miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 25 26 27

Capítulo 25


Al otro lado de Caldwell, en una calle bordeada de árboles, Lash estaba sentado en un sofá con funda de terciopelo oscuro, dentro de un apartamento con fachada de arenisca color pardo rojizo. Colgados a su lado estaban los únicos otros vestigios de los elegantes y adinerados humanos que habían vivido en el lugar anteriormente: metros de hermosas cortinas de damasco que iban del suelo al techo y hacían resaltar las ventanas panorámicas que sobresalían sobre la acera.
Lash adoraba las malditas cortinas. Eran de color vino, dorado y negro, estaban adornadas con flecos y borlas de raso dorado del tamaño de canicas. En su exuberante gloria, le recordaban las cosas que siempre había tenido cuando vivía en aquella gran mansión Tudor, ubicada en la colina.
Echaba de menos la elegancia de esa vida. El personal. Las comidas. Los coches.
Estaba pasando mucho tiempo con las clases bajas.
Mierda, las clases bajas de los humanos, en atención al fondo de donde eran extraídos los lessers.
Se estiró y acarició una de las cortinas, ignorando la nube de polvo que floreció en el aire quieto en cuanto la tocó. Encantadora. Tan pesada y substancial no había nada barato en ella, ni el tejido, ni los tintes, ni los dobladillos y ribetes cosidos a mano.
La sensación le hizo percatarse de que necesitaba una buena casa propia y pensó que tal vez este apartamento de piedra rojiza podría serlo. Según el señor D, la Sociedad Lessening era propietaria de este lugar desde hacía tres años, la propiedad había sido comprada por un Fore–lesser convencido de que había vampiros en el área. Tenía un garaje para dos coches metido en el callejón trasero, así que había intimidad, y era lo más cercano a la elegancia que podría conseguir al menos durante un buen tiempo.
Grady entró con un teléfono móvil en la oreja, en la vuelta final de la pista que había fabricado con sus caminatas de las últimas dos horas. Mientras hablaba, la voz del tipo resonaba en los altos techos recargados.
Ahora, apropiadamente motivado por la glándula suprarrenal, el tipo había revelado los nombres de siete distribuidores y les había estado llamando uno después del otro, charlándoles hasta convencerles de que se reunieran con él.
Lash echó un vistazo al papel donde Grady había garabateado su lista. ¿Todos los contactos serían solventes? Sólo el tiempo lo diría, pero uno de ellos era definitivamente sólido. La séptima persona, cuyo nombre al final de la nomenclatura estaba rodeado por un círculo negro, era alguien a quien Lash conocía: el Reverendo.
Alias Rehvenge, hijo de Rempoon. Propietario del ZeroSum.
Alias el cabrón territorial que había echado a patadas a Lash de su club porque había vendido unos pocos gramos aquí y allá. Mierda, Lash no podía creer que no hubiera pensado en eso antes. Por supuesto que Rehvenge estaría en la lista. Infierno, él era el río donde desembocaban todas las corrientes, el tipo con el que los fabricantes sudamericanos y chinos trataban directamente.
¿Y no hacía esto las cosas aún más interesantes?
—Bueno, te veré entonces —dijo Grady en el teléfono. Cuando colgó, le echó un vistazo—. No tengo el número del Reverendo.
—Pero sabes donde encontrarle, ¿verdad? –Obvio. Todos en el negocio de la droga, desde camellos a usuarios pasando por la policía sabían donde pasaba su tiempo el tipo, y por era razón era un misterio que el lugar no hubiera sido cerrado hacía mucho tiempo.
—Aunque eso será un problema. Tengo prohibida la entrada en el ZeroSum.
Bienvenido al club.
—Trabajaremos para cambiar eso.
Aunque no sería enviando a un lesser para intentar hacer un trato. Iban a necesitar a un humano para eso. A menos que pudieran sacar a Rehvenge fuera de su guarida, lo cual era improbable.
—¿Mi trabajo ha terminado? —preguntó Grady, mirando desesperadamente a la puerta principal, como si fuera un perro que necesitaba salir a mear.
—Dijiste que necesitabas pasar desapercibido. —Lash sonrió, dejándole ver sus colmillos—. Así que vas a volver con mis hombres a su casa.
Grady no discutió, sólo asintió y cruzó los brazos sobre la ridícula chaqueta con el águila. Su asentimiento se conformaba a partes iguales de personalidad, temor y agotamiento. Obviamente, había caído en la cuenta de que estaba metido en mucha más mierda de lo que en un principio había creído. Sin duda pensaba que los colmillos eran añadidos cosméticos, pero alguien que creyera ser un vampiro podía ser casi tan mortal y peligroso como alguien que realmente lo fuera.
La puerta de servicio que comunicaba con la cocina se abrió, y el señor D entró con dos paquetes cuadrados envueltos en celofán. Eran del tamaño de una cabeza, y mientras el lesser se acercaba, Lash vio un montón de signos de dólar.
—Los he encontrado en los paneles de la habitación.
Lash sacó su navaja de muelles e hizo un pequeño agujero en cada uno. Una rápida lamida al polvo blanco y volvió a sonreír.
—Buena calidad. Cortaremos esta mierda. Sabes donde colocarla.
El señor D asintió y volvió a la cocina. Cuando regresó, los otros dos asesinos estaban con él, y Grady no era el único que parecía liquidado. Los lessers necesitaban recargarse cada veinticuatro horas, y según la última cuenta, habían estado funcionando, como, por cuarenta ocho consecutivas. Hasta Lash, que podía aguantar varios días, se sentía agotado.
Hora de largarse.
Levantándose de la silla, se puso el abrigo.
—Yo conduzco. Señor D, vas a sentarte en la parte de atrás del Mercedes y te vas a asegurar de que Grady disfrute de tener chofer. Vosotros dos, llevad al PDM.
Salieron todos, dejando el Lexus en el garaje, sin placas y con el número de bastidor borrado.
El viaje al complejo de apartamentos Hunterbred no llevó mucho, pero Grady logró echar una siesta. A través del espejo retrovisor, vio como el cabrón se apagaba como una luz, con la cabeza recostada contra el asiento y la boca abierta mientras roncaba.
Lo cual, realmente, bordeaba con la falta de respeto.
Lash se detuvo en el apartamento de donde se alojaban el señor D y sus dos compañeros y estiró el cuello para mirar a Grady.
—Despierta, imbécil. –Mientras el tipo parpadeaba y bostezaba, Lash despreció su debilidad, y al señor D no pareció impresionarle—. Las reglas son sencillas. Si intentas huir, mis hombres te dispararán ahí mismo o llamarán a la policía y le dirán exactamente donde estás. Asiente con esa cabeza de idiota que tienes si entiendes lo que digo.
Grady asintió, aunque Lash tuvo la sensación de que lo habría hecho sin importar lo que le hubiera dicho. Si hubiera dicho «Comete tus propios pies», la respuesta igualmente hubiera sido «Bien, seguro, perfecto».
Lash desbloqueó las cerraduras.
—Salid de mi jodido coche.
Más asentimientos mientras las puertas se abrían y el implacable viento entraba. Dando un paso fuera del Mercedes, Grady se arrebujó en su chaqueta, con esa estúpida y jodida águila que tenía las alas extendidas mientras el humano se encorvaba sobre si mismo. Al señor D, por otro lado, no le molestaba el frío… uno de los beneficios de haber muerto ya.
Lash dio marcha atrás para salir del parking y se dirigió hacia donde paraba cuando estaba en la ciudad. Su sitio era simplemente una choza de mala muerte en una urbanización llena de ancianos, con ventanas que sólo tenían cortinas, compradas en lugares como Target, para dejar fuera a sus intoxicados y adicto–dependientes vecinos. La única ventaja era que nadie de la Sociedad sabía la dirección. Aunque dormía donde el Omega por razones de seguridad, volver a este lado le dejaba aturdido durante una media hora o así, y no quería que nadie le atrapara desprevenido.
El tema era que, dormir era en realidad un término equivocado para lo que él necesitaba. No era como que cerrara los ojos y dormitara; prácticamente se desmayaba, lo cual, según el señor D, era lo que sucedía cuando eras un lesser. Por alguna razón, cuando tenían la sangre de su padre dentro de ellos, eran como teléfonos móviles que no podían ser utilizados mientras se cargaban.
Cuando pensó en volver a la choza, se deprimió y en cambio, se encontró conduciendo hacia la parte más rica de Caldwell. Conocía esas calles tan bien como las líneas de su propia palma, y encontró los pilares de su antigua casa fácilmente.
Las puertas estaban firmemente cerradas, y no podía ver por encima del alto muro que rodeaba la propiedad, pero sabía lo que había dentro: el terreno, los árboles, la piscina y la terraza…todo mantenido perfectamente.
Mierda. Quería volver a vivir así. Esta existencia barata con la Sociedad Lessening se sentía como usar un traje ordinario de ropa. No se sentía él. A ningún nivel.
Aparcó el Mercedes en el parque y simplemente permaneció allí, mirando fijamente al camino. Después de asesinar a los vampiros que le habían criado y enterrarlos en el patio lateral de la casa, había despojado a la casa Tudor de todo lo que no estuviera clavado, las antigüedades estaban almacenadas en varias casas de lesser de los alrededores y de fuera de la ciudad. No había regresado desde que había ido a recoger ese coche y había asumido que, a través del testamento de sus padres, la propiedad habría pasado a cualquier pariente de sangre que hubiera sobrevivido a los asaltos que él había efectuado en contra de la aristocracia.
Dudaba que la propiedad estuviera todavía a nombre de la raza. Después de todo, los lessers se habían infiltrado y por lo tanto había sido permanentemente comprometida.
Lash echaba de menos la mansión, aunque no la podría haber utilizado como Cuartel General. Le traía demasiados recuerdos, y lo que era más importante aún, estaba demasiado cerca del mundo de los vampiros. Sus planes, sus cuentas y los detalles íntimos de la Sociedad Lessening no eran la clase de mierda que quisiera arriesgarse a que cayera en manos de la Hermandad.
Ya llegaría el momento en que se volvería a encontrar con esos guerreros, pero sería bajo sus propios términos. Desde que había sido asesinado por ese defectuoso mutante de Qhuinn, y su verdadero padre había venido a por él, nadie excepto ese cabrón de John Matthew le había visto… e incluso con ese idiota mudo había sido sólo de una manera confusa, la clase de cosa que, considerando que habían visto su cadáver, alguien descartaría como una interpretación errónea.
A Lash le gustaba hacer grandes entradas. Cuando apareciera en el mundo de los vampiros, lo haría desde una posición de poder. Y la primera cosa que iba a hacer era vengar su propia muerte.
Sus planes de futuro le hacían echar de menos el pasado un poco menos, y mientras miraba a los árboles desnudos ser azotados por el fuerte viento, pensó en la fuerza de la naturaleza.
Y quiso ser exactamente eso.
Cuando sonó su teléfono móvil, lo levantó y se lo puso en la oreja.
—Qué.
La voz del señor D era toda formalidad.
—Hemos tenido una infiltración, señor.
Las palmas de Lash apretaron el volante con fuerza.
—Dónde.
—Aquí.
—Hijos de puta. ¿Qué consiguieron?
—Jarras. Las tres. Por eso sabemos que han sido los Hermanos. Las puertas permanecen intactas, las ventanas también, así que no tenemos idea de cómo entraron. Debe haber sucedido en algún momento de las últimas dos noches, porque no hemos dormido aquí desde el domingo.
—¿Entraron en el apartamento de abajo?
—No, ese todavía es seguro.
Por lo menos había una cosa a su favor. Aunque, perder jarras era un problema.
—¿Por qué no sonó la alarma de seguridad?
—No estaba conectada.
Jesucristo. Mejor que estés ahí cuando llegue, joder. —Lash cortó la llamada y giró el volante. Cuando pisó el acelerador a fondo, el sedán salió disparado hacia las puertas, el parachoques delantero raspó las láminas  de hierro.
Jodidamente maravilloso.
Cuando llegó al apartamento, aparcó justo al lado de la entrada a las escaleras y casi arrancó la puerta del coche al salir. Con las ráfagas heladas haciendo volar su cabello, subió la escalera de dos en dos y entró disparado en el lugar, preparado para dispararle a alguien.
Grady estaba sentado en un taburete frente a la parte sobresaliente del mostrador de la cocina, estaba sin chaqueta, con las mangas arremangadas, y un montón de yo–no–pienso–meterme–en esto en la cara.
El señor D estaba saliendo de uno de los dormitorios terminando una frase.
—…no entiendo como han encontrado este…
—¿Quién la ha cagado? –preguntó Lash, cerrándole la puerta al viento que aullaba—. Eso es todo lo que me preocupa. ¿Quién fue el idiota que no conectó la alarma y comprometió esta dirección? Y si nadie se hace cargo, tú –señaló al señor D— serás el responsable.
—No he sido yo. —El señor D miró duramente a sus hombres—. Hace dos días que no vengo por aquí.
El lesser de la izquierda levantó los brazos, pero como era típico en su raza, no fue para someterse, sino porque estaba listo para luchar.
—Tengo mi cartera y no hablé con nadie.
Todos los ojos fueron hacia al tercer asesino, que se enfadó:
—¿Qué coño? –Con exagerados ademanes buscó en su bolsillo trasero—. Tengo mí…
Metió la mano más adentro, como si pudiera cambiar algo. Luego hizo una actuación al estilo de los Tres Chiflados, verificando cada bolsillo que tenía en los pantalones, la chaqueta y la camisa. El cabrón no hubiera dudado en abrirse el mismo culo para echar un vistazo si hubiera pensado que cabía la posibilidad de que su cartera se hubiera abierto camino por su colon.
—¿Dónde está tu cartera? —preguntó Lash suavemente.
Cabeza de Mármol cayó en la cuenta.
—El señor N… ese cabrón. Discutimos porque quería que le diera algunos verdes. Luchamos y debe haberme birlado la cartera.
El señor D caminó tranquilamente hasta ponerse detrás del asesino y le golpeó el costado de la cabeza con la culata de su Magnum. La fuerza del impacto hizo que el asesino comenzara a girar como la tapa de una cerveza hasta estrellarse contra la pared, donde dejó un borrón negro que manchó la pintura blanca cuando se deslizó hacia abajo, hasta caer en la alfombra barata de color marrón.
Grady dejó escapar un ladrido de sorpresa, como un terrier al que hubieran golpeado con un periódico.
Y entonces sonó el timbre. Todos miraron hacia el origen del sonido y luego a Lash.
Él señaló a Grady.
—Permanece justo donde estás. —Cuando el timbre volvió a sonar le hizo una seña con la cabeza al señor D—. Contesta.
Mientras el pequeño tejano pasaba por encima del asesino derribado, se iba metiendo el arma en la cinturilla de los pantalones en la parte baja de la espalda. Abrió la puerta sólo una rendija.
—Domino’s –dijo una voz masculina cuando una bocanada de viento entraba soplando—. ¡Ah… mierda, ten cuidado!
Era una comedia de jodidos enredos, el tipo de cosas que verías en una película llena de payasadas y embrollos. Cuando el repartidor sacaba la caja de pizza de la bolsa aislante roja, el fuerte viento la agarró, y la salchicha y algo más salieron volando en dirección al señor D. Como un buen empleado, el chico volador con el gorro de Dom se abalanzó hacia delante para agarrar la cosa… y terminó golpeando con fuerza al señor D e irrumpiendo en el apartamento.
Y Lash estaba dispuesto a apostar que a los empleados de Domino’s les daban instrucciones  específicas acerca de que nunca debían hacer tal cosa y por una buena razón. Si irrumpías en la casa de alguien, aunque estuvieras haciendo el papel de héroe, podías encontrar todo tipo de mierda: pornografía pervertida en la televisión. Un ama de casa gorda vestida sólo con las bragas de la abuela y sin sujetador. Una casucha asquerosa con más cucarachas que personas.
O un ejemplar de los no muertos sangrando sangre negra de una herida en la cabeza.
No había modo de que el Muchachito Pizza dejara de ver lo que tenía enfrente. Y eso significaba que tendrían que encargarse de él.


Después de haber pasado lo que quedaba de noche andando sin rumbo fijo por el centro de Caldwell en busca de un lesser con quien luchar, John tomó forma en el patio de la mansión de la Hermandad, junto a todos los coches que estaban aparcados en una fila ordenada. El implacable viento empujaba sus hombros, como un matón queriendo derribarle, pero se mantuvo firme contra el violento ataque.
Una symphath. Xhex era una symphath.
Mientras su mente se agitaba ante la revelación, Qhuinn y Blay se materializaron a su lado. Dicho sea en su honor, ninguno le preguntó qué coño había sucedido en el ZeroSum. No obstante, ambos continuaban mirándole como si fuera un tuvo en un laboratorio de ciencia, como si esperaran que cambiara de color o echara espuma o algo.
Necesito algo de espacio, gesticuló sin enfrentar ninguna de sus miradas.
—No hay problema —contestó Qhuinn.
Hubo una pausa mientras John esperaba que entraran en la casa. Qhuinn se aclaró la garganta una vez. Dos veces.
Entonces con voz estrangulada, dijo:
—Lo siento. No quería volver a presionarte. Yo…
John sacudió la cabeza y gesticuló.
No está relacionado con el sexo. Así que no te preocupes, ¿K[1]?
Qhuinn frunció el ceño.
—Bien. Sí, genial.  Ah… si nos necesitas, estaremos por aquí. Vamos, Blay.
Blay le siguió y los dos subieron los bajos escalones de piedra y entraron en la mansión.
Cuando finalmente estuvo solo, John no tenía la menor idea de qué hacer o a dónde ir, pero el amanecer se acercaba, por lo que aparte de un breve paseo por los jardines, tenía pocas opciones al aire libre.
Aunque, Dios, se preguntaba si tan siquiera podría entrar. Se sentía contaminado por lo que había descubierto.
Xhex era una symphath.
¿Lo sabría Rehvenge? ¿Alguien más?
Era bien consciente de lo que la ley requería que hiciera. Lo había aprendido durante su entrenamiento. Cuando se trataba de symphaths, debías denunciarlos para que los deportaran o se te consideraba cómplice. Malditamente claro.
Excepto que, ¿qué sucedía luego?
Sí, no era necesario ser adivino para saberlo. Xhex sería transportada como basura a un vertedero, y las cosas no irían bien para ella. Estaba claro que era una mestiza. Había visto fotografías de symphaths, y no se parecía en nada a esos altos, delgados, escalofriantes, e imbéciles HDP. Había muy buenas probabilidades de que la mataran en la colonia, porque por lo que sabía, cuando se trataba de discriminación, los symphaths eran iguales a la glymera.
Salvo por el hecho de que les gustaba torturar al objeto de sus burlas. Y no en el sentido verbal.
Qué coño había hecho…
Cuando el frío le hizo tiritar bajo la chaqueta de cuero, entró en la casa y subió directamente la escalera principal. Las puertas del estudio estaban abiertas y podía oír la voz de Wrath, pero no se detuvo a ver al Rey. Siguió andando, girando en la esquina hacia el pasillo de las estatuas.
Aunque no se dirigía a su habitación.
John se detuvo delante de la puerta de Tohr, haciendo una pausa para alisarse el cabello. Había sólo una persona con la que quería hablar de eso, y rezó pidiendo que aunque fuera por una vez pudiera recibir algún tipo de respuesta.
Necesitaba ayuda. Mucha.
John golpeó suavemente.
No hubo respuesta. Volvió a golpear.
Mientras esperaba y esperaba, miró fijamente los paneles de la puerta y consideró las últimas dos ocasiones en las que había irrumpido en habitaciones sin ser invitado. La primera había sido durante el verano cuando se había entrometido en el dormitorio de Cormia y la había encontrado desnuda y curvada de lado con sangre en los muslos. ¿El resultado? Le había dado una paliza a Phury sin ninguna razón, el sexo había sido de mutuo consentimiento.
La segunda había sido en la de Xhex, esta noche. Y mira en qué situación le había puesto.
John golpeó más fuerte, los nudillos golpearon lo bastante fuerte como para despertar a los muertos.
No hubo respuesta. Peor aún, no había ningún sonido. Ninguna televisión, ninguna ducha, ninguna voz.
Retrocedió para ver si salía algún resplandor por debajo de la puerta. No. Así que Lassiter no estaba ahí dentro.
El terror hizo que tragara con dificultad, mientras abría lentamente la puerta. Los ojos fueron primero a la cama, y al no encontrar a Tohr allí, a John definitivamente le entró pánico. Atravesando la alfombra oriental a la carrera, se dirigió velozmente hacia el baño, esperando encontrar al Hermano despatarrado en el Jacuzzi con las muñecas abiertas.
No había nadie en ninguna de las dos habitaciones.
Una extraña y vertiginosa esperanza estalló en su pecho mientras salía nuevamente al pasillo. Mirando a izquierda y derecha, decidió comenzar en el dormitorio de Lassiter.
No hubo respuesta, y, al mirar adentro, lo encontró todo muy pulcro y ordenado junto con un débil aroma a aire fresco.
Esto era bueno. El ángel tenía que estar con Tohr.
John fue velozmente hacia el estudio de Wrath y después de golpear en la jamba, asomó la cabeza, inspeccionando rápidamente el largo y delgado sofá, los sillones y la repisa de la chimenea donde a los Hermanos les gustaba reclinarse.
Wrath alzó la mirada desde el escritorio.
—Hola, hijo. ¿Qué pasa?
Oh, nada. Ya sabes. Sólo… discúlpame.
John bajó corriendo la escalera principal, sabiendo que si Tohr estaba haciendo su primera incursión de vuelta al mundo, no querría hacer un gran espectáculo de ello. Probablemente comenzaría sencillamente, sólo yendo a la cocina con el ángel a buscar algo de comida.
John llegó al suelo de mosaico del vestíbulo en la planta baja, y cuando oyó voces de macho a la derecha, miró dentro de la sala de billar. Butch estaba agachado sobre la mesa de billar a punto de hacer un disparo y Vishous estaba detrás de él, abucheando. La pantalla plana mostraba la cadena de deportes y sólo había dos vasos bajos y anchos, uno con un líquido color ámbar, el otro conteniendo un producto cristalino que no era agua.
Tohr no estaba allí, pero nunca había estado muy interesado en los juegos. Además, con la manera en que Butch y V acometían el uno contra el otro,  no eran la clase de compañía que desearías si estabas a punto de volver a hundir los pies en las aguas sociales.
Dando la vuelta, John cruzó apresuradamente el comedor, que había sido puesto para la Ultima Comida, y entró en la cocina, donde encontró… a los doggen preparando tres clases diferentes de salsas para pasta, sacando pan italiano casero del horno, revolviendo las ensaladas y abriendo botellas de vino tinto para que respiraran y… nada de Tohr.
La esperanza escapó del pecho de John, dejando una tirantez amargada.
Se acercó a Fritz, el extraordinario mayordomo, que lo saludó con una brillante sonrisa en su rostro viejo y arrugado.
—Hola, señor, ¿cómo le va?
John hizo las señas delante de su pecho para que nadie más pudiera verlas.
Escucha, has visto…
Mierda, no quería aterrorizar a toda la casa sin otro motivo aparte de que se estaba apresurando a sacar conclusiones. La mansión era enorme y Tohr podía estar en cualquier lado.
…a  alguien?, terminó.
Las rizadas cejas blancas de Fritz se juntaron.
—¿Alguien, señor? Se refiere a las señoras de la casa o…
Machos, gesticuló. ¿Has visto a alguno de los Hermanos?
—Bien, he estado aquí preparando la cena durante la última hora, pero sé que varios han vuelto a casa del campo. Rhage tomó sus bocadillos tan pronto regresó, Wrath está en el estudio, y Zsadist está bañando a la pequeña. Déjeme ver… oh, y creo que Butch y Vishous están jugando al billar, ya que uno de mi personal les sirvió bebidas en la sala de billar hace un momento, nada más.
Correcto, pensó John. Si un Hermano que nadie había visto salir durante digamos, cuatro meses, apareciera, seguramente su nombre habría sido el primero de la lista.
Gracias, Fritz.
—¿Estaba buscando a alguno en particular?
John sacudió la cabeza y volvió a salir al vestíbulo, esta vez moviéndose con pies de plomo. Cuando entró en la biblioteca, no esperaba encontrar a nadie, y ¿qué les parece? La habitación estaba llena de libros y completamente desprovista de cualquier Tohr.
¿Dónde podría…?
Quizá no estuviera en la casa en absoluto.
John cerró la biblioteca y patinó al dar la vuelta alrededor de la escalera principal, las suelas de sus shitkickers chirriaron cuando dobló la esquina. Abriendo violentamente la puerta oculta bajo los escalones, entró en el túnel subterráneo de la mansión.
Por supuesto. Tohr iría al centro de entrenamiento. Si iba a despertar y comenzar a vivir, eso significaría que volvería al campo de batalla. Y eso significaba ejercitarse para conseguir que su cuerpo volviera a estar en forma.
Cuando John salió a la oficina de las instalaciones, estaba completamente de regreso en la tierra de la esperanza y cuando no encontró a Tohr en el escritorio, no se sorprendió.
Ahí había sido donde le habían informado de la muerte de Wellsie.
John arrastró el culo hacia el pasillo, y el leve sonido de las pesas resonando fue una jodida sinfonía para sus oídos, el alivio floreció en su pecho hasta que las manos y los pies le hormiguearon.
Pero tenía que controlarse. Acercándose a la sala de entrenamiento, se sacudió la sonrisa, y abrió ampliamente la puerta…
Blaylock le echó un vistazo desde el banco. La cabeza de Qhuinn se bamboleaba arriba y abajo en la máquina de subir escaleras. 
Mientras John echaba un vistazo a su alrededor, ambos dejaron lo que estaban haciendo, Blay volviendo a dejar la barra de peso en su lugar, Qhuinn bajándose lentamente al suelo.
¿Habéis visto a Tohr? gesticuló John.
—No —dijo Qhuinn mientras se enjugaba el rostro con una toalla—. ¿Por qué iba a estar aquí?
John salió corriendo y se dirigió al gimnasio, donde no encontró nada excepto luces empotradas, suelos de pino resplandecientes y colchonetas de un azul brillante. La sala de equipamiento sólo tenía equipamiento. La sala de primeros auxilios y fisioterapia estaba vacía. La clínica de Jane igual.
Rompió a correr, saliendo disparado por el túnel hacia la casa principal.
Una vez allí, subió directamente hacia las puertas abiertas del estudio, y esta vez no golpeó en la jamba. Camino directamente hasta el escritorio de Wrath y gesticuló, Tohr se ha ido.


Mientras el repartidor del Domino’s manoteaba para agarrar la caja de pizza, todos los demás se quedaron inmóviles.
—Estuvo cerca –dijo el humano—. No quería que terminara en…
El tipo que estaba agachado se quedo congelado en esa posición cuando sus ojos rastrearon la mancha negra de la pared hasta el desmadejado y quejoso lesser que la había ocasionado.
—… en… vuestra…alfombra.
—Cristo –escupió Lash, sacando la navaja de muelle del bolsillo del pecho, accionando la hoja y acercándose a la espalda del hombre. Cuando el del Domino’s se puso de pie, Lash cerró el brazo alrededor de su cuello y le clavó el cuchillo directamente en el corazón.
Mientras el tipo se marchitaba y jadeaba, la caja de pizza caía al suelo y se abría, el color de la salsa de tomate y de la salchicha pertenecían a la misma gama de colores que la sangre que salía de la herida.
Grady saltó de su taburete y señaló al asesino que todavía estaba de pie.
—¡Él me permitió pedir la pizza!
Lash señaló con la punta del cuchillo al idiota.
—Cierra la puta boca.
Grady volvió a dejarse caer en el taburete.
El señor D estaba muy cabreado cuando fue hasta el asesino restante.
—¿Le dejaste pedir una pizza? ¿Lo hiciste?
El lesser gruñó.
—Me pediste que entrara y montara guardia en la ventana del dormitorio de atrás. Así fue como descubrimos que habían desaparecido las jarras, ¿recuerdas? El imbécil que empapa la alfombra fue el que le dejó llamar.
El señor D no parecía tener interés en la lógica, y por divertido que pudiera haber sido verle ponerse en plan Jack Russel[2] con esa rata de lesser, no había mucho tiempo. Este humano que había aparecido con la pizza no iba a volver a hacer más entregas, y sus compinches de uniforme iban a darse cuenta de ello bastante rápido.
—Llama para que vengan refuerzos –dijo Lash, cerrando la hoja y acercándose al lesser incapacitado—. Que vengan con un camión. Luego saca las cajas con armas. Vamos a evacuar este apartamento y el de abajo.
El señor D tomó el teléfono y comenzó a ladrar órdenes mientras el otro asesino entraba al dormitorio del fondo.
Lash examinó a Grady, que miraba fijamente la pizza como si estuviera considerando seriamente levantarla de la alfombra para comérsela.
—La próxima vez que tú…
—Las armas han desaparecido.
Lash giró la cabeza hacia el lesser.
—Disculpa.
—Las cajas con armas no están en el armario.
Por una fracción de segundo, en todo lo que Lash pudo pensar fue en matar a alguien, y lo único que salvó a Grady de ser ese alguien fue que se zambulló rápidamente en la cocina, fuera de su campo visual.
No obstante la lógica predominó sobre la emoción, y dirigió su vista hacia el señor D.
—Eres responsable de la evacuación.
—Sí, señor.
Lash apuntó con el dedo al asesino que estaba en el suelo.
—Quiero que le lleven al centro de persuasión.
—Sí, señor.
—¿Grady? —Cuando no hubo respuesta, Lash maldijo y entró en la cocina para encontrar al tipo inclinado dentro del frigorífico, sacudiendo la cabeza ante las baldas vacías. El cabrón era muy estrecho de mente o estaba sinceramente ensimismado, y Lash apostaba a que era lo último—. Nos vamos.
El humano cerró la puerta del frigorífico y vino como el perro que era: rápidamente y sin discutir, moviéndose tan velozmente que dejó su abrigo atrás.
Lash y Grady habían salido repentinamente al frío, y el cálido interior del Mercedes fue un alivio.
Mientras Lash salía lentamente del complejo, porque darse prisa podría haber atraído la atención de la gente, Grady le miró.
—Ese tipo… no el de la pizza… el que ha muerto… no era normal.
—No. No lo era.
—Tampoco tú.
—No. Yo soy una divinidad.


Capítulo 26


Cuando cayó la noche, Ehlena se puso el uniforme aunque no fuera a ir a la clínica. Lo hizo por dos razones: una, ayudaba con su padre, que no toleraba nada bien los cambios de rutina. Y dos, sentía como si fuera a otorgarle una pequeña distancia cuando se encontrara con Rehv.
No había dormido nada durante el día. Mientras yacía en la oscuridad, las imágenes del depósito de cadáveres y el recuerdo de la forma en que había sonado la voz fatigada de Rehvenge eran un endemoniado equipo que corría una carrera de relevos martilleando en su cerebro, haciendo girar y cambiar sus sentimientos hasta que le dolió el pecho.
¿Iba realmente de camino a encontrarse con Rehvenge? ¿En su casa? ¿Cómo había sucedido esto?
Esas preguntas le ayudaron a recordar que sólo iba a entregarle medicinas. Esto se trataba de prestar cuidados a nivel clínico, de enfermera a paciente. Por amor de Dios, él había estado de acuerdo con ella en que no debería citarse con nadie, y no era como si la hubiera invitado a cenar. Iba a llevarle las píldoras e intentar persuadirle para que fuera a ver a Havers. Eso era todo.
Después de comprobar cómo estaba su padre y darle su medicamento, se desmaterializó hacia la acera de enfrente del edificio Commodore que estaba situado en medio del centro. De pie entre las sombras, alzó la mirada hacia el flanco liso y brillante de la alta torre, y le sorprendió el contraste que había entre ésta y el sórdido lugar a ras del suelo que alquilaba ella.
Ostras… vivir entre todo ese cromo y cristal costaba dinero. Mucho dinero. Y Rehvenge tenía un ático. Además, esta debía ser sólo una de las propiedades que poseía, porque ningún vampiro en su sano juicio dormiría rodeado por todas esas ventanas durante las horas diurnas.
La línea divisoria entre la gente normal y la gente rica parecía tan ancha como la distancia entre donde ella estaba parada y donde se suponía que Rehvenge la esperaba, y por un breve momento se entretuvo con la fantasía de que su familia todavía tenía dinero. Quizás de esa forma, estaría llevando algo distinto a su abrigo de invierno barato y su uniforme.
Mientras permanecía en la calle, muy por debajo de Rehvenge, le parecía imposible que hubiera conectado con él como lo había hecho, pero en definitiva, el teléfono era una relación virtual, sólo un escalón más arriba de estar on–line. Cada persona estaba en su propio ambiente, invisibles el uno al otro y sólo sus voces se mezclaban. Era una falsa intimidad.
¿Realmente había robado píldoras para este macho?
Comprueba tus bolsillos, imbécil, pensó.
Con una maldición, Ehlena se materializó en la terraza del ático, aliviada de que la noche estuviera relativamente tranquila. De otro modo, con el frío que hacía, cualquier viento allí arriba…
¿Qué… demonios?
A través de los innumerables paneles de cristal, el resplandor de cientos de velas convertían la noche oscura en una niebla dorada. Dentro, las paredes del ático eran negras, y había… cosas colgadas de ellas. Cosas como un gato de nueve colas[3] hecho de metal, látigos de cuero y máscaras… y había una mesa grande, de apariencia antigua que estaba… No, espera, eso era un potro de tortura, ¿verdad? Con correas de cuero colgando de las cuatro esquinas.
Oh… demonios, no. ¿A Rehvenge le gustaba esta mierda?
Bien. Cambio de planes. Le dejaría los antibióticos, seguro, pero iba a ser frente a una de esas puertas corredizas, porque no había manera de que fuera a entrar ahí dentro. De. Ninguna. Jodida. Manera…
Un tremendo macho con perilla salió del cuarto de baño, secándose las manos y enderezándose los pantalones de cuero mientras iba hacia el potro de tortura. Con un salto ágil, se subió a la cosa y luego comenzó a ponerse uno de los grilletes en el tobillo.
Esto se estaba volviendo más enfermizo. ¿Un trío?
—¿Ehlena?
Ehlena giró tan rápidamente que se golpeó la cadera contra la pared que rodeaba todo el techo. Cuando vio quién era, frunció el ceño.
—¿Doctora Jane? —dijo, pensando que esa noche estaba pasando rápidamente de los «oh–demonios–no» directamente al territorio de QCP[4]?—. ¿Qué estás…?
—Creo que estás en el lado equivocado del edificio.
—Lado equivocado… oh, espera, ¿este no es el apartamento de Rehvenge?
—No, es de Vishous y mío. Rehv está en el lado este.
—Oh… —Tenía las mejillas rojas. Muy rojas, y no a causa del viento—. Lamento mucho, haberme equivocado…
La doctora fantasmal rió.
—Está bien.
Ehlena volvió a mirar el cristal, pero luego apartó la vista rápidamente. Por supuesto, ese era el Hermano Vishous. El que tenía ojos diamantinos y tatuajes en el rostro.
—Es el lado este lo que buscas.
Lo cual era lo que Rehv le había dicho, ¿verdad?
—Iré allí ahora mismo.
—Te invitaría a que acortaras camino por aquí, pero…
—Sí. Será mejor que vaya hasta allí por mi misma.
La doctora Jane sonrió con una buena dosis de picardía.
—Creo que será lo mejor.
Ehlena se calmó y se desmaterializó hacia la parte correcta del ático pensando: ¿la Doctora Jane era una dominatrix?
Bien, cosas más extrañas habían sucedido.
Cuando recobró su forma, casi tenía miedo de mirar a través del cristal, teniendo en cuenta lo que acababa de ver. Si Rehvenge tenía más de lo mismo —o peor aún, cosas como ropa de señora del tamaño de un macho, o animales de granja moviéndose por todas partes—, no sabía si sería capaz de relajarse lo bastante como para desmaterializar su culo fuera de allí.
Pero no. Ningún RuPaul[5]. Nada que necesitara un abrevadero o una valla. Sólo un encantador y moderno interior hecho con ese tipo de muebles suaves y sencillos que debían haber venido de Europa.
Rehvenge apareció a través de una arcada y se detuvo al verla. Cuando levantó la mano, la puerta corrediza de cristal que tenía delante de ella se abrió porque él lo dispuso con su mente, y pudo captar un olor maravilloso proveniente del ático.
¿Era… rosbif?
Rehvenge se acercó, moviéndose con andares suaves aunque dependiera de su bastón. Esta noche, llevaba un sueter de cuello vuelto negro que evidentemente era de cachemir y un impactante traje negro, y con su ropa fina, parecía salido de la portada de una revista, sofisticado y seductor, un absoluto imposible.
Ehlena se sentía como una tonta. Viéndolo ahí en su hermoso apartamento, no era que pensara que estaba por debajo de él. Era sólo que estaba claro que no tenían nada en común. ¿Qué clase de delirio le había golpeado cuando habían hablado o cuando se habían visto en la clínica?
—Bienvenida. —Rehvenge se detuvo en la puerta y extendió la mano hacia ella—. Te habría esperado afuera, pero hace demasiado frío para mí.
Dos mundos totalmente diferentes, pensó ella.
—¿Ehlena?
—Lo siento. —Debido a que hubiera resultado grosero no hacerlo, puso la mano en la de él y entró al ático. Pero en su mente, ya le había abandonado.


Cuando las palmas se encontraron, Rehv se sintió atracado, asaltado, robado, roto y registrado: no sintió nada cuando sus manos se fundieron, y deseaba desesperadamente poder sentir el calor de Ehlena. De todos modos, a pesar de estar entumecido, el simple hecho de mirar como sus pieles entraban en contacto fue suficiente para hacer que su pecho chisporroteara como si fueran virutas de acero brillante.
—Hola –dijo ella con un tono ronco mientras él la atraía hacia adentro.
Cerró la puerta y continuó agarrándole la mano hasta que ella rompió el contacto, aparentemente para dar una vuelta y echarle un vistazo al lugar. Sin embargo, presentía que ella necesitaba espacio físico.
—La vista aquí es extraordinaria —dijo deteniéndose para mirar fijamente la vista de la ciudad centelleante que se extendía ante ella—. Gracioso, pero desde aquí arriba  parece  una maqueta.
—Estamos alto, eso es seguro. –La miraba con ojos obsesivos, absorbiéndola a través de su vista—. Adoro la vista —murmuró.
—Puedo ver por qué.
—Y es tranquilo. —Privado. Sólo ellos y nadie más en el mundo. Y estando a solas con ella aquí y ahora, casi podía creer que todas las cosas sucias que había hecho habían sido crímenes cometidos por un extraño.
Ella sonrió un poco.
—Por supuesto que es tranquilo. En el apartamento de al lado están utilizando mordazas de bola… eh…
Rehv se rió.
—¿Te equivocaste de lado del edificio?
—Y que lo digas.
Ese rubor le indicó que había visto algo más que meros objetos inanimados de la colección Bondage–R–us[6] de juguetes de V y de repente Rehv se puso mortalmente serio.
—¿Es necesario que hable con mi vecino?
Ehlena sacudió la cabeza.
—No fue culpa suya, y afortunadamente él y Jane no habían… er, empezado. Gracias a Dios.
—Por lo que veo a ti no te van ese tipo de cosas.
Ehlena volvió a clavar la mirada en el panorama.
—Oye, ellos son personas adultas, así que está todo bien. ¿Pero yo personalmente? Nunca en la vida.
Hablando de romper el clima. Si el BDSM[7] era demasiado para ella, suponía que eso quería decir que no comprendería el hecho de que él follaba a una hembra a la cual odiaba como forma de pago al chantaje que le hacía. Que casualmente era su hermanastra. Oh, y que era una symphath.
Igual que él.
Su silencio la hizo volver la cabeza sobre el hombro.
—Lo siento. ¿Te he ofendido?
—Yo tampoco lo practico. —Oh, en absoluto. Él era una puta con estándares… la mierda de la perversión era adecuada únicamente si eras forzado a ello. A la mierda con la sexualidad extrema de mutuo acuerdo que practicaban V y su compañera. Sí, porque eso estaba simplemente mal.
Cristo, él estaba muy por debajo de ella.
Ehlena deambuló por el lugar, sus zapatos de suave suela no hacían ningún sonido en el suelo de mármol negro. Mientras la miraba, se dio cuenta de que bajo el abrigo de lana negro tenía el uniforme. Lo cual era lógico, se señaló a sí mismo, si después tenía que ir a trabajar.
Vamos, se dijo. ¿Pensaste realmente que iba a quedarse toda la noche?
—¿Puedo tomar tu abrigo? —dijo, sabiendo que debía tener calor—. Tengo que mantener este lugar más caliente de lo que la mayoría de las personas encuentra cómodo.
—En realidad… debería marcharme. –Metió la mano en el bolsillo—. Sólo he venido a traerte la penicilina.
—Esperaba que te quedaras a cenar.
—Lo siento. –Le tendió una bolsa de plástico—. No puedo.
Imágenes relámpago de la princesa se activaron en el cerebro de Rehv, y se recordó lo bien que se sentía al hacer lo correcto con Ehlena… borrando su número del teléfono. No tenía nada que hacer cortejándola. Nada en absoluto.
—Comprendo. —Tomó las píldoras—. Y gracias por éstas.
—Toma dos cuatro veces al día. Diez días. ¿Me lo prometes?
Él asintió una vez.
—Lo prometo.
—Bueno. Y trata de ir a ver a Havers, ¿lo harás?
Hubo un momento de embarazoso silencio, hasta que ella levantó la mano.
—Bueno… entonces, adiós.
Ehlena giró, y él abrió el panel de cristal con la mente, ya que no confiaba en sí mismo para acercarse demasiado a ella.
Oh, por favor, no te vayas. Por favor, no, pensó.
Sólo quería sentirse… limpio durante un ratito.
Después de salir, ella se detuvo y el corazón de Rehv palpitó con fuerza.
Ehlena miró hacia atrás, y el viento le despeinó los mechones de cabello pálido arrojándoselos hacia su encantador rostro.
—Con comida. Debes tomarlas con la comida.
Correcto. Información médica.
—Tengo mucha aquí.
—Bien.
Después de cerrar la puerta, Rehv la miró desaparecer en las sombras y tuvo que obligarse a darse a vuelta.
Andando lentamente y utilizando el bastón, caminó a lo largo de la pared de cristales y girando en una esquina fue hacia el resplandor del comedor.
Había dos velas encendidas. Dos lugares dispuestos con cubiertos de plata. Dos copas para vino. Dos copas para agua. Dos servilletas dobladas meticulosamente colocadas encima de dos platos.
Se sentó en la silla que era para ella, la que estaba a su derecha, la posición de honor. Apoyó el bastón contra su muslo y dejó la bolsa de plástico en la mesa de ébano, alisándola con la mano para que los antibióticos descansaran uno al lado del otro en una fila pulcra y ordenada.
Se preguntó por qué no venían en una botella naranja con una etiqueta blanca, pero de cualquier forma, ella se los había traído. Eso era lo principal.
Sentado allí en silencio, rodeado por la luz de las velas y el olor del rosbif que acababa de sacar del horno, Rehv acarició la bolsa de plástico con el índice entumecido. Seguro como la mierda que estaba sintiendo algo. En el punto muerto de su pecho, tenía un dolor detrás del corazón.
Había realizado muchos actos malvados en el curso de su vida. Grandes y pequeños.
Les había tendido trampas a personas sólo para jugar con ellas, ya fueran granujas traficantes transgrediendo su territorio, o Johns que no trataban bien a sus putas, o idiotas que andaban jodiendo en su club.
Había provisto a otros de sus vicios, para sacar beneficios. Vendía drogas. Vendía sexo. Vendía muerte en forma de las habilidades especiales de Xhex.
Había follado por todas las razones equivocadas.
Había mutilado.
Había asesinado.
Y aún así, nada de eso le había molestado en su momento. No había habido dudas, ni arrepentimientos, nada de empatía. Sólo más esquemas, más planes, más ángulos para ser descubiertos y explotados.
No obstante, aquí ante esa mesa vacía, en ese ático vacío, sentía dolor en el pecho y sabía lo que era: añoranza.
Hubiera sido extraordinario merecer a Ehlena.
Pero eso era sólo una cosa más que no iba a sentir jamás.




Capítulo 27


Cuando la Hermandad se reunió en el estudio, Wrath mantuvo la mirada sobre John desde su ventajoso puesto detrás del ornamentado escritorio. Al otro lado, el chico parecía un animal que hubiera sido atropellado en la carretera. Su rostro estaba pálido, su gran cuerpo inmóvil y no participaba en la discusión. El aroma de sus emociones era la peor parte de ello, pensó: no había ninguna. Ni el mordisco picante y vigorizante de la ira. Ni el ácido y ahumado soplo de la tristeza. Ni siquiera una pizca del olor alimonado del miedo.
Nada. Mientras se hallaba entre los Hermanos y sus dos mejores amigos, permanecía aislado por su falta de reacción y su ensimismamiento indiferente… estaba con ellos, pero no realmente.
No de la manera adecuada.
El dolor de cabeza de Wrath que como sus ojos, sus oídos y su boca parecía estar permanentemente pegado a su cráneo, realizó un renovado asalto a sus sienes, y él se sentó bien erguido en esa silla para mariquitas con la esperanza de que un ajuste en la posición de su columna pudiera aliviar la presión.
No hubo suerte.
Quizás una amputación de cráneo serviría. Dios sabía que Doc Jane era buena con la sierra.
Enfrente, en el feo sillón verde, Rhage mordió con fuerza un Tootsie Pop, rompiendo uno de los muchos silencios incómodos que habían marcado la reunión.
—Tohr no pudo haber ido lejos —murmuró Hollywood—, no está lo suficientemente fuerte.
—Pregunté en el Otro Lado —dijo Phury desde el altavoz del teléfono—. No está con las Elegidas.
—¿Qué tal si nos damos una vuelta por su antigua casa? —sugirió Butch.
Wrath sacudió la cabeza.
—No puedo imaginar que quisiera ir allí. Demasiados recuerdos.
Mierda, ni siquiera la mención del hogar en el que John había pasado algún tiempo despertó algo en el chico. Pero al menos finalmente había oscurecido así que podían salir a buscar a Tohr.
—Yo me quedo por si vuelve —dijo Wrath en el momento en que se abrían las puertas dobles y entraba V dando zancadas—. Quiero que el resto salgáis a buscarlo en la ciudad, pero antes de ir, dejemos que nuestra propia Katie Couric[8] nos ponga al día. —Le hizo una seña con la cabeza a Vishous—. ¿Katie?
La mirada furiosa de V fue la versión ocular de un dedo medio completamente extendido, pero procedió con el informe.
—Anoche, en el registro policial, hubo una denuncia registrada por un detective de homicidios. Un cadáver fue hallado en el lugar donde se encontraron las cajas de armas. Humano. Repartidor de pizzas. Con una sola herida de cuchillo en el pecho. No hay duda de que el pobre bastardo se topó con algo que no debía. Acabo de piratear los detalles del caso y, ¿a qué no sabéis qué? Descubrí una anotación acerca de una mancha negra y aceitosa que encontraron en la pared cercana a la puerta. —Se oyeron varias maldiciones refunfuñadas, muchas de las cuales incluían la palabra con J—. Sip, bien, ahora viene la parte interesante. La policía confirmó que un Mercedes había sido visto en el estacionamiento aproximadamente dos horas antes de que el gerente de Domino’s llamara para denunciar que uno de sus empleados no había vuelto después de llevar el pedido a esa dirección. Y una de las vecinas vio a un hombre rubio, obviamente, entrar en él con otro tipo de cabello oscuro. Dijo que era extraño ver esa clase de sedán ostentoso en el área.
—¿Un Mercedes? —preguntó Phury desde el teléfono.
Rhage, habiendo triturado otra piruleta, para regocijo de su alteza, lanzó un palito blanco dentro de la papelera.
—Sí, ¿desde cuando la Sociedad Lessening invierte esa cantidad de efectivo en sus ruedas?
—Exacto —dijo V—. No tiene sentido. Pero aquí viene la mierda. También hay testigos que informaron haber visto a un Escalade negro de aspecto sospechoso la noche anterior… y a un hombre de negro sacando… oh, ¡caramba!, no me digas que eran… ¿cajas? sip, cuatro malditas cajas de la parte trasera de ese grupo de cuatro apartamentos.
Cuando su compañero de habitación miró fija e intencionadamente a Butch, el poli sacudió la cabeza.
—Pero no hacen mención a que tengan las placas del E[9]. Y nada más llegar cambié el juego de placas que llevaba puesto. ¿En cuanto al Merc[10]? Los testigos confunden las cosas todo el tiempo. Puede que el rubio y el otro tipo no hayan tenido nada que ver con el asesinato.
—Bueno, voy a mantener un ojo avizor sobre el asunto —dijo V—. No creo que exista la posibilidad de que la policía vaya a relacionarlo con algo que involucre a nuestro mundo. Demonios, muchas cosas dejan manchas negras, pero es mejor estar preparados.
—Si el detective de este caso es el que estoy pensando, es uno de los buenos —dijo Butch tranquilamente—. Uno muy bueno.
Wrath se puso de pie.
—Ok, se puso el sol. Largo de aquí. John, quiero hablar un momento contigo en privado.
Wrath esperó a que las puertas se cerraran tras el último de sus hermanos antes de hablar.
—Vamos a encontrarlo, hijo. No te preocupes. —No hubo respuesta—. ¿John? ¿Qué te sucede?
El chico sólo cruzó los brazos sobre a su pecho y se quedó mirando fijamente hacia delante.
—John…
John desplegó las manos y gesticuló algo que ante los desmejorados ojos de Wrath pareció ser.
Voy a salir con los otros.
—Y una mierda. —Eso hizo que John girara la cabeza abruptamente—. Sip, eso no pasará, dado que eres un zombie. Y vete a joder a otro lado con tus «estoy bien». Si piensas durante siquiera medio segundo que voy a dejar que salgas a pelear, estas malditamente muy equivocado.
John caminó alrededor del estudio como si estuviera tratando de controlarse a sí mismo. Finalmente se detuvo y gesticuló.
No puedo estar aquí en este momento. En esta casa.
Wrath frunció el ceño y trató de interpretar lo que le había dicho, pero todo ese fruncir de entrecejos sólo provocó que su dolor de cabeza cantara como una soprano.
—Lo siento, ¿qué fue lo que dijiste?
John abrió la puerta de un tirón, y un segundo después entró Qhuinn. Hubo muchos movimientos de manos y luego Qhuinn se aclaró la garganta.
—Dice que esta noche no puede estar en esta casa. Simplemente no puede.
—Ok, entonces ve a algún club, y mámate hasta caer redondo. Pero nada de luchar. —Wrath elevó una plegaria silenciosa de agradecimiento porque Qhuinn estuviera pegado al lado del chico—. Y, John… voy a encontrarlo.
Más señas, y luego John se volvió hacia la puerta.
—¿Qué dijo, Qhuinn? —preguntó Wrath.
—Ah… dijo que no le importa si lo haces.
—John, no lo dices en serio.
El chico se dio vuelta, gesticuló y Qhuinn tradujo:
—Dice que sí, que realmente lo dice en serio. Dice… que ya no puede seguir viviendo así… esperando, cada noche y cada día, preguntándose cuando entra en la habitación si Tohr ha… John, ve un poco más lento… ah… si el macho se ha colgado o si se ha ido de nuevo. Aunque vuelva… John dice que para él se terminó. Que ya le han abandonado demasiadas veces.
Difícil argumentar contra eso. Últimamente Tohr no había sido un muy buen padre, habiendo sido su único logro en ese campo la creación de la siguiente generación de muertos vivientes.
Wrath hizo una mueca de dolor y se frotó las sienes.
—Mira, hijo, no soy un eminente científico pero puedes hablar conmigo.
Hubo un largo, extenso silencio marcado por un extraño aroma… un olor seco, casi rancio… ¿añoranza? Sip, eso era añoranza.
John hizo una pequeña reverencia como en señal de agradecimiento y luego se escabulló por la puerta.
Qhuinn vaciló.
—No lo dejaré pelear.
—Entonces le salvarás la vida. Porque si toma las armas en el estado en que está ahora, volverá a casa en una caja de pino.
—Roger[11].
Cuando la puerta se cerró, el dolor rugió en las sienes de Wrath y le obligó a sentarse.
Dios, todo lo que quería hacer era ir a la habitación que él y Beth compartían, meterse en su enorme cama y dejar caer la cabeza sobre las almohadas que olían a ella. Quería llamarla y rogarle que se uniera a él sólo para poder abrazarla. Quería ser perdonado.
Quería dormir.
En lugar de eso, el Rey volvió a levantarse, tomó las armas que estaban en el suelo al lado del escritorio, y las fijó sobre su cuerpo. Dejando el estudio con su chaqueta de cuero en la mano, bajó la escalera principal y salió del vestíbulo hacia la amarga noche. Por lo que veía, el dolor de cabeza iba acompañarle adonde quiera que fuera, así que bien podía hacer algo útil y salir en busca de Tohr.
Cuando se puso el abrigo, le invadió el recuerdo de su shellan y el lugar adonde había ido la noche anterior.
Santa mierda. Sabía exactamente donde estaba Tohr.


Ehlena tenía la intención de dejar la terraza de Rehvenge de inmediato, pero mientras se adentraba en las sombras, tuvo que mirar hacia el penthouse. A través de la hilera de cristales, vio a Rehvenge volverse y caminar despacio a lo largo del costado del ático...
Se golpeó fuertemente la espinilla contra algo.
—¡Demonios!
Saltando en un pie, se frotó la pierna y le lanzó una tempestuosa mirada a la urna de mármol con la que se había golpeado.
Cuando se enderezó, se olvidó de todo el dolor.
Rehvenge había entrado a otra habitación y se había detenido frente a una mesa puesta para dos. Había velas resplandeciendo en medio del brillo de la cristalería y la platería, la larga pared de vidrio le dejaba ver todas las molestias que se había tomado por ella.
—Demonios… —susurró.
Rehvenge se sentó tan lenta y deliberadamente como había caminado, mirando hacia atrás primero, como para asegurarse de que la silla estaba donde debería estar, para luego agarrarla con ambas manos y sentarse. Dejó la bolsita que ella le había dado sobre la mesa, y mientras parecía acariciarla, la gentileza de sus dedos contradecía a esos fuertes hombros y al oscuro poder que era inherente a su duro rostro.
Al mirarlo fijamente, Ehlena ya no sintió el frío, ni el viento ni el dolor en la espinilla. Bañado por la luz de la vela, con la cabeza inclinada hacia abajo tenía un perfil poderoso y alineado, Rehvenge era incalculablemente hermoso.
Abruptamente, su cabeza se alzó y la miró directamente, a pesar de que ella estaba en la oscuridad.
Ehlena retrocedió y sintió la pared de la terraza contra la cadera, pero no se desmaterializó. Ni siquiera cuando él puso el bastón en el suelo y se levantó en toda su estatura.
Ni siquiera cuando abrió la puerta que tenía delante con su voluntad.
Se hubiese necesitado un mejor mentiroso que ella para pretender que sólo estaba admirando la noche. Y no era una cobarde, para salir huyendo.
Ehlena se le acercó.
—No tomaste ninguna píldora.
—¿Es eso lo que estás esperando?
Ehlena cruzó los brazos sobre el pecho.
—Sí.
Rehvenge miró hacia la mesa y el par de platos vacíos.
—Dijiste que deben ser tomadas con la comida.
—Sí, lo hice.
—Bueno, entonces, parece que vas a mirarme comer. —El elegante movimiento de su brazo invitándola a entrar era una provocación que ella no quería aceptar—. ¿Te sentarás conmigo? ¿O quieres quedarte aquí afuera a la intemperie? Oh, espera, quizás esto ayude. —Inclinándose sobre su bastón, fue y sopló las velas.
Las sinuosas ondas de humo que se formaron sobre las mechas a ella le parecieron un lamento por todas las extintas posibilidades de cosas que podían haber sido: Había preparado una agradable cena para ambos. Había hecho el esfuerzo. Se había vestido hermosamente.
Entró porque ya le había arruinado bastante la velada.
—Toma asiento —dijo—. Volveré con mi plato. ¿A menos que?
—Ya he comido.
Se inclinó ligeramente cuando ella apartó una silla.
—Por supuesto que lo hiciste.
Rehvenge dejó el bastón contra la mesa y salió, apoyándose en los respaldos de las sillas, en el aparador y en el marco de la puerta de servicio que llevaba a la cocina. Cuando volvió unos minutos después, repitió la secuencia con la mano libre y luego se sentó en la silla a la cabecera de la mesa con cuidadosa concentración. Levantando un lustroso tenedor de plata de ley, y sin decir una palabra cortó cuidadosamente la carne y comió con circunspección y educación.
Cristo, se sentía como la perra de la semana, sentada frente a un plato vacío mientras que su abrigo seguía completamente abotonado.
El sonido del roce de la plata contra la porcelana hacía que el silencio entre ellos pareciera gritar.
Acariciando la servilleta que tenía en frente, se sintió horrible por muchas cosas, y aunque no era muy habladora se encontró hablando porque simplemente ya no podía guardárselo todo por más tiempo.
—La noche de antes de ayer…
—¿Mmmmm? —Rehvenge no la miró, siguió enfocado en su plato.
—No me dejaron plantada. Ya sabes, en aquella cita.
—Bueno, bien por ti.
—Él fue asesinado.
Rehvenge levantó bruscamente la cabeza.
—¿Qué?
—Stephan, el tipo con el que debía encontrarme… fue asesinado por los lessers. El Rey trajo el cuerpo, pero no supe que se trataba de él hasta que llegó su primo buscándole. Yo… ah, anoche pasé mi turno preparando el cuerpo y devolviéndoselo a la familia. —Sacudió la cabeza—. Lo habían golpeado… no se podría haber adivinado de quién se trataba.
Se le quebró la voz impidiéndole continuar, por lo que simplemente se quedó allí sentada acariciando la servilleta, con la esperanza de poder apaciguarse a sí misma.
Dos sutiles tintineos evidenciaron el hecho de que el tenedor y el cuchillo de Rehv habían ido a posarse sobre el plato, y luego extendió la mano hacia ella, colocándola sólidamente sobre su antebrazo.
—Maldición, lo siento muchísimo —le dijo—. Con razón no estás de humor para todo esto. Si lo hubiera sabido...
—No, está bien. De verdad. Debería haberlo encarado mejor al llegar. Es sólo que esta noche estoy algo ausente. No soy yo misma para nada.
Le dio un apretón en el brazo y se acomodó de nuevo en la silla como si no quisiera invadir su espacio. Cosa que normalmente le hubiese gustado, pero esa noche le pareció una lástima… por usar una palabra que él disfrutaba. El peso de su contacto a través del abrigo había sido muy agradable.
Y hablando de eso, estaba sintiendo mucho calor.
Ehlena se desabotonó y se quitó el saco de lana de los hombros.
—Hace calor aquí.
—Como dije antes, puedo enfriar las cosas para ti.
—No. —Frunció el ceño, y le miró—. ¿Por qué siempre tienes frío? ¿Efectos secundarios de la Dopamina?
Él asintió.
—Es también la razón por la cual necesito el bastón. No puedo sentir mis brazos ni mis piernas.
No había oído de muchos vampiros que tuvieran esa reacción ante la droga, pero en definitiva, las reacciones individuales eran una legión. Y además la versión vampírica del Parkinson era una enfermedad muy desagradable.
Rehvenge apartó su plato y ambos permanecieron en silencio durante un largo rato. A la luz de las velas, parecía de cierta forma empañado, su energía habitual menguada, su humor muy sombrío.
—Tú tampoco pareces el de siempre —dijo—. No es que te conozca tanto, pero pareces…
—¿Cómo?
—Como yo me siento. Como en un estado comatoso.
Tuvo un rápido y breve acceso de risa.
—Eso es tan apropiado.
—Quieres hablar de ello…
—Quieres comer algo…
Ambos rieron y dejaron de hablar.
Rehvenge movió la cabeza.
—Mira, deja que te traiga algo de postre. Es lo menos que puedo hacer. Y no es una cita para comer. Las velas están apagadas.
—De hecho, ¿sabes qué?
—¿Mentiste acerca de haber comido antes de venir y ahora estás hambrienta?
Ella rió nuevamente.
—Lo descubriste.
Cuando sus ojos color amatista se clavaron en los de ella, el ambiente entre ellos cambió y tuvo la sensación de que veía muchas cosas, demasiadas. Especialmente cuando dijo con un enigmático tono de voz:
—¿Me dejarás alimentarte?
Hipnotizada, cautivada, susurró:
—Sí. Por favor.
Su sonrisa reveló largos y blancos colmillos.
—Esa es exactamente la respuesta que buscaba.
¿Cómo sabría la sangre de él en su boca?, se preguntó en un arrebato.
Rehvenge emitió un gruñido desde el fondo de la garganta, como si supiera exactamente lo que estaba pensando. Pero no dijo nada al respecto e irguiéndose en toda su gran estatura se fue a la cocina.
Para cuando regresó con su plato, se las había arreglado para componerse un poco más, aunque cuando colocó la comida frente a ella, el olorcillo a especias que flotaba a su alrededor era demasiado delicioso… y no tenía nada que ver con lo que le había cocinado.
Decidida a mantenerse centrada, Ehlena se puso la servilleta en el regazo y probó la carne asada.
Dios Mío, esto está fabuloso.
—Gracias —dijo Rehv mientras se sentaba—. Es la forma en que la hace siempre el doggen de nuestra mansión. Pones el horno a doscientos cuarenta grados y metes la carne, media hora, luego lo apagas y lo dejas reposar. No se puede abrir la puerta para ver como está. Esa es la regla, y tienes que confiar en la receta. ¿Dos horas después?
—El paraíso.
—El paraíso.
Ehlena rió cuando la misma palabra salió de la boca de ambos al mismo tiempo.
—Bien, está realmente buena. Se derrite en la boca.
—En aras de la verdad, para que no pienses que soy un chef, esto es lo único que sé cocinar.
—Bueno, haces una cosa a la perfección, y es más de lo que algunas personas pueden decir.
Él sonrió y bajó la vista hacia las píldoras.
—Si tomo una ahora, ¿te vas a ir enseguida después de cenar?
—Si digo que no, ¿me dirás por qué estás tan callado?
—Eres una tenaz negociadora.
—Sólo lo estoy convirtiendo en una vía de doble sentido. Yo ya te conté lo que me preocupaba.
La tristeza ensombreció su rostro, provocando que se le tensara la boca y que se le unieran las cejas formando un ceño.
—No puedo hablar de ello.
—Seguro que puedes.
Sus ojos, ahora endurecidos, cayeron sobre ella.
—¿De la misma forma en que tú puedes hablar de tu padre?
Ehlena bajó la mirada a su plato y tomó especial cuidado cortando un trozo de carne.
—Lo siento —dijo Rehv—. Yo… Mierda.
—No, está bien. —Aunque no lo estaba—. A veces presiono demasiado. Es algo muy bueno cuando estas trabajando en el cuidado de la salud. Pero no tan bueno cuando se trata del plano personal.
Mientras el silencio se encendía nuevamente entre ellos, se apresuró a comer, pensando en irse en cuanto terminara.
—Estoy haciendo algo de lo que no me siento orgulloso —dijo él abruptamente.
Ella levantó la mirada. La expresión de él era definitivamente perversa, el enfado y el odio convirtiéndole en alguien que, si no hubiera sabido que era de otra forma, le hubiera tenido miedo. No obstante, ninguna de las malignas miradas iban dirigidas a ella. Eran una manifestación de lo que sentía hacia sí mismo. O hacia otro.
Sabía que no sería inteligente presionarlo. Especialmente dado su humor.
Por lo que se sorprendió cuando él dijo:
—Es algo continuado.
Se preguntó si sería personal o un asunto de negocios.
Levantó los ojos para mirarla.
—Está relacionado con cierta hembra.
Vale. Una hembra.
Ok, no tenía derecho a sentir esa fría presión alrededor del pecho. No era asunto suyo que él ya estuviera involucrado con alguien. Ni que fuera un jugador que interpretaba esta cena con carne asada, luz de velas, y seducción especial para sólo Dios sabía cuantas hembras diferentes.
Ehlena se aclaró la garganta y bajó el cuchillo y tenedor. Mientras se limpiaba la boca con la servilleta, dijo:
—Guau. Sabes, nunca se me ocurrió preguntar si estabas emparejado. No tienes un nombre en la espalda...
—No es mi shellan. Y no la amo en lo más mínimo. Es complicado.
—¿Tenéis un hijo en común?
—No, gracias a Dios.
Ehlena frunció el ceño.
—Sin embargo ¿Se trata de una relación?
—Supongo que lo puedes llamar así.
Sintiéndose como una absoluta y delirante idiota perdida por haberse enrollado con él, Ehlena puso la servilleta sobre la mesa al lado del plato y le ofreció una sonrisa muy profesional mientras se ponía de pie y tomaba su abrigo.
—Debería irme ahora. Gracias por la cena.
Rehv maldijo.
—No debí haber dicho nada…
—Si tu objetivo era meterme en la cama, tienes razón. Fue un mal movimiento. Aún así te agradezco que fueras honesto…
—No estaba tratando de llevarte a la cama.
—Oh, claro que no, porque estarías engañándola. —Cristo, ¿por qué se estaba molestando tanto por esto?
—No —estalló en respuesta—, es porque soy impotente. Créeme, si pudiera tener una erección, la cama sería el primer lugar adonde querría ir contigo.







[1] K=Okay=Bien (N. de la T.)
[2] Jack Russell Terrier  raza canina, se trata de un perro ágil, que a pesar de su tamaño pequeño tiene mucha fuerza y resistencia., son grandes cazadores de roedores y alimañas. (N. de la T.)
[3]Es un látigo con nueve tiras, y al cual también le llaman simplemente gato. (N. de la T.)
[4] QCP: Qué coño pasa. (N. de la T.)
[5]Famoso Drag–Queen. (N. de la T.)
[6] Juego de palabras por la juguetería Toys–R–us (los juguetes son lo nuestro) Bondage  es el arte de las ataduras para dominar al sumiso/a en los juegos eróticos. (N. de la T.)
[7] BDSM viene de las iniciales de Bondage, Disciplina, Dominación y Sumisión. (N. de la T.)
[8]Periodista y presentadora estadounidense. En 2006 se convirtió en la primera presentadora mujer única en un programa de noticias de uno de las tres cadenas de televisión principales de los Estados Unidos. (N. de la T.)
[9] E= Escadale, Cadillac (N. de la T.)
[10] Mercedes Benz, anteriormente mencionado. (N. de la T)
[11] Roger: Termino que significa que una instrucción a sido recibida y comprendida. (N. de la T.)

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