martes, 24 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 13 14 15

Capítulo 13


Cuando el hola de Rehvenge salió por el auricular de su móvil, Ehlena se irguió en la cama abandonando la almohada sobre la cual había estado acostada hasta ese momento, tragándose un mierda… luego se preguntó por qué estaba tan sorprendida. Ella lo había llamado, y según lo típico, la forma en que la gente encaraba ese tipo de situaciones era… bueno pues, devolviéndote la llamada. Guau.
—Hola —respondió.
—No respondí su llamada sólo porque no reconocí el número.
Hombre, su voz era sexy. Profunda. De bajo. Como se suponía que debía ser la de un macho.
En el silencio que siguió, pensó, ¿y lo había llamado porque…? Oh, sí.
—Quise hacerle el seguimiento después de su cita. Cuando preparé los papeles para el alta, noté que no había recibido nada para su brazo.
—Ah.
La pausa que siguió fue una que no pudo interpretar. ¿Tal vez estaba enfadado por su interferencia?
—Sólo quería asegurarme que estuviera bien.
—¿Suele hacer esto con los pacientes?
—Sí —mintió.
—¿Havers sabe que está comprobando su trabajo?
—¿Al menos le miró las venas?
La risa de Rehvenge fue baja.
—Habría preferido que hubiera llamado por una razón diferente.
—No entiendo —dijo con tono tenso.
—¿Qué? ¿Que alguien pueda querer hacer algo con usted fuera del trabajo? No es ciega. Se ha visto en los espejos. Y seguramente sabe que es inteligente, así que no sólo se trata de un bonito adorno de estantería.
 En cuanto a ella concernía, estaba hablando en un idioma extranjero.
—No entiendo por qué no se cuida.
—Hmmmm. —Rió suavemente, y ella además de escuchar el ronroneo en su oído pudo percibirlo físicamente—. Oh… también puede ser que esté fingiendo para poder verla otra vez.
—Mire, la única razón por la que llamé fue…
—Porque necesitaba una excusa. Me rechazó en la sala de examen, pero en realidad quería hablar conmigo. Así que me llama con la excusa de mi brazo para lograr que la atienda por teléfono. Y ahora me tiene. —Su voz bajó otro tono—. ¿Me dejará elegir qué quiero que haga conmigo?
Ella permaneció en silencio. Hasta que él dijo:
—¿Hola?
—¿Ha terminado? ¿O quiere seguir dándole vueltas al asunto un rato más, buscando toda clase de significados respecto a qué estoy haciendo aquí?
Hubo un instante de silencio, y luego él rompió en una profunda y sincera carcajada con su vivo tono de barítono.
—Sabía que me gustaba por más de una razón.
Ella se negó a ser cautivada. Pero de todos modos lo fue.
—Llamé por su brazo. Punto. La enfermera de mi padre acaba de irse, y estábamos hablando de una…
 Cerró la boca en cuanto se dio cuenta de lo que había revelado, sintiendo como si hubiera tropezado con el equivalente conversacional de la punta de una alfombra suelta.
—Siga —le dijo con gravedad—. Por favor.
—¿Ehlena? Ehlena…
—Ehlena, ¿está ahí?
Más tarde, mucho más tarde, reflexionaría que esas tres palabras habían sido su precipicio: Ehlena, ¿está ahí?
Verdaderamente fue el comenzo de todo lo que siguió, la frase inicial de una desgarradora jornada disfrazada en la forma de una simple pregunta.
Le alegraba no haber sabido dónde la conduciría. Porque a veces la única cosa que podía ayudarte a salir del infierno era el hecho de que estabas metida demasiado profundamente como para poder salir.
Mientras Rehv esperaba la respuesta, su puño se apretó tanto sobre el móvil, que accionó una de las teclas contra la mejilla y ésta emitió un bip de: Eh, hombre, aflójate un poco.
El juramento electrónico pareció romper el hechizo en ambos.
—Lo siento —murmuró él.
—Está bien. Yo, ah…
—¿Decía…?
No esperaba que respondiera, pero entonces… ella lo hizo.
—La enfermera de mi padre y yo estábamos hablando de un corte que le está dando problemas, y eso fue lo que me hizo pensar en su brazo.
—¿Su padre está enfermo?
—Sí.
Rehv aguardó a que dijera algo más, en tanto intentaba decidir si ejercer algo de presión haría que callara… pero ella resolvió la cuestión.
—Alguno de los medicamentos que toma le provocan inestabilidad por lo que  choca contra las cosas y no siempre se da cuenta de que se ha lastimado. Es un problema.
—Lo siento. Cuidarlo debe ser difícil para usted.
—Soy enfermera.
—Y una hija.
—Así que era por un asunto clínico. Mi llamada.
Rehv sonrió.
—Déjeme preguntarle algo.
—Yo primero. ¿Por qué no deja que le revisen el brazo? Y no me diga que Havers vio esas venas. Si lo hubiera hecho, le habría recetado antibióticos, y si usted hubiera rehusado habría una nota en su historial informando que había apelado al AMA[1]. Mire, todo lo que necesita para tratarlo son algunas píldoras, y sé que no le tiene fobia a la medicina. Toma una cantidad infernal de dopamina.
—Si estaba preocupada por mi brazo, ¿por qué no me habló en la clínica?
—Lo hice, ¿recuerda?
—No de esta forma. —Rehv sonrió en la oscuridad y acarició con la mano el edredón de visón. No podía sentirlo, pero se imaginaba que la piel era tan suave como el cabello de ella—. Todavía pienso que quería tenerme en el teléfono.
La pausa que siguió hizo que le preocupara la posibilidad de que fuera a cortar la llamada.
Se sentó, como si la posición vertical fuera a evitar que ella presionara el botón de fin.
—Sólo estoy diciendo… bueno, mierda, lo que quiero decir es que me alegra que llamara. Sin importar la razón.
—No hablé más de este tema en la clínica porque se fue antes de que yo introdujera las notas de Havers en el ordenador. Ese fue el momento en que me dí cuenta.
Él todavía no creía que la llamada fuera completamente por motivos profesionales. Podría haberle mandado un mail. Podría habérselo dicho al doctor. Podría habérselo endosado a una de las enfermeras del turno del día para que hiciera el seguimiento.
—Así que no hay ninguna posibilidad de que se sienta mal por haberme rechazado tan duramente como lo hizo.
Ella se aclaró la garganta.
—Siento eso.
—Bueno, la perdono. Totalmente. Completamente. Tenía aspecto de no estar teniendo una buena noche.
Su exhalación fue una manifestación de extenuación.
—Sí, no fue mi mejor noche.
—¿Por qué?
Otra larga pausa.
—Es mucho mejor por teléfono ¿Lo sabía?
Él se echó a reír.
—¿Mucho mejor en qué sentido?
—Es más fácil hablarle. En realidad… es bastante fácil hablar con usted.
—Lo hago bien en el mano–a–mano.
De repente frunció el ceño, pensando en el corredor de apuestas al que le había ajustado las cuentas en su oficina. Mierda, el pobre bastardo era sólo uno de un enorme número de traficantes de droga, lacayos de Las Vegas, camareros y proxenetas que en los últimos años había persuadido a golpes. Su filosofía siempre había sido que la confesión era buena para el alma, especialmente cuando se trataba de cabrones que pensaban que no notaría que lo estaban jodiendo. Su estilo de administración también lanzaba un importante mensaje en un negocio donde la debilidad hacía que te mataran. El comercio clandestino requería una mano dura, y siempre había creído que esa era la realidad en la que vivía, solamente.
Sin embargo, ahora, en ese sosegado momento, teniendo a Ehlena tan cerca, sentía como que sus «mano–a–mano» eran algo que requería una disculpa y ser encubierto.
—Entonces, ¿por qué esta noche no fue buena? —preguntó, desesperado por acallarse a sí mismo
—Mi padre. Y luego… bueno, me dejaron plantada.
Rehv frunció el ceño tan fuertemente que de hecho sintió una leve punzada entre los ojos.
—¿Para una cita?
—Sí.
Odiaba la idea de ella saliendo con otro macho. Y no obstante envidiaba al hijo de puta, quien fuera que fuese.
—Qué imbécil. Lo siento pero, qué imbécil.
Ehlena rió, y él amó el sonido, especialmente la forma en la que su cuerpo se calentó un poquito más en respuesta. Hombre, al demonio con las duchas calientes. Esa risa suave y tranquila era lo que necesitaba.
—¿Está sonriendo? —dijo suavemente.
—Sí. Quiero decir, supongo que sí. ¿Cómo lo supo?
—Simplemente tenía la esperanza de que fuera así.
—Bueno, realmente puede ser amable y encantador. —Rápidamente como para disimular el cumplido, dijo—: La cita no era gran cosa ni nada de eso. No lo conocía muy bien. Era sólo para tomar un café.
—Pero terminó la noche en el teléfono conmigo. Lo cual es mucho mejor.
Ella volvió a reír.
—Bueno, ahora nunca sabré cómo sería salir con él.
—¿No?
—Yo sólo… bueno, pensé en ello, y no creo que en este momento tener citas sea una buena idea, dada mi situación. —El surgimiento de su júbilo fue desechado cuando agregó—: Con nadie.
—Hmm.
—¿Hmm? ¿Qué significa hmm?
—Significa que tengo su número telefónico.
—Ah, sí, lo tiene… —Su voz se detuvo cuando lo sintió moverse—. Espere, ¿está usted… en la cama?
—Sí. Y antes de que continúe, no quiere saberlo.
—¿No quiero saber, qué?
—Cuánta ropa no llevo puesta.
—Eh… —Mientras dudaba, él supo que ella estaba sonriendo otra vez. Y probablemente sonrojándose—. No tenía intención de preguntar.
—Muy inteligente por su parte. Soy sólo yo y las sábanas… Ups. ¿Acabo de decir eso en voz alta?
—Sí. Sí, lo hizo. —Su voz bajó un tono como si estuviera imaginándoselo desnudo. Y la imagen mental no le molestara en lo más mínimo.
—Ehlena… —Se detuvo a sí mismo, sus impulsos symphath le aportaron el autocontrol para ir más despacio. Sí, Rehv la deseaba tan desnuda como estaba él. Pero más que eso deseaba que permaneciera en el teléfono.
—¿Qué? —respondió.
—Su padre… ¿ha estado enfermo durante mucho tiempo?
—Yo, ah… sí, sí, lo ha estado. Es esquizofrénico. No obstante, ahora lo tenemos medicado, y está mejor.
—Maldita… sea. Eso debe ser realmente difícil. Porque él está ahí, pero al mismo tiempo no lo está, ¿correcto?
—Sí… esa es exactamente la forma en que se siente.
Era parecido a la forma en la que él vivía, su lado symphath era una constante realidad alternativa, que lo perseguía mientras trataba de vivir las noches como una persona normal.
—Si no le molesta que le pregunte —dijo ella cuidadosamente—, ¿para qué necesita la dopamina? No hay ningún diagnóstico en su historial médico.
—Probablemente porque Havers me ha estado tratando desde siempre.
Ehlena rió incómoda.
—Supongo que ese debe ser el motivo.
Mierda, qué le iba a decir.
El symphath que había en él le decía, lo que sea, simplemente miéntele. El problema era que de alguna parte había aparecido otra voz en su cerebro, rivalizando con la primera, una que le era desconocida y muy débil, pero categóricamente compulsiva. Sin embargo, como no tenía ni idea de qué era, continuó con su rutina.
—Tengo Parkinson. O, más precisamente, el equivalente vampiro.
—Oh… lo siento. Entonces es por eso que usa bastón.
—Mi equilibrio es malo.
—No obstante la dopamina le está haciendo bien. Casi no tiene temblores.
Esa débil voz en su cabeza se transformó en un extraño dolor en el centro de su pecho, y por un momento dejó de lado el fingimiento, y dijo la verdad:
—No tengo ni idea de qué haría sin esa droga.
—Los medicamentos de mi padre han sido como un milagro.
—¿Usted es la única que lo cuida? —Cuando ella respondió con un mh–hmmm, le preguntó—: ¿Dónde está el resto de su familia?
—Somos sólo él y yo.
—Entonces usted está afrontando una carga tremenda.
—Bueno, le amo. Y si los papeles estuvieran invertidos, él haría lo mismo. Es lo que padres e hijos hacen los unos por los otros.
—No siempre. Es evidente que usted procede de una familia de gente bondadosa. —Antes de poder detenerse, prosiguió—: Pero es por eso por lo que se siente sola, ¿no es verdad? Se siente culpable si lo deja aunque sea por una hora, y si se queda en casa no puede ignorar el hecho de que se le está pasando la vida. Está atrapada y gritando, pero no cambiaría nada.
—Debo irme.
Rehv cerró los ojos con fuerza, ese dolor en su pecho, se expandía a través de todo su cuerpo como un incendio sobre pasto seco. Con su voluntad encendió una luz, como si la oscuridad se hubiera convertido en un símbolo de su propia existencia.
—Es sólo… que sé lo que se siente, Ehlena. No por las mismas razones… pero entiendo todo ese asunto de la separación. Sabe, ese concepto de que está viendo a todo el resto del mundo vivir sus vidas… oh, joder, como sea. Espero que duerma bien…
—Así es como me siento la mayor parte del tiempo. —Ahora su voz tenía un tono apacible, y le alegró que hubiera entendido lo que había tratado de decirle, a pesar de que él había sido tan elocuente como un gato callejero.
Ahora era él quien se sentía incómodo. No estaba acostumbrado a hablar de esa forma… ni a sentir de esa forma.
—Escuche, la dejaré descansar un poco. Me alegra que llamara.
—Sabe… a mí también.
—Y ¿Ehlena?
—¿Sí?
—Creo que tiene razón. No es una buena idea que se involucre con alguien en este momento.
—¿En serio?
—Sip. Buenos días.
Hubo una pausa.
—Buenos… días. Espere…
—¿Qué?
—Su brazo. ¿Qué va a hacer con su brazo?
—No se preocupe, estará bien. Pero gracias por su interés. Significa mucho para mí.
Rehv colgó primero y dejó el teléfono sobre el edredón de visón. Cerró los ojos dejando la luz encendida. Y no durmió nada.




Capítulo 14


En el complejo de la Hermandad, Wrath abandonó la idea de que pronto iba a sentirse mejor respecto a la situación con Beth. Infiernos, podía pasarse el próximo mes en su zanquilarga silla, dándole vueltas en la cabeza, y eso sólo le entumecería el culo.
Y mientras tanto, los cantos rodados[2] que había en el pasillo se estaban poniendo mohosos y malhumorados.
Abrió las puertas dobles con su voluntad y como una unidad sus hermanos se pusieron firmes. Al mirar a través de la extensión azul pálido del estudio sus cuerpos grandes y duros en la galería, les reconoció no por sus rostros, ni su ropa ni su expresión, sino por el eco de cada uno en su sangre. 
Las ceremonias de la Tumba que les habían unido a todos resonaban sin importar cuanto tiempo hacia que las hubieran hecho.
—No os quedéis ahí parados –dijo mientras la Hermandad le miraba fijamente—. No he abierto esas jodidas puertas para convertirme en una exhibición del zoo.
Los hermanos entraron con sus pesadas botas… excepto Rhage, que llevaba sus chancletas, las cuales eran su calzado acostumbrado dentro de la casa sin importar la estación. Cada uno de los guerreros tomó su posición habitual en la habitación, con Z deteniéndose junto a la chimenea, y V y Butch aparcando en el sofá de patas estrechas recientemente reforzadas. Rhage se acercó al escritorio con una serie de slip–slip––flip para encender el altavoz del teléfono, dejando que sus dedos le abrieran el camino a Phury que estaba al aparato.
Nadie dijo nada acerca de los papeles que estaban en el suelo. Nadie intentó recogerlos. Era como si allí no hubiera ningún lío, y así era cómo Wrath lo prefería.
Mientras Wrath cerraba las puertas con la mente, pensó en Tohr. El hermano estaba en la casa, más concretamente en el pasillo de las estatuas, a sólo unas pocas puertas, pero estaba en un continente diferente. Invitarlo no era una opción… más bien sería una crueldad, dado donde estaba su mente.
—¿Hola? –salió la voz de Phury desde el teléfono.
—Estamos todos aquí —dijo Rhage antes de desenvolver una Tootsie Pop y dirigirse con su slip––flip––flip hacia un sillón verde feo como el culo.
La monstruosidad era de Tohr, y la habían subido de la oficina para que John Matthew durmiera en ella después de que Wellsie fue asesinada y Tohrment hubo desaparecido. Rhage tendía a utilizar la cosa porque realmente con su peso, era la opción más segura para su culo, sofás reforzados de acero, incluidos.
Con todos ya acomodados, la habitación quedó en silencio a excepción del crujido de los molares de Hollywood sobre esa cosa de cereza que tenía en la boca.
—Oh, que diablos –gimió finalmente Rhage alrededor de su piruleta—. Sólo dínoslo. Lo que sea. Estoy a punto de ponerme a gritar. ¿Ha muerto alguien?
No, pero seguro como la mierda que se sentía como si hubiera matado algo.
Wrath miró en dirección al hermano, luego miró a cada uno de ellos.
—Seré tu compañero, Hollywood.
—¿Compañero? Como en… —Rhage paseó la vista por la habitación como comprobando a ver si todos habían oído lo mismo que él—. No estás hablando del gin rummy[3], ¿verdad?
—No —dijo Z en voz baja—. No creo que lo esté.
—Sagrada. Mierda. —Rhage sacó otra piruleta del bolsillo de la sudadera negra—. ¿Esto es legal?
—Lo es ahora —murmuró V.
Phury habló desde el teléfono.
—Espera, espera… ¿es para reemplazarme?
Wrath sacudió la cabeza aunque el Hermano no podía verlo.
—Es para reemplazar a muchas personas que hemos perdido.
La conversación burbujeó como una lata de Coca Cola que acabara de ser abierta de golpe. Butch, V, Z y Rhage empezaron a hablar todos a la vez hasta que una voz metálica interrumpió el parloteo:
—Entonces, yo también quiero volver.
Todos miraron al teléfono, excepto Wrath que miró fijamente a Z para medir la reacción del tipo. Zsadist no tenía problemas en demostrar ira. Jamás. Pero ocultaba la preocupación y la inquietud como si fueran dinero suelto y estuviera rodeado de atracadores: Mientras la declaración de su gemelo resonaba, se puso en modo de  completa autoprotección, tensándose y sin emitir absolutamente nada en términos de emoción.
Ah, correcto, pensó Wrath. El duro bastardo estaba asustado como un eunuco.
—¿Estás seguro de que es una buena idea? –preguntó Wrath lentamente—. Quizá luchar no es lo que necesitas en este momento, hermano.
—No he fumado en casi cuatro meses —dijo Phury por el altavoz—. Y no tengo planes de volver a las drogas.
—El estrés no hará esa mierda más fácil.
—Oh, ¿pero quedarme sentado sobre mi culo mientras tu estás fuera lo hará?
Maravilloso. El Rey y el Primale en el campo de batalla por primera vez en la historia. ¿Y por qué? Porque la Hermandad estaba en las últimas.
Gran record para superar. Como ganar los jodidos cincuenta metros en las olimpiadas para perdedores.
Cristo.
Salvo que entonces Wrath pensó en ese civil muerto. ¿Era ese un mejor desenlace? No.
Recostándose en su delicada silla, miró a Z con dureza.
Como si sintiera los ojos sobre él, Zsadist se alejó de la repisa de la chimenea y se puso a caminar a zancadas por el estudio. Todos sabían lo que estaba imaginándose: a Phury con una sobredosis en el suelo del cuarto de baño, con una jeringuilla de heroína vacía, tirada a su lado, sobre las baldosas.
—¿Z? —la voz de Phury salió del teléfono—. ¿Z? Levanta el auricular…
Cuándo Zsadist entabló conversación con su gemelo, su rostro, con la cicatriz mellada, adquirió un ceño tan desagradable que hasta Wrath podía ver su mirada enfurecida. Y la expresión no mejoró al decir:
—Aja. Sí. Aja. Lo sé. Correcto. —Hubo una larga, larga pausa—. No, todavía estoy aquí. Okay. Bien.
Pausa.
—Júramelo. Por la vida de mi hija.
Después de un momento, Z pulsó la tecla del altavoz otra vez, puso el auricular en su lugar y volvió a la chimenea.
—Estoy dentro —dijo Phury.
Wrath se revolvió en la afeminada silla, deseando que muchas cosas fueran diferentes.
—Sabes, quizás en otro momento, te diría que desistieras. Ahora, sólo diré… ¿Cuándo puedes empezar?
—Al anochecer. Dejaré a Cormia a cargo de las Elegidas mientras estoy fuera en el campo de batalla.
—¿A tu hembra le va a parecer bien esto?
Hubo una pausa.
—Ella sabe con quién se emparejó. Y seré honesto con ella.
Uy.
—Ahora tengo una pregunta –dijo Z suavemente—. Es acerca de la sangre seca que hay en tu camiseta, Wrath.
Wrath carraspeó.
—De hecho, ya hace un tiempo que he regresado. A la lucha.
La temperatura de la habitación cayó. Lo cual se debía a que Z y Rhage se habían cabreado por no haberlo sabido.
Y entonces, repentinamente, Hollywood maldijo.
—Espera…espera. Vosotros dos lo sabíais… lo sabíais antes que nosotros, ¿verdad? Porque ninguno parece sorprendido.
Butch se aclaró la garganta, porque lo estaban mirando con furia.
—Me necesitaba para hacer la limpieza. Y V intentó hacerle cambiar de opinión.
—¿Cuánto tiempo hace que comenzó esto, Wrath? –ladró Rhage.
—Desde que Phury dejó de luchar.
—Debes estar bromeando.
Z fue con paso decidido hasta una de las ventanas que iban del suelo al techo, y a pesar de que las persianas estaban bajas, miró fijamente la cosa como si pudiera ver los terrenos que había al otro lado.
—De puñetera madre que no hayas conseguido que te maten ahí fuera.
Wrath desnudó sus colmillos.
—¿Crees que lucho como un mariquita simplemente porque ahora estoy detrás de este escritorio?
La voz de Phury se elevó desde el teléfono.
—Bueno, todo el mundo, a relajarse. Ahora todos lo sabemos, y las cosas van a ser diferentes de ahora en adelante. Nadie luchará solo, aunque vayamos de tres en tres. Pero necesito saber, ¿esto va a ser de conocimiento general? ¿Lo anunciarás pasado mañana en la reunión del Consejo?
Joder, ese feliz y pequeño enfrentamiento no era algo que estuviera deseando llevar a cabo.
—Creo que por ahora lo mantendremos en silencio.
—Sí —replicó Z—, porque realmente, ¿para qué ser honestos?
Wrath lo ignoró.
—Aunque se lo diré a Rehvenge. Sé que hay miembros de la glymera que se están quejando por los asaltos. Si va a más, podrá calmar las cosas con esta clase de información.
—¿Ya hemos terminado? —preguntó Rhage con voz monótona.
—Sí. Eso es todo.
—Entonces me voy.
Hollywood abandonó la habitación indignado, y Z se fue justo detrás de él, dos víctimas más de la bomba que Wrath había dejado caer.
—¿Cómo lo ha tomado Beth? —preguntó V.
—¿Cómo crees? —Wrath se puso de pie y siguió el ejemplo del par que había salido.
Hora de ir a buscar a Doc Jane para que le cosiera, asumiendo que los cortes no se hubieran cerrado ya.
Necesitaba estar listo para volver a salir a luchar mañana.


En la fría y brillante luz de la mañana, Xhex se materializó al otro lado de una pared alta, en las ramas desnudas de un robusto arce. La mansión que estaba más allá descansaba en la superficie del paisaje como una perla gris engastada en una filigrana, árboles delgados y pelados por el viento se alzaban alrededor de la vieja casa parroquial de piedra, anclándola en el ondulado césped, sujetándola contra la tierra.
El débil sol de diciembre se derramaba sobre ella, haciendo que lo que habría sido austero por la noche pareciera únicamente venerable y distinguido.
Sus gafas de sol eran casi negras, la única concesión que necesitaba hacer a su lado vampiro si salía durante el día. Detrás de las lentes, su visión permanecía aguda y veía cada detector de movimiento, cada luz de seguridad y cada ventana de vidrio emplomado cubierta por contraventanas.
Entrar iba a ser un desafío. Los cristales de esos cabrones estaban sin duda reforzados con acero, lo que quería decir que desmaterializarse hacia dentro sería imposible aunque las contraventanas estuvieran abiertas. Y con su lado symphath, presintió que había muchas personas dentro: en la cocina estaba el personal. Arriba estaban los que dormían. Los demás estaban moviéndose por el lugar. No era una casa feliz, las cuadrículas emocionales dejadas por las personas que había allí estaban llenas de sentimientos sombríos y violentos.
Xhex se desmaterializó al techo de la sección principal de la mansión, lanzando la versión symphath del mhis. No la ocultaba por completo, más bien era como si se convirtiera en una sombra más, entre las sombras proyectadas por las chimeneas y la mierda del sistema de CVAA[4], pero era suficiente para comprarle un pase por los detectores de movimiento.
Acercándose a un conducto de ventilación, encontró una lámina de malla de acero grueso como una regla, atornillada a las paredes de metal. La chimenea estaba igual. Cubierta con robusto acero.
No le sorprendía. Tenían una seguridad muy buena aquí.
La mejor oportunidad de penetración sería de noche, utilizando un pequeño taladro a pilas en una de las ventanas. Las habitaciones de los criados que estaban atrás serían un buen lugar para entrar, dado que el personal estaría trabajando y esa parte de la casa estaría más tranquila.
Entrar. Encontrar el objetivo. Eliminarlo.
Las instrucciones de Rehv eran dejar un cadáver llamativo, así que no se molestaría en ocultarlo ni tampoco en deshacerse del cuerpo.
Mientras andaba a través de los pequeños guijarros que cubrían el tejado, los cilicios que llevaba alrededor de los muslos le mordían los músculos a cada paso, el dolor la drenaba de cierta cantidad de energía y le proporcionaba la concentración necesaria… ambas cosas le ayudaban a mantener sus impulsos symphath encadenados en el patio trasero de su cerebro.
No llevaría puestas las tiras con púas cuando fuera a hacer el trabajo.
Xhex se detuvo y alzó la mirada al cielo. El viento seco y cortante prometía nieve, y pronto. El profundo hielo del invierno estaba llegando a Caldwell.
Pero había estado en su corazón durante años.
Debajo de ella, bajo sus pies, volvió a sentir a las personas, leyó sus emociones, sintiéndolas. Los mataría a todos si se lo pidieran. Los asesinaría sin pensarlo ni dudarlo mientras yacían en sus camas o se dirigían a sus deberes o robaban un bocado de mediodía o se levantaban para una rápida meada antes de volverse a dormir.
Tampoco le molestaba el residuo sucio y desmañado del fallecimiento ni toda esa sangre, no más de lo que a una H&K o a una Glock le importarían una mierda las manchas en la alfombra o las baldosas embadurnadas o las arterias que goteaban. El color rojo era lo único que veía cuando iba a trabajar, y además, de todos modos, después de un rato, todos esos ojos horrorizados y desorbitados y esas bocas ahogadas con el último aliento, parecían todas iguales.
Esa era la gran ironía. En la vida, cada uno era un copo de nieve de hermosa e independiente proporción, pero cuando llegaba la muerte y te sujetaba, te dejaba con piel, músculos y huesos anónimos, todo lo cual se enfriaba y deterioraba a un ritmo previsible.
Ella era el arma conectada al índice de su jefe. Él apretaba el gatillo, ella disparaba, el cuerpo caía, y a pesar del hecho de que algunas vidas eran cambiadas para siempre, al día siguiente el sol todavía salía y se ponía para todas las demás personas que había en el planeta, incluyéndola a ella.
Tal era el curso de su trabajobligación, como ella le definía: mitad empleo, mitad obligación, por lo que Rehv hacía para protegerlos a los dos.
Cuándo volviera a este lugar al anochecer, haría lo que tenía que hacer allí y saldría con la conciencia tan intacta y segura como la cámara acorazada de un banco.
Entrar y salir y nunca volver a pensar en ello.
Así era el camino y la vida de un asesino.


Capítulo 15



Los aliados eran el tercer engranaje en la maquinaria de la guerra.
Los recursos y los reclutas te daban el motor táctico que te permitía enfrentarte, entablar combate, y reducir el tamaño y fuerza de los ejércitos de tus enemigos. Los aliados eran tu ventaja estratégica, gente cuyos intereses estaban alineados con los tuyos, aunque vuestras filosofías y metas finales podían no coincidir. Tan impotantes eran los primeros como los segundos si querías ganar, pero estos eran un poco menos controlables.
A menos que supieras como negociar.
—Llevamos conduciendo un rato —dijo el señor D desde detrás del volante del Mercedes del fallecido padre adoptivo de Lash.
—Y vamos a seguir conduciendo un poco más. —Lash estudió su reloj.
—¿No va a decirme adónde vamos?
—No. No lo he hecho, ¿verdad?
Lash miró por la ventanilla del sedán. Los árboles a los lados de la Northway parecían dibujos hechos a lápiz antes de que se trazaran las primeras hojas, nada más que robles yermos, arces altos y delgados y abedules retorcidos. Las únicas que tenían algo de verde eran las fornidas y rechonchas coníferas, el número de las cuales se había ido incrementando a medida que se internaban en el Parque Adirondack.
Cielo gris. Autopista gris. Árboles grises. Era como si el paisaje del estado de Nueva York hubiera caído presa de la gripe o alguna mierda así, con un aspecto tan sano como el de alguien que no había recibido su vacuna de neumonía a tiempo.
Había dos razones por las que Lash no había sido franco sobre adonde se dirigían él y su segundo al mando. La primera era directamente de mariquitas, y apenas podía admitirla ante sí mismo. No estaba seguro de si iba a acudir a la cita que había concertado.
La cuestión era que este aliado era complicado, y Lash sabía que el solo hecho de acercársele era como estar pinchando un avispero con un palo. Sí, era un gran aliado potencial, pero si en un soldado la lealtad era un buen atributo, en un aliado era tarea decisiva, y allá donde se dirigían, la lealtad era un concepto tan desconocido como el miedo. Así que estaba más o menos jodido en los dos extremos y por eso no hablaba. Si la reunión no iba bien, o si su tanteo no funcionaba, no iba a proceder, y en ese caso, el señor D no tenía que saber los pormenores de con quién iba a negociar.
La otra razón que hacía que Lash guardara silencio era que no estaba seguro de si la otra parte iba a aparecer a la fiesta. En cuyo caso, de nuevo, no quería que se supiera lo que había estado planeando.
En el costado de la carretera, en una pequeña señal verde con letras reflectantes blancas se leía: FRONTERA U.S. 61.
Sí, sesenta y un kilómetros y estabas fuera del país… y por eso la colonia symphath había sido colocada allá arriba. El objetivo había sido mantener a todos esos hijos de puta sociópatas tan lejos de la población civil vampiro como fuera posible, y el objetivo había sido conseguido. Un poco más cerca de Canadá y tendrías que decirles jodeos y moríos en francés.
Lash había hecho el contacto gracias al viejo Rolodex[5] de su padre adoptivo, el cual, lo mismo que el coche del macho, había probado ser muy útil. Como anterior leahdyre del Consejo, Ibix había tenido una forma de contactar con los symphaths por si acaso alguno era encontrado ocultándose entre la población general y tenía que ser deportado. Por supuesto, que la diplomacia entre las especies nunca había sido oficial. Eso habría sido como ofrecer la garganta expuesta a un asesino en serie, con un cuchillo  Henckels para cortarla incluido.
El e–mail de Lash al rey de los symphaths había sido corto y directo al grano, y en la breve misiva, se había identificado como quien era realmente, no como quien había crecido pensando que era: él era Lash, jefe de la Sociedad Lessening. Lash, hijo del Omega. Y estaba buscando una alianza contra los vampiros que habían discriminado y rechazado a los symphaths.
Seguramente el rey querría venganza por la falta de respeto demostrada a su gente.
La respuesta que había recibido había sido tan gentil que casi vomita, pero entonces había recordado de sus días de entrenamiento que los symphaths lo trataban todo como si fuera una partida de ajedrez… justo hasta el momento en que capturaban a tu rey, convertían a tu reina en una puta, y quemaban tus castillos. La respuesta del líder de la colonia había señalado que un debate coloquial de interés mutuo sería bienvenido, y había preguntado a Lash si sería tan amable de ir al norte, ya que las opciones de viaje del rey exiliado estaban, por definición, limitadas.
Lash había llevado el coche porque había impuesto una condición propia, que había sido la asistencia del señor D. La verdad era que había puesto la condición simplemente para igualar las demandas. Querían que acudiera a ellos; bien, él llevaría a uno de sus hombres. Y como el lesser no podía desmaterializarse, era necesario conducir.
Cinco minutos después, el señor D tomó una salida de la autopista y atravesó un centro urbano que era del tamaño de apenas uno de los siete parques de la ciudad de Caldwell. Aquí no había rascacielos, sólo edificios de ladrillos de cuatro y cinco plantas, tanto así que parecía como si los duros meses de invierno hubieran impedido no sólo el crecimiento de los árboles, sino también el de la arquitectura.
Por orden de Lash, condujeron hacia el oeste, pasando huertos de manzanos deshojados y granjas de vacas valladas.
Como lo había hecho en la autopista, aquí también disfrutó del paisaje con ojos ávidos. Todavía seguía sorprendiéndole el poder presenciar la lechosa luz solar de diciembre lanzando sombras sobre aceras, tejados de casas y sobre la tierra marrón que había bajo las desnudas extremidades de los árboles. En su renacimiento, su verdadero padre le había dado un propósito renovado, junto con este don de la luz diurna, y disfrutaba inmensamente de ambos.
El GPS del Mercedes pitó un par de minutos después, y la lectura se volvió insegura. Imaginó que eso significaba que se estaban acercando a la colonia, y como para darle la razón apareció la carretera que estaban buscando. Ilene Avenue estaba indicada sólo por una diminuta señal. Y Avenida, una mierda; no era nada más que un camino de tierra que cruzaba los campos de maíz.
El sedan hacía lo que podía sobre el accidentado camino; sus amortiguadores absorbían los cráteres que habían sido creados por los charcos, pero el viaje habría sido más fácil en un jodido cuatro por cuatro. No obstante, al final, en la distancia apareció un grueso collar de árboles, y la granja que conformaba la cabeza alrededor de la cual estaban apiñados, estaba en condiciones inmaculadas, toda pintada de un brillante blanco con contraventanas y techo verde oscuro. Como algo sacado de una tarjeta de navidad humana, con humo saliendo de sus cuatro chimeneas, y el porche equipado con mecedoras y arbustos de hoja perenne.
Al acercarse, pasaron una discreta señal blanca y verde que decía: ORDEN MONÁSTICA TAOISTA, EST. 1982.
El señor D aparcó el Mercedes, apagó el motor, e hizo la señal de la cruz sobre su pecho. Lo que era jodidamente estúpido.
—Esto me da mala espina.
La cuestión era, que el pequeño tejano tenía razón. A pesar del hecho de que la puerta delantera estaba abierta y la luz del sol se derramaba sobre un entarimado de un cálido color cereza, algo malo acechaba tras la hogareña fachada. Era simplemente demasiado perfecto, demasiado calculado para hacer que una persona se relajara y así debilitar sus instintos defensivos.
Lash pensó que era como una chica guapa con una enfermedad venérea.
—Vamos —dijo.
Ambos salieron, y mientras que el señor D empuñó su Magnum, Lash no se molestó en buscar su arma. Su padre le había proporcionado muchos trucos, y a diferencia de aquellas ocasiones en las que trataba con humanos, no tenía problemas en mostrar sus habilidades especiales delante de un symphath. Si acaso, montar un espectáculo podría ayudar a que le vieran bajo la luz apropiada.
El señor D se colocó su sombrero de cowboy.
—Esto realmente me da mala espina.
Lash entrecerró los ojos. Frente a cada una de las ventanas, colgaban cortinas de encaje, pero a pesar del blanco Clorox[6] de la tela, la mierda era espeluznante... Guau, ¿se movían?
En ese momento, comprendió que no era encaje, sino telas de araña. Pobladas por arácnidos blancos.
—¿Son... arañas?
—Sip. —Ciertamente no sería la elección decorativa de Lash, pero bueno, él no tenía que vivir allí.
Los dos se detuvieron en el primero de los tres escalones que llevaban al porche delantero. Joder, algunas puertas abiertas no resultaban acogedoras, y definitivamente aquí se daba el caso... menos de hola–como–estás, y más de entra–así–podremos–usar–tu–piel–para–hacer–una–capa–de–superhéroe–para–uno–de–los–pacientes–de–Hannibal–Lecter.
Lash sonrió. Quienquiera que estuviera en esa casa era definitivamente un amigo.
—¿Va a querer que suba y toque el timbre? —dijo el señor D—. ¿Si es que hay?
—No. Esperaremos. Ellos vendrán a nosotros.
Y mira por donde, alguien apareció en el extremo más alejado del vestíbulo delantero.
Lo que bajó hacia ellos tenía suficiente tela colgando de su cabeza y hombros para competir con un escenario de Broadway. La tela era rara, de un blanco reluciente, un blanco que captaba la luz y la reflejaba entre los gruesos pliegues, y el peso de toda ella era capturado por un fuerte cinturón blanco de brocado.
Muy impresionante. Si te iba el rollo monarca–sacerdotal.
—Saludos, amigo —dijo una voz baja y seductora—. Soy el que buscáis, el líder de los descastados.
Las eses se arrastraban hasta casi formar palabras independientes, el acento sonaba muy parecido al temblor de advertencia de una serpiente de cascabel.
Un escalofrío atravesó a Lash y el hormigueo bajó hasta su polla. El poder era, después de todo, mejor que la droga Éxtasis como afrodisíaco, y esta cosa que había venido a detenerse entre los batientes de la puerta delantera era toda autoridad.
Largas y elegantes manos se extendieron hacia la capucha y echaron los blancos pliegues hacia atrás. El rostro del líder ungido de los symphaths era tan suave como su espectacular túnica, los planos de las mejillas y barbilla formados por elegantes y suaves ángulos. La reserva genética que había engendrado a este hermoso y decadente asesino era tan refinado que su sexo era casi único, fundiéndose las características de macho y hembra, con una preponderancia hacia lo femenino.
Sin embargo, la sonrisa era completamente helada. Y los centelleantes ojos rojos eran sagaces hasta la malevolencia.
—¿No querríais entrar?
La adorable voz siseante fundió esas palabras unas con otras, y Lash se encontró a sí mismo disfrutando del sonido.
—Sí —dijo, volviendo a concentrarse en el asunto—. Lo haremos.
Cuando se adelantó, el rey alzó la palma de la mano.
—Un momento, si no te importa. Por favor dile a tu asociado que no tenga miedo. Nada os hará daño aquí. —La declaración era bastante amable en la superficie, pero el tono fue duro... de lo cual Lash dedujo que no eran bienvenidos en la casa si el señor D llevaba un hierro en la mano.
—Guarda el arma —dijo Lash suavemente—. Nos tengo cubiertos.
El señor D enfundó la 357, con un «sí, señor» tácito, y el symphath se apartó de la puerta.
Mientras subían los escalones, Lash frunció el ceño y bajó la mirada. Sus pesadas botas de combate no hacían ningún sonido sobre la madera, y lo mismo ocurrió sobre las tablillas del porche cuando se aproximaron a la puerta.
—Preferimos las cosas silenciosas —El symphath sonrió, revelando que tenía los dientes parejos, lo cual fue una sorpresa. Evidentemente, los colmillos de estas criaturas, quienes una vez habían estado estrechamente emparentadas con los vampiros, les habían sido extirpados. Si todavía se alimentaban, no podía ser muy frecuentemente, a menos que les gustaran los cuchillos.
El rey extendió el brazo a la izquierda.
—¿Nos trasladamos al salón?
El «salón» podría haberse descrito más precisamente como «pista de bolos con mecedoras». El espacio no era más que un lustroso entarimado, y paredes cubiertas sólo por pintura blanca. En medio del camino había cuatro sillas Shaker agrupadas formando un semicírculo alrededor del hogar encendido como si tuvieran miedo de tanto vacío y se hubieran apiñado en busca de apoyo.
—Tomen asiento —dijo el rey mientras levantaba y apartaba su túnica para sentarse en una de las altas y débiles sillas.
—Tú te quedas de pie —le ordenó Lash al señor D, quien obedientemente tomó posición detrás de donde Lash se había sentado.
Las llamas no restallaban alegremente al consumir los leños que les habían dado vida y las alimentaban. Las mecedoras no crujieron cuando el rey y Lash depositaron su peso en ellas. Las arañas no emitieron sonido cuando cada una cayó en el centro de su red, como si se prepararan para presenciar la reunión.
—Tú y yo tenemos una causa común —dijo Lash.
—Eso pareces creer.
—Creía que tu raza encontraría atractiva la venganza.
Cuando el rey sonrió, ese raro escalofrío se disparó hacia el sexo de Lash.
—Estás mal informado. La venganza no es más que una defensa cruda y emocional contra un desaire recibido.
—¿Me estás diciendo que está por debajo de ti? —Lash se recostó hacia atrás y puso su silla en movimiento, llevándola adelante y atrás—. Hmmm.... puede que haya juzgado mal a tu raza.
—Somos más sofisticados que eso, sí.
—O tal vez sois sólo una panda de maricas.
La sonrisa desapareció.
—Somos muy superiores a aquellos que creen habernos aprisionado. A decir verdad, preferimos nuestra propia compañía. ¿Crees que no proyectamos este resultado? Tonto de ti. Los vampiros son el caldo de cultivo a partir del cual evolucionamos, son los chimpancés para nuestro razonamiento superior. ¿Querrías permanecer entre animales si pudieras vivir en una civilización con los de tu propia especie? Por supuesto que no. Uno busca a sus iguales. Uno requiere a sus iguales. Aquellos de mentes semejantes y superiores deben ser alimentados sólo por aquellos de estatus similar. —Los labios del rey se alzaron—. Sabes que es cierto. Tú tampoco te has quedado donde comenzaste, ¿verdad?
—No, no lo hice —Lash dejó ver sus colmillos, pensando que su marca de maldad no había encajado entre los vampiros mejor de lo que lo habían hecho los devoradores de pecados—. Ahora estoy donde debo estar.
—Así que ya ves, si no hubiéramos deseado el exacto resultado que hemos obtenido en esta colonia, podríamos haber emprendido, no precisamente una venganza pero sí una acción correctiva que procurara que nuestro destino fuera favorable a nuestros intereses.
Lash dejó de mecerse.
—Si no estabas interesado en una alianza, podrías habérmelo dicho sin más en un jodido e–mail.
Una extraña luz destelló en los ojos del rey, una que hizo que Lash se excitara aún más, pero también le repugnó. A él no le iba esa mierda homosexual, y aún así... bueno, demonios, a su padre le gustaban los machos, tal vez algo de eso se llevaba en la sangre.
¿Y acaso eso no le daría al señor D algo por lo que rezar?
—Pero si te hubiera enviado un e–mail, no habría tenido el placer de conocerte. —Esos ojos color rojo rubí recorrieron el cuerpo de Lash—. Y eso habría sido un robo a mis sentidos.
El pequeño tejano se aclaró la garganta, como si se estuviera atragantado con la lengua.
Cuando la tos reprobatoria se desvaneció, la silla del rey comenzó a moverse arriba y abajo silenciosamente.
—Sin embargo, hay algo que podrías hacer por mí... algo que a su vez me haría sentir obligado a proporcionarte lo que buscas... que es localizar vampiros, ¿no es así? Esa ha sido durante mucho tiempo la lucha de la Sociedad Lessening. Encontrar vampiros dentro de sus hogares ocultos.
El bastardo había puesto el dedo en la llaga. En el verano, Lash había sabido donde atacar porque había estado en las fincas de los que había matado, asistiendo a fiestas de cumpleaños de su amigos, bodas de sus primos y bailes de la glymera celebrados en aquellas mansiones. Ahora, sin embargo, lo que quedaba de la elite de los vampiros se había dispersado en las afueras de la ciudad o había ido a sus refugios fuera del estado, y esas direcciones no las conocía. ¿Y en cuanto a los civiles? Ahí no tenía ni idea de por donde empezar, porque nunca había socializado con el proletariado.
Los symphaths, sin embargo, podían sentir a otros, humanos y vampiros por igual, viéndolos a través de paredes sólidas y cimientos de sótanos subterráneos. Si quería hacer algún progreso, necesitaba esa clase de visión; era la única cosa que faltaba entre todas las herramientas que su padre le estaba proporcionando.
Lash empujó el suelo con sus botas de combate otra vez y adoptó el mismo ritmo que el rey.
—¿Y exactamente qué es lo que podrías necesitar de mí? —dijo arrastrando las palabras.
El rey sonrió.
—Los acoplamientos son nuestro pilar fundamental, ¿verdad? La unión de un macho y una hembra. Y no obstante dentro de esas relaciones íntimas es común la discordia. Se hacen promesas, pero no se mantienen. Se pronuncian votos y aún así se descartan. Contra estas transgresiones, deben tomarse medidas.
—Parece que estuvieras hablando de venganza, tipo duro.
Ese rostro suave adquirió una expresión de autosuficiencia
—No, venganza no. Acción correctiva. Si ello implica una muerte... es simplemente lo que la situación requiere.
—Muerte, ¿eh? ¿Así que los symphaths no creen en el divorcio?
Los ojos color rubí destellaron con desprecio.
—En el caso de un consorte desleal cuyas acciones fuera de la cama actúan contra el alma de la relación, la muerte es el único divorcio.
Lash asintió con la cabeza.
—Entiendo la lógica. ¿Y quién es el objetivo?
—¿Te estás comprometiendo a actuar?
—Aún no. —No tenía claro exactamente cuan lejos estaba dispuesto a llegar. Ensuciarse las manos dentro de la colonia no había sido parte de su plan original.
El rey dejó de mecerse y se puso en pie.
—Piénsalo entonces, hasta que estés seguro. Cuando estés listo para recibir de nosotros lo que necesitas para la guerra, vuelve a mí y te mostraré el modo de proceder.
Lash también se levantó.
—¿Por qué simplemente no matas tú mismo a tu compañera?
La lenta sonrisa del rey fue como la de un cadáver, rígida y fría.
—Mi queridísimo amigo, el insulto que más reprocho no es tanto la deslealtad, la cual podría esperar, sino más bien la arrogante suposición de que nunca me enteraría del engaño. Lo primero es una nimiedad. Lo último es inexcusable. Ahora... ¿te acompaño hasta tu coche?
—No. Saldremos por nosotros mismos.
—Como desees. —El rey extendió su mano de seis dedos—. Ha sido un placer...
Lash extendió la suya y cuando sus palmas se encontraron, sintió la electricidad lamiéndole el brazo.
—Sí. Lo que sea. Tendrás noticias mías.






[1] AMA Asociación Médica Americana. Interviene ante el gobierno para lograr una legislación adecuada para médicos y pacientes y para conseguir fondos para la educación médica.(N. de la T.)
[2] En el original hace un juego de palabras con un dicho en inglés que dice «Rolling stones gather no moss» que en español sería «piedra que rueda no cría moho». En este caso los cantos rodados (que también se dice rolling stones, de ahí el juego de palabras) vendrían a ser los Hermanos que ya hacía un rato que lo estaban esperando en el pasillo, tanto como para criar moho como dice el refrán y ponerse de malhumor. (N. de la T.)
[3]Juego de cartas (N. de la T.)
[4] CVAA: Calefacción, ventilación y aire acondicionado
[5]Fichero rotativo con tarjetas de direcciones. (N. de la T.)
[6] Marca de blanqueador para la ropa. (N. de la T.)

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