viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 3 Y 4

Capítulo 3

Beth estuvo bajo la ducha cuarenta y cinco minutos, uti­lizo medio bote de gel, y casi derritió el barato papel pin­tado de las paredes del baño debido al intenso calor del agua. Se secó, se puso una bata e intentó no mirarse otra vez al espejo. Su labio tenía un feo aspecto.
Salió a la única habitación que poseía su pequeño apartamento. El aire acondicionado se había estropeado hacía un par de semanas, y el ambiente de la estancia era tan sofocante como el del baño. Miró hacia las dos ventanas y la puerta corredera que conducía a un desangelado patio trasero. Tuvo el impulso de abrir­las todas; sin embargo, se limitó a revisar los cierres.
Aunque sus nervios estaban destrozados, al menos su cuerpo estaba recuperándose rápidamente. Su apetito había vuelto en busca de venganza, como si estuviera molesto por no haber cenado, así que se dirigió directamente a la cocina. In­cluso las sobras de pollo de hacía cuatro noches parecían ape­titosas, pero cuando rompió el papel de aluminio, percibió un efluvio de calcetines húmedos. Arrojó a la basura todo el pa­quete y colocó un recipiente de comida congelada en el mi­croondas. Comió los macarrones con queso de pie, sostenien­do la pequeña bandeja de plástico en la mano con un guante de cocina. No fue suficiente, así que tuvo que prepararse otra ra­ción.
La idea de engordar diez kilos en una sola noche era tre­mendamente atrayente; vaya si lo era. No podía hacer nada con el aspecto de su rostro, pero estaba dispuesta a apostar que su misógino atacante neandertal prefería a sus víctimas delgadas y atléticas.
Parpadeó, tratando de sacarse de la cabeza la imagen de su propio rostro. Dios, aún podía sentir sus manos, ásperas y de­sagradables, manoseándole los pechos.
Tenía que denunciarlo. Se acercaría a la comisaría. Aunque no quería salir del apartamento. Por lo menos has­ta que amaneciera.
Se dirigió hasta el futón que usaba como sofá y cama y se colocó en posición fetal. Su estómago tenía dificultades para digerir los macarrones con queso y una oleada de náusea seguida por una sucesión de escalofríos recorrió su cuerpo.
Un suave maullido le hizo levantar la cabeza.
-Hola, Boo -dijo, chasqueando los dedos con desga­na. El pobre animal había huido despavorido cuando ella había entrado como una tromba por la puerta rasgándose la ropa y arro­jándola por toda la habitación.
Maullando nuevamente, el gato negro se aproximó. Sus grandes ojos verdes parecían preocupados mientras saltaba con elegancia hacia su regazo.
-Lamento todo este drama -murmuró ella, haciéndole sitio.
El animal frotó la cabeza contra su hombro, ronronean­do. Su cuerpo estaba tibio, apenas pesaba. No supo el tiempo que permaneció allí sentada acariciando su suave pelaje, pero cuando el teléfono sonó, tuvo un sobresalto.
Mientras trataba de alcanzar el auricular, se las arregló pa­ra seguir acariciando a su mascota. Los años de convivencia habían conseguido que su coordinación gato/teléfono rozara niveles de perfección.
-¿Hola? -dijo, pensando en que era más de mediano­che, lo que descartaba a los vendedores telefónicos y sugería al­gún asunto de trabajo o algún psicópata ansioso.
-Hola, señorita B. Ponte tus zapatillas de baile. El coche de un individuo ha saltado por los aires al lado de Screamer's. Él estaba dentro.
Beth cerró los ojos y quiso sollozar. José de la Cruz era uno de los detectives de la policía de la ciudad, pero también un gran amigo.
Aunque tenía que decir que le sucedía lo mismo con la mayoría de los hombres y mujeres que llevaban uniforme azul. Co­mo pasaba tanto tiempo en la comisaría, había llegado a conocerlos bastante bien, pero José era uno de sus favoritos.
-Hola, ¿estás ahí?
Cuéntale lo que ha sucedido. Abre la boca.
La vergüenza y el horror de lo ocurrido le oprimían las cuerdas vocales.
-Aquí estoy, José. -Se apartó el oscuro cabello de la ca­ra y carraspeó-. No podré ir esta noche.
-Sí, claro. ¿Cuándo has dejado pasar una buena información? --Rió alegremente-. Ah, pero tómatelo con calma. El Duro lleva el caso.
El Duro era el detective de homicidios Brian O'Neal, más conocido como Butch. O simplemente señor.
-En serio, no puedo... ir ahí esta noche.
-¿Estás ocupada con alguien? -La curiosidad hizo que la voz fuera apremiante. José estaba felizmente casado, pero ella sabía que en la comisaría todos especulaban a su costa. ¿Una mujer con un cuerpazo como el suyo sin un hombre? Algo tenía que ocurrir-. ¿Y bien? ¿Lo estás?
-Por Dios, no. No.
Hubo un silencio antes de que el sexto sentido de policía de su amigo se pusiera alerta.
-¿Qué sucede?
-Estoy- bien. Un poco cansada. Iré a la comisaría ma­ñana.
Presentaría la denuncia entonces. Al día siguiente se sentiría lo suficientemente fuerte para recordar lo que había pasado sin derrumbarse.
-¿Necesitas que vaya a verte?
-No, pero te lo agradezco. Estoy bien, de verdad. Colgó el auricular.
Quince minutos después se había puesto un par de vaqueros recién lavados y una amplia camisa que ocultaba sus espléndidas curvas. Llamó a un taxi, pero antes de salir hurgó en el armario hasta encontrar su otro bolso. Cogió el spray de pimienta y lo apretó con fuerza en la mano mientras se dirigía a la calle. En el trayecto entre su casa y el lugar donde había estalla­do la bomba, recuperaría la voz y se lo contaría todo a José. Por mucho que detestara la idea de recordar la agresión, no iba a permitir que aquel imbécil siguiera libre haciéndole lo mismo a otra persona. Y aunque nunca lo atrapasen, al menos habría hecho todo lo posible para tratar de capturarlo.
Wrath se materializó en el salón de la casa de Darius. Maldición, ya había olvidado lo bien que vivía el vampiro. Aunque D era un guerrero, se comportaba como un aristócrata, y a decir verdad, tenía una cierta lógica. Su vida había em­pezado como un princeps de alta alcurnia, y todavía conservaba el gusto por el buen vivir. Su mansión del siglo XIX estaba bien cuidada, llena de antigüedades y obras de arte. También era tan segura como la cámara acorazada de un banco.
Pero las paredes amarillo claro del salón hirieron sus ojos.
 -Qué agradable sorpresa, mi señor.
Fritz, el mayordomo, apareció desde el vestíbulo e hizo una profunda reverencia mientras apagaba las luces para aliviar los ojos de Wrath. Como siempre, el viejo macho iba vestido con librea negra. Había estado con Darius alrededor de cien años, y era un doggen, lo que significaba que podía salir a la luz del día pero envejecía más rápido que los vampiros. Su subespecie había servido a los aristócratas y guerreros durante muchos milenios. -¿Se quedará con nosotros mucho tiempo, mi señor? Wrath negó con la cabeza. No si podía evitarlo. -Unas horas.
-Su habitación está preparada. Si me necesita, señor, aquí estaré.
Fritz se inclinó de nuevo y caminó hacia atrás para salir de la habitación, cerrando las puertas dobles tras él.
Wrath se dirigió hacia un retrato de más de dos metros de altura del que le habían dicho que había sido un rey francés. Colocó sus manos sobre el lado derecho del pesado marco dorado. El lienzo giró sobre su eje para revelar un oscuro pasillo de pie­dra iluminado con lámparas de gas.
Al entrar, bajó por unas escaleras hasta las profundida­des de la tierra. Al final de los escalones había dos puertas. Una iba a los suntuosos aposentos de Darius, la otra se abrió a lo que Wrath consideraba un sustituto de su hogar. La mayoría de los días dormía en un almacén de Nueva York, en una habitación in­terior hecha de acero con un sistema de seguridad muy similar al de Fort Knox.
Pero él nunca invitaría allí a Marissa. Ni a ninguno de los hermanos. Su privacidad era demasiado valiosa.
Cuando entró, las lámparas sujetas a las paredes se encen­dieron por toda la habitación a voluntad suya. Su resplandor do­rado alumbraba sólo tenuemente el camino en la oscuridad. Como deferencia a la escasa visión de Wrath, Darius había pintado de negro los muros y el techo de seis metros de altura. En una es­quina, destacaba una enorme cama con sábanas de satén negro y un montón de almohadas. Al otro lado, había un sillón de cue­ro, un televisor de pantalla grande y una puerta que daba a un ba­ño de mármol negro. También había un armario lleno de armas ropa.
Por alguna razón, Darius siempre insistía en que se que­dara en la mansión. Era un maldito misterio. No se trataba de que lo defendiera, porque Darius podía protegerse a sí mismo. Y la idea de que un vampiro como D sufriera de soledad era absurda. Wrath percibió a Marissa antes de que entrara en la habi­tación. El aroma del océano, una limpia brisa, la precedía. Terminemos con esto de una vez, pensó. Estaba ansio­so por regresar a las calles. Sólo había saboreado un bocado de batalla, y esa noche quería atiborrarse.
Se dio la vuelta.
Mientras Marissa inclinaba su menudo cuerpo hacia él, sin­tió devoción e inquietud flotando en el aire alrededor de la hembra. -Mi señor-dijo ella.
Por lo poco que podía ver, llevaba puesta una prenda li­gera de gasa blanca, y su largo cabello rubio le caía en cascada sobre los hombros y la espalda. Sabía que se había vestido para complacerlo, y deseó en lo más íntimo de su ser que no se hubiera esforzado tanto.
Se quitó la chaqueta de cuero y la funda donde llevaba sus dagas.
Malditos fuesen sus padres. ¿Por qué le habían dado una hembra como ella? Tan... frágil.
Aunque, pensándolo bien, considerando el estado en que se encontraba antes de su transición, quizás temieron que otra más fuerte pudiera causarle daño.
Wrath flexionó los brazos, sus bíceps mostraron su gro­sor, uno de sus hombros crujió debido al esfuerzo.
Si pudieran verlo ahora. Su escuálido cuerpo se había trans­formado en el de un frío asesino.
Tal vez sea mejor que estén muertos, pensó. No habrían aprobado en lo que se había convertido ahora.
Pero no pudo evitar pensar que si ellos hubieran vivido hasta una edad avanzada, él habría sido diferente.
Marissa cambió de sitio nerviosamente.
-Lamento molestarte. Pero no puedo esperar más. Wrath se dirigió al baño.
-Me necesitas, y yo acudo.
Abrió el grifo y se subió las mangas de su camisa negra. Con el vapor elevándose, se lavó la suciedad, el sudor y- la muer­te de sus manos. Luego frotó la pastilla de jabón por los brazos, cubriendo de espuma los tatuajes rituales que adornaban sus antebrazos. Se enjuagó, se secó y caminó hasta el sillón. Se sen­tó y esperó, rechinando los dientes.
¿Durante cuánto tiempo habían hecho aquello? Siglos. Pe­ro Marissa siempre necesitaba algún tiempo para poder aproximársele. Si hubiera sido otra, su paciencia se habría agotado de inmediato, pero con ella era un poco más tolerante.
La verdad era que sentía pena por ella porque la habían forzado a ser su shellan. Él le había dicho una y otra vez que la liberaba de su compromiso para que encontrara un verdadero compañero, uno que no solamente matara todo lo que le amenazara, sino que también la amara.
Lo extraño era que Marissa no quería dejarlo, por muy frágil que fuera. Él imaginaba que ella probablemente temía que nin­guna otra hembra querría estar con él, que ninguna alimentaría a la bestia cuando lo necesitara y su raza perdería su estirpe más poderosa. Su rey. Su líder, que carecía de la voluntad de liderar. Sí, era un maldito inconveniente. Permanecía alejado de ella a menos que necesitara alimentarse, lo cual no sucedía con frecuencia debido a su linaje. La hembra nunca sabía dónde es­taba él, o qué estaba haciendo. Pasaba los largos días sola en la casa de su hermano, sacrificando su vida para mantener vivo al último vampiro de sangre pura, el único que no tenía ni una so­la gota de sangre humana en su cuerpo.
Francamente, no entendía cómo soportaba eso... ni có­mo lo soportaba a él.
De repente, sintió ganas de maldecir. Aquella noche pare­cía ser muy apropiada para alimentar su ego. Primero Darius y ahora ella.
Los ojos de Wrath la siguieron mientras ella se movía por la habitación, describiendo círculos a su alrededor, acercándose­le. Se obligó a relajarse, a estabilizar su respiración, a inmovilizar su cuerpo. Aquella era la peor parte del proceso. Le daba páni­co no tener libertad de movimientos, y sabía que cuando ella em­pezara a alimentarse, la sofocante sensación empeoraría.
-¿Has estado ocupado, mi señor? -dijo suavemente. Él asintió, pensando que si tenía suerte, iba a estar más ocu­pado antes del amanecer.
Marissa finalmente se irguió frente a él, y el vampiro pudo sentir su hambre prevaleciendo sobre su inquietud. También sintió su deseo. Ella lo quería, pero él bloqueó ese sentimiento de la hembra.
Bajo ningún concepto tendría relaciones sexuales con ella. No podía imaginar someter a Marissa a las cosas que había hecho con otros cuerpos femeninos. Y él nunca la había querido de esa manera. Ni siquiera al principio.
-Ven aquí-dijo, haciendo un gesto con la mano. Y Dejo  caer el antebrazo sobre el muslo, con la muñeca hacia arriba-. Estás hambrienta. No deberías esperar tanto para llamarme.
Marissa descendió hasta el suelo cerca de sus rodillas, su vestido se arremolinó alrededor de su cuerpo y sus pies. Él sin­tió la tibieza de los dedos sobre su piel mientras ella recorría sus tatuajes con las manos, acariciando los negros caracteres que detallaban su linaje en el antiguo idioma. Estaba lo suficientemente cerca para captar los movimientos de su boca abriéndose, sus colmillos destellaron antes de hundirlos en la vena.
Wrath cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras ella bebía. El pánico lo inundó rápida y fuertemente.
Dobló el brazo libre alrededor del borde del sillón, tensionan­do los músculos al tiempo que aferraba la esquina para mantener el cuerpo en su lugar. Calma, necesitaba conservar la calma. Pron­to terminaría, y entonces sería libre.
Cuando Marissa levantó la cabeza diez minutos después, él se irguió de un salto y aplacó la ansiedad caminando, sintien­do un alivio enfermizo porque no podía moverse. En cuanto se sosegó, se acercó a la hembra. Estaba saciada, absorbiendo la fuer­za que la embargaba a medida que su sangre se mezclaba. A él no le agradó verla en el suelo, de modo que la levantó, y estaba pen­sando en llamar a Fritz para que la llevara a la casa de su herma­no, cuando unos rítmicos golpes sonaron en la puerta.
Wrath se volvió a mirar al otro lado de la habitación, la trasladó a la cama y allí la recostó.
-Gracias, mi señor -murmuró ella-. Volveré, a casa por mis propios medios. Él hizo una pausa, y luego colocó una sábana sobre las piernas de la vampiresa antes de abrir la puerta de golpe.
Fritz estaba muy agitado por algo.
Wrath salió, cerrando la puerta tras de sí. Estaba a punto de preguntar qué demonios podía justificar tal interrupción, cuan­do el olor del mayordomo impregnó su irritación.
Supo, sin preguntar, que la muerte había hecho otra visita. Y Darius había desaparecido.
-Señor...
-¿Cómo ha sido? -gruñó. Ya se ocuparía del dolor más tarde. Primero necesitaba detalles.
-Ah, el coche... -Estaba claro que el mayordomo tenía problemas para conservar la calma, y su voz era tan débil y que­bradiza como su viejo cuerpo-. Una bomba, no señor. El coche... Al salir del club. Tohrment ha llamado. Lo vio todo. Wrath pensó en el restrictor que había eliminado. Deseó saber si había sido él quien había perpetrado el atentado. Aquellos bastardos ya no tenían honor. Por lo menos sus precursores, desde hacía siglos, habían luchado como guerre­ros. Esta nueva raza estaba compuesta por cobardes que se es­condían detrás de la tecnología.

-Llama a la Hermandad-vociferó--. Diles que ven­gan de inmediato.
-Sí, por supuesto. Señor... Darius me pidió que le diera esto -el mayordomo extendió algo-, si usted no estaba con él cuando muriera.
Wrath cogió el sobre y regresó al aposento, sin poder ofre­cer compasión alguna ni a Fritz ni a nadie. Marissa se había mar­chado, lo cual era bueno para ella.
Metió la última carta de Darius en el bolsillo de su pan­talón de cuero.
Y dio rienda suelta a su ira.
Las lámparas explotaron y cayeron hechas añicos mientras un torbellino de ferocidad giraba a su alrededor, cada vez más fuerte, más rápido, más oscuro, hasta que el mobiliario se elevó del suelo trazando círculos alrededor del vampiro. Echó hacia atrás la cabeza y rugió.

 Capítulo 4


Cuando el taxi dejó a Beth frente a Scramer's, la escena del crimen se encontraba en plena actividad. Destellos de lu­ces azules y blancas salían de los coches patrulla que bloqueaban el acceso al callejón. El cuadrado vehículo blindado de los artificieros va había llegado. El lugar estaba atestado de agentes tanto de unifor­me como vestidos de civil. Y la habitual multitud de curiosos ebrios, se había adueñado de la periferia del escenario fumando y charlando. En todos los años que llevaba como reportera, había des­cubierto que un homicidio era un acontecimiento social en Cald­well. Evidentemente Para todos menos para el hombre o mujer que había muerto. Para la víctima, imaginaba, la muerte era un asunto bastante solitario, aunque hubiese visto frente a frente la cara de su asesino. Algunos puentes hay que cruzarlos solos, sin importar quién nos empuje por el borde.
Beth se cubrió la boca con la manga. El olor a metal que­mado, un punzante hedor químico, invadió su nariz.
-¡Oye, Beth! -Uno de los agentes le hizo senas-. Si quieres acercarte más, entra a Screamer's y sal por la puerta tra­sera. Hay un corredor...
-De hecho, he venido a ver a José. ¿Está por aquí? El agente estiró el cuello, buscando entre la multitud. -Estaba aquí hace un minuto. Tal vez haya vuelto a la co­misaría. ¡Ricky! ¿Has visto a José?
Butch O'Neal se paró frente a ella, silenciando al otro po­licía con una sombría mirada.
-Vaya sorpresa.
Beth dio un paso atrás. El Duro era un buen espécimen de hombre. Cuerpo grande, voz grave, presencia arrolladora. Supo­nía que muchas mujeres se sentirían atraídas por él, porque no podía negar que era bien parecido, de una manera tosca, ruda. Pero Beth nunca había sentido saltar una chispa.
No es que los hombres no le hicieran sentir nada, pero aquel hombre, en concreto, no le interesaba.
-Y bien, Randall, ¿qué te trae por aquí? -Se llevó un tro­zo de chicle a la boca y arrugó el papel formando una bolita. Su mandíbula se puso a trabajar como si estuviera frustrado; no mas­ticaba, machacaba.
-Estoy aquí por José. No por el crimen.
-Claro que sí. -Entrecerró los ojos. Con sus cejas de co­lor castaño y sus ojos profundos, parecía siempre un poco enfa­dado, pero, bruscamente, su expresión empeoró-. ¿Puedes venir conmigo un segundo?
-En realidad necesito ver a José...
EI le sujeto el brazo con un fuerte apretón.
-Sólo ven aquí. -Butch la llevó a un rincón aislado del callejón, lejos del bullicio-. ¿Qué diablos te ha pasado en la cara?
Ella alzó la mano y se cubrió el labio herido. Todavía de­bía de estar conmocionada, porque se había olvidado de todo. -Repetiré la pregunta -dijo-. ¿Qué diablos te ha pa­sado?
-Yo, eh... -La garganta se le cerró-. Estaba... -No iba a llorar. No delante del Duro-. Necesito ver a, José.
-No está aquí, así que no podrás contar con él. Ahora habla.
Butch le inmovilizó los brazos a los lados, como si pre­sintiera que podía salir corriendo. Él medía sólo unos pocos cen­tímetros más que ella, pero la retenía con 30 kilos de músculo por lo menos.
El miedo se instaló en su pecho corno si quisiera perfo­rarla, pero ya estaba harta de ser maltratada físicamente esa noche.
-Retírate, O'Neal - Colocó la palma de la mano en el pecho del hombre y empujó. El se movió un poco.
-Beth, dime...
-Si no me sueltas... -su mirada sostuvo la de él-, voy a publicar un artículo sobre tus técnicas de interrogatorio. Ya sa­bes, las que necesitan rayos X y escayola cuando has terminado.
Los ojos de O'Neal se entrecerraron de nuevo. Apartó los brazos de su cuerpo y levantó las manos como si se estuviera rin­diendo.
-Está bien. -La dejó y regresó a la escena del crimen. Beth apoyó la espalda contra el edificio, y sintió que sus piernas flaqueaban. Miró hacia abajo, tratando de reunir fuerzas, y vio algo metálico. Dobló las rodillas y se inclinó. Era una es­trella arrojadiza de artes marciales.
-¡Oye, Ricky! -llamó. El policía se acercó, y ella seña­ló al suelo-. Pruebas.
Le dejó hacer su trabajo y se dirigió a toda prisa a la calle Trade para coger un taxi. Simplemente, ya no podía soportarlo más.
Al día siguiente presentaría una denuncia oficial con José. A primera hora de la mañana.
Cuando Wrath reapareció en el salón, había recuperado el con­trol. Sus armas estaban en sus respectivas fundas y su chaqueta pesaba en la mano, llena de las estrellas arrojadizas y cuchillos que le gustaba utilizar.
Tohrment fue el primero de la Hermandad en llegar. Te­nía los ojos encendidos, el dolor y la venganza hacían que el azul oscuro brillara de manera tan vívida que incluso Wrath pudo cap­tar el destello de color.
Mientras Tohr se recostaba contra una de las paredes ama­rillas de Darius, Vishous entró en la habitación. La perilla que se había dejado crecer hacía poco y daba un aspecto más siniestro de lo habitual, aunque era el tatuaje alrededor de su ojo izquierdo lo que realmente lo situaba en el campo de lo te­rrorífico. Esa noche tenía bien calada la gorra de los Red Sox y las complejas marcas de las sienes casi no se veían. Como siem­pre, su guante negro de conductor, que usaba para que su mano izquierda no entrara en contacto con nadie inadvertidamen­te, estaba en su lugar.
Lo cual era algo bueno. Un maldito servicio público.
Le siguió Rhage. Había suavizado su actitud arrogante co­mo deferencia al motivo de la convocatoria de aquella reunión. Rhage era un macho muy alto, enorme, poderoso, más fuerte que el resto de los guerreros. También era una leyenda sexual en el mundo de los vampiros, apuesto como un galán de cine y con un vigor capaz de rivalizar con un rebaño de sementales. Las hem­bras, tanto vampiresas como humanas, pisotearían a sus propias crías para llegar a él.
Por lo menos hasta que vislumbraran su lado oscuro. Cuan­do la bestia de Rhage salía a la superficie, todos, hermanos in­cluidos, buscaban refugio y empezaban a rezar.
Phury era el último. Su cojera resultaba casi impercepti­ble. Su pierna ortopédica había sido reemplazada hacía poco, y ahora estaba compuesta por una aleación de titanio y carbono de última tecnología. La combinación de barras, articulaciones y per­nos estaba atornillada a la base del muslo derecho.
Con su fantástica melena de cabellos multicolores, Phury hubiera debido estar acompañado de actrices y modelos, pero se había mantenido fiel a su voto de castidad. Sólo había sitio para un único amor en su vida, Y éste lo había estado matando lenta­mente durante años.
-¿Dónde está tu gemelo? -preguntó Wrath. -Z está de camino.
El que Zsadist llegara el último no era ninguna sorpresa. Z era un gigantesco y violento peligro para el mundo. Un maldito bastardo que blasfemaba a todas horas y que llevaba el odio, especialmente hacia las hembras, a nuevos niveles. Por fortuna, entre su cara cubierta de cicatrices y, su cabello cortado al rape, tenía un aspecto tan aterrador como realmente era, de modo que la gente solía apartarse de su camino.
Raptado de su familia cuando era un niño, había acaba­do como esclavo de sangre, y el maltrato a manos de su ama ha­bía sido brutal en todos los sentidos. A Phury le había lleva do casi un siglo encontrar a su gemelo, y Z había sido torturado hasta el punto de que fue dado por muerto antes de ser resca­tado.
Una caída en el salado océano había grabado las heridas en la piel de Zsadist, y además del laberinto de cicatrices, aún exhibía los tatuajes de esclavo, así como varios piercings que él mismo había añadido, sólo porque le gustaba la sensación de dolor.
Con toda certeza, Z era el más peligroso de los miembros de la Hermandad. Después de lo que había soportado, no le im­portaba nada ni nadie. Ni siquiera su hermano.
Incluso Wrath protegía su espalda en presencia de aquel guerrero.
Sí, la Hermandad de la Daga Negra era un grupo diabó­lico. Lo único que se interponía entre la población de vampiros civiles y los restrictores.
Cruzando los brazos, Wrath paseó la mirada por la habi­tación, observando a cada uno de los guerreros, pensando en sus fuerzas, pero también en sus maldiciones.
Con la muerte de Darius, recordó que, aunque sus gue­rreros estaban propinando duros golpes a las legiones de asesi­nos de la Sociedad, había muy pocos hermanos luchando con­tra una inagotable y autogeneradora reserva de restrictores.
Porque Dios era testigo de que había muchos humanos con interés y aptitudes para el asesinato.
La balanza simplemente no se inclinaba a favor de la ra­za. Él no podía eludir el hecho de que los vampiros no vivían eternamente, que los hermanos podían ser asesinados y que el equilibrio podía romperse en un instante a favor de sus ene­migos.
Demonios, el cambio va había comenzado. Desde que el Omega había creado la Sociedad Restrictiva hacía una eternidad, el número de vampiros había disminuido de tal manera que sólo quedaban unos cuantos enclaves de población. Su especie ro­zaba la extinción. Aunque los hermanos fueran mortalmente buenos en lo que hacían.
Si Wrath hubiera sido otra clase de rey, como su padre, que deseaba ser el adorado y reverenciado por parte de las familias  de la especie, quizás el futuro hubiera sido más prometedor. Pero él no era como su padre. Wrath era un luchador, no un líder, 'v se desenvolvía mejor con una daga en la mano que sentado, siendo objeto de adoración.
Se concentró de nuevo en los hermanos. Cuando los gue­rreros le devolvieron la mirada, se notaba que esperaban sus ins­trucciones. Y aquella consideración lo puso nervioso.
-Me he tomado la muerte de Darius como un ataque per­sonal -dijo.
Hubo un sordo gruñido de aprobación entre sus compa­ñeros.
Wrath sacó la cartera y el móvil del miembro de la Socie­dad Restrictiva que había matado.
-Esto lo llevaba un restrictor que ha tropezado conmigo esta misma noche detrás de Screamer's. ¿Quién quiere hacer los honores?
Los lanzó al aire. Phury atrapó ambos objetos y pasó el te­léfono a Vishous.
Wrath empezó a caminar de un lado a otro. -Tenemos que salir de cacería de nuevo.
-Tienes toda la razón -gruñó Rhage. Hubo un movi­miento metálico y luego el sonido de un cuchillo al clavarse en una mesa-. Tenemos que atraparlos donde entrenan, donde viven.
Lo cual significaba que los hermanos tendrían que hacer un reconocimiento del terreno. Los miembros de la Sociedad Res­trictiva no eran estúpidos. Cambiaban su centro de operaciones con regularidad, trasladando constantemente sus instalaciones de reclutamiento y entrenamiento de un lugar a otro. Por este mo­tivo, los guerreros vampiros consideraban que era más eficaz ac­tuar como señuelos y luchar contra todo aquel que acudiera a ata­carlos.
Ocasionalmente, la Hermandad había realizado algunas incursiones, matando a docenas de restrictores en una sola no­che. Pero esa clase de táctica ofensiva era rara. Los ataques a gran escala eran eficaces, pero también llevaban aparejadas algunas di­ficultades. Los grandes combates atraían a la policía, y tratar de pasar inadvertidos era vital para todos.
-Aquí hay un permiso de conducir -murmuró Phury-. Investigaré la dirección. Es local. 
-¿Qué nombre figura? -preguntó Wrath. -Robert Strauss.
Vishous soltó una maldición mientras examinaba el telé­fono. 
-Aquí no hay mucho. Sólo alguna cosa en la memoria de llamadas, unas marcaciones automáticas. Averiguaré en el orde­nador quién ha llamado y qué números se marcaron.
Wrath rechinó los dientes. La impaciencia y la ira eran un cóctel difícil de digerir.
-No necesito decirte que trabajes lo más rápido posible. No hay manera de saber si el restrictor que he eliminado esta no­che ha sido el autor de la muerte de Darius, así que pienso que tenemos que limpiar completamente toda la zona. Hay que ma­tarlos a todos, sin importarnos los problemas que pueda plan­tearnos.
La puerta principal se abrió de golpe, y Zsadist entró en la casa.
Wrath lo miró sardónico.
-Gracias por venir, Z. ¿Has estado muy ocupado con las hembras?
-¿Qué tal si me dejaras en paz?
Zsadist se dirigió a un rincón y permaneció alejado del resto.
-¿Dónde vas a estar tú, mi señor?-preguntó Tohrment suavemente.
El bueno de Tohr. Siempre tratando de mantener la paz, ya fuera cambiando de tema, interviniendo directamente o, sim­plemente, por la fuerza.
-Aquí. Permaneceré aquí. Si el restrictor que mató a Da­rius está vivo e interesado en jugar un poco más, quiero estar disponible y fácil de encontrar.
Cuando los guerreros se fueron, Wrath se puso la chaqueta. Se dio cuenta entonces de que todavía no había abierto el sobre de Darius, y lo sacó del bolsillo. Había una franja de tinta escrita en él. Wrath imaginó que se trataba de su nombre. Abrió la solapa. Mientras sacaba una hoja de papel color crema, una fo­tografía cayó revoloteando al suelo. La recogió y tuvo la vaga im­presión de que la imagen poseía un cabello largo y negro. Una hembra.
Wrath miró fijamente el papel. Era una caligrafía continua, un garabateo ininteligible y borroso que no tenía esperanza de descifrar, por mucho que entornara los ojos.
-¡Fritz! -llamó.
El mayordomo llegó corriendo. -Lee esto.
Fritz tomó la hoja y dobló la cabeza. Leyó en silencio. -¡En voz  alta! -rugió Wrath.
-Oh. Mil perdones, amo. -Fritz se aclaró la garganta­. Si no he tenido tiempo de hablar contigo, Tohrment te propor­cionará todos los detalles. Avenida Redd, número 11 88, apartamento 1-B. Su nombre es Elizabeth Randall. Posdata: La casa y Fritz son tuyos si ella no sobrevive a la edad adulta. Lamento que el final haya llegado tan pronto D.
 -Hijo de perra-murmuró Wrath.

1 comentario:

violet dijo...

Y de nuevo por aquí releyendo estos fantásticos libros gracias mary por hacerlos llegar a tanta gente!!!!