martes, 24 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 16 17 18

Capítulo 16


Ella estaba con él... Oh, Dios, estaba finalmente de vuelta con él.
Tohrment, hijo de Hharm, estaba desnudo y presionado contra la carne de su amada, sintiendo su piel satinada y oyendo su jadeo cuando llevaba la mano hasta su pecho. Cabello rojo... había cabello rojo desparramado por toda la almohada, la hizo rodar de espaldas sobre las sábanas blancas que olían como limones... cabello rojo enredado alrededor de su grueso antebrazo.
El pezón estaba tenso contra su pulgar que se movía en círculos y sintió la suavidad de sus labios bajo los suyos al besarla profunda y lentamente. Cuando estuviera suplicando por él, rodaría sobre ella y la tomaría desde arriba, penetrándola con fuerza, sujetándola en su lugar.
A ella le gustaba su peso. Le gustaba la sensación de que la cubriera. En su vida juntos, Wellsie era una hembra independiente con una mente fuerte y una vena testaruda que rivalizaba con la de un buldog, pero en la cama le gustaba que él estuviera encima.
Dejó caer la boca sobre su seno, succionando el pezón, haciéndolo rodar, besándolo.
—Tohr...
—¿Qué, leelan? ¿Más? Tal vez tendría que hacerte esperar...
Pero no podía. Se ocupó de ella y le acarició el estómago y las caderas. Cuando se retorció, le lamió el cuello y le pasó los colmillos por la yugular. No podía esperar a alimentarse. Por alguna razón, estaba ávido de sangre. Tal vez había estado luchando demasiado.
Los dedos de ella se le hundieron en el cabello.
—Toma mi vena...
—Aún no. —El aguijón de la espera sólo iba a hacerlo aún mejor... cuanto más la deseara, más dulce sería la sangre.
Desplazándose hacia su boca, la besó con más fuerza que antes, penetrándola con la lengua mientras deliberadamente frotaba su polla contra el muslo, una promesa de otra invasión, más profunda en su parte inferior. Estaba completamente excitada, su fragancia se elevaba por encima del aroma a limón de las sábanas, haciendo que los colmillos brotaran en su boca y la punta de su sexo se humedeciera.
Su shellan había sido la única mujer que había conocido nunca. Ambos eran vírgenes la noche de su emparejamiento... y él nunca había deseado a nadie más.
—Tohr...
Dios, amaba el sonido bajo de su voz. Lo amaba todo en ella. Fueron prometidos el uno al otro antes de nacer, y en el momento en que se conocieron había sido amor a primera vista. El destino había sido amable con ellos.
Deslizó la palma hasta su cintura, y entonces...
Se detuvo, comprendiendo que algo iba mal. Algo...
—Tu barriga... tu barriga está plana.
—Tohr...
—¿Dónde está el pequeño? —Se retiró, sintiendo pánico—. Estabas embarazada. ¿Dónde está el pequeño? ¿Está bien? ¿Qué te ha pasado... estás bien?
—Tohr...
Ella abrió los ojos, y la mirada que había conocido durante cientos de años se concentró en él. Una tristeza, de la clase que te hacía desear no haber nacido nunca, eliminó el rubor sexual de su hermoso rostro.
Levantando el brazo hacia él, le puso la mano en la mejilla.
—Tohr...
—¿Qué ha pasado?
—Tohr...
El brillo en sus ojos y el temblor de su adorable voz le partieron por la mitad. Luego comenzó a distanciarse, el cuerpo comenzó a desaparecer bajo sus manos, su cabello rojo, su rostro exquisito, sus ojos desesperados se desvanecieron hasta que ante él sólo quedaron las almohadas. Luego, con un golpe final, el olor a limón de las sábanas y la fragancia natural a limpio de ella dejaron su nariz, reemplazadas por nada...
Tohr se enderezó de un salto en el colchón, con los ojos anegados de lágrimas y su corazón dolorido como si tuviera clavos atravesándole el pecho. Respirando agitadamente se aferró el esternón y abrió la boca para gritar.
No salió ningún sonido. No tenía fuerzas.
Cayendo hacia atrás sobre las almohadas se limpió las mejillas húmedas con manos temblorosas e intentó calmar ese infierno. Cuando finalmente recuperó el aliento, frunció el ceño. Su corazón estaba saltando dentro de su caja torácica, estaba revoloteando más que latiendo, y un mareo, ocasionado, sin duda por sus erráticos espasmos hacía girar su cabeza en un estrecho círculo.
Levantándose la camiseta, bajó la mirada a sus pectorales desinflados y a su torso encogido e instó a su cuerpo a seguir fallando. Los accesos le habían estado llegando con creciente regularidad y fuerza, y deseaba como el demonio que se organizaran de una vez y le ayudaran a despertar muerto. Si querías ir al Fade para estar con tus difuntos seres queridos, el suicidio no era una opción, pero él estaba operando bajo la presunción de que podías ser efectivamente negligente contigo mismo hasta la muerte. Lo cual técnicamente no era un suicidio, como lo sería comerte una bala o tirarte un nudo corredizo alrededor del cuello, o rebanarte las muñecas.
El olor a comida que llegaba del pasillo le hizo mirar el reloj. Cuatro de la tarde. ¿O era de la mañana? Las cortinas estaban corridas, así que no sabía si las persianas estaban subidas o bajadas.
Sonó un golpe suave.
Lo cual, jodidas gracias, significaba que no era Lassiter, que simplemente entraba siempre que quería. Evidentemente los ángeles caídos no sabían mucho de modales. Ni de espacio personal. Ni de límites de algún tipo. Estaba claro que la gran y brillante pesadilla había sido echada a patadas del cielo porque a Dios no le había gustado su compañía mucho más de lo que le gustaba a Tohr.
El golpe quedo se repitió. Así que debía ser John.
—Sí —dijo Tohr, permitiendo que su camiseta cayera mientras se alzaba para recostarse sobre las almohadas. Sus brazos, una vez fuertes como grúas, lucharon bajo el peso de sus hombros laxos.
El chico, que ya no era un chico, entró llevando una bandeja pesadamente cargada de comida, y una expresión llena de optimismo infundado.
Tohr examinó el contenido con la mirada mientras la carga era depositada en la mesita. Pollo a las hierbas, arroz con azafrán, judías verdes y pan fresco.
La mierda perfectamente podría haber sido carne de animal atropellado envuelto en alambre de púas, por lo que a él le importaba, pero agarró el plato, desenrolló la servilleta, tomó el tenedor y el cuchillo y los utilizó.
Masticar. Masticar. Masticar. Tragar. Más masticar. Tragar. Beber. Masticar. Comer era tan mecánico y autonómico como respirar, algo de lo que era sólo levemente consciente, una necesidad, no un placer.
El placer era cosa del pasado... y una tortura dentro de sus sueños. Cuando evocaba a su shellan contra él, desnuda, sobre sábanas con aroma a limón, la fugaz imagen encendía su cuerpo desde dentro hacia fuera, haciéndole sentir vivo, y no sólo que vivía. Sin embargo, el golpe del encuentro se desvanecía rápidamente, era como una llama sin ninguna lámpara para sostenerla.
Masticar. Cortar. Masticar. Tragar. Beber.
Mientras comía, el chico se sentó en una silla junto a las cortinas cerradas, con los codos en las rodillas, los puños en la barbilla, El Pensador de Rodin vivito y coleando. Últimamente John siempre estaba así, siempre dándole vueltas a algo en la cabeza.
Tohrment sabía condenadamente bien de qué se trataba, pero la solución que terminaría con la triste preocupación de John primero iba a dolerle como la mierda.
Y Tohr lo lamentaba. Lo lamentaba mucho.
Cristo, ¿por qué Lassiter no podía haberle dejado tendido sin más, en aquél bosque? Ese ángel podría haberse quedado quietecito, pero no, Su Halógena Señoría tenía que ser un héroe.
Tohr desvío los ojos hacia John y su mirada se cerró sobre el puño del chico. La cosa era enorme, y la barbilla y mandíbula que descansaban sobre ella eran fuertes, masculinas. El chico se había convertido en un tipo guapo; pero bueno, como hijo de Darius, provenía de una buena reserva genética. Una de las mejores.
Lo que le llevaba a pensar... verdaderamente se parecía a D, una copia al carbón, en realidad, excepto por los vaqueros azules. Darius ni muerto se hubiera dejado ver con vaqueros, ni siquiera con esos de diseñadores elegantes como los que llevaba John.
De hecho... D con frecuencia asumía exactamente la misma posición cuando estaba rumiando sobre la vida, imitando al Rodin, todo ceño y agitación...
Un destello de plata titiló en la mano libre de John. Era un cuarto de dólar, y el chico pasaba la moneda dentro, fuera y alrededor de sus dedos, su versión de un tic nervioso.
Esta noche había algo más en el silencio que John acostumbraba a asumir cuando permanecía allí sentado. Algo había pasado.
—¿Qué pasa? —preguntó Tohr con voz áspera—. ¿Estás bien?
Los ojos de John se alzaron de repente con sorpresa.
Para evitar la mirada, Tohr bajó los ojos, pinchando algo de pollo, y metiéndoselo en la boca. Masticar. Masticar. Tragar.
A juzgar por los sonidos de movimiento, John se estaba saliendo de su rutina lentamente, como si temiera que cualquier movimiento súbito espantara la pregunta que colgaba entre ellos.
Tohr levantó la mirada de nuevo, y mientras esperaba, John se metió la moneda en el bolsillo y gesticuló con economía y gracia.
Wrath está luchando de nuevo. V acaba de contárnoslo a mí y a los chicos.
Tohr había perdido la práctica con el Lenguaje por Señas, pero no tanto. La sorpresa hizo que bajara su tenedor.
—Espera... todavía es el Rey, ¿verdad?
Sí, pero esta noche dijo a los Hermanos que va a volver a ocupar su lugar en la rotación. O supongo que ha estado en la rotación sin decírselo a nadie. Creo que la Hermandad está cabreada con él.
—¿Rotación? No puede ser. Al Rey no se le permite luchar.
Ahora sí. Y Phury también volverá.
—¿Qué coño? Se supone que el Primale no... —Tohr frunció el ceño—. ¿Hay algún cambio en la guerra? ¿Pasa algo?
No lo sé.
John se encogió de hombros y se recostó en la silla, cruzando las piernas a la altura de las rodillas. Otra cosa que siempre hacía Darius.
En esa pose el hijo parecía tan viejo como había sido el padre, aunque tenía menos que ver con la forma en que estaban colocadas las extremidades de John y más con el cansancio extremo que había en sus ojos azules.
—No es legal —dijo Tohr.
Ahora sí. Wrath se reunió con la Virgen Escriba.
En la mente de Tohr empezaron a zumbar preguntas, su cerebro bregaba con la carga desacostumbrada. En medio del dislocado remolino, era difícil pensar coherentemente, y sentía como si estuviera intentando sujetar cien pelotas de tenis entre sus brazos; sin importar cuan arduamente lo intentara, algunas se resbalaban y rebotaban a su alrededor, creando un lío.
Dejó de intentar encontrarle sentido a nada.
—Bueno, eso es un cambio... les deseo suerte.
La exhalación baja de John lo resumió todo bastante bien y Tohr volvió a desconectarse del mundo y regresó a su comida. Cuando hubo terminado, dobló la servilleta pulcramente y tomó un último sorbo del vaso de agua.
Encendió la TV y puso la CNN, porque no quería pensar y no podía aguantar el silencio. John se quedó aproximadamente media hora, y cuando se hizo evidente que ya no soportaba estar quieto durante más tiempo se puso en pie y se desperezó.
Te veré al final de la noche.
Ah, así que era de noche.
—Aquí estaré.
John recogió la bandeja y salió sin detenerse, ni dudarlo. Al principio, había habido bastante de ambas, como si cada vez que llegaba a la puerta esperara que Tohr le detuviera y dijera: Estoy listo para afrontar la vida. Voy a seguir adelante. Estoy lo bastante mejor como para preocuparme por ti.
Pero la esperanza no era eterna.
Cuando la puerta se hubo cerrado, Tohr apartó las sábanas de sus piernas flacas y pasó los pies sobre el borde del colchón.
Estaba listo para afrontar algo, sí, pero no su existencia. Con un gemido y un bandazo, fue tambaleándose hasta el baño, fue al inodoro, y levantó el asiento del trono de porcelana. Inclinándose, dio la orden y su estómago evacuó la comida sin protestar.
Al principio se había tenido que meter el dedo en la garganta, pero ya no. Sólo tensaba el diafragma y todo salía, como ratas huyendo de una alcantarilla desbordada.
—Tienes que cortar con esa mierda.
La voz de Lassiter armonizaba con el sonido del inodoro anegándose. Lo cual tenía mucho sentido.
—Cristo, ¿acaso nunca llamas?
—Soy Lassiter. L–A–S–S–I–T–E–R. ¿Cómo es posible que todavía sigas confundiéndome con otro? ¿Necesitas una pegatina con mi nombre?
—Sí, y pongámosla sobre tu boca. —Tohr se aflojó sobre el mármol y dejó caer la cabeza entre las manos—. Sabes, puedes irte a casa. Puedes largarte cuando quieras.
—Pon tu culo en movimiento entonces. Porque eso es lo que conseguiría que lo hiciera.
—Vaya, ahora tengo una razón para vivir.
Hubo un suave sonido de campanillas, lo cual quería decir, tragedia de las tragedias, que el ángel acababa de subirse al mostrador.
—Entonces, ¿qué hacemos esta noche? Espera, déjame adivinar, sentarnos en hosco silencio. O, no... ahora estás alternando. Meditar con emotiva intensidad, ¿verdad? Qué puñetero salvaje eres. Whoo. Hooo. Cuando quieras darte cuenta, estarás practicando el nudo corredizo.
Con una maldición, Tohr se levantó y fue a abrir la ducha, esperando que si se negaba a mirar al bocazas, Lassiter se aburriría rápidamente y se largaría a arruinar la tarde de algún otro.
—Pregunta —dijo el ángel—. ¿Cuándo vamos a cortarte esa alfombra que está creciendo en tu cabeza? Si esa mierda se hace más larga, vamos a tener que segarla como si fuera heno.
Mientras Tohr se quitaba la camiseta y los bóxer, disfrutó del único consuelo que tenía cuando sufría la compañía de Lassiter: exponerse desnudo ante el cabrón.
—Hombre, el culo plano es una cosa —masculló Lassiter—, pero luces un par de balones de baloncesto desinflados ahí atrás. Me hace preguntarme... Hey, apuesto a que Fritz tiene una bomba de bicicleta. Sólo comentaba.
—¿No te gusta la vista? Ya sabes donde está la puerta. Es esa a la que nunca llamas.
Tohr no le dio al agua tiempo para calentarse; simplemente se metió bajo el chorro y se limpió sin ninguna buena razón que supiera... no tenía orgullo, así que le importaba una mierda lo que los demás pensaran de su higiene.
El vomitar tenía un propósito. La ducha... tal vez era simplemente un hábito.
Cerrando los ojos, separó los labios y se quedó de pie frente a la alcachofa. El agua lamió el interior de su boca, barriendo la bilis y cuando el escozor abandonó su lengua, un pensamiento entró en su cerebro.
Wrath estaba afuera luchando. Solo.
—Hey, Tohr.
Tohr frunció el ceño. El ángel nunca utilizaba su nombre propio.
—¿Qué?
—Esta noche es diferente.
—Sí, sólo si me dejas en paz. O te cuelgas tú mismo en este baño. Hay seis alcachofas  para escoger aquí dentro.
Tohr recogió la barra de jabón y la pasó sobre su cuerpo, sintiendo los duros y punzantes empujes de sus huesos y articulaciones a través de la fina piel.
Wrath estaba afuera solo.
Champú. Enjuague. Volver al chorro. Abrir la boca.
Fuera. Solo.
Cuando terminó la ducha, el ángel estaba en el mismo centro del baño con una toalla, todo amabilidad y esa mierda.
—Esta noche es diferente —dijo Lassiter suavemente.
Tohr miró al tipo de veras, viéndole por primera vez, aunque habían pasado cuatro meses juntos. El ángel tenía el cabello negro y rubio, tan largo como el de Wrath, pero a pesar de todo ese estilo Cher bajando por su espalda no era ningún amanerado. Su guardarropa parecía sacado directamente del cuerpo de marines, camisetas negras, pantalones de camuflaje y botas de combate, pero no era en absoluto un soldado. El cabrón estaba perforado como un alfiletero y tenía tantos accesorios como un joyero, con aros de oro y cadenas que colgaban de los agujeros que tenía en las orejas, muñecas y cejas. Y podías apostar a que tenía accesorios en el pecho y más abajo de la cintura... lo cual era algo en lo que Tohr se negaba a pensar. No necesitaba ayuda para vomitar, muchas gracias.
Cuando la toalla cambió de manos, el ángel dijo con gravedad.
—Hora de despertar, Cenicienta.
Tohr estaba a punto de señalar que esa era la Bella Durmiente cuando le llegó un recuerdo como si le hubiera sido inyectado en el lóbulo frontal. Era de la noche en que había salvado la vida de Wrath allá por el año 1958, y las imágenes le llegaron con la absoluta claridad de la experiencia actual.
El Rey había estado fuera. Solo. En el centro.
Medio muerto y sangrando sobre la cuneta.
Un Edsel le había embestido. Un pedazo de mierda de Edsel descapotable del color azul de la sombra de ojos de una camarera.
Por lo que Tohr pudo deducir más tarde, Wrath debía haber estado persiguiendo a un lesser a pie y al girar a toda mecha en una esquina ese coche grande como una lancha le había embestido. Tohr estaba a dos manzanas de distancia y había oído el chirrido de los frenos y un impacto de algún tipo, y estaba listo para no hacer absolutamente nada.
¿Accidentes de tráfico humanos? No era su problema.
Pero entonces un par de lessers pasaron corriendo frente a la boca del callejón donde él estaba. Los asesinos habían estado huyendo como locos bajo la llovizna de otoño, como si les estuvieran persiguiendo, excepto que no había nadie corriendo tras sus talones. Había esperado, suponiendo que aparecería alguno de sus hermanos. Ninguno de ellos había hecho acto de presencia.
No tenía ningún sentido. Si un asesino hubiera sido golpeado por un coche en compañía de sus compinches, estos no habrían abandonado el escenario. Los otros habrían matado al conductor humano y a cualquier posible pasajero, luego habrían metido a su muerto en el maletero y se habrían largado conduciendo de la escena: la última cosa que la Sociedad Lessening quería era a un lesser incapacitado derramando sangre negra sobre la calle.
Tal vez era sólo coincidencia. Un peatón humano. O alguien en una moto. O dos coches.
Sin embargo, habían sonado sólo un juego de frenadas. Y nada de eso explicaría el par de pálidos talones ligeros que había pasado junto a él como si fueran pirómanos huyendo de un fuego que hubieran prendido.
Tohr había trotado hasta Trade, y al dar vuelta en la esquina había captado la visión de un macho humano con un sombrero y un abrigo agachado sobre un cuerpo encogido de dos veces su tamaño. La esposa del tipo, que estaba vestida con uno de esos frívolos vestidos de faldas abultadas de los años cincuenta, estaba de pie justo frente de los faros, acurrucada en su abrigo de piel.
Su brillante falda roja era del color de las vetas que había en el pavimento, pero el olor de la sangre derramada no era humana. Era vampiro. Y el que había sido atropellado tenía un largo cabello negro...
La voz de la mujer era chillona.
—Tenemos que llevarle al hospital...
Tohr había intervenido, interrumpiéndola:
—Es mío.
El hombre había levantado la mirada.
—Su amigo... no le vi... Vestido de negro... salió de la nada...
—Yo me ocuparé de él. —En ese punto Tohr dejó de explicarse y simplemente y por medio de su voluntad, había enviado a los dos humanos a un estado de estupor. Una rápida sugestión mental los envió de vuelta a su coche y los puso en camino con la impresión de que habían golpeado un cubo de basura. Supuso que la lluvia se ocuparía de la sangre del frontal del coche, y la abolladura podrían arreglarla ellos mismos.
Cuando se inclinó sobre el cuerpo del heredero al trono de la raza, el corazón de Tohr le latía tan rápido como un martillo hidráulico. Había sangre por todas partes, manando rápido de un corte en la cabeza de Wrath, por lo que Tohr se quitó la chaqueta, mordió la manga, y desgarró una tira de cuero. Después de envolver las sienes del heredero y atar el vendaje improvisado tan fuerte como pudo, detuvo una camioneta que pasaba, apuntó con el arma al fanático de la brillantina que estaba detrás del volante, e hizo que el humano le condujera hasta el barrio de Havers.
Él y Wrath habían viajado en la caja de atrás, y todo el tiempo, había estado manteniendo presión sobre la cabeza herida de Wrath, bajo la lluvia fría. Una lluvia tardía de noviembre, tal vez diciembre. Sin embargo agradecía que no hubiera sido verano. Sin duda el frío había ralentizado el corazón de Wrath y aliviado su presión sanguínea.
A medio kilómetro de la casa de Havers, en la parte lujosa de Caldwell, Tohr había dicho al humano que aparcara y mientras se ponía en camino le lavó el cerebro.
Los minutos que le había tomado a Tohr llegar hasta la clínica habían sido los más largos de su vida, pero logró llevar a Wrath allí, y Havers había cerrado lo que había resultado ser el corte de una de las arterias temporales.
El día siguiente fue crítico. Incluso con Marissa allí para alimentar a Wrath, el rey había perdido tanta sangre que no evolucionaba como se esperaba, y Tohr se había quedado todo el tiempo sentado en una silla junto a la cama. Mientras Wrath yacía tan quieto, Tohr había sentido como si la vida de la raza entera pendiera de un hilo, el único que podía ocupar el trono estaba encerrado en un sueño que distaba tan sólo unas pocas neuronas de un estado vegetativo permanente.
Se había corrido la voz y la gente acudía deshecha. Las enfermeras y el médico. Los demás pacientes que se habían dejado caer para rezar por el Rey a quien no servirían. Los Hermanos, que habían utilizado el teléfono por turnos para llamar cada quince minutos.
La sensación colectiva era que sin Wrath no había esperanza. Ni futuro. Ni oportunidad.
Sin embargo, Wrath vivió, despertando con el tipo que irascibilidad que te hacía suspirar de alivio... porque si un paciente tenía la energía para estar cabreado, iba a superarlo.
El siguiente anochecer, después de haber estado fuera de servicio durante veinticuatro horas seguidas y habiendo asustado a muerte a todo el mundo que le rodeaba, Wrath había desenchufado la vía intravenosa, se había vestido, y se había largado.
Sin decir ni una palabra a ninguno de ellos.
Tohr había esperado... algo. No un gracias, pero algún reconocimiento o... algo. Demonios, ahora Wrath era un hijo de puta malhumorado, ¿pero en ese entonces? Era directamente tóxico. Aun así... ¿nada? ¿Después de haber salvado la vida del tipo?
Le recordaba bastante a la forma en que él había estado tratando a John. Y a sus hermanos.
Tohr se envolvió la toalla alrededor de la cintura y volvió al punto más importante del recuerdo. Wrath había salido allí fuera a luchar solo. Allá en el 58, había sido un golpe de suerte que Tohr hubiera estado donde estaba y hubiera encontrado al Rey antes de que fuera demasiado tarde.
—Hora de despertar —dijo Lassiter.


Capítulo 17


Mientras la noche llegaba y se instalaba, Ehlena rezaba para no tener que llegar tarde a trabajar otra vez. Con el reloj corriendo, esperó en el piso de arriba, en la cocina con el CranRas y las drogas trituradas. Había sido meticulosa con la limpieza: había guardado la cuchara. Comprobado todas las superficies dos veces. Incluso se había asegurado de que el salón estuviera apropiadamente ordenado.
—¿Padre? —llamó en dirección al sótano.
Mientras prestaba atención a la espera de sonidos de pies arrastrándose y palabras sin sentido pronunciadas quedamente, pensó en los sueños raros que había tenido durante el día. Se había imaginado a Rehv en la oscura distancia con los brazos colgando a los costados. Su magnífico cuerpo desnudo estaba iluminado como si estuviera en exhibición, sus músculos sobresaliendo en un poderoso despliegue y el color tostado de su piel era cálido y dorado. Su cabeza estaba inclinada hacia abajo y tenía los ojos cerrados como si estuviera en reposo.
Cautivada, convocada, había atravesado un suelo de fría piedra hasta él, pronunciando su nombre una y otra vez.
Él no había respondido. No había alzado la cabeza. No había abierto los ojos.
El miedo había silbado a lo largo de sus venas y había estremecido su corazón, y se había apresurado por llegar a él, pero él había permanecido siempre distante, un objetivo nunca realizado, un destino nunca alcanzado.
Había despertado con lágrimas en los ojos y el cuerpo tembloroso. Cuando la sofocante conmoción había retrocedido, el significado estuvo claro, pero en realidad, no necesitaba que su subconsciente le dijera lo que ella ya sabía.
Sacudiéndose a sí misma, volvió a gritar hacia abajo.
—¿Padre?
Cuando no hubo respuesta, Ehlena tomó el mug de su padre y bajó al sótano. Lo hizo lentamente, aunque no porque tuviera miedo de derramar el CranRas rojo sangre sobre su uniforme blanco. A veces su padre no se levantaba por sí mismo y ella tenía que hacer este descenso, y cada vez que bajaba los escalones por ese motivo, se preguntaba si finalmente habría ocurrido, si su padre habría sido llamado al Fade.
No estaba lista para perderle. Aún no, sin importar lo difíciles que fueran las cosas.
Introduciendo la cabeza a través de la puerta de su dormitorio, le vio sentado ante su escritorio tallado a mano, rodeado de pilas irregulares de papeles y velas apagadas.
Gracias, Virgen Escriba.
Cuando sus ojos se ajustaron a la penumbra, le preocupó que la falta de luz pudiera dañar la visión de su padre, pero las velas iban a quedarse como estaban, porque no había ninguna cerilla ni encendedor en la casa. La última vez que él había puesto sus manos sobre una cerilla había sido en su antigua casa... y había incendiado el apartamento porque sus voces se lo habían dicho.
Eso había pasado hacía dos años, y había sido la razón de que le hubieran recetado medicinas.
—¿Padre?
Él levantó la mirada del desorden y pareció sorprendido.
—Hija mía, ¿qué tal estás esta noche?
Siempre le hacía la misma pregunta, y ella siempre le daba la misma respuesta en la Antigua Lengua.
—Bien, padre mío. ¿Y tú?
—Como siempre encantado de saludarte. Ah, si, la doggen ha preparado mi zumo. Qué amable de su parte. —Su padre tomó el mug—. ¿Adónde vas?
Esto condujo a su pas de deux[1] verbal respecto a que no aprobaba que trabajara y ella explicaba que lo hacía porque le gustaba y él se encogía de hombros y afirmaba no entender a la generación joven.
—De veras tengo que irme ya —le dijo—, pero Lusie llegará en cuestión de minutos.
Si, bien, bien. En realidad, estoy ocupado con mi libro, pero la entretendré durante un rato, como es apropiado. Sin embargo, tengo que concentrarme en mi trabajo,. —Agitó la mano alrededor de la representación física del caos de su mente, su ademán elegante en contradicción con la irregular colección de papeles llenos de sin sentidos—. Esto tiene que ser atendido.
—Por supuesto que si, Padre.
Él terminó el CranRas y, cuando Ehlena fue a tomarlo de su mano, frunció el ceño.
—¿Seguro que la criada puede hacer eso?
Me gusta ayudarla. Tiene muchas responsabilidades. —No podía ser más cierto. La doggen tenía que seguir todas las reglas para objetos y dónde pertenecían, al igual que hacer las compras y ganar el dinero y pagar las facturas y vigilarle. La doggen estaba cansada. La doggen estaba agotada.
Pero era absolutamente necesario que el mug fuera a la cocina.
Padre, por favor suelta el mug para que pueda llevarla arriba. La doncella teme molestarte, y me gustaría ahorrarle esa preocupación.
Por un momento, los ojos de él se posaron en ella como solían hacer.
—Tienes un corazón hermoso y generoso. Estoy muy orgulloso de llamarte hija.
Ehlena parpadeó ferozmente y con voz áspera dijo:
—Ser tu orgullo lo significa todo para mi.
Él extendió el brazo y le apretó la mano.
Ve, hija mía. Ve a ese «trabajo» tuyo, y vuelve a casa conmigo con historias de tu noche.
Oh... Dios.
Era exactamente lo que le había dicho hacía mucho tiempo, cuando ella había estado acudiendo a un colegio privado y su madre estaba viva y vivían entre la familia y la glymera como gente de importancia.
Incluso aunque sabía que era probable que para cuando volviera a casa él no tuviera ningún recuerdo de haberle hecho la vieja y adorable pregunta, ella sonrió y se alimentó de las sabrosas migajas del pasado.
Como siempre, Padre mío. Como siempre.
Se marchó con el sonido del pasar de páginas y el tink–tink–tink de una pluma golpeando el borde de un tintero de cristal.
Escaleras arriba, enjuagó el mug , lo secó, y lo puso en la alacena, luego se aseguró de que en el frigorífico todo estuviera donde debía estar. Cuando recibió el mensaje de texto de que Lusie estaba en camino, traspasó la puerta, la cerró, y se desmaterializó hacia la clínica.
Cuando llegó al trabajo, sintió un gran alivio de ser como todos los demás, llegando en hora, poniendo las cosas en su taquilla, hablando de nada en particular antes de que comenzara el turno.
Pero entonces cuando estaba en la cafetera, Catya se acercó a ella, toda sonrisas.
—Así que... ¿anoche fue...? Vamos, cuenta.
Ehlena termino de llenar su taza y ocultó una mueca tras un primer trago profundo que le quemó la lengua.
—Creo que no–apareció lo resume todo.
—¿No–apareció?
—Síp. Como en él no apareció.
Catya sacudió la cabeza.
—Maldito sea.
—No, está bien. De veras. Quiero decir, no es como si hubiera esperado mucho. —Sí, solo una fantasía completa sobre el futuro, que incluía cosas como un hellren, una familia propia, una vida que valiera la pena vivir. Nada del otro mundo—. Está bien.
—¿Sabes?, anoche estuve pensando. Tengo un primo que es...
—Gracias, pero no. Con mi padre como está, no debería salir con nadie. —Ehlena frunció el ceño, al recordar cuan rápidamente le había dado Rehv la razón respecto a ello. Aunque podría aducir que eso le hacía una especie de caballero, era difícil no sentirse un poco molesta.
—Preocuparte por tu padre no significa...
—Oye, ¿por qué no me ocupo del mostrador de recepción durante el cambio de turno?
Catya se detuvo, pero los ojos de la hembra se iluminaron lanzando un montón de mensajes, la mayor parte de los cuales podrían resumirse como, ¿Cuándo Va A Despertar Esta Chica?
—Iré ahora mismo —dijo Ehlena, dándose la vuelta y alejándose.
—No durará para siempre.
—Por supuesto que no. La mayor parte de nuestro turno ya ha llegado.
Catya sacudió la cabeza.
—Eso no es lo que quería decir, y lo sabes. La vida no dura para siempre. Tu padre tiene una seria enfermedad psicológica, y eres muy buena con él, pero podría quedarse así durante un siglo.
—En cuyo caso todavía me quedarán alrededor de setecientos años más. Estaré en recepción. Perdona.
En la recepción, Ehlena tomó posición tras el ordenador e introdujo la contraseña. No había nadie en la sala de espera porque el sol acababa de ponerse, pero los pacientes comenzarían a llegar muy pronto, y ella no podía esperar la distracción.
Revisando el horario de Havers, no vio nada inusual. Chequeos. Tratamientos a pacientes. Seguimientos quirúrgicos...
El timbre exterior repicó y levantó la mirada hacia un monitor de seguridad. Allí en una vista del vestíbulo exterior, vio a un macho que se arropaba en su abrigo para protegerse del viento frío.
Pulsó el botón del intercomunicador y dijo:
—Buenas noches. ¿En qué puedo ayudarle?
El rostro que levantó la mirada hacia la cámara era uno que ya había visto antes. Tres noches atrás. El primo de Stephan.
—¿Alix? —dijo—. Soy Ehlena. ¿Cómo estás...?
—Estoy aquí para ver si le han traído.
—¿Traído?
—A Stephan.
—No creo, pero déjame comprobarlo mientras bajas.
Ehlena presionó el botón para abrir la cerradura y fue al ordenador a ver la lista de pacientes ingresados. Mientras abría la serie de puertas para Alix, revisaba los nombres, uno por uno.
No hacía referencia al ingreso de Stephan como paciente.
En el instante en que Alix entró en la sala de espera, a ella se le congeló la sangre en las venas al ver la cara del macho. Los crueles círculos oscuros bajo sus ojos grises hablaban de algo más que una simple falta de sueño.
—Stephan no volvió a casa anoche —dijo.


Rehv lamentaba diciembre, y no solo porque el frío en el norte de Nueva York fuera suficiente para hacerle desear ponerse en plan especialista de la pirotecnia solo para calentarse.
En diciembre la noche caía temprano. El sol, ese cabrón perezoso, flojucho marica, cejaba en sus esfuerzos tan temprano como las cuatro y media de la tarde, y eso para Rehv significaba que la cita–del–primer–martes–del–mes–para–actuar–como–semental empezaba temprano.
Acababan de dar las diez en punto cuando entró en el Parque Estatal Black Snake después de un viaje en coche de dos horas hacia el norte desde Cadwell. Trez, que siempre se desmaterializaba hacia allí, sin duda ya habría tomado posición alrededor de la cabaña, camuflándose y disponiéndose a actuar de guardia.
Así como de testigo.
El hecho de que el tipo, que era indiscutiblemente su mejor amigo, tuviera que observar todo el asunto era un machacador de pelotas que venía a añadirse a todo el carrusel de cagadas. El problema era, que después de que terminaba todo, Rehv necesitaba ayuda para volver a casa, y Trez era bueno en ese tipo de mierdas.
Xhex quería ocuparse, por supuesto, pero no se podía confiar en ella. No cuando se trataba de la princesa. Si Rehv le volviera la espalda durante un segundo la cabaña podría terminar con una nueva capa de pintura fresca en las paredes... de la variedad horripilante.
Como siempre, Rehv aparcó en el parking de tierra que había alrededor del lado oscuro de la montaña. No había otros coches, y esperaba que los senderos que se abrían en abanico desde la parte de atrás del parking estuvieran vacíos también.
Mirando a través del parabrisas, ante su vista todo aparecía rojo y plano y a pesar de que despreciaba a su medio hermana, odiaba mirarla y deseaba que todo este sucio y puñetero asunto suyo se acabara de una vez, su cuerpo no estaba entumecido y frío, sino vivo y ronroneando. Dentro de sus pantalones, su polla dura estaba preparada y lista para lo que estaba a punto de ocurrir.
Ahora si solo pudiera obligarse a salir del coche.
Posó la mano en el tirador de la puerta, pero no pudo tirar de ella.
Había tanta paz. Lo único que perturbaba el silencio eran los leves y metálicos sonidos que hacía el motor del Bentley al enfriarse.
Sin razón aparente, pensó en la adorable risa de Ehlena, y eso fue lo que le hizo abrir la puerta. Con un rápido movimiento, sacó la cabeza del coche justo cuando su estómago se cerraba como un puño y casi vomita. Cuando el frío calmó su nausea, intentó sacarse a Ehlena de la mente. Ella era tan limpia y honorable que no podía soportar tenerla en sus pensamientos cuando estaba a punto de hacer esto.
Lo cual era una sorpresa.
Proteger a alguien del mundo cruel, de lo mortal y peligroso, de lo contaminado, lo obsceno, y lo asqueroso no era su estilo. Pero se había enseñado a sí mismo a hacer justamente eso cuando se trataba de las únicas tres hembras normales en su vida. Por la que le había dado la vida, la que había criado como si fuera propia y la pequeña que su hermana había dado a luz recientemente, afrontaría todo tipo de peligros, mataría con sus propias manos cualquier cosa que las amenazara, perseguiría y destruiría hasta la más mínima amenaza.
Y de algún modo la cálida conversación que había tenido con Ehlena más temprano la ponía en esa breve, breve lista.
Lo que significaba que tenía que dejarla fuera. Junto con las otras tres.
Le había ido bien viviendo como una puta, porque obtenía un precio caro de la que le follaba, y además, la prostitución no era nada más que lo que se merecía, considerando el modo en que su auténtico padre había forzado su concepción sobre su madre. Pero él asumía la responsabilidad. A la cabaña iba él solo y él obligaba a su cuerpo a hacer lo que hacía, nadie le obligaba.
Esas pocas personas normales que había en su vida tenían que permanecer muy, muy lejos de todo este asunto, y eso significaba que cuando venía aquí debía erradicarlas de su pensamiento y su corazón. Más tarde, tras de haberse recobrado, duchado y dormido, podría volver a recordar los ojos color caramelo de Ehlena y la forma en que olía a canela y como se había reído a pesar de sí misma cuando habían hablado. Por ahora, las apartó a ella, a su madre, a su hermana y a su amada sobrina de su lóbulo frontal, cerrando cada recuerdo que tenía en una sección separada de su cerebro y clausurándolos.
La princesa siempre intentaba entrar en su mente, y no quería que supiera nada de aquellos que apreciaba o por quiénes se preocupaba.
Cuando una intensa ráfaga de viento casi le cierra violentamente la puerta en la cabeza, Rehv tiró de su abrigo de marta envolviéndoselo flojamente alrededor del cuerpo, salió, y cerró el Bentley. Mientras caminaba hacia el comienzo de la senda, notó que el terreno estaba congelado bajo sus Cole Haans, la tierra que crujía bajo sus suelas era dura y resistente.
Técnicamente ahora el parque estaba cerrado por la estación, y una cadena colgaba atravesando la boca del sendero que llevaba más allá del mapa de la montaña y las cabañas de alquiler. Sin embargo era más probable que fuera el tiempo el que mantenía a la gente alejada y no el Servicio del Parque Adirondack. Después de pasar sobre la cadena, pasó la hoja de registro que estaba colgaba de un sujetapapeles a pesar de que se suponía que nadie debía utilizar los senderos. Él nunca firmaba.
Sí, como si los guardas humanos realmente necesitaran saber qué estaban haciendo dos symphaths en una de aquellas cabañas. Seguuuuuuuro.
Lo bueno de diciembre era que en los meses invernales el bosque resultaba menos claustrofóbico, sus robles y sus arces no eran más que troncos y ramas flacas que dejaban ver bastante de la noche estrellada. Alrededor de ellos, los árboles de hoja perenne estaban de fiesta, sus ramas mullidas eran el «jódete» arbóreo a sus hermanos ahora desnudos, vengándose por todo el vistoso follaje otoñal que los otros árboles acababan de lucir.
Penetrando la línea de árboles, siguió el sendero principal mientras éste se estrechaba gradualmente. Senderos más pequeños se separaban a derecha e izquierda, marcados con rústicos carteles de madera con nombres como Paseo del Sociable, Ataque Relámpago, Cumbre Extensa y Cumbre Pequeña. Él siguió en línea recta, su aliento formaba nubes al abandonar sus labios y el sonido de sus zapatos sobre la tierra congelada parecía muy ruidoso. En lo alto, la luna se veía brillante, y tenía la forma de una medialuna afilada como un cuchillo, que para él con sus impulsos symphath decididamente fuera de control, era del color de los ojos rubí de su chantajista.
Trez hizo aparición en forma de una brisa helada que recorrió el sendero.
—Hey, amigo —dijo Rehv quedamente.
La voz de Trez flotó al interior de su cabeza mientras la forma Sombra del tipo se condensaba en una ola que brillaba tenuemente. ACABA PRONTO CON ELLA. CUANTO MÁS RÁPIDO OBTENGAMOS LO QUE VAS A NECESITAR DESPUÉS MEJOR.
—Las cosas son como son.
CUANTO ANTES. MEJOR.
—Veremos.
Trez le maldijo y se volvió a disolver en una fría ráfaga de viento, lanzándose hacia adelante fuera de la vista.
La verdad era que, por mucho que Rehv odiara venir, algunas veces no quería marcharse. Le gustaba hacer daño a la princesa, y ella era una buena oponente. Astuta, rápida y cruel. Era la única salida para su lado malo, y, como un corredor hambriento de entrenamiento, necesitaba el ejercicio.
Además, tal vez era como su brazo: la podredumbre se sentía bien.
Rehv tomó el sexto a la izquierda, entrando en un sendero que era sólo lo suficiente amplio para una persona, y muy pronto, la cabaña quedó a la vista. A la brillante luz de la luna, sus leños eran de un color parecido al vino rosado.
Cuando llegó a la puerta, extendió la mano izquierda hacia adelante, y cuando estaba aferrando la palanca de madera pensó en Ehlena y en como se había preocupado lo suficiente por él como para llamar y preguntar por su brazo.
Durante un breve momento se permitió un desliz y evocó el sonido de la voz de ella en su oído.
No entiendo por qué no te cuidas.
La puerta escapó de su agarre, abriéndose tan rápido que golpeó contra la pared.
La princesa estaba de pie en el centro de la cabaña, con su brillante túnica roja, rubíes en su garganta y los ojos color rojo sangre, todo del color del odio. Con su escaso cabello enrollado y recogido por encima de su cuello, su piel pálida, y los escorpiones albinos vivos que llevaba por pendientes, era un horror exquisito, una muñeca Kabuki[2] construida por una mano malvada. Y era malvada, su oscuridad le llegaba en oleadas, emanando desde el centro de su pecho aún cuando nada en ella se movía y su rostro con forma de luna permanecía inalterado por el enfado.
Su voz, por otro lado, era astuta como una hoja afilada.
—Nada de escenas de playa esta noche en tu mente. No, nada de playa esta noche.
Rehv cubrió a Ehlena rápidamente con una imagen de un glorioso estereotipo de las Bahamas, todo sol, mar y arena. Era algo que había visto en la TV años atrás, en un «especial escapadas», como había dicho el anunciador, con gente en bañador paseando de la mano. Dada su vivacidad, la imagen era el suspensorio perfecto para las pelotas de su materia gris.
—¿Quién es ella?
—¿Quién es quién? —dijo mientras entraba.
La cabaña estaba cálida, gracias a ella, un pequeño truco de agitación molecular del aire que se acrecentaba cuando estaba cabreada. No obstante, el calor que generaba no era alegre como el que provenía de un fuego... más bien era de la clase de sofoco que conseguías con un caso de diarrea.
—¿Quién es la hembra que había en tu mente?
—Solo una modelo de un anuncio de TV, mi queridísima perra —dijo tan suavemente como ella. Sin darle la espalda, cerró la puerta tranquilamente—. ¿Celosa?
—Para estar celosa, tendría que estar amenazada. Y eso sería absurdo. —La princesa sonrió—. Pero pienso que debes decirme quién es ella.
—¿Eso es todo lo que quieres hacer? ¿Hablar? —Rehv deliberadamente dejó que su abrigo se abriera y acunó en su mano la polla y el pesado escroto—. Normalmente quieres de mí algo más que conversación.
—Muy cierto. El mejor y más elevado uso para ti es el que los humanos llaman... un consolador, ¿no? Un juguete para una hembra con el que complacerse a sí misma.
Hembra no es necesariamente la palabra que yo utilizaría para describirte.
—Ciertamente. Bienamada sería mejor.
Ella alzó una mano horrenda hasta su recogido, deslizando sus dedos huesudos de tres articulaciones sobre la cuidadosa obra, su muñeca era más delgada que el asa de una batidora de alambre. Su cuerpo no era diferente: todos los symphaths estaban constituidos como jugadores de ajedrez, no como quarterbacks, lo cual iba acorde con su preferencia de luchar con la mente y, no con el cuerpo. La vestimenta que usaban, no era ni de machos ni de hembras, sino una versión destilada de ambos sexos, y por eso la princesa le deseaba como lo hacía. Le gustaba su cuerpo, sus músculos, su obvia y brutal masculinidad, y habitualmente quería ser físicamente refrenada durante el sexo... algo que seguro como la mierda no conseguía en casa. Por lo que él entendía, la versión symphath del acto se limitaba a algunas posturas mentales seguidas de dos frotaciones y un jadeo por parte del macho. Además estaba dispuesto a apostar a que el tío de ambos tenía la polla como la de un hámster, y las pelotas del tamaño de gomas de borrar lapicero.
No es que alguna vez lo hubiera comprobado… pero vamos, el tipo no era exactamente un parangón de testosterona.
La princesa se movía por la cabaña como si estuviera desplegando su gracia, pero había un propósito en desplazarse de ventana en ventana y mirar hacia fuera.
Demonios, siempre con las ventanas.
—¿Dónde está tu perro guardián esta noche? —dijo ella.
—Siempre vengo solo.
—Le mientes a tu amor.
—¿Por qué iba a querer que alguien viera esto?
—Porque soy hermosa. —Se detuvo delante de los cristales más cercanos a la puerta—. Está ahí a la derecha, junto al pino.
Rehv no necesitaba inclinarse a un lado y mirar para saber que tenía razón. Por supuesto que ella podía sentir a Trez; solo que no podía estar completamente segura de dónde estaba o qué era.
Aún así, dijo:
—No hay nada excepto árboles.
—Mentira.
—¿Le tienes miedo a las sombras, Princesa?
Cuando ella miró sobre el hombro, el escorpión albino que colgaba del lóbulo de su oreja también hizo contacto ocular con él.
—El problema no es el miedo. Es la deslealtad. No soporto la deslealtad.
—A menos que seas tú la que la está practicando, por supuesto.
—Oh, te soy bastante leal a ti, mi amor. Excepto por el hermano de nuestro padre, como ya sabes. —Se giró y cuadró los hombros en toda su altura—. Mi consorte es el único aparte de ti. Y he venido aquí sola.
—Tus virtudes son abundantes, aunque como he dicho, por favor toma a más en tu cama. Toma a cien machos más.
—Nadie podría compararse contigo.
A Rehv le daban ganas de vomitar cada vez que ella le prodigaba un falso cumplido, y ella lo sabía. Por lo cual, naturalmente insistía en decir mierdas como esa.
—Dime —dijo para cambiar de tema—, ya que sacas el tema de nuestro tío, ¿cómo le va al muy cabrón?
—Todavía te cree muerto. Así que sigo honrando mi parte de nuestra relación.
Rehv metió la mano en el bolsillo de su abrigo de marta y sacó los doscientos cincuenta mil dólares en rubís cortados. Tiró el feliz paquetito al suelo hacia el ruedo de la túnica de ella y se quitó el abrigo. La chaqueta de su traje y sus zapatos fueron lo siguiente. Después sus calcetines de seda, sus pantalones y su camisa. Ningún boxer que quitar. Para qué molestarse.
Rehvenge permaneció ante ella completamente erecto, con los pies bien plantados en el suelo, respirando tranquilamente, inhalando y exhalando con su fuerte pecho.
—Y estoy listo para completar nuestra transacción.
Los ojos rubí bajaron por su cuerpo y se detuvieron en su sexo, abrió la boca, y se recorrió el labio inferior con su lengua bífida. En sus orejas, los escorpiones retorcieron sus extremidades con expectación, como si respondieran a su arrebato sexual.
La princesa señaló la bolsa de terciopelo.
—Recoge eso y dámelo apropiadamente.
—No.
—Recógelo.
—Te gusta inclinarte delante de mí. ¿Por qué robarte tu hobby favorito?
La princesa metió las manos en las largas mangas de su túnica y fue hacia él de la forma suave con que se movían los symphaths, prácticamente flotando sobre el suelo de madera. Cuando se acercó, él mantuvo su posición, porque prefería morir y pudrirse antes de dar un paso atrás para gusto de ella.
Se miraron el uno al otro, y en el profundo y maligno silencio, él sintió una terrible comunión con ella. Eran iguales, y aunque era un pensamiento que odiaba, sentía alivio en ceder a su auténtica naturaleza.
—Recógelo...
—No.
Ella descruzó los brazos y una de sus manos de seis dedos desgarró el aire en dirección a su rostro, la bofetada fue fuerte y aguda como sus ojos rubí. Rehv se negó a dejar que su cabeza retrocediera por el impacto mientras el sonido reverberaba tan ruidosamente como un plato rompiéndose.
—Quiero que me pagues tu tributo adecuadamente. Y quiero saber quién es ella. He percibido tu interés por esta antes... cuando estás lejos de mí.
Rehv mantuvo el anuncio de playa prendido en su lóbulo frontal y supo que ella alardeaba.
—No me inclino ante ti ni ante nadie, perra. Así que si quieres esa bolsa, vas a tener que tocarte los dedos de los pies. Y en cuanto a lo que crees saber, estás equivocada. No hay nadie para mí.
Ella le abofeteó de nuevo, el escozor bajó por su médula espinal y pulsó en la cabeza de su polla.
—Te inclinas ante mí cada vez que vienes aquí con tu patético pago y tu sexo hambriento. Necesitas esto, me necesitas.
Él llevó su cara más cerca de la de ella.
—No te halagues a ti misma, Princesa. Eres una obligación, no una elección.
—Error. Vives para odiarme.
La princesa tomó su polla en la mano, envolviéndolo firmemente con sus dedos muertos. Cuando sintió el contacto y la caricia, se le revolvió el estómago... y aún así su erección se humedeció ante la atención incluso cuando no podía soportarla; aunque no la encontraba atractiva en absoluto, su lado symphath estaba completamente prendado en esta batalla de voluntades, y eso era lo erótico.
La princesa se inclinó hacia él, frotando con su dedo índice la púa que tenía en la base de su erección.
—Sea quien sea esa hembra de tu cabeza, no puede competir con lo que tenemos.
Rehv puso las manos a los costados del cuello de su chantajista y presionó con los pulgares hasta que ella jadeó.
—Puedo arrancarte la cabeza de la columna.
—No lo harás. —Ella le pasó los labios rojos y satinados por la garganta y el lápiz de labios de pimientos molidos que llevaba le quemó—. Porque no podríamos hacer esto si yo estuviera muerta.
—No subestimes la atracción de la necrofilia. Especialmente cuando se trata de ti. —Agarró la parte de atrás de su moño y tiró con fuerza—. ¿Vamos al grano?
—Después de que recojas...
Eso no va a suceder. Yo no me inclino. —Con su mano libre, le desgarró el frontal de la túnica, exponiendo el tejido de malla fina del body que siempre llevaba. Girándola, la forzó a ponerse de cara a la puerta, buscando entre los pliegues de rojo satén mientras ella jadeaba. La malla que vestía estaba empapada de veneno de escorpión, y mientras se abría paso hacia su centro, el veneno empapaba su piel. Con suerte, podría follarla un rato mientras todavía conservaba la túnica puesta...
La princesa se desmaterializó fuera de sus garras y volvió a tomar forma justo ante la ventana a través de la cual Trez podría ver. Con un rápido movimiento, su túnica la abandonó, eliminada por su voluntad y su carne fue revelada. Estaba constituida como la serpiente que era, nervuda, y demasiado delgada y cuando la luz de la luna se reflejaba sobre los hilos entretejidos de su reluciente body daba la impresión de tener escamas.
Sus pies estaban plantados a cada lado de la bolsa de rubís.
—Vas a adorarme —le dijo, pasándose la mano entre los muslos y acariciándose la hendidura—. Con la boca.
Rehv se acercó y se puso de rodillas. Levantando la mirada hacia ella, dijo con una sonrisa:
—Y serás tú la que recoja esa bolsa.


Capítulo 18


Ehlena se detuvo justo fuera de la morgue de la clínica, con ambos brazos rodeando su pecho, el corazón en la garganta y las plegarias saliendo de sus labios. A pesar de su uniforme, no estaba esperando en plan profesional y el cartel de SÓLO PERSONAL que estaba al nivel de sus ojos la frenaba tanto como si fuera alguien con ropas comunes. Mientras los segundos pasaban lentos como siglos, miraba las letras como si se hubiese olvidado de cómo leer. La palabra sólo estaba en una mitad de las puertas, y personal en la otra. En letras rojas mayúsculas. Debajo de las letras en español, estaba la traducción en la Antigua Lengua.
Alix había atravesado las puertas hacía un momento con Havers a su lado.
Por favor… que no sea Stephan. Por favor, no dejes que el John Doe[3] sea Stephan.
El llanto que se filtró a través de las puertas de SÓLO PERSONAL provocó que cerrara los ojos, tan fuerte que hizo que le diera vueltas la cabeza.
Después de todo, no la habían plantado.
Diez minutos después salió Alix, tenía el rostro pálido y la parte inferior de los ojos enrojecida debido a la cantidad de veces que se había enjugado las abundantes lágrimas. Havers estaba justo detrás de él, el médico lucía igual de desconsolado.
Ehlena se adelantó y tomó a Alix entre sus brazos.
—Lo siento tanto.
—Cómo… cómo les digo a sus padres… ellos no querían que viniera hasta aquí… Oh, Dios…
Ehlena sostuvo el cuerpo estremecido del macho hasta que Alix se enderezó y arrastró ambas manos por su rostro.
—Estaba deseando salir contigo.
—Y yo con él.
Havers puso su mano sobre el hombro de Alix.
—¿Quieres llevártelo contigo?
El macho miró hacia atrás, a las puertas, y cerró la boca hasta que se convirtió tan sólo en una delgada línea.
—Vamos a querer empezar con los... rituales mortuorios... pero...
—¿Te gustaría que lo amortajase? —preguntó Havers suavemente.
Alix cerró los ojos y asintió.
—No podemos dejar que su madre vea su rostro. Eso la mataría. Y yo lo haría, pero...
—Lo cuidaremos muy bien —dijo Ehlena—. Puedes confiar en que nos ocupemos de él con respeto y reverencia.
—No creo que pueda… —Alix miró en su dirección—. ¿Está mal de mi parte?
—No —dijo sosteniéndole ambas manos—. Y te lo prometo, lo haremos con amor.
—Pero debería ayudar…
—Puedes confiar en nosotros. —Mientras el macho parpadeaba rápidamente, Ehlena le guió gentilmente, alejándolo de las puertas de la morgue—. Quiero que vayas a esperar en una de las salas de estar para familiares.
Ehlena acompañó al primo de Stephan por el pasillo hasta llegar al vestíbulo donde estaban las salas de examen. Cuando otra enfermera pasó por allí, Ehlena le pidió que le llevara a una sala de espera privada y luego regresó a la morgue.
Antes de entrar, respiró profundamente y enderezó los hombros. Cuando entró empujando las puertas, olió hierbas y vio a Havers de pie junto a un cuerpo cubierto por una sábana blanca. El andar de Ehlena flaqueó.
—Mi corazón está oprimido —dijo el médico—. Tan oprimido. No quería que ese pobre muchacho viera así a su familiar de sangre, pero después de identificar sus ropas, él insistió. Tenía que verlo.
—Porque tenía que asegurarse.
Era lo que ella hubiera necesitado de haber estado en esa situación.
Havers levantó la sábana, doblándola sobre el pecho y Ehlena se tapó bruscamente la boca con la mano para contener un jadeo.
El rostro de Stephan, golpeado y sucio, estaba casi irreconocible.
Ella tragó una vez. Y otra vez. Y una tercera vez.
Querida Virgen Escriba, veinticuatro horas antes, él había estado vivo. Vivo y en el centro, deseando verla. Luego una mala decisión de ir hacia un lado y no hacia el otro le había hecho terminar aquí, yaciendo sobre una fría cama de acero inoxidable, a punto de ser preparado para su ritual mortuorio.
—Traeré las mortajas —dijo bruscamente Ehlena cuando Havers retiró completamente la sábana del cuerpo.
La morgue era pequeña, con sólo ocho unidades de refrigeración y dos mesas de examen, pero estaba bien provista en cuanto a equipamiento y suministros. Las mortajas ceremoniales se guardaban en un armario que había cerca del escritorio, y cuando abrió la puerta, salió una fresca bocanada herbal. Las bandas de lino tenían siete centímetros y medio de ancho y venían en rollos del tamaño de los dos puños de Ehlena. Empapados de una combinación de romero, lavanda y sal marina, irradiaban un aroma suficientemente placentero que, no obstante, la hacían retroceder cada vez que captaba aquel olorcillo.
Muerte. Era el aroma de la muerte.
Sacó diez rollos y los apiló en sus brazos, luego volvió donde estaba el cuerpo de Stephan totalmente expuesto, con sólo una tela sobre sus caderas.
Después de un momento, Havers salió de un vestuario que había en el fondo, usando una túnica negra atada con un fajín negro. Alrededor del cuello, suspendida de una cadena de plata larga y pesada, tenía una herramienta ornamentada para cortar, muy afilada que era tan antigua, que el trabajo de filigrana del mango tenía recovecos oscurecidos dentro de su curvilíneo diseño.
Ehlena agachó la cabeza mientras Havers elevaba a la Virgen Escriba las plegarias requeridas para el pacífico descanso de Stephan dentro del tierno abrazo del Fade. Cuando el doctor estuvo listo, le alcanzó el primero de los rollos aromáticos y empezaron con la mano derecha de Stephan, como era adecuado. Con muchísima gentileza y cuidado, sostuvo el miembro frío y gris en el aire, mientras Havers envolvía la carne apretadamente, volviendo a poner la tira de lino sobre sí misma. Cuando llegaron hasta el hombro, se movieron hacia la pierna derecha; después fue la mano izquierda, el brazo izquierdo y luego la pierna izquierda.
Cuando quitaron la tela de sus caderas, Ehlena se dio vuelta, como era requerido por ser hembra. Si hubiera sido un cuerpo femenino, no lo hubiera tenido que hacer, aunque un asistente masculino lo habría hecho por respeto. Después de que las caderas fueron envueltas, vendaron el tronco hasta el pecho y cubrieron los hombros.
Con cada pasada del lino, el aroma a hierbas le golpeaba de nuevo la nariz hasta que sintió como si no pudiera respirar.
O tal vez no era el olor que había en el aire; sino más bien los pensamientos que había en su mente. ¿Él habría sido su futuro? ¿Habría conocido su cuerpo? ¿Podría haber sido su hellren y el padre de sus hijos?
Preguntas que nunca serían contestadas.
Ehlena frunció el ceño. No, en realidad, todas lo habían sido.
Cada una de ella con un no.
Mientras le alcanzaba otro rollo al médico de la raza, se preguntó si Stephan había vivido una vida plena y satisfactoria.
No, pensó. Había sido estafado. Totalmente estafado.
Engañado.
El rostro era lo último en ser cubierto y sostuvo la cabeza de Stephan mientras el doctor enrollaba y enrollaba el lino lentamente. Ehlena respiraba con dificultad y sólo cuando Havers cubrió los ojos, una lágrima dejó los propios y aterrizó en la mortaja blanca.
Havers le puso la mano brevemente en el hombro y luego terminó el trabajo.
La sal que había en las fibras del lino funcionaba como un sellador para que ningún fluido se filtrara a través del tejido, y el mineral también preservaba el cuerpo para el sepulcro. Las hierbas servían para la función obvia en el corto plazo de enmascarar cualquier olor, pero también eran emblemas de los frutos de la tierra, los ciclos de crecimiento y muerte.
Con una maldición, volvió al armario y retiró un sudario negro, con el cual Havers y ella envolvieron a Stephan. El exterior negro simbolizaba la carne mortal corruptible, el interior blanco, la pureza e incandescencia del alma dentro de su hogar eterno en el Fade.
Ehlena había escuchado una vez que los rituales servían a importantes propósitos más allá de su aspecto práctico. Se suponía que ayudaban a la sanación psicológica, pero estando junto al cuerpo muerto de Stephan sentía que eso era pura mierda. Era una aceptación falsa, un patético intento para contener las exigencias de un destino cruel con una tela de dulce aroma.
No era nada más que una funda sobre un sofá manchado de sangre.
Se detuvieron junto a la cabeza de Stephan para ofrecerle un momento de silencio y luego empujaron la camilla desplazándola desde el fondo de la morgue hacia el sistema de túneles que corrían subterráneamente hasta los garajes. Allí, pusieron a Stephan en una de las cuatro ambulancias que estaban hechas para parecerse exactamente a las que usaban los humanos.
—Los llevaré a ambos a casa de los padres —dijo ella.
—¿Necesitas que te acompañen?
—Me parece que para Alix será mejor no tener audiencia.
—Aunque tendrás cuidado, ¿verdad? ¿No sólo con ellos, sino con tu propia seguridad?
—Sí.
Cada una de las ambulancias tenía una pistola debajo del asiento del conductor, y en cuanto Ehlena empezó a trabajar en la clínica, Catya le enseñó a disparar: no le cabía duda, de que podía manejar a cualquier cosa que se pusiera en su camino.
Cuando Havers y ella cerraron las puertas dobles de la ambulancia, Ehlena miró hacia la entrada del túnel.
—Me parece que voy a volver a la clínica por el aparcamiento. Necesito aire.
Havers asintió.
—Y yo haré lo mismo. Me doy cuenta que también necesito aire.
Juntos salieron a la noche fría y clara.


Como la buena puta que era, Rehv hizo todo lo que le pidieron. El hecho de que fuera rudo y cruel era una concesión a su libre albedrío... y nuevamente, parte de la razón por la cual a la princesa le gustaba el asunto que tenían.
Cuando todo terminó y ambos estuvieron agotados, ella por tener tantos orgasmos, él porque el veneno de escorpión había penetrado profundamente en su corriente sanguínea, esos malditos rubíes seguían estando dónde los había arrojado. En el suelo.
La princesa estaba despatarrada contra el alféizar de la ventana, jadeando dificultosamente, con sus dedos de tres nudillos extendidos, probablemente porque sabía que lo asqueaban como la mierda. Él estaba al otro lado de la cabaña, tan lejos de ella como podía, de pie, tambaleándose.
Mientras intentaba respirar, odió que el aire de la cabaña oliera a sexo sucio. Asimismo, tenía el aroma de ella por todo su cuerpo, cubriéndolo, sofocándolo tanto, que a pesar de tener sangre symphath en sus venas, sentía ganas de vomitar. O quizás eso era debido al veneno. Quién mierda podía saberlo.
Ella levantó una de sus manos huesudas y apuntó hacia la bolsa de terciopelo.
—Le–ván–ta–los.
Los ojos de Rehv se trabaron con los de ella, y sacudió la cabeza de un lado a otro lentamente.
—Será mejor que vuelvas con nuestro tío —le dijo con tono áspero—. Estoy dispuesto a apostar que si te ausentas por mucho tiempo él desconfiará.
Con eso, la tenía. El hermano del padre de ambos era un sociópata, calculador y desconfiado. Igual que ellos.
Todo quedaba en familia, como solían decir.
La túnica de la princesa se levantó del suelo y flotó hacia su dueña, y mientras colgaba en el aire a su lado, retiró del bolsillo interior una faja ancha y roja. Deslizándola entre sus piernas, se envolvió el sexo, manteniendo dentro lo que él había dejado. Después se vistió, y cubrió la mitad de la túnica que le había desgarrado, formando un pliegue bajo la capa superior. El cinturón de oro, o al menos él asumía que era de oro, dada la forma en que reflejaba la luz, fue lo siguiente.
—Envíale recuerdos a mi tío —dijo Rehv arrastrando las palabras—. O... no.
—Le… ván… ta… los.
—O te inclinas a recoger esa bolsa, o te vas sin ella.
Los ojos de la princesa destellaron con la clase de rencor que hacía tan divertido discutir con asesinos, y permanecieron mirándose uno al otro durante largos y hostiles minutos.
La princesa se quebró. Exactamente como él había dicho que lo haría.
Para su eterna satisfacción, fue ella quien los recogió, su capitulación casi lo hizo correrse de nuevo, su lengüeta amenazó con engancharse a pesar que no había nada contra qué trabarse.
—Podrías ser rey —dijo ella extendiendo la mano, y haciendo que la bolsa de terciopelo con los rubíes se elevara del suelo—. Mátalo y podrás ser rey.
—Si te mato a ti, podría ser feliz.
—Nunca serás feliz. Eres de una raza aparte, viviendo una mentira entre inferiores. —Sonrió y una alegría verdadera se reflejó en su rostro—. Excepto aquí conmigo. Aquí, puedes ser honesto. Hasta el próximo mes, mi amor.
Le tiró un beso con sus horribles manos y se desmaterializó, disipándose de la forma en que lo había hecho el aliento de él fuera de la cabaña, devorado por el fino aire de la noche.
Las rodillas de Rehv cedieron y se derrumbó en el suelo, aterrizando en una pila de huesos. Yaciendo sobre las tablas rústicas, era consciente de todo: los músculos acalambrados de sus muslos, el cosquilleo en la punta de su polla cuando el prepucio volvió a su lugar, el tragar compulsivo causado por el veneno de escorpión.
Mientras la tibieza de la cabaña se filtraba hacia afuera, las nauseas le recorrieron como una marea fétida y oleosa y su estómago se cerró como un puño, formando un montón de «vámonos–de–aquí» que le apretaba la garganta. Las arcadas reflejas siguieron las órdenes y abrió mucho la boca, pero no salió nada.
Sabía bien que no debía comer antes de tener una cita.
Trez atravesó la puerta tan silenciosamente que no fue hasta que las botas del tipo estuvieron frente a su rostro, que Rehv notó que su mejor amigo estaba con él.
La voz del Moro fue amable:
—Vamos a sacarte de aquí.
Rehv esperó una interrupción en las arcadas, para tratar de levantarse del suelo.
—Deja... que me vista.
El veneno de escorpión se había disparado a toda velocidad a través de su sistema nervioso central, interfiriendo con su autopista neuronal y por ende, haciendo que arrastrar su cuerpo hasta donde estaban sus ropas involucrara un despliegue vergonzoso de debilidad. El problema era que el antídoto debía permanecer en el coche, de lo contrario la princesa lo hubiera encontrado, y mostrar una debilidad tan substancial como esa era como entregarle tu arma cargada a tu enemigo.
Evidentemente Trez perdió la paciencia con el espectáculo, porque se acercó y recogió el abrigo.
—Sólo ponte esto, así podremos tratarte.
—Me…vestiré. —Era el orgullo de la puta.
Trez maldijo y se arrodilló con el abrigo.
—Joder, Rehv...
—No… —Un jadeo salvaje le interrumpió e hizo que cayera plano sobre el suelo, ofreciéndole un rápido acercamiento de los nudos de las tablas de pino.
Joder, estaba mal esta noche. Peor de lo que había estado nunca.
—Rehv, lo siento, pero voy a tomar el control.
Trez ignoró los intentos patéticos de Rehv por rechazar su ayuda, y después de haberlo envuelto con la marta, su amigo lo levantó y lo cargó fuera como una pieza rota de equipo.
—No puedes seguir haciendo esto —dijo Trez mientras sus piernas largas los llevaban rápidamente hacia el Bentley.
—Obser…vame.
Para mantenerlos a él y a Xhex vivos y en el mundo libre, tenía que hacerlo.





[1] Pas de deux En ballet un dúo en el que los pasos de ballet son ejecutados conjuntamente por dos personas.(N. de la T.)
[2] Muñeca, que representa el estilismo dramático y excesivo del teatro clásico japonés Kabuki. (N. de la T.)

[3] John Doe Nombre que le dan a las personas de las que se desconoce sus datos. (N. de la T.)

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