viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 35 36 37

Capítulo 35

Butch se paseó por el salón una vez más, y se detuvo jun­to a la chimenea. Bajó la vista hacia los troncos amonto­nados, imaginando lo agradable que sería el fuego allí durante el invierno, y sentarse en uno de aquellos sillones de seda a mirar las llamas parpadeantes, mientras el mayordomo le servía un pon­che caliente o algo así.
¿Qué diablos hacía esa pandilla de delincuentes en un lu­gar como aquél?
Escuchó el ruido que hacían aquellos hombres al otro la­do del pasillo. Habían estado en lo que suponía que era el come­dor durante horas. Por lo menos su elección de música para la cena había sido apropiada. Un rap pesado sonaba por toda la casa, 2Pac, Jay-Z, D-12. De vez en cuando, alguna risotada se super­ponía a la música. Bromas de macho.
Miró hacia la puerta principal por enésima vez.
Cuando lo habían metido en el salón y lo habían dejado solo, su primer pensamiento había sido escapar rompiendo una ventana con una silla. Llamaría a José. Traería a toda la comisa­ría de policía a su puerta.
Pero antes de poder ejecutar su impulsivo plan, una voz le había susurrado al oído:
-Espero que decidas huir.
Butch había girado la cabeza, agachándose. El de la cica­triz enorme y cabeza rapada estaba junto a él, aunque no le ha­bía oído acercarse.
-Adelante. -Aquellos ojos negros de maníaco habían es­crutado a Butch con la fría intensidad de un tiburón-. Abre esa puerta a golpes y corre como una liebre, rápido, en busca de ayuda. Pero recuerda que yo te perseguiré. Como un coche fúnebre. -Zsadist, déjalo en paz. -El sujeto del bonito cabello había asomado la cabeza en la habitación-. Wrath quiere al hu­mano vivo. De momento.
El de la cicatriz dirigió a Butch una última mirada. -Inténtalo. Sólo inténtalo. Prefiero cazarte que cenar con ellos.
Y luego había salido lentamente.
A pesar de la amenaza, Butch había estado examinando cuidadosamente lo que había podido ver de la casa. No había po­dido encontrar un teléfono y, a juzgar por el sistema de seguridad que había vislumbrado en el vestíbulo, todas las puertas y ventanas debían de tener sensores de sonido. Salir de allí discre­tamente no resultaba muy, factible.
Y no quería dejar a Beth. Dios, si ella muriera... Butch respiró profundamente, frunciendo el ceño. ¿Qué diablos era eso?
Los trópicos. Olía a océano. Se dio la vuelta.
Una impresionante mujer se encontraba en el umbral de la puerta. Esbelta, elegante, ataviada con un vaporoso vestido y su hermoso cabello rubio suelto hasta las caderas. Todo su rostro era delicada perfección y sus ojos del color azul claro del cristal.
Ella dio un paso atrás, atemorizada.
-No -dijo él, abalanzándose hacia delante, pensando en los hombres que se encontraban al lado del pasillo-. No te vayas. Ella miró a su alrededor, como si quisiera pedir ayuda. -No voy a hacerte daño -dijo él rápidamente. -¿Cómo puedo estar segura?
Tenía un sutil acento. Como todos ellos. ¿Tal vez ruso? Él extendió las manos con las palmas hacia arriba para mos­trar que no llevaba armas.
-Soy policía.
Aquello no era exactamente cierto, pero quería que se sin­tiera segura.
Ella se recogió la falda, dispuesta a marcharse.
Diablos, no debía haber mencionado esa palabra. Si era la mujer de alguno de ellos, lo más probable era que huyera si pensaba que la ley venía a detenerlos.
-No estoy aquí en misión oficial -dijo-. No llevo pis­tola, ni placa.
Repentinamente, ella soltó el vestido y enderezó los hom­bros como si hubiera recobrado el valor. Avanzó un poco, con movimientos ligeros Y gráciles. Butch mantuvo la boca cerrada y trató de parecer más pequeño de lo que era, menos ame­nazador.
-Normalmente él no permite que los de tu especie vengan aquí -dijo ella.
Sí, podía imaginar que los policías no visitaban aquella ca­sa con mucha frecuencia.
-Estoy esperando a... una amiga.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado. Al aproximarse, su be­lleza lo deslumbró. Sus rasgos parecían sacados de una revista de moda, su cuerpo tenía ese grácil movimiento estilizado y adorable que utilizaban las modelos de pasarela. Y el perfume que usa­ba... se coló por su nariz, extendiéndose hasta su cerebro. Olía tan bien que los ojos se le llenaron de lágrimas.
Era irreal. Tan pura. Tan limpia.
Se sintió sucio, y lamentó no poder darse una buena du­cha y afeitarse antes de volver a dirigirle la palabra.
¿Qué demonios estaba haciendo con esos delincuentes? El corazón de Butch dio un vuelco ante la idea de la utili­dad que podían darle. Santo cielo. En el mercado sexual, podían pagar una buena suma por pasar una sola hora con una mujer co­mo aquélla.
Con razón la casa estaba tan bien custodiada.
Marissa desconfiaba del humano, sobre todo considerando su ta­maño. Había escuchado muchas historias sobre ellos y conocía su odio hacia la raza de los vampiros.
Pero éste parecía tener cuidado en no asustarla. No se mo­vía; apenas respiraba. Lo único que hacía era mirarla con gran atención, como si estuviera estupefacto.
Todo eso la ponía nerviosa, y no sólo porque no estaba acostumbrada a que la miraran así. Los ojos color avellana del hombre destellaban en su duro rostro sin perder detalle, exami­nándola cuidadosamente.
Aquel humano era inteligente. Inteligente y... triste. -¿Cómo te llamas? -preguntó él suavemente.
A ella le gustó su voz. Profunda, grave y un poco ronca, corno si estuviera permanentemente afónico.
Ya estaba muy cerca de el, a unos cuantos pasos, así que se detuvo.
-Marissa. Me llamo Marissa.
-Butch. -Se tocó el amplio pechar-. Eh... Brian O'Neal. Pero todo el mundo me llama Butch.
Tendió la mano, pero, de inmediato, la retiró para frotar­la vigorosamente sobre la pernera del pantalón y ofrecérsela de nuevo.
Ella perdió la serenidad. Tocarlo era demasiado. Dio un paso atrás.
Él dejó caer la mano lentamente, sin sorprenderse de ha­ber sido rechazado.
Y aun así, siguió mirándola.
-¿Por qué me miras tan fijamente? -Se llevó las manos al corpiño del vestido, cubriéndose.
El rubor le cubrió primero el cuello y luego las mejillas. -Lo siento. Probablemente estás harta de que los hom­bres se queden embobados mirándote.
Marissa negó con la cabeza. -Ningún macho me mira. -Encuentro eso muy difícil de creer. Era verdad. Todos temían lo que pudiera hacer Wrath, Dios, si supieran lo poco que la había querido. -Porque... -La voz del humano se desvaneció-. Por Dios, eres tan... absolutamente... hermosa.
Carraspeó, como si deseara retractarse de sus palabras. Ella ladeó la cabeza, examinándolo. Había algo que no po­día descifrar en su tono de voz, quizás una cierta amargura.
Él se pasó la mano por el espeso cabello oscuro. -Cerraré la boca, antes de conseguir que te sientas aún más incómoda.
Sus ojos permanecieron clavados en el rostro de la mujer. Ella pensó que eran unos ojos muy agradables, cálidos, con una sombra fugaz de melancolía al mirarla, un anhelo oculto por aquello que no podía conseguir.
Ella era experta en eso.
El humano se rió con un estruendo explosivo surgido de las profundidades de su pecho.
-También debería dejar de mirarte así. Eso estaría bien. -Metió las manos en los bolsillos del pantalón y se concentró en el suelo-. ¿Ves? Ya no te miro. No te estoy mirando. Oye, qué alfombra más bonita. ¿Lo habías notado?
Marissa sonrió sutilmente y avanzó hacia él.
-Creo que me gusta la forma en que me miras. -Los ojos color avellana volvieron de nuevo a concentrarse en su rostro­. Es que no estoy acostumbrada -explicó, llevándose la mano al cuello, pero sin llegar a rozarlo.
-Dios, no puedes ser real -dijo el humano en un susurro. -¿Por qué no?
-Es imposible. Ella se rió un poco. -Pues lo soy.
Él carraspeó de nuevo, ofreciéndole una sonrisa torada. -¿Te importaría dejarme probar?
-¿Cómo?
-¿Puedo tocarte el cabello?
Su primer impulso fue retroceder de nuevo. Pero ¿por qué hacerlo? No estaba atada a ningún macho. Si aquel humano que­ría tocarla, ¿por qué no?
Además, a ella también le agradaba.
Ladeó la cabeza de tal manera que unos mechones de su cabello se deslizaron hacia delante. Permitiría que se le acercara. Y Butch lo hizo.
Cuando extendió la mano, ella pudo ver que era grande, y sintió que se le cortaba la respiración, pero él no rozó el rubio ri­zo que colgaba ante ella. Las yemas de sus dedos acariciaron un mechón que descansaba sobre su hombro.
Sintió una oleada de calor en la piel, como si la hubiera tocado con una cerilla encendida. Instantáneamente, aquella sensación se extendió por todo su cuerpo, subiendo su tempe­ratura.
¿Qué era eso?
El dedo de Butch deslizó el cabello hacia un lado, y lue­go toda la mano le rozó el hombro. La palma de su mano era cálida, sólida, fuerte.
Ella alzó los ojos hacia él.
-No puedo respirar --susurró. Butch casi se cae de espaldas.
Santo Dios, pensó. Ella lo deseaba.
Y su inocente desconcierto ante su roce era mejor que cual­quier encuentro sexual que hubiera experimentado.
Su cuerpo reaccionó al instante, y su erección presionó sus pantalones, exigiendo salir.
Pero esto no puede ser real, pensó. Tenía que estar jugan­do con él. Nadie podía tener aquel maravilloso aspecto, y andar con esos tipos, sin conocer todos los trucos del negocio.
La observó mientras ella respiraba con dificultad. Luego se lamió los labios. La punta de su lengua era color rosa.
Santo Cristo.
Tal vez era, simplemente, una actriz fantástica, o la me­jor prostituta que se hubiera visto jamás. Pero cuando levantó los ojos hacia él, supo que lo tenía a su merced, y que le haría co­mer de su mano si ella quería.
Dejó que su dedo recorriera el cuello de la mujer. Su piel era tan suave, tan blanca, que temió dejarle marcas con aquel sim­ple roce.
-¿Vives aquí? -preguntó. Ella negó con la cabeza. -Vivo con mi hermano. Se sintió aliviado.
-Eso está bien.
Le acarició la mejilla dulcemente, mirando fijamente su boca.
¿Qué sabor tendría?
Bajó los ojos. Parecían haber crecido, presionando contra el corpiño de su elegante vestido.
Ella dijo trémula:
-Me miras como si estuvieras sediento.
Oh, Dios. En eso tenía razón. Estaba reseco.
-Pero yo creía que los humanos no se alimentaban -dijo. Butch frunció el ceño. Utilizaba las palabras de una mane­ra extraña, pero era obvio que el inglés era su segundo idioma. Movió los dedos hacia su boca. Hizo una pausa, pre­guntándose si ella retrocedería en el momento en que tocara sus labios. Probablemente, pensó. Sólo para seguir el juego.
-Tu nombre-dijo ella-. ¿Es Butch? -Él asintió-. ¿De qué tienes sed, Butch? -susurró.
Los ojos del hombre se cerraron de golpe mientras su cuer­po se balanceaba.
-Butch -dijo ella-, ¿te he hecho daño?
Sí, si consideras que el deseo ardiente es un dolor, pensó él.


Capítulo 36

Wrath se levantó de la cama y se puso unos panta­lones de cuero limpios y una camiseta negra. Beth dormía profundamente a su lado. Cuando la besó, ella se revolvió.
-Voy al primer piso -dijo él, acariciándole la mejilla-. Pero no saldré de casa.
Ella asintió, le rozó la palma de la mano con los labios, y se hundió de nuevo en el descanso reparador que tanto necesitaba. Wrath se colocó las gafas de sol, descorrió el cerrojo de la puerta y se dirigió a las escaleras. Sabía que mostraba una es­túpida sonrisa de satisfacción en el rostro y que sus hermanos se burlarían de él.
¿Pero qué demonios le importaba?
Iba a tener una verdadera shellan, una compañera. Y ellos podían besarle el culo.
Empujó el cuadro y pasó al salón. No pudo creer lo que vio.
Marissa, con un vaporoso vestido color crema, y el poli­cía ante ella, acariciando su cara, evidentemente embelesado. Por toda la estancia flotaba el delicioso aroma del sexo.
En aquel momento, Rhage irrumpió en la habitación con la daga desenvainada. Evidentemente, el hermano estaba listo pa­ra destripar al humano por tocar a la que él suponía que era la shellan de Wrath.
-Quita las manos...
Wrath dio un salto hacia delante. -¡Rhage! ¡Espera!
El hermano se detuvo en seco mientras Butch y Marissa miraban alrededor con aspecto desconcertado.
Rhage sonrió y arrojó la daga al otro lado de la habitación, hacia Wrath.
-Adelante, mi señor. Merece la muerte por ponerle las manos encima, ¿pero no podemos jugar con él un poco? Wrath atrapó el cuchillo.
-Regresa a la mesa, Hollywood.
-Ah, vamos. Sabes que es mejor con público. Wrath sonrió con afectación.
-Otra vez será, hermano. Ahora déjanos.
Le devolvió la daga y Rhage se apresuró a enfundarla an­tes de marcharse.
-Eres un verdadero aguafiestas, ¿lo sabías? Un maldito aguafiestas de mierda.
Wrath dirigió la mirada a Marissa y el detective. Para ser justos, tenía que aprobar la forma en que el humano había utili­zado su cuerpo para protegerla.
A lo mejor, aquel tipo era algo más que un buen contrin­cante.
Butch miró ferozmente al sospechoso y extendió los brazos, tra­tando de rodear a Marissa. Ella se negó a permanecer detrás de él y se hizo a un lado, pasando hacia delante.
¿Estaba protegiéndolo a él?
El detective la sujetó por uno de sus delicados brazos, pe­ro ella se resistió.
Cuando el asesino de cabello negro estuvo a su altura, ella se dirigió a él resueltamente en un idioma que Butch no reconoció. Ella se acaloraba a medida que avanzaba la discusión, y el hombre gesticulaba mucho. Pero gradualmente Marissa se fue tranquilizando.
Luego, el hombre apoyó una mano sobre el hombro de la mujer y se volvió a mirar a Butch.
Santo Dios, el cuello de aquel hombre mostraba una heri­da abierta en un lado, como si algo lo hubiera mordido.
Le preguntó algo a Marissa, que respondió vacilante, pe­ro él le hizo repetir las palabras en un tono más fuerte.
-Que así sea-dijo aquel bastardo, sonriendo ligeramente. Marissa se movió hasta colocarse junto a Butch. Lo miró y se sonrojó.
Algo había sido decidido. Algo...
Con un rápido movimiento, el vampiro aferró la gargan­ta de Butch.
Marissa gritó: -Wrath! mierda, otra vez no, pensó Butch mientras forcejeaba.
--Ella parece interesada en ti -dijo el asesino al oído de Butch-. Así que te permitiré seguir respirando. Pero hazle da­ño y te desollaré vivo.
Marissa le hablaba con rapidez en aquella lengua desco­nocida, y no le cabía duda de que lo estaba maldiciendo. -¿Me has comprendidos? -preguntó Wrath.
Butch entrecerró los ojos, dirigiéndolos hacia el rostro del vampiro.
-Ella no tiene nada que temer de mí. -Que así sea.
-En cambio tú, ésa es otra historia.
El hombre lo soltó. Alisó la camisa de Butch, y le mostró una amplia sonrisa.
Butch frunció el ceño.
Dios, había algo sumamente extraño en los dientes de aquel individuo.
--¿Dónde está Beth? -exigió saber Butch. -Está a salvo. Y en perfecto estado. -No será gracias a ti.
-Únicamente gracias a mí.
-Entonces, me temo que no compartimos la misma opi­nión. Quiero verla por mí mismo.
-Más tarde. Y sólo si ella quiere verte.
Butch se encolerizó, Y aquel bastardo pareció sentir una oleada en su cuerpo.
--Ten cuidado, detective. Ahora estás en mi mundo. Sí, a la mierda contigo, amigo.
El policía estaba a punto de abrir la boca cuando sintió que algo le sujetaba el brazo. Bajó la vista. El miedo brillaba en los ojos de Marissa.
-Butch, por favor -susurró-. No lo hagas. El sospechoso asintió.
-Debes ser más amable, y quédate con ella -dijo el hombre. Su voz se suavizó al mirar a Marissa -Es feliz en tu compañía, y se merece esa felicidad. Ya hablaremos de Beth más tarde.
El señor X llevó a Billy de vuelta a su casa, después de haber pa­sado varias horas recorriendo la ciudad en el coche, hablando. El pasado de Billy era perfecto, y no sólo a causa de su ca­rácter violento. Su padre era exactamente la clase de modelo masculino preferido del señor X. Un lunático con complejo de Dios. Había sido jugador de fútbol americano. Era corpulento, agresivo y competitivo, y había ridiculizado a Billy desde su na­cimiento.
Cualquier cosa que su hijo hacía era un desastre. Pero lo que más le gustaba al señor X era la historia de la muerte de la madre de Billy. La mujer se había caído en la piscina después de haber bebido demasiado, y Billy la había encontrado flotando bo­ca abajo. La sacó del agua e intentó reanimarla antes de llamar al 911. Tan pronto como se llevaron el cuerpo al depósito con una etiqueta en un dedo del pie, el distinguido senador del gran estado de Nueva York sugirió que su hijo la había asesinado. Eviden­temente, Billy tendría que haber llamado primero a la ambulan­cia en lugar de ponerse a hacer de médico.
El señor X no cuestionaba los méritos del matricidio. Pero, en el caso de Billy, el muchacho había recibido entrenamiento como socorrista, realmente había intentado salvar a la mujer.
-Odio esta casa -murmuró Riddle, mirando las paredes, las columnas y los ventanales hermosamente iluminados.
-Es una pena que estés en lista de espera. La universidad te habría sacado de aquí.
-Sí, bueno, pude haber entrado en una o dos. Si él no me hubiera obligado a presentarme solamente a la de Ivies.
-¿Y qué piensas hacer?
Billy se encogió de hombros.
-Él quiere que me vaya de aquí, que consiga un empleo. Es sólo que... no sé adónde ir.
-Dime una cosa, Billy, ¿tienes novia? El esbozó una ligera sonrisa.
-Un par.
Seguramente era cierto, porque era bastante agraciado. -¿Alguien en especial?
Los ojos de Billy parpadearon.
-Están bien como diversión, pero no me dejan en paz. Me llaman a todas horas, queriendo saber dónde estoy, qué hago. Exigen demasiado, salvo, eh...
-¿Tú qué? -Billy entrecerró los ojos-. Vamos, hijo. No hay, nada que no puedas contarme.
-Yo, eh, me gustan más cuando son difíciles de conse­guir... -Se aclaró la garganta-. De hecho, me gusta cuando tra­tan de escapar.
-¿Te gusta atraparlas?
-Me gusta forzarlas. ¿Entiende?
El señor X asintió, pensando que había otro voto a favor de Riddle. Sin ataduras a una familia, sin ataduras a una novia, y con una disfunción sexual que sería curada durante la ceremonia de iniciación.
Riddle empuñó el picaporte de la puerta.
-En todo caso, gracias, sensei. Esto ha sido fabuloso. -Billy.
Riddle hizo una pausa, mirando hacia atrás con curiosidad. -¿Sí, sensei?
-¿Quieres venir a trabajar conmigo? Los ojos de Riddle chispearon. -¿Quiere decir en la academia?
-Algo así. Déjame hablarte un poco de lo que tendrías que hacer, y luego puedes pensarlo con calma.

Capítulo 37

Beth rodó sobre la cama, buscando a Wrath, entonces re­cordó que había ido al piso superior.
Se sentó, indecisa, como si esperara que el dolor regresa­ra. Al ver que nada le dolía, se puso de pie. Estaba desnuda, bajo la mirada y se miró el cuerpo. Nada parecía haber cambiado. Eje­cutó una pequeña danza. Todo parecía funcionar bien.
Excepto que no podía ver muy bien.
Entró en el baño. Se quitó las lentillas y vio perfectamente. Bueno, he ahí una ventaja.
Vaya. Colmillos. Tenía colmillos.
Se inclinó, los apretó un poco. Le iba a costar acostum­brarse a comer con esos dientes.
Siguiendo un impulso, levantó las manos a puso los dedos en forma de garras, soltando un gruñido.
Fantástico.
Halloween iba a ser tremendamente divertido a partir de ahora.
Se cepilló el cabello, se puso una bata de Wrath y se dirigió a la escalera. Cuando llegó al final, no se había quedado sin aliento. Una ventaja más. Ahora disfrutaría de su ejercicio diario. Al salir del cuadro, vio a Butch sentado en el sofá junto a una despampanante rubia. A lo lejos, se oían voces masculinas y una fuerte música.
Butch levantó la mirada.
-¡Beth! -Corrió hacia ella, envolviéndola en un abrazo de oso-. ¿Estas bien?
-Muy- bien. De verdad, estoy perfectamente. -Lo cual era asombroso, considerando cómo se había sentido hacía poco. Butch se echó hacia atrás, y le cogió la cara con las manos. Observó atentamente sus ojos. Frunció el ceño.
-No pareces drogada. -¿Por qué habría de estarlo? Él movió la cabeza tristemente. -No me lo ocultes. Yo te traje aquí, ¿recuerdas? -Debo marcharme -dijo la rubia, levantándose. Butch se volvió hacia ella de inmediato.
-No. No te vayas. Regresó al sofá. Al mirar a la mujer, su expresión se trans­formó por completo. Beth nunca lo había visto así. Resultaba evidente que estaba cautivado.
-Marissa, quiero que conozcas a una amiga... -enfatizó la palabra-, Beth Randall. Beth, ella es Marissa.
Beth levantó la mano. -Hola.
La rubia miró fijamente al otro lado de la habitación, exa­minando a Beth de pies a cabeza.
-Eres la hembra de Wrath -dijo Marissa con una espe­cie de admiración. Como si Beth hubiera llevado a cabo una gran hazaña-. La que él quiere.
Beth sintió calor en las mejillas. -Ah, sí. Imagino que lo soy.
Hubo un incómodo silencio. Butch, miró alternativamen­te a ambas mujeres frunciendo el ceño, queriendo formar parte del secreto.
También Beth quería saber cuál era. -¿Sabes dónde está Wrath?-preguntó.
Butch adquirió una expresión ceñuda, como si no quisie­ra escuchar el nombre de aquel individuo.
-Está en el comedor. -Gracias.
-Escucha, Beth. Tenemos que... -No iré a ninguna parte.
Él respiró profundamente, soltando el aire con un lento siseo.
-De algún modo, pensaba que dirías eso. -Miró a la ru­bia-. Pero si me necesitas... estaré aquí.
Ella sonrió para sus adentros mientras Butch volvía a sen­tarse con la mujer.
Cuando salió al pasillo, el sonido de las voces masculinas y el profundo retumbar de la música rap aumentaron.
-`Qué le hiciste al restrictor? -preguntó una de las voces. -Encendí su cigarrillo con una escopeta recortada -res­pondió otro-. No bajó a desayunar, ¿me entendéis?
Hubo un coro de carcajadas y un par de golpes, como si unos puños hubieran impactado contra la mesa.
Ella apretó las solapas de la bata. Tenía la sensación de que sería más prudente vestirse primero, pero no quería esperar para ver a Wrath.
Dio la vuelta a la esquina.
En el instante en que apareció en el umbral de la puerta, ce­só toda conversación. Todos giraron la cabeza, con los ojos fijos en ella. El rap se expandió llenando el silencio, los bajos retumbaban violentamente, la letra parecía una letanía de ritmo demoníaco.
Dios mío. Nunca antes había visto a tantos hombres cor­pulentos con ropa de cuero.
Dio un paso atrás justo en el momento en que Wrath se levantó de la cabecera de la mesa. Se dirigió hacia ella, mirándo­la con intensidad. Sin duda, había interrumpido alguna clase de rito masculino.
Trató de pensar en algo que decirle. Era probable que tra­tara de parecer un macho despreocupado delante de sus herma­nos y quisiera hacerse el duro...
Pero Wrath la abrazó con delicadeza, hundiendo el rostro entre su cabello.
-Mi leelan -le susurró al oído. Recorrió su espalda arri­ba y abajo con las manos-. Mi hermosa leelan.
La apartó un poco y la besó en los labios, luego sonrió con ternura mientras le alisaba el cabello.



En el rostro de Beth apareció una enorme sonrisa. Al pa­recer, aquel hombre no tenía problemas en mostrar públicamen­te su afecto. Era bueno saberlo.


Ladeó la cabeza, y se asomó por un lado de su hombro. Tenían bastante público. Y aquellos hombres se habían quedado boquiabiertos.
Casi se le escapa una carcajada. Ver a un grupo de sujetos con aspecto de violentos delincuentes sentados alrededor de una mesa con cubiertos de plata y porcelana va resultaba bastante in congruente, pero verlos con aquellas caras de asombro parecía simplemente absurdo.
-¿No vas a presentarme? -dijo, asintiendo levemente hacia el grupo.
Wrath le colocó su brazo sobre los hombros, atrayéndola hacia su pecho.
-Ésta es la Hermandad de la Daga Negra. Mis compañe­ros guerreros. Mis hermanos. -Inclinó levemente la cabeza ha­cia el más guapo-. A Rhage ya lo conoces. También a Tohr. El de la perilla y la gorra de los Red Sox es Vishous. El Rapunzel de este lado es Phury. -La voz de Wrath bajó hasta convertirse en un gruñido--: Y Zsadist va se ha presentado a sí mismo.
Los dos a los que conocía un poco más le sonrieron. Los otros inclinaron la cabeza, excepto el de la cicatriz, que se limi­tó a mirarla.
Ese sujeto tenía un gemelo, recordó. Pero le resultó tre­mendamente difícil distinguir a su verdadero hermano. Aunque el tipo del hermoso cabello y los fantásticos ojos color miel se le parecía un poco.
-Caballeros -dijo Wrath-, quiero que conozcáis a Beth. Y luego volvió a hablar en aquel idioma que ella no en tendía.
Cuando terminó, hubo una audible exhalación. Él bajó la mirada, sonriendo.
-¿Necesitas algo? ¿Tienes hambre, leelan? Ella se llevó una mano al estómago.
-¿Sabes? Ahora que lo pienso, sí. Tengo unas extrañas ganas de tocino con chocolate. Vete tú a saber.
-Yo te serviré. Siéntate. -Le señaló su silla y luego salió por una puerta giratoria.
Ella echó un vistazo a los hombres.
Grandioso. Allí estaba, desnuda bajo una bata, sola con más de quinientos kilos de vampiro. Intentar hacerse la indiferente era imposible, así que se dirigió con cierta inquietud a la si­lla de Wrath. No llegó lejos.
Las sillas fueron arrastradas hacia atrás, los cinco hombres se levantaron al unísono y empezaron a acercársele.
Ella miró hacia los dos que conocía, pero las severas ex­presiones de sus caras no la tranquilizaron.
Y de repente, aparecieron los cuchillos.
Con un silbido metálico, cinco dagas negras fueron de­senfundadas.
Ella retrocedió frenéticamente tratando de protegerse con las manos. Se golpeó contra la pared, y estaba a punto de gritar llamando a Wrath, cuando los hombres se dejaron caer de rodillas formando un círculo a su alrededor. Con un solo movimiento, como si hubieran ensayado aquella coreografía, hundieron las da­gas en el suelo a sus pies e inclinaron la cabeza. El fuerte sonido del acero al chocar contra la madera parecía tanto una promesa como un grito de guerra.
Los mangos de los cuchillos vibraron. La música rap continuó sonando. Parecían esperar de ella alguna respuesta. -Hmm. Gracias-dijo.
Los hombres alzaron la cabeza. Grabada en las duras fac­ciones de sus rostros había una total reverencia, e incluso el de la cicatriz mostraba una expresión respetuosa.
Y entonces entró Wrath con una botella de chocolate Her­shey.
-Ya viene el tocino. -Sonrió-. Ove, les gustas. -Gracias a Dios -murmuró ella, mirando las dagas.

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