miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 28 29 30

Capítulo 28


—Pasar el tiempo contigo es como observar la pintura secarse. —La voz de Lassiter reverberó hacia arriba, a las estalactitas que colgaban del alto techo de la Tumba—. Pero sin la reforma de la casa… lo cual es una tragedia, dado cómo se ve este lugar. Chicos, ¿siempre apostáis por pesimismo y tristeza? ¿Nunca habéis oído hablar de las tiendas de decoración Pottery Barn?
Tohr se frotó el rostro y recorrió con la mirada la cueva, que durante siglos había servido como lugar sagrado de reunión para la Hermandad. Detrás del voluminoso altar de piedra al lado del cual estaba sentado, corría la pared de mármol negro que contenía todos los nombres de los Hermanos, extendiéndose a lo largo de la parte trasera de la cueva. Velas negras en pesados soportes arrojaban una luz fluctuante sobre todos los grabados hechos en la Antigua Lengua.
—Somos vampiros —dijo—. No hadas.
—A veces no estoy tan seguro de eso. ¿Has visto ese estudio en el que tu Rey suele estar?
—Es casi ciego.
—Lo que explica por qué no se ha colgado a sí mismo dentro de ese terrible destrozo de color pastel.
—¿Creí que te estabas quejando de la decoración estilo pesimismo y tristeza?
—Estoy haciendo una asociación de ideas por libre.
—Eso es evidente. —Tohr no miró al ángel, ya que imaginó que el contacto visual sólo alentaría al tipo. Oh, espera. Lassiter no necesitaba ayuda en eso.
—¿Esperas que esa calavera que hay en el altar te hable o alguna mierda así?
—En realidad los dos estamos esperando a que por fin te tomes un respiro. —Tohr miró furioso al tipo—. Cuando estés listo. Cuando quieras.
—Dices las cosas más dulces. —El ángel sentó su radiante culo en uno de los escalones de piedra al lado de Tohr—. ¿Puedo preguntarte algo?
—¿En serio el «no» es una opción?
—No. —Lassiter cambió de posición y miró fijamente la calavera—. Esa cosa parece más vieja que yo. Lo cual es mucho decir.
—Fue el primer Hermano, el primer guerrero que combatió al enemigo con valentía y poderío, es el símbolo más sagrado de fuerza y propósito que tiene la Hermandad.
Lassiter dejó de joder por una vez.
—Debe haber sido un gran guerrero.
—Pensé que ibas a preguntarme algo.
El ángel se puso de pie con una maldición y sacudió las piernas.
—Sí, quiero decir… ¿cómo cojones pudiste estar sentado allí durante tanto tiempo? El culo me está matando.
—Sí, los calambres cerebrales son una putada.
Si bien el ángel tenía razón en cuanto al tiempo transcurrido, Tohr había estado sentado allí, mirando fijamente la calavera y la pared de nombres que había más allá del altar, durante tanto tiempo que no era que su trasero estuviera entumecido sino que ya no podía distinguirlo en forma separada de los escalones.
Había llegado la noche anterior atraído por una mano invisible, forzado a buscar la inspiración, la claridad y la reconexión a la vida. En cambio, había encontrado sólo piedra. Fría piedra. Y un montón de nombres que una vez habían significado algo para él y ahora no eran nada más que una lista repleta de muertos.
—Es porque estás mirando en el lugar equivocado —dijo Lassiter.
—Ya puedes irte.
—Cada vez que dices eso, haces aflorar una lágrima en mis ojos.
—Qué gracioso, a los míos también.
El ángel se inclinó y la esencia del aire fresco le precedió.
—Ni esa pared ni esa calavera te darán lo que estás buscando.
Tohr entrecerró los ojos y deseó ser lo suficientemente fuerte para luchar contra el tipo.
—¿No lo harán? Bien, entonces te están convirtiendo en un mentiroso. «Ha llegado el momento. Esta noche todo cambia». Por culpa tuya los presagios están quedando mal, ¿lo sabes? Sólo eres un mentiroso hijo de puta.
Lassiter sonrió y ociosamente se acomodó el aro de oro que perforaba su ceja.
—Si piensas que siendo grosero vas a lograr mi atención, estarás verdaderamente aburrido antes de que me importe.
—¿Por qué coño estás aquí? —El agotamiento de Tohr se extendió hasta su voz, debilitándola y cabreándolo—. ¿Por qué demonios no me abandonaste donde me encontraste?
El ángel subió los escalones negros de mármol y se paseó de de un lado a otro delante de la lustrosa pared con los nombres grabados, deteniéndose de vez en cuando para inspeccionar uno o dos.
—El tiempo es un lujo, lo creas o no —dijo.
—Lo percibo más como una maldición.
—Sin tiempo, ¿sabes lo que obtienes?
—El Fade. Que era adonde me dirigía hasta que llegaste.
Lassiter recorrió con el dedo una línea grabada de caracteres y Tohr apartó la mirada rápidamente cuando se dio cuenta de lo que deletreaban. Era su nombre.
—Sin tiempo —dijo el ángel—, te queda sólo la abismal y nebulosa ciénaga de la eternidad.
—PTI, la filosofía me aburre.
—No es filosofía. Es realidad. El tiempo es lo que da significado a la vida.
—Que te jodan. En serio... que te jodan.
La cabeza de Lassiter se ladeó, como si hubiera oído algo.
—Por fin —murmuró—. El bastardo me estaba volviendo loco.
—¿Perdón?
El ángel volvió a acercarse, se inclinó directamente frente a la cara de Tohr, y dijo con clara dicción:
—Escucha, rayito de sol. Tu shellan, Wellsie, me envió. Ese es el motivo por el que no te dejé morir.
A Tohr se le detuvo el corazón en el pecho justo cuando el ángel alzaba la mirada y decía:
—¿Por qué tardaste tanto?
Las shitkickers de Wrath retumbaron al bajar hacia el altar y le respondió con un tono de voz fastidiado.
—Bien, la próxima vez dile a alguien dónde mierda estáis…
—Qué dijiste —resolló Tohr.
Cuando volvió a enfocarse en él, Lassiter no parecía para nada arrepentido.
—No es esa pared lo que deberías estar mirando. Intenta con un calendario. Hace un año que el enemigo le disparó a tu Wellsie en la cara. Joder despiértate de una vez y haz algo al respecto.
Wrath maldijo.
—Vamos, cálmate, Lassi…
Tohrment se abalanzó desde el suelo de la cueva con algo parecido a la antigua fuerza que una vez había tenido, como si fuera un defensa de línea golpeó a Lassiter y a pesar de la diferencia de peso, derribó con fuerza al ángel sobre el suelo de piedra. Envolviendo las manos alrededor de la garganta del tipo, miró fijamente dentro de los ojos blancos y dejando al descubierto los colmillos, apretó.
Lassiter se limitó a mirarlo directamente y verter su voz directamente en el lóbulo temporal de Tohr: ¿Qué vas a hacer, idiota? ¿Vas a vengarla, o a deshonrarla dejándote agotar así?
La enorme mano de Wrath aferró el hombro de Tohr como la garra de un león, clavándose, tirando hacia atrás.
—Suéltalo.
—No... —El aliento de Tohr salía a bocanadas—. Nunca… vuelvas…
—Ya basta —exclamó Wrath.
Tohr fue apartado hacia atrás hasta que cayó de culo, y mientras rebotaba como un palo dejado caer al suelo, salió de su trance asesino. También recobró el juicio.
No sabía de qué otra manera describirlo. Fue como si algún interruptor hubiera sido accionado y su hilera de luces, que había estado apagada, hubiera vuelto a la vida repentinamente, plena de electricidad otra vez.
El rostro de Wrath entró en su radio de visión, y Tohr lo vio con una claridad que no había tenido desde… nunca.
—¿Estás bien? —preguntó su hermano—. Aterrizaste con fuerza.
Tohr extendió las manos y recorrió los fuertes brazos de Wrath tratando de conseguir una percepción de la realidad. Echó un vistazo a Lassiter y luego miró fijamente al Rey.
—Lamento… eso.
—¿Me estás tomando el pelo? Todos queremos estrangularlo.
—Sabes, voy a terminar con un complejo —dijo Lassiter entre toses mientras intentaba recuperar el aliento.
Tohr aferró los hombros del Rey.
—Nadie dice nada acerca de ella —gimió—. Nadie dice su nombre, nadie habla sobre… lo que sucedió.
Wrath sujetó la nuca de Tohr y lo sostuvo.
—Por respeto a ti.
Los ojos de Tohr fueron hacia la calavera que había sobre el altar y luego hacia la pared cincelada. El ángel estaba en lo cierto. Sólo había un nombre que podía devolverle la cordura, y no estaba inscrito allí.
Wellsie.
—¿Cómo supiste dónde estábamos? —preguntó a su Rey, todavía concentrado en la pared.
—A veces la gente necesita regresar al origen. Donde todo empezó.
—Es la hora —dijo el ángel caído en voz baja.
Tohr se contempló a sí mismo, al debilitado cuerpo que había bajo las holgadas ropas. Era una cuarta parte del macho que había sido, quizás incluso menos. Y eso no se debía sólo a todo el peso que había perdido.
—Oh, Jesús… mira lo que soy.
La respuesta de Wrath fue clara y concisa.
—Si tú estás preparado, nosotros estamos listos para que regreses.
Tohr miró al ángel, percatándose por primera vez del aura dorada que envolvía al tipo. El enviado del cielo. El enviado de Wellsie.
—Estoy preparado —dijo, a nadie en particular y a todo el mundo en general.


Mientras Rehv miraba fijamente a Ehlena a través de la mesa, pensó: bien, al menos después que dejé caer la bomba no ha ido directamente a la salida.
Impotente no era una palabra que quisieras usar frente a una hembra en la que estás interesado. A menos que fuera usada a tenor de: Joder, no, yo NO soy impotente.
Ehlena volvió a sentarse.
—¿Eres… es a causa de la medicación?
—Sí.
Los ojos de ella lo evitaron, como si estuviera haciendo cálculos mentales, y el primer pensamiento que le vino a la mente a él fue: Mi lengua todavía funciona y también mis dedos.
Se guardó ese pensamiento para sí.
—La dopamina tiene un efecto extraño en mí. En vez de estimular la testosterona, drena esa mierda de mi cuerpo.
La comisura de la boca de ella se extendió hacia arriba.
—Lo que voy a decir es absolutamente impropio, pero considerando lo viril que eres sin ella…
—Sería capaz de hacerte el amor —dijo quedamente—. Eso es lo que sería.
Lo fulminó con una mirada llena de:¿Santa–mierda–acaba–de–decir–eso?
Rehv se acarició el mohawk con una mano.
—No voy a disculparme por el hecho de que me gustes, pero tampoco te faltaré al respeto tratando de hacer algo al respecto. ¿Quieres café? Ya está preparado.
—Ah... pues sí. —Como si esperara que pudiera aclararle la cabeza—. Escucha…
Se detuvo a medias de levantarse.
—¿Sí?
—Yo... ah...
Cuando ella no continuo, él se encogió de hombros.
—Sólo permíteme traer el café. Quiero servirte. Me hace feliz.
Decir feliz era jodidamente poco. Mientras regresaba a la cocina, una flagrante satisfacción atravesó su sopor. El hecho de estar alimentándola con la comida que había preparado para ella, dándole bebida para aliviar su sed, proporcionándole un refugio para el frío…
La nariz de Rehv captó un aroma extraño, y al principio pensó que se trataba de la carne asada que había dejado fuera, debido a que había frotado la parte exterior del trozo de carne con especias. Pero no… no era eso.
Considerando que tenía otras cosas por las que preocuparse en vez de su nariz, fue hasta los armarios y sacó una taza y un platillo. Después de servir el café, fue a enderezarse las solapas de la chaqueta…
Y se quedó helado.
Alzó la mano hacia su nariz, inhaló profundamente y no pudo creer lo que estaba oliendo. No podía ser posible…
Salvo que ese aroma sólo podía significar una cosa, y no tenía nada que ver con su lado symphath: La misteriosa fragancia que desprendía era el aroma de la vinculación, la marca que los vampiros machos dejaban en la piel y el sexo de sus hembras a fin de que otros machos supieran a la ira de quién se exponían si se atrevían a acercarse.
Rehv bajó el brazo y miró hacia la puerta de servicio, aturdido.
Cuando llegabas a una cierta edad, no esperabas más sorpresas de tu cuerpo. Al menos, no de las positivas. Articulaciones temblorosas. Pulmones faltos de aire. Mala visión. Seguro, cuando llegara el momento. Pero realmente, durante los novecientos años o así que seguían después de la transición, tenías lo que tenías.
Aunque positivo podría no ser el término exacto que utilizaría para este cambio.
Sin razón aparente, pensó en la primera vez que practicó el sexo. Había sido justo después de su transición, y cuando el acto concluyó estaba convencido de que la hembra y él se emparejarían y vivirían juntos y felices el resto de sus vidas. Era perfectamente hermosa, una hembra que el hermano de su madre había traído a la casa para que Rehv usara cuando entrara en el cambio.
Era morena.
Jesús, ahora no podía recordar su nombre.
Al recordarlo, con lo que había aprendido desde entonces sobre machos, hembras y atracción, sabía que la había sorprendido con lo grande que había resultado ser su cuerpo después del cambio. Ella no esperaba que le gustara lo que vio. No había esperado desearlo. Pero lo hizo y se aparearon, el sexo fue una revelación, la sensación de toda esa carne, el ímpetu adictivo, el poder que había tenido cuando tomó el control después de las primeras dos veces.
Había descubierto que tenía una lengüeta, y… como ella estaba tan ávida de él, no estaba seguro de que hubiera notado que tenían que esperar un poco antes de que pudiera retirarse de su interior.
El resultado fue que, se sintió en paz, muy contento. Pero no había habido desenlace de vivieron–felices–por–siempre. Con el sudor todavía secándose sobre el cuerpo, se puso las ropas y se dirigió a la puerta. Justo cuando se iba, le sonrió dulcemente y le dijo que no le cobraría a su familia por el sexo.
Su tío la había comprado para que le alimentara.
Al considerarlo ahora, le parecía gracioso, ¿era realmente una sorpresa dónde había acabado? El sexo por conveniencia había sido taladrado en su interior demasiado condenadamente pronto… a pesar de que ese primer acto sexual o los seis primeros habían sido a cuenta de la casa, por así decirlo.
Por lo que, si ese misterioso aroma significaba que su naturaleza vampira se había vinculado con Ehlena, no se trataba de buenas noticias.
Rehv agarró el café, y cuidadosamente atravesó la puerta de servicio con él, saliendo al comedor. Cuando lo colocó frente a ella deseó tocar su cabello, pero en cambio se sentó.
Ella se llevó la taza a los labios.
—Haces un buen café.
—Todavía no lo has probado.
—Puedo olerlo. Y me encanta como huele.
No es el café, pensó. Al menos no lo es todo, en cualquier caso.
—Bueno, yo adoro tu perfume —dijo él, sólo de tonto que era.
Ella frunció el ceño.
—No llevo ninguno. Quiero decir, aparte del jabón y el champú que utilizo.
—Bueno, entonces me gusta el aroma de esos. Y estoy muy contento de que te hayas quedado.
—¿Es esto lo que habías planeado?
Sus ojos se encontraron. Mierda, ella era perfecta. Radiante como habían sido las velas.
—¿Qué te quedaras hasta llegar al café del final? Sí, supongo que una cita era lo que perseguía.
—Pensé que estabas de acuerdo conmigo.
Joder, ese tono de voz jadeante lo hacía desear tenerla apretada contra su pecho desnudo.
—¿De acuerdo contigo? —preguntó—. Demonios, si te hiciera feliz diría que sí a todo. Pero, ¿a qué te refieres específicamente?
—Dijiste... que no debería citarme con nadie.
Ah, claro.
—No deberías.
—No entiendo.
Que lo jodieran, pero fue a por ello. Rehv puso su entumecido codo en la mesa y se inclinó hacia ella. Mientras acortaba la distancia, los ojos de ella se agrandaron, pero no retrocedió.
Se detuvo, para darle la oportunidad de decirle que cortara esa mierda. ¿Por qué? No tenía ni idea. Su lado symphath sólo hacía pausas para analizar o sacar un mejor provecho de una debilidad. Pero ella hacía que quisiera ser decente.
No obstante, Ehlena no le dijo que se apartara.
—No…entiendo —susurró ella.
—Es sencillo. No creo que debas citarte con nadie. —Rehv se acercó aún más, hasta que pudo ver las motitas doradas en sus ojos—. Pero yo no soy precisamente nadie.



Capítulo 29


Pero yo no soy precisamente nadie.
Mientras miraba fijamente los ojos de amatista de Rehvenge, Ehlena pensó que era muy cierto. En ese momento de silencio, con una explosiva vibración sexual entrelazándolos y el aroma de una misteriosa colonia en el aire, Rehvenge lo era todo, abarcando tanto seres como objetos.
—Vas a dejar que te bese —le dijo.
No era una pregunta, pero de todas formas ella asintió, y él cerró la distancia entre sus bocas.
Sus labios eran suaves y su beso aún más suave. Y en opinión de ella, se apartó demasiado rápido. Verdaderamente demasiado rápido.
—Si quieres más —le dijo en voz baja y ronca—. Quiero dártelo.
Ehlena le miró la boca fijamente y pensó en Stephan… y en todas las alternativas que ya no tenía. Estar con Rehvenge era algo que deseaba. No tenía sentido, pero en ese momento no le importaba.
—Sí. Quiero más. —Pero luego se le hizo evidente. Él no podía sentir nada, ¿verdad? Entonces, ¿qué pasaría si llevaban esto más lejos?
Sí, ¿y cómo sacabas ese tema sin hacerle sentir un lisiado? ¿Y qué pasaba con esa otra hembra suya? Evidentemente, no estaba acostándose con ella, pero había algo serio entre ellos.
Los ojos color amatista bajaron a sus labios.
—¿Quieres saber qué obtengo yo de esto?
Hombre, esa voz era puro sexo.
—Sí —suspiró.
—Podré verte como estás ahora.
—¿Cómo... estoy?
Le deslizó un dedo por la mejilla.
—Estás sonrojada. —Su roce se desplazó hacia sus labios—. Tu boca está abierta porque estás pensando en mí besándote otra vez. —Descendió con esa tierna caricia, yendo hacia la garganta—. Tu corazón está latiendo con fuerza. Puedo verlo en esta vena que tienes aquí. —Se detuvo entre los pechos, abrió la boca y sus colmillos se alargaron—. Si continuo, creo que descubriría que tus pezones se han endurecido, y apuesto a que hay otras señales de que estás preparada para mí. —Se inclinó sobre su oído y susurró— ¿Estás preparada para mí, Ehlena?
Santa. Mierda.
Su tórax se tensó con fuerza alrededor de los pulmones, y una dulce y aturdidora sensación de sofoco hizo que el torrente que repentinamente sintió entre los muslos fuera aún más contundente.
—Ehlena, contéstame. —Rehvenge le acarició el cuello con la nariz, recorriendo su vena con un afilado colmillo.
Mientras echaba la cabeza hacia atrás, se agarró de la manga del elegante traje, apretujando la tela. Había pasado tanto tiempo… una eternidad… desde la última vez que alguien la abrazara. Desde que fuera algo más aparte de ser una cuidadora. Desde que sintiera que sus pechos, caderas y muslos fueran algo más que partes que debían ser cubiertas antes de salir en público. Y ahora este hermoso macho que no era precisamente–nadie deseaba estar con ella con el sólo propósito de complacerla.
Ehlena tuvo que parpadear rápidamente, sintiendo como si acabara de darle un regalo, y se preguntaba cuán lejos podría llegar lo que estaban a punto de iniciar. Tiempo atrás, antes de que su familia cayera en desgracia con la glymera y fueran desarraigados, había estado prometida a un macho y él a ella. La ceremonia de emparejamiento había sido concertada, pero tras el cambio de fortuna de su familia no llegó a realizarse.
Cuando todavía estaban juntos, se había acostado con el macho si bien como hembra de valía de la glymera, no debería haberlo hecho porque todavía faltaba que fueran unidos formalmente. La vida había parecido demasiado corta para esperar.
Ahora sabía que era incluso más corta de lo que había pensado.
—¿Tienes una cama en este lugar? —preguntó.
—Y mataría por llevarte allí.
Fue ella la que se levantó y extendió la mano hacia él.
—Vamos.


Lo que lo convertía en algo correcto era que todo era para Ehlena. La falta de sensaciones de Rehv lo dejaban completamente fuera de la ecuación, liberándolos a ambos de las desagradables implicaciones que tendría si él estuviera involucrado. 
Hombre, que divertido que era esto. Debía entregarle su cuerpo a la princesa. Pero estaba eligiendo darle a Ehlena…
Bueno, mierda, no sabía exactamente qué, pero era muchísimo más que sólo su polla. También tenía mucho más valor.
Agarrando el bastón, porque no quería tener que depender de ella para estabilizarse, la llevó a la habitación, con la cama del tamaño de una piscina, la colcha de satén negro y la vista panorámica.
Cerró la puerta con la mente, aunque no había nadie más en el ático, y lo primero que hizo fue darle la vuelta a Ehlena para tenerla frente a él y liberarle el cabello del retorcido nudo. Las ondas de un intenso color rubio rojizo cayeron, llegándole justo hasta debajo de los hombros, y a pesar de no poder sentir los sedosos mechones, pudo oler la ligera y natural fragancia de su champú.
Era limpia y fresca, como un riachuelo en el que podría bañarse.
Se detuvo, un desconocido aguijón de conciencia lo paralizó. Si supiera lo que él era, si supiera qué hacía para vivir, si supiera qué hacía con su cuerpo, no lo elegiría. Estaba seguro de ello.
—No te detengas —le dijo, elevando el rostro hacia arriba—. Por favor…
A fuerza de voluntad, se segmentó, sacando de la habitación las cosas malas, la depravada vida que llevaba y las peligrosas realidades que afrontaba, aislándolas, clausurándolas.
A fin de que fueran sólo ellos.
—No me detendré a menos que tú quieras que lo haga —dijo. Y si quisiera él lo haría, sin hacer preguntas. Lo último que podría querer hacer jamás era hacerla sentir de la misma manera que él respecto al sexo.
Rehv se inclinó hacia delante, puso los labios sobre los de ella, y la besó cuidadosamente. Como no podía estimar la sensibilidad, no quería aplastarla, y le daba la impresión de que ella se apretaría contra él si quisiera más…
Ehlena hizo justamente eso, envolvió los brazos a su alrededor y los fusionó cadera con cadera.
Y... mierda, sintió algo. Aparecida de la nada, una llama de emoción se abrió paso a través de su entumecimiento, la onda que irradiaba era débil, pero definitivamente era una calidez que podía sentir. Durante una fracción de segundo se retrajo, alcanzado por el arpón del miedo… pero su visión permaneció en tres dimensiones, y lo único rojo que veía provenía del resplandor del reloj digital que había sobre la mesilla de noche.
—¿Está todo bien? —preguntó ella.
Él esperó un par de segundos más.
—Sí… sí, absolutamente. —Trazó su rostro con la mirada—. ¿Me dejarás desnudarte?
Oh, Dios, ¿acababa de decir eso?
—Sí.
—Oh... gracias...
Rehv desabrochó lentamente la parte delantera del uniforme, cada centímetro de piel era toda una revelación, el acto no era tanto para desvestirla sino un descubrimiento. Y fue con manos atentas que le deslizó la mitad superior de lo que llevaba puesto por los hombros, hacia abajo, pasando sobre las caderas hasta caer al suelo. Cuando la tuvo frente a él con el sujetador blanco, las medias blancas, y el indicio de las bragas blancas asomando bajo las medias, se sintió extrañamente honrado.
Pero eso no era todo. El aroma de su sexo encendió un zumbido en medio de sus oídos que lo hizo sentir como si hubiera estado consumiendo rayas de coca durante una semana y media sin parar. Ella lo deseaba. Casi tanto como él deseaba atender sus deseos.
Rehv la levantó rodeándole la cintura con los brazos y estrechándola contra sí. No pesaba nada en absoluto, y lo supo por el hecho que su respiración no cambió en lo más mínimo mientras la llevaba cargada y la tendía sobre la cama.
Cuando retrocedió para contemplarla, Ehlena no era como las hembras con las que había estado. No extendió y abrió las piernas, no jugueteó consigo misma, no se arqueó ni realizó una variante de la representación de las putas de ven–y–tómame–grandullón.
Además tampoco quería causarle dolor y no tenía ningún interés en avergonzarlo… en sus ojos no había rastro de ardiente y erótica crueldad.
Ella sólo lo miraba fijamente con admiración y honesta anticipación, una hembra sin ardides ni maquinaciones… que era un trillón de veces más sexy que nadie con quien hubiera estado alguna vez o hubiera visto por ahí.
—¿Quieres que me quede vestido? —le preguntó.
—No.
Rehv desechó la chaqueta como si no estuviera hecha más que de propagandas de tiendas, arrojó la obra de arte de Gucci al suelo sin ningún cuidado. Se sacó los mocasines de una patada, se desabrochó el cinturón y dejó caer los pantalones de vestir, dejándolos donde habían caído. Se sacó la camisa rápidamente. Así como los calcetines.
Vaciló con los bóxers, metió los pulgares en la cinturilla, listo para dar el tirón, pero sin terminar el movimiento.
La falta de una erección lo avergonzaba.
Rehv no hubiera pensado que tuviera importancia. Demonios, aunque era ciertamente discutible, su fláccida polla era la que había hecho esto posible. Pero de todas formas, se sentía menos macho.
A decir verdad, no se sentía macho en absoluto.
Sacó las manos y las puso sobre el fláccido sexo.
—Me voy a dejar estos puestos.
Ehlena le tendió una mano, con una expresión de deseo en los ojos.
—Quiero estar contigo de la manera en que vengas.
O que no vengas[1], como era el caso.
—Lo siento —dijo quedamente.
Hubo un momento incómodo pero, ¿qué podía ella contestar? Y sin embargo, de una u otra manera él esperaba, deseaba… algo de ella.
¿Reafirmación?                                                                                            
Jesús, qué mierda andaba mal en él. Todos estos extraños pensamientos y reacciones estaban trazando encrucijadas en el paisaje de su lóbulo temporal, ardientes sendas hacia destinos de los que él sólo había oído hablar a otras personas, hacia lugares como la vergüenza, la tristeza y la preocupación. También hacia la inseguridad.
Quizás las hormonas sexuales que ella estaba agitando en él eran como la dopamina, provocándole el efecto contrario. Convirtiéndole en un chica.
—Bajo esta luz te ves hermoso —dijo ella en tono ronco—. Tus hombros y pecho son tan grandes, no puedo imaginar como se sentiría ser tan fuerte. Y tu estómago… desearía que el mío fuera tan plano y firme. Tus piernas son muy poderosas, también, todo músculo, sin un gramo de grasa.
Mientras subía la mano desde sus abdominales hasta uno de los pectorales, recorrió con la mirada el vientre suavemente redondeado de ella.
—Pienso que eres perfecta tal como eres.
La voz de ella adoptó un tono grave.
—Y yo creo lo mismo de ti.
Rehv tomó aliento con dificultad.
—¿Sí?
—A mi me pareces muy sexy. Sólo mirarte… me hace desearte.
Bien... ahí lo tienes. Y aún así requirió una extraña especie de valor volver a deslizar los pulgares bajo la cinturilla de los bóxers y hacerlos bajar lentamente por los muslos.
Cuando se acostó a su lado, le temblaba el cuerpo, y lo supo porque podía ver el temblor de sus músculos.
Le importaba lo que ella pensara de él. De su cuerpo. De lo que iba a pasar en esa cama. ¿Con la princesa? Le importaba un culo de rata si gozaba con lo que le hacía. Y en esas pocas ocasiones en que había estado con sus chicas, no había querido lastimarlas, por supuesto, pero había sido un intercambio de sexo por dinero.
Lo que había tenido con Xhex había sido simplemente un error. Ni bueno ni malo. Sólo era algo que había pasado y nunca volvería a pasar.
Ehlena le pasó las manos por los brazos y sobre los hombros.
—Bésame.
Rehv la miró a los ojos e hizo exactamente eso, acercando los labios a los de ella, los acarició, luego extendió la lengua y lamió su boca. Continuó besándola hasta que ella se agitó en la cama y le apretó con las manos tan firmemente que el extraño eco de emoción estalló otra vez. El sentimiento hizo que se detuviera y abriera los ojos para comprobar su visión, pero todo era normal, sin manchas de rojo.
Regresó a lo que estaba disfrutando, siendo cuidadoso porque no podía medir la presión del contacto, dejando que ella fuera hacia él para aplastarla con la boca.
Él deseaba ir muchísimo más lejos... y ella le leyó la mente.
Ehlena tomo la iniciativa y se quitó el sujetador, soltando el broche frontal y desnudándose. Oh… joder, sí. Sus pechos estaban perfectamente proporcionados y coronados con prietos pezones rosados… que rápidamente succionó hacía el interior de su boca primero uno y luego el otro.
El sonido de sus gemidos encendió su cuerpo, reemplazando el frío con vida y energía, calidez y necesidad.
—Quiero bajar por tu cuerpo —gruñó él.
Su «Por favor» fue más un gemido que una palabra, y su cuerpo, de hecho, le ofreció una respuesta aún más clara. En ese momento separó los muslos, y abrió las piernas, ofreciéndole toda la invitación que podría haber pedido alguna vez.
Esas medias suyas tendrían que salir antes de que terminara masticándolas.
Rehv era tan lento y concienzudo como podía soportar ser, desnudando la carne de sus delgadas envolturas, acariciándola con la nariz a lo largo de todo el camino hasta los tobillos, inhalando profundamente mientras lo hacía.
Le dejó las bragas puestas.


La ternura de Rehvenge fue lo que más sorprendió a Ehlena.
A pesar de su gran tamaño, fue tan cuidadoso con ella como pudo, moviéndose tiernamente sobre su cuerpo, dándole todas las oportunidades de decirle que no o de desviarlo o de detener las cosas por completo.
No tenía intención de hacer nada de eso.
Especialmente cuando la gran mano deambuló hacia arriba por el interior de su pierna desnuda y sutilmente, inexorablemente le abrió los muslos aún más. Cuando los dedos rozaron las bragas, un disparo de electricidad chisporroteó en su sexo, el mini–orgasmo la dejó jadeando.
Rehvenge se impulsó hacia arriba y le habló al oído con un gruñido.
—Me gusta ese sonido.
Se apoderó de su boca y le acarició el sexo por encima del modesto algodón que la cubría. Las profundas arremetidas de la lengua contrastaban con las caricias de mariposa, y ella echó la cabeza hacia atrás, perdiéndose completamente en él. Arqueó las caderas, quería que fuera bajo las bragas, y rezó para que captara la indirecta, porque estaba demasiado falta de aire y desesperada para hablar.
—¿Qué quieres? —le dijo él al oído—. ¿Quieres que no haya nada entre nosotros?
Cuando asintió, el dedo del medio se deslizó bajo el elástico, y luego fue piel contra piel y…
—Oh... Dios —gimió ella cuando una liberación palpitó a través de su cuerpo.
Rehvenge sonrió como un tigre al acariciarla mientras tenía el orgasmo ayudándola a sobrellevar las pulsaciones. Cuando finalmente se aquietó, se sintió avergonzada. No había estado con nadie en mucho tiempo, y nunca con alguien como él.
—Eres increíblemente hermosa —le susurró antes de que ella pudiera decir algo.
Ehlena giró el rostro hacia sus bíceps y le besó la suave piel que cubría el tenso músculo.
—Hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Un sereno resplandor encendió el rostro de él.
—Me gusta eso. Muchísimo. —Dejó caer la cabeza sobre su pecho y le besó el pezón—. Me gusta que respetes tu cuerpo. No todo el mundo lo hace. Oh, y por cierto, todavía no he terminado.
Ehlena le clavó las uñas en la nuca cuando tiró de las bragas haciéndola bajar por sus muslos. La visión de la lengua rosada provocando su pecho la paralizó, especialmente cuando los ojos color amatista se encontraron con los suyos mientras le rodeaba el pezón y comenzaba a moverlo de un lado a otro con rápidas pasadas de la lengua… como si le ofreciera un adelanto de la atención que a continuación podría esperar más abajo.
Ella se corrió de nuevo. Intensamente.
Esta vez Ehlena se dejó ir completamente, y fue un alivio estar en su piel y con él. Mientras se recobraba del placer, ni siquiera se sobresaltó cuando empezó a abrirse camino hacia abajo besándole el estómago y más allá hacia su…
Gimió tan alto que hizo eco.
Como había ocurrido con los dedos, la sensación de la boca sobre su sexo era mucho más vívida porque apenas la tocaba. Las suaves caricias estaban como suspendidas sobre ese vulnerable y ardiente lugar de su cuerpo, haciendo que se esforzara para sentirle, transformando cada pasada de sus labios y su lengua en una fuente tanto de placer como de frustración.
—Más —exigió, levantando las caderas.
Él alzó los ojos amatistas.
—No quiero ser demasiado rudo.
—No lo serás. Por favor... me está matando...
Con un gruñido, se sumergió en ella y le cubrió el sexo con la boca, chupándola, succionándola dentro de su boca. Se corrió nuevamente, esta vez con fuertes y devastadores estallidos, pero él lo hizo bien. Continuó succionando, sobrellevando sus sacudidas y corcoveos, el sonido de labios contra labios se elevó junto con los gritos guturales de ella mientras la acariciaba y la hacía llegar al clímax una y otra vez.
Cuando sólo Dios sabia cuantas veces se había liberado, se quedó quieta y también él. Ambos estaban jadeando, él tenía la reluciente boca sobre la parte interior de su muslo y tres de sus dedos enterrados firmemente dentro de ella, sus aromas entremezclándose en el tórrido aire de…
Ella frunció el ceño. Parte de la embriagadora fragancia que había en la habitación era… a especias oscuras. Y cuando inhaló profundamente, él levantó los ojos hacia los de ella.
Su expresión conmocionada debió haber mostrado exactamente la conclusión a la que había llegado.
—Sí, yo también estoy captando el aroma —dijo él con rudeza.
Salvo que, no podía haberse vinculado con ella, ¿verdad? ¿En serio podía pasar tan rápido?
—Para algunos machos ocurre así —dijo él—. Evidentemente.
De pronto ella se dio cuenta que él le estaba leyendo la mente, pero no le importó. Considerando dónde había estado él, hurgar en su cerebro no parecía ni la mitad de íntimo.
—No lo esperaba —le dijo.
—Tampoco estaba en mi lista. —Rehvenge retiró los dedos y los lamió con deliberadas caricias de su lengua, hasta dejarlos limpios.
Lo cual naturalmente la puso caliente de nuevo.
Mantuvo la vista fija en él mientras éste volvía a acomodarse sobre las almohadas entre las que ella se había revolcado.
—Si no tienes ni idea de qué decir, únete al club.
—No hay nada que decir—murmuró ella—. Es simplemente un hecho.
—Sip.
Rehvenge rodó hasta quedar sobre su espalda, y mientras yacían en la oscuridad con unos quince centímetros de separación entre ellos, ella lo echó de menos como si él hubiera abandonado el país.
Poniéndose de lado, apoyó la cabeza en la parte interior del brazo y lo contempló mientras él miraba fijamente el techo.
—Desearía poder darte algo —le dijo, dejando todo el tema de la vinculación para más adelante. Demasiado hablar iba a arruinar lo que acababan de compartir, y ella quería conservarlo un poco más.
Él la miró.
—¿Estás loca? ¿Necesito recordarte lo que acabamos de hacer?
—Quiero darte algo parecido. —Se encogió—. No quise hacerlo sonar como si hubiera faltado algo… quiero decir… Mierda.  
Él sonrió y le rozó la mejilla.
—Es dulce de tu parte, no te sientas incómoda por eso. Y no subestimes lo mucho que todo esto me ha complacido.
—Quiero que sepas algo. Nadie podría haberme hecho sentir mejor o más hermosa de lo que tú acabas de hacer.
Se giro hacia ella e imitó su posición, con la cabeza apoyada en su grueso bíceps.
—¿Ves por qué fue bueno para mi?
Ella le tomó la mano entre las suyas y le besó la palma, sólo para fruncir el ceño.
—Te estás quedando frío. Puedo notarlo.
Se incorporó y tiró del edredón para cubrirle el cuerpo, envolviéndolo primero, luego lo abrazó, mientras se tendía por encima de las mantas.
Permanecieron así durante un siglo.
—¿Rehvenge?
—Sí.
—Toma mi vena.
Se dio cuenta de que le había dado un susto del demonio por la forma en que dejó de respirar.
—Perdón… ¿Q–qué?
Tuvo que sonreír, pensando que no era la clase de macho que tendiera a balbucear mucho.
—Toma mi vena. Déjame darte algo.
A través de los labios abiertos vio como se le alargaban los colmillos, y no lo hicieron poco a poco sino más bien fue como si le hubiera aflorado de golpe desde el cráneo.
—No estoy seguro... de si eso sería… —Mientras su respiración se hacía más irregular su voz se hacía más grave aún.
Ella se puso la mano en el cuello y se masajeó la yugular lentamente.
—Creo que es una gran idea.
Mientras a él le brillaban los ojos con un color púrpura, ella se tendió de espaldas e inclinó la cabeza a un lado, exponiendo la garganta.
—Ehlena... —Los ojos le recorrieron el cuerpo y regresaron a su cuello.
Ahora estaba jadeante y ruborizado, y una fina capa de sudor cubría la porción de los hombros que asomaba fuera de las mantas. Y eso no era ni la mitad. El aroma de oscuras especias estalló hasta saturar el aire, su química interna reaccionó ante la necesidad que tenía de ella y lo que ella quería hacer por él.
—Oh... mierda, Ehlena...
Abruptamente, Rehvenge frunció el ceño y bajó la mirada hacia sí mismo. Su mano, la que había acariciado tiernamente su mejilla, desapareció bajo las mantas y su expresión cambió: La pasión y el propósito se disiparon al instante, dejando sólo una especie de turbada indignación.
—Lo siento —dijo él con voz ronca—. Lo siento… no puedo…
Rehvenge se arrastró fuera de la cama y se llevó el edredón con él, liberándolo de un tirón de debajo del cuerpo de ella. Se movió rápido… pero no tan rápido como para que ella dejara de notar el hecho de que tenía una erección.
Estaba excitado. Grande, largo y duro como un fémur.
Y no obstante desapareció en el baño y cerró la puerta con firmeza.
Y luego la atrancó.



Capítulo 30


John les dijo a Qhuinn y a Blay que iba a quedarse en su habitación el resto de la noche, y cuando estuvo seguro de que se tragaron la mentira, se escabulló hacia el exterior a través de las habitaciones del personal de la casa, y se dirigió directamente hacia el ZeroSum.
Tenía que moverse rápido, porque seguro como la mierda que uno de los dos iría a verlo y entonces formarían una condenada partida de búsqueda.
Evitando la entrada principal del club, lo rodeó y fue al callejón en dónde una vez había visto como Xhex le rompía la cabeza a un imbécil que tenía una gran bocaza y un puñado de coca. Encontrando la cámara de seguridad que había encima de la salida lateral, John levantó la cabeza y miró hacia el lente.
Cuando se abrió la puerta, no tuvo ni que mirar para saber que era ella.
—¿Quieres entrar? —le dijo.
Sacudió la cabeza, y por una vez no le preocupó la barrera de la comunicación. Mierda, no sabía qué decirle. No sabía por qué estaba allí. Sólo sabía que tenía que acudir.
Xhex salió del club y apoyó la espalda contra la puerta, cruzando una bota con punta de acero sobre la otra.
—¿Se lo  contaste a alguien?
La miró a los ojos serenamente y sacudió la cabeza.
—¿Vas  a hacerlo?
Volvió a negar con la cabeza.
Con un tono suave, uno que nunca había escuchado de ella ni esperado, le susurró:
—¿Por qué?
Él simplemente se encogió de hombros. Francamente, le sorprendía que no hubiera tratado de quitarle los recuerdos. Era más pulcro. Más limpio...
—Debería haberte quitado tus recuerdos —le dijo, haciendo que se preguntara si estaba leyéndole la mente—. La noche pasada estaba jodida de la cabeza, y te fuiste tan rápido que no lo hice. Naturalmente, ahora son de largo plazo, así que...
Se dio cuenta que era por esto por lo que había venido. Quería asegurarle que iba a mantenerse callado.
La partida de Tohr había fortalecido  la decisión. Cuando John había ido a hablar con el Hermano y se había encontrado con que el tipo había desaparecido de nuevo, y sin decir ni una palabra otra vez, algo había cambiado en su interior, como una roca siendo trasladada de un lado a otro dentro de su jardín, un cambio permanente en el paisaje.
John estaba solo. Y por lo tanto sus decisiones eran suyas. Respetaba a Wrath y a la Hermandad, pero no era un Hermano y tal vez nunca lo fuera. Claro, era un vampiro, pero había pasado la mayoría de su vida separado de la raza, por lo que la repulsión por los symphath era algo que nunca había comprendido del todo. ¿Sociópatas? Demonios, en cuanto a lo que a él le concernía, esa mierda empezaba en casa, con el comportamiento que habían tenido Zsadist y V antes de emparejarse.
John no iba a entregar a Xhex al Rey para que fuera deportada a la colonia. De ninguna manera.
Ahora la voz de ella se volvió áspera:
—Entonces qué quieres.
Dado el tipo de gente de baja calaña, oportunista y desesperada con que ella tenía que tratar noche tras noche, no estaba nada sorprendido por la demanda.
Sosteniéndole la mirada, sacudió la cabeza y realizó un movimiento de corte sobre su garganta.
Nada, vocalizó.
Xhex lo miró con sus ojos fríos y grises, y la sintió meterse en su cabeza, percibiendo el empuje contra sus pensamientos. La dejó explorar para que viera cuál era su posición, porque eso, más que cualquier palabra que pudiera pronunciar, le daría la mayor tranquilidad.
—John Matthew, eres uno en un millón —dijo en voz baja—. La mayoría de la gente querría aprovechar esto como la mierda. Especialmente dado el tipo de vicios de los que puedo proveerte aquí en el club.
Él se encogió de hombros.
—¿Entonces, hacia dónde te dirigías esta noche? ¿Y dónde están tus muchachos?
Él sacudió la cabeza.
—¿Quieres hablar sobre Tohr? —Cuando los ojos de él se dispararon hacia los de ella, le dijo—: Lo siento, pero está en tu mente.
Cuando John sacudió la cabeza otra vez, algo le tocó la mejilla y miró hacia arriba. Estaba empezando a nevar, copos pequeños y diminutos arremolinándose en el viento.
—La primera nevada del año —dijo Xhex, alejándose de la puerta—. Y tú sin abrigo.
Miró hacia abajo y se dio cuenta que todo lo que llevaba puesto eran unos jeans y una camiseta Nerdz. Al menos se había acordado de ponerse zapatos.
Xhex se metió la mano en el bolsillo y se la tendió con algo dentro. Una llave. Una pequeña llave de metal.
—Sé que no quieres ir a casa, y yo tengo un lugar cerca de aquí. Es seguro y subterráneo. Si quieres vete allí, quédate todo el tiempo que necesites. Obtén la privacidad que buscas  hasta que pongas en orden toda tu mierda.
Estaba a punto de sacudir la cabeza para negarse cuando le dijo en la Antigua Lengua:
Déjame  compensarte de esta manera.
Tomó la llave sin rozarle la mano y vocalizó:
Gracias.
Después de que le diera la dirección, la dejó en ese callejón con la nieve flotando hacia abajo desde el cielo nocturno. Cuando llegó a la calle Trade, miró sobre su hombro. Todavía estaba al lado de la puerta lateral, observándolo con los brazos cruzados y las botas plantadas firmemente en el suelo.
Los delicados copos que aterrizaban en su cabello corto y oscuro, y en sus hombros desnudos y fuertes, no la suavizaban ni un poco. No era un ángel haciéndole un favor por una simple razón. Era enigmática, peligrosa e impredecible.
Y él la amaba.
John la saludó con la mano y dobló la esquina, uniéndose a un desfile de humanos arropados que caminaban rápidamente de bar en bar.


Xhex permaneció donde estaba incluso después de que el cuerpo grande de John hubiera desaparecido de la vista.
Uno entre un millón, pensó una vez más. Ese niño era uno entre un millón.
Mientras volvía a entrar al club, supo que era cuestión de tiempo antes de que sus dos amigos, o tal vez los miembros de la Hermandad, aparecieran tratando de encontrarlo. Su respuesta iba a ser que no lo había visto y no tenía idea de dónde estaba.
Punto.
Él la protegía; ella lo protegía.
Eso era todo.
Estaba saliendo de la sección VIP cuando su auricular sonó. Después de que su gorila dejó de hablar, maldijo y levantó su reloj para hablar por la radio.
—Llevadlo a mi oficina.
Después de asegurarse de que el piso estaba libre de chicas trabajadoras, entró en la parte del club para el público en general, y observó mientras el detective De la Cruz era guiado a través de la muchedumbre de usuarios.
—¿Sí, Qhuinn? —dijo sin volverse.
—Cristo, debes tener ojos en la espalda.
Ella le miró por encima de su hombro.
—Y tú tenlo presente.
El ahstrux nohstrum de John era el tipo de macho que la mayoría de las hembras querrían follar. Y muchos tipos, también. Hacía que el negro–sobre–negro se viera espectacular, como su camisa Affliction bajo la chaqueta de motero, pero su estilo pasaba por todos lados. El cinturón era Grommet y el doblez de los dobladillos del jeans desgastado que llevaba, le ganaba a los de The Cure[2]. El cabello negro y de punta, el piercing en el labio y los siete pendientes negros que subían a lo largo de su oreja izquierda eran emo[3]. Las botas New Rocks con plataformas de diez centímetros eran Góticas. Los tatuajes en la nuca eran de la firma Hart & Huntington–tinianos.
¿Y en cuanto a las armas ocultas que sabía malditamente bien que llevaba guardadas bajo los brazos? Eran auténticamente a lo Rambo, y ¿esos puños que colgaban a sus costados? Eran absolutamente del AMC[4].
El paquete entero, sin importar la procedencia de los componentes, era sensual, y por lo que había visto en el club, hasta hacía poco tiempo él le daba capital importancia a su atractivo. Hasta el punto en que los baños privados del fondo habían sido como su cuartel general.
Sin embargo después de haber sido promovido a guardia personal de John, había relajado ese rollo.
—¿Qué sucede? —dijo ella.
—¿Estuvo John aquí?
—No.
Qhuinn entrecerró sus ojos desparejos.
—¿No lo has visto para nada?
—No.
Mientras el tipo la miraba fijamente, sabía que no estaba captando nada. La mentira venía en segundo lugar después del asesinato en su lista de habilidades.
—Maldito sea —murmuró él, paseando la mirada por el club.
—Si lo veo, le diré que lo estás buscando.
—Gracias. —Se volvió a centrar en ella—. Escucha, no sé qué mierda pasó entre vosotos dos, y no es asunto mío...
Xhex puso los ojos en blanco.
—Lo cual explica claramente por qué lo estás mencionando ahora.
—Es un buen tipo. Sólo tenlo presente, ¿vale? —La mirada verde y azul de Qhuinn estaba llena de la clase de claridad que sólo una vida verdaderamente dura le daría a un macho—. A mucha gente no le caería bien que lo plantaran de culo. Especialmente a mí.
En el silencio que siguió, tuvo que reconocerle el valor a Qhuinn: la mayoría de la gente no tenía los huevos para enfrentársele, y la amenaza subyacente en esas desapasionadas palabras era obvia.
—Qhuinn, eres buena gente, lo sabes. Eres un buen amigo.
Le palmeó el hombro, y luego se dirigió hacia su oficina pensando que el Rey había hecho una elección inteligente con el ahstrux nohstrum de John. Qhuinn era un pervertido hijo de puta, pero un auténtico asesino, y le alegraba que fuera el que vigilaba a su chico.
Que vigilara a John Matthew, quiso decir.
Porque no era su chico. En lo más mínimo.
Cuando llegó a su puerta, la abrió sin dudar.
—Buenas noches, Detective.
José De la Cruz ostentaba otro traje de dos piezas barato, y él, su traje y el abrigo que llevaba encima se veían igualmente cansados.
—Buenas noches —respondió.
—¿Qué puedo hacer por usted? —Se sentó detrás del escritorio y le hizo una seña para que se sentara en la silla que había utilizado la última vez.
Él fue directo al grano:
—¿Me puede decir dónde estuvo ayer a última hora de la noche?
No del todo, pensó. Porque a la una en punto había estado matando a un vampiro, y eso no era de su incumbencia.
—Estuve aquí en el club ¿Por qué?
—¿Tiene algún empleado que pueda confirmarlo?
—Sip. Puede hablar con iAm o con cualquiera de mi personal. Siempre que me diga qué diablos está pasando.
—Anoche encontramos una prenda de vestir perteneciente a Grady en la escena de un crimen.
Oh, joder, si alguien más había asesinado a ese hijo de puta, ella iba a estar cabreada.
—¿Pero no su cuerpo?
—No. Era una chaqueta con un águila en la espalda, la cual era distintiva en él. Era como su firma, al parecer.
—Interesante. Entonces, ¿por qué está preguntándome dónde estaba?
—La chaqueta tenía salpicaduras de sangre. No estamos seguros de si de él o no, pero lo sabremos mañana.
—Vuelvo a repetir, ¿por qué quería saber dónde estuve?
De la Cruz plantó las palmas de sus manos en el escritorio y se inclinó hacia delante, sus ojos marrón chocolate estaban malditamente serios.
—Porque tengo el presentimiento de que le gustaría verlo muerto.
—Es cierto que no me van los maltratadores. Pero todo lo que tiene es su chaqueta, no hay cuerpo, y por si fuera poco, yo estuve aquí anoche. Por lo que si alguien lo liquidó, no fui yo.
Él se enderezó.
—¿Le van a hacer un funeral a Chrissy?
—Sí, mañana. El aviso salió en el periódico de hoy. A lo mejor no tenía muchos familiares, pero era muy apreciada en la calle Trade. Aquí somos una gran familia feliz —sonrió  Xhex—. Detective, ¿va a usar un brazalete negro por ella?
—¿Estoy invitado?
—Es un país libre. E iba a ir de todas formas, ¿verdad?
De la Cruz sonrió genuinamente, y sus ojos perdieron la mayor parte de su agresividad.
—Sí, iba a hacerlo. ¿Le molesta si compruebo su coartada? ¿Y tomo declaraciones?
—Para nada. Los llamaré ahora mismo.
Mientras Xhex hablaba por su reloj, el detective paseó la vista por la oficina, y cuando ella dejó caer el brazo, le dijo:
—No le atrae mucho la decoración.
—Me gusta que las cosas se limiten a lo que necesito y nada más.
—Mmm. A mi esposa le gusta la decoración. Tiene el don de hacer que los lugares parezcan acogedores. Es agradable.
—Suena como una buena mujer.
—Oh, lo es. Además hace el mejor queso que nunca he probado —dijo mientras le echaba una ojeada—. Sabe, escuché muchas cosas acerca de este club.
—¿Ah sí?
—Sip. Particularmente de Vicios.
—Ah.
—E hice los deberes en cuanto a Grady. Fue arrestado en el verano por un delito agravado de posesión de drogas. El caso todavía está pendiente.
—Bien, sé que él será llevado ante la justicia.
—Fue despedido de este club un poco antes de ese arresto, ¿verdad?
—Por desviar fondos del bar.
—¿Y sin embargo no presentaron cargos?
—Si llamara a la policía cada vez que uno de mis empleados levanta unos verdes, les tendría a ustedes chicos, en marcación rápida.
—Pero escuché que esa no era la única razón por la que lo habían echado.
—¿En serio?
—La calle Trade, como usted ha dicho, es su propia familia… pero eso no significa que no haya habladurías. Y la gente me ha dicho que fue despedido porque estaba traficando aquí en el club.
—Bien, eso es comprensible, ¿no? Nunca permitiríamos que nadie traficase en nuestra propiedad.
—Porque es el territorio de su jefe y él no aprecia la competencia.
Ella sonrió.
—Detective, aquí no hay competencia.
Y eso era verdad. Rehvenge era el macho alfa. Punto. Cualquier limpia culo barato que tratara de pasar pequeñas cantidades bajo el techo del club, era derrotado. Duramente.
—Si he de ser honesto, no estoy seguro de cómo lo hacen —murmuró De la Cruz—. Durante años ha habido especulaciones acerca de este lugar, y sin embargo nadie ha sido capaz de obtener una causa probable para pedir una orden de registro.
Y eso pasaba porque las mentes humanas, incluso las enchufadas en los hombros de los polis, eran fácilmente manipulables. Cualquier cosa vista o hablada podía ser borrada en un instante.
—Nada turbio ocurre aquí —dijo ella—. Así es cómo lo hacemos.
—¿Su jefe está por aquí?
—No, esta noche no.
—Entonces confía en usted para manejar su negocio mientras no está.
—Como yo, él nunca se va por mucho tiempo.
De la Cruz asintió.
—Buena política. Hablando del tema, no sé si lo habrá escuchado, pero parece haber una guerra de territorios en marcha.
—¿Guerra de territorio? Pensé que las dos partes de Caldwell estaban en paz una con la otra. El río ya no es una división.
—Guerra de territorio por drogas.
—No sé nada de esas.
—Es mi otro caso. Encontramos dos traficantes muertos junto al río.
Xhex frunció el ceño, pensando que le sorprendía no haberse enterado de ello aún.
—Bueno, las drogas son un negocio duro.
—A ambos les dispararon en la cabeza.
—Eso lo confirmaría.
—Ricky Martínez e Isaac Rush. ¿Los conoce?
—Oí hablar de ellos, pero ambos han aparecido en los periódicos —dijo mientras ponía una mano en la copia del CCJ[5] que estaba cuidadosamente apilado en su escritorio—. Y soy una gran lectora.
—Entonces ha debido ver el artículo sobre ellos que salió hoy.
—Aún no, pero estaba a punto de tomarme un descanso. Tengo que tener mi dosis diaria de Dilbert[6].
—¿Ese es sobre la oficina? Durante años fui seguidor de la tira de Calvin y Hobbes. Odié que se acabara y en realidad no me he enganchado a ninguna de las nuevas. Supongo que me quedé anclado en el tiempo.
—Le gusta lo que le gusta. No hay nada malo en eso.
—Es lo que dice mi esposa —los ojos de De la Cruz vagaron nuevamente por su entorno—. Pues, un par de personas dijeron que ambos habían venido al club anoche.
—¿Calvin y Hobbes? Uno era un niño y el otro un tigre. Ninguno habría logrado pasar a mis gorilas.
De la Cruz sonrió brevemente.
—No, Martínez y Rush.
—Ah, bueno, usted ha andado por el club. Todas las noches tenemos una enorme cantidad de gente aquí.
—Cierto. Este es uno de los clubes con más éxito de la ciudad. —De la Cruz metió las manos en los bolsillos laterales de su pantalón, su abrigo cayó hacia atrás y la chaqueta de su traje se abullonó alrededor de su pecho—. Uno de los yonquis que vive bajo el puente vio un modelo antiguo de Ford junto con un Mercedes negro y un Lexus todo cromado dejando el área poco después de que a esos dos le dispararan.
—Los traficantes de droga pueden permitirse buenos coches. No estoy segura de qué pinta el Ford.
—¿Qué conduce su jefe? Un Bentley, ¿verdad? ¿O se ha hecho con un nuevo vehículo?
—No, todavía tiene el B.
—Un coche caro.
—Mucho.
—¿Conoce a alguien con un Mercedes negro? Porque los testigos también vieron uno merodeando alrededor del apartamento donde fue hallada la chaqueta con el águila de Grady.
—No puedo decir que conozca a algún dueño de un Merc.
Hubo un golpe en la puerta, y Trez y iAm entraron, los dos Moros hacían que el detective pareciera un Honda estacionado entre un par de Hummers.
—Bien, les dejo para que hablen —dijo Xhex con absoluta fe en los mejores amigos de Rehv—. Detective, lo veo en el funeral.
—Si no antes. Oiga, ¿nunca pensó en adquirir una planta para ponerla aquí dentro? Podría marcar la diferencia.
—No, soy demasiado buena matando cosas —sonrió tirantemente—. Ya sabe dónde encontrarme. Hasta luego.
Mientras cerraba la puerta detrás de ella, dejó de fingir y frunció el ceño. La guerra de territorios no era buena para el negocio, y si Martínez y Rush habían sido asesinados, era un signo seguro de que a pesar del clima de diciembre, la escoria de Caldwell estaba desarrollando otro brote de calor.
Mierda, eso era lo último que necesitaban.
Las vibraciones que salían de su bolsillo le indicaron que alguien estaba tratando de ubicarla, y contestó la llamada en el instante en que vio de quién se trataba.
—¿Has encontrado a Grady? —preguntó suavemente.
La voz profunda de Big Rob se oía llena de frustración:
—El muy cabrón debe estar escondido. Silent Tom y yo estuvimos en todos los clubes. También en su casa y con alguno de sus amigotes.
—Sigue buscando, pero ten cuidado. Encontraron su chaqueta en la escena de otro crimen. Los polis están buscándole implacablemente.
—No nos rendiremos hasta que tengamos algo positivo sobre él para usted.
—Buen chico. Ahora corta el teléfono y continúa con el rastreo.
—No hay problema, jefa.







[1]Vengas Aquí hay un juego de palabras con el verbo To Come. En inglés significa venir, pero también significa correrse. (N. de la T.)

[2]Banda británica de rock cuya apariencia estética era gótica. (N. de la T.)
[3] EMO es una tendencia musical y estética derivada del posthardcore  de los 80, Su estilo de vestir es muy similar al de los skaters y los punks. (N. de la T.)
[4] AMC Artes Marciales Combinadas. En inglés MMA (Mixed Martial Arts). Es un híbrido de varias artes marciales. (N. de la T.)
[5] Caldwell Courier Journal. (N. de la T.)
[6]Tira satírica cuyas historias giran alrededor de lo que sucede en el trabajo diario en una oficina. (N. de la T.)

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