miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 31 32 33

Capítulo 31


 Dejó caer el edredón de satén, encendió las luces con su voluntad y miró hacia abajo.
Tenía la polla rígida y gruesa, la punta estaba brillante y lista para penetrar.
Santa… mierda.
Miró a su alrededor. Su visión era normal, veía los colores negro, acerado y blanco del baño y el borde del jacuzzi se elevaba desde el suelo, con una obvia profundidad. Y aún así, aunque nada se veía plano ni de color rojo rubí, sus sentidos estaban completamente vivos, su sangre estaba caldeada y tronaba en sus venas, su piel estaba lista para ser tocada y el orgasmo que había en el asta de su erección estaba pidiendo a gritos ser liberado.
Estaba absolutamente vinculado con Ehlena.
Y eso significaba que —al menos en ese momento, cuando estaba tan desesperado por tener sexo con ella— su lado vampiro se estaba imponiendo sobre la parte symphath que había en él.
Su necesidad de ella había triunfado sobre la oscuridad que había en él.
Se le ocurrió que debía tratarse de las hormonas de la vinculación. Hormonas de la vinculación que habían alterado su química interna.
En el reconocimiento de su nueva realidad, no había motivo para sentir una elevada alegría, ni una sensación de triunfo, ni el impulso de tirarse sobre ella y bombear en su interior con todas sus fuerzas. Todo lo que podía hacer era quedarse mirando fijamente hacia abajo, a su polla y ponerse a pensar en dónde había estado antes. En lo que había hecho con ella… y con el resto de su cuerpo.
Rehvenge deseaba arrancarse la estúpida cosa.
Joder, de ninguna forma iba a compartir eso con Ehlena. Salvo que… no podía regresar allí afuera en ese estado.
Rehv agarró la erección con su amplia mano y se acarició a sí mismo. Oh… joder… se sentía bien…
Pensó en que iba descendiendo por el cuerpo de Ehlena, en que tenía su calidez en la boca y la hacía bajar por el fondo de su garganta. Vio sus muslos extendidos y su brillante suavidad y sus propios dedos deslizándose dentro y fuera mientras ella gemía y mecía su…
Sus testículos se comprimieron hasta ponerse duros como puños, la parte baja de su espalda ondeó como una ola, y esa repugnante lengüeta suya se accionó a pesar de no tener nada contra lo cual acoplarse. Un rugido amenazó con subir por su garganta, pero lo contuvo mordiéndose el labio hasta que saboreó su sangre.
Rehv se corrió ensuciándose toda la mano pero sin embargo se apoyó contra la encimera y siguió acariciando su sexo. Se corrió una y otra vez, manchando el espejo y los lavabos, y aún así seguía necesitando más… como si su cuerpo no se hubiera liberado en, digamos, ¿quinientos años?
Cuando finalmente pasó la tormenta, se dio cuenta de que estaba… mierda, tirado contra la pared, con la cara aplastada contra el mármol, le temblaban los hombros, y sus muslos se sacudían convulsivamente como si tuviera cables de arranque de batería conectados a los dedos de los pies.
Con manos temblorosas, se puso a limpiar usando una de las toallas que estaban dobladas pulcramente en un estante, y refregó el mostrador, el espejo y el lavabo. Luego desdobló otra y se lavó las manos, la polla, el estómago y las piernas porque se había ensuciado tanto como el jodido baño.
Cuando finalmente extendió la mano hacia el picaporte, después de que hubiera pasado casi una hora, medio esperaba que Ehlena se hubiera ido, y no podría culparla: una hembra a la que esencialmente le había hecho el amor le ofrece la vena y él sale corriendo hacia al baño y se encierra como un marica.
Porque tiene una erección.
Jesucristo. Esa noche, que ni siquiera había empezado muy bien, se había convertido en un choque en cadena de una columna de dieciséis coches en la carretera hacia Villa–Relación.
Rehv se preparó a sí mismo y abrió la puerta.
Cuando la luz se derramó dentro del cuarto de baño, Ehlena se irguió en las sábanas, en su rostro se veía una expresión preocupada… y absolutamente imparcial. No había condena, ni especulación, no había rastro de que estuviera pensando en algo para hacerlo sentir aún peor. Simplemente había una genuina preocupación.
—¿Estás bien?
Bueno, mira si no era esa la pregunta de la noche.
Rehvenge dejó caer la cabeza y por primera vez deseó descargarlo todo con otra persona. Ni siquiera con Xhex, que había sufrido incluso más que él, sentía la inclinación a practicar esa mierda del intercambio. Pero al ver los ojos color caramelo de Ehlena tan abiertos y cálidos en ese rostro hermoso y perfecto, sintió ganas de confesar cada una de las cosas sucias, jodidas, taimadas, malvadas y repugnantes que había hecho en su vida.
Sólo para ser honesto.
Sí, pero si arrojaba su vida sobre la mesa, ¿en qué posición quedaría ella? En la situación de tener que denunciarlo por ser un symphath y muy probablemente temiendo por su propia vida. Gran desenlace. Perfecto.
—Me gustaría ser diferente —dijo, que era lo más cerca que podía estar de decir la verdad que los separaría para siempre—. Desearía ser un macho diferente.
—Yo no.
Eso era porque no lo conocía. No de verdad. Y sin embargo no podía afrontar la idea de no volver a verla nunca más después de la noche que habían tenido juntos.
Ni de que pudiera llegar a tenerle miedo.
—Si te pidiera que vuelvas aquí otra vez —dijo—, y que me dejaras estar contigo, ¿lo harías?
No hubo vacilación:
—Sí.
—¿Aunque las cosas no pudieran ser… normales… entre nosotros? En cuanto a la parte sexual.
—Sí.
Él frunció el ceño.
—Esto va a sonar mal…
—Lo cual está bien, porque yo ya metí la pata contigo cuando estábamos en la clínica. Así que quedaríamos a mano.
Rehv no pudo evitar sonreír, pero su expresión no duró.
—Debo saber… por qué. ¿Por qué volverías?
Ehlena se recostó hacia atrás, contra las almohadas y, movió la mano hacia arriba desplazándola lentamente por encima de la sábana de satén que le cubría el estómago.
—Tengo una sola respuesta a eso, pero no creo que sea la que quieres oír.
El frío entumecimiento, que estaba regresando dado que los remanentes de esos orgasmos que había tenido se estaban disipando, aceleró el reclamo que estaba haciendo sobre su cuerpo.
Por favor, que no sea por lástima, pensó.
—Dímelo.
Se quedó callada durante largo rato, recorriendo con la mirada la vista panorámica de las dos mitades de Caldwell que parpadeaban y resplandecían.
—¿Me preguntas por qué volvería? —dijo suavemente—. Y la única respuesta que tengo es… ¿Cómo podría no hacerlo? —Desvío los ojos hacia él—. A cierto nivel, no tiene sentido para mí, pero en definitiva, los sentimientos nunca tienen mucho sentido, ¿o sí? Y no tienen por qué tenerlo. Esta noche… me diste cosas que no sólo hacía mucho tiempo que no tenía, sino que creo que nunca había experimentado. —Sacudió la cabeza—. Ayer envolví un cuerpo… un cuerpo de alguien de mi misma edad, un cuerpo de alguien que probablemente hubiera salido de su casa la noche que fue asesinado sin tener la más mínima noción de que esa era su última noche. No sé adonde va a llegar este —hizo un gesto con la mano hacia atrás y hacia delante entre ellos dos—, asunto entre nosotros. Tal vez dure sólo una noche o dos. Tal vez dure un mes. Tal vez dure más de una década. Todo lo que sé es que la vida es muy corta como para no volver aquí, para estar contigo de esta forma otra vez. La vida es definitivamente muy corta, y me gusta estar contigo demasiado como para que me importe una mierda otra cosa aparte de tener otro momento como este.
Mientras miraba a Ehlena, a Rehvenge se le inflamó el pecho.
—¿Ehlena?
—¿Sí?
—No me entiendas mal.
Ella respiró profundamente y él vio que sus hombros desnudos se tensaban.
—Okay. Intentaré no hacerlo.
—Si sigues viniendo por aquí. Siendo de la forma que eres. —Hubo una pausa—. Me voy a enamorar de ti.


John encontró la propiedad de Xhex sin problemas, ya que sólo estaba a diez bloques de distancia del ZeroSum. Aún así, el barrio bien podría haber estado en un código postal completamente diferente. La piedra caliza color rojizo de las edificaciones de la calle era elegante y de estilo clásico, con la mierda de madera tallada alrededor de las ventanas–mirador que daban la impresión de ser Victorianas… aunque cómo sabía eso con semejante certeza no tenía ni idea.
 Ella no poseía una casa entera, sino un apartamento en el sótano de un edificio sin ascensor, particularmente atractivo. Debajo de las escaleras de piedra que subían desde la calzada, había un hueco, dentro del cual se deslizó para usar la llave en un extraño cerrojo color bronce. Cuando entró se encendió una luz, y no vio nada interesante. Suelos rojizos fabricados con losas de piedra. Paredes construidas con bloques de hormigón y blanqueadas. En el extremo más alejado había otra puerta con otro extraño cerrojo.
Había esperado que Xhex viviera en algún lugar exótico y lleno de armas.
Y que tuviera abundancia de medias francesas y tacones de aguja.
Pero esa era su fantasía.
Fue hacia el otro extremo de la sala, abrió la otra puerta y se encendieron más luces. La habitación que había tras la puerta no tenía ventanas y estaba vacía a excepción de una cama, la falta de decoración no le sorprendió, tomando en consideración el aspecto de la sala del sótano. Había un cuarto de baño, pero no había cocina, ni teléfono ni TV. El único color que había en la habitación provenía del suelo de tablas de pino antiguas que brillaban con un lustre del color de la miel fresca. Las paredes estaban blanqueadas, como las de la sala, pero éstas eran de ladrillo.
 El aire le pareció sorprendentemente fresco, pero entonces vio los respiradores. Había tres.
John se sacó la chaqueta de cuero y la dejó en el suelo. Luego se sacó las botas, conservando puestos los gruesos calcetines.
En el cuarto de baño, usó el inodoro, y se salpicó el rostro con agua.
No había toallas. Usó los faldones de su gruesa camiseta negra.
Estirándose sobre la cama, permaneció con las armas encima, aunque no era debido a que le tuviera miedo a Xhex.
Dios, tal vez eso lo convirtiera en un estúpido. Lo primero que le habían enseñado en el programa de entrenamiento de la Hermandad era que nunca podías confiar en los symphaths, y aquí estaba él, arriesgando su vida al quedarse en la casa de uno… muy probablemente a pasar el día, sin haberle dicho a nadie dónde estaba.
No obstante era exactamente lo que necesitaba.
Cuando volviera a caer la noche, decidiría qué hacer. No quería quedar fuera de la guerra… le gustaba demasiado la lucha. Se sentía… bien, y no sólo por el hecho de defender a la raza. Sentía que era lo que se suponía que debía estar haciendo, había nacido y había sido educado para ello.
Pero no estaba seguro de si podría volver a la mansión y vivir allí.
Después que pasó un tiempo sin moverse, las luces se apagaron, y simplemente se quedó mirando la oscuridad. Mientras estaba allí tendido en la cama con la cabeza sobre una de las dos almohadas relativamente duras, se dio cuenta que era la primera vez que estaba verdaderamente solo desde que Tohr lo había ido a buscar, con su enorme Range Rover negro, a aquel apartamento de mierda.
Recordaba con absoluta claridad, cómo había sido vivir en aquel estudio parecido a un agujero del infierno que no sólo estaba en la parte equivocada de la ciudad, sino que directamente estaba en la sección peligrosa de Caldie. Cada noche la vivía aterrorizado porque era flacucho y débil, además estaba indefenso, y con lo único que podía alimentarse era con Ensure[1] a causa de su mala digestión, por lo que pesaba menos que una aspiradora. La puerta que lo separaba de los consumidores de droga, las prostitutas y las ratas del tamaño de burros, le había parecido delgada como un papel.
Había deseado hacerle bien al mundo. Aún lo deseaba.
Había deseado enamorarse y estar con una mujer. Aún lo deseaba.
Había deseado encontrar una familia, tener una madre y un padre, ser parte de un clan.
Ya no.
John estaba comenzando a entender que los sentimientos en el corazón, eran como los tendones en el cuerpo. Podías tirar y tirar y tirar de ellos y sentir el dolor de la distorsión y el estiramiento… hasta cierto punto la articulación seguiría funcionando y el miembro se doblaría y soportaría el peso, y continuaría siendo útil después de que la presión hubiera desaparecido. Pero no era algo infinito.
Él se había quebrado. Y estaba endemoniadamente seguro que no había un equivalente emocional a la cirugía artroscópica[2].
Para ayudar a tranquilizar su mente e inducirla al descanso que evitaría que se volviera loco, se concentró en lo que ocurría a su alrededor. La habitación estaba en silencio, salvo por la calefacción que de todos modos no hacía mucho ruido. Y el edificio que tenía encima estaba vacío, no había sonidos de nadie moviéndose.
Cerrando los ojos, se sintió más a salvo de lo que probablemente fuera conveniente.
Pero en definitiva, estaba acostumbrado a valérselas por sí mismo. El tiempo que había pasado con Tohr y Wellsie y luego con la Hermandad había sido una anomalía. Había nacido solo en esa parada de autobús, y había estado solo en el orfanato aunque estuviera rodeado de un siempre cambiante mazo de niños. Y luego había salido solo al mundo.
Había sido tratado brutalmente y lo había superado sin ayuda. Había estado enfermo y se había curado solo. Se había abierto camino lo mejor que había podido y lo había hecho bien.
Era hora de volver a sus orígenes.
A la esencia de su ser.
El tiempo con Wellsie y Tohr… y con los Hermanos… había sido como un experimento fallido… algo que había parecido tener potencial, pero que, al final había sido un fracaso.



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Capítulo 32


Que fuera noche o día, a Lash no le molestaba.
Mientras entraba con el señor D en el parking de un molino abandonado y los faros del Mercedes oscilaban trazando un gran arco, no le preocupaba si se encontraba con el rey de los symphaths a mediodía o a medianoche, porque de algún modo ya no se sentía intimidado por el cabrón.
Cerró el 550 y caminó con el señor D atravesando una extensión de asfalto deteriorado hacia una puerta que estaba muy firme, si se tomaba en consideración el estado en que estaba el molino. Gracias a la ligera nieve que caía, la situación se parecía a algo sacado de un anuncio para vacaciones pintorescas en Vermont, siempre que no miraras muy de cerca el techo hundido ni el revestimiento resquebrajado.
El symphath ya estaba dentro. Lash estaba tan seguro de ello como de que podía sentir las ráfagas de viento en las mejillas y oír las piedras flojas crujiendo bajo sus botas de combate.
El señor D abrió la puerta y Lash entró primero, para demostrar que no necesitaba que un subordinado le abriera camino. En el interior del molino no había nada excepto mucho aire frío, hacía mucho que el edificio rectangular había sido despojado de todo lo útil.
El symphath le esperaba en el extremo más alejado de la habitación, cerca de la gigantesca rueda que todavía se asentaba en el río como una vieja mujer gorda en un baño refrescante.
—Amigo, cuán agradable verte de nuevo –dijo el rey con la voz de serpiente rizándose entre las vigas.
Lash se acercó al tipo con paso elegante y lento, tomándose su tiempo, inspeccionando y volviendo a inspeccionar nuevamente las sombras proyectadas por las ventanas de cristal. Nada excepto el rey. Eso estaba bien.
—¿Has considerado mi propuesta? –preguntó el rey.
Lash no estaba de humor para andarse por las ramas. Después de la cagada de la noche anterior con el repartidor del Domino’s y que en aproximadamente una hora debían eliminar a otro narcotraficante, ese no era el momento para juegos.
—Sí. ¿Y sabes qué? No estoy seguro de que necesite hacerte ningún favor. Estoy pensando que o me das lo que quiero, o… quizá me limite a enviar a mis hombres al norte para matarte a ti y todos los anormales de allí.
Ese rostro insulso y pálido forzó una sonrisa serena.
—¿Pero qué ganarías con eso? Sería destruir a los mismos instrumentos que deseas utilizar para derrotar a tus enemigos. No es un paso lógico para que lo tome ningún gobernante.
Lash sintió un hormigueo en la punta de la polla, el respeto le excitaba, aunque se negaba a reconocer el hecho.
—Sabes, nunca hubiera pensado que un rey podría necesitar ayuda. ¿Por qué no puedes perpetrar el crimen tú mismo?
—Hacer parecer que el fallecimiento ocurrió fuera del ámbito de mi influencia me reportaría circunstancias atenuantes y ciertos beneficios. Con el correr del tiempo, aprenderás, que las maquinaciones en la trastienda son a veces mucho más efectivas que aquellas que realizas a plena vista de tu gente.
Punto conseguido, de nuevo, aunque Lash no iba a elogiarle.
—No soy tan joven como crees —dijo en su lugar. Joder, había envejecido cerca de un billón de años en los últimos cuatro meses.
—Y tampoco eres tan viejo como crees. Pero eso es otra conversación para otro momento.
—No estoy buscando un terapeuta.
—Lo cual es una vergüenza. Soy bastante bueno metiéndome en las cabezas de otros.
Sí, Lash podía verlo.
—Ese objetivo tuyo. Es un macho o una hembra.
—¿Importaría?
—Ni lo más mínimo.
El symphath definitivamente se puso radiante.
—Es un macho. Y como dije, existen circunstancias excepcionales.
—¿Cómo cuales?
—Será difícil llegar a él. Su guardia privada es bastante temible. —El rey flotó hasta una ventana y miró hacia fuera. Después de un momento, giró la cabeza como si fuera un búho, rotando la espina dorsal hasta que casi estuvo mirando hacia atrás, y luego, por un momento, en sus ojos blancos hubo un destello rojo—. ¿Crees que puedes manejar tal penetración?
—¿Eres homo? –soltó Lash.
El rey rió.
—Quieres decir, ¿si prefiero amantes de mi mismo sexo?
—Sí.
—¿Eso te haría sentir incómodo?
—No. —Sí, porque significaría que más o menos y de cierta forma se excitaba con un tipo que bateaba para el otro equipo.
—No mientes muy bien —murmuró el rey—. Pero eso mejorará con la edad.
Joder.
—Y no creo que seas tan poderoso como piensas que eres.
Cuando la especulación sexual desapareció Lash supo que había metido el dedo en la llaga
—Ten cuidado con las aguas de enfrentamiento…
—Ahórrame la mierda de tres al cuarto y las galletas de la fortuna, su Alteza. Si llenaras esa toga con un buen par de pelotas, te desharías de ese tipo tú mismo.
La serenidad volvió al semblante del rey, como si con ese arrebato Lash acabara de probar su inferioridad.
—Y aún así, en vez de hacerlo, hago que otra persona se encargue de ello por mí. Es mucho más sofisticado, aunque no espero que tú lo comprendas.
Lash se desmaterializó, apareció justo frente al tipo y cerró las palmas alrededor de esa garganta esbelta. Con un solo empuje brutal, impulsó al rey hacia arriba poniéndolo contra la pared.
Sus ojos se encontraron y cuando Lash sintió un intento de sondeo en su mente, cerró instintivamente la entrada a su lóbulo frontal.
—No vas a abrir mi baúl allí arriba, imbécil. Lo siento.
La mirada fija del rey se volvió tan roja como la sangre.
—No.
—No, ¿qué?
—No prefiero amantes de mi propio sexo.
Obviamente fue el aguijonazo perfecto: implicando que, Lash se acercaba porque de ellos dos era a él a quién le gustaban las pollas. Lo soltó y comenzó a pasearse dando zancadas.
Ahora la voz del rey era menos siseante y más seria.
—Tú y yo nos enfrentamos en igualdad de condiciones. Creo que esta alianza será beneficiosa para ambos.
Lash se giró y encaró al tipo.
—Ese macho, al que deseas muerto, ¿dónde lo encuentro?
—El momento debe ser el adecuado. La elección del momento… lo es todo.


Rehvenge observó como Ehlena se ponía la ropa, y a pesar de que verla volver a meterse en ese uniforme no era exactamente lo que deseaba, el espectáculo de ella inclinada subiéndose lentamente las medias por la pierna no estaba nada mal.
Para. Nada. Mal.
Ella rió mientras levantaba el sujetador y lo hacía girar alrededor del dedo.
—¿Puedo ponérmelo ahora?
—Absolutamente.
—¿Vas a hacer que me tome mi tiempo otra vez?
—Es sólo que supuse que no había prisa con las medias. –Sonrió como el lobo que se estaba sintiendo—. Quiero decir, esas cosas se corren, verdad…  Oh, joder
Ehlena no esperó a que terminara de hablar, sino que arqueó la espalda y se puso el sujetador alrededor del torso. Las pequeñas oscilaciones que realizó mientras lo abrochaba en la parte delantera hicieron jadear a Rehvenge… y eso fue antes de que se subiera los tirantes sobre los hombros, dejando que las copas encajaran bajo los senos.
Ella se volvió hacia él.
—He olvidado cómo funciona. ¿Puedes ayudarme?
Rehv gruñó y la atrajo hacia sí, succionando un pezón dentro de la boca y acariciando el otro con el pulgar. Mientras ella jadeaba, él colocó las copas en su lugar.
—Me gusta ser tu ingeniero en lencería, pero, sabes, se ve mejor cuando no lo llevas puesto. –Cuando hizo bailar las cejas de forma pícara, la risa de ella fue tan espontánea y natural que se le detuvo el corazón—. Me gusta ese sonido.
—Y a mí me gusta hacerlo.
Ella metió las piernas dentro de su uniforme y tiró hacia arriba, luego abrochó los botones.
—Lástima –dijo él.
—¿Quieres saber algo tonto? Me puse esto a pesar de que no tengo que ir a trabajar esta noche.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Quería mantener las cosas en el plano profesional, y sin embargo aquí estoy, encantada de que no haya funcionado de ese modo.
Él se puso de pie y la tomó en sus brazos, sin preocuparle ya el hecho de estar totalmente desnudo.
—Súmame a la parte de estar encantado.
La besó suavemente, y cuando se separaron, ella dijo:
—Gracias por una tarde encantadora.
Rehv le metió el cabello detrás de las orejas.
—¿Qué haces mañana?
—Trabajar.
—¿A qué hora sales?
—A las cuatro.
—Vendrás aquí.
Ella no vaciló.
—Sí.
—Ahora voy a ir a ver a mi madre —dijo él, mientras salían del dormitorio y atravesaban la biblioteca.
—¿De veras?
—Sí, me llamó y pidió verme. Nunca hace eso. —Se sentía bien al compartir detalles de su vida. Bueno, algunos de ellos, en todo caso—. Ha estado tratando de convertirme en una persona más espiritual, y espero que esto no se trate de una invitación a meterme en alguna clase de retiro.
—A propósito, ¿qué haces? ¿En qué trabajas? —Ehlena rió—. Sé tan poco de ti.
Rehv se concentró en la vista panorámica de la ciudad que quedaba sobre el hombro de ella.
—Oh, en muchas cosas diferentes. En su mayor parte en el mundo humano. Ahora que mi hermana está emparejada, sólo tengo a mi madre para cuidar.
—¿Dónde está tu padre?
En la fría tumba, adonde el cabrón pertenecía.
—Ha muerto.
—Lo siento.
Los cálidos ojos de Ehlena dispararon algo a través de su pecho, que seguro como la mierda se sentía como culpa. No lamentaba haber matado a su padre, lamentaba tener que ocultarle tanto a ella.
—Gracias —dijo rígidamente.
—No quería entrometerme. En tu vida o tu familia. Sólo soy curiosa, pero si prefieres…
—No, es sólo que… no hablo mucho de mi mismo. —Y eso era verdad—. Es que… ¿es ese el timbre de un teléfono móvil?
Ehlena frunció el ceño y se separó.
—El mío. En mi abrigo.
Ella corrió al comedor, y la tensión en su voz al contestar fue evidente.
—¿Sí? ¡Ah, hola! Sí, no, yo… ¿Ahora? Por supuesto. Y lo gracioso es que no necesitaré ir a cambiarme el uniforme porque… Oh. Sí. Aja. Bueno.
Cuando él llegó a la arcada del comedor oyó la tapa del teléfono al cerrarse.
—¿Todo bien?
—Ah, sí. Sólo trabajo. —Ehlena se acercó mientras se ponía el abrigo—. No es nada. Probablemente sólo se trate de falta de personal.
—¿Quieres que te lleve? —Dios, adoraría llevarla a trabajar, y no simplemente porque podrían estar juntos un poco más. A un macho le gustaba hacer cosas por su hembra. Protegerla. Ocuparse de ella…
Bien, ¿qué coño? No se trataba de que no le gustaran los pensamientos que estaba teniendo acerca de ella, pero era como si alguien le hubiera cambiado el CD. Y no, no era el jodido Barry Manilow.
Aunque definitivamente ahora había algo de Maroon 5 en el cabrón.
Puaj.
—Oh no, sólo me iré, pero gracias. —Ehlena se detuvo delante de una de las puertas corredizas—. Esta noche ha sido tan… una revelación.
Rehv se acercó a zancadas, tomó su rostro entre las manos, y la besó con fuerza. Cuando se echó para atrás, le dijo sombríamente:
—Sólo debido a ti.
Entonces ella sonrió, resplandeciendo desde el interior, y repentinamente él la deseó desnuda otra vez para poder entrar en ella: el instinto de marcarla estaba gritando dentro de él, y el único modo en que podía acallarlo era diciéndose que había dejado bastante de su aroma en la piel de ella.
—Mándame un mensaje cuando llegues a la clínica, así sabré que estás a salvo –le dijo.
—Lo haré.
Le dio un último beso, atravesó la puerta y se perdió en la noche.


Cuando dejó a Rehvenge, Ehlena estaba volando, y no simplemente porque se estaba desmaterializando a través del río hasta la clínica. Para ella, la noche no era fría, era fresca. Su uniforme no estaba arrugado por haber estado tirado en una cama y haberse revolcado sobre él; estaba astutamente desaliñado. Su cabello no era un lío, era natural.
La llamada para acudir a la clínica no era una intrusión; era una oportunidad.
Nada podría hacerla bajar de esta elevación incandescente. Ella era una de las estrellas que había en el cielo aterciopelado de la noche, inalcanzable, intocable, por encima de los conflictos terrenales.
Aunque al tomar forma delante de los garajes de la clínica, perdió algo del brillo color de rosa. Parecía injusto que pudiera sentirse como lo hacía, teniendo en cuenta lo que había sucedido la noche anterior: apostaría su vida al hecho de que en ese momento la familia de Stephan no debía estar reflejando nada similar a la alegría. Apenas si habrían terminado con el ritual de la muerte, por amor de Dios… pasarían años antes de que pudieran sentir algo remotamente parecido a lo que le cantaba en el pecho cuando pensaba en Rehv.
En caso de que pudieran sentirse así alguna vez. Tenía la sensación de que para sus padres nunca sería lo mismo.
Maldiciendo, atravesó rápidamente el parking, y sus zapatos dejaron pequeñas huellas negras en el polvo de nieve que había caído antes. Al ser una empleada, el trayecto a través de los puestos de control hacia la sala de espera no le llevó mucho, y cuando entró en el área de recepción, se quitó el abrigo y se dirigió directamente al mostrador de recepción.
El enfermero que estaba detrás del ordenador alzó la mirada y le sonrió. Rhodes era uno de los pocos machos del personal, y definitivamente un favorito en la clínica, la clase de tipo que se llevaba bien con todo el mundo y era rápido con las sonrisas, los abrazos y los cinco en alto.
—Oye, nena, cómo… —Cuando ella se acercó, frunció el ceño y luego empujó la silla hacia atrás, poniendo distancia entre ellos—. Eh… hola.
Frunciendo el ceño, Ehlena miró hacia atrás, esperando ver un monstruo, dada la manera en que él se encogía ante ella.
—¿Estás bien?
—Oh, sí. Totalmente. —La miró con intensidad—. ¿Cómo estás ?
—Estoy bien. Contenta de venir a ayudar. ¿Dónde está Catya?
—Creo que dijo que estaría esperándote en la oficina de Havers.
—Iré allí entonces.
—Sí. Bien.
Ella advirtió que su taza estaba vacía.
—¿Quieres que te traiga un café cuando acabe?
—No, no —dijo rápidamente, levantando ambas manos—. Estoy bien. Gracias. De verdad.
—¿Estás seguro de que estás bien?
—Sí. Absolutamente bien. Gracias.
Ehlena se alejó, sintiéndose como una leprosa absoluta. Generalmente ella y Rhodes se llevaban muy bien, pero no esta noche…
Oh, Dios mío, pensó. Rehvenge había dejado su aroma sobre ella. Tenía que ser eso.
Se dio la vuelta… pero ¿qué podría decirle, realmente?
Esperando que Rhodes fuera el único en captarlo, entró al vestuario para deshacerse del abrigo y se puso en camino, zigzagueando entre los miembros del personal y los pacientes que encontraba en el camino. Cuando llegó a la oficina de Havers, la puerta estaba abierta, el médico estaba sentado detrás de su escritorio y Catya en una silla, de espaldas al vestíbulo.
Ehlena golpeó suavemente en la jamba.
—Hola.
Havers alzó la mirada y Catya echó un vistazo sobre el hombro. Los dos parecían ciertamente hostiles.
—Entra –dijo el médico bruscamente—. Y cierra la puerta.
Mientras hacía lo que le pedía, a Ehlena comenzó a latirle el corazón rápidamente. Había una silla vacía junto a Catya, y se sentó porque de repente sintió que se le aflojaban las rodillas.
Había estado en esta oficina varias veces, y generalmente había sido para recordarle al médico que comiera, porque una vez que empezaba con las historias de los pacientes perdía la noción del tiempo. Pero esto no se trataba de él, ¿verdad?
Hubo un largo silencio, durante el cuál los pálidos ojos de Havers evitaron encontrarse con los de ella, dedicándose a juguetear con las patillas de sus gafas de carey.
Catya fue la que habló, y lo hizo con voz tensa.
—Anoche, antes de irme, uno de los guardas de seguridad que había estado monitoreando todas las cámaras atrajo mi atención sobre el hecho de que estabas en la farmacia. Sola. Dijo que te vio tomar algunas píldoras y salir con ellas. Miré la cinta, comprobé la estantería pertinente y era penicilina.
—¿Por qué no le trajiste? —preguntó Havers—. Habría vuelto a ver a Rehvenge inmediatamente.
El momento que siguió fue como algo sacado de una serie de televisión, donde la cámara hacía un zoom sobre el rostro de un personaje: Ehlena sintió como si todo se estuviera alejando de ella, la oficina se retiraba, alejándose en la distancia mientras ella era repentinamente iluminada por proyectores y puesta bajo el escrutinio del microscopio.
Las preguntas giraron en su cerebro. ¿Realmente había pensado que podría salir indemne con lo que había hecho? Sabía que había cámaras de seguridad… y sin embargo, la noche anterior, cuando se metió detrás del mostrador del farmacéutico, no había pensado en eso.
A raíz de ello todo iba a cambiar. Su vida, que siempre había sido una lucha, se iba a convertir en insoportable.
¿Destino? No… estupidez.
¿Cómo demonios podía haber hecho algo así?
—Dimitiré –dijo bruscamente—. Con vigencia a partir de esta noche. Nunca debería haberlo hecho… estaba preocupada por él, sobreexcitada por Stephan, y cometí un terrible error de juicio. Estoy profundamente arrepentida.
Ni Havers ni Catya dijeron nada, ni tenían que hacerlo. Era un asunto de confianza, y ella había traicionado la de ellos. Así como un montón de normas de seguridad referente al trato de pacientes.
—Vaciaré mi armario. Y me iré inmediatamente.



Capítulo 33


Rehvenge no veía a su madre lo suficiente.
Ese fue el pensamiento que se le ocurrió mientras aparcaba delante del refugio al que la había mudado hacía casi un año. Después de que la mansión familiar en Caldwell fuera atacada por los lessers, sacó a todo el mundo de esa casa y los instaló en esta mansión Tudor, bien al sur de la ciudad.
Era lo único bueno que había salido del secuestro de su hermana… bueno, eso y el hecho de que Bella hubiera encontrado un macho de valor en el Hermano que la había rescatado. La cosa era que, con Rehv habiendo sacado a su madre de la ciudad cuando lo hizo, ella y su amada doggen habían escapado de lo que la Sociedad Lessening le había hecho a la aristocracia durante el verano.
Rehv aparcó el Bentley delante de la mansión, y antes de que saliera del coche, la puerta de la casa se abrió y la doggen de su madre salió y se quedó bajo la luz, abrigada contra el frío.
Los zapatos ingleses de Rehv tenían suelas resbaladizas, así que fue muy cuidadoso al atravesar la nieve en polvo.
—¿Ella está bien?
La doggen alzó la mirada, y tenía los ojos empañados con lágrimas.
—Se acerca su hora.
Rehv entró, cerró la puerta, y se negó a oír eso.
—No es posible.
—Lo siento mucho, señor. —La doggen sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su uniforme gris—. Lo siento… mucho.
—No es lo bastante mayor.
—Su vida ha sido mucho más larga que sus años.
La doggen sabía bien lo que pasaba en la casa cuando todavía estaba el padre de Bella con ellos. Había limpiado cristales rotos y porcelana destrozada. Había vendado heridas y había prestado cuidados.
—Realmente, no puedo soportar que se vaya —dijo la criada—. Estaré perdida sin mi ama.
Rehv puso una mano entumecida sobre su hombro y apretó suavemente.
—No lo sabes con seguridad. No ha ido a ver a Havers. Déjame ir a verla, ¿okay?
Cuando la doggen asintió, Rehv subió lentamente la escalera hasta el primer piso, pasando por delante de retratos familiares al óleo que él había trasladado desde la antigua casa.
En el rellano, fue hacia la izquierda y golpeó en un juego de puertas.
—¿Mahmen?
Aquí estoy, hijo mío.
La respuesta en la Antigua Lengua vino de detrás de otra puerta, él retrocedió y entró en el vestidor, el familiar olor de Chanel Nº 5 le calmó.
—¿Dónde estás? —dijo a los metros y metros de ropa colgada.
—Estoy en el fondo, mi amado hijo.
Mientras Rehv pasaba entre las hileras de blusas, faldas, vestidos y trajes de baile, inspiró profundamente. El perfume, sello indiscutible de su madre, se hallaba en todas las prendas de vestir, que estaban colgadas por color y tipo, y el frasco del que provenía, estaba sobre el recargado tocador, entre maquillaje, lociones y polvos.
La encontró delante del espejo de tres cuerpos. Planchando.
Lo cual estaba más allá de lo extraño y le hizo evaluarla.
Su madre era majestuosa incluso con su bata rosa, llevaba el cabello blanco recogido encima de su cabeza perfectamente proporcionada, y sentada en ese taburete alto tenía una postura exquisita, con sus grandes diamantes en forma de pera brillándole en la mano. La tabla de planchar, detrás de la cual se sentaba, tenía una cesta y un spray de almidón en un extremo y una pila de pañuelos planchados en el otro. Cuando la vio, estaba en mitad de un pañuelo, con la plancha estaba marcándole el medio al cuadrado amarillo pálido, la plancha que esgrimía siseaba mientras la deslizaba arriba y abajo.
Mahmen, ¿qué estás haciendo? —Bien, a cierto nivel era obvio, pero su madre era la castellana[3]. No podía recordar haberla visto jamás haciendo tareas domésticas, lavando la ropa o algo de ese tipo. Uno tenía doggens para esas cosas.
Madalina alzó la mirada, sus deslucidos ojos azules aparecían cansados, su sonrisa era más un esfuerzo que honesta alegría.
—Éstos eran de mi padre. Los encontramos cuando estábamos revisando las cajas que habían sido traídas de la buhardilla de la antigua casa.
La «antigua casa» era la de Caldwell donde habían vivido durante casi un siglo.
—Podrías decirle a tu criada que lo hiciera por ti. –Se inclinó y besó la suave mejilla—. Le encantaría ayudarte.
—Sí, ella dijo lo mismo. —Después de ponerle la mano en la cara, su madre volvió a lo que estaba haciendo, doblando el cuadrado de lino otra vez, tomando el spray de almidón y vaporizándolo sobre el pañuelo—. Pero esto es algo que debo hacer yo.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, señalando con la cabeza una silla que había al lado del espejo.
—Oh, por supuesto, ¿dónde están mis modales? —Dejó la plancha y comenzó a bajarse del taburete—. Y debemos conseguirte algo…
Él alzó la mano.
—No, Mahmen, acabo de comer.
Ella le hizo una reverencia y volvió a encaramarse al taburete.
—Te agradezco que me concedieras esta audiencia, ya que conozco la activa naturaleza de tu…
—Soy tu hijo. ¿Cómo puedes pensar que no vendría?
El pañuelo planchado fue colocado encima de sus ordenados hermanos, y el último fue sacado de la cesta.
La plancha exhaló vapor mientras ella pasaba con cuidado la caliente base sobre el cuadrado blanco. Mientras la movía lentamente, él miró al espejo. Los omóplatos se destacaban bajo la bata de seda y en la nuca se veía claramente su espina dorsal.
Cuando volvió a fijarse en su rostro, vio una lágrima caer desde el ojo al pañuelo.
Oh… querida Virgen Escriba, pensó. No estoy preparado.
Rehv clavó el bastón en el suelo y se arrodilló ante ella. Girando el taburete hacia él, le quitó la plancha de la mano y la dejó a un lado, listo para llevarla a ver a Havers, preparado para pagar cualquier medicina que le pudiera comprar más tiempo.
Mahmen, ¿qué te aflige? —Tomó uno de los pañuelos planchados del padre de ella y tocó ligeramente la parte inferior de sus ojos—. Habla con tu hijo legítimo del peso que hay en tu corazón.
Ella derramó interminables lágrimas, y él las atrapó una a una. A pesar de su edad y su llanto, era encantadora, una Elegida caída que había vivido una vida dura y, sin embargo, permanecía llena de gracia.
Cuando finalmente habló, su voz fue tenue.
—Me estoy muriendo. —Negó con la cabeza antes de que él pudiera hablar—. No, seamos sinceros el uno con el otro. Mi fin ha llegado.
Lo veremos, pensó Rehv para sí mismo.
—Mi padre —tocó el pañuelo con el que Rehv le había secado las lágrimas—, mi padre… es extraño que ahora piense en él día y noche, pero lo hago. Él fue el Primale hace mucho tiempo, y amaba a sus hijos. Su alegría más grande era su linaje, y aunque fuimos muchos, se relacionó con todos nosotros. ¿Estos pañuelos? Fueron hechos con sus túnicas. A mi se me daban verdaderamente bien las labores de costura, y él lo sabía por lo que me dio algunas de sus túnicas.
Estiró una mano huesuda y acarició el montón que había planchado.
—Cuando dejé el Otro Lado, él me hizo tomar algunos de ellos. Estaba enamorada de un Hermano y convencida de que mi vida sólo estaría completa si estaba con él. Por supuesto, entonces…
Sí, fue ese entonces la parte de su vida que le había causado tal dolor: entonces fue violada por un sympath, quedó embarazada de Rehvenge y fue forzada a dar a luz una monstruosidad de híbrido que de algún modo ella había prendido a su seno y amado como cualquier hijo habría querido ser amado. Y todo el tiempo que el rey sympath la mantuvo encarcelada, el Hermano al que había amado la buscaba… sólo para morir en el proceso de su rescate.
Y esas tragedias no habían sido el final.
—Después de que fui… devuelta, mi padre me llamó a su lecho de muerte –continuó—. De todas las Elegidas, de todos sus compañeros e hijos, él quiso verme a mí. Pero yo no quería ir. No podía soportar… no era la hija que él conocía. —Los ojos se encontraron con los de Rehv, y había una súplica profunda en ellos—. No quería que supiera nada de mí. Estaba sucia.
Joder, él conocía esa sensación, pero su mahmen no necesitaba esa carga. No tenía ni idea de la clase de mierda con la que él trataba y nunca lo sabría, porque era evidente que la principal razón por la que se prostituía era para que ella no tuviera que soportar la tortura de ver a su hijo deportado.
—Cuando me negué a la citación, la Directrix vino a mí y me dijo que estaba sufriendo. Que no iría al Fade hasta que yo fuera a verle. Que permanecería en el doloroso borde de la muerte durante la eternidad a menos que yo le aliviara. La tarde siguiente fui con el corazón afligido. —En ese momento la mirada de su madre se volvió violenta—. Al llegar al templo del Primale, quiso abrazarme, pero no pude… permitírselo. Era una extraña con el rostro de un ser amado, eso era todo, e intenté mantener una charla amable e intrascendente. Fue entonces cuando él dijo algo que hasta ahora no había podido comprender por completo. Dijo: «El alma oprimida no pasará aunque el cuerpo falle». Él estaba prisionero por lo que había quedado sin resolver respecto a mí. Sentía que había fallado en su papel. Que si me hubiera mantenido en el Otro Lado, habría tenido un mejor destino del que sucedió después de que me fuera.
A Rehv se le cerró la garganta, cuando en la parte frontal de su cerebro se instaló una terrible sospecha.
La voz de su madre era débil pero franca.
—Me acerqué a la cama, y él extendió su mano hacia mí, y le sostuve la palma dentro de la mía. En ese momento le dije que amaba a mi hijo, que iba a emparejarme con un macho de la glymera y que no todo estaba perdido. Mi padre examinó mi rostro en busca de la verdad en las palabras que dije, y cuando estuvo satisfecho con lo que vio, cerró los ojos… y se dejó llevar. Supe que si no hubiera ido… —Respiró hondo—. Verdaderamente, no puedo dejar esta tierra con las cosas como están.
Rehv sacudió la cabeza.
—Todos están bien, Mahmen. Bella y su hija están bien y a salvo. Yo…
Detente. —Su madre levantó la mano y le asió por el mentón, del modo en que lo hacía cuando era pequeño y dado a causar problemas—. Sé lo que hiciste. Sé que mataste a mi hellren, Rempoon.
Rehv sopesó la posibilidad de seguir manteniendo la mentira, pero dada la expresión de su madre, la verdad había sido develada, y nada de lo que pudiera decir la disuadiría.
—¿Cómo? —preguntó—. ¿Cómo lo averiguaste?
—¿Quién más iba a hacerlo? ¿Quién más podría? —Cuando lo soltó y le acarició la mejilla, él se enterneció al sentir el cálido contacto—. No olvides, que veía este rostro tuyo cada vez que mi hellren perdía la paciencia. Mi hijo, mi fuerte y poderoso hijo. Mírate.
El sincero y afectuoso orgullo que sentía por él era algo que nunca había entendido, dadas las circunstancias de su concepción.
—También sé —susurró—, que mataste a tu padre biológico. Hace veinticinco años.
Ahora, eso sí que captó su atención.
—Se suponía que no lo sabías. Nada de esto. ¿Quién te lo dijo?
Ella apartó la mano de su rostro y señaló la mesa de maquillaje, al tazón de cristal que él siempre había asumido que era para hacerse la manicura.
—Los viejos hábitos de una Elegida escriba, son difíciles de matar. Lo vi en el agua. Justo después de que sucediera.
—Y lo has mantenido en secreto —dijo él maravillado.
—Y no puedo más. Y por eso te he traído aquí.
La horrible sensación resurgió, era resultado de estar atrapado entre lo que su madre iba a pedirle que hiciera y la fuerte convicción de que su hermana no iba a salir beneficiada al enterarse de todos los secretos sucios y malignos de la familia. Bella había permanecido protegida de esta maldad toda su vida, y no había razón para hacer una completa revelación ahora, especialmente si su madre se estaba muriendo.
Lo cual Madalina no iba a hacer, se recordó.
Mahmen
—Tu hermana nunca debe saberlo.
Rehv se tensó, rezando por haber oído bien.
—¿Disculpa?
—Júrame que harás todo lo que esté en tu poder para asegurarte de que ella nunca lo sepa. —Mientras su madre se inclinaba hacia delante y le agarraba los brazos, él podía afirmar que realmente le estaba clavando los dedos por el modo en que los huesos de manos y muñecas sobresalían descarnadamente—. No quiero que ella lleve este tipo de cargas. Tú te viste forzado a hacerlo, y te lo habría ahorrado si hubiera podido, pero no pude. Y si ella no lo sabe, entonces la próxima generación no tendrá que sufrir. Nalla tampoco tendrá que soportar este peso. Puede morir contigo y conmigo. Júramelo.
Rehv miró fijamente a los ojos de su madre y nunca la amó más.
Asintió una vez.
Mírame a la cara y estate segura, lo juro. Bella y su descendencia nunca lo sabrán. El pasado morirá contigo y conmigo.
Los hombros de su madre se aflojaron bajo la bata, y el tembloroso suspiro que exhaló expresó claramente su alivio.
—Eres el hijo que otras madres sólo pueden desear.
—¿Cómo puede ser eso cierto? —dijo él suavemente.
—¿Cómo puede no serlo?
Madalina se compuso y tomó el pañuelo de la mano de Rehv.
—Tengo que planchar éste otra vez, y luego, quizás, ¿me ayudarás a ir a mi cama?
—Por supuesto. Y querría llamar a Havers.
—No.
Mahmen
—Me gustaría que mi paso fuera sin intervención médica. De todos modos nadie podría salvarme ahora.
—No puedes saber eso…
Ella levantó su encantadora mano con el pesado anillo de diamantes.
—Estaré muerta antes del anochecer de mañana. Lo vi en el tazón.
Rehv se quedó sin aliento, sus pulmones se negaban a funcionar. No estoy preparado para esto. No estoy preparado. No estoy preparado…
Madalina fue muy precisa con el último pañuelo, alineando las esquinas cuidadosamente, pasó la plancha lentamente de aquí para allá. Cuando terminó, colocó el perfecto cuadrado sobre los demás, asegurándose de que todos estuvieran alineados.
—Está hecho —dijo.
Rehv se inclinó sobre su bastón para levantarse y ofrecerle el brazo, y juntos se marcharon arrastrando los pies hacia el dormitorio, ambos inestables.
—¿Tienes hambre? —le preguntó mientras retiraba las mantas y la ayudaba a acostarse.
—No, estoy bien como estoy.
Las manos de ambos trabajaron juntas para arreglar las sábanas, la manta y el edredón de forma que todo estuviera doblado con precisión y situado directamente sobre su pecho. Cuando se enderezó, supo que ella no volvería a salir de la cama otra vez y no pudo soportarlo.
—Bella debe venir aquí —dijo él con brusquedad—. Necesita despedirse.
Su madre asintió y cerró los ojos.
—Debe venir ahora, y por favor que traiga a la niña.


En Caldwell, en la mansión de la Hermandad, Tohr se paseaba por su dormitorio. Lo cual era un chiste realmente, teniendo en cuenta lo débil que estaba. Tambalearse era todo lo que podía lograr.
Cada minuto y medio comprobaba el reloj, el tiempo pasaba a una velocidad alarmante, hasta que sintió como si el reloj de arena del mundo se hubiera roto y los segundos, como la arena, se estuvieran esparciendo por todas partes.
Necesitaba más tiempo. Más… mierda, sin embargo ¿serviría eso de alguna ayuda?
Simplemente no podía imaginar cómo se las arreglaría para superar lo que estaba a punto de suceder y sabía que por mucho que le diera vueltas al asunto no iba a cambiar. Por ejemplo, no podía decidir si era mejor tener un testigo. La ventaja era que de esa forma sería todavía menos personal. La desventaja era que si se quebraba, habría otra persona en la habitación presenciándolo.
—Me quedaré.
Tohr echó un vistazo a Lassiter, que estaba repantigado en la chaise que había junto a las ventanas. Las piernas del ángel estaban cruzadas a la altura de los tobillos, y una de las botas de combate marcaba el compás de un lado al otro, como otra forma odiosa de medir el tiempo.
—Vamos —dijo Lassiter—, he visto tu lamentable culo desnudo. ¿Qué podría ser peor que eso?
Las palabras eran la típica baladronada y el tono de voz fue sorprendentemente apacible…
El golpe en la puerta fue suave. Lo que significaba que no era un Hermano. Y dado que no había aroma a comida abriéndose camino por debajo de la puerta, no era Fritz con una bandeja de comida destinada a terminar en el trono de porcelana.
Evidentemente la llamada a Phury había funcionado.
Tohr comenzó a temblar de la cabeza a los pies.
—Bueno, tranquilo ahí. —Lassiter se levantó y se acercó rápidamente—. Quiero que te sientes aquí. No querrás hacer esto cerca de una cama. Vamos… no, no luches contra mí. Sabes que es lo que hay que hacer. Es biología, no una elección, así que debes dejar la culpa fuera.
Tohr se sintió empujado hacia una silla de respaldo rígido que estaba cerca del escritorio y, joder, fue justo a tiempo, sus rodillas perdieron interés en su trabajo y el par se aflojó de forma que golpeó el asiento tapizado con tanta fuerza que rebotó.
—No sé cómo hacer esto.
La magnífica cara de Lassiter apareció delante de la suya.
—Tu cuerpo lo hará por ti. Aleja a tu mente y a tu corazón y deja que tu instinto haga lo que debe ser hecho. Esto no es culpa tuya. Así es como sobrevives.
—No quiero sobrevivir.
—¿No me digas? Y yo que pensaba que toda esta mierda autodestructiva era sólo un pasatiempo.
Tohr no tenía fuerza para arremeter contra el ángel. No tenía fuerza para dejar la habitación. Ni siquiera tenía la suficiente reserva para llorar.
Lassiter fue hasta la puerta y la abrió.
—Hola, gracias por venir.
Tohr no podía soportar mirar a la Elegida que entró, pero no había forma de ignorar su presencia: su aroma delicado y floral flotó hacia él.
El perfume natural de Wellsie había sido más fuerte que ese, hecho no sólo de rosa y jazmín, sino que también de la fragancia que reflejaba su temple.
—Mi señor —dijo una voz femenina—. Soy la Elegida Selena, he venido para ¿servirle?
Hubo una larga pausa.
—Ve a él —dijo Lassiter suavemente—. Necesitamos terminar con esto.
Tohr puso la cara entre las manos, y dejó caer la cabeza flojamente sobre el cuello. Era lo único que podía hacer para seguir respirando, dentro y fuera, mientras la hembra se ubicaba en el suelo a sus pies.
A través de los largos y delgados dedos vio el blanco de la túnica que se derramaba a su alrededor. Wellsie no había estado muy interesada en los vestidos. El único que verdaderamente le gustaba era el rojo y negro con el que se había emparejado a él.
Una imagen de esa ceremonia sagrada apareció en su mente, y vio con trágica claridad el momento en que la Virgen Escriba había agarrado su mano y la de Wellsie y había declarado que era un buen emparejamiento, verdaderamente un muy buen emparejamiento. Había sentido una gran calidez al estar ligado a su hembra a través de la madre de la raza, y esa sensación de amor, propósito y optimismo se había incrementado un millón de veces al mirar a su amor a los ojos.
Había parecido que tenían toda una vida de felicidad y alegría ante ellos… y sin embargo, ahora aquí estaba él, al otro lado de una pérdida inconcebible, solo.
No, peor que solo. Solo y a punto de tomar la sangre de otra hembra en su cuerpo.
—Esto está sucediendo demasiado rápido —dijo entre dientes detrás de las palmas de sus manos—. No puedo… necesito más tiempo…
Que Dios le ayudara, pero si ese ángel decía una sola palabra acerca de que ese era el momento oportuno, iba a hacer que ese bastardo deseara que sus dientes estuvieran hechos de cristal de seguridad.
—Mi señor –dijo la Elegida suavemente—, regresaré si ése es su deseo. Y volveré luego si entonces no es el momento adecuado. Y regresaré y volveré a regresar una vez más hasta que usted esté listo. Por favor… mi señor, en verdad, sólo deseo ayudar, no herirle.
Él frunció el ceño. Sonaba muy amable, y no había ni una sola nota seductora en ninguna de las sílabas que habían dejado sus labios.
—Dime el color de tu cabello —dijo él a través de las manos.
—Es negro como la noche y está atado tan tirantemente como mis hermanas y yo pudimos. También me tomé la libertad de envolverlo en un turbante, aunque usted no lo pidió. Pensé… que quizás sería de más ayuda.
—Dime el color de tus ojos.
—Son azules, mi señor. Un pálido azul cielo.
Los de Wellsie habían sido de color jerez.
—Mi señor —susurró la Elegida—, ni siquiera necesita mirarme. Deje que permanezca detrás de usted, y tome la muñeca de esa forma.
Oyó el susurro de la suave tela y el olor de la hembra agitarse a su alrededor hasta que provino de detrás de él. Dejando caer las manos, Tohr vio las largas piernas de Lassiter enfundadas en vaqueros. Los tobillos del ángel estaban cruzados otra vez, ahora mientras se hallaba recostado contra la pared.
Un brazo esbelto cubierto de tela blanca apareció ante él.
Con lentos tirones, la manga de la túnica fue gradualmente elevándose más y más arriba.
La muñeca que quedó expuesta era frágil, la piel era blanca y fina.
Las venas bajo la superficie eran de un color azul claro.
Los colmillos de Tohr salieron bruscamente del paladar y un gruñido salió de sus labios. El bastardo del ángel tenía razón. De repente su mente quedó vacía; todo se centraba en su cuerpo y en lo que le había sido privado durante tanto tiempo.
Tohr cerró firmemente su fuerte mano sobre el hombro de ella, siseó como una cobra y mordió la muñeca de la Elegida hasta el hueso, fijando los colmillos en el lugar. Hubo un grito de alarma y un forcejeo, pero él estaba ido mientras bebía, los tragos eran como puños en una cuerda, tirando esa sangre hacia abajo, a sus entrañas, tan rápidamente que no tenía tiempo de saborearla.
Casi mató a la Elegida.
Y se enteró de ello más tarde, después de que finalmente Lassiter le desprendiera y le dejara fuera de combate con un puñetazo a la cabeza… porque en el instante en que había sido separado de la fuente de esos nutrientes, trató de agarrar a la hembra otra vez.
El ángel caído había tenido razón.
La horrible biología era el máximo impulsor, ganándole incluso al más robusto de corazón.
Y al más reverente de los viudos. .







[1]Suplemento alimenticio en polvo. (N. de la T.)
[2]Técnica quirúrgica que permite ver la articulación, efectuar extirpaciones o pequeñas cirugías. (N. de la T.)
[3] Dueña del castillo, la señora de la casa. (N. de la T.)

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