viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 32 33 34

Capítulo 32

Beth fue a su apartamento, alimentó a Boo, y se dirigió a la oficina justo después de mediodía. No tenía hambre, y trabajó durante la hora de la comida. O al menos intentó ha­cerlo, porque, en realidad, no pudo concentrarse demasiado y ocupó la mayor parte de su tiempo trasladando papeles de un si­tio a otro en su escritorio.
Butch le dejó dos mensajes durante el día, confirmando que se reunirían en su apartamento alrededor de las ocho.
A las cuatro, decidió cancelar su cita con él.
No podía salir nada bueno de aquella reunión. No tenía intención de entregar a Wrath a la policía, y si pensara que el Du­ro iba a tener alguna consideración con ella porque le gustaba y porque estarían en su apartamento, se mentiría a sí misma.
A pesar de todo no enterraría su cabeza en la arena. Sabía que la llamarían para interrogarla. ¿Cómo no iban a hacerlo? Mientras Wrath fuera un sospechoso, ella estaría en el punto de mira. Necesitaba conseguir un buen abogado y esperar a que la citaran en la comisaría.
Al volver de la fotocopiadora, miró por una ventana. El cielo del ocaso era plomizo, auguraba una tormenta en el denso aire. Tuvo que apartar la vista. Le dolían los ojos, Y aquella mo­lestia no desapareció parpadeando  varias veces.
De vuelta en su escritorio, tomó dos aspirinas y llamó a la comisaría buscando a Butch. Cuando Ricky le dijo que lo habían suspendido temporalmente, pidió hablar con José, que se puso al teléfono de inmediato.
-La suspensión de Butch. ¿Cuándo ha sucedido? -pre­guntó ella.
-Ayer por la tarde. -¿Van a despedirlo? -¿Extraoficialmente? Es probable. Entonces el detective no aparecería por su casa después de todo.
-¿Dónde estás, señorita B? -preguntó José. -En el trabajo.
-¿Me estás mintiendo? -Su voz sonaba triste, más que polémica.
-Revisa tu identificador de llamadas. José lanzó un largo suspiro. -Tienes que venir a la comisaría.
-Lo sé. ¿Puedes darme algo de tiempo para conseguir un abogado?
-¿Crees que vas a necesitarlo? -Sí.
José soltó una maldición.
-Tienes que alejarte de ese hombre. -Te llamaré luego.
-Anoche asesinaron a otra prostituta. Con el mismo mo­dus operandi.
La noticia le causó una cierta inquietud. No sabía qué ha­bía hecho Wrath mientras estuvo fuera. ¿Pero qué podría signi­ficar para el una prostituta muerta?
O dos.
La ansiedad la dominó haciendo palpitar sus sienes.
Pero no podía imaginar a Wrath degollando a una pobre mujer indefensa para luego dejarla morir en un callejón. El era le­tal, no perverso. Y aunque actuaba fuera de la ley, no lo creía capaz de matar a alguien que no lo hubiera amenazado. Sobre todo, des­pués de lo que les había sucedido a sus padres.
-Escucha, Beth -dijo José-. No necesito decirte lo se­ria que es esta situación. Ese hombre es nuestro principal sospechoso de tres homicidios, y la obstrucción a la justicia es un cargo muy grave. Me resultará muy difícil, pero tendré que po­nerte entre rejas.
-Él no mató a nadie anoche. -Su estómago le dio un vuelco.
-Entonces admites que sabes dónde está. -Tengo que colgar, José.
-Beth, por favor, no lo protejas. Es peligroso... -Él no mató a esas mujeres.
-Ésa es tu opinión.
-Has sido un buen amigo, José.
-Maldita sea. -Agregó un par de palabras más en espa­ñol-. Consigue ese abogado rápido, Beth.
Colgó el teléfono, cogió su bolso y apagó el ordenador. Lo último que quería era que José fuera a buscarla a su oficina y se la llevara esposada. Necesitaba ir a su casa, recoger algo de ro­pa y reunirse con Wrath lo antes posible.
Tal vez pudieran marcharse juntos. Podría ser su única oportunidad, porque en Caldwell, tarde o temprano, la policía los encontraría.
En cuanto pisó la calle Trade, sintió un nudo en el esto­mago, y el calor le robó toda su energía. Nada más llegar a su apar­tamento, echó agua helada en un vaso, pero cuando intentó beberla, su intestino se retorció. Quizá tenía algún virus intestinal. Tomó dos antiácidos y pensó en Rhage. Podría haberle contagiado algo. Dios, los ojos la estaban matando.
Y aunque sabía que tenía que recoger sus cosas, se quitó la ropa de trabajo, se puso una camiseta y unos pantalones cortos, ­se sentó en el sofá. Sólo quería descansar un rato, pero una vez que se acomodó, sintió que no podría volver a mover el cuerpo. Perezosamente, como si los conductos de su cerebro es­tuvieran obstruyéndose, pensó en la herida de Wrath. No le había dicho cómo se la había hecho. Y si había atacado a la prostituta y la mujer se había defendido,
Beth se presionó las sienes con los dedos cuando una olea­da de náuseas hizo fluir bilis en su garganta. Veía luces titilando ante sus ojos.
No, aquello no era una gripe. La estaba matando una mi­graña monstruosa.
Wrath marcó de nuevo el número de teléfono.
Era obvio que Tohrment estaba usando el identificador de llamadas y no quería responder.
Diablos. Detestaba pedir perdón, pero quería poner este asunto sobre la mesa, porque iba a resultar muy, espinoso.
Se llevó consigo el móvil a la cama y se recostó contra el cabezal. Quería llamar a Beth sólo para escuchar su voz. ¿Había pensado que podría alejarse tranquilamente des­pués de su transición? A duras penas podía permanecer lejos de ella durante un par de horas.
Dios, estaba loco por esa hembra. Aún no podía creer lo que había salido de su boca cuando ella le hacía el amor. Y lue­go había finalizado aquella letanía de elogios llamándola su leelan antes de que se marchara.
Era hora de que lo admitiera. Probablemente se estaba ena­morando.
Y por si eso no fuera suficiente, ella era medio humana. Pero también era la hija de Darius.
¿Pero cómo podía no adorarla? Era tan fuerte, con un ca­rácter que competía con el suyo. Pensó en ella enfrentándose a él, haciéndole reflexionar sobre su pasado. Pocos se hubieran atrevido, y él sabía de dónde había sacado su valor. Casi podía jurar que su padre hubiera hecho lo mismo.
Cuando sonó su teléfono, abrió la tapa. -¿Sí?
-Tenemos problemas. -Era Vishous-. Acabo de leer el periódico. Otra prostituta muerta en un callejón. Desangrada. -¿Y?
-Me he metido en la base de datos del forense. En ambos casos, a las hembras les mordieron el cuello.
-Mierda. Zsadist.
-Eso es lo que estoy pensando. Le he repetido mil veces que tiene que dejar eso. Tienes que hablar con él.
-Esta noche. Diles a los hermanos que se reúnan conmigo aquí un poco antes. Voy a decirle unas cuantas cosas delante de todos. -Buen plan. Así el resto de nosotros tendremos que li­berar su cuello de tus manos cuando proteste.
-Oye, ¿sabes dónde está Tohr? No consigo encontrarlo. -Ni idea, pero pasaré por su casa antes de la reunión, si quieres.
-Hazlo. Tendrá que venir esta noche. -Wrath colgó. Maldita sea. Alguien iba a tener que ponerle un bozal a Zsadist.
O una daga en el pecho.
Butch aparcó el coche. En realidad, no creía que Beth estuviera en su apartamento, pero de todos modos fue hasta la puerta del vestíbulo y apretó el interfono. No obtuvo respuesta.
Sorpresa, sorpresa.
Dio la vuelta por un lateral del edificio y se metió en el pa­tio trasero. Ya había oscurecido, así que ver las luces apagadas re­sultó desalentador. Ahuecó las manos y se inclinó contra la puer­ta corredera de cristal.
-¡Beth! ¡Oh, por Dios! ¡Santo cielo!
Su cuerpo estaba boca abajo en el suelo. Había intentado alcanzar el teléfono sin conseguirlo. Sus piernas estaban coloca­das torpemente, como si hubiera estado retorciéndose de dolor. -¡No! -Golpeó el cristal.
Ella se movió ligeramente, como si lo hubiera escuchado. Butch se dirigió a una ventana, se quitó un zapato y golpeó fuertemente el cristal hasta que se agrietó y se hizo añicos. Cuando se estiró para alcanzar el pestillo, se cortó, pero no le importaba si perdía un brazo para llegar a ella. Se introdujo en el interior, volcando una mesa al abalanzarse hacia delante.
-¡Beth! ¿Me oyes?
Ella abrió la boca, moviéndola lentamente, pero sin emi­tir sonido alguno.
E1 buscó sangre y no halló nada, así que la colocó cuida­dosamente boca arriba. Estaba tan pálida corno una lápida, fría y húmeda, apenas consciente. Cuando abrió los ojos, pudo ver sus pupilas totalmente dilatadas.
Él le extendió los brazos, buscando marcas. No había nin­guna, pero no iba a perder tiempo quitándole los zapatos y mi­rando entre los dedos de los pies.
Abrió la tapa de su móvil y marcó el 911.
Al oír a la operadora, no esperó el saludo protocolar. -Tengo una probable sobredosis de droga.
La mano de Beth se movió vacilante, empezó a mover la cabeza. Estaba tratando de apartarle el teléfono.
-Niña, quédate quieta. Yo te cuidaré... La voz de la operadora lo interrumpió: -¿Señor? ¿Hola?
-Llévame a casa de Wrath –gimió Beth. -A la mierda con él.
-¿Perdón? -dijo la operadora-. Señor, ¿me puede de­cir qué sucede?
-Sobredosis de droga. Creo que es heroína. Sus pupilas están fijas y dilatadas. Aún no ha vomitado...
-Wrath, tengo que ir junto a Wrath.
-Pero recobra el conocimiento intermitentemente... En ese momento, Beth se levantó bruscamente del suelo y le quitó el teléfono de las manos.
-Voy a morir...
-¡Claro que no! -gritó él.
Ella lo sujetó por la camisa. Le temblaba el cuerpo, el su­dor manchaba la parte delantera de su camiseta.
-Lo necesito.
Butch la miró fijamente a los ojos.
Se había equivocado. Esto no era una sobredosis. Era una renuncia.
Negó con la cabeza. -Niña, no.
-Por favor. Lo necesito. Voy a morir. --De repente, ella se dobló en posición fetal, como si una oleada de dolor la hu­biera partido en dos. El móvil cayó de su mano, fuera de su al­cance-. Butch..., por favor.
Mierda. Tenía mal aspecto. Parecía moribunda.
Si la llevaba a una sala de urgencias, podía morir por el ca­mino o mientras esperaba tratamiento. Y la metadona servía para superar el mono, no para sacar a un adicto de una sobredosis. Mierda.
-Ayúdame.
-Maldito sea -dijo Butch-. ¿Dónde está? Wallace.
-¿Avenida? Ella asintió.
Butch no tenía tiempo para pensar. La cargó en sus brazos y atravesó el patio trasero.
Por supuesto que iba a atrapar a ese bastardo.
Wrath cruzó los brazos y se apoyó contra la pared del salón. Los hermanos se agruparon a su alrededor, esperando a que él hablara.
Tohr había venido, aunque desde que había atravesa­do el umbral con Vishous había evitado mirar a Wrath a los ojos.
Bien -pensó Wrath--. Haremos esto en público. -Hermanos, tenemos dos asuntos que atender. -Miró fijamente a Tohr a la cara-. He ofendido gravemente a uno de vosotros. De acuerdo con eso, ofrezco a Tohrment un rythe. Tohr dio un respingo y prestó atención. El resto de los hermanos estaban igual de sorprendidos.
Se trataba de un acto sin precedentes, y él lo sabía. Un rythe era esencialmente un duelo, y la persona a quien se le ofre­cía escogía el arma. Puños, daga, pistola, cadenas. Era una forma ritual de salvar el honor, tanto para el ofendido como para el ofensor. Ambos podían quedar purificados.
La conmoción en la habitación no había sido provocada por el acto en sí. Los miembros de la Hermandad estaban bas­tante familiarizados con el ritual. Dada su naturaleza agresiva, cada uno de ellos, en un momento u otro, había ofendido de muer­te a alguien.
Pero Wrath, a pesar de todos sus pecados, nunca había ofrecido un rythe. Porque de acuerdo con la ley de los vampiros, cualquiera que levantara un brazo o un arma contra él podía ser condenado a muerte.
-Delante de estos testigos, quiero que me escuches -dijo en voz alta y clara-. Te absuelvo de las consecuencias. ¿Aceptas?- Tohr bajó la cabeza. Se llevó las manos a los bolsillos de sus pantalones de cuero y movió lentamente la cabeza.
-No puedo atacarte, mi señor.
-Y no puedes perdonarme, ¿no es así?
-No lo sé.
-No puedo culparte por eso. -Pero deseó que Tohr hu­biera aceptado. Necesitaban un desagravio-. Te lo ofreceré de nuevo en otra ocasión.
-Y siempre me negaré.
-Así sea. -Wrath lanzó a Zsadist una mirada oscura.­ Ahora, acerca de tu maldita vida amorosa.
Z, que había permanecido detrás de su gemelo, dio un paso al frente.
-Si alguien se ha dado un revolcón con la hija de Da­rius, has sido tú, no yo. ¿Cuál es el problema ahora?
Un par de hermanos murmuraron maldiciones por debajo.
Wrath dejó los colmillos al descubierto.
-Voy a pasar eso por alto, Z. Pero sólo porque sé cuán­to te gusta que te golpeen, y no estoy de humor para hacerte fe­liz. -Se irguió, por si acaso el hermano se abalanzaba contra él-. Quiero que acabes con ese asunto de las prostitutas. O por lo menos, haz limpieza cuando termines.
-¿De qué estás hablando?
-No necesitamos ese tipo de publicidad. Zsadist se giró a mirar a Phury, que dijo: -Los cadáveres. La policía los ha encontrado. -¿Qué cadáveres?
Wrath sacudió la cabeza.
-Por Dios, Z. ¿Crees que los policías van a pasar por al­to dos mujeres desangradas en un callejón?
Zsadist avanzó, acercándose tanto que sus pectorales se tocaron.
-No sé una mierda de todo eso. Huéleme. Estoy diciendo la verdad.
Wrath respiró profundamente. Captó el aroma de la in­dignación, un tufillo picante en la nariz como si alguien le hu­biera rociado ambientador de limón. Pero no había ansiedad, ni ningún subterfugio emocional.
El problema era que Z no sólo era un asesino de alma ne­gra, sino también un mentiroso muy hábil.
-Te conozco demasiado bien -dijo Wrath suavemen­te- para creer una palabra de lo que dices.
Z empezó a gruñir, y Phury se movió rápido, envolvien­do un grueso brazo alrededor del cuello de su gemelo y arras­trándolo hacia atrás.
-Tranquilo, Z -dijo Phury.
Zsadist aferró la muñeca de su hermano y se soltó de un tirón. Estaba púrpura de odio.
-Uno de estos días, mi señor, voy a...
Un ruido parecido muna bala de cañón contra un muro lo interrumpió.
Alguien estaba propinando furiosos golpes a la puerta prin­cipal.
Los hermanos salieron del salón y fueron en grupo al ves­tíbulo. Sus pesados pasos se vieron acompañados por el sonido de las armas siendo desenfundadas y amartilladas.
Wrath miró el monitor de vídeo instalado en la pared. Cuando vio a Beth en brazos del policía., se le cortó la res­piración. Abrió de golpe la puerta y aferró su cuerpo cuando el hombre entró apresuradamente.
Ha sucedido, pensó. Su transición había comenzado. Notó cómo el policía temblaba de ira cuando el cuerpo de Beth cambió de brazos.
-Maldito hijo de perra. ¿Cómo pudiste hacerle esto? Wrath no se molestó en responder. Acunando a Beth en­tre sus brazos, pasó a grandes zancadas a través del grupo de hermanos. Pudo sentir su estupefacción, pero no podía detenerse a dar explicaciones.
-Nadie excepto yo matará al humano -ladró-. Y él no saldrá de esta casa hasta que yo vuelva.
Wrath se apresuró a entrar en el salón. Empujó el cuadro hacia un lado, y corrió escaleras abajo tan rápido como pudo. El tiempo era esencial.
Butch observó al traficante de drogas desaparecer con Beth; su cabeza oscilaba a medida que se alejaba y su cabello parecía tan sedoso estandarte arrastrándose tras ellos.
Durante un momento, se quedó completamente inmóvil, atrapado entre la necesidad de gritar o llorar.
Que desperdicio. Que horrible desperdicio.
Luego escuchó cómo la puerta se cerraba detrás de él. Y se dio cuenta de que estaba rodeado de cinco de los bastardos más perversos y enormes que había visto jamás.
Una mano aterrizó en su hombro como un yunque. -¿Te gustaría quedarte a cenar?
Butch alzó la vista. El sujeto llevaba puesta una gorra de béisbol y tenía la cara surcada por un tatuaje.
-¿Te gustaría ser la cena? -dijo otro que parecía una especie de modelo.
La ira invadió de nuevo al detective, tensando sus múscu­los, dilatando sus huesos.
¿Estos chicos quieren jugar? -pensó-. Bien. Vamos a bailar.
Para demostrar que no tenía miedo, miró a cada uno di­rectamente a los ojos. Primero a los dos que habían hablado, des­pués a uno relativamente normal colocado detrás de ellos y a otro sujeto con una estrafalaria melena, la clase de cabello por el que las mujeres pagarían cientos de dólares en cualquier salón de belleza.
Y luego estaba el último hombre.
Butch observó atentamente su cara llena de cicatrices. Unos ojos negros le devolvieron la mirada.
Con este tipo -pensó- hay que tener cuidado.
Con un movimiento intencionado, se liberó de la sujeción en el hombro.
-Decidme algo, chicos -pronunció lentamente las pala­bras-. ¿Usáis todo ese cuero para excitares mutuamente? Quie­ro decir, ¿a todos os gustan los penes?
Butch fue lanzado contra la puerta con tanta fuerza que sus muelas crujieron.
El modelo acercó su cara perfecta a la del detective. -Si fuera tú, yo tendría cuidado con mi boca.
-¿Para qué molestarme si tú ya te preocupas por ella? ¿Ahora vas a besarme?
Un gruñido extraño salió de la garganta de aquel sujeto. -Está bien, está bien. -El que parecía más normal avanzó unos pasos-. Retrocede, Rhage. Vamos a relajarnos un poco. --Pasó un minuto antes de que el figurín lo soltara-. Eso es. Tranquilicémonos -murmuró el señor Normal, dándole unas palmaditas en la espalda a su amigo antes de mirar a Butch- Hazte un favor y cierra la boca.
Butch se encogió de hombros.
-El Rubito se muere por ponerme las manos encima. No puedo evitarlo.
Rhage se dirigió a Butch de nuevo, mientras el señor nor­mal ponía los ojos en blanco, dejando librea su amigo para actuar.
El puñetazo que le llegó a la altura de la mandíbula lanzó la  cabeza de Butch hacia un lado. Al sentir el dolor, el detective dejó volar su propia ira. El temor por Beth, el odio reprimido por aquellos malvados, la frustración por su trabajo, todo en­contró salida. Se abalanzó sobre al hombre, más grande que él y lo derribó.
El sujeto se sorprendió momentáneamente, como si no hu­biera esperado la velocidad y fuerza de Butch, y éste aprovechó la vacilación. Golpeó al Rubito en la boca, y luego lo sujetó por el cuello.
Un segundo después, Butch se encontró acostado sobre su espalda con aquel hombre sentado sobre su pecho.
El tipo agarró la cara de Butch entre sus manos y apretó. Era casi imposible respirar, y Butch resollaba buscando aire -Tal vez encuentre a tu esposa -dijo el tipo- y la folle un par de veces. ¿Qué te parece?
-No tengo esposa.
-Entonces voy a follarme a tu novia. Butch trató de tomar un poco de aire. -Tampoco tengo novia.
-Así que si las hembras no quieren saber nada de ti, ¿qué te hace pensar que yo sí?
-Esperaba que te enfadaras.
Los enormes ojos azul eléctrico se entrecerraron.
Tienen que ser lentes de contacto -pensó Butch-.
Nadie tiene los ojos de ese color.
--¿Y por qué querías que me enfadara? -preguntó el Ru­bito.
-Si yo atacaba primero -Butch trató de meter más aire en sus pulmones-... tus muchachos no nos habrían dejado pe­lear. Me habrían matado primero, antes de poder tener una opor­tunidad contigo.
Rhage aflojó un poco la opresión y se rió mientras despo­jaba a Butch de su cartera, las llaves y el teléfono.
-¿Sabéis? Me agrada un poco este grandullón -dijo el tipo.
Alguien se aclaró la garganta.
El Rubito se puso de pie, y Butch rodó sobre sí mismo, ja­deando. Cuando levantó la vista, le pareció que sufría alucina­ciones.
De pie en el vestíbulo había un pequeño anciano vestido de librea, sosteniendo una bandeja de plata.
-Disculpen, caballeros. La cena estará lista en unos quin­ce minutos.
-Oye, ¿son ésas las crepes de espinaca que me gustan tan­to? -preguntó el Rubito, señalando a la bandeja.
-Sí, señor. -Una delicia.
Los demás hombres se agruparon alrededor del mayor­domo, cogiendo lo que les ofrecía, junto a unas servilletas, como si no quisiera que cayera nada al suelo.
¿Qué diablos era eso?
-¿Puedo pedirles un favor? -preguntó el mayordomo. El señor Normal asintió vigorosamente.
--Trae otra bandeja de estas delicias y mataremos a quien tú quieras.
Si, imagino que el tipo en realidad no era normal. Sólo relativamente.
El mayordomo sonrió como si se sintiera conmovido. -Si van a desangrar al humano, ¿tendrían la amabilidad de hacerlo en el patio trasero?
-No hay problema. -El señor Normal se introdujo otra crepe en la boca-. Maldición, Rhage, tienes razón: son deliciosas.

Capítulo 33

Wrath estaba empezando a desesperarse porque no conseguía que Beth volviera en sí.
Y su piel se estaba enfriando a cada instante. La sacudió de nuevo.
-¡Beth! ¡Beth! ¿Me oyes?
Sus manos se movieron nerviosamente, pero tuvo el pre­sentimiento de que los espasmos eran involuntarios. Acercó el oído a su boca. Todavía respiraba, pero con mucha dificultad y muy débilmente.
-¡Maldita sea! -Se descubrió las muñecas y estaba a pun­to de perforarlas con sus propios colmillos cuando se dio cuenta de que quería sostenerla si podía beber.
Cuando pudiera beber.
Se despojó de la funda, sacó una daga y se quitó la camisa. Tanteó su propio cuello hasta que encontró la yugular. Colo­cando la punta del cuchillo contra la piel, se hizo un corte. La san­gre manó profusamente.
Se humedeció la yema de un dedo y lo llevó a los labios de la mujer. Cuando se lo introdujo en la boca, su lengua no respondió. -Beth -susurró-. Vuelve a mí.
Le suministró más sangre.
-¡Maldición, no te mueras! -Las velas llamearon en la habitación-. ¡Te amo, maldición! ¡Maldita sea, no te rindas!
Su piel estaba empezando a ponerse azul; incluso él podía ver el cambio de color.
Una oración frenética que creía haber olvidado hacía tiem­po salió de sus labios, pronunciada en su antigua lengua.
Beth permaneció inmóvil. Estaba demasiado quieta. El Fade se cernía sobre ella.
Wrath gritó de furia y agarró su cuerpo, sacudiéndola has­ta que el cabello se le enredó.
-¡Beth! ¡No dejaré que mueras! Te seguiré antes de per­mitir...
Se interrumpió con un lastimoso gemido, apretándola contra su pecho. Mientras acunaba su cuerpo, sus ciegos ojos se quedaron fijos en la pared negra que tenía ante él.
Marissa se vistió con especial cuidado, decidida a bajar a la primera comida de la noche con el mejor aspecto posible. Después de revisar su armario, eligió un vestido largo de gasa color cre­ma. Lo había comprado la temporada anterior en Givenchy, pe­ro todavía no lo había estrenado. El corpiño era ceñido y un po­co más atrevido de lo que normalmente usaba, aunque el resto del vestido era vaporoso, sin enarcar su figura, lo que producía en ella un efecto general relativamente modesto.
Se cepilló el largo cabello, que le llegaba casi Basta las ca­deras, dejándolo caer suelto sobre los hombros. Con su tacto, la imagen de Wrath acudió a su mente. Él había alabado alguna vez su suavidad, así que ella lo había dejado crecer suponiendo que le agradaría.
Ahora, tal vez debiera cortarse sus rubios rizos, arran­cárselos de la cabeza.
Su ira, que había amainado, se encendió de nuevo. Repentinamente, Marissa tornó una decisión. Ya no se guardaría nada. Era hora de compartir.
Pero luego pensó en la imponente envergadura de Wrath, en sus facciones frías y duras y en su sobrecogedora presencia. ¿Pensaba realmente que podía enfrentarse a él?
Nunca lo sabría si no lo intentaba. Y no iba a dejarlo avan­zar alegremente hacia el incierto futuro que le esperaba sin decirle lo que pensaba.
Miró su reloj Tiffany. Si no bajaba a cenar .v luego ayuda­ba en la clínica como había prometido, Havers sospecharía. Era mejor esperar hasta más tarde para ir en busca de Wrath. Sabía que se encontraba en casa de Darius.
Se dirigiría allí y aguardaría hasta que él regresara a casa. Por algunas cosas valía la pena esperar.
-Gracias por recibirme, sensei.
-Billy, ¿cómo estás? -El señor X colocó a un lado el me­nú que había estado mirando distraídamente-. Tu llamada me ha preocupado. Y además no has asistido a clase.
Cuando Riddle se sentó, no parecía tan acalorado. Sus ojos aún eran negros y azules, y el agotamiento se reflejaba en su rostro.
-Alguien me persigue, sensei. -Billy cruzó los brazos sobre el pecho. Hizo una pausa como si no estuviera seguro de si debía contar toda su historia.
-¿Esto tiene algo que ver con tu nariz? -Tal vez. No lo se.
-Bien. Me alegra que hayas acudido a mí, hijo. -Otra pausa-. Puedes confiar en mí, Billy.
Riddle respiró profundamente, como si estuviera a pun­to de zambullirse en una piscina.
-Mi padre está en la capital, como siempre. Así que ano­che invité a unos amigos. Fumarnos un poco de hierba...
-No deberías hacer eso. Las drogas ilegales no traen na­da bueno.
Billy se movió incómodo, jugueteando con la cadena de platino alrededor de su cuello.
-Lo sé. -Continúa.
-Mis amigos y Yo estábamos en la piscina, y uno de ellos quiso ir a hacerlo con su novia. Les dije que podían usar la ca­baña, pero cuando fueron allí la puerta estaba cerrada. Fui a la casa a buscar la llave, y al volver un tipo se detuvo frente a mi, co­mo si hubiera salido de la nada. Era un hijo de ..., eh ..., era enor­me. Cabello negro largo, traje de cuero...
En ese momento llegó la camarera.
-¿Qué les sirvo?
-Más tarde. -dijo el señor X con brusquedad.
Cuando desapareció dando un resoplido, él inclinó la ca­beza en dirección a Billy.
Riddle cogió el vaso de agua del señor X y bebió. -Bien, me dio un susto de muerte. Me miraba como si quisiera comerme. Pero entonces oí a mi amigo llamarme impa­ciente porque no aparecía con la llave. El hombre pronunció mi nombre y luego desapareció, justo cuando mi amigo llegaba al jardín. -Billy movió la cabeza-. El caso es que no sé cómo pu­do entrar. Mi padre construyó un muro enorme alrededor del pe­rímetro de la casa el año pasado porque había recibido amenazas terroristas o algo así. Tiene casi cuatro metros de altura. Y la par­te delantera de la casa está totalmente protegida con el sistema de seguridad. -El señor X bajó la vista a las manos de Billy. Las te­nía apretadas la una contra la otra-. Yo... estos, algo asustado, sensei.
-Deberías estarlo.
Riddle pareció vagamente asqueado de confirmar sus temores.
-Así que, Billy, quiero saber algo. ¿Has matado alguna vez? Riddle frunció el ceño ante el brusco cambio de tema. -¿De qué está hablando?
-Ya sabes. Un pájaro. Una ardilla. Quizás un perro o un gato.
-No, sensei.
-¡No! -El señor X miró a Billy a los ojos-. No tengo tiempo para mentirosos, hijo.
Billy carraspeó nervioso.
-Sí. Tal vez. Cuando era más joven. -¿Qué sentiste?
El rubor asomó a la nuca de Billy. Dejó de retorcerse las manos.
-Nada. No sentí nada.
-Vamos, Billy. Tienes que confiar en mí. Los ojos de Billy destellaron.
-Está bien. Quizás me gustó. -¿Sí?
-Sí. -Riddle alargó la palabra.
-Bien. -El señor X levantó la mano para llamar la aten­ción de la camarera, que tardó algunos minutos en acudir-. Ha­blaremos sobre ese hombre más tarde. Primero, quiero que me hables de tu padre.
-¿De papá?
-¿Ya están listos para pedir? -preguntó la camarera en tono malhumorado.
-¿Qué quieres, Billy? Yo invito. Riddle enumeró la mitad del menú. Cuando la camarera se marchó, el señor X lo apremió: -¿Tu padre?
Billy se encogió de hombros.
-No lo veo mucho. Pero él es..., va sabe..., lo que sea. Un padre..., es decir, ¿a quién le importa cómo es?
-Escucha, Billy. -El señor X se inclinó hacia delante-. Sé que huiste de tu casa tres veces antes de cumplir los doce. Sé que tu padre te envió a un colegio privado tan pronto enterraron a tu madre. Y también sé que cuando te expulsaron de Northfield Mount Hermon te envió a Groton, y cuando te echaron de allí, te metió en una academia militar. Si quieres que sea franco, me da la sensación de que ha estado tratando de deshacerte de ti durante la última década.
-Es un hombre ocupado.
-Y tú has sido un poco difícil de manejar, ¿no es cierto? -Tal vez.
-¿Entonces sería correcto suponer que tú y tu queridísi­mo padre no os entendéis, y no os lleváis bien? -El señor X esperó-. Dime la verdad.
-Lo odio -dejó escapar Riddle.
-¿Por qué? -Billy, cruzó los brazos sobre el pecho de nuevo. Sus ojos eran fríos-. ¿Por qué lo odias, hijo?
 -Porque respira.

Capítulo 34

Beth trató de ver algo a través de la espesa neblina que la rodeaba. Se encontraba sumergida en una especie de en­soñación, con bordes difusos que sugerían que lo que había era infinito.
Una figura solitaria, iluminada desde atrás, se aproximó en medio de aquella bruma blanquecina. Supo que era un macho, y fuese quien fuese, no sintió temor alguno. Le dio la sensación de que lo conocía.
-¿Padre? -susurró, no muy segura de si se refería al suyo o al propio Dios.
El hombre estaba inmóvil a escasa distancia, pero alzó la mano en señal de saludo, como si la hubiera oído.
Ella dio un paso adelante, pero de repente sintió un sabor en la boca totalmente desconocido. Se llevó las remas de los de­dos a los labios. Cuando bajó la vista, todo era de color rojo.
La figura dejó caer la mano. Como si supiera qué signifi­caba aquella mancha.
Beth regresó de golpe a su cuerpo. Parecía como si la hubiesen catapultado Y hubiese aterrizado sobre grava. Le dolía todo. Gritó. Cuando abrió la boca, volvió a sentir aquel sabor. Tragó saliva con dificultad.
Y entonces, algo milagroso sucedió. Su piel se llenó de vida, como si fuese un globo inflándose de aire. Sus sentidos despertaron. Ciegamente, trató de sujetarse a algo sólido, dando con la fuente del sabor.
Wrath sintió que Beth se sacudía como si la hubieran electrocu­tado. Y luego empezó a beber de su cuello con una avidez y un ansia inusitadas. Los brazos de ella se apretaron alrededor de sus hombros, las uñas se clavaron en su carne.
Lanzó un rugido de triunfo mientras la depositaba sobre la cama, acostada para que la sangre fluyera mejor. Mantuvo la cabeza hacia un lado, dejando al descubierto el cuello ante ella, que subió hasta su pecho cubriéndolo con el cabello. El húmedo sonido de su succión y saber que le estaba dando vida le provo­caron una monstruosa erección.
La sostuvo suavemente, acariciándole los brazos. Ani­mándola a beber más de él. A tomar todo lo que necesitara.
Un poco más tarde, Beth alzó la cabeza. Se lamió los labios y abrió los ojos.
Wrath la estaba mirando fijamente. Tenía una herida enorme en el cuello.
-Oh, Dios... ¿Qué te he hecho? -Extendió las manos para restañar la sangre que manaba de su vena.
Él le cogió las manos y se las llevó a los labios. -¿Me aceptas como tu hellren?
-¿Qué? -Su mente tenía dificultades para comprender. -Cásate conmigo.
Ella miró el agujero en su garganta y se le revolvió el es­tómago.
-Yo..., yo...
El dolor llegó rápido y fuerte. La embistió, llevándola a una oscura agonía. Se dobló, y rodó sobre el colchón.
Wrath se calló y la acunó en su regazo. -¿Me estoy muriendo? -gimió.
-Oh, no, leelan. Claro que no. Esto pasará-susurró él-. Pero no será divertido.
Sintió cómo la invadía una oleada nauseabunda, que le pro­vocó convulsiones, hasta que quedó tendida de espaldas. Apenas podía distinguir la cara de Wrath debido al dolor, pero pudo ver en sus ojos una gran preocupación. La agarró de la mano y ella dio un fuerte apretón cuando la siguiente explosión tortu­radora la dominó.
Su visión se enturbió, volvió y se enturbió de nuevo.
El sudor goteaba por su cuerpo, empapando las sábanas. Apretó los dientes y se arqueó. Se giró hacia un lado y luego al otro, tratando de escapar.
No sabía cuánto había durado. Horas. Días. Wrath permaneció con ella todo el tiempo.
Wrath respiró aliviado poco después de las tres de la madrugada. Finalmente, se había quedado quieta, y no estaba muerta, sino tranquila.
Había sido muy valiente. Había soportado el dolor sin quejarse, sin llorar. Sin embargo, él había pasado todo el tiempo rogando que su transición terminara cuanto antes.
Ella emitió un sonido ronco.
-¿Qué, mi leelan? -Bajó la cabeza a la altura de su boca. -Necesito una ducha.
-Bien.
Se levantó de la cama, abrió la ducha y volvió a buscarla, levantándola suavemente en sus brazos. La sentó en la repisa de mármol, le quitó la ropa con delicadeza, y luego la alzó de nuevo.
La hizo entrar lentamente en el agua, atento a cualquier cambio en su expresión ante la temperatura. Al no protestar, fue introduciendo su cuerpo gradualmente, rozando primero sus pies, para que aquella impresión no fuera demasiado brusca para ella.
Parecía gustarle el agua, alzaba el cuello y abría la boca. Vio sus colmillos, y le parecieron hermosos.
Blancos, bri­llantes, puntiagudos. Recordó la sensación cuando ella había be­bido de él.
Wrath la oprimió contra sí durante un instante, abrazán­dola. Luego dejó que sus pies tocaran el suelo y sostuvo su cuerpo con un brazo. Con la mano libre, agarró un bote de champú y echó un poco sobre su cabeza. Le frotó el cabello hasta formar espuma y luego lo enjuagó. Con una pastilla de jabón, dio un sua­ve masaje a su piel lo mejor que pudo sin dejarla caer y luego se cercioró de aclarar hasta el último residuo de jabón.
Acunándola nuevamente entre los brazos, cerró el grifo, salió y cogió una toalla. La envolvió y la colocó otra vez sobre la repisa, sosteniéndola entre la pared y el espejo. Cuidadosamente, le secó el agua del cabello, la cara, el cuello, los brazos. Luego los pies y las piernas.
Su piel quedaría hipersensible durante algún tiempo, al igual que la vista y el oído.
Buscó señales de que su cuerpo estuviera cambiando y no vio ninguna. Tenía la misma estatura que antes. Sus Cormas tam­poco parecían haber sufrido transformación alguna. Se preguntó si podría salir durante el día.
-Gracias -murmuró ella.
Él la besó y la llevó hasta el sillón. Luego quitó de la cama las sábanas húmedas y la funda del colchón. Tuvo dificultades pa­ra encontrar otro juego de sábanas y ponerlas correctamente le resultó endemoniadamente arduo. Cuando terminó, la recogió y acomodó entre el fresco satén.
Su profundo suspiro fue el mejor cumplido que jamás hu­biera recibido.
Wrath se arrodilló a un lado de la cama, repentinamente consciente de que sus pantalones de cuero y, sus botas estaban empapados.
-Sí -susurró ella. Él la besó en la frente. -¿Sí qué, mi leelan? -Me casaré contigo.

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