente discutible, le habría hecho la lista de preguntas que había confeccionado y luego se habría ido a casa.
-¿Beth?
-Sí..., eh, ¿entonces es verdad que tú no puedes salir durante el día?
-Los vampiros no soportan la luz del sol. -¿Qué les sucede?
-Inmediatamente su cuerpo se cubre con quemaduras de segundo y tercer grado por la exposición al sol. Poco después ocurre la incineración. El sol no es algo con lo que se pueda jugar. -Pero yo puedo salir.
--Tú no has sufrido todavía el cambio. Aunque, ¿quién sabe? A lo mejor, incluso después podrías ser capaz de tolerar la luz. Las personas que tienen un padre humano pueden responder de forma diferente. Las peculiaridades propias de los vam­piros pueden diluirse. -Tomó un trago de su copa, lamiéndose los labios-. Pero tú no, tú vas a pasar por la transición, la san­gre de Darius corre fuertemente por tus venas.
-¿Con qué frecuencia tendré que... alimentarme?
-Al principio, bastante a menudo. Quizás dos o tres veces al mes. Aunque, como te he dicho, no hay manera de saberlo. -Después de que me ayudes la primera vez, ¿cómo po­dré encontrar un hombre del que pueda beber...?
El gruñido de Wrath la interrumpió. Cuando levantó la vista, se sobrecogió. Estaba molesto de nuevo.
-Yo me encargaré de encontrarte a alguien -dijo él con un acento más marcado de lo usual-.Hasta entonces, me utilizarás a uní. -Espero que eso sea pronto -murmuró, pensando que él no parecía muy feliz de estar junto a ella.
Él frunció los labios mientras la miraba.
-¿Tan impaciente estás por encontrar a alguien más? -No, sólo pensé que...
-¿Qué? ¿Pensaste qué? -Su tono era duro, tan duro co­mo la mirada fija que podía adivinar tras las gafas.
Quería decirle que le parecía, con toda claridad, que él no tenía ni el más mínimo deseo de permanecer a su lado, pero le re­sultaba difícil encontrar las palabras adecuadas. El rechazo la hería, aunque trataba de convencerse de que, sin duda, estaría mejor sin él. -Yo..., ah, Tohr dijo que tú eras el rey de los vampiros. Supongo que eso te mantendrá ocupado.
-Mi compañero tendrá que aprender a cerrar la boca. -¿Es verdad? ¿Tú eres el rey?
-No -dijo él bruscamente.
Bueno, si eso no era un portazo en su cara...
-¿Estás casado? Quiero decir, ¿tienes una compañera? ¿O dos? -añadió rápidamente, imaginando que bien podía sol­tar todas sus dudas. El mal humor volvía a planear sobre él. No creía que pudiera empeorarlo.
-Por Cristo. No.
Hasta cierto punto, aquella respuesta fue un alivio, aun­que estaba claro lo que él pensaba de las relaciones.
Ella tomó un sorbo de vino.
-¿No hay ninguna mujer en tu vida? -No.
-Entonces, ¿de quién te alimentas? Largo silencio nada prometedor. -Hubo alguien.
-¿Hubo? -Hubo. -¿Hasta cuándo?
-Recientemente. -Se encogió de hombros-. Nunca es­tuvimos juntos. Éramos una mala pareja.
-¿A quién acudes ahora?
-Dios, eres periodista hasta cuando no trabajas, ¿no es así? -¿A quién? -insistió ella.
Él la miró durante un largo instante. Y luego su semblan­te se transformó, relajando un poco la agresividad que había mos­trado hasta entonces. Apoyó suavemente el tenedor en su plato Y colocó la otra mano en la mesa con la palma hacia arriba.
-Ah, diablos.
A pesar de su maldición, de repente, el aire pareció menos denso.
Al principio, ella no confió en aquel cambio de humor, pe­ro entonces él se quitó las gafas y se frotó los ojos. Cuando se vol­vió a poner las gafas, ella notó que su pecho se ensanchaba, co­mo si estuviera reuniendo fuerzas.
-Dios, Beth, creo que quería que fueras tú, a pesar de que no voy a estar cerca mucho tiempo después de tu transición. -Sacudió la cabeza-. Soy un estúpido hijo de perra.
Beth parpadeó, sintiendo una especie de calor sexual pen­sando que él bebería su sangre para sobrevivir.
-Pero no te preocupes -dijo él-. Eso no va a pasar. Y pronto te encontraré otro macho.
Alejó su plato, sin apenas probar el cordero.
-¿Cuándo fue la última vez que te alimentaste? -pre­guntó ella, pensando en el poderoso deseo contra el que le había visto luchar.
-Anoche.
Una opresión en el pecho le hizo sentirse como si sus pul­mones estuvieran bloqueados.
-Pero no me mordiste.
-Fue después de que te fueras.
Ella lo imaginó con otra mujer en sus brazos. Cuando in­tentó alcanzar la copa de vino, la mano le temblaba.
Estupendo. Sus emociones se sucedían unas a otras de una forma vertiginosa esa noche. Había estado aterrada, enfadada, lo­camente celosa.
Se preguntó cuál sería la siguiente.
Y tuvo el pleno convencimiento de que no se trataría, precisamente, de la felicidad.

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