viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 38 39 40

Capítulo 38

Marissa sonrió, pensando que, cuanto más tiempo pa­saba con él, aquel humano le iba pareciendo cada vez más apuesto.
-Entonces te ganas la vida protegiendo a tu especie. Eso está bien.
El se acercó más a ella en el sofá.
-Bueno, de hecho no sé qué voy a hacer ahora. Tengo el presentimiento de que tendré que conseguir otro empleo.
El repique de un reloj la llevó a preguntarse cuánto tiem­po habían pasado juntos. Y cuándo saldría el sol.
-¿Qué hora es? -Más de las cuatro. -Debo irme. -¿Cuándo puedo verte otra vez? Ella se levantó.
-No lo sé.
-¿Podemos ir a cenar?-Se levantó de un salto-. ¿A co­mer? ¿Qué vas a hacer mañana?
Ella tuvo que reírse. -No lo sé.
Nunca antes la habían cortejado. Era agradable.
-Ah, diablos-murmuró él-. Estoy arruinándolo todo mostrándome tan ansioso, ¿no es así? -Se llevó las manos a las caderas y bajó la mirada hacia la alfombra, disgustado consigo mismo.
Ella dio un paso adelante. La cabeza de Butch se alzó de golpe.
-Voy a tocarte ahora -dijo ella suavemente-. Antes de marcharme. -Los ojos del hombre brillaron-. -Puedo, Butch -Donde quieras -susurró él.
Ella alzó la mano, pensando en que sólo la posaría sobre su hombro. Pero sus labios le fascinaban. Los había visto moverse mientras hablaba, y se preguntaba cómo sería su textura y su sabor.
-Tu boca -dijo ella-. Pienso que es... -¿Qué? -preguntó él con voz ronca. -Adorable.
Colocó la rema del dedo sobre su labio inferior. Él jadeó con tal fuerza que inhaló el perfume de la piel de Marissa, y cuan­do lo exhaló con un estremecimiento, regresó a ella cálido y hú­medo.
-Eres suave -dijo ella, rozándolo con el índice. El cerró los ojos.
Su cuerpo emanaba un aroma embriagador. Ella había per­cibido la seductora fragancia desde el momento en que él la ha­bía visto por primera vez. Ahora, saturaba el aire.
Curiosa, deslizó el dedo dentro de su boca. Los ojos de Butch se abrieron como platos.
Tanteó sus dientes delanteros, encontrando extraña la au­sencia de colmillos. Al adentrarse más, sintió el interior resbala­dizo, húmedo, cálido.
Lentamente, los labios de él se cerraron alrededor del de­do, lamiéndole la rema con movimientos circulares.
Una oleada de placer le recorrió el cuerpo.
Los pezones le hormigueaban y algo le sucedía entre las piernas. Se sintió dolorida. Hambrienta.
-Quiero... -No supo qué decir.
Él agarró su mano y echó la cabeza hacia atrás, succio­nando a lo largo del dedo hasta que salió de su boca. Con los ojos clavados en los suyos, giró la palma de la mano hacia arriba, le la­mió en el centro y presionó los labios contra su piel.
Ella se reclinó contra él.
-¿Qué es lo que quieres? -preguntó él en voz baja--. Dímelo, dulzura. Dime qué quieres.
-Yo... no sé. Nunca me he sentido así.
Su respuesta pareció romper el hechizo. La cara de Butch se ensombreció, y le soltó la mano. Una maldición, suave y vil, se desprendió de él mientras se distanciaba.
Los ojos de Marissa chispearon ante su rechazo. -¿Te he disgustado?
Santo Dios, aquello era algo que parecía dársele muy bien, tratándose de machos.
-¿Disgustarme? No, lo estás haciendo muy, bien. Eres una verdadera profesional. -Extendió la mano. Parecía estar lu­chando consigo mismo, intentando regresar ala normalidad des de algún lugar muy lejano-. Es sólo que la actuación de niña inocente me está perturbando un poco.
-¿Actuación?
-Ya sabes, poner esa cara de virgen con ojos de ternera degollada.
Ella dio unos pasos hacia delante mientras trataba de pen­sar en una respuesta, pero él extendió las manos.
-Hasta ahí está bien. -¿Por qué?
-Por favor, dulzura. Deja ya de actuar. Marissa puso mala cara.
--Eres incoherente.
-Ah. ¿de verdad?-dijo él-. Escucha, tú me excitas con sólo quedarte ahí parada. No tienes que fingir ser algo que no eres. Y yo..., eh, no tengo problema con lo que haces. Tampoco voy a arrestarte por eso.
-¿Arrestarme por qué?
Mientras él ponía los ojos en blanco, ella trataba de com­prender a qué se estaba refiriendo.
-Ya me voy -dijo ella bruscamente. Su irritación cre­cía a cada momento que pasaba.
-Espera. -El extendió la mano, sujetándola por un bra­zo-. Me gustarla volver a verte.
Ella frunció el ceño, con la mirada tija en la mano que la agarraba. El hombre la soltó y se la frotó como queriendo desha­cerse de aquella sensación.
-¿Por qué? -preguntó-. Es obvio que ahora te disgus­ta el simple hecho de tocarme.
-Ajá. Sí, claro. -Le lanzó una mirada cínica-. Escucha, ¿cuánto va costarme que actúes con normalidad?
Ella le devolvió una mirada feroz. Antes de terminar con Wrath, quizás habría huido. Pero ya no quería hacerlo.
-No te entiendo -dijo.
-Como quieras, dulzura. Dime, ¿hay tipos tan necesita­dos de acción que se tragan esa comedia?
Marissa no entendió aquella jerga con exactitud, pero fi­nalmente captó la esencia de lo que él estaba pensando. Horrori­zada, enderezó completamente la espalda.
-¿Cómo te atreves?
El se quedó mirándola fijamente, semiparalizado. Luego respiró con fuerza.
-Ah, diablos. -Se frotó la cara con la mano-. Escucha, olvídalo, ¿vale? Vamos a olvidar que nos hemos conocido... -Nunca he sido poseída. A mi hellren no le agradaba mi compañía. Así que nunca he sido besada o tocada, ni siquiera abra­zada por un macho que sintiera pasión por mí. Pero yo no soy….­no soy indigna. -La voz le tembló al final-. Es sólo que nadie me ha querido.
Los ojos del hombre se abrieron como si ella lo hubiera abofeteado o algo parecido.
Ella desvió la mirada.
-Y nunca he tocado a un macho -susurró-. Simple­mente no sé qué hacer.
El humano dejó escapar un largo suspiro, como si estuviera exhalando todo el oxígeno del cuerpo.
-Santa María, madre de Dios -murmuró-. Lo siento. De verdad que lo siento. Soy..., soy un completo imbécil, y te he juzgado rematadamente mal.
Su horror ante lo que le había dicho era tan palpable, que ella sonrió un poco.
-¿Lo dices en serio?
--Diablos, sí. Es decir, sí, claro. Espero no haberte ofen­dido tanto como para que no puedas perdonarme. ¿Pero cómo podrías hacerlo? Jesucristo... Lo lamento mucho. -Su palidez parecía real.
Ella puso una mano sobre su hombro. -Te perdono.
El sonrió, incrédulo.
-No deberías. Tendrías que enfadarte conmigo durante algún tiempo. Por lo menos una semana, tal vez un mes. Quizá más tiempo. Me he pasado de la raya.
-Pero no quiero enfadarme contigo. Hubo una larga pausa.
-¿Aún quieres verme mañana? -Sí.
Él pareció asombrado de su buena suerte.
-¿De verdad? Eres una santa, ¿lo sabías? Extendió la mano y le acarició la mejilla con la yema de los dedos. -¿Entonces dulzura? ¿Dónde quieres que nos encontremos?
Ella pensó unos segundos. A Havers le daría un ataque si supiera que estaba viendo a un humano.
-Aquí. Te veré aquí. Mañana por la noche. Él sonrió.
-Bien. ¿Y cómo volverás a casa? ¿Necesitas que te lleve O un taxi?
-No, usaré mis propios medios.
-Espera... antes de que te vayas. -Avanzó hacia ella. El adorable aroma del hombre llegó hasta ella, perturbándola de nue­vo-. ¿Puedo darte un beso de buenas noches? Aunque no lo me­rezca.
Por costumbre, ella le ofreció el dorso de la mano.
Él la cogió y la atrajo hacia sí. Las palpitaciones en la san­gre y- entre las piernas regresaron.
-Cierra los ojos -susurró él. Así lo hizo.
Los labios del hombre le rozaron la frente y luego las sienes.
Ella abrió la boca al sentir de nuevo ese dulce sofoco. -Jamás podrías disgustarme -dijo él con su voz profunda.
Y luego le tocó las mejillas con los labios.
Ella esperó algo más. Pero al no recibirlo, abrió los ojos. Él la miraba fijamente.
-Vete -dijo-. Te veré mañana.
Ella asintió. Y se desmaterializó directamente entre sus manos.
Butch lanzó un grito, dando un tremendo salto hacia atrás. -¡Mierda!
Se miró la mano. Todavía podía sentir el contacto de la pal­ma de su mano  y oler su perfume.
Pero se había desvanecido en el aire. En un momento es­taba frente a él, y al siguiente...
Beth llegó corriendo a la habitación. -¿Estás bien?
-No, bien una mierda -dijo bruscamente. Wrath entró detrás de Beth a grandes zancadas. -¿Dónde está Marissa?
-¿Cómo voy a saberlo? ¡Desapareció en un instante! De­lante de mis... Estaba..., yo le sostenía la mano y ella... -Estaba empezando a parecer un idiota frenético, así que cerró la boca.
¿Pero cómo no iba a estar histérico? Le gustaban las leves de la física tal como las conocía. Con la gravedad manteniéndo­lo todo sobre el maldito planeta en su sitio. Con la fórmula E=mc2 diciéndole lo rápido que podía llegar a un bar.
La gente no se desvanecía en el aire de una maldita habi­tación.
-¿Puedo contárselo? -preguntó Beth al vampiro. El sospechoso se encogió de hombros.
-Normalmente, te diría que no, porque es mejor que no lo sepan. Pero considerando lo que acaba de ver... -¿Contarme qué? ¿Que sois un hatajo de...? -Vampiros -murmuró Beth.
Butch la miró, con fastidio.
-Sí, claro. Inténtalo con otra cosa, dulzura.
Pero entonces ella empezó a hablar, diciéndole  cosas que él no podía creer.
Cuando Beth terminó, lo único que pudo hacer Butch fue mirarla fijamente. Su instinto le decía que no estaba mintiendo, pero le resultaba demasiado difícil de aceptar.
-No creo nada de esto -le dijo.
-Para mí también fue difícil de comprender.
-Apuesto a que sí.
Se paseó por la habitación, deseando poder beber algo, mientras ellos lo miraban en silencio.
Finalmente, se detuvo ante Beth. -Abre la boca.
Escuchó un ruido sordo y desagradable detrás de él, al mis­mo tiempo que una corriente de aire frío le azotaba la espalda. -Wrath, déjalo -dijo Beth-Cálmate.
Separó los labios, revelando dos largos caninos que cier­tamente antes no estaban ahí. Butch sintió que las rodillas le temblaban mientras extendía la mano para tocar los dientes.
Una gruesa mano lo sujetó por el brazo, con tuerza sufi­ciente para fracturarle los huesos de la muñeca.
-Ni lo sueñes -gruñó Wrath.
-Suéltalo -ordenó ella suavemente, aunque no abrió la boca de nuevo cuando la mano del detective fue liberada-. Son reales, Butch. Todo este asunto... es real.
El policía alzó la vista para mirar al sospechoso. -Entonces eres realmente un vampiro, ¿no es así? -Será mejor que lo creas, detective. -El enorme bastar do moreno sonrió, mostrando un monstruoso juego de colmillos. Ésas si que son herramientas serias, pensó Butch.
-¿La mordiste para convertirla en vampiresa?
-No funciona así. O naces de nuestra especie o no lo eres. Los fanáticos de Drácula iban a ponerse muy contentos. Al fin unos colmillos de verdad.
Butch se dejó caer sobre el sofá. -¿Mataste a esas mujeres? Para beber su...
-¿Sangre? No. Lo que hay en las venas humanas no me mantendría vivo durante mucho tiempo.
-¿Entonces me estás diciendo que no tuviste nada que ver con esas muertes? Es decir, en las escenas de los crímenes encon­tramos estrellas arrojadizas iguales a las que tú llevabas la noche que te arresté.
-Yo no las maté, detective. -¿Y al hombre del coche?
El vampiro negó con la cabeza.
-Mis presas no son humanas. Mi lucha nada tiene que ver con tu mundo. Y sobre la bomba..., acabó con uno de los nuestros.
Beth emitió un sonido fuerte y claro. -Mi padre -susurró.
El hombre la atrajo a sus brazos.
-Sí. Y estamos buscando al bastardo que lo hizo. -¿Tienes alguna idea de quién apretó el botón? -pre­guntó Butch, dejando salir al policía que llevaba dentro. Wrath se encogió de hombros.
-Tenemos una pista. Pero es asunto nuestro, no tuvo. De todas formas, Butch va no podía preguntar, puesto que va no pertenecía al cuerpo.
El vampiro acarició la espalda de Beth y sacudió la cabeza. -No te mentiré, detective. Ocasionalmente, algún humano se interpone en nuestro camino. Y si alguien amenaza a nuestra raza, lo mataré, no importa quién o qué sea. Pero va no toleraré bajas humanas como solía hacerlo, y no sólo por el riesgo a que­dar expuestos. -Besó a Beth en la boca, mirándola a los ojos.
En ese momento, el resto de los miembros de la Herman­dad entró en la habitación. Sus miradas frías hicieron sentirse a Butch como un insecto en una vitrina. O un chuletón a punto de ser trinchado.
El señor Normal avanzó y le ofreció una botella de whisky escocés.
-Parece como si necesitaras un poco. Sí, ¿eso crees?
Butch tornó un trago. -Gracias.
-¿Ya podernos matarlo?, -dijo el de la perilla Y la gorra de béisbol.
Wrath habló con voz severa: -Retrocede, V.
-¿Por qué? Es sólo un humano.
-Y mi shellan es medio humana. Ese hombre no morirá solamente por no ser uno de nosotros.
-Santo Dios, has cambiado.
-Y tú tendrás que modernizarte, hermano.
Butch se puso de pie. Si iban a tener un debate sobre  su muerte, quería participar de la discusión.
-Aprecio tu apoyo -le dijo a Wrath-. Pero no lo necesito.
Se dirigió hasta donde estaba el individuo de la gorra, afe­rrando con fuerza el cuello de la botella por si tuviera que romper­la en la cabeza de alguno. Se acercó tanto al tipo que sus narices casi se tocaron. Podía sentir que el vampiro se enardecía, prepa­rado para el combate.
-Me encantará vérmelas contigo, imbécil -elijo Butch-. Es muy probable que termine perdiendo, pero peleo sucio, así que haré que sufras mientras me matas. -Luego levantó la vista hacia la gorra del tipo-. Aunque detesto moler a golpes a otro fanático de los Red Sox.
Una risotada sonó detrás ele él. Alguien dijo: -Esto será divertido.
El sujeto entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos líneas. -¿Dices la verdad sobre los Sox?
-Nacido y criado en el sur. He sido aficionado desde que tengo uso de razón.
Hubo un largo silencio. El vampiro resopló. -No me gustan los humanos.
-Sí, bueno, yo tampoco me vuelvo loco por vosotros, chupasangres.
El sujeto se acarició la barba.
-¿Cómo llamas a veinte tipos viendo la Serie Mundial? -Los Yankees de Nueva York -replicó Butch.
El vampiro se rió a grandes carcajadas, se quitó la gorra de la cabeza y se golpeó el muslo con ella, rompiendo la tensión. Butch dejó escapar un largo suspiro, sintiendo como si aca­bara de salvarse de que lo aplastara un camión de dieciocho rue­das. Mientras tomaba otro trago de la botella, decidió que estaba siendo una noche de lo más extraña.
-Dime que Curt Schilling no era un dios -dijo el vampiro.
Hubo un refunfuño colectivo por parte de los otros hom­bres. Uno de ellos murmuró:
-Si empieza a hablar de Varitek, me largo de aquí. -Schillirig era un verdadero guerrero -dijo Butch, echán­dose otro trago de licor. Cuando ofreció el whisky al vampiro, el tipo cogió la botella y bebió un largo sorbo.
-Amén a eso -dijo.


Capítulo 39

Cando Marissa entró a su habitación, dio un pequeño giro, como un paso de baile, sintiéndose tan vaporo­sa como su vestido.
-¿Dónde has estado?
Se detuvo en mitad de la vuelta, y la tela hizo un rápido remolino en el aire.
Havers estaba sentado en el diván, con la cara sombría. -Te he preguntado dónde has estado.
-Por favor, no uses ese tono... -Viste a la bestia.
-É1 no es una...
-¡No lo defiendas ante mí!
Ella no iba a hacerlo. Iba a contarle a su hermano que Wrath había escuchado sus recriminaciones y aceptado toda su culpa. Que se había disculpado y su arrepentimiento había sido palpable, y aunque sus palabras no podían compensar lo que había sucedido, ella se sentía liberada, y, al fin, había sido escuchada. Y a pesar de que su antiguo hellren había sido la razón por la que había ido a casa de Darius, no había permanecido allí por su causa.
-Havers, por favor. Las cosas son muy diferentes. -Des­pués de todo, Wrath le había dicho que tomaría compañera. Y ella había... conocido a alguien-. Tienes que escucharme.
-No, no quiero hacerlo. Sé que todavía vas a verle. Eso es suficiente.
Havers se levantó del diván, moviéndose sin su elegancia habitual. Cuando la luz lo iluminó, ella se quedó horrorizada. Te­nía la piel cenicienta y las mejillas hundidas. Últimamente había adelgazado mucho, pero ahora parecía un esqueleto.
-Estás enfermo -susurró ella. -Estoy perfectamente bien. -La transfusión no ha funcionado, ¿verdad?
-¡No trates de cambiar de tema! -La miró furioso. ­Dios, nunca pensé que llegaríamos a esto. Nunca pensé que ha­rías las cosas a escondidas de mí.
-¡No me he escondido!
-Me dijiste que habías roto el pacto. -Lo hice.
-Mientes.
-Havers, escúchame...
-¡Ya no! -No la miró a la cara cuando abrió la puer­ta--. Eres lo único que me queda, Marissa. No me pidas que me haga a un lado amablemente y sea testigo de tu destrucción. -¡Havers!
La puerta se cerró de golpe.
Con implacable decisión, ella salió corriendo al pasillo. -¡Havers!
É1 y a estaba en el primer escalón, y se negó a volverse a mirarla. Dio un manotazo en el aire detrás de él, rechazándola. Ella regresó a su habitación y se sentó ante el tocador. Transcurrieron unos minutos antes de que pudiera recuperar el ritmo de la respiración.
La ira de Havers era comprensible, pero temible por lo in­tensa e inusitada. Nunca había visto a su hermano en semejante es­tado. Estaba claro que no podría razonar con él hasta que se calmara.
Al día siguiente hablaría con él. Se lo explicaría todo, in­cluso lo del nuevo macho que había conocido.
Se miró al espejo y pensó cómo la había tocado el huma­no. Alzó la mano, sintiendo de nuevo la sensación de aquellos la­bios succionando su dedo. Quería más de él.
Sus colmillos se alargaron sutilmente. ¿Qué sabor tendría su sangre?
Después de acomodar a Beth en la cama de su padre, Wrath se dirigió a su alcoba y se vistió con una camisa blanca y unos panta­lones blancos holgados. Sacó una sarta de enormes perlas negras de una caja de ébano y se arrodilló en el suelo junto a su cama, sen­tándose sobre los talones. Se puso el collar, apoyó las manos so­bre los muslos con las palmas hacia arriba y cerró los ojos.
Tan pronto como controló su respiración, sus sentidos vol­vieron a la vida. Pudo escuchar a Beth cambiando de posición en la cama al otro lado del pasillo, suspirando mientras ahuecaba las almohadas. El resto de la casa estaba bastante tranquilo, sólo lle­gaban hasta él sutiles vibraciones. Algunos de los hermanos iban a pasar la noche en las habitaciones del piso superior, y podía per­cibir sus pasos.
Estaba dispuesto a apostara que Butch y V todavía estaban hablando de béisbol.
Wrath tuvo que sonreír. Ese humano era todo un perso­naje. Uno de los hombres más agresivos que había conocido. ¿Y qué pensar de que a Marissa le gustara el policía? Bue­no, habría que ver adónde les conduciría aquello. Tener cualquier tipo de relación con alguien de la otra especie era peligroso. Evi­dentemente, los hermanos se acostaban con muchas mujeres humanas, pero sólo una noche, así los recuerdos eran fáciles de borrar. Si entraban en juego lazos emocionales, N el tiempo pasaba, resultaba más difícil hacer un buen trabajo de limpieza en el cerebro humano. Los recuerdos permanecían y luego aflora­ban, complicando las cosas y causando problemas.
Diablos, quizás Marissa sólo estaba jugando con el detec­tive para después succionarlo hasta dejarlo seco. Eso estaría bien. Pero hasta que ella lo matara o se quedara con él, Wrath los vigilaría con mucha atención.
Dominó sus pensamientos y empezó a entonar cánticos en su antigua lengua, usando los sonidos para anular sus procesos cognitivos. Al principio, debido a la falta de práctica, se hizo un lío con las palabras. La última vez que había recitado aquellas ora­ciones tenía diecinueve o veinte años. Los recuerdos de su padre sentado junto a él, indicándole el camino a seguir, casi lo distraen de su objetivo, pero se obligó a poner la mente en blanco.
Las perlas comenzaron a calentarse contra su pecho. Entonces, se vio a sí mismo en un patio. La blanca arqui­tectura tenía un estilo clásico: la fuente, las columnas y el pavi­mento eran de un mármol pálido que resplandecía. La única no­ta de color la ponían una bandada de aves posadas sobre un árbol blanco.
Dejó de rezar, y se puso en pie.
-Ha pasado mucho tiempo, guerrero. -Oyó la majes­tuosa voz femenina a su espalda.
Se dio la vuelta.
La diminuta figura que se le aproximaba estaba completa­mente cubierta de seda negra. La cabeza, el rostro, las manos y los pies, todo. Flotó hacia él, no caminó, simplemente se des­plazó en el aire. Su presencia lo inquietó.
Wrath hizo una reverencia con la cabeza. -Virgen Escriba, ¿cómo estás?
--Vayamos al grano, ¿cómo estás tú, guerrero? Has veni­do buscando un cambio, ¿no es cierto?
Él asintió. -Yo...
-Deseas que el pacto con Marissa se deshaga. Has en­contrado a otra y quieres que sea tu shellan.
-Sí.
-Esta hembra es la hija de tu hermano Darius, que está en el Fade.
-¿Lo has visto?
Ella se rió entre dientes.
-No trates de interrogarme. He dejado pasar tu primera pregunta porque estabas siendo cortés, pero recuerda tus mo­dales, guerrero.
Mierda.
-Mil perdones, Virgen Escriba.
-Os libero a ti y a Marissa de vuestro acuerdo. -Gracias.
Hubo una larga pausa.
Esperó a que ella decidiera sobre la segunda parte de su petición.
-Dime algo, guerrero. ¿Piensas que tu especie es in­digna?
Él frunció el ceño, pero cambió rápidamente a una expre­sión neutra. La Virgen Escriba no iba a aguantar una mirada torva.
-¿Y bien, guerrero?
Él no tenía ni idea de adónde quería llegar ella con aque­lla pregunta.
-Mi especie es una raza indómita y orgullosa.
-No te he pedido una definición. Quiero saber lo que prensas de ellos.
-Los protejo con mi vida.
-Y sin embargo no lideras a tu pueblo. Así que sólo pue­do conjeturar que no los valoras, y por lo tanto luchas porque te gusta hacerlo o porque deseas morir. ¿Cuál de las dos opciones es la correcta?
Esta vez, él no suavizó su expresión y un rictus amargo torció sus labios.
-Mi raza sobrevive gracias a lo que los hermanos y yo ha­cemos.
-Con dificultad. De hecho, su número disminuye. No prospera. La única colonia localizada es la establecida en la Cos­ta Este de Estados Unidos, e incluso allí viven aislados los unos de los otros. No hay comunidades. Ya no se celebran festivales. Los rituales, cuando se realizan, se hacen privadamente. No hay nadie que medie en las disputas, nadie que les dé esperanzas. Y la Hermandad de la Daga Negra está maldita. No queda nadie en ella que no sufra.
-Los hermanos tienen sus... problemas. Pero son fuertes. -Y deberían ser más fuertes. -Ella ladeó la cabeza-. Le has fallado a tu linaje, guerrero, como si ya no tuvieras razón de ser. Así que dime, ¿por qué debería concederte el deseo de tomar a una mestiza como reina? -La túnica de la Virgen Escriba se movió como si estuviera moviendo la cabeza-. Es preferible que continúes trabajando con los miembros que posees que imponer a tu pueblo otra figura decorativa sin propósito alguno. Vete ahora, guerrero. Hemos terminado.
-Quisiera decir algo en mi defensa -dijo él, apretando los dientes.
-Y yo no quiero escucharlo. -Le dio la espalda y se alejó.
-Te ruego que tengas clemencia. -Detestaba pronunciar esas palabras, y por el sonido de su risa adivinó que ella tam­bién lo sabía...
La Virgen Escriba regresó junto a él.
Cuando habló, su tono era severo, tan remarcado como las líneas negras de su túnica contra el mármol blanco.
-Si vas a rogar, guerrero, hazlo apropiadamente. De rodillas.
Wrath forzó a su cuerpo a descender al suelo, odiándola. -Prefiero verte así -murmuró ella, adoptando de nuevo un tono amable-. Ahora, ¿qué querías decirme?
Él se tragó las palabras hostiles, obligándose a adoptar un semblante sereno, totalmente hipócrita.
-La amo. Quiero honrarla, s, no tenerla simplemente para calentar mi cama.
-Entonces trátala bien. Pero no hay necesidad de realizar una ceremonia.
-No estoy de acuerdo. -Y añadió-: Con todo el respeto.
Hubo un largo silencio.
-No has buscado mi consejo en todos estos siglos. Él levantó la cabeza.
-¿Es eso lo que te molesta?
-¡No me cuestiones! -dijo ella con brusquedad-. O te quitaré a esa mestiza más rápido de lo que tardes en respirar. Wrath bajó la cabeza y apoyó los puños sobre el mármol. Esperó.
Esperó durante tanto tiempo, que estuvo tentado de mi­rar si ella se había marchado.
-Tendrás que hacerme un favor -dijo ella. -Te escucho.
-Liderarás a tu pueblo.
Wrath miró hacia arriba, sintiendo una sensación de opre­sión en la garganta. No había podido salvar a sus padres, a duras penas podía proteger a Beth, ¿y la Virgen Escriba quería que se hiciera responsable de toda su maldita raza?
-¿Qué dices, guerrero? Como si tuviera elección. -Como desees, Virgen Escriba.
-Es una orden, guerrero. No es mi deseo, ni tampoco un favor que te pido. -Dejó salir una especie de bufido exaspera­do-. Levántate. Tus nudillos están sangrando sobre mi mármol.
Él se incorporó hasta quedar a su altura. Permaneció en si­lencio, pensando que probablemente ella le iba a imponer más condiciones.
Se dirigió a él en tono áspero:
-Tú no deseas ser rey. Eso es obvio. Pero es tu obliga­ción por nacimiento, y ya es hora de que vivas de acuerdo con tu legado.
Wrath se pasó una mano por el cabello; una desagradable ansiedad hizo que sus músculos se tensaran.
La voz de la Virgen Escriba se suavizó un poco:
-No te preocupes, guerrero. No te abandonaré a tu suer­te. Acudirás a mí y yo te ayudaré. Ser tu consejera es parte de mi propósito.
Al menos, aquello le daba una cierta tranquilidad, porque iba a necesitar mucha ayuda. No tenía ni la menor idea de cómo gobernar. Podía matar de cien maneras diferentes, desenvolver se en cualquier tipo de batalla, mantener la cabeza fría cuando el maldito mundo estaba en llamas. ¿Pero pedirle que se dirigiera a una muchedumbre de miembros de su pueblo? Sintió que el estómago se le revolvía.
-¿Guerrero?
-Sí, vendré a verte a menudo.
-Pero ése no es el favor que me debes.
-¿Cuál es ...? -Se pasó la mano por el cabello-. Perdón, retiro la pregunta.
Ella se rió por lo bajo. -Siempre has aprendido rápido. -Me conviene. -Si iba a ser rey.
La Virgen Escriba flotó más cerca, y él se sintió em­briagado por un perfume de lilas.
-Extiende tu mano. Así lo hizo.
Los negros pliegues se movieron cuando su brazo se alzó, dejando caer algo en su mano. Era un anillo, un pesado anillo de oro con un rubí engastado del tamaño de una nuez. Estaba tan caliente que no pudo retenerlo y lo dejó caer.
El Rubí Saturnino.
-Le darás esto de mi parte. Y yo presidiré la ceremonia. Wrath recogió el regalo y lo apretó con fuerza, hasta que le pinchó en la palma de la mano.
-Nos honrarás con tu presencia. -Sí, pero tengo otra intención. -El favor.
Ella se rió.
-Eso ha estado bien. Una pregunta hecha en forma de afirmación. No te sorprenderá, por supuesto, que no te respon­da. Vete ahora, guerrero. Vete con tu hembra. Y esperemos que hayas hecho una buena elección.
La figura se dio la vuelta y se alejó. -¿Virgen Escriba?
-Hemos terminado. -Gracias.
Ella se detuvo cerca de la fuente.
Los negros pliegues se agitaron cuando extendió las manos hacia la pequeña cascada de agua. Cuando la seda se deslizó hacia atrás, apareció una luz cegadora, como si sus huesos brillaran y su piel fuera translúcida. En el momento en que tocó el agua, un ar­co iris salió de sus manos, inundando el blanco patio.
Wrath siseó por la impresión cuando repentinamente su visión se hizo clara. El patio, las columnas, los colores, ella..., pu­do distinguir todo a la perfección. Fijó la mirada en el arco iris. Amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, verde. Los refulgentes co­lores eran tan brillantes que cortaban el aire. Sin embargo, su vívida belleza no hirió sus ojos. Absorbió aquella imagen, en­volviéndola con su mente, reteniéndola en su memoria.
La Virgen Escriba lo miró de frente, y dejó caer la ma­no. Instantáneamente, los colores se desvanecieron ti, su visión se debilitó nuevamente.
Se dio cuenta de que le había dado un pequeño regalo, igual que cuando había puesto el anillo para Beth en sus manos. -Estás en lo cierto -dijo ella suavemente-. Esperaba estar más cerca de ti. Tu padre y yo teníamos un vínculo, y es­tos solitarios siglos han sido largos y difíciles. Ya nadie celebra los antiguos ritos ni entona cánticos, no hay historia que pre­servar. Soy inútil, he sido olvidada. Pero lo peor -continuó- es que puedo ver el futuro, y es lúgubre. La supervivencia de la ra­za no está asegurada. No podrás hacer esto solo, guerrero. -Aprenderé a pedir ayuda.
Ella asintió.
-Empezaremos de nuevo, tú y yo. Y trabajaremos jun­tos, como debe ser.
-Como debe ser -murmuró él, arrastrando las palabras. -Volveré contigo y tus hermanos esta noche -dijo ella-. Y la ceremonia se realizará conforme al ritual. Estableceremos un pacto adecuado, guerrero, y lo haremos de la forma apropiada. Suponiendo que la hembra te acepte.
Le dio la sensación de que la Virgen Escriba estaba son­riendo.
-Mi padre me dijo tu nombre -dijo-. Lo usaré, si asi­lo deseas.
-Hazlo.
-Te veremos entonces, Analisse. Haré los preparativos.


Capítulo 40

El señor X observó a Billy Riddle entrar en la oficina. Iba vestido con un polo azul oscuro y un par de pantalones cortos caqui; estaba bronceado, saludable, fuerte.
-Sensei. -Billy inclinó la cabeza. -¿Cómo estás, hijo?
-Lo he meditado.
El .señor X aguardó la respuesta, sorprendiéndose de lo im­portante que podía llegar a ser para él.
-Quiero trabajar para usted. El señor X sonrió.
-Eso está bien, hijo. Muy bien.
-¿Qué tengo que hacer? ¿Tendré que rellenar los for­mularios de la academia?
-Es algo más complicado que eso. En realidad, no tra­bajarás para la academia.
-Pero pensaba que había dicho...
-Billy, hay unas cuantas cosas más que tendrás que en­tender. Y está el pequeño detalle de la iniciación.
-¿Quiere decir un rito? Porque eso no será problema. Ya he pasado por alguno para entrar en el equipo de fútbol. -Me temo que será un poco más delicado. Pero no te preo­cupes, yo pasé por eso y sé que te irá muy bien. Te diré lo que tienes que traer, y yo estaré a tu lado. Todo el tiempo.
Después de todo, ver al Omega en plena acción era algo que uno no podía perderse.
-Sensei, yo, eh... -Riddle carraspeó-. Sólo quiero que sepa que no lo defraudaré.
El señor X sonrió lentamente, pensando que ésa era la me­jor parte de su trabajo.
Se puso de pie y se aproximó a Billy. Apoyó una mano so­bre el hombro del muchacho, dándole un pequeño apretón, y lo miró fijamente a los grandes ojos azules.
Billy entró suavemente en un trance.
El señor X se inclinó hacia delante y le quitó cuidadosa­mente el pendiente de diamante. Luego le cogió el lóbulo entre el pulgar y el índice, y lo masajeó.
Su voz era fuerte y tranquila:
-Quiero que llames a tu padre y que le digas que te vas de casa, y que lo harás de inmediato. Dile que has encontrado un em­pleo y que tienes que hacer un cursillo de preparación intensivo.
El señor X le quitó a Riddle el Rolex de acero inoxidable y luego le abrió el cuello de la camisa. Introdujo la mano, y to­có la cadena de platino que Billy llevaba al cuello. Abrió el cierre, dejándola caer en la palma de la mano. El metal estaba tibio por el contacto con la piel.
-Cuando hables con tu padre, conservarás la calma sin importar lo que te diga. Lo tranquilizarás diciéndole que tu fu­turo es prometedor y que has sido elegido entre muchos aspirantes para un trabajo muy importante. Le dirás que siempre podrá encontrarte en tu móvil, pero que le será imposible verte porque estarás viajando.
El señor X recorrió el pecho de Billy con la mano, sin­tiendo las protuberancias de los músculos, la calidez de la vida, el murmullo de la juventud. Cuánto poder en ese cuerpo, pensó. Cuánta tuerza maravillosa.
-No mencionarás la academia. No revelarás mi identi­dad. Y no le dirás que vendrás a vivir conmigo.-El señor X habló directamente al oído de Billy-: Le dirás a tu padre que lamentas todas las cosas malas que hiciste. Le dirás que lo quieres. Y lue­go yo te recogeré para llevarte conmigo.
Mientras Billy respiraba profundamente en pacífica sumi­sión, el señor X recordó su propia ceremonia de iniciación. Durante un instante fugaz, deseó haber meditado un poco más aque­lla oferta que había aceptado décadas atrás.
Ahora sería un anciano. Quizás tuviera nietos, si hubiera encontrado a una mujer que hubiera soportado permanecer a su lado durante algún tiempo. Y habría tenido una vida normal, tal vez trabajando en una de las fábricas de papel o en una gasoli­nera. Habría sido uno más entre cientos de millones de hombres anónimos con esposas quejumbrosas, bebiendo con sus amigos al caer la noche y pasando sus valiosos días sumergido en una bru­ma de insatisfacción por su insignificancia.
Pero habría estado vivo.
Al mirarse en los brillantes ojos azules de Billy, el .señor X se preguntó si realmente había salido ganando con el cambio. Por­que ya no era dueño de sí mismo. Era un sirviente que actuaba a capricho del Omega. El sirviente principal, era cierto, pero sir­viente al fin y al cabo.
Y nunca llevarían luto por él.
Porque nunca dejaría de respirar... o porque nadie lo echa­ría de menos cuando exhalara su último suspiro.
Frunció el ceño.
De todas formas, va no le importaba mucho, porque no había vuelta atrás. Y eso era lo primero que aprendería Riddle esa noche.
El señor X liberó la mente y el cuerpo de Riddle. -¿Está todo claro?
Billy asintió, mareado. Bajó la vista y se miró, como si se preguntara qué había sucedido.
-Bien, ahora dame tu móvil. -Cuando Billy le entregó el teléfono, el señor X sonrió-. ¿Qué es lo que se dice, hijo?
-Sí, sensei.

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