viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 50 51 52

Capítulo 50

Durante casi una hora, Beth observó a sus dos secues­tradores corriendo de un lado a otro como si estu­vieran convencidos de que Wrath vendría a buscarla en cualquier momento. ¿Pero cómo sabría él dónde estaba? No creía que le hubieran dejado una nota de rescate.
Trató de liberarse una vez más de aquellas placas metáli­cas que la tenían inmovilizada. Desesperada, miró al otro lado del granero. El sol se estaba poniendo las sombras empezaban a alargarse sobre el césped y el camino de gravilla. Cuando Billy, cerró las puertas dobles, ella pudo captar una última imagen fugaz del cielo oscureciendo, y luego lo vio correr unos gruesos cerrojos sobre las puertas.
Estaba convencida de que Wrath vendría a buscarla. No le cabía la menor duda. Pero seguramente tardaría horas en encon­trarla, y no estaba segura de que le quedara tanto tiempo. Billy Riddle miraba su cuerpo con tanto odio, que temía que en cual­quier momento perdiera la razón. Y no le faltaba mucho para ello.
-Ahora esperaremos -dijo el hombre rubio, consul­tando su reloj-. No tardará mucho. Te quiero armado. Pon una pistola en tu cinturón y átate un cuchillo en el tobillo.
Billy se colocó las armas con verdadero entusiasmo, ade­más tenía mucho donde escoger. Había suficientes semiautomáticas, escopetas y cuchillos afilados para equipar a todo un des­tacamento militar.
Nada más elegir un cuchillo de caza de treinta centímetros, se volvió a mirarla.
Las palmas de sus manos, antes frías, ahora estaban hú­medas por el sudor.
Dio un paso adelante.
De repente, Beth aguzó el oído, y miró hacia la derecha al mismo tiempo que los dos hombres. ¿Qué era ese sonido?
Era corno un retumbar. ¿Un trueno? ¿Un tren? Cada vez sonaba más fuerte.
Y luego oyó un extraño tintineo, como si el viento agi­tara unas campanillas. Sobre la mesa donde estaba la munición, alineada, saltaban las balas sueltas, chocando entre sí.
Billy miró fijamente a su jefe. -¿Qué diablos es eso?
El hombre respiró profundamente mientras la temperatu­ra descendía unos veinte o treinta grados.
-Prepárate, Billy.
El sonido ya se había convertido en un rugido. Y el gra­nero temblaba tan violentamente, que el polvo de las vigas caía formando una fina nieve que invadía el aire, enturbiando la vi­sión corno una espesa niebla.
Billy levantó las manos para protegerse la cabeza.
Las puertas del granero se astillaron al ser abiertas de par en par por una fría explosión de furia. El edificio entero se mo­vió bajo la fuerza del impacto, vigas y tablas se tambalearon emi­tiendo crujidos similares a un gemido ensordecedor.
Wrath ocupaba el umbral de la puerta, el aire a su alrededor venía cargado de venganza, de amenaza, de promesa de muerte. Beth sintió sus ojos fijos en ella, y luego un estruendoso rugido de guerra salió de su garganta, tan fuerte que le hizo daño en los oídos. A partir de entonces, Wrath se convirtió en dueño y señor. Con un movimiento tan rápido que sus ojos no pudieron seguirlo, se dirigió hacia el rubio, lo aferró y lo estrelló con­tra la puerta de un establo. El hombre no pareció inmutarse y le propinó a Wrath un puñetazo en la mandíbula. Ambos forcejea­ron, se embistieron y se golpearon, chocando contra paredes, rom­piendo todo lo que encontraban a su paso. A pesar de las armas que llevaban, prefirieron el combate cuerpo a cuerpo, la expre­sión salvaje, los labios apretados y sus tremendos cuerpos cho­cando entre sí, soltando chasquidos con cada impacto.
Ella no quería mirar, pero no podía apartar la vista. Sobre todo, cuando Billy aferró un cuchillo y se lanzó so­bre la espalda de Wrath. Con un feroz giro, el vampiro se quitó al sujeto de encima y lo arrojó por los aires. El cuerpo del nova­to voló hasta aterrizar en el otro extremo del granero.
Billy trató de incorporarse, mareado. La sangre chorrea­ba por su cara.
Wrath recibió tremendas patadas en el cuerpo, pero no re­trocedió, logrando contener al rubio lo suficiente para abrir una de las placas metálicas que aprisionaban las muñecas de Beth. Ella pasó de inmediato al lado opuesto y se liberó la otra mano.
-¡Los perros! Suelta los perros-gritó el señor X.
Billy, salió del granero tambaleándose. Un momento des­pués, dos pitbulls llegaron corriendo por detrás de una esquina. Se dirigieron directamente -a los tobillos de Wrath, en el momento en que el rubio desenfundaba un cuchillo.
Beth se libero ambos pies y saltó de la mesa.
-¡Corre! -le gritó Wrath, arrancándole una pata a uno de los perros mientras detenía un impacto dirigido a su cara. No lo haré, pensó ella, aferrando lo primero que encontró, que resultó ser un martillo de cabeza redonda.
Beth se colocó detrás del señor X justo en el momento en que Wrath perdía el equilibrio y caía. Levantando el martillo tan alto como pudo, concentró todas sus fuerzas en la herramienta, y la descargó directamente sobre la cabeza del rubio.
Oyó un crujido de huesos y un estallido de sangre.
Y entonces uno de los perros se dio la vuelta y la mordió en un muslo.
Gritó cuando los dientes le desgarraron la piel y se hun­dieron en sus músculos.
Wrath se deshizo del cuerpo del restrictor y se puso en pie de un salto.
Uno de los perros estaba sobre Beth con la boca alrededor de su muslo. El animal estaba tratando de derribarla para poder atacar su garganta. El vampiro se abalanzó hacia delante, pero se detuvo en seco. Si tiraba del perro, el animal podía llevarse con­sigo un trozo de la pierna de Beth.
A Wrath le pareció escuchar la voz de Vishous en una rá­faga. Dos guardianes torturados combatirán entre sí.
Wrath agarró al perro que aferraba su propio tobillo y lo lanzó hacia el que estaba atacando a Beth. El otro animal soltó la presa debido al golpe. Y los dos pitbulls se atacaron entre sí. Wrath corrió hacia ella cuando cavó. Estaba sangrando. –Beth.
Sonó un disparo de escopeta.
Wrath escuchó un silbido y sintió que la nuca le quemaba como si lo hubieran golpeado con una antorcha.
Beth gritó cuando él se dio la vuelta. Billy Riddle volvía a colocarse el arma sobre el hombro.
La furia hizo que Wrath olvidara todo. Se abalanzó hacia el nuevo recluta sin detenerse, aunque la escopeta estaba apun­tando hacia su pecho. Billy apretó el gatillo, mientras el vampiro se movía hacia un lado antes de abalanzarse contra el. Mordió la garganta del restrictor, desgarrándola. Luego hizo girar la cabe­za de Billy hasta que la ovó crujir al romperse.
Wrath dio media vuelta para volver junto a Beth. Pero cavó de rodillas.
Confuso, se miró el cuerpo. Tenía un agujero del tamaño de un melón en su abdomen.
-¡Wrath! -Beth acudió cojeando. -Me... han dado, leelan.
-Oh, Dios. -Se arrancó la bata, y la apretó contra su es­tómago-. ¿Dónde está tu teléfono?
Él levantó una mano débilmente mientras rodaba sobre un costado.
-En el bolsillo.
Ella cogió el móvil y marcó el número de la casa de Darius. -¿Butch? ¡Butch! ¡Ayúdanos! ¡Le han disparado a Wrath en el estómago! No... no sé dónde estamos...
-Carretera 22 -murmuró Wrath-. Un rancho con un Hummer negro al frente.
Beth repitió sus palabras, presionando la bata en la herida. -Estamos en el granero. ¡Ven rápido! Está sangrando.
A su izquierda oyó un gruñido.
Wrath miró hacia allí al mismo tiempo que Beth. El pit­bull superviviente, ensangrentado pero aún furioso, avanzaba ha­cia ellos.
Beth no lo dudó. Desenfundó una de las dagas de Wrath y, se puso en cuclillas.
-Ven pronto, Butch. Ahora. -Cerró la tapa del teléfono y, lo dejó caer-. Acércate, maldito perro inmundo. ¡Ven aquí! El perro dio un rodeo, y Wrath pudo sentir su mirada fija en él. Por alguna razón, el animal lo quería a él, seguramente por­que estaba perdiendo mucha sangre. Beth siguió los movimientos del pitbull con los brazos abiertos.
La voz le tembló.
-¿Lo quieres a él? Vas a tener que pasar sobre mi cadáver. El perro saltó sobre Beth, y como si hubiera sido entre­nada para matar, ella se aplastó contra el suelo y enterró el cu­chillo hacia arriba en el pecho del animal, que cavó al suelo como una piedra.
Dejó caer el cuchillo y se apresuró a volver junto a su es­poso. Temblaba tanto, que sus manos parecían tener alas cuando levantó de nuevo la tela para colocarla en el estómago de Wrath. -No me duele -susurró él, oliendo las lágrimas.
-Oh, Wrath. -Le agarró la mano, apretando fuerte­. -Estás conmocionado.
-Sí, es probable. No puedo verte, ¿dónde estás? -Estoy aquí. -Le pasó los dedos por la cara-. ¿Pue­des sentirme?
Apenas, pero fue suficiente para mantenerlo vivo. -Desearía que estuvieras embarazada -dijo él con voz ronca-. No quiero que estés sola.
-¡No digas eso!
-Pide a Tohr y Wellsie que te lleven a vivir con ellos. -No.
-Prométemelo.
-No lo haré -dijo ella con voz áspera-. Tú no irás a ninguna parte.
Él pensó que estaba muy, equivocada respecto a eso. Po­día sentir que había llegado su hora.
-Te amo, leelan.

Beth empezó a sollozar. Sus gemidos ahogados fueron los últimos sonidos que él escuchó mientras luchaba contra la marea de la inconsciencia.
Beth no levantó la vista cuando el teléfono empezó a sonar. -¿Wrath? -repitió una vez más--. ¿Wrath?
Puso una oreja sobre el pecho del vampiro. Su corazón aún latía, aunque muy débilmente, y. su respiración se había vuelto lenta y pesada. Ella estaba desesperada por anudarlo, pero no podía practicarle la respiración artificial hasta que su corazón se detuviera por completo.
-Oh, Dios...
El teléfono seguía sonando.
Lo recogió del suelo, tratando de ignorar el enorme char­co de sangre que se había formado alrededor del cuerpo de Wrath. -¡Qué!
-¡Beth! Soy Butch. Estoy con V. Llegaremos en un mo­mento, pero necesita hablar contigo.
De fondo podía oír un ronroneo, como el motor de un coche.
La voz de Vishous era nerviosa:
-Beth, esto es lo que tienes que hacer. ¿Trenes un cuchillo?
Ella miró la otra daga que todavía estaba enfundada en el pecho de Wrath.
-Sí.
-Quiero que te cortes la muñeca. Hazlo verticalmente en el antebrazo, no horizontalmente, o llegarás al hueso. Lue­go pónsela en la boca. Es la única opción que tiene para sobre vivir hasta que le consigamos ayuda. -Hubo una pausa-. Suel­ta el teléfono, y coge el cuchillo. Yo te iré diciendo lo que hay que hacer.
Beth extendió el brazo y extrajo el cuchillo de la funda de Wrath. No vaciló al abrirse la herida en la muñeca. El dolor le hizo dar un grito ahogado, pero olvidó de inmediato la sensación ardiente y puso la herida sobre la boca de Wrath. Recogió el te­léfono con la mano libre.
-No está bebiendo.
-¿Ya has hecho el corte? Buena chica. -No está..., no está tragando. -Esperemos que le esté cayendo algo por la garganta. -También está sangrando por ahí.
-Santo Dios..., llegaré tan rápido como pueda. Butch localizó el Hummer.
-¡Ahí!
Vishous aparcó encima del césped, saltaron del vehículo y corrieron al granero.
Butch no podía creer la escena que tenía lugar en el inte­rior. Un par de perros sacrificados. Sangre por todo el lugar. Un hombre muerto Jesús, era Billy Riddle.
Y entonces vio a Beth.
Llevaba puesta una camiseta larga cubierta de sangre y suciedad. Con los ojos enloquecidos, estaba arrodillada junto al cuerpo de Wrath con una de sus muñecas en los labios del vampiro. Cuando los ovó acercarse, siseó s. empuñó el cuchillo, pre­parada para luchar.
Vishous avanzó, pero Butch lo sujetó por un brazo. -Déjame ir primero.
Lentamente, Butch caminó hacia ella. -¿Beth? Beth, somos nosotros.
Pero cuanto más se acercaba a Wrath, más enloquecían sus ojos.
Apartó la muñeca de la boca del hombre, dispuesta a defenderlo.
-Tranquila. No vamos a hacerle daño. Beth, soy yo. Ella parpadeó.
-¿Butch?
-Sí, querida. Somos Vishous y yo. -Dejó caer el cuchillo y empezó a llorar-. Está bien, está bien. =Trató de rodearla con los brazos, pero ella se dejó caer al suelo junto a su esposo-. Es pera. Deja que y lo examine, ¿vale? Vamos, sólo tardará un mi­nuto.
Ella se dejo apartar. Mientras Butch rasgaba su camisa y la envolvía alrededor de la pierna de la mujer, asintió con la cabe­za en dirección a V.
Vishous examinó a Wrath. Cuando levantó la vista de su estómago, tenía los labios apretados.
Beth se derrumbó.
-Va a ponerse bien, ¿no es cierto? Sólo hay que llevar­lo a un médico. A un hospital. ¿No es así? Vishous, ¿no es así? -La desesperación la hizo chillar.
De repente, se dieron cuenta de que no estaban solos. Marissa y un hombre distinguido de aspecto nervioso surgieron de la nada.
El hombre se acercó al cuerpo de Wrath y levantó la bata empapada de sangre.
-Tenernos que llevarlo a mi quirófano.
-Mi coche está en la parte delantera -dijo V-. Volve­ré a limpiar todo esto cuando él esté a salvo.
El médico soltó una maldición cuando examinó la herida del cuello. Miró a Beth.
-Tu sangre no es lo suficientemente fuerte. Marissa, ven aquí.
Beth luchó por no dejar salir las lágrimas cuando apartó su muñe­ca de la boca de Wrath y levantó la vista hacia la mujer rubia. Marissa dudó.
-¿No te importa que lo alimente?
Beth le ofreció la daga de Wrath sosteniéndola por la hoja. -No me importa de quién beba si con eso puede salvarse. Marissa se cortó fácilmente, como si lo hubiera hecho muchas veces. Luego levantó la cabeza de Wrath y presionó la herida contra su boca.
Su cuerpo dio una sacudida, como si lo hubieran conecta­do a una batería de automóvil.
-Muy bien, vamos a trasladarlo -dijo Havers-. Maris­sa, mantén esa muñeca exactamente donde está.
Beth agarró la mano de Wrath mientras los hombres lo levantaban del suelo del granero. Lo cargaron tan delicadamente como pudieron en el coche de Vishous y lo colocaron boca arriba en la parte trasera. Marissa y Beth entraron con Wrath mien­tras
Butch y Vishous se sentaban en los asientos delanteros. El otro hombre desapareció.
Mientras el Escalade rugía sobre aquellas carreteras se­cundarias, Beth acariciaba el brazo de Wrath, recorriendo sus ta­tuajes. Su piel estaba tría.
-Lo amas mucho -murmuró Marissa. Beth levantó la vista.
-¿Está bebiendo? -No lo sé.


Capítulo 51

En la antesala del quirófano, Havers se quitó los guantes de látex y, los arrojó a un contenedor. Le dolía la espal­da después de pasar horas inclinado sobre Wrath, cosiendo el in­testino del guerrero y curando la herida de su cuello.
-¿Vivirá? -preguntó Marissa cuando salió del quirófa­no. Estaba débil por toda la sangre que le había dado, pálida y nerviosa.
-Pronto lo sabremos. Eso espero. -Yo también.
Quiso alejarse, negándose a mirarlo a los ojos. -Marissa...
-Sé que lo sientes. Pero no es a mí a quien debes ofrecer tu arrepentimiento. Podrías empezar con Beth. Si es que quiere oírte. Mientras la puerta se cerraba con un siseo, Havers se apo­yó en la pared, sintiéndose mareado.
Oh, santo Dios, el dolor en el pecho. El dolor por accio­nes que nunca podrían deshacerse.
Havers se deslizó lentamente hasta quedarse sentado en el suelo, y se quitó el gorro de cirugía de la cabeza.
Por fortuna, el Rey Ciego tenía la constitución de un ver­dadero guerrero. Su cuerpo era resistente, con una extraordina­ria voluntad. Aunque no habría sobrevivido sin la sangre casi pu­ra de Marissa.
O quizá sin la presencia de su shellan. Beth había perma­necido a su lado durante toda la operación. Y a pesar de que el guerrero había estado inconsciente, su cabeza siempre estuvo dirigida hacia ella. Le había estado hablando durante horas, hasta casi quedarse ronca.
Y aún se encontraba allí con él, tan agotada que apenas po­día sentarse erguida, pero se había negado a que le revisaran sus propias heridas, y no había querido comer.
No quería separarse de su hellren.
Havers se levantó y tambaleándose, se dirigió hasta los fregaderos del laboratorio. Aferró los grifos de acero inoxidable y se quedo mirando fijamente los desagües. Sintió ganas de vo­mitar, pero su estómago estaba vacío.
Los hermanos estaban fuera. Esperando que les llevara no­ticias.
Y sabían lo que él había hecho.
Antes de que Havers entrara a operar. Tohrment lo ha­bía aferrado por la garganta. Si Wrath moría en la mesa de ope­raciones, el guerrero le habla jurado que los hermanos lo colgarían por los pies y lo golpearían con los puños desnudos hasta desangrarlo. Allí, en su propia casa.
No cabía duda de que Zsadist les habla contado todo. Dios, si pudiera regresar a ese callejón -pensó Havers--. Si nunca hubiera ido allí.
Nunca debió acercarse a un miembro de la Hermandad con una petición tan indigna, ni siquiera al que carecía de alma. Después de hacerle la propuesta a Zsadist, el hermano lo había mirado fijamente con sus terribles ojos negros, y Havers se había dado cuenta de inmediato de que había cometido un error. Zsadist podía estar lleno de odio, pero no era un traidor, y le ofen­dió que le hubiera pedido que matara a su rey.
-Mataría gratis -había gruñido Zsadist-. Pero sólo si fueras tú. Apártate de mi vista, antes de que saque mi cuchillo. Nervioso, Havers se había alejado de allí a toda prisa, para encontrarse con que estaba siendo seguido por lo que supuso que debía de ser un restrictor. Era la primera vez que se encontraba cerca de un muerto viviente, y se sorprendió que los miembros de la Sociedad tuvieran la piel y el cabello tan claros. Aun así, aquel hombre representaba la maldad en estado puro y estaba preparado para matar. Atrapado en un rincón del callejón, enloqueci­do por el miedo, Havers había empezado a hablar, no sólo para lograr su objetivo sino también para evitar ser asesinado. El res­trictor se había mostrado escéptico al principio, pero Havers siempre había sido persuasivo, y la palabra rey, usada deliberada­mente, había atraído su atención. Intercambiaron alguna infor­mación. Cuando el restrictor se marchó, la suerte estaba echada.
Havers respiró profundamente, preparándose para salir al vestíbulo.
Al menos podía asegurar a los hermanos que había reali­zado su mejor esfuerzo con la cirugía, y no había sido por sal­var su vida. Sabía que él va no tenía escapatoria. Se le ejecutaría por lo que había hecho. Era sólo cuestión de tiempo.
En el quirófano, había realizado el mejor de los trabajos posibles, porque era la única manera de compensar la atrocidad que había cometido. Y además, los cinco machos armados hasta los dientes y el díscolo humano que esperaban fuera parecían te­ner el corazón destrozado.
Pero lo que más le había conmovido e impulsado a luchar con todas sus fuerzas por la vida de Wrath fue el ardiente dolor que había visto reflejado en los ojos de Beth. Él conocía bien esa expresión horrorizada de impotencia. La había sufrido en su propia carne mientras veía morir a su shellan.
Havers se lavó la cara y salió al vestíbulo. Los hermanos y el humano alzaron la vista hacia él.
-Ha sobrevivido a la operación. Ahora tenemos que es­perar para ver si es capaz de recuperarse. -Havers se dirigió a Tohrment: -¿Quieres eliminarme ahora?
El guerrero lo miró con ojos duros y violentos.
-Te mantendremos vivo para que cuides de él. Luego él mismo podrá matarte.
Havers asintió. Escuchó un débil grito. Se dio la vuelta pa­ra ver a Marissa oprimiéndose la boca con una mano.
Estaba a punto de acercársele cuando el macho humano se paró frente a ella. El hombre vaciló antes de sacar un pañue­lo. Ella tomó el que le ofreció y luego se alejó de todos los pre­sentes.
Beth apoyó la cabeza en la esquina más alejada de la almohada de Wrath. Lo habían trasladado a una cama desde la mesa de opera­ciones, aunque, de momento, no lo llevarían a una habitación nor­mal. Havers había decidido mantenerlo en el quirófano en previsión de que necesitara ser operado de nuevo por alguna emergencia.
El edificio de paredes blancas era frío, pero alguien le ha­bía puesto encima una pesada manta de lana. No podía recordar quién había sido tan amable.
Guando escuchó un chasquido, se volvió a mirar al montón de máquinas a las que Wrath estaba conectado. Las miró una a una sin tener mucha idea de lo que aparecía reflejado en ellas. Mientras no se activara ninguna alarma, tenía que pensar que todo estaba bien.
Volvió a escuchar aquel sonido.
Bajó la vista hacia Wrath. Y se puso en pie de un salto.
Estaba tratando de hablar, pero tenía la boca seca y len­gua espesa.
-Shhh. -Le apretó la mano. Situó la cara ante sus ojos ­para que pudiera verla si los abría-. Estoy aquí.
Sus dedos se movieron ligeramente entre los de ella. Y luego perdió el conocimiento de nuevo.
Dios, tenía muy mal aspecto. Pálido como las baldosas del suelo del quirófano, y los ojos hundidos en el cráneo.
Tenía un grueso vendaje en la garganta. El vientre envuel­to en gasas y, compresas de algodón, con drenajes saliendo de la herida. En uno de sus brazos habían conectado un suero que le suministraba la medicación, Y un catéter colgaba a un lado de la cama. También le habían enganchado un montón de cables de un electrocardiograma en el pecho, y, un sensor de oxígeno al dedo corazón.
Pero estaba vivo, al menos de momento.
Y había recuperado la consciencia, aunque fue sólo du­rante un instante.
Así pasó los dos días siguientes. A intervalos regulares, despertaba y volvía a quedarse inconsciente, como si quisiera comprobar que ella estaba con él antes de volver al hercúleo tra­bajo de recuperarse.
Finalmente, la convencieron para que durmiera un po­co. Los hermanos le llevaron un sillón más cómodo, una almohada y una sábana. Despertó una hora después, aferrada a la mano de Wrath.
Comía cuando la obligaban, porque Tohrment o Wellsie le exigían hacerlo. La persuadieron para que se diera una ducha rápida en la antesala, y cuando regresó Wrath se estaba convulsionando mientras Wellsie había mandado a buscar a Havers. Pe­ro en el instante en que Beth agarró la mano de Wrath, éste se cal­mó de inmediato.
No sabia el tiempo que podría continuar así. Pero cada vez que él reaccionaba ante su roce, sacaba fuerzas de la flaqueza. Podía esperar durante toda la eternidad.
La mente de Wrath recuperaba la consciencia de forma intermi­tente. Durante un minuto no se daba cuenta de nada; pero al si­guiente, sus circuitos empezaban a funcionar de nuevo. No sabía dónde estaba, y le pesaban demasiado los párpados para poder abrirlos, así que cuando estaba consciente hacia una rápida ex­ploración de su cuerpo. En la mitad inferior se sentía bien, los de­dos de los pies se movían y notaba las piernas. Pero su estómago parecía como si lo hubieran golpeado con un martillo. Sin em­bargo, el pecho estaba fuerte. El cuello le ardía, la cabeza le do­lía. Los brazos parecían intactos, las manos...
Beth.
Estaba acostumbrado a sentir la palma de su mano. ¿Dón­de estaba?
Sus párpados se abrieron.
Ella estaba junto a él, sentada en una silla, con la cabeza sobre la cama como si estuviera dormida. Su primer pensamien­to fue que no debía despertarla. Era evidente que estaba agotada. Pero quería tocarla. Necesitaba tocarla.
Trató de estirar la mano libre, pero sintió como si el bra­zo le pesara cien kilos. Forcejeó obligando a su mano a deslizarse sobre la sábana centímetro a centímetro. No supo cuánto tiem­po tardó. Tal vez, horas.
Pero, por fin, llegó a su cabeza y pudo rozar un mechón de cabello. Aquel tacto sedoso le pareció un milagro.
Estaba vivo, Y ella también. Wrath empezó a llorar.

En el instante en que Beth sintió que la cama temblaba, despertó llena de pánico. Lo primero que vio fue la mano de Wrath. Sus dedos estaban enredados en un largo mechón de su cabello.
Levanto la vista hacia sus ojos. Gruesas lágrimas se desli­zaban por sus mejillas.
-¡Wrath! Oh, amor mío. -Se enderezó, le alisó el ca­bello hacia atrás. Su rostro reflejaba una angustia total-. ¿Te due­le algo?
Él abrió la boca, pero no pudo articular palabra. Empezó a sentir pánico, abrió los ojos desmesuradamente.
-Tranquilo, amor, ten calma. Relájate-dijo ella-. Quie­ro que aprietes mi mano, una vez si la respuesta es sí, dos veces si es no. ¿Sientes dolor?
No.
Suavemente le enjugó las lágrimas de sus mejillas. -¿Estás seguro?
Sí.
-¿Quieres que venga Havers? No.
-¿Necesitas algo? Sí.
-¿Comida? ¿Bebida? ¿Sangre? No.
Él empezó a agitarse, sus ojos claros y enloquecidos le im­ploraban.
-Shhh. Todo va bien. -Lo besó en la frente-. Cálmate. Ya daremos con lo que necesitas. Tenemos suficiente tiempo. Los ojos del vampiro se fijaron en sus manos entrelazadas. Luego su mirada se dirigió al rostro de ella.
-¿A mí? -susurró ella-. ¿Me necesitas a mí? El apretón no se detuvo.
-Oh, Wrath... A mí ya me tienes. Estamos juntos, mi amor.
Las lágrimas le caían como un torrente embravecido, el pe­cho le temblaba debido a los sollozos, la respiración era entre­cortada y ronca.
Ella cogió su cara entre las manos, tratando de sosegarlo.
-Todo va bien. No voy a ninguna parte. No te dejaré. Te lo prometo. Mi amor...
Finalmente las lágrimas disminuyeron, y recobró un po­co la calma.
Un graznido salió de su boca. -¿Qué? -Beth se inclinó. -Quería... salvarte.
-Lo hiciste. Wrath, me salvaste. Los labios de Wrath temblaron. —Te... amo.
Ella lo besó suavemente en la boca. -Yo también te amo.
-Tú. Vete a ... dormir. Ahora.
Y luego cerró los ojos a causa del esfuerzo.
A ella se le nubló la visión cuando él le puso la mano en la boca y empezó a sonreír. Su hermoso guerrero estaba de vuelta. Y trataba de darle órdenes desde su cama de enfermo.
Wrath suspiró, sumergiéndose en el sueño.
Cuando estuvo segura de que descansaba plácidamente, se estiró, pensando que a los hermanos les gustaría saber que ha­bía despertado y estaba lo suficientemente bien para hablar un poco. A lo mejor podía encontrar un teléfono para llamar a casa.
Cuando se asomó al vestíbulo, no pudo creer lo que vio. Frente a la puerta del quirófano, formando una gran ba­rrera, los hermanos y Butch estaban tendidos en el suelo. Los hombres estaban profundamente dormidos, y parecían tan exhaus­tos cromo ella. Vishous y Butch estaban apocados contra la pa­red muy cerca el uno del otro, sólo había un pequeño monitor de TV y dos pistolas entre ellos. Rhage estaba acostado boca arri­ba, roncando suavemente, con la daga en la mano. Tohrment apoyaba la cabeza entre sus rodillas y Phury vacía a su lado, afe­rrando una estrella arrojadiza contra su pecho, como si eso lo tranquilizara.
-¿Dónde está Zsadist?
-Aquí –dijo él suavemente.

Ella dio un salto y miró a su derecha. Zsadist estaba completamente armado, pistola enfundada en la cadera, dagas cruzada, sobre el pecho, un trozo de cadena balanceándose en su mano.­ Sus resplandecientes ojos negros la miraban tranquilamente.
-Es mi turno de guardia. Hemos estado turnándonos. -¿También hay peligro aquí?
Él frunció el ceño. -¿No lo sabes?
Él se encogió de hombros y miró a ambos lacios del ves­tíbulo, vigilante.
-La Hermandad protege lo nuestro. -Sus ojos volvie­ron a concentrarse en ella-. Nunca os dejaríamos ni a ti ni a él sin protección.
Ella sintió que el la evitaba, pero no iba a presionarlo. Lo único que importaba era que ella y Wrath estaban protegidos mientras su esposo se recuperaba de sus heridas.
-Gracias -susurró.
Zsadist bajó la vista de inmediato.
Se esconde de cualquier manifestación de afecto, pensó ella. -¿Qué hora es? -preguntó.
-Las cuatro de la tarde. Por cierto, es jueves. -Zsadist se pasó una mano sobre el cráneo rapado-. ¿Cómo..., eh..., có­mo está?
-Ya ha despertado. -Sabía que iba a vivir. ¿Cómo lo sabías?
Su labio se levantó como un gruñido, como si fuera a hacer algún chiste. Pero luego pareció contenerse. La miró fijamente, su rostro cubierto de cicatrices parecía ausente.
-Sí, Beth. Lo sabía. No existe ningún arma que pueda apartarlo de ti.
De inmediato, Zsadist desvió la mirada hacia otro lado. Los otros empezaron a revolverse. Un momento después, todos estaban de pie, mirándola. Butch parecía encontrarse tan a gusto entre los vampiros.
-¿Cómo está? -preguntó Tohr.
-Lo bastante bien como para tratar de darme órdenes. Los hermanos rieron y un murmullo de alivio y de orgullo recorrió aquel grupo de rudos hombres. --¿Necesitáis algo? -preguntó Tohr.
Beth miró sus rostros. Todos estaban ansiosos, como si es­peraran que ella les diera algo que hacer.
Ésta realmente es mi familia, pensó.
-Creo que estamos bien. -Beth sonrió-. Y estoy segu­ra de que pronto querrá veros a todos.
-¿Y tú? -preguntó Tohr-. ¿Cómo te sientes? ¿Quie­res tomarte un descanso?
Ella negó con la cabeza, y abrió la puerta del quirófano de un empujón.
-Hasta que pueda salir de aquí por su propio pie, no me apartaré del lado de su cama.
Cuando la puerta se cerró detrás de Beth, Butch escuchó a Vishous silbar por lo bajo.
-Es una hembra magnífica, ¿verdad? -dijo V. Hubo un ronco murmullo afirmativo.
-Y alguien a la que no te gustaría enfrentarte-continuó el hermano-. Teníais que haberla visto cuando entramos en ese granero. Estaba junto al cuerpo de él, dispuesta a matarnos al detective 'v a mí con sus manos desnudas si era _preciso. Como si Wrath fuera su cría, ¿me entendéis?
-Me pregunto si tiene una hermana -dijo Rhage. Phury dejó escapar una carcajada.
-No sabrías qué hacer contigo mismo si tropezaras con una hembra de semejante calibre.
-Mira quién habla, el señor Celibato. -Pero entonces Hollywood se frotó la barbilla, como si estuviera pensando en las leves del universo-. Ah, diablos, Phury, quizá tengas razón. Aun así, un macho tiene derecho a sonar.
-Claro que lo tiene -murmuró V.
Butch pensó en Marissa. Seguía esperando que bajara, pe­ro no la había visto desde la mañana siguiente a la operación. Había estado muy ensimismada, muy distraída, aunque tenía motivos para estar preocupada. La muerte de su hermano se apro­ximaba. Más pronto incluso de lo que pensaba, teniendo en cuen­ta la rápida recuperación de Wrath.
Butch quería estar con ella, pero no estaba seguro de si aceptaría su compañía. No la conocía lo suficientemente bien co­mo para atreverse a intentarlo. Habían pasado juntos muy poco tiempo.
¿Qué significaba para ella? ¿Era una simple curiosidad? ¿Un poco de sangre fresca que ella quería saborear? ¿O algo más? Butch miró al otro lado del pasillo, deseando que apare­ciera de la nada.
Dios, se moría por verla. Aunque sólo fuera para saber que estaba bien.


Capítulo 52

Un par de días después, Wrath intentó incorporarse an­tes de que los hermanos entraran. No quería que lo vieran acostado. El suero conectado a su brazo y todas aquellas máquinas detrás de él va le resultaban bastante molestas.
Pero, al menos, le habían retirado el catéter el día anterior. Y se las había arreglado para afeitarse por si solo y lavarse un poco. Tener el cabello limpio era algo estupendo.
-¿Qué estás haciendo?- pregunto Beth cuando lo sor­prendió moviéndose.
-Sentándome...
-Ah, no, no lo harás. -Cogió el mando de la cama y do­bló el cabezal hacia arriba.
-Ah, diablos, leelan, ahora permaneceré acostado además de sentado.
-Así estás bien. -Ella se inclinó para colocar bien las sá­banas, y él alcanzó a ver la curva de sus senos. Su cuerpo se in­flamó. En el lugar indicado.
Pero la oleada de lujuria le hizo pensar en la escena que ha­bía encontrado en el granero. Ella encadenada a Aquella mesa. No le importó en absoluto que los restrictores no pudieran tener erecciones.
La cogió de la mano
-¿Leelan?
-¿Sí?
-¿Estás segura de que estás bien? -habían hablado de lo que había sucedido, pero él afín estaba preocupado.
-Ya te lo he dicho. La herida de mi muslo se está curando... -No estoy- hablando de lo físico -dijo él con ganas de matar a Billy Riddle otra vez.
Su cara se ensombreció por un instante.
-Ya te lo dije, estaré bien. Porque me niego a que sea de otra manera.
-Eres muy- valiente. Y tienes una fortaleza extraordina­ria. Me asombras.
Ella le sonrió, y se inclinó para darle un beso fugaz, pero él la inmovilizó, y habló pegado a sus labios:
-Y gracias por salvarme la vida. No sólo en ese granero, sino durante el resto de mis días.
La besó intensamente, alegrándose al oírla jadear de pla­cer. Aquel sonido hizo que su miembro volviera también a re­nacer. Le rozó la clavícula con la yema de los dedos.
-¿Qué te parecería subir aquí conmigo?
-No creo que estés completamente preparado para eso todavía.
-¿Quieres apostar? -le cogió la mano y la metió bajo las sábanas.
Su risa franca al sujetarlo suavemente le pareció un autén­tico milagro, lo mismo que su constante presencia en la habita­ción, su implacable protección, su amor, su fuerza.
Ella lo era todo para él. Su mundo entero. Había pasado de importarle poco lo que sucediera con su vida a estar desespe­rado por vivir. Por ella. Por ellos. Por su futuro.
-¿Qué opinas si esperamos sólo un día más? –preguntó ella.
-Una hora.
-Hasta que puedas sentarte solo. -Trato hecho.
Gracias a Dios se recuperaba con rapidez. La mano de ella se retiró de su cuerpo. -¿Puedo permitir a los hermanos que entren?
-Sí. -Respiró profundamente-. Espera. Quiero que escuches lo que voy a decir.
Tiró suavemente de ella hacia abajo, hasta que quedó sen­tada al borde de la cama.
-Voy a dejar la Hermandad.
Beth cerró los ojos, como si no quisiera que él viera el enor­me alivio que sentía.
-¿De verdad?
-Sí. Le pedí a Tohr que se hiciera cargo de ella. Pero no me voy a marchar de vacaciones. Tengo que empezar a gobernar a nuestro pueblo, Beth. Y necesito que tú lo hagas conmigo. Beth abrió los ojos.
Él le acarició las mejillas.
-Estamos hablando de ser rey y reina. Y seré sincero con­tigo: no sé por dónde empezar. Tengo algunas ideas, pero nece­sitaré tu ayuda.
-Haré lo que sea -dijo ella-. Por ti. Wrath la miró asombrado.
Dios, ella siempre conseguía fascinarlo. Allí estaba, dis­puesta a enfrentarse al mundo con él aunque estuviera postrado en una cama de hospital. Su fe en él era sorprendente.
-¿Te he dicho que te amo, leelan?
-Hará unos cinco minutos. Pero nunca me canso de oírlo. La besó.
-Diles a los hermanos que entren. Butch que espere en el vestíbulo. Pero quiero que tú estés presente mientras me dirijo a ellos.
Ella dejó entrar a los guerreros, y, luego regresó a su lado. La Hermandad se aproximó a la cama con cautela. Aunque ya había tenido una breve reunión con Tohr aquella mañana, era la primera vez que veía al resto de los guerreros. Carraspearon todos un poco, como si se aclararan las gargantas. Él sabía qué sen­tían. Estaba igualmente emocionado.
-Hermanos...
En ese momento, Havers cruzó el umbral de la puerta. Se detuvo en seco.
-Ah, el buen doctor-dijo Wrath-. Pasa. Tenemos asun­tos pendientes tú y yo.
Havers entraba y salía del quirófano con regularidad, pero Wrath no se había sentido capaz de enfrentarse a aquella situa­ción hasta ahora.
-Es hora de solucionarlos -ordenó.
Havers respiró profundamente, se acercó a la cama e in­clinó la cabeza.
-Mi señor.
-He oído que trataste de contratar a alguien para que me matara.
Para sorpresa del macho, no echó a correr, ni mintió. Y aun­que su pena y su arrepentimiento eran claros, no trató de discul­parse para obtener clemencia.
-Sí, lo hice, mi señor. Yo fui quien me acerqué a él. -Se­ñaló a Zsadist--. Y cuando me quedó claro que tu hermano no te traicionaría, al restrictor.
Wrath asintió, pues había hablado ya con Tohrment sobre lo que realmente había sucedido aquella noche. Tohr sólo había escuchado parte de la respuesta de Zsadist.
-Mi señor, debes saber que tu hermano estuvo dispues­to a matarme sólo por habérselo propuesto.
Wrath miró Zsadist, que observaba fijamente al doctor como si quisiera aplastar su cabeza contra la pared.
-Sí, va he oído que tu sugerencia no fue bien recibida. Z, te debo una disculpa.
El guerrero se encogió de hombros.
--No te molestes. Me aburren las disculpas.
Wrath sonrió, pensando que era muy propio de Z. Siem­pre molesto, fuesen cuales fuesen las circunstancias.
Havers miró a los hermanos.
-Aquí, ante estos testigos, acepto la sentencia de muerte. Wrath examinó con expresión severa al doctor. Y pensó en todos los años de sufrimiento que la hermana del macho habla teni­do que soportar. Aunque Wrath nunca había tenido la intención de que su vida fuera tan desgraciada, todo aquello había sido culpa suya. -Marissa fue la razón, ¿no es cierto? -dijo Wrath.
Havers asintió. -Sí, mi señor.
-Entonces no voy a matarte. Actuaste movido por la ma­nera en que yo traté a uno de tus seres más queridos. Puedo com­prender el deseo de venganza.
Havers pareció tambalearse por la impresión.
Luego de­jó caer el gráfico que estaba sosteniendo y se derrumbó junto a la cama, aferrando la mano de Wrath y colocándosela en la frente.
-Mi señor, tu clemencia no tiene límites.
-Sí, eso es lo que crees. Te perdono la vida corno un re­galo a tu hermana. Si intentas algo semejante otra vez, yo mismo me encargaré de ti personalmente, despellejándote con un cuchi­llo. ¿Está claro?
-Sí, mi señor.
-Ahora vete. Puedes pincharme y sondarme más tarde. Pero llama a la puerta antes de entrar, ¿entendido?
-Sí, mi señor.
Cuando Havers se hubo marchado, Wrath besó la mano de Beth.
-Por si acaso estamos ocupados -le susurró.
Las risitas burlonas de sus compañeros llenaron la habi­tación.
Él miró con severidad a los hermanos para acallarlos y lue­go soltó su discurso. Ante el prolongado silencio que siguió a sus palabras, supo que los hermanos se habían quedado conmocio­nados.
-¿Entonces, estáis con Tohr o no? -preguntó al grupo. -Si -dijo Rhage-. Yo no tengo problema.
Vishous y Phury asintieron con la cabeza. --¿Z?
El guerrero puso los negros ojos en blanco.
-Vamos, hombre. ¿A mí qué me importa? Tú, Tohr, Brit­ney Spears.
Wrath se rió.
-¿Eso ha sido un chiste, Z? Después de todo este tiem­po, ¿has encontrado tu sentido del humor? Diablos, me das otra razón para vivir.
Z se ruborizó y refunfuñó un poco mientras los otros lo reprendían.
Wrath respiró profundamente.
-Hermanos, hay algo más. Ascenderé al trono. Tal como le he contado a Tohr, necesitamos reconstruirnos e infundir nue­vas fuerzas a nuestra raza.
Los hermanos se quedaron mirándolo. Y uno por uno, se acercaron a la cama y le juraron su lealtad en el antiguo idioma, cogiendo su mano y besándolo en la parte interna de la mu­ñeca. Su solemne reverencia lo conmocionó y lo conmovió.
La Virgen Escriba tenía razón, pensó. Ellos eran su pue­blo. ¿Cómo podía no liderarlos?
Cuando los guerreros hubieron terminado sus juramen­tos, miró a Vishous.
-¿Conseguiste los frascos de los dos restrictores de ese granero?
V frunció el ceño.
-Sólo había uno. El recluta que tú y yo conocimos la no­che de tu boda. Regresé y apuñalé el cuerpo mientras te opera­ban. El frasco estaba en la casa.
Wrath sacudió la cabeza.
-Había dos. El otro era el restrictor que conducía el Hummer.
-¿Estás seguro de que murió?
-Estaba en el suelo con un golpe en la cabeza. -De re­pente, Wrath sintió la intranquilidad de Beth y le estrechó la ma­no-. Ya es suficiente, hablaremos de esto más tarde.
-No, está bien... -empezó ella.
-Más tarde. -La besó en el dorso de la mano y le acarició la mejilla. Mirándola a los ojos, trató de tranquilizarla, odián­dose a sí mismo por haberla conducido a aquel terrible mundo.
Ella le sonrió, y Wrath la atrajo para darle un beso fugaz y luego se volvió a mirar a los hermanos.
-Una cosa más -dijo-. Se trasladaréis a vivir juntos. Quiero a la Hermandad en un único lugar. Por lo menos du­rante los próximos dos años.
Tohr hizo una mueca de disgusto.
-A Wellsie no creo que le guste mucho la idea. Acabarnos de instalar la cocina de sus sueños.
-Encontraremos alguna solución para vosotros, espe­cialmente porque hay un bebé en camino. Pero el resto de vo­sotros compartiréis habitación.
Hubo protestas. Serias protestas.
-Aún puedo hacerlo peor -dijo-, y obligaros a vivir conmigo.
-Buen tanto -dijo Rhage-. Beth, si alguna vez necesi­tas descansar de él...
Wrath gruñó.
-Lo que iba a decir -dijo Hollywood lentamente-- era que podía venirse a vivir con todos nosotros durante un tiem­po. Siempre cuidaremos de ella.
Wrath alzó la vista para mirar a Beth. Dios, era tan her­mosa... Su compañera. Su amante. Su reina.
Sonrió, incapaz de apartar la vista de sus ojos. --Dejadnos solos, caballeros. Quiero estar a solas con mi shellan.
A medida que los hermanos desfilaban hacia la salida, se iban riendo con masculina comprensión. Como si supieran exac­tamente qué pasaba por su cabeza.
Wrath forcejeó sobre la cama, tratando de sentarse. Beth lo observó, negándose a ayudarlo.
Cuando consiguió una postura estable, se frotó las manos, expectante. Ya podía sentir su piel.
-Wrath-dijo ella como advertencia al ver su enorme sonrisa.
-Ven aquí, leelan. Un trato es un trato.
Aunque lo único que pudo hacer fue abrazarla. Sólo ne­cesitaba tenerla en sus brazos.

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