miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 34 35 36

Capítulo 34


Cuando Ehlena llegó a casa, puso una expresión falsa, despidió a Lusie, y fue a ver a su padre, que estaba «haciendo increíbles avances» en su trabajo. No obstante, en cuanto pudo liberarse, fue a su habitación para conectarse on–line. Tenía que averiguar cuanto dinero poseían, tomando en cuenta hasta el último penique, y no creía que fuera a gustarle lo que averiguara. Después de identificarse en su cuenta bancaria, repasó las órdenes de pago que aún quedaban por cubrir y señaló lo que vencía la primera semana del mes. Las buenas noticias eran que todavía iba a recibir su paga de noviembre.
Su cuenta de ahorros no llegaba a once de los grandes.
No quedaba nada para vender. Y no sobraba nada del presupuesto mensual.
Lusie tendría que dejar de venir. Lo cual apestaba, porque aceptaría a otro cliente para llenar el hueco, así que cuando Ehlena encontrara un nuevo trabajo habría un agujero en cuidados médicos que rellenar.
Aunque eso era asumiendo que pudiera conseguir otro puesto. Segurísimo que no iba a ser de enfermera. Que hubiera sido justificadamente despedida no era lo que ningún empleador querría ver en un currículum.
¿Por qué había robado esas puñeteras píldoras?
Ehlena se quedó sentada mirando a la pantalla sumando y volviendo a sumar todos los pequeños números hasta que estos se juntaron formando un solo borrón, y ya ni siquiera pudo registrar la suma.
—¿Hija mía?
Cerró rápidamente el portátil, porque a su padre no le caía bien la electrónica, y compuso el semblante.
—¿Sí? Quiero decir, ¿sí?
—¿Me pregunto si te gustaría leer un pasaje o dos de mi trabajo? Pareces ansiosa, y yo he descubierto que tales actividades calman la mente. —Se acercó a su lado arrastrando los pies y extendió galantemente el brazo.
Ehlena se levantó porque a veces todo lo que una persona podía hacer era aceptar las instrucciones de otra. No quería leer ninguna de las incoherencias que habría garabateado en esas páginas. No podía soportar fingir que todo estaba bien. Deseaba, aunque fuera sólo por una hora, poder tener de vuelta a su padre para poder hablar de la mala posición en la que ella los había puesto a ambos.
—Eso sería encantador —dijo con un tono de voz apagado y elegante.
Siguiéndole a su estudio, le ayudó a acomodarse en su silla y miró a su alrededor, a las desordenadas pilas de papeles. Qué desastre. Había carpetas de cuero negro llenas hasta al punto de romperse. Carpetas repletas hasta los topes. Cuadernos de espiral con páginas desparramándose de sus confines como lenguas de perro. Hojas blancas sueltas diseminadas aquí y allí, como si las páginas hubieran intentado emprender el vuelo y no hubieran conseguido llegar muy lejos.
Todo esto era su diario, o eso decía él. En realidad, era sólo una pila tras otra de sin sentidos, la manifestación física de su caos mental.
—Aquí. Siéntate, siéntate. —Su padre despejó el asiento que había junto a su escritorio, moviendo unos cuadernos que se mantenían juntos con elásticos de goma color café claro.
Después de sentarse, Ehlena puso las manos sobre las rodillas y apretó con fuerza, intentando no perder el control. Era como si la basura de la habitación fuera una espiral magnética que hacía que sus propios pensamientos y maquinaciones rodaran incluso más rápido, y esa no era para nada el alivio que ella necesitaba.
Su padre paseó la vista por la oficina y sonrió como disculpándose.
—Semejante laboriosidad para un rendimiento comparativamente pequeño. Algo así como cosechar perlas. Las horas que he pasado aquí, la cantidad de horas para cumplir cabalmente con mi propósito...
Ehlena apenas le oía. Si no podía afrontar el alquiler, ¿adónde irían? ¿Había algo incluso más barato que no tuviera ratas y cucarachas sibilantes? ¿Cómo afrontaría su padre un ambiente extraño? Queridísima Virgen Escriba, había asumido que él había tocado fondo la noche en que quemó la apropiada casa que tenían alquilada. ¿Qué había más abajo que esto?
Supo que tenía problemas cuando todo se volvió borroso.
La voz de su padre continuaba, marchando a través de su silencioso pánico.
He puesto empeño en registrar con fidelidad todo lo que he visto...
Ehlena no oyó mucho más.
Se quebró por la mitad. Sentada en la pequeña silla sin brazos, inundada por el inservible balbuceo sin sentido de su padre y examinando sus acciones y adonde los había llevado a ambos una mala decisión suya, lloró.
Y no sólo por haber perdido el trabajo. Era por Stephan. Era por lo que había ocurrido con Rehvenge. Era por el hecho de que su padre era un adulto que no podía comprender la realidad de su situación.
Era porque estaba tan sola.
Ehlena se abrazó a sí misma y lloró, exhalando roncos resuellos por entre sus labios hasta que estuvo demasiado exhausta para hacer otra cosa que no fuera permanecer doblada sobre su propio regazo.
Finalmente, soltó un gran suspiro y se limpió los ojos con la manga del uniforme que ya no necesitaría.
Cuando levantó la vista, su padre estaba sentado completamente inmóvil en su silla, con una expresión de absoluta sorpresa.
Verdaderamente... hija mía.
Ves, esta era la cuestión. Podía haber perdido toda la pompa monetaria de su anterior condición, pero los viejos hábitos tardaban en morir. La reserva de la glymera todavía definía la forma de conversar de ambos... por lo que una gran sesión de llanto era equivalente a tirarse de espaldas sobre la mesa del desayuno y que le saliera un alíen del estómago.
—Perdóname, Padre —dijo, sintiéndose más que tonta—. Creo que debería excusarme.
—No... Espera. Ibas a leer.
Cerró los ojos, su piel se tensó a lo largo de todo su cuerpo. A cierto nivel, toda su vida estaba definida por la patología mental de su padre, y aunque en su mayor parte veía sus sacrificios como algo que le debía, esta noche estaba demasiado alterada como para fingir que algo tan inútil como su «trabajo» era de una importancia crucial.
—Padre, yo...
Uno de los cajones del escritorio se abrió y cerró.
—Aquí tienes, hija. Tienes en tus manos más que sólo un pasaje.
Abrió a la fuerza los párpados…
Y tuvo que inclinarse hacia adelante para asegurarse de que realmente estaba viendo bien. Entre las palmas de su padre había una pila de alrededor de un centímetro de grosor de páginas blancas perfectamente alineadas.
—Este es mi trabajo —dijo simplemente—. Un libro para ti, hija mía.


En el piso inferior del refugio Tudor, Rehv esperaba junto a las ventanas de la sala, con la mirada fija en el césped ondulado. Las nubes se habían aclarado y una luna creciente colgaba en el brillante cielo invernal. En su mano entumecida, sostenía su nuevo teléfono móvil, que acababa de cerrar con una maldición.
No podía creer que en el piso de arriba, su madre estuviera en su lecho de muerte, que en ese mismo momento su hermana y su hellren estuvieran corriendo una carrera contra la salida del sol para poder llegar antes allí... y aún así el trabajo alzara su fea y cornuda cabeza.
Otro camello muerto. Lo que hacían tres en las últimas veinticuatro horas.
Xhex había sido breve y concisa, muy en su estilo. Al contrario que Ricky Martínez e Isaac Rush, cuyos cuerpos habían sido encontrados en el río, este tipo había aparecido en su coche en el estacionamiento vacío de un centro comercial con una bala atravesando la parte de atrás de su cráneo. Lo cual significaba que el coche había sido conducido hasta allí con el cuerpo dentro: nadie sería tan estúpido como para dispararle a un cabrón en un lugar que indudablemente tenía cobertura de cámaras de seguridad. Sin embargo, como el escáner de la policía no había informado nada más, iban a tener que esperar a los periódicos y las noticias matutinas de la TV para enterarse de más detalles.
Pero ahí estaba el problema, y la razón de que hubiera maldecido.
Los tres le habían hecho compras en el correr de las últimas dos noches.
Razón por la cual Xhex le había interrumpido en casa de su madre. El negocio de las drogas no solo no estaba regularizado gubernamentalmente sino que estaba carente de reglas por completo, y el punto de equilibrio que se había alcanzado en Caldwell y que permitía que él y sus colegas de alto nivel pudieran hacer dinero era algo muy delicado.
Al ser un gran jugador, sus proveedores eran una combinación de traficantes de Miami, importadores del puerto de Nueva York, destiladores de Connecticut, y fabricantes de X de Rhode Island. Todos ellos eran hombres de negocios, igual que él, y la mayoría eran independientes, i.e.[1], no afiliados a la mafia de los Estados Unidos. La relación era sólida y los hombres que había al otro extremo eran tan cuidadosos y escrupulosos como lo era él: lo que hacían era simplemente una cuestión que implicaba una transacción financiera y un cambio de manos de productos, como en cualquier otro segmento legítimo de la economía. Los cargamentos llegaban a Caldwell a través de varias residencias y eran trasladados al ZeroSum, donde Rally estaba a cargo de probar, cortar y empaquetar.
Era una máquina bien engrasada que había llevado diez años poner en marcha, y requería una combinación de empleados bien remunerados, amenazas de daño físico, palizas literales, y estar encima de ella para asegurar el mantenimiento.
Tres cadáveres eran suficientes para hacer pedazos todo el tinglado, provocando no sólo un déficit económico, sino una lucha de poder en los niveles inferiores que nadie necesitaba: alguien estaba cargándose a la gente en su territorio, y sus colegas iban a preguntarse si estaba impartiendo algún tipo de castigo o, lo que era peor, si estaba siendo castigado él mismo. Los precios fluctuarían, las relaciones se tensarían y la información se tergiversaría.
Este asunto debía ser atendido.
Tenía que hacer algunas llamadas para asegurarles a sus importadores y productores que mantenía el control de Caldwell y que nada iba a impedir las ventas de sus mercancías. Pero Cristo, ¿por qué ahora?
Los ojos de Rehv se dirigieron al techo.
Durante un momento, fantaseó con dejarlo todo, salvo que eso era pura mierda. Mientras la princesa formara parte de su vida, tenía que permanecer en el negocio, porque no había una maldita forma de que fuera a permitir que esa perra se hiciera con la fortuna de su familia. Dios sabía que el padre de Bella ya había hecho bastante en ese sentido al haber tomado malas decisiones financieras.
Mientras la princesa estuviera en el mundo, Rehv seguiría siendo el señor de la droga de Caldie y haría sus llamadas... aunque no desde la casa de su madre, no durante el tiempo que le dedicaba a su familia. Los negocios podían esperar hasta que hubiera cumplido con su familia.
Aunque una cosa estaba clara. De ahora en adelante, Xhex, Trez e iAm iban a tener que vigilar las cosas aún más de cerca, porque estaba claro como el agua que si alguien era lo bastante ambicioso como para intentar acabar con esos intermediarios, era más que probable que fuera a intentarlo con un pez gordo como Rehv. El problema era que iba a ser de vital importancia que Rehv se dejara ver por el club. Hacer acto de presencia era crítico en tiempos revueltos, cuando sus contactos de negocios estarían observándolo a ver si huía y se escondía. Era mejor que le percibieran como la persona que podía estar llevando a cabo las matanzas que como a un marica que se escondía rápidamente cuando las cosas se ponían difíciles.
Sin razón aparente, abrió su teléfono y se fijó si tenía llamadas perdidas. Otra vez. Nada de Ehlena. Aún.
Era probable que simplemente estuviera ocupada en la clínica, atrapada en el ajetreo. Por supuesto que sí. Y no era como si las instalaciones estuvieran en peligro de ser asaltadas. Estaba ubicada en un lugar aislado, tenía bastante seguridad, y si algo malo hubiera ocurrido se habría enterado.
¿Verdad?
Demonios.
Frunciendo el ceño, comprobó su reloj. Hora de tomar dos píldoras más.
Se dirigió a la cocina y estaba bebiendo un vaso de leche y tomando más penicilina cuando un par de faros iluminaron la fachada de la casa. Mientras el Escalade aparcaba en el frente y se abrían las puertas, dejó el vaso, apoyó el bastón en el suelo, y fue a saludar a su hermana, su consorte y la hija de ambos.
Bella ya tenía los ojos rojos cuando entró, porque él le había dejado claro lo que estaba sucediendo. Su hellren iba justo tras ella, llevando a su adormilada hija en los enormes brazos, y con una expresión torva en su rostro con cicatrices.
—Hermana mía —dijo Rehv mientras tomaba a Bella entre sus brazos. Mientras la abrazaba ligeramente, chocó las palmas con Zsadist—. Me alegro de que estés aquí, amigo.
Z asintió con su cráneo rapado.
—A mí también.
Bella se apartó y se limpió los ojos rápidamente.
—¿Está arriba en la cama?
—Sí, su doggen está con ella.
Bella tomó a su hija en brazos, y después Rehv abrió el camino subiendo las escaleras. Ante las puertas del dormitorio, llamó a la jamba primero y esperó mientras su madre y la fiel criada se preparaban.
—¿Cómo está de mal? —susurró Bella.
Rehv bajó la mirada hacia su hermana, pensando que esta era una de las pocas situaciones en las que podía verse no siendo tan fuerte para ella como quisiera ser.
Su voz fue ronca.
—Es la hora.
Los ojos de Bella se cerraron justo cuando su mahmen dijo con un tono de voz inestable:
—Entrad.
Cuando Rehv abrió una de las dos puertas, oyó a Bella aspirar bruscamente, pero más que eso sintió su rejilla emocional: la tristeza y el pánico se entrelazaban una con el otro, doblándose y redoblándose hasta formar una caja sólida. Era una impronta de sentimientos que sólo había visto en funerales. Y acaso no tenía eso un perfecto y trágico sentido.
Mahmen —dijo Bella mientras acudía junto a la cama.
Cuando Madalina extendió los brazos, su rostro estaba impregnado de felicidad.
—Mis amores, mis queridísimos amores.
Bella se inclinó y besó la mejilla de su madre, después cuidadosamente transfirió el peso de Nalla. Como su madre no tenía fuerzas para sujetar a la pequeña, había colocado una de las almohadas sobrantes de forma que sirviera de apoyo para el cuello y la cabeza de Nalla.
La sonrisa de su madre era resplandeciente.
—Mira su cara... ciertamente, será una gran belleza. —Alzó una mano esquelética hacia Z—. Y el orgulloso papá, que cuida a sus hembras con tanta fuerza y entereza.
Zsadist se acercó y estrechó la mano que se le tendía, inclinándose a rozar los nudillos de ella con la frente, como era costumbre entre madres y yernos.
—Siempre las mantendré a salvo.
—Ciertamente. De eso estoy bien segura. —Su madre sonrió al feroz guerrero que parecía totalmente fuera de lugar entre el cortinaje de encaje que rodeaba la cama... pero entonces le flaquearon las fuerzas y permitió que su cabeza cayera a un lado.
—Mi mayor alegría —susurró mientras miraba a su nieta.
Bella descargó la cadera sobre el colchón y rozó gentilmente la rodilla de su madre. El silencio en la habitación se volvió suave como una puesta de sol, un capullo de tranquilidad que se posó sobre todos ellos y alivió la tensión.
Había una única cosa buena en todo esto: Una muerte natural que ocurría en el momento adecuado era una bendición tan grande como una vida larga y tranquila.
Su madre no había tenido lo último. Pero Rehv iba a mantener su promesa asegurándose que la paz que había en esta habitación se mantuviera también después de que ella se hubiera ido.
Bella se inclinó hacia su hija y susurró:
—Dormilona, despierta para tu Granhmen.
Cuando Madalina rozó suavemente la mejilla de la pequeña, Nalla despertó con un gorjeo. En el momento en que esos ojos amarillos, brillantes como diamantes enfocaron el viejo y amado rostro que tenía ante ella, la pequeña sonrió y extendió sus manos regordetas. La niña aferró el dedo de su abuela y Madalina alzó la mirada hacia Rehv por encima de la siguiente generación. En su mirada había una súplica.
Y él le dio exactamente lo que necesitaba. Poniéndose el puño sobre el corazón, hizo la más ligera de las inclinaciones, pronunciando su voto una vez más.
Su madre parpadeó, con lágrimas temblando en sus pestañas, y una oleada de gratitud se vertió sobre él. Aunque no podía sentir la calidez de la misma, sabía por la forma en que había permitido que su abrigo de marta se abriera que su temperatura corporal acababa de subir.
Sabía también que sería capaz de cualquier cosa por mantener su promesa. Una buena muerte no era sólo rápida e indolora. Una buena muerte implicaba que dejabas tu mundo en orden, que pasabas al Fade con la satisfacción de que aquellos a los que amabas estaban bien cuidados y a salvo, y que aunque tuvieran que atravesar el proceso del duelo, te quedaba la seguridad de que no habías dejado nada sin decir o hacer.
O que no habías dicho nada, como era el caso aquí.
Era el mayor regalo que podía hacer a la madre que le había criado de un modo mejor del que merecía, la única forma en que podía compensarle por las circunstancias de su cruel nacimiento.
Madalina sonrió y soltó un largo y agradecido suspiro.
Y todo fue como tenía que ser.
.


Capítulo 35


John Matthew se despertó con su H&K apuntando a la puerta que se abría en la estéril habitación de Xhex. Su ritmo cardiaco era tan sereno como su firme mano, e incluso cuando las luces se encendieron, no parpadeó. Si no le gustaba el aspecto de quien quiera que hubiera abierto la cerradura y girado el pomo, iba a meter una bala justo en medio de cualquier pecho que se le presentara.
—Tranquilo —dijo Xhex mientras entraba y los encerraba juntos—. Sólo soy yo.
Volvió a poner el seguro y bajó el cañón del arma.
—Estoy impresionada —murmuró ella mientras se recostaba contra el marco de la puerta—. Te despiertas como un guerrero.
De pie al otro lado de la habitación, con su poderoso cuerpo relajado, era la hembra más atractiva que jamás había visto. Lo que quería decir que a menos que ella quisiera lo que quería él, tenía que irse. Las fantasías estaban bien, pero en carne y hueso era mejor y no creía que pudiera mantenerse alejado de ella.
John esperó. Y esperó. Ninguno de los dos se movió.
Bien. Hora de largarse antes de portarse como un imbécil.
Comenzó a bajar las piernas de la cama, pero ella sacudió la cabeza.
—No, quédate donde estás.
Okaaaay. Pero eso quería decir que necesitaría algo de camuflaje.
Extendió la mano en busca de su chaqueta y arrastró el cuero hasta su regazo, porque su arma no era lo único que estaba listo para usarse. Como de costumbre, tenía una erección, lo que era habitual en la mierda de Despierta–despierta–levántate–y–brilla[2]… así como un problema siempre que entraba en el radio de acción de ella.
—Saldré enseguida —dijo ella, dejando caer su chaqueta negra y dirigiéndose al baño.
La puerta se cerró y él se quedó boquiabierto.
¿Podría ser… que pasara?
Se alisó el cabello, se remetió la camisa, y acomodó su pene. El cual ya no sólo estaba duro, sino que también latía. Bajó la mirada hacia la longitud que se apretaba contra la cremallera de sus vaqueros A&F y trató de indicarle a la cosa que quizás ella fuera a quedarse, pero eso no quería decir necesariamente que tuviera interés en utilizar sus caderas para ejercitar la monta.
Xhex salió un poco después y se detuvo junto al interruptor.
—¿Tienes algo en contra de la oscuridad?
Él negó lentamente con la cabeza.
La habitación se hundió en la oscuridad y la oyó dirigirse hacia la cama.
Con el corazón aporreando en su pecho y la polla ardiendo, John se apresuró a moverse dejándole mucho espacio. Cuando se acostó, sintió cada matiz del movimiento del colchón, escuchó el suave roce de su cabello cuando se posó en la almohada y distinguió su aroma en lo más profundo de su nariz.
No podía respirar.
Ni siquiera cuando ella suspiró relajándose.
—No me tienes miedo —le dijo en voz baja.
Él negó con la cabeza a pesar de que ella no podía verlo.
—Eres duro.
Oh, Dios, pensó él. Sí, lo estaba.
Un pánico instantáneo tomó forma, como un chacal saltando desde un arbusto gruñendo. Joder, era difícil imaginar qué sería peor: que Xhex lo buscara y él perdiera su erección… como le había ocurrido con la Elegida Layla en la noche de su transición. O que Xhex no lo buscara en absoluto.
Ella resolvió el cara o cruz girándose hacia él y poniéndole una mano en el pecho.
—Tranquilo —le dijo cuando él se sobresaltó.
Después de que se tranquilizara, su caricia prosiguió hacia el estómago, y cuando ahuecó la mano alrededor de su polla a través de los vaqueros, él se arqueó en la cama, abriendo la boca para soltar un silencioso gemido.
No hubo preámbulos, pero en todo caso no los deseaba. Ella le bajó la cremallera, sacó su erección y luego hubo unos movimientos y se oyó el sonido de sus pantalones de cuero cayendo al suelo.
Lo montó, plantándole las palmas en los pectorales y empujándole contra el colchón. Cuando algo tibio, suave y húmedo se frotó contra él, ya no le preocupó en absoluto ponerse fláccido. Su cuerpo rabiaba por entrar en ella, nada del pasado se abriría paso a través de su instinto de apareamiento.
Xhex se elevó sobre las rodillas, tomó su erección en la mano, y la levantó. Cuando se sentó, sintió una deliciosa y tensa presión a lo largo de su polla, la compresión electrizante detonó el orgasmo que provocó que sus caderas saltaran hacia arriba. Sin pensar si era lo correcto, se aferró a sus muslos…
Se quedó helado cuando sintió el metal, pero para entonces ya estaba demasiado ido. Todo lo que pudo hacer fue apretar las manos mientras se estremecía una y otra vez, en una interminable pérdida de su virginidad.
Era la cosa más asombrosa que jamás había sentido. Sabía cómo era por sus masturbaciones. Lo había hecho mil veces desde su transición. Pero esto superaba con creces cualquier cosa que él se pudiera haber hecho. Xhex era indescriptible.
Y eso fue antes de que comenzara a moverse.
Cuando terminó con ese primer orgasmo–relampago, ella le dio un minuto para recobrar el aliento, y luego comenzó a rotar las caderas hacia arriba y de vuelta abajo. Él jadeó. Los músculos internos apretaban y soltaban su polla, la presión intermitente hizo que sus pelotas se tensaran y estuvieran preparadas una vez más.
Ahora entendía total y completamente las ansias de Qhuinn por desnudarse. Esto era increíble, especialmente cuando John dejó que su cuerpo siguiera al de ella y se movieron juntos. Incluso cuando el ritmo se volvió más y más rápido, convirtiéndose en urgente, sabía exactamente lo que estaba pasando y donde estaba cada parte de ambos, desde las palmas de las manos de ella en su pecho, pasando por su peso sobre él, y la fricción del sexo hasta la forma en que el aliento se le atascaba en la garganta.
Cuando se corrió otra vez, su cuerpo se puso rígido de los pies a la cabeza, y sus labios articularon el nombre de ella como en sus fantasías… sólo que con más apremio.
Y entonces terminó.
Xhex se levantó para liberarlo y su pene cayó sobre su vientre. Comparado con el cálido refugio de su cuerpo, el suave algodón de la camiseta que llevaba era como papel de lija, y la temperatura ambiente estaba helada. La cama se movió cuando ella se tendió a su lado, y él se giró para encararla en la oscuridad. Su respiración era entrecortada, pero anhelaba besarla en el interludio antes de que lo hicieran otra vez.
John extendió la mano y sintió que ella se tensaba cuando la posó sobre el lateral de su cuello, pero no se apartó. Dios, su piel era suave… oh, tan suave. Aunque los músculos que recorrían sus hombros fueran como acero, lo que los cubría era suave como la seda.
John se movió despacio al levantar la parte superior de su cuerpo e inclinarse sobre ella, desplazando la caricia hasta su mejilla, acunándole el rostro suavemente, encontrando sus labios con el pulgar.
No quería cagarla. Ella había hecho la mayor parte del trabajo y lo había hecho espectacularmente. Más que eso, le había dado el don del sexo y le había mostrado que a pesar de lo que le habían hecho, todavía era un macho, todavía era capaz de disfrutar con aquello que su cuerpo había nacido para hacer. Si iba a ser él, el que iniciara el primer beso entre ellos, estaba decidido a hacerlo bien.
Bajó la cabeza
—Esto no se trata de eso. —Xhex lo empujó, se bajó de la cama, y entró al cuarto de baño.
La puerta se cerró, y la polla de John se marchitó sobre su camiseta cuando oyó caer el agua: ella estaba limpiándose de él, deshaciéndose de lo que su cuerpo le había dado. Con las manos temblándole, se metió de nuevo en sus vaqueros, tratando de ignorar la humedad y el aroma erótico.
Cuando Xhex salió, recogió su chaqueta, y fue a abrir la puerta. Cuando la luz del vestíbulo entró, la convirtió en una destacada sombra negra, alta y fuerte.
—Afuera es de día, por si acaso no has comprobado tu reloj. —Hizo una pausa—. Y aprecio que hayas sido discreto acerca de mi… situación.
La puerta se cerró silenciosamente tras ella.
Así que ése era el por qué detrás de su actuación. Le había dado sexo para agradecerle que mantuviera su secreto.
Cristo, ¿cómo podía haber pensado que era algo más?
Completamente vestidos. Sin besos. Y estaba bastante seguro de que había sido el único que se había corrido: su respiración no había variado, no había gemido, no la había inundado el alivio después de hacerlo. No es que él supiera mucho sobre hembras y orgasmos, pero eso era lo que le había pasado a él cuando se había corrido.
No fue un polvo por lástima. Fue uno por gratitud.
John se frotó la cara. Era tan estúpido. Al pensar que había significado algo.
Tan, pero tan estúpido.


Tohr se despertó con un estómago que había sido pintado con un spray de color del dolor. La agonía era tan intensa que en su sueño post–alimentación de muerto–para–el–mundo, se había rodeado el vientre con los brazos y se había encorvado sobre sí mismo.
Enderezándose desde su posición encorvada y temblorosa, se preguntó si habría habido algo malo en la sangre
Los rugidos que emitía eran lo suficientemente altos para rivalizar con un triturador de basura.
El dolor… ¿era hambre? Bajó la vista hacia el hoyo cóncavo que había entre sus caderas. Frotó la superficie dura y plana. Escuchó otro rugido.
Su cuerpo demandaba comida, cantidades industriales de sustento.
Miró el reloj. Diez de la mañana. John no había pasado a verlo para la Última Comida.
Tohr se incorporó sin utilizar los brazos y fue al cuarto de baño sobre unas piernas que sentía curiosamente firmes. Usó el inodoro, pero no para vomitar, después se lavó la cara, y se dio cuenta de que no tenía ropa que ponerse.
Se puso una bata de felpa y salió de su dormitorio por primera vez desde que había entrado en él.
Las luces del pasillo de las estatuas le hicieron parpadear como si fueran focos de un escenario, y necesitó un minuto para adaptarse a… todo.
Extendiéndose a lo largo del pasillo, los machos de mármol en sus variadas posturas estaban tal y como los recordaba, tan fuertes, elegantes y estáticos, y sin motivo aparente, recordó a Darius comprándolos de uno en uno, formando la colección. Por aquel entonces, cuando D se había puesto en plan adquisición, había enviado a Fritz a las subastas de Sotheby’s y Christie’s en Nueva York, y cuando cada una de las obras maestras le era entregada en una caja con todas esas cosas de relleno y esas telas envolviéndolas, el hermano hacía una fiesta de inauguración.
D había amado el arte.
Tohr frunció el ceño. Wellsie y su niño no nato serían siempre su primera y más importante pérdida. Pero tenía más muertos que vengar, ¿o no? Los lessers se habían llevado no sólo a su familia, sino también a su mejor amigo.
La furia se agitó en las profundidades de su vientre… desencadenando otro tipo de hambre. De guerra.
Con una concentración y una determinación que le eran a la vez extrañas y familiares, Tohr se dirigió hacia la escalera principal y se detuvo cuando llegó a las puertas casi cerradas del estudio. Percibió a Wrath tras ellas, pero en realidad no quería interactuar con nadie.
Al menos eso pensaba.
Entonces, ¿por qué simplemente no había llamado a la cocina para pedir la comida?
Tohr escudriñó a través de la rendija que había entre las puertas.
Wrath estaba durmiendo en su escritorio, su largo y brillante cabello negro se abría en abanico sobre el papeleo y tenía un antebrazo doblado bajo la cabeza como si fuera una almohada. En la mano libre, todavía sostenía la lupa que debía usar si quería intentar leer algo.
Tohr entró en la habitación. Echando una mirada a su alrededor, vio la repisa de la chimenea y pudo imaginarse a Zsadist repantigado contra ella, con una expresión seria en su rostro marcado y los ojos negros brillantes. Phury siempre estaba cerca de él, generalmente sentado en la chaise azul pálido que había al lado de la ventana. V y Butch tenían tendencia a apropiarse del sofá alto y endeble. Rhage escogía diferentes lugares dependiendo de su humor…
Tohr frunció el ceño cuando notó lo que estaba junto al escritorio de Wrath.
El horrendo y andrajoso sillón verde–aguacate, con parches raídos en sus cojines de cuero… era la silla de Tohr. La que Wellsie había insistido en tirar porque estaba hecha un asco. La que él había puesto en la oficina del centro de entrenamiento.
—Lo trajimos aquí para que John volviera a la mansión.
Tohr giró la cabeza bruscamente. Wrath estaba levantando la cabeza del brazo y su voz era tan grogui como la apariencia de su rostro.
El Rey habló lentamente, como si no quisiera asustar a su visita.
—Después… de lo que sucedió, John no quería salir de la oficina. Se negaba a dormir en otro sitio que no fuera esa silla. Qué enredo… Se comportaba mal en los entrenamientos. Se metía en peleas. Al final me puse firme, trasladé ese trasto inútil hasta aquí, y las cosas mejoraron. —Wrath se giró hacia la silla—. Solía gustarle sentarse allí y mirarme trabajar. Después de su transición y de las incursiones sucedidas en el verano, ha estado saliendo a luchar de noche y durmiendo durante el día, así que no ha estado aquí tanto tiempo. En cierta forma le echo de menos.
Tohr dio un respingo. Le había hecho una buena putada a ese pobre chico. Cierto, que había sido incapaz de actuar de diferente forma, pero John había sufrido un montón.
Todavía sufría.
Tohr se avergonzó de sí mismo al pensar en cómo se despertaba en esa cama cada mañana y cada tarde y John le llevaba la bandeja y se sentaba con él mientras comía los alimentos… y luego permanecía allí, como si el chico supiera que tan pronto como se quedara solo, iba a vomitar la mayor parte de cualquier cosa que se le hubiera servido.
John había tenido que afrontar la muerte de Wellsie por sí solo. Atravesar la transición por sí solo. Atravesar muchas primeras veces por sí solo.
Tohr se sentó en el sofá de V y Butch. La cosa resultaba sorprendentemente firme, más de lo que recordaba. Poniendo las palmas de sus manos sobre los cojines, empujó.
—Fue reforzado mientras no estabas —dijo Wrath tranquilamente.
Hubo un buen período de silencio, la pregunta que Wrath quería hacer se cernía en el aire tan clamorosamente como el eco del tañido de las campanas de una capilla privada.
Tohr se aclaró la garganta. La única persona con la que podría haber hablado acerca de lo que tenía en mente era Darius, pero el hermano estaba muerto y enterrado. No obstante, Wrath era la siguiente persona a la que consideraba más cercana…
—Fue… —Tohr cruzó los brazos sobre el pecho—. Fue bien. Ella se quedó detrás de mí.
Wrath asintió lentamente.
—Buena idea.
—Fue idea de ella.
—Selena es fuerte. Bondadosa.
—No estoy seguro de cuánto tiempo me llevará —dijo Tohr, no queriendo ni siquiera hablar de la hembra—. Ya sabes, estar listo para luchar. Voy a tener que entrenar un poco. Acudir al campo de tiro. ¿Físicamente? No tengo idea de cómo se recuperará mi cuerpo.
—No te preocupes por el tiempo. Sólo cúrate.
Tohr bajó la mirada hacia sus manos y las apretó formando un par de puños. No tenía carne sobre los huesos, por lo que los nudillos sobresalían en la piel como si fuera un mapa en relieve de las Adirondacks, nada más que picos dentados y valles ahuecados.
Iba a ser un largo viaje de retorno, pensó. E incluso una vez que estuviera físicamente fuerte, a su baraja de cartas mental todavía le faltarían todos los ases. Sin importar cuánto pesara ni lo bien que luchara, nada iba a cambiar eso.
Hubo un golpe seco en la puerta y cerró los ojos, rezando para que no fuera uno de sus hermanos. No quería dar mucha importancia a su regreso a la tierra de los vivos.
Sí. Hurra. Guau. Bárbaro.
—¿Qué pasa, Qhuinn? —preguntó el Rey.
—Encontramos a John. Más o menos.
Los párpados de Tohr se abrieron de par en par y se dio la vuelta, frunciéndole el ceño al chico que estaba en la puerta. Antes de que Wrath pudiera hablar, Tohr exigió:
—¿Estaba perdido?
Qhuinn pareció sorprendido de verlo de nuevo en pie, pero el tipo se recompuso rápidamente mientras Wrath demandaba:
—¿Por qué no se me informó de que se había ido?
—No sabía que se hubiera ido. —Qhuinn entró, y el pelirrojo de las clases de entrenamiento, Blay, estaba con él—. Nos dijo a ambos que estaba fuera del turno de rotaciones y que se iba a dormir. Nosotros le tomamos la palabra, y antes de que me arranques las pelotas, durante todo ese tiempo me quedé en mi habitación porque pensé que él estaba en la suya. Tan pronto como me di cuenta de que no estaba allí, fuimos a buscarlo.
Wrath maldijo en voz baja y después interrumpió la disculpa de Qhuinn.
—Nah, está bien, hijo. No lo sabías. No podías hacer nada. ¿Dónde coño está?
Tohr no escuchó la respuesta por el rugido que había en su cabeza. ¿John estaba en Caldwell solo? ¿Se había ido sin decírselo a nadie? ¿Y si le había pasado algo?
Interrumpió la conversación.
—Esperad, ¿dónde está?
Qhuinn levantó su teléfono.
—No quiso decirlo. Sólo escribió que está a salvo, donde quiera que esté, y que se encontrará con nosotros mañana por la noche.
—¿Cuándo va a volver a casa? —exigió Tohr.
—Creo —dijo Qhuinn encogiéndose de hombros—, que no lo hará.


Capítulo 36


La madre de Rehvenge transitó hacia el Fade a las once y once de la mañana.
Estaba rodeada por su hijo, su hija, su nieta dormida y su feroz yerno y atendida por su querida doggen.
Fue una muerte plácida. Una muerte muy plácida. Cerró los ojos, y una hora más tarde jadeó dos veces y dejó escapar una larga exhalación, como si su cuerpo suspirara de alivio mientras su alma volaba, libre del encierro corpóreo. Y fue extraño… Nalla se despertó en ese momento y la niña clavó la mirada no en su granhmen, sino más arriba de la cama. Las pequeñas manos regordetas se extendieron a lo alto, sonrió y gorjeó como si alguien acabara de acariciarle la mejilla.
Rehv bajó los ojos hacia el cuerpo. Su madre siempre había creído que renacería en el Fade, las raíces de su fe habían sido plantadas en el fértil terreno de su educación como Elegida. Esperaba que eso fuera cierto. Quería creer que vivía en algún lugar.
Fue la única cosa que alivió, aunque fuera un poco, el dolor que sentía en el pecho.
Cuando la doggen empezó a llorar quedamente, Bella abrazó a su hija y a Zsadist. Rehv permaneció apartado de ellos, sentado solo a los pies de la cama, observando como el rostro de su madre iba perdiendo el color.
Cuando un hormigueo floreció en sus manos y pies, recordó que el legado de su padre, así como el de su madre, estaría siempre con él.
Se levantó, hizo una pequeña reverencia ante todos, y se excusó. En el baño de la habitación donde se alojaba, miró bajo el lavabo y dio gracias a la Virgen Escriba el haber sido lo bastante inteligente como para meter un par de ampollas de dopamina en la parte de atrás. Encendiendo la luz térmica del techo, se sacó el abrigo de cibelina y se quitó la chaqueta Gucci de los hombros. Cuando el resplandor rojizo que venía de arriba lo puso demasiado nervioso, porque le hizo pensar que el estrés por la muerte estaba haciendo aflorar su lado perverso, apagó la cosa, abrió la ducha y antes de continuar, esperó a que ascendiera el vapor.
Tragó otras dos píldoras de penicilina mientras golpeteaba el suelo con el mocasín.
En el momento en que se consideró capaz de soportarlo, se enrolló la manga de la camisa y deliberadamente ignoró su reflejo en el espejo. Después de llenar una jeringuilla, utilizó el cinturón de LV para formar un lazo que puso alrededor de su bíceps, luego tiró del cuero negro, lo dobló y lo aprisionó contra las costillas.
Introdujo la aguja de acero dentro de una de sus venas infectadas y apretó el émbolo…
—¿Qué estás haciendo?
La voz de su hermana le hizo levantar la cabeza. A través del espejo, ella estaba mirando fijamente la aguja que tenía en el brazo y las venas rancias y enrojecidas.
Lo primero que se le ocurrió fue ladrarle que se largara. No quería que viera esto, y no sólo porque significara que tenía que decir más mentiras. Era algo íntimo.
En cambio, sacó la jeringuilla con calma, le puso el capuchón, y la tiró. Mientras la ducha siseaba, se bajó la manga, luego se puso la chaqueta y el abrigo de cibelina.
Cerró el agua.
—Soy diabético —dijo. Mierda, le había dicho a Ehlena que tenía Parkinson. Maldita sea.
Bueno, tampoco era como si fueran a encontrarse un día de estos.
Bella se llevó la mano a la boca.
—¿Desde cuándo? ¿Estás bien?
—Estoy bien. —Forzó una sonrisa—. ¿Tú estás bien?
—Espera, ¿desde cuándo está pasando esto?
—Me he estado inyectando desde hace unos dos años. —Al menos esto no era una mentira—. Veo a Havers con regularidad. —¡Ding! ¡Ding! Otra verdad—. Lo llevo bien.
Bella le miró el brazo.
—¿Es por eso que siempre tienes frío?
—Eso es por la mala circulación. Por eso necesito el bastón. Tengo mal el sentido del equilibrio.
—¿Pensé que habías dicho que eso era a causa de una herida?
—La diabetes afecta a la forma en que me curo.
—Oh, claro. —Asintió tristemente—. Desearía haberlo sabido.
Mientras ella lo contemplaba con sus grandes ojos azules, él pensó que odiaba mentirle, pero todo lo que tenía que hacer era pensar en la plácida expresión de su madre.
Rehv rodeó a su hermana con el brazo y la condujo fuera del baño.
—No es importante. Estoy en ello.
El aire era más frío en la habitación, pero lo notó sólo porque Bella se envolvió con sus brazos y se acurrucó.
—¿Cuándo deberíamos hacer la ceremonia? —preguntó.
—Llamaré a la clínica, y haré que Havers venga aquí al caer la noche para envolverla. Luego tenemos que decidir dónde enterrarla.
—En el Complejo de la Hermandad. Allí es donde la quiero.
—Si Wrath permite que la doggen y yo acudamos, está bien.
—Por supuesto. Z está ahora al teléfono con el Rey.
—No creo que en la ciudad queden muchos integrantes de la glymera que quieran despedirla.
—Tomaré su agenda de la planta baja y armaré un anuncio.
Semejante conversación objetiva y práctica, demostraba que la muerte formaba, sin duda alguna, parte de la vida.
Cuando Bella dejó escapar un sollozo ahogado, Rehv la atrajo contra su pecho.
—Ven aquí, hermana mía.
Mientras permanecían juntos con la cabeza de ella apoyada en su pecho, pensó en la cantidad de veces que había tratado de salvarla del mundo. No obstante, la vida, había seguido su curso de todos modos.
Dios, cuando había sido pequeña, antes de su transición, había estado absolutamente convencido de que podía protegerla y cuidar de ella. Cuando tenía hambre se aseguraba de que tuviera comida. Cuando necesitaba ropas, las compraba para ella. Cuando no podía dormir, se quedaba con ella hasta que cerraba los ojos. Sin embargo ahora que había crecido, sentía como si su repertorio estuviera limitado a servirle simplemente de consuelo. Aunque quizás era así como funcionaba. Cuando eres niño, un buen arrullo era todo lo que necesitabas para calmar el estrés del día y hacerte sentir seguro.
Ahora al abrazarla, deseó que hubiera tales remedios rápidos para adultos.
—Voy a echarla de menos —dijo Bella—. No éramos muy parecidas, pero siempre la quise.
—Tú eras su mayor alegría. Siempre lo fuiste.
Bella se echó hacia atrás.
—Y tú también.
Él le colocó un mechón de cabello rebelde detrás de la oreja.
—¿Queréis tú y tu familia descansar aquí?
Bella asintió.
—¿Dónde nos quieres?
—Pregúntale a la doggen de mahmen.
—Lo haré. —Bella le dio un apretón a su mano que él no pudo sentir y abandonó la habitación.
Cuando estuvo solo, se acercó a la cama y sacó el teléfono móvil. Ehlena no le había enviado un mensaje la noche anterior, y mientras buscaba el número de la clínica en la agenda, intentó no preocuparse. Tal vez había hecho el turno diurno. Dios, esperaba que sí.
Había pocas probabilidades de que hubiera ocurrido algo malo. Muy pocas.
Pero la llamaría después.
Hola, clínica —dijo la voz en la Antigua Lengua.
—Soy Rehvenge, hijo de Rempoon. Mi madre acaba de morir, y necesito hacer los trámites para que su cuerpo sea conservado.
La hembra jadeó al otro extremo. No le caía bien a ninguna de las enfermeras, pero todas ellas habían adorado a su madre. Todo el mundo la adoraba…
Todo el mundo la había adorado, mejor dicho.
Se frotó el mohawk.
—¿Hay alguna posibilidad de que Havers pueda venir a la casa al caer la noche?
—Sí, claro que sí, y puedo decir en nombre de todos, que estamos profundamente afligidos de su muerte y le deseamos un tránsito seguro hacia el Fade.
—Gracias.
—Espere un momento. —Cuando la hembra regresó, dijo―: El doctor llegará inmediatamente después de la puesta del sol. Con su permiso, llevará a alguien para que le asista…
—¿A quién? —No estaba seguro de cómo se sentiría si fuera Ehlena. No quería que tuviera que tratar con otro cuerpo tan pronto, y el hecho que fuera el de su madre podría ser incluso más duro para ella—. ¿Ehlena?
La enfermera vaciló.
—Ah, no, Ehlena no.
Frunció el ceño, sus instintos symphath se habían activado por el tono de la hembra.
—¿Trabajó Ehlena anoche? —Hubo otra pausa—. ¿Lo hizo?
—Lo siento, no puedo hablar sobre...
Su voz descendió convirtiéndose en un gruñido.
—Fue o no. Es una pregunta sencilla. Lo hizo. O no lo hizo.
La enfermera se puso nerviosa.
—Sí, sí, ella vino…
—¿Y?
—Nada. Ella...
—¿Cuál es el problema?
—No hay ningún problema. —La exasperación que oyó en esa voz le indicó que alegres interacciones como esa formaban parte del motivo que hacía que le detestaran tanto.
Trató de nivelar más la voz.
—Es evidente que hay un problema, y vas a contarme lo que está pasando o voy a continuar llamando hasta que alguien me lo diga. Y si nadie lo hace, voy a aparecer frente al mostrador de recepción y voy a volveros locos a todos y cada uno de vosotros hasta que un miembro del equipo ceda y me lo diga.
Hubo una pausa que vibró con eres–tan–imbécil.
—Bien. Ella ya no trabaja aquí.
Rehv inhaló emitiendo un siseo, y su mano salió disparada hacia la bolsita Boggie de plástico llena de penicilina que había estado guardando en el bolsillo superior de su traje.
—¿Por qué?
—Eso no voy a revelárselo sin importar lo que haga.
Hubo un clic cuando le colgó.


Ehlena estaba en la planta baja, sentada a la destartalada mesa de la cocina, con el manuscrito de su padre frente a ella. Lo había leído dos veces en el escritorio de él, luego lo había acostado y había subido allí, donde lo había examinado una vez más.
El título era En la Selva Pluvial de la Mente de Mono.
Queridísima Virgen Escriba, si antes había creído que sentía compasión por el macho, ahora se sentía identificada con él. Las trescientas páginas manuscritas eran un tour guiado a través de su enfermedad mental, un vívido estudio de camina–un–kilómetro–en–mis–zapatos, acerca de cuándo había empezado la enfermedad y adónde le había conducido.
Echó un vistazo al papel de aluminio que cubría las ventanas. Las voces que torturaban su mente provenían de diversas fuentes, y una de ellas, era a través de las ondas de radio que emitían los satélites que orbitaban la tierra.
Ella ya sabía todo esto.
Pero en el libro, su padre describía el papel de aluminio Reynolds Wrap como una interpretación tangible de la psicosis: Ambos, el papel de aluminio y la esquizofrenia mantenían alejado el mundo real, ambos lo aislaban… y con ambos en su lugar él estaba más seguro que si no estuvieran a su alrededor. La verdad era, que él amaba su enfermedad tanto como la temía.
Hacía muchos, muchos años, después de que la familia lo hubiera traicionado en los negocios y arruinado frente a los ojos de la glymera; había dejado de confiar en su capacidad para leer las intenciones y motivaciones de los demás. Había puesto su fe en la gente equivocada y… eso le había costado a su shellan.
Lo cierto era, que Ehlena había tenido una idea equivocada acerca de la muerte de su madre. Justo después de la gran caída, su madre se había aficionado al láudano para que la ayudara a sobrellevarla, y el alivio transitorio había florecido convirtiéndose en una muletilla, cuando la vida como ella la había conocido se había desmoronado… el dinero, la posición, las casas, las posesiones, la abandonaron como hermosas palomas desbandándose sobre un campo, yéndose a un lugar más seguro.
Y luego vino el fracaso del compromiso de Ehlena, el macho se distanció antes de declarar públicamente que terminaba la relación… porque Ehlena lo había seducido llevándoselo a su cama y aprovechándose de él.
Esto para su madre había sido la gota que colmó el vaso.
Lo que había sido un decisión conjunta entre Ehlena y el macho, había sido vuelto en contra de Ehlena convirtiéndola en una hembra sin valor, en una meretriz del infierno que corrompió a un macho que únicamente había tenido la más honorable de las intenciones. Habiéndose forjado esa reputación en la glymera, Ehlena nunca podría haberse casado, aunque su familia hubiera mantenido el estatus perdido.
La noche en que estalló el escándalo, la madre de Ehlena se había ido a su habitación y horas más tarde la encontraron muerta. Ehlena siempre había supuesto que había sido por una sobredosis de láudano, pero no. De acuerdo con el manuscrito, se había cortado las venas y se había desangrado sobre las sábanas.
Su padre había empezado a oír voces en el momento en que había visto a su hembra muerta en la cama matrimonial, con el pálido cuerpo enmarcado por la aureola rojo intenso del derramamiento de su vida.
En tanto la enfermedad mental avanzaba, se había replegado cada vez más en la paranoia, pero de una manera extraña se sentía más seguro allí. En su mente, la vida real estaba repleta de gente que podía o no traicionarle. Sin embargo, todas las voces de su cabeza le perseguían. Con esos monos locos que se lanzaban al aire y brincaban entre las ramas del bosque de la enfermedad, haciendo llover ramitas y duros pedazos de fruta sobre él en forma de pensamientos, podía decir que conocía a sus enemigos. Podía verlos, sentirlos y conocerlos por lo que eran, y las armas que tenía para combatirlos, eran un frigorífico bien ordenado, estaño sobre las ventanas, y rituales verbales y sus escritos.
¿Fuera, en el mundo real? Estaba desprotegido y perdido, a merced de los demás, sin defensas para juzgar lo que era peligroso y lo que no. Por otra parte en la enfermedad, era donde quería estar porque, como decía él, conocía los confines de la selva y las sendas que rodeaban los troncos y las tribulaciones de los monos.
Allí su brújula mantenía un verdadero norte.
¿Para sorpresa de Ehlena? No todo era sufrimiento para él. Antes de caer enfermo, había sido un abogado litigante en asuntos de la Antigua Ley, un macho reconocido por su afición al debate y su avidez de encontrar oponentes difíciles. En la enfermedad, había encontrado exactamente la misma clase de conflictos con los que había disfrutado cuando estaba sano. Las voces en su mente, como había escrito él con la ironía de su auto–realización, eran igual de inteligentes y diestras que él para debatir. Para él, sus violentos episodios eran nada más que el equivalente mental de un buen combate de boxeo, y como a la larga siempre salía de ellos, siempre se sentía vencedor.
También era consciente de que nunca saldría de la selva. Era, como dijo en la última línea del libro, su ultima dirección antes de ir hacia el Fade. Y su único pesar era que allí sólo había espacio para un único habitante y que su estancia temporal entre los monos significaba que no podía estar con ella, su hija.
Le entristecía la separación y la carga que representaba para ella.
Sabía que él era muy difícil de tratar. Era consciente de los sacrificios. Se afligía por la soledad en la que ella se encontraba.
Era todo lo que ella quería escucharle decir, y mientras sostenía las páginas, no importaba que fuera por escrito y no verbalmente. En todo caso era mejor de esta manera porque podía leerlas una y otra vez.
Su padre sabía mucho más de lo que ella pensaba.
Y estaba mucho más contento de lo que nunca hubiera podido imaginar.
Pasó la palma de la mano sobre la primera página. La escritura a mano, que estaba en azul, porque un abogado adecuadamente instruido nunca escribía en negro, era tan pulcra y nítida como la narración del pasado, y tan elegante y de buen gusto como las cuantiosas conclusiones a las que había llegado y las apreciaciones en profundidad que ofrecía.
Dios... había vivido con él durante tanto tiempo, y acababa de enterarse de lo que vivía en su interior.
Y todo el mundo era así, ¿no? Cada uno en su selva pluvial particular, solos sin importar cuantos parientes caminaran a su lado.
¿La salud mental era simplemente un asunto de tener menos monos? ¿Tal vez la misma cantidad, con la salvedad de que fueran agradables?
El amortiguado sonido de un teléfono móvil le hizo levantar la cabeza. Estirando la mano hasta el otro lado de la mesa, sacó el chisme del bolsillo del abrigo y respondió.
—¿Hola? —En el silencio que siguió supo quién era—. ¿Rehvenge?
—Te han despedido.
Ehlena apoyó el codo sobre la mesa y se cubrió la frente con la mano.
—Estoy bien. A punto de ir a dormir. ¿Y tú?
—Fue debido a las píldoras que me trajiste, ¿verdad?
—La cena fue realmente buena. Requesón y palitos de zanahoria…
—Déjalo ya —le ladró.
Dejó caer el brazo y frunció el ceño.
—¿Cómo?
—¿Por qué lo hiciste, Ehlena? ¿Por qué demonios…?
—Ok, vas a reconsiderar tu tono de voz o esta conversación va a recibir la tecla de fin.
—Ehlena, necesitas ese trabajo.
—No me digas lo que necesito.
Él soltó una maldición. Soltó algunas más.
—Sabes —murmuró ella—, si añado una banda sonora y algunas metralletas, tendremos la película Duro de Matar. Hablando de eso, ¿cómo te enteraste?
—Mi madre murió.
Ehlena jadeó.
—¿Qu...? Oh, Dios mío, ¿cuándo? Quiero decir, lo siento…
—Hará una media hora.
Lentamente negó con la cabeza.
—Lo siento mucho, Rehvenge.
—Llamé a la clínica para... hacer los arreglos. —Exhaló con el mismo tipo de agotamiento que sentía ella―. En fin… sí. Nunca me enviaste el mensaje diciendo que habías llegado a la clínica a salvo. Así que pregunté, y así fue.
—Maldita sea, tenía la intención de hacerlo pero... —Bueno, estaba ocupada siendo despedida.
—Pero esa no era la única razón por la que quería llamarte ahora.
—¿No?
—Yo sólo... necesitaba oír tu voz.
Ehlena respiró profundamente, y fijó los ojos en los renglones del manuscrito de su padre. Pensó en todo, tanto lo bueno y lo malo, lo que había descubierto, en esas páginas.
—Es gracioso —respondió—, esta noche yo siento lo mismo.
—¿En serio? Cómo… ¿De verdad?
—Absoluta y definitivamente… sí.





[1] i.e. abreviatura en latín de «id est» que significa es decir. (N. de la T.)
[2]En el original Wakey-wakey-get up-and-shine es una frase usada en los barracones de los soldados británicos para despertarlos. El «brilla» se refiere a que hagan brillar sus zapatos, darlos lustre. (N. de la T.)

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