miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 22 23 24

Capítulo 22


Montrag, hijo de Rehm, colgó el teléfono y miró fijamente a través de las puertas francesas del estudio de su padre. Los jardines, los árboles y el césped ondulado, así como la gran mansión y todo lo demás, eran suyos ahora, ya no un legado que heredaría algún día.
Mientras abarcaba las tierras con la vista, disfrutó del sentido de propiedad que cantaba en su sangre, pero no estaba del todo satisfecho con la visión. Todo estaba reforzado con tablas para el invierno, los parterres estaban vacíos, los florecientes árboles frutales estaban cubiertos con mallas, y los arces y los robles habían perdido las hojas. Por consiguiente, uno podía ver el muro de contención, y eso no era precisamente atractivo. Era mejor que ese tipo de cosas de seguridad, tan antiestéticas estuvieran cubiertas.
Montrag le dio la espalda y se encontró con una visión más agradable, aunque ésta estaba colgada en la pared. Con un rubor de reverencia, contempló su pintura favorita de la manera en que siempre hacía, ya que ciertamente Turner merecía veneración tanto por su maestría como por su elección de temas. Especialmente en este trabajo: La representación del sol poniéndose sobre el mar era una obra maestra en muchos aspectos, las sombras de oro y melocotón y el rojo profundo ardiente eran un festín para los ojos que se veían extasiados por la biología del verdadero horno brillante que encendido sostenía, inspiraba y calentaba el mundo.
Semejante pintura sería el orgullo de cualquier colección.
Y él tenía tres Turner sólo en esta casa.
Con una mano que se crispó en anticipación, tomó la esquina inferior derecha del marco dorado y retiró la marina de la pared. La caja fuerte que había detrás se ajustaba con precisión a las dimensiones de la pintura y estaba insertada entre el listón y el yeso. Después de girar la combinación en el selector, hubo un sutil desplazamiento que apenas fue audible y que no daba ningún indicio de que cada uno de los seis pasadores retráctiles era del grosor de un antebrazo.
La caja fuerte se abrió sin emitir sonido y se encendió una luz interior, iluminando un espacio de tres metros cúbicos hacinado con delgados estuches de cuero para joyería, fajos de billetes de cien dólares, y documentos en carpetas.
Montrag acercó un banquillo bordado en cañamazo que tenía escalones y se subió sobre el tapizado floreado. Estirándose para alcanzar el fondo de la caja fuerte, metió la mano detrás de todas las escrituras de bienes inmuebles y certificados de acciones, y sacó una caja de caudales, luego dejó la caja fuerte y la pintura tal y como habían estado. Con un sentimiento de excitación y a la expectativa, llevó la caja metálica al escritorio y sacó la llave del compartimiento secreto que había en el cajón inferior izquierdo.
Su padre le había enseñado la combinación de la caja fuerte y le había mostrado la localización del escondrijo, y cuando Montrag tuviera hijos, les transmitiría ese conocimiento. Así era cómo uno se aseguraba de que las cosas de valor no se perdieran. Transmitiéndolas de padre a hijo.
La tapa de la caja de caudales no se abrió de la misma manera bien calibrada y bien lubricada en que lo había hecho la caja fuerte. Ésta soltó un chirrido cuando se abrió del todo, los goznes protestaron por la perturbación de su descanso y de mala gana reveló lo que estaba dentro de su vientre metálico.
Todavía estaban ahí. Daba gracias a la Virgen Escriba de que todavía estuvieran allí.
Mientras Montrag metía la mano en su interior, pensaba en cuan relativo era el valor de estas páginas que en sí mismas valían una fracción de centavo. La tinta contenida dentro de sus fibras tampoco valía más de un centavo. Y aún así, por lo que en ellas se indicaba, eran inestimables.
Sin ellas, él corría un peligro mortal.
Sacó uno de los dos documentos, sin importarle cual retiraba, porque eran idénticos. Entre sus dedos y con extremo cuidado, sostuvo el equivalente vampírico de una declaración jurada, una disertación de tres páginas, escrita a mano y firmada con sangre acerca de un acontecimiento que había ocurrido veinticuatro años antes. La firma que lo autentificaba aparecía en la tercera página y era chapucera, unos garabatos apenas legibles en color marrón.
Pero en definitiva, había sido hecha por un hombre agonizante.
Rempoon, «el padre» de Rehvenge.
Los documentos exponían, toda la desagradable verdad en la Antigua Lengua: el rapto de la madre de Rehvenge por parte de los symphaths, su concepción y nacimiento, la fuga de ella y su posterior matrimonio con el aristócrata Rempoon. El último párrafo era tan inculpador como todo lo demás:
Sobre mi honor, y el honor de mis antepasados y descendientes de sangre, en verdad en esta noche mi hijastro, Rehvenge, cayó sobre mí y a causa de las heridas mortales que ocasionó a mi cuerpo por la aplicación de sus manos desnudas sobre mi carne, fui rendido. Actuó con malicia y premeditación, habiéndome atraído a mi estudio con el objeto de provocar una discusión. Yo estaba desarmado. Después de herirme, se ocupó del estudio y preparó la habitación de forma que pareciera que había sido invadida por intrusos desde el exterior. En verdad, me abandonó sobre el suelo para que la fría mano de la muerte capturara mi forma corpórea, y abandonó la finca. Fui despertado al poco tiempo por mi querido amigo Rehm, quien había venido de visita para discutir cuestiones de negocios.
No se espera que yo viva. Mi hijastro me ha matado. Esta es mi confesión final como espíritu encarnado en la tierra. Ruego que la Virgen Escriba pueda llevarme al Fade con su gracia y con toda presteza.
Como el padre de Montrag le había explicado más tarde, Rempoon lo había comprendido correctamente en su mayor parte. Rehm había ido por negocios y había encontrado no sólo una casa vacía, sino el cuerpo ensangrentado de su socio… y había hecho lo que cualquier macho razonable haría: él mismo desvalijó el estudio. Operando bajo la asunción de que Rempoon estaba muerto, había tratado de encontrar los papeles relativos al negocio para que el interés fraccionario que tenía Rempoon quedara fuera de su heredad y Rehm resultara ser el único propietario absoluto del próspero negocio.
Habiendo tenido éxito en su búsqueda, Rehm estaba de camino a la puerta cuando Rempoon evidenció señales de vida y un nombre brotó de sus labios agrietados.
Rehm se sentía cómodo en el papel de oportunista, pero caer en el papel de cómplice de asesinato era llegar demasiado lejos. Llamó al doctor, y en el tiempo que le llevó a Havers llegar, los murmullos de un macho agonizante relataron una historia estremecedora, de un valor que era incluso mayor que el de la compañía. Pensando rápidamente, Rehm documentó la historia y la asombrosa confesión sobre la verdadera naturaleza de Rehvenge e hizo que Rempoon firmara las páginas… convirtiéndolas de esa forma en un documento legal.
Luego el macho se había hundido en la inconsciencia y cuando Havers llegó ya estaba muerto.
Cuando se marchó, Rehm se llevó con él tanto los documentos comerciales como la declaración jurada y fue elogiado como un valiente héroe por intentar rescatar al macho agonizante.
A la postre, la utilidad de la confesión era obvia, pero la prudencia de poner tal información en juego estaba menos clara. Enredarse con un symphath era peligroso, tal como la sangre derramada de Rempoon había atestiguado. El siempre intelectual, Rehm, había ocultado la información y la había seguido ocultando… hasta que fue demasiado tarde para hacer algo con ella.
Según la ley, tenías la obligación de entregar a un symphath, y Rehm tenía la clase de prueba que cumplía el umbral para denunciar a alguien. Sin embargo, al haber considerado sus opciones durante tanto tiempo, se encontraba en la arriesgada posición, de que pudiera llegar a imputársele, que había protegido la identidad de Rehvenge. ¿Si la hubiera dado a conocer veinticuatro o cuarenta y ocho horas después del hecho? Bien. ¿Pero una semana? ¿Dos semanas? ¿Un mes…?
Demasiado tarde. En lugar de derrochar completamente el activo, Rehm le había contado a Montrag de la existencia de la declaración jurada, y el hijo había comprendido el error del padre. No había nada que hacer a corto plazo, y sólo un escenario donde todavía podía llegar a tener algún valor… y el mismo se había suscitado durante el verano. Rehm había sido asesinado durante las incursiones y el hijo lo había heredado todo, incluyendo los documentos.
A Montrag no se le podía culpar porque su padre hubiera elegido no revelar lo que sabía. Todo lo que tenía que hacer era declarar que se había tropezado con los papeles mientras revisaba las cosas de su padre, y al entregarlos y entregar a Rehv, estaría simplemente cumpliendo son su deber.
Nunca se sabría que conocía su existencia desde el principio.
Y nadie creería jamás que la idea de matar a Wrath no había sido de Rehv. Después de todo, era un symphath, y no se podía confiar en nada de lo que dijeran. Y más a su favor, en cualquier caso tanto si su mano era la que apretaba el gatillo, como si sólo ordenaba el asesinato del Rey, al ser el leahdyre del Consejo, estaba en la posición que más se beneficiaba de su muerte. Que era exactamente la razón por la cual Montrag había propiciado que el macho ascendiera a ese papel.
Rehvenge emprendería la proeza con el Rey, y luego Montrag acudiría al Consejo y se postraría ante sus colegas. Diría que no había encontrado los papeles hasta después de haberse trasladado debidamente a la casa de Connecticut un mes después de las incursiones y de que Rehv hubiera sido nombrado leahdyre. Juraría que tan pronto como los encontró se había puesto en comunicación con el Rey y le había revelado la naturaleza del asunto por teléfono… pero que Wrath le había forzado a mantener silencio debido a la posición comprometida en que esto ponía al Hermano Zsadist: después de todo, el Hermano era el compañero de la hermana de Rehvenge, y esto significaría que estaba emparentada con un symphath.
Por supuesto que Wrath, no podría decir lo contrario ya que estaría muerto, y lo que es más, el Rey ya era mal visto por el modo en que había ignorado la crítica constructiva de la glymera. El Consejo estaba predispuesto a aceptar otra falta suya, ya fuera verdadera o fabricada.
Se trataba de una maniobra intrincada, pero iba a funcionar, porque habiendo muerto el Rey, el primer lugar a dónde la raza iría a buscar al asesino sería entre lo que quedara del Consejo, y Rehv, un symphath, era el cabeza de turco perfecto: ¡Por supuesto que un symphath haría algo así! Y Montrag contribuiría al desarrollo de esa suposición al declarar que Rehv había ido a verlo antes del asesinato y que le había hablado con extraña convicción acerca de cambios de una naturaleza sin precedentes. Por añadidura, las escenas de los crímenes nunca estaban completamente limpias. Indudablemente, quedaría alguna cosa que vinculara a Rehv con la muerte, ya fuera porque estaba realmente allí o porque todo el mundo estaría buscando exactamente esa clase de pruebas.
¿Y cuando Rehv señalara a Montrag? Nadie le creería, en primer lugar porque era un symphath, pero también porque, siguiendo la tradición de su padre, Montrag siempre había cultivado una reputación de seriedad y honradez tanto en sus tratos comerciales como en su conducta social. Por lo que a sus colegas miembros del Consejo concernía, estaba por encima de todo reproche, era incapaz de engañar a alguien, y un macho de valía de linaje impecable. Ninguno de ellos tenía ni la más mínima pista de que su padre y él habían traicionado a muchos socios y colegas así como también a parientes de sangre… puesto que habían sido cuidadosos al elegir a sus presas de modo que se mantuvieran las apariencias.
¿El resultado? A Rehv le imputarían la acusación de traición, sería arrestado y muerto según la ley de los vampiros o deportado a la colonia symphath, donde sería asesinado por ser un mestizo.
Cualquiera de los dos resultados, eran aceptables.
Todo estaba dispuesto, y por ese motivo Montrag acababa de llamar a su mejor amigo.
Tomando la declaración jurada, la dobló, y la deslizó dentro de un sobre grueso, y color crema. Tomó un folio de su papel de escribir personalizado de una caja de cuero repujada, le escribió una rápida misiva al macho al que designaría como su sub–comandante, y que cimentaría el escenario para la caída de Rehvenge. En la nota, le explicaba que, según lo conversado por teléfono, esto era lo que había encontrado entre los papeles privados de su padre… y que en caso de que el documento fuera validado, se sentiría preocupado por el futuro del Consejo.
Naturalmente, la cosa sería verificada por el despacho de abogados de su colega. Y para cuando eso ocurriera, Wrath estaría muerto y Rehv listo para ser inculpado.
Montrag encendió una barra de cera roja, hizo gotear un poco sobre la solapa del sobre, y lo selló con la declaración jurada dentro. En la parte delantera, escribió el nombre del macho, y en la Antigua Lengua aclaró ENTREGAR ÚNICAMENTE EN MANO; después bajó la tapa y cerró con llave la caja metálica, metiéndola debajo de su escritorio, y devolviendo la llave a la seguridad del cajón secreto.
Presionando una tecla en el teléfono convocó al mayordomo, que tomó el sobre e inmediatamente se marchó para completar la tarea de hacerlo llegar a las manos adecuadas.
Satisfecho, Montrag llevó la caja de caudales a la caja fuerte de la pared, hizo girar la pintura hacia afuera, marcó la combinación de su padre, y devolvió la declaración jurada restante a su morada: el hecho de conservar una copia en su poder era sólo una medida que tomaba por precaución, una salvaguarda en caso de que algo le sucediera al documento que estaba en camino de cruzar la frontera hacia Rhode Island.
Mientras colocaba el Turner de vuelta a su sitio, el paisaje le habló como siempre, y por un momento, se permitió salir del manicomio que estaba creando a propósito, y se coló en ese mar pacífico y encantador. Se le ocurrió que la brisa debía de ser cálida.
Queridísima Virgen Escriba, como echaba de menos el verano durante esos meses fríos, pero por otro lado, era ese contraste el que animaba el corazón. Sin el frío del invierno, uno no apreciaría en su justa medida las bochornosas noches de julio y agosto.
Se imaginó donde estaría dentro de seis meses cuando la luna llena del solsticio se elevara sobre la extensa ciudad de Caldwell. Llegado junio, él sería Rey, un monarca elegido y respetado. Si tan sólo su padre hubiera estado vivo para ver…
Montrag tosió. Inhaló emitiendo un hipo. Y sintió algo mojado en la mano.
Miró hacia abajo. El frente de su camisa blanca estaba todo cubierto de sangre.
Abrió la boca intentando tomar suficiente aire para gritar pidiendo ayuda, pero sólo salió un sonido gorjeante…
Rápidamente se llevó las manos al cuello y se encontraron con un géiser que surgía de su expuesta arteria carótida. Girando en redondo, vio a una hembra ante él con un corte de cabello masculino y pantalones de cuero negro. El cuchillo que había en su mano tenía la hoja roja, y su rostro era una tranquila máscara de indiferencia y desapego.
Montrag cayó de rodillas ante ella y luego se torció hacia la derecha, sus manos seguían intentando mantener la sangre vital dentro de su cuerpo y que no se desparramara sobre la alfombra Aubusson de su padre.
Todavía estaba vivo cuando ella lo puso boca arriba, sacó un instrumento redondeado hecho de ébano, y se arrodilló ante él.


Como asesina, el desempeño de Xhex era medido en dos dimensiones. La primera, ¿había matado a su objetivo? Esa se explicaba por sí misma. La segunda, ¿había sido un asesinato limpio? Que se refería a si existía algún daño colateral como sería la necesidad de otras muertes para protegerse a si misma, su identidad, y/o la identidad del individuo que le había encargado el trabajo.
En este caso, la primera iba a ser un trabajo fácil, considerando el modo en que la arteria de Montrag se había convertido en un tubo de desagüe. La segunda todavía estaba en veremos, así que tenía que trabajar rápido. Sacó el lys de sus pantalones de cuero, se inclinó sobre el bastardo, y no malgastó más de un nanosegundo en observar como hacía girar los ojos.
Le agarró de la barbilla y le obligó a enfrentarla.
—Mírame. Mírame.
La salvaje mirada de él se disparó hacia la suya, y cuando lo hizo, ella presentó el lys.
—Sabes por qué estoy aquí y quién me envía. Y no es Wrath.
Se hizo evidente que a Montrag todavía le llegaba suficiente oxígeno al cerebro, porque sus labios vocalizaron, Rehvenge, con expresión horrorizada, antes de que aquellos globos oculares comenzaran de nuevo sus giros.
Le soltó la barbilla y le abofeteó con fuerza.
—Presta atención, imbécil. Mírame.
Con sus miradas trabadas y agarrando de nuevo su mandíbula, ella desolló los parpados superiores e inferiores de su ojo izquierdo dejándolo incluso más abierto.
Mírame.
Mientras presionaba el lys contra la esquina de la cuenca del ojo, junto a su nariz, ella se metió en su cerebro y provocó toda clase de recuerdos. Ah… interesante. Verdaderamente había sido un intrigante hijo de puta, especializado en estafar a gente por dinero.
Montrag palmoteó la alfombra con las manos y clavó los dedos con fuerza mientras gorjeaba intentando dar un grito. El globo ocular salió del cráneo como un melón dulce sacado con cuchara de su corteza, tan perfectamente redondo y limpio como podrías desear. Con el ojo derecho fue exactamente igual, y los puso ambos en una bolsa de terciopelo a rayas mientras los brazos y piernas de Montrag se sacudían y aleteaban sobre su costosa alfombra y sus labios se retraían hacia atrás de tal manera que dejaban al descubierto todos sus dientes incluyendo sus muelas.
Xhex lo abandonó a su desprolija muerte, salió por la puerta francesa que estaba directamente detrás del escritorio y se desmaterializó hacia el arce desde el cual había reconocido el lugar por primera vez el día anterior. Esperó allí durante aproximadamente veinte minutos y luego observó como una doggen entraba en el estudio, veía el cuerpo, y dejaba caer la bandeja de plata que portaba.
Cuando la tetera y la porcelana rebotaron, Xhex levantó la tapa de su teléfono, pulsó enviar, y se lo llevó a la oreja. Cuando la voz profunda de Rehv contestó dijo:
—Está hecho y lo han encontrado. La ejecución ha sido limpia y te llevo el recuerdo. Hora estimada de llegada: diez minutos.
—Bien hecho —dijo Rehv con voz enronquecida—. De puta madre.




Capítulo 23


Wrath frunció el ceño mientras hablaba por el teléfono móvil.
—¿Ahora? ¿Quieres que vaya al norte del Estado ahora?
La voz de Rehv estaba cargada de «no estoy jodiendo porque sí».
—Esto tiene que ser hecho en persona, y yo me encuentro inmovilizado.
Al otro lado del estudio, Vishous, que había ido a informar sobre el trabajo de rastreo que había hecho sobre las cajas de armas, vocalizó: ¿Qué coño?
Que era exactamente lo que Wrath estaba pensando. Un symphath te llamaba dos horas antes del alba y te pide que vayas al norte del Estado porque «tiene algo que necesita darte». Sí, de acuerdo, el bastardo era el hermano de Bella, pero su naturaleza era lo que era y segurísimo, que ese «algo» no era una cesta de fruta.
—Wrath, esto es importante —dijo el tipo.
—De acuerdo, voy ahora mismo. —Wrath bajó la tapa de su teléfono y miró a Vishous—. Yo…
—Phury está fuera cazando esta noche. No puedes ir allí solo.
—Las Elegidas están en la casa. —Y habían estado entrando y saliendo del Gran Rancho de Rehv desde que Phury había tomado las riendas como Primale.
—No es exactamente la clase de protección que tenía en mente.
—Puedo arreglármelas solo, que te jodan de lo lindo.
V se cruzó de brazos, sus ojos de diamante centellearon.
—¿Nos vamos ahora? ¿O después de que pierdas el tiempo tratando de hacerme cambiar de opinión?
—Muy bien. Como quieras. Nos vemos en el vestíbulo dentro de cinco minutos.
Mientras dejaban juntos el estudio, V dijo:
—¿Sobre esas armas? Todavía estoy intentando rastrearlas. En este momento, no tengo nada, pero ya me conoces. Esto no va a seguir así, de verdad. No me importa que los números de serie hayan sido borrados, voy a averiguar donde coño las consiguieron.
—La confianza es alta, hermano mío. La confianza es muy alta.
Después de que estuvieron totalmente armados, los dos viajaron hacia el norte como un baile de moléculas libres, concentrándose en el Gran Rancho de Rehv en las Adirondacks y materializándose a orillas de un tranquilo lago. Frente a ellos, la casa era un enorme rancho de estilo Victoriano, con techo de tablilla, cristales en forma de rombo, y porches con postes de cedro en ambas plantas.
Con montones de esquinas. Y montones de sombras. Y muchas de aquellas ventanas que parecían ojos.
La mansión era bastante espeluznante por sí sola, pero al estar rodeada de un campo de fuerza del equivalente symphath al mhis, un tipo indudablemente podría convencerse de que Freddy, Jason, Michael Myers, y una pandilla de pueblerinos con todas sus sierras mecánicas vivían dentro: alrededor del lugar, el temor era una cerca intangible hecha de alambre de espino mental, y hasta Wrath, que sabía lo que ocurría, se alegró cuando hubo atravesado la barrera.
En el momento en que forzó sus ojos para poder enfocar mejor, Trez, uno de los guardias personales de Rehv, abrió las puertas dobles del porche que estaba frente al lago y levantó la mano dándoles la bienvenida.
Wrath y V anduvieron por el césped escarchado y crujiente, y aunque mantuvieron las armas enfundadas, V se quitó el guante de su incandescente mano derecha. Trez era la clase de macho que respetabas, y no sólo porque fuera una Sombra. El Moro tenía el cuerpo musculoso de un luchador y la mirada inteligente de un estratega, y su lealtad era para Rehv y sólo Rehv. ¿Por proteger al tipo? Trez arrasaría una manzana entera de la ciudad en un instante.
—¿Cómo estás, grandullón? —dijo Wrath mientras subía los escalones del porche.
Trez avanzó y entrechocaron las palmas.
—Estoy de primera. ¿Y tú?
—Apurado como siempre. —Wrath golpeó al tipo en el hombro—. Oye, si alguna vez quieres un trabajo de verdad, ven a militar con nosotros.
—Soy feliz donde estoy, pero gracias. —El Moro sonrió abiertamente y se volvió hacia V, sus ojos oscuros descendieron rápidamente hacia la mano expuesta de V—. Sin ofender, pero yo no estrecho esa cosa.
—Muy sabio por tu parte —dijo Vishous mientras le ofrecía la izquierda—. Pero sin duda, lo comprendes.
—Absolutamente, y yo haría lo mismo por Rehv. —Trez lideró el camino hacia las puertas—. Está en su dormitorio esperándoos.
—¿Está enfermo? —preguntó Wrath al entrar en la casa.
—¿Queréis algo de beber? ¿Comer? —ofreció Trez mientras se dirigían hacia la derecha.
Como la pregunta quedó sin contestar, Wrath miró a V.
—Estamos bien, gracias.
El lugar estaba decorado claramente con la opulencia del estilo de Victoria y Albert, con pesado mobiliario de Imperio con granate y dorado por doquier. Fiel al gusto por el coleccionismo en el período Victoriano, cada estancia tenía un tema diferente. Había una sala de estar llena de relojes antiguos marcando el tiempo, donde encontrabas relojes de pie, relojes de metal a cuerda y relojes de bolsillo que estaban dispuestos en vitrinas. Otra tenía conchas, coral y maderos de naufragios que tenían siglos de antigüedad. En la biblioteca, había bellísimos jarrones y fuentes Orientales, y el comedor estaba equipado con iconos medievales.
—Me sorprende que no haya más Elegidas por aquí —dijo Wrath mientras atravesaban una habitación vacía tras otra.
—Rehv debe venir aquí el primer martes de cada mes. Pone a las mujeres un poco nerviosas, así que la mayoría de ellas se vuelve al Otro Lado. Sin embargo, Selena y Cormia siempre se quedan. —Había una gran cantidad de orgullo en su voz cuando añadió—: Son muy fuertes, esas dos.
Subieron por una magnífica escalera hasta el primer piso y continuaron por un largo pasillo hasta un par de puertas labradas que indudablemente decían a gritos señor de la casa.
Trez hizo un alto.
—Escuchad, está un poco enfermo, ¿okay? Nada contagioso. Es sólo… que quiero que estéis preparados. Le hemos dado todo lo que necesita y se va a poner bien.
Cuando Trez llamó y abrió ambas puertas, Wrath frunció el ceño y su visión se aguzó por su cuenta cuando sus instintos se agudizaron.
En medio de una cama tallada, Rehvenge yacía inmóvil como un cadáver, con un edredón de terciopelo rojo subido hasta la barbilla y el abrigo de marta cibelina envolviendo su cuerpo. Tenía los ojos cerrados, su respiración era superficial, y su piel estaba pálida y teñida de amarillo. Su rapado mohawk era lo único que se veía remotamente normal… eso y el hecho de que, a su derecha, estaba Xhex, la hembra symphath mestiza que tenía el aspecto de realizar castraciones por diversión y para sacar ganancias.
Rehv abrió los ojos, y el color amatista se veía deslucido tirando más bien a un lóbrego púrpura amoratado.
—Es el Rey.
—¿Qué tal?
Trez cerró las puertas y como señal de respeto se apostó al costado de ellas y no en el centro como si estuviera bloqueando el camino.
—Ya les ofrecí bebidas y comida.
—Gracias, Trez. —Rehv hizo una mueca de dolor y realizó un movimiento con la intención de incorporarse sobre las almohadas. Cuando sólo consiguió encorvarse, Xhex se inclinó para ayudarle, y él la lanzó una mirada amenazante de «ni siquiera lo pienses». La cual ella ignoró.
Después de que estuvo acomodado en una posición erguida, se subió el edredón hasta el cuello, cubriendo las estrellas rojas que tenía tatuadas en el pecho.
—Entonces, tengo algo para ti, Wrath.
—¿Ah, sí?
Rehv hizo un gesto con la cabeza a Xhex, que metió la mano en la chaqueta de cuero que llevaba puesta. En el instante en que se movió, el cañón del arma de V voló hacia arriba rápido como un parpadeo y apuntó directamente al corazón de la hembra.
—¿Quieres tomártelo con calma? —le soltó ella a V.
—Ni en lo más mínimo. Lo siento. —V parecía tan arrepentido como una destructiva bola en medio de un swing.
—De acuerdo, vamos a tranquilizarnos —dijo Wrath, e inclinó la cabeza hacia Xhex—. Por favor, continua.
La mujer sacó una bolsa de terciopelo y la lanzó en dirección a Wrath. Mientras esta iba hacia él, oyó el suave silbido de su vuelo y atrapó la cosa, no por haberla visto, sino por el sonido.
Dentro había dos ojos color azul claro.
—Pues, anoche tuve una reunión interesante—dijo Rehv arrastrando las palabras.
Wrath miró al symphath.
—Con quien cuya mirada vacía resulta que tengo ahora en la palma de mi mano.
—Montrag, hijo de Rehm. Acudió a mí pidiéndome que te matara. Te has procurado grandes enemigos dentro de la glymera amigo mío, y Montrag es sólo uno de ellos. No sé quién más esta metido en esta conspiración, pero no descartaría ninguna posibilidad en cuanto a la investigación antes de que tomemos cartas en el asunto.
Wrath colocó los ojos en la bolsa y cerró su puño en torno a ellos.
—¿Cuándo iban a hacerlo?
—En la reunión del Consejo, pasado mañana por la noche.
—Hijo de perra.
V guardó el arma y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Sabes, desprecio a esos hijos de puta.
—Estás predicando a los conversos —dijo Rehv antes de volver a enfocarse en Wrath—. No acudí a ti antes de solucionar el problema porque la idea de que el Rey me deba algo me resulta atractiva.
Wrath no pudo evitar reírse.
—Comedor de pecados.
—Ya lo sabes.
Wrath  hizo rebotar la bolsita en su mano.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Hace aproximadamente media hora —respondió Xhex—. Y no borré el rastro.
—Bien, seguramente captarán el mensaje. Y todavía pienso ir a esa reunión.
—¿Estás seguro de que es prudente? —preguntó Rehv—. Quien sea que esté detrás de esto no volverá a acudir a mí, porque saben dónde parece estar mi lealtad. Pero eso no significa que no encontrarán a otra persona.
—Deja que lo hagan —dijo Wrath—. Acepto el combate mortal. —Desvió la mirada hacia Xhex—. ¿Implicó Montrag a alguien?
—Le corté la garganta de oreja  a oreja. Hablar le resultaba difícil.
Wrath sonrió y miró a V.
—¿Sabes?, es un poco sorprendente que vosotros dos no os llevéis mejor.
—En realidad no —dijeron ambos al mismo tiempo.
—Puedo posponer la reunión del Consejo —murmuró Rehv—. Si quieres hacer un reconocimiento por ti mismo para averiguar quién más está implicado.
—¡No! Si tuvieran unas pelotas como es debido, habrían tratado de matarme ellos mismos, y no quedar en que lo hicieras tú. Así que va a ocurrir una de estas dos cosas: ya que ellos no saben si Montrag les delató antes de que se volviera corto de vista, van o bien a esconderse, porque eso es lo que hacen los cobardes, o van a culpar a otro más. Así que la reunión sigue adelante.
Rehv sonrió enigmáticamente, el symphath en él se hizo evidente.
—Como desees.
—Sin embargo, quiero una respuesta honesta por tu parte —dijo Wrath.
—¿Cuál es la pregunta?
—Sinceramente, ¿consideraste asesinarme? Cuando te lo pidió.
Rehv se quedó en silencio durante un rato. Luego, asintió despacio con la cabeza.
—Sí, lo hice. Pero como ya dije, ahora estás en deuda conmigo, y dadas mis… las circunstancias de mi nacimiento, por así decirlo… eso es mucho más valioso que lo que cualquier aristócrata adulón e imbécil puede hacer por mí.
Wrath asintió con la cabeza una vez.
—Puedo respetar esa clase de razonamiento.
—Además, afrontémoslo —Rehv sonrió otra vez—, mi hermana se ha casado con alguien de tu familia.
—Sí que lo ha hecho, symphath. Sí que lo ha hecho.


Después de meter la ambulancia en el garaje, Ehlena cruzó el aparcamiento y entró en la clínica. Necesitaba recoger sus cosas de la taquilla, pero eso no era lo que la motivaba. Por lo general a esa hora de la noche, Havers estaba en su despacho trabajando en las historias, y hacia allí se dirigió. Cuando llegó a su puerta, se quitó el coletero, se alisó el cabello hacia atrás, y lo ató bien prieto en la base de su cuello. Todavía llevaba el abrigo puesto, pero aunque no era caro, estaba confeccionado en lana negra y parecía hecho a medida, así que imaginó que tenía buen aspecto.
Llamó en la jamba de la puerta, y cuando respondió una voz cultivada, entró. El antiguo despacho de Havers había sido un espléndido estudio del viejo mundo, lleno de antigüedades y libros encuadernados en cuero. Ahora que estaban en esta nueva clínica, su zona de trabajo privada no era diferente de cualquier otra: paredes blancas, suelo de linóleo, escritorio de acero inoxidable y silla negra con ruedas.
—Ehlena —dijo él cuando levantó la vista de la historia que estaba revisando—. ¿Qué tal te va?
—Stephan está donde pertenece...
—Querida, no tenía ni idea de que le conocieras. Catya me lo contó.
—Yo… lo conocía. —Pero tal vez no debería habérselo mencionado a la hembra.
—Queridísima Virgen Escriba, ¿por qué no lo dijiste?
—Porque quise honrarle.
Havers se quitó las gafas de carey y se frotó los ojos.
—¡Ay, qué pena! Es algo que puedo entender. De todos modos, desearía haberlo sabido. Ocuparse de los muertos nunca es fácil, pero es especialmente difícil si se trata de una relación personal.
—Catya me ha dado el resto del turno libre…
—Sí, yo se lo dije. Has tenido una noche muy larga.
—Bueno, gracias. Sin embargo antes de marcharme, quiero preguntarle sobre otro paciente.
Havers se puso las gafas nuevamente.
—Por supuesto. ¿Cuál?
—Rehvenge. Ingresó ayer de tarde.
—Lo recuerdo. ¿Tiene alguna dificultad con sus medicamentos?
—Por casualidad, ¿vio usted su brazo?
—¿Brazo?
—La infección que tiene en las venas del lado derecho.
El médico de la raza deslizó las gafas de carey hacia arriba por su nariz.
—Él no me indicó que su brazo le estuviera dando molestias. Si quiere volver a verme, estaré encantado de mirárselo. Pero como sabes, no puedo prescribir nada sin examinarle.
Ehlena abrió la boca para argumentar cuando otra enfermera asomó la cabeza.
—¿Doctor? —dijo la hembra—. Su paciente está listo en la sala de examen número cuatro.
—Gracias. —Havers miró nuevamente a Ehlena—. Ahora vete a casa y toma un descanso.
—Sí, Doctor.
Ella se escabulló del despacho y observó como el médico de la raza se alejaba rápidamente y desaparecía al girar en la esquina.
Rehvenge no volvería para ver a Havers. De ninguna manera. Uno, parecía estar demasiado enfermo como para hacerlo, y dos, ya había demostrado ser un idiota testarudo al ocultarle deliberadamente aquella infección al doctor.
Macho. Estúpido.
Y ella también era estúpida, considerando lo que estaba dándole vueltas en la mente.
En términos generales, la ética nunca había resultado un problema para ella: hacer las cosas correctamente no requería reflexión ni una negociación de principios ni un cálculo de coste y beneficios. Por ejemplo, sería incorrecto ir al suministro de penicilina de la clínica y birlar, ah, digamos, píldoras de ochocientos cincuenta miligramos.
Sobre todo si ibas a darle esas píldoras a un paciente que no había sido visto por el doctor para que le tratara esa dolencia.
Sería sencillamente incorrecto. Lo mires por donde lo mires.
Lo correcto sería llamar al paciente y persuadirle para que concurriera a la clínica para que lo viera el doctor, ¿y si no conseguía hacer que pusiera su culo en marcha? Entonces eso sería todo.
Síp, sin muchas complicaciones.
Ehlena se dirigió hacia la farmacia.
Decidió dejarlo en manos del destino. Y ¿qué te parece?, era el descanso para el cigarrillo. El pequeño reloj AHORA VUELVO marcaba las tres cuarenta y cinco.
Miró su reloj. Tres treinta y tres.
Descorriendo el cerrojo de la puerta del mostrador, entró en la farmacia, fue derechita hacia la penicilina, y sacudió los frascos de píldoras de ochocientos cincuenta miligramos volcándolos en el bolsillo de su uniforme… exactamente lo que había sido prescrito, tres noches antes, para un paciente con un problema similar.
Rehvenge no iba a volver a la clínica en breve. Así que ella le llevaría lo que necesitaba.
Se dijo a si misma que estaba ayudando a un paciente y que eso era lo más importante. Demonios, posiblemente estuviera salvándole la vida. Asimismo le indicó a su conciencia que esto no era OxyContin ni Valium ni morfina. Hasta donde ella sabía, nunca nadie había molido unas píldoras de penicilina para esnifarlas buscando un subidón.
Mientras entraba en el vestuario y recogía el almuerzo que había traído, pero que no había comido, no se sintió culpable. Y cuando se desmaterializó hacia su casa, no sintió ninguna vergüenza al ir a la cocina y poner las píldoras en una bolsa Ziploc y meter ésta en su bolso.
Este era el camino que ella elegía. Stephan ya había muerto para cuando llegó hasta él, y lo mejor que había sido capaz de hacer fue ayudar a envolver sus miembros fríos y tiesos en el lino ceremonial. Rehvenge estaba vivo. Vivo y sufriendo. Y tanto si él era el causante de ello como si no, todavía podía ayudarle.
El resultado era ético incluso si el método no lo era.
Y algunas veces eso era lo mejor que podías hacer.




Capítulo 24


Para cuando Xhex regresó al ZeroSum eran las tres y media de la mañana, justo a tiempo de cerrar el club. Además tenía un trabajito por hacer, y hasta que no vaciara las cajas registradoras y despachara al personal y a los gorilas, no podría atender su asunto personal.
Antes de abandonar el Gran Rancho de Rehv, había entrado en el baño y se había vuelto a poner los cilicios, pero los jodidos no estaban funcionando: Estaba excitada. Repleta de energía. Justo al límite. Para lo que servían, bien podía haber llevado un par de cordones atados a los muslos.
Deslizándose por la puerta lateral de la sección VIP, examinó la multitud, muy consciente de que estaba buscando a un hombre en particular.
Y él estaba allí.
Jodido John Matthew. Un trabajo bien hecho siempre la dejaba hambrienta, y lo último que necesitaba era la cercanía de gente como él.
Como si notara sus ojos sobre él, levantó la cabeza y los suyos de un azul profundo se encendieron. Supo a ciencia cierta lo que ella deseaba. Y dada la forma en que discretamente se reacomodó en los pantalones, estaba listo para ponerse a su servicio.
Xhex no pudo evitar torturarlos a ambos. Le envió una imagen mental, taladrándola directamente dentro de su cabeza: era de ellos dos en un baño privado, él estaba de pie, reclinándose hacia atrás sobre el lavabo, ella tenía un pie plantado en la encimera, su sexo estaba profundamente metido en el de ella y los dos estaban jadeando.
Mientras la miraba fijamente a través de la atestada habitación, la boca de John se abrió y el rubor que le cubrió las mejillas no tuvo nada que ver con el bochorno y todo que ver con el orgasmo que sin duda estaba latiendo dentro de su asta.
Dios, lo deseaba.
Su amigo, el pelirrojo, lo arrancó de su frenesí. Blaylock regresó a la mesa con tres cervezas agarradas por el cuello, y cuando le echó un vistazo al endurecido y excitado rostro de John, se detuvo en seco y la miró sorprendido.
Mierda.
Xhex despidió a los gorilas que se le estaban acercando con un gesto de la mano y salió de la sección VIP tan rápido, que casi derriba a una camarera.
Su oficina era el único lugar seguro, y se dirigió hacia allí a la carrera. El asesinato era un motor que, una vez que se ponía en marcha, era difícil de desacelerar y los recuerdos del asesinato, del dulce momento en que miró a Montrag a los ojos para luego arrebatarle la vista, estaban activando su lado symphath. Para consumir esa energía, y aplacarse, necesitaba una de dos cosas.
Tener sexo con John Matthew era sin duda una de ellas. La otra era mucho menos placentera, pero a falta de pan, buenas son tortas, ya que estaba a punto de sacar su lys e ir a aplicárselo a todos los humanos que encontrara en su camino. Lo cual no sería bueno para los negocios.
Cien años después, le cerró la puerta al ruido y a la gente que se hacinaba como ganado, pero no encontró descanso en su desértico refugio. Demonios, ni siquiera podía calmarse lo suficiente como para tensar los cilicios. Se paseó alrededor del escritorio, sintiéndose enjaulada, lista para entrar en ebullición, tratando de apaciguarse para poder…
Con un rugido, el cambio la fulminó, su campo visual se transformó, convirtiéndose en varios matices de rojos como si alguien acabara de ponerle una visera sobre los ojos. Al mismo tiempo, las rejillas emocionales de cada cosa viviente que había en el club estallaron en su cerebro, las paredes y los suelos desaparecieron y fueron remplazados por los vicios y las desesperaciones, los enfados y los deseos lujuriosos, las crueldades y el dolor que eran tan sólidos para ella como lo había sido anteriormente la estructura del club.
Su lado symphath se había hartado del vamos–a–portarnos–bien y estaba listo para  despellejar a ese atajo de tontos humanos sonrientes y excesivamente drogados que había fuera.


Cuando Xhex se largó  como si el suelo de la pista estuviera en llamas y ella fuera la única con un extintor, John volvió a hundirse en el banco. Después de que lo que había visto en su mente se desvaneció, la molestia del hormigueo que sentía en su piel empezó a esfumarse, pero su erección no pensaba aceptar el oh–bien–quizás–la–próxima–vez.
Dentro de sus vaqueros, tenía la polla dura, aprisionada detrás de la bragueta de botones.
Mierda, pensó John. Mierda. Sólo.... mierda.
—Linda forma de bloquear–polla, Blay —masculló Qhuinn.
—Lo siento  —dijo Blay mientras se deslizaba en el banco y distribuía las cervezas—. Lo siento… Mierda.
Bien, ¿acaso eso no lo resumía todo perfectamente? 
—Sabes, realmente está interesada en ti —dijo Blay con un dejo de admiración—. Me refiero a que, yo pensaba que veníamos aquí sólo para que pudieras contemplarla. Pero no sabía que ella también te veía de esa forma.
John agachó la cabeza para ocultar las mejillas que sobrepasaban en mucho el rojo del cabello de Blay.
—Sabes dónde está su oficina, John. —Los ojos desiguales de Qhuinn se mantuvieron en el mismo nivel mientras inclinaba hacia atrás la recién traída cerveza y echaba un largo trago—. Ve allí. Ahora. Así al menos uno de nosotros logrará conseguir algo de alivio.
John se reclinó hacia atrás y se frotó los muslos, pensando exactamente lo mismo que Qhuinn. Pero ¿tenía las pelotas para hacerlo? ¿Y si se acercaba a ella y lo rechazaba?
¿Y si volvía a perder su erección?
Sin embargo, al recordar lo que había visto en su mente, ya no se sintió tan preocupado por ese aspecto. Estaba listo para llegar al clímax allí mismo donde estaba sentado.
—Puedes ir solo a su oficina —continuó Qhuinn en voz baja—. Puedo esperar al comienzo del pasillo y asegurarme de que nadie os interrumpe. Estarás a salvo, y será en privado.
John pensó en el único momento en que él y Xhex habían estado juntos y a solas en un espacio cerrado. Había sido en agosto, en el baño de los hombres del entresuelo, ella lo había encontrado saliendo a trompicones de un cubículo, borracho como una cuba. Incluso a pesar de haber estado muy intoxicado, le bastó verla para estar dispuesto, desesperado por su sexo… y gracias a una gran cantidad de confianza aportada por la Corona, había tenido los colosales cojones de acercarse a ella y escribirle un mensajito en una toalla de papel. Lo había hecho para cobrarse venganza por lo que ella le había pedido.
Lo justo era justo. Quería que dijera su nombre cuando llegara al orgasmo durante la masturbación.
Desde ese entonces se habían mantenido alejados en el club, pero malditamente juntos cuando estaban en sus camas… y sabía que había estado haciendo lo que le había pedido; podía decirlo por la forma en que lo miraba. Y el pequeño intercambio telepático de esta noche acerca de lo que ella pensaba que deberían estar haciendo en uno de los cuartos de baño, era la prueba fehaciente de que hasta ella seguía órdenes de vez en cuando.
Qhuinn puso una mano en el brazo de John, y cuando alzó la vista para mirarlo, el tipo gesticuló:
Saber encontrar el momento oportuno, lo es todo, John.
Muy cierto. Ella lo deseaba, y esta noche no había sido únicamente en el sentido de la fantasía, de cuando estaba sola–en–casa. John no sabía qué había cambiado para ella ni cual había sido el catalizador, pero a su polla no le importaba una mierda esa clase de detalles.
El resultado era todo lo que importaba.
Literalmente.
Además, joder, ¿acaso iba a permanecer virgen el resto de su vida sólo por algo que le habían hecho hacía una vida? Saber encontrar el momento oportuno lo era todo, y estaba harto de permanecer impasible, negándose a sí mismo lo que verdaderamente deseaba.
John se puso de pie y le hizo una seña con la cabeza a Qhuinn.
—De puta madre —dijo el tipo mientras se deslizaba fuera del banco empotrado—. Blay, volveremos.
—Tomaos vuestro tiempo. Y, John, buena suerte, ¿okay?
John palmeó el hombro a su amigo y se acomodó los vaqueros antes de encaminarse hacia la salida de la sección VIP. Qhuinn y él pasaron de largo a los gorilas que estaban junto al cordón de terciopelo y luego también pasaron a los sudorosos bailarines que estaban perreando[1], a gente que se estaba besuqueando y a una multitud que estaba amontonándose alrededor de la gran barra para la última ronda. Xhex no estaba en ninguna parte, y se preguntó si no se habría ido a su casa.
No, pensó. Tenía que estar allí para cerrar, porque Rehv no se había hecho ver por los alrededores.
—Quizás ya está en su oficina —dijo Qhuinn.
Mientras subían las escaleras hacia el entresuelo, pensó en la primera vez que la había visto. Hablando de comenzar con mal pie. Ella lo había arrastrado por este mismo pasillo y lo había interrogado después de haberlo pillado escondiendo un arma para que Qhuinn y Blay pudieran tener sexo en paz. Así fue como ella se había enterado de su nombre y de su vinculación con Wrath y la Hermandad, y la forma en que lo había maltratado le había excitado… después de haber superado la convicción de que iba a despedazarlo miembro a miembro.
—Estaré aquí —dijo Qhuinn deteniéndose al principio del pasillo—. Va a ir bien.
John asintió y luego puso un pie delante del otro, delante del siguiente, y el pasillo comenzó a hacerse más y más oscuro a medida que avanzaba. Cuando llegó a su puerta, no se detuvo a pensar, demasiado atemorizado de hacer una mariconada y salir corriendo hacia su amigo.
Sí, ¿y cuán falto de pelotas le haría ver?
Además, lo deseaba. Lo necesitaba.
John levantó los nudillos para golpear… y se quedó congelado. Sangre. Olía… sangre.
De ella.
Sin pensar, rompió la puerta y...
Oh. Dios. Mío, vocalizó.
Xhex levantó la cabeza bruscamente dejando de lado lo que estaba haciendo, y esa visión de ella le quedó grabada a fuego. Se había sacado los pantalones de cuero y los había colgado en el respaldo de la silla, sus piernas estaban surcadas por su propia sangre… sangre que fluía de las tiras con púas de metal que abrazaban sus dos muslos. Tenía una bota negra sobre el escritorio y estaba en el proceso de… ¿apretarlas?
—¡Joder! ¡Sal de aquí!
¿Por qué?, gesticuló con la boca, yendo hacia ella, extendiendo la mano. Oh… Dios, tienes que parar.
Con un profundo gruñido de su garganta, le apuntó con el dedo: No te me acerques.
John comenzó a gesticular rápida y torpemente, a pesar de que ella no entendía el lenguaje por señas.
¿Por qué te estás haciendo esto…?
—¡Joder, sal de aquí! Ahora.
¿Por qué?, le gritó silenciosamente.
En respuesta, sus ojos llamearon de un color rojo rubí, como si tuviera flashes coloreados engastados en su cráneo, y John se quedó absolutamente helado.
Había sólo una cosa en el mundo de la Hermandad que hacía eso.
—Vete.
John se giró sobre sí mismo y fue directa y velozmente hacia la puerta. Cuando extendía la mano para agarrar el tirador, vio que se podía cerrar desde dentro, y con un rápido giro de la cresta de acero inoxidable, la encerró, así nadie más podría verla.
Cuando llegó donde estaba Qhuinn, no se detuvo. Simplemente prosiguió, sin importarle si su amigo y guardia personal le seguía.
De todas las cosas que podía haber averiguado alguna vez sobre ella, esta era la única que nunca podría haber previsto.
Xhex era una maldita symphath.






[1]Practicar el baile del Perreo, sinónimo del reggaeton y sus variantes. Consiste en bailar como si estuvieran tratando de seducir a la pareja en medio de la pista de baile con movimientos lascivos y sensuales. (N. de la T.)

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