viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 53 54 55

Capítulo 53

José de la Cruz estrechó la mano del investigador de in­cendios provocados.
-Gracias, espero que me envíe pronto su informe por escrito.
El hombre asintió, mirando de nuevo los restos carboni­zados de la Academia de Artes Marciales de Caldwell. -Nunca he visto nada semejante. Estoy totalmente des­concertado. Parece como si aquí hubiera explotado una especie de bomba nuclear. Todavía no sé qué poner en mi informe. José siguió con la mirada a aquel hombre mientras se diri­gía al furgón oficial y se marchaba.
-¿Volverás a la comisaría? -preguntó Ricky, subiendo a su coche patrulla.
-De momento no. Tengo que ir al otro lado de la ciudad. Ricky le dijo adiós con la mano y arrancó.
Cuando se hubo quedado solo, José respiró profunda­mente. El olor del incendio seguía siendo penetrante, incluso cuatro días después.
Al dirigirse a su coche, bajó la vista y se miró los zapa­tos. Habían adquirido un color grisáceo debido a la gran canti­dad de ceniza que cubría el lugar, más parecida a la de un volcán que a cualquier otro residuo que pudiera aparecer en un incen­dio normal. Y las ruinas también eran extrañas. Generalmente, buena parte de la estructura quedaba en pie, aunque las llamas hubieran sido intensas. Pero aquí no quedaba nada. El edificio había sido arrasado por completo.
Le sucedía lo mismo que al investigador: era la primera vez que veía un incendio de aquellas características.
José se colocó al volante, introdujo la llave en el contacto y puso el coche en marcha. Condujo varios kilómetros hacia el este, hasta una de las zonas más desoladas de la ciudad, y se detuvo ante un edificio de apartamentos bastante deteriorado. Tar­dó todavía un buen rato en atreverse a salir.
Armándose de valor, se dirigió a la entrada principal. Una pareja que salía le sostuvo la puerta abierta. Tras subir tres pisos, recorrió un pasillo de paredes desconchadas y alfombras de un color indefinido.
Se detuvo frente a una puerta de molduras astilladas y hun­didas. Llamó suavemente, pero no tenía esperanza de que con­testaran.
Tardó sólo un instante en forzar la cerradura y abrir de un empujón.
Cerrando los ojos, respiró profundamente. Un cuerpo que estuviera allí desde hacía cuatro o cinco días ya despediría un olor característico, incluso con el aire acondicionado encendido. Pero no olió nada.
-¿Butch? -llamó en voz alta.
Cerró la puerta detrás de sí. El sofá estaba cubierto con los suplementos deportivos del Caldwell Courier Journal y del New York Post de la semana anterior. Había latas de cerveza va­cías sobre la mesa, y en el fregadero se amontonaban los platos sucios.
Se dirigió al dormitorio para encontrar únicamente una cama con las sábanas en desorden y un montón de ropa en el suelo.
Se detuvo junto a la puerta del baño. Estaba cerrada. Su corazón empezó a latir con fuerza.
Al empujarla, temió encontrarse con un cadáver colgando de la ducha.
Pero no había nada.
El detective de Homicidios Butch O´Neal se había desva­necido. Simplemente, había desaparecido sin dejar rastro.

Capítulo 54

Darius miró a su alrededor. La serena neblina del Fade se había disuelto, dejando entrever un patio de már­mol blanco. En la parte central, el agua cantarina de una fuente bri­llaba en una especie de danza chispeante, captando la luz difusa pa­ra reflejarla en destellos de colores. Los pájaros emitían un dulce canto, como si le dieran la bienvenida y anunciaran su llegada.
Así que este lugar existe realmente, pensó. -Buenos días, Darius, hijo de Marklon.
 Él se dejó caer de rodillas sin volverse y bajó la cabeza. -Virgen Escriba, me honras concediéndome una au­diencia.
Ella sonrió. A pesar de tener la cabeza inclinada, cuando se situó frente a él pudo ver el borde de sus negros ropajes. El res­plandor que se filtraba por debajo de la seda era tan brillante como la luz del día.
-Darius, ¿cómo podría negarme? Es la primera reunión que has solicitado en tu vida. -Él sintió que algo 1e rozaba el hombro, y que el cabello de la nuca le hormigueaba-. Levánta­te. Ahora veré tu rostro.
Él se puso de pie, destacándose sobre la menuda figura, con las manos entrelazadas delante de su cuerpo.
-¿De modo que no estás a gusto en el Fade, princeps? -preguntó-. ¿Y quieres la oportunidad de poder volver?
-Expresó humildemente semejante petición, si tal cosa no te ofende. He esperado el periodo requerido. Me gustaría ver a mi hija, aunque sólo fuese una vez. Si tal cosa no te ofende.
La Virgen Escriba sonrió de nuevo.
-Debo decir que la forma de presentarte ante mí ha sido mejor que la de tu rey. Sabes usar el lenguaje de una manera que no parece la de un guerrero.
Hubo un silencio.
En aquellos momentos, pensó en sus hermanos.
Cómo echaba de menos a Wrath. Los echaba de menos a todos.
Pero a la única que quería ver era a Beth.
-Ella se ha desposado -dijo la Virgen Escriba brus­camente-. Tu hija se ha casado con un macho de valía.
ÉI cerró los ojos, sabiendo que no debía preguntar, pero se moría por saber. Esperaba que Elizabeth fuera feliz con cual­quier macho que hubiera elegido.
La Virgen Escriba parecía deleitarse con su silencio. -Mírate, ni una pregunta. Qué magnifico autocontrol. Y puesto que has sabido guardar el protocolo extraordinariamente bien, te diré lo que deseas saber. Ha sido con Wrath, que ha asu­mido el trono. Tu hija es reina.
Darius dejó caer la cabeza, sin querer revelar sus emo­ciones, tratando de evitar que ella viera sus lágrimas. No quería que pensara que era débil.
-Oh, princeps-dijo la Virgen Escriba suavemente-. Hay tanta alegría y tristeza en tu pecho... Dime, ¿la compañía de tus hijos en el Fade no es suficiente para mantener tu corazón colmado? -Tengo la sensación de que la abandoné.
-Ella ya no está sola. -Eso está bien. Hubo una pausa. -¿Y aún deseas verla? Él asintió.
La Virgen Escriba se alejó, dirigiéndose hacia la banda­da de aves que trinaba felizmente sobre un árbol blanco cubier­to de flores blancas.
-¿Qué deseas, princeps? ¿Estás pensando en hacerle una visita? ¿Algo rápido? ¿En sus sueños?
-Si tal cosa no te ofende. -Mantuvo el lenguaje formal porque ella se merecía tal deferencia. Y porque esperaba que eso la convenciera.
Los negros ropajes se movieron, y entre ellos surgió una resplandeciente mano. Una de las aves, un tordo, se posó sobre uno de sus dedos.
-Fuiste asesinado de una forma innoble -dijo, acari­ciando el diminuto pecho del pajarillo-, después de haber ser­vido bien a la raza durante siglos. Fuiste un princeps honorable y un magnífico guerrero.
-Que mis actos te complazcan es mi mejor recompensa. -Verdaderamente. -Ella silbó al ave. El ave le silbó a su vez, como respondiéndole-. ¿Qué dirías, princeps, si Yo te ofreciera más de lo que has solicitado?
El corazón de Darius empezó a latir con fuerza. -Diría que sí.
-Sin saber cuál es el regalo o el sacrificio. -Confío en ti.
-¿Y por qué no podrías incluso ser rey? -preguntó ella irónicamente, mientras soltaba al pajarillo y se colocaba ante él-. Te ofrezco de nuevo la vida, un encuentro con tu hija y la oportunidad de luchar de nuevo.
-Virgen Escriba... -Se dejó caer al suelo nuevamen­te-. Acepto, sabiendo que no merezco semejantes favores. -No te recriminaré por esa respuesta, Pero tendrás que sacrificarte. No tendrás un recuerdo consciente de ella, por­que no serás como eres ahora. Y requiero una muestra de tu habilidad.
Él no comprendió sus últimas palabras, pero no tenía in­tención de preguntar.
-Acepto.
-¿Estás seguro? ¿No necesitas algún tiempo para meditar sobre ello?
-Gracias, Virgen Escriba. Pero mi decisión está tomada. -Entonces que así sea.
Se acercó a él. Las fantasmales manos surgieron de los ne­gros pliegues de su túnica al mismo tiempo que el velo que cubría su rostro se alzaba espontáneamente. La luz era tan cegadora que le resultó imposible apreciar sus rasgos.
Cuando ella aferró su mandíbula y su nuca, él se estreme­ció al sentir su tremenda fuerza, tan poderosa como para aplas­tarlo en un segundo.
-Te doy la vida otra vez, Darius, hijo de Marklon. Que encuentres lo que buscas en esta encarnación.
Presionó sus labios contra los de él. En el interior de Da­rius se desató la misma sensación que había tenido el día de su muerte: un estallido de todas sus moléculas, la fragmentación de su cuerpo en mil pedazos Y la liberación de su alma en una ver­tiginosa espiral hasta quedarse flotando en el éter.


Capítulo 55

El señor X abrió los ojos y vio una hilera de difusas líneas verticales. ¿Barras­?
No, eran las patas de una silla.
Estaba tendido sobre un irregular suelo de madera, tum­bado sobre el estomago debajo de una mesa.
Levanto la barbilla, su vista se volvió de nuevo borrosa. Dios, me duele la cabeza corno si estuviera partida en dos...
De repente, lo recordó todo. La lucha contra el Rey Ciego, el golpe que le había propinado la hembra con algo contundente, el momento en que se vino abajo.
Mientras el Rey Ciego luchaba por mantenerse con vida, intentando taponar las heridas causadas por la escopeta, y la hem­bra estaba concentrada en su macho, el señor X había escapado arrastrándose hasta su camioneta. Había conducido alejándose aún más de la ciudad, hacia las montañas del extremo más apar­tado de Caldwell. De milagro, había encontrado su cabaña en la oscuridad y a duras penas se las había arreglado para entrar en ella antes de derrumbarse.
No sabía el tiempo que había permanecido sin conoci­miento.
Los ventanucos en la pared de troncos filtraban el res­plandor del amanecer. ¿Era la mañana siguiente? No estaba muy convencido de que lo fuera. Tenía la sensación de que habían transcurrido varios días.
Moviendo los brazos con mucho cuidado, se tocó la par­te trasera de la cabeza. La herida estaba abierta, pero empezaba a cerrarse.
Con un tremendo esfuerzo, se las arregló para levantarse y quedar apoyado contra la mesa. De hecho, se sentía un poco mejor con la cabeza levantada.
Había tenido suerte. Los restrictores podían quedarse permanentemente incapacitados por un golpe fuerte o una herida de bala. No muertos, pero sí destrozados. A lo largo de los años, se había tropezado con muchos de sus compañeros fracasados, metidos en sitios ocultos, pudriéndose, incapaces de curarse pa­ra volver a luchar, demasiado débiles para suicidarse y hundirse en el olvido.
Se miró las manos. Estaban manchadas con la sangre seca del Rey Ciego y el polvo del granero.
No se arrepentía de haber huido de allí. En ocasiones, el mejor movimiento que podía hacer un líder era abandonar la ba­talla. Cuando las bajas eran demasiado numerosas, y la derrota prácticamente segura, la maniobra más inteligente era la retira­da para reorganizarse.
El señor X dejó caer los brazos. Iba a necesitar más tiem­po para recuperarse, pero tenía que encontrar a sus hombres. Los vacíos de poder en la Sociedad eran peligrosos. En particular pa­ra el restrictor jefe.
La puerta de la cabaña se abrió de golpe. Levantó la vista preguntándose cómo se defendería, antes de darse cuenta de que la luz del sol era demasiado fuerte va como para que fuera un vampiro.
Lo que ocupaba el umbral hizo que se le congelara la negra sangre.
El Omega.
-He venido a ayudarte para que te recuperes -dijo son­riente.
Cuando la puerta se cerró, el cuerpo del señor X se estre­meció.
La ayuda del Omega era más aterradora que cualquier sen­tencia de muerte.

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