viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 5 6 7

Capítulo 5

Beth se había puesto su atuendo nocturno, consistente en unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas, y estaba abriendo el futón cuando Boo empezó a maullar en la puer­ta corredera de cristal. El gato daba vueltas en un estrecho círcu­lo, con los ojos fijos en algo que había en el exterior.
-¿Quieres pelear otra vez con el minino de la señora Gio? Ya lo hemos hecho una vez y el resultado no fue muy bueno, ¿re­cuerdas?
Unos golpes en la puerta principal le hicieron girar la ca­beza con un sobresalto.
Se dirigió allí y acercó un ojo a la mirilla. Cuando vio quién estaba al otro lado, se dio la vuelta y apoyó la espalda contra la madera.
Los golpes volvieron a oírse.
-Sé que estás ahí -dijo el Duro-. Y no pienso mar­charme.
Beth descorrió el cerrojo N, abrió la puerta de golpe. An­tes de que pudiera decirle que se fuera al diablo, pasó a su lado y entró.
Boo arqueó el lomo y siseó.
-Yo también estoy encantado de conocerte, pantera ne­gra. -El vozarrón atronador de Butch parecía totalmente fuera de lugar en su apartamento.
-¿Cómo has entrado en el edificio? -preguntó ella mien­tras cerraba la puerta.
-Forcé la cerradura.
-¿Hay alguna razón en particular para que hayas decidi­do irrumpir en este edificio, detective?
Él se encogió de hombros y se sentó en un andrajoso sillón. -Pensé que podía visitara una amiga.
-¿Entonces por qué me molestas a mí?
-Tienes un bonito apartamento -dijo él, mirando sus cosas.
-Vaya mentiroso.
-Oye, por lo menos está limpio. Que es más de lo que puedo decir de mi propio cuchitril. -Sus oscuros ojos castaños la miraron directamente a la cara-. Ahora, hablemos de lo que sucedió cuando saliste del trabajo esta noche, ¿quieres?
Ella cruzó los brazos sobre el pecho. Él se rió entre dientes.
-Dios, ¿qué tiene José que no tenga yo? -¿Quieres lápiz y papel? La lista es larga.
-Auch. Eres fría, ¿lo sabías? -Su tono era divertido--. Dime, ¿sólo te gustan los que no están disponibles? -Escucha, estoy agotada...
-Sí, saliste tarde del trabajo. A las nueve y cuarenta y cinco, más o menos. Hablé con tu jefe. Dick me dijo que toda­vía estabas en tu mesa cuando él se marchó a Charlie's. Viniste a tu casa caminando, ¿no? Por la calle Trade seguramente, pre­sumo, como haces todas las noches. Y durante un buen rato, ibas sola.
Beth tragó saliva cuando un leve ruido hizo que desviara la mirada hacia la puerta corredera de cristal. Boo había empeza­do de nuevo a ir de un lado a otro y a maullar, escudriñando al­go en la oscuridad.
-Ahora, ¿me contarás qué ocurrió cuando llegaste al cru­ce de Trade y la Diez? -Su mirada se suavizó.
-¿Cómo sabes...?
-Dime lo que pasó, y te prometo que me cercioraré de que ese hijo de perra tenga lo que se merece.
Wrath permaneció inmóvil, sumergido en las sombras de la se­rena noche, mirando fijamente la silueta de la hija de Darius. Era alta para una hembra humana, y su cabello era negro, pero eso era todo lo que podía percibir con sus pobres ojos. Respiró el ai­re de la noche, pero no pudo captar su olor. Sus puertas y ven­tanas estaban cerradas, y el viento que soplaba del oeste traía el olor afrutado de la basura putrefacta.
Pero podía escuchar el murmullo de su voz a través de la puerta cerrada. Estaba hablando con alguien. Un hombre en quien ella, aparentemente, no confiaba, o no le agradaba, porque sólo pronunciaba monosílabos.
-Procuraré que esto te resulte lo más fácil posible -de­cía el hombre.
Wrath vio cómo la muchacha se acercaba y miraba hacia fuera a través de la puerta de cristal. Sus ojos estaban fijos en él, pero sabía que no podía verlo. La oscuridad lo envolvía por com­pleto.
Beth abrió la puerta y asomó la cabeza, impidiendo con el pie que el gato saliera al exterior.
Wrath sintió que su respiración se hacía más lenta al per­cibir el aroma de la mujer. Olía verdaderamente bien. Corno una flor exquisita. Quizás corno esas rosas que florecen por la noche. Introdujo más aire en sus pulmones y cerró los ojos al tiempo que su cuerpo reaccionaba y su sangre se agitaba. Darius estaba en lo cierto; se acercaba a su transición. Podía olfatearlo en ella. Mestiza o no, iba a producirse su transformación.
Beth deslizó la puerta mientras se giraba hacia el Hom­bre. Su voz era mucho más clara con la puerta abierta, y a Wrath le gustó su ronco sonido.
-Se me acercaron desde el otro lado de la calle. Eran dos. El más alto me arrastró hacia el callejón y... -El vampiro prestó atención de inmediato-. Traté de defenderme con todas mis fuerzas, pero él era más corpulento que yo, y además su amigo me sujetó los brazos. -Empezó a sollozar-. Me dijo que me cor­taría la lengua si gritaba. Pensé que iba a matarme, en serio. Lue­go me rasgó la blusa y tiró del sujetador hacia arriba. Estuve muy cerca de que me... Pero conseguí liberarme y corrí. Tenía los ojos azules, cabello castaño y un pendiente en la oreja izquierda. Lle­vaba un polo azul oscuro y pantalones cortos de color caqui. No pude ver bien sus zapatos. Su amigo era rubio, cabello corto, sin pendientes, vestido con una camiseta blanca con el nombre de esa banda local, los Comedores de Tomates.
El hombre se levantó y se le acercó. La rodeó con un bra­zo, tratando de atraerla contra su pecho, pero ella retrocedió apartándose de él.
-¿De verdad piensas que podrás atraparlo? -preguntó. El hombre asintió.
-Sí, por supuesto que sí.
Butch salió del apartamento de Beth Randall de mal humor. Ver a una mujer que había sido golpeada en la cara no era una parte de su trabajo que le gustara. Y en el caso de Beth lo encontra­ba particularmente perturbador, porque la conocía desde hacía bas­tante tiempo y se sentía algo atraído por ella. El hecho de que fuera una mujer extraordinariamente hermosa no hacía las cosas más fá­ciles. Pero el labio inflamado y los cardenales alrededor de la gar­ganta eran daños evidentes frente a la perfección de sus facciones. Beth Randall era absolutamente preciosa. Tenía el negro cabello largo y abundante, unos ojos azules con un brillo impo­sible, una piel color crema y una boca hecha exactamente para el beso de un hombre. Y vaya cuerpo: piernas largas, cintura es­trecha y senos perfectamente proporcionados.
Todos los hombres de 1a comisaría estaban enamorados de ella, y Butch tuvo que reconocer que tenía un enorme mérito: nunca usaba su atractivo para obtener información confidencial de los muchachos. Lo manejaba todo a un nivel muy profesional. Nunca había tenido una cita con ninguno de ellos, aunque la ma­yoría habría renunciado a su testículo izquierdo por sólo cogerla de la mano.
De una cosa sí estaba seguro: su atacante había cometido un tremendo error al elegirla. Toda la fuerza policial saldría en persecución de aquel imbécil en cuanto averiguaran su identidad. Y Butch tenía una boca muy grande.
Subió a su coche y condujo hasta las instalaciones del Hos­pital Saint Francis, al otro lado de la ciudad. Aparcó sobre el bor­dillo de la acera frente a la sala de urgencias y entró.
El guardia de la puerta giratoria le sonrió.
-¿Se dirige al depósito, detective? -No. Vengo a visitar a un amigo. El hombre asintió y se apartó.
Butch atravesó la sala de espera de urgencias con sus plantas de plástico, revistas con las páginas arrancadas y personas con ca­ra de preocupación. Empujó unas puertas dobles y se dirigió al estéril y blanco entorno clínico. Saludó con una ligera inclinación de cabe­za a las enfermeras y médicos que conocía y se acercó al control. -Hola, Doug, ¿recuerdas al tipo que trajimos con la nariz rota?
El empleado levantó la vista de un gráfico que estaba mi­rando.
-Sí, están a punto de darle el alta. Se encuentra atrás, ha­bitación veintiocho. -El internista soltó una risita-. Lo de la nariz era el menor de sus problemas. No cantará notas bajas du­rante algún tiempo.
-Gracias, amigo. A propósito, ¿cómo va tu esposa? -Bien. Dará a luz en una semana.
-Avísame cuando nazca el niño.
Butch se dirigió a la parte de atrás. Antes de entrar en la habitación veintiocho, revisó el pasillo con la mirada en ambas direcciones. Todo tranquilo. No había personal médico a la vis­ta, ni visitantes, ni pacientes.
Abrió la puerta y asomó la cabeza.
Billy Riddle levantó la mirada desde la cama. Un vendaje blanco le subía por la nariz, como si estuviera evitando que se le saliera el cerebro.
-¿Qué pasa, oficial? ¿Ya ha encontrado al individuo que me golpeó? Van a darme de alta y me sentiría mejor sabiendo que lo tiene bajo custodia.
Butch cerró la puerta y corrió el cerrojo silenciosamente. Sonrió mientras cruzaba la habitación fijándose en el pen­diente de diamantes cuadrado que el sujeto lucía en el lóbulo izquierdo.
-¿Cómo va esa nariz, Billy?
-Bien. Pero la enfermera se ha portado como una bruja... Butch cogió su polo y lo arrojó a sus pies. Luego lanzó al atacante de Beth contra la pared, con tanta fuerza que la ma­quinaria ubicada detrás de la cama se bamboleó.
Butch acercó tanto su cara a la del joven que podían ha­berse besado.
-¿Te divertiste anoche?
Los grandes ojos azules se encontraron con los suyos. -¿De qué está hablan...?
Butch lo estrelló de nuevo contra la pared.
-Alguien te ha identificado. La mujer a la que trataste de violar.
-¡No fui yo!
-Claro que fuiste tú. Y si tengo en cuenta tu pequeña amenaza sobre su lengua con tu cuchillo, podría ser suficiente para enviarte a Dannemora. ¿Alguna vez has tenido novio, Billy? Apuesto a que serás muy popular. Un bonito chico blanco co­mo tú.
El sujeto se puso tan pálido como las paredes. -¡No la toqué!
-Te diré una cosa, Billy. Si eres sincero contraigo y me dices dónde está tu amigo, es posible que salgas caminando de aquí. De lo contrario, te llevaré a la comisaría en una camilla.
Billy pareció considerar el trato unos instantes, y luego las palabras salieron de su boca con extraordinaria rapidez: -¡Ella lo deseaba! Me rogó...
Butch levantó la rodilla y la presionó contra la entrepier­na de Billy. Un chillido salió de su garganta.
-¿Por eso tendrás que orinar sentado toda esta semana? Cuando el matón empezó a farfullar, Butch lo soltó y ob­servó cómo se deslizaba lentamente hasta el suelo. Al ver relucir las esposas, su gimoteo cobró intensidad.
Butch le dio vuelta bruscamente y sin mayores considera­ciones le colocó las esposas.
-Estás arrestado. Cualquier cosa que digas puede, y se­rá, usada en tu contra en un tribunal. Tienes derecho a un abo­gado...
-¿Sabe quién es mi padre? -gritó Billy como si hubiera conseguido tomar aire durante un segundo-. ¡Él hará que le des­pidan!
-Si no puedes pagarlo, se te proporcionará uno. ¿En­tiendes estos derechos que te he indicado?
-¡A la mierda!
Billy gimió y asintió con la cabeza, dejando una mancha de sangre fresca sobre el suelo.
-Bien. Ahora vamos a arreglar el papeleo. Detestaría no seguir el procedimiento apropiado.

Capítulo 6

Boo! ¿Puedes dejar de hacer eso? -Beth le dio un golpe a la almohada y giró sobre sí misma para poder ver al gato.
El animal la miró y maulló. Con el resplandor de la luz de la cocina, que había dejado encendida, lo vio dando zarpazos en dirección a la puerta de cristal.
-Ni lo sueñes, Boo. Eres un gato doméstico. Confía en mí, el aire libre no es tan bueno como parece.
Cerró los ojos, y cuando ovó el siguiente maullido lasti­mero, soltó una maldición y arrojó las sábanas a un lado. Se di­rigió hasta la puerta y escudriñó el exterior.
Fue entonces cuando vio al hombre. Estaba de pie junto al muro trasero del patio, una silueta oscura mucho más grande que las otras sombras, ya familiares, que proyectaban los cubos de ba­sura y la mesa de picnic cubierta de musgo.
Con manos temblorosas revisó el cerrojo de la puerta y luego pasó a las ventanas. Ambas estaban aseguradas también. Bajó las persianas, cogió el teléfono inalámbrico y regresó al lado de Boo.
El hombre se había movido. ! Mierda!
Venía hacia ella. Revisó de nuevo el cerrojo y, retrocedió, tropezando con el borde del futón. Al caer, el teléfono se soltó de su mano, saltando lejos. Se golpeó fuertemente contra el col­chón, lo que hizo que su cabeza rebotara debido al impacto. Increíblemente, la puerta corredera se abrió como si nun­ca hubiera tenido el cerrojo puesto, como si ella nunca hubiera cerrado el pasador.
Aún yaciendo sobre su espalda, agitó las piernas violenta­mente, enredando las sábanas al tratar de empujar su cuerpo pa­ra alejarse de él. Era enorme, sus hombros anchos como vigas, sus piernas tan gruesas como el torso de la muchacha. No podía ver su cara, pero el peligro que emanaba de él era como una pis­tola apuntando hacia su pecho.
Rodó al suelo entre gemidos y gateó para alejarse, arañán­dose las rodillas y las manos contra el duro suelo de madera. Las pisadas del hombre detrás de ella resonaban como truenos, cada vez más cerca. Encogida como un animal, cegada por el miedo, chocó contra la mesa del pasillo y no sintió dolor alguno.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mien­tras imploraba piedad, tratando de llegar a la puerta principal... Beth despertó. Tenía la boca abierta y un alarido terrible rompía el silencio del amanecer.
Era ella. Estaba gritando con toda la tuerza de sus pulmones. Cerró firmemente los labios, y de inmediato los oídos de­jaron de dolerle. Saltó de la cama, fue hasta la puerta del patio y, saludó los primeros rayos del sol con un alivio tan dulce que casi se marea. Mientras los latidos de su corazón disminuían, res­piró profundamente y revisó la puerta.
El cerrojo estaba en su lugar. El patio vacío. Todo estaba en orden.
Se rió por lo bajo. No era extraño que tuviera pesadillas después de lo que había sucedido la noche anterior. Seguramen­te iba a sentir escalofríos durante algún tiempo.
Se dio la vuelta y se dirigió a la ducha. Estaba agotada, pe­ro no quería quedarse sola en su apartamento. Anhelaba el bullicio del periódico, quería estar junto a todos sus compañeros, telé­fonos y papeles. Allí se sentiría más segura.
Estaba a punto de entrar en el baño cuando sintió una pun­zada de dolor en el pie. Levantó la pierna y extrajo un pedazo de cerámica de la áspera piel del talón. Al inclinarse, encontró el jarrón que tenía sobre la mesa hecho añicos en el suelo.
Frunciendo el ceño, recogió los trozos.
Lo más probable era que lo hubiera tirado cuando entró la primera vez, después de haber sido atacada.
Cuando Wrath descendió a las profundidades de la tierra bajo la mansión de Darius, se sentía agotado. Cerró la puerta con lla­ve tras él, se desarmó, y sacó un ajado baúl del armario. Abrió la tapa, gruñendo mientras levantaba una losa de mármol negro. Medía casi un metro cuadrado y tenía diez centímetros de gro­sor. La colocó en medio de la habitación, volvió al baúl y reco­gió una bolsa de terciopelo, que arrojó sobre la cama.
Se desnudó, se duchó y se afeitó y luego volvió desnudo a la habitación. Cogió la bolsa, desató la cinta de satén que la ce­rraba, y sacó unos diamantes sin tallar, del tamaño de guijarros, sobre la losa. La bolsa vacía resbaló de su mano al suelo.
Inclinó la cabeza y pronunció las palabras en su lengua materna, haciendo subir y bajar las sílabas con la respiración, rin­diendo tributo a sus muertos. Cuando terminó de hablar, se arrodilló sobre la losa, sintiendo las piedras cortándole la carne. Des­plazó el peso de su cuerpo a los talones, colocó las palmas de las manos sobre los muslos y cerró los ojos.
El ritual de muerte requería que pasara el día sin moverse, soportando el dolor, sangrando en memoria de su amigo. Mentalmente, vio a la hija de Darius.
No debía haber entrado en su casa de esa forma. Le ha­bía dado un susto de muerte, cuando lo único que quería era pre­sentarse y explicarle por qué iba a necesitarlo pronto. También había planeado decirle que iba a perseguir a ese macho humano que se había propasado con ella.
Sí, había manejado la situación maravillosamente. Con la delicadeza de un elefante en una cacharrería.
En el instante en que entró, ella enloqueció de terror. Ha­bía tenido que despojarla de sus recuerdos y sumergirla en un li­gero trance para calmarla. Cuando la hubo depositado sobre la cama, su intención había sido marcharse de inmediato, pero no pudo hacerlo. Permaneció cerca de ella, evaluando el difuso con­traste entre su cabello negro y la blanca funda de la almohada, in­halando su aroma.
Sintiendo un cosquilleo sexual en las entrañas.
Antes de irse, se había cerciorado de que las puertas y ven­tanas quedaran aseguradas. Y luego se había vuelto a mirarla una vez más, pensando en su padre.
Wrath se concentró en el dolor que va se estaba adueñan­do de sus muslos.
Mientras su sangre teñía de rojo el mármol, vio el rostro de su guerrero muerto y sintió el vínculo que habían comparti­do en vida.
Tenía que hacer honor a la última voluntad de su herma­no. Era lo menos que le debía a aquel macho por todos los años que habían servido juntos a la raza.
Mestiza o no, la hija de Darius nunca más volvería a ca­minar por la noche desprotegida. Y no pasaría sola por su tran­sición.
Que Dios la ayudara.
Butch terminó de fichar a Billy Riddle alrededor de las seis de la mañana. El individuo se había mostrado muy ofendido porque lo había puesto en la celda con traficantes de drogas y, delincuentes, así que Butch puso mucho cuidado en cometer tantos errores tipográficos como le fue posible en sus informes. Y para su sor­presa, la central de procesamiento de datos se confundía conti­nuamente sobre la clase de formularios que debían ser cubiertos con exactitud.
Y después, todas las impresoras se estropearon. Las veintitrés que había.
A pesar de todo, Riddle no pasaría mucho tiempo en la comisaría. Su padre era en verdad un hombre poderoso, un se­nador. Así que un elegante abogado le sacaría de allí en un abrir y cerrar de ojos. No creía que pudiera retenerle más de una hora. Porque así actuaba el sistema judicial para algunos. El di­nero manda, permitiendo a los canallas salir en libertad.
A Butch no le quedó más remedio que reconocer con amar­gura que ésa era la realidad.
Al salir al vestíbulo, se encontró con una de las habituales visitantes nocturnas de la comisaría. Cherry Pie acababa de ser liberada de los calabozos femeninos. Su verdadero nombre era Mary Mulcahy, y por lo que Butch había oído, trabajaba en las calles desde hacía dos años.
-Hola, detective-ronroneó. La barra de labios roja se había concentrado en las comisuras de su boca, y el rimel negro formaba un manchón alrededor de sus ojos. Seguramente su aspecto mejoraría y sería bonita, pensó él, si dejaba la pipa de crack y dormía durante todo un mes-. ¿Se va a su casa solo? -Como siempre. -Sostuvo la puerta abierta para ella al salir.
-¿No se le cansa la mano izquierda después de un tiempo? Butch se rió mientras ambos se detenían y levantó la vista hacia las estrellas.
- ¿Cómo te va, Cherry? -Siempre bien.
Se puso un cigarrillo entre los labios y lo encendió mien­tras lo miraba.
-Si le salen demasiados pelos en la palma de la mano, pue­de llamarme. Se lo haré gratis, porque usted es un hijo de perra muy bien parecido. Pero no le diga a mi chulo que le he dicho eso.
Soltó una nube de humo y, con expresión ausente, se to­có con el dedo su oreja izquierda desgarrada. Le faltaba la mi­tad superior.
Dios, ese proxeneta era todo un perro rabioso. Empezaron a bajar los escalones.
-¿Ya has consultado ese programa del que te hablé? -pre­guntó Butch cuando llegaron a la acera. Estaba ayudando a un amigo a poner en marcha un grupo de apoyo para prostitutas que quisieran liberarse de sus proxenetas y llevar otra vida.
-Ah, sí, claro. Buena cosa. -Le lanzó una sonrisa-. Lo veré después.
-Cuídate.
Ella le dio la espalda, dándose una palmada en la nalga de­recha.
-Piénselo, esto puede ser suyo.
Butch la observó contonearse calle abajo durante un rato. Luego se dirigió a su coche, y siguiendo un impulso, condujo hasta el otro lado de la ciudad, volviendo al barrio de Screamer's. Aparcó frente a McGrider's. Unos quince minutos después una mujer enfundada en unos ajustados vaqueros y un top negro sa­lió del cuchitril. Parpadeó como si fuera miope ante la brillante luz. Cuando vio el coche, se sacudió su cabellera castaña y fue caminando hacia él. Butch abrió la ventanilla y ella se inclinó, be­sándolo en los labios.
-Cuánto tiempo sin verte. ¿Te sientes solitario, Butch? -dijo ella apretada contra su boca.
Olía a cerveza rancia y a licor de cerezas, el perfume de to­do cantinero al final de una larga noche.
-Entra -dijo él.
La mujer rodeó el coche por el frente y se deslizó junto a él. Habló de cómo le había ido durante la noche mientras él con­ducía hasta la orilla del río, contándole lo decepcionada que es taba porque las propinas otra vez habían sido escasas y que los pies la estaban matando de tanto ir de un lado a otro de la barra. Estacionó bajo uno de los arcos del puente que cruzaba el río Hudson y unía las dos mitades de Caldwell, cerciorándose de quedar a suficiente distancia de los indigentes acostados sobre sus improvisadas camas de cartones. No había necesidad de tener pú­blico.
Y había que reconocer que Abby era rápida. Ya le había desabrochado los pantalones y manipulaba su miembro erecto con embates firmes antes de que él hubiera apagado el motor. Mientras empujaba hacia atrás el asiento, ella se subió a horca­jadas y le acarició el cuello con la boca. Él miró el agua, más allá de su sensual cabello rizado.
La luz del amanecer era hermosa, pensó cuando ésta inun­dó la superficie del río.
-¿Me amas, cariño?-susurró ella a su oído. -Sí, claro.
Le alisó el cabello hacia atrás y la miró a los ojos. Esta­ban vacíos. Podía haber sido cualquier hombre, por eso su rela­ción funcionaba.
Su corazón estaba tan vacío como aquella mirada. 


Capítulo 7

Mientras el señor X cruzaba el aparcamiento y se di­rigía a la Academia de Artes Marciales de Caldwell, captó el aroma del Dunkin Donuts al otro lado de la calle. Ese olor, ese sublime y denso aroma a harina, azúcar y aceite ca­liente, impregnaba el aire matutino. Miró hacia atrás y vio a un hombre salir con dos cajas de color blanco y rosa bajo el bra­zo y un enorme vaso de plástico con café en la otra mano.
Ésa sería una manera muy agradable de iniciar la maña­na, pensó el señor X.
Subió a la acera que se extendía bajo la marquesina roja y dorada de la academia. Se detuvo un momento, se inclinó y re­cogió un vaso de plástico desechado. Su anterior dueño había tenido cuidado de dejar un poco de soda en el fondo para apagar en él sus cigarrillos. Arrojó la desagradable mezcla al contenedor de basura y abrió el seguro de las puertas de la academia.
La noche anterior, la Sociedad Restrictiva se había marca­do un tanto en la guerra, y él había sido el artífice de semejante hazaña. Darius había sido un líder vampiro, miembro de la Her­mandad de la Daga Negra. Todo un endiablado trofeo.
Era una maldita pena que no hubiera quedado nada del ca­dáver para colocarlo sobre una pared, pero la bomba del señor X había hecho el trabajo a la perfección. Él se encontraba en su casa escuchando la frecuencia de la policía cuando llegó el informe. La operación había salido tal como había planeado, per­fectamente ejecutada, perfectamente anónima.
Perfectamente mortífera.
Trató de recordar la última vez que un miembro de la Her­mandad había sido eliminado. Con seguridad, mucho antes de que él pasara a formar parte de la Sociedad, hacía algunas décadas. Y había esperado unas palmaditas en la espalda, no seme­jantes elogios. Se había figurado incluso que le darían más com­petencias, quizás una ampliación de su área de influencia, tal vez un radio geográfico de actuación más extenso.
Pero la recompensa..., la recompensa había sido mayor de lo esperado.
El Omega lo había visitado una hora antes del amanecer y le había conferido todos los derechos y privilegios como restric­tor jefe.
Líder de la Sociedad Restrictiva.
Era una responsabilidad extraordinaria. Y exactamente lo que el señor X siempre había deseado.
El poder que le habían concedido era la única alabanza que le interesaba.
Se dirigió a su oficina a grandes zancadas. Las primeras cla­ses comenzarían a las nueve. Tenía todavía suficiente tiempo para perfilar algunas de las nuevas reglas que debían acatar sus subor­dinados en la Sociedad.
Su primer impulso, una vez que el Omega se hubo mar­chado, fue enviar un mensaje, pero eso no habría sido sensato. Un líder organizaba sus pensamientos antes de actuar; no se apresuraría a subir al pedestal para ser adorado. El ego, después de to­do, era la raíz de todo mal.
Por eso, en lugar de alardear como un imbécil, había sali­do al jardín para sentarse a observar el césped que había detrás de su casa. Ante el incipiente resplandor del amanecer, había repasado los puntos fuertes y las debilidades de su organización, per­mitiendo que su instinto le mostrara el camino para encontrar un equilibrio entre ambos. Del laberinto de imágenes y pensamientos habían surgido varias normas a seguir, N- el futuro se fue clarifi­cando.
Ahora, sentado detrás de su escritorio, escribió la con­traseña de la página web protegida de la Sociedad y allí dejó claro que se había producido un cambio de liderazgo. Ordenó a to­dos los restrictores acudir a la academia a las cuatro, esa misma tarde, sabiendo que algunos tendrían que viajar, pero ninguno estaba a una distancia de más de ocho horas en coche. El que no asistiera sería expulsado de la Sociedad y perseguido como un perro.
Reunir a los restrictores en un solo lugar era raro. En aquel momento su número oscilaba entre cincuenta y sesenta miem­bros, dependiendo de la cantidad de bajas que la Hermandad lo graba en una noche y el número de los nuevos reclutas que po­dían ser enrolados en el servicio. Los miembros de la Sociedad se encontraban todos en Nueva Inglaterra y sus alrededores. Es­ta concentración en el noreste de Estados Unidos se debía al predominio de vampiros en la zona. Si la población se traslada­ba, también lo hacía la Sociedad.
Como había sucedido durante generaciones.
El señor X era consciente de que convocar a los restric­tores en Caldwell para una reunión resultaba de vital importan­cia. Aunque conocía a la mayoría de ellos, y a algunos bastante bien, necesitaba que ellos lo vieran, lo escucharan y lo calibraran, en especial si iba a cambiar sus objetivos.
Convocar la reunión a la luz del día también era impor­tante, ya que eso garantizaba que no serían sorprendidos por la Hermandad. Y ante sus empleados humanos, fácilmente podía hacerla pasar por un seminario de técnicas de artes marciales. Se congregarían en la gran sala de conferencias del sótano y cerra­rían las puertas con llave para no ser interrumpidos.
Antes de desconectarse, redactó un informe sobre la eli­minación de Darius, porque quería que sus cazavampiros lo tuvieran por escrito. Detalló la clase de bomba que había utiliza do, la manera de fabricar una con muy pocos elementos y el mé­todo para conectar el detonador al sistema de encendido de un coche. Era muy fácil, una vez que el artefacto estaba instalado. Lo único que había que hacer era armarla, y al accionar el con­tacto, cualquiera que estuviera dentro del vehículo quedaría convertido en cenizas.
Para obtener ese instante de satisfacción, él había seguido al guerrero Darius durante un año, vigilándolo, estudiando todas sus costumbres diarias. Hacía dos días, el señor X había entrado furtivamente en el concesionario de BMW de los hermanos Gree­ne, cuando el vampiro les había dejado su vehículo para una re­visión. Instaló la bomba, y la noche anterior había activado el de­tonador con un transmisor de radio simplemente pasando al lado del coche, sin detenerse ni un segundo.
El largo y concentrado esfuerzo que había supuesto la or­ganización de aquella eliminación no era algo que quisiera com­partir. Quería que los restrictores creyeran que había podido ejecutar una jugada tan perfecta en un instante. La imagen de­sempeñaba un importante papel en la creación de una base de po­der, y él quería empezar a construir su credibilidad de mando de inmediato.
Después de desconectarse, se recostó en la silla, tambori­leando con los dedos. Desde que se había unido a la Sociedad, el objetivo había sido reducir la población de vampiros por medio de la eliminación de civiles. Ésa seguiría siendo la meta general, por supuesto, pero su primer dictamen seria un cambio de tác­tica. La clave para ganar la guerra era eliminar a la Hermandad. Sin esos seis guerreros, los civiles quedarían desnudos ante los restrictores, indefensos.
La táctica no era nueva. Había sido intentada durante ge­neraciones pasadas Y descartada numerosas veces cuando los her­manos habían demostrado ser demasiado agresivos o demasiado escurridizos para ser exterminados. Pero con la muerte de Darius, la Sociedad cobraba un nuevo impulso.
Y tenían que actuar de una manera diferente. Tal y como estaban las cosas, la Hermandad estaba aniquilando a cientos de restrictores cada año, lo que hacía necesario que las filas fueran engrosadas con cazavampiros nuevos e inexpertos. Los reclutas representaban un problema. Eran difíciles de encontrar, difíci­les de introducir en la Sociedad y menos efectivos que los miem­bros veteranos.
Esta constante necesidad de captación de nuevos miem­bros condujo a un grave debilitamiento de la Sociedad. Los centros de entrenamiento como la Academia de Artes Marciales de Caldwell tenían como objetivo primordial seleccionar y reclutar hu­manos para engrosar sus filas, pero también atraían mucho la aten­ción. Evitar la injerencia de la policía humana y protegerse contra un ataque por parte de la Hermandad requería una continua vigilancia y una frecuente reubicación. Trasladarse de un lugar a otro era un trastorno constante, ¿pero cómo podía estar la So­ciedad bien provista si los centros de operaciones eran atacados por sorpresa?
El señor X movió la cabeza con un gesto de fastidio. En algún momento iba a necesitar un lugarteniente, aunque por ahora prefería actuar en solitario.
Por fortuna, nada de lo que tenía pensado hacer era ex­cesivamente complicado. Todo se reducía a una estrategia mi­litar básica. Organizar las fuerzas, coordinarlas, obtener in formación sobre el enemigo y avanzar de una forma lógica y disciplinada.
Esa tarde organizaría sus efectivos, y en cuanto a la cues­tión relativa a la coordinación, iba a distribuirlos en escuadrones, e insistiría en que los cazavampiros empezaran a reunirse con él habitualmente en pequeños grupos.
¿Y la información? Si querían exterminar a la Herman­dad, necesitaban saber dónde encontrar a sus miembros. Eso se­ría un poco más difícil, aunque no imposible. Aquellos guerreros formaban un grupo cauteloso y suspicaz, no demasiado sociable, pero la población civil de vampiros tenía algún con­tacto con ellos. Después de todo, los hermanos tenían que ali­mentarse, y no podían hacerlo entre ellos. Necesitaban sangre femenina.
Y las hembras, aunque la mayoría de ellas vivían protegi­das como si fueran obras de arte, tenían hermanos y padres que podían ser persuadidos para que hablaran. Con el incentivo apropiado, los machos revelarían adónde iban sus mujeres y a quié­nes veían. Así descubrirían a la Hermandad.
Ésa era la clave de su estrategia general. Un programa coor­dinado de seguimiento y captura, concentrado en machos civiles y las escasas hembras que salían sin protección, le conduciría, finalmente, a los hermanos. Su plan tenía que tener éxito, ya fuese porque los miembros de la Hermandad salieran de su escondri­jo con sus dagas desenfundadas, furiosos porque los civiles hu­bieran sido capturados brutalmente, o bien porque alguien podía irse de la lengua y descubrir dónde se ocultaban.
Lo mejor sería averiguar dónde se encontraban los gue­rreros durante el día. Eliminarlos mientras brillaba el sol, cuando eran más vulnerables, sería la operación con mayores proba­bilidades de éxito y en la que, posiblemente, las bajas de la So­ciedad resultarían mínimas.
En general, matar vampiros civiles era sólo un poco más difícil que aniquilar a un humano normal. Sangraban si se les cor­taba, sus corazones dejaban de latir si se les disparaba y se quemaban si eran expuestos a la luz solar.
Sin embargo, matar a un miembro de la Hermandad era un asunto muy diferente. Eran tremendamente fuertes, estaban muy bien entrenados y sus heridas se curaban con una celeridad asombrosa. Formaban una subespecie particular. Sólo tenías una oportunidad frente a un guerrero. Si no la aprovechabas, no re­gresabas a casa.
E señor X se levantó del escritorio, deteniéndose un mo­mento para observar su reflejo en la ventana de la oficina. Ca­bello claro, piel clara, ojos claros. Antes de unirse a la Sociedad había sido pelirrojo. Ahora ya casi no podía recordar su apariencia física anterior.
Pero sí tenía muy claro su futuro. Y el de la Sociedad. Cerró la puerta con llave y se encaminó hacia el pasillo de azulejos que conducía a la sala de entrenamiento principal. Es­peró en la entrada, inclinando levemente la cabeza ante los estu­diantes a medida que entraban a sus clases de jiujitsu. Éste era su grupo favorito: un conjunto de jóvenes, entre los dieciocho y los veinticuatro años, que mostraban ser muy prometedores. A me­dida que los muchachos, vestidos con sus trajes blancos, entraban haciendo una ligera reverencia con la cabeza y dirigiéndose a él como sensei, el señor X los iba evaluando uno por uno, obser­vando la forma en que movían sus ojos, cómo desplazaban el cuer­po, cuál podía ser su temperamento.
Una vez que los estudiantes estuvieron en fila, preparados para comenzar la lucha, continuó examinándolos, siempre inte­resado en la búsqueda de potenciales reclutas para la Sociedad. Necesitaba una combinación justa entre fuerza física, agudeza mental y odio no canalizado.
Cuando se habían aproximado a él para unirse a la Socie­dad Restrictiva en la década de los años cincuenta, era un rockero de diecisiete años incluido en un programa para delincuentes juveniles. El año anterior había apuñalado a su padre en el pecho tras una pelea en la que aquel bastardo le había golpeado repetidas veces en la cabeza con una botella de cerveza. Creía haberle matado, pero por desgracia no lo hizo y vivió el tiempo suficiente para matar a su pobre madre.
Pero, por lo menos, después de hacerlo, su querido pa­dre había tenido la sensatez de volarse los sesos con una esco­peta y dejarlos diseminados por toda la pared. El señor X encontró los cuerpos durante una visita que hizo a casa, poco antes de ser atrapado e internado en un centro público.
Aquel día, delante del cadáver de su padre, el señor X aprendió que gritar a los muertos no le provocaba ni la más mí­nima satisfacción. Después de todo, no había nada que hacer con alguien que va se había ido.
Considerando quién lo había engendrado, no resultó sor­prendente que la violencia y el odio corrieran por la sangre del señor X. Y matar vampiros era uno de las pocas satisfacciones socialmente aceptables que había encontrado para un instinto ase­sino como el suyo. El ejército era aburrido. Había que acatar de­masiadas normas y esperar hasta que se declarara una guerra para poder trabajar como él quería. Y el asesinato en serie era a muy pequeña escala.
La Sociedad era diferente. Tenía todo lo que siempre ha­bía querido: fondos ilimitados, la ocasión de matar cada vez que el sol se ponía y, por supuesto, la oportunidad, tan extraordina­ria, de instruir a la próxima generación.
Así que tuvo que vender su alma para entrar, aunque no le supuso ningún problema. Después de lo que su padre le ha­bía hecho, va casi no le quedaba alma.
Además, en su mente, había salido ganando con el trato. Le habían garantizado que permanecería joven y con una salud perfecta hasta el día de su muerte, y ésta no sería resultado de un fallo biológico, como el cáncer o una enfermedad cardiaca. Por el contrario, tendría que confiar en su propia capacidad para con­servarse de una sola pieza.
Gracias al Omega, era físicamente superior a los humanos, su vista era perfecta y podía hacer lo que más le gustaba. La im­potencia le había molestado un poco al principio, pero se había acostumbrado. Y el no comer ni beber..., al fin y al cabo nunca había sido un gourmet.
Y hacer correr la sangre era mejor que la comida o el sexo. Cuando la puerta que conducía a la sala de entrenamien­to se abrió bruscamente, giró la cabeza de inmediato. Era Billy Riddle, y traía los dos ojos morados y la nariz vendada.
El señor X enarcó una ceja. -¿No es tu día libre, Riddle?
-Sí, sensei. -Billy inclinó la cabeza-. Pero quería venir de todos modos.
-Buen chico. -El señor X pasó un brazo alrededor de los hombros del muchacho-. Me gusta tu sentido de la respon­sabilidad. Harás algo por mí... ¿Quieres indicarles lo que tienen que hacer durante el calentamiento?
Billy hizo una profunda reverencia; su amplia espalda quedó casi paralela al suelo.
-Sensei.
-Ve a por ellos. -Le dio una palmada en el hombro-. Y no se lo pongas fácil.
Billy levantó la mirada, sus ojos brillaban. El señor X asintió.
-Me alegro de que hayas captado la idea, hijo.
Cuando Beth salió de su edificio, frunció el ceño al ver el coche de policía aparcado al otro lado de la calle. José salió de él y se di­rigió hacia ella a grandes zancadas.
-Ya me han contado lo que te sucedió. -Sus ojos se que­daron fijos en la boca de la mujer-. ¿Cómo te encuentras? -Mejor.
-Vamos, te llevaré al trabajo.
-Gracias, pero prefiero caminar. -José hizo un movi­miento con su mandíbula como si quisiera oponerse, así que ella extendió la mano y le tocó el antebrazo-. No quiero que esto me aterrorice tanto que no pueda continuar con mi vida. En al­gún momento tendré que pasar junto a ese callejón, y prefiero ha­cerlo por la mañana, cuando hay, suficiente luz.
Él asintió.
-Está bien. Pero llamarás un taxi por la noche o nos pe­dirás a cualquiera de nosotros que vaya a recogerte.
-José...
-Me alegra saber que estás de acuerdo. -Cruzó la calle de vuelta a su coche-. Ah, no creo que hayas oído lo que Butch O'Neal hizo anoche.
Dudó antes de preguntar: -¿Qué?
-Fue a hacerle una visita a ese canalla. Creo que al indi­viduo tuvieron que reconstruirle la nariz cuando nuestro buen detective acabó con él. -José abrió la puerta del vehículo y se de­jó caer sobre el asiento-. ¿Vendrás hoy por allí?
-Sí, quiero saber algo más sobre la bomba de anoche. -Ya me lo imaginaba. Nos vemos.
Saludó con la mano y arrancó, alejándose del bordillo de la acera.
Ya habían dado las tres de la tarde y aún no había podido ir a la comisaría. Todos en la oficina querían oír lo que le había sucedi­do la noche anterior. Después, Tony había insistido en que sa­lieran a almorzar. Tras sentarse de nuevo en su escritorio, se ha­bía pasado la tarde masticando chicle y perdiendo el tiempo con su e-mail.
Sabía que tenía trabajo que hacer, pero simplemente no se encontraba con fuerzas para finalizar el artículo que estaba es­cribiendo sobre el alijo de armas que había encontrado la policía. No tenía que entregarlo en un plazo concreto y, desde luego, Dick no iba a darle la primera página de la sección local.
Y además ni siquiera lo había hecho ella. Lo único que le daba Dick era trabajo editorial. Los dos últimos artículos que ha­bía dejado caer sobre su escritorio habían sido esbozados por los chicos grandes, Dick quería que ella comprobara la veracidad de los hechos. Seguir los mismos criterios con los que él se había familiarizado en el New York Times, como su obsesión por la ve­racidad, era, de hecho, una de sus virtudes. Pero era una pena que no tuviera en cuenta la equidad en un trabajo realizado. No im­portaba que el artículo fuera transformado por ella de arriba aba­jo, sólo obtenía una mención secundaria compartida en el artículo de un chico grande.
Eran casi las seis cuando terminó de corregir los artículos, y al introducirlos en el casillero de Dick, pensó que no tenía ganas de pasar por la comisaría. Butch le había tomado declaración la noche anterior, y no había nada más que ella tuviera que hacer con respecto a su caso. Y, evidentemente, no se sentía cómoda con la idea de estar bajo el mismo techo que su asaltante, aunque él se encontrara en una celda.
Además, estaba agotada. -¡Beth!
Dio un respingo al oír la voz de Dick.
-Ahora no puedo, voy a la comisaría -dijo en voz alta por encima del hombro, pensando que la estrategia para evitar­lo no lo mantendría a raya durante mucho tiempo, pero al menos no tendría que lidiar con él esa noche.
Y en realidad sí quería saber algo más sobre la bomba. Salió corriendo de la oficina y caminó seis manzanas en di­rección este. El edificio de la comisaría pertenecía a la típica ar­quitectura de los años sesenta. Dos pisos, laberíntica, moderna en su época, con abundancia de cemento gris claro y muchas ven­tanas estrechas. Envejecía sin elegancia alguna. Gruesas líneas ne­gras corrían por su fachada como si sangrara por alguna herida en el tejado. Y el interior también parecía moribundo: el suelo cubierto con un sucio linóleo verde grisáceo, los muros con pa­neles de madera falsa y los zócalos astillados de color marrón. Después de cuarenta años, y a pesar de la limpieza periódica, la suciedad más persistente se había incrustado en todas las grietas y fisuras, y va jamás saldría de allí, ni siquiera con un pulveriza­dor o un cepillo.
Ni siquiera con una orden judicial de desalojo.
Los agentes se mostraron muy amables con ella cuando la vieron aparecer. Tan pronto como puso el pie en el edificio, em­pezaron a reunirse a su alrededor. Después de hablar con ellos en el exterior mientras trataba de contener las lágrimas, se dirigió a la recepción y charló un rato con dos de los muchachos que es­taban detrás del mostrador. Habían detenido a unos cuantos por prostitución y tráfico de estupefacientes, pero, por lo demás, el día había sido tranquilo. Estaba a punto de marcharse cuando Butch entró por la puerta de atrás.
Llevaba unos pantalones vaqueros, una camisa abrochada hasta el cuello y una cazadora roja en la mano. Ella se quedó mi­rando cómo la cartuchera se enarcaba sobre sus anchos hombros,  dejando entrever la culata negra de la pistola cuando sus brazos oscilaban al andar. Su oscuro cabello estaba húmedo, como si aca­bara de empezar el día.
Lo que, considerando lo ocupado que había estado la no­che anterior, probablemente era cierto.
Se dirigió directamente hacia ella. -¿Tienes tiempo para hablar? Ella asintió.
-Sí, claro.
Entraron en una de las salas de interrogatorio.
-Para tu información, las cámaras y micrófonos están apa­gados -dijo.
-¿No es así como casi siempre trabajas?
Él sonrió y se sentó a la mesa. Entrelazó las manos. -Pensé que deberías saber que Billy Riddle ha salido bajo fianza. Lo soltaron esta mañana temprano.
Ella tomó asiento.
-¿De verdad se llama Billy Riddle? No me tomes el pelo. Butch negó con la cabeza.
-Tiene dieciocho años. Sin antecedentes de adulto, pero he estado echando un vistazo a su ficha juvenil y ha estado muy ocupado: abuso sexual, acoso, robos menores. Su padre es un tipo importante, y el chico tiene un abogado excelente, pero he hablado con la fiscal del distrito. Tratará de presionarlo para que no tengas que testificar.
-Subiré al estrado si tengo que hacerlo.
-Buena chica. -Butch se aclaró la garganta-. ¿Y cómo te encuentras?
-Bien. -No iba a permitir que el Duro jugara a psicoa­nalizarla. Había algo en la evidente rudeza de Butch O'Neal que hacía que ella quisiera parecer más fuerte-. Sobre esa bomba, he oído que posiblemente se trate de un explosivo plástico, con un detonador a control remoto. Parece un trabajo de profesionales. -¿Ya has cenado?
Ella frunció el ceño. -No.
Riddle significa «acertijo, adivinanza». (N. del L)
Y considerando lo que había engullido por la mañana, tam­bién se saltaría el desayuno del día siguiente.
Butch se puso de pie.
-Bueno. Ahora mismo me dirigía a Tullah's. Ella se mantuvo firme.
-No cenaré contigo.
-Como quieras. Entonces, me imagino que tampoco que­rrás saber qué encontramos en el callejón junto al coche.
La puerta se cerró lentamente a sus espaldas. No caería en semejante trampa. No lo haría... Beth saltó de la silla y corrió tras él.

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