viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 29 30 31

Capítulo 29

Entonces, Butch, ¿vas a esperar hasta que yo salga esta no­che? –Abby sonrió, sirviéndole otro whisky, -Quizás.
No quería, pero después de otro par de tragos podría cam­biar de opinión. Suponiendo que todavía pudiera levantarse si es­taba borracho.
Con un giro hacia la izquierda, ella vio detrás de él a otro cliente, y le dirigió un guiño mientras le mostraba un poco el escote. Siempre hay que tener un plan B. Probablemente era una buena idea.
El teléfono de Butch vibró en su cinturón. -¿Sí?
-Tenemos otra prostituta muerta -dijo José-. Pensé que querrías saberlo.
-¿Dónde? -Saltó del asiento de la barra como si tuviera que ir a alguna parte. Luego se sentó otra vez, despacio. -Trade y Quinta. Pero no vengas. ¿Dónde estás?
-En McGrider's. -¿Me das diez minutos? -Aquí estaré.
Butch alejó el vaso mientras la frustración lo desgarraba. ¿Iba a terminar así? ¿Emborrachándose todas las noches? ¿O tal vez trabajando como investigador privado o como guardia de seguridad hasta que fuera despedido por indolente? ¿Vi­viendo solo en ese apartamento de dos habitaciones hasta que su hígado dejara de funcionar?
Nunca había sido bueno para hacer planes, pero quizás ha­bía llegado el momento de trazar algunos.
-¿No te ha gustado el whisky? -preguntó Abby, en­marcando el vaso con sus pechos.
En un acto reflejo, él alcanzó el maldito vaso, lo acercó a sus labios y bebió.
-Ése es mi hombre.
Pero cuando fue a servirle otro, él cubrió la boca del vaso con la mano.
-Creo que va es suficiente por esta noche.
-Sí, está bien. -Ella sonrió cuando él sacudió la cabe­za-. Bien, va sabes dónde encontrarme.
Sí, desgraciadamente.
José tardó mucho más de diez minutos. Pasó casi media hora antes de que Butch viera la figura austera de su compañero atravesando la multitud de bebedores que a aquellas horas se amontonaban en el bar.
-¿La conocemos? -preguntó Butch antes de que el hom­bre pudiera sentarse.
-Otra del chulo Big Daddy. Carla Rizzoli, alias Candy. --¿El mismo modus operandi?
José pidió un vodka solo.
-Sí. Tajo en la garganta, sangre por todas partes. Tenía una sustancia en los labios, como si le hubiera salido espuma por la boca. -¿Heroína?
-Probablemente. El forense hará la autopsia mañana a primera hora.
-¿Se ha encontrado algo en el escenario?
-Un dardo. Como el que se dispara a un animal. Estamos analizándolo. -José apuró el vodka con una rápida inclinación de su cabeza-. Y he oído que Big Daddy's está furioso. Anda buscando venganza.
-Sí, bien, espero que la tome contra el novio de Beth. Qui­zás una guerra saque de su escondite a ese bastardo. -Butch apoyó los codos sobre la barra y se frotó los ojos irritados-. Mal­dición, no puedo creer que ella lo esté protegiendo.

-La verdad es que nunca lo habría imaginado. Finalmente ha elegido a alguien.
-Y es un completo delincuente. José lo miró.
-Vamos a tener que detenerla.
-Lo supuse. -Butch parpadeó, entornando los ojos. ­Escucha, se supone que mañana la veré. Déjame hablar con ella primero, ¿lo harás?
-No puedo hacer eso, O'Neal. Tú no...
-Sí, puedes hacerlo. Sólo programa la detención para el día siguiente.
-La investigación está avanzando hacia...
-Por favor. -Butch no podía creer que estuviera rogan­do-. Vamos, José. Yo puedo mejor que nadie conseguir que ra­zone.
-¿Y eso por qué?
-Porque ella vio cómo casi me mata.
José bajó la mirada a la mugrienta superficie de la barra. -Te doy un día. Y es mejor que nadie se entere, porque el capitán me cortaría la cabeza. Luego, pase lo que pase, la in­terrogaré en la comisaría.
Butch asintió con la cabeza mientras Abby regresaba con­toneándose con una botella de escocés en una mano y una de vodka en la otra.
-Parecéis secos, muchachos -dijo con una risita. El men­saje en su fresca sonrisa y sus ojos limpios se hacía cada vez más fuerte, más desesperado a medida que la noche se acercaba a su fin.
Butch pensó en su cartera vacía. Su pistolera vacía. Su apar­tamento vacío.
-Tengo que salir de ella -murmuró, deslizándose fuera del asiento-. Quiero decir, de aquí.
El brazo de Wrath absorbió la descarga de la escopeta de caza, y el impacto retorció su torso como si fuera una soga. Con la fuerza del disparo, cayó girando al suelo, pero no se quedó ahí. Moviéndose rápidamente y a ras de suelo, logró apartarse del ca­mino, sin dar al tirador la oportunidad de acertarle de nuevo.
El quinto de los restrictores había salido de alguna parte y esta­ba armado hasta los dientes con una escopeta de cañones recor­tados.
Detrás de un pino, Wrath examinó rápidamente la herida. Era poco profunda. Había afectado a una parte del músculo de su brazo, pero el hueso estaba intacto. Todavía podía luchar.
Sacó una estrella arrojadiza y salió al descampado.
Y fue entonces cuando una tremenda llamarada iluminó el claro.
Saltó de nuevo hacia las sombras. -¡Por Cristo!
Ahora sí les había llegado la hora. La bestia estaba salien­do de Rhage. Y la cosa se iba a poner muy fea.
Los ojos de Rhage brillaron como las blancas luces de un coche a medida que su cuerpo se desgarraba y transformaba. Un ser horrible ocupó su lugar, con sus escamas relucientes a la luz de la luna y sus garras acuchillando el aire. Los restrictores no su­pieron qué los golpeó cuando aquella criatura los atacó con los colmillos desnudos, persiguiéndolos hasta que la sangre corrió por su enorme pecho como un verdadero torrente.
Wrath se quedó atrás. Ya había visto aquello antes, y la bestia no necesitaba ayuda. Diablos, si se acercaba demasiado, co­rría el peligro de recibir un golpe de su furia.
Cuando todo hubo terminado, la criatura soltó un aullido tan fuerte que los árboles se doblaron y sus ramas se partieron en dos.
La matanza fue absoluta. No había esperanza de identifi­car a ninguno de los restrictores porque no quedaba ningún cuer­po. Incluso sus ropas habían sido consumidas.
Wrath salió al claro.
La criatura giró alrededor, jadeando.
Wrath mantuvo la voz tranquila y las manos bajadas. Rha­ge estaba allí en alguna parte, pero hasta que volviera a salir, no había forma de saber si la bestia recordaba quiénes eran los her­manos.
-Ya ha terminado -dijo Wrath-. Tú y yo ya hemos he­cho esto antes.
El pecho de la bestia subía y bajaba, y, sus orificios nasales temblaban como si olfatearan el aire. Los ojos resplandecientes se fijaron en la sangre que corría por el brazo de Wrath. Emitió un resoplido. Las garras se alzaron.
-Olvídalo. Ya has hecho tu parte. Ya te has alimentado. Ahora, recuperemos a Rhage.
La gran cabeza se agitó de un lado a otro, pero sus esca­mas empezaron a vibrar. Un grito de protesta abrió una brecha en la garganta de la criatura, y entonces hubo otra llamarada.
Rhage cavó desnudo al suelo, aterrizando con la cara ha­cia abajo.
Wrath corrió hacia él y se dejó caer de rodillas, extendiendo la mano. La piel del guerrero brillaba a causa del sudor, y se agi­taba como un recién nacido en medio del trío.
Rhage reaccionó cuando su compañero le tocó. Intentó al­zar la cabeza, pero no pudo.
Wrath cogió la mano del hermano e la apretó. La que­mazón cuando volvía a recuperarse siempre era una mierda. -Relájate, Hollywood, estás bien. Estás perfectamente bien. -Se quitó la chaqueta y, cubrió suavemente a su hermano. -Aguanta y deja que te cuide, ¿de acuerdo?
Rhage masculló algo y se encogió hecho un ovillo. Wrath abrió su teléfono móvil y marcó.
-¿Vishous? Necesitamos un coche. Ahora. No bromees. No, tengo que trasladar a nuestro muchacho. Hemos tenido una visita de su otro lado. Pero no le digas nada a Zsadist.
Colgó y miró a Rhage.
-Odio esto -dijo el hermano.
-Ya lo sé. -Wrath retiró el cabello pegajoso, empapa­do en sangre, del rostro del vampiro-. Te llevaremos a tu casa. -Me puse furioso al ver que te disparaban.
Wrath sonrió suavemente. -Está claro.
Beth se revolvió, hundiéndose más profundamente en la al­mohada.
Algo no iba bien.
Abrió los ojos en el momento en que una profunda voz masculina rompía el silencio:
-¿Qué demonios tenemos aquí?
Ella se irguió, mirando frenéticamente hacia el lugar de donde habla salido el sonido.
El hombre impresionante que estaba ante ella tenía los ojos negros, inanimados, y un rostro de duras facciones surcado por una cicatriz dentada. Su cabello era tan corto que prácticamente parecía rasurado. Y sus colmillos, largos Y blancos, estaban al des­cubierto.
Ella gritó. Él sonrió. —MI sonido favorito.
Beth se puso una mano sobre la boca.
Dios, esa cicatriz. Le atravesaba la frente, pasaba sobre la nariz y la mejilla, y giraba alrededor de la boca. Un extremo de aque­lla espeluznante herida serpenteante torcía su labio superior, arrastrándolo hacia un lado en una permanente sonrisa de desprecio. -¿Admirando mi obra de arte?, -pronunció él con len­titud-. Deberías ver el resto de mi cuerpo.
Los ojos de ella se fijaron en su amplio pecho. Llevaba una camisa negra, de manga larga, pegada a la piel. En ambos pecto­rales eran evidentes unos anillos pequeños bajo la tela, como si tuviera piercings en las tetillas. Cuando volvió a mirarlo a la ca­ra, vio que tenía una banda negra tatuada alrededor del cuello y un pendiente en el lóbulo izquierdo.
-Hermoso, ¿no crees? -Su fría mirada era una pesadilla de lugares oscuros sin esperanza, del mismo infierno.
Sus ojos eran lo más aterrador de él.
Y estaban fijos en ella como si estuviera tomándole las me­didas para una mortaja. O seleccionándola para el sexo.
Ella movió el cuerpo lejos de él, y empezó a mirar a su alrededor buscando algo que pudiera usar como arma.
-¿Qué pasa, no te gusto?
Beth miró hacia la puerta, y él se rió.
--¿Piensas que puedes correr con suficiente rapidez? -di­jo él, sacándose los faldones de la camisa de los pantalones de cuero que llevaba puestos. Sus manos se posaron sobre la bra­gueta-. Estoy seguro de que no puedes.
-Aléjate de ella, Zsadist.
La voz de Wrath fue un dulce alivio. Hasta que vio que no llevaba camisa y que su brazo estaba en cabestrillo.
Él apenas la miró.
-Es hora de que te vayas, Z. -Zsadist sonrió fríamente. -¿No quieres compartir la hembra? -Sólo te gusta si pagas por ella.
-Entonces le arrojaré uno de veinte. Suponiendo que so­breviva cuando termine con ella.
Wrath siguió acercándose al otro vampiro, hasta que se en­contraron cara a cara. El aire crujió a su alrededor, sobrecargado de violencia.
-No vas a tocarla, Z. Ni siquiera la mirarás. Vas a darle las buenas noches y a largarte de aquí. -Wrath se quitó el ca­bestrillo, dejando ver una venda en el bíceps. Había una mancha roja en el centro, como si estuviera sangrando; pero parecía dispuesto a encargarse de Zsadist.
-Apuesto a que te molesta haber necesitado que te traje­ran a casa esta noche -dijo Zsadist-. Y que yo fuera el más cer­cano con un coche disponible.
-No me hagas lamentarlo más.
Zsadist dio un paso a la izquierda, y Wrath avanzó con él, usando su cuerpo para interponerse en su camino.
Zsadist se rió entre dientes con un retumbar profundo y maligno.
-¿Realmente estás dispuesto a luchar por un humano? -Ella es la hija de Darius.
Zsadist ladeó la cabeza. Sus profundos ojos negros exa­minaron sus facciones. Tras un instante, su rostro brutal pareció suavizarse, dulcificando su sonrisa despreciativa. Y de inmediato comenzó a arreglarse la camisa mientras la miraba de reojo, co­mo si estuviera disculpándose.
Sin embargo, Wrath no se apartó del medio. -¿Cómo te llamas? -le preguntó Zsadist.
-Se llama Beth. -Wrath ocultó con su cabeza el campo visual de Zsadist-. Y tú te vas.
Hubo una larga pausa. -Sí. Claro.
Zsadist se dirigió a la puerta, balanceándose con el mismo movimiento letal con que lo hacía Wrath. Antes de salir, se de­tuvo y miró hacia atrás.
Debía de haber sido verdaderamente guapo alguna vez, pensó Beth. Aunque no era la cicatriz lo que lo hacía poco atrac­tivo. Era el fuego maligno que emanaba de su interior. -Encantado de conocerte, Beth.
Ella soltó el aire que había estado reteniendo cuando l a puerta se cerró y los cerrojos estuvieron en su lugar.
-¿Estás bien? -preguntó Wrath. Ella pudo sentir sus ojos recorriéndole el cuerpo, y luego tomó sus manos suavemente - No te..., no te ha tocado, ¿verdad? Oí que gritabas.
-No. No, sólo me ha dado un susto de muerte. Des­perté y él estaba en la habitación.
El vampiro se sentó en la cama, acariciándola coro creyera que estaba bien. Cuando pareció satisfecho, le al s ca­bello hacia atrás. Las manos le temblaban.
--Estás herido -dijo ella-. ¿Qué ha pasado?
Él la rodeó con el brazo sano y la apretó contra suyo. -No es nada.
-¿Entonces por qué necesitas un cabestrillo? ¿Y una aguja? ¿Y por qué todavía estás sangrando?
-Shhh. -Él colocó la barbilla sobre su cabeza. Pudo sentir que el cuerpo le temblaba.
-¿Estás enfermo? -preguntó ella.
-Sólo tengo que abrazarte un minuto. ¿De acuerdo? -Absolutamente.
Tan pronto como su cuerpo se relajó, ella se apartó. -¿Qué ocurre?
Él le agarró la cara con las manos y la besó con delicadeza. -No hubiera soportado que él te hubiera... apartado de mí.
-¿Ese tipo? No te preocupes, no iría con él a ninguna par­te. -Y entonces comprendió que Wrath no estaba hablando de una cita-. ¿Piensas que podría haberme matado?
Ésa era una posibilidad que, desde luego, no resultaba des­cabellada, sobre todo después de haber visto la frialdad de aque­llos ojos.
En vez de contestar, la boca de Wrath se posó de nuevo sobre la suya.
Ella lo detuvo.
-¿Quién es? ¿Y qué le ha pasado?
-No te quiero cerca de Z otra vez. Nunca. -Le pasó un mechón de cabello por detrás de la oreja. Su tacto era tierno. Su voz, no-. ¿Me estás escuchando?
Ella asintió. -¿Pero qué...?
-Si él entra en una habitación y yo no estoy en casa, ven a buscarme. Si no estoy, enciérrate con llave en una de estas estan­cias de abajo. Las paredes están hechas de acero, así que no puede materializarse dentro. Y nunca lo toques. Ni siquiera por des­cuido.
-¿Es un guerrero?
-¿Entiendes lo que te estoy diciendo? -Sí, pero ayudaría si supiese un poco más.
-Es uno de los hermanos, pero le falta poco para carecer de alma. Desgraciadamente, lo necesitamos.
-¿Por qué, si es tan peligroso? ¿O lo es sólo con las mu­jeres?
-Odia a todo el mundo. Excepto a su gemelo, quizás. -Oh, estupendo. ¿Hay dos como él?
-Gracias a Dios también está Phury. El es el único que puede apaciguar a Z, y aun así, no es seguro totalmente. -Wrath la besó en la frente-. No quiero asustarte, pero necesito que tomes esto en serio. Zsadist es un animal, pero creo que respe­taba a tu padre, así que quizá te deje en paz. No puedo correr riesgos con él. O contigo. Prométeme que te mantendrás ale­jada de él.
-De acuerdo. -Ella cerró los ojos, apoyándose en Wrath. Él la rodeó con el brazo, pero luego se apartó. -Vamos. -La puso de pie-. Ven a mi habitación. Cuando entraron en la alcoba de Wrath, Beth oyó cómo la ducha se cerraba. Un momento después, la puerta del baño se abrió.
El otro guerrero que había conocido antes, el guapo que parecía una estrella de cine que estaba cosiéndose una herida, sa­lió lentamente. Tenía una toalla envuelta alrededor de la cintura y el cabello le goteaba. Se movía como si tuviera ochenta años, como si le doliera cada músculo del cuerpo.
Santo Dios, pensó ella, No tenía muy buen aspecto, Y pa­recía pasarle algo en el estómago. Estaba abultado, como si se hubiera tragado una pelota de baloncesto. Se preguntó si la herida que le había visto coser se le habría infectado. Parecía febril. Echó un vistazo a su hombro y frunció el ceño sorpren­dida al ver que apenas quedaba un rasguño. Daba la sensación de que aquella lesión era va antigua.
-Rhage, ¿cómo te sientes? -preguntó Wrath, apartán­dose de ella.
-Me duele el vientre. -Sí. Puedo imaginarlo.
Rhage se tambaleó un poco mientras echaba una mirada alrededor del cuarto, con los ojos apenas abiertos.
-Me voy a casa. ¿Dónde está mi ropa?
-La perdiste. -Wrath puso su brazo sano alrededor de la cintura de su hermano-. Y no te irás, te quedarás en la habi­tación de D.
-No lo haré.
-No empieces. Y no estamos jugando. ¿Quieres apoyar­te en mí, por el amor de Dios?
El otro hombre flaqueó, y los músculos de la espalda de Wrath se tensaron al cargar con el peso. Salieron lentamente al rellano y se dirigieron a la alcoba del padre de Beth. Ella permaneció a una distancia discreta, observando mientras Wrath ayu­daba al hermano a meterse en la cama.
Cuando el guerrero se recostó sobre las almohadas, cerró los ojos con fuerza. Su mano se movió hacia el estómago, pero hizo una mueca de dolor y la dejó caer a un lado, como si la más leve presión fuera una tortura.
-Estás enfermo.
-Sí, una maldita indigestión.
-¿Quieres un antiácido? -dijo bruscamente Beth-. ¿O un Alka-Seltzer?
Los dos vampiros la miraron, ella se sintió como una intrusa.
De todas las cosas estúpidas que podía haber dicho... -Sí -murmuró Rhage mientras Wrath cabeceaba.
Beth fue a buscar su bolso y se decidió por el Alka-Seltzer porque contenía un analgésico que le podía aliviar los dolores. En el baño de Wrath, echó agua en un vaso y puso dentro la pas­tilla efervescente.
Cuando volvió a la habitación de Darius, ofreció el vaso a Wrath. Pero él movió la cabeza.
-Tú lo harás mejor que Yo.
Ella se ruborizó. Era fácil olvidar que él no podía ver.
Se inclinó hacia Rhage, pero estaba demasiado lejos. Se su­bió la bata, trepó al colchón y se arrodilló junto a él. Se sintió in­cómoda por estar tan cerca de un hombre desnudo y viril de­lante de Wrath.
Sobre todo, si tenía en cuenta lo que le había pasado a
Butch.
Pero Wrath no tenía nada de qué preocuparse allí. El otro vampiro podía ser tremendamente sexy, pero ella no sentía ab­solutamente nada cuando estaba a sudado. Y, a juzgar por su estado, estaba segura de que él no iba a propasarse con ella.
Levantó la cabeza de Rhage suavemente y apoyó el borde del vaso en sus Hermosos labios. Le llevó cinco minutos beber el líquido a pequeños sorbos. Cuando terminó, ella quiso bajar de l; cama, pero no pudo. El hombre, con una gran sacudida, se giró de costado y puso la cabeza en su regazo, colocando un musculoso brazo alrededor de la espalda de ella.
Estaba buscando consuelo.
Beth no sabía qué podía hacer por él, pero dejó el vaso a un lado y le acarició la espalda, recorriendo con la mano su es­pantoso tatuaje. Le susurró algunas palabras que hubiera desea do que alguien le dijera a ella sise sentía enferma. Y tarareó una cancioncilla.
Al poco rato, la tensión en la piel Y en los músculos se relajó, y empezó a respirar profundamente.
Cuando estuvo segura de que se Había tranquilizado, se liberó cuidadosamente del abrazo. Al mirar a Wrath, se pre­paró para enfrentarse a su irá, aunque estaba segura de que él comprendería que había actuado de una forma totalmente ino­cente.
La impresión la dejo inmóvil.
Wrath no estaba enfadado. Todo lo contrario
-Gracias -dijo roncamente, inclinando la cabeza en un gesto casi humilde-. Gracias por cuidar de mi hermano.
Se quitó las gafas de sol.
Y la miró con total adoración.

Capítulo 30

El señor X arrojó la sierra sobre el banco de trabajo t- se limpió las manos con una toalla.
Bien, diablos, pensó. El maldito vampiro había muerto. Había intentado por todos los medios despertar al macho, incluso con el cincel, y había revuelto completamente el granero durante el proceso. Había sangre de vampiro por todas partes. Al menos la limpieza le resultaría fácil.
El señor X se dirigió hacia las puertas dobles y las abrió. Justo en ese momento, el sol despuntaba sobre una colina lejana y una encantadora luz dorada se iba extendiendo suavemente por todo del paisaje. Retrocedió cuando el interior del granero se ilu­minó.
El cuerpo del vampiro explotó con una llamarada, y el resto de la  sangre que empapaba el suelo bajo la mesa se evaporo en una nube de humo. Una suave brisa matutina se llevó lejos el Hedor de la carne quemada.
El señor X se dirigió hacia la luz de la mañana, mirando la neblina que empezaba a disiparse sobre el césped de la parte tra­sera. No estaba dispuesto a asumir que había fracasado. El plan habría funcionado si no se hubiera encontrado con esos policías y no hubiera tenido que utilizar dos dardos suplementarios con su prisionero. Sólo necesitaba volver a intentarlo.
Su obsesión por la tortura hacia que se sintiera ansioso
Sin embargo, de momento tenía que detener los asesina­tos de prostitutas. Aquellos estúpidos policías sirvieron también para recordarle que no podía actuar cuando le viniera en gana y que podían atraparlo.
La idea de encontrarse con la ley-, no le resultaba especial­mente molesta. Pero se enorgullecía de la perfección de sus ope­raciones.
Por eso había escogido a las prostitutas como cebo. Su­ponía que si una o dos aparecían muertas, no sería motivo de escándalo. Era menos probable que tuvieran una familia que las llorara, por lo que la policía no estaría tan presionada para dete­ner al asesino. En cuanto a la inevitable investigación, tendrían un amplio surtido de sospechosos entre los proxenetas y delin­cuentes que trabajaban en los callejones, donde la policía podría elegir.
Pero eso no significaba que pudiera volverse descuidado. Ni que abusara del Valle de las Prostitutas.
Regresó al granero, guardó sus herramientas y se dirigió a la casa. Revisó sus mensajes antes de meterse a la ducha.
Había varios.
El más importante era de Billy Riddle. Evidentemente, el muchacho había tenido un encuentro perturbador la noche ante­rior y había llamado poco después de la una de la madrugada.
Era bueno que estuviera buscando consuelo, pensó el se­ñor X. Y probablemente había llegado el momento de tener una conversación sobre su futuro.
Una hora después, el señor X se dirigió a la academia, abrió las puertas y las dejó sin echar el cerrojo.
Los restrictores a los que había ordenado reunirse con él para informarle empezaron a llegar poco después. Pudo oírles hablar en voz baja en el vestíbulo al lado de su oficina. En el momento en que se acercó a ellos, se callaron y se quedaron mirán­dolo. Vestían trajes de faena negros, sus rostros estaban sombríos. Sólo había uno que no se había decolorado. El corte a cepillo del cabello negro del señor O destacaba entre los demás, al igual que sus oscuros ojos castaños.
Según pasaba el tiempo que permanecía un restrictor en la Sociedad, sus características físicas individuales se iban diluyen­do progresivamente. Los cabellos castaños, negros y rojizos se volvían color ceniza pálida, los matices amarillentos, carmesí o bronceados de la piel se transformaban en un blanco descolori­do. El proceso generalmente tardaba una década, aunque todavía se veían algunos mechones oscuros alrededor del rostro de O.
Hizo un rápido recuento. Todos los miembros de sus dos primeros escuadrones estaban allí, así que cerró con llave la puerta exterior de la academia y escoltó al grupo al sótano. Sus botas resonaron fuerte y nítidamente en el hueco de la escalera metálica.
El señor X había preparado el centro de operaciones sin nada especial o fuera de lo común. Simplemente, se trataba de una antigua aula con doce sillas, una pizarra, un televisor y una tari­ma al frente.
La escasa decoración no era sólo una tapadera. No que­ría ninguna distracción de alta tecnología. El único propósito de aquellas reuniones era la eficacia y el dinamismo.
-Contadme qué ha sucedido anoche -dijo él, mirando a los asesinos-. ¿Cómo os ha ido?
Escuchó los informes, haciendo caso omiso a toda clase de excusas. Sólo habían matado a dos vampiros la noche anterior. Y él les había exigido diez.
Y era una desgracia que O, que era novato. Hubiera sido el responsable de ambas muertes.
El señor X cruzó los brazos sobre el pecho. -¿Cuál fue el problema?
-No pudimos encontrar ninguno -dijo el señor M. -Anoche yo encontré uno -dijo el señor X. con brus­quedad-. Con bastante facilidad, podría añadir. Y el señor O, dos. -Bueno, el resto de nosotros no pudo. -M miró a los de­más-. El número en esta zona ha disminuido.
-No se trata de un problema geográfico --murmuró una voz desde la parte de atrás.
La mirada del señor X se deslizó entre los restrictores, de­teniéndose en la oscura cabeza de O, en la parte trasera de la ha­bitación. No le sorprendió en absoluto que el asesino hubiera hablado.
Estaba demostrando ser uno de los mejores, aunque fuera un recluta nuevo. Con magníficos reflejos y vitalidad, era un gran luchador, pero como sucedía con todas las cosas poseedoras de una tuerza excesiva, era difícil de controlar. Por ello, el señor X lo había puesto en un grupo en donde había otros con siglos de experiencia. Pero era consciente de que O era capaz de dominar cualquier grupo compuesto por individuos interiores a él.
-Te importaría explicarte un poco más detalladamen­te, señor 0? -Al señor X no le interesaba en absoluto su opi­nión, pero quería mostrar al nuevo recluta ante los demás.
El señor O se encogió de hombros despreocupadamente, y su lentitud hablando rayaba en el insulto.
--El problema es, la motivación. Si uno fracasa no pasa nada. No hay, consecuencias.
-Y qué sugerirías exactamente -preguntó el señor X. O se estiró hacia delante, agarró a M por el pelo y le cor­tó la garganta con un cuchillo.
Los otros restrictores retrocedieron de un salto, agachán­dose para tomar posiciones de ataque, a pesar de que 0 se volvió sentar, limpiando con los dedos la hoja del cuchillo con una cal­ma pasmosa.
El señor X hizo una mueca de desagrado, pero logró con­trolarse de inmediato.
Atravesó la habitación hasta donde se encontraba M. El restrictor todavía estaba vivo, tratando de respirar e intentando contener con las manos la pérdida de sangre.
El señor X se arrodilló.
-Fuera todo el mundo de aquí. Ahora. Nos reuniremos mañana por la mañana, y espero escuchar mejores noticias. Se­ñor 0, tú te quedas.
O desafió la orden e hizo un movimiento para levantar­se, pero el señor X lo aprisionó en la silla, quitándole el control de los músculos de su cuerpo. El hombre pareció momentáneamente impresionado, e intentó luchar contra la tenaza que aferraba sus brazos y, piernas.
Era una batalla que no ganaría. El Omega siempre otor­gaba una serie de ventajas adicionales a los restrictores jefes. Y es­te tipo de dominio mental sobre los compañeros asesinos era una de ellas.
Cuando la estancia quedó vacía, el señor X sacó un cuchi­llo y apuñaló a M en el pecho. Hubo un destello de luz N- luego un estallido mientras el restrictor se desintegraba.
El señor X miró con ferocidad a 0 desde el suelo.
-Si alguna vez vuelves a hacer algo así, te entregaré al Omega.
-No, no lo harás. -A pesar de estar a merced del señor X, la arrogancia de 0 era desenfrenada-. No creo que tengas mu­cho interés en presentarte ante el Omega como si no pudieras controlar a tus propios hombres.
El señor X se puso de pie.
-Ten cuidado, O. Subestimas el afecto del Omega por los sacrificios. Si te ofreciera como regalo, lo agradecería mucho. -El señor X recorrió la mejilla de O con un dedo--. Si te maniatara y lo llamara, le complacería desatarte. Y a mí me gustaría verlo.
O echó la cabeza hacia atrás bruscamente, más enfadado que asustado.
-No me toques.
-Soy tu jefe. Puedo hacer contigo lo que quiera. -El se­ñor X aferró con una mano la mandíbula de 0, e introdujo el de­do pulgar entre los labios y los dientes del hombre, tirando de la cara del restrictor-. Así que cuida tus modales; no vuelvas a matar nunca a otro miembro de la Sociedad sin mi permiso ex­preso, y nos llevaremos muy bien.
Los ojos castaños de O ardieron.
-¿Qué me dices ahora? -murmuró el señor X, exten­diendo la mano y alisando el cabello del hombre hacia atrás. Se había puesto de un color chocolate oscuro. El restrictor masculló en voz baja-. No te he oído. -El señor X apretó el dedo pul­gar contra la parte suave y carnosa bajo la lengua de O, hun­diéndosela hasta que aparecieron lágrimas en los ojos de su subordinado. Cuando dejó de apretar, le dio una caricia rápida y húmeda sobre el labio inferior-. Te repito que no te he oído. -Sí, sensei.
-Buen muchacho.

Capítulo 31

Marissa no se sentía cómoda en la cama. No hacía más que dar vueltas, ahuecando las almohadas, sin conseguir conciliar el sueño ni hacer que disminuyera la irritación que sentía. Parecía como si su colchón estuviera lle­no de piedras y sus sábanas se hubieran convertido en papel de lija.
Apartó las mantas y se dirigió hacia las ventanas cerradas y cubiertas con gruesas cortinas de satén. Necesitaba un poco de aire fresco, pero no podía abrirlas. Ya era de día.
Se sentó en un sillón, cubriéndose los pies descalzos con el borde de su camisón.
Wrath.
No podía dejar de pensar en él. Y cada vez que una ima­gen de ellos juntos acudía a su memoria, deseaba soltar una mal­dición, lo cual no podía dejar de sorprenderla.
Ella era dócil, dulce y amorosa. Toda perfección y suavidad femenina. La ira iba totalmente en contra de su naturaleza. Aunque cuanto más pensaba en Wrath, más ganas tenía de emprenderla a golpes contra algo.
Suponiendo que pudiera cerrar los puños.
Se miró las manos. Claro que podía, aunque eran patéti­camente pequeñas.
Sobre todo si las comparaba con las de Wrath.
Dios, había soportado demasiado. Y él ni siquiera se ha­bía dado cuenta de lo extraordinariamente difícil que había sido su vida.
Ser la shellan virginal e intocable del vampiro más pode­roso de todos era un infierno en vida. Su fracaso como hem­bra había dejado su autoestima por los suelos. El aislamiento había estado a punto de afectar a su cordura. La abrumaba la vergüenza de vivir con su hermano por no tener un hogar pro­pio.
Y siempre se había sentido horrorizada ante la mirada de aquellos que hablaban a sus espaldas. Sabía que era un tema cons­tante de conversación, envidiada, compadecida, espiada. A las hembras jóvenes se les contaba su historia, pero no quería saber si era como advertencia o estímulo.
Wrath no era consciente de cuánto había sufrido.
Pero parte de la culpa era suya. Había creído que desem­peñar el papel de hembra buena era lo correcto, la única manera de ser digna, la única posibilidad de compartir, finalmente, una vida con él.
¿Pero cuál había sido el resultado?
Que él había encontrado una humana morena que le inte­resaba más.
Dios, la recompensa a todos sus esfuerzos era injusta y cla­ramente cruel.
Y no era la única que había sufrido. Havers había sentido una enorme preocupación por ella durante siglos.
Wrath, por otra parte, siempre había estado bien. Y no le cabía ninguna duda de que, en ese momento, estaba estupenda­mente. Seguramente, ahora se encontraría en la cama con aquella hembra humana, haciendo buen uso de ese mástil rígido que tenía entre sus muslos.
Marissa cerró los ojos.
Pensó en la sensación de ser oprimida contra su cuerpo, sostenida por sus fuertes brazos, consumida por él. Se había que­dado demasiado impresionada para sentir mucho calor. Lo había sentido con gran ferocidad, con todo su cuerpo, sus manos en­redándole el cabello, su boca succionándole fuertemente la gar­ganta. Y ese grueso pene suyo la había asustado un poco.
No podía dejar de resultarle irónico.
Había soñado durante largo tiempo con aquella situación. Ser poseída por él. Dejar atrás su estado virginal y saber lo que era tener un macho en su interior.
Siempre que se había imaginado un encuentro sexual en­tre ellos, su cuerpo se encendía, sintiendo un cosquilleo en la piel. Pero la realidad había sido abrumadora. No estaba preparada en absoluto, y deseaba que hubiera durado más tiempo, pero que hubiera sido un poco menos intenso. Tenía el presentimiento de que le habría gustado si él hubiera actuada con algo más de suavidad.
Pero tenía que reconocer que él no estaba pensando en ella. Marissa cerró la mano, hasta clavar sus uñas en la palma. No quería volver a su lado. Lo único que deseaba era que experimentara el dolor que ella había soportado.
Wrath abrazó a Beth y la atrajo hacia sí, mirando a Rhage por en­cima de su cabeza. Observar su delicadeza al calmar el sufrimiento del macho había roto cualquier tipo de barreras.
Cuidar de sus hermanos, cuidarse a sí mismo, pensó. Era el código más antiguo de la clase de los guerreros.
-Ven a mi cama -le susurró al oído.
Ella dejó que la tomara de la mano y la condujera a la ha­bitación. Una vez dentro, él cerró la puerta, corrió el cerrojo y apagó todas las velas excepto una. Luego tiró del cinturón de la bata que ella llevaba puesta y la deslizó por sus hombros. Su piel desnuda brilló a la escasa luz.
Él se quitó los pantalones de cuero. Pronto estuvieron acos­tados.
Wrath no quería tener relaciones sexuales. No ahora. Só­lo quería un poco de consuelo. Quería sentir la tibia piel contra la suya, el aliento sobre su pecho, el latido del corazón a pocos centímetros del suyo. Y quería devolverle un poco de aquella tran­quilidad que ella le proporcionaba.
Acarició su largo cabello sedoso y respiró profundamente.
-¿Wrath? -Su voz sonaba adorable en la sombría calma, y le gustó la vibración de su garganta contra el pecho.
-Sí. -Le besó la parte superior de la cabeza.
--¿A quién perdiste tú? -Cambió de posición, colocan­do la barbilla sobre su pecho.
-¿Perder?
-¿A quién te quitaron los restrictores?
La pregunta 1e pareció, en principio, fuera de lugar. Pero después no. Ella había visto las consecuencias de un combate y, de alguna manera, había vislumbrado que no sólo luchaba por su raza, sino por él mismo.
Transcurrieron unos instantes antes de que pudiera res­ponder.
-A mis padres.
Sintió que la curiosidad de Beth se transformaba en pena. -Lo lamento. -}-tubo un largo silencio-. ¿Qué sucedió? Él pensó que aquélla era una pregunta interesante. Porque había dos versiones. Según la tradición popular de los vampi­ros, esa sangrienta noche había asumido toda suerte de implica­ciones heroicas, y fue anunciada como el nacimiento de un gran guerrero. La ficción no era obra suya. Su pueblo necesitaba creer en él, así que había ideado una fábula en la cual sostener su dis­torsionada fe.
Sólo él sabía la verdad. -¿Wrath?
Sus ojos se fijaron en la nebulosa belleza de su rostro. Era difícil negar el tono afable de su voz. Quería ofrecerle su com­prensión y, por alguna razón desconocida, él quería recibirla.
-Fue antes de mi transición -murmuró- Hace mucho tiempo.
Dejó de acariciarle el cabello a medida que los recuerdos volvían a su mente horribles y vívidos.
-Pensábamos que siendo la Primera Familia estábamos a salvo de restrictores. Nuestros hogares estaban bien defendi­dos, ocultos en los bosques, y nos trasladábamos continuamente. -Volvió a acariciar el cabello de Beth y continuó hablando-: Era invierno. Una fría noche de febrero. Uno de nuestros sirvientes nos traicionó y reveló nuestro emplazamiento. Aparecieron un grupo de quince o veinte restrictores matando a todo aquel que se cruzaba en su camino hacia nuestra propiedad antes de hacer una brecha en nuestras murallas de piedra. Nunca olvidaré los golpes cuando llegaron a las puertas de nuestros aposentos privados. Mi padre gritó pidiendo sus armas mientras me introdu­cía en una recámara oculta. Me encerró allí un segundo antes de que destrozaran la puerta con un ariete. Él era bueno con la es­pada, pero eran demasiados.
Las manos de Beth acariciaron su rostro. Su voz se había convertido casi en un susurro.
Wrath cerró los ojos, rememorando las horrorosas imá­genes que todavía eran capaces de provocarle pesadillas. -Masacraron a los sirvientes antes de matar a mis padres. Lo vi todo a través de un agujero en la madera. Ya te he dicho que veía algo mejor entonces.
-Wrath...
-Hacían tanto ruido que nadie me ovó gritar. -Se es­tremeció-. Luché por liberarme. Empujé el pestillo, pero era só­lido, y yo débil. Traté de arrancar la madera, arañé hasta que se me rompieron las uñas y mis dedos se cubrieron de sangre, di pata­das... -Su cuerpo respondió ante el recuerdo del horror de estar confinado, su respiración se hizo desigual y, un sudor frío se des­lizó por su espalda-. Cuando se fueron, mi padre trató de arras­trarse hasta donde yo estaba. Le habían atravesado el corazón, Y - estaba... Se desplomó a escasa distancia de la recámara, con les bra­zos extendidos hacia mí. Lo llamé una y- otra vez hasta quedarme afónico. Rogué para que viviera, aunque había visto cómo la luz de sus ojos se apagaba por completo. Estuve allí atrapado duran­te horas junto a sus cadáveres, mirando crecer los charcos de san­gre. Algunos vampiros civiles acudieron a la noche siguiente t. me rescataron. -Sintió una caricia tranquilizadora en el hom­bro, k, se llevó la piano de Beth a la boca para besársela-. Antes de que los restrictores se marcharan, arrancaron todas las corti­nas de las ventanas. Cuando el sol salió e inundó la habitación, to­dos los cuerpos se desvanecieron. No me quedó nacía que enterrar. Sintió que algo se deslizaba por su cara. Una lágrima. De Beth.
Le acarició la mejilla. -No llores.
Aunque apreciaba su compasión. -¿Por qué no?
-No cambia nada. Yo lloré mientras miraba, y aun así murieron todos. -Giró sobre su costado y la abrazó-. Si hubiera podido... Todavía sueño con esa noche. Fui un cobarde. Te­nía que haber estado fuera con mi familia, luchando.
-Pero te habrían asesinado.
-Como un macho, protegiendo a los suyos. Eso es ho­norable. En cambio me encontraba lloriqueando en un escon­drijo -siseó disgustado.
-¿Qué edad tenías? -Veintidós.
Ella enarcó las cejas con cierta sorpresa, como si hubiera pensado que tenía que ser mucho más joven.
-¿Has dicho que fue antes de tu transición? -Si.
-¿Cómo eras entonces? -Le alisó el cabello-. Resul­ta difícil imaginarte en una diminuta recámara, con el tamaño que tienes.
-Era diferente.
Has dicho que eras débil. -Lo era.
-Entonces quizá necesitabas que te protegieran.
-Wrath -Se encolerizó-. Un macho protege. Nunca al contrario.
Repentinamente, ella retrocedió.
Cuando el silencio entre ambos se hizo demasiado largo, él supo que ella estaba pensando en su forma de actuar. La ver­güenza le hizo retirar las manos de su cuerpo. Rodó alejándose hasta quedar acostado sobre la espalda.
No debía haberle contado nada.
Imaginaba lo que Beth estaría pensando de él. Después de todo, ¿cómo podía no sentirse asqueada ante su fracaso y su de­bilidad en el momento en que su familia más lo había necesitado?
Con una sensación de abatimiento, se preguntó si ella todavía lo querría, si aún lo recibiría en su húmeda intimidad. ¿O todo habría terminado ahora que conocía su secreto?
Esperaba que ella se vistiera y se marchara. Pero no lo hizo. Ah, claro. Comprendía que su transición se aproximaba inexorablemente, y necesitaba su sangre. Era una cuestión de sim­ple necesidad.
La escuchó suspirar en la oscuridad, como si estuviera re­nunciando a algo.
Perdió la noción del tiempo. Permanecieron uno junto al otro, sin tocarse durante mucho rato, tal vez horas. Se durmió fu­gazmente, despertándose cuando Beth se abrazó a él y deslizó una pierna desnuda sobre la suya.
Una sacudida de deseo le recorrió el cuerpo, pero la re­chazó salvajemente.
La mano de ella rozó su pecho, bajó hasta su estómago y llegó a la cadera. El contuvo la respiración y tuvo una erección inmediata, su miembro dolorosamente cerca de donde lo estaba tocando.
Su cuerpo se acercó más al de él, sus senos le acariciaban las costillas y frotaba su clítoris contra uno de los muslos.
A lo mejor estaba dormida.
Entonces ella tomó su miembro en la mano. Wrath gimió, arqueando la espalda.
Sus dedos lo masturbaron con firmeza.
Y instintivamente quiso abrazarla, ansioso por lo que pa­recía estar ofreciéndole, pero ella lo detuvo. Alzándose hasta que­dar de rodillas, lo presionó contra el colchón con las manos sobre sus hombros.
-Esta vez es para ti -susurró, besándolo suavemente. Él apenas podía hablar.
-¿Aún me... quieres? Confundida, enarcó las cejas. -¿Por qué no habría de quererte?
Con un patético gemido de alivio y gratitud, Wrath se aba­lanzó sobre ella nuevamente, pero no 1e dejó acercarse a su cuer­po. Lo empujó de nuevo hacia abajo Y, lo sujetó por las muñecas, colocándole los brazos encima de la cabeza.
Lo besó en el cuello.
-La última vez que estuvimos juntos, fuiste muy... gene­roso. Mereces el mismo tratamiento.
--Pero tu placer es el mío. -Su voz sonó brusca-. No tienes idea de cuánto me gusta que llegues al orgasmo.
-No estoy tan segura de eso. -Sintió que ella se movía, y luego su mano rozó la erección. Quedó sentado sobre la cama mientras un sonido grave salía de su pecho-. Quizá tenga una idea.
-No tienes que hacer esto -dijo él con voz ronca, lu­chando otra vez por tocarla.
Ella se inclinó sujetando con fuerza las muñecas del hom­bre y manteniéndolo quieto.
-Relájate. Déjame tomar el control.
Wrath sólo pudo mirar hacia arriba incrédulo y con ja­deante expectación mientras ella presionaba sus labios contra los de él.
-Quiero poseerte -susurró ella.
En un dulce arrebato, introdujo la lengua en su boca. Lo penetró, deslizándose dentro y fuera como en un coito.
Su cuerpo entero se puso rígido.
Con cada uno de sus empujones, se introducía más pro­fundamente, en su piel y su cerebro. En su corazón. Lo estaba poseyendo, tomándolo. Dejando su marca sobre él.
Cuando dejó su boca, bajó por su cuerpo. Le lamió el cue­llo. Le chupó los pezones. Restregó las uñas suavemente sobre su vientre. Le acarició las caderas con los dientes.
Él aferró el cabezal de la cama y tiró, haciendo crujir la ma­dera.
Oleadas de un punzante calor hicieron que se sintiera co­mo si se fuera a morir. El sudor ardía sobre su piel. Su corazón palpitaba con fuerza acelerada.
Sus labios comenzaron a pronunciar palabras en el anti­guo idioma, tratando de expresar sentimientos profundos que in­vadían su interior.
En el instante en que ella introdujo el miembro entre sus labios, le faltó poco para alcanzar el éxtasis. Gritó, mientras su cuerpo se convulsionaba. Ella se retiró, dándole tiempo para tran­quilizarse.
Y luego le hizo padecer una verdadera tortura.
Sabía exactamente cuándo acelerar el ritmo y cuándo ha­cer una pausa. La combinación de su boca húmeda en el grueso glande y sus manos moviéndose arriba y abajo en el pene constituían un doble embate que apenas podía' soportar. Lo llevó al bor­de una y otra vez hasta que se vio obligado a suplicar. Finalmente, ella montó a horcajadas sobre él. Wrath miró al espacio entre sus cuerpos. Los muslos de ella estaban com­pletamente abiertos sobre su miembro palpitante, y por poco pier­de la cordura.
-Tómame -gimió-. Dios, por favor.
Ella se introdujo en él, i, su cuerpo entero fue recorrido por aquella sensación. Apretada, húmeda, caliente, lo envolvió por completo. Ella empezó a moverse a un ritmo lento y constante, y él no aguantó mucho. Cuando llegó al clímax, sintió como si lo hubieran desgarrado en dos; las descargas de energía crearon una onda de choque que llenó toda la habitación, estremecien­do el mobiliario y apagando la vela.
Cuando recuperó lentamente el sentido, se percató de que era la primera vez que alguien se había esmerado tanto en com­placerlo.
Quería rogarle que lo poseyera una y otra vez.
Beth sonrió en la oscuridad al escuchar el sonido que hizo Wrath mientras su cuerpo se estremecía bajo el de ella. La fuerza de su orgasmo la alcanzó también, y cavó sobre el jadeante pecho del macho mientras sus propias deliciosas oleadas la dejaban sin res­piración.
Temiendo pesar demasiado, hizo un movimiento para bajarse, pero él la detuvo, sujetándola por las caderas, hablándole dulcemente en una lengua extraña que ella no entendió. -¿Qué?
-Quédate donde estás -dijo él.
Ella se apoyó sobre su cuerpo, relajándose completamente. Se preguntó por el significado de las palabras que él ha­bía pronunciado mientras hacían el amor, aunque por el tono de su voz, delicado y adulador, podía imaginarlo. A pesar de no entenderlas, supo que se trataba de las palabras de un amante. -Tu idioma es hermoso -dijo. --No hay palabras dignas de ti.
Su voz sonaba diferente, como si hubiera cambiado su opi­nión sobre ella.
No hay barreras, pensó ella. No había barreras entre ellos en ese momento. Ese muro defensivo que hacía que él estuviese siempre en guardia había desaparecido.
Inesperadamente, ella sintió que necesitaba protegerle. Le resultaba extraño albergar un sentimiento semejante hacia alguien que era físicamente mucho más poderoso que ella. Pero él necesitaba protección.
Podía sentir su vulnerabilidad en ese momento de paz, en esa densa oscuridad. El corazón del hom­bre estaba casi a su alcance.
Pensó en la horrible historia sobre la muerte de su familia. -¿Wrath?
-¿Hmm?
Quería agradecerle la confianza que había depositado en ella al habérselo contado. Pero no quiso arruinar la frágil cone­xión entre ambos.
-¿Alguien te ha dicho lo hermoso que eres? -preguntó. Él rió entre dientes.
-Los guerreros no somos hermosos.
-Tú lo eres para mí. Extraordinariamente hermoso.
Él contuvo la respiración. Y luego la apartó de su lado. Con un rápido movimiento, se levantó de la cama, y unos mo­mentos después brilló una tenue luz en el baño. Escuchó correr el agua.
Tenía que haber imaginado que aquella felicidad no dura­ría mucho, y contuvo las lágrimas.
Beth buscó a tientas su ropa y se vistió.
Cuando él salió del baño, ella se dirigía hacia la puerta. -¿Adónde vas? -preguntó.
-A trabajar. No sé qué hora es, pero generalmente entro a las nueve, así que estoy segura de que voy con retraso.
No podía ver muy bien, pero finalmente encontró la puerta.
-No quiero que te vayas. -Wrath estaba junto a ella, su voz la sobresaltó.
-Tengo una vida. Necesito volver a ella. -Tu vida está aquí.
-No, no es cierto.
Sus manos buscaron a tientas los cerrojos, pero no pudo moverlos, ni siquiera haciendo grandes esfuerzos.
-¿Vas a dejarme salir de aquí? -murmuró.
-Beth. -Le cogió las manos entre las suyas, obligándo­la a detenerse. Las velas se iluminaron, como si él quisiera que ella lo viera-. Lamento no poder ser más... complaciente.
Ella se apartó.
-No he querido avergonzarte. Sólo quería que supieras lo que siento. Eso es todo.
-Y yo encuentro difícil de creer que no te desagrado. Beth lo miró fijamente, incrédula.
-Santo cielo, ¿por qué piensas eso? -Porque sabes lo que sucedió.
-¿Con tus padres? -Se quedó boquiabierta-.Vamos a ver, déjame recapitular. ¿Piensas que estaría disgustada conti­go porque fuiste obligado a presenciar el asesinato de tus padres? -No hice nada por salvarlos.
-Estabas encerrado. -Fui un cobarde.
-No lo fuiste. -Enfadarse con él tal vez no era justo, ¿pe­ro por qué no podía ver el pasado con mayor claridad?--. ¿Cómo puedes decir...?
-¡Dejé de gritar! -Su voz rebotó por toda la habitación, sobresaltándola.
-¿Qué? -susurró.
-Dejé de gritar. Cuando acabaron con mis padres y el doggen, dejé de gritar. Los restrictores buscaban por todos los rincones de la estancia. Me estaban buscando a mí. Y yo me que dé quieto. Me tapé la boca con la mano. Rogué que no me en­contraran.
-Por supuesto que lo hiciste -dijo ella dulcemente-. Querías vivir. -Quería abrazarlo, pero tenía la certeza de que él la rechazaría-. ¿No te das cuenta? Fuiste una víctima, igual que ellos. La única razón por la que estás aquí hoy es que tu padre te amaba tanto que quiso ponerte a salvo. Tú guardaste silencio porque querías sobrevivir. No hay nada de qué avergonzarse. -Fui un cobarde.
-¡No seas ridículo! ¡Acababas de ver cómo masacraban a tus padres! -Sacudió la cabeza, la frustración agudizó el tono de su voz-: Te aseguro que necesitas reflexionar de nuevo sobre lo sucedido. Has permitido que esas terribles horas te marca­ran, y nadie puede culparte por ello, pero estás completamente equivocado. Muy equivocado. Deja ya toda esa mierda de honor guerrero y piensa positivamente.
Silencio.
Ah, diablos. Ahora sí lo había arruinado. Aquel hombre le había abierto su corazón, y ella había despreciado su vergüenza. Qué manera de lograr intimidad.
-Wrath, lo lamento, no he debido...
El la interrumpió. Su voz 'v su rostro parecían de piedra. -Nadie me había hablado como acabas de hacerlo. Mierda.
-Lo lamento mucho. Es sólo que no puedo entender por qué...
Wrath la atrajo hacia sus brazos \ la abrazó fuertemente, hablando en su idioma otra vez. Cuando aflojó el abrazo, ter­minó su monólogo con la palabra leelan.
-¿Eso quiere decir «perra» en vampiro? -preguntó. -No. Todo lo contrario. -La besó-. Digamos que eres digna de todo mi respeto. Aunque no puedo estar de acuerdo con tu modo de ver mi pasado.
Ella le rodeó el cuello con las manos, sacudiendo un poco su cabeza.
-Pero sí aceptarás el hecho de que lo sucedido no cam­bia en absoluto mi opinión sobre ti. Aunque siento una tre­menda pena por ti y tu familia, y por todo lo que tuviste que soportar.
El vampiro guardo silencio.
-¿Wrath? Repite conmigo: «Sí, Beth, entiendo, y confío en la honestidad de tus sentimientos hacia mí». -Le sacudió el cuello de nuevo-. Digámoslo juntos. -Otra pausa-. Ahora, no después.
-Sí -dijo, rechinando los dientes.
Dios, si apretara un poco más los labios, le romperían los dientes delanteros.
-¿Sí qué? -Sí, Beth. -«Confío en la honestidad de tus sentimientos». Vamos.
Dilo.
Él gruñó las palabras. -Bien Hecho.
-Eres dura, ¿lo sabías?
-Más me vale si voy a quedarme contigo. Repentinamente, él le cogió la cara entre las manos. --Eso deseo --dijo con fiereza.
-¿Que?
-Que te quedes conmigo.
Ella se quedó sin respiración. Una tenue esperanza se en­cendió en su pecho.
-¿De verdad?
Él cerró sus brillantes ojos y movió la cabeza.
-Sí. Es una estupidez, una locura. Y. resultará peligroso. -Perfectamente adecuado para tu estilo de vida.
Él se rió y bajó la mirada hacia ella. -Sí, más o menos.
Por Dios, la miraba con unos ojos tan tiernos que estaba rompiéndole el corazón.
-Beth, quiero que te quedes conmigo, pero tienes que en­tender que te convertirás en un objetivo. No sé corno mantener­te verdaderamente a salvo. No sé cómo diablos...
-Ya pensaremos algo -le interrumpió ella-. Podemos hacerlo juntos.
Él la besó, larga y lentamente. Con un enorme cariño. -¿Entonces te quedarás ahora? -preguntó.
-No. La verdad es que tengo que ir a trabajar.
-No quiero que te vayas. -Le acarició la barbilla-. Odio no poder estar contigo fuera durante el día.
Pero los cerrojos se descorrieron y la puerta se abrió. -¿Cómo haces eso? -preguntó ella.
-Regresarás antes del ocaso. -No se trataba de una pe­tición, sino de una orden.
-Volveré poco después de que haya oscurecido. -Él gru­ñó-. Y prometo llamar si algo raro sucede. -Puso los ojos en blanco. Por Dios, iba a tener que revisar el significado de aquella palabra-. Quiero decir, más raro.
-No me gusta esto.
-Tendré cuidado. -Lo besó y acto seguido se encaminó a la escalera. Aún podía sentir sus ojos sobre ella cuando empu­jó el resorte del cuadro y pasó al salón.

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