viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 47 48 49

Capítulo 47

Wrath no tenía el menor interés en saber quién es­taba llamando a la puerta de su alcoba. Tenía el brazo alrededor de la cintura de su shellan y la cabeza metida en su cuello. No iría a ninguna parte a menos que alguien estu­viera medio muerto.
-Maldita sea. -Saltó de la cama, cogió sus gafas de sol y cruzó la habitación completamente desnudo.
-Wrath, no les hagas daño -dijo Beth, bromeando-. Si te molestan esta noche, será porque tienen una buena razón. Él respiró profundamente antes de abrir la puerta. -Será mejor que estés sangrando. -Frunció el ceño-. Tohr.
-Tenemos un problema, mi señor.
Wrath soltó una maldición y asintió, pero no invitó al her­mano a pasar. Beth estaba desnuda sobre la cama.
Señaló el otro extremo del pasillo. -Espérame allí.
Wrath se puso unos calzoncillos, besó a Beth y cerró la al­coba con llave. Luego fue a la habitación de Darius.
-¿Qué pasa, hermano? -No estaba muy contento con la interrupción, y aunque un platillo volante hubiera aterrizado en el patio trasero, le daba igual. Pero era bueno que Tohr estu­viera allí. Quizá las cosas estaban mejorando entre ellos.
Tohr se apoyó sobre el escritorio de D.
-Fui a Screamer's a reunirme con los hermanos. Llegué tarde.
-¿Entonces te perdiste a Rhage manoseando a alguna chi­ca en un rincón oscuro? Una pena.
-Vi a Havers en un callejón. Wrath frunció el ceño.
-¿Qué estaba haciendo el buen doctor en esa parte de la ciudad?
-Le pidió a Zsadist que te matara. Wrath cerró la puerta suavemente. -¿Le oíste decir eso? ¿Claramente? -Así es. Y le ofreció mucho dinero. -¿Qué respondió Z?
--Dijo que lo haría gratis. Vine aquí inmediatamente, por si decidía actuar rápido. Ya sabes cómo trabaja. No perderá tiem­po meditándolo.
-Sí, es eficiente. Es una de sus habilidades.
-Y sólo tenemos media hora hasta el amanecer. No es su­ficiente para tomar medidas, a menos que aparezca aquí en los próximos diez minutos.
Wrath miró al suelo, llevándose las manos a las caderas. Según la ley de los vampiros, Z debía ser condenado a muerte por amenazar la vida del rey.
-Tendrá que ser eliminado por esto. Y si la Hermandad no se encarga de la ejecución, la Virgen Escriba lo hará.
Dios, Phury. Su hermano no iba a tomarse muy bien aquel asunto.
-Esto matará a Phury -murmuró Tohr. -Lo sé.
Y entonces Wrath pensó en Marissa. A efectos prácticos, Havers también había firmado su sentencia de muerte, y su pér­dida iba a destrozarla.
Movió la cabeza tristemente al pensar que tendría que ma­tar a alguien a quien ella amaba tanto, después de todo lo que había tenido que soportar como shellan suya.
-La Hermandad debe ser informada-dijo finalmente-. Los reuniré.
Tohr se levantó del borde del escritorio.
-Escucha, ¿quieres que Beth se quede conmigo y Well­sie hasta que esto haya terminado? Estará más segura en nuestra casa.
Wrath alzó la vista.
-Gracias, Tohr. Eso haré. La enviaré allí cuando se pon­ga el sol.
Tohrment asintió y se dirigió a la puerta. -¿Tohr?
El hermano lo miró por encuna del hombro.
-Antes de casarme con Beth, va lamentaba lo que te di­je. Sobre tú y, Wellsie y la devoción que le profesabas. Ahora... yo, eh... lo he comprendido por experiencia propia. Beth lo es todo para mí. Es incluso más importante que la Hermandad. -Wrath se aclaró la garganta, incapaz de continuar.
Tohr fue hacia él y le tendió la mano. -Estás perdonado, mi señor.
Wrath cogió la mano que le ofrecía N- tiró de su hermano para abrazarlo. Ambos se dieron fuertes palmadas en la espalda. -Tohr, quiero que hagas algo, pero tendrás que mante­nerlo en secreto ante los hermanos por ahora. Cuando la muerte de Darius sea vengada, yo me retiraré.
Tohr frunció el ceño. -¿Perdón?
-Ya no voy a luchar más.
-¿Qué diablos? ¿Vas a dedicarte a bordar o algo así? --Tohr se pasó la mano por los cortos cabellos-. ¿Cómo vamos a...?
-Quiero que lideres a los hermanos. Tohr se quedó boquiabierto.
-¿Qué?
-Tendrá que haber una reorganización total de la Her­mandad. Los quiero centralizados y, dirigidos como una unidad militar, y no luchando por cuenta propia. Y necesitamos reclutar miembros. Quiero soldados. Batallones completos de soldados e instalaciones de entrenamiento, lo mejor de lo mejor.-Wrath lo miró fijamente--. Tú eres el único que puede hacer ese trabajo. Eres el más sensato y estable de todos.
Tohr sacudió la cabeza.
-No puedo... Por Dios, no puedo hacer eso. Lo siento...
--No te lo estoy pidiendo. Te lo ordeno. Y cuando lo ha­ga público, se convertirá en ley.
Tohr dejó escapar el aire con un lento siseo. -¿Mi señor?
-He sido un pésimo rey. De hecho, nunca he desempe­ñado ese trabajo. Pero ahora todo va a ser diferente. Necesitamos construir una civilización, hermano mío. O mejor, reconstruir la que tenemos.
Los ojos de Tohr relucieron. Apartó la vista y se frotó los párpados con los pulgares con aire indiferente, como si no fuera nada, sólo una pequeña irritación. Carraspeó.
-Ascenderás al trono.
-Sí.
Tohr se dejó caer al suelo sobre una rodilla, inclinando la cabeza.
-Gracias a Dios -dijo con voz ronca--. Nuestra raza es­tá unida de nuevo. Tú serás nuestro líder.
Wrath se sintió enfermo. Eso era exactamente lo que no quería. No podía soportar la responsabilidad cíe tener en sus ma­nos la seguridad de su pueblo. ¿No sabía Tohr que él no era lo suficientemente bueno, ni lo suficientemente fuerte? Había deja­do morir a sus padres y actuado como un enclenque cobarde, no como un macho digno. ¿Qué había cambiado desde entonces? Sólo su cuerpo. No su alma.
Hubiera deseado escapar de aquella carga que le corres­pondía por derecho de nacimiento, sólo escapar...
Tohr sintió un escalofrío.
--Mucho tiempo... Hemos esperado mucho tiempo a que tú nos salves.
Wrath cerró los ojos. El desesperado alivio en la voz de su hermano le hizo darse cuenta de lo mucho que necesitaban un rey, mostrándole lo angustiados que habían estado. Y mientras Wrath estuviera vivo, nadie más podría ocupar ese cargo. Así era la ley. Vacilante, extendió la mano y la colocó sobre la cabeza inclinada de Tohr. El peso de lo que le esperaba, de lo que les esperaba a todos, era demasiado inmenso para tratar de compren­derlo.
-Salvaremos juntos a nuestra raza -murmuró-.
Todos nosotros.

Horas después, Beth se despertó hambrienta. Se liberó suave­mente del pesado abrazo de Wrath, se puso una camiseta y se en­volvió en una bata.
-¿Adónde vas, leelan? -La voz de Wrath sonó profun­da, perezosa, relajada. Ella escuchó crujir su hombro, igual que cuando se desperezaba.
Teniendo en cuenta el número de veces que le había hecho el amor, le sorprendió que pudiera moverse.
-Sólo voy a buscar algo de comer. -Llama a Fritz.
-Ya trabajó demasiado anoche y se merece un descanso. Vuelvo enseguida.
-Beth. -La voz de Wrath sonó alarmada-. Son las cin­co de la tarde. El sol aún no se ha puesto.
Ella hizo una pausa.
-Pero dijiste que podría salir durante el día. -Teóricamente, es posible.
-Entonces podría averiguarlo ahora.
Ya estaba en la puerta cuando Wrath se apareció frente a ella. Sus ojos denotaban fiereza.
-No necesitas saberlo en este momento. -No es para tanto. Sólo voy- a subir...
-No irás a ninguna parte -gruñó él. Su enorme cuerpo emanaba agresividad-. Te prohíbo salir de esta habitación. Beth cerró la boca lentamente.
¿Le prohíbe? Él me prohíbe
Vamos a tener que dejar una serie de cosas claras, pensó ella, mientras alzaba un dedo frente a la cara.
-Déjame pasar, Wrath, y haz desaparecer esa palabra de tu vocabulario cuando hables conmigo. Estaremos casados, pero no me darás órdenes como a una niñita. ¿Está claro?
Wrath cerró los ojos. La preocupación se reflejó en los se­veros rasgos de su rostro.
-Oye, no pasará nada -dijo ella, pegándose a su cuer­po y rodeando su cuello con los brazos-. Sólo asomaré la cabe­za al salón. Si pasa algo, bajaré de inmediato. ¿Vale?
El la sujetó, apretándola con fuerza.
-Odio no poder acompañarte. -No podrás protegerme de todo. Volvió a soltar otro gruñido.
Ella lo besó en la parte interior de la barbilla y empezó a subir la escalera antes de que él pudiera discutir de nuevo. Al llegar a1 rellano, se detuvo un instante con la mano sobre el cuadro.
Abajo, escuchó el sonido del timbre de ten teléfono. Wrath permanecía en el umbral de la puerta de la alcoba, mirándola. Beth empujo el cuadro, que se abrió con un crujido. La luz perforó la oscuridad.
A su espalda, lo escucho maldecir y cerrar la puerta. Wrath miró enfurecido su teléfono Basta que dejó de sonar. Dio vueltas por la habitación como un sonámbulo. Se sen­tó en el sofá. Volvió a levantarse.
Y entonces la puerta se abrió. Beth estaba sonriente, -Puedo salir-dijo.
Él fue corriendo hasta ella, le tocó la piel. Estaba fresca, saludable.
-¿No te has quemado, no sentiste calor?
-No 1a claridad me hizo daño en los ojos al salir... - ¿Saliste al exterior?
-Si. -Beth lo sujeto por el brazo cuando 1e fla­quearon las rodillas-. Santo Dios, estás pálido. Ven, recuéstate aquí.
Él así lo hizo.
Santo cielo. Había salido a plena luz del día. Su Beth había bailado bajo la luz del sol. Y el no había podido estar con ella. Si al menos hubiera permanecido en el salón, el habría tenido la oportunidad...
Podía haber quedado calcinada.
Unas manos frescas le apartaron el cabello de los ojos. -Wrath, estoy bien.
Él levantó la vista y la miro a la cara. -Creo que voy caerme desmayado. -Lo cual es físicamente imposible, porque estás acos­tado.
-Maldición, leelan. Te amo tanto que nunca me he sen­tido más asustado. -Cuando ella presionó los labios de él con los suyos, Wrath le puso la mano en la nuca, inmovilizándo­la-. No creo que pueda vivir sin ti.
-Espero que no tengas que hacerlo. Ahora dime una co­sa. ¿Cuál es la palabra que utilizáis para esposo?
-Hellren, supongo. La versión corta es hell, como infierno en inglés.
Ella se rió alegremente. -A saber por qué.
El teléfono comenzó a sonar de nuevo. Él desnudó los col­millos ante el maldito aparato.
-Responde mientras voy a la cocina -dijo ella-. ¿Quie­res algo?
-A ti.
-Ya me tienes.
-Y doy gracias a Dios por ello.
Vio salir a Beth, observó el contoneo de sus caderas y pen­só que cuando regresara quería poseerla de nuevo. No parecía quedar nunca satisfecho. Dar placer a esa hembra era la primera adicción que había tenido.
Cogió el teléfono sin molestarse en revisar el identificador de llamadas.
-¿Qué?
Hubo una pausa.
Y luego el gruñido de Zsadist retumbó en su oído.
-¿Es que no te satisface el calor de tu hembra? ¿No te ha ido muy bien en tu noche de bodas?
-¿Tienes algo en mente, Z?
-He oído que has convocado a los hermanos esta noche. A todos excepto a mí. ¿Has perdido mi número? Supongo que ésa será la razón de que no me hayas llamado.

-Sé exactamente dónde localizarte. Z soltó un resoplido de frustración. -Ya estoy harto de que me tratéis corno a un perro. Enserio. -Entonces no te comportes como uno.
-Vete a la mierda.
-Sí, ¿sabes una cosa, Z? Tú y yo hemos llegado al final del camino.
-¿Y eso a qué se debe? -Z soltó una risotada-. No me lo digas. No me importa, y además, no tenemos tiempo para discutir este asunto. ¿No es cierto? Tú tienes que regresar con tu hembra, y yo no te he llamado para quejarme porque no me tengáis en cuenta. -¿Entonces por qué me has llamado?
-Tienes que saber algo.
-¿De ti? -preguntó Wrath lentamente.
-Sí, de mí -siseó Z como respuesta--. El hermano de Marissa quiere tu cabeza en una estaca. Y estaba dispuesto a pa­garme un par de millones para hacerlo. Ya nos veremos.
La llamada se cortó.
Wrath dejó caer el móvil sobre la cama y se masajeó la frente.
Seria estupendo creer que Z había llamado siguiendo su propio impulso. Y porque no quería cumplir con aquel cometi­do, o tal vez porque, finalmente, había encontrado su conciencia tras cien años de total inmoralidad.
Pero había esperado varias horas, y eso sólo podía signifi­car que Phury le había advertido, convenciéndolo para que con­fesara. ¿De qué otra manera podía enterarse Z de que los herma­nos habían sido convocados?
Wrath cogió el teléfono y marcó el número de Phury. -Tu gemelo acaba de llamar.
-¿Lo ha hecho? -Pudo percibir un alivio total en la voz del hermano.
-No podrás salvarlo esta vez, Phury.
-No le dije que tú lo sabías. Wrath, tienes que creerme. -Lo que creo es que harías cualquier cosa por él. -Escúchame. Recibí la orden expresa de no decir nada y he obedecido. Me resultó muy difícil, pero no dije nada. Z te lla­mó por su cuenta.
-¿Entonces por qué sabía que los otros habían sido con­vocados?
-Mi teléfono sonó y el suyo no. Lo adivinó. Wrath cerró los ojos.
-Tengo que eliminarlo, lo sabes. La Virgen Escriba no exigirá menos que eso por su traición.
-No pudo evitar que le hicieran esa propuesta. Te contó lo que había sucedido. Si hay alguien que merezca morir, es Havers.
-Y morirá. Pero tu gemelo aceptó una oferta para ma­tarme. Si lo ha hecho ahora, podría hacerlo de nuevo. Y quizás la próxima vez no se arrepienta después de que tú lo convenzas, ¿me entiendes?
-Te juro por mi honor que te llamo por su cuenta. -Phury, quisiera creerte. Pero una vez tú mismo te dis­paraste en la pierna para salvarlo. Tratándose de tu gemelo, va­rías o dirías cualquier cosa.
La voz de Phury tembló:
-No lo hagas, Wrath. Te lo ruego. Z ha mejorado mucho últimamente.
-¿Y qué hay- de esas mujeres muertas, hermano?
-Sabes que es la única manera en que él se alimenta. Tiene que sobrevivir de alguna manera. Y a pesar de los rumores, nunca antes ha dado muerte a los humanos de los que se alimenta. No sé que' sucedió con esas dos prostitutas. -Wrath soltó una maldición--. Mi señor, no merece morir Por algo que no ha hec­ho. No es justo.
Wrath cerró los ojos. Finalmente, dijo:
-Tráelo contigo esta noche. Le daré la oportunidad de hablar frente a la Hermandad.
-Gracias, mi señor.
-No me lo agradezcas. Que le permita abrir la Moca no significa que vaya a ser perdonado.
Wrath colgó el teléfono.
Era evidente que no había concedido aquel encuentro por el bien de Zsadist, sino por Phury. Lo necesitaban en la Her­mandad, y Wrath sabía que el guerrero no se quedaría a mirar que su hermano tuera tratado con injusticia. Y aun así, tampoco es­taba muy seguro de que permaneciera con ellos.
Wrath pensó en Zsadist, recordando su imagen.
Havers había escogido bien al asesino. Era bien sabido que Z no estaba atado a nadie ni a nada, de modo que el buen doc­tor tenía razón en suponer que el guerrero, no tendría problema en traicionar a la Hermandad. También estaba claro, para cual­quier observador, que Z era uno de los pocos machos del planeta lo suficientemente letal para matar a Wrath.
Pero había una cosa que no encajaba, a Z no le importa­ban las posesiones materiales. Como esclavo, nunca tuvo ninguna. Como guerrero, nunca quiso ninguna. Por eso era difícil creer que el dinero seria para él un incentivo.
Aunque también sabía que era perfectamente capaz de ma­tar por diversión.
Wrath se quedó inmóvil cuando la nariz empezó a cos­quillearle.
Frunciendo el ceño, fue hasta uno de los respiraderos que llevaban aire fresco a la alcoba. Inhaló con fuerza.
Había un restrictor en la propiedad.
El mismo que estaba en el Hummer en casa de Billy Riddle. Beth colocó algo de carne y un poco de salsa de rábano entre dos rebanadas de pan. Cuando dio un mordisco, se sintió en el pa­raíso. La comida le sabía mucho mejor.
Mientras comía, se quedó mirando un arce desde la ven­tana de la cocina. Sus hojas verde oscuro estaban totalmente in­móviles. Aún era verano. No soplaba ni siquiera una ligera bri­sa, como si el aire mismo estuviera agotado pos- el calor.
No, algo se movía.
Un hombre estaba atravesando el seto, mercándose a la casa desde la propiedad vecina. La piel 1e picó en señal de advertencia. Pero era ridículo. Aquel individuo llevaba puesto un uni­forme gris de la Empresa de Energía y Gas de Caldwell venía con una carpeta en una mano. Con su cabello blanco N- una acti­tud tranquilla y relajada, no parecía amenazador. Era corpulento, pero se movía con naturalidad. Simplemente, se trataba de otro aburrido lector de contadores que desearía estar cómodamente en un despacho y no sufriendo aquel calor.
El teléfono cíe la pared sonó, sobresaltándola.
Descolgó, con los ojos aún fijos en el hombre. Éste se de­tuvo en cuanto la vio.
-Hola -dijo ella en el auricular. El sujeto del gas em­pezó a caminar de nuevo, aproximándose a la puerta trasera. -Beth, baja aquí ahora mismo gritó Wrath.
En ese momento, el hombre de los contadores miraba a través de los cristales de la puerta de la cocina. Sus ojos en ella, sonrió y levantó la mano.
Ella sintió escalofríos en la piel.
No está vivo, pensó. No estaba segura de cómo lo sabia; simplemente lo sabía.
Dejó caer el teléfono y corrió.
Detrás de ella sonó un estrépito al hacerse añicos la puer­ta, y luego escuchó un sordo estallido. Algo con un aguijón la golpeó en el hombro. Sintió una punzada de dolor.
Su cuerpo empezó a hacerse lento.
Cayó boca abajo sobre las baldosas de la cocina.
Wrath gritó cuando oyó Beth chocaba contra el suelo. Subió la escalera en un instante e irrumpió en el salón.
El sol le tocó la piel, quemándole como una sustancia quí­mica, obligándolo a regresar a la oscuridad. Corrió a la alcoba, descolgó el teléfono Y llamó al piso superior. En su cerebro re­sonaron los timbrazos que nadie pudo contestar.
Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba en una serie de violentas contracciones.
Atrapado. Estaba atrapado allí abajo mientras ella... Pronunció su nombre con un rugido.
Podía sentir que su aura se atenuaba. Se la estaban llevan­do a alguna parte, lejos de él.
Su corazón dejó escapar toda su furia, una oleada de frío negro N- profundo que hizo estallar el espejo del baño en mil pedazos.
Fritz descolgó el teléfono.
-¡Alguien ha entrado en la casa! Butch está... -¡Pásame al detective! -gritó Wrath.
Butch se puso al teléfono un momento después. Estaba ja­deando.
-No he podido atrapar al canalla... -¿Has visto a Beth?
-¿No está contigo?
Wrath soltó otro rugido, sintiendo que las paredes a su al­rededor lo aplastaban. Estaba completamente indefenso, enjau­lado por la luz solar que bañaba la tierra sobre él.
Se obligó a respirar profundamente. Sólo pudo hacerlo una vez antes de volver a jadear.
-Detective, te necesito. Te... necesito.


Capítulo 48

El señor X pisó a fondo el acelerador de la camioneta. No podía creerlo.
Sencillamente, no podía creerlo.
Tenía a la reina. Había raptado a la reina.
Era una oportunidad única para un restrictor. Y había su­cedido de una forma tan sencilla, como si hubiera sido cosa del destino.
Se había aproximado a la casa en misión de exploración. Le había parecido demasiada coincidencia que la dirección que el vampiro le había dado la noche anterior en el callejón fuera la misma del guerrero que había hecho saltar por los aires. Después de todo, ¿qué haría el Rey Ciego en la mansión de un guerrero muerto?
Suponiendo que fuese una trampa, el señor X se había ar­mado hasta los dientes y había ido a casa de Darius antes del ano­checer. Quería inspeccionar el exterior del edificio, ver si alguna de las ventanas de los pisos superiores estaba tapiada y qué vehículos había en la entrada.
Pero entonces vio a la mujer morena en la cocina, con el Rubí Saturnino en el dedo. El anillo de la reina.
El señor X aún no Había logrado entender por qué la luz del día no le hacía ningún daño. A menos que fuera medio Hu­mana. Aunque, ¿qué probabilidades había?
En cualquier caso, él no había vacilado. A pesar de que no tenía planeado entrar en la casa, había roto la puerta, mostrán­dose sorprendido y agradecido de que el sistema de seguridad no saltara. La mujer echó a correr, pero no fue lo suficientemente rá­pida. Y los dardos habían funcionado a la perfección, ahora que había conseguido ajustar la dosis adecuada.
Se volvió a mirar hacia la parte trasera.
Ella estaba adormecida en el suelo de la camioneta. Aquella noche iba a ser intensa. No le cabía la menor du­da de que su macho iría a buscarla. Y debido a que, con toda se­guridad, la sangre del Rey Ciego corría por sus venas, él podría encontrarla en cualquier lugar adonde la llevara.
Gracias a Dios, aún era de día y tenía tiempo para prote­ger su granero.
Estuvo tentado de llamar refuerzos. Aunque confiaba en su capacidad, sabía de lo que era capaz el Rey Ciego. Podía des­truir la propiedad por completo, arrasando la casa y el granero y todo lo que había en ellos.
El problema era que si el señor X llamaba a otros miem­bros, se mostraría vulnerable ante ellos.
Además, contaba con su nuevo recluta.
No, haría aquello sin testigos indeseados, ansiosos de col­garse medallas. Cualquier ser que respirara podía ser eliminado, in­cluso aquel temible guerrero. Y el señor X estaba dispuesto a apostar que, con aquella hembra en juego, contaba con una gran ventaja. Indudablemente, el rey se entregaría a sí mismo con tal de proteger a su reina.
El señor X se rió por lo bajo. El señor R iba a tener una primera noche infernal.
Butch salió de la estancia de Wrath y corrió hasta la habitación de invitados donde él y Vishous habían dormido la noche anterior y se paseaba, atrapado allí porque no podía llegar al piso inferior sin pasar por la luz. Era evidente que aquella mansión es­taba diseñada para ser usada como residencia privada, no como cuartel general.
Y esa cuestión presentaba un grave problema en esta cla­se de emergencia.
-¿Qué está pasando? -preguntó V.
-Tu jefe, Wrath, se encuentra en un estado endiablado, pero se las ha arreglado para contarme algo sobre el tipo del Hum­mer que conocisteis anoche. Ese rubio creo que es el instructor que fui a entrevistar hace un par de días en una academia de artes marciales. Me dirijo allí ahora.
Butch cogió las llaves de su coche. -Llévate esto. -Vishous lanzó algo al aire.
El detective atrapó la pistola con un movimiento rápido. Revisó la recámara. La Beretta estaba cargada, pero no pudo re­conocer aquella munición.
-¿Qué clase de balas son éstas?-Eran negras s, transpa­rentes en la punta, y brillaban como si tuvieran aceite dentro. -No vas detrás de un humano, detective. Si uno de eso, restrictores te ataca, le disparas en el pecho, ¿entiendes? No vayas a ser tan estúpido de dispararle a las piernas, aunque sea a plena luz del día. Apunta directamente al pecho.
Butch levantó la vista. Sabía que si aceptaba el arma esta­ría cruzando una línea desconocida. Pasaría al otro lado del mun­do y va no podría volver atrás.
-¿Cómo los reconoceré, V?
-Despiden un olor dulzón, como talco para bebés, y te perforan con los ojos, mirándote directamente al alma. Suelen te­ner el cabello, los ojos Y la piel claros, aunque no siempre es así.
Butch se metió la semiautomática en el cinturón, dejando atrás para siempre, con aquel gesto, su antigua vida.
Era extraño. No había sido tan difícil tomar esa decisión. -¿Te ha quedado todo claro, detective? -Vishous le dio una palmadita en el brazo.
-Sí.
Cuando Butch se dirigía a la puerta, y dijo algo en su ex­traña lengua.
-¿Qué? -preguntó Butch.
Apunta bien, ¿vale?
-Hasta ahora nunca he fallado.

Capítulo 49

Marissa estaba ansiosa por ver a Butch. Había estado pensando en él todo el día, y al fin había llegado la hora de ir a encontrarse con él.
Pero aunque tenía mucha prisa, antes de salir se detendría a hablar con Havers. Había esperado su regreso la noche ante­rior, entreteniéndose ayudando a las enfermeras en la clínica, y luego leyendo en su habitación. Finalmente, le había dejado una nota sobre la cama, pidiéndole que fuera a verla en cuanto llega­ra. Pero él no lo había hecho.
Y esa falta de comunicación ya estaba durando demasiado tiempo.
Trató de salir de su alcoba. Le sorprendió que la puerta no abriera. Frunció el ceño. El pomo no se movió. Lo intentó de nue­vo, sacudiéndola y, usando toda su fuerza. Estaba atascada o ce­rrada con llave.
Y las paredes estaban recubiertas de acero, de modo que no podía desmaterializarse.
-¡Hola! -llamó en voz alta, dando golpes a la puerta-. ¡Ho­la! ¡Havers! ¿Hay alguien? ¿Puede alguien sacarme de aquí? ¡Hola! Se dio por vencida, sintiendo que un escalofrío se conden­saba en su pecho.
En cuanto se calló, la voz de Havers se filtró en su habitación, como si hubiera estado esperando al otro lado todo el tiempo.
-Lamento que tenga que ser de esta manera.
-Havers, ¿qué estás haciendo? -dijo ella contra los pa­neles de la puerta.
-No tengo alternativa. No puedo permitir que vayas con él.
Ella se aseguró de que sus palabras se oyeran con claridad: -Escúchame. Wrath no es la razón por la que he salido. Él acaba de desposarse con alguien a quien ama, y yo no le guar­do rencor alguno. Yo... he conocido a un macho. Alguien que me gusta. Alguien que me quiere.
Hubo un largo silencio.
-¿Havers? -Golpeó la puerta con el puño-. ¡Havers! ¿Has oído lo que he dicho? Wrath se ha casado y yo lo he per­donado. No estaba con él.
Cuando su hermano logró articular palabra, sonó como si alguien lo estuviera asfixiando.
-¿Por qué no me lo dijiste?
-¡No me diste oportunidad de hacerlo! ¡Lo he intentado las dos últimas noches! -Golpeó la puerta de nuevo-. Ahora déjame salir. Debo encontrarme con mi..., con alguien en casa de Darius.
Havers susurró algo.
-¿Qué? -preguntó ella-. ¿Qué has dicho? -No puedo dejar que vayas allí.
La angustia en la voz de Havers apagó su ira, y la alarma hizo que por su nuca se deslizara un sudor frío.
-¿Por qué no?
-Esa casa ya no es segura. Yo... Santo Dios. Marissa extendió las manos contra la puerta. -Havers, ¿qué has hecho?
Pero al otro lado de la puerta sólo le respondió el silencio. -¡Havers! ¡Dime qué has hecho!
Beth sintió que algo le golpeaba la cara con fuerza. Una mano. Alguien la había abofeteado.
Aturdida por la sacudida, abrió los ojos. Estaba en un granero, atada a una mesa con placas metálicas alrededor de las muñecas y los tobillos.
Y Billy Riddle estaba a su lado. -Despierta, perra.
Tala forcejeó, tratando de liberarse. Al mirarla, los ojos del sujeto se fijaron en sus pechos, mientras apretaba los labios has­ta formar una línea recta.
-¿Señor R? -Otra voz masculina-. Quiero que re­cuerdes que ya estás fuera del negocio de las violaciones.
-Sí. Lo sé. -La mirada de Billy se hizo más siniestra-. Pensar en eso me hace querer hacerle daño.
Beth pudo ver, entonces, al hombre de cabello claro que la había raptado. Apoyaba una escopeta en cada hombro, con el cañón hacia arriba.
-Te dejaré matarla, ¿qué te parece? Pero primero puedes jugar un poco con ella.
Billy sonrió. -Gracias, sensei.
El rubio se volvió hacia las puertas dobles del granero. Es­taban completamente abiertas, dejando ver la tenue luz del cielo. -Señor R, necesitamos estar concentrados -dijo-. Quie­ro estas armas cargadas y alineadas con cajas de munición sobre esa mesa de trabajo. También deberíamos poner unos cuchillos. Y ve a buscar la lata de gasolina del garaje, así como el soplete que está junto al Hummer.
Bil1y le dio otra bofetada. Y luego hizo lo que se le había ordenado.
La mente de Beth despertaba lentamente. Todavía se sen­tía aletargada a causa de las drogas y todo aquello le parecía un sueño, pero con cada bocanada de aire, la bruma se iba disipan­do. Y estaba haciéndose más fuerte.
La violencia de Wrath era tan profunda, tan feroz, que cubrió de escarcha las paredes de su alcoba. Las velas parpadeaban lenta­mente en el denso aire, emitiendo luz, pero no calor.
Siempre había sabido que era capaz de generar una ira mo­numental. Pero la que iba a descargar sobre aquellos que se ha­bían llevado a Beth sería recordada durante siglos.
Alguien tocó la puerta. -¿Wrath?
Era el policía. E1 vampiro abrió la puerta con la mente. El humano pareció momentáneamente desconcertado por la tem­peratura en la habitación.
-Yo..., he ido a la Academia de Artes Marciales de Cadwell. El nombre del sujeto es Joseph Xavier. Nadie lo ha vis­to hoy. Llamo para que alguien le sustituyera en sus clases. Me dijeron dónde vivía, me acerqué por allí en el coche. El edificio se encuentra en la parte oeste de la ciudad. Entré sin autorización. Estaba limpio. Demasiado limpio. Nada en la nevera, ni en el ga­raje. No había correo, ni revistas. Tampoco había pasta de dien­tes en el baño, ni ninguna evidencia de que se hubiera tenido que marchar apresuradamente. Él es el propietario, pero, desde lue­go, no vive ahí.
Wrath tenía dificultades para concentrarse. En lo único que podía pensar era en salir de aquel maldito agujero subterrá­neo y localizar a Beth. Cuando lo hiciera, la sentiría. Su sangre corriendo por las venas de ella actuaba como un GPS. Podría en­contrarla en cualquier lugar del planeta.
Cogió el teléfono y marcó. Butch hizo ademán de irse, pe­ro Wrath le detuvo, indicándole con un gesto que se quedara. El policía se acomodó en el sofá de cuero, con los ojos alerta y el cuerpo sosegado, pero preparado para cualquier even­tualidad.
Al oír la voz de Tohrment al otro lado de la línea, Wrath ordenó con voz profunda:
-A las diez de esta noche, llevarás a los hermanos a la Aca­demia de Artes Marciales de Caldwell. Registrarás el lugar de arri­ba abajo, y luego harás que salte la alarma. Esperarás la llegada de los restrictores y entonces los matarás y quemarás el edificio hasta los cimientos. ¿Me entiendes? Cenizas, Tohr. Quiero que todo quede reducido a cenizas.
No hubo vacilación. -Sí, mi señor.
-Vigila a Zsadist. Mantenlo a tu lado todo el tiempo, aun­que tengas que encadenarlo a tu brazo. -Wrath se volvió a mi­rar a Butch-. El detective vigilará el edificio desde ahora hasta el ocaso. Si ve algo interesante, te llamará.
Butch asintió, se puso en pie y se dirigió a la puerta. -Voy para allá -dijo por encima del hombro.

Hubo una pausa en el móvil.
-Mi señor, ¿nos necesitas para que te ayudemos a en­contrar... ?
-Yo me encargaré de nuestra reina.

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