viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 41 42 43

Capítulo 41

Beth despertó en la cama de Wrath. En algún momento, debía de haberla trasladado a su alcoba.
Notó el pecho del macho contra su espalda, el brazo alre­dedor de su cuerpo, la mano entre sus piernas.
Su erección, dura y cálida, contra su cadera.
Ella se dio la vuelta. Él tenía los ojos cerrados y respiraba profunda y lentamente. Beth sonrió, pensando que, incluso en sueños, él la deseaba.
-Te amo -susurró.
Sus párpados se abrieron de repente. Era como ser ilumi­nada por dos enormes faros.
-¿Qué, leelan? ¿Te sientes bien? -Y luego retiró la ma­no bruscamente, como si se acabara de dar cuenta de dónde se encontraba-. Lo siento. Yo, eh... Probablemente no estás lista para... Así que en cuanto...
Ella le cogió la mano y la guió entre sus muslos, presio­nando los dedos contra su cuerpo.
Los colmillos del macho descendieron hasta su labio infe­rior mientras respiraba profundamente.
-Estoy más que preparada para ti -murmuró ella, aga­rrando su grueso pene con la mano.
Cuando él gimió y se acercó, ella pudo sentir los latidos de su corazón, el flujo de su sangre, sus pulmones llenándose. Le resultaba de lo más extraño. Podía percibir exactamente cuánto la deseaba, y no sólo porque le estaba masturbando.
Y cuando él introdujo los dedos en su vagina, su propio cuerpo respondió, y pudo sentirlo aún más excitado. Cada beso, cada caricia, cada estremecimiento, se magnificaron.
Wrath se obligó y la obligó a ir más despacio. Cuando ella se sentó a horcajadas sobre él, la recostó sobre la cama y le dio placer, aunque su propio cuerpo ansiaba desahogarse. Fue muy dulce con ella, muy amoroso.
Finalmente, se colocó sobre sus muslos abiertos, apoyan­do su peso en los gruesos brazos. Su largo cabello oscuro caía al­rededor de la mujer, mezclándose ambos.
-Desearía poder ver tu cara con nitidez -dijo él, frun­ciendo el ceño como si estuviera tratando de apreciar sus ras­gos-. Sólo por una vez, desearía...
Ella colocó las manos en sus mejillas, sintiendo la aspere­za de su incipiente barba.
-Te diré qué verías -murmuró ella-: que te amo. Y eso ya lo estás haciendo.
Él cerró los ojos y sonrió. La expresión le transformó la cara. Resplandecía.
-Ah, leelan, me complaces sin fin.
La besó. Y lentamente introdujo su cuerpo en el de ella. Cuando estuvieron completamente unidos, se quedó inmóvil, susurrándole unas palabras en su idioma que tradujo de inme­diato.
Aquel « te amo, esposa mía» iluminó el rostro de Beth con una sonrisa radiante.
Butch se dio la vuelta, medio dormido. Aquella cama no era la suya. Ésta era pequeña, no de gran tamaño. Y las almohadas eran diferentes, extraordinariamente suaves, como reposar la cabeza sobre pan recién horneado. Y lo mismo sucedía con las sábanas, de una delicadeza a la que no estaba habituado.
Pero el ronquido que sonó a su lado lo confirmó. Defini­tivamente, no estaba en su casa.
Abrió los ojos. Las ventanas estaban cubiertas con gruesas cortinas, pero el resplandor de una luz en el baño fue suficiente para ver algunas cosas. Todo en la habitación era de gusto refi­nado. Antigüedades, cuadros, muebles...
Echó un vistazo hacia el lugar de donde procedía aquel ronquido. En la otra cama, había un hombre profundamente dor­mido con la oscura cabeza enterrada en una almohada y las sá­banas y mantas tapándolo hasta la barbilla.
Lo recordó todo. Vishous. Su nuevo amigo. Fanático de los Red Sox como él. Un malvado asesino muy listo.
Un maldito vampiro.
Butch se llevó la mano a la frente. Durante aquella no­che, se había dado la vuelta muchas veces atemorizado porque estaba a su lado.
Pero aquello era el colmo.
¿Cómo habían...? Ah, va recordaba. Se habían ido a dor­mir después de vaciar la botella de whisky de Tohr.
Tohr. Diminutivo de Tohrment.
Dios, incluso sabía sus nombres. Rhage, Phury. Y ese su­jeto espeluznante, Zsadist.
Nada de nombres convencionales como Tom, Dick o Harry para esos vampiros.
¿Podría uno imaginar a un chupasangre letal llamado Ho­ward? ¿O Eugene?
Oh, no, Wallie, por favor, no me muerdas el... Por todos los santos, se estaba volviendo loco. ¿Qué hora era?
-Ove, detective, ¿qué hora es?
Butch extendió la mano hacia la mesita de noche. Junto a su reloj de pulsera había una gorra de los Red Sox, un mechero de oro y un guante de conductor negro.
-Las cinco y media.
-Qué bien. -El vampiro se dio la vuelta-. No abras las cortinas durante otras dos horas. O yo quedaré hecho cenizas y mis hermanos te convertirán en picadillo para perros.
Butch sonrió. Vampiros o no, comprendía a estos tipos. Hablaban su mismo idioma. Veían el mundo de la misma ma­nera. Se sentía cómodo a su alrededor.
Era pavoroso.
-Estás sonriendo -dijo Vishous. -¿Cómo lo sabes?
-Soy muy sensible a las emociones. ¿Eres uno de esos ti­pos fastidiosos que siempre están alegres por las mañanas? -Diablos, no. Y aun no es por la mañana.
-Lo es para mí, detective. -Vishous se acomodó so­bre un costado y miró a Butch-. ¿Sabes? Supiste comportarte anoche. No conozco a muchos humanos que se hubieran enfrentado a Rhage o a mí, y mucho menos delante de los demás hermanos.
-Ah, no, no me vengas con melodramas. No somos no­vios. -Pero la verdad era que Butch se sentía conmovido por el respeto que le estaba manifestando.
Pero entonces Vishous entrecerró los ojos. Su intelecto era implacable, ser evaluado por él era como ser desnudado por com­pleto.
-Parece que tienes ganas de morir. -No fue una pre­gunta.
-Sí, tal vez -respondió Butch. Le sorprendió que no le preguntara por qué.
-A todos nos pasa -murmuró Vishous-. Por eso no te pido detalles.
Guardaron silencio durante un momento.
Los ojos de Vishous se entrecerraron de nuevo.
-No volverás a tu antigua vida, detective. Eres conscien­te, ¿verdad? Sabes demasiado sobre nosotros. Jamás podríamos borrarte completamente la memoria.
-¿Me estás diciendo que vaya eligiendo mi féretro? -Espero que no. Pero no depende de mí únicamente, si­no de ti, en gran medida. -Hizo una pausa-. Pero no creo que dejes atrás muchas cosas, ¿o sí?
Butch miró al techo.
Cuando los hermanos le habían permitido revisar sus men­sajes esa mañana, sólo encontró uno. Era del capitán, ordenán­dole que se presentara para los resultados de la investigación de Asuntos Internos.
No era precisamente una cita a la que necesitara acudir. Sa­bia perfectamente cuál sería el resultado. Lo despedirían y .servi­ría corno chivo expiatorio para combatir la imagen de la brutalidad policial. O lo jubilarían antes de tiempo para darle un traba­jo administrativo.
Y en cuanto a su familia... Sus padres, que Dios los bendi­ga, vivían todavía en su casa de un barrio al sur de Nueva York, rodeados de los hijos e hijas que tanto amaban. Aunque todavía llevaban luto por Janie, pasaban sus últimos años con una cierta tranquilidad. Y los hermanos de Butch estaban tan ocupados teniendo niños, criándolos y pensando en tener más, que se en­contraban totalmente sumergidos en sus obligaciones familiares. En el clan O'Neal, Butch era sólo una nota al margen. La oveja negra que había fracasado en procrear.
¿Amigos? José era el único al que podía considerar su ami­go. Abby ni siquiera era eso. Se trataba, simplemente, de un buen polvo de vez en cuando.
Y después de conocer a Marissa la noche anterior, había perdido interés por el sexo esporádico.
Se volvió a mirar al vampiro. -No, no tengo nada.
-Sé lo que se siente. -Vishous se revolvió en la cama, in­tentando acomodarse. Se tendió finalmente de espaldas, colo­cando uno de los pesados brazos sobre los ojos.
Butch frunció el ceño cuando vio la mano izquierda del vampiro. Estaba cubierta de tatuajes de confusos e intrincados dibujos que, desde el dorso, descendían a la palma y terminaban alrededor de cada uno de los dedos. Debió de dolerle mucho cuan­do se los hicieron.
-¿V? -¿Sí? -¿Qué sucede con los tatuajes?
-Yo no te he preguntado por tu desgraciada vida, de­tective. -Vishous retiró el brazo-. Si no estoy despierto a las ocho, avísame, ¿vale?
-Sí. De acuerdo. -Butch cerró los ojos.

Capítulo 42

En la alcoba del piso interior, Beth cerró el grifo de la du­cha, ~, mientras buscaba una toalla, su nuevo anillo de compromiso resbaló sobre la repisa de mármol,
-Oh, eso no está bien. Nada bien... -Cerró la mano, pensando que había tenido suerte de que Wrath estuviera en el piso de arriba supervisando los preparativos para la ceremonia. Aunque quizá aquel sonido se había escuchado en el pri­mer piso.
Se preparó antes de mirar hacia abajo, convencida de ha­ber roto el rubí o de haberle quitado un trozo. Pero estaba en perfecto estado.
Tendría que acostumbrarse a usar aquel anillo, para no andar dándole golpes a cada instante.
Ojala todas las cosas de la vida a las que iba a tener que acostumbrarse fueran igual de difíciles, pensó irónicamente. El novio te desliza un pedrusco de incalculable valor en el dedo. Qué cosa tan molesta.
Tuvo que reírse mientras se secaba. Wrath le había pues­to aquella sortija con mucho orgullo. Le había dicho que era un obsequio de alguien a quien conocería esa noche.
En su boda.
Dejó de secarse durante un segundo. Dios, esa palabra. Boda. ¿Quién hubiera pensado que ella...?

Alguien golpeó suavemente la puerta de la habitación. -Hola, Beth. ¿Estás ahí? -La desconocida voz femeni­na sonó amortiguada.
Beth se puso la bata de Wrath y se dirigió hacia allí, pero no abrió la puerta.
-¿Sí?
-Soy Wellsie. La shellan de Tohr. He pensado que te gus­taría que alguien te ayudara a prepararte para esta noche, y te he traído un vestido de ceremonia, por si no tienes ninguno. Está bien, la verdad es que soy la típica hembra chismosa, Y estaba muerta de curiosidad por conocerte.
Beth abrió la puerta. Guau.
Wellsie no tenía nada de típica. Cabello rojo incandescen­te, rostro de diosa grecorromana y un aura de total autodominio. Su vestido azul intenso resaltaba su colorido como un cielo oto­ñal cubierto de hojas secas.
-Ah, hola-dijo Beth.
-Hola. -Los ojos color jerez de Wellsie eran astutos sin ser fríos, especialmente cuando comenzó a sonreír-. Eres pre­ciosa. Con razón Wrath ha caído con semejante fuerza. -¿Quieres pasar?
Wellsie entró en la habitación, arrastrando consigo una ca­ja larga y plana y una bolsa grande. Tenía un aire de superiori­dad, pero, por alguna razón, no parecía autoritaria.
-Tohr casi no me cuenta lo que estaba sucediendo. Él y Wrath no están en su mejor momento.
-¿Por qué?
Wellsie puso los ojos en blanco, cerró la puerta desde el otro lado de la habitación y descargó la caja sobre la mesa. -Los machos como ellos siempre están llenos de resenti­miento, y cada poco tiempo sienten deseos de matarse. Es ine­vitable. Tohr no quiso decirme la causa de su desacuerdo, pero puedo imaginarlo. Honor, valor en el campo de batalla o noso­tras, sus hembras. -Wellsie abrió la caja, dejando al descubierto unos pliegues de satén rojo-. Nuestros muchachos tienen bue­na intención, pero de vez en cuando pueden explotar de furia y decir algo estúpido. -Se volvió e sonrió-. Ya es suficiente de hablar de ellos. ¿Estás lista para esto?
Normalmente, Beth era reticente con los extraños. Pero sintió que merecía la pena confiar en aquella mujer de conversa­ción franca y ojos sagaces.
-Quizá no-rió Beth-. Es decir, conozco a Wrath des­de hace muy poco, pero siento que es adecuado para mí. Lo sien­to con las entrañas. No con la mente.
-Yo sentí lo mismo por Tohr. -El rostro de Wellsie se suavizó-. En cuanto lo vi supe que no tenía escapatoria, Distraídamente se llevó la mano al estómago.
Está embarazada, pensó Beth. -¿Cuándo nacerá?
Wellsie se ruborizó, pero pareció ser más de ansiedad que de alegría.
-Falta mucho. Un año. Si es que puedo conservarlo. -Se inclinó y sacó el traje-. ¿Te gustaría probártelo? Somos casi de la misma talla.
El vestido era una auténtica antigüedad, con pedrería ne­gra sobre encaje en el corpiño y los pliegues de la falda cayendo en una verdadera cascada. El satén rojo llameaba a la luz de las velas, conservando el brillo en la profundidad de sus pliegues, -Es... espectacular. -Beth extendió las manos y acarició la tela.
-Mi madre lo mandó a hacer para mí. Me desposé con él hace casi doscientos años. Podemos eliminar el corsé si quie­res, pero he traído las enaguas. Son tan divertidas... Y si no te gusta o tienes planeado ponerte algo diferente, no me sentiré ofen­dida en lo más mínimo.
-¿Estás loca? ¿Crees que voy a rechazar semejante ma­ravilla para casarme en pantalones cortos?
Beth recogió el vestido y se metió en el baño casi corrien­do. Ponerse el traje de noche fue como remontarse al pasado, y cuando volvió a la alcoba no podía parar de alisar la falda. El corpiño le quedaba un poco justo, pero no le importaba siempre que no llenara completamente de aire los pulmones.
-Estás magnífica-dijo Wellsie.
-Sí, porque esto es lo más hermoso que jamás me he pues­to. ¿Puedes ayudarme con los últimos botones de la espalda? Los dedos de Wellsie actuaron hábil y rápidamente. Cuan­do terminó, inclinó la cabeza hacia un lado y juntó las manos.
-Le haces justicia. El conjunto de rojo y, negro hacen un juego perfecto con tu cabello. Wrath va a desmayarse cuando te vea. -¿Estás segura de querer prestármelo? -No quería mancharlo.
-Los vestidos deben ser usados. Y ese traje no lo ha lle­vado nadie desde 1814. -Wellsie consultó su reloj de diaman­tes-. Voy al piso de arriba para ver cómo van los preparativos. Es muy probable que Fritz necesite ayuda. Los hermanos saben muy- bien cómo comer, pero su habilidad en la cocina, a veces, re­sulta deplorable. Se podría pensar que serían mejores con el cu­chillo, considerando la forma como se ganan la vida.
Beth se dio la vuelta.
-Échame una mano para desabrochar todo esto y te acompañaré.
Después de ayudarla a quitarse el vestido, Wellsie vaciló. -Escucha, Beth..., me alegro por ti. De verdad que me alegro. Pero pienso que debo ser sincera. Tener a uno de estos machos como compañero no es fácil. Espero que me llames si ne­cesitas alguien con quien desahogarte.
-Gracias -dijo Beth, pensando que seguramente lo ha­ría. Sin duda, Wellsie le podía dar buenos consejos. Aquella mu­jer daba la sensación de tenerlo todo bajo control en su propia vida, y parecía muy... competente.
Wellsie sonrió.
-Y quizá yo también pueda llamarte de vez en cuando. Dios, he esperado mucho para tener alguien con quien hablar y que pueda comprenderme.
-Ninguno de los otros hermanos tiene esposa, ¿no es cierto?
-Tú y yo somos las únicas, querida. Beth sonrió.
-Entonces será mejor que nos mantengamos unidas.
 Wrath se dirigió al piso superior, preguntándose en dónde se en­contrarían sus compañeros. Tocó en la puerta de una de las ha­bitaciones de huéspedes, y Butch respondió. El humano estaba secándose el cabello con una toalla. Tenía otra anudada alrede­dor de la cintura.
-¿Sabes dónde está V? -preguntó Wrath.
--Si, se está afeitando. -El policía asintió por encima del hombro y se apartó hacia un lado. -¿Me necesitas, jefe? -preguntó y en voz alta desde el baño.
Wrath, se rió entre dientes. -Vaya, que escena tan tierna.
El «vete a la mierda» le llegó por ambas partes, al tiempo que Vishous entraba a la habitación, en calzoncillos. Sus mejillas estaban cubiertas de espuma de afeitar y deslizaba una cuchilla pasada de moda a través de su mandíbula. Tenía ambas manos descubiertas.
Por Dios. La mano izquierda de y estaba al aire libre, con sus tatuajes sagrados presagiando graves consecuencias a cual­quiera que entrara en contacto con ella. Wrath se preguntó si el humano tenía alguna idea de a qué se estaba exponiendo.
-Escucha, y -dijo Wrath-, hay un pequeño problema que necesito resolver antes de desposarme.
Generalmente trabajaba solo, pero si iba a encargarse de Bi11v Riddle, quería que Vishous lo ayudara. Los humanos no se desintegraban necesariamente cuando uno los apuñalaba, pero su hermano podía ocuparse del cuerpo con su mano izquierda. Un momento de trabajo y, ese cadáver sería éter.
V sonrió abiertamente.
-Dame cinco minutos y estoy listo.
-Trato hecho. -Wrath pudo sentir los ojos de Butch so­bre él. Era evidente que el policía quería saber de qué se trata­ba-. No querrás enredarte en esto, detective. En especial te­niendo en cuenta tu vocación.
-Estoy fuera del cuerpo. Sólo para que lo sepáis. Interesante; pensó Wrath.
-¿Te importaría decirme por qué? -Le fracturé la nariz a un sospechoso. -¿En una pelea?
-Durante el interrogatorio. Aquello no era ninguna sorpresa. -¿Y por qué hiciste algo así?
-Trató de violar a tu futura esposa, vampiro. No sentí ningún deseo de ser amable cuando dijo que ella le rogó que lo hiciera.
Wrath sintió un rugido asomar a su garganta. El sonido fue como un ser vivo brotando de sus entrañas.
-Billy Riddle.
-¿Beth te habló de esa sabandija? Wrath se precipitó hacia la puerta. -Muévete V -dijo bruscamente.
Cuando llegó al piso inferior, sintió la presencia de Beth y la encontró atravesando el cuadro. Se dirigió hacia ella y la ro­deó con sus brazos, apretándola con fuerza. La vengaría antes de la ceremonia. No se merecía menos de su 1lellren.
-¿Estás bien? -le susurró ella.
Él asintió contra su cabello y luego vio a la shellan de Tohr. -Hola, Wellsie. Te agradezco que hayas venido.
La hembra sonrió.
-Pensaba que ella necesitaría algo de apoyo.
-Y me alegra que estés aquí. -Se alejó de Beth el tiem­po suficiente para besar la mano de Wellsie.
Vishous entró dando grandes zancadas, armado hasta los dientes.
-Wrath, ¿ya nos vamos? -¿Adónde vas? -preguntó Beth.
-Necesito encargarme de algo. -Le recorrió el brazo con las manos-. Los otros hermanos se quedarán aquí para ayudar con los preparativos. La ceremonia empezará a medianoche, y yo estaré de vuelta antes.
Pareció como si ella quisiera discutir, pero luego miró a Wellsie. Algo pareció suceder entre las dos hembras. -Cuídate -dijo Beth finalmente-. Por favor.
-No te preocupes. -La besó larga y lentamente-. Te amo, leelan.
-¿Qué significa esa palabra?
-Algo muy parecido a lo que más quiero.
Recogió su chaqueta de una silla y le dio otro beso en los labios antes de salir.

Capítulo 43

Butch se peinó, se echó un poco de colonia y se puso un traje que no era suyo. Al igual que el mueble del baño estaba atiborrado de diferentes lociones y espumas de afeitar, en los armarios se -amontonaban los trajes masculinos completa­mente nuevos de diferentes tallas. Todo de lo más selecto, ropa de diseño.
Jamás se había puesto nada de Gucci.
A pesar de que no le gustaba ser un gorrón, no podía ver a Marissa con la misma ropa que llevaba la noche anterior. Aun­que hubiera sido elegante -que no lo era-, estaba seguro de que olía terriblemente a una mezcla de whisky y el tabaco turco de V. Quería estar fresco como una rosa para ella. Y lo estaba consiguiendo.
Butch se miró en un espejo de cuerpo entero, sintiéndose como un afeminado, pero incapaz de hacer nada por evitarlo. 1,1 traje negro a rayas le sentaba a la perfección. La impecable camisa blanca de cuello abierto resaltaba su bronceado. Y el bonito par de zapatos de Ferragamo que había encontrado en una caja añadían el toque justo.
Pensó que estaba casi guapo. Siempre y cuando ella no mi­rara muy de cerca sus ojos inyectados de sangre.
Las cuatro horas de sueño y la gran cantidad de whisky es­cocés se notaban.
Unos golpes secos sonaron en la puerta. Esperaba que no fuera uno de los hermanos. Al abrir, el mayordomo alzó la vista con una sonrisa. -Señor, está usted muy elegante. Buena elección.
Butch se encogió de hombros, jugando con el cuello de la camisa.
-Sí, bueno...
-Pero necesita un pañuelo en el bolsillo del pecho. ¿Puedo? -Ah, claro.
El diminuto anciano se dirigió a una cómoda, abrió uno de los cajones y revolvió un poco.
-Éste será perfecto.
Sus manos nudosas doblaron la tela blanca como si se tra­tara de una obra maestra de origami, y la colocó en el bolsillo de la chaqueta.
-Ya está listo para su invitada. Ella está aquí. ¿La recibirá? ¿Recibirla?
-Diablos, claro.
Mientras iban hacia el vestíbulo, el mayordomo se rió suavemente.
-Parezco estúpido, ¿no es cierto? -dijo Butch. La cara de Fritz se puso seria.
-Por supuesto que no, señor. Estaba pensando cuánto hu­biera disfrutado Darius. Le gustaba tener la casa llena de gente. -¿Quién es Dar...?
-¿Butch?
La voz de Marissa los detuvo en seco. Se encontraba junto a la escalera, y dejó a Butch sin aliento. Tenía el cabello recogi­do, y su traje era un vestido de cóctel color rosa pálido. Su tímido placer al verlo hizo que su pecho se hinchara de satisfacción.
-Hola, dulzura. -Avanzó hacia ella, consciente de que el mayordomo sonreía de oreja a oreja.
Jugueteó un poco con su vestido, como si estuviera un po­co nerviosa.
-Probablemente debía haber esperado abajo. Pero todos están tan ocupados, que me pareció que estorbaba.
-¿Quieres quedarte aquí arriba un rato? Ella asintió.
-Si no te importa. Es más tranquilo.
El mayordomo intervino:
-Hay una terraza en el segundo piso. La encontrarán al final de este corredor.
Butch le ofreció el brazo. -Te parece bien.
Ella deslizó la mano por su codo. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, su sonrojo fue encantador.
-Si. Me parece muy bien.
De modo que quería estar a solas con él. Butch pensó que era una buena señal.
Mientras Beth llevaba una fuente de aperitivos al salón, estaba con­vencida de que Fritz y Wellsie podían gobernar juntos un país pequeño. Tenían a los hermanos corriendo por todos lados pres­tando ayuda, poniendo la mesa del comedor, colocando velas nue­vas, colaborando con la comida. Y sólo Dios sabía lo que estaba pasando en la alcoba de Wrath. La ceremonia se llevaría a cabo allí, y Rhage había permanecido una hora en esa habitación.
Beth dejó la fuente sobre el aparador y regresó a la coci­na. Encontró a Fritz luchando por alcanzar un gran recipiente de cristal en lo alto de una alacena.
-Espere, Yo le ayudo. -Oh, gracias, ama.
Una vez en su poder, Frita lo llenó de sal.
Vaya, eso no puede ser muy bueno para la tensión, pensó
Beth.
-¿Beth? -la llamó Wellsie-. ¿Puedes ir a la despensa traer tres frascos de melocotones en conserva para la salsa del jamón?
Beth entró a la pequeña habitación cuadrada y accionó el interruptor de luz. Había latas y frascos desde el suelo hasta el techo de todas las formas y tamaños. Estaba buscando los me­locotones cuando escuchó que la puerta se abría.
-Fritz, ¿sabes dónde...?
Se dio media vuelta y se estrelló directamente contra el du­ro cuerpo de Zsadist.
El siseó, y ambos dieron un salto atrás mientras la puerta se cerraba, dejándolos encerrados.
Zsadist cerró los ojos, al tiempo que abría sus labios mos­trando colmillos y dientes.
-Lo siento-susurró ella, tratando de alejarse. No había mucho espacio, ni tampoco escapatoria. Él bloqueaba la salida--. No te había visto. Lo lamento mucho.
Llevaba puesta otra camisa ajustada de manga larga, de tal manera que cuando cerró los puños la tensión de sus brazos y de sus hombros fue evidente. Era muy corpulento, pero la fuerza de su cuerpo lo hacía parecer enorme.
Abrió los párpados. Cuando aquellos ojos negros la mi­raron, ella se estremeció.
Frío. Muy frío.
-Por Cristo, ya sé que soy feo -dijo bruscamente-, pe­ro no me tengas miedo. No soy un completo salvaje.
Luego cogió algo y salió.
Beth se recostó contra frascos y latas, y miró hacia arriba al espacio vacío que él había dejado en el estante. Pepinillos. Se había llevado una lata de pepinillos.
-¿Beth, has encontrado...? -Wellsie se detuvo en seco en el umbral de la puerta-. ¿Qué ha pasado?
-Nada. No ha sido... nada.
Wellsie le lanzó una mirada suspicaz mientras se ajustaba el delantal sobre su vestido azul.
-Estás mintiéndome, pero es el día de tu boda, así que de­jaré que te salgas con la tuya. -Localizó el jamón y bajó unos frascos-. Oye, ¿por qué no vas a la habitación de tu padre y des cansas un poco? Rhage y a ha terminado, así que puedes estar allí un rato tranquila. Necesitas relajarte un poco antes de la cere­monia.
-¿Sabes? Creo que es una idea estupenda.
Butch se recostó en la mecedora de mimbre, cruzó las piernas y se impulsó con el pie. La silla crujió.
En la lejanía, brilló un relámpago. El jardín perfumaba la noche, y también Marissa con su aroma a océano.
Al otro lado de la angosta terraza, la mujer inclinó la ca­beza hacia atrás para mirar al cielo. Una leve brisa veraniega al­borotó suavemente el cabello alrededor de su rostro.
El detective sólo podía pensar que no le importaría que­darse allí, contemplándola, durante el resto de su vida. -¿Butch?
-Lo siento. ¿Qué has dicho?
-He dicho que estás muy guapo con ese traje. -¿Este trapo viejo? Me lo he puesto sin pensar.
Ella se rió, exactamente como él había querido que hija, pero en cuanto sintió su risa burbujeante, se puso serio. -Tú sí que eres hermosa.
Ella se llevó la mano al cuello. No parecía saber cómo hacer con los cumplidos, como si nunca hubiera recibido muchos.
Aunque a él le resultaba difícil de creer que eso fuera cierto.
-Me he hecho este peinado para ti -dijo ella-         Pensé que tal vez te gustaría de esta manera.
-Me gusta de todas las maneras. Todas. Ella sonrió.
-También he elegido este vestido para ti.
-Es precioso. ¿Pero sabes una cosa, Marissa? No time,= que esforzarte conmigo.
Marissa bajó los ojos.
-Estoy acostumbrada a esforzarme.
-Pues, ya no tienes que hacerlo. Eres perfecta.
Una amplia sonrisa iluminó su rostro, y él se quedó mi­rándola fascinado.
La brisa aumentó un poco, azotando su falda de muselina alrededor de la grácil curva de sus caderas. Y de repente, dejó de pensar en lo adorable que era.
Butch casi suelta una carcajada. Nunca había considerado que el deseo podía arruinar un momento como aquél, pero no le importaría en absoluto posponer sus necesidades corporales durante esa noche, o incluso más. En realidad, quería tratarla bien. Ella era  una mujer digna de ser adorada, querida, y merecía ser feliz.
El detective se puso serio. Adorarla y amarla no parecía presentar problema alguno, pero ¿cómo demonios iba a conse­guir hacerla feliz?
Una virgen vampiresa era una categoría de hembra  sobre la cual no sabía absolutamente nada.
-Marissa, sabes que no soy de tu especie, ¿verdad?
Ella asintió.
-Desde el momento en que te vi por primera vez. --¿Y eso no te... decepciona? ¿No te molesta?
-No. Me gusta la forma en que me siento cuando estoy junto a ti.
-¿Y cómo es eso? -preguntó él.
-Me siento segura. Me siento hermosa. -Hizo una pau­sa, mirando los labios del hombre-. Y en ocasiones siento otras cosas.
-¿Como qué? -A pesar de sus buenas intenciones, es­taba deseando escuchar qué otras emociones provocaba en aque­lla fantástica mujer.
-Siento que me invade una especie de calor. Sobre todo aquí -se tocó los pechos- N, aquí -sus manos rozaron la unión de sus muslos.
Butch empezó a ver doble, su corazón latía demasiado de­prisa. Mientras exhalaba una bocanada de aire caliente, tenía la certeza de que su cabeza iba a explotar.
-¿Sientes algo? -preguntó ella. -De eso puedes estar segura.
Su voz sonaba pastosa. Es lo que la desesperación hace en un hombre.
Marissa atravesó la terraza, acercándose a él. -Me gustaría besarte, si no tienes objeción.
¿Objeción? Estaba dispuesto a suplicar sólo por seguir mi­rándola.
Descruzó las piernas y se enderezó en la silla, pensando que lo único que podría mantenerlo a raya era que apareciera alguien en aquel momento. Estaba a punto de ponerse de pie cuan­do ella se arrodilló frente a él.
Y colocó el cuerpo directamente entre sus piernas. -Oye, tranquila. -La detuvo antes de que hiciera con­tacto con su erección. No estaba seguro de que ella estuviera pre­parada para eso. Diablos, no estaba seguro de que él estuviera preparado-. Si vamos a... Tenemos que tomar esto con calma. Quiero que sea lo mejor para ti.
Ella sonrió y él captó fugazmente la punta de sus colmi­llos. Su miembro palpitó.
¿Quién hubiera pensado que eso lo excitaría?
-Anoche soñé con esto -murmuró ella. Butch se aclaró la garganta.
-¿De verdad?
-Imaginé que venías a mi cama y te inclinabas sobre mí. Oh, Dios, él también se lo imaginaba. Excepto que en su fantasía ambos estaban desnudos.
-Tú estabas desnudo -susurró ella, apoyándose en él, como si leyera su pensamiento-. Y yo también. Tu boca buscaba la mía. Tenías un sabor penetrante, como a whisky. Me gustó. -Sus labios se encontraban a escasos centímetros de los de él-. Me gustaste.
Santo cielo. Él estaba a punto de explotar, y ni siquiera se habían besado todavía.
Ella se movió, tratando de aproximarse, pero él la detuvo en el último momento. Era demasiado para él. Demasiado ado­rable. Demasiado sensual... Demasiado inocente.
Dios, había defraudado a mucha gente a lo largo de su vi­da. No quería que Marissa pasara a formar parte de la lista. Ella se merecía un príncipe, no un ex policía fracasado ves­tido con ropa prestada. No tenía ni idea de cómo se desarrollaba la vida privada los vampiros. Pero estaba completamente seguro de que ella se merecía alguien muy, superior a él.
-¿Marissa?
-¿Hmm? -Sus ojos no se apartaron de los labios de Butch. A pesar de su inexperiencia, parecía dispuesta a devo­rarlo.
Y él quería ser devorado.
-¿No me deseas? -susurró ella, apartándose. Parecía preocupada-. ¿Butch?
-Oh, no, dulzura. No es eso.
Trasladó las manos de sus hombros a su nuca, sostenien­do firmemente su cabeza. Luego ladeó su propia cabeza y posó los labios directamente sobre su boca.
Ella jadeó, llevando el aliento del hombre a sus pulmones, como si quisiera trasladar una parte de él a su interior. El dio un gruñido de satisfacción, pero mantuvo acariciándola suavemente. Cuando ella balanceó su cuerpo hacia él, Butch trazó el contorno de sus labios con la lengua.
Tendrá un sabor dulce, pensó él, preparándose para pro­fundizar mientras aún podía controlarse.
Pero Marissa se le adelantó, capturando su lengua con la boca y succionando.
Butch gimió, sus caderas se sacudieron en la silla. Ella interrumpió el beso.
-¿No te ha gustado eso? A mí me encantó cuando lo hi­ciste con mi dedo anoche.
Él dio un tirón al cuello de la camisa. ¿Adónde diablos se había ido todo el aire en esta parte de Norteamérica? -¿Butch?
--Claro que me ha gustado -dijo él con una voz gutu­ral-. Confía en mí. Me ha gustado, de verdad.
-Entonces lo haré de nuevo.
Se abalanzó hacia delante y tomó la boca del hombre en un ardiente beso, oprimiéndolo contra el respaldo de mimbre, impactándolo como una tonelada de ladrillos. Él se encontraba en tal estado de shock, que lo único que pudo hacer fue aferrar­se a los brazos de la mecedora. Su embate fue poderoso. Erótico. Más ardiente que el infierno. Prácticamente se subió a su pecho mientras exploraba su boca, N- él preparó el cuerpo, desplazando su peso a las palmas de sus manos.
De repente, sonó como si algo se rompiera.
Y luego ambos cayeron rodando por el suelo.
--¿Qué miel...? -Butch alzó la mano izquierda, y allí apa­reció el brazo de mimbre al que se había sujetado.
Había roto la silla por la mitad.
-¿Estás bien? -dijo él sin aliento, arrojando lejos aquel pedazo.
-Oh, sí. -Ella le sonrió. Su vestido había quedado atra­pado entre las piernas de Butch. Y su cuerpo estaba pegado al de él. Casi en el lugar exacto en dónde él necesitaba que estuviera.
Al mirarla, él estaba dispuesto a todo, preparado para me­terse debajo de su vestido, apartar sus muslos con las caderas, ­sepultarse en su calor hasta perderse ambos totalmente.
Pero en su actual estado, lo más probable era que la po­seyera sin miramientos y no que le hiciera el amor como es de­bido. Y estaba lo bastante enloquecido para hacerlo allí, en la terraza, al aire libre.
Así que necesitaba urgentemente una tregua. -Te ayudaré a levantarte -dijo él bruscamente.
Marisca se movió más rápido que él, dando un salto hasta quedar en pie. Cuando extendió la mano para ayudarlo, él la ate­rró con poco convencimiento, ante su aparente fragilidad. Pero se encontró levantado del suelo como si no pesara más que un pe­riódico.
E1 sonrió mientras se limpiaba la chaqueta. -Eres más fuerte de lo que pareces.
Ella pareció avergonzada y se concentró en arreglarse el vestido.
-No es así.
-Eso no es malo, Marissa.
Los ojos de ella volvieron a fijarse en los de Butch y lue­go, lentamente, se desviaron hacia su cuerpo.
Con una sensación de vergüenza, él se percató de que su salvaje erección sobresalía notoriamente de sus pantalones. Se dio media vuelta para poder componerse.
-¿Qué estás haciendo?
-Nada. -Se volvió hacia ella, preguntándose si su pul­so se normalizaría algún día.
Por Dios, si su corazón podía soportar un beso de ella, probablemente podría correr una maratón.
Arrastrando un automóvil con una cuerda. De un lado a otro de la carretera.
-Eso me ha gustado-dijo ella. Él tuvo que reírse.
-A mí también. Pero es difícil creer que seas vir...
Butch cerró la boca de golpe. Se frotó las cejas con el pulgar. Con razón no salía con chicas. Tenía los modales de un chimpancé.
-Quiero que sepas -murmuró- que a veces mero la pa­ta. Pero haré un esfuerzo por ti.
-¿Meter la pata?
-Lo fastidio todo. Lo convierto en, un caos. Es decir... Diablos. -Miró hacia la puerta--. Escucha, ¿qué opinas si bala­mos o vemos qué está pasando con la fiesta?
Porque si permanecían allí arriba un minuto, más, se le echa­ría encima como un salvaje.
-¿Butch?
Él se volvió a mirarla. -¿Sí, dulzura?
Los ojos de ella brillaban. Se relamió los labios. -Quiero más de ti.
Butch dejó de respirar, preguntándose si estaba pensando en su sangre.
Al mirar su hermoso rostro, revivió lo que había sentido cuando ella lo empujó contra la silla, e imaginó que en lugar de be­sarlo estaba hundiendo aquellos colmillos blancos en su cuello.
No podía pensar en una forma más dulce de morir que en sus brazos.
-Todo lo que quieras de mí -murmuró- puedes to­marlo.

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