lunes, 23 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 10 11 12

Capítulo 10


Rehvenge cerró la puerta de su oficina y sonrió tensamente, para evitar que sus colmillos hicieran aparición. Sin embargo, aún sin la exhibición de caninos, el corredor de apuestas que colgaba entre Trez e iAm fue lo bastante listo como para saber que estaba en serios problemas.
—Reverendo, ¿de qué va todo esto? ¿Por qué me llamas así? —dijo el tipo precipitadamente—. Estaba ocupándome de mi negocio, para ti y de repente estos dos...
—He oído algo interesante sobre ti —dijo Rehv, rodeando su escritorio.
Cuando se estaba sentando, entró Xhex en la oficina, con una expresión dura en sus ojos grises. Después de cerrar la puerta, apoyó la espalda contra ella, resultando mejor que cualquier cerrojo marca Master Lock cuando se trataba de mantener a corredores de apuestas de deportes tramposos dentro y ojos curiosos fuera.
—Es mentira, es una absoluta mentira...
—¿No te gusta cantar? —Rehv se recostó en su silla con su cuerpo entumecido encontrando una posición familiar tras el escritorio negro—. ¿No eras tú el que dio un pequeño espectáculo a lo Tony B[1] para la multitud de Sal la otra noche?
El corredor de apuestas frunció el ceño.
—Bueno, sí... tenía algunos oyentes.
Rehv le hizo un gesto con la cabeza a iAm, quien como siempre, tenía el rostro inexpresivo. El tipo nunca demostraba sus emociones, excepto cuando se trataba de un capuchino perfecto. Entonces podías verlo radiante de alegría.
—Mi compañero de aquí... dice que cantaste realmente bien. Que verdaderamente complaciste a la multitud. ¿Qué cantó, iAm?
La voz de iAm era como la de James Earl Jones, baja y profunda.
—Tres Monedas en la Fuente.
El corredor de apuestas se subió los pantalones de un tirón en un gesto bueno–ya–sabes.
—Tengo habilidad. Tengo ritmo.
—Así que eres un tenor como el bueno y querido señor Bennett, ¿eh? —Rehv se quitó el abrigo con un encogimiento de hombros—. Los tenores son mis favoritos.
—Sí. —El corredor de apuestas miró a los Moros—. Mira, ¿te importaría decirme de qué va esto?
—Quiero que cantes para mí.
—¿Quieres decir, como, en una fiesta? Haría cualquier cosa por ti, ya lo sabes, jefe. Todo lo que tenías que hacer era pedirlo... quiero decir, esto no era necesario.
—No en una fiesta, aunque los cuatro disfrutaremos oyendo tu actuación. Es para compensarme por lo que me has sisado el último mes.
El rostro del corredor de apuestas palideció.
—Yo no he sisado...
—Sí, lo has hecho. Mira, iAm es un contable fantástico. Cada semana, le das tus informes. Cuánto, en qué equipos, y con que ventaja. ¿Crees que no saca cuentas? Basado en los partidos del último mes, deberías haber pagado... ¿Cuál era la cifra, iAm?
—Ciento setenta y ocho mil cuatrocientos ochenta y dos.
—Eso mismo. —Rehv hizo un rápido gesto con la cabeza en señal de agradecimiento a iAm—. Pero en vez de eso viniste con... ¿Cuánto?
—Ciento treinta mil novecientos ochenta y dos. —Replicó rápidamente iAm.
El corredor comenzó a hablar inmediatamente.
—Está equivocado. Ha añadido...
Rehv sacudió la cabeza.
—Adivina de cuánto es la diferencia... aunque no es como si ya no lo supieras. ¿iAm?
—Cuarenta y siete mil quinientos.
—Lo cual da la casualidad que es igual a la suma de veinticinco de los grandes más un interés del noventa por ciento. ¿No es así, iAm? —Cuando el Moro asintió con la cabeza una vez, Rehv golpeó el suelo con su bastón y se puso en pie—. Y resulta que ese es el interés de cortesía aplicado por la mafia de Caldie. Entonces Trez se dedicó a escarbar un poco, ¿y qué fue lo que averiguó?
—Mi amigo Mike dice que le prestó veinticinco de los grandes a este tipo de aquí justo antes del Rose Bowl[2].
Rehv dejó su bastón sobre la silla y rodeó el escritorio, manteniendo una mano sobre la superficie para estabilizarse. Los Moros volvieron a ponerse en posición, agolpándose en torno al corredor de apuestas, volviendo a sujetarlo por la parte superior de los brazos.
Rehv se detuvo justo delante del tipo.
—Así que te lo preguntaré una vez más, ¿creíste que nadie iba a comprobar las cuentas?
—Reverendo, jefe... por favor, iba a devolvértelo...
—Sí, ya lo creo que vas a hacerlo. Y vas a pagarme el interés que yo cobro a los bastardos que intentan jugármela. Un merecido ciento cincuenta por ciento de interés a final de este mes o tu esposa va a recibirte por correo a pedacitos. Oh, y estás despedido.
El tipo estalló en lágrimas, y no eran de las del tipo cocodrilo. Eran auténticas, de la clase que hacía que la nariz de un hombre enrojeciera y los ojos se le hincharan.
—Por favor... iban a hacerme daño...
Rehv extendió la mano de golpe y la cerró entre las piernas del tipo. El aullido de caniche le indicó que incluso aunque él no podía sentir nada, el corredor de apuestas podía, y que la presión se estaba ejerciendo en el punto exacto.
—No me gusta que me roben —dijo Rehv en el oído del hombre—. Me toca las narices. Y si crees que lo que iba a hacerte la mafia es malo, te garantizo que yo soy capaz de algo peor. Ahora... quiero que cantes para mí, hijo de puta.
Rehv retorció con fuerza y el tipo gritó con todo lo que tenía, el sonido fue alto y agudo, e hizo eco en la habitación de techo bajo. Cuando el chillido empezó a desvanecerse porque el corredor de apuestas había agotado su suministro de aire, Rehv cedió y le dio oportunidad de refrescar las cuerdas vocales con algún jadeo que otro. Y después de eso...
El segundo grito fue más alto y ruidoso que el primero, probando que los vocalistas lo hacían mejor después de un pequeño calentamiento.
El corredor se sacudió y saltó entre los Moros, y Rehv siguió apretando, su lado symphath observando absorto, como si fuera el mejor espectáculo de televisión.
El tipo tardó alrededor de nueve minutos en perder la conciencia.
Después de que las luces se le hubieron apagado, Rehv soltó y volvió a su silla. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a Trez e iAm y éstos sacaron al humano por la puerta de atrás, hacia el callejón, donde el frío le reviviría finalmente.
Cuando se marcharon, Rehv tuvo una súbita imagen de Ehlena balanceando todas aquellas cajas de dopamina en sus brazos mientras entraba en la sala de examen. ¿Qué pensaría de él si supiera lo que hacía para mantener en marcha su negocio? ¿Qué diría si supiera que, cuando le había dicho al corredor de apuestas que o pagaba o su esposa recibiría paquetes de FedEx que gotearían sangre sobre los escalones de su entrada, no había sido tan sólo una amenaza? ¿Qué haría si supiera que estaba completamente preparado para cortarlo él mismo en pedacitos u ordenar a Xhex, Trez o iAm que lo hicieran por él?
Bueno, ya tenía la respuesta, ¿no?
Su voz, esa clara y encantadora voz, volvió a resonar en su mente: Será mejor que guarde eso. Para alguien que vaya a utilizarla alguna vez.
Desde luego, ella no conocía los detalles, pero era lo bastante lista como para rechazar su tarjeta de visita.
Rehv se concentró en Xhex, que no se había movido de su posición contra la puerta de entrada. Cuando el silencio se prolongó, ella bajó la mirada a la alfombra negra de pelo corto, dibujando un círculo alrededor de sí misma con el tacón de su bota.
—¿Qué? —preguntó. Cuando ella no levantó la mirada, presintió su lucha por recomponerse—. ¿Qué coño pasó?
Trez e iAm volvieron a entrar en la oficina y se colocaron contra la pared negra que estaba frente al escritorio de Rehv. Cruzaron los brazos delante de sus enormes torsos y mantuvieron la boca cerrada.
El silencio era algo característico en las Sombras... pero en combinación con la expresión tensa de Xhex y la rutina semicircular que estaba realizando con esa bota, quería decir que la mierda era profunda.
—Habla. Ya.
Los ojos de Xhex volaron a los suyos.
—Chrissy Andrews está muerta.
—¿Cómo? —Aunque lo sabía.
—Golpeada y estrangulada hasta morir en su apartamento. Tuve que bajar a la morgue para identificar el cuerpo.
—Hijo de puta.
—Me voy a ocupar del asunto. —Xhex no estaba pidiendo permiso, y sin importar lo que él dijera, iba a ir a por ese pedazo de mierda del novio—. Y lo haré rápido.
Técnicamente hablando, Rehv estaba al mando, pero en este asunto no se iba a interponer en su camino. Para él, sus chicas no eran solo una fuente de ingresos... Eran empleadas por las que se preocupaba y con las que se identificaba íntimamente. Así que si alguien le hacía daño a alguna, ya fuera un John[3], un novio o un marido, se tomaba un interés personal en la venganza.
Las putas merecían respeto, y las suyas lo conseguían.
—Enséñale una lección primero —gruñó Rehv.
—No te preocupes por eso.
—Mierda... Es culpa mía —murmuró Rehv mientras extendía el brazo hacia adelante y recogía su abrecartas. La cosa tenía forma de daga y también estaba tan afilada como un arma—. Deberíamos haberle matado antes.
—Ella parecía estar mejor.
—Tal vez sólo lo ocultaba mejor.
Los cuatro se quedaron en silencio un rato. En su profesión sufrían un montón de pérdidas —que la gente acabara muerta no era ninguna novedad—, pero en la mayor parte de esas muertes, él y su equipo eran los signos negativos de la ecuación: ellos eran los que hacían que los demás desaparecieran. Perder a uno de los suyos a manos de algún otro sentaba mal.
—¿Quieres oír las novedades de esta noche? —preguntó Xhex.
—Aún no. Yo también traigo una pequeña noticia para compartir. —Forzando a su cabeza a trabajar, miró a Trez e iAm—. Lo que estoy a punto de decir revolverá bastante las cosas, y quiero daros a ambos la oportunidad de marcharos. Xhex, tú no tienes esa opción. Lo siento.
Trez e iAm permanecieron inmóviles, lo cual no le sorprendió en lo más mínimo. Trez además le enseñó el dedo corazón. Eso tampoco fue una sorpresa.
—Fui a Connecticut —dijo Rehv.
—También fuiste a la clínica —añadió Xhex—. ¿Por qué?
El GPS apestaba algunas veces. Era difícil tener algo de privacidad.
—Olvida la puñetera clínica. Escuchad, necesito que hagáis un trabajo para mí.
—¿Un trabajo como...?
—Piensa en el novio de Chrissy como en un aperitivo antes de cenar.
Esto le arrancó a Xhex una fría sonrisa.
—Cuenta.
Rehv miró fijamente la punta del abrecartas, pensando en que él y Wrath se habían reído porque ambos tenían uno. Después de las incursiones del verano, el rey le había hecho una visita, para discutir asuntos del consejo, y había visto la cosa sobre el escritorio. Wrath había bromeado acerca de que en su diaria labor ambos dirigían por medio de la espada, aún cuando tenían una pluma entre las manos.
No se alejaba mucho de la verdad. Aunque Wrath tenía la moralidad de su lado y Rehv sólo el interés propio.
De manera que no había empleado un punto de vista moral al tomar la decisión y elegir el camino a seguir. Lo había hecho, como siempre, basado en lo que más le convenía.
—No va a ser fácil —murmuró.
—Los divertidos nunca lo son.
Rehv se concentró en la punta afilada del abrecartas.
—Este... no es por diversión.


Al acercarse el fin de la noche y con su turno a punto de terminar, Ehlena se sentía inquieta. Hora de la cita. Hora de decidir. Se suponía que en veinte minutos el macho vendría a la clínica a recogerla.
Dios, estaba divagando nuevamente.
Su nombre era Stephan. Stephan, hijo de Tehm, aunque no le conocía ni a él ni a su familia. Era un civil, no un aristócrata, y había ido allí con su primo, que se había lastimado la mano cuando cortaba leña para el fuego. Mientras llenaba el papeleo del alta, había hablado con Stephan de todas esas cosas de las que hablan los solteros: A él le gustaba Radiohead; a ella también. A ella le gustaba la comida de Indonesia; a él también. Él trabajaba en el mundo humano, programando ordenadores, gracias a la comunicación virtual. Ella era enfermera, algo obvio ¿no? Él vivía en casa con sus padres, era el único hijo de una sólida familia civil... o al menos había sonado como que fueran sólidos civiles, su padre trabajaba para contratistas vampiros, su madre enseñaba la Antigua Lengua por cuenta propia.
Agradable, normal. Confiable.
Tomando en consideración lo que los aristócratas le habían hecho a la salud mental de su padre, se le ocurrió que todo eso parecía una buena apuesta, y cuando Stephan la había invitado a tomar un café, había dicho que sí, habían quedado para esa noche, y habían intercambiado los números de móvil.
¿Pero qué iba a hacer? ¿Llamarle y decirle que no podía a causa de su situación familiar? ¿Ir de todos modos, y preocuparse por su padre?
Sin embargo, una rápida llamada a Lusie desde el vestuario, le reportó noticias favorables: El padre de Ehlena se había tomado una larga siesta y ahora estaba trabajando tranquilamente en los papeles de su escritorio.
Media hora de cena. Tal vez un postre compartido. ¿Qué daño podía hacer?
Cuando al fin decidió ir, no apreció la imagen que relampagueó en su mente. Ahora que acababa de decidir que iba a acudir a una cita con un macho, no debería estar pensando en el pecho desnudo de Rehv con esas estrellas rojas que tenía tatuadas.
Lo que necesitaba era concentrarse en quitarse el uniforme y en mejorar su apariencia, al menos teóricamente.
Entre el personal de día que venía entrando y los que habían estado trabajando durante la noche que iban saliendo, se cambió el uniforme por la falda y el polo que había traído...
Había olvidado los zapatos.
Genial. Los zapatos blancos con suela de goma no eran muy sexys.
—¿Qué pasa? —dijo Catya.
Se giró.
—¿Alguna posibilidad de que estos dos botes blancos en mis pies no arruinen totalmente esta ropa.
—Er... ¿honestamente? No están tan mal.
—No mientes nada bien.
—Al menos lo intenté.
Ehlena guardó el uniforme en su mochila, se rehizo el peinado, y comprobó el estado del maquillaje. Por supuesto, había olvidado el delineador de ojos y también la máscara, así que, como quien dice, la caballería se había quedado sin caballos en ese flanco.
—Me alegro de que salgas —dijo Catya mientras borraba la lista de nombres del horario nocturno de la pizarra blanca.
—Considerando que eres mi jefa, eso me pone nerviosa. Más bien preferiría que te alegrara verme entrar en la clínica.
—No, no se trata del trabajo. Me alegro que esta noche salgas a divertirte.
Ehlena frunció el ceño y miró a su alrededor. Por algún milagro, estaban solas.
—¿Quién dice que voy a ir a alguna parte que no sea a casa?
—Una hembra que se va a casa no se cambia el uniforme aquí. Y no se preocupa de cómo le van los zapatos con la falda. Te ahorraré el quién–es–él.
—Es un alivio.
—¿A menos que quieras compartirlo voluntariamente?
Ehlena rió en voz alta.
—No, prefiero mantenerlo en privado. Pero si llega a alguna parte.... desembucharé.
—Te obligaré a cumplir tu palabra. —Catya fue a su taquilla y simplemente se la quedó mirando.
—¿Estás bien? —dijo Ehlena.
—Odio esta maldita guerra. Odio recibir a los muertos y ver en sus rostros cuánto han sufrido. —Catya abrió la taquilla y se ocupó en sacar su parka—. Lo siento, no quería ser aguafiestas.
Ehlena se acercó y le puso una mano sobre el hombro.
—Sé exactamente cómo te sientes.
Hubo un momento de entendimiento entre ellas durante el cual se sostuvieron las miradas. Y luego Catya se aclaró la garganta.
—Bien, lárgate. Tu macho te espera.
—Vendrá a recogerme aquí.
—Ooooh, tal vez me quede por aquí y me fume un cigarrillo fuera.
—Tú no fumas.
—Demonios, frustrada otra vez.
De camino a la salida, Ehlena se presentó en el mostrador de registro para asegurarse de que no había nada más que tuviera que hacer antes del relevo del nuevo turno. Satisfecha de que todo estuviera en orden, atravesó las puertas y subió las escaleras hasta que finalmente estuvo fuera de la clínica.
La temperatura de la noche estaba más allá del código postal que indicaba fresco y entraba directamente en ciudad fría, y en su opinión el aire olía a azul, si es que el color podía tener alguna fragancia: es que sentía algo que simplemente era muy fresco, glacial y claro cuando respiraba profundamente y exhalaba formando suaves nubes. Con cada inhalación, se sentía como si estuviera tomando los zafiros esparcidos por los cielos de arriba en sus pulmones y que las estrellas eran chispas que saltaban a través de su cuerpo.
Se fue despidiendo de las rezagadas, mientras las últimas enfermeras partían, desmaterializándose o conduciendo, dependiendo de lo que tuvieran planeado. Después también Catya llegó y se fue.
Ehlena tamborileó con el pie y comprobó su reloj. Su macho llegaba diez minutos tarde. No era para tanto.
Recostándose contra el revestimiento de aluminio, sintió que su sangre cantaba en sus venas, una extraña sensación de libertad hinchándole el pecho mientras pensaba en salir a alguna parte con un macho por su propia...
Sangre. Venas.
Rehvenge no se había tratado el brazo.
El pensamiento se coló en su mente y permaneció allí como el eco de un gran ruido. No se había tratado el brazo. No había habido nada en el informe sobre la infección, y Havers era tan escrupuloso en sus notas como lo era con los uniformes del personal, la limpieza de las habitaciones de los pacientes y la organización de los armarios de suministros.
Cuando había vuelto de la farmacia con las drogas, Rehvenge tenía la camisa puesta y los puños abrochados, pero había asumido que era porque el examen había terminado. Ahora estaba dispuesta a apostar a que se los había abrochado en cuanto ella había terminado de sacarle sangre.
Pero... no era asunto suyo, ¿no? Rehvenge era un macho adulto que tenía todo el derecho a tomar malas decisiones sobre su salud. Igual que aquel con la sobredosis de drogas que apenas había sobrevivido la noche, e igual que el gran número de pacientes que asentían mucho cuando el médico estaba delante de ellos, pero que cuando se iban a casa dejaban de lado lo indicado en sus recetas y los cuidados post–operatorios.
No había nada que ella pudiera hacer para salvar a alguien que no quería ser salvado. Nada. Y esa era una de las mayores tragedias de su trabajo. Todo lo que podía hacer era indicar las opciones y las consecuencias y esperar que el paciente escogiera sabiamente.
Sopló una brisa, colándose dentro de su falda y haciéndola envidiar el abrigo de piel de Rehvenge. Separándose del lateral de la clínica, intentó ver camino abajo, buscando faros de coche.
Diez minutos más tarde, volvió a mirar su reloj.
Y diez minutos después de esos, alzó la muñeca una vez más.
La habían dejado plantada.
No era una sorpresa. La cita había sido fijada de manera muy apresurada, y en realidad no se conocían el uno al otro, ¿verdad?
Cuando otra brisa fría la golpeó, sacó su móvil y escribió: Hola, Stephan siento no haberte visto esta noche. Tal vez en otro momento. E.
Devolvió el teléfono a su bolsillo y se desmaterializó hacia su casa. En vez de entrar enseguida, se arropó con su abrigo y se paseó de acá para allá por la acera agrietada que corría a lo largo del lateral de la casa hasta la puerta trasera. Cuando el viento helado volvió a soplar, una ráfaga le dio de lleno en  el rostro.
Le picaban los ojos.
Al darle la espalda al vendaval, algunos mechones de su cabello volaron hacia adelante como si estuvieran intentando huir del frío, y ella se estremeció.
Genial. Ahora cuando su visión se empañara, no tendría la excusa de la brisa fría.
Dios, ¿estaba llorando? ¿Por lo que podía ser simplemente un malentendido? ¿Por un tipo al que apenas conocía? ¿Por qué le importaba tanto?
Ah, pero no era por él en absoluto. El problema era ella. Odiaba estar donde había estado al abandonar la casa: sola.
Intentando conseguir un asidero, literalmente, extendió la mano hacia la manija de la puerta trasera, pero no pudo obligarse a entrar. La imagen de esa cocina miserable y demasiado ordenada, el conocido sonido de esas escaleras chirriantes que conducían al sótano, y el olor a polvo y papel del dormitorio de su padre le eran tan familiares como su propio reflejo en cualquier espejo. Esta noche todo resultaba demasiado claro, un destello brillante que se le clavaba en ambos ojos, un rugido sonando en sus oídos, un abrumador hedor bombardeando su nariz.
Dejó caer el brazo. La cita había sido una tarjeta de salida–de–la–cárcel. Una balsa para abandonar la isla. Una mano extendida sobre el precipicio del que ella estaba colgando.
La desesperación la hizo volver bruscamente a la realidad como ninguna otra cosa podía haberlo hecho. No servía de nada salir con alguien si esa era su actitud. No era justo para el tipo ni sano para ella. Cuando Stephan llamara otra vez, si lo hacía, simplemente le diría que estaba demasiado ocupada...
—¿Ehlena? ¿Estás bien?
Ehlena saltó alejándose de la puerta que evidentemente se acababa de abrir de par en par.
—¡Lusie! Lo siento, sólo... sólo estaba pensando demasiado. ¿Cómo está Padre?
—Bien, francamente bien. Está durmiendo otra vez.
Lusie salió de la casa y cerró evitando que el calor escapara de la cocina. Después de dos años, era una figura dolorosamente familiar, su ropa bohemia y su largo cabello entrecano resultaban reconfortantes. Como de costumbre, tenía su bolsa de medicinas en una mano y su enorme bolso colgando del hombro opuesto. Dentro de la bolsa de medicinas había un medidor de presión sanguínea estándar, un estetoscopio, y medicamentos de bajo nivel... todo lo cual Ehlena le había visto usar. Dentro del bolso llevaba las palabras cruzadas del New York Times, chicles de menta Wrigley’s que le gustaba mascar, la billetera y el lápiz labial color melocotón que se pasaba por los labios a intervalos regulares. Ehlena sabía lo de las palabras cruzadas porque Lusie y su padre las hacían juntos, del chicle por los envoltorios que había en la papelera, y el lápiz labial era evidente. Lo de la billetera era una suposición.
—¿Cómo estás? —Lusie esperó, sus ojos grises claros y enfocados—. Has regresado un poco temprano.
—Me dejó plantada.
La forma en que la mano de Lusie aterrizó sobre el hombro de Ehlena era lo que hacía de la hembra una gran enfermera: con un toque te transmitía consuelo, calidez y empatía, todo lo cual ayudaba a reducir la presión sanguínea, el ritmo cardíaco y la agitación.
Todo lo cual ayudaba a restablecer una mente enmarañada.
—Lo siento —dijo Lusie.
—Oh, no, es mejor así. Quiero decir, esperaba demasiado.
—¿De veras? Me pareció bastante sensato cuando me hablaste de ello. Sólo ibais a tomar un café...
Por alguna razón dijo la verdad:
—No. Estaba buscando una salida. La cual nunca llegará, porque yo nunca le dejaría. —Ehlena sacudió la cabeza—. De todos modos, muchas gracias por venir...
—No tiene que ser una situación de esto o aquello. Tu padre y tú...
—Realmente aprecio que vinieras temprano esta noche. Fue muy amable de tu parte.
Lusie sonrió de la misma forma en que lo había hecho Catya más temprano, esa misma noche, tensa y tristemente.
—De acuerdo, lo dejaré estar, pero tengo razón en esto. Puedes tener una relación y seguir siendo una buena hija para tu padre. —Lusie miró hacia la puerta—. Escucha, vas a tener que vigilar esa herida de la pierna. ¿La que se hizo con la uña? Le he puesto un vendaje nuevo, pero estoy preocupada por ella. Creo que se está infectando.
—Lo haré, y gracias.
Después de que Lusie se desmaterializara, Ehlena entró en la cocina, cerró la puerta, pasó la llave, y se dirigió al sótano.
Su padre estaba en su habitación, durmiendo en la enorme cama Victoriana, el enorme cabecero tallado parecía el arco labrado de una tumba. Su cabeza descansaba contra una pila de almohadas blancas de seda, y el edredón de terciopelo rojo sangre estaba doblado precisamente a medio camino de su pecho.
Parecía un rey en reposo.
Cuando la enfermedad mental se había adueñado de él, su cabello y barba se habían vuelto blancos, haciendo que a Ehlena le preocupara que estuvieran empezando a aparecer en él los cambios del final–de–la–vida. Pero después de cincuenta años, todavía parecía el mismo, su rostro no presentaba arrugas y sus manos seguían siendo fuertes y firmes.
Era tan difícil. No podía imaginarse la vida sin él. Y no podía imaginarse teniendo una vida con él.
Ehlena cerró parcialmente la puerta y fue a su propia habitación, donde se duchó, se cambió y se tendió sobre la cama. Todo lo que tenía era una cama de una plaza sin cabecero, una almohada, y sábanas de algodón, pero no le importaba el lujo. Sólo necesitaba un lugar donde tender sus huesos cansados cada día y eso era todo.
Normalmente leía un poco antes de dormirse, pero hoy no. Realmente no tenía energías. Extendiendo la mano a un lado, apagó la lámpara, cruzó los pies a la altura de los tobillos y tendió los brazos rectos.
Con una sonrisa, comprendió que ella y su padre dormían exactamente en la misma posición, ¿verdad?
En la oscuridad, pensó en Lusie y la forma en que había insistido en lo del corte de su padre. Ser una buena enfermera era preocuparse por el bienestar de los pacientes, incluso después de dejarlos. Se trataba de entrenar a los familiares en como continuar con los cuidados necesarios, y ser un apoyo.
No era el tipo de trabajo en el que simplemente te largabas porque había terminado tu turno.
Volvió a encender la lámpara con un clic.
Levantándose, fue al ordenador que había conseguido gratis en la clínica cuando habían renovado los sistemas informáticos. La conexión de internet era lenta, como siempre, pero finalmente pudo acceder a la base de datos de los registros médicos de la clínica.
Metió su contraseña, efectuó una búsqueda... luego otra. La primera fue por compulsión, la segunda por curiosidad.
Grabándolas ambas, apagó el portátil y tomó su teléfono.





Capítulo 11


Al filo del amanecer, justo antes de que la luz comenzara a reunirse en el cielo del este, Wrath tomó forma en los densos bosques de la parte norte de la montaña de la Hermandad. No había aparecido nadie por Hunterbred, y la inminente luz del día le había forzado a abandonar el lugar.
Las pequeñas ramitas crujían ruidosamente bajo sus shitkickers, las delgadas agujas de los pinos estaban quebradizas por el frío. Todavía no había nieve para atenuar los sonidos, pero podía olerla en el aire, podía sentir ese helado mordisco en la profundidad de sus fosas nasales.
La entrada secreta al sancto santorum de la Hermandad de la Daga Negra estaba en el extremo más alejado de una cueva, bien al fondo. Sus manos localizaron por medio del tacto el tirador en la puerta de piedra, y el pesado portal se deslizó detrás de la pared de roca. Entrando a un suelo revestido de suave mármol negro, avanzó por él mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.
A su voluntad, las antorchas se encendieron a cada lado, extendiéndose en la distancia muy, muy lejos e iluminando las enormes puertas de hierro que habían sido instaladas a fines del siglo dieciocho cuando la Hermandad había convertido esa cueva en la Tumba.
Al acercarse, los gruesos listones de la puerta adquirieron la apariencia de una fila de centinelas armados ante su visión borrosa, las temblorosas llamas animaban algo que en realidad no tenía movimiento. Con su mente, abrió las dos mitades y continuó su camino, entrando a un largo pasadizo lleno de estantes que iban del suelo al techo, a unos doce metros de altura.
Jarras de lessers de todo tipo y especie estaban apiladas una junto a otra, en un despliegue que marcaba generaciones de matanzas hechas por la Hermandad. Las jarras más antiguas eran solamente toscos vasos hechos a mano que habían sido traídos desde el Antiguo País. Con cada metro que avanzabas las jarras se iban haciendo más modernas, hasta que llegabas al siguiente juego de puertas y encontrabas las porquerías chinas producidas en serie que se vendían en Target.
No quedaba mucho espacio libre en los estantes y eso le deprimió. Con sus propias manos había ayudado a construir este monumento a la muerte de sus enemigos, junto con Darius, Tohrment y Vishous, todos ellos se habían afanado durante un mes seguido, trabajando durante el día y durmiendo sobre el suelo de mármol. Había sido él, el que había decidido cuánto ahondar en la tierra, y había extendido el pasillo de los estantes varios metros más de lo que consideraba necesario. Cuando él y sus hermanos hubieron terminado de instalarlo todo y tras  apilar las jarras más antiguas, había quedado convencido de que no iban a necesitar tanto espacio para almacenamiento. Había tenido la seguridad de que para el momento en que hubieran llenado las tres cuartas partes de eso, la guerra habría terminado.
Y ahí estaba, siglos más tarde, tratando de encontrar espacio suficiente.
Con una pavorosa sensación de presagio, Wrath estimó con su reducida vista los últimos espacios que quedaban en el juego de estantes original. Era difícil no verlo como una evidencia de que la guerra estaba llegando a su fin, que el equivalente vampiro del finito calendario Maya estaba en esas paredes de roca toscamente esculpidas.
No era con el brillo victorioso del triunfo con que él había imaginado la colocación del  tarro final  al lado de los demás.
Una de dos, o se iban a quedar sin raza a la cual proteger o se iban a quedar sin Hermanos que llevaran a cabo la protección.
Wrath sacó las tres jarras de su chaqueta y las puso juntas formando un pequeño grupo; luego dio un paso atrás.
Había sido responsable de muchas de esas jarras. Antes de convertirse en Rey.
—Ya sabía que habías salido a luchar.
Ante el sonido de la voz autoritaria de la Virgen Escriba, Wrath giró la cabeza bruscamente. Su Santidad estaba flotando junto a las puertas de hierro, su túnica negra estaba a treinta centímetros por encima del suelo de piedra y su luz resplandecía por debajo del dobladillo.
Hubo un tiempo en que su resplandor había sido cegadoramente brillante. Ahora apenas si lanzaba sombra.
Wrath volvió a girarse hacia las jarras.
—Así que a eso se refería V. Cuando dijo que iba a apretar el gatillo.
—Sí, mi hijo acudió a mí.
—Pero ya estabais enterada. Y, a propósito, eso no fue una pregunta.
—Sí, ella las odia.
Wrath levantó la vista y observó a V atravesar las puertas.
—Bueno, mirad esta mierda —manifestó Wrath—. La reconciliación madre e hijo… ocurrirá en tan sólo un instante. —Dejó que la lírica parafraseada quedara flotando en el aire—. O no.
La Virgen Escriba se adelantó, moviéndose lentamente entre las jarras. En la antigüedad —o, demonios, tan sólo el año anterior— hubiera asumido el control de la conversación. Ahora sólo flotaba.
V hizo un sonido de disgusto, como si hubiera esperado demasiado para que su Queridísima Mami[4] empezara a dar el sermón de «no–más–perchas–de–alambre» en favor de su Rey, y no se sintiera impresionado a ver que ella no le hacía frente.
—Wrath, no me dejaste terminar.
—¿Y crees que ahora lo haré? —Estiró la mano hacia arriba y con los dedos tocó el borde de una de las tres jarras que había añadido a la colección.
—Le dejarás terminar —dijo la Virgen Escriba en un tono desinteresado.
Vishous avanzó a zancadas, sus shitkickers pisaban firmemente el suelo que él mismo había ayudado a colocar.
—A lo que iba es a que si vas a salir, hazlo con refuerzos. Y díselo a Beth. De otra forma te conviertes en un mentiroso… y tienes una mejor oportunidad de dejarla viuda. Maldita sea, ignora mi visión, si quieres. Pero al menos sé práctico.
Wrath se paseó de arriba abajo, pensando que el escenario para esta convocatoria era demasiado jodidamente perfecto: estaba rodeado por testimonios de la guerra.
Finalmente se detuvo frente a las tres jarras que había obtenido esa noche.
—Beth piensa que fui al norte del Estado a reunirme con Phury. Ya sabes, para trabajar con las Elegidas. Mentir apesta. Pero, ¿la idea de que sólo tengamos cuatro Hermanos en el campo de batalla? Es peor.
Hubo un largo silencio, durante el cual el único sonido que se escuchaba era el vibrante parpadeo de las llamas de las antorchas.
V rompió el silencio.
—Creo que deberías tener una reunión con la Hermandad, y decirle la verdad a Beth. Como dije, si vas a luchar, lucha. Pero hazlo abiertamente, ¿me entiendes? De esa forma no estarás saliendo solo. Y tampoco lo hará ninguno de nosotros. En este momento cuando toca descanso, alguien siempre termina luchando sin compañero. Si tú lo hicieras legítimamente se resolvería ese problema.
Wrath tuvo que sonreír.
—Cristo, si hubiera pensado que ibas a estar de acuerdo conmigo, podría haber hablado antes. —Miró a la Virgen Escriba—. Pero y qué me decís de las leyes. De la tradición.
La madre de la raza se volvió para enfrentarlo y con voz distante dijo:
—Han cambiado tantas cosas. Qué es una más. Cuidaos, Wrath hijo de Wrath y Vishous hijo de mi matriz.
La Virgen Escriba desapareció como una brisa en la fría noche, disipándose en el éter como si nunca hubiera estado allí.
Wrath se reclinó contra los estantes, y cuando comenzó a latirle la cabeza, se subió las gafas y se frotó sus ojos inútiles. Cuando se detuvo, cerró los párpados y se quedó tan quieto como la roca que lo rodeaba.
—Pareces molido —murmuró V.
Sí, lo estaba, ¿verdad? Y que triste que era eso.


El tráfico de drogas era un negocio muy lucrativo.
En su oficina privada del ZeroSum, Rehvenge estaba ante su escritorio revisando las facturas de esa noche, comprobando meticulosamente las cantidades, hasta el último centavo. iAm estaba haciendo lo mismo en el restaurante de Sal, y el primer deber de cada noche era encontrarse allí para comparar resultados.
La mayoría de las veces llegaban al mismo total. Cuando no era así, él se remitía al de iAm.
Entre el alcohol, las drogas, y el sexo los importes en bruto de las facturas superaban los doscientos noventa mil sólo para ZeroSum. En el club trabajaban veintidós personas con salario fijo, eso incluía diez gorilas, tres camareros, seis prostitutas, Trez, iAm y Xhex; el costo por todos ellos corría en torno a los setenta y cinco mil de los grandes por noche. Los corredores de apuestas y los traficantes autorizados a trabajar en el local, que eran aquellos vendedores de drogas que él autorizaba a vender bajo sus premisas, estaban a comisión, y lo que quedaba después de que ellos cobraran su parte, era de él. También, una vez por semana, él o Xhex y los Moros realizaban tratos por cantidades más importantes con un selecto número de distribuidores que tenían sus propias redes de tráfico de drogas ya fuera en Caldwell o en Manhattan.
Calculando todo, y después de restar los costes del personal, le quedaban aproximadamente doscientos mil por noche para pagar las drogas y el alcohol que vendía, cubrir la calefacción y la electricidad, para la mejora de bienes de uso y el pago de la cuadrilla de limpieza de siete personas que entraba a las cinco de la mañana.
Cada año sacaba cerca de cincuenta millones de sus negocios… lo cual parecía obsceno, y lo era, especialmente considerando que pagaba impuestos sólo por una fracción de eso. El asunto era, que las drogas y el sexo eran negocios arriesgados, pero las ganancias potenciales eran enormes. Y él necesitaba dinero. Mucho. Mantener a su madre en el estilo de vida al que estaba acostumbrada, y que bien se merecía, era un asunto multimillonario. Además, él tenía sus propias casas y cada año cambiaba el Bentley en cuanto los nuevos modelos estaban disponibles.
Sin embargo, el gasto personal más costoso de todos, de lejos, se iba en pequeñas bolsitas negras de terciopelo.
Rehv extendió la mano sobre sus hojas de contabilidad y recogió la que le habían enviado del distrito de diamantes de la Gran Manzana. Ahora las entregas llegaban los lunes… antes solían ser los últimos viernes del mes pero ahora al abrir el otro local, Iron Mask, el día libre del ZeroSum había cambiado al domingo.
Desató el cordón de satén y abrió el cuello de la bolsa, vertiendo un puñado de brillantes rubíes. Un cuarto de millón de dólares en piedras color rojo sangre. Volvió a meterlas en la bolsa, ató el cordón con un nudo apretado, y miró su reloj. Faltaban dieciséis horas para que tuviera que emprender su viaje hacia el norte.
El primer martes del mes era cuando tenía que pagar el rescate, y le pagaba a la princesa de dos formas. Una era con piedras preciosas. La otra con su cuerpo.
Sin embargo, hacía que a ella le costara también.
El pensar a dónde iría y lo que se vería obligado a hacer hizo que le cosquilleara la nuca, y no le sorprendió que su vista comenzara a cambiar, y que el rosa oscuro y el rojo sangre reemplazaran el negro y el blanco de su oficina, y que su campo visual se nivelara como por obra de una excavadora convirtiéndose en un plano llano.
Abriendo un cajón, sacó una de sus hermosas cajas nuevas de dopamina y agarró la jeringa que había usado las últimas dos veces que se había inyectado en su oficina. Arremangándose el brazo izquierdo, hizo un torniquete en el medio del bíceps más por hábito que por verdadera necesidad. Sus venas estaban tan hinchadas que parecía que varios topos hubieran hecho sus madrigueras debajo de su piel, y sintió una punzada de satisfacción ante el horrible estado en el que estaban.
La aguja no tenía tapa que quitar, así que llenó el deposito de la jeringa con la práctica de un usuario habitual. Le llevó un rato encontrar una vena que fuera viable, y metió la diminuta aguja de acero en su cuerpo una y otra vez sin sentir nada de nada. Supo que finalmente había dado en el lugar adecuado cuando tiró del émbolo y vio que la sangre se mezclaba con la solución clara de la droga.
Mientras liberaba el torniquete y presionaba con el dedo pulgar para hacer entrar el líquido, miró fijamente la ulceración de su brazo y pensó en Ehlena. Aún cuando no confiaba en él y no deseaba sentirse atraída por él y aunque evidentemente sería capaz de mover cielo y tierra para no salir con él, seguía queriendo ser una salvadora. Seguía queriendo lo mejor para él y su salud.
Eso era lo que significaba ser una hembra de valía.
Ya se había inyectado la mitad cuando sonó su móvil. Una rápida mirada a la pantalla le indicó que el número no le era conocido, por lo que dejó que la llamada se perdiera. Las únicas personas que tenían sus números eran aquellas con las que quería hablar, y esa era una lista endemoniadamente corta: su hermana, su madre, Xhex, Trez e iAm. Y el Hermano Zsadist, el hellren de su hermana.
Eso era todo.
Mientras sacaba la aguja de su sumidero vascular, maldijo ante el pitido que indicaba que le habían dejado un mensaje de voz. De tanto en tanto recibía uno de esos, gente dejando trozos y retazos de sus vidas en su pequeño rincón de espacio tecnológico, pensando que era el de otra persona. Él nunca les devolvía la llamada, jamás les mandaba un mensaje de texto con un: Este no es quién piensas que es. Ya se darían cuanta cuando quienquiera que pensaran que estaban llamando no les devolviera el favor.
Cerrando los ojos se recostó contra el respaldo de la silla y tiró la jeringa sobre las hojas de contabilidad, le importaba un rábano con tal de que la droga funcionara.
Sentado a solas en su guarida de iniquidad, en la hora silenciosa en la que todos se habían ido y el personal de limpieza no había entrado aún, no le importaba una mierda si los planos llanos de su visión retornaban a una vista tridimensional. No le importaba si reaparecía el espectro a todo color. No se preguntaba a cada segundo que pasaba si iba a retornar a la «normalidad» o no.
Se dio cuenta que esto había cambiado. Hasta ahora siempre se había desesperado esperando que la droga funcionara.
¿Qué había hecho cambiar la situación?
Dejó la pregunta en el aire mientras recogía el móvil y agarraba el bastón. Con un gemido, se puso cuidadosamente de pie y caminó hacia su dormitorio privado. El entumecimiento estaba regresando rápidamente a sus pies y piernas, más rápido que cuando venía conduciendo desde Connecticut, pero bueno, eso era típico. Cuantos menos impulsos symphath se desencadenaran, mejor funcionaba la droga. Y ¡caramba!, resultaba gracioso, pero ser seleccionado para matar al Rey le había exasperado.
En tanto que estar sentado a solas en lo que podía llamar hogar, no lo hacía.
El sistema de seguridad ya estaba activo en su oficina, y activó otro para sus habitaciones privadas, luego se encerró en el dormitorio sin ventanas en el cual pernoctaba de tanto en tanto. El baño estaba al otro lado de la habitación y tiró su abrigo de marta sobre la cama antes de entrar y abrir la ducha. Mientras se movía por el lugar, un frío que calaba hasta los huesos se apoderó de su cuerpo, fluyendo desde dentro hacia fuera, como si se hubiera inyectado el refrigerante Freon.
A esto sí le temía. Odiaba tener frío todo el tiempo. Mierda, tal vez debería haberse dejado ir. De todas formas no iba a interactuar con nadie.
Sí, pero si se salteaba muchas dosis, volver a nivelarse era una mierda.
El vapor ondeó desde detrás de la puerta de vidrio de la ducha, y se desnudó dejando su traje, la corbata y la camisa sobre el mostrador de mármol que había entre los dos lavabos. Poniéndose bajo la ducha, tembló violentamente y le castañetearon los dientes.
Por un momento, se derrumbó contra las suaves paredes de mármol, manteniéndose en el centro de las cuatro rosetas de la ducha. Mientras el agua caliente, que no podía sentir, caía en forma de cascada bajando por su pecho y sus abdominales, trató de no pensar en lo que traería la noche siguiente, y falló.
Oh, Dios… ¿Sería capaz de volver a hacerlo? ¿Ir allí arriba y prostituirse a sí mismo con esa perra?
Sí, y la alternativa a eso era… que ella le denunciara ante el Consejo por ser un symphath y que deportaran su culo a la colonia.
La elección era clara.
A la mierda con eso; no había elección. Bella no sabía lo que era, y la mataría descubrir la mentira familiar. Y ella no sería la única víctima. Su madre se desmoronaría. Xhex se pondría furiosa y se haría matar tratando de salvarlo. Trez e iAm harían lo mismo.
Todo el castillo de naipes caería.
Compulsivamente, agarró una brillante barra de jabón dorado del soporte de cerámica que estaba montado en la pared y lo frotó entre sus manos hasta hacer espuma. La mierda que usaba no era del tipo elegante y fino. Era el común y corriente jabón Dial, un desinfectante que sobre la piel se sentía como un nivelador de pavimento.
Sus putas usaban el mismo. Era con lo que aprovisionaba sus duchas, a pedido de ellas.
Su regla era tres veces. Tres veces hacia arriba y hacia abajo por sus brazos y sus piernas, sus pectorales y sus abdominales, su cuello y sus hombros. Tres veces lo hundía entre sus muslos, enjabonándose el miembro y los testículos. El ritual era estúpido, pero era algo compulsivo. Podría haber usado tres docenas de barras Dial y aún así seguir sintiéndose sucio.
Era gracioso, sus putas siempre se sorprendían por el trato que recibían. Cada vez que llegaba una nueva, esperaba tener que excitarlo como parte de su trabajo, y siempre estaban preparadas para ser golpeadas. En vez de eso, obtenían su camerino privado con ducha, un horario seguro, y la seguridad de que nunca, jamás serían golpeadas, y esa cosa llamada respeto… que significaba que podían elegir a sus clientes, y si los hijos de puta que pagaban por el privilegio de estar con ellas les tocaban aunque sólo fuera uno de sus cabellos, todo lo que tenían que hacer era decirlo y una montaña de mierda caía sobre el ofensor.
Más de una vez, aparecía alguna de las mujeres en la puerta de su oficina y pedía hablar con él en privado. Generalmente eso sucedía aproximadamente un mes después de que comenzara a ejercer, y lo que decían era siempre lo mismo y siempre era expresado con una especie de confusión, que de haber sido él normal, le hubiera roto el corazón:
Gracias.
No era muy adicto a los abrazos, pero era sabido que las atraía a sus brazos y las abrazaba durante un instante. Ninguna de ellas comprendía que no era debido a que fuera un buen tipo; sino porque era igual a ellas. La dura realidad era que la vida les había puesto a todos donde no deseaban estar, es decir, boca arriba frente a gente con la cual no querían estar jodiendo. Sí, había algunas a las que no les importaba el trabajo, pero al igual que todo el mundo, no querían estar trabajando todo el tiempo. Y Dios sabía que los clientes siempre aparecían.
Igual que su chantajista.
Salir de la ducha era un absoluto y puro infierno, y postergó el profundo congelamiento todo lo que pudo, acurrucándose bajo la lluvia mientras discutía consigo mismo sobre la salida. Mientras el debate continuaba, oía el agua tintinear contra el mármol y parlotear en el desagüe de bronce, pero su cuerpo totalmente entumecido no sentía nada salvo un leve alivio de su Alaska interior. Cuando se acabó el agua caliente, lo supo sólo debido a que sus temblores empeoraron y las uñas de sus manos pasaron de un color gris pálido a un azul profundo.
De camino a la cama, se fue secando con una toalla y luego se lanzó bajo el edredón de visón lo más rápido que pudo.
Justo cuando estaba tirando de las mantas para subirlas hasta su garganta, su móvil emitió un pitido. Otro mensaje de voz.
Jodida Central General con su móvil.
Al comprobar sus llamadas perdidas, descubrió que la última era de su madre, y se enderezó rápidamente, aunque el cambiar a una posición vertical significó que su pecho quedara al descubierto. Como la dama que era, no llamaba nunca, porque no quería «interrumpir su trabajo».
Presionó algunos botones, puso su contraseña, y se preparó para borrar el mensaje a un número equivocado que saldría primero.
«Mensaje del 518–blah–blah–blah…» Presionó la tecla de numeral para saltearse la mierda de la ID y se preparó para golpear el siete y deshacerse de la cosa.
Su dedo estaba de camino hacia abajo cuando la voz de una hembra dijo:
—Hola, yo…
Esa voz… esa voz era… ¿Ehlena?
—¡Joder!
De todas formas, el mensaje de voz era inexorable, y le importaba una mierda que un mensaje de ella fuera lo último que él elegiría borrar. Mientras maldecía, el sistema continuó agitándose hasta que escuchó la suave voz de su madre hablando en la Antigua Lengua.
—Saludos, queridísimo hijo, espero que estés bien. Por favor, disculpa la intromisión, pero me preguntaba si ¿podrías pasar por la casa en los próximos días? Hay un asunto sobre el que debo hablar contigo. Te amo. Adiós, mi primogénito de sangre.
Rehv frunció el ceño. Tan formal, el equivalente verbal a una atenta nota escrita por su hermosa mano, pero la solicitud era atípica en ella, y eso le daba el carácter de urgente. Pero estaba jodido… mala elección de palabras. Mañana a la noche era imposible debido a su «cita», así que tendría que ser la noche siguiente, asumiendo que se encontrara lo suficientemente bien.
Llamó a la casa, y cuando contestó una de las doggen le dijo a la criada que estaría allí el miércoles por la noche en cuanto el sol se pusiera.
—Señor, si me permite —dijo la criada—. Verdaderamente me alegra que vaya a venir.
—¿Qué está sucediendo? —cuando hubo una larga pausa, su frialdad interior, empeoró—. Dímelo.
—Ella está… —la voz al otro lado se agitó—. Está tan encantadora como de costumbre, pero nos alegra que venga. Si me disculpa, iré a entregarle su mensaje.
La línea quedó muerta. En el fondo de su mente, había percibido lo que ocurría, pero sistemáticamente ignoró tal convicción. Verdaderamente no podía pensar en ello. Definitivamente no podía.
Además, era probable que no fuera nada. Después de todo, la paranoia era un efecto secundario cuando se consumía mucha dopamina, y Dios sabía que estaba tomando más que su cuota. Iría al refugio en cuanto pudiera, y ella estaría bien… Espera, el solsticio de verano. Debía tratarse de eso. Sin duda deseaba planear las festividades que incluyeran a Bella y a Z y a la niña, ya que sería el primer ritual de solsticio de Nalla, y su madre se tomaba ese tipo de cosas muy en serio. Podía vivir en este lado, pero las tradiciones de las Elegidas bajo las cuales había sido criada aún formaban parte de ella.
Seguro que se trataba de eso.
Aliviado, puso el número de Ehlena en su libreta de direcciones y la llamó.
En todo lo que podía pensar mientras el teléfono llamaba, aparte de en, contesta, contesta, contesta, era en que confiaba que estuviera bien. Lo cual era una locura. ¿Como si fuera a llamarlo a él si tuviera algún problema?
Entonces por qué habría…
—¿Hola?
El sonido de su voz en el oído logró algo que la ducha caliente, el visón y la temperatura ambiente de ochenta grados no habían logrado. El calor se extendió desde su pecho, haciendo retroceder el entumecimiento y el frío, cubriéndolo con… vida.
Apagó las luces para poder concentrarse en ella con todo lo que tenía.
—¿Rehvenge? —dijo ella después de un momento.
Se reclinó contra las almohadas y sonrió en la oscuridad.
—Hola.
                                                                                                                                           

Capítulo 12


—Tienes la camiseta ensangrentada… y… Oh, Dios… la pernera de tu pantalón. Wrath, ¿Qué ocurrió?
De pie en su estudio de la mansión de la Hermandad, enfrentando a su amada shellan, Wrath tiró de las dos mitades de su chaqueta de motero para cerrarlas más sobre su pecho, y pensó, que era bueno que al menos se hubiera lavado la sangre de lesser de las manos.
La voz de Beth se hizo más baja.
—¿Cuánta de la que estoy viendo es tuya?
A sus ojos estaba tan hermosa como siempre, era la única hembra a la que deseaba, la única compañera posible para él. Con sus vaqueros y su sueter negro de cuello alto, y el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros, era la cosa más atractiva que hubiera visto. Seguía siéndolo.
—Wrath.
—No toda. —El corte de su hombro sin duda había goteado sobre su camiseta sin mangas, pero también había sostenido al macho civil contra su pecho, por lo que la sangre del macho, sin duda, se había mezclado con la suya propia.
Incapaz de permanecer quieto, caminó por el estudio, yendo desde el escritorio a la ventana ida y vuela. La alfombra que sus shitkickers cruzaban era azul, gris y crema, una Aubusson cuyos colores iban a juego con el pálido azul de las paredes y cuyas espirales curvilíneas se inspiraban en los delicados muebles Louis XIV, los accesorios y los remolinos de las molduras.
Realmente, nunca había apreciado la decoración. Y tampoco lo hizo ahora.
—Wrath… ¿Cómo llegó ahí? —El tono duro de Beth le indicó que ya sabía la respuesta, pero que aún conservaba la esperanza de que hubiera otra explicación.
Juntando fuerzas, se volvió para enfrentar al amor de su vida a través de la extensión de la recargada habitación.
—Estoy luchando otra vez.
—¿Estás qué?
—Estoy luchando.
Cuando Beth se quedó en silencio. Se alegró de que la puerta del estudio estuviera cerrada. Vio los cálculos mentales que estaba haciendo y sabía que el resultado de lo que estaba sumando iba a ir a agregarse a una y sólo una cosa: Estaba pensando en todas esas «noches en el norte» con Phury y las Elegidas. Todas esas veces que se había ido a la cama con camisetas de manga larga, útiles para ocultar hematomas, porque «estaba resfriado». Todas esas excusas de «estoy cojeando porque me ejercité demasiado».
—Estás luchando. —Hundió las manos en los bolsillos de sus vaqueros, y aunque no podía ver mucho, sabía endemoniadamente bien que el sueter negro de cuello alto era el perfecto complemente para su mirada—. Sólo para que quede claro. Me estás diciendo que, vas a empezar a luchar. O que has estado luchando.
Eso era una pregunta retórica, pero evidentemente quería que él reconociera la mentira completa.
—He estado. Durante los dos últimos meses.
La furia y el dolor fluyeron de ella, derramándose hacia él, oliendo a madera chamuscada y plástico quemado.
—Mira, Beth, tenía que…
Tenías que ser honesto conmigo —dijo ásperamente—. Eso es lo que tenías que hacer.
—No esperaba tener que salir por más de un mes o dos…
—¡Un mes o dos! ¿Cuánto demonios hace…? —Se aclaró la garganta y bajó la voz—. ¿Cuánto hace que lo estás haciendo?
Cuando se lo dijo, volvió a quedarse callada. Luego dijo:
—¿Desde agosto? Agosto.
Deseaba que diera rienda suelta a su temperamento. Que le gritara. Que le insultara.
—Lo siento. Yo… mierda, realmente lo siento.
Ella no dijo nada más, y el aroma de sus emociones se alejó a la deriva, dispersado por el aire caliente que soplaba por las rejillas de la calefacción que había en el suelo. En el pasillo, un doggen estaba pasando la aspiradora, el sonido del accesorio para alfombras zumbaba arriba y abajo, arriba y abajo. En el silencio que reinaba entre ellos, esos sonidos habituales, cotidianos eran algo a lo que aferrarse… pues era el tipo de cosa que oías todo el tiempo y raramente notabas porque estabas ocupado lidiando con el papeleo, o distraído por el hecho de que tenías hambre, o tratando de decidir si preferías relajarte viendo la TV o en el gimnasio… Era un sonido seguro.
Y en este momento devastador para su unión, se aferraba a la canción de cuna de la aspiradora Dyson con todas sus fuerzas, preguntándose si alguna vez tendría la suerte de poder ignorarla otra vez.
—Nunca se me había ocurrido… —Se aclaró la garganta una vez más—. Nunca se me ocurrió que habría algo de lo que no pudieras hablar conmigo. Siempre asumí que me decías… todo lo que podías.
Cuando dejó de hablar, él estaba helado hasta los huesos. Su voz había adquirido el tono que usaba cuando contestaba llamadas equivocadas en el teléfono: se dirigía a él como si fuera un extraño, sin ninguna calidez ni interés particular.
—Mira, Beth, debo estar allí afuera. Debo…
Ella sacudió la cabeza y levantó la mano para detenerlo.
—No se trata de que estés luchando.
Beth lo miró fijamente durante un segundo. Luego se volvió y se dirigió hacia las puertas dobles.
Beth. —¿Ese graznido estrangulado era su voz?
—No, déjame. Necesito algo de espacio.
—Beth, escucha, no tenemos suficientes guerreros en el campo de batalla…
—¡No es por la lucha! —Giró en redondo y lo enfrentó—. Me mentiste. Mentiste. Y no sólo una vez, sino durante cuatro meses.
Wrath quería discutir, defenderse, señalar que había perdido la noción del tiempo, que esas ciento veinte noches y días habían volado a la velocidad de la luz, que todo lo que había estado haciendo era poner un pie frente a otro, frente al primero, andando minuto a minuto, hora a hora, tratando de mantener la raza a flote, tratando de contener a los lessers. No había tenido intención de continuar haciéndolo durante tanto tiempo. No había planeado engañarla durante todo ese tiempo.
—Sólo respóndeme una cosa —dijo—. Una sola. Y mejor que me digas la verdad, o que Dios me ayude pero voy a… —Se llevó la mano a la boca, atrapando un débil sollozo con mano débil—. Honestamente, Wrath… ¿Sinceramente pensaste que ibas a detenerte? En el fondo de tu corazón, ¿Verdaderamente creíste que ibas a hacerlo…?
Él tragó con fuerza mientras ella pronunciaba las palabras con voz estrangulada.
Wrath respiró hondo. En el transcurso de su vida, había sido herido muchas, muchas veces. Pero nada, ninguna herida que pudieran haberle infligido alguna vez a su persona, le había dolido ni una fracción del dolor que sintió al responderle.
—No. —Volvió a respirar hondo—. No, no creo… que fuera a detenerme.
—¿Quién habló contigo esta noche? ¿Quién fue el que te convenció para que me lo dijeras?
—Vishous.
—Debí haberlo sabido. Él es probablemente la única persona, quitando a Tohr que podría haberlo… —Beth cruzó los brazos, abrazándose a sí misma, y él hubiera dado la mano con que empuñaba la daga por haber sido él, el que la estuviera abrazando—. Que estés ahí fuera luchando me asusta terriblemente, pero olvidas algo… me emparejé contigo sin saber que se suponía que el Rey no estaría en el campo de batalla. Estaba preparada para apoyarte aún cuando me aterrorizara… porque luchar en esta guerra está en tu naturaleza y en tu sangre. Tonto… —su voz se quebró—. Tonto, te hubiera dejado hacerlo. Pero en cambio…
—Beth…
Lo interrumpió.
—¿Recuerdas la noche en que saliste al principio del verano? ¿Cuando interviniste para salvar a Z y luego permaneciste en el centro de la ciudad luchando con los demás?
Seguro como el demonio que la recordaba. Cuando había regresado a casa, la había perseguido por las escaleras y habían tenido sexo sobre la alfombra de la salita del segundo piso. Unas cuantas veces. Conservaba como recuerdo los shorts de jeans que le había arrancado de las caderas.
Jesús… ahora que lo pensaba… esa había sido la última vez que habían estado juntos.
—Me dijiste que era sólo por una noche —dijo—. Una noche. Solamente. Lo juraste, y confié en ti.
—Mierda… lo siento.
—Cuatro meses. —Sacudió la cabeza, y su magnífico cabello negro se balanceó sobre sus hombros, capturando la luz de una manera tan hermosa que hasta sus inútiles ojos registraron su esplendor—. ¿Sabes lo que más me duele? Que los Hermanos lo sabían y yo no. Siempre he aceptado ese asunto de la sociedad secreta, he entendido que hay cosas que no puedo saber…
—Ellos tampoco lo sabían. —Bueno, Butch lo sabía, pero no había razón para arrojarlo bajo el autobús—. V se enteró justo esta noche.
Ella se tambaleó, y se afianzó contra una de las paredes color azul pálido.
—¿Has estado saliendo solo?
—Sí. —Extendió la mano para tocarle el brazo, pero ella lo apartó—. Beth…
Abrió la puerta de un tirón.
No me toques…
La puerta se cerró de un golpe tras ella.
La rabia contra sí mismo hizo que Wrath girara en redondo y quedara frente a su escritorio, y en el instante en que vio todos los documentos, todas las solicitudes, todas las quejas, todos los problemas, fue como si alguien hubiera conectado dos cables pelados a sus omóplatos y le hubiera dado una descarga. Se lanzó hacia delante, barrió con sus brazos la superficie del escritorio e hizo volar la mierda por todas partes.
Mientras lo papeles revoloteaban, cayendo como nieve, se sacó las gafas de sol y se frotó los ojos, el dolor de cabeza le estaba atravesando el lóbulo frontal. Habiéndose quedado sin aliento, se tambaleó, encontró su silla al tacto y se derrumbó sobre la maldita cosa. Con un áspero gruñido, dejó que su cabeza cayera hacia atrás. Últimamente estas jaquecas por estrés se estaban convirtiendo en un suceso diario, aniquilándolo y prolongándose como una gripe que se rehusaba a ser erradicada.
Beth. Su Beth…
Cuando oyó un golpe en la puerta, le dio un buen entrenamiento a su boca con la palabra J.
El golpe volvió a sonar.
—Qué —ladró.
Rhage asomó la cabeza por una rendija, luego se quedó inmóvil.
—Ah…
—Qué.
—Sí, bueno… Ah, dados los portazos… y, guau, el fuerte viento que evidentemente acaba de soplar sobre tu escritorio… ¿Sigues queriendo mantener una reunión con nosotros?
Oh, Dios… como haría para mantener otra de esas conversaciones.
Pero bueno, tal vez debería haber pensado en eso antes de decidir mentirle a sus seres más cercanos y queridos.
—¿Mi Señor? —la voz de Rhage adquirió un tono gentil—. ¿Deseas ver a la Hermandad?
No.
—Sí.
—¿Quieres a Phury en el altavoz del teléfono?
—Sí. Escucha, no quiero a los chicos en esta reunión. Blay, John y Qhuinn… no están invitados.
—Me lo imaginaba. Eh, ¿Qué te parece si te ayudo a limpiar?
Wrath miró a la alfombra cubierta de papeles.
—Yo me encargo.
Hollywood probó su inteligencia al no volver a ofrecérselo ni tampoco salirle con un «¿estás–seguro?». Simplemente salió y cerró la puerta.
Al otro lado, el reloj de pie que estaba en un rincón, tañó. Era otro sonido familiar que generalmente Wrath no oía, pero ahora mientras permanecía sentado a solas en el estudio, las campanadas sonaban como si fueran emitidas a través de altavoces de concierto.
Dejó caer las manos sobre los apoyabrazos de la frágil silla giratoria y estos se vieron empequeñecidos. La pieza de mobiliario era más del estilo de algo que usaría una hembra al final de la noche para apoyar el pie y sacarse las medias.
No era un trono. Y esa era la razón por la cual la usaba.
No había querido aceptar la corona por muchos motivos, había llegado a ser Rey por derecho de nacimiento, no por inclinación y en trescientos años no lo había asumido. Pero luego había llegado Beth y las cosas habían cambiado y finalmente había ido a ver a la Virgen Escriba.
Eso había sucedido dos años atrás. Dos primaveras, dos veranos, dos otoños y dos inviernos.
En aquel entonces tenía grandes planes, en los inicios. Geniales y maravillosos planes para unir a la Hermandad, para que todos estuvieran bajo el mismo techo, consolidando fuerzas, afianzándose contra la Sociedad Lessening. Triunfando.
Salvando.
Reclamando.
En cambio, la glymera había sido sacrificada. Había más civiles muertos. Y había aún menos Hermanos.
No habían progresado. Habían perdido terreno.
Rhage asomó la cabeza otra vez.
—Todavía estamos aquí afuera.
—Maldita sea, te dije que necesitaba algo de…
El reloj de pie volvió a sonar, y mientras Wrath escuchaba la cantidad de campanadas, se dio cuenta que hacía una hora que estaba sentado a solas.
Se frotó los doloridos ojos.
—Dame otro minuto.
—Todo lo que necesites, mi Señor. Tómate tu tiempo.





[1] Tony Bennett cantante de música pop y jazz considerado uno de los mejores artistas del género.(N. de la T.)
[2] Título de fútbol americano que se disputa a partido único entre equipos de la División I de la liga universitaria norteamericana. (N. de la T.)
[3] Los clientes de las prostitutas reciben el nombre genérico de John. (N. de la T).
[4] Queridísima Mami. En el original «Mommie Dearest» hace referencia a una película basada en el libro de igual título escrito por Cristina Crawford en el cual relata el rígido y cruel comportamiento de su madre adoptiva Joan Crawford. Entre los incidentes que relata en el mismo, hay un sermón que ella alega que ocurre cuando su madre abre el armario de Cristina y descubre que sus vestidos están colgados en perchas de alambre en vez de en perchas de mejor calidad y le da un sermón que se ha hecho popularmente conocido como el infame momento de «No más perchas de alambre». (N. de la T.)

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