viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 26 27 28

Capítulo 26

Beth colocó de nuevo la copa de vino sobre la mesa, de­seando tener más control sobre sí misma.
-No te gusta, ¿verdad? --dijo Wrath en voz baja. -¿El qué?
-Que yo beba de otra Hembra.
Ella se rió lúgubremente, despreciándose a sí misma, a él y toda aquella maldita situación.
--¿Disfrutas restregándomelo por las narices?
-Por un momento, él guardo silencio-. La idea de que algún día tú marques la piel de otro macho con tus dien­tes y metas su sangre dentro de ti me vuelve loco.
Beth lo miró fijamente.
¿Entonces porqué no te quedas conmigo?, pensó ella. Wrath sacudió la cabeza.
-Pero no puedo permitirme eso. -¿Por qué no?
--Porque tú no puedes ser mía. No importa lo que haya dicho antes.
Fritz entró, recogió los platos Y sirvió el postre: fresas co­locadas delicadamente sobre un plato con bordes dorados y un poco de salsa de chocolate al lado para bañarlas, junto a una ga­lleta pequeña.
Normalmente, Beth habría despachado aquella exquisita combinación; en cuestión de segundos, pero se encontraba de­masiado agitada para comer.
-¿No te gustan las fresas? -preguntó Wrath mientras se llevaba una a la boca. Sus brillantes dientes blancos mordieron la roja carne.
Ella se encogió de hombros, obligándose a mirar hacia otro lado.
-Sí me gustan.
-Toma. -Cogió una fresa de su plato y se inclinó hacia ella-. Permíteme que y o te la dé.
Sus largos dedos sostuvieron el pedúnculo con firmeza, mientras su brazo se balanceaba en el aire.
Ella deseaba tomar lo que él le ofrecía. -Puedo comer por mí misma.
-Ya lo sé -dijo él sinceramente-. Pero ésa no es la cues­tión.
-¿Tuviste sexo con ella? --preguntó. Enarcó las cejas con sorpresa. -¿Anoche?
Ella asintió con la cabeza.
-Cuando te alimentas, ¿le haces el amor?
Y déjame contestar a tu siguiente Pregunta. Ahora mismo, no me acuesto con nadie más que contigo.
Ahora mismo, repitió ella mentalmente.
Beth bajó la mirada hacia sus manos, colocadas en su re­gazo, sintiéndose herida de una forma estúpida.
-Déjame alimentarte -murmuró él--. Por favor.
Oh, madura, se dijo ella. Eran adultos. Eran maravillo­sos en la cama, y eso nunca le había sucedido jamás con ningún hombre. ¿Realmente iba a alejarse sólo porque iba a perderlo?
Además, aunque le prometiera un futuro de rosas, un hombre como él no permanecería en casa mucho tiempo. Ira un lu­chador que andaba con urea pandilla de tipos como él. Los asuntos domésticos y el hogar le resultarían tremendamente aburridos. Lo tenía ahora. Lo quería ahora.
Beth se inclinó hacia delante en su silla, abrió la boca, po­niendo los labios alrededor de la fresa, tomándola entera. Los labios de Wrath temblaron al verla morder, y cuando un poco del dulce jugo escapó y goteó hacia su barbilla, soltó un silbido ahogado.
-Quiero lamer eso -murmuró por lo bajo. Se estiró ha­cia delante, pero consiguió dominarse. Levantó su servilleta. Ella puso su mano en la de él.
-Usa tu boca.
Un sonido grave, surgido de lo más profundo de su pecho, retumbó en la habitación.
Wrath se inclinó hacia ella, ladeando la cabeza. Ella cap­tó un destello de sus colmillos mientras sus labios se abrían y su lengua salía. Lamió el jugo y luego se apartó.
La miró fijamente. Ella le devolvió la mirada. Las velas par­padearon.
-Ven conmigo -dijo él, ofreciendo su mano.
Beth no vaciló. Puso su palma contra la de él y dejó que la guiara. La llevó al salón, accionó el resorte del cuadro y atrave­saron la pared, descendiendo por la escalera de piedra. El parecía inmenso en medio de la oscuridad.
Cuando llegaron al rellano inferior, la llevó a su alcoba. Ella miró hacia la enorme cama. Había sido arreglada, con las al­mohadas pulcramente alineadas contra el cabezal y las sábanas de satén suaves como agua inmóvil. Una oleada de calor invadió su cuerpo al recordar lo que había sentido al tenerlo encima, mo­viéndose dentro de ella.
De nuevo estaban allí, pensó. Y no podía esperar.
Un profundo gruñido le hizo mirar por encima de su hom­bro. La mirada de Wrath estaba fija en ella como en un blanco de tiro.
Le había leído el pensamiento. Sabía lo que ella quería. Y estaba listo para entregárselo.
Caminó hacia ella, y Beth ovó que la puerta se cerraba con el cerrojo. Miró a su alrededor, preguntándose si había alguien más en la estancia. Pero no vio a nadie.
La mano de él se dirigió hacia su cuello, doblándole la cabeza hacia atrás con el dedo pulgar.
-Toda la noche he querido besarte.
Ella se preparó para algo fuerte, dispuesta para cualquier cosa que él pudiera darle, sólo que cuando sus labios se posaron sobre los de ella lo hicieron con una extraordinaria dulzura. Pudo sentir la pasión en las tensas líneas de su cuerpo, pero clara­mente se negaba a apresurarse. Cuando alzó la cabeza, le sonrió. Pensó que ya estaba totalmente acostumbrada a los col­millos.
-Esta noche vamos a hacerlo lentamente -dijo él. Pero ella lo detuvo antes de que él la besara de nuevo. -Espera. Hay algo que debo... ¿Tienes condones? Él frunció el entrecejo.
-No. ¿Por qué?
-¿Por qué? ¿Has oído hablar de sexo seguro?
-Yo no soy portador de ese tipo de enfermedades, y tú no puedes contagiarme nada.
-¿Cómo lo sabes?
-Los vampiros están inmunizados contra los virus hu­manos.
-¿Entonces puedes tener todo el sexo que quieras? ¿Sin preocuparte por nada?
Cuando él asintió con la cabeza, ella se sintió un poco ma­reada. Dios, cuántas mujeres debe haber...
-Y tú no eres fértil -dijo él. -¿Cómo lo sabes?
-Confía en mí. Los dos lo sabríamos si lo fueras. Ade­más, no tendrás tu primera necesidad hasta pasados cinco años más o menos después de la transición. E incluso cuando estés en esa época, la concepción no está garantizada porque... -Aguarda. ¿Qué es eso de la necesidad?
-Las hembras sólo son fecundas cada diez años. Lo cual es una bendición.
-¿Por qué?
Él se aclaró la garganta. De hecho parecía un poco apenado. -Es un periodo peligroso. Todos los varones responden en alguna medida si están próximos a una hembra que esté atra­vesando su necesidad. No lo pueden evitar. Puede haber luchas. Y la hembra, ella, eh..., los deseos son intensos. O eso es lo que he oído.
-¿Tú no tienes hijos?
Él negó con la cabeza. Luego frunció el ceño. -Dios.
-¿Qué?
-Pensar en ti cuando tengas tu necesidad. -Su cuerpo se balanceó, como si hubiera cerrado los ojos-. Ser el único que tú utilices.
Emanó calor sexual. Ella pudo sentir una ráfaga caliente desplazándose en el aire.
-¿Cuánto tiempo dura? -preguntó ella con voz ronca. -Dos días. Si la hembra está... bien servida y alimentada adecuadamente, el periodo cesa rápidamente.
-¿Y el hombre?
-El macho queda totalmente agotado cuando termina. Seco de semen y de sangre. Le lleva mucho más tiempo a él re­cuperarse, pero nunca he oído una queja. Jamás. -Hubo una pausa-. Me encantaría ser el que te alivie.
De repente, él dio un paso hacia atrás. Ella sintió una co­rriente de aire frío cuando el humor de él cambió y el calor se di­sipó.
-Pero ésa será la obligación de algún otro macho. Y su privilegio.
Su móvil empezó a sonar. Lo sacó de su bolsillo interior con un gruñido.
-¿Qué? -Hubo una pausa.
Ella se dirigió al baño para darle un poco de privacidad. Y porque necesitaba estar sola un momento. Las imágenes que aparecían en su mente eran suficientes para aturdirla. Dos días. ¿Sólo con él?
Cuando salió, Wrath estaba sentado en la cama, con los codos en las rodillas, acurrucado. Se había quitado la chaqueta, Y sus hombros parecían más anchos, resaltados por la camisa negra. Al acercarse, captó una imagen fugaz de un arma de fuego bajo la chaqueta y se estremeció un poco.
Él la miró mientras ella se sentaba a su lado. Beth deseó poder comprenderlo mejor y culpó a las gafas oscuras. Tendió la mano hacia el rostro de él, acariciando la antigua herida de su mejilla, deslizándola hacia su fuerte mentón. Su boca se abrió lige­ramente, como si su tacto lo dejara sin respiración.
-Quiero ver tus ojos -dijo ella. Él se apartó un poco hacia atrás. -¿Por qué no?
-¿Por qué te interesa saber cómo son? Ella frunció el ceño.
-Es difícil entenderte si te ocultas tras las gafas. Y en es­te instante, no me molestaría saber qué estás pensando.
O sintiendo, que es todavía más importante. Finalmente, él se encogió de hombros. --Haz lo que quieras.
Como no hizo ningún movimiento para quitarse las gafas, ella tomó la iniciativa, deslizándolas hacia delante. Sus párpados estaban cerrados, sus pestañas oscuras contra la piel. Permaneció así. -¿No vas a enseñarme tus ojos?
Él apretó la mandíbula.
Ella miró las gafas. Cuando las levantó hacia la luz de una vela, apenas pudo ver algo a través de los cristales, pues eran tre­mendamente opacos.
-Eres ciego, ¿verdad? -dijo ella suavemente.
Sus labios volvieron a fruncirse, pero no en una sonrisa. --¿Te preocupa que no pueda cuidar de ti?
A ella no le sorprendió la hostilidad. Imaginaba que un hombre como él odiaría cualquier debilidad que poseyera. -No, eso no le preocupa en absoluto. Pero me gustaría ver tus ojos.
Con un movimiento relámpago, Wrath la arrastró al otro lado de su regazo, sosteniéndola en equilibrio de modo que só­lo la fuerza de sus brazos impedía que se golpeara contra el suelo. Su boca tenía un rictus amargo.
Despacio, levantó los párpados. Beth abrió la boca.
Sus ojos eran del color más extraordinario que había visto nunca. Un verde pálido resplandeciente, tan claro que era casi blanco. Enmarcados por unas gruesas y oscuras pestañas, brillaban como si alguien hubiera encendido una luz en el interior de su cráneo.
Entonces se fijó en sus pupilas y se dio cuenta de que no estaban bien. Eran como diminutos alfileres negros, descentrados. Acarició su rostro.
-Tus ojos son hermosos. -Inútiles.
-Hermosos.

Ella le miró fijamente mientras él trataba de adivinar sus rasgos, forzando la vista.
-¿Siempre han sido así? -susurró ella.
-Nací casi ciego, pero mi visión empeoró después de mi transición y, probablemente, se deteriorará aún más a medida que envejezca.
-¿Entonces todavía puedes ver algo?
-Sí. -Dirigió la mano hacia su cabello. Cuando sintió que caía sobre sus hombros, se dio cuenta de que él le estaba quitan­do las horquillas que sujetaban su peinado-. Sé que me gusta tu cabello suelto, por ejemplo. Y también sé que eres muy, hermosa. Sus dedos perfilaron los contornos de su cara, descendiendo suavemente hacia su cuello y su clavícula, hasta abrirse camino entre sus pechos.
Su corazón latió aceleradamente, sus pensamientos se vol­vieron confusos, y el mundo desapareció a su alrededor, quedando únicamente ellos dos.
-La vista es un sentido sobrevalorado -murmuró él, ex­tendiendo la palma de la mano sobre su pecho. Era fuerte y cá­lida, un anticipo de lo que su cuerpo sentiría cuando se encontrara sobre ella-. Tacto, gusto, olfato, oído. Los otros cuatro sentidos son igualmente importantes.
Él se inclinó hacia delante, le acarició el cuello con los la­bios, y ella sintió un suave arañazo. Sus colmillos, pensó. Subió por su garganta.
Deseó que la mordiera.
Wrath respiró profundamente.
-Tu piel posee un aroma que me provoca una erección instantánea. Todo lo que tengo que hacer es olerte.
Ella se arqueó en los brazos de el, frotándose contra sus muslos, empujando sus pechos hacia arriba. Su cabeza se aban­donó, y dejó escapar un pequeño gemido.
-Dios, adoro ese sonido -dijo él, subiendo la mano has­ta la base de su garganta-. Hazlo de nuevo para mí, Beth. Lamió delicadamente su cuello. Ella lo satisfizo.
-Eso es -gimió él-. Santo cielo, eso es.
Sus dedos empezaron a desplazarse nuevamente, esta vez hasta el lazo de su vestido, que soltó con destreza.
-No debería dejar que Fritz cambie las sábanas.
-¿Qué? -masculló ella.
-En la cama. Cuando tú te vas. Quisiera aspirar tu per­fume cuando me tienda en ellas.
La parte delantera de su vestido se abrió, y el aire frío re­corrió su piel mientras la mano de él avanzaba hacia arriba. Cuan­do llegó al sujetador, trazó un círculo alrededor de los bordes de encaje, avanzando gradualmente hacia el interior hasta rozar su pezón.
El cuerpo de ella se estremeció, y se aferró a los hombros de él. Sus músculos estaban rígidos por el esfuerzo de sostener­la. Ella miró su temible cara, magnífica.
Sus ojos brillaban, despidiendo una luz_ que moldeaba sus pechos en las sombras. La promesa de sexo salvaje y su feroz de­seo por ella resultaban evidentes por el rechinar de su mandíbula, por el calor que salía de su imponente cuerpo y por la tensión de sus piernas N, su pecho.
Pero él tenía un absoluto control de sí mismo. Y de ella. -Te he deseado con tanta pasión... -dijo él, hundiendo la cabeza en su cuello, mordiéndola ligeramente, sin apenas ara­ñar la piel. Luego pasó su lengua sobre la pequeña herida como una húmeda caricia, y se desplazó hacia abajo, a su pecho-. En realidad no te he poseído propiamente todavía.
-No estoy tan segura de eso -dijo ella.
Su risa sonó como un trueno profundo, su respiración era calida y húmeda sobre la piel de ella. Le besó la parte superior del pecho, luego tomó el pezón en su boca, a través del encale. Ella se arqueó de nuevo, sintiendo como si un dique se hubiera roto entre sus piernas.
El guerrero levantó la cabeza, con una sonrisa de deseo despuntando en sus labios.
Deslizó suavemente hacia abajo el sujetador. Su pezón se puso aún más erecto para él, a medida que veía la oscura cabeza del macho descendiendo hasta su pálida piel. Su lengua, lustrosa y rosada, salió de su boca y empezó a lamerla.
Cuando sus muslos se abrieron sin que él se lo hubiera pe­dido, se rió de nuevo, con un profundo y masculino sonido de satisfacción.
Su mano se abrió paso entre los pliegues del vestido, ro­zando su cadera, moviéndose lentamente sobre su bajo vientre.
Encontró el borde de sus bragas y deslizó el dedo índice debajo de ellas. Sólo un poco.
Movió la yema del dedo adelante y atrás, provocándole sensuales cosquillas cerca de donde ella deseaba y necesitaba. -Más -exigió ella-. Quiero más.
-Y lo tendrás. -Su enano entera desapareció bajo sus bra­gas. Ella soltó un grito cuando entró en contacto con su centro caliente y húmedo-. ¿Beth?
Ella casi había perdido la consciencia, embriagada por su tacto.
-¿Hmm?
-¿Quieres saber a qué sabes? -dijo él contra su pecho. Un largo dedo se adentró en su cuerpo, como si él quisiera que supiera que no se estaba refiriendo a su boca.
Ella se agarró a su espalda a través de la camisa de seda, arañándolo con las uñas.
-Melocotones -dijo él, desplazando su cuerpo, mo­viéndose hacia abajo con su boca, besando la piel de su estóma­go-. Es como comer melocotones. Carne suave en mis labios y en mi lengua cuando chupo. Delicada y dulce en el fondo de mi garganta cuando trago.
Ella gimió, próxima al orgasmo y muy lejos de toda cor­dura.
Con un movimiento rápido, él la levantó, llevándola a la cama. Cuando la tendió, le apartó las piernas con la cabeza, po­sando la boca entre sus muslos.
Ella dio un grito sofocado, colocando las manos en el ca­bello del vampiro, enredando sus dedos en él. Él dio un tirón al lazo de cuero que lo sujetaba. Los bucles oscuros cayeron sobre su vientre, como el revoloteo de las alas de un halcón.
-Como los melocotones -dijo él, despojándola de sus bragas-. Y me encantan los melocotones.
La claridad sobrecogedora y hermosa que irradiaban sus ojos inundó todo su cuerpo. Y entonces él bajó nuevamente la cabeza.

Capítulo 27

Havers entró en su laboratorio y deambuló durante unos instantes sin saber muy bien qué hacer, hacien­do resonar sus pasos sobre el blanco pavimento. Después de dar un par de vueltas alrededor de la estancia, decidió sentarse en su lugar habitual. Acarició el elegante cuello esmaltado de su mi­croscopio, miró las numerosas probetas y recipientes de cristal que había en los estantes, ovó el zumbido de las neveras, el ron­roneo monótono del sistema de ventilación en el techo y percibió el persistente olor del desinfectante Lysol.
Aquel ambiente científico le recordó el objetivo de su in­vestigación.
Y el orgullo que sentía por su gran capacidad mental.
Se consideraba civilizado, capaz de controlar sus emocio­nes, bueno para responder lógicamente a los estímulos. Pero no tenía fuerza para controlar el odio y la furia que lo invadían. Aquel sentimiento era demasiado violento, demasiado poderoso.
Estaba fraguando varios planes, y todos implicaban de­rramamiento de sangre.
¿Pero a quién quería engañar? Si pretendía levantar aun­que sólo fuera una simple navaja contra Wrath, la única sangre derramada sería la de él mismo.
Necesitaba encontrar a alguien que supiera matar. Alguien que pudiera acercarse al guerrero.
Cuando encontró la solución, le resultó tremendamente obvia. Ya sabía a quién acudir y dónde encontrarlo.
Havers se dirigió hacia la puerta, Y su satisfacción hizo aso­mar una sonrisa a sus labios. Pero cuando vio su reflejo en el es­pejo que había sobre el fregadero del laboratorio, se quedó hela do. Sus inquietos ojos estaban demasiado brillantes, mostrando una avidez desconocida, y aquella desagradable sonrisa nunca la había visto en su rostro. El rubor febril que coloreaba sus meji­llas era producto del enorme deseo de un infame desenlace.
No se reconoció con aquella máscara de venganza. Odiaba el aspecto que había adquirido su rostro. -Oh, Dios.
¿Cómo podía pensar tales cosas? Era médico. Su trabajo con­sistía en curar. Se había consagrado a salvar vidas, no a quitarlas. Marissa había dicho que todo había terminado. Ella habla roto el pacto, y no volvería a ver a Wrath.
Pero aun así, ¿no merecía ser vengada por la manera en que había sido tratada?
Ahora era el momento de atacar. Si se aproximaba a Wrath en aquel momento, ya no se vería obstaculizado por el hecho de que Marissa pudiera quedar atrapada en el fuego cruzado.
Havers sintió un estremecimiento, y supuso que era el ho­rror por la magnitud de aquello que estaba considerando hacer. Pe­ro entonces su cuerpo se tambaleó, z. tuvo que extender el brazo para sostenerse. El vértigo hizo que el mundo a su alrededor girara alocadamente, por lo que tuvo que acercarse vacilante a una silla. Liberando el nudo de su corbata, se esforzó por respirar. La sangre -pensó-. La transfusión.
No estaba funcionando.
Desesperado, cayó de rodillas. Consumido por su fraca­so, cerró los ojos, abandonándose a la oscuridad.
Wrath rodó hacia un lado, arrastrando consigo a Beth, firmemente abrazada a él. Con su erección todavía palpitando dentro de ella, le alisó el cabello hacia atrás. Estaba húmedo con su delicado sudor.
Mía.
Mientras besaba sus labios, notó con satisfacción que ella todavía respiraba con dificultad.
Le había hecho el amor apropiadamente, pensó. Lento y con suavidad.
-¿Te quedarás? -preguntó él. Ella se rió roncamente.
-No estoy segura de poder caminar ahora mismo. Así que creo que quedarme aquí es una buena opción.
Él apretó los labios contra su frente. -Regresaré poco antes del alba.
Cuando él se retiró del cálido capullo de su cuerpo, ella levantó la vista.
-¿Adónde vas?
-A reunirme con mis hermanos, y después vamos a salir. Salió de la cama y se dirigió hacia el armario para poner­se su traje de cuero y ajustarse la cartuchera sobre los hombros. Deslizó una daga a cada lado y cogió la chaqueta.
-Fritz estará aquí -dijo él-. Si necesitas algo, marca en el teléfono asterisco cuarenta. Sonará en el piso de arriba.
Ella se envolvió con una sábana y saltó de la cama. -Wrath. -Le tocó el brazo-. Quédate.
Él se inclinó para darle un beso fugaz. -Volveré.
-¿Vas a luchar? -Sí.
-¿Pero cómo puedes hacerlo? Eres... -Se interrumpió. -He sido ciego durante trescientos años.
Ella contuvo la respiración. ¿Eres tan viejo?
El tuvo que reírse. -Sí.
-Bueno, tengo que decir que te conservas muy bien. --Su sonrisa se marchitó-. ¿Cuánto tiempo viviré?
Una oleada de miedo frío lo impactó, haciendo que su corazón se paralizara durante un instante.
¿Qué pasaría si ella no sobrevivía a la transición?
Wrath sintió que el estómago se le revolvía. É1, que es­taba acostumbrado a enfrentarse a los mayores peligros, de re­pente, sentía crujir el intestino con un miedo mortal y primi­tivo.
Ella tenía que vivir, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo?
Se había puesto a mirar al techo, preguntándose con quién diablos estaba hablando. ¿Con la Virgen Escriba? -¿Wrath?
Atrajo a Beth hacia sí y le dio un fuerte abrazo, como si quisiera protegerla de aquel destino incierto.
-Wrath-dijo ella en su hombro-. Wrath, querido, no puedo... No puedo respirar.
La soltó de inmediato y la miró fijamente, intentando per­cibir algo con sus ojos moribundos. La incertidumbre tensó la piel de sus sienes.
-¿Wrath? ¿Qué pasa? -Nada.
-No has contestado a mi pregunta. -Es porque no sé la respuesta.
Ella pareció desconcertada, pero entonces se puso de pun­tillas y lo besó en los labios.
--Bien, sea cual sea el tiempo que me quede, desearía que te quedaras conmigo esta noche.
Un golpe en la puerta interrumpió su conversación. Wrath -La voz de Rhage retumbó a través del acero-. Ya hemos llegado todos.
Beth dio un paso atrás. El pudo sentir que ella era extraor­dinariamente vulnerable.
Estuvo tentado de encerrarla con llave, pero no podría so­portar mantenerla prisionera. Y su instinto le decía que a pesar de lo mucho que ella quisiera que las cosas fuesen diferentes, se resignaba a su destino, así como al papel que él desempeñaba. También, de momento, estaba a salvo de los restrictores, pues ellos la verían solamente como una humana.
-¿Estarás aquí cuando regrese? -preguntó él, ponién­dose la chaqueta.
-No lo se.
-Si sales, necesito saber dónde encontrarte. -¿Por qué?
-La transición, Beth. Estarás más segura si te quedas. -Quizás.
Él se guardó la maldición. No iba a rogarle.
-La otra puerta que hay en el vestíbulo --dijo él- va a dar a la alcoba de tu padre. Pensaba que te gustaría entrar allí.
Wrath salió antes de quedar en ridículo.
Los guerreros no rogaban, e incluso rara vez preguntaban. Tomaban lo que querían y mataban por ello si era necesario. Pero en el fondo de su alma esperaba que ella estuviera allí cuando volviese. Le gustaba la idea de encontrarla durmiendo en su cama.
Beth entró en el baño y se dio una ducha, dejando que el agua ca­liente aliviara sus nervios. Cuando salió y se secó, vio una bata negra en un colgador. Se la puso.
Olió las solapas de la prenda y cerró los ojos. Estaba im­pregnada con el olor de Wrath, una mezcla de jabón, loción de afeitar y...
Vampiro macho.
Santo Dios. ¿En realidad le estaba sucediendo todo aquello? Se dirigió a la habitación. Wrath había dejado el armario abierto. Sintió curiosidad por revisar su ropa. Pero lo que en­contró fue un escondite de armas que la dejó petrificada.
Pensó en marcharse, y aunque quería hacerlo, sabía que Wrath tenía razón: quedarse era más seguro.
Y la alcoba de su padre era una tentación.
Echaría un vistazo. Esperaba que lo que encontrara allí no le provocara palpitaciones. Dios era testigo de que su amado no hacía más que darle un susto tras otro.
Al salir al rellano, se cerró las solapas de la bata. Las lám­paras de gas parpadearon, haciendo que las paredes parecieran vivas mientras fijaba la vista en la puerta al otro lado del pasillo. Antes de perder el valor, caminó hasta allí, giró el pomo y em­pujó.
La oscuridad la saludó al otro lado, un muro negro que le recordaba a un pozo sin fondo o un espacio infinito. Traspasó el umbral y tanteó la pared en busca de un interruptor de la luz, que no pudo encontrar.
Avanzando en el vacío, se movió despacio hacia la izquierda hasta que su cuerpo chocó con un objeto grande. Por el sonido de los tiradores de bronce y el olor a cera de limón, supuso que había tropezado con una cómoda alta. Siguió caminando, tan­teando con cuidado hasta que encontró una lámpara.
Parpadeó ante la luz. La base de la lámpara era un fino jarrón oriental y la mesa sobre la que se apoyaba era de caoba ta­llada. Sin duda, la habitación estaba decorada con el mismo estilo magnífico del piso superior.
Cuando sus ojos se adaptaron a aquella tenue iluminación, echó un vistazo alrededor.
-Oh..., Dios... mío.
Había fotografías de ella por todas partes. En blanco y ne­gro, primeros planos, en color. Era ella a todas las edades, de niña, en su adolescencia, en la universidad. Una de ellas era muy reciente, y se había sacado mientras salía de la oficina del Cald­zvell Courier Journal. Recordaba ese día. Había sido la primera nevada del invierno, y se estaba riendo mientras miraba al cielo. Hacía ocho meses.
La idea de no haber podido conocer a su padre sólo por un escaso margen de tiempo la impactó como algo trágico. ¿Cuándo había muerto? ¿Cómo había vivido?
Una cosa estaba clara: tenía muy buen gusto y muy refi­nado. Y, obviamente, le gustaban las cosas exquisitas. El inmen­so espacio privado de su padre era extraordinario. Las paredes, de un color rojo profundo, exhibían otra colección espectacular de paisajes de la Escuela del Río Hudson con marcos bellamente decorados. El suelo estaba cubierto de alfombras orientales azu­les, rojas y doradas que brillaban como vidrieras de colores. La cama era el objeto más magnífico de la alcoba. Una antigüedad maciza, tallada a mano, con cortinajes de terciopelo rojo que col­gaban de un dosel. En la mesilla de la izquierda había una lám­para y otra fotografía de ella; en la de la derecha, un reloj, un li­bro y un vaso.
Él habla dormido en ese lado.
Se acercó para mirar el libro, delicadamente encuadernado en piel. Estaba en francés. Debajo había una revista. Forbes. Volvió a ponerlos en su lugar y luego miró el vaso. To­davía quedaba un poco de agua en el fondo.
O bien alguien estaba durmiendo allí ahora... o quizás su padre había muerto muy recientemente.
Echó una mirada a su alrededor buscando ropa o una ma­leta que le indicara que había un invitado. El escritorio de caoba al otro lado de la habitación llamó su atención. Se aproximó y se sentó en su sillón con forma de trono, de brazos tallados. Al lado de su portafolio de cuero había un montoncito de papeles. Eran las facturas de los gastos de la casa. Electricidad, teléfono, agua... Todas a nombre de Fritz.
Todo era tan absolutamente... cotidiano. Ella tenía las mismas cosas en su escritorio.
Beth volvió a mirar el vaso sobre la mesilla.
La vida de él había sido interrumpida bruscamente, pensó. Sintiéndose como una entrometida, pero incapaz de resis­tirse, tiró de un cajón del escritorio. Plumas Montblanc, grapas, una grapadora. Lo cerró y abrió otro más grande. Estaba lleno de archivos. Registros financieros.
Por todos los cielos. Su padre estaba bien cargado. Verda­deramente cargado.
Miró otra página. Cargado de millones y millones. Volvió a poner el archivo en su lugar y cerró el cajón. Aquello explicaba muchas cosas. La casa, la colección de arte, el coche, el mayordomo.
A un lado del teléfono había una fotografía de ella en un marco plateado. La cogió e intentó imaginarlo a él, mirándola. ¿Habría alguna fotografía de él?, se preguntó.
¿Acaso se podía fotografiar a un vampiro?
Deambuló por la habitación de nuevo, mirando cada uno de los marcos. Sólo ella. Sólo ella. Sólo...
Beth se inclinó, alcanzando con mano temblorosa un mar­co de oro.
Contenía un retrato en blanco y negro de una mujer de ca­bello oscuro que miraba tímidamente a la cámara. Tenía la mano sobre la cara, como si sintiera vergüenza.
Aquellos ojos, pensó Beth intrigada. Había contemplado en el espejo un par de ojos idénticos a aquellos durante todos los días de su vida.
Su madre.
Rozó con el dedo índice el interior del vaso.
Sentándose a ciegas en la cama, acercó la fotografía a sus ojos tanto como pudo sin que la visión se volviera borrosa. Co­mo si la proximidad a la imagen anulara la distancia temporal y la llevara hasta la mujer encantadora que había en el marco.
Su madre.

Capítulo 28

Esto está mejor, pensó el señor X mientras cargaba a un in­consciente vampiro civil sobre el hombro. Arrastró rá­pidamente al macho a través del callejón, abrió la parte de atrás de la camioneta y se deshizo de su presa corno si fuera un saco de patatas. Tuvo la precaución de colocar una manta negra de lana cubriendo su carga.
Sabía que esta vez su plan tendría éxito, y aumentar la do­sis del tranquilizante Demosedan y añadirle Acepromazina ha­bía marcado la diferencia. Su intuición de usar tranquilizantes para caballos en lugar de sedantes destinados a humanos había si­do correcta. A pesar de todo, el vampiro había necesitado dos dardos de Acepromazina antes de caer.
El señor X miró por encima del hombro antes de situarse detrás del volante. La prostituta que había matado estaba tendi­da sobre un desagüe; su sangre saturada de heroína se colaba por la alcantarilla. La amable muchacha incluso lo había ayudado con la aguja. Desde luego, ella no esperaba que la droga tuviese una pureza del 100%.
Ni que corriera por sus venas en una cantidad suficiente como para hacer alucinar a un elefante.
La policía la encontraría por la mañana, pero él había sido muy cuidadoso: guantes de látex, una gorra sobre el cabello y ro­pa de nailon de un tejido muy tupido que no soltaba fibras.
Y además, ella no había luchado.
El señor X encendió el motor pausadamente y se deslizó a través de la calle Trade.
Un fino brillo de sudor causado por la excitación apareció sobre su labio superior. Aquella sensación de la adrenalina bom­beada por su cuerpo le hizo echar de menos los días en que todavía podía disfrutar del sexo. Aunque el vampiro no tuviera ni una información que proporcionarle, iba a divertirse el resto de la noche.
Pensó que podía empezar con el mazo.
No, sería mejor el torno de dentista bajo las uñas.
Eso debilitaría inmediatamente al macho. Después de to­do, no tenía mucho sentido torturar a alguien que ha perdido el conocimiento. Sería como dar patadas a un cadáver. Él tenía que ser consciente de su dolor.
Escuchó un leve ruido procedente de la parte trasera. Mi­ró por encima de su hombro. El vampiro se movía bajo la manta. Bien. Estaba vivo.
El señor X dirigió de nuevo la vista a la carretera v, frun­ciendo el ceño, se inclinó hacia delante, aferrando con fuerza el volante.
Delante de él vio el destello de unas luces de frenado. [.os coches estaban parados en una larga fila. Un puñado de conos de color naranja obligaban a detenerse, Y las luces inter­mitentes azules y blancas anunciaban la presencia de la policía. ¿Un accidente?
No. Un control. Dos policías con linternas examinaban el interior de los vehículos, y a un lado de la calzada habían colo­cado un cartel en el que se leía: «Control de alcoholemia».
El señor X pisó el freno. Buscó en su bolsa negra, sacó su pistola de dardos Y disparó otros dos tiros al vampiro para aca­llar el ruido. Con las ventanillas oscuras y la manta negra tapan do a su víctima, tal vez pasara sin mayores problemas, siempre que el macho no se moviera.
Cuando le tocó el turno, bajó la ventanilla mientras el po­licía se acercaba. La luz de la linterna del hombre se reflejó en el salpicadero, produciendo un resplandor.
-Buenas noches, oficial. -El señor X adoptó una expre­sión afable.
-¿Ha estado usted bebiendo esta noche, señor?
El policía, de mediana edad, tenía un aspecto anodino y vulgar. Su bigote necesitaba un buen arreglo y su cabello gris so­bresalía de su gorra descuidadamente. Parecía un perro pastor, pero sin el collar antipulgas y la cola.
-No, oficial. No he bebido. -Oiga, yo le conozco.
-¿De verdad? -El señor X sonrió todavía más mien­tras miraba hacia el cuello del hombre. La rabia le llevó a pensar en el cuchillo que tenía en la puerta del coche. Estiró un dedo y rozó el mango, tratando de tranquilizarse.
-Sí, usted le enseña jiujitsu a mi hijo. -Cuando el policía se inclinó hacia atrás, su linterna se balanceó un poco, alumbrando la bolsa negra que había en el asiento de al lado-. Darry1, ven a conocer al sensei de Billy.
Mientras el otro policía caminaba hacia ellos, el señor X aprovechó para comprobar si la bolsa tenía la cremallera cerrada. Sería una desgracia que vieran la pistola de dardos o la Glock de nueve milímetros que llevaba oculta allí.
Durante cinco minutos, tuvo una agradable charla con los dos policías mientras fantaseaba sobre la manera de acabar con ellos. Cuando puso en marcha la camioneta, se sorprendió de te­ner el cuchillo en la mano, casi en su regazo.
Tendría que desahogarse sacando fuera toda aquella agre­sividad.
Wrath miró con atención los borrosos contornos del edificio comercial de un solo piso. Durante las dos últimas horas, él y Rhage habían estado vigilando la Academia de Artes Marcia­les Caldwell, intentando descubrir si allí se desarrollaba alguna actividad nocturna. Las instalaciones estaban situadas en un extremo del centro comercial, al borde de una fila de árboles. Rhage, que la noche anterior había visitado el lugar, calculaba que ocupaba una superficie de unos seis mil metros cuadrados.
Suficientemente grande para ser el centro de operaciones de los restrictores.   - El aparcamiento se extendía hasta el frente de la academia, con quince plazas a cada lado. Tenía dos entradas: la principal, con puertas de doble cristalera, y una lateral sin ventanales. Des­de su posición estratégica en el bosque, podían ver tanto el apar­camiento vacío como las entradas y salidas del edificio.
El resto de los accesos sólo eran callejones sin salida. Por el Gold's Gym no habían desfilado más que tipejos. Cerraba a medianoche y abría a las cinco de la madrugada, y había estado silencioso las dos últimas noches. En el campo de paint-ball sucedía lo mismo, se quedaba vacío desde el momento en que ce­rraba sus puertas. Las mejores opciones eran las dos academias, y- Vishous y los gemelos estaban al otro lado de la ciudad vigilando la otra.
Aunque los restrictores no tenían problemas con la luz diurna, salían a cazar de noche porque era entonces cuando sus presas se ponían en movimiento. Cerca del amanecer, los centros de reclutamiento y entrenamiento de la Sociedad solían utili­zarse como sitios de reunión, aunque no siempre. Además, de­bido a que los restrictores cambiaban de local con frecuencia, uno de esos centros podía estar activo durante algunos meses, o qui­zás un año, y después ser abandonado.
Como Darius había sido atacado hacía sólo unos cuantos días, Wrath esperaba que la Sociedad aún no se hubiera trasla­dado.
Tocó su reloj.
-Demonios, son casi las tres.
Rhage se apoyó contra el árbol que tenía a su espalda. -Entonces supongo que Tohr ya no vendrá esta noche. Wrath se encogió de hombros, esperando ansiosamente que su compañero apareciera.
No lo hizo.
-Es extraño en él. -Rhage hizo una pausa-. Pero no pa­reces sorprendido.
-No.
-¿Por qué?
Wrath volvió a encogerse de hombros. -Me enfrenté con él, y no debí hacerlo. -No voy a preguntar.
-Muy sensato por tu parte. -Y luego, por alguna ra­zón absurda, añadió-: Necesito disculparme con él.
-Eso será una novedad.
-¿Soy tan detestable?
-No -respondió Rhage sin su habitual fanfarronería-. Sólo que no te equivocas con tanta frecuencia.
Viniendo de Hollywood, la franqueza le resultó sorpren­dente.
-Bueno, lo que le dije a Tohr fue algo realmente repugnante.
Rhage le palmoteó la espalda.
-Con la amplia experiencia que tengo ofendiendo a la gente, déjame decirte que no hay nada que no pueda arreglarse. -Mezclé a Wellsie en esto.
-Ésa no fue una buena idea. -Y lo que él siente por ella. -Mierda.
-Sí. Más o menos. -¿Por qué? -Porque yo...
Porque había sido un idota al rechazar los consejos de Tohr sobre un asunto que manejaba con enorme éxito desde hacía dos siglos. A pesar de que Tohr era todo un guerrero, mantenía una relación con una hembra de gran valía. Y era una buena unión, fuerte, amorosa. Él era el único de los hermanos que había podido hacer eso.
Wrath pensó en Beth. La imaginaba viniendo hacia él, pi­diéndole que se quedara.
Estaba deseoso de encontrarla en su cama cuando volviera a casa. Y no porque quisiera poseerla. Quería dormir a su lado, descansar un poco, sabiendo que ella estaba segura yunto a él.
Ah, diablos. Tenía el terrible presentimento de que ten­dría que permanecer cerca de esa hembra durante algún tiempo. ¿Por qué? -repitió Rhage.
Wrath sintió un picor en la nariz. Un olor dulzón, como de talco para bebés, flotaba en la brisa.
-Extiende la alfombra roja de bienvenida -dijo mientras se desabrochaba la chaqueta.
--¿Cuántos?-preguntó Rhage, dándose media vuelta. Chasquidos de ramas y crujidos de hojas resonaron en la noche, y se hicieron cada vez más fuertes.
-Por lo menos tres.
-Caray.
Los restrictores venían directamente hacia ellos, a través de un claro en la arboleda. Hacían ruido, hablando y. caminan­do despreocupadamente, hasta que uno de ellos se detuvo. Los otros dos hicieron lo mismo, guardando silencio.
--Buenas noches, muchachos -dijo Rhage, saliendo al descampado.
Wrath se acercó con sigilo. Cuando los restrictores rodea­ron a su hermano agachándose y sacando los cuchillos, él avan­zó por entre los árboles.  -
Entonces salió de las sombras y levantó del suelo a uno de los restrictores, con lo que empezó la lucha. Le cortó la gargan­ta, pero no tuvo tiempo de rematarlo. Rhage se había ocupado de dos de ellos, pero el tercero estaba a punto de golpear al herma­no en la cabeza con un bate de béisbol.
Wrath se precipitó sobre aquel bateador sin alma, derri­bándolo y apuñalándolo en la garganta. Un grito ahogado bur­bujeó en el aire. Wrath echó un vistazo a su alrededor, por si había más o su hermano necesitaba ayuda.
Rhage estaba perfectamente bien.
A pesar de su escasa visión, Wrath pudo percibir la ex­traordinaria belleza del guerrero cuando luchaba. Lanzaba sus pu­ños y patadas con movimientos rápidos y ágiles. Estaba dotado de unos reflejos animales, con una enorme potencia y resistencia. Era un maestro del combate cuerpo a cuerpo, y los restrictores mordían el polvo una y otra vez, y con cada golpe les resultaba más difícil levantarse.
Wrath regresó junto al primer restrictor y se arrodilló so­bre el cuerpo. Éste se retorció mientras le registraba los bolsillos y cogía todos los documentos de identificación que pudo encon­trar.
Estaba a punto de apuñalarlo en el pecho cuando ovó un disparo.

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