viernes, 13 de mayo de 2011

AMANTE OSCURO/CAPITULO 8 9 10

Capítulo 8 

En su amplia habitación color crema y blanco, Marissa no se sentía segura de sí misma.
Siendo la shellan de Wrath, podía sentir su dolor, ti por su fuerza sabía que seguramente había perdido a otro de sus her­manos guerreros.
Si tuvieran una relación normal, no lo dudaría: correría hacia él y trataría de aliviar su sufrimiento. Hablaría con él, lo abrazaría, lloraría a su lado. Le ofrecería la calidez de su cuerpo.
Porque eso era lo que las shellans pacían por sus compa­ñeros. Y lo que recibían a cambio también. Echó un vistazo al reloj Tiffany de su mesilla de noche. Pronto se perdería en la noche. Si quería alcanzarlo tendría que hacerlo ahora.
Marissa dudó, no quería engañarse. No sería bienvenida. Deseó que fuera más fácil apoyarlo, deseó saber lo que él necesitaba de ella. Una vez, hacía mucho tiempo, había habla­do con Wellsie, la shellan del hermano Tohrment, con la espe­ranza de que pudiera ofrecerle algún consejo sobre cómo actuar y comportarse, cómo conseguir que Wrath la considerara digna de él.
Después de todo, Wellsie tenía lo que Marissa quería: un verdadero compañero. Un macho que regresaba a casa con ella, que reía, lloraba y compartía su vida, que la abrazaba. Un macho que permanecía a su lado durante las tortuosas, y afortunada­mente escasas, ocasiones en que era fértil, que aliviaba con su cuer­po sus terribles deseos durante el tiempo que duraba el periodo de necesidad.
Wrath no hacía nada de eso por ella, o con ella. Y en ese estado de cosas, Marissa tenía que acudir a su hermano en busca de alivio a sus necesidades. Havers apaciguaba sus ansias, tranquilizándola hasta que pasaban aquellos deseos. Semejante prác­tica los avergonzaba a ambos.
Había esperado que Wellsie pudiera ayudarla, pero la con­versación había sido un desastre. Las miradas de compasión de la otra hembra Y sus réplicas cuidadosamente meditadas las habían desgastado a ambas, acentuando todo lo que Marissa no poseía. Dios, qué sola estaba.
Cerró los ojos, y sintió nuevamente el dolor de Wrath. Tenía que intentar llegar a él, porque estaba herido. Y ade­más, ¿qué le quedaba en la vida aparte de él?
Percibió que Wrath se encontraba en la mansión de Da­rius. Inspirando profundamente, se desmaterializó.
Wrath aflojó lentamente las rodillas y se irguió, escuchando có­mo volvían las vértebras a su posición con un crujido. Se quitó los diamantes de sus rodillas.
Tocaron a la puerta y él permitió que ésta se abriera, pen­sando que era Fritz.
Cuando olió a océano, apretó los labios.
-¿Qué te trae aquí, Marissa? -dijo sin girarse a mirar­la. Fue hasta el baño y se cubrió con una toalla.
-Déjame lavarte, mi señor-murmuró ella-. Yo cuidaré tus heridas. Puedo...
-Así estoy, bien.
Sanaba rápido. Cuando finalizara la noche sus cortes ape­nas se notarían.
Wrath se dirigió al armario y examinó su ropa. Sacó una camisa negra de manga larga, unos pantalones de cuero y..., por Dios, ¿qué era eso? Ah, no, ni de broma. No iba a luchar con aquellos calzoncillos. Por nada del mundo lo sorprenderían muer­to con una prenda como aquélla.
Lo primero que tenía que hacer era establecer contacto con la hija de Darius. Sabía que se les estaba agotando el tiempo, por­que su transición estaba próxima. Y luego tenía que comunicarse con Vishous y Phury para saber qué habían averiguado de los restos del restrictor muerto.
Estaba a punto de dejar caer la toalla para vestirse, cuan­do cayó en la cuenta de que Marissa aún estaba en la habitación. La miró.
-Vete a casa, Marissa-dijo. Ella bajó la cabeza.
-Mi señor, puedo sentir tu dol...
-Estoy perfectamente bien.
Ella dudó un momento. Luego desapareció en silencio. Diez minutos después, Wrath subió al salón.
-¿Fritz? -llamó en voz alta.
-¿Sí, amo? -El mayordomo parecía complacido de que lo llamara.
-¿Tienes a mano cigarrillos rojos? -Por supuesto.
Fritz atravesó la habitación trayendo una antigua caja de caoba. Le presentó el contenido inclinándola con la tapa abierta. Wrath cogió un par de aquellos cigarrillos liados a mano. -Si le gustan, conseguiré más.
-No te molestes. Serán suficientes. -A Wrath no le gus­taba drogarse, pero aquella noche quería dar buena cuenta de esos dos cigarros.
-¿Desea comer algo antes de salir? Wrath negó con la cabeza.
-¿Quizás cuando vuelva? -La voz de Fritz se fue apa­gando a medida que cerraba la caja.
Wrath estaba a punto de hacer callar al viejo macho cuan­do pensó en Darius. D habría tratado mejor a Fritz.  
-Está bien. Sí. Gracias. 
El mayordomo irguió los hombros con satisfacción. Por Dios, parece estar sonriendo, pensó Wrath.
-Le prepararé cordero, amo. ¿Cómo prefiere la carne? -Casi cruda.
-Y lavaré su ropa. ¿Debo encargarle también ropa nueva de cuero?
-No me... -Wrath cerró la boca-. Claro. Sería magní­fico. Y, ah, ¿puedes conseguirme unos calzoncillos bóxer? Ne­gros, XXL.
-Será un placer.
Wrath se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
¿Cómo diablos había acabado de pronto teniendo un sir­viente?
-¿Amo? -¿Sí?, -gruñó. -Tenga mucho cuidado ahí fuera.
Wrath se detuvo y miró por encima de su hombro. Fritz parecía acunar la caja contra su pecho.
Le resultaba tremendamente extraño tener a alguien espe­rándolo al volver a casa.
Salió de la mansión y caminó por el largo camino de entra­da hasta la calle. Un relámpago centelleó en el cielo, anticipando la tormenta que podía oler formándose al sur.
¿Dónde diablos estaría la hija de Darius en ese momento? Lo intentaría primero en el apartamento.
Wrath se materializó en el patio trasero de la casa, miró por la ventana y le devolvió el ronroneo de bienvenida al gato con uno propio. Ella no estaba en el interior, de modo que Wrath se sentó frente la mesa de picnic. Esperaría una hora más o menos. Lue­go tendría que ir al encuentro de los hermanos. Podía volver al fi­nal de la noche, aunque si tenía en cuenta cómo habían salido las cosas la primera vez que la había visitado, se imaginaba que des­pertarla a las cuatro de la mañana no sería lo más inteligente.
Se quitó las gafas de sol y se frotó el puente de la nariz. ¿Cómo iba a explicarle lo que iba a sucederle y lo que ella tendría que hacer para sobrevivir al cambio?
Tuvo el presentimiento de que no se mostraría muy feliz escuchando el boletín de noticias.
Wrath hizo memoria de su propia transición. Vaya caos que se había formado entonces. A él tampoco lo habían pre­parado, porque sus padres siempre quisieron protegerlo, pero murieron antes de decirle qué iba a sucederle.
Los recuerdos volvieron a su mente con terrible claridad. A finales del siglo XVII, Londres era un lugar brutal, es­pecialmente para alguien que estaba solo en el mundo. Sus padres habían sido asesinados ante sus ojos dos años antes, y él había huido de los de su especie, pensando que su cobardía en aquella espantosa noche era una vergüenza que debía soportar en soledad.
Mientras que en la sociedad de los vampiros había sido ali­mentado y protegido como el futuro rey, había descubierto que en el mundo de los humanos lo que más se tenía en cuenta era, principalmente, la fuerza física. Para alguien de la complexión que él tenía antes de pasar por su cambio, eso significaba permanecer en el último escalafón de la escala social. Era tremendamente del­gado, esquelético, débil y presa fácil para los chicos humanos en busca de diversión. Durante su estancia en los tugurios de Lon­dres, lo habían golpeado tantas veces que ya se había acostum­brado a que algunas partes de su cuerpo no funcionaran bien. Pa­ra él era habitual no poder doblar una pierna porque le habían apedreado la rodilla, o tener un brazo inutilizado porque le ha­bían dislocado el hombro al arrastrarlo atado a un caballo.
Se había alimentado de la basura, sobreviviendo al borde de la inanición, hasta que, finalmente, encontró trabajo como sir­viente en el establo de un comerciante. Wrath limpió herraduras, sillas de montar y bridas hasta que se le agrietó la piel de las ma­nos, pero por lo menos podía comer. Su lecho se encontraba entre la paja de la parte superior del granero. Aquello era más mulli­do que el duro suelo al que estaba acostumbrado, aunque nunca sabía cuándo lo despertaría una patada en las costillas porque al­gún mozo de cuadras quisiera acostarse con una o dos doncellas.
En aquel entonces, aún podía estar bajo la luz solar, y el amanecer era la única cosa de su miserable existencia que ansia­ba. Sentir el calor en el rostro, inhalar la dulce bruma, deleitarse con la luz; aquellos placeres eran los únicos que había poseído, y los tenía en gran estima. Su vista, debilitada desde su nacimiento, ya era mala en aquella época, pero bastante mejor que ahora. Aún recordaba con penosa claridad cómo era el sol.
Había estado al servicio del comerciante durante casi un año, hasta que todo su mundo cambió de repente.
La noche en que sufrió la transformación, se había echa­do en su lecho de paja, completamente agotado. En los días an­teriores, se había sentido mal y le había costado mucho hacer su trabajo, aunque aquello no era una novedad.
El dolor, cuando llegó, atormentó su débil cuerpo, empe­zando por el abdomen y extendiéndose hacia los extremos, lle­gando a la punta de los dedos de las manos, de los pies, y al final de cada uno de sus cabellos. El dolor no era ni remotamente similar a cualquiera de las fracturas, contusiones, heridas o pali­zas que había recibido hasta aquel momento. Se dobló hecho un ovillo, con los ojos casi saliéndose de las órbitas en medio de la agonía y la respiración entrecortada. Estaba convencido de que iba a morir y rezó por sumergirse cuanto antes en la oscuridad. Sólo quería un poco de paz y que finalizara aquel horrible su­frimiento.
Entonces una hermosa y esbelta rubia apareció ante él. Era un ángel enviado para llevarlo al otro mundo. Nunca lo dudó.
Como el patético miserable que era, le suplicó clemencia. Extendió la mano hacia la aparición, y cuando la tocó supo que el fin estaba cerca. Al oír que pronunciaba su nombre, él trató de sonreír como muestra de gratitud, pero no pudo articular pala­bra. Ella le contó que era la persona que le había sido prometida, la que había bebido un sorbo de su sangre cuando era un niño para así saber dónde encontrarlo cuando se presentara su tran­sición. Dijo que estaba allí para salvarlo.
Y luego Marissa se abrió la muñeca con sus propios col­millos y le llevó la herida a la boca.
Bebió desesperadamente, pero el dolor no cesó. Sólo se hi­zo diferente. Sintió que sus articulaciones se deformaban y sus huesos se desplazaban con una horrible sucesión de chasquidos. Sus músculos se tensaron y luego se desgarraron, y le dio la sen­sación de que su cráneo iba a explotar. A medida que sus ojos se agrandaban, su vista se iba debilitando, hasta que sólo le que­dó el sentido del oído.
Su respiración áspera y gutural le hirió la garganta mien­tras trataba de aguantar. En algún momento se desmayó, final­mente, sólo para despertar a una nueva agonía. La luz solar que tanto amaba se filtraba a través de las ranuras de las tablas del gra­nero en pálidos rayos dorados. Uno de aquellos rayos le tocó en un hombro, y el olor a carne quemada lo aterrorizó. Se reti­ró de allí, mirando a su alrededor presa del pánico. No podía ver nada salvo sombras borrosas. Cegado por la luz, trató de levantarse, pero cavó boca abajo sobre la paja. Su cuerpo no le res­pondía. Tuvo que intentarlo dos veces antes de poder conseguir afirmarse sobre sus pies, tambaleándose como un potrillo.
Sabía que necesitaba protegerse de la luz del día, y se arras­tró hasta donde pensó que debía de estar la escalera. Pero calcu­ló mal y se cayó desde el pajar. En medio de su aturdimiento, creyó poder llegar al silo para el grano. Si lograba descender hasta allí, se encontraría rodeado por la oscuridad.
Fue tanteando con los brazos por todo el granero, cho­cando contra las cuadras y tropezando con los aperos, tratando de permanecer lejos de la luz y controlar al mismo tiempo sus in gobernables extremidades. Cuando se acercaba a la parte trasera del granero, se golpeó la cabeza contra una viga bajo la cual siem­pre había pasado fácilmente. La sangre le cubrió los ojos.
Instantes después, uno de los palafreneros entró, y al no reconocerle, exigió saber quién era. Wrath giró la cabeza en di­rección a la voz familiar, buscando ayuda. Extendió las manos y comenzó a hablar, pero su voz no sonó como siempre.
Luego escuchó el sonido de una horquilla aproximándosele por el aire en feroz acometida. Su intención era desviar el gol­pe, pero cuando sujetó el mango y dio un empujón, envió al mozo de cuadra contra la puerta de uno de los establos. El hombre soltó un alarido de espanto y escapó corriendo, seguramente en busca de refuerzos.
Wrath encontró finalmente el sótano. Sacó de allí dos enor­mes sacos de avena y los colocó junto a la puerta para que nadie pudiera entrar durante el día. Exhausto, dolorido, con la sangre manándole por el rostro, se arrastró dentro y apoyó la espalda desnuda contra el muro. Dobló las rodillas hasta el pecho, cons­ciente de que sus muslos eran cuatro veces mayores que el día an­terior. Cerrando los ojos, reclinó la mejilla sobre los antebrazos y tembló, luchando por no deshonrarse llorando. Estuvo des­pierto todo el día, escuchando los pasos sobre su cabeza, el piafar de los caballos, el monótono zumbido de las charlas. Le aterro­rizaba pensar que alguien abriera la puerta y lo descubriera. Le alegró que Marissa se hubiera marchado y no estuviera expues­ta a la amenaza procedente de los humanos.
Regresando al presente, Wrath escuchó a la hija de Darius entrar en el apartamento. Se encendió una luz.
***
Beth arrojó las llaves sobre la mesa del pasillo. La rápida cena con el Duro había resultado sorprendentemente fácil. Y él le había su­ministrado algunos detalles sobre la bomba. Habían hallado una Mágnum manipulada en el callejón. Butch había mencionado tam­bién la estrella arrojadiza de artes marciales que ella había des­cubierto en el suelo. El equipo del CSI estaba trabajando en las armas, tratando de obtener huellas, fibras o cualquier otra prue­ba. La pistola no parecía ofrecer demasiado, pero la estrella tenía sangre, que estaban sometiendo aun análisis de ADN. En cuan­to a la bomba, la policía pensaba que se trataba de un atentado relacionado con drogas. El BMW había sido visto antes, aparca­do en el mismo lugar detrás del club. Y Screamer's era un sitio ideal para los traficantes, muy exclusivos con respecto a sus te­rritorios.
Se estiró y se puso unos pantalones cortos. Era otra de esas noches calurosas, y mientras abría el futón, deseó que el aire acon­dicionado aún funcionara. Encendió el ventilador y le dio de comer a Boo, que, tan pronto como dejó vacío su tazón, reanudó su ir  y venir ante la puerta corredera.
-No vamos a empezar de nuevo, ¿o sí?
Un relámpago resplandeció en el cielo. Se acercó a la puer­ta de cristal y la deslizó un poco hacia atrás, bloqueándola. La de­jaría abierta sólo un rato. Por una vez, el aire nocturno olía bien. Ni un tufillo a basura.
Pero, por Dios, hacía un calor insoportable.
Se inclinó sobre el lavabo del baño. Después de quitarse las lentillas, cepillarse los dientes y lavarse la cara, remojó una toalla en agua fría y se frotó la nuca. Unos hilillos de agua descendieron por su piel, y ella recibió con placer los escalofríos al volver a salir.
Frunció el ceño. Un aroma muy extraño flotaba en el am­biente. Algo exuberante y picante...
Se encaminó hacia la puerta del patio y olfateó un par de veces. Al inhalar, sintió que se aliviaba la tensión de sus hombros. Y luego vio que Boo se había sentado agazapado y ron­roneaba como si estuviera dándole la bienvenida a alguien co­nocido. 
-¿Qué diab...?
El hombre que había visto en sus sueños estaba al otro la­do del patio.
Beth dio un salto atrás y dejó caer la toalla húmeda; es­cuchó débilmente el sonido sordo cuando llegó al suelo.
La puerta se deslizó hacia atrás, quedando abierta por com­pleto, a pesar de que ella la había bloqueado.
Y aquel maravilloso olor se hizo más evidente cuando él entró en su casa.
Sintió pánico, pero descubrió que no podía moverse.
Por todos los santos, aquel desconocido era colosal. Si su apartamento era pequeño, con su presencia pareció reducirlo al tamaño de una caja de zapatos. Y el traje de cuero negro contribuía a hacerlo más grande. Debía medir por lo menos dos metros. Un minuto...
¿Qué estaba haciendo? ¿Tomándole las medidas para ha­cerle un traje?
Tendría que estar saliendo a toda prisa. Debería estar tra­tando de llegar a la otra puerta, corriendo como alma que lleva el diablo.
Pero estaba como hipnotizada, mirándolo.
Llevaba puesta una cazadora a pesar del calor, y sus largas piernas también estaban cubiertas de cuero. Usaba pesadas botas con puntera de acero, y se movía como un depredador.
Beth estiró el cuello para verle la cara.
Tenía la mandíbula prominente y fuerte, labios gruesos, pó­mulos marcados. El cabello, lacio y negro, le caía hasta los hombros desde un mechón en forma de u ve en la frente, y en su rostro se apreciaba la sombra de una incipiente barba oscura. Las gafas de sol negras que usaba, curvadas en los extremos, se ajustaban perfecta­mente a su rostro y le conferían un aspecto de asesino a sueldo.
Como si la apariencia amenazadora no fuera suficiente para hacerle parecer un asesino.
Fumaba un cigarro fino y rojizo, al que dio una larga ca­lada haciendo brillar el extremo con un resplandor anaranjado. Exhaló una nube de ese humo fragante, y cuando éste llegó a la nariz de Beth, su cuerpo se relajó todavía más.
Pensó que seguramente venía a matarla. No sabía qué ha­bía hecho para merecer aquel ataque, pero cuando él exhaló otra bocanada de aquel extraño cigarro, apenas pudo recordar dón­de estaba. Su cuerpo se sacudía mientras él acortaba la distancia en­tre ambos. Le aterrorizaba lo que sucedería cuando estuviera junto a ella, pero notó, absurdamente, que Boo ronroneaba y se frotaba contra los tobillos del extraño.
Aquel gato era un traidor. Si por algún milagro sobrevivía a aquella noche, lo degradaría a comer vísceras.
Beth echó el cuello hacia atrás cuando sus ojos se encon­traron con la feroz mirada del hombre. No podía ver el color de sus ojos a través de las gafas, pero su mirada fija quemaba.
Luego, sucedió algo extraordinario. Al detenerse frente a ella, la joven sintió una ráfaga de pura y auténtica lujuria. Por primera vez en su vida, su cuerpo se puso lascivamente caliente. Caliente y húmedo.
Su clítoris ardía por él.
Química, pensó aturdida. Química pura, cruda, animal. Cualquier cosa que él tuviera, ella lo quería.
-Pensé que podíamos intentarlo de nuevo -dijo él.
Su voz era grave, un profundo retumbar en su sólido pe­cho. Tenía un ligero acento, pero no pudo identificarlo. -¿Quién es usted? -dijo en un susurro.
-He venido a buscarte.
El vértigo la obligó a apoyarse en la pared.
-¿A mí? ¿Adónde..., -La confusión la obligó a callar. -­¿Adónde me lleva? 
¿Al puente? ¿Para arrojar su cuerpo al río?
La mano de Wrath se aproximó a la cara de ella, y le tomó el mentón entre el índice y el pulgar, haciéndole girarla cabeza hacia un lado.
-¿Me matará rápido? -masculló ella- ¿O lentamente?
-Matar no. Proteger.
Cuando él bajó la cabeza, ella trató de concienciarse de que debía reaccionar y luchar contra aquel hombre a pesar de sus pa­labras. Necesitaba poner en funcionamiento sus brazos y sus piernas. El problema era que, en realidad, no deseaba empujarlo lejos de sí. Inspiró profundamente.
Santo Dios, olía estupendamente. A sudor fresco y limpio. Un almizcle oscuro y masculino. Aquel humo...
Los labios de él tocaron su cuello. Le dio la sensación de que la olisqueaba. El cuero de su cazadora crujió al llenarse de ai­re sus pulmones y expandirse su pecho.
-Estás casi lista-dijo quedamente-. No tenemos mu­cho tiempo.
Si se refería a que tenían que desnudarse, ella estaba com­pletamente de acuerdo con el plan. Por Dios, aquello debía de ser a lo que la gente se refería cuando se ponía poética con el sexo. No cuestionaba la necesidad de tenerlo dentro de ella, únicamente sabía que moriría si él no se quitaba los pantalones. Ya.
Beth extendió las manos, ansiosa por tocarlo, pero cuan­do se separó de la pared empezó a caerse. Con un único movi­miento, él se colocó el cigarrillo entre sus crueles labios y al mismo tiempo la sujetó con gran facilidad. Mientras la levantaba entre sus brazos, ella se apoyó en él, sin molestarse ni siquiera en fin­gir una cierta resistencia. La llevó como si no pesara, cruzando la habitación en dos zancadas.
Cuando la recostó sobre el sofá, su cabello cavó hacia de­lante, y ella levantó la mano para tocar las negras ondas. Eran gruesas y suaves. Le pasó la mano por la cara, y aunque él pare­ció sorprenderse, no se la retiró.
Por Dios, todo en él irradiaba sexo, desde la fortaleza de su cuerpo hasta la forma como se movía y el olor de su piel. Nun­ca había visto a un hombre semejante. Y su cuerpo lo sabía tan bien como su mente.
-Bésame -dijo ella.
Él se inclinó sobre ella, como una silenciosa amenaza. Siguiendo un impulso, las manos de Beth aferraron las so­lapas de la cazadora del vampiro, tirando de él para acercarlo a su boca.
Él le sujetó ambas muñecas con una sola mano. -Calma.
¿Calma? No quería calma. La calma no formaba parte del plan.
Forcejeó para soltarse, y al no conseguirlo arqueó la es­palda. Sus senos tensaron la camiseta, y se frotó un muslo contra el otro, previendo lo que sentiría si lo tuviera entre ellos.
Si pusiera sus manos sobre ella... -Por todos los santos -murmuró él.
Ella le sonrió, deleitándose con el súbito deseo de su rostro.
-Tócame.
El extraño empezó a sacudir la cabeza, como si quisiera despertar de un sueño.
Ella abrió los labios, gimiendo de frustración.
-Súbeme la camiseta. -Se arqueó de nuevo, ofreciéndo­le su cuerpo, anhelando saber si había algo más caliente en su in­terior, algo que él pudiera extraerle con las manos-. Hazlo.
Él se sacó el cigarrillo de la boca. Sus cejas se juntaron, y ella tuvo la vaga impresión de que debería estar aterrorizada. En lugar de ello, elevó las rodillas y levantó las caderas del futón. Imaginó que él le besaba el interior de los muslos y buscaba su sexo con la boca. Lamiéndola.
Otro gemido salió de su boca. Wrath estaba mudo de asombro.
Y no era del tipo de vampiros que se quedan estupefac­tos a menudo.
Cielos.
Aquella mestiza humana era la cosa más sensual que había tenido cerca en su vida. Y había apagado una o dos hogueras en algún tiempo.
Era el humo rojo. Tenía que ser eso. Y debía de estar afec­tándolo a él también, porque estaba más que dispuesto a tomar a la hembra.
Miró el cigarrillo.
Bien, un razonamiento muy profundo, pensó. Lo malo era que aquella maldita sustancia era relajante, no afrodisíaca.
Ella gimió otra vez, ondulando su cuerpo en una sensual oleada, con las piernas completamente abiertas. El aroma de su excitación le llegó tan fuerte como un disparo. Por Dios, lo ha­bría hecho caer de rodillas si no estuviera va sentado.
-Tócame -suspiró.
La sangre de Wrath latía como si estuviera corriendo des­bocada y su erección palpitaba como si tuviera un corazón propio. -No estoy aquí para eso -dijo.
-Tócame de todos modos.
Él sabía que debía negarse. Era injusto para ella. Y tenían que hablar.
Quizás debiera regresar más tarde.
Ella se arqueó, presionando su cuerpo contra la mano con que él le sujetaba las muñecas. Cuando sus senos tensaron la ca­miseta, él tuvo que cerrar los ojos.
Era hora de irse. En verdad era hora de...
Excepto que no podía irse sin saborear al menos algo.
Sí, pero sería un bastardo egoísta si le ponía un dedo en­cima. Un maldito bastardo egoísta si tomaba algo de lo que ella le estaba ofreciendo bajo los efectos del humo.
Con una maldición, Wrath abrió los ojos.
Por Dios, estaba muy frío. Frío hasta la médula. Y ella ca­liente. Lo suficiente para derretir ese hielo, al menos durante un momento.
Y había pasado tanto tiempo...
El vampiro bajó las luces de la habitación. Luego usó la mente para cerrar la puerta del patio, meter al gato en el baño y correr todos los cerrojos del apartamento.
Apoyó cuidadosamente el cigarrillo sobre el borde de la mesa junto a ellos y le soltó las muñecas. Las manos de ella afe­rraron su cazadora, tratando de sacársela por los hombros. Él se arrancó la prenda de un tirón, y cuando cavó al suelo con un sonido sordo, ella se rió con satisfacción. Le siguió la funda de las dagas, pero la mantuvo al alcance de la mano.
Wrath se inclinó sobre ella. Sintió su aliento dulce y men­tolado cuando posó la boca sobre sus labios. Al sentir que ella se estremecía de dolor, se retiró de inmediato. Frunciendo el ceño, le tocó el borde de la boca.
-Olvídalo -le dijo ella, aferrando sus hombros.
Por supuesto que no lo olvidaría. Que Dios ayudara a aquel humano que la había herido. Wrath iba a arrancarle cada uno de sus miembros y lo dejaría en la calle desangrándose.
Besó suavemente la magulladura en proceso de curación, y luego descendió con la lengua hasta el cuello. Esta vez, cuando ella empujó los senos hacia arriba, él deslizó una mano bajo la fina camiseta y recorrió la suave y cálida piel. Su vientre era plano, y deslizó sobre él la palma de la mano, sintiendo el espacio entre los huesos de las caderas.
Ansioso por conocer el resto, le quitó la prenda y la arrojó a un lado. Su sujetador era de color claro, y él recorrió los bordes con la punta de los dedos antes de acariciar con las palmas sus pechos, que cubrió con las manos, sintiendo los duros capullos de sus pezones bajo el suave satén.
Wrath perdió el control.
Dejó los colmillos al descubierto, emitió un siseo y mordió el cierre frontal del sujetador. El mecanismo se abrió de golpe. Be­só uno de sus pezones, introduciéndoselo en la boca. Mientras succionaba, desplazó el cuerpo y lo extendió sobre ella, cayendo entre sus piernas. Ella acogió su peso con un suspiro gutural. Las manos de Beth se interpusieron entre ambos cuando ella quiso desabrocharle la camisa, pero él no tuvo paciencia su­ficiente para que le desnudara. Se irguió ti- rompió la ropa para quitársela, haciendo saltar los botones y enviándolos por los ai­res. Cuando se inclinó de nuevo, sus senos rozaron el pecho de roca y su cuerpo se estremeció bajo él.
Quería besarla otra vez en la boca, pero va estaba más allá de la delicadeza y la sutileza, así que rindió culto a los senos con la lengua y luego se trasladó a su vientre. Cuando llegó a los pantalones cortos de la chica, los deslizó por las largas y suaves piernas.
Wrath sintió que algo le explotaba en la cabeza cuando su aroma le llegó en una fresca oleada. Ya se encontraba peligrosa­mente cerca del orgasmo, con su miembro preparado para explotar y el cuerpo temblando por la urgencia de poseerla. Llevó la mano a sus muslos. Estaba tan húmeda que rugió.
Aunque estuviera tremendamente ansioso, tenía que sa­borearla antes de penetrarla.
Se quitó las gafas y las puso junto al cigarrillo antes de inun­dar de besos sus caderas y muslos. Beth le acarició el cabello con las manos mientras lo apremiaba para que llegara a su destino.
Le besó la piel más delicada, atrayendo el clítoris hacia su boca, y ella alcanzó el éxtasis una y otra vez hasta que Wrath ya no pudo contener sus propias necesidades. Retrocedió, se apresuró a quitarse los pantalones y a cubrirla con su cuerpo una vez más.
Ella colocó las piernas alrededor de sus caderas, y él si­seó cuando sintió como su calor le quemaba el miembro. Utilizó las pocas fuerzas que le quedaban para detenerse y mirarla a la cara.
-No pares -susurró ella-. Quiero sentirte dentro de mí. Wrath dejó caer la cabeza dentro de la depre­sión de su cuello. Lentamente, echó hacia atrás la cadera. La pun­ta de su pene se deslizó hasta la posición correcta ajustándose a ella a la perfección, penetrándola con una poderosa arremetida. Soltó un bramido de éxtasis.
El paraíso. Ahora sabía cómo era el paraíso.

Capítulo 9

En su habitación, el señor X se puso unos pantalones de tra­bajo y una camisa negra de nailon. Se sentía satisfecho por la forma en que había transcurrido la reunión con la Sociedad esa tarde. Todos los restrictores habían asistido. La mayoría de ellos se encon­traron dispuestos a someterse a sus dictados, sólo unos pocos habían planteado problemas, mientras que otros habían tratado de adularlo. Todo eso no los había conducido a ninguna parte.
Al final de la sesión, había escogido a veintiocho más para que permanecieran en el área de Caldwell, basándose en su re­putación y la impresión que le habían causado al conocerlos personalmente. A los doce más capacitados los había dividido en dos escuadrones principales. A los otros dieciséis los distribuiría en cuatro grupos secundarios.
Ninguno de ellos estuvo muy dispuesto a aceptar la nue­va distribución. Estaban acostumbrados a trabajar por su propia cuenta, y sobre todo a los más selectos no les hacía mucha gracia permanecer atados. Todo parecía muy complicado. La ventaja de la división en escuadrones consistía en que podía asignarles dife­rentes partes de la ciudad, dividirlos en pequeños contingentes y supervisar su rendimiento más de cerca.
El resto había sido enviado de vuelta a sus puestos. Ahora que tenía a sus tropas en formación y con sus res­pectivas misiones asignadas, se concentraría en el procedimiento de reunir información. Ya tenía una idea de cómo hacer que fun­cionara, y la probaría aquella noche.
Antes de salir a la calle, arrojó a cada uno de sus pitbulls un kilo de carne cruda picada. Le gustaba mantenerlos ham­brientos, así que los alimentaba en días alternos. Tenía aquellos perros, ambos machos, desde hacía dos años, y los encadenaba en extremos opuestos de su casa, uno al frente y el otro en la par­te trasera, Era una disposición lógica desde el punto de vista de­fensivo, pero también lo hacía por otra cuestión: la única vez que los había atado juntos, se habían atacado ferozmente.
Recogió su bolsa, cerró la casa y cruzó el césped. El ran­cho era una pesadilla arquitectónica de falso ladrillo construido a principios de los años setenta, y, él mantenía el exterior feo a propósito. Necesitaba encajar en el entorno, y el precio de aque­lla zona rural no superaría los cien mil a corto plazo.
Además, la casa le daba igual. Lo importante era la tierra. Con una extensión de cuatro hectáreas, le permitía tener pri­vacidad. En la parte de atrás, también había un viejo granero rodeado de árboles. Lo había convertido en su taller, y- los robles y arces amortiguaban los ruidos, lo cual era de vital importancia. Después de todo, los gritos podían oírse.
Palpó el aro del llavero hasta que encontró la llave correcta. Corno esa noche tendría que trabajar, dejaría en el garaje el único capricho que se había permitido, el hummer negro. Su camioneta Chrysler, que ya tenía cuatro años, resultaría más adecua­da y le encubriría mejor.
Le llevó diez minutos llegar hasta el centro de la ciudad y luego se dirigió hacia el Valle de las Prostitutas de Caldwell, un tramo de tres manzanas escasamente iluminadas y llenas de basura cerca del puente. El tráfico era intenso esa noche por aquel corredor de depravación. Se detuvo bajo una farola rota a obser­var la actividad de la zona. Los coches recorrían la oscura calle, parándose a cada poco para que los conductores examinaran lo que había en las aceras. Bajo el infernal calor veraniego, las chi­cas campaban a sus anchas, contoneándose sobre sus zapatos de tacones imposibles, cubriendo apenas sus pechos y traseros con prendas ligerísimas que pudieran quitarse fácilmente.
El señor X abrió la bolsa y sacó una jeringuilla hipodér­mica llena de heroína y un cuchillo de caza. Ocultó ambas cosas en la puerta y bajó la ventanilla del lado contrario antes de mez­clarse con la marea de vehículos.
Él era sólo uno de tantos, pensó. Otro idiota, tratando de conseguir algo.
-¿Buscas compañía? -escuchó gritar a una de las pros­titutas.
-¿Quieres montar? -dijo otra, moviendo el trasero.
A la segunda vuelta, encontró lo que estaba buscando, una rubia de piernas largas y grandes curvas.
Exactamente el tipo de prostituta que habría comprado si su pene todavía funcionara.
Iba a disfrutar con aquello, pensó el señor X pisando el freno. Matar lo que ya no podía tener le proporcionaba una sa­tisfacción especial.
-Hola, querido -dijo ella aproximándose. Colocó los antebrazos sobre la puerta del coche y se inclinó a través de la ventana. Olía a chicle de canela y a perfume mezclado con su­dor-. ¿Cómo estás?
-Podría estar mejor. ¿Cuánto me costará comprar una sonrisa?
Ella observó el interior del coche y su ropa.
-Con cincuenta te haré llegar al cielo, o a donde tú quieras. -Es demasiado. -Pero sólo lo dijo por decir. Era ella a quien quería.
-¿Cuarenta? -Déjame ver tus tetas. Ella se las mostró.
Él sonrió, quitando el seguro de las puertas para que pu­diera entrar.
-¿Cómo te llamas?
-Cherry Pie. Pero puedes llamarme como quieras.
El señor X dio la vuelta a la esquina con el coche hasta lle­gar un lugar retirado debajo del puente.
Arrojó el dinero al suelo a los pies de la mujer, y cuando ella se inclinó a recogerlo, le introdujo la jeringuilla en la nuca y oprimió el émbolo hasta el fondo. Instantes después se desplo­mó como una muñeca de trapo.
El señor X sonrió y la echó hacia atrás en el asiento pa­ra que quedara sentada. Luego arrojó la jeringuilla por la ventanilla, que cayó junto a otras muchas, y puso el vehículo en marcha.
En su clínica clandestina, Havers alzó la vista del microscopio, desconcentrado por el sobresalto. El reloj del abuelo estaba re­picando en un rincón del laboratorio, indicándole que era la hora de la cena, pero no quería dejar de trabajar. Volvió a fijar la vista en el microscopio, preguntándose si había imaginado lo que acababa de ver. Después de todo, la desesperación podía es­ta afectando a su objetividad.
Pero no, las células sanguíneas estaban vivas. Exhaló un suspiro y se estremeció.
Su raza estaba casi libre. Él estaba casi libre.
Finalmente, había conseguido que la sangre almacenada aún fuera aceptable.
Como médico, siempre había tenido dificultades a la hora de tratar pacientes que podían tener ciertas complicaciones en el parto. Las transfusiones en tiempo real de un vampiro a otro eran posibles, pero como su raza estaba dispersa y su número era pe­queño, podía resultar muy difícil encontrar donantes a tiempo. Durante siglos había querido instaurar un banco de san­gre. El problema era que la sangre de los vampiros era muy variable, y su almacenamiento fuera del cuerpo siempre había si­do imposible. El aire, esa cortina invisible sustentadora de vida, era una de las causas del problema, NI no eran necesarias muchas de esas moléculas para contaminar una muestra. Con sólo una o dos, el plasma se desintegraba, dejando a los glóbulos rojos y blan­cos sin protección, y evidentemente inservibles.
Al principio, no comprendía muy bien cómo se producía este proceso. En la sangre había oxígeno. Por esa razón era roja al salir de los pulmones. Aquella discrepancia lo había conducido a algunos fascinantes descubrimientos sobre el funcionamiento pul­monar de los vampiros, pero no lo había aproximado a su objetivo. Había tratado de extraer sangre y canalizarla inmediata­mente en un recipiente hermético. Esta solución, aunque fuese la más obvia, no funcionó. La desintegración era inevitable igualmente, pero a un ritmo menos acelerado. Eso le había sugerido la existencia de otro factor, algo inherente al entorno corporal que faltaba cuando la sangre era extraída del cuerpo. Trató de aislar muestras en calor y en frío, en suspensiones salinas o de plasma humano.
Un sentimiento de frustración le había ido carcomiendo a medida que hacía cambios en sus experimentos. Realizó más prue­bas e intentó diferentes enfoques. A veces abandonaba el pro­yecto, pero siempre regresaba a él.
Pasaron varias décadas.
Y después, una tragedia personal le proporcionó una ra­zón para resolver el problema. Tras la muerte de su shellan y de su hijo durante el parto hacía unos dos años, se había obsesionado y empezado desde el principio.
Su propia necesidad de alimentarse lo había estimulado. Por regla general, sólo necesitaba beber cada seis meses, porque su linaje era muy fuerte. Al morir su hermosa Evangeline, esperó todo lo que pudo, hasta que quedó postrado en la cama a causa del dolor del hambre. Cuando pidió ayuda, se obsesionó con el hecho de sentir tantas ansias de vivir como para beber de otra hembra. E incluso llegó a pensar que tenía que alimentarse sólo para experimentar y cerciorarse de que no sería lo mismo que con Evangeline. Estaba convencido de que no obtendría ningún placer en la sangre de otra y así no traicionaría su memoria.
Había ayudado a tantas hembras, que no le resultó difícil encontrar a una dispuesta a ofrecerse. Escogió a una amiga que no tenía compañero, y mantuvo la esperanza de poder conservar su propia tristeza y humillación.
Fue una auténtica pesadilla. Había aguantado tanto tiem­po que en cuanto olió la sangre, el depredador que había en él reapareció. Atacó a su amiga y bebió con tanta fuerza que, pos­teriormente, tuvo que coserle la herida de la muñeca.
Casi le arranca la mano del mordisco.
Aquella reacción le hizo recapacitar sobre el concepto que tenía de sí mismo. Siempre había sido un caballero, un erudito, alguien dedicado a curar, un macho no sujeto a los deseos más primarios de su raza.
Pero, claro, siempre había estado bien alimentado.
Y la terrible verdad era que le había deleitado el sabor de esa sangre. El suave y cálido flujo que pasó por su garganta, y la descomunal fuerza que vino después.
Había sentido placer, y quiso más.
La vergüenza le hizo sentir arcadas, y juró que nunca más bebería de otra vena.
Había cumplido aquella promesa, aunque como resultado se había vuelto débil, tan débil que concentrarse era como tratar de encerrar un banco de niebla. Su inanición era la causa de un constante dolor en el estómago. Y su cuerpo, ansioso por un sus­tento que el alimento no podía darle, se había canibalizado a sí mismo para mantenerse vivo. Había perdido tanto peso que sus ropas le colgaban por todos lados y tenía la cara demacrada y gris.
Pero el estado en el que se encontraba le había mostrado el camino.
La solución era obvia.
Había que alimentar aquello que tenía hambre.
Un proceso hermético unido a una cantidad suficiente de sangre humana, y ya tenía sus células sanguíneas vivas.
Bajo el microscopio, observó como los glóbulos de los vampiros, más grandes y de forma más irregular comparados con los humanos, consumían lentamente lo que se les había dado. El recuento humano disminuyó en esa muestra, y cuando éste se ex­tinguió, casi estaba dispuesto a apostar que la viabilidad del com­ponente vampiro se reduciría hasta llegar a cero.
Sólo tenía que realizar una prueba clínica. Extraería un li­tro de una hembra, lo mezclaría con una proporción adecuada de sangre humana, y luego se haría él mismo una transfusión.
Si todo salía bien, establecería un programa de donación y almacenamiento. Se salvarían muchos pacientes. Y aquellos que habían decidido renunciar a la intimidad de beber podrían vivir su vida en paz.
Havers alzó la vista del microscopio, percatándose de que había estado observando los glóbulos durante veinte minutos. El plato de ensalada de la cena estaría esperándolo sobre la mesa.
Se quitó la bata blanca y atravesó la clínica, haciendo una pausa para hablar con algunos miembros de su personal de en­fermería y un par de pacientes. Las instalaciones eran bastante amplias y estaban ocultas en las profundidades de la tierra bajo su mansión. Había tres quirófanos, varias salas de examen y re­animación, el laboratorio, su oficina y una sala de espera con acceso independiente que daba a la calle. Veía cerca de mil pacientes al año y hacía visitas a domicilio para partos y otras emer­gencias según las necesidades.
Aunque su actividad había disminuido últimamente a cau­sa de un descenso de la población.
Comparados con los humanos, los vampiros contaban con tremendas ventajas en lo referente a la salud. Su cuerpo sanaba in as rápido. No sufrían enfermedades como el cáncer, la diabetes o el sida. Pero que Dios los ayudara si tenían un accidente a plena luz del día. Nadie podía prestarles ayuda. Los vampiros también mo­rían durante su transición o momentos después. Y la fertilidad cons­tituía otro tremendo problema. A pesar de que la concepción fue­se exitosa, con frecuencia las hembras no sobrevivían al parto, ya fuera por las hemorragias o por alguna infección. Los abortos eran habituales, y la mortalidad infantil excedía cualquier límite.
Para los enfermos, heridos o moribundos, los médicos hu­manos no constituían una buena opción, aunque las dos especies compartían en gran medida la misma anatomía. Si un médico humano llegaba a solicitar un análisis de sangre a un vampiro, en­contraría toda clase de anomalías y creería tener algo digno de publicarse en el Diario Médico de Nueva Inglaterra. Lo mejor era evitar esa clase de tentaciones.
En ocasiones, sin embargo, algún paciente terminaba en algún hospital humano, un problema que iba en aumento desde que había empezado a funcionar el 911 y las ambulancias llegaban de inmediato. Si un vampiro quedaba tan malherido que per­día el conocimiento lejos de su casa, corría el peligro de ser re­cogido y llevado a una sala de urgencias humana. Sacarlo de allí sin permiso médico siempre había sido muy difícil.
Havers no era arrogante, pero sabía que era el mejor mé­dico con que contaba su especie. Había asistido a la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard dos veces, una a finales de 1800 y luego en la década de 1980. En ambos casos declaró en su formulario de matrícula que era inválido, y la universidad le permitió concesiones especiales. No había podido asistir a las con­ferencias porque éstas se realizaban durante el día, pero le habían permitido a su doggen tomar notas y entregar sus exámenes. Havers había leído todos los textos, mantenido correspondencia con los profesores, e incluso asistido a seminarios y charlas progra­madas en horas nocturnas.
Siempre le había fascinado la Academia.
Cuando llegó al primer piso, no le sorprendió ver que Ma­rissa no había bajado al comedor, aunque la cena se sirviera a la una de la madrugada todas las noches.
Se dirigió a las habitaciones de la hembra.
-¿Marissa? -dijo en la puerta, tocando suavemente una vez-. Marissa, es la hora de cenar.
Havers asomó la cabeza. La luz del candelabro del vestí­bulo se filtró, creando un rayo dorado que atravesó las tinie­blas. Las cortinas aún cubrían las ventanas, y ella no había en­cendido ninguna de las lámparas.
-¿Marissa, querida? -No tengo hambre.
Havers cruzó el umbral. Distinguió la cama con dosel y el pequeño bulto que formaba su cuerpo bajo las mantas.
-Pero tampoco comiste nada anoche. Ni cenaste. -Bajaré más tarde.
É1 cerró los ojos,  llegó a la conclusión de que le habían suministrado alimento la noche anterior. Cada vez que veía a Wrath, se encerraba en sí misma durante varios días.
Pensó en los glóbulos vivos de su laboratorio.
Wrath podía ser el rey de su raza por nacimiento y tener la sangre más pura de todos, pero aquel guerrero era un com­pleto bastardo. No parecía preocuparle lo que le estaba haciendo a Marissa. O quizá ni siquiera sabía cuánto le afectaba su crueldad.
Era difícil decidir cuál de los dos crímenes era peor. -He hecho un progreso importante -dijo Havers, acer­cándose a la cama para sentarse en el borde-. Voy a liberarte. -¿De qué?
-De ese... asesino. -No hables así de él. Havers rechinó los dientes. -Marissa...
-No quiero liberarme de él.
-¿Cómo puedes decir eso? Te trata sin ningún respeto. Detesto pensar en ese bruto alimentándose de ti en cualquier ca­llejón...
-Vamos a casa de Darius. Tiene una habitación allí.
La idea de que ella estuviera expuesta a otro de los gue­rreros no lo tranquilizaba precisamente. Todos eran aterradores, y algunos francamente pavorosos.
Sabía que la Hermandad de la Daga Negra era un mal ne­cesario para defender la raza, y tenía que estar agradecido por su protección, pero sólo podía sentir temor ante ellos. El hecho de que el mundo fuera tan peligroso y los enemigos de la raza tan poderosos como para hacer imprescindible la existencia de tales guerreros, era trágico.
-No debes hacerte esto a ti misma.
Marissa dio media vuelta, dándole la espalda. -Vete.
Havers se llevó las manos a las rodillas y se levantó. Sus recuerdos de Marissa antes de que empezara a prestar servicio a su terrible rey eran muy difusos. Sólo podía recordar algunas una 7enes y breves momentos de su existencia anterior, y temía que no quedara va nada de la alegre y sonriente joven.
¿Y en qué se había convertido? En una sombra sumisa que flotaba por la casa, languideciendo por un macho que la trataba sin ninguna consideración.
-Espero que recapacites Y vengas a comer -dijo Havers suavemente-. Me encantaría contar con tu compañía.
Cerró la puerta en silencio y se dirigió a la tallarla escalera curva. La mesa del comedor estaba dispuesta como a él le gusta­ba, con el servicio completo de porcelana, cristal y plata. Se sentó a la cabecera de la reluciente mesa, y uno de sus doggens apa­reció para servirle vino.
Al bajar la vista para mirar el plato de lechuga, forzó una sonrisa.
-Karolyn, esta ensalada tiene un aspecto estupendo.
La mujer inclinó la cabeza y los ojos le brillaron ante aque­lla alabanza.
-Hoy he ido a una granja sólo para buscar la lechuga que a usted le gusta.
-Bien, aprecio tu esfuerzo. -Havers se dedicó a cortar las delicadas verduras en cuanto se quedó solo en la hermosa estancia. Pensó en su hermana, encogida en la cama.
Havers era médico por naturaleza y profesión, un ma­cho que había dedicado su vida entera al servicio a los demás.
Pero si alguna vez Wrath resultaba tan malherido como para necesitar su ayuda, se sentiría tentado de dejar desangrarse a ese monstruo. O de matarlo en el quirófano con un tajo de bisturí.

Capítulo 10

Beth recobró la conciencia lentamente. Fue como salir a la superficie después de un salto de trampolín per­fectamente realizado. Había un resplandor en su cuerpo, una cierta satisfacción mientras resurgía del nebuloso mundo del sueño.
Sintió algo en la frente.
Sus párpados se abrieron. Unos largos dedos masculinos se movían bajo el puente de su nariz, pasaron por su mejilla y des­cendieron a su barbilla.
Había suficiente luz natural procedente de la cocina, de modo que podía distinguir en la penumbra al hombre que esta­ba tendido a su lado.
Estaba totalmente concentrado en explorar su rostro. Te­nía los ojos cerrados, el entrecejo fruncido, las gruesas pestañas contra sus pómulos altos y firmes. Estaba a su lado, sus hombros gigantescos le tapaban la vista de la puerta de vidrio.
Dios Santo, era enorme. Y macizo.
Sus antebrazos eran del tamaño de los muslos de ella. En su abdomen estaban resaltados los músculos de una forma es­pectacular. Sus piernas, gruesas y musculosas. Y su sexo era tan grande y magnífico como el resto de su cuerpo.
La primera vez que se había acercado a ella desnudo y tuvo oportunidad de tocarlo, quedó impresionada. No tenía ni rastro de vello en el torso ni en los brazos o piernas. Sólo piel lisa encima de músculos de acero.
Se preguntó por qué se afeitaría completamente, incluso allí abajo. A lo mejor se trataba de un culturista.
Aunque la razón de hacer el Full Mona, con una navaja de afeitar era un misterio.
Las imágenes de lo que había pasado entre ellos le resul­taban un tanto imprecisas. No podía recordar exactamente cómo había entrado en su apartamento, o lo que le había dicho. Pero todo lo que habían hecho en posición horizontal era endiablada­mente vívido.
Lo cual tenía sentido, ya que él le había hecho experimentar los primeros orgasmos de su vida.
Las yemas de los dedos giraron sobre su barbilla y subie­ron a sus labios. Le acarició el labio inferior con el dedo pulgar. -Eres hermosa -le susurró. Su ligero acento le hacía arrastrar las erres, casi como si estuviera ronroneando.
Bien, eso es razonable, pensó ella. Cuando él la tocaba, ella se sentía hermosa.
La boca de él se posó sobre la suya, pero no estaba bus­cando nada. El beso no era una petición, sino un gesto de agra­decimiento.
En alguna parte de la habitación, sonó un móvil. El tim­bre no correspondía al suyo.
Él se movió tan rápidamente que ella dio un respingo. En un instante estaba a su lado, y al siguiente junto a su chaqueta, abriendo la tapa del teléfono.
-¿Sí? -La voz que antes le había dicho que era hermosa había desaparecido. Ahora gruñía.
Beth se cubrió el pecho con la sábana.
-Nos reuniremos en casa de D dentro de diez minutos. Colgó el teléfono, volvió a dejarlo en la chaqueta y reco­gió sus pantalones. Aquel intento de vestirse la hizo volver un poco a la realidad.
Dios, ¿realmente había tenido relaciones sexuales, verda­deramente alucinantes, con un completo extraño?
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
Cuando se estaba subiendo el pantalón de cuero negro, tu­vo una magnífica visión de su trasero.
-Wrath. -Se dirigió a la mesa para recoger sus gafas. Cuando se sentó junto a ella, va las tenía puestas-. Tengo que irme. Tal vez no pueda volver esta noche, pero lo intentaré.
Ella no quería que se fuera. Le gustaba la sensación de su cuerpo ocupando la mayor parte de su cama.
Extendió las manos hacia él, pero las retiró. No quería pa­recer necesitada.
-No, tócame -dijo él, doblándose hacia abajo, expo­niendo con placer su cuerpo hacia ella.
Beth colocó la palma de la mano en su pecho. Su piel era cálida, su corazón latía de forma regular y acompasada. Notó que tenía una cicatriz redonda en el pectoral izquierdo.
-Necesito saber algo, Wrath. -Su nombre sonaba bien, aunque le resultaba ligeramente extraño-. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
Él sonrió un poco, como si le gustara su recelo. -Estoy aquí para cuidar de ti, Elizabeth. Bueno, se podía decir que lo había hecho. -Beth. Me llaman Beth.
Él inclinó la cabeza. -Beth.
Se puso de pie y alcanzó su camisa. Recorrió con las ma­nos la parte delantera, como si buscara los botones.
Ella pensó que no iba a encontrar muchos. La mayor par­te se encontraban desperdigados por el suelo.
-¿Tienes una papelera? -preguntó él, como si se perca­tara de lo mismo.
-Allí. En el rincón. -¿Dónde?
Ella se levantó, sosteniendo la sábana a su alrededor, y cogió la camisa. Arrojarla a la basura le pareció un desperdicio. Cuando lo miró de nuevo, él se había colocado una funda negra sobre la piel desnuda, en la que se veían dos dagas entre­cruzadas en medio del pecho, con la empuñadura hacia abajo.
Curiosamente, al mirar sus armas se tranquilizó. La idea de que hubiera una explicación lógica para su aparición era un alivio.
-¿Ha sido Butch?
 -¿Butch?
-El que te ha enviado a vigilarme.
Él se puso la chaqueta, cuyo volumen le ensanchó los hom­bros aún más. El cuero era tan oscuro como su cabello y una de las solapas tenía repujado un intrincado dibujo en hilo negro. -El hombre que te atacó anoche -dijo-. ¿Era un ex­traño?
-Sí. -Se rodeó con sus propios brazos. -¿La policía se ha portado bien contigo? -Siempre lo hacen.
-¿Te dijeron su nombre? Ella asintió.
-Yo tampoco podía creerlo. Cuando Butch me lo di­jo pensé que era una broma. Billy Riddle parece más un perso­naje de Barrio Sésamo que un violador-, pero estaba claro que tenía un modus operandi y algo de práctica.
Se detuvo. El rostro de Wrath tenía un aspecto tan feroz, que retrocedió un paso.
Jesús, si Butch era duro con los delincuentes, este tipo era mucho más que mortífero, pensó.
Pero entonces su expresión cambió, como si ocultara sus emociones porque sabía que podían asustarla. Se dirigió al baño y abrió la puerta. Boo saltó a sus brazos, y un ronroneo bajo y rítmico resonó en el denso aire.
Con toda seguridad no procedía de su gato.
El sonido gutural provenía del hombre mientras sostenía a su mascota en brazos. Boo aceptó gustoso aquella atención, frotando su cabeza contra la ancha palma que lo estaba acari­ciando.
-Te daré el número de mi móvil, Beth. Tienes que lla­marme si te sientes amenazada de alguna forma. -Soltó al gato y recitó unos cuantos dígitos. Le hizo repetirlos hasta que los hubo memorizado-. Si no te veo esta noche, quiero que vayas por la mañana al 816 de la avenida Wallace. Te lo explicaré todo. -Y luego simplemente la miró-. Ven aquí -dijo.
Su cuerpo obedeció antes de que su mente registrara la or­den de moverse.
Cuando se le acercó, él le pasó un brazo alrededor de la cintura y la atrajo contra su duro cuerpo. Posó sus labios ca­lientes y hambrientos sobre los de ella mientras hundía la otra mano en su cabello. A través de sus pantalones de cuero, ella pu­do sentir que estaba nuevamente listo para el sexo.
Y ella estaba preparada para él.
Cuando él alzó la cabeza, deslizó la mano lentamente por su clavícula.
-Esto no formaba parte del plan.
-¿Wrath es tu primer nombre o tu apellido?
-Ambos. -Le dio un beso a un lado del cuello, chupán­dole la piel. Ella dejó caer un poco la cabeza, mientras su lengua la recorría-. ¿Beth?
-¿Hmm?
-No te preocupes por Billy Riddle. Tendrá lo que se merece.
La besó rápidamente y luego salió por la puerta de cristal. Ella se pasó la mano por el lugar donde él la había lamido. Sintió escozor.
Corrió a la ventana y levantó la cortina. Él ya se había ido.
Wrath se materializó en el salón de Darius.
No había esperado que la noche transcurriera de esa for­ma, y aquella circunstancia adicional podía complicar la si­tuación.
Ella era la hija de Darius. Estaba a punto de ver cómo todo su mundo se transformaba y se volvía del revés. Y peor aún, había sido víctima de un asalto sexual la noche anterior, por el amor de Dios.
Si hubiera sido un caballero, la habría dejado en paz.
Sí, ¿y cuándo fue la última vez que se había comportado de acuerdo con su linaje?
Rhage apareció frente a él. El vampiro llevaba una larga gabardina negra de corte militar encima de su ropa de cuero y, sin duda, el contraste con su belleza rubia era impresionante. Sabía perfectamente que el hermano usaba su físico de una for­ma implacable con el sexo opuesto y que, después de una noche de combate, su manera favorita de tranquilizarse era con una hembra. O con dos.
Si el sexo fuera comida, Rhage habría sido enfermizamen­te obeso.
Pero no era sólo una cara bonita. El guerrero era el me­jor combatiente que la Hermandad tenía, el más fuerte, el más rápido, el más seguro. Nacido con un exceso de poder físico, pretería enfrentarse a los restrictores con las manos desnudas, guardando las dagas sólo para el final. Sostenía que era la única manera de conseguir alguna satisfacción con el trabajo. De lo con­trario, los combates no duraban lo suficiente.
De todos los hermanos, Hollywood era el único del que hablaban los varones jóvenes de la especie, el venerado, al que to­dos querían emular. Pero eso era debido a que su club de ad miradores únicamente veía la brillante superficie y los suaves movimientos.
Rhage estaba maldito. Literalmente. Se había metido en al­gún problema grave justo después de su transición. Y la Virgen Escriba, esa fuerza mística de la naturaleza que supervisaba a la especie desde el Fade, le había dado un castigo infernal. Dos­cientos años de terapia de aversión que aparecía siempre que él no conservaba la calma.
Había que sentir compasión por el pobre bastardo. -¿Cómo te sientes esta noche? -preguntó Rhage. Wrath cerró los ojos brevemente. Una borrosa imagen del cuerpo arqueado de Beth, captada mientras miraba hacia arriba des­de el interior de sus piernas, lo invadió. Mientras fantaseaba saboreándola de nuevo, cerró los puños, haciendo crujir sus nudillos. Tengo hambre, pensó.
-Estoy listo -dijo.
-Un momento. ¿Qué es eso? -preguntó Rhage. -¿Qué es qué?
-Esa expresión en tu cara. Y por Cristo, ¿dónde está tu camisa?
-Cállate.
-¿Qué...? Por todos los diablos. -Rhage soltó una risi­ta-. Anoche tuviste algo de acción, ¿no es así?
Beth no era acción. De ninguna manera, y no sólo porque era la hija de Darius.
-Olvídalo, Rhage. No estoy de humor.
-Oye, soy el último en criticar. Pero tengo que pregun­tar: ¿era buena? Porque no pareces especialmente relajado, her­mano. Quizá pueda enseñarle algunas cosas y después hacer que la pruebes otra vez.
Wrath arrinconó con lentitud a Rhage contra la pared, ha­ciendo tambalear un espejo con los hombros del macho. -Cierra el pico, o te lo cerraré yo de un puñetazo. Tú eliges, Hollywood.
Su hermano sólo estaba bromeando, pero había algo irres­petuoso en comparar su experiencia con Beth, aunque fuera re­motamente, con la vida sexual de Rhage.
Y quizás Wrath empezaba a sentirse un poco posesivo. -¿Me has entendido? -dijo, arrastrando las palabras. -Perfectamente. -El otro vampiro sonrió de oreja a oreja, sus dientes mostraron un destello blanco en su impresionante rostro-. Pero tranquilízate. Normalmente no pierdes el tiempo con las hembras, y yo me alegro de saber que has echado una ca­na al aire, eso es todo. -Wrath lo soltó-. Aunque, por Dios, no es posible que te haya...
Wrath desenfundó una daga y la hundió en la pared a es­casos milímetros del cráneo de Rhage. Pensó que el ruido del ace­ro al atravesar el yeso sonaba bien.
-No insistas con el tema. ¿Has entendido?
El hermano a sintió despacio mientras el mango de la daga vibraba al lado de su oreja.
-Ah, sí. Creo que todo ha quedado muy claro. La voz de Tohrment diluyó la tensión:
-¡Hey! Rhage, ¿la has cagado otra vez?
Wrath se quedó quieto un instante más, sólo para cercio­rarse de que el mensaje había sido recibido. Luego arrancó el cu­chillo de la pared y dio un paso atrás, rondando por la habitación mientras llegaban los otros hermanos.
Cuando entró Vishous, Wrath llevó al guerrero a un lado. -Quiero que me hagas un favor.
-Dime.
-Un macho humano. Billy Riddle. Quiero que apliques tu magia computerizada. Necesito saber dónde vive.
V se acarició la perilla.
-¿Está en la ciudad? -Creo que sí. -Considéralo hecho, mi señor.
Cuando todos estuvieron presentes, incluido Zsadist, que les había hecho el honor de llegar a tiempo, Wrath dio comienzo a la reunión.
-¿Qué sabemos del teléfono de Strauss, V?
Vishous se quitó su gorra de los Red Sox y se pasó una ma­no por el oscuro cabello. Habló mientras se volvía a colocarse la gorra.
-A nuestro muchacho le gustaba codearse con tipos musculosos, de tipo militar, y fanáticos de Jackie Chan. Tenemos llamadas al Gold's Gyni, a un campo de paint-ball y a dos centros de artes marciales. Ah, y le gustaban los automóviles. Tam­bién había un taller mecánico en el registro.
-¿Y llamadas personales?
-Un par. Una a una línea fija desconectada hace dos días. Las otras a móviles, imposibles de rastrear, no locales. Llamé a todos los números repetidamente, pero nadie respondió. Esos identificadores de llamadas son una mierda.
-¿Has revisado sus antecedentes en Internet?
-Sí. Típico delincuente juvenil con gusto por lo violen­to. Encaja perfectamente en el perfil del restrictor.
-¿Qué sabemos de su casa? -Wrath miró por encima del hombro a los gemelos.
Phury miró de reojo a su hermano y luego empezó a hablar:
-Apartamento de tres habitaciones sobre el río. Vivía so­lo. Sin demasiadas pertenencias. Un par de armas bajo la carea, algunas municiones de plata y chalecos antibalas. Y una colección de porno que obviamente va no usaba.
-¿Has cogido su frasco?
-Sí. Lo guardé en mi casa. Lo llevaré a la Tumba esta noche.
-Bien- Wrath miró al grupo. -Nos dividiremos. Pre­parad todo lo necesario. Quiero entrar en esos edificios. Busca­remos su centro de operaciones en esa zona.
Dispuso a los guerreros en parejas, y él se quedó con Vi­shous. Les dijo a los gemelos que fueran al Gold's Gym y al campo de paint-ball. Tohr y Rhage se encargarían de las academias de artes marciales. Él y  Vishous irían a echar un vistazo al taller mecánico, y esperaba tener suerte.
Porque si alguien quisiera conectar una bomba a un auto­móvil, ¿no habría que tener a mano un elevador hidráulico? Antes de que todos salieran, Hollywood se acercó, con una seriedad que no era habitual en él.
-Hombre, Wrath, ya sabes que hago muchas idioteces -dijo Rhage-. No quise ofenderte. No lo mencionaré nunca más. Wrath sonrió. Rhage era demasiado impulsivo, lo que ex­plicaba tanto su fama de bocazas como su afición al sexo.
Y el problema ya era bastante grave cuando era normal, por no mencionar el momento en que la maldición le trastornó el interruptor de la psique y la bestia cobró vida rugiendo. -Hablo en serio, hombre -dijo el vampiro.
Wrath palmoteó a su hermano en el hombro. En términos generales, aquel hijo de perra era todo un camarada. -Perdonado y olvidado.
-Siéntete libre de golpearme cuando quieras. -Lo haré, créeme.
El señor X condujo hasta un callejón del centro de la ciudad os­curo y con una entrada en ambos extremos. Después de aparcar la camioneta frente a un montón de contenedores de basura, car­gó a Cherry Pie sobre su hombro y se alejó casi veinte metros. Ella gimió un poco al rozar contra su espalda, como si no qui­siera que el movimiento perturbara el éxtasis causado por las drogas.
La tendió en el suelo, y no ofreció ninguna resistencia cuan­do le dio un tajo en la garganta. La observó un momento mien­tras de su cuello manaba la sangre brillante. En la oscuridad parecía aceite de motor. Humedeció la punta de uno de sus dedos en el líquido vital que salía a borbotones. Su olfato detectó la pre­sencia de una enfermedad. Se preguntó si ella estaría enterada de que su hepatitis C estaba en un estadio muy avanzado. Al fin y al cabo, le estaba haciendo un favor ahorrándole un desagra­dable viaje hacia la muerte.
Aunque tampoco le hubiera importado matarla si gozara de buena salud.
Se limpió el dedo con el borde de la falda de la mujer y lue­go se dirigió hacia un montón de escombros. Un colchón viejo le serviría a la perfección. Apoyándolo contra los ladrillos, se parapeto detrás de él, sin notar el olor fétido que desprendía. Sacó su arma de dardos y esperó.
La sangre fresca atraía a los vampiros civiles como cuervos a un maizal.
Y tal como había supuesto, al poco rato apareció una fi­gura al final del callejón. Miró a izquierda y derecha, y luego avan­zó. El señor X sabía que el que se acercaba tenía que ser un vampiro. Cherry estaba bien disimulada en la oscuridad. No podía atraer la atención de nadie, salvo por el olor sutil de su sangre, al­go que el olfato humano nunca podría captar.
El macho joven se apresuró a calmar su sed con avidez, ca­yendo sobre Cherry como si alguien hubiera preparado un ban­quete para él. Ocupado en beber, fue cogido por sorpresa cuando el primer dardo salió del arma e impactó en su hombro. Su instinto inmediato fue proteger su comida, de modo que arrastró el cuer­po de Cherry detrás de unos cubos de basura aplastados.
Cuando sintió el segundo dardo, giró y dio un salto, con los ojos puestos en el colchón.
El cuerpo del señor X se puso tenso, pero el macho avan­zó de una forma más agresiva que eficaz. Los movimientos de su cuerpo estaban ligeramente descoordinados, lo que sugería que todavía estaba aprendiendo a controlar sus miembros después de su transición.
Dos dardos más no lograron reducirlo. Resultaba eviden­te que el Demosedan, un tranquilizante para caballos, no era suficientemente efectivo. Obligado a luchar contra el macho, el señor X lo aturdió fácilmente dándole puntapiés en la cabeza, ha­ciéndolo caer al sucio asfalto con un aullido de dolor.
El alboroto no pasó inadvertido.
Afortunadamente, se trataba de dos restrictores, y de algún humano curioso o de la policía, lo que sería todavía más fasti­dioso. Los restrictores se detuvieron al final del callejón y, después de intercambiar impresiones entre ellos un instante, avan­zaron para investigar.
El señor X soltó una maldición. No estaba preparado para darse a conocer o descubrir lo que estaba haciendo. Necesitaba todavía engrasar la maquinaria de su estrategia de recopilación de información antes de implantarla y asignar misiones a los res­trictores. Después de todo, un líder no debe ordenar nunca algo que no haya hecho antes, v- con éxito.
También se trataba de una cuestión de interés propio. Al­guien podía intentar saltarse la cadena de mando y dirigirse di­rectamente al Omega, ya fuese presentando la idea como propia, o argumentando fracasos preliminares. El Omega siempre recibía con satisfacción las iniciativas y las orientaciones novedosas. Y tra­tándose de lealtad, no la tenía con nadie.
Además, la impresión que el Omega podía tener ante un pequeño fracaso era apresurada y terrible. El anterior jefe del se­ñor X lo había experimentado perfectamente hacía tres noches.
Extrajo los dardos del cuerpo. Habría preferido matar al vampiro, pero no tenía suficiente tiempo. Con el macho todavía gimiendo en el suelo, el señor X corrió a toda velocidad hacia la otra salida del callejón, sin despegarse de la pared. Después man­tuvo apagadas las luces de la camioneta hasta que se perdió entre el tráfico.

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