martes, 24 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 19 20 21

Capítulo 19


Rehv despertó en su dormitorio de su gran rancho en las Adirondacks que utilizaba como refugio. Podía decir dónde estaba por las ventanas que iban del suelo al techo, el alegre fuego que tenía enfrente, y el hecho de que el pie de la cama tenía putti[1] tallados en caoba. Lo que no estaba claro era cuántas horas habían pasado desde su cita con la princesa. ¿Una? ¿Cien?
Al otro lado de la tenue habitación, estaba sentado Trez en un sofá color rojo oscuro, leyendo a la débil luz amarilla de un flexo.
Rehv carraspeó.
—¿Qué libro es?
El Moro alzó la mirada, los ojos almendrados enfocándose con una agudeza de la que Rehv podría haber prescindido.
—Estás despierto.
—¿Qué libro?
—Es El diccionario de la muerte de las Sombras.
—Lectura ligera. Y yo aquí pensando que eras fan de Candace Bushnell[2].
—¿Cómo te sientes?
—Bien. Genial. Animado como la mierda. —Rehv gruñó mientras se impulsaba más alto sobre las almohadas. A pesar del abrigo de marta, que tenía envuelto alrededor del cuerpo desnudo, y de las colchas, mantas y edredones de plumas que tenía encima, seguía tan frío como el culo de un pingüino, así que obviamente Trez le había inyectado mucha dopamina. Pero por lo menos la antitoxina había funcionado, los resuellos y la falta de aliento habían desaparecido.
Trez cerró lentamente la portada del libro antiguo.
—Me estoy preparando, eso es todo.
—¿Para entrar al sacerdocio? Pensaba que todo el asunto del rey era tu especialidad.
El Moro puso el tomo en la mesa baja que tenía al lado y se alzó en toda su estatura. Después de estirar todo el cuerpo, se acercó a la cama.
—¿Quieres alimento?
—Sí. Estaría bien.
—Dame quince minutos.
Cuando la puerta se cerró detrás del tipo, Rehv buscó a su alrededor y encontró el bolsillo interior de la marta. Cuando sacó el teléfono y lo comprobó, no había mensajes. Ningún mensaje de texto.
Ehlena no se había acercado, ni se había puesto en contacto con él. Pero por otro lado, ¿por qué habría de hacerlo?
Miró fijamente el teléfono y trazó el teclado con el pulgar. Ansiaba muchísimo oír su voz, como si escucharla pudiera borrar todo lo que había sucedido en esa cabaña.
Como si ella pudiera hacer desaparecer las pasadas dos décadas y media.
Rehv entró en sus contactos e hizo aparecer su número en pantalla. Era probable que estuviera en el trabajo, pero si dejaba un mensaje, quizá le llamaría en el descanso. Dudó, pero luego presionó enviar y puso el teléfono en su oreja.
En el instante en que oyó la señal de llamada, tuvo una imagen vívida y vil de él teniendo relaciones sexuales con la princesa, de sus caderas machacando, de la luz de la luna lanzando sombras obscenas sobre el suelo rústico.
Terminó la llamada con un puñetazo rápido, sintiendo como si su cuerpo estuviera revestido de mierda hecha loción.
Dios, no había suficientes duchas en el mundo para limpiarle lo bastante para ser digno de hablar con Ehlena. Ni bastante jabón, ni lejía, ni estropajo. Mientras se la imaginaba con su prístino uniforme de enfermera, el cabello rubio rojizo recogido hacia atrás en una pulcra coleta, y sus silenciosos zapatos blancos, supo que si alguna vez la tocaba la mancharía de por vida.
Con el entumecido pulgar, acarició la pantalla plana del teléfono, como si fuera su mejilla, luego dejó que la mano cayera en la cama. La vista de las brillantes venas rojas del brazo le recordó un par de cosas más que había hecho con la princesa.
Nunca había pensado que su cuerpo fuera un don especial. Era grande y musculoso, por lo que era útil, y al otro sexo le gustaba, lo que significaba que era una especie de ventaja. Y funcionaba bien… bueno, excepto por los efectos secundarios, que le ocasionaba la dopamina y la alergia al veneno de escorpión.
Pero realmente, a quién le importaba.
Tumbado en la cama en la casi oscuridad, con el teléfono en la mano, vio más escenas horrorosas de su tiempo con la princesa… ella mamándole, él agachándose y follándola por detrás, su boca entre los muslos de ella. Recordó lo que se sentía cuando la lengüeta de su polla se trababa y ambos quedaban enganchados.
Entonces pensó en Ehlena tomándole la tensión… y en cómo había dado un paso atrás, alejándose de él.
Tenía razón al haber hecho eso.
Era una equivocación llamarla.
Con deliberado cuidado, movió el pulgar por los botones y entró en su información de contacto. No se detuvo ni una vez mientras la borraba del teléfono, y cuando desapareció, un calor inesperado le llenó el pecho… indicándole que de acuerdo al lado de su madre, había hecho lo correcto.
La próxima vez que fuera a la clínica, pediría otra enfermera. Y, si volvía a ver a Ehlena, la dejaría en paz.
Trez entró con una bandeja de copos de avena, algo de té y algunas tostadas.
—Ñam —dijo Rehv sin entusiasmo.
—Sé un buen chico y termínatelo. En la próxima comida te traeré huevos con tocino.
Cuando la bandeja estuvo asentada sobre sus piernas, Rehv tiró el teléfono sobre la piel y levantó la cuchara. Bruscamente, y por ninguna absoluta y positiva razón en especial, dijo:
—¿Has estado enamorado alguna vez, Trez?
—Nah. —El Moro regresó a su silla en el rincón, la lámpara curva iluminó su rostro guapo y oscuro—. Vi a iAm intentarlo y decidí que no era para mí.
—¿iAm? No me jodas. No sabía que tu hermano había tenido una chica.
—No habla de ella, y yo nunca la conocí. Pero durante un tiempo se sintió miserable del modo en que sólo una hembra puede poner a un tipo.
Rehv hizo girar el azúcar moreno que estaba espolvoreada sobre la avena.
—¿Crees que alguna vez te emparejarás?
—Nop. —Trez sonrió, y sus perfectos dientes blancos destellaron—. ¿Por qué lo preguntas?
Rehv se llevó la cuchara a la boca y comió.
—Por ninguna razón.
—Sí. Seguro.
—Estos copos de avena son fantásticos.
—Tú odias los copos de avena.
Rehv rió un poco y siguió comiendo para no hablar, pensando que el tema del amor no era de su incumbencia. Pero el trabajo seguro como el infierno que sí lo era.
—¿Ha pasado algo en los clubes? —preguntó.
—Todo va como la seda.
—Bien.
Rehv despachó lentamente los copos Quaker Oats, preguntándose por qué, si todo iba perfecto y de primera en Caldwell, tenía una sensación de desazón en sus tripas.
Probablemente, pensó, era la avena.
—Le dijiste a Xhex que estoy bien, ¿verdad?
—Sí —dijo Trez, levantando el libro que había estado leyendo—. Mentí.


Xhex estaba sentada detrás de su escritorio y miraba fijamente a sus dos mejores gorilas, Big Rob y Silent Tom. Eran humanos, pero eran listos y con sus vaqueros bajos, emitían la engañosa sensación de tranquilidad que ella buscaba.
—¿Qué podemos hacer por usted, jefa? —preguntó Big Rob.
Inclinándose hacia delante en su silla, sacó dos montones de billetes del bolsillo trasero de sus pantalones de cuero. Los mostraba deliberadamente, dividiéndolos en dos pilas y los deslizó hacia los hombres.
—Necesito que hagáis un trabajo extraoficial.
Sus asentimientos fueron tan rápidos como sus manos sobre esos Benjis[3].
—Lo que usted quiera —dijo Big Rob.
—Durante el verano, tuvimos un camarero al que despedimos por robar. El tipo se llamaba Grady. Le recordáis…
—Vi esa mierda acerca de Chrissy en el periódico.
—Jodido bastardo. —Silent Tom intervino por primera vez.
Xhex no se sorprendió de que supieran toda la historia.
—Quiero que encontréis a Grady. —Cuando Big Rob empezó a hacer sonar sus nudillos, ella sacudió la cabeza—. No. Lo único que quiero que hagáis es que me consigáis una dirección. Si os ve, le saludáis de lejos y os alejáis. ¿Está claro? No hagáis más que rozarle la manga.
Ambos sonrieron cruelmente.
—Ningún problema, jefa —murmuró Big Rob—. Lo guardaremos para usted.
—El DPC lo busca también.
—Apuesto a que sí.
—No queremos que la policía sepa lo que estáis haciendo.
—Ningún problema.
—Me ocuparé de cubrir vuestros turnos. Cuanto más rápido le encontréis, más feliz estaré.
Big Rob miró a Silent Tom. Después de un momento, sacaron de los bolsillos los billetes que les había dado y los deslizaron por la mesa.
—Haremos lo correcto por Chrissy, jefa. No se preocupe.
—Con vosotros en esto, no lo haré.
La puerta se cerró detrás de ellos, y Xhex se pasó las palmas hacia arriba y hacia abajo por los muslos, forzando a los cilicios que tenía en las piernas a entrar más profundamente en su piel. Estaba ardiendo por la necesidad de salir ella misma, pero con Rehv en el norte y los tratos que se iban a hacer esta noche, no podía dejar el club. Y lo que era igual de importante, en cuanto a Grady no iba a poder hacer los preparativos ella misma. Ese detective de homicidios la iba a estar vigilando.
Trasladando los ojos al teléfono, quiso maldecir. Trez la había llamado más temprano para hacerle saber que Rehv había terminado el asunto con la princesa, y el sonido de la voz del Moro le había indicado lo que sus palabras no decían: el cuerpo de Rehv no iba a aguantar mucha más tortura.
Otra situación más que se veía forzada a aguantar, sentada sobre su culo, esperando.
La impotencia no era un estado con el que se sintiera cómoda, pero cuando se trataba de la princesa, estaba acostumbrada a sentirse impotente. Hacía veinte años, cuando las elecciones de Xhex les habían puesto en esta situación, Rehv le había dicho que se ocuparía de las cosas con una condición: ella le dejaría manejarlo a su manera sin intervenir. Le había hecho jurar que permanecería apartada, y aunque la mataba, había cumplido la promesa y vivía con la realidad de que Rehv se había visto forzado a caer en las manos de esa puta a causa de ella.
Maldita fuera, deseaba que perdiera la paciencia y arremetiera contra ella. Sólo una vez. En cambio, seguía aguantando, pagando con su cuerpo la deuda que ella había generado.
Ella lo había convertido en una puta.
Xhex dejó la oficina porque no podía soportar pasar más tiempo consigo misma, y cuando estuvo en el club rezó porque hubiera una escaramuza en la parte del populacho, como un triángulo amoroso explotando, donde algún tipo abofeteara a otro por una chica con labios de pez y tetas de plástico. O quizá un encuentro en el cuarto de baño de hombres de los bajos fondos se fuera al traste. Mierda, estaba tan desesperada que incluso agarraría a un borracho cabreado con su patrón o alguna pareja en un rincón oscuro que hubieran llevado el manoseo a cruzar la línea hasta la penetración.
Necesitaba golpear algo y su mejor oportunidad era con las masas. Si sólo hubiera…
Era su suerte. Todos se estaban comportando.
Miserables cabrones.
Finalmente, terminó yendo a la sección VIP porque estaba volviendo dementes a los gorilas de la pista al andar merodeando por allí en busca de pelea. Y además, tenía que usar los músculos en un trato de mayor importancia.
Al atravesar el cordón de terciopelo, sus ojos fueron directos a la mesa de la Hermandad. John Matthew y sus compañeros no estaban allí, pero bueno, siendo tan temprano, estarían fuera cazando lessers. Los engullidores de cerveza Corona vendrían más tarde, si es que lo hacían.
No le importaba si John acudía.
Nada en absoluto.
Acercándose a iAm, dijo:
—¿Preparados?
El Moro asintió.
—Rally tiene el producto preparado. Los compradores deberían estar aquí en veinte minutos.
—Bien.
Esa noche se iban a llevar a cabo dos tratos de seis cifras por coca, y con Rehv fuera de combate y Trez acompañándolo en el norte, iAm y ella estaban al cargo de las transacciones. Aunque el dinero fuera a cambiar de manos en la oficina, el producto iba a ser cargado en los coches, en el callejón trasero, porque cuatro kilos de polvo sudamericano puro no era el tipo de cosas que ella quisiera que estuviera dando vueltas por el club. Mierda, el hecho de que los compradores fueran a llegar con maletines conteniendo dinero en efectivo ya era bastante problemático.
Xhex estaba justo en la puerta de la oficina cuando vislumbró a Marie–Terese insinuándosele a un tipo con traje. El hombre la miraba con admiración y maravilla, como si fuera el equivalente femenino de un coche deportivo del que alguien le acababa de dar las llaves.
La luz destelló en el anillo de boda que llevaba cuando extendió la mano hacia la billetera.
Marie–Terese sacudió la cabeza y levantó su elegante mano para detenerlo, luego puso al absorto tipo de pie y precedió el camino hacia los cuartos de baño privados de la parte de atrás, donde el dinero cambiaría de mano.
Xhex se giró y se encontró frente a la mesa de la Hermandad.
Mientras miraba el lugar donde John Matthew solía sentarse habitualmente, pensó en el John más reciente de Marie–Terese. Xhex estaba dispuesta a apostar que el HDP que estaba a punto de soltar quinientos dólares para ser mamado o follado o quizá mil por ambos, no miraba a su mujer con esa clase de excitación y lujuria. Era la fantasía. Él no sabía nada acerca de Marie–Terese, no tenía ni idea de que hacía dos años su hijo había sido secuestrado por su ex marido y que ella estaba trabajando para pagar el costo del regreso del niño. Para él, ella era un magnífico pedazo de carne, algo con lo que jugar y ser dejado atrás. Prolijo. Limpio.
Todos los Johns eran así.
Y también lo era el John de Xhex[4]. Ella era una fantasía para él. Nada más. Una mentira erótica que evocaba para hacerse una paja… lo cual realmente no era algo de lo que le culpara, porque ella estaba haciendo lo mismo con él. Y la ironía era que él era uno de los mejores amantes que jamás había tenido, aunque eso fuera porque podía hacer cualquier cosa que quisiera durante tanto tiempo como necesitara para saciarse, y nunca había quejas, reservas ni peticiones.
Prolijo. Limpio. La voz de iAm salió del auricular.
—Los compradores acaban de entrar.
—Perfecto. Vamos a hacerlo.
Terminaría con los dos tratos, y luego tenía su propio trabajo privado que hacer. Ahora, eso era algo que valía la pena ansiar. Al final de la noche, iba a conseguir exactamente la clase de liberación que necesitaba.


Al otro lado de la ciudad, en un tranquilo callejón sin salida en un vecindario seguro, Ehlena estaba aparcada delante de una modesta casa colonial, sin miras de ir a ningún sitio en un futuro cercano.
La llave no entraba en el bombín de arranque de la ambulancia.
Habiendo terminado con lo que debería haber sido la parte más difícil del viaje, después de entregar a Stephan a salvo a los brazos de sus familiares de sangre, le resultaba sorprendente que meter la maldita llave en el condenado arranque fuera más difícil.
Vamos… —Ehlena se concentró en estabilizar su mano. Y acabó mirando realmente muy de cerca la forma en que el pedazo de metal saltaba alrededor del agujero al que pertenecía.
Se recostó en el asiento con una maldición, sabiendo que estaba aumentando la desdicha de la casa, que la ambulancia aparcada justo afuera era simplemente otra declaración expresada a gritos de la tragedia.
Como si el cuerpo del amado hijo de la familia no fuera suficiente.
Giró la cabeza y miró fijamente las ventanas coloniales. Había sombras desplazándose al otro lado de las cortinas de gasa.
Después de entrar marcha atrás por el camino de entrada, Alix había ingresado a la casa y ella había esperado en la noche fría. Un momento después, la puerta del garaje había rodado hacia arriba y Alix había salido con un macho mayor que se parecía mucho a Stephan. Ella había hecho una reverencia y le había estrechado la mano, y luego había abierto la puerta trasera de la ambulancia. El macho había tenido que ponerse una mano sobre la boca mientras ella y Alix sacaban la camilla.
—Mi hijo… —había gemido.
Nunca olvidaría el sonido de esa voz. Hueco. Sin esperanza. Con el corazón roto.
El padre de Stephan y Alix lo habían metido en la casa, y al igual que en la morgue, un momento después se escuchó un llanto. Esta vez, sin embargo, había sido el lamento más agudo de una hembra. La madre de Stephan.
Alix había regresado en el momento en que Ehlena estaba empujando la camilla hacia el interior de la ambulancia, y estaba parpadeando rápidamente, como si estuviera enfrentando un fuerte viento. Después de presentarle sus respetos y despedirse, se había subido detrás del volante y… no había podido arrancar el maldito vehículo.
Al otro lado de las cortinas de gasa, vio a dos siluetas fundirse en un abrazo. Y luego fueron tres. Y luego vinieron más.
Sin ninguna razón aparente, pensó en las ventanas de la casa que alquilaba para ella y su padre, todas cubiertas con papel de aluminio, selladas para dejar al mundo fuera.
¿Quién estaría junto a su cuerpo envuelto cuando su vida acabara? Su padre sabía quién era ella la mayor parte del tiempo, pero raramente estaba conectado a ella. El personal de la clínica era muy amable, pero eso era trabajo, no personal. A Lusie se le pagaba por venir.
¿Quién cuidaría de su padre?
Siempre había asumido que él se iría primero, pero por otro lado, sin duda la familia de Stephan había pensado lo mismo.
Ehlena apartó la mirada de los dolientes y la fijó en el parabrisas delantero de la ambulancia.
La vida era demasiado corta, por mucho que vivieras. No creía que alguien estuviera listo, cuando le llegaba el turno, para dejar a amigos, familiares y las cosas que los hacían felices, ya fuera que tuvieran quinientos años, como su padre, o cincuenta, como Stephan.
El tiempo era una fuente interminable de días y noches como la galaxia de grande.
Le hizo preguntarse: ¿Qué demonios estaba haciendo con el tiempo que tenía? Su trabajo le daba un propósito, cierto, y cuidaba de su padre, lo cual era lo que uno hacia por la familia. Pero, ¿a dónde iba? A ningún sitio. Y no se refería a estar sentada en esta ambulancia con las manos tan temblorosas que no podía manejar una llave.
El asunto era que, no es que quisiera cambiarlo todo. Sólo quería algo para sí misma, algo que la hiciera saber que estaba viva.
Los profundos ojos color amatista de Rehvenge le vinieron a la mente, como salidos de ninguna parte, y como una cámara que se va alejando, vio su rostro esculpido, su peinado mohawk, su ropa fina y su bastón.
Esta vez, cuando se estiró hacia adelante con la llave, la cosa entró firmemente y el motor diesel despertó con un gruñido. Cuando la calefacción le soltó una ráfaga de aire frío, apagó el ventilador, metió la palanca  en primera y salió de la casa, del callejón sin salida y del vecindario.
Que ya no le parecía tranquilo.
Detrás del volante, iba conduciendo y al mismo tiempo estaba ausente, cautivada por la imagen de un macho que no podía tener, pero que en ese momento necesitaba con locura.
Sus sentimientos eran inconvenientes por muchos motivos. Por el amor de Dios, eran una traición a Stephan, a pesar de que, en realidad, no le había conocido. Sencillamente parecía una falta de respeto estar deseando a otro macho mientras su cuerpo era llorado por su sangre.
Salvo que habría deseado a Rehvenge de todos modos.
—Maldita sea.
La clínica estaba al otro lado del río, y le alegraba, porque en ese momento no podría encarar el trabajo. Estaba demasiado dolida, triste y enfadada consigo misma.
Lo que necesitaba era…
Starbucks. Oh, sí, eso era exactamente lo que necesitaba.
A unos ocho kilómetros de allí, en una plaza alrededor de la cual había un supermercado Hannaford, una floristería, una boutique de LensCrafters, y una tienda Blockbuster, encontró un Starbucks que permanecía abierto hasta las dos de la mañana. Llevó la ambulancia a un lado y salió.
Cuando dejó la clínica con Alix y Stephan, no pensó en traerse el abrigo, así que acunó su bolso, corrió por la acera y atravesó la puerta a toda prisa. En el interior, el lugar era como la mayoría de ellos: ribetes de madera rojos, suelo de baldosas gris marengo, muchas ventanas, sillas mullidas y pequeñas mesas. En el mostrador había mugs en venta y una vitrina de cristal con cuadraditos de bizcocho de limón, brownies y bollos y dos humanos a comienzos de la veintena manejaban las máquinas de café. El aire olía a avellana, café y chocolate, y ese aroma borró de su nariz el persistente aroma herbal de las mortajas.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó el chico más alto.
—Un Latte largo, con espuma, sin nata. Para llevar.
El macho humano le sonrió y se demoró. Tenía una barba oscura recortada y un pendiente en la nariz, su camiseta estaba salpicada de gráficos que deletreaban las palabras COMEDOR DE TOMATE dentro de gotas de lo que podría haber sido sangre, o dado el nombre de la banda, ketchup.
—¿Le gustaría algo más? Los bollos de canela son espectaculares.
—No, gracias.
Mientras se encargaba de su pedido no apartó la vista de ella, y para evitar tener que tratar con su atención, buscó en el bolso y comprobó su teléfono en caso de que Lusie…
LLAMADA PERDIDA. ¿Ver ahora?
Presionó el , rezando porque no se tratara de su padre…
Apareció el número de Rehvenge, aunque no su nombre, porque no lo había puesto en el teléfono. Miró fijamente los dígitos.
Dios, era como si le hubiera leído la mente.
—¿Su latte? ¿Hola?
—Lo siento. —Guardó el teléfono, tomó lo que el tipo le tendía y le dio las gracias.
—Doble taza como lo deseaba. Las asas también.
—Gracias.
—Oiga, ¿trabaja en uno de los hospitales de por aquí? —preguntó, observando su uniforme.
—Clínica privada. Gracias otra vez.
Salió rápidamente y no perdió el tiempo para entrar a la ambulancia. Cuando estuvo nuevamente detrás del volante, bloqueó las cerraduras de las puertas, arrancó el motor y encendió la calefacción inmediatamente, porque el aire que salía todavía estaba tibio.
El latte estaba realmente bueno. Súper caliente. Sabía perfecto.
Sacó el teléfono otra vez, fue a la lista de llamadas recibidas y eligió el número de Rehvenge.
Respiró hondo y tomó un largo trago del latte.
Y presionó enviar.
El código de área de destino era el 518. ¿Quién lo hubiera dicho? .


Capítulo 20


Lash aparcó el Mercedes 550 debajo de uno de los puentes de Caldwell, el sedán negro era indistinguible entre las sombras proyectadas por las gigantescas bases de cemento. El reloj digital que había en el tablero le indicó que la hora del espectáculo se acercaba.
Asumiendo que no hubiera habido cagadas.
Mientras esperaba, pensó en la reunión con el líder de los symphaths. En retrospectiva, no le gustaba realmente el modo en que el tipo le hacía sentirse. El follaba chicas. Punto. Nada de tipos. Jamás.
Esa clase de mierda era para jinetes de polla como John y su banda de débiles del culo.
Cambiando de dirección mentalmente, Lash sonrió en la oscuridad, pensando que casi no podía esperar a volver a ser presentado a esos cabrones Al principio, justo después de que hubiera sido traído de regreso por su padre verdadero, había querido apresurar las cosas. Después de todo, John y sus chicos sin duda seguían frecuentando el ZeroSum, así que encontrarles no sería un problema. Pero encontrar el momento adecuado era fundamental. Lash todavía estaba resolviendo la mierda de su nueva vida y quería estar entero cuando aplastara a John y matara a Blay delante de Qhuinn, luego mataría al cabrón que le había asesinado.
Buscar el momento oportuno era importante.
Como si hubieran obedecido una señal, dos coches se detuvieran entre algunos de los pilares. El Ford Escort era de la Sociedad Lesssening, y el Lexus plateado era el coche del mayorista de Grady.
Preciosas llantas las que llevaba el LS 600h. Muy bonitas.
Grady fue el primero en salir del Escort, y cuando el señor D y los otros dos lessers le siguieron, fue como mirar la evacuación de un coche de payasos, dada la cantidad de carne que había estado apiñada dentro.
Cuando se acercaron al Lexus, del 600h, salieron dos hombres llevando elegantes abrigos de invierno. Sincronizadamente, los dos machos humanos pusieron sus manos derechas en sus chaquetas y todo en lo que Lash pudo pensar fue: mejor que salgan armas y no insignias de esos bolsillos superiores. Si Grady la había jodido y ésos eran policías encubiertos jugando a ser Crockett y Tubbs[5] de la era moderna, las cosas se iban a complicar.
Pero no… ninguna insignia del DPC, sólo un poco de conversación por parte de los abrigos, sin duda en la línea de: ¿Quiénes son estos tres lameculos que has traído a esta transacción privada de negocios?
Grady miró al señor D con un pánico de estoy–totalmente–fuera–de–esta–liga, y el pequeño tejano tomó las riendas, dando un paso adelante con un maletín de aluminio. Después de ponerlo sobre el maletero del Lexus, lo abrió para revelar lo que parecían ser fajos de billetes de cien dólares. En realidad, eran sólo montones de billetes de un dólar con solo un Benji encima de cada fajo. Los abrigos miraron hacia abajo…
Plop. Plop.
Grady saltó hacia atrás mientras los traficantes caían al suelo como fregonas, su boca abierta tan ampliamente como la pileta del lavabo. Antes de que pudiera echar a rodar un montón de Oh–Dios–mío–que–han–hecho, el señor D dio un paso para tenerlo cara a cara y le propinó una bofetada que le hizo callar.
Los dos asesinos volvieron a guardar las armas en sus chaquetas de cuero mientras el señor D cerraba la maleta, daba la vuelta y se ponía detrás del volante del Lexus. Mientras se marchaba, Grady levantó la vista hacia los rostros de los hombres pálidos como si esperara que a él también le pegaran un tiro.
En vez de eso, se dirigieron de regreso al Escort.
Después de un momento de confusión, Grady les siguió con una carrerita torpe como si todas sus articulaciones hubieran sido demasiado engrasadas, pero cuando fue a abrir la puerta trasera, los asesinos se negaron a permitirle entrar en el coche. Cuando Grady se dio cuenta de que le iban a dejar atrás, comenzó a asustarse, empezó a agitar los brazos, y a gritar. Lo cual era jodidamente tonto, teniendo en cuenta que estaba a cuatro metros y medio de dos tipos con balas en sus cerebros.
Justo en ese momento algo de silencio vendría bien.
Evidentemente uno de los asesinos pensó lo mismo. Con absoluta calma, sacó la mano con el arma y apuntó el cañón a la altura de la cabeza de Grady.
Silencio. Quietud. Por lo menos por parte del idiota.
Se cerraron dos puertas y el motor del Escort se encendió con un giro y un resuello. Los asesinos se alejaron, haciendo chirriar los neumáticos y salpicando las botas y las espinillas de Grady con tierra congelada.
Lash encendió las luces del Mercedes, y Grady giró en redondo, protegiéndose los ojos con los brazos.
Tuvo la tentación de atropellarlo, pero por el momento, la utilidad del tipo justificaba el latido de su corazón.
Lash arrancó el Mercedes, se detuvo junto al HDP, y bajó la ventanilla.
—Sube al coche.
Grady bajó los brazos.
—Qué coño ha sucedido…
—Cierra la jodida boca. Sube al coche.
Lash cerró la ventana y esperó mientras Grady se dejaba caer pesadamente en el asiento del pasajero. Mientras el tipo se ponía el cinturón, noto que le castañeteaban los dientes y no por el frío. El cabrón estaba del color de la sal, y sudaba como un transexual en el Estadio de los Giants.
—Bien podrías haberlos matado a plena luz del día —balbuceó Grady mientras se dirigían a la carretera que discurría al lado del río—. Hay ojos por todas partes…
—Ese era el propósito. —El teléfono de Lash sonó y lo contestó mientras aceleraba por la rampa hacia la autopista—. Muy bien, señor D.
—Creo que lo hemos hecho bien —dijo el tejano—. Excepto que no veo las drogas. Deben estar en el maletero.
—Están en ese coche. En algún lugar.
—¿Seguimos con el plan de encontrarnos en el Hunterbred?
—Sí.
—Oye, ah, escucha, ¿estás planeando hacer algo con este coche?
Lash sonrió en la oscuridad, pensando que la avaricia era una gran debilidad para que la tuviera un subordinado.
—Voy a repintarlo, comprar un número de bastidor y placas.
Se hizo el silencio, como si el lesser esperara más.
—Oh, eso estará bien. Sí, señor.
Lash colgó a su discípulo y se giró hacia Grady.
—Quiero conocer a todos los demás minoristas importantes de la ciudad. Sus nombres, sus territorios, sus líneas de productos, todo.
—No sé si tengo toda esa…
—Entonces será mejor que lo averigües. —Lash tiró el teléfono en el regazo del tipo—. Haz las llamadas que necesitas. Escarba. Quiero a todos y cada uno de los traficantes de la ciudad. Luego quiero al elefante que los alimenta. El mayorista de Caldwell
Grady dejó caer la cabeza contra el asiento.
—Mierda. Pensé que esto iba a ser, como… mi negocio.
—Ese fue tu segundo error. Empieza a llamar y consígueme lo que deseo.
—Mira… no creo que esto sea… probablemente debería regresar a casa…
Lash sonrió al tipo, revelando sus colmillos y haciendo brillar sus ojos.
—Estás en casa.
Grady se encogió en el asiento, y luego empezó a dar manotazos al tirador de la puerta, a pesar de que viajaban por la autopista a más de cien kilómetros por hora.
Lash bloqueó las cerraduras.
—Lo siento, ahora estás dando un paseo y no puedes bajarte a la mitad. Ahora llama con el puñetero teléfono y hazlo bien. O voy a desmembrarte pedazo a pedazo y disfrutaré de cada segundo de tus chillidos.


Wrath estaba fuera de Lugar Seguro bajo un viento capaz de adormecerle hasta las pelotas, sin que le importara una mierda el tiempo desagradable que hacía. Alzándose ante él como salida de la fantasía de Rockwell de Leave it to Beaver[6], la casa, que era un refugio para víctimas de violencia doméstica, era grande, laberíntica y acogedora; las ventanas estaban cubiertas con cortinas acolchadas, había una guirnalda en la puerta y una estera en el primer escalón que decía BIENVENIDOS en letras cursivas.
Como macho, no podía entrar, así que esperó como una escultura de jardín en el duro césped marrón, rezando porque su amada leelan estuviera dentro… y dispuesta a verlo.
Después de haber pasado todo el día en el estudio esperando a que Beth viniera a él, finalmente había recorrido la mansión buscándola. Cuando no la encontró, rezó para que estuviera como voluntaria aquí, cosa que hacía a menudo.
Marissa apareció en la escalinata de atrás y cerró la puerta detrás de ella. La shellan de Butch y anterior prometida de sangre de Wrath lucía como una típica profesional con sus pantalones y chaqueta negros, llevaba el cabello rubio retorcido y recogido en un elegante moño y su aroma era como el del océano.
—Beth acaba de salir —dijo mientras se acercaba a él.
—¿Regresó a casa?
—Fue a la Avenida Redd.
Wrath se tensó.
—Qué demo… ¿por qué fue allí? —Mierda, ¿su shellan había salido sola en Caldwell?—. ¿Quieres decir en su antiguo apartamento?
Marissa asintió.
—Creo que quería volver a donde comenzaron las cosas.
—¿Está sola?
—Por lo que sé.
—Jesucristo, ella ya ha sido secuestrada una vez —dijo con brusquedad. Como Marissa retrocedió, se maldijo a sí mismo—. Mira, lo siento. No estoy actuando muy racionalmente en este momento.
Después de un momento, Marissa sonrió.
—Esto sonará mal, pero me alegra que estés frenético. Mereces estarlo.
—Sí, fui una mierda. De primera.
Marissa alzó la cabeza hacia el cielo.
—Ya que estamos en eso, te daré un consejo para cuando vayas a buscarla.
—Dime.
El rostro perfecto de Marissa miró al frente otra vez y cuando lo volvió a enfocar en él, su voz adquirió un tono triste.
—Trata de no enfadarte. Pareces un ogro cuando te cabreas, y en este momento, Beth necesita que le recuerden el motivo por el que debería bajar la guardia cuando está contigo y no el motivo por el cual no debería.
—Buen consejo.
—Que estés bien, mi señor.
La saludó con una rápida inclinación de cabeza y se desmaterializó directamente hacia la dirección de la Avenida Redd, donde Beth solía tener un apartamento cuando se conocieron por primera vez. Mientras se trasladaba, pudo saborear malditamente bien aquello con lo que su shellan tenía que lidiar cada noche que él salía a la ciudad. Querida Virgen Escriba, ¿cómo afrontaba ella el miedo? ¿La idea de que quizás no todo estuviera bien? ¿El hecho de que donde él estaba había más peligro que seguridad?
Cuando tomó forma delante del edificio de apartamentos, pensó en la noche que había ido a buscarla después de la muerte de su padre. Había sido un salvador reacio e inapropiado, su mejor amigo le había pedido en su última voluntad y testamento que le ayudara a pasar la transición... cuando ella ni siquiera sabía lo qué era.
Su primera aproximación no había ido bien, pero ¿y la segunda vez que había tratado de hablar con ella? Esa había ido muy bien.
Dios, quería volver a estar con ella de ese modo. Piel desnuda sobre piel desnuda, moviéndose juntos, él metido profundamente en su interior, marcándola como suya.
Pero eso estaba muy lejos, asumiendo que sucediera alguna otra vez.
Wrath rodeó el edificio hacia el patio trasero; sus shitkickers no hacían ruido, su gran sombra se proyectaba en el suelo helado bajo sus pies.
Beth estaba acurrucada en una mesa desvencijada de merienda campestre donde alguna vez él se había sentado, y estaba mirando fijamente al apartamento que tenía directamente en frente justo como él había hecho cuando había venido a buscarla. El frío viento hacía revolotear su cabello oscuro, dando la impresión de que estuviera bajo el agua y nadando entre fuertes corrientes.
Debió de llegarle su aroma, porque giró la cabeza bruscamente. Mientras le miraba, se sentó más recta y mantuvo los brazos alrededor de la parka North Face que él le había comprado.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—Marissa me dijo dónde estabas. —Le echó un vistazo a la puerta corrediza de cristal del apartamento, y luego volvió a mirarla a ella—. ¿Te importa si me uno a ti?
—Ah… bueno. Está bien. —Se removió un poco mientras se le acercaba—. No iba a quedarme aquí mucho rato.
—¿No?
—Iba a ir a verte. No estaba segura de cuándo salías a luchar y pensé que quizás tendría tiempo antes… Pero entonces, no sé, yo…
Mientras dejaba la frase en el aire, él se subió a la mesa a su lado, los soportes chirriaron cuando la cosa aceptó su peso. Quería rodearla con el brazo, pero se contuvo y esperó que la parka estuviera haciendo bien su trabajo de mantenerla lo suficientemente abrigada.
En el silencio, las palabras le susurraban en la mente, todas ellas pertenecían a la variedad de las disculpas, todas sandeces. Ya había dicho que lo sentía, y ella sabía que lo decía en serio, y que iba a pasar mucho tiempo antes de que dejara de desear que hubiera algo más que pudiera hacer para compensarlo.
En esta noche fría, mientras se sentaban suspendidos entre su pasado y su futuro, todo lo que podía hacer era quedarse allí sentado con ella mirando fijamente las ventanas oscurecidas del apartamento en el cual ella había vivido una vez… antes de que el destino les hubiera unido.
—No recuerdo haber sido especialmente feliz ahí dentro —dijo ella suavemente.
—¿No?
Ella se pasó la mano por el rostro, apartándose algunos mechones de los ojos.
—No me gustaba volver a casa del trabajo y estar ahí sola. Gracias a Dios por Boo. ¿Sin ese gato? Me refiero a que, es limitado lo que la televisión puede hacer por una persona.
Él odiaba que hubiera estado sola.
—Entonces, ¿no desearías tener la posibilidad de volver atrás?
—Cristo, no.
Wrath exhaló.
—Me alegro.
—Trabajaba en el periódico, para ese imbécil lascivo, de Dick, haciendo el trabajo de tres personas, sin posibilidades de conseguir nada, porque era una mujer joven y los viejos y buenos chicos no conformaban un club… conformaban una camarilla de conspiradores. —Sacudió la cabeza—. Pero, ¿sabes qué era lo peor de todo?
—¿Qué?
—Vivía con esa sensación de que algo estaba pasando, algo importante, pero no sabía de qué se trataba. Era como… que sabía que el secreto estaba allí, y que era oscuro, pero simplemente no podía alcanzarlo. Casi me vuelve loca.
—Así que averiguar que no eras sólo humana fue…
—Estos últimos meses contigo han sido peor. —Le miró—. Cuando pienso en el otoño… sabía que algo estaba mal. En el fondo de mi mente, lo sabía, podía presentirlo. Dejaste de venir a la cama regularmente, y si lo hacías, no era para dormir. No podías calmarte. No comías realmente. Nunca te alimentabas. El reinado siempre te estresó, pero este último par de meses ha sido diferente. —Volvió a mirar fijamente hacia su viejo apartamento—. Lo sabía, pero no quería enfrentar la realidad de que quizás me habías estado mintiendo sobre algo tan significativo y aterrador como que estuvieras saliendo a luchar solo.
—Mierda, no tenía intención de hacerte algo así.
El perfil de Beth era hermoso e implacable a la vez, mientras continuaba.
—Pienso que eso forma parte del enredo mental que hay en mi cabeza en este momento. Todo el asunto me lleva de regreso al modo en que solía vivir cada día de mi vida. Después de que atravesé el cambio y de que nos mudamos a vivir con los Hermanos, me sentí tan aliviada, porque finalmente supe con seguridad lo que siempre me había preguntado. Increíblemente la verdad me proporcionó una base. Me hizo sentir a salvo. —Se volvió hacia él—. ¿Este asunto contigo? ¿El mentir? Hace que sienta que no puedo volver a confiar en mi realidad. Sencillamente no me siento a salvo, me refiero a que, todo mi mundo gira en torno a ti. Mi mundo entero. Todo está basado en ti, porque nuestro emparejamiento es la base de mi vida. Así que esto implica mucho más que el hecho de que luches.
—Sí. —Joder. ¿Qué demonios podía decir?
—Sé que tuviste tus razones.
—Sí.
—Y sé que no querías herirme. —Esto fue dicho con una entonación que se elevaba al final, las palabras eran más una pregunta, que una declaración.
—Definitivamente no tenía esa intención.
—Pero sabías que lo haría, ¿verdad?
Wrath apoyó los codos en las rodillas y se reclinó sobre sus fuertes brazos.
—Sí, lo sabía. Es por eso que no he estado durmiendo. Sentía que estaba haciendo mal al no decírtelo.
—¿Tenías miedo de que me negara a permitirte salir o algo? ¿A que te entregara por violar la ley? ¿O…?
—El asunto es así… Al final de cada noche volvía a casa y me decía que no iba a hacerlo otra vez. Y en cada puesta del sol me encontraba atando las correas de mis dagas. No quería que te preocuparas, y me decía a mí mismo que no pensaba que continuaría. Pero tuviste razón al llamarme la atención sobre eso. No planeaba detenerme. —Se frotó los ojos bajo las gafas al tiempo que comenzaba a latirle la cabeza—. Estaba tan equivocado, y no podía afrontar lo que te estaba haciendo. Me estaba matando.
Ella le puso la mano en la pierna y él se congeló, su amable contacto era más de lo que merecía. Mientras le acariciaba el muslo un poco, dejó caer las gafas de sol en su lugar y con cuidado le capturó la mano.
Ninguno de los dos pronunció palabra mientras se sujetaban uno al otro, palma contra palma.
A veces las palabras eran menos valiosas que el aire que las transportaba cuando se trataba de acercarse.
Mientras el frío viento soplaba a través del patio, causando que algunas hojas marrones pasaran crujiendo delante de ellos, se encendieron las luces en el viejo apartamento de Beth, la iluminación inundó el fogón de la cocina y la única habitación principal.
Beth rió un poco.
—Han puesto sus muebles justo como estaban los míos, el futón contra la única pared larga.
Lo cual significaba que tenían una vista panorámica de la pareja que entró tropezando en el estudio y se encaminó en línea recta a la cama. Los humanos estaban entrelazados labios contra labios, cadera contra cadera, y aterrizaron en el futón en un enredado revoltijo, el hombre montando a la mujer.
Como avergonzada por el espectáculo, Beth bajó de la mesa y carraspeó.
—Supongo que será mejor que vuelva a Lugar Seguro.
—Esta noche es mi descanso. Estaré en casa, sabes, toda la noche.
—Eso es bueno. Trata de descansar.
Dios, estar distanciados era horrible, pero al menos hablaban.
—¿Quieres que te acompañe allí?
—Estaré bien. —Beth se acurrucó en su parka, hundiendo el rostro en el cuello de plumas—. Hombre, hace frío.
—Sí. Lo hace. —Cuando llegó el momento de despedirse, estaba ansioso por saber en qué habían quedado, y el miedo le aclaraba mucho la visión. Dios, como odiaba la expresión desolada de su rostro—. No puedes saber lo arrepentido que estoy.
Beth extendió la mano y le tocó la mandíbula.
—Lo oigo en tu voz.
Él tomó su mano y se la colocó sobre el corazón.
—No soy nada sin ti.
—No es verdad. —dijo apartándose—. Eres el Rey. No importa quién sea tu shellan, tú lo eres todo.
Beth se desmaterializó en el fino aire, su presencia vital y cálida reemplazada sólo con el glacial viento de diciembre.
Wrath esperó cerca de dos minutos; luego se desmaterializó hacia Lugar Seguro. Después de tanto tiempo alimentándose el uno del otro, había tanta de su sangre en ella que podía sentir su presencia incluso dentro de las robustas paredes de la instalación cargada de seguridad, y supo que estaba protegida.
Apesadumbrado, Wrath se desmaterializó otra vez y se dirigió de vuelta a la mansión: tenía puntos que debían ser quitados y una noche entera para pasarla a solas en su estudio.





Capítulo 21


Una hora más tarde Trez llevó la bandeja de regreso a la cocina. Rehv tenía el estómago completamente revuelto. Joder, si la avena ya no era una comida viable para el «después», ¿qué le quedaba? ¿Plátanos? ¿Arroz blanco?
¿Una jodida papilla de bebe Gerber?
Y no sólo era su estómago lo que estaba jodido. Si hubiera sido capaz de sentir algo, estaba bastante seguro de que tendría una jaqueca junto con las nauseas que lo sacudían. Cada vez que se encendía una luz, como cuando Trez entraba a comprobar cómo estaba, los ojos de Rehv se ponían a parpadear automáticamente, moviéndose arriba y abajo en una descoordinada versión ocular de Safety Dance[7], luego empezaba a salivar y tragar compulsivamente. Así que de seguro, tenía que estar mareado.
Cuando sonó su teléfono, puso la mano sobre él y se lo llevó al oído sin volver la cabeza. Esa noche en el ZeroSum estaban ocurriendo muchas cosas, y necesitaba mantenerse al tanto.
—Sí.
—Hola... ¿me ha llamado?
Los ojos de Rehv se dispararon hacia la puerta del cuarto de baño, donde brillaba una suave luz alrededor de las jambas.
Oh, Dios, no se había bañado todavía.
Estaba todavía cubierto del sexo que había tenido.
Incluso aunque Ehlena estuviera a tres horas de distancia en coche y él no estuviera saliendo en una Webcam, se sentía absolutamente canalla sólo por hablarle.
—Hey —respondió con voz ronca.
—¿Está bien?
—Sí.
Lo que era una jodida mentira, y el tono ronco de su voz lo hacía obvio.
—Bien, yo, ah… Vi que me había llamado... —Cuando un sonido estrangulado salió de su boca, Ehlena se detuvo—. Está enfermo.
—No...
—Por el amor de Dios, por favor, venga a la clínica...
—No puedo. Estoy... —Dios, no podía soportar hablar con ella—. No estoy en la ciudad. Estoy en el Norte.
Hubo una larga pausa
—Le llevaré los antibióticos.
—No. —Ella no podía verlo así. Mierda, no podía verlo nunca más. Él era asqueroso. Un asqueroso y sucio prostituto que dejaba que alguien a quien odiaba lo tocara, y chupara y usara, y le obligara a hacerle lo mismo a ella.
La princesa tenía razón. Era un jodido consolador.
—¿Rehv? Déjeme ir a donde esté...
No.
—Maldita sea, ¡no se haga esto!
—¡No puedes salvarme! —le gritó.
Después de su explosión, pensó, Jesús… ¿de dónde había salido eso?
—Lo siento... he tenido una mala noche.
Cuando Ehlena habló por fin, su voz fue un suave susurro:
—No me hagas esto. No me obligues a verte en el depósito de cadáveres. No me hagas esto.
Rehv cerró los ojos con fuerza.
—No te estoy haciendo nada.
—Y una mierda no lo haces. —Su voz se rompió en un sollozo.
—Ehlena…
Su llanto de desesperación salió del teléfono con demasiada claridad.
—Oh… Cristo. Como quieras. Mátate, genial.
Y le colgó.
—Joder —dijo frotándose el rostro—. ¡Joder!
Rehv se incorporó y lanzó el móvil contra la puerta de la habitación. Y precisamente cuando rebotaba contra los paneles y salía volando, se dio cuenta de que había destrozado la única cosa que tenía el número de ella.
Con un rugido y un dificultoso balanceo, lanzó su cuerpo fuera de la cama y los edredones aterrizaron por todas partes. No fue una buena jugada por su parte. Cuando sus entumecidos pies golpearon la alfombra doblada, se convirtió en un frisbee, volando brevemente antes de aterrizar sobre su cara. Cuando impactó, se produjo un sonido como el estallido de una bomba que retumbó a través de las tablas del suelo, y gateó en busca del teléfono, siguiendo la luz de la pantalla que todavía brillaba.
Por favor, oh, joder, por favor, si hay un Dios...
Estaba casi a su alcance cuando la puerta se abrió de golpe, fallando por poco su cabeza y golpeando el teléfono... que salió disparado en dirección contraria como un disco de hockey. Mientras Rehv rodaba, se abalanzaba sobre la cosa y le gritaba a Trez:
—¡No me dispares!
Trez había adoptado su postura de combate, levantando la pistola y apuntándola hacia la ventana, luego hacia el cuarto de  baño y después hacia la cama.
—¡Qué coño era eso!
Rehv se estiró en el suelo para alcanzar el teléfono, que estaba girando sobre sí mismo debajo de la cama. Cuando lo agarró, cerró los ojos y se lo acercó a la cara.
—¿Rehv?
—Por favor...
—¿Qué? Por favor, ¿qué…?
Abrió los ojos. La pantalla estaba parpadeando, y rápidamente presionó los botones. Llamadas recibidas... llamadas recibidas... llamadas reci...
—Rehv, ¿qué demonios está pasando?
Allí estaba. El número. Miró fijamente los siete dígitos que había tras el código del área como si fueran la combinación de su propia caja de seguridad, intentando retenerlos todos.
La pantalla se oscureció y dejó caer la cabeza sobre el brazo.
Trez se agachó a su lado.
—¿Estás bien?
Rehv se impulsó a sí mismo para salir de debajo de la cama y se incorporó, la habitación girando como un tiovivo.
—Oh... jódeme.
Trez enfundó su arma.
—¿Qué ocurrió?
—Dejé caer mi teléfono.
—Seguro. Por supuesto. Porque pesa lo suficiente como para hacer esa clase de... Hey, despacio, tranquilo. —Trez lo sujetó mientras intentaba levantarse—. ¿Ahora adónde vas?
—Necesito un baño. Necesito…
Más imágenes de él con la princesa martillearon su cerebro. Vio su espalda arqueada, y aquella red roja rasgada a la altura de su culo, se vio a sí mismo enterrado profundamente en su sexo, bombeando hasta que su lengüeta lo trababa dentro, de manera que su liberación encontrara el camino en su interior hasta arriba del todo.
Rehv se apretó los puños contra los ojos.
—Necesito...
Oh, Jesús... tenía orgasmos cuando estaba con su chantajista. Y no sólo una vez, normalmente eran tres o cuatro. Al menos las putas de su club, que odiaban lo que hacían por dinero, podían hallar consuelo en el hecho de que no lo disfrutaban. Pero la culminación masculina lo decía todo, ¿no?
Las nauseas de Rehv se hicieron más severas, y en un ataque de pánico caminó arrastrando los pies y con el cuerpo todo encorvado hasta el cuarto de baño. La avena y la tostada hicieron un eficaz intento por liberarse, y Trez estaba justo allí para sujetarlo sobre el retrete. Rehv no podía sentir las arcadas, pero estaba condenadamente seguro de que su esófago estaba empezando a desgarrarse porque después de un par de minutos de toser, intentar respirar y ver las estrellas, comenzó a aparecer sangre.
—Túmbate —dijo Trez
—No, ducha…
—No estás en condiciones…
¡Tengo que sacármela de encima! —El rugido de Rehv no sólo reverberó en su habitación sino por toda la casa—. Joder... No puedo soportarla.
Hubo un momento que definitivamente tuvo un saborcillo a Santa mierda: Rehv no era el tipo de persona que pidiera un salvavidas ni siquiera aunque se estuviera ahogando, y nunca se quejaba del arreglo que tenía con la princesa. Lo aguantaba, hacía lo que tenía que hacer y pagaba las consecuencias, porque en su opinión valía la pena el precio que pagaba por mantener su secreto y el de Xhex.
Y a una parte de ti le gusta, le señaló una voz en su interior. Cuando estás dentro de ella puedes ser tú mismo sin tener que disculparte.
Vete a la mierda, se dijo a sí mismo.
—Siento haberte gritado —le dijo a su amigo con voz ronca.
—Nah, está bien. No te culpes. —Trez lo levantó gentilmente de los azulejos e intentó apoyarlo contra los lavabos—. Ya era hora.
Rehv se tambaleó hacia la ducha.
—Nop —dijo Trez, empujándolo—. Deja que caliente el agua.
—No la sentiré.
—Tu temperatura interna ya tiene bastantes problemas. Sólo espera ahí.
Mientras Trez se inclinaba dentro de la ducha de mármol y abría el agua, Rehv se quedó mirando fijamente su polla, la cual yacía laxa y larga sobre su muslo. Le daba la sensación de que fuera el sexo de cualquier otro, y eso era bueno.
—Sabes que podría matarla por ti —dijo Trez—. Puedo hacer que parezca un accidente. Nadie lo sabría.
Rehv sacudió la cabeza.
—No quiero que te veas metido en este montón de mierda. Ya tenemos bastantes personas involucradas.
—La oferta seguirá en pie.
—Tomo debida nota.
Trez extendió la mano hacia el interior de la ducha y la puso bajo la alcachofa. Con la palma aún debajo del agua que corría, sus ojos color chocolate se desplazaron hacia atrás y abruptamente se volvieron blancos de la rabia.
—Sólo para que te quede claro. ¿Tú te mueres? Y yo voy a desollar a esa puta viva según la tradición s’Hisbe y le enviaré las tiras a tu tío. Luego asaré su cuerpo y masticaré la carne de sus huesos.
Rehv sonrió un poco, pensando que no era canibalismo porque a nivel genético las Sombras tenían tanto en común con los symphaths como los humanos con los pollos.
—Jodido Hannibal Lecter —murmuró.
—Sabes cómo lo hacemos. —Trez se sacudió el agua de la mano—. Symphaths... es lo que hay para cenar.
—¿Vas a estropear las habas?
—Nah, pero podría acompañarla con un delicioso vino Chianti y algunas pommes frites. Debo comer algunas patatas con la carne. Vamos, déjame ponerte debajo del agua para quitarte el hedor de esa puta.
Trez se acercó a Rehv y lo levantó de la encimera.
—Gracias —dijo Rehv en voz baja mientras iban renqueando hacia la ducha
Trez se encogió de hombros, sabiendo condenadamente bien que no estaban hablando de la visita al baño.
—Tú harías lo mismo por mí.
—Lo haría.
Estando bajo la alcachofa de la ducha, Rehv utilizó el Dial sobre su cuerpo hasta que su piel estuvo roja como una frambuesa, y salió de la ducha sólo después de haber realizado su triple lavado. Cuando dio un paso fuera del agua, Trez le entregó una toalla, y se secó lo más rápido que pudo sin perder el equilibrio.
—Hablando de favores… —dijo—. Necesito tu teléfono. Tu teléfono y algo de privacidad.
—De acuerdo. —Trez le ayudó a volver a la cama y lo tapó—. Hombre, que bueno que este edredón no aterrizó sobre el fuego.
—Entonces, ¿me prestas tu teléfono?
—¿Vas a jugar al futbol con él?
—No siempre y cuando dejes mi puerta cerrada.
Trez le entregó su Nokia
—Ten cuidado con ella. Es nueva.
Cuando se quedó solo, Rehv marcó cuidadosamente y pulsó enviar con esperanza y una plegaria, sin tener la seguridad de si era o no el número correcto.
Ring. Ring. Ring.
—¿Sí…?
—Ehlena, lo siento tanto…
—¿Ehlena? —dijo la voz femenina—. Lo siento, no hay ninguna Ehlena en este número.


Ehlena permaneció sentada en la ambulancia conteniendo sus lágrimas por la fuerza de la costumbre. No se trataba de que alguien pudiera verla, pero el anonimato le era indiferente. Mientras su latte se enfriaba dentro de la doble taza con doble asa, y la calefacción fluía intermitentemente, ella conservaba la entereza porque era lo que siempre hacía.
Hasta que la emisora BC[8] se encendió con un chillido y la asustó arrancándola de su paralizante desaliento.
—Base a Cuatro —dijo Catya—. Adelante, Cuatro
Mientras Ehlena se estiraba hacia el auricular, pensaba: Ves, esa es precisamente la razón por la cual nunca podré bajar la guardia. ¿Si hubiera estado hecha un auténtico desastre y hubiera tenido que responder? No necesitaba eso.
Golpeó el botón de «hablar» con el pulgar.
—Aquí Cuatro.
—¿Estás bien?
—Ah, sí. Sólo necesitaba… Regreso ahora mismo.
—No hay prisa. Tómate tu tiempo. Sólo quería asegurarme de que estabas bien.
Ehlena le echó un vistazo al reloj. Dios, eran casi las dos de la mañana. Había estado sentada ahí fuera, asfixiándose a sí misma al dejar encendido el motor y la calefacción, durante casi dos horas.
—Lo siento mucho, no tenía idea de la hora que era. ¿Necesitas la ambulancia para una recogida?
—No, sólo estábamos preocupados por ti. Sé que ayudaste a Havers con aquel cuerpo y…
—Estoy bien. —Bajó la ventanilla para dejar entrar algo de aire y puso la ambulancia en marcha—. Regresaré ahora mismo.
—No te apresures y escucha ¿Por qué no te tomas el resto de la noche libre?
—Está bien...
—No es una petición. Y he cambiado los horarios para que mañana también tengas el día libre. Necesitas un descanso después de lo sucedido esta noche.
Ehlena quería discutir, pero sabía que daría la impresión de que se estaba poniendo a la defensiva, y además, si ya se había tomado la decisión, no había nada por lo que luchar.
—Está bien.
—Tómate tu tiempo para volver.
—Lo haré. Cambio y fuera.
Colgó el auricular y puso rumbo hacia el puente que la llevaría a través del río. Justo cuando estaba acelerando en la rampa, sonó su teléfono.
De manera que Rehv le estaba devolviendo la llamada, ¿eh? No le sorprendía.
Levantó el teléfono sólo para confirmar que era él y, no porque tuviera la intención de responder a su llamada.
¿Número desconocido?
Pulsó enviar y se llevó el teléfono al oído
—¿Sí?
—¿Eres tú?
La profunda voz de Rehv seguía logrando dispararse a través de su cuerpo como un cálido estremecimiento, incluso a pesar de estar cabreada con él. Y con ella misma. Básicamente con toda la situación.
—Sí —dijo—. Sin embargo, este no es tu número.
—No, no lo es. Mi móvil tuvo un accidente.
Ella se apresuró a adelantarse antes de que comenzara con algún lo siento.
—Mira, no es asunto mío. Lo que sea que te esté ocurriendo. Tienes razón, no puedo salvarte...
—¿Por qué querrías siquiera intentarlo?
Ella frunció el ceño. Si la pregunta hubiera sido autocompasiva o acusatoria, simplemente hubiera puesto fin a la llamada y cambiado su número. Pero no había nada salvo sincera confusión en el tono de su voz. Eso y absoluto agotamiento.
—Simplemente no entiendo... el motivo—murmuró él.
La respuesta de ella fue simple y expresada desde el fondo de su alma.
—¿Cómo no podría?
—¿Y si yo no lo merezco?
Pensó en Stephan yaciendo sobre aquel acero inoxidable, en su cuerpo frío y magullado.
—Cualquiera que tenga un corazón latiendo merece ser salvado.
—¿Es por eso que te hiciste enfermera?
—No. Me hice enfermera porque quería ser médico algún día. El asunto de ser una salvadora es sólo mi manera de ver el mundo.
El silencio entre ellos duró demasiado
—¿Estás en un coche? —preguntó él al final.
—En una ambulancia en realidad. Voy de regreso a la clínica.
—¿Estás sola? —gruñó él.
—Sí, y puedes cortar la mierda de super–macho. Tengo un arma bajo el asiento y sé como usarla.
Una risa sutil salió del teléfono.
—Okay, eso me excita. Lo siento pero así es.
Ella tuvo que sonreír un poco.
—Me vuelves loca, lo sabes. Incluso aunque seas un completo desconocido, me vuelves loca.
—Y en cierta forma eso es un cumplido a mi persona. —Hubo una pausa—. Siento lo de antes. He tenido una mala noche.
—Sí, bueno, yo también. En ambas, la parte del lo siento y la de la mala noche.
—¿Qué ocurrió?
—Demasiado para entrar en detalles. ¿Qué hay de ti?
—Lo mismo.
Cuando él se movió, se escuchó un susurro de sábanas.
—¿Estás en la cama de nuevo?
—Sí. Y sí, todavía sigues sin querer saberlo.
Ella sonrió abiertamente.
—Me estás diciendo que no debería volver a preguntar qué llevas puesto.
—Me has entendido.
—Estamos cayendo en una rutina, ¿lo sabías? —Se puso seria—. Suenas como si estuvieras realmente enfermo. Tienes la voz ronca.
—Estaré bien.
—Mira, puedo llevarte lo que necesites. Si no puedes ir a la clínica, puedo llevarte las medicinas. —El silencio al otro extremo era tan denso, y se hizo tan largo, que terminó diciendo—: ¿Hola? ¿Estás ahí?
—Mañana por la noche… ¿Puedes encontrarte conmigo?
Tensó las manos sobre el volante.
—Sí.
—En el última planta del Commodore. ¿Conoces el edificio?
—Lo conozco.
—¿Puedes estar allí a medianoche? En el lado Este.
—Sí.
Su suspiro pareció de resignación.
—Te estaré esperando. Conduce con cuidado. ¿Ok?
—Lo haré. Y no vuelvas a tirar tu teléfono.
—¿Cómo lo supiste?
—Porque si yo hubiera tenido un espacio abierto frente a mi en lugar del salpicadero de una ambulancia, hubiera hecho lo mismo.
La risa de él la hizo sonreír, pero perdió la expresión al pulsar Terminar y devolver el teléfono a su bolso.
A pesar de estar conduciendo a una velocidad constante de sesenta y cinco y de que la carretera que tenía por delante era recta y estaba libre de escombros, sentía como si estuviera totalmente fuera de control, oscilando entre una barandilla y otra, dejando un rastro de chispas mientras destrozaba partes del vehículo de la clínica.
Encontrarse con él mañana por la noche, estar a solas con él en un lugar privado, era exactamente lo peor que podía hacer.
E iba a hacerlo de cualquier forma.






[1] Putti (plural de putto en italiano) son motivos ornamentales muy extendidos en el Renacimiento y Barroco, consistentes Cupidos, querubines o amorcillos. (N. de la T.)
[2] Escritora del  Best Seller Sex and The City, en el que se basa la exitosa serie televisiva «Sexo en Nueva York ». (N: de la T.)
[3]Billetes de cien dólares que tienen la cara de Benjamin, Benji, Franklin en ellos. (N: de la T.)
[4] Juego de palabras con John  (como apodo de los clientes de las prostitutas) y John Matthew (N. de la T).
[5]Los protagonistas de Miami Vice, serie de los 80 sobre policías antidroga de Miami. (N. de la T.)
[6]Serie familiar de los años 50 y 60. (N. de la T.)
[7] Canción de los 80 del grupo  synth pop, Men Without Hats. (N. de la T.)
[8] BC Banda Ciudadana. (N. de la T.)

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