viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 44 45 46

Capítulo 44

Wrath observó a Billy Riddle salir de la mansión y se ocultó detrás dulas columnas de la fachada. El tipo descargó una bolsa de lona y miró al cielo.
-Perfecto -dijo Wrath a Vishous-. Tenemos tiempo suficiente para matarlo y regresar.
Pero antes de que y saliera de las sombras, un Hummer negro se acercó lentamente por el camino de entrada. Al pasar junto a ellos, el dulce olor a talco para bebés salió flotando de una de las ventanillas. -Esto tiene que ser una broma -murmuró Wrath.
-Es un restrictor, hermano.
-Y quieres apostar a que está reclutando personal -Un buen candidato.
Billy saltó dentro del automóvil.
-Debíamos haber traído mi coche -siseó V-. Así po­dríamos seguirlos.
-No hay, tiempo de rastreos. La Virgen Escriba se presentará a medianoche. Lo haremos ahora. Aquí.
Wrath saltó frente al Hummer y plantó las manos sobre el capó, obligándole a detenerse. Miró a través del parabrisas mien­tras Vishous se aproximaba desde un lateral, avanzando furtiva­mente hacia la puerta del conductor.
Wrath sonrió cuando el vehículo cambió de marcha para aparcar. En el interior pudo detectar miedo y sorpresa. Sabia cuál de los dos era Billy Riddle. El sujeto estaba tenso. El restrictor, por su parte, estaba preparado para luchar.
Pero había albo más. Algo que no iba del todo bien. Wrath echó una ojeada rápida a su alrededor. -Cuidado, V.
El rugido del motor de un coche resonó en la noche, ti- to­do el grupo de hombres quedó iluminado por unos faros.
Un sedán se detuvo ante ellos, y dos hombres saltaron de él con las armas desenfundadas.
-Policía del estado. Manos arriba. Tú, el del coche, sal de ahí.
Wrath miró hacia la puerta del conductor. El hombre que salió de allí era grande y poderoso. Y bajo el aroma del talco, el restrictor apestaba a maldad.
Cuando el miembro de la Sociedad alzó las manos, se que­dó mirando fijamente la insignia en la chaqueta de Wrath. --Por Dios. Pensaba que eras un mito. El Rey Ciego. Wrath mostró los colmillos.
-Nada de lo que has oído sobre mí es un mito. Los ojos del restrictor chispearon.
-Estor entusiasmado de que así sea.
-Y a mí se me parte el corazón por tener que separar­nos ahora. Pero muy pronto volveremos a encontrarnos contigo y con el nuevo recluta.
-Wrath inclinó la cabeza en dirección a Vishous, borró com­pletamente los recuerdos de los humanos, y, se desmaterializó. El señor X estaba atónito.
El Rey Ciego existía.
Durante siglos habían circulado historias sobre él. Creía que era una leyenda. Nadie lo habla visto nunca, al menos des­de que el señor X se había unido a la Sociedad. De hecho, abundaban los rumores sobre la muerte de aquel guerrero, pero eran conclusiones basadas, sobre todo, en la desintegración de la so­ciedad de los vampiros.
Pero no, el rey estaba vivo.
Santo Dios. Ese sí que sería un buen trofeo para colocar sobre el altar del Omega.
-Ya les he dicho que me iba -estaba explicando Billy a los policías-. Él es mi maestro de artes marciales. ? ¿Por qué nos han parado?
Los oficiales enfundaron sus armas, y se concentraron en el señor X.
-¿Puedo ver su identificación, señor?-preguntó uno de ellos.
El señor X sonrió y entregó su permiso de conducir. -Billy y yo íbamos a cenar y tal vez al cine.
El hombre estudio la fotografía y luego la cara del res­trictor.
--Señor Xavier, aquí tiene su carné. Lamento las molestias. -No hay problema, oficial.
El señor X y Billy regresaron al hummer. Riddle soltó maldición.
-Son unos idiotas. ¿Por qué nos han detenido?
Porque nos asaltaron dos vampiros --pensó el señor X--. Tú no lo recuerdas, y tampoco esos dos policías.
Complejos juegos mentales.
-¿Qué está haciendo aquí la policía estatal? -preguntó el señor X emprendiendo la marcha.
-Mi padre ha recibido otra amenaza terrorista y ha deci­dido marcharse a Washington durante un tiempo. Vendrá a ca­sa esta noche. Ellos estarán merodeando por toda la propiedad hasta que papá regrese a la capital.
-¿Has hablado con tu padre? -Sí. Pareció aliviado. -Estoy seguro de que sí.
Billy buscó en su bolsa de lona. -He traído lo que me pidió. Sacó un frasco de cerámica de cuello ancho con tapa. -Eso está bien, Billy. El tamaño perfecto.
-¿Para qué es? El señor X sonrió. --Ya lo averiguarás. ¿Tienes hambre?
-No. Estoy demasiado nervioso para comer. -Billy en­trelazó las manos y, apretó, flexionando los músculos-. Sólo que­ría que supiera que no me rindo fácilmente. Pase lo que pase es­ta noche, no abandonaré la lucha.
Eso ya lo veremos, pensó el señor X mientras se dirigía a su casa. Llevarían-a cabo la ceremonia en el granero, y la mesa de torturas sería de gran ayuda. Así podría atar mejor a Billy.
Cuando dejaron atrás la zona urbana, el señor X se sor­prendió a sí mismo sonriendo.
El Rey Ciego. En Caldwell.
Se volvió a mirar a Riddle.
En Caldwell y buscando a Billy.
¿Por qué razón?

Capítulo 45

Beth se había puesto otra vez el vestido. Y se sentía fasci­nada.
-No tengo zapatos -dijo.
Wellsie se sacó de la boca otra horquilla y la deslizó den­tro del moño de Beth.
-Se supone que no debes usarlos. Bien, déjame ver qué aspecto tienes. -Wellsie sonrió mientras Beth danzaba por la alcoba de su padre; el vestido de satén rojo resplandecía a su al­rededor como el fuego.
-Voy a llorar. -Wellsie se cubrió la boca con la mano-. Lo sé. En cuanto él te vea, empezaré a llorar. Estás demasiado hermosa, Y éste es el primer acontecimiento feliz desde... no pue­do recordarlo.
Beth se detuvo, el traje aleteó hasta quedarse quieto. -Gracias. Por todo.
La mujer de Tohr sacudió la cabeza.
-No te pongas dulce conmigo, o ni siquiera podré con­tener las lágrimas ahora.
-Lo digo en serio. Me siento como si..., no sé, como si me casara en familia. Y nunca he tenido una familia verdadera.
La nariz de Wellsie enrojeció.
-Somos tu familia. Eres una de nosotros. Y cállate ya, ¿quieres? o harás que empiece.
Alguien llamó a la puerta.
-¿Va todo bien ahí dentro? -preguntó una voz mascu­lina desde el otro lado.
Wellsie se acercó y asomó la cabeza, manteniendo la puer­ta lo más cerrada posible.
-Sí, Tohr. ¿Ya están listos los hermanos?
-¿Qué diab...? ¿Has estado llorando? -exigió saber Thorment-. ¿Estás bien? Santo cielo, ¿es el bebé?
-Tohr, relájate. Soy una hembra. Lloro en las bodas. For­ma parte de nuestras obligaciones.
Se escuchó el sonido de un beso.
-Es que no quiero que nada te perturbe, leelan. -Entonces diles a los hermanos que se preparen. -Ya lo están.
-Bien. Vamos allá. -¿Leelan? -¿Qué?
Se escucharon palabras murmuradas en su hermoso idioma. -Sí, Tohr -susurró Wellsie-. Y después de doscientos años, me casaría contigo de nuevo, a pesar de que roncas y dejas tus armas desperdigadas por toda la habitación.
La puerta se cerró, y. Wellsie se dio la vuelta. -Están listos para ti. ¿Vamos?
Beth tiró del corpiño y dirigió la mirada al anillo del rubí. -Nunca pensé que haría esto.
-La vida está llena de maravillosas sorpresas, ¿no lo crees? -Y que lo digas.
Salieron de la -alcoba de su padre y, entraron a la habitación de Wrath.
Habían retirado todo el mobiliario, t, en el lugar donde es­taba la cama, los hermanos de Wrath se encontraban en fila contra la pared. Tenían un aspecto magnífico. Vestían todos con chaquetas negras de satén idénticas y pantalones holgados, y a la cintura llevaban colgadas unas dagas con la empuñadura cubierta de gemas. Hubo una exclamación general cuando la vieron llegar. Los hermanos se movieron inquietos, bajaron la vista. La miraron de nuevo, dejando asomar en sus duros rostros unas tímidas sonrisas. Con excepción de Zsadist, que la miró una vez y luego ba­jó la vista al suelo.
Butch, Marissa y Fritz se encontraban a un lado. Los sa­ludó con la mano. Fritz sacó un pañuelo.
Y había alguien más en la habitación.
Una persona diminuta vestida de negro de la cabeza a los pies.
Beth parpadeó. Bajo los pliegues negros, se reflejaba una luz sobre el suelo, como si la figura brillara.
¿Pero dónde estaba Wrath?
Wellsie la guió hasta que se encontró frente a los hombres. El de la hermosa cabellera, Phury, dio un paso adelante.
Beth bajó la vista, tratando de cobrar fuerzas, y notó que el vampiro tenía una prótesis en el lugar donde debía haber un pie. Alzó la vista hasta encontrarse con sus ojos color miel, aunque no quería ser indiscreta. Al ver su sonrisa, ella se sintió un poco más tranquila.
Su voz era modulada, Y elegía sus palabras cuidadosamente: -Hablaremos siempre que podamos en tu idioma, para que puedas entender. ¿Estás lista para empezar?
Ella asintió.
-Mi señor, va puedes venir -dijo en voz alta. Beth miró por encuna del hombro.
Wrath se materializó en el umbral de la puerta del pasillo, ella se llevó la mano a la boca. Estaba resplandeciente, llevaba una túnica negra atada con un fajín, bordada con un hilo oscu­ro. Una larga daga con mango de oro colgaba a su costado y en la cabeza una sencilla corona de rubíes engastados en un metal opaco.
Avanzó a grandes zancadas, moviéndose con aquella ele­gancia que a ella le encantaba, mientras su cabello se agitaba so­bre sus anchos hombros.
Sólo tenía ojos para Beth. Cuando estuvo ante ella, susurró: -irle he quedarlo sin respiración al verte. Ella empezó a llorar.
La cara de Wrath parecía preocupada cuando extendió las manos.
-Leelan, ¿cuál es el problema?
Beth movió la cabeza, pero no pudo articular palabra. Sin­tió que Wellsie metía un pañuelo de papel en su mano.
-Ella está bien-dijo la mujer-. Confía en mí, está bien. ¿No es cierto?
Beth asintió, secándose las lágrimas, -Sí.
Wrath le tocó la mejilla. -Podemos detener esto.
-No -respondió al instante-. Te amo, y vamos a ca­sarnos. Ahora.
Alguno de los hermanos se rió entre dientes.
-Parece que eso nos ha quedado claro -dijo uno de ellos con tono respetuoso.
Cuando recuperó el control de sí misma, Wrath miró a Phury, y le hizo un gesto para que continuara.
-Haremos la presentación a la Virgen Escriba -dijo el hermano.
Wrath la cogió de la mano    la guió hasta la figura vesti­da de negro.
-Virgen Escriba, ésta es Elizabeth, hija del guerrero de la Daga Negra llamado Darius, nieta del princeps Marklon, biz­nieta del princeps Horusman...
La enumeración continuó durante un rato. Cuando Wrath se calló, Beth impulsivamente extendió la mano hacia la figura, ofreciéndosela.
Hubo un grito de alarma y Wrath le sujetó el brazo, em­pujándolo hacia atrás. Varios de los hermanos dieron un salto al frente.
-Ha sido culpa mía -dijo Wrath, con los brazos exten­didos como si estuviera protegiéndola-. No la he preparado ade­cuadamente. No ha sido su intención ofender.
Una risa suave, cálida y femenina brotó de los pliegues negros.
-No temas, guerrero. Ella está bien. Ven aquí, hembra. Wrath se apartó, pero permaneció cerca.
Beth se aproximó a la figura, preocupada por cada uno de sus movimientos. Se sintió inspeccionada.
-Este macho te pide que lo aceptes como su hellren, ni­ña. ¿Lo aceptarás como propio si es digno?
-Oh, sí. -Beth miró a Wrath. Él aún estaba tenso-. Sí, lo aceptaré.
La figura asintió.
-Guerrero, esta hembra te respetará. ¿Darás prueba de tu valor por ella?
-Lo haré- la profunda voz de Wrath resonó en la ha­bitación.
-¿Te sacrificarás por ella? -Lo haré.
-La defenderás contra aquellos que pretendan hacerle daño.
-Lo haré.
-Dame tu mano, niña. Beth la extendió indecisa. -Con la palma hacia arriba -susurró Wrath.
Ella giró la muñeca. Los pliegues se movieron y le cubrie­ron la mano. Sintió un extraño cosquilleo, como una pequeña descarga eléctrica.
-Guerrero.
Wrath extendió la mane y que también se vio oscurecida por la túnica negra.
De repente, el calor rodeó a Beth, envolviéndola. Miró a Wrath, que estaba sonriéndole.
-Ah -dijo la figura-. Ésta es una buena unión.
Una ex­celente unión.
Sus manos cayeron, y Wrath la rodeó con sus brazos y la besó. Los asistentes empezaron a aplaudir. Alguien se sonó la nariz.
Beth se aferró a su nuevo esposo tan 'suerte como pudo. Ya había sucedido. Era real. Estaban...
-Casi hemos terminado, leelan.
Wrath dio un paso atrás, deshaciendo el nudo de su fajín. Se quitó la prenda, revelando su pecho desnudo.
Wellsie se puso a su lado y agarró la mano de Beth. -Todo saldrá bien. Sólo respira conmigo.
Beth, miró alrededor nerviosamente mientras Wrath se arrodillaba ante sus hermanos y bajaba la cabeza. Fritz trajo una mesa pequeña sobre la cual había un cuenco de cristal lleno de sal, una jarra de agua y una pequeña caja lacada.
Phury se detuvo junto a Wrath.
-Mi señor, ¿cuál es el nombre de tu shellan? -Se llama Elizabeth.
Con un sonido metálico, Phury desenfundó su daga negra. Y se inclinó sobre la espalda desnuda de Wrath.
Beth dio un grito ahogado, y se abalanzó hacia delante mientras la hoja descendía.
-No...
Wellsie la mantuvo en su lugar. -Quédate quieta.
-¿Qué está...?
-Estás desposando a un guerrero -susurró Wellsie en tono áspero-. Deja que muestre su honor delante de sus her­manos.
-¡No!
-Escúchame, Wrath te está dando su cuerpo y todo su ser. Todo él es tuyo ahora. Ése es el propósito de la cere­monia.
Phury dio un paso atrás. Beth vio un hilo de sangre co­rriendo por el costado de Wrath.
Vishous se adelantó.
-Cuál es el nombre de tu shellan -Se llama Elizabeth.
Cuando el hermano se inclinó, Beth cerró los ojos y apre­tó con fuerza la mano de Wellsie.
-No necesita hacer esto para probar su valor ante mí. -¿Lo amas? --preguntó Wellsie.
-Sí.
-Entonces debes aceptar sus costumbres. Zsadist avanzó a continuación.
-Despacio, Z -dijo Phury suavemente, permaneciendo cerca de su hermano gemelo.
Oh, Dios, que acabe esto.
Los hermanos continuaron pasando, haciéndole la misma pregunta. Cuando terminaron, Phury cogió la jarra de agua y la vertió en el cuenco de sal. Luego derramó el espeso líquido salo­bre sobre la espalda de Wrath.
Beth sintió que se tambaleaba cuando vio que los múscu­los de su amado se contraían. No podía imaginar aquella agonía, pero aparte de cerrar sus puños, Wrath no emitió ni un sólo grito. Mientras soportaba el dolor, sus hermanos gruñeron de aprobación.
Phury se inclinó y abrió la caja lacada, sacando un pedazo de tela blanco. Secó las heridas, luego enrolló la tela y la colocó nuevamente en la caja.
-Levántate, mi señor -dijo.
Wrath se alzó. Cruzando sus Hombros, formando un ar­co con letras inglesas antiguas, estaba el nombre de ella.
Phury presentó la caja a Wrath.
-Lleva esto a tu shellan como símbolo de tu fuerza, así sabrá que eres digno de ella y que tu cuerpo, tu corazón y tu al­ma están ahora a sus órdenes.
Wrath dio media vuelta. Al aproximársele, ella exploró ansiosamente su rostro, Estaba bien, o más que eso, resplandecía de amor.
Cayendo de rodillas ante ella, inclinó la cabeza y le ofre­ció la caja.
-¿Me tomarás como tuvo? -preguntó, mirándola por encima de sus gafas de sol. Sus pálidos ojos ciegos destellaban. Las manos de ella temblaron cuando aceptó la caja. -Sí, te tomaré.
Wrath se levantó, y ella se arrojó en sus brazos, teniendo cuidado de no rozar demasiado su espalda.
Los hermanos iniciaron en voz, baja un cántico, una suave letanía que ella no entendió.
-¿Estás bien?-le preguntó él al oído.
Ella asintió, lamentando que no la hubieran llamado Mary o Sue.
Pero no, tenia que ser Elizabeth. Nueve letras.
-Espero que no tengamos que hacer esto nunca más -di­jo ella, enterrando su cabeza en el hombro del guerrero.
Wrath se rió suavemente.
-Será mejor que te prepares si tenemos hijos.
El cántico aumentó de volumen, entonado por las pro­fundas voces masculinas.
Ella miró a los hermanos, los altos y feroces hombres que ahora formaban parte de su vida. Wrath giró y la rodeó con sus brazos. Juntos, se mecieron siguiendo aquel ritmo que llenaba el aire. Rindiendo aquel homenaje, los hermanos parecían una so­la voz, un único y poderoso ser.
Entonces, una voz fuerte comenzó a sobresalir entre las demás, entonando las notas cada vez más altas. El sonido del te­nor resultaba tan claro, tan puro, que erizaba la piel, era como un cálido anhelo en el pecho. Las dulces notas volaron hasta el te­cho con toda su gloria, convirtiendo la estancia en una catedral y a los hermanos en su altar.
Haciendo descender el cielo tan cerca como para rozarlo. Era Zsadist.
Cantaba con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás y la boca completamente abierta.
Aquel hombre cubierto de cicatrices, y sin alma, tenía la voz de un ángel.

Capítulo 46

Durante el banquete de bodas, Butch no se excedió con el alcohol. No le resultó muy difícil. Estaba dema­siado ocupado disfrutando de la compañía de Marissa.
Y también observando a Beth con su nuevo esposo. Dios, estaba tan feliz... Y ese vampiro de apariencia cruel al que se había unido tenía la misma expresión de felicidad. No podía soltaría, ni dejar de mirarla. Durante toda la noche, la tuvo sentada sobre el regazo en la mesa, alimentándola de su mano mientras le acariciaba el cuello.
Cuando la fiesta empezó a decaer, Marissa se levantó. -Tengo que regresar con mi hermano. Está esperándome para cenar.
Seguramente por eso no había  comido nada. Butch frunció el ceño, no quería que se fuera. -¿Cuándo regresarás?
-¿Mañana por la noche? Maldición, toda una vida. Apartó su servilleta.
-Bien, aquí estaré. Esperándote.
Por Dios, hablando de sometimiento, pensó.
Marissa se despidió de los comensales y desapareció. Butch alcanzó su copa de vino y trató de fingir que no le temblaba la mano. Al asunto de la sangre y los colmillos, ya casi se había acostumbrado. Pero aquello de las desapariciones iba a llevarle algo más de tiempo.
Diez minutos después, se dio cuenta de que estaba solo en la mesa.
No tenía el más mínimo interés en volver a su casa. En el transcurso de un día se las había ingeniado para arrinconar su vida real, para apartarla a un rincón de su mente. Y como si fuera un aparato averiado, no tenia ganas de examinarlo, repararlo y usarlo de nuevo.
Miró a su alrededor, pensando en las personas que basta hacía poco tiempo habían ocupado los asientos, ahora vacíos. El era un extraño en su mundo. Un entrometido. Aunque, en realidad, ser un individuo extraño no resulta­ba nada nuevo para él. Los otros policías eran buenos tipos, pe­ro nunca habían sido más que compañeros de trabajo, incluido José. Nunca había sido invitado a cenar a casa de los Cruz. Mientras miraba los platos vacíos y las copas de vino me­dio llenas, se dio cuenta de que no tenía a donde ir. No había nin­gún lugar en el que quisiera estar. El aislamiento nunca lo había molestado antes. Al contrario, le había hecho sentirse más segu­ro y protegido. Pero ahora no dejaba de parecerle extraño que es­tar solo no fuera lo mejor del mundo.
-Oye, detective. Vamos al Screamer's. ¿Quieres ir?- Butch alzó la vista al umbral de la puerta. Vishous estaba en el pasillo con Rhage y Phury detrás de él. Los vampiros pare­cían expectantes, como si sinceramente quisieran que los acom­pañara.
Butch se encontró de pronto sonriendo abiertamente, como el chico nuevo que, después de todo, no iba a tener que sentarse solo en el comedor.
-Sí, me vendrá bien divertirme un poco.
Al levantarse, se preguntó si debía ponerse algo más in­formal. Los hermanos se habían cambiado y se habían puesto sus vestimentas de cuero, pero él se resistía a dejar el traje. Le en­cantaba.
A la mierda. Le gustaba esa ropa; y claro que iba a usar­la. Aunque no fuera muy adecuada a su personalidad.
Butch se abotonó la chaqueta, alisándola sobre el pecho, comprobó que el pañuelo aún estuviera perfectamente doblado.

-Vamos, detective, estás estupendo -dijo Rhage con una sonrisa ardiente-. Y me muero por un poco de compañía, ¿Me entiendes?
Si, ya lo imaginaba. Butch rodeó la mesa.
-Pero tengo que advertiros, chicos. Algunos tipos a quie­nes encerré les gusta ir a Screamer's. Puede ponerse feo.
Rhage le dio unas palmaditas en la espalda. -¿Por qué crees que queremos que vayas?
-Diablos, sí. -V sonrió, calándose bien su gorra de los Red Sox-. Una pelea es lo mejor para terminar la noche. Butch puso los ojos en blanco y luego miró a Phury con expresión seria.
-¿Dónde está tu muchacho? Phury se irguió.
-Z no vendrá.
Bien. Butch no tenía problema en salir con los otros. Esta­ba seguro de que si hubieran querido matarlo, ya estaría bajo tie­rra. Pero ese sujeto... Zsadist... tenía todo el aspecto de perder fácilmente la cabeza. Y si eso sucedía, prefería no estar a su alcance Aunque había que reconocer que cantaba como los áng­eles.
De camino a la puerta principal, Butch murmuró:
-Vaya a juego de cuerdas vocales que lleva en la garganta de ese hijo de perra. Hermosa la maldita voz.
Los hermanos asintieron, y Rhage pasó uno de sus enor­mes brazos alrededor de los hombros de Phury. Éste agachó la cabeza durante un instante, como si cargara algo muy pesado y se sintiera muy cansado.
Salieron y se dirigieron a un Escalade ESV negro. Las lu­ces parpadearon cuando fue accionada la apertura automática. -Oh, maldición. He olvidado algo. -Butch se detuvo en seco. Los vampiros también se pararon y lo miraron-. ¡Os he engañado!
Corrió alrededor del vehículo. Phury y Rhage también echaron a correr tras él, maldiciéndolo. En el otro lado, empeza­ron a discutir, pero él va tenía la mano en la puerta, Y no tenía in­tención de moverse.
-¡Los humanos van detrás!
-¡Sobre el capó!
-Escuchad, chupasangres, he ganado... -¡Y voy a pegarle un mordisco!
La risa de Vishous resonó en la espesa noche mientras se des­lizaba al volante. Su primer movimiento fue encender el estéreo a un volumen tan alto que el coche entero comenzó a moverse.
Era la canción hipnotize de BIG's.
Butch estaba seguro de que podían oírla hasta en Montreal. -Maldición, hermano -dijo Rhage, entrando a la parte de atrás-. ¿Es nuevo el equipo?
-Postraos ante mí, caballeros. -V encendió un cigarri­llo liado a mano. Cerró la tapa del encendedor de oro-. Y pue­de que os deje jugar con los mandos.
-Eso casi merecería un beso en el trasero. Los faros se encendieron.
Zsadist apareció iluminado por las luces.
Phury abrió la puerta de inmediato y le hizo sitio. -¿Has decidido acompañarnos?
Zsadist le lanzó a Butch una mirada malévola al entrar en la parte de atrás, pero Butch no se lo tomó como algo personal. El vampiro tampoco parecía muy contento de ver a los otros.
V dio marcha atrás y arrancó.
La conversación se mantuvo a pesar de la música, pero la atmósfera había cambiado.
Pero era lógico, considerando que ahora llevaban una bom­ba de relojería viva en el coche.
Butch se volvió a mirar a Zsadist. Sus ojos negros parecían soltar chispas. La sonrisa en la cara del vampiro estaba ansiosa de pecado y preparada para el mal.
Havers dejó su tenedor cuando Marissa entró en el comedor. Se había preocupado al no verla en la mesa, pero no se atrevió a ir a buscarla a su habitación. En su actual estado mental, no ha­bría llevado muy bien su ausencia.
-Perdona mi tardanza -dijo ella, besándolo en la meji­lla. Se acomodó en la silla como un pajarillo, arreglándose el ves­tido y a sí misma con gracia-. Espero que podamos hablar.
¿Qué era ese olor que exhalaba?, se preguntó él.
-Este cordero parece exquisito -murmuró ella cuando Karolyn le puso delante el plato.
Loción de afeitar. Su hermana olía a loción de afeitar. Ha­bía estado con un macho.
-¿Dónde has pasado la noche? -preguntó. Ella vaciló.
-En casa de Darius.
Él puso su servilleta sobre la mesa y se levantó. Su cólera era tan intensa, que, curiosamente, lo había dejado entumecido. -Havers, ¿por qué te marchas?
-Como puedes ver ya he terminado de cenar. Te deseo un buen descanso, hermana.
Ella le agarró la mano. -¿Por qué no te quedas? -Tengo un asunto urgente que atender. -Seguramente podrá esperar.
-No.
Havers se dirigió al vestíbulo, sintiéndose orgulloso de ha­ber controlado su ira. Reunió valor, y se desmaterializo. Cuando tomó forma de nuevo, sintió un escalofrío. Algunas zonas del centro de la ciudad eran asquerosas. Verdaderamente asquerosas.
El callejón que había escogido estaba justo al lado de Screa­mer's. Había oído a alguno de los vampiros civiles que había tra­tado que los hermanos frecuentaban aquel lugar. Al examinar la multitud humana que trataba de entrar, comprendió la razón. Era una manada agresiva que apestaba a lujuria y a depravación.
A la altura de las escasas exigencias que tenían los herma­nos a la hora de buscar compañía.
Havers hizo ademán de apoyarse en el edificio, pero lo pensó mejor. Los ladrillos estaban sucios y húmedos. Examinó todo el callejón. Tarde o temprano, encontraría lo que estaba bus­cando.
O lo que estaba buscando lo encontraría a él.
El señor X cerró con llave la puerta delantera y se perdió en la noche. Le complacía la forma en que había transcurrido la ceremonia. Billy se había quedado impresionado, por decirlo con palabras suaves, pero había aceptado llevar la iniciación hasta el fi­nal. Sobre todo cuando supo que o lo hacía o terminaría Muerto sobre la mesa.
Dios, la expresión en la cara de Billy cuando había visto al Omega no tenía precio. Nadie esperaba que el mal tuviera se­mejante aspecto. Bueno, por lo menos hasta que la mirada del Omega caía sobre uno. Entonces alcanzaba a saborear su propia muerte.
Cuando todo terminó, el señor X había cargado a Billy hasta la casa, y Riddle se encontraba descansando en la habita­ción de invitados. Aunque, en aquel momento, estaba vomitan do, y ese malestar duraría al menos dos horas, mientras la sangre del Omega sustituía a la que había estado circulando por las ve­nas de Billy durante sus dieciocho años de vida. Riddle también tenía una herida en el pecho, un profundo corte desde la gargan­ta hasta el esternón, que había sido cerrado por la yema del dedo del Omega. Eso le dolería mucho hasta la mañana siguiente. Sin embargo, por la noche estaría lo suficientemente fuerte para salir.
El señor X montó en el Hummer Y se dirigió al sur. Ha­bía ordenado a uno de los escuadrones principales que cubriera el área del centro de la ciudad, y- quería observarlos en acción. Detestaba admitirlo, pero quizás el señor O tuviera razón en cuan­to a la motivación. Además, necesitaba ver cómo funcionaba el grupo en una situación de combate. Con la desaparición del se­ñor M, estaba barajando la idea de que Riddle se sumara a sus fi­las, pero quería tener una idea de la dinámica actual del escuadrón antes de tomar cualquier decisión.
También necesitaba ver cómo respondía Billy. Como le había entrenado en artes Marciales, el señor X confiaba en sus ha­bilidades para la lucha. Pero no estaba seguro de cómo reaccionaría ante su primer asesinato. El señor X sospechaba que sen­tiría una gran emoción, pero no podía asegurarlo. Deseaba fervientemente que Riddle le hiciera sentirse orgulloso.
El señor X sonrió, corrigiéndose.
Deseaba que el señor R le hiciera sentirse orgulloso.
Havers estaba empezando a sentir una gran inquietud. Los hu­manos que merodeaban por el callejón no representaban amenaza alguna para él, pero no podía soportar sus vicios. En la parte de atrás, dos de ellos estaban besuqueándose, o quizás algo peor, y otro estaba fumando crack. Entre los gemidos y el nauseabun­do olor, Havers estaba deseando volver a casa.
-¿Qué tenemos aquí? Un sofisticado.
Havers retrocedió encogiéndose. La hembra humana que se detuvo ante él estaba vestida para el sexo, con un estrecho top cubriéndole el pecho y una falda tan corta que apenas le ta­paba la entrepierna.
Un reclamo vivo para una implantación fálica. Se le puso la carne de gallina.
-¿Andas buscando compañía? -preguntó ella, pasándo­se la mano por el vientre Y- luego por el grasiento cabello corto. -No, gracias. -Retrocedió unos pasos, adentrándose en el callejón-. Muchas gracias, pero no.
-Y también es un caballero. Santo cielo. Ella iba a tocarlo.
Levantó las manos, introduciéndose cada vez más en el ca­llejón. La música se Hizo más fuerte, como si alguien hubiera abier­to la puerta trasera del local.
-Por favor, vete -dijo mientras a su alrededor retumba­ba una horrible canción cargada de obscenidades.
De repente, la mujer palideció y escapó corriendo como si acabara de cometer algún delito.
-¿Qué diablos estás haciendo tú aquí?-La voz mascu­lina detrás de él sonó oscura y desagradable.
Havers se dio la vuelta lentamente. Su corazón empezó a latir con fuerza.
--Zsadist.

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